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Bouquet de Flores

Chapter Text

 

Sending me forget me nots  / Envíame Nomeolvides
To help me to remember     / Para ayudarme a recordar
Baby please forget me nots   / Baby, por favor no me olvides
I want you to rebemember    / Quiero que recuerdes

 

Forget me nots – Patrice Rushen

 

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Hay heridas que nos marcan, que nos dejan cicatrices visibles y terribles. Hay otras que solo existen dentro de nosotros, heridas que guardamos en lo profundo de nuestro corazón, heridas fáciles de ocultar y que vuelven a nosotros de forma inconsciente.

Algunos las llaman recuerdos.

Para Izuku el recuerdo viene en primavera, cuando los capullos se abren y los campos se llena de un color amarillo, rojo, azul, verde y lila… La visión es preciosa, llena de matices, vida y de una esperanza eterna, pero es verlas y sentir que el peso del recuerdo vuelve a él con fuerza.

Cada primavera, cuando las flores reviven, Izuku se sienta a mirarlas; cierra los ojos y aspira el aroma intentando identificar cada pieza por separado. Al principio lloraba, bastaba la visión de las flores para que Izuku corriera en dirección opuesta hasta caer rendido presa de sollozos incontrolables, pero con el tiempo ha logrado suprimir esa primera reacción y ahora tiene la fuerza para sentarse en el campo, rodeado de flores y recuerdos.

Solo necesita inhalar el aroma del bosque para recordar a sus padres.

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Los heliotropos blancos nacían en el tobillo izquierdo de su madre y ascendían hasta ocultarse bajo sus vestidos. Cuando Izuku era un niño acostumbraba sentarse junto a sus pies a contar las flores, a deslizar sus dedos de bebé por el tramo imposible de tallos verdes y pétalos diminutos. Eran de un blanco brillante, el símbolo de la pureza y el cuidado.

Y era absolutamente maravilloso que su padre también poseyera una flor blanca en su mano derecha. Era una magnolia brillante. Con pétalos en forma de gota de lluvia, y un centro diminuto de color amarillo que hacía resaltar la suave blancura de la flor. De ahí se extendían por su brazo hasta el codo, una hilera de ramas verdes llenas de pequeñas magnolias blancas, ninguna tan esplendorosa y tan magnifica como la que brillaba en el dorso de esa mano.

Eran los sanadores del pueblo, tenían una habitación junto a su casa donde atendían resfriados, caídas, heridas, mordidas, partos y todas las dolencias de los habitantes de su villa.

Izuku podía sentarse durante horas en una esquina del cuarto mientras su padre diagnosticaba gripes y curaba heridas. Podía pasarse tardes enteras con su madre moliendo plantas y semillas para reabastecer sus estantes. Aprendió a identificar las plantas por las hojas, por el color de sus flores. Para él era un juego sentarse a los pies de sus padres, con los ojos vendados mientras intentaba identificar los remedios solo con el aroma.

Siempre recordará el día que deseo ser como ellos, el día que deseo salvar al mundo: Tenía cuatro años y su mejor amigo Katsuki se había caído de un árbol rompiéndose el brazo. Izuku recuerda que fue él quien lloró todo el camino de vuelta mientras el rubio, pálido como una magnolia, apretaba los dientes y murmuraba regaños.

Sus padres no profirieron ni un solo grito, ni entraron en pánico, su madre se apresuró a traer vendas, agua y medicina, y su padre levanto a Katsuki del suelo murmurando palabras de aliento y calma. Izuku se acercó a la mesa de trabajo y aunque no se atrevió a tomar la mano de su amigo, se acercó lo más posible esperando ofrecer consuelo.

Ese día Izuku soñó con recibir una flor blanca, soñó con ser capaz de curar y salvar a todos.

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Izuku no necesita esforzarse demasiado para evocar el aroma a linimento y madreselva. Basta aspirar hondo para que todos los aromas del bosque entren por sus fosas nasales inundando su cuerpo de frescura y trayendo de vuelta el delicado aroma de su antiguo hogar.

Se queda tanto tiempo ahí, pensando y recordando, que el tiempo se diluye entre sus dedos y cuando menos se da cuenta el sol ha iniciado su descenso. El viento que sopla conserva la tibieza del día, pero no tardará en soplar con fría violencia, así que Izuku suspira y se levanta.

Cuando vuelve a casa Tokoyami ha terminado de encender el fuego y se entretiene limpiando los conejos que serán su cena. Izuku está a punto de disculparse por la tardanza cuando los ve: Un ramo de baladres rojos que sobresalen de un manojo de flores.

Algo dentro de Izuku se resquebraja.

—Traje más—dice Tokoyami señalando la pila de flores—Te estás quedando sin loción.

Izuku sonríe, aunque por la forma como Tokoyami frunce el entrecejo puede ser que el gesto esté más cercano a las lágrimas que a cualquier otra cosa.

—¿Algo está mal?

—¡No!—grita Izuku sin dejarlo terminar.—No—repite con más calma, acercándose con pasos inciertos—Gracias.

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Mitsuki Bakugou, al igual que todas las mujeres alfa de la aldea, portaba un sarashi rojo que le permitía exhibir las flores de baladre, de color cereza, que se extendían por toda su espalda y nuca.

Había ganado el titulo cómo la mejor luchadora durante cinco años seguidos, sabía luchar, navegar y tenía una habilidad sorprendente con los cuchillos. Era rubia y fiera, alta y ruidosa; a Izuku le encantaba sentarse a mirarla mientras impartía clases de defensa para los jóvenes alfa.

—Deja de babear por mi madre, Deku—solía decir Katsuki al ver su cara de adoración.

—Kacchan, tu madre es asombrosa.

La respuesta de su amigo era un pellizco—Yo lo seré más—gruñía entre dientes mientras se daba la vuelta para marcharse.

Izuku lo seguía intentando disculparse. Sabía que Katsuki no soportaba las comparaciones. No le gustaba ser una versión diminuta de nadie, ni siquiera de su madre.

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Izuku se aparta de las flores y termina de ayudar con la cena. Se sientan a comer en un inusual silencio, puesto que el muchacho no tiene fuerzas para hablar de su día, y tampoco tiene ganas de hacer preguntas.

—Midoriya—la voz de Tokoyami lo despierta de su trance e Izuku se gira hacia él.

—¿Sí?

El muchacho con cara de ave lo mira durante un largo momento. Izuku huele las preguntas que se ocultan bajo el silencio, pero se guarda de decir nada y se limita a estudiar la suave superficie de las plumas y la forma como la luz del fuego danza sobre su pico. Finalmente, el muchacho suspira y murmura:

—Se está haciendo tarde, será mejor que me vaya. ¿Necesitas algo más?

Izuku sonríe sin hacer ademán alguno por levantarse.

—Estoy bien, gracias—dice con voz suave—¿Vendrás mañana?

—Lo intentaré.

—Gracias por todo, Tokoyami.

—Nos veremos, Midoriya.

Tokoyami se levanta e Izuku vuelve la atención a su cuenco. Finge comer mientras escucha que muchacho recoge sus cosas; lo oye alejarse, sus pasos recios se apagan hasta que el único sonido que se oye es el crepitar del fuego. Solo entonces Izuku mira las flores.

Una suave brisa agita los pétalos de color rojo. Si entrecierra los ojos las flores pierden definición y se convierten en un borrón de color escarlata. Un borrón largo y delgado, como el de una espada.

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Nadie se sorprendió cuando el ruidoso hijo de la mejor guerrera de la aldea mostró orgulloso la flor de gladiolos rojos que había aparecido justo encima del hueso que une brazo y pecho.

La pequeña flor era del tamaño del pulgar de su madre, pero poseía una tonalidad carmesí que inevitablemente se asociaba con fuerza, pasión y perseverancia. El gladiolo también era una de las flores más bellas y representaba la vanidad, la fuerza de carácter, el honor y la fidelidad; eran el símbolo absoluto de la victoria, ya que al crecer adquirían la forma de una espada, larga y roja.

El conjunto completo hacía indudable que Katsuki Bakugou era un alfa.

Izuku recuerda con perfecta claridad el día que vio la flor roja en el pecho de su amigo. Recuerda el color brillante y las pequeñas líneas de un rojo oscuro que brotaron justo del centro. Eran rojas como los ojos de su dueño, rojos como el cielo al amanecer. Su color escarlata era extremadamente radiante.

Izuku recuerda el tacto, suave y firme, recuerda la delicada tersura de la piel en contraste con el hueso firme que se hallaba debajo. Recuerda que se pasó días soñando con pétalos rojos en un fondo de piel alabastrina.

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El sonido de un búho despierta a Izuku de su trance, solo entonces mira hacia su cuenco semivacío con los restos de conejo cocido en el fondo.

Izuku suspira.

Recoge los restos de su comida y los entierra, para después limpiar los cuencos. En lugar de ir a su cama, el muchacho se acerca a su bolsa donde guarda el último cuaderno de su colección. Se sienta junto al fuego e intenta esbozar la forma de las flores.

No se sorprende cuando su primer dibujo resulta ser una flor de gladiolos y no una flor de baladre, pero le fastidia que semejante esbozo carezca de vida. Se pasa horas dibujando, intentando capturar el tenue y casi hipnótico movimiento de las hojas. Insatisfecho, toma las pinturas de su bolsa e intenta que su dibujo posea la ferocidad de ese rojo, la fuerza, la brillantez que recuerda.

Es inútil.

Frustrado, Izuku arranca la hoja, la arruga y la lanza lejos. Lo más lejos que puede. Siente ira y frustración. Para combatirlas, se sienta junto al ramo de flores y empieza a deshojar cada una separando los pétalos en distintos cuencos, pero su ira se apaga al ver el puñado de flores que tiene en las manos. Es mirarlas y sentir que puede verlas de nuevo: Heliotropos, magnolias, gardenias, rosas, margaritas, gladiolos de un rojo sangre… todas ellas y más danzando a su alrededor, ostentando la fuerza y la belleza de sus dueños.

Izuku toma aire, con las manos llenas de flores rotas; se reiría de la ironía, pero la idea es demasiado dolorosa.

—Ya lo has hecho antes—se dice para sí intentando retomar la tarea.

Pero es inútil. No puede dejar de pensar en los heliotropos, las magnolias y los gladiolos. No puede dejar de verlas rotas y destrozadas. Todas las flores se han ido, y él ni siquiera tiene una flor en su cuerpo con la cuál consolarse.

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Todos los niños de su edad recibieron su flor casi al mismo tiempo. Todos con excepción de Izuku.

Izuku se pasó semanas estudiando su cuerpo con atención esperando ver la flor que definiría su vida, pero cuando llegó, no era lo que él había estado esperando. Pasó mientras se bañaba. Había con él otro grupo de niños y fue uno de ellos quien grito “Omega” a viva voz.

Izuku se giró buscando el origen del ruido y cuando vio el dedo apuntando en su dirección se dio la vuelta esperando encontrar a alguien detrás de él. No había nadie y fue entonces que lo entendió. Se cubrió el vientre con las manos y echo a correr hacia su casa.

Ni siquiera le importó haber dejado su ropa detrás.

Llegó sin aliento, con el cuerpo húmedo y se metió en el cuarto de consulta donde su padre atendía a sus pacientes. Ambos se quedaron de piedra al verlo desnudo, pero su madre identifico inmediatamente su aroma y corrió hacia él con una manta en los brazos. Izuku se aferró a ella con el corazón latiéndole en la garganta.

Esa noche su madre sostuvo un espejo delante de él para que pudiera apreciar su marca. A la derecha de su cadera había tres hojas alargadas y delgadas; no había flores solo esas hojas de color verde intenso, las dos de los extremos eran extremadamente delgadas, como agujas finas, y la del centro era un poco más gruesa con un círculo, no más grande que una uña, de color verde oscuro en la punta de la misma.

—¿Y la flor?,—pregunto Izuku ligeramente desencantado con la falta de color en su piel.

—Ya aparecerá—dijo su madre apartando el espejo y preparando las vendas para él—A veces tardan en florecer.

—¿Pero qué flor es?

—Hinojo.

Izuku miró a su madre con el ceño fruncido.

—Esa no es una flor. Es una planta medicinal—murmura el niño de seis años intentando contener el pánico. Ni siquiera protesta cuando su madre comienza a envolver sus caderas con la venda.

—El hinojo es una planta que se usa en la medicina, en la cocina y como aromatizante. Crece en incontables lugares y es resistente a muchos climas. Es una buena planta para un omega.

—El hinojo no es una flor—se empecina Izuku sintiéndose pequeño e inútil.

—El hinojo tiene una flor que es de color amarillo. Es pequeña y adorable, pero tarda en aparecer. Vendrá eventualmente, no es algo de lo que debas preocuparte. Ahora presta atención, ¿has visto cómo colocamos las vendas? Porque ahora tendrás que hacerlo por tu cuenta.

Izuku murmuró una protesta.

—¿Para qué tengo que usar las vendas si no tengo una flor?

Era bien sabido que, aunque alfa y beta podían exhibir sus flores con orgullo, los omegas solían cubrirse el vientre y el estómago para impedir que nadie que no fuera su pareja las viera.

—La flor vendrá, Izuku, deja de preocuparte por ella. Ahora voy a quitarte las vendas y será tu turno para intentarlo, ¿de acuerdo?

Mientras su madre lidiaba con el revoltijo de vendas, Izuku tomó el espejo y volvió a mirar su marca. Tenía seis años y no soportaba la visión de verde brillante sin flores de ningún tipo, así que tomo las vendas que su madre le tendía y se envolvió las caderas y el estómago. La primera vez quedaron flojas, la segunda las apretó demasiado, la tercera el nudo se deshizo al caminar, pero Izuku continúo una y otra vez hasta que las vendas se quedaron en su lugar. No estaba dispuesto a permitir que nadie viera sus hojas sin flores.

¿Quién iba a querer a un sin flores?

—Todo va a estar bien, Izuku—murmuró su madre al oler su angustia.

Izuku la abrazó y se dejó arrullar por sus palabras dulces y cálidas. Intento no pensar que él prefería haber sido un beta, como su padre, o un alfa, como su mejor amigo. Alguien que pudiera tener una bella y deslumbrante flor de la cual presumir.

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Izuku abandona las flores, incapaz de seguir tocándolas, y se levanta para recoger el trozo de papel con un gruñido de enfado. Enciende su lámpara de aceite y se asegura de apagar la fogata antes de entrar a la cueva. Se quita las vendas que cubren su estómago y procura no mirar hacia el entramado de hojas verdes que se extienden por su vientre mientras apaga la luz. A oscuras se envuelve en la manta con los ojos abiertos, en su mente no deja de ver la imagen de flores destrozadas entre sus dedos.

Izuku no llora, hace mucho que se ha quedado sin lágrimas, pero el suspiro que crece dentro de él amenaza con hacer estallar todos los muros que ha ido construyendo cuidadosamente. Se concentra en respirar, busca a tientas la bola de papel que dejó caer cerca de su almohada, en cuanto la tiene la aferra con fuerza y cierra los ojos intentando dormir.

En algún momento sueña; o mejor dicho recuerda.

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Izuku se sacudió el agua de la cara y se alejó del río hasta internarse en el bosque. En cuanto las voces del resto de los niños se convirtieron en un zumbido lejano, Izuku bajo su mochila y comenzó a desenvolver sus vendas mojadas.

—¿Por qué no te bañas con los omegas?

Izuku se sobresaltó y se giró con el corazón latiéndole en la garganta.

—¡Kacchan!,—grito al ver al rubio de pie detrás de él, mientras luchaba por rehacer el nudo de su cadera—¿Qué estás haciendo?

—¿Por qué no te bañas con los omegas?

Izuku apretó la boca. Había un estanque privado que los omegas solían utilizar para bañarse sin preocuparse por las miradas ajenas. Niños y adultos podían bañarse en el río, en el lago, o en la playa, llevando siempre sus vendas, pero en el estanque podían desnudarse completamente y disfrutar de un baño en relativa paz. Izuku tenía un año y medio con su marca y nunca había ido al estanque con los otros omegas.

—¿Y bien?

—¡No es asunto tuyo!,—gritó Izuku sintiéndose miserable—¡Ahora vete!

—¡¿Cuál es tú problema?!—Katsuki se acercó y extendió la mano hacia el nudo de su cintura—¿Tienes una flor tan fea que no quieres que nadie la vea?

Izuku reaccionó con ira. Manoteo la mano que se acercaba y retrocedió, sentía las lágrimas ardiendo en sus ojos.

—¡No puedes verla!

—¡Ah!, ¿por qué no?

—¡Porque… NO!

—Tu alfa va verla.

—¡Pero tú no eres él!

Izuku se dio la vuelta y echo a correr; detrás de él oía a Katsuki gritar.

—¡Eh, Deku! ¡Vuelve aquí!

Pero Izuku siguió corriendo, no soportaba pensar lo que diría su amigo si descubría que no había flor en su cuerpo.

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Todos los festivales de primavera se celebraban en la capital, a cinco días de viaje. Ese, junto con la fiesta de otoño, eran dos de los grandes eventos que reunían a todos los habitantes de la isla. Las aldeas enviaban a sus mejores guerreros a participar en los torneos, los artesanos vendían las obras hechas durante el invierno, las parejas de recién casados podían solicitar la bendición de la sacerdotisa… las actividades eran tan variadas como extravagantes.

Izuku tenía ocho años cuando su madre accedió a dejarlo asistir al festival.

—No te alejes de tu grupo—repitió su madre por enésima vez mientras Izuku terminaba de meter bocadillos en su bolsa de viaje.

—Recuerda llevar vendas para cambiarte—aconsejó su padre mientras le tendía un odre con agua junto a otro juego de vendas.

Los adultos abrazaron y besaron a su hijo hasta que fue él quien se alejó de ellos para ponerse al lado de Katsuki.

—Estará bien—dijo Mitsuki Bakugou sonriendo con confianza—Masaru vendrá con nosotros y él cuidará a los chiquillos.

Izuku se despidió de ellos y se unió a la caravana de viaje. Ese día se negó a subir en una de las carretas y prefirió caminar junto a Mitsuki haciéndole toda clase de preguntas. La mujer contestó cada una de ellas con una sonrisa, y en ningún momento pareció hartarse de él.

Por la noche Izuku intentó poner su manta junto a Katsuki pero su amigo se levantó y empezó a doblar su manta:

—¿Kacchan?

—Mi madre está allá—murmuró el rubio mientras señalaba la pequeña tienda de sus padres—puedes dormir junto a su cama.

Izuku lo vio llevar sus cosas hasta el otro lado de la fogata, lo vio acomodarse mientras le daba la espalda. Sintiéndose abandonado, Izuku se mordió el labio y miró a su alrededor. La mayoría de las parejas, como Mitsuki y Masaru, se habían recluido en sus tiendas. Los jóvenes y niños dormían junto al fuego, todos ellos bajo el cuidado de los centinelas apostados alrededor del perímetro. Sin otro lugar a donde ir, Izuku se hizo un ovillo e intento dormir.

Se despertó en algún momento de la noche a causa del aullido de un animal. Se quedó quieto, esperando detectar algún movimiento, pero no había ruido y la ausencia del mismo despertó su inquietud. Sabía que los centinelas estaban cuidando el campamento y sabía que estaba a salvo, pero no podía ahogar la sensación de miedo que empezaba a crecer en él. No queriendo atraer la atención de nadie, Izuku rodeo la fogata y se acercó a Katsuki.

—Kacchan—lo sacudió despacio, murmurando su nombre junto a su oído.—Kaccha, despierta.

El muchacho rubio se sacudió y se giró hacia él, alerta y en guardia; en cuanto sus sentidos captaron el aroma de Izuku, su cuerpo se relajó.

—¿Qué quieres, Deku?

—¿Puedo dormir junto a ti?

—¿Qué? No, si tienes miedo ve con mi madre, ¿no te pasaste todo el día saltando y sonriendo por ella?

—Kacchan, por favor.

Intenta imprimirle a su voz toda la urgencia y el miedo que siente en ese momento, y funciona, porque Katsuki arruga la nariz y tomo su manta para colocarla a su lado.

—Deja de llorar; y controla ese aroma o vas a despertar a todo el mundo.

Izuku se acomodó junto a él, se envolvió en su manta y acomodo su cabeza de forma que su frente quedará lo más cerca posible del hombro de Katsuki, entonces aspiro el aroma de paz y seguridad que emanaba de él, y se meció con el sonido de su respiración. Estaba por dormirse cuando escuchó:

—…Deku.

—¿Hm?

—No te vas a casar con mi madre.

Izuku sonrió con los ojos cerrados—No quiero casarme con tu madre.

—¿Y por qué siempre estás babeando por ella?

—Porque es maravillosa.

El silencio se extiende por su cuerpo e Izuku se deja arrastrar por la calidez y la calma del momento. El sueño está ahí, tan cerca que puede tocarlo, y justo antes de cruzar el umbral hacia la inconsciencia, puede escuchar a Katsuki con toda claridad.

—¿Más que yo?

Con su último destello de conciencia, Izuku murmuró—Nadie es mejor que Kacchan.

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—¿Qué haces?

Izuku levantó la vista de su cuaderno de dibujos y miró a Katsuki sentarse junto a él.

—¿Has terminado de entrenar, Kacchan?

—¿Por qué otra cosa estaría aquí?… no fuiste a ver el entrenamiento; mi madre preguntó por ti.

—¿De verdad? Oh, le pediré perdón mañana.

—¡No lo hagas!,—se inclina hacia él y mira hacia el objeto que Izuku tienen en su regazo—¿Qué es eso?

Izuku sonríe y se lo muestra.

—Mi padre me ha regalado un cuaderno para mí.

—¿Por qué?

—Me ha dicho que puedo empezar a registrar las plantas que ya conozco. Puedo dibujarlas y anotar sus propiedades y los usos que tienen.

—Pero él ya tiene libros de eso.

—Esos son suyos, este será mío. Apenas lo he empezado. No tiene color porque las pinturas solo se venden en la capital, pero no importa. Voy a llenarlo de todas las plantas que sé y después, si puedo, lo pintaré.

—¿Para qué vas a necesitarlos?

—Quiero ser sanador.

—Los omegas no son sanadores.

Izuku se encogió de hombros y continuó esbozando la planta que tenía frente a él.

—Anume es una omega y tiene un barco para pescar.

—Anume perdió a su alfa en una tormenta, usa el barco para alimentar a sus cachorros.

—Even no tiene alfa y en primavera ganó en arquería.

—Even es una rareza… ¿es lo que quieres, no tener un alfa?

—Ningún alfa va a quererme—murmuró Izuku pensando en sus hojas verdes sin flores. Prefería quedarse solo y evitarse la humillación de que alguien más viera su marca.

—¿Y si alguno te pide?,—pregunto el rubio después de un momento de vacilación.

—Pues tendrá que aceptar que voy a ser sanador—no lo dijo con presunción o bravuconería. Fue una simple declaración, como cuando alguien dice que el cielo es azul.  

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No escucha lo que Katsuki dice, lo mira mover los labios, pero las palabras no llegan hasta él. Recuerda haber estado en cuclillas junto a él, recuerda la presión de su hombro contra el suyo, recuerda el aroma de su cuerpo, recuerda haberse quedado mirando las flores de gladiolos rojas en su hombro.

Recuerda la sorpresa cuando el hombre se apareció frente a ellos. Surgió de entre los arbustos y se detuvo en seco al verlos.

Izuku nunca había visto a un hombre con la piel de color purpura, no había nadie como él en su aldea. Era grande y fornido, usaba ropa holgada en colores claros, y su pelo era del color de la nieve.

El hombre sonrió e inmediatamente el miedo se propagó por el cuerpo de Izuku. Su miedo flotó como un incienso denso y amargo, Katsuki respondió a él interponiéndose en el camino del extraño. El gruñido que emitió no era un sonido que Izuku recordara haber oído antes, pero despertó en él una sensación de urgencia.

Izuku se puso de pie justo en el momento en que otros dos extraños aparecían junto al primero. Uno tenía la cabeza de un lince y el cuerpo de un hombre, y el segundo tenía unos ojos gigantescos y unos cuernos del tamaño de su brazo.

—¡Corre!,—Katsuki reaccionó primero, se dio la vuelta y lo empujo para que se moviera. Izuku obedeció, consiguió dar tres pasos cuando algo se le enredo en la pierna y lo hizo caer.

Cayó con las manos por delante y se giró a tiempo de ver a Katsuki saltar sobre el hombre con el lazo. El rubio era ágil y feroz, pero nada podía hacer contra la experiencia y la fuerza combinada de tres hombres. Izuku grito cuando el muchacho se desplomó como un saco lleno.

Izuku recuerda haberse movido por impulso, recuerda haberse arrastrado hasta él justo para ver la sangre manando de su cabeza.

—¡Kacchan, Kacchan!—lo llamó con desesperación extendiendo la mano hacia él, pero nunca alcanzó a tocarlo, la negrura se abatió sobre su cuerpo como un mazo gigante.

Aún inconsciente siguió gritando su nombre, una y otra vez, en medio de la oscuridad.

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Izuku despertó llenó de miedo y angustia. Se agito en su cama, respirando con rapidez y sin ritmo. Se quedó quieto, oliendo el mundo, esperando sentir el suave movimiento de las olas y el aroma a sal, pero en su lugar aspiro la fragancia de la tierra, y notó el aroma de la fría mañana. Sentía las lágrimas secas en las mejillas, pero las limpió sin detenerse a pensar.

Se enderezó en su cama y se abrazó con la manta. Lucho por controlar su respiración mientras contaba hasta cien y luego hasta mil. Poco a poco sus ojos se adaptaron a la oscuridad y consiguió visualizar el contorno de la lámpara y la sombra de las ropas cerca de su cama.

Se vistió en silencio, colocando sus vendas de forma casi automática. Se enfundó en sus pantalones grises y se echó su manta encima de su camisola. Cuando salió de la cueva el mundo era de un gris sucio, y al respirar, el calor de su cuerpo ascendía formando espirales blancas.

Izuku se tomó un momento para reponerse. El recuerdo seguía demasiado cerca y si no tenía cuidado iba a hundirse en él. Nada de autocompasión, se dijo con dureza, sacudió la cabeza con decisión y se puso a trabajar. Lo hizo con determinación, sin titubear.

No se permitió pensar.

Fuego, se dijo y traslado la madera apilada que tenía dentro de la cueva hasta los restos de su fogata nocturna. Agua, tomo sus dos ollas más grandes y recorrió el largo tramo hasta el arroyo más cercano para llenarlas. Loción, tomó una gran bocanada de aire y terminó por deshojar las flores, traslado un puñado de cada una en recipientes con tapa, después procedió a trabajar cada uno de ellos con métodos distintos. Desayuno, uso parte del agua que le quedaba para prepararse té y se envolvió junto al fuego mientras mordisqueaba sus galletas de trigo.

El cielo comenzaba a clarear e Izuku se limitó a mirarlo asombrado de los colores que veía. El rojo sobresaliendo del resto.

Cerró los ojos.

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Cada festival era igual y diferente al mismo tiempo. Pese a que no era el primer festival al que asistía, Izuku no podía dejar de detenerse ante cada puesto para apreciar la belleza de collares, pulseras, cuchillos y una infinidad de productos más. Tanta era la variedad y la perfección de cada pieza que no había sido capaz de decidirse por alguna en específico.

—¿Qué te pasa?,—le preguntó Katsuki esa noche al verlo enfurruñado junto al fuego. Izuku le contó de su predicamento y el muchacho se río—Solo alguien cómo tú se pasaría la noche preocupándose por no haber comprado nada.

Izuku hizo una mueca.

—Toma—sin ceremonia alguna Katsuki dejo caer un paquete pequeño y alargado en su regazo. Era del tamaño de su mano.

—¿Qué es?

—No vas a saberlo si no lo abres.

Cuando lo abrió encontró una caja con seis pequeños tarritos de pintura azul, roja, verde, amarilla, blanca y negra.

—¡Oh!,—murmuró Izuku con sorpresa y encanto. Se giró hacia Katsuki—¿Para qué-?

—¿Para qué sirven las pinturas? ¡Para pintar!… ¿Quieres que tus libros de plantas sean aburridos?

Izuku parpadeó y evoco la conversación de meses atrás. Sonrió y se río de pura felicidad.

 

—¡Kacchan, gracias!,—lo abrazo con la caja de pintura en las manos y aspiro el familiar aroma a madera y humo. Y por primera vez desde que tenía seis años no le importó no tener una flor.

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—Voy a salir de aquí—se dijo Izuku por enésima vez abriendo los ojos. Se lo repetía cada día, a veces hasta cinco o seis veces para reunir la fuerza—Voy a encontrarte, Kacchan.

 

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Era usual que uno de los padres de Izuku se ausentara durante algunos días para atender a los pacientes que vivían lejos de la aldea. Usualmente era su padre, que desaparecía durante algunas semanas, ya fuera para ir a la capital a comprar material o mientras hacía visitas de rutina en las aldeas más cercanas. Hubo una vez, sin embargo, que los dos tuvieron que ausentarse al mismo tiempo.

La culpa fue de la tormenta que ocasionó un derrumbamiento en la zona Este. La villa más cercana al lugar del desastre se había visto parcialmente cubierta con árboles y escombros. Todos los adultos de su aldea se habían marchado para atender a los heridos y ayudar con los pequeños, atrás se habían quedado todos los menores de doce años, bajo el cuidado de un pequeño grupo de omegas y betas.

Esa noche, mientras volvía a llover, Katsuki se despertó para ir al baño. Se frotó los ojos y tardo un momento en comprender que la bolita de calor que había junto a él era Izuku, con mechones húmedos pegados a su frente. Su expresión usualmente tranquila estaba ausente, en su lugar tenía el ceño fruncido y movía los labios como si estuviera hablando consigo mismo. Cuando un trueno resonó en el exterior, Izuku se contrajo involuntariamente y su ceño se pronunció aún más.

Katsuki reaccionó automáticamente. Extendió la mano y acarició con suavidad los mechones de color verde oscuro. Mientras le apartaba el pelo, rozó con delicadeza la frente hasta que las líneas de tensión se desvanecieron.

Una vez satisfecho, Katsuki se levantó y salió al baño. Habían sido reunidos en la sala de asambleas, los bancos habían sido removidos para que los niños pudieran acostarse en el suelo mientras los adultos dormían cerca de la entrada. El baño no se encontraba a más de diez pasos del edificio, pero aun así Katsuki volvió empapado.

El beta que vigilaba le tendió una manta al verlo volver. Katsuki la uso a conciencia y se despidió sin decir ni una sola palabra. Cuando regreso a su colchoneta, encontró a Izuku despierto.

¿Kacchan?,—preguntó el muchacho en voz alta.

Shu, Deku, vas a despertar a todos—se acomodó junto a él y se envolvió en sus mantas.

Lo siento—murmuró el niño, acercándose hasta que sus cabezas se tocaron—Es que me desperté y no estabas.

Fui al baño.

Te mojaste.

Está lloviendo de nuevo.

Lo sé, me despertaron los truenos y por eso viene, ¿estuvo mal?

Duérmete ya.

E Izuku lo obedeció. Cerró los ojos y no tardo en dejarse arrastrar por el sueño. Katsuki se quedó quieto, absorbiendo el calor y el aroma. Era como tener una pequeña fogata para él, aunque era un calor diferente, era radiante sin resultar incómodo. Katsuki se dejó envolver por la sensación. Cerró los ojos y aspiro con lentitud. Se embriagó de él y se durmió.

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Cuando se despertó tardó un momento en separar el sueño de la realidad. La sensación había sido tan real que estaba seguro de que si extendía el brazo encontraría a Izuku durmiendo junto a él. Se río de su ingenuidad, y el sonido no fue agradable. Katsuki se giró y contemplo el techo gris, sintiendo que lo invadía la ira de siempre. Había despertado de mal humor, como siempre que soñaba con él. Lo cual era básicamente todos los días.

Se frotó la cara y se obligó a levantarse.

Su compañero, en la celda al otro lado del pasillo, ya estaba haciendo sus calentamientos matutinos. Katsuki lo ignoró y empezó con los suyos. Estiramientos, lagartijas y abdominales. Termino con el cuerpo empapado de sudor, los músculos tensos y la sensación de que ese día su humor no iba a mejorar.

Sonó la campana.

Y el agua empezó a fluir por los dos canalillos que pasaban junto a las rejas, por la parte interior. Katsuki y el resto de los habitantes de las jaulas se inclinaron junto al agua. Algunos bebieron directamente del canal, otros, como Katsuki, utilizaron su cuenco de agua y comenzaron a llenar la cubeta que tenían hasta que la campana sonó de nuevo y el suministro de agua se cortó.

Katsuki bebió y se lavó lo mejor que pudo con un trapo y el agua fresca; guardó un poco para más tarde ya que el calor dentro de las celas solía ser insoportable por las tardes. Después se limitó a esperar.

El desayuno llego con media hora de retraso. Dos guardias bajaron por la escalera escoltando a dos omega. Dos omegas para dos hileras de celdas, aunque no todas estaban ocupadas.

De forma inconsciente los ojos de Katsuki vagaron por el cuerpo de los omegas. Las dos chicas usaba un sarashi* blanco y ambas portaban muñequeras blancas con anillos de metal y un collar de piel en el cuello con una argolla que no dejaba lugar a dudas su utilidad, pero lo peor de todo era que no se les permitía vendar sus estómagos. Todos los omegas que había visto a lo largo de los años usaban un fundoshi* que cubría el frente, pero que dejaba la parte trasera y la mayor parte del vientre al descubierto. Se sujetaban por lazos a la altura de la cadera y su objetivo era resaltar el intrincado diseño de flores que se suponía era un secreto compartido entre un omega y su alfa.

Desde lejos Katsuki vislumbró el pétalo blanco en la piel de la chica y apartó los ojos, apretando los dientes.

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El cambio había sido repentino. Un día no había vendas y al siguiente sí.

Katsuki no estaba cuando la flor de Izuku había brotado; ninguno de los presentes había visto la flor pero habían alcanzado a distinguir el contorno de las hojas y los tallos antes de que el muchacho corriera a su casa.

Cuando Katsuki vio las vendas no hizo preguntas ni las mencionó en ningún momento. En su aldea se les enseñaba a los alfa que era una falta de respeto preguntar por la flor de un omega. Cuando él tuvo edad para entender su madre le dejo claro que el estanque de los omegas quedaba prohibido bajo cualquier circunstancia y que había un castigo severo para cualquier chiquillo necio que intentará perturbar la privacidad de sus compañeros.

Katsuki lo entendió y obedeció, pero sentía curiosidad.

Y no era el único. Los alfa mayores que él solían juntarse para hablar sobre las posibles flores de los omegas, se reían y fantaseaban, pero inevitablemente terminaban emparejándose y nunca más participaban en ese tipo de conversaciones, ya que se consideraba de mal gusto preguntarle a otro alfa por la flor de su omega. Así que la curiosidad de Katsuki era natural y no podía hacer nada con ella.

El problema era… que Izuku siempre se bañaba con ellos, nadaba con ellos, hacía castillos de arena en la playa. Siempre estaba con ellos. Con vendas y todo. No quería ir al estanque de los omegas y Katsuki tenía que averiguar por qué, aun cuando sabía que no debía preguntar. Sabía que era una grosería intentar siquiera tocar las vendas sin el permiso apropiado, pero no pudo evitarlo.

Y su imprudencia había hecho a Izuku llorar.

Perdóname—le dijo esa noche cuando se armó de valor para ir a ofrecerle una rama de olivo—Lo que hice estuvo mal.

La desdichada expresión de Izuku se había suavizado y había aceptado la ramita de olivo con una sonrisa.

Gracias, Kacchan—el niño se había acercado a él y le había regalado un abrazo del que no se sentía digno—Perdóname tú a mí por haberte pegado.

Me lo merecía—dijo Katsuki devolviendo el abrazo con cuidado. Sintió su cuerpo vibrar con la risa de Izuku y supo que su amigo lo había perdonado.

Katsuki se guardó las preguntas, pero la curiosidad siguió ahí, como era natural.

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—… manta—la voz lo devolvió a la realidad y Katsuki se giró hacia la chica de pelo castaño, su cara redonda tenía una expresión amigable—Voy a cambiarte tu manta y tu ropa. Es hora de lavar la que tienes ahí.

Katsuki se levantó, dobló su manta y se acercó para entregársela. A esa distancia el aroma de la chica lo envolvió –castañas y bayas–, y durante una fracción de segundo Katsuki estuvo tentado de inhalar con fuerza, en cambio retrocedió hasta la pared del fondo y le lanzó la manta que choco contra los barrotes y cayó al suelo. Después se desnudó y pateó los pantalones hacia ella.

La chica no dijo nada, recogió la manta y la ropa, pasó la limpia a través de los barrotes. Encima de ella coloco el desayuno: panecillos de canela, fruta, pan y carne seca envuelta en papel. Pese a que la tarea era relativamente sencilla, la chica se tomó su tiempo para terminarla antes de pasar a la siguiente celda.

Después de tanto tiempo encerrado, Katsuki estaba familiarizado con la rutina. Sabía que la misión de los omegas era calmarlos, inundarlos de feromonas para que el traslado fuera lo más tranquilo posible, pero ese día el rubio no podía acercarse a ella sin pensar en menta y especias. Aún tenía el recuerdo fresco en su mente y no quería que ningún otro aroma lo opacara.

Los omegas terminaron su labor y se marcharon con los dos guardias. De sus compañeros solo dos se habían apartado de los omegas, y comían con la misma expresión de desconfianza que seguramente él tenía, el resto parecía tranquilos y relajados, sin duda embriagados del dulce aroma de los omegas. Katsuki comió en silencio lejos de la manta y la ropa que olía a castañas.

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Nejire huele a fresas—escuchó Katsuki decir a uno de los alfas mayores. Habían terminado su entrenamiento y estaban sentados bebiendo agua y estirándose.

Lo sé—contestó otro alfa que se había unido a la conversación—Me senté junto a ella en…

Katsuki se apartó del grupo mientras ayudaba a su madre a recoger las espadas de madera con las que había estado entrenando, pero uno de sus amigos había escuchado la conversación y había continuado el tema con los niños de su edad. Para Katsuki la cuestión había carecido de interés hasta que uno de ellos había traído el nombre de Izuku a colación.

Midoriya huele a medicina—dijo uno de ellos arrugando la nariz.

Sí—contestó otro con rapidez—Huele a hierbabuena, o jengibre.

Yo creo que huele a flores—dijo un tercero—A mí me gusta.

Katsuki detuvo lo que estaba haciendo y se giró hacia ellos.

Si no tienen nada mejor que hacer, pueden largarse. No tengo ganas de estar escuchando estupideces.

¿Tú crees que huele a medicina?,—preguntó el primero de sus amigos y Katsuki rugió.

He dicho ¡fuera!,—los empujo hasta que todos salieron corriendo—¡largo!

Katsuki terminó de recoger las cosas y se detuvo un momento a pensar. Sí, Izuku siempre olía a plantas medicinales, olía a infusión de flores, olía a esas pastas que Inko siempre estaba haciendo y que Izuku siempre intentaba imitar, pero no olía así todo el tiempo. Después de bañarse y antes de que volviera a casa a impregnarse con el aroma de plantas, el aroma de Izuku era inconfundible.

Olía a especias y a menta. Olía a casa.

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Después del desayuno y antes de que el efecto de los omegas se opacara, otro grupo de guardias bajaron para trasladarlos. Primero abrieron las jaulas de la izquierda y los ocupantes salieron en una línea recta. Katsuki tomó el pantalón conteniendo el aliento y lo frotó contra el suelo, después contra su cuerpo hasta estar seguro de que su propio aroma opacaba el de cualquiera, además tenía hojas secas junto a la pared, así que las tomó con discreción y las guardo en su bolsillo. Cuando fue el turno de su hilera para salir, Katsuki contó del número de guardias y de sus armas. Era inútil por supuesto, varios antes que él habían intentado escapar, qué diablos, él mismo lo había intentado –llevaba las marcas de su fracaso en la espalda–. Las malditas celdas estaban bajo tierra y eran un laberinto. La única salida que conocía daba al campo de entrenamiento y en ese lugar había guardias custodiando las almenas. La puerta de salida era de hierro y solo se abría por el exterior.

Pero en lugar de subir, bajaron. Primero por escaleras y después usando un elevador. Se internaron en la montaña, hasta una zona tenuemente iluminada por antorchas; junto a cada tea había una base alta que sostenía en la cima un incienso. Katsuki maldijo para sí cuando distinguió el inconfundible aroma a leche y miel. Escuchó varias inspiraciones profundas y sintió, más que vio, que el ambiente se relajaba. Era inevitable. Estaba dentro de su naturaleza y era difícil combatir una costumbre arraigada en su sistema.

Olía a omega encinta. Un omega feliz y en paz. Transmitía calidez y calma, y al respirarlo la reacción natural era relajarse, incluso ronronear. El aroma los volvía dóciles, los hacía manejables. Katsuki sintió que su cuerpo se ablandaba pese a su renuencia.

Para combatirlo metió las manos en su pantalón y frotó las hojas secas, después se llevó los dedos a la nariz y la cubrió con el aroma a menta. Era tenue pero se concentró en él. Uno a uno, cada alfa tomo parte en su grupo designado. Unos tomaron sus picos y comenzaron a cavar, otros recogían rocas y las transportaban hasta el elevador de carga, el último grupo se encargaba de subir el material. Katsuki balanceo el pico en su mano y durante un segundo pensó en clavárselo al guardia que tenía más cerca, pero el impulso cedió al recordar que incluso si conseguían derribar a todos los guardias, conque uno solo de ellos hiciera sonar la alarma, los elevadores quedarían paralizados y no habría forma de salir de ahí.

Y Katsuki quería salir. Tenía que salirHabía cuentas pendientes y él quería cobrarlas. Así que tomo su pico y comenzó a usarlo. Lo alzó sobre su cabeza y lo hundió en la roca imaginando un rostro en particular.

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Había despertado atado, con la cabeza punzante e incapaz de recordar los últimos momentos antes de quedar inconsciente. Miro hacia el cielo azul, olió la sal del mar y al girarse sintió la arena en su cuello.

Oh, mira, éste se despertó.

Katsuki se giró hacia la voz y encontró un rostro desconocido y aterrador. Tenía el pelo de un color azul claro, casi blanco, y los ojos rojos estaban rodeados de arrugas. Sonreía pero su gesto no era amable, y su aura era pura hostilidad. El recuerdo de lo sucedido en el bosque volvió a él, recordó a los hombres, recordó a Izuku en el suelo… "que se haya ido" pensó desesperación mientras luchaba contra sus ataduras.

Tal vez deba volver a ponerte a dormir—murmuró el hombre y Katsuki sintió nauseas cuando su mano hizo el ademan de extenderse hacia él.

No tenemos tiempo, Shigaraki—murmuró alguien más. Katsuki no consiguió verlo porque se hallaba fuera de su periferia, pero nunca olvidaría su voz—Los alfa adultos vienen en camino.

Katsuki pensó en su madre e inmediatamente se giró para ponerse de rodillas. Tenía las manos y las piernas atadas pero tenía que hacer tiempo. Tenía que conseguir que su madre…

Todo pensamiento flotó de su mente cuando su peor pesadilla se hizo realidad. Izuku estaba en la arena, inconsciente; la visión de su cuerpo amarrado paralizo su corazón. Ver que uno de los hombres lo levantaba para ponerlo en un pequeño bote hizo estallar algo dentro de él.

¡Suéltalo!,—rugió y se tropezó cuando olvidó que tenía las manos atadas e intentó levantarse.

Alguien más lo levantó y él se retorció como un gusano, pero tenía doce años y estaba atado de piernas y manos. Lo metieron en otro bote, junto con otros alfa de su aldea. Todos ellos inconscientes y ninguno mayor de quince años. La bota de Shigaraki lo mantuvo pegado al suelo, así que Katsuki solo podía gritar, retorcerse y mirar el cielo.

Vio el perfil del barco y cuando consiguieron subirlo Katsuki miró a su alrededor. Había otro barco cerca, ambos eran completamente diferentes de las pequeñas embarcaciones que su pueblo usaba para pescar. Estos eran moles gigantescas, con velas inmensas de color blanco. Y en su interior había cuartos gigantescos llenos de jaulas.

Cuando Shigaraki lo lanzó dentro de una de ellas, Katsuki perdió el aliento y tardo un momento en recuperarse. Para cuando consiguió girarse la puerta se había cerrado y el hombre de pelo azul sonreía.

¡¿Dónde está?!—rugió Katsuki ignorando el dolor de su cabeza.

¿Tu amigo?,—pregunto el otro con una risa escalofriante—Ellos viajan en el otro barco, pero tal vez, algún día, si te portas bien, puedas convencerme de que te deje verlo.

Katsuki había gritado y lo había maldecido. Y su pesadilla había comenzado.

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El pico se atoró sacando a Katsuki de sus ensoñaciones. Se tomó un momento para respirar y se dio cuenta que había trabajado en piloto automático. Tenía la frente perlada de sudor y los hombros entumidos; su espalda crujió cuando se enderezó, pero nada de eso importaba. Se sentía bien, relajado y en paz, inspiro el delicado aroma a miel y su cuerpo maltratado emitió un suspiro de alivio.

No pensó que el trabajo era monótono, aburrido y extenuante, no pensó en el tiempo, no pensó que la comida era insípida y mala. Trabajo deleitándose con el aroma a leche.

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¿Kacchan?

Su voz; es difícil oír su voz.

¿Kacchan?

Era como un eco lejano. Un eco distorsionado.

¡Kacchan!

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Despierta de su ensoñación e inmediatamente mira a su alrededor. Está de vuelta en su celda, y el trabajo del día ha terminado. El muchacho sacude la cabeza, que siente ligera y llena de humo; pese al malestar puede decir con certeza que el incienso ha perdido su efecto.

Katsuki se acerca a su cubeta con agua y se moja la cara y el cuerpo, es vagamente consciente de que su celda ha sido limpiada, que su cubeta de mierda ha sido vaciada y que hay un ligero aroma a omega en el ambiente. Bebe hasta que se siente lleno y poco a poco recupera el control sobre su cuerpo. Estira su espalda con cuidado y masajea los tendones de sus brazos como lo ha hecho cada noche durante los últimos años. Tan concentrado está que le toma un momento procesar las palabras que provienen de la celda de junto. Se gira hacia la voz y grande es su sorpresa cuando descubre una cara nueva.

—¿Qué?,—le gruñe estudiando los rasgos del extraño.

—¿Mal día?,—pregunta el otro con una sonrisa.

Y Katsuki no sabe que es más extraordinario, la sonrisa despreocupada o la sensación de que este chico no tiene idea de dónde está.

—¿Cómo te llamas?,—pregunta el extraño apoyado contra los barrotes que separan ambas jaulas—Yo soy Kirishima. Eijirou si te resulta más cómodo.

Katsuki gruñe y lo ignora, no se siente con ánimos de charlar.

—Te lo pregunté antes—continúa el tipo como si nada—pero no me respondiste. Nadie lo hizo. Fue bastante raro. Todos tenían la misma expresión. Entre ida y dormida. ¿Qué pasó?

—¿Qué más importa?,—gruñe Katsuki desentumiendo su cuello—Mañana lo sabrás.

—Oh…—guarda silencio un segundo, solo uno—¿te importaría darme más detalles?

—Sí.

—…si qué, ¿sí me darás más detalles o sí te importa darme más detalles?

Katsuki siente que su mal humor regresa con fuerza.

—¡Cállate!

—Veo que estás molesto, ¿crees-?

—¡Shhh!.

Sorprendentemente el extraño guarda silencio, tal vez sea porque también ha oído los pasos. El ritual se repite y los dos guardias escoltan a los omegas que llevan la cena; estos no son los mismos que los del desayuno, y uno de ellos es un chico.

Katsuki oye a su vecino de celda tomar una rápida inspiración. Puede sentir la sorpresa, el shock, la agitación, y un sinfín de emociones más brotando de él. Todos los alfa recién llegados han tenido la misma reacción cuando ven por primera vez a un omega en público y sin vendas.

Katsuki lo mira y no le sorprende ver el sonrojo de su cara, ni la forma como de pronto intenta mirar a todos lados menos a los omegas. Toda su confianza se esfuma cuando el omega rubio se arrodilla junto a su celda para pasar la cena entre los barrotes, se queda quieto mirando fijamente su cara y cuando el rubio se levanta para marcharse, el extraño dirige sus ojos al suelo.

Mientras el omega coloca su cena dentro de su jaula, Katsuki se acerca a él. Esta vez no le importa aspirar el aroma a naranjas.

—Necesito más menta—murmura el rubio recogiendo su cena mientras procura esconder su cara de los guardias. El rubio no asiente ni responde, pero Katsuki sabe que lo ha oído. Después de todo no es la primera vez que se lo pide.

Los omegas se marchan y Katsuki se come su cena en paz, o al menos lo hace hasta que los pasos de los guardias desaparecen en la distancia y su vecino decide retomar su charla.

—¿Por qué ellos…?

Katsuki corta la pregunta que ha oído cientos de veces—¿Crees que tienen opción?

Escucha al alfa tomar aire y está seguro de que la conversación se ha terminado, pero supone mal.

—¿Qué le dijiste?,—pregunta en voz baja girándose nuevamente hacia él.

—Nada que sea de tu incumbencia—murmura Katsuki masticando con desidia.

—Vaya… sí que eres un encanto.

El mal humor de Katsuki estalla por fin, le duele la cabeza, se siente inservible y la desesperación que ruge dentro de él parece no tener fin. Se levanta y en dos zancadas cubre la distancia a la jaula vecina. Estira el brazo y entierra un dedo en el pecho del recién llegado.

—¡Escucha, imbécil! Aquí nadie tiene humor para tus bromas o tus preguntas. No me importa si es tu primer día. ¿Quieres saber que va a pasar? Mañana lo vas averiguar. ¿Quieres un consejo? ¡Cállate! Y deja que el resto disfrute de su cena en paz.

El extraño lo estudia con una atención absoluta. Katsuki le devuelve la mirada e intenta hacerse una idea de él examinando su cuerpo. Tiene rasgos angulosos, vastos, su complexión es robusta y firme. Y justo a la mitad de su pecho flores de lis destellan en color escarlata. Justo cuando Katsuki está listo para darse la vuelta y volver a su cena, el extraño dice:

—¿Te gusta vivir aquí?

Katsuki gruñe, un sonido de amenaza y furia.

—¿Eres imbécil?

—¿Quieres volver a casa?

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¿Quieres volver a casa?

Escucha la pregunta pero su cerebro no consigue procesarla. El dolor de su espalda es sordo y se extiende por su cuerpo aplastando cualquier otra sensación. Abre los ojos y parpadea hasta que consigue enfocar el rostro frente a él. Al reconocerlo, su cuerpo se llena de un odio espeso y líquido.

Te he escuchado decir que quieres volver a casa, aunque tal vez sea culpa del incienso, no lo sé.

Kai gruñe e intenta lanzarse contra él pero tiene los brazos encadenados a la pared.

Oh, tenemos un gato salvaje—el hombre de pelo azul se ríe y Katsuki siente que su interior se contrae de asco—Varios en realidad.

Solo entonces Katsuki se da cuenta de que en no está solo. Hay más chicos encadenados en el mismo cuarto que él. Todos son casi de su edad aunque hay algunos más pequeños.

¿Sabes?,—continua Shigaraki sin dejar de mirarlo—Has estado murmurando un nombre mientras dormías, ¿deku?... ¿te resulta familiar?

Katsuki ruge y el sonido alerta a los demás que comienzan a sacudirse en sus cadenas.

¡Shigaraki! Deja de provocarlos.

Cállate y trae más incienso.

Uno de sus lacayos se apresura a complacerlo y Katsuki se debate con mayor fuerza. Odia ese incienso. Lo odia con todas sus fuerzas. Huele como un omega, un omega feliz y encinta, pero hay algo mal en él, porque no solo los tranquiliza, también los deja débiles y los hace perder la noción del tiempo.

Pero no hay escapatoria y la habitación comienza a inundarse con un aroma irresistible. Ignorando a los chicos, sus captores continúan con su charla.

¿Cuánto tardara el condicionamiento?,—pregunta Shigaraki.

En un par de semanas los enviaremos con el general.

¿Y los omegas?

Katsuki se tensa, es la primera vez que los escucha mencionarlos.

No vamos a tener tiempo para ir a buscar más. No podemos arriesgarnos a que los barcos de Yuuei nos intercepten. Tenemos que entregar este grupo en la ciudad.

El general no estará complacido.

El general entenderá que no fue culpa de nadie que el maldito barco naufragara. Tuvimos suerte de que el nuestro no corriera con el mismo destino.

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—¿eh? ¿me has oído?

Katsuki parpadea y lo mira. Toma un segundo en rebobinar la conversación. ¿Volver a casa? No, no hay nada ahí para él. Su madre, tal vez, si es que sigue viva. Pero lo que realmente quiere, lo que quiere por sobre todas las cosas: Es la cabeza del hombre llamado Shigaraki.

—Quiero venganza—dice y su voz resuena baja y grave, como el gruñido de un animal salvaje.

Chapter Text

Se despertó con dolor de cabeza y tardó un momento en comprender que sí, la lámpara sobre su cabeza se movía y que eso no era resultado de su imaginación. Tampoco se estaba imaginando los barrotes que había junto a su cara.

—Hue—murmuró con la boca seca. Intentó levantarse, pero solo consiguió girar sintiendo que su cabeza latía como un corazón gigante.

—¿Estás bien?,—pregunto otro chico, sentado junto a él, un omega de su aldea dos años mayor que él.

—¿Dónde?

—En un barco—murmuró alguien más.

Izuku cerró los ojos y se concentró en calmar el dolor de su cabeza. Se tocó el chichón y masajeó el contorno pese a los escalofríos que recorrieron su cuerpo al hacerlo. Cuando logró calmar el mareo se levantó lentamente. Había otros ocho omega en su jaula. Todos de su aldea. Había cuatro jaulas ahí, y en todas ellas había omegas de todas las edades. Izuku contó no menos de quince rostros desconocidos.

Ninguno de ellos era Katsuki.

Al principio sintió alivio, porque si el rubio no estaba ahí no cabía duda de que lo habían dejado atrás. “Sigue en casa”, pensó, y fue casi absurdo sentir que ese consuelo conseguía tranquilizarlo; pero la calma no duró demasiado. El cuarto olía a estrés. El miedo de los omega se había dispersado por todo el compartimiento llenándolo de un aroma amargo. Era imposible conservar la calma en esas circunstancias. Izuku lo intentó. Intentó no pensar en la sangre, intentó no pensar en el cuerpo de su amigo inconsciente.

Había demasiada sangre” se dice e inmediatamente sacudió la cabeza. “No. Kacchan está bien. Solo fue un golpe. Alguien lo habrá encontrado. Mis padres lo habrán atendido. Va a recuperarse. No es la primera vez que se abre la cabeza. Y cuando despierte les dirá a todos lo qué pasó. Mitsuki y el resto lo sabrán”

Izuku salió de su trance cuando Toru se apretó junto a él, solo entonces el muchacho se dio cuenta de que había estado murmurando en voz alta.

—¿Vendrán a buscarnos?,—preguntó la chica apoyando su cabeza en el hombro de Izuku.

La respuesta fue inmediata—Vendrán.

Kacchan vendrá” se dijo Izuku para sí, lleno de una confianza ciega. Y cuando lo hiciera Izuku lo estaría esperando.

[…]

Los omegas se amontonaron en pequeños grupos intentando darse consuelo. El enviciado ambiente se aligeró pero aún apestaba a miedo, incertidumbre y zozobra. Izuku respiraba y cada inhalación hacía tambalear su certeza de que Katsuki lo buscaría. Cayó en un sueño intranquilo. Soñó con Katsuki cubierto de sangre, soñó con su piel blanca deshaciéndose entre sus dedos. Su miedo se unió al de los otros y cuando ellos empezaron a llorar, no tuvo fuerza para detener sus lágrimas.

[…]

No los dejaban salir para ir al baño así que pronto el cuarto se llenó del aroma a orines, mierda y vomito. Izuku y el resto utilizaron una esquina de la jaula como baño y se amontonaron en la otra. Recibían comida una vez al día. Como sus raciones eran diminutas y se limitaban al pan y al agua, el baño empezó a utilizarse con menos frecuencia. Todos empezaron a mostrar signos de desgaste y agotamiento. Dormían más, se movían menos. Solo hacía falta que uno empezara a llorar para que el resto lo imitara.

Pese a todo era un consuelo estar rodeado del aroma de sus compañeros. Izuku despertaba en una pila de brazos y piernas, intentando rescatar el aroma de su hogar. 

[…]

Izuku se despertó con nauseas. El barco se mecía con tal violencia que una de las lámparas que colgaba de la pared salió disparada y se estrelló en el suelo. El aceite se desparramó sobre la madera y el fuego se extendió sin control.

Todos los omega comenzaron a gritar.

No pasó mucho tiempo antes de que uno de los guardias bajara a investigar el alboroto. Al ver el fuego salió corriendo y volvió cargando dos cubetas con agua. Era casi gracioso verlo tambalearse por culpa del barco, pero al final consiguió apagar el fuego. Cuando terminó se dio la vuelta para marcharse pero justo en ese momento la nave entera se sacudió con violencia y todas las jaulas se desplazaron.

Una de ellas se estrelló contra el guardia y el hombre rebotó hacia la pared donde su cabeza emitió un fuerte ‘Plop’.

—Las llaves—gritó Izuku al verlo en el suelo.

De inmediato uno de los omegas adultos que estaba en la jaula sacó los brazos de los barrotes y tras una breve vacilación comenzó a buscar en los bolsillos del hombre inconsciente. En cuanto encontró las llaves probó cada una hasta encontrar la que abría su jaula.

Los omegas salieron. Otra violenta sacudida los envío al suelo y los hizo desplazarse hasta la pared. El adulto, que había tenido la rapidez para sujetarse de la jaula, se tambaleó pero mantuvo la vertical. Con muchísimo cuidado fue desplazándose de jaula en jaula abriendo las puertas. Todos los omegas empezaron a moverse lentamente, algunos a gatas, otros sujetándose de las jaulas, pero las sacudidas iban creciendo en intensidad. Y no solo era eso, con cada violenta sacudida el agua que iba entrando por las escaleras se acumulaba hasta alcanzar una profundidad de dos dedos. Después cubrió sus tobillos y seguía aumentando.

Los omegas tropezaron y cayeron. Sus cuerpos se deslizaron de izquierda a derecha. Izuku, que se sujetaba de una de las jaulas, espero hasta que el movimiento del barco se inclinó hacia la derecha y entonces se soltó. Chocó contra otro omega pero consiguió llegar hasta la esquina más cercana a la puerta.

Otra violenta sacudida, la peor de todas, desplazo las jaulas, todas se movieron como un grupo completo hasta estrellarse en la pared opuesta. La marejada de agua que entro por las escaleras fue más pronunciada.

Y no se detuvo.

Aferrándose a la argolla incrustada en la pared de madera, Izuku notó que el agua empezaba a llegarle a la cintura, después al pecho y para cuando alcanzó su cabeza se soltó. Flotó y espero hasta que su cabeza toco el techo. De reojo vio a varios omegas siguiendo su ejemplo. Entonces inhalo profundamente y se sumergió.

Nadó hasta la puerta. Pataleó con fuerza, y pese a que se sentía débil y exhausto, no se dio por vencido. Nadó por las escaleras esperando salir pero cuando lo hizo encontró que no había aire o cielo. Estaban bajo el mar.

Izuku nadó. Pataleó hasta que sintió calambres en las piernas. Braceó hasta que sus hombros se convirtieron en fuego. Su cabeza atravesó la superficie y su reacción inmediata fue abrir la boca y respirar. Cuando una ola se estrelló contra su cara volvió a hundirse. Emergió presa de toses y con la sensación lacerante de haber tragado agua en contra de su voluntad.

Luchó por mantenerse a flote, pero ola tras ola lo hundía sin remedio. En un momento algo duro se estrelló contra su cara, el golpe lo sacudió y extendió la mano para aferrarlo. Se le escapó entre los dedos, e Izuku utilizo el resto de sus fuerzas para ir tras el trozo de madera que se alejaba de él. En cuanto lo tuvo a su alcance se aferró y lo utilizo como flotador.

Más exhausto que nunca, Izuku se tomó un momento para respirar. El mar embravecido no dejaba de elevarse hasta caer con una potencia terrible. La lluvia caía con fuerza, fría e implacable. El viento emitía rugidos como los de una bestia furiosa. Y en el cielo destellaban luces, una tras otra, acompañadas de un bramido ensordecedor. Cuando Izuku miró a su alrededor, esperando ver a otros omegas emergiendo del mar, solo vio agua, olas blancas balanceándose contra él. No había rastro del barco, su tripulación, ni de la mercancía que llevaban en la bodega.

Izuku estaba solo.

Cerró los ojos y apoyo la mejilla contra la tabla. Pensó en su hogar y dejo que la dulce nostalgia lo invadiera. Lloró en silencio despidiéndose de sus padres, de sus amigos, de Katsuki.

“No seas debilucho”

La frase sonó clara y fresca en su mente. Podía recordar los matices de esa voz sin esfuerzo. Podía ver la sonrisa confiada y la expresión rebosante de presunción.

Katsuki siempre había sido brillante, había sido el primero en obtener su flor, había iniciado su entrenamiento antes que ningún otro, tenía manos diestras para empuñar cuchillos y hacer nudos, era rápido y ágil y se había convertido en la estrella que guiaba su vida. Izuku quería estar a su altura, quería ser lo que Katsuki era para él.

Las manos de Izuku se aferraron a la tabla sin dudar, abrió los ojos y luchó contra el sueño, el hambre y el cansancio. Mientras la lluvia rugía sobre él, Izuku se juró no rendirse.

—El ajenjo es amargo—murmuró para sí mientras el viento seguía soplando—Tiene hojas largas de un verde oscuro. Sirve para calmar los dolores del estómago. La albahaca…

Con la tormenta azotando por encima de su cabeza, Izuku continúo enumerando las plantas que conocía. Recito una a una sus características, sus utilidades, su forma. Las imagino e intento recordar el aroma de cada una.

Cuando terminó de recitar todas las plantas que se sabía de memoria volvió empezar. Sabía que nunca podría volver a ver a Katsuki si se rendía.

[…]

Cuando volvió en sí la tormenta había terminado, ni siquiera recordaba haberse desmayado. Despertó frente a un cielo azul, brillante y despejado. Despertó con el cuerpo entumido y la cabeza llena de ruido. Despertó bajo el escrutinio de unos grandes ojos negros. Cuando vio que junto a ella había otra persona con la cabeza de un pájaro, Izuku empezó a gritar.

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Izuku abre los ojos y lo primero que ve son los familiares ojos negros, la delgada cara cuadrada y la pequeña nariz. Esta vez sonríe.

—Hola, Tsuyuchan—sonríe mientras trata de identificar la hora del día por la posición del sol—No sabía que ibas a venir hoy.

—Vine a recolectar moluscos, no pensé que fuera a encontrarte aquí. Es más de media tarde.

—¿De verdad?,—se endereza despacio, desentumiendo su espalda—Estuve trabajando en las velas, pero me quedé dormido.

—Sabes que no puedes quedarte en la playa, Zuchan. Es peligroso si alguien más te encuentra.

—Cerré los ojos un momento, ni siquiera me di cuenta de que había pasado tanto tiempo. Empezaré a empacar mis cosas.

—Te ayudaría, pero debo darme prisa. Mi hermana vendrá a buscarme si no regreso pronto.

—Está bien, si quieres te ayudaré para que no te retrases—Izuku toma el cubo que la muchacha lleva y se pasan la siguiente media hora con los pies metidos en el mar—¿El toque de queda aún está vigente?

—Durará hasta que lleguen las tropas del rey.

—¿Cuánto falta? ¿Una semana?

—La carta de reclutamiento llegó hace dos semanas. Así que otras dos antes de que el primer grupo llegue. Fumikage me ha dicho que piensas marcharte para entonces. ¿Estás seguro de que es una buena idea? Podrías hacer lo mismo que haces todos los años.

—Me internaré en el bosque cuando mi ciclo llegue. Tengo todo listo. Comida, agua y mantas; pero no quiero arriesgarme a que alguno de los soldados encuentre el barco. Si lo hallan harán preguntas, o peor aún, se lo llevaran.

—Fumikage dice…

—Lo sé. Se ha ofrecido a responsabilizarse por él en caso de que lo encuentren, pero es un riesgo que no quiero correr. No puedo pasarme otro año construyendo uno nuevo.

—Lo has hecho antes.

—Sí, pero este es el primero que no se hundió durante los viajes de prueba. Es el mejor que he hecho hasta ahora.

—¿Estás seguro de que resistirá el viaje?

—Eso espero.

—¿No has hecho alteraciones en la ruta?

—Según los mapas que Tokoyami me consiguió, estamos al sureste del Mar Interior. Del otro lado del mar está el reino Yuuei. Si consigo llegar hasta ahí y bordeo sus costas, llegare hasta el extremo sur del continente. Desde ahí debo seguir en dirección suroeste hasta llegar al grupo de islas Kohei. Una de esas islas es mi hogar.

—Cruzar el Mar Interior no es fácil. Abundan las tormentas y hay serpientes de agua. Quienes lo cruzan usan barcos inmensos para que la travesía resulte exitosa. Creo que sería mejor que no te separaras de la costa. Si la sigues rodearas el mar y llegaras de todos modos al otro extremo.

—Es una opción, todavía no la descarto. Podría alejarme de la costa lo suficiente para evitar ser visto por tierra. Si me topó con una tormenta podré acercarme a la costa  y esperar que pase. Es sin duda una opción viable. Pero si lo hago tendría que atravesar cerca del castillo Overhaul, y sabemos que tú rey no soporta a los de mi raza. Si me atrapan me matarán. Aun suponiendo que pase sin ser visto, inmediatamente después están las tierras del General y sabemos que su puerto siempre está abierto. No podré cruzar con el barco, podría abandonar el bote antes de llegar al puerto y probar suerte por tierra, pero aun si consigo cruzar el territorio sin que me atrapen, tendré que atravesar la  zona en guerra… —Izuku se detiene y se gira hacia ella—Lo siento, me deje llevar.

—No te preocupes. Me alegra ver que has considerado todos los posibles escenarios, pero aun así creo que atravesar el Mar en ese barco es arriesgado.

—Gracias por tu preocupación, Tsuyu, pero es algo que tengo que hacer.

Una vez que terminan de recolectar los moluscos, Tsuyu lo ayuda a recoger sus cosas y a esconder la pequeña embarcación bajo hojas y ramas. Inician el camino de vuelta y antes de separarse, Tsuyu suspira.

—¿Fumikage te lo dijo?

—¿Qué su nombre está en la lista de reclutamiento? Sí. Me lo dijo. También me dijo que planeabas alistarte para evitar que tu hermano tengo que hacerlo.

—Samidare es demasiado joven. Mi madre se moriría de dolor si tuviera que verlo partir.

—También le dolerá perderte a ti.

—Soy la mayor, es mi deber. Tal vez para el siguiente año la guerra haya terminado.

—¿Esas son las noticias que llegan?

La muchacha suspira.

—Se dice que el General y nuestro rey han iniciado los trámites de una alianza.

—¿Por eso el reclutamiento de este año es más exhaustivo?

—Se dice que nuestro rey enviará tropas de apoyo para el General. Supongo que con ambas fuerzas planean oponerse al rey de Yuuei.

Izuku se frota distraídamente la nariz.

—Si los dos reinos de la zona oeste se unen, nadie estará a salvo.

—Debes tener cuidado, Zuchan. El General ha convencido a nuestro rey de entregar a cualquiera que porte flores en su cuerpo. Han decidido ayudar en la construcción de navíos. Si alguno de sus barcos te encuentra, no habrá escapatoria.

Izuku sacude la cabeza.

—Es un riesgo que tomaré. No puedo quedarme toda mi vida aquí, escondido en el bosque, esperando que nadie me encuentre. Agradezco la preocupación que Tokoyami y tú sienten, pero cuando se vayan no quedará nadie que sepa que estoy aquí. No soporto pensar que no volveré a ver mi hogar. Tengo que irme. Tengo que arriesgarme.

La muchacha asiente e Izuku se aleja de ella ofreciéndole otra triste sonrisa.

[…]

El ciclo de Izuku llega y se va. Lo deja exhausto, insatisfecho y con la mente llena de recuerdos: El aroma a madera y humo, la sensación fantasmal de la piel alabastrina, la sonrisa condescendiente, y el rojo brillante de los gladiolos.

El recuerdo de Katsuki es radiante y caliente. Izuku se toca pensando en él, murmura su nombre hasta que pierde sentido y se frota hasta que su cuerpo se derrite una y otra vez. Y aún entonces nunca es suficiente.

[…]

El cielo es de un gris claro cuando Fumikage y Tsuyu llegan a la playa para despedirse. Entre los tres transportan la comida, la ropa, las mantas, las botellas con infusiones y el agua. 

—Zuchan—dice la muchacha cuando al terminar se detiene a observar a su amigo—¿Qué es eso?

Al ver que señala su tobillo, Izuku levanta su pantalón para mostrar su obra de arte.

—La hice yo

Una hermosa orquídea blanca destellaba justo sobre el hueso de su tobillo, de ella nacen líneas verdes que envuelven su pierna.

—No es perfecta, pero creo que servirá.

—¿No se despinta?,—pregunto Fumikage.

—Si la mojo y la froto se irá. Si permanece mojada durante mucho tiempo la tinta se correrá. Pero pretendo envolver mi pierna con vendas. Así evitaré que se moje y servirá como distracción.

—¿Has cargado con suficiente loción?

—Toda la que he podido. De todos modos ustedes no pueden reconocernos por nuestro aroma.

—Pero podemos rastrearlos.

—Lo sé. En fin. Tengo todo lo que necesito. Llevo también algunas plantas por si me mareo, me enfermó o me hago una herida. Creo que estoy listo.

Vuelven a abrazarse, ofreciendo consejos, consuelo y buena suerte. Cuando el sol ha terminado de salir, Izuku les abraza por última vez.

—Gracias por rescatarme—les dice apretando con fuerza—Gracias por ayudarme cuando no tenía nada. Gracias por la comida. Gracias por la compañía. Gracias por no entregarme.

Tsuyu llora silenciosamente mientras murmura—Cuídate, Zuchan. Deseo de corazón que consigas volver a tu hogar.

—Gracias, Tsuyu. Si puedo, algún día espero volver.

Fumikage no llora pero su expresión es de honda tristeza.

—Con suerte, Zuchan, no volverás a ver a ninguno de los nuestros jamás. 

Los dos amigos empujan la pequeña embarcación mientras Izuku se alista con los remos. Agita las manos hasta que las siluetas de la playa se empequeñecen. Después se gira hacia el mar.

—Aquí vamos.

[…]

El primer día el viento es favorable. Izuku suelta las velas y guía su navío tomando como referencia al sol. Avanza a buen ritmo, y cuando no hay viento procura pescar para mantener sus reservas de comida, aunque sabe que comer regularmente pescado crudo puede ser peligroso.

El sol es insoportable, así que Izuku se envuelve la cabeza con una de sus camisas y se desnuda. Duerme a intervalos, siempre cuidando que su bote no se aleje de la línea imaginaría que ha trazado. Cuando llueve consigue reunir agua dentro de una de las ollas que lleva y cada día que pasa hace un conteo de su comida, de los días que lleva viajando y procura ajustar sus raciones según lo necesite.

Según sus cálculos no va ni a la mitad de su viaje cuando se topa con su primer tormenta. No es terrible, pero agita el mar con furia, y las olas frías golpean contra su embarcación con tal fuerza que Izuku se ve en la necesidad de amarrarse al mástil para evitar caer. Las náuseas lo sacuden y la experiencia en general es terrible.

Cuando la tormenta finalmente se calma, Izuku se haya exhausto. Su primer pensamiento es asegurarse de que sus cosas siguen a salvo, tarda lo que parece una eternidad en su inventario y cuando finalmente termina y se prepara para retomar su rumbo se percata de la sombra negra que destella en el horizonte. Y no es la única, detrás de ella empiezan a distinguirse otra.

El estómago de Izuku se contrae de pánico.

[…]

Lo primero que hace es vestirse. Las manos le tiemblan tanto que no consigue colocarse sus vendas a la primera. El miedo late dentro de él con fuerza, pero Izuku se muerde la boca, utiliza sus ejercicios de respiración para calmarse y reinicia su labor. Se pone sus pantalones, su camisola, su chaleco y procura doblar su pantalón para dejar su tobillo vendado a la vista. Después de eso iza las velas, aunque por desgracia para él no hay viento. 

Izuku maldice.

La sombra negra avanza a una velocidad asombrosa y sus contornos no tardan en distinguirse. Detrás de él vienen otras tres embarcaciones. Una detrás de otra.

Izuku usa los remos para iniciar la retirada, pero el vigía del primer barco debe tener una vista excelente porque el barco ha modificado ligeramente su ruta y ahora enfila directamente hacia él. Queriendo evitar una colisión, que sin duda acabaría con su barco partido en dos, Izuku se las arregla para moverse en línea paralela al buque. Está esperando que la velocidad del buque le impida detenerse y él consiga alejarse antes de que los otros reaccionen, pero el deseo es en vano porque se da cuenta de que el barco inició su desaceleración desde el mismo momento en que corrigió su ruta.

En cuanto el bote de Izuku pasa cerca del barco largas cuerdas caen desde la barandilla. Izuku intenta usar el remo para alejarse pero antes de que su barco empiece a moverse, uno de los hombres de abordo salta usando las cuerdas y cae sobre su embarcación.

El golpe sacude el barco e Izuku se dobla sobre el borde a causa del movimiento. Suelta el remo sin querer, y cuando intenta empuñar el otro para defenderse el intruso lo sujeta del cabello. Otro intruso cae desde el buque y mientras el primero de ellos usa las cuerdas para ascender llevando a Izuku como un costal de papas, el otro se entretiene metiendo todas sus pertenencias en varios costales.

El ataque no toma más de diez minutos, y pese a la situación, Izuku se sorprende de la eficiencia.

El atacante deja caer a Izuku con fuerza y el muchacho gruñe cuando su brazo recibe todo el peso de su cuerpo. Antes de que consiga decir nada, manos extrañas lo giran e intentan desgarrar su chaleco. Izuku lucha y patea, pero el hombre de piel cobre es muchísimo más fuerte; es entonces que una voz cerca de él dice.

—Déjalo ya. Es un obrero—una mano aferra la pierna de Izuku y el muchacho reza porque su engaño funcione. Al parecer lo hace porque la mano lo suelta y su atacante lo iza como si fuera un niño.

Izuku mira a su alrededor, estudiando los rostros. Muchos de ellos tienen características animales, pero hay otros, como el hombre que lo sostienen, cuya única diferencia es el color de su piel.

—Ponlo en la bodega—la voz pertenece a un hombre pequeño con los ojos de un hombre pero con el pico de un ave—Y el resto a trabajar. Vuelvan a avivar las calderas. Máxima velocidad.

Justo en ese momento un espantoso estruendo resuena en la lejanía. Izuku se gira para mirar hacia el horizonte. A lo lejos el segundo y el tercer barco parecen haberse estrellado, pero después de una concienzuda observación, Izuku se da cuenta de que el segundo barco se encuentra en llamas mientras que el tercero parece entero. Más aún, cuando Izuku los estudia distingue que ni siquiera son del mismo tipo de barco. El que se quema tiene un solo mástil, mientras que el otro tiene tres; y la bandera que se agita sobre ellos es diferente.

Escucha una maldición de alguien de la tripulación y el hombre pequeño empieza a gritar.

—¡Vamos, muévanse! ¡Quiero que esta cosa se mueva! A menos que quieran disfrutar de la maldita hospitalidad de los salvajes.

Lo último que Izuku ve antes de que lo metan en la bodega es que el cuarto barco, el que viene detrás de todos, pasa de largo a los otros dos y enfila directamente hacia ellos. Al igual que el tercer barco, el último tiene tres mástiles y encima de uno de ellos ondea una bandera gris y roja.

[…]

Izuku se espera las jaulas, pero a diferencia de las que conoció cuando lo arrancaron de su hogar, estas celdas son individuales. La bodega está llena de pequeñas jaulas, la mayoría de ellas llenas. A Izuku le basta una inspiración para saber que todas las personas que están ahí son alfa. No hay ni un solo beta a bordo.

Dentro de su jaula, Izuku se acomoda su ropa e intenta no retorcerse de ansiedad. Es difícil hacerlo cuando todo el compartimiento está lleno de ira. Los alfa, aunque jóvenes, exudan advertencias y furia, Izuku los huele y entiende porque ellos, a diferencia de los omega, van en espacios separados. Huelen a encierro, a violencia. Izuku siente la urgencia de hacerse pelotita, de suplicar perdón. Tiene la tentación de liberar feromonas para calmarlos, pero se muerde la mano y entierra la nariz en su ropa.

Su ropa huele a flores. Flores y plantas. Se concentra en el aroma y procura no mirar a nadie. El alfa que está en la celda de junto le habla:

—¿De dónde has salido?—su tono es acerado, por su cara no tiene más de quince años, pero sus dientes parecen aterradores y sus ojos destellan peligro.

—Viajaba en mi barco—explica intentando mantener la voz firme—Me aleje de la costa y me capturaron.

El alfa aspira varias veces seguidas.

—No eres un alfa—gruñe.

—S-soy un beta.

—Tampoco hueles como uno.

—Soy sanador. Hago pastas y medicinas con plantas. Seguramente huelo a eso.

El alfa vuelve a aspirar—Sí… huelo las flores.

—¿Qué fue el estruendo que se oyó?,—pregunta otro alfa, el muchacho cuya jaula está justo frente a la de Izuku.

—Un barco… había un barco quemándose.

—¿Cuál?

—No lo sé… ¿no todos son iguales?

—¡No! ¡Los demonios atacaron nuestra villa pero la flota del rey los persigue, hemos estado escuchando sus cuernos de advertencia desde que hace dos días! Es cuestión de tiempo antes de que nos alcancen.

—Están cerca—explica Izuku para después detallarles la escena que vio mientras estaba en cubierta.

—¿El barco de los omega estaba en llamas?,—pregunta alguien e Izuku se gira hacia la voz pero no sabe de donde proviene.

—¿Barco de los omegas?,—inquiere mirando hacia todos lados.

—¿De dónde eres que no lo sabes?

Izuku se atraganta—De las islas de Kohei—responde con voz seca—Atacaron a mi aldea hace algunos años, pero nunca supe que…

Uno de los alfas lo corta con un ademan—Los demonios siempre usan dos barcos. Uno para alfas y uno para omegas. Si la flota del rey ha conseguido abordar el barco, entonces los omegas estarán a salvo.

Hay murmullos de emoción entre los muchachos. Izuku nota que la ira se atenúa. Sin duda muchos de ellos agradecen saber que sus amigos, hermanos o futuros prometidos, ahora están a salvo; pero hay algo que sacude a Izuku de pie a cabeza.

—¿Cuántos barcos de la flota había?,—pregunta alguien e Izuku reacciona con lentitud.

—Vi dos—murmura sin fuerza—Uno se quedó con el barco en llamas, el otro viene detrás.

Hay gritos de emoción, el compartimiento se inunda de energía, de arrebato, pero Izuku no presta atención. No puede dejar de pensar. Barco de omegas. Barco de alfas. Su corazón se retuerce. No, piensa con desesperación. Kacchan está en casa. Está en casa; pero incluso mientras se lo repite no deja de ver el cuerpo de Katsuki inconsciente. No deja de recordar el agua llenando la bodega, no deja de pensar en el mar embravecido.

Dos barcos, se repite. No vi otro barco.

Dos barcos. No había otro barco.

Los dos barcos... ¿Se hundieron?

Izuku se tapa la boca, retrocede hasta la esquina de su jaula, se tensa para controlarse y deja que las lágrimas se desborden. Silenciosas, amargas y saladas.

Chapter Text

De su viaje en barco Katsuki recuerda el aroma: Un cuarto lleno de jóvenes alfa, furiosos y violentos, encerrados durante días. No es algo que se olvide con facilidad.

Los gruñidos, gritos y maldiciones duraron mucho tiempo, duraban día y noche hasta que el hambre se impuso. Pese al cansancio y la incomodidad, Katsuki se mantuvo atento. Su furia era roja y brillante, era paralizante. Podía pasarse horas sentado, tenso como una barra de acero. Miraba, atendía, escuchaba…, esperando una oportunidad para saltar y huir; pero nunca la hubo.

Después del barco viajaron en carromatos durante días hasta que llegaron a una fortaleza. Katsuki vio las altas torres grises con una pequeña bandera ondeando en la punta de una de ellas, antes de que empujaran su jaula sobre una plataforma. Katsuki se puso en guardia esperando que la puerta se abriera. Pese al cansancio estaba listo para morder y matar; no esperaba que el piso se desplazara.

Cayó por un túnel inclinado, cuya superficie era completamente lisa. Katsuki uso manos y uñas para evitar desplazarse pero no hubo suerte, llegó al fondo del pasaje y su cuerpo golpeo contra el suelo con un sonido seco. Aun así se levantó, listo para enfrentar lo que fuera, pero solo había otros chicos como él. Todos tensos, desconfiados, sucios y hambrientos.

Detrás de él llegaron más prisioneros, todos ellos niños. Cuando la puerta del túnel se cerró sin aviso, todos se miraron. Aguardaron en silencio, alistándose para luchar, pero su enemigo era invisible. Llego en silencio, deslizándose por entre sus piernas, etéreo y sin forma.

Con el tiempo Katsuki le daría el nombre del incienso negro.

[…]

Los recuerdos de su estancia en ese calabozo son vagos, fragmentos y trozos de eventos que parecen irreales, aunque si se esfuerza puede evocar escenas completas. Recuerda que la comida llegaba por el túnel aunque nadie parecía interesado en acercarse, recuerda que muchos se encogían en las esquinas con la expresión perdida, y recuerda que había otros que se sacudían con violencia hasta que se quedaban rígidos con la mirada ida.

Varios de sus conocidos murieron así. Katsuki sobrevivió. Sobrevivió a la tormenta que se había llevado a Izuku. Sobrevivió al incienso y al condicionamiento. Sobrevivió a los calabozos que vinieron después. Sobrevivió a las cadenas, a los golpes y al hambre.

Sobrevivió a todo.

Dentro de él ardía un solo deseo.

.

.

—Quiero venganza.

Saborea la palabra, cada sílaba, cada entonación. Se alimenta de ella y su ira se inflama. Venganza. Es lo único que le queda. Lo único por lo que vive.

Su respuesta provoca que el recién llegado sonría. Un gesto lleno de satisfacción. Un gesto de compañerismo. Un gesto de entendimiento..., para Katsuki es un gesto inútil. No desea su amistad. No pide su aprobación. No quiere su atención.

—Entonces habrá que sacarte de aquí.

Katsuki se congela. ¡Sí! El grito resuena dentro de él con la fuerza de una tormenta. SI. SI. Sisisi… Quiere salir. Necesita salir. Seré libre… Antes de que consiga decir nada, los guardias vuelven. Katsuki retrocede, tenso y en guardia.

—Parece que tu fiesta de bienvenida está lista—el murmullo que emite no está destinado para ser oído, pero el muchacho de la celda de junto se gira hacia él y su ceño se frunce. Katsuki lo mira y procura utilizar el mismo tono de voz para decirle—Ya veremos si eres de los que regresa.

—¿Qué?

—Ellos no tienen opción.

Katsuki se aleja. No necesita mirar para saber cómo se desarrolla la situación. Lo ha visto demasiadas veces: Alfas listos para luchar con denuedo y determinación, solo para ser reducidos por malditos dardos tranquilizantes.

Los bastardos aprendieron que si se atreven a meterse en una jaula con nosotros, nada garantiza que vayan a salir en una sola pieza.

Katsuki oye las maldiciones del alfa, oye su cuerpo contra los barrotes, lo escucha gritar y luchar y cuando se calla, oye la reja que se abre, el cuerpo que se arrastra, y el silencio que sigue. Cuando mira a su alrededor, ve la misma ira que late dentro de él. Todos saben lo que le espera al recién llegado.

.

.

Despertó encadenado a la pared en medio de la oscuridad. A diferencia de ocasiones anteriores la cadena estaba fija a un collar metálico en su cuello, lo que dejaba manos y piernas libres. Cuando intento ponerse de pie se dio cuenta de que temblaba. No podía precisar cuándo había sido la última vez que había probado bocado.

Con lentitud, examinando su recién recuperada voluntad, Katsuki se desplazó por la celda, midiendo el largo de su cadena e intentando dispersar la neblina que cubría su mente. Extendió los brazos frente a él y se movió lentamente, esperando no chocar ni caer, pero antes de que consiguiera tocar algo la cadena se tensó. Empezó a moverse lateralmente hasta que encontró una de las paredes de los costados, se apoyó junto a ella y se dejó caer. Cerró los ojos e intento hacer un recuento de todo, pero solo había pedazos y flashes incongruentes. Pensó en Izuku, y fue un alivio que su recuerdo siguiera ahí, esperando a ser llamado. Tuvo que esforzarse pero consiguió evocar su rostro deslumbrante de mejillas redondas. El Izuku de sus recuerdos era feliz y poseía una sonrisa cegadora; su voz tenía un tono agudo característico y su risa era libre. Katsuki inhalo con fuerza pero en lugar del aroma de albahaca y menta percibió el encierro y la podredumbre de su celda.

Salió de su trance cuando la puerta se abrió.

Katsuki abrió los ojos y se puso de pie al instante, pero el movimiento y el golpe de adrenalina lo marearon. Tardo un momento en recuperarse antes de centrar su atención en el visitante, cuando lo hizo sintió que sus ojos resentía la débil luz de la lámpara. Los frotó con fuerza esperando que la debilidad se fuera. Cuando enfoco al recién llegado vi a una chica, no mayor de quince años. Delgaducha y alta. Su pelo color naranja había sido cortado al rape, e iba casi semidesnuda.

Los ojos de Katsuki se deslizaron del sarashi blanco hasta el vientre. Cuando distinguió el intrincado diseño de las margaritas que resaltaban en su cadera, el muchacho se atragantó. Sorprendido, alterado y confuso, Katsuki aparto los ojos de ella y se dio la vuelta dándole espacio para que se cubriera.

La oyó acercarse pero ni aun así se giró.

—Te traje comida—dijo ella.

Katsuki la miro, procurando que su vista se mantuviera por encima de su cabeza. Junto al aroma a frutas distinguió el indiscutible olor del miedo y la ansiedad.

—¿Quién eres?

—Itsuka.

Se sentó de forma que sus rodillas cubrieron su estómago. Katsuki suspiró y la imitó. Observó el collar y las muñequeras con las argollas, eran parecidos a los suyos, y no necesitaba preguntar para saber que su vestimenta no era algo que ella hubiera escogido por voluntad propia.

—Come.

Le acercó una bolsa y Katsuki la miró con desconfianza. Se puso en alerta y el cuarto se llenó de su aroma.

—¿No te lo han dicho?—preguntó ella, repentinamente tensa.

—¿Decirme qué?

Hubo una brusca inhalación y la ansiedad de la chica se espesó a su alrededor.

—Primero come—le dijo.

—¿Por qué…?

—Shu—murmuró ella mientras apoyaba la cabeza en sus rodillas. Su voz se atenuó hasta convertirse en un susurro urgente.—No grites y no te muevas. Nos observan.

Katsuki se tensó y contuvo el impulso de mirar a su alrededor. Con el corazón latiendo a toda velocidad, Katsuki saco las frutas, el pan y el agua. Titubeó un momento antes de tocarla, pese a que su boca había empezado a salivar de anticipación.

—Está limpia—murmuró ella al ver su incertidumbre.—Ellos quieren que confíes en mí.

Katsuki comió despacio, asegurándose de que su estómago no se rebelaba contra él.

—¿Qué es lo que quieren?—preguntó Katsuki, asegurándose que el murmullo no se extendía más allá de ellos.

Ella titubeó, su miedo se disparó e inundo el cuarto. Katsuki arrugó la nariz.

—Lo siento—dijo Itsuka intentando controlarse.

—Solo escúpelo. ¿Por qué estás aquí?

—Tenemos… ellos quieren… se supone que debemos emparejarnos.

Katsuki se atragantó. Pese a que su intención era mantenerse tranquilo, no pudo evitar levantarse y retroceder.

—¡¿Qué?!

—No grites, cálmate.—cuando ella se levantó, el otro se pegó a la pared.—Si gritas vendrán.

—¡No te acerques!

Ella se congeló ante el indiscutible tono de un alfa. Permanecieron así un momento antes de que la puerta se abriera y uno de los guardias entrara. 

—Ven aquí.

La omega titubeó antes de obedecer, y en cuanto estuvo cerca del guardia, éste la sujeto del cabello y la arrastro por la puerta. Katsuki se dio cuenta de que lo peor estaba por llegar.

[…]

Lo intentaron una y otra vez.

Intentaron alimentar la confianza y Katsuki se aseguró de mantener su distancia. Día con día fue construyendo murallas entre ellos. No se dejó engañar ni por su aroma ni su dulzura. Comían en silencio, separados, sin intercambiar palabra.

Intentaron amenazarlo y Katsuki se río de ellos. Lucho y se despellejo la espalda, recibió golpes y latigazos sin ceder. Hubo largos periodos en blanco mientras yacía inconsciente y desmadejado. En una de esas veces casi cometió el error de dejarse llevar. Había despertado confuso y desorientado, y cuando consiguió enfocar su vista lo primero que registró fueron dos ojos verdes. De un verde claro, como la hierba en primavera. De haber estado completamente consciente se habría dado cuenta de la diferencia, pero su cabeza pesaba y aún tenía fresco el recuerdo de Izuku. Durante un momento pensó que seguía soñando y se dejó llevar. Había besado a ese “Izuku” con una desesperación silenciosa y angustiante. Habría hecho mucho más si no hubiera aspirado con fuerza anhelando el aroma a especias, pero entonces reconoció el aroma a frutas, dulce y suave, completamente opuesto a lo que esperaba. La había soltado, empujado y había utilizado la fuerza que le quedaba para obligarla a retroceder.  

Intentaron utilizar su naturaleza y Katsuki prefirió sangrar. Ese día, cuando ella entró, Katsuki supo inmediatamente que algo estaba mal. El aroma de la muchacha se había intensificado exponencialmente y sus ojos, usualmente calmados, parecían temblar de agitación. En cuanto lo entendió, Katsuki rugió, se mordió los brazos hasta hacerse sangre, grito de furia hasta que la chica se retiró a una esquina a llorar, envuelta en necesidad y deseo. Su aroma era tan intenso, tan exquisito, que Katsuki vio negro. Ese día se abrió la frente lanzando cabezazos contra una pared mientras el intoxicante aroma a frutas inundaba la celda, y por suerte para él, había conseguido desmayarse.

Intentaron chantajearlo y Katsuki tuvo que endurecer su corazón. Fue cerrando toda simpatía y toda empatía mientras veía que los moretones en la delicada piel se hacían más y más visibles. A veces podía oír las palizas que le daban a la omega al otro lado de la puerta y Katsuki procuraba retraerse en una esquina, sabedor de que si mostraba la más mínima señal de consternación, todo volvería a empezar. Eventualmente la saludable muchacha se marchitó ante sus ojos y era desgarrador verla hundirse en el silencio mientras se sentaba lejos de él. Había días en los que lloraba en silencio, desconsolada y rota.

Al verla así Katsuki hizo algo que se juró no hacer: le dirigió la palabra.

—Come—le tendió las dos guayabas que había en su bolso y espero pacientemente hasta que ella se repuso de la sorpresa para acercarse.

Itsuka mordió la fruta y mastico en silencio.

—No voy a emparejarme contigo—dijo Katsuki comiendo sin prisa. Su voz era un susurro tenue y ella le contestó de la misma forma.

—¿Preferirías a alguien más?

Pensó en Izuku, si fuera él… el pensamiento cristalizó y fue terrible. Porque nunca sería él. Porque nunca estaría ahí. Y por primera vez Katsuki agradeció que Izuku estuviera libre de tener que hacer lo que Itsuka hacía.

—No voy a emparejarme con nadie—respondió con voz tensa y se apartó.

Y lo cumplió. Se resistió a Itsuka y a los que siguieron. Lucho contra todos en cada momento. Hasta que finalmente se hartaron y lo dejaron en paz. Hubo otros como él y supo de omegas que se resistían a su manera. Todos ellos miraban. Todos ellos aprendían. Todos estaban esperando una oportunidad.

.

Si el cabeza-hueca volvía, habría uno más. Y si no, sería un recuerdo que Katsuki se apresuraría a olvidar como todos los anteriores. No tenía tiempo para estrechar lazos, no tenía tiempo para hacer amistades, Katsuki había jurado que viviría para matar a Shigaraki. Y esperaba el momento. Saldría de esa jaula y una vez que estuviera fuera. Una vez que no hubiera más barrotes. Bien. Ese mundo de mierda ardería con él.

[...]

Eijirou despertó con hambre. Ninguna novedad siendo que llevaba encerrado en esa maldita celda durante, ¿qué?, ¿tres días?, ¿cinco? Había agua y eso garantizaba que al menos no se moriría de inmediato. Tal vez la intención de sus carceleros era dejarlo pudrirse en ese maldito calabozo, lo cual ponía en peligro todos sus planes.

Conocía el riesgo, se dijo para sí intentando distraerse del rugido que su estómago hacía, pero una cosa es saber que existe la posibilidad de morir luchando y otra es enfrentarse a la posibilidad de morirse de hambre.

Se imaginó los bollos rellenos de carne que su padre hacía. El recuerdo lo hizo salivar y lo envío de vuelta a casa. Podía verlo junto a la mesa, usando las dos manos para preparar el almuerzo de su otro padre. De hecho el recuerdo era tan real que durante un momento pensó que podía olerlo. Carne y tomate y…

¿naranja?

Abrió los ojos y se percató de que en lugar de la oscuridad usual había un pequeño destello proveniente de la entrada. Había un omega ahí. El mismo omega de la vez anterior. Y al igual que la vez anterior su ropa era…

Eijirou enrojeció y aparto la mirada, sintiéndose acorralado. Tosió para controlar su bochorno y cuando se recuperó le dijo:

—¿Qué haces aquí?

—Te traje sopa.

Se giró lentamente procurando mantener los ojos pegados al techo. Con muchísimo cuidado deslizo su mirada hasta que se topó con el rubio sentando frente a él. Tenía las rodillas pegadas al pecho y había una lámpara y una bandeja de comida en el suelo frente a él. El estómago de Eijirou rugió en voz alta cuando el aroma a sopa inundo sus fosas nasales. No fue una, ni dos, fueron varios gruñidos consecutivos, sonidos vergonzosos y hasta cierto punto… entretenidos.

—Vaya, parece que mi estómago te da la bienvenida.—el comentario fue espontáneo como Eijirou mismo y para su sorpresa escuchó al omega reírse.

Se quedó mudo de asombro al oírlo. El chico tenía una risa alta y contagiosa. Estaba a punto de hacer un comentario sobre ella cuando el omega se transformó. Ese breve destello de humor se desvaneció en un parpadeo, sus hombros se tensaron, sus manos aferraron sus codos, y su cuerpo entero emitió desconcierto y culpa. Había una advertencia en sus ojos, una señal que Eijirou no podía leer.

—Come—le dijo el omega y cuando el otro no hizo ademán alguno para obedecer, fue él quien tomo la cuchara y probo la sopa—Esta bastante buena, no dejes que se enfríe.

Volvió a mirarlo y esta vez la señal fue más clara. Sígueme. Eijirou respiro con calma y se inclinó para tomar el tazón de sopa.

—Despacio o te quemarás.—haz tiempo.

—Tengo tanta hambre que ese no sería un problema—¿por qué?

—Lo es si te enfermas—hazlo.

¿Has venido a ver que no me enfermé?—¿por qué?

—He venido a comer contigo, cuando termines me iré.

Eijirou dijo—Preferiría—mientras extendía su mano hacia el omega pero la advertencia en los ojos ambarinos fue alta y clara. No me toques. Así que el alfa recalibro su movimiento e hizo parecer que se inclinaba para tomar la hogaza que había en la bandeja.

—No te oí, ¿qué dijiste?—sigue hablando

—¿Eh?—giró la cabeza y la cadena unida a ella tintineó, Eijirou miró al rubio y sonrió—solo quería decir que preferiría probar bollos rellenos.—¿por qué?

—Lo siento, no hacemos de esos—paciencia.

Es una lástima—¿por qué?

—Bueno, si lo dices en voz alta tal vez alguien cumpla tu deseo—nos oyen.

—¿De verdad?

El rubio se encogió de hombros pero sus ojos no perdieron su severidad—No pierdes nada con intentar—

—Supongo que podría—¿y ahora qué?

—Supongo que sí—hablamos

Discutieron de comida y no hubo más advertencias pero Eijirou se mantuvo alerta. Al final la sopa se terminó y en cuanto el muchacho devolvió el cuenco a la charola la puerta se abrió. Cuando el omega se preparó para levantarse llevándose la bandeja, Eijirou apartó la mirada y no se atrevió a moverse hasta que escuchó la puerta cerrarse. Solo entonces se percató que no le había preguntado su nombre.

Se volvió una rutina. Una muy agradable. La comida nunca era de primera clase, pero a Eijirou no le importaba. Veía al omega solamente una vez al día, charlaban sobre las frutas de la temporada, sobre los tipos de carne y sobre el pan. El omega sonreía y era amable, pero Eijirou notaba la postura tensa y la forma como sus ojos parecían gritar advertencias cada vez que él se reía demasiado y comenzaba a contar anécdotas personales. El rubio procuraba que la conversación se mantuviera en un tono neutral, pero Eijirou no podía enseriarse por demasiado tiempo. Su naturaleza era reír y bromear. Su mayor logro era hacer que el otro se riera. Su risa era encantadora, aunque escasa, apenas destellos en la semioscuridad. Duraban solo un momento, apenas el atisbo de una naturaleza juguetona y desinhibida, hasta que parecía darse cuenta de lo que pasaba y entonces sus ojos adquirían esa severidad tan inusual y encauzaba la conversación de vuelta a la comida. En ningún momento le dijo su nombre y a Eijirou se le olvidaba preguntar siempre que lo veía entrar.

Todo se mantuvo igual hasta que un día el omega se sentó a su lado, más cerca de lo que nunca había estado, y extendió su mano para tocarle la frente.

—¿De qué es esta cicatriz?

Eijirou se sobresaltó cuando noto el dedo que se deslizaba por la marca en su ceja. Se distrajo con el aroma a naranjas y tardó un momento en procesar la pregunta.

—Una caída—dijo con la garganta seca. Sus ojos se deslizaron por los hombros pálidos, sobre los cuales se desparramaba la luz de la lámpara, vagaron por el cuello delgado y cuando ascendieron hasta los ojos del omega se sobresaltó al ver la dureza en ellos.

—¿Una caída?—repitió el omega y Eijirou leyó alto y claro: Sigue hablando.

—Sí, tenía como cinco años—hizo una pausa cuando oyó el susurro: No te muevas.

Y obedeció. Se tensó en su lugar y procuro centrar su atención en la boca del rubio. El otro gesticulo, sin hacer un solo sonido, sigue. Eijirou retomó su relato casi de inmediato, era una anécdota vergonzosa, pero la llenó de detalles mientras atendía a lo que el omega murmuraba junto a él. Su voz era tenue, apenas un timbre más alta que la suya, por lo que quedaba perfectamente camuflajeada. Era difícil hablar y prestar atención pero Eijirou se esforzó.

—Ellos quieren que nos emparejemos, pero cuando eso pasa nos trasladan y las cosas se ponen peor. Todos aquí lo saben, así que debemos evitarlo a toda costa; pero si no lo hacemos intentarán obligarnos. Primero se ensañaran contigo y luego conmigo. Si eso no funciona esperaran hasta mi ciclo. Puede ponerse bastante feo si no obedecemos, pero podemos engañarlos. Mañana vendré y me acostaré contigo, y bajo ningún motivo deberás marcarme.

Eijirou se aturullo en medio de su relato y se dio cuenta de que no se acordaba de las tonterías que había estado diciendo, se limitaba a mirar al omega con expresión de absoluta estupefacción, pero el rubio sonrió como si la historia hubiera sido absolutamente adorable y se apartó. En ese momento la puerta se abrió y el omega salió llevándose la bandeja vacía.

Solo hasta ese momento Eijirou recordó lo que el otro alfa le había dicho: Ellos no tienen opción.

[…]

No pudo dormir esa noche, así que se sentó, en medio de la oscuridad, mientras rebobinaba una y otra vez lo que había oído. Todo el asunto seguía sin tener sentido. ¿Emparejarse? No era posible. Aunque si lo pensaba con atención podía ver la trampa: Te encierran lejos de todo, abandonado en la oscuridad. Y después traen a un omega. Un omega que se transforma en una constante. Su presencia significa que habrá comida, luz, conversación, aire fresco…

Sí, Eijirou puede ver el engaño, y lo qué no entiende es para qué.

[…]

Cuando la puerta se abrió, Eijirou se tensó en lugar de relajarse. Mantuvo sus ojos fijos en la pared de la izquierda para darle tiempo al omega de que llegara a sentarse junto a él. Seguía repasando la conversación del día anterior y tenía un sinfín de preguntas, pero no estaba seguro de cómo iba a formularlas siendo que se suponía no debían hablar de ellas en voz alta.

Cuando sintió la presencia del omega frente a él, Eijirou puso su atención en el rubio. Intento poner su mejor expresión de “tengo preguntas” pero basto una inhalación para que su mente se pausara. El muchacho olía a limpio, sin duda se había bañado, y su aroma era más claro que nunca. Olía a zumo fresco, a vitalidad, a cítrico, el aroma le provoco hambre. Lo hizo salivar. Sintió que las manos le cosquilleaban. Durante una fracción de segundo pensó en acercarse y beber. Tuvo ganas de lamerlo de los pies a la cabeza.

Mierda, pensó cuando un breve destello de cordura se abrió paso a través de su mente. Se tapó la nariz con los dedos y contó hasta diez. Cuando abrió los ojos vio que el rubio le extendía una naranja. Eijirou la tomó y la sujeto contra su nariz, concentrándose en el aroma. No era igual, no podía ser igual, pero tenía que bastar. Eijirou mordió la naranja pese a la cáscara. Notó el sabor amargo durante un segundo, después vino el jugo. Lleno su boca y la acidez le provoco cosquillas en la parte interior de las mejillas.

Fue vergonzoso que la sensación le diera una erección inmediata.

Se terminó esa naranja escupiendo la cascara entre mordida y mordida. Después empezó con otra y con otra hasta que se batió los dedos y sintió que podía controlarse. La necesidad se había calmado, o eso pensó hasta que el rubio se acercó y se arrodillo entre sus piernas. Lo único que mantuvo a Eijirou en su lugar fue la expresión de miedo en los ojos del omega. Un miedo que ahora podía oler. Y una vez que lo hizo tuvo que concentrarse en él.

—Está bien—dijo. Quiso emitir feromonas para calmarlo pero se contuvo porque si el miedo se iba solo quedaría el aroma a naranja y Eijirou no estaba muy seguro de que pasaría entonces.

El rubio le tomó la mano y al mismo tiempo se inclinó para besarlo en la mejilla. Desde ahí susurró:

—Es una mordedera—apretó la pieza contra su mano sin alejarse—para... bueno, ya sabes.

—¿Esto… ha funcionado antes?—susurró el alfa de vuelta mientras el rubio seguía depositando besos castos sobre su mejilla, apenas roces que sin duda tenían como intención distraer a quien estuviera mirando.

—…la mayoría de las veces.

—¿Y en las otras?

—Se los llevan.

—¿Por qué no funciona?

El rubio se apartó lentamente, pero antes de que Eijirou dijera nada, el muchacho se subió a su regazo, dejando que sus piernas lo envolvieran. Apoyó la cabeza junto a la suya mientras sus brazos rodeaban sus hombros.

Las manos de Eijirou aferraron sus rodillas con fuerza y contó hasta mil para luchar contra la necesidad de envolverlo en sus brazos, enterrar su nariz en el cuello del rubio y aspirar. Se concentró en el miedo, en ese aroma amargo que opacaba la dulzura de la naranja.

—A veces no se puede evitar—murmuró el rubio junto a su cara—A veces se dejan llevar. Lo único que sabemos es que si nos negamos, nos harán sufrir.

—¿Qué hacen con los que se niegan? 

—¿Quieres hacer lo que tú amigo hizo?

—¿Amigo?

—El de la celda junto a la tuya. El rubio con cara de amargado.

—¿Qué hizo él?

—Gritó, mordió y sangró. Hay historias de la vez que se abrió la cabeza al darse de topes contra la pared para resistirse al ciclo de un omega. A él lo han dejado en paz, pero no hay duda de que volverán a intentarlo tarde o temprano.

—Tal vez yo podría…

El rubio se separó de su rostro y lo miró.

—Podrías.

Su expresión combinaba miedo y ansiedad. Eijirou contuvo el impulso de extender la mano y tocar su mejilla.

—¿Qué pasaría contigo?

—Sobreviviré.

Sonrió y el gesto fue pura resignación. Recordó lo que el otro había dicho: “Primero se ensañan contigo, y después conmigo” y la idea fue insoportable.

 —No quiero que te hagan daño.

Hubo una pausa y sintió que el rubio se relajaba.—Entonces hagamos esto.

Eijirou se tragó el ¿estás seguro?, que estuvo a punto de murmurar casi por reflejo. En su lugar dijo:

—¿Me dices al menos tu nombre?  

En lugar de responderle el rubio hizo que se pusiera la mordedera en la boca.

[…]

Lo cierto es que no fue su primera vez.

Aún recuerda con emoción cómo había cubierto de besos el intrincado trazo de flores que ascendía por el cuello y la mejilla derecha de su mejor amiga. Ese encuentro había sido divertido y estimulante. Pero al igual que cualquier otro alfa había fantaseado con acostarse con un omega. Había soñado con remover las vendas, había imaginado la sensación de tocar, admirar y oler el intrincado trazo de flores. Se imaginaba deslizando su mano por el vientre cálido, besando las caderas llenas de flores, o incluso mordiendo los tallos que cubrían la suave piel de los glúteos. Era estimulante imaginar qué clase de pétalos crecía en cada uno o en qué porción de piel había más botones de flores.

No tuvo nada de eso. No fue el acto de confianza mutua, entrega y devoción que esperaba. Fue incómodo y abrumador. Lo estrechó contra él pero no acarició ni beso su piel. Aspiro el aroma a naranja, embriagador y delicioso, pero no lamió ni mordió la piel que tenía al alcance. No adoró su cuerpo ni lo tocó hasta hartarse, se limitó a sujetarlo mientras se deslizaba en su interior. Y cuando sintió la necesidad de morder apretó los dientes pese a la restricción de cuero que tenía en la boca.

En algún momento el aceite de la lámpara se acabó y el cuarto se quedó a oscuras. En ese momento el omega se zafó de él y Eijirou emitió un gruñido espantoso. El silencio fue absoluto, ni siquiera se oía la respiración del omega, como si tuviera miedo de moverse.

—Lo siento—murmuró Eijirou en cuanto consiguió controlarse quitándose la mordedera de la boca.

El omega se acercó y murmuro junto a su oído—Aún pueden oírnos.

Eijirou entendió las implicaciones y maldijo para sí. Se recostó contra el suelo mientras notaba que las manos del omega ascendían por sus piernas. Gimió al sentirlas sobre su erección y tuvo que morderse los nudillos para no cometer ninguna estupidez.

Al menos en esa ocasión consiguió terminar.

[…]

El omega se quedó con él durante lo que parecieron días. Cada cierto tiempo llevaban comida y aceite para la lámpara, pero el omega controlaba la cantidad exacta que ponía en ella y de esa forma conseguían privacidad. En cuando se quedaban a oscuras el omega lo ayudaba a terminar con sus manos o con su boca.

Si la lámpara estaba encendida charlaban. Si no, procuraban dormir separados. Era una situación desgastante y la frustración de Eijirou crecía día con día; y no era el único porque podía oler que el omega empezaba a emitir señales de insatisfacción. Hasta que un día, un día en el que el cuerpo de Eijirou se negaba a cooperar, el omega se detuvo de improviso, completamente exhausto, y emitió un sonido bajo, como un sollozo angustiante. Fue casi inaudible, pero Eijirou lo sintió en su cuerpo como un golpe físico. De inmediato se levantó y extendió las manos hacia dónde estaba el omega. Lo atrajo hacia él e intento consolarlo. Lo sentía temblar, pero esta vez no había olor de miedo en él. Solo necesidad. De cerca olía aún más delicioso. Habría sido tan fácil beber de él y dejarse llevar.

El instinto de Eijirou luchó contra su autocontrol. Fue aún peor cuando el omega enterró la cara en la curvatura de su cuello y después de inhalar emitió un suspiro lleno de deseo. Quiso besarlo y tocarlo. Quiso hundirse dentro de él y ofrecerle todo lo que él era. En su lugar lo abrazó, froto su cara contra la suya y lo tocó. Fue maravilloso sentirlo retorcerse cuando intento aliviar su erección pero el omega gimoteo y supo que el contacto no era suficiente, así que deslizo los dedos hacia su interior.  

La humedad, el aroma, el peso del otro cuerpo contra el suyo… la combinación de todo fue suficiente para que su cuerpo se recuperara de la frustración. Cuando el omega le devolvió el gesto y coloco una mano sobre su miembro, la sensación fue completamente diferente. Eijirou lo apretó contra él mientras sus dedos se hundían en aquel pasaje resbaladizo.

Por primera vez sus aromas se entrelazaron, se extendieron por la celda hasta cubrir cada rincón. Naranja y azafrán. El omega gimió contra él y cuando se movió, su cuello quedó al descubierto. Más que verlo, Eijirou lo sintió; apoyo la boca contra él, el aroma en ese particular espacio era absolutamente delicioso. El alfa salivó, y al tragar se dio cuenta que sus colmillos estaban listos para hundirse en la piel y marcar al omega.

No cuello, pensó con el último vestigio de autocontrol que tenía. Hundió sus dientes en la curvatura del hombro, bien lejos de las glándulas del cuello. Mordió hasta hacer sangre, y se corrió cuando sintió que el otro lo hacía.

Después todo quedo en calma.

—Gracias—lloriqueo el omega mientras Eijirou lamía la sangre de su hombro.

El alfa se limitó a sujetarlo con fuerza y a ofrecerle consuelo. Acarició su espalda y frotó su cara contra la del otro hasta que lo sintió ronronear. No hubo palabras o besos, solo conforte silencioso. Se quedaron así, ofreciéndose apoyo.

—¿Cómo te llamas?—preguntó Eijirou en algún momento.

Hubo una larga pausa, hasta que oyó el susurro casi inaudible.

—Denki…

Eijirou saboreo el nombre, acuno al rubio y se durmió junto a él.

[…]

Se llevaron al omega no mucho después de ese día y lo dejaron solo. Le llevaban comida, agua y trajeron una lámpara que se aseguraban de mantener encendida constantemente. Finalmente volvieron a drogarlo y lo trasladaron de vuelta con el resto. Cuando despertó lo primero que vio fue al rubio de la celda de junto.

—Así que has vuelto.

Eijirou se levantó y fue a sentarse en la pared del fondo, cerca de los barrotes que separaban ambas jaulas. Le dolía la cabeza y se sentía miserable.

—¿Cuánto tiempo estuve ahí?—fue su pregunta mientras se masajeaba la frente.

—Un mes—respondió el otro encogiéndose de hombros distraídamente. Había imitado su ejemplo y estaba sentado con las rodillas levantadas. Se entretenía frotando unas hojas secas entre los dedos para después oler la fragancia, a esa distancia Eijirou no estaba seguro de que tipo de planta era—Aunque podría ser más. En este lugar la noción del tiempo es una mierda.

Eijirou tomo aire con lentitud e intento sacudirse la modorra.

—¿Y bien?—pregunto el rubio sin mirarlo.

—¿Y bien qué?

—¿Te rompieron?

Era difícil que Eijirou se enfadara, así que el latigazo de mal humor que recorrió su cuerpo fue completamente inesperado. Fue tan asombroso que no consiguió decir nada. Se tomó un momento para estudiar su estado de ánimo; además de que la luz estaba lastimándole los ojos y de que su cuerpo estaba resintiendo el encierro, el malestar que tenía no era físico. Se sentía frustrado, enfadado e insatisfecho. Le tomo un momento entender que su molestia se debía a que no conseguía distinguir el aroma a naranjas. Después de acostumbrarse era difícil vivir sin él.

—En un par de días el recuerdo se irá—escuchó decir a alguien, aunque no supo precisar quién.

—¿Por qué?—fue la pregunta ahogada que consiguió formular con los dientes apretados.—¿Por qué… obligarnos a eso?

—¿Qué no es obvio?—murmuró el rubio sin mirarlo, pero su sonrisa parecía indicar que lo consideraba idiota.—Control.

—Pero nos drogan.

—Con dardos y con el maldito incienso.—Eijiro se abstuvo de hacer preguntas sobre eso último pues no quería llamar la atención—Pero ambos métodos son imperfectos.

—¿A qué te refieres?

—¿No lo entiendes? Lo que ellos buscan es el vínculo empático. El vínculo que se crea entre un alfa y un omega. El lazo que los conecta íntimamente. Ellos alientan la creación del vínculo, de esa forma no necesitan celdas para contenernos porque mantienen a los omegas bajo su poder. Cualquier alfa perdería gustoso una de sus extremidades para asegurarse que su pareja está a salvo.

Eijirou maldijo en voz alta—¿Y después qué?, ¿qué hacen con aquellos que se emparejan?

—Se los llevan. Nadie sabe a dónde o por qué, pero te puedo asegurar que no es para dejarlos vivir en libertad.

—Creí que el objetivo principal de los secuestros era la mano de obra esclava.

—Trabajamos en las minas y en los embarcaderos. Los omegas lavan nuestras ropas y preparan nuestra comida…, pero es una forma de mantenernos ocupados. El objetivo principal es otro.

—¿Nuestros cachorros?

—No, si ese fuera el caso no se tomarían tantas molestias. Piénsalo. Estimulan el contacto, la familiaridad, evitan el estrés. No intentan preñar a los omegas, quieren emparejarnos. Quieren el vínculo. No sé por qué, pero no voy a darles esa satisfacción.

Eijirou lo estudió con atención—Escuché que te has negado a participar.

—Y ahora me dejan en paz.

—Me han dicho que no será por mucho tiempo.

Vio al rubio tensarse, su cuerpo irradio una advertencia muda. Sin decir nada frotó con fuerza las hojas secas hasta que se deshicieron entre sus dedos. Aspiro el aroma con lentitud y entonces lo miró. Sus ojos refulgían con una ira apabullante.

—Pueden intentarlo las veces que quieran, no pienso participar en sus juegos.

—No entiendo cómo puedes decir eso. Condenas a los omegas a un sufrimiento que podrías evitar.

—Sufrirán no importa lo que hagamos.

—Tal vez si te molestaras en hablar con ellos, en llamarlos por su nombre, verías que hay forma de lidiar con esta situación.

El rubio se río de él. Su carcajada fue brutal y llena de desprecio.

—Tenemos dos reglas aquí, rojito. Una es que nunca preguntamos nombres. Nunca le pidas a un omega su nombre, es el último pedazo de privacidad que les queda. No pueden tener nada más, no pueden guardar sus flores, no pueden elegir, así que guardan sus nombres como el último tesoro que les queda. Y nosotros respetamos su deseo.

El corazón de Eijirou fue estrujado por un puño de hierro y sintió que la sangre le rugía en los oídos.

—Y la segunda es que no te atrevas a compadecerlos. No te atrevas a sentir lástima de ellos, porque ya tienen que sufrir con suficiente mierda como para que tengan que avergonzarse de lo que hacen. No te confundas creyendo que estás haciéndoles un favor. Ellos te lo hacen a ti. Si no se acuestan contigo, ambos recibirán una paliza, pero ellos arriesgan muchísimo más al acostarse con un completo desconocido. Si careces de autocontrol o pierdes la cabeza, entonces los condenas, a ti y a ellos, a un destino aún peor. Pero ellos se arriesgan, te permiten elegir y no te reprochan la elección que hagas. Y al final si te acuestas con ellos y consigues contenerte, la cosa acabo para ti. Felicidades. Te enviarán de vuelta a tu celda, te pondrán a trabajar, pero no es así para ellos.

—¿De qué estás hablando?

—Oh, por favor, no tengo ganas de explicarle las obviedades a un imbécil.

—No, espera, por favor… ¿de qué estás hablando?

—De lo obvio. Ellos no pueden ver las marcas en los cuellos de los omegas. No pueden olerlos como nosotros lo hacemos. Así que solo les queda una forma de averiguar si hay o no un vínculo.

—Dolor—murmuró Eijirou notando la boca seca.

—Así que no eres tan estúpido, pues felicidades. Sí, se llevaran a tu omega y lo someterán a una prueba de estrés. No deja cicatrices, lo sé, pero no creo que sea agradable.

—Así que ellos…

—Te miran. Te estudian. Y si no reaccionas al estrés del omega, pues aprietan los dientes y vuelven a intentarlo. Así que disfruta de tu tiempo libre, rojito, porque te aseguro que volverán. Por suerte para ti lo intentarán con otro, y entonces tendrás que preguntarte si vas a ser capaz de cumplir con el trato…

El rubio se dio la vuelta par adormir. Eijirou se cubrió los ojos e intento recomponerse. Recordaba la espantosa sensación que había experimentado cuando se llevaron al omega, pero eso era todo. No podía ser el vínculo. Lo había evitado a toda costa. Intento hacer un recuento de todo, intento concentrarse, pero no había forma. No podía dejar de evocar el dulce aroma a zumo, la sensación de sus dientes hundiéndose en la piel y el vívido recuerdo de sus dedos acariciando su interior.

Se sumió en un sueño intranquilo, soñó que estaba otra vez en la celda,  en la oscuridad, pero esta vez no eran sus dedos los que deslizaba en ese pasaje húmedo con aroma a naranjas. Se despertó y maldijo la dureza entre sus piernas. Tomo aire una y otra vez, pensando en cosas terribles para bajarse la calentura. Cuando lo consiguió estudio la celda. Había un par de faroles junto a las escaleras, lo que proveía de una luz escasa, y era sin duda de noche porque el resto de los alfa dormía en sus rincones.

Eijirou aspiro y lleno sus pulmones con el aroma a encierro. Esa noche no durmió, estaba decidido a superar el aroma a naranjas. Curiosamente su deseo se cumplió cuando al día siguiente lo hicieron bajar a las minas y aspiró por primera vez el incienso que olía a miel.

[…]

Eijirou volvió en sí horas después. Noto el cansancio, los músculos adoloridos y el hambre. Se acercó a su bandeja con comida y devoró lo que había, después lucho por despejar hasta el último rincón de su cabeza.

—¿Qué fue eso?—fue la pregunta que hizo en voz baja, aunque el silencio de las mazmorras provoco que el sonido reverberara con fuerza. Era de noche, la primera después de su encuentro con el aroma a miel y leche.—¿Cómo pueden?... ¿cómo…?  

El rubio en la celda de junto se giró, fue el único que dio señales de haberse despertado, el resto permaneció en silencio. Durante un segundo el rubio se quedó quieto, mirándolo, después se acercó a los barrotes que separaban ambas celdas. Aún en la semioscuridad Eijirou distinguió la tensión en los hombros, la rigidez en el cuello, y detecto el inconfundible aroma a desconfianza y amenaza.

—¿Quién eres?—preguntó el rubio en voz baja, su voz llena de ferocidad.

—¿De qué hablas?

—Lo primero que hacen cuando te bajan del barco es meterte en un calabozo con el incienso. No todos sobreviven a él.

—¿Qué?… ¿por qué no?

—¿No es obvio? Esa cosa no es natural. Y como tal no todos reaccionan de la misma forma. Hay unos que enloquecen, a esos se los llevan lejos. Otros no sobreviven. El resto cae en una especie de piloto automático, que te deja exhausto, con dolor de cabeza y nauseas…

—Pero…

—No. Contesté tu pregunta y ahora contestaras la mía. ¿Quién rayos eres? No te capturaron. Si ese fuera el caso habrías conocido el incienso desde que llegaste aquí. Y no puedes ser una nueva adquisición porque eres demasiado mayor. Ellos siempre escogen jóvenes, ninguno mayor de quince años. La única opción que me queda es que seas un espía. De ellos.

—¡¿Qué?! ¡No! ¡Por supuesto que no!

—Si eres un maldito espía…

—¡No! ¡Ya te dije que no lo soy! ¡No es lo que piensas!

—¿De verdad?.... bien, entonces dímelo, ¿quién eres?

Eijirou gruñó pero se resignó, después de todo era tiempo de que las cosas empezaran a ponerse en movimiento.

—Tienes razón—murmuró sentándose junto a la reja—no me capturaron. Pedí que me enviaran a aquí.

—¡Lo sabía! ¡Eres…!

—No por ellos. Me envió Todoroki-ouji

El rubio refunfuñó—¿Quién?

—Todoroki-ouji, ¿no sabes quién es?... ¿cuánto tiempo llevas aquí?

—Eso no te importa. Y no, no conozco a tu príncipe.

—Es el hijo menor del rey de Yuuei.

—Por mí puede ser el hijo del sol, para lo que me importa. Provengo de las islas de Kohei. No tenemos príncipes.

Eijirou parpadeó, solo entonces prestó atención a la esplendorosa flor de gladiolos rojos que crecía desde la mitad del pecho y hasta el brazo del alfa. Había escuchado que en las islas del sur las flores exóticas eran moneda corriente entre los suyos.

—Bien, como sea. Todoroki-ouji me envió a mí y a otros tres para estudiar las condiciones y la situación en los dos complejos que se encuentran más cerca de la frontera. Se ha intentado antes, sin mucho éxito, pero esta vez contábamos con ayuda del interior; así que viajamos por las costas del desierto de Nomu, abandonamos el barco en la frontera y encontramos a nuestro contacto. Él nos dijo que para entrar tendríamos que fingir ser prisioneros que estaban sido trasladados; aparentemente era la única opción.

—¿Me estás diciendo que te metiste en esta jaula por voluntad propia?—la voz del rubio rezuma sarcasmo y burla—¿De verdad esperas que me lo crea?

—Era la única forma.

—¿Por qué?

—Porque hace seis meses Todoroki-oo dio la orden de reclutar a todo alfa y beta en edad de luchar. Está listo para iniciar una guerra.

—Pues viene tarde. Estos bastardos llevan años secuestrando a los nuestros.

—Y cada año luchamos por recuperarlos. Establecimos patrullas para interceptarlos, pero han aprendido a plantar señuelos. Intentamos cercar sus costas pero es inútil porque no podemos establecer un bloqueo permanente. Necesitamos un puesto de avanzada, pero no hay forma de que podamos cruzar el desierto, no con las bestias que viven ahí, tiene que hacerse por mar y lo hemos intentado. Perdimos barcos y hombres, una y otra vez. Ahora el rey está decidido a enviar a una flota completa con la intención de acabar con los puertos, pero Todoroki-ouji quiere evitar que lo haga.

—¿Por qué? A mí me suena de lo más sensato.

—Y lo es, si no te importan las perdidas. Hace unos años se intentó el rescate de una de las fortalezas que están cerca de la costa. La intención era establecer un puesto de avanzada y defenderlo hasta que llegaran los refuerzos, pero las tropas perdieron a muchos hombres  y al final tuvieron que retirarse; lo peor de todo fue que los prisioneros habían sido masacrados antes de que la fortaleza cayera. Nadie entendió en ese momento por qué los nuestros no lucharon, pero ahora lo sé. Fue el incienso. El rey cree que fue un evento aislado, que no volverá a repetirse, pero Todoroki-ouji no lo cree así. Por eso nos envió con la intención de averiguar la verdad.

—¿Y ahora que la sabes qué planeas hacer?

—Enviar un mensaje. Las tropas del rey atacaran primero los puertos y los astilleros, pero cuando intenten asediar las fortalezas, provocará que los maten a todos. Tenemos que evitarlo.

—Tu lógica es absurda.

—Pero…

—Pero nada. Esta es nuestra oportunidad. Cuando tu rey llegue, estaremos listos.

—Es peligroso. No podemos arriesgar la vida de todos los que están aquí.

—Nuestras vidas ya están en riesgo. Esto es lo que hemos estado esperando. Que ellos ataquen por fuera, nosotros golpearemos por dentro.

—¿Quién-?

La pregunta muere en su boca porque se da cuenta de que tiene la atención de cada uno de los alfa en la mazmorra. En todos ellos se huele la sed de sangre, aunque en ninguno es tan intensa como la que el rubio emana. Eijirou no puede evitar olerla y emocionarse.

Continuará.

Chapter Text

Se traga los sollozos pese a sentir que se acumulan dentro de su pecho como granos de arena. Entierra la cara en sus rodillas para esconder sus lágrimas. No puede concebir la idea de Katsuki perdido en la tormenta. Es una idea absurda. Una idea imposible. Izuku se abraza las rodillas y sus dedos se tornan blancos mientras aferran sus tobillos. Todo su cuerpo es un nudo tenso que retiene los sollozos que burbujean en su garganta.

“No seas un debilucho.”

Se la oyó decir a Katsuki por primera vez cuando tenía cuatro años mientras el rubio lo miraba desde una de las ramas bajas de un árbol. Izuku protestó, pero al mismo tiempo buscó una ruta de ascenso. Había dado dos pasos hacia el árbol cuando se oyó un crujido y Katsuki terminó en el suelo con un brazo roto. Pese al accidente, la frase se convirtió en un sello personal de Katsuki. Iba acompañada de una sonrisa, de un tono retador. Envolvía un desafío y avivaba la naturaleza obstinada de Izuku.

“No seas un debilucho.”

La oyó cuando tenía miedo de aprender a nadar. No se le daba bien la cuestión de flotar pero Katsuki quería enseñarle el nido de patos que había en una de las pequeñas islas del centro. Katsuki que nadaba como si fuera mitad pez, Katsuki que no dejaba de bracear de ida y vuelta mientras lo esperaba. Así que Izuku se tragó el miedo y lo siguió. Su corazón latió con desenfreno todo el camino de ida, pero se le olvido cuando alcanzaron la isla y encontraron varios nidos de patos, llenos de huevos y pequeños polluelos. Izuku consiguió acariciar a varios patitos antes de que una furiosa madre pato se abalanzara sobre ellos. Cuando Izuku se hundió y entró en pánico, fue Katsuki el que lo aferro del brazo y lo mantuvo a flote. Le había dicho: Eres un debilucho, pero no lo soltó y lo acompañó todo el camino de vuelta.

“No seas un debilucho.”

La oyó cuando tenía miedo de adentrarse en el mar. Su madre le había advertido sobre la posibilidad de ser arrastrado lejos incapaz de volver a la costa, pero Katsuki quería enseñarle la línea de corales y los peces de colores. Katsuki que podía bucear y sumergirse durante minutos enteros, Katsuki que no dejaba que el miedo lo detuviera. Así que Izuku hizo oídos sordos a las advertencias de su madre y probó hundirse con los ojos abiertos. Había tardado en acostumbrarse, pero al final podía hundirse a una altura decente y con el tiempo Izuku podía aguantar el aire durante varios minutos.

“No seas un debilucho.”

Oyó esa frase una y otra vez durante su infancia. Cuando quedaron atrapados en el bosque en medio de una tormenta. Cuando Katsuki decidió imitar a los mayores y saltó desde la quebrada junto al mar. Cuando Katsuki lo defendió de un jabalí salvaje. Esa frase conseguía que Izuku enfrentara el miedo y le permitió construir los recuerdos que lo mantendrían con vida.

“No seas un debilucho.”

Recordó esa frase cuando el barco se hundió y lo dejo a la deriva. La recordó cuando tuvo que armarse de valor para hablar con el chico cabeza de pájaro y la chica rana. La recordó cuanto tuvo que cazar por primera vez sin la ayuda de Katsuki. La recordó durante un año entero, día con día y noche tras noche, reuniendo fuerzas para sobrevivir. La recordó cuando llegó el invierno y estuvo a punto de morirse de hambre. La recordó cuando una serpiente lo mordió y tuvo que curarse a sí mismo. La recordó cuando se cayó de una pendiente y tuvo que apretar los dientes mientras alineaba su mano rota. La recordó cuando llego la primavera y lloró por primera vez ante el campo de flores. La recordó cuando tomó la decisión de que volvería a casa. La recordó cuando sus manos sangraron después de pasarse un día entero cortando y clavando madera para su primer navío. La recordó cuando su primer barco se hundió. La recordó cuando los dos siguientes hicieron lo mismo. La recordó cuando llegó su primer ciclo y tuvo que soportarlo solo y sin ayuda. La recordó cuando el trabajo se volvió abrumador.

La recordaba cada vez que miraba el mar. Cada vez que miraba el cielo al amanecer. Katsuki estuvo con él: Incentivando, empujando, no permitiendo que se diera por vencido. Vivió con su recuerdo día tras día, anhelando volver a casa. Su único deseo era escucharlo de nuevo, apoyar la cabeza en su hombro y aspirar su aroma.

.

.

.

Izuku despertó al sentir la sacudida del barco. Su corazón se paralizó cuando se percató de los barrotes y tuvo una visión del mar embravecido, lo asaltó el terror de morir ahogado, pero entonces notó el aroma a alfa y recordó todos los acontecimientos del día anterior. Se frotó la cara, llena de lágrimas secas, y estiro las piernas. Oía los gritos en cubierta, pero no prestó atención, en su lugar cerró los ojos y evocó el rostro de Katsuki. Recordó la sonrisa. Los ojos color del fuego. El aroma.

Madera y humo negro.

No, no así. Izuku abrió los ojos justo en el momento en que un sonido espantoso reverberó dentro de la bodega. Todo a su alrededor crujió como una semilla al ser aplastada. Esta vez los gritos que se oyeron en el exterior fueron decididamente claros. Los chicos alfa que dormían se despertaron y empezaron a hacer preguntas mientras los otros intentaban distinguir lo que decían las voces de cubierta.

—Fuego—dijo una voz en la bodega e Izuku distinguió el aroma a madera quemada.

Los inconfundibles sonidos de lucha llenaron el ambiente y activaron la impaciencia de los chicos alfa. La bodega se llenó de voces inquietas, preguntas rápidas, suposiciones e Izuku intentó seguir la conversación, pero el aroma lo distraía. Podía oler el fuego y no podía evitar rememorar lo que había pasado años atrás en una situación parecida. No paraba de imaginarse el agua inundando la bodega, cubriendo al resto de sus compañeros.

Salió de su trance cuando el hombre bajo a la bodega, o mejor dicho cuando un hombre cayó por las escaleras, su cabeza choco contra el suelo produciendo un eco atroz y permaneció boca abajo, inconsciente. Se oyeron golpes, gruñidos y de pronto otro hombre cayó, solo que este consiguió ponerse de pie a tiempo, justo para interceptar el ataque del beta que venía tras de él. Los chicos rugieron de emoción cuando el hombre de pelo negro atacó. Tenía dos espadas cortas que hacía girar a una velocidad impresionante, se movía con gracia y era sin duda letal. Consiguió acuchillar a su enemigo tres veces antes de cortarle el cuello.

Inmediatamente se giró hacia el hombre caído y cuando le dio la vuelta dejo un reguero de sangre sobre la madera oscura. El beta maldijo entre dientes.

—Presiona la herida—dijo Izuku casi por reflejo y se sobresaltó cuando el hombre lo miró. Tenía ojos de un color negro profundo enmarcados por flores de azalea color morado que nacían en la mejilla izquierda y crecían por la sien y la frente. Sin duda reforzaban la autoridad natural de su mirada.

Izuku permaneció quieto bajo la inspección, aunque durante un momento se sintió desnudo. Antes de que pudiera retorcerse de ansiedad, el beta se levantó, tomó sus espadas y golpeó la cerradura de la jaula cuatro veces antes de que el candado cediera.

—¿Puedes ayudarlo?,—su voz era profunda y templada, no había ni una sola nota ansiosa en él.

Izuku se tragó el miedo, se movió, con las piernas débiles por el aroma a alfa combinado con la presencia autoritaria del beta. Guardó silencio mientras revisaba la herida, un profundo corte a la altura de las costillas, y un chichón gigantesco en la frente. En cuanto puso los ojos en él, Izuku se olvidó del miedo, de la ansiedad de saberse observado y del dolor, su mente simplemente hizo un análisis rápido. Le tomo el pulso, analizo la profundidad de la herida y se aseguró de ejercer presión sin agravar la situación.

—Es una herida profunda pero el cuchillo se desvió hacia el exterior—dijo en voz alta y se giró hacia el beta que lo miraba fijamente—Necesitaré coserlo, tengo el material entre mis cosas, también tengo un emplaste que ayudará a evitar infecciones, y otro que reducirá la hinchazón del golpe.

—¿Tus cosas?

—Están en unas bolsas de arpilla. Las metieron en dos sacos grandes cuando asaltaron mi barco. Creo que las dejaron en cubierta.

El beta asintió, sacó a dos de los alfa mayores, a cada uno les dejo una espada con instrucciones de liberar al resto y de permanecer en guardia por si había problemas, después subió por las escaleras con la gracia de un felino.

Con las manos húmedas de sangre tibia, Izuku luchó contra el pánico.

No seas un debilucho.

Se tragó las lágrimas. Katsuki tenía razón. No era momento para romperse… tomó aire y se giró hacia el alfa más cerca de él.

—Necesito agua y vendas o algo que se le parezca.

[…]

Había tomado tiempo, días de una persecución incesante, y mucho trabajo en conjunto para que la Flota consiguiera alcanzar a su presa. Pese a las advertencias del capitán Shouto se alistó con el resto de la tripulación para luchar, la única advertencia de su maestro fue: Evita perder la cabeza o yo perderé la mía. Lejos de considerarlo una obviedad, Shouto tomó nota de su preocupación; al menos él conseguía matizarla.

—Todoroki-ouji…

—Por última vez, Tenya, viajamos de incognito. Soy Shouto.

El beta junto a él se retorció de ansiedad.

—¡Señor! No podría caer en semejante…

—Deja de gritar o llamarás la atención. Y si mi nombre te resulta demasiado, al menos evita los títulos.

—Muy bien, señor—Shouto se retorció ante el tono formal—Solo quería decirle que considero sumamente peligroso participar en esta incursión. El capitán ha recomendado que se mantenga a salvo en la cabina, junto al timonel.

—El capitán tiene sin duda la mejor de las intenciones, pero según lo veo van a necesitar de todas las manos posibles para asegurar la victoria.

—Arriesgar su vida…

—No vamos a empezar con lo mismo, ¿verdad Tenya?

—No, señor. Perdón, señor.

Shouto guardó silencio y esperó la orden del capitán.

En cuanto el barco enemigo estuvo a tiro, los arqueros lanzaron flechas prendidas contra la vela principal, casi al mismo tiempo los otros encendieron sus cañones. El capitán esperaba el contrataque y respondió de la misma forma. Una de sus balas tuvo la suerte de atravesar el mástil principal que cayó sobre la cubierta provocando un ruido espantoso.

Cuando los dos barcos estuvieron casi a la misma altura se tendieron las sogas y comenzó el abordaje.

Shouto saltó detrás de su maestro e inmediatamente tomo posición junto a Tenya. Su trabajo consistía en evitar que el enemigo tuviera acceso a su barco, así que ambos se colocaron lado a lado y defendieron su terreno cortando, apuñalando y esquivando. La batalla en el frente fue sangrienta, pero ellos no tuvieron problemas. Shouto no sintió ningún remordimiento de los cuerpos caídos. Luchó con agilidad y destreza, no daba dos pasos si bastaba con uno y se aseguraba que sus cortes fueran mortales.

Cuando la lucha terminó, tenía el cuerpo cubierto de sudor, la cara manchada de sangre, y los brazos pesados. Solo entonces se percató de los cortes en su ropa y cuello. Todos insignificantes.

—¡Señor!,—exclamó Tenya en cuanto vio su aspecto.

—Ayuda al capitán con el fuego, Tenya. Buscaré a Aizawa.

Se marchó sin darle tiempo de protestar. Se alejó de los cuerpos y encontró a su maestro arrodillado junto a un montón de sacos atados a la barandilla.

—Sobreviviste.

—No suenas sorprendido.

—Si lo estuviera no te habría permitido venir.

En ese momento el capitán se materializó junto a ellos.

—¿Y los alfa?

—A salvo—fue la seca respuesta.

—Bien, tenemos poco tiempo antes de que el incendio se salga de control. Tengo las manos llenas, víveres, fuego y armas… ¿dónde está Hizashi? Lo necesito para que inspeccione los camarotes.

—Está herido. Lo apuñalaron y permanece inconsciente.

—¡Maldita sea!… bien, ¿puedes encargarte de sacar a todos los prisioneros?

—Lo haré.

Se levantó arrastrando dos sacos con él y Shouto lo siguió. Bajaron de prisa, dieron vuelta a la izquierda e inmediatamente se toparon con otra escalera.

Lo primero que Shouto notó al bajar fue el aroma: Sangre, impaciencia, amenaza, mierda y angustia. Arrugó la nariz por reflejo e intentó ignorarlo. Lo siguiente que notó fue que todos los chicos capturados formaban un círculo dándoles la espalda. Shouto atravesó el círculo y permaneció de pie mientras su maestro se arrodillaba.

En el centro había un chico, mayor que el resto. Tenía las manos empapadas de sangre mientras colocaba un torniquete sobre el torso de Hizashi. Dos chicos alfa lo ayudaban a levantar el cuerpo mientras lo envolvía con lo que parecía un trozo de sábana.  

—El barco se hundirá—dijo su maestro mientras extendía los sacos hacia el muchacho—¿son éstas tus cosas?

—¿eh?... ah—el muchacho terminó de acomodar la venda, se inclinó para mirar el contenido de la bolsa y asintió de nuevo—sí. Lo son.

—Bien, ahora tenemos que salir de aquí.

—Oh…—el chico se retorció ante la mirada de su maestro y cuando lo hizo un delicado aroma a lavanda inundo la cabina. Shouto no fue el único que se deleitó con la fragancia.

—¿Puedo moverlo?,—pregunto su maestro rompiendo el repentino silencio.

—Aún… aún necesita puntadas.

—Lo llevare a nuestro barco y podrás hacerlas allá, ¿de acuerdo?

—S-sí… solo cuidado con… cuidado con la herida.

El chico pareció avergonzarse de su consejo porque desvió los ojos y se frotó la nariz. Una delicada nariz cubierta de pecas.

—Shouto, ayúdalo con sus cosas. El resto conmigo.

Su maestro salió y los pequeños alfa lo siguieron. Cuando el muchacho hizo ademán de tomar uno de los sacos, Shouto lo interceptó. El movimiento sobresalto al chico que retiró las manos con un ademán nervioso. El aroma a lavanda brotó con inusitada fuerza.

—Hueles a flores—dijo Shouto sin pensar. No era el aroma de un alfa, había suficiente de ese aroma en todo el camarote… pero tampoco poseía las características de ninguno de los otros.

—S-soy… trabajo con plantas. Hago infusiones y cataplasmas.

El muchacho se inclinó, tomó el otro saco y salió antes de que Shouto pudiera decir algo más.

[…]

Todos los adultos se concentraron en las tareas de limpieza y transporte. Shouto dejo las cosas del muchacho y volvió para terminar de trasportar los víveres y las armas. Un par de horas después todos aullaron de alegría cuando el barco enemigo se hundió con los cadáveres de los esclavistas.

Shouto miró por la borda hasta que no hubo más burbujas en la superficie, no sintió pena por ninguno de ellos, ni tampoco remordimiento. Vagamente se preguntó si su madre aprobaría su actitud y el pensamiento le hizo daño. Para luchar contra la sensación de fracaso fue en busca de su maestro.

Lo encontró en la improvisada enfermería. Había varios heridos, la mayoría con cortes relativamente inocuos. Shouto tomó asiento junto a Hizashi, desde ahí observo como el muchacho que olía a flores limpiaba y atendía todas las heridas con una eficacia sorprendente. Era metódico y rápido, pero se avergonzaba cada vez que uno de los marineros le regalaba un cumplido. El cambio sucedía tan rápido que era entretenido de ver: Aplicaba la pasta que olía a sábila con una expresión concentrada y tenaz, vendaba con manos agiles y cuando el hombre en cuestión le dedicaba una palabra el muchacho se retorcía las manos y se sonrojaba de vergüenza.

Shouto no se hartó de mirar la misma secuencia una y otra vez. Había algo sumamente encantador en la forma como su cara bronceada se teñía de una delicada tonalidad rosada mientras sonreía nerviosamente.

Eventualmente todas las heridas fueron tratadas y los únicos que se quedaron en el camarote fueron los tres heridos de gravedad. Hizashi era el único que seguía inconsciente.

—Se repondrá—dijo Shouto en voz baja mientras veía a Tenya acercarse con la comida para ellos.

Su maestro no respondió, en su lugar le hizo señas al muchacho.

—Comida—dijo, y Shouto vio al otro titubear antes de acercarse.

—Gracias, pero ellos—señalo hacia los dos heridos—necesitan comer primero.

Antes de que nadie pudiera decir nada otro marino entró llevando la comida para sus dos compañeros. Sin más excusas el muchacho se froto los dedos y se retorció en su lugar antes de tomar asiento.

—Gracias—aceptó la carne seca, las galletas y el agua. Comió sin mirar a nadie y Shouto estaba a punto de hacer una pregunta cuando su maestro se adelantó.

—¿Cuál es tu nombre?

—Midoriya. Izuku Midoriya.

—Yo soy Aizawa. Estos dos son mis discípulos. Tenya y Shouto.

—Mucho gusto.

—¿Qué hacías en el barco?

—¿eh?

—¿Qué hacías en el barco? Ellos no suelen raptar a ningún alfa mayor de quince años.

—No soy un alfa.

Los ojos de Shouto se quedaron fijos en la sucia venda que cubría el tobillo. Cuando el muchacho la apretó contra sí, Shouto levantó la vista para encontrarse con dos ojos de un verde extraordinario. En apenas un segundo de inspección, Shouto tomó nota del delicado perfil, de las pecas que cubrían la nariz y se difuminaban en torno a los ojos, se dio cuenta de que las pestañas eran de un verde oscuro, casi negro, y de que su boca era una delicadeza como el capullo de una flor.

—¿Un beta?,—pregunto Tenya devolviendo a Shouto a la realidad.

—S-soy un sanador—dijo el muchacho mientras se apartaba los mechones de su pelo verde, un verde como el de las hojas que crecen a la sombra.

—Eres demasiado joven—dijo Aizawa imprimiendo a su voz el tono de autoridad que Shouto conocía bien. Era un tono que no funcionaba con él, pero era excelente para enseñar a los beta bajo su tutela. Sin embargo, el muchacho se tensó como si le hubieran gritado y el aroma a lavanda volvió. Fuerte y denso, combinado con el aroma a sábila y manzanilla.

—No terminé mi entrenamiento.

—¿Por qué?

Shouto miró a su maestro de reojo, preguntándose el porqué de la repentina severidad en su tono, pero dejo la pregunta de lado cuando posó sus ojos en el muchacho y se percató de su incomodidad: Tenía los hombros tensos y sus manos se retorcían nerviosas, se mordía el labio inferior mientras posaba los ojos sobre su maestro para inmediatamente después apartar la mirada, como si no fuera capaz de enfrentar su dureza.

Ciertamente no es un alfa, pensó Shouto distraídamente, pero era rarísimo que un beta adolescente perdiera la compostura frente a ese tono. Era como si…

No

El muchacho se rindió ante la autoridad de su maestro, tal vez Aizawa no fuera un alfa pero sin duda había entrenado a varios y sabía imponerse. El muchacho desvió los ojos de él y levanto su camisa a la altura de su estómago.

En cuanto vio las vendas, el corazón de Shouto se agitó dentro de su pecho como un pájaro asustado dentro de una jaula.  

[…]

El silencio se alargó lo que pareció una eternidad. Izuku notó el miedo caracolear dentro de él e intento controlarlo, pero era condenadamente difícil soportar la mirada del beta adulto. Su expresión era severa y su aroma era tan imponente que le resulta físicamente imposible mentirle.

Escuchó a uno de los muchachos decir algo. El más alto de los dos dijo Eres… pero el resto de la frase se cortó cuando el beta adulto dirigió su atención hacia él e Izuku aprovecho su distracción para rehacer su postura. Tomo aire con lentitud y mantuvo sus manos quietas.

—¿Cómo llegaste ahí?,—fue la siguiente pregunta, menos severa que las anteriores, pero igual de firme. Izuku no perdió tiempo con mentiras, bajó la voz y miró al suelo mientras decía:

—Hace unos años atacaron mi aldea—distraído, Izuku se frotó la nariz y se apartó el pelo de la cara mientras les contaba del secuestro y del naufragio. Hizo un resumen corto de su vida en tierra enemiga y finalizó diciendo—Tenía planeado cruzar el mar hasta llegar a las costas de Yuuei. De ahí habría navegado hacia el sur. Hacia las islas de Kohei.

—Un viaje imposible—dijo el beta más joven.

Izuku se encogió de hombros sin mirar a nadie—Tenía que intentarlo.

—¿Por qué la venda?

Izuku se frotó distraídamente la rodilla de ese pie y miro a Aizawa.

—Porque quería evitar que me enviarán con el resto de los omega si me capturaban. Pensé que la flor los engañaría, y que me daría tiempo de escapar.

—Era un plan absurdo. Ellos no capturan beta. Solo alfa y omega.

Izuku frunció el entrecejo—No, eso no es verdad. Ellos también secuestran beta.

—¿Quién te dijo eso?

—Son los rumores que llegan.

—Pues están mal. En todos los años desde que empezaron los secuestros, ellos siempre han enviado dos barcos. Siempre. Empezaron con un puñado aquí y allá y de pronto empezaron con grupos grandes. Dos veces por año atacan las costas y secuestran alfa y omega. En ninguna ocasión se han llevado beta.  

—Eso es porque los atacan en el mar. Muchos hombres beta son comerciantes y marinos. Por lo que sé, buscan barcos fáciles de abordar y se los llevan. Es casi seguro que muchos creen que su desaparición es por culpa de las tormentas y las serpientes de mar.

Hubo un largo silencio mientras las palabras de Izuku calaban en los otros tres, el muchacho se extrañó de ver la sorpresa y la conmoción en el rostro Aizawa.

—¿No lo sabían?

—¿Beta adultos?,—murmuró el hombre mirando al omega con expresión de sorpresa—No tiene sentido.

—¿Por qué?,—pregunto Izuku a su vez.

Los tres se miraron como si él no estuviera ahí.

—¿Qué pasa?,—repitió el chico intentando que le prestaran atención.

—Debo hablar con el capitán.

Aizawa se puso de pie e Izuku se apartó para dejarlo pasar. En cuanto el adulto desapareció por la puerta, el chico se giró hacia los otros dos.

—¿Cuál es el problema con que también secuestren a los beta?

—La mayoría de la gente—dijo Tenya—cree que usan a los alfa como mano de obra. Se los llevan jóvenes para entrenarlos y adiestrarlos. Los omega son destinados a servir como acompañantes.

—¿Y no es así?,—pregunto Izuku mirando al muchacho de pelo azul.

—El rey así lo cree—murmuró el único alfa del grupo. Izuku lo miró e intento no retorcerse ante su mirada. No solo era asombroso que sus ojos fueran de colores distintos, su porte y su expresión gritaban autoridad pese a su edad—Para él, es la única explicación.

—¿Qué otra puede haber?

En lugar de contestarle, el alfa le dijo—¿Por qué están secuestrando adultos beta?

—Para trabajar.

—No, sabemos que no hay ningún beta con el resto de los prisioneros.

Izuku ladeó su cabeza incapaz de seguir la línea de razonamiento del alfa, pero en cuanto el otro se inclinó hacia él, Izuku se enderezó, repentinamente consciente del aroma a pino y musgo. Olía a primavera. Olía como un bosque húmedo, familiar, fresco y sereno.

—¿Cómo lo sabes?,—pregunto Izuku echándose para atrás por instinto, intentando poner espacio entre el alfa y él.

—Desde que los secuestros empezaron se enviaron espías a las tierras de los esclavistas. Todos ellos desaparecieron, muertos o capturados no importa, ninguno de los reportes que enviaron mencionaba esclavos beta.

—¿Los matan?,—pregunto Tenya con evidente malestar.

—¿Y para que tomarse la molestia de llevárselos?,—respondió el alfa antes de volverse hacia Izuku, quien intento no encorvarse frente a él—Aún no lo entiendo, ¿por qué beta y no alfa ni omega?

Izuku lo miro con extrañeza—¿De qué hablas?

—¿Por qué disfrazarte como beta? Si tenías miedo de que lo que te harían si descubrían que eras un omega, ¿por qué no fingir ser un alfa?

—Porque a los alfan los drogan.

[…]

Shouto tomó aire con calma intentando poner sus pensamientos en orden. Se sujetó las sienes y apoyo los codos sobre las rodillas. Tenya intentó hablarle, pero él le hizo un ademán para que se callara porque no quería iniciar un interrogatorio sin su maestro, pese a que eso era precisamente lo que más deseaba.

Mientras esperaban, el beta –no, el omega– se inclinó para revisar los signos vitales de Hizashi y después fue a comprobar el estado de los otros dos pacientes. Regresó, termino de comer y se quedó quieto mientras frotaba distraídamente la cicatriz en su mano derecha.

—¿Qué te paso?,—preguntó Shouto impulsivamente.

El omega lo miro. Era sorprendente que la misma persona que un momento atrás estaba retorciéndose de nerviosismo pudiera mirarlo con esa expresión rebosante de calma. Tenía unos ojos asombrosamente verdes, bajo la luz de los candiles su color se asemejaba al del musgo húmedo por el rocío de la mañana y estaban bordeados de esas largas pestañas que eran de un verde que parecía negro. Shouto lo miro con tal intensidad que el muchacho dio un respingo nervioso y apartó los ojos de él.

—Me caí—contestó con voz queda, acariciando su cicatriz de forma ausente—resbale por una pendiente y aterrice sobre mí mano. Terminé con tres dedos rotos, pero conseguí alinearlos sin complicaciones.  

Shouto intentó imaginarse la situación, pero no pudo. Tenía seis años cuando se dislocó el hombro al caer de su primer caballo y recordaba sus gritos mientras el sanador intentaba poner el hueso en su lugar, recordaba cómo el dolor había llenado cada hueco dentro de su cerebro impidiéndole procesar ningún pensamiento coherente, no se imaginaba curándose solo.

—¿Y a ti?,—la pregunta lo sorprendió y tardo un momento en entender que el omega se refería a la quemadura en la parte izquierda de su rostro.

Su garganta se contrajo ante el recuerdo, pero antes de que consiguiera decir nada Tenya se adelantó:

—Esa es una impertinencia.

Le imprimió tanta dureza a su voz que el omega se sobresalto y su rostro perdió toda simpatía, se puso tenso y apretó las manos contra su cuerpo. Shouto se sintió culpable y estuvo a punto de gruñirle a Tenya cuando finalmente su maestro volvió con ellos.

—¿Qué pasó?,—pregunto el alfa de inmediato.

—Hablaremos después.

—No, hablaremos ahora—se volvió hacia el omega—Dile lo que nos acabas de decir.

—¿Eh?

—Dile lo de la droga.

Notó a su maestro ponerse tenso y toda su atención se concentró en el omega.

—¿Qué droga?

Shouto se adelantó—Él dice que los esclavistas están drogando a los alfa.

—¿Es verdad eso?,—el omega asintió mirándolos con reticencia—¿Cómo lo sabes?

—La familia de Tokoyami –la persona que me ayudo a trazar mi ruta para cruzar el mar– vivía cerca de la fortaleza del General. Su padre trabajaba como guardia en una de las prisiones, se marcharon de ahí después de su muerte, pero aún recuerda todo lo que su padre decía. Fue él quien me convenció de disfrazarme de beta. Me dijo que los omega son los que más vigilancia tienen y los alfa son drogados diariamente.

Shouto intercambió una mirada con su maestro y preguntó:

—¿Qué le dijiste al capitán?

—Nada—el beta se frotó la cara intentando aliviar sus ojos cansados—Le pregunté sobre barcos desaparecidos.

—¿Y?

—Aparentemente hay unos cuantos, pero no demasiados para llamar la atención.

Tenya sacudió la cabeza—¿Qué significa eso?

—Significa—dijo Aizawa—que tenemos otra pregunta entre manos. ¿Por qué betas adultos? Durante todos estos años se han llevado alfas jóvenes, secuestran omegas indistintamente, pero nunca han mostrado interés en los beta, ¿cuándo modificaron su conducta?, ¿y por qué?

—¿Importa?,—pregunto Tenya entrecerrando los ojos—Quiero decir, ahora tenemos la respuesta que veníamos a buscar. Ahora sabemos que Todoroki-ouji tenía razón al suponer que algo impidió a los alfa luchar en aquella ocasión. Si la droga fue capaz de neutralizarlos, no importará si conseguimos sitiar una prisión. Ellos preferirán masacrar a los prisioneros antes que dejarlos ir. Tenemos que volver y avisarle al rey. Tenemos que idear un plan que nos permita apoderarnos de las prisiones sin que maten a los alfa.

—No vamos a volver—gruño Shouto sacudiendo la cabeza—Eijirou y su grupo están esperando que vayamos a recogerlos.

—Eso sí lograron salir—murmuró Aizawa cruzándose de brazos—bien sabes que no había garantía.

—Tu contacto…

—Mi contacto fue claro. Podía ayudarlos a entrar, salir era otro asunto. El objetivo principal era evitar el mismo desastre de años atrás.

—Eijirou es tu discípulo.

—Y él conoce sus responsabilidades.

—Y también confía en nosotros. Acordamos que iríamos a recogerlo.

—Acordamos que te dejaría venir con la condición de que te quedarías en este barco mientras yo iba a buscar al contacto, en ningún momento te permití venir conmigo.

—No me importa si me lo permites. Eijirou y los demás son parte de mi guardia, no pienso abandonarlos.

—Eijirou sabía que si no podía escapar tendría que esperar hasta que la flota del rey llegara y aún entonces no existía la seguridad de que el ejército del rey consiguiera recuperar la prisión. Sabía que su misión principal era recabar información y enviarla. Él tomó la decisión a sabiendas del riesgo que corría.

—No me puedo creer que vayas a dejarlos ahí.

—Hay prioridades. Tenemos que avisarle al rey de la situación. Deberá cambiar sus planes y tendrá que recabar más detalles sobre la droga si queremos vencerla.

—Bien, pues vuelve con mi padre. Yo cumpliré mi palabra.

—No hagas esto.

—¿Qué importancia tiene si vuelvo? Al viejo no le importará, eso lo sabes también como yo. Tú tienes más posibilidad de convencerlo de cambiar de idea. Si llego diciéndole que no debe atacar, lo primero que hará será decirme que deje de comportarme como un cobarde y que ponga el ejemplo para todos. No haré ningún bien allá.

—Tampoco harás ningún bien estando muerto.

—No estaré muerto. Buscaré a tu contacto y tal vez podamos idear una forma de sacar a Eijirou y al resto de la prisión.

—¿Te está oyendo?,—Aizawa sacudió la cabeza con incredulidad—Lo único que vas a conseguir que te maten, o peor, que te capturen.

—Si es así entonces tal vez mi padre haga un verdadero esfuerzo en recuperar las prisiones.

—Shouto…

—Sabes que tengo razón. Sabes que mi padre tiene intenciones de concentrarse en destruir los puertos y en atacar la fortaleza del General. Su prioridad no son los prisioneros. No necesita decirlo en voz alta, es obvio. Lo sé yo y lo sabes tú. Si consigue liberar a unos cuantos, será bueno para él, y si no, siempre podrá decir que lo intentó.

Aizawa extendió los brazos, ofuscado.

—No, no y no… Esto es una locura, ¿cómo vas a enfrentarte a una droga que no conoces y qué nunca has visto?

—Eijirou sabrá de ella.

—Y estará en la misma situación que tú.

Shouto sacudió la cabeza, tomo aire y miro a su maestro.

—No me pidas que los deje.

—Esto no es culpa tuya.

—Lo hicieron por mí.

—No obligaste a nadie.

—¿Alguna vez le has dicho que no a mi padre?

—…tú no eres él.

—Y por eso estamos aquí.

Aizawa cerró los ojos, se rascó la mejilla y empezó a maldecir el día que se encariñó con ese grupo de chiquillos ruidosos.

—Sé sensato, Shouto, ¿qué piensas hacer? Quieres adentrarte en una zona que no conoces, que ninguno de nosotros conoce, para buscar el complejo que retiene a Eijirou. ¿Y luego qué? ¿cómo vas a entrar? ¿cómo vas a salir?

—Siempre has dicho que innovemos.

—No utilices mis palabras contra mí.

—Tal vez no conozca el lugar, pero encontraré el modo.

—Disculpen—ambos se sobresaltan ante la voz que interviene, se habían olvidado del omega que tenían en frente—Yo sé dónde están todos los complejos de la zona.

Silencio. Shouto rebobina la frase hasta que cobra sentido.

—¿Cómo?,—pregunta Aizawa con severidad.

—Tokoyami me consiguió mapas detallados del ejército. Si me veía en la necesidad de acercarme a la costa al menos sabría qué zonas evitar.

—¿Tienes los mapas contigo?

—No, se quedaron en mi barco, pero me los aprendí de memoria. Memorice la localización de todas las aldeas y los puestos de vigilancia.

Shouto sonríe y mira a su maestro, que gruñe:

—Aún queda el problema con la droga.

—Pues…—el omega interviene antes de que Shouto lo haga y cuando ambos se giran hacia él, el muchacho se ruboriza. Shouto no se sorprende cuando el omega se aparta el pelo de la oreja, es una manía que ha repetido al menos cinco veces en el tiempo que llevan charlando.

—¿También sabes como neutralizarla?,—murmura Aizawa con impaciencia

—Uh…, no… no sé qué es, pero Tokoyami me dijo que se suministra vía aérea, así que antes de partir me hizo preparar un set completo de lociones. Teníamos la idea de que en caso de que intentaran utilizarla contra mí, tal vez podría contrarrestarla usando un trapo cubierto en perfume. Como cuando usas un pañuelo húmedo para evitar intoxicarte con el humo.

Tanto Shouto como Aizawa hablaron a la vez—Brillante—Absurdo

—En todo caso—murmuro el omega intentando ignorar la tensión entre ambos—no es una solución a largo plazo, pero aun cuando no funcione nos dará un margen de ventaja.

—Vaya que si lo hará—Shouto sonrió con orgullo y su gesto provocó que el omega se sonrojara; sin dejar de sonreír el muchacho se giró hacia su maestro—Supongo que ya no quedan excusas.

Aizawa se pasó una mano por el pelo, claramente frustrado.

—¿Estás dispuesto a arrastrarlo en esta tontería?,—señalo hacia el omega y por primera vez Shouto tuvo dudas.

Miro hacia el omega, indeciso, pero entonces el muchacho hizo algo extraordinario. Sonrió. Por primera vez desde que lo conociera. El gesto fue brillante, tímido y encantador.

—En realidad soy yo quien está ofreciendo su ayuda—dijo el muchacho sin vacilación.

El silencio se extendió mientras los tres lo miraban sorprendidos, finalmente fue Aizawa quien hizo la pregunta que todos tenían en mente—¿Por qué?

La bella sonrisa se borró de golpe, su gesto se apagó como la llama de una vela. Una pequeña arruguita se formó entre las cejas y sus pómulos palidecieron. Los ojos vagaron por el cuarto, como si buscaran algo, pero era obvio que el muchacho no estaba ahí, veía algo más allá de todos ellos. Un recuerdo. Un deseo. Fuese lo que fuese, tenía la fuerza para convertir una bella flor en una hoja marchita.

Finalmente, el muchacho se llevó la mano a la cara y se apartó el pelo volviendo lentamente a la realidad. Cuando los miro su rostro era la viva imagen de la tristeza.

—Si supiera que mi amigo es prisionero, yo también haría todo lo posible por rescatarlo.

Continuará

Chapter Text

Izuku apoyó la frente en la barandilla conteniendo el suspiro que amenaza con convertirse en llanto. Ha tomado la costumbre de salir a cubierta a mirar el océano. Lo prefiere a dormir, porque cuando lo hace sueña con una jaula bajo el mar y con el cuerpo de Katsuki deshaciéndose entre sus dedos. No deja de recordar ese día, no deja de imaginar la bodega llena de agua.

“¿Y si no se lo llevaron?, ¿y si lo dejaron atrás?”, pero el pensamiento es infantil y lo sabe. Es el sueño de un niño. Así que cierra los ojos y se aferra a lo único que le queda.

.

.

.

Izuku decidió organizar su primer viaje para recolectar ingredientes sin decírselo a sus padres porque su madre solía sufrir de los nervios si le daba por alejarse demasiado. Tenía todo planeado. Había preparado su bolso de viaje con antelación, tenía la ruta que iba a seguir y se había asegurado de hacer una lista de todas las plantas que iba a recolectar.

Ese día se levantó temprano, dejo una nota avisando que volvería para la cena y se marchó con paso ligero hacia el bosque. No esperaba encontrar a Katsuki bostezando y paseando cerca de los límites de la aldea.

—¡Kacchan!,—echó a correr hacia el rubio y sonrió en cuanto lo tuvo enfrente,—¿Qué haces aquí?

—Congelándome, obviamente, ¿por qué has tardado tanto?

—¡Lo siento!... no sabía que estabas esperando.

—Hm.

—¿Por qué estás aquí, Kacchan?

—Has estado hablando de este viaje durante días, Deku—bostezó de nuevo, levantó su bolsa y le dio la espalda—más vale que valga la pena.

Izuku sonrió y lo siguió.

Lo cierto es que no fue un viaje perfecto. Amaneció, pero no hubo sol, solo nubes grises cubriendo el cielo. No encontraron la mitad de las plantas de la lista, estuvieron a punto de caer en una ciénaga y tuvieron que huir de un panal de avispas; pero en cambio corrieron en un campo lleno de dientes de león, chapotearon en un estanque intentando cazar nenúfares, vieron de lejos a una manda de jabalís con su crías y comieron bajo un cielo gris mientras competían para ver quién podía identificar más aves oyendo solamente su canto.

Para Izuku el recuerdo es brillante y eterno. Recuerda que cuando empezó a llover tuvieron que refugiarse bajo unos troncos secos. Recuerda qué Katsuki puso hojas en el suelo, se sentó y le hizo espacio entre sus piernas. Izuku se apoyó contra él, envuelto en la calidez de su cuerpo y el aroma a madera. Se quedaron ahí, charlando en voz baja, mientras la lluvia caía.

Hubo un momento en el que Izuku se fijó en la cicatriz sobre el pulgar de Katsuki. Era reciente porque no recordaba haberla visto antes, así que extendió la mano y la toco. Deslizo la punta de su dedo índice por la pequeña marca a la mitad del pulgar.

—¿Cuándo te la hiciste? —preguntó admirando la delicada textura de la piel, deslizando su dedo a lo largo del pulgar, de ida y de vuelta hasta alcanzar la muñeca.

—Hace una semana cuando practicamos con los cuchillos cortos.

Izuku asintió e hizo ademán de retirar su mano, pero Katsuki tomó la suya y uso las yemas de los dedos para acariciar sus nudillos. El gesto lo hizo sonreír e inconscientemente se acurruco, encajando su frente en el hombro de su amigo, la respuesta de Katsuki fue apretar su abrazo y apoyar la mejilla contra su cabeza.

En ese momento Izuku lo supo, y no hicieron falta ni preguntas ni palabras para entender que Katsuki también lo sabía.

.

.

.

Ese recuerdo es el que más duele. La promesa de lo que sería y que ya no puede ser.  

No seas un debilucho.

El recuerdo de su voz y su eterna sonrisa ladeada. Eso es todo lo que tiene ahora.

 […]

—¿Quién es el chico?

Shouto levanta la mirada del mapa que tiene desplegado en el suelo y mira al capitán, que con los brazos en jarras tiene la vista clavada en su maestro.

—¿Cuál chico?

—No te hagas el listo conmigo, Aizawa, ¿por qué había un omega en ese barco?

—Si te hubieras molestado en interrogarlo habrías sabido que lo recogieron en el mar. No creo que ellos supieran que era un omega.

—No lo interrogue porque no creí que fuera necesario. Supuse que de haber un problema me lo habrías dicho de inmediato.

—¿Hay algún problema con él?

—No creo que te lo tenga que deletrear, ¿cierto? El luto del chico se huele por todo el barco. Tal vez creas que tenemos las narices tapadas, o tal vez que somos imbéciles, pero no puede ser que no te hayas dado cuenta. Los cachorros alfa no dejan de rondarlo como abejas a la miel, ¡por todas las bestias del mar!, incluso mi tripulación ha empezado a notarlo.

—A ojos de todos es un beta.

—Admito que su aroma no se distingue de inmediato, pero no puedes tapar el sol con un dedo. Si te tomaras un momento para salir verías a un grupo de esos chicos vigilarlo como si fuera un cachorrito pateado. Los verías llevarle comida, te reirías de sus intentos de conversación, está en su naturaleza querer que ese aroma desaparezca. Lo peor es que mis chicos han empezado a hacer preguntas. Ellos mejor que nadie saben que un beta no puede oler así.

—Muy bien, arreglaré este asunto.

—Tiene que ser ya, no necesitamos un puñado de cachorros alfa compitiendo por él.

 El capitán se marcha y Shouto observa a su maestro tomar aire con calma. Lo ve masajearse la cabeza así que guarda silencio y espera hasta que habla.

—¿El chico te ha dicho algo?

—No necesita decir nada.

Aizawa frunce el ceño y Shouto intenta explicárselo.

Vio el cuaderno por casualidad, mientras se levantaba para ir al baño. Lo encontró tirado junto a la cabeza del omega dormido y su primera reacción fue recogerlo para no pisarlo. Su intención era ponerlo de vuelta junto a las cosas del muchacho, pero pensó en los mapas perdidos y quiso asegurarse de que no hubiera copias escondidas.

No era un cuaderno en sí, sino un paquete de hojas sueltas unidas por una cinta. Cuando la quito las hojas se inflaron, como si tuvieran vida propia. En varias encontró un bosquejo torpe y una breve descripción de plantas que Shouto desconocía; pero el resto del cuaderno estaba lleno de imágenes de la misma flor. Había decenas apretadas en una sola hoja, en otras había una sola flor en el centro, roja y brillante. Había de todos los tamaños. Algunas tenían tanto color que la hoja se había arrugado por el agua, otras no estaban coloreadas, pero los trazos eran gruesos, firmes, casi obsesivos. Había algunas con la pintura corrida y otras sin terminar.

Todas eran iguales. Todas tenían la misma forma, pequeñas flores amontonadas a lo largo de un tallo. Un tallo alargado, ancho en la base y delgado en la punta, como si fuera una espada. Y sin importar el tamaño o el color, todas desbordaban el mismo ímpetu. Shouto no necesita preguntar quién es el portador de la flor, no necesita saber su nombre ni su historia para entender quién era. Basta mirar la expresión del omega cuando se queda mirándolas.

—No puedes negarle su duelo—murmuró Shouto con un suspiro cansado.

—No seré tan cruel, pero habrá que mantenerlo alejado del resto.

—Deja que venga conmigo.

Su maestro gruñó—Dime la verdad, ¿estás dispuesto a llevar a un omega al campo de batalla?

Shouto se retuerce en su lugar. Su primera reacción, la reacción natural, es decir no. Por supuesto que no, a los omega no se les deja participar en combate. Si el chico oliera como uno todo sería más fácil, no habría discusión y las cosas serían claras; pero lo cierto es que cada día huele a algo distinto. Huele a lavanda y a jazmín, a sábila y verbena. Cada vez que lo tiene cerca le resulta difícil recordar porque se supone que no puede llevarlo a tierra.

—No lo llevaré a luchar,—Shouto repite el argumento que se ha dicho decenas de veces desde que el chico ofreció su ayuda—pero no puedes menospreciar el hecho de que conoce a nuestros enemigos. Ha pensado en una forma de enfrentarse a esa droga, que funcione o no es otra cuestión, pero es lo mejor que tenemos ahora. No pretendo asaltar una prisión, me concentraré en Eijirou y el resto, pero necesitamos probar si su idea puede ponerse en práctica.

—No creo que entiendas lo que me estás pidiendo. Quieres que abandone al hijo de mi rey en tierra enemiga, en compañía de un omega que no sabe luchar.

—Si te resulta más fácil puedo ordenártelo.    

—Mocoso malcriado—masculló Aizawa

—¿Qué otra opción tenemos?... ¿Hum?... De toda la corte de mi padre, eres el único que ha mostrado interés en recuperar a los prisioneros. Tú lo haces por tu sobrino, pero también hay otras familias que esperan a sus hijos de vuelta. Por eso estamos aquí. Mi padre no cuenta con suficiente información para un rescate exitoso, y ni siquiera le preocupa. Si el omega puede ayudarnos, tal vez debamos intentarlo.

Aizawa sacudió la cabeza—Me arrepentiré de esto.

—Si tanto te molesta te prometo que enviaré al omega de vuelta en cuanto probemos su teoría. Nada de participación en combate.

—…Uh… me das dolor de cabeza. Bien. Ve por él y llévalo con Hizashi. Buscaré a Iida.

Shouto no discutió, se puso de pie y salió.

Encontró al omega en cubierta, sentado con los pies colgando fuera de borda. Había un puñado de cachorros alfa merodeando cerca, sin duda buscando excusas para acercarse, también vio un par de miembros de la tripulación curioseando no muy lejos, todos ellos se tensaron cuando Shouto se acercó al muchacho.

—Aizawa quiere verte—murmuró en voz baja manteniéndose a la respetuosa distancia de tres pasos.

El muchacho enderezó su cabeza y lo miró. Shouto se tensó.

Había oído que un omega en luto era un espectáculo devastador, tanto o más como ver a un alfa en estado feral. Pero oír sobre el tema era completamente diferente de mirarlo de cerca. Su postura gritaba abandono y el aroma a sábila, pese a ser artificial, transportaba el olor a duelo y tristeza, no había duda de que al inhalarlo la reacción de un alfa era inconsciente: Conforte y protección. Solo ahora entendía la urgencia del capitán. Si la situación continuaba habría un montón de cachorros queriendo borrar ese aroma pese a ser ignorantes de él, lo que sin duda llevaría a disputas territoriales.

—Ya le he dicho todo lo que sé—dijo el muchacho restregando su cara contra el frío metal de la baranda—Ya le dibuje los mapas que me pidió. Ya le conté mil veces todo lo que Tokoyami me dijo  y todo lo que vi en el tiempo que estuve viviendo allá. ¿Qué más quiere?

La frustración emana de él en olas grises, Shouto la soporta pero los cachorros que miran se revuelven en su lugar, desconfiados e impacientes. No cabe duda de que si no consigue llevarlo adentro, va a tener que soportar el instinto territorial de los muchachos.

—Es Hizashi, tuvo una recaída.

La mentira consigue lo que Shouto quiere, que el muchacho se enderece, alerta y en guardia. Lo ve levantase sin decir nada y lo deja encabezar la marcha. Cuando llegan al camarote el omega se detiene al ver que Hizashi está despierto y sonriendo; inmediatamente se gira hacia él con una expresión de incertidumbre.

—Tenía que hacer que bajaras, —le dice con una pizca de remordimiento—pero no podía obligarte o habríamos tenido problemas.

La mirada que recibe le confirma que el omega no es consciente de los ojos que lo miran. Shouto se abstiene de hacer un comentario y se limita a señalar al fondo del camarote. Solo están ellos cinco, ya que los otros dos heridos se han recuperado lo suficiente para reincorporarse a sus labores.

—Ya estamos todos—dice Aizawa cuando los dos toman asiento alrededor de Hizashi—Mañana llegaremos a Hosu. El plan era desembarcar y buscar a nuestro contacto. Si nuestros hombres consiguieron salir estarán con él, sino fue así la idea es volver al barco y regresar con el rey. Ese era el plan. Las cosas han cambiado. Si lo que Midoriya nos ha dicho es cierto, estamos en desventaja. No sabemos si la droga que se usa en las prisiones puede emplearse en combate, de ser así nuestras tropas corren el riesgo de caer en una trampa.

—Y es por eso que es de vital importancia que el rey sepa de la situación lo antes posible—murmuro Tenya con expresión severa.

—Lo sé, tenemos que volver; pero si lo hacemos es muy probable que no consigamos liberar a los prisioneros. Creo que todos sabemos que no son la prioridad del rey.

Tenya empezó a protestar pero basto que su maestro alzara una mano para callarlo.

—¿De verdad quieres hacer esto? —pregunto Aizawa mirando hacia el omega

—Si puedo ayudar, lo haré. Perdí a mis amigos cuando el barco se hundió, pero no puedo dar la vuelta y fingir que todo es igual que antes.

—¿Estás dispuesto a tomar este riesgo porque crees que puedes ayudar o porque estás de luto y no te importa lo que pase contigo?

El chico se tensó, tragó con dificultad y se tomó un momento para recomponerse. Cuando lo hizo se enderezó completamente y apretó los puños.

—Puedo ayudar. Sé que puedo hacerlo. —honestidad, firmeza y decisión.

Aizawa se masajeo el puente de la nariz—Si estuviera en mi mano te llevaría de vuelta. En cualquier otra situación me negaría absolutamente a permitir a un omega quedarse aquí, pero en la guerra se hacen excepciones—tomó aire y los miró uno a uno—Las cosas han cambiado y tenemos que actuar de acuerdo con ello. Las tropas de Yuuei no son suficientes para enfrentarse a la alianza entre dos reinos, así que este es el plan. Yo iré con el rey, le expondré la situación y trataré de coordinar nuestras fuerzas. Shouto y Midoriya desembarcaran mañana cuando nos acerquemos a tierra, buscarán al contacto y averiguaran lo que puedan sobre la droga y como neutralizarla. Shouto—su maestro posó los ojos sobre él—sé que quieres liberar a Eijirou y al resto, pero lo principal es encontrar una forma de contrarrestar su arma. Observa, escucha y ten paciencia.  

—¿Solo ellos?,—pregunto Tenya sin poder contenerse—¡No puedo dejar que…!

—No puedes ir con ellos, Tenya, porque tengo una misión para ti. Viajaras con nosotros hasta los picos. Desembarcaras ahí y te dirigirás al norte. Necesito que visites a las tribus bárbaras de las montañas. Debes hablar con su líder y explicarles la situación. Debes convencerlos de luchar en esta guerra.

—El rey nunca lo aceptara—murmuró Tenya sacudiendo la cabeza—Considera a Toshinori Yagi como su enemigo.

—Yagi ya no es líder, ahora lo es el joven Togata.

—Aun así la enemistad sigue ahí.

—No pedirás ayuda en nombre del rey. La pedirás en nombre de Shouto… Ellos serán sus refuerzos.

—Pero no poseen barcos para llegar hasta él.

—No los necesitan. Conocen el desierto como la palma de su mano, saben cómo sobrevivir y cómo evitar a las bestias que viven ahí. Cuando la flota del rey se mueva necesitaremos apoyo por tierra, los únicos que pueden cruzar el desierto son ellos, ¿entiendes por qué esto es importante? —Tenya guardó silencio, tenso y en guardia—Tu misión es conseguirle a Shouto ayuda para recuperar a los prisioneros e iniciar una ofensiva desde tierra.

Tenya asintió.

—Yo puedo ir—dijo Hizashi exhibiendo su amplia sonrisa—Deja que el muchacho acompañe a nuestro…

—No—lo cortó Aizawa girándose hacia él—Tengo trabajo para ti.

—¿De verdad?... así que me has dejado al final a propósito.

—Necesitamos a los guerreros de las islas del sur, son los mejores luchadores entre los nuestros. Debemos reunirlos si queremos evitar que los ejércitos de Hosu y Overhaul nos tomen por sorpresa.

—Si no me equivoco el rey intento reclutarlos. Envió emisarios al consejo. Ellos se rehusaron.

—Nuestro rey no ha cultivado la mejor relación con nuestros hermanos del sur.

—¿Lo dices por el desastre de hace un par de años?

—¿Cuál desastre?,—pregunto Tenya al ver que su maestro asentía.

—La masacre de los alfa—respondió Shouto y Aizawa asintió.

—Se suponía que nosotros proporcionaríamos los barcos y los refuerzos, ellos debían sitiar una de las fortalezas. El rescate había sido su idea y estaban dispuestos a ofrecer la vida en esa batalla. Consiguieron vencer pero el precio fue demasiado grande y nuestro rey ordeno la retirada. Ellos no querían marcharse, querían defenderla hasta que llegaran los refuerzos, pero el rey amenazó con abandonarlos ahí. Así que todos se retiraron. Después de eso las relaciones diplomáticas se enfriaron; pero creo que, si les explicas que nuestra misión es liberar las fortalezas, accederán a luchar. Su mayor deseo siempre ha sido recuperar a sus hijos.

—De acuerdo, lo haré.

—Muy bien, pues entonces manos a la obra.  

Aizawa le hizo señas a sus alumnos para hablar en privado y mientras se alejaban Hizashi se volvió hacia el omega.

—¿Quieres que lleve un mensaje a casa?

Shouto no alcanzó a oír la respuesta pero lo vio levantarse para ir a hojear su cuaderno de bocetos.

[…]

Es día de sol. Así lo llama Katsuki. Es el día en el que los dejan subir a la superficie a estirar los músculos y a bañarse en la tibia luz de la mañana.

Los grupos siempre son pequeños, cinco u ocho, no más de diez. Suben hasta el campo de entrenamiento, desde donde los guardias vigilan con arcos listos, tiesos y en guardia en la zona de las almenas. Se ha vuelto una costumbre que Katsuki llegue y mire a su alrededor. Ha perfeccionado la técnica de observar sin llamar la atención. En silencio cuenta el número de soldados –para establecer patrones–, toma nota de los rostros –por si son familiares–, y de sus armas –que siempre sujetan con aparente indiferencia.

Una vez intentó escalar y terminó con una flecha clavada en la espalda. La herida no fue mortal, pero lo castigaron con meses sin salir. Desde entonces Katsuki observa y espera. Sabe que la única salida es saltar el muro, alcanzar las almenas, y correr. Ha hecho simulaciones en su mente, una y otra vez. El problema es que no sabe lo que hay allá fuera, no sabe si el muro tiene la misma altura al otro lado, no sabe si hay un acantilado en la otra orilla, no sabe si hay campo abierto o un bosque que le brinde protección. Ha considerado todas las opciones, lo que falta es la oportunidad. Así que Katsuki disfruta del aire libre.

Se quita los pantalones y se estira como un gato al sol.

Ignora a los guardias que permanecen quietos como estatuas de mármol. Ignora a los omegas que toman el sol en la otra esquina del campo. Ignora a sus compañeros de celda que aprovechan para sentir la tierra bajo sus pies desnudos. Katsuki asume la posición de loto, espalda recta, brazos a los costados. Deja que la luz caliente su piel, aspira el aire fresco y limpio. La tibieza del día lo adormila. Sueña.

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Katsuki siguió el vago rastro a menta que se adentraba en el bosque. Se detenía cada rato para asegurarse que seguía la dirección correcta y maldijo cuando notó que el aroma lo conducía hasta la zona de los pantanos. Una región que los adultos prohibían terminantemente. Katsuki gruñó entre dientes, “¿Qué diablos estás haciendo, Deku?”

Siguió avanzando con todos sus sentidos alerta. Encontró al omega con su libreta de plantas, arrodillado junto a un arbusto de bayas. El alivio que sintió fue paralizante, sonrió y se tomó un momento para recuperar el aliento, lo aprovecho para apreciar los hombros estrechos, la espalda encorvada y la línea de la columna que se dibujaba sobre la tersa piel; pero sus ojos inevitablemente se fijaron en la línea de vendas que sobresalían del pantalón café.

A su edad había empezado a soñar con ellas.

Su distracción duro un momento, al siguiente su periferia capto la sombra a su derecha y antes de darse cuenta estaba moviéndose a toda velocidad. Sus piernas lo impulsaron hacia el frente y quito a Izuku del camino de la mantícora. Rodaron uno sobre el otro hasta que Katsuki logró enderezarse. Tomó del brazo a Izuku e intentó arrastrarlo lejos, pero el muchacho se dio la vuelta y jalo en dirección contraria.

—¡¿Qué estás haciendo?!—gritó Katsuki mientras el animal rearmaba su postura y los miraba.

—¡Mis libros!—contesto Izuku señalando hacia la bolsa tirada frente al arbusto.

Katsuki maldijo, pero se movió de todas formas, esquivó una garra inmensa con uñas filosas y rodó hasta llegar a la mochila tirada. La sujetó del asa, la hizo girar y la lanzó en dirección del omega.

—¡Corre!—gritó mientras esquivaba otra garra e intentaba poner espacio entre ellos.

Katsuki analizó la situación. La bestia era muchísimo más grande que él y no había forma de que pudiera hacerle frente solo con las manos, así que la opción más sensata era retirarse. Sabía que el animal dejaría de perseguirlos si conseguían salir de su territorio.

El animal atacó y Katsuki lo esquivó, hizo finta hacia la derecha y emitió un gruñido amenazante mientras emitía feromonas de advertencia. El animal rugió a su vez, pero Katsuki no se dejó amedrentar, en su lugar dio dos pasos laterales intentando que su posición se acercara lo más posible a la ruta de escape. La bestia leyó sus intenciones porque antes de que terminara de moverse acortó la distancia interponiéndose entre él y el camino de vuelta. En cuanto lo vio bajar la cabeza alistando sus cuartos traseros, Katsuki supo que no iba a salir completamente ileso del encuentro.

“Bah, no importa”, se dijo con apatía, era otra cicatriz que pensaba portar con orgullo. Katsuki se preparó para el embiste y al mismo tiempo tomó en cuenta los posibles desenlaces.

Varias cosas sucedieron a la vez.

El animal saltó, Katsuki se encogió y tiro hacia la izquierda notando que una de las garras alcanzaba a rozar su brazo. Notó el ardor de la herida y apretó los dientes. Cuando el animal aterrizó utilizo la fuerza del rebote para girarse hacia él, Katsuki se preparó para el segundo embiste, que no llego porque de pronto una mancha borrosa se estrelló contra la cara de la mantícora, golpeando eficazmente uno de sus ojos.

El animal rugió y Katsuki parpadeó al ver a Izuku de pie a unos pasos de él. Tenía el rostro pálido y los grandes ojos temblaban de miedo. La bestia sacudió la cabeza y la bolsa que se había atorado en su cara cayó desparramando todo su contenido por el suelo.

Katsuki no perdió tiempo, apenas se repuso de la sorpresa, se enderezó, tomó a Izuku de la mano y corrió en dirección opuesta. No lo soltó ni aún cuando alcanzaron la zona segura, no lo soltó mientras se doblaba sobre sí jadeando en busca de aire.

Lo soltó cuando empezó a gritarle.

—¡Pero que carajos estabas haciendo!,—no había palabra que describiera la emoción que se agitaba dentro de él. Furia, miedo, ansiedad. Todas se apretujaban entre sí al pensar en las cosas que pudieron salir mal—¡Lo tenía todo bajo control!

—Te hizo daño…—dijo Izuku con un murmullo que era más un sollozo.

Sólo entonces Katsuki se dio cuenta de la sangre que corría por su brazo, hizo una mueca ante la herida, ardía demasiado lo que significa que en realidad era superficial.

—¡Esto no es nada!,—gritó negándose a dejarse doblegar por el aroma a miedo y estrés que provenía de Izuku—¡Estaba listo para enfrentarlo!

Izuku se encogió, pero eso no calmó a Katsuki. Gritó hasta cansarse, gritó esperando que eso aligerara el espanto dentro de él. No podía dejar de pensar en lo cerca que Izuku había estado del desastre.

—¡Casi haces que te mate!

El grito sacó el resto de aire que quedaba dentro y durante un momento luchó por recuperarse, pero antes de que pudiera continuar con su discurso, Izuku envolvió los brazos alrededor de su cintura y apoyó la cabeza contra su hombro. La sensación de su cuerpo frío contra el suyo le proporciono la estabilidad que necesitaba. Izuku lo aferró con fuerza y al sentirlo temblar, Katsuki reaccionó inconscientemente: Aspiró su aroma –miedo y menta–, lo envolvió entre sus brazos y apoyó la cabeza contra su frente.

Solo entonces Katsuki encontró calma. Su espanto remitió porque Izuku estaba ahí. Estaba ahí y estaba a salvo. Podía sentir su corazón latir contra el suyo a un ritmo desenfrenado y ansioso. Podía notar las lágrimas en su hombro.

—No seas debilucho—murmuró, ahogándose en el aroma que el omega transmite e intentando a su vez ofrecerle conforte—Sólo es un corte.

—Pensé… pensé….

—No pensaste. ¿Qué diablos hacías ahí?

Tomó un momento pero Izuku fue capaz de tragarse el resto de sus lágrimas para contestarle.

—Me distraje mientras buscaba un arbusto de bayas negras.

Katsuki se separó y le pegó en la nariz con la punta de su dedo índice.

—Por esto es que siempre te acompaño, Deku.

—No siempre puedes venir conmigo.

—Puedo y lo haré… y la próxima vez ni se te ocurra meterte en mi pelea.

—¡Kacchan!... te iba a matar.

—¿A quién estas llamando debilucho, eh?

Le pica las cosquillas e Izuku se ríe. El sonido lo hace sentir mejor, así que continua hasta que tiene a Izuku en el suelo muriéndose de risa. Katsuki para y contempla el adorable rostro, redondo y encantador. Pestañas húmedas de lágrimas, mejillas redondas, y su boca suave. Los ojos de Izuku son de un verde musgo, oscuro, aterciopelado y fresco. 

—…te vi muerto—murmuró Izuku perdiendo la sonrisa

—Voy a enfadarme de nuevo—contestó él, sin maldad, acariciando el pelo verde. El corte en su brazo ha dejado de sangrar y solo le arde—Además, me hiciste ir por tus libros y después los perdiste, ¿de qué iba eso?

El puchero de Izuku es encantador.

—Puedo hacer más libros—murmuró en voz baja…, “pero sólo hay uno de ti”

Katsuki se río. No necesitaba oír el resto, bastaba ver la expresión en los ojos verdes. El pensamiento lo hizo sonreír, infló su corazón con energía y seguridad.

—Vamos… necesito limpiarme. Después le pediré a mi madre uno de sus cuchillos y volveremos por tus cosas.

—¡No! ¿Y qué si esa cosa sigue ahí?

—Para eso voy yo, Deku. No dejaré que te haga daño.

Lo hizo pararse y lo llevo de vuelta a la aldea.

.

.

.

El recuerdo es amargo. Había prometido que lo cuidaría y había fallado. Había sido débil, había sido inútil. Había permitido que se llevaran a Izuku.

[…]

Eijirou no pudo evitar deprimirse.

Eran ya dos meses desde su llegada y empezaba a sentir el peso del encierro. La rutina era monótona, castrante, horrorosa. Y el incienso. El incienso era lo peor de todo. Tal vez era porque no estaba acostumbrado como el resto, pero no dejaba de tener dolores de cabeza, no podía dormir, a veces despertaba con accesos de pánico. Empezaba a sentir que las paredes se apretaban contra él. No mejoraba el hecho de que no podía dejar de pensar en Denki. A veces lo veía cuando llevaba el desayuno, pero siempre había rotaciones y no había forma de hablar con él.

El día que le toco salir junto al resto a tomar el sol fue como abrir una ventana en un cuarto viciado. El aroma a campo, la tibieza de la mañana, todo relajo su cuerpo hasta que encontró una posición cómoda en el suelo y se quedó ahí dejándose acariciar por los rayos solares.

De reojo vi al rubio desnudarse, lo vio ejercitarse. Lo vio dormitar bajo el sol y aprovecho el momento de calma para estudiarlo con atención. La flor sobre su brazo y pecho era extraordinaria, bajo la luz natural brillaba con una tonalidad escarlata, delgadas líneas verdes se extendían por el brazo resaltando el tríceps. Pese a su cautiverio el rubio se mantenía en forma. Todo el conjunto –los músculos de sus hombros y brazos, la cintura delgada, el vientre plano y sus piernas torneadas–, atraía la atención de los omegas que holgazaneaban cerca.

Había visto al chico entrenar en su pequeña celda. Sentadillas, lagartijas, abdominales, y toda una serie de ejercicios de calentamiento. Lo que le sorprendía, además de la disciplina, era la energía que desbordaba. La obsesión. Había visto que la depresión era bastante común, había días en que muchos dormían hasta que era hora de salir a trabajar. Había días en los que nadie quería charlar. El rubio no parecía deprimirse, en su lugar entrenaba.  No hacía amistad con nadie, se limitaba a repetir secuencia tras secuencia hasta que su cuerpo se cubría de sudor. Y después de trabajar dedicaba una hora a masajear los maltratados músculos, a lavarlos y a descansar.

Mantenía un control absoluto sobre su cuerpo, y Eijirou entendía por qué. Era lo único que podían controlar. No siempre, dijo una vocecita dentro de él evocando el aroma a naranjas. El recuerdo volvió a deprimirlo, porque si era honesto consigo mismo había estado a un paso del desastre. Habría sido tan fácil dejarse llevar… y a veces soñaba con hacerlo. A veces soñaba con volver a esa celda y hacer lo que sus instintos le habían dicho que hiciera.

Eijirou gruño entre dientes y se enderezó. Al mismo tiempo el rubio se sacudió la modorra. Lo vio estirar el cuello y los brazos. Había momentos en los que lo veía abandonar su usual mueca irascible y adquiría un aire melancólico. Eran momentos rarísimos, casi todos ellos sucedían justo después de despertar, y desaparecían con una rapidez asombrosa.

Mientras meditaba sobre el asunto, el rubio se puso de pie y asumió una posición de combate. Rodillas flexionadas, brazos extendidos, piernas abiertas. La postura le resulto conocida y la estudió con atención. Al verlo moverse la sensación de familiaridad aumentó: Un pie al frente, despacio, arco doblado, apoya primero los dedos, alza la pierna de atrás, balancea el peso, mantén la postura…

—¿De casualidad conoces a Aizawa?—preguntó Eijirou en voz baja mirando la posición de los pies, la forma como se movían y recordando inevitablemente la voz de su maestro.

Los pies se detuvieron y Eijirou levanto la vista hacia los ojos rojos.

—¿Quién?

—Shota Aizawa. Es mi maestro, ¿lo conoces?

—No.

Reanudo el movimiento, con una lentitud premeditada, desplazando el peso de una pierna a otra, cambiando su centro de gravedad del pie a la rodilla y a la cintura.

—Vaya… qué raro. Mi maestro nos enseña ese estilo de lucha… bueno aunque hay ciertas diferencias. Ahí, eso que acabas de hacer, es diferente. Se supone que mientras giras extiendes el brazo para golpear, y no debes…

—¡Cállate!—el rubio termino la rutina y lo miró con ira.—¿De qué rayos hablas?

—Esa técnica se le enseña a la guardia del rey. Mi maestro, Aizawa-sensei, la aprendió de los guerreros del sur, entrenó con ellos cuando tenía… ¡¡¡oh!!!… ¡tú eres del sur!, ¿entrenaste en la capital?

—No.

—¿Quién fue tu maestro?

—Mi madre.

—¿Tú ma…?, ¡wow!, ¿quién es tu madre?

—¿Qué importancia tiene?

—Curiosidad… ¿es un alfa?

—Es, era…—masculló el rubio encogiéndose de hombros mientras retomaba la postura de inicio.

Repitió la secuencia hasta terminarla y después volvió a empezar. Eijirou lo observó con atención y si bien había ciertas diferencias, la familiaridad de la situación lo transportó de vuelta al palacio.

Lo llenó de nostalgia.

 […]

Tras doce semanas de encierro y sin respuesta alguna del exterior, Eijirou empezó a tomar consciencia de la enormidad de la situación. Su maestro le había advertido sobre el peligro, le había dicho que cabía la posibilidad de que no pudieran sacarlo antes de que las tropas del rey se pusieran en marcha, y aun así no conseguía sacudirse la impaciencia.

Contaba los días esperando una respuesta del exterior.

Exactamente en el tercer mes de su llegada, la historia se repitió, solo que esta vez Eijirou fue un espectador. Desde su celda vio a los guardias trasladar a dos alfa inconscientes e intentó no retorcerse de ansiedad. Estaba tan distraído que tardó un momento en notar al soldado que se detuvo discretamente junto a su celda. En cuanto lo miró se puso instintivamente en guardia, pero el otro se limitó a mirar a su alrededor antes de lanzarle lo que parecía un pequeño tubo, no mayor que un dedo.

Eijirou reaccionó de inmediato. Extendió la pierna y oculto el cilindro bajo ella. El soldado se alejó sin mirarlo. Con las capuchas que usaban era imposible distinguirlo del resto, pero Eijirou intento recordar su altura y la forma de su cuerpo.

Con el corazón latiéndole a toda velocidad, Eijirou tuvo que mantenerse quieto hasta que los soldados se alejaron con sus dos prisioneros. En cuanto el sonido de pasos desapareció, tuvo al rubio junto a los barrotes mirándolo con una intensidad abrumadora. Al parecer se había percatado del intercambio.

El tubo era en realidad un trozo de papel enrollado. Tenía el grueso de su dedo pulgar y de largo era la mitad de su dedo meñique. Al desdoblarlo, Eijirou se topó con la delicada caligrafía del príncipe. Estaba escrito en código así que ignoró la mirada incendiaria del rubio y se tomó un momento para traducirlo.

Cuando terminó, guardó silencio e intento asimilarlo.

—¿Qué dice?—gruñó el rubio con impaciencia.

Eijirou ni siquiera dudó, las palabras salieron solas.

—Todoroki-ouji está aquí.

El rubio dijo algo pero Eijirou lo ignoró, no podía dejar de pensar en el mensaje.

—¡Oh, por todos…! ¡¿Qué más dice?!

Eijirou sacudió la cabeza—Dice que la prioridad del rey no es recuperar las prisiones. Dice que no vendrán. Dice que estamos solos. Dice… dice que van a sacarme de aquí.

—Solo a ti—no había amargura, no había reproche, cuando lo miró solo vio desprecio.

El rubio se río, pero antes de que pudiera alejarse Eijirou reaccionó. Lo sujeto del brazo.

—No—dijo con firmeza—No—repitió.

Quería irse. Odiaba ese lugar. Odiaba el incienso y el trabajo… pero la sola idea de marcharse sin ellos... Miró a los alfa dormidos, pensó en Denki. No, no podía irse.

—Dijiste que si la flota llegaba—murmuró sin dejar de mirarlo a los ojos—ustedes atacarían desde adentro. Bien. La flota no va a venir, pero con ayuda de mis amigos, tal vez podamos salir de aquí.

La sonrisa que se extendió por el rostro del rubio fue carnívora y fría.

Eijirou asintió—Bien, ahora dime, ¿cómo puedo hacerle llegar un mensaje?

Chapter Text

Denki se despierta envuelto en el aroma de trigo, huevo y azúcar. Se estira con pereza y se acurruca enterrando la cabeza bajo sus mantas. Se queda esperando que su madre aparezca para darle los buenos días, cuando eso no sucede, Denki se frota la cara, aparta las mantas y se levanta.

Lo primero que hace es quitarse la camisola para dormir y envolverse las caderas con sus vendas sin dejar de bostezar. El clima es agradable, ligeramente fresco debido a la época. En cuanto termina de vestirse cruza la cortina de separación y encuentra a su madre inclinada sobre la mesa amasando.

Tiene su mandil sucio y sus brazos, cubiertos de lilas blancas, están cubiertos de harina seca hasta los codos.

Denki aún recuerda lo feliz que su madre solía ser. Solía cantar y reír, solía contarle historias fantásticas de viajeros en el mar. Hasta que su padre falleció y toda la alegría de su casa se marchitó con él. Denki recuerda su sonrisa, brillante e inmensa, capaz de sacudir la tristeza. Su padre sonreía incluso estando en la cama, con las mantas hasta la barbilla y el aspecto demacrado y sucio de alguien que se muere.

Así que Denki sonríe, cuadra los hombros, infla el pecho y se acerca a su madre mientras se arremanga su camisa.

—¡Buenos días!,—saluda con todo el brío que puede reunir—tengo un hambre espantosa y el aroma a pan no ayuda a disminuirla—le acerca una silla, la obliga a sentarse e inmediatamente pone la tetera sobre la estufa.

—Buenos días, Denki, no quería despertarte.

—Fue mi estómago el culpable, es hora de darle de comer.

Cuando su madre intenta levantarse para ayudar, Denki la devuelve a su silla y coloca un tazón de agua frente a ella.

—¡Manos limpias!,—demanda en una mala imitación del tono que su madre solía usar con él, inmediatamente después regresa su atención a la olla de sopa que quiere recalentar—¡No te olvides de los codos!

Su madre se ríe, un gesto suave y delicado, una pobre imitación del sonido vibrante y desinhibido que solía compartir con su padre, pero es una victoria y Denki no la deja pasar.

Mientras ella se lava, él aparta la masa de la mesa, acerca platos, desenvuelve el pan casero lleno de higos secos, y coloca dos tazas para el té.

Tan ocupado esta que no consigue evitar que su madre se levante y cojee hasta la despensa donde guardan las hojas de té. En casa no usa bastón ya que las distancias son relativamente cortas, pero Denki siempre mantiene un ojo sobre ella por cualquier imprevisto.

Ese día la cojera de su madre es muchísimo más pronunciada.

—No te oí moverte durante la noche—dice Denki ayudándola a sentarse.

—Dormí poco. Me levante temprano para empezar otra tanda de pan.

—¿Para qué? El pedido de Masao está listo y terminaremos el encargo de Naoko antes de que vengan a recogerlo hoy en la tarde. No tenemos más pendientes.

—Michi vino ayer en la noche mientras dormías; me pidió tres docenas de pan de arándano.

—¿Arándano? Todavía no es temporada.

—Él dice que su nieto vio un arbusto lleno la semana pasada. Nos ofrece pagar el doble si conseguimos tenerlos para hoy.

Denki suspira, no se atreve a llevarle la contraria a su madre, especialmente porque sabe que el dinero extra nunca está de más.

—Bien—murmura el chico sentándose a comer—Iré a buscar los arándanos mientras tu terminas con el pedido de Naoko.

 

[...]

 

 El otoño empieza a sentirse en el aire. La mayoría de los árboles han empezado a cambiar de hojas y muchos arbustos frutales de temporada comienzan a llenarse de color.

Denki sabe que podría comprar arándanos en el mercado, no tardaría nada en ir hasta la plaza para adquirirlos, pero también sabe que el precio de una fruta cuya temporada está iniciando se infla demasiado durante el primer mes. Prefiere internarse en el bosque a buscarlos por sí mismo.

Es más tardado, sin duda, pero muchísimo más económico.

Denki deja a su madre trabajando y se marcha. Cruza la plaza a tiempo para ver a los comerciantes que empiezan desde temprano. Muchos de ellos lo saludan, aún recuerdan la panadería de su familia, la cual se vieron obligados a cerrar tras la muerte de su padre y la depresión de su madre.

Aunque ahora se dedican a preparar pan por encargo, Denki tiene el sueño de volver a abrirla. En su villa no se ve con buenos ojos que un omega sea propietario de un negocio, así que su intención es conseguirse un esposo amante del pan y animarlo a reabrir la panadería.

—¡Buenos días, Denki!,—lo saluda Allana, una preciosa alfa de pelo negro que suele sonreírle cada vez que lo ve—¿Vas a buscar ingredientes frescos?

Denki le devuelve la sonrisa notando de inmediato la sensación burbujeante que siempre aparece cuando Allana se muestra interesada. Pese al deseo de querer sentarse a charlar con ella, Denki le responde sin detenerse.

—¡Voy a intentarlo!

Está casi por salir del pueblo cuando Ilh, un beta un año menor que él lo saluda.

—¿Necesitas ayuda, Denki?

—¡No!

Agita la mano y sigue su camino; por ahora los candidatos son escasos, pero Denki no se da por vencido.

 

[...]

 

 Encontrar los arándanos no es una tarea fácil, encuentra muchos arbustos llenos pero la mayoría necesita de tiempo para madurar, así que Denki los deja en paz.

Cuando por fin consigue encontrar un arbusto lleno de piezas maduras, Denki se toma su tiempo para cortarlas, no queriendo desperdiciar ni una sola pieza.

Está regresando cuando finalmente la oye. La campana de alarma reverbera con tanta intensidad que Denki la siente vibrar dentro de él.

O puede que sea el miedo que hace tambalear su interior.

Denki sabe lo que tiene que hacer, han hecho simulacros siguiendo las ordenes que llegaron desde la corte.

Alejarse de la costa, reunirse en el refugio con el resto de la villa, esperar indicaciones de los encargados.

Su madre lo ha obligado a memorizarse las instrucciones al pie de la letra, pero es precisamente el pensamiento de su madre lo que paraliza a Denki.

Ella no puede correr, no con su pierna. Su padre solía cargarla, solía transportarla en los simulacros, era él quien se aseguraba de ponerla a salvo.

Pero él ya no está.

El dilema de Denki se soluciona cuando ve el humo que se eleva en espirales por la zona donde está su aldea, antes de procesar lo que ve, Denki suelta la canasta y se mueve por inercia. Corre a toda velocidad de vuelta a su casa. La villa está vacía y el humo proviene de la parte más alejada de la plaza. Denki sabe que en algún lado debe haber algún alfa que pueda ayudarlo a mover a su madre, pero en ese momento el miedo lo cubre por completo y el pensamiento se ahoga ahí.

—¡Mamá!,—empieza a gritar desde que está a tres casas de distancia y sigue gritando hasta que atraviesa la puerta. Se detiene en el umbral, cubierto de sudor y con los pulmones ardiendo. Cuando nadie le responde emite un suspiro de alivio.

Hasta que la oye.

—¿Denki?,—su madre se halla escondida en la alacena junto a la estufa—¡Denki!, ¿qué estás haciendo aquí?

—¡Vamos, mamá!,—se inclina para sacarla—¡Tenemos que irnos!

—¡No!, ¡no!, ¡tienes que irte!, ¡corre!, ¡yo estoy bien! ¡No me buscan a mí!

—¡No!, ¡están incendiando la aldea!, ¡no puedes quedarte aquí! ¡vamos!, ¡vamos!, ¡tenemos que salir!

Aunque su madre intenta empujarlo Denki la aferra y la obliga a ponerse de pie. En cuanto salen a la calle es consciente del aroma a humo y cenizas.

Ambos cojean alejándose de la plaza; en el camino encuentran una pequeña carreta apoyada contra la casa al final de la calle. Sin perder tiempo Denki ayuda a su madre a subirse, después se acerca a las varas de suspensión y las alza.

El peso es excesivo y sus brazos protestan por el esfuerzo, pero Denki aprieta los dientes y jala. Ignorando la sangre que le ruge en los oídos, Denki avanza con la vista al frente decidido a no rendirse, eso hasta que su madre empieza a gritar.

—¡Denki!, ¡corre!, ¡corre!, ¡ya vienen!

Comete el error de mirar hacia atrás, gira la cabeza y de alguna forma la inclinación lo hace perder el equilibrio. La carreta se inclina sobre la llanta izquierda y combinado con el peso de su madre provoca que Denki caiga de costado.

Lo siguiente que sabe es que alguien lo aferra del cabello, Denki intenta zafarse, patalea y muerde la mano que trata de sujetarle los brazos. A lo lejos oye a su madre gritar, hasta que de pronto se calla.

Gira el rostro buscándola y la ve tirada a los pies de un demonio. Denki grita y lucha con renovado vigor hasta que el dolor estalla en su cabeza y todo se pone negro.

Lo último que ve, antes de desvanecerse, son las lilas blancas en los brazos de su madre cubiertas de rojo.

 

[...]

 

La siguiente vez que despierta está en una jaula en compañía de varios chicos de su aldea. Cuando intenta moverse el chichón en su cabeza punza. Ochako Uraraka, una omega de su misma edad se inclina sobre él y le susurra.

—Con calma. Te han pegado muy duro.

Tocar la hinchazón que tiene a un costado de la cabeza le provoca nauseas. Denki tarda un rato en acordarse de su madre, cuando lo hace todo su interior se encoge de agonía.

Cuando empieza a llorar es Ochako quien le acaricia el pelo intentando consolarlo.

 

[...]

 

 Los demonios le arrebataron todo. Le arrebataron a su madre y destrozaron su vida. Se llevaron sus vendas y lo obligaron a bajar a las celdas oscuras.

Denki está seguro de que morirá ahí, en esa prisión, lejos de su hogar. El pan es lo único que le queda, el único placer que se permite tener.

En un principio solía pensar en su padre: Sonríe, Denki, sin importar lo que pase. Sonríe para tu madre. Sonríe para ti. La vida es demasiado corta para no sonreír.

Pero el recuerdo se ha esfumado hasta desaparecer. Ya no queda nadie que pueda sonreír.

Eso piensa hasta que lo conoce.

La sonrisa del alfa pelirrojo es inmensa, franca y brillante. Denki se ríe con él y por primera vez desde que fuera arrancado de su hogar, siente el anhelo crecer en su interior.

Por favor sonríe. Tu sonrisa es tan brillante como el sol.

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—Eh, dormilón, es hora de levantarse

Denki gruñe pero la voz es insistente y amable; nota los dedos acariciando con afecto su pelo. Al final se rinde. Abre los ojos y encuentra dos lagos color avellana. Parpadea y se contrae cuando los músculos de su estómago se tensan.

—¿Aún te duele?

Asiente en silencio. Son dos semanas desde que el alfa pelirrojo fuera devuelto a las celdas con el resto, pero apenas seis días desde que lo dejaran a él en paz.

—Vamos, te ayudaré a lavarte.

—Gracias, Ochako.

La muchacha le sonríe mientras lo ayuda a ponerse de pie. De reojo ve a otros omegas en la misma situación, se mueven con lentitud mientras alguien más los ayuda a llegar a los aseos, también ve unos cuantos tapetes vacíos y su gesto se tuerce ante lo que representan.

—¿Cuántos no volvieron?,—pregunta en voz baja mientras avanzan con lentitud hacia la puerta.

—Seis—murmura Ochako mirando el suelo—tal vez los regresen hoy.

Denki no se hace ilusiones, pero se guarda el pesimismo para sí. Los aseos se encuentran en el cuarto lateral, hay una zona para el sanitario y en el otro extremo hay varias tinajas inmensas. Usan bombas de mano que hace subir el agua de una corriente subterránea. Durante el invierno bañarse es una pesadilla, en esas fechas se limitan a limpiarse con una esponja húmeda, en el verano el baño es lo único que consigue calmar el espantoso calor, el resto del año el frío es vagamente soportable.

Con ayuda de Ochako se sienta en uno de los banquitos de piedra y deja que ella lo lave. El silencio es absoluto, no se oye más que el sonido del agua cayendo y del jabón que se talla. Denki se estremece con el agua fría, tiembla cuando nota que el jabón se desliza sobre los moretones en su estómago. Mientras Ochako se aleja para llenar su bandeja con más agua, Denki se mira. Las marcas cubren su estómago y vientre, el negro de los primeros días se ha ido desvaneciendo dejando en su lugar zonas amarillas y verdes. Aún le duele si hace movimientos bruscos, pero al menos puede caminar. 

Ochako vuelve y Denki cierra los ojos, se deja mimar e intenta despejar su mente de todas las dificultades que lo rodean. Eso hasta que los sollozos rompen el silencio del baño. Cuando abre los ojos ve a Yui sentada en el mismo banco que él, con la boca tensa mientras intenta ahogar sus lágrimas. Denki ve las heridas en sus dedos y los cortes en sus piernas.

No necesita preguntar para saber que a ella acaban de dejarla salir, se inclina hacia ella y frota su frente contra el hombro delgado. La persona al otro lado de ella hace lo mismo, Ochako se une a la pila y el ambiente se carga con el aroma de apoyo, cariño y dulzura que caracteriza a los omegas cuando están juntos. El aire rezuma amor y conforte. Denki se empapa de él, se consuelan los unos a los otros en silencio, ofreciéndose el único cariño que pueden.

Cuando los llantos remiten el baño se reanuda. Los omegas heridos son devueltos a sus catres ya que usualmente se les concede cuatro días para recuperarse. Mientras Ochako se baña, él se viste, aunque la palabra carece de significado. Su atuendo consiste en el fundoshi que prácticamente deja todo su cuerpo a la vista. Denki recuerda la vergüenza y el terror que sintió cuando le arrebataron sus vendas y lo obligaron a utilizar esa cosa.

Ahora puede usarlo sin temblar.

Mentira.

Sigue sintiendo vergüenza pero se ha convertido en una emoción rutinaria. A la fecha su instinto lo hace encogerse cuando tiene a un alfa cerca, y procura jamás mirarlos a los ojos. No quiere verlos mirándolo.

Una vez vestido espera a Ochako, que regresa desnuda secándose con una manta. La ayuda a colocarse su sarashi y su fundoshi, después todos los que están en condiciones de moverse se acercan al elevador llevando entre sus brazos el tapete donde duermen junto con sus mantas.

Denki bosteza cuando el crujido del elevador resuena sobre sus cabezas. Los omegas se alinean formando dos hileras frente a la única salida que hay. Se oye un golpe sordo e inmediatamente después se escucha el tintineo de las llaves y el sonido del candado al abrirse. Las puertas dobles se abren revelando el cajón del elevador con un guardia haciendo señas para que el primer grupo suba.

Mientras el primer grupo se aleja hacia la superficie, Denki se rasca distraídamente su hombro. Toca por error la mordida que tiene ahí, y retira los dedos como si la marca quemara, no puede evitar apretar los dientes. Su incomodidad hace que algunos de sus compañeros se giren hacia él, haciendo preguntas en silencio, pero Denki sonríe y sacude la cabeza. A su lado, Ochako empuja su brazo en un intento por distraerlo, él empuja de vuelta y la cosa se acaba ahí.

Ellos no hacen preguntas. Nunca hablan de lo que sucede en las celdas oscuras, excepto para advertirle a los recién llegados de lo que deben evitar y cómo evitarlo. En su vida anterior cualquier contacto con un alfa sería motivo de cotilleo, susurros nerviosos y felicidad. Aquí no. Aquí procuran establecer una barrera clara entre ellos y los otros. Nada de nombres, nada de lazos. Ha roto la única regla que tienen. Le dijo su nombre y no sabe que es peor: Habérselo dicho o querer escucharlo de su boca.

Se pasará, se dice Denki con resolución. No es la primera vez que su cuerpo clama por el contacto. No es la primera vez que la necesidad vibra dentro de él en una frecuencia lenta e inoportuna. No es el único. El cuarto oscuro siempre los deja insatisfechos, ansiosos y con anhelo. Es una reacción natural. Es una reacción absolutamente normal.

Lo que no es normal es que hayan pasado casi dos semanas y Denki siga teniendo sueños con aroma de azafrán, pero está dispuesto a superarlo.

Cuando es su turno para subir al elevador, Denki se obliga a dejar de pensar en el alfa pelirrojo. Se acabó, se dice con resolución mientras deja su tapete y sus mantas apilados junto con los otros –el último grupo es el que se encarga de ponerlos al sol–, después avanza junto a Ochako por el pasillo y dan vuelta a la derecha para entrar en la cocina.

La habitación es alargada con varias mesas de piedra, estantes a lo largo de una pared, y una hilera de hornos al fondo. Desayunan pan frío, queso y cecina acompañándolos con té de hierbabuena mientras los hornos se calientan. Cuando todos han terminado los omegas se dispersan como un grupo de hormiguitas trabajadoras. Denki y varios de sus compañeros empiezan a llenar los carritos con el desayuno para las celdas. Cuando terminan, varios de ellos son escoltados por los guardias y Denki se acerca a la mesa donde se prepara pan.

Le gusta hacer pan. Es lo más cercano que estará de su hogar. Mientras rellena la masa de nueces, pasas e higos, se acuerda del pelirrojo. Se acuerda de sus conversaciones. Se acuerda de su risa.

Era brillante y llamativa. Ruidosa y espontánea.

Tal vez ese sea el problema. Tal vez por eso no consigue sacárselo de la cabeza. Hace mucho que no escuchaba una risa. Hace mucho que él mismo no se ríe.

Me reí con él.

Es lo que más lo perturba. Reírse. Parece imposible en una situación como la suya, pero de alguna forma el alfa consiguió relajarlo lo suficiente para hacerlo reír. La risa lo devuelve a su casa, con su madre y su dulzura.

Denki sacude la cabeza y se concentra en la masa. La aprieta con excesiva fuerza pero nadie le dice nada. Se desquita con ella, la rellena con ira y después la pone en la bandeja con el resto. Trabaja repitiendo el mismo patrón hasta que su mente se pone en blanco.

El trabajo mecánico lo distrae durante el día, pero en la noche mientras está extendiendo su tapete para dormir no encuentra forma de sacarse al alfa de la cabeza. Eso hasta que Ochako pone su tapete junto a él y le susurra.

—Se llevaron los tapetes.

—¿Qué?

—Los guardias se llevaron los tapetes de los que no han vuelto.

Una mano de hierro atenaza el corazón de Denki en cuanto comprende el significado. Se han ido, se dice y sin importar que lo supiera de antemano, la confirmación siempre es amarga.

¿A dónde los llevan? ¿Qué hacen con ellos?

Denki escucha los murmullos en cuanto la noticia corre entre los otros. El miedo los lleva a buscar consuelo, se apilan y se abrazan intentando sacudirse la sensación de fatalidad que burbujea en el aire. La historia se repite cada vez que uno de ellos no vuelve. La incertidumbre de su destino cuelga sobre el resto como una hoz afilada.

Ochako se acurruca junto a él, temblando. Denki la consuela lo mejor que puede, sabe que a ella le aterroriza la perspectiva de tener que participar en el siguiente grupo. Su turno será en una semana, y Denki espera que consiga volver.

[…]

Su ciclo llega el mismo día en que se llevan a Ochako. Nota la incomodidad apenas despierta y la sensación electrizante que cosquillea en la punta de sus dedos. En casa tendría privacidad, tendría espacio y tiempo para relajar su cuerpo y combatir la necesidad. En la prisión no pasa eso. El ciclo  de un omega se usa en su contra. Se le obliga a volver al cuarto oscuro esperando resultados. Aunque sus carceleros no saben distinguir el aroma, pueden reconocer los síntomas –pupilas dilatadas, ansiedad, bochornos, falta de atención–, es por eso que han perfeccionado el arte de pasar desapercibidos.

Por regla general se cubren los unos a los otros. Procuran mantenerse alejados de cualquier actividad que los acerque a un alfa –los únicos que podrían delatarlos–, y siempre hay alguien con ellos pendiente de los guardias. Para mantenerse enfocados mastican panax a escondidas, que los ayuda a centrarse y les proporciona energía. Algún omega la sembró en la hortaliza que tiene en la superficie, su nombre se ha perdido entre los incontables que han estado ahí, pero la planta sobrevive y los guardias ni siquiera sospechan de ella.

Cada ciclo es igual. Denki lucha contra la sensación de abandono, contra el deseo. El miedo late dentro de él al levantarse y lo acompaña durante todo el día. Miedo de que algún guardia lo detenga y lo examine a conciencia. Miedo de ser arrastrado a las celdas oscuras para no volver.

A veces es inevitable, a veces resulta que un guardia es lo bastante perspicaz para descubrirlos. Y cuando eso pasa el omega no vuelve. De todas las historias que se cuentan, la excepción ha sido Itsuka, pero el resto sabe que esa ha sido una combinación de eventos irrepetibles y que ninguno debe aspirar a repetir el milagro. Así que Denki utiliza toda su voluntad para mantenerse atento durante el día y por la noche se alivia solo o con ayuda.

Todo sería más fácil si dejara de imaginar manos con aroma de azafrán.  

[…]

Mientras Ochako está ausente Denki barre y limpia las celdas de los alfa. Les lleva de comer y lavar sus ropas. Nunca le toca cubrir la misma celda dos días seguidos y es una suerte, porque apenas entra en la celda del pelirrojo el aroma de azafrán lo sacude de pies a cabeza. Ha pasado más de un mes desde la última vez que lo viera, pero el recuerdo de su boca y sus dedos vuelve con intensidad.

Se toca distraídamente el hombro pero la marca se ha desvanecido.

En cuanto se da cuenta de que uno de los guardias lo está mirando, Denki aprieta los dientes y empieza a trabajar. Barre la celda a conciencia, vacía el balde con desperdicios y lo lava con agua perfumada, sacude las mantas y las acomoda de vuelta. Hace lo mismo con la que sigue, pero se acuerda de poner las hojas de menta en la celda del alfa rubio.

En esas ocasiones se acuerda de Itsuka. Por lo que sabe fue ella quien empezó a proporcionarle la menta, y le pidió a él que continuara con el trabajo. Eso fue unas semanas antes de que se la llevaran. A veces Denki se pregunta si ella tomo la decisión consciente de emparejarse porque no soportaba ser forzada a repetir la misma charada una y otra vez.

Sí es así, Denki no se lo reprocha. A veces la apatía se cierne sobre ellos como una nube densa. A veces la desesperación late sin tregua. Puede entender su agonía, su hartazgo. Tal vez llegue un día en que él mismo decida ceder.

[…]

Cuando tu vida se reduce a repetir la misma rutina día tras día, cualquier cambio resulta alarmante.

Empieza con los suministros de la despensa. Los guardias se llevan el mayor número de sacos, barriles y cestos, llenos de harinas, verduras frescas y encurtidos. La carne en conserva desaparece, dejando solamente la cecina seca para alimentar a los prisioneros.

Después llega la noticia de que no hay nuevos omegas. Lo cual es maravilloso y terrible a partes iguales. Maravilloso porque significa que la caza de esa época salió mal y que al menos su gente sigue a salvo. Terrible porque los guardias son más proclives a la ira.

Y termina cuando el grupo de Ochako no vuelve al cumplirse su mes en las celdas, aún peor, los guardias se llevan a todo el grupo tres. Lo que deja un puñado de omegas para cuidar y atender a todos los prisioneros.

El trabajo es abrumador. Cocinar, lavar, limpiar… los omegas se pasan el día entero intentando ponerse al corriente. Terminan exhaustos, con pocas horas de sueño para repetir la secuencia. Diez días más tarde la mitad del grupo de Ochako regresa. Ella vuelve silenciosa y con ojeras. Denki la sujeta mientras llora y es su turno para ayudarla a bañarse y arroparla. Esta vez los guardias se llevan los tapetes sin esperar.

Después de dos semanas trabajando sin descanso, Denki se mueve en piloto automático. Tan distraído está que le toma un momento registrar lo que el rubio ha dicho. Se endereza para mirarlo y se da cuenta de que conoce su expresión, es demasiado pronto para pedir más menta, piensa mientras termina de pasarle su cena.

No se espera la petición que oye: Necesito papel y tinta.

Más que eso, lo que realmente lo sacude es el aroma de amenaza, de urgencia, de decisión. Emana del rubio en olas rojas. Se da cuenta de que el resto de la celda se estremece con ese aroma. Es la esencia de un alfa listo para luchar. El cuerpo de Denki se congela en su lugar, lo cual es una suerte porque de lo contrario estaría dando marcha atrás atrayendo la atención de los guardias.

Cuando el rubio retrocede llevándose el aroma, Denki se endereza sin que su rostro deje translucir su sorpresa y su incertidumbre. Pasa a la celda que sigue y no se arriesga a mirar atrás. El corazón no deja de latirle con violencia mientras sube las escaleras y arrastran los carritos vacíos de vuelta a las cocinas. En su pánico no deja de sentir que los guardias lo vigilan. Es una suerte que después de la cena los devuelvan a su cuarto bajo tierra porque solo ahí Denki está seguro de que no hay ojos mirando.

Lo primero que quiere hacer es contárselo a Ochako, pero ella duerme y la sola idea de despertarla le provoca malestar, además no quiere repetir las palabras en voz alta porque eso haría que la petición fuera real. Y si es real… si es real no tiene ni idea de qué hacer con ella.

Para qué quiere papel, piensa Denki con frustración, ¿a quién le va a escribir? Y cuando lo haga qué, quién va a entregar el mensaje… Y si lo descubren entonces qué. No lo van a castigar a él. Nos castigaran a nosotros.

Denki se acuerda de todas las veces que la asociación con un alfa ha traído dolor: A Ibara la castigaron encerrándola un mes entero en las celdas oscuras con el alfa que la convenció de llevarle un cuchillo; después de eso se llevaron a ambos. Y cuando descubrieron que Nubia había dibujado un mapa detallando las escaleras y los túneles, la hicieron sangrar hasta que no pudo sostener una pluma de nuevo. Y como ellos había más, historias que Denki oía por boca de los omegas que llevaban más tiempo ahí.

Historias cuya finalidad era asegurarse que ninguno de ellos cometía el mismo error.

No voy a llevarle nada, se dice Denki con resolución porque sabe que lo atraparan y él no quiere involucrarse.

Le llevas la menta, murmuró otra parte de él, la parte que extrañaba reír.

Porque Itsuka me lo pidió.

Podrías parar ahora.

—¿Qué pasa?

Ochako se gira, sin duda alertada por la incertidumbre y el miedo que emanan de él. Denki se controla, sacude la cabeza y suspira.

—Nada. Todo está bien.

Se acuesta junto a ella, mirando hacia el techo de piedra. Puede oler su miedo y el de sus compañeros, es un aroma que se ha vuelto constante en sus vidas. Oye el susurro de cuerpos buscando conforte en la inconsciencia. Siente el frío del suelo que se cuela en sus huesos. Esa es su vida. Días que se difuminan uno tras otro. Sin cambios, sin esperanzas.

¿Sin cambios?, se murmura para sí mientras se acuerda de la despensa semivacía. Gira el rostro y aún en la oscuridad distingue muchos espacios vacíos, más de los acostumbrados. Empalmaron las fechas de dos grupos. Nunca habían hecho eso, la tradición era que un grupo iba a las celdas mientras los otros dos trabajaban, ahora se han llevado a dos y a uno lo han dejado más tiempo.

Más tiempo, se estremece ante la idea. No quiere pensarlo pero sabe que si lo hubieran dejado una semana más con el alfa pelirrojo habría terminado cediendo. Había querido ceder cuando…

Denki se endereza maldiciendo el bochorno en su rostro, se sacude el recuerdo pero cuando lo hace vuelve la ansiedad y la creciente incertidumbre. Los cambios son demasiado llamativos para ignorarlos, ya tiene suficientes problemas con la perspectiva de volver a las celdas por más tiempo, para que además tenga al alfa más problemático dándole lata.

¿Por qué ahora?, piensa y lo maldice, pero su mente se paraliza ante la idea, ¿trama algo?

El pensamiento es absurdo pero no puede sacárselo de la cabeza, no puede olvidar su expresión, el aroma. Todo él era fuego. Todo él gritaba independencia.

Esa noche no consigue dormir, no deja de recordar las manos destrozadas de Nubia.

[...]

Conseguir papel no es fácil, no desde el incidente con el mapa, pero Denki se las ingenia para apropiarse de una de las hojas abandonadas del inventario. De un lado hay una lista completa de artículos incluyendo el número de piezas o de bolsas, al reverso la lista continúa hasta la mitad y el resto de la hoja está en blanco. Denki la dobla diez veces seguidas y la desliza bajo su muñequera.

La tinta es un reto aún mayor. No ha visto ni un solo tintero en todo el tiempo que lleva ahí, pero tiene pensado hacer lo mismo que hizo Nubia.

Mientras sus compañeros trabajan, Denki se apropia de todos los arándanos. Los lava y los limpia con mucho cuidado. A los ojos de todos los usa para rellenar la masa del pan que está preparando ese día, nadie se percata del pequeño tazón que tiene frente a él, en donde hay un puñado de frutillas que aplasta con los dedos cada vez que tiene oportunidad. Al terminar con la masa, Denki tiene tres bandejas llenas con pan relleno de arándanos y un pequeño cuenco con pulpa de color morado.

Varios de sus compañeros se han percatado del tazón pero ninguno de ellos se acerca por temor a llamar la atención del guardia. Denki se ocupa de poner el resto de la harina en la despensa y mientras lo hace se asegura de llevar su pequeño tazón con él. Se entretiene frente al mueble de conservas hasta que nota que el guardia vuelca su atención en los carritos de desayuno que sus compañeros están llenando.

Solo entonces se apresura a destapar el vinagre. A ojo vierte lo que estima es una cucharada junto con un poco de sal, después se aleja de la despensa llevándose el frasquito donde se guarda la pimienta. Mientras está ayudando con las verduras Denki saca la pimienta, la pone en un trozo de tela, y después vacía el contenido de su tazón dentro del frasquito. Los omegas junto a él no lo miran pero la tensión que emiten es abrasadora.

Denki recoge su material y con toda la naturalidad del mundo lava su tazón junto con el resto de sus cosas y cuando está seguro de que el guardia no lo mira, pone unas gotas de agua dentro de su frasco, lo agita discretamente y lo esconde entre las cosas que lleva hasta el carrito con el desayuno.

En circunstancias normales Denki se quedaría en la cocina para ayudar con la comida, pero con la falta de personal no queda de otra que bajar con el resto a las celdas. El muchacho camina todo el trayecto con la espalda tensa, intentando ignorar la expresión de pánico que el resto de sus compañeros le dedican cada vez que se atreve a mirarlos. Es una suerte que Ochako siga en cama o de lo contrario estaría interrogándolo y la verdad es que ni él mismo está seguro de lo que está haciendo.

Las manos no dejan de temblarle durante todo el trayecto, no deja de pensar que en cualquier momento uno de los guardias lo arrastrara hasta las celdas para no dejarlo salir nunca. El miedo late dentro de él pero ni aun así se arrepiente. No duda mientras le entrega al rubio la manta que envuelve el frasco y el trozo de papel. En ese momento, cuando conscientemente decide arriesgarse, siente que una vieja parte de él se despierta. Siente que tal vez no este condenado a un destino negro.

Esperanza.

Tal vez eso fue lo que termino condenando a Itsuka, Ibara, Nubia y al resto.

 

[…]

 

Tomura no se molesta en llamar a la puerta. La abre con fuerza y decisión, inundando el cuarto con la energía incansable que posee su cuerpo.

El hombre alto y delgado, con la piel de color carbón, es el único que reconoce su presencia. Sus ojos alargados, de un amarillo brillante, carecen de pupilas, y nunca se sabe que emoción se dibuja en ellos, pese a todo es de las pocas personas que Tomura tolera tener cerca.

—Bienvenido, Shigaraki—murmura Kurogiri mientras inclina la cabeza humildemente al tenerlo frente a él.

Tomura lo ignora, centrando su atención en la figura de su maestro quien se haya ocupado sobre la mesa dándole la espalda, no se gira ni aun cuando lo escucha acercarse, entretenido como esta con lo que sea que tenga ahí. Está tan inmerso en su trabajo que Tomura pierde la paciencia, así que rodea la mesa y se para frente a él.

—¿Me llamaste?—pregunta fijando su atención en el hombre –o lo que queda de él– recostado entre ellos. Su complexión es gruesa y alta, pero la palidez cadavérica le arrebata todo aire de amenaza. Tiene el pecho abierto y su maestro estudia con atención los órganos que se exhiben ahí. De los muñones que antes eran sus manos, gotea sangre hacia dos frascos en el suelo. La flor de bugambilia rosada que crece en su rodilla está manchada de sangre.

Tomura contiene el deseo de inclinarse, sacar su navaja y arrancar el tatuaje. El deseo es tan intenso que inconscientemente se rasca la porción de piel a la derecha de su clavícula. Es una manía que no puede controlar.

—Kurogiri me ha traído interesantes noticias—murmura su maestro dedicándole una sonrisa paternal.

—¿Es por los barcos? Porque no tuve nada que ver. Me prohibiste participar en la recolección de primavera.

—Y fue una suerte o ahora mismo estarías bajo el mar.

—Más bien dirás que ahora mismo habría un nuevo grupo de salvajes para ti. Yo no habría fallado.

—¿De verdad?

—Te lo probare. En la recolección de otoño traeré el doble de prisioneros.

—Será imposible.

—¡¿Qué?!... ¡Puedo hacerlo!

—Y no lo dudo, pero no habrá recolección de otoño.

—¿Por qué no?

—Porque Yuuei ha decidido luchar. Los espías de Kurogiri nos informan que han empezado las movilizaciones. Están reuniendo comida, armas, barcos y guerreros. Se dice que su objetivo es atacar nuestros puertos.

Tomura se carcajea en voz alta mientras sus uñas escarban en el tejido cicatrizado—Quiero ver que lo intenten.

—Nuestra posición aún es delicada.

—Podemos vencerlos. Con nuestros soldados, los soldados de Overhaul, y con el suero… los salvajes de Yuuei caerán ante nosotros.

—Tenemos que ser pacientes, no podemos arriesgarnos a que sepan de nuestra alianza, menos aún que intenten una por su cuenta.

—¿El engreído y egoísta rey Todoroki solicitando refuerzos?... ¿a quién?, ¿a los salvajes del norte? Son enemigos declarados, ¿a los salvajes del sur? Carecen de los barcos para movilizarse. No, Yuuei no tiene amigos. No tienen la fuerza para vencernos.

—Aun así seremos precavidos.

Tomura chasquea la lengua con fastidio—Me encargare de reunir a los nuestros.

—No. Kurogiri ya inició el traslado de comida y movilizara a nuestros hombres. Hemos enviado la orden de agilizar los emparejamientos, con suerte eso vaciara las prisiones antes de que nos ataquen.

—¿Qué harás con los que sobren?

—En cuanto la flota de Yuuei se ponga en marcha, todos los prisioneros no emparejados serán sacrificados. No podemos correr el riesgo de que alguna de esas fortalezas caiga en manos de los salvajes.

—¿Quieres que supervise los traslados?

—No… tengo otra misión para ti. Hemos recibido un mensaje de Dabi, encontró al traidor, se esconde cerca de la frontera nomu. Ahora mismo lo está vigilando.

—¿Vigilar? ¡bah! Una pérdida de tiempo. Debería eliminarlo. ¿Me envías a terminar su trabajo?

—Te envío para que interrogues al traidor. Hay espías de Yuuei con él y quiero saber lo que les ha dicho.

—¿Más?... Nos hemos deshecho de todos los anteriores. De los últimos cuatro, solo queda uno. Dos han sido emparejados, están a punto de ser trasladados sino es que ya están en camino. Uno murió a causa del suero y el otro sigue ahí… pero es cuestión de tiempo.

—¿De verdad?—su maestro endereza por primera vez, alejándose del cuerpo mutilado. Junto a la cabeza hay varios frascos llenos de sangre y en otro se encuentra flotando el corazón—Es probable que estos dos sean parte del mismo grupo. Es la primera vez que envían a tantos al mismo tiempo, sin mencionar que son aún jóvenes.

—¿Y que sí lo son? Terminaran igual que todos los anteriores. Incluso podría cortarles la cabeza y enviarlas al rey, con seguridad eso lo hará moverse más rápido.

—Ahórrate el esfuerzo. Ve y haz tu trabajo.

Tomura se enfada, observa con gesto de fastidio la mesa donde la sangre ha dejado de gotear. Señala la hilera de pequeños viales ordenados en el estante de la esquina opuesta a la entrada.

—¿Cómo va el suero para los beta?

—Hasta ahora funciona… pero tendremos que probarlo en campo abierto.

—Hum, ¿necesitaras a más sujetos de prueba?

—Aún sobran del último grupo, pero si alguno de tus espías es un beta, envíamelo. Me gustaría probar otra cosa.

—Como digas.

Tomura se marcha sin despedirse. Le da la espalda y se aleja por los pasillos sucios. Baja escaleras hasta que llega a los sótanos. Su cuarto es el único espacio ocupado en toda la planta, a nadie más le gusta el aroma a encierro y mierda que asciende de los pisos inferiores. Él no tiene problemas con eso.

La ventaja de tener una nariz inútil.

Saca el bolso viejo de su armario y lo llena con ropa, una manta, sus cuchillos, cuerda, y todo lo necesario. Se cambia de ropa, escogiendo otra más gruesa y más apropiada para el viaje. En el espejo de su cuarto se perfila su cuerpo delgado y marcado, el tejido cicatrizado que tiene a la altura del corazón le provoca comezón. Mientras hace una lista mental de todo lo que necesita se rasca. Es una manía que no consigue evitar.

Cuando todo está listo enfila hacia los pisos inferiores. Los guardias de turno lo saludan con el respeto que su posición merece.

—Necesito un corredor y provisiones para un viaje de varios días—dice mientras enfila hacia las jaulas sin detenerse. Uno de los guardias se marcha hacia las bodegas mientras el otro empieza a señalarle prospectos.

—Todos son buenos corredores. El más rápido es el de la celda cinco. El más resistente el de la celda ocho. El más confiable el de la doce. Para luchar el de la celda tres. Si no le preocupa la discreción hay varios voladores listos para ser ensillados.

Shigaraki se detiene frente a la última celda. El guardia se mantiene apartado, lo mira con evidente nerviosismo.

—¿Y este?

—Es bueno, pero tiene mal carácter.

Como si los escuchara la bestia gruñe. Sus ojos de color amarillo destellan con el odio de un animal acorralado. Tiene la piel de color gris, seis patas con uñas inmensas que rasgan el cemento de la celda, y los colmillos que sobresalen de su boca tienen el tamaño de una mano.

—Me lo llevare.

El guardia no protesta. Le extiende el ámpula con el suero de color rojo. Tomura la toma e inmediatamente vacía unas cuantas gotas en sus manos, después lanza el resto hacia el suelo de la jaula donde se quiebra en cientos de pequeños fragmentos. Durante un segundo no pasa nada, hasta que el animal sacude la cabeza como si lo hubieran golpeado. Retrocede y se tambalea como si estuviera ebrio. Su cuerpo se relaja, sus dientes se retraen, sus uñas dejan de hundirse en el suelo.

Tomura abre la reja, extiende las manos hacia el hocico de la bestia, la cual aspira con fuerza el aroma en sus manos. Mientras eso pasa el guardia lo ensilla y ajusta los estribos. En ese momento el otro guardia llega trayendo dos sacos con provisiones que amarran a la silla.

Cuando todo esta listo Tomura toma las riendas y guía al animal hacia los túneles. Monta de un salto y azuza a la bestia hacia que ésta emprende una carrera vertiginosa por los túneles oscuros. El viaje despierta su sed de sangre. Arde en deseos de encontrarse con los espias de Yuuei y darles la bienvenida a sus tierras.

[…]

Chapter Text

Desembarcan cerca de la costa en mitad de la noche, no se quedan a ver partir el barco puesto que es demasiado peligroso esperar al amanecer, así que avanzan de prisa, cuidando de no dejar un rastro visible. La zona es extremadamente boscosa lo que les confiere al menos un poco de protección en caso de que haya vigías cerca. El aire de la costa es tibio y salado, pero conforme se alejan de ella el aroma se transforma en una combinación de hojarasca y corteza. De noche los sonidos de sus pisadas parecen reverberar en todas direcciones. El corazón de Izuku no deja de latir desenfrenado mientras se alejan a toda prisa de la playa.

La luna llena ilumina el cielo con una tonalidad plateada, el ulular de los búhos rompe el silencio repentinamente y de vez en cuando alcanzan a distinguir a los pequeños roedores nocturnos que corren a esconderse cuando ellos pasan cerca. Caminan durante toda la noche, sin detenerse y cuando sale el sol, Izuku lo utiliza para ubicar su posición en el mapa improvisado. Descansan durante un par de horas lo justo para desentumir las piernas y para tomar una siesta rápida. Inmediatamente después reanudan su marcha.

Caminan durante días deteniéndose solo para descansar y comer. Aprovechan que hay luna llena para seguir durante la noche y solo duermen por turnos, envueltos en mantas, uno junto al otro. Izuku sigue el ritmo de su compañero sin quejarse, acostumbrado al trabajo duro y al crudo clima nocturno. Acepta sus turnos de vigía sin protestar y no permite que el otro le ofrezca un trato preferencial. Come su ración fría sin decir nada y cada día se concentra en la actividad que tiene por delante: Caminar, comer, vigilar. Por las noches, cuando le toca vigilar, se enfoca en mirar a las sombras, pendiente de cada ruido, de cada susurro. Cuando duerme sueña con Katsuki, pero no son los sueños que ha tenido durante los últimos años, no son los recuerdos de su infancia, no son secuencias brillantes y cristalinas. Sus pesadillas son cadenas de imágenes imprecisas, llenas de agua y muerte, en ellas siempre ve a Katsuki encerrado en una jaula hundiéndose en el mar.

Cuando despierta la sensación de abandono es intensa, casi asfixiante, pero la controla lo mejor que puede porque no le gusta ver la cara de pena del alfa que lo acompaña. Cada día se promete no rendirse y cada día intenta cumplirlo.

Se guían con el sol para localizar el río que se supone deben seguir. Lo encuentran al quinto día de viaje y lo siguen corriente arriba, procuran no alejarse demasiado de él pero se mantienen bajo la protección que los árboles brindan. Conforme avanzan el terreno pierde su verdor, el suave pasto da lugar a un terreno más sólido y accidentado, y los frondosos árboles empiezan a distanciarse uno del otro. No les cuesta trabajo llegar hasta la cascada. Mide cerca de diez metros y el muro de roca se extiende a los costados hasta donde la vista alcanza.

El bramido del agua al caer hace eco en las rocas y la delicada espuma blanca que se forma en la base impide ver el fondo del estanque. Ahí no encuentran señales de los suyos, no hay rastros de que nadie hubiera visitado el lugar recientemente. Solo les queda dejar un mensaje y esperar.   

Reúnen un montón de rocas planas que colocan en la base del pino más alto. Las rocas en sí no dicen nada, pero llamaran la atención de aquel que sabe lo que tiene que buscar. Cuando terminan se alejan siguiendo el muro hasta que encuentran una hondonada para pasar la noche. Encienden fuego al atardecer, confiando en que el humo pasara desapercibido mientras el cielo se tiñe de grises y blancos. En la noche se turnan para vigilar disfrutando de su primera cena caliente en días.

A lo lejos se oye el rugido de la cascada, pero además del inconfundible sonido de los insectos no parece haber una sola alma en kilómetros a la redonda. En cuanto amanece vuelven sobre sus pasos pero la señal sigue igual y no hay huellas recientes. El proceso se repite durante dos días completos, hacen varios viajes a la cascada y en cada ocasión no se muestran cambios, hasta que en la tarde del tercer día encuentran que las rocas han sido desplazadas a su posición original. En cuanto las ve, Shouto empuña su cuchillo e Izuku se gira para vigilar la retaguardia.

—Las flores de lunaria no crecen en esta región.

La voz no grita aunque consigue sobreponerse al bramido del agua. Su tono es firme y sereno, posee la dureza del acero y su filo. En cuanto la escucha Izuku se gira buscando el origen pero Shouto se posiciona frente a él mientras responde:

—Yo las he visto crecer en la aldea de los primeros hombres.

—De ellos no queda más que el polvo que cubre el desierto.

—Y sin embargo sus hijos aún viven.

Es el santo y seña, Izuku lo sabe y se relaja, pero toda calma desaparece cuando ve al hombre que emerge de la cascada. Lo llama hombre porque tiene piernas, brazos y una cabeza, pero su fisionomía no es algo que haya visto antes. Tiene la piel de color caoba, aunque en lugar de piel se asemeja más bien a la corteza de los árboles jóvenes. Sus manos, que sujetan un arco apuntando en su dirección, poseen dedos inusualmente largos como ramas delgadas. Su cabeza carece de pelo y una máscara cubre el resto de su cara. En general parece ser un tronco que habla y se mueve.

—¿Quién eres?,—pregunta Shouto sin relajar su postura pese a que el otro ha bajado su arco.

—Tu gente me dice Kamui.

En cuanto lo escucha Shouto baja su cuchillo—Tú eres…

—Dejemos las preguntas para después. No me gusta quedarme demasiado tiempo en campo abierto. Los espías del General son muchos y se encuentran en los lugares más insospechados.

—¿Dónde están los otros?

Kamui se da la vuelta—No hablaremos de eso aquí.

Después de intercambiar una mirada, Shouto lo sigue con Izuku detrás. El hombre regresa sobre sus pasos y vuelve a perderse tras la cortina de agua. Izuku avanza detrás del alfa, observa que el borde junto al muro es poco profundo y el agua solo le llega hasta las pantorrillas. Conforme avanza pegado a la pared siente que el rugido del agua hace eco dentro de él silenciando cualquier otro pensamiento. Las pequeñas gotas que saltan del estanque le empapan los pantalones y lo hacen temblar. Izuku se detiene justo antes de cruzar, estira la mano e inmediatamente la retira cuando siente la fuerza del agua golpear contra ella.

Izuku toma aire y se impulsa, su intención es saltar a través de la cortina, pero inmediatamente se da cuenta de que no es tan fácil. La fuerza del agua corta el impulso de su salto y de pronto se encuentra rodeado de agua que azota contra su cuerpo con una fuerza inmensa. En cuestión de segundos su cuerpo entero termina empapado e Izuku intenta avanzar a ciegas.

Una férrea mano sujeta su brazo extendido y el muchacho nota el tirón de su cuerpo. Avanza a trompicones con los ojos cerrados hasta chocar con un cuerpo macizo. Abre los ojos y tiene a Kamui frente a él, que le hace señas para que se mueva. La zona detrás de la cascada es una pequeña cueva de no más de un metro de ancho. Kamui se detiene junto a una de las paredes donde les hace señas para que entren en el pequeño túnel del suelo.

Izuku mira a Shouto, que asiente en silencio ante la pregunta sin formular. El muchacho toma aire, se arrodilla frente a la entrada y acomoda su bolsa de viaje para que no estorbe mientras se arrastra a cuatro patas. El túnel es lo bastante amplio para que él pueda avanzar sin que su espalda toque el techo ni que sus hombros se atasquen, pero sin duda cualquier persona de una complexión más fornida tendría problemas para cruzar.

Izuku avanza sin detenerse, siente claustrofobia al pensar que el túnel es interminable, pero ahoga la sensación repitiéndose sin cesar No seas un debilucho. El aroma a tierra húmeda inunda sus fosas nasales, nota el frío colándose en sus huesos y la oscuridad es absoluta. Conforme avanza el frío se hace más pronunciado y el sonido de la cascada se pierde en la lejanía.

Al final el túnel conecta con una cueva, dentro hallan un espacio relativamente amplio, un nido de mantas hace de cama y varios estantes muestran libros, armas y artículos del hogar. Hay otros dos huecos a la izquierda, sin lugar a duda la salida de otros túneles, pero también hay una entrada al frente, sin puerta, que desemboca en un túnel oscuro que parece interminable. La luz entra por una pequeña abertura en el techo y cuando Izuku se para bajo de ella distingue una superficie rocosa y un montón de hojas que dejan pasar suficiente luz para que no se necesite una lámpara.

Detrás de Izuku llega Shouto y un rato después aparece Kamui con los pies por delante, evidentemente porque tuvo que tapar el túnel tras ellos. De cerca se puede ver que la piel es de un color caoba brillante, con pequeñas estrías como en la corteza de un árbol. Izuku se acuerda de la lengua de Tsuyu y de la cabeza de Tokoyami.   

—¿Tú eres Kamui, el contacto de Shinsou?,—pregunta Shouto en cuanto los tres están frente a frente. Izuku tiembla sin poder evitarlo por lo que el hombre toma una pequeña frazada de uno de los estantes y se la extiende sin decir palabra.

—Gracias—murmura Izuku notando los dedos tiesos de frío

—¿Y bien?—se impacienta Shouto arrebatándole la manta que Kamui le ofrece.

—Me acuerdo de Seishirou—responde Kamui moviéndose con familiaridad por la cueva. Coloca su arco de vuelta en la pared y apoya el carcaj de flechas justo debajo—Me encontró desangrándome en el bosque, se apiado de mí, me curó, y se quedó conmigo hasta que tuvo que marcharse.

—¿A dónde fue?

—A donde van todos.

—¿Quiénes son todos?

—Los que son como él.

Izuku se aparta cuando el aire alrededor de Shouto se carga con impaciencia y frustración. Kamui no puede olerlo, pero sin duda nota la tensa expresión del muchacho porque suspira con desaliento y les hace señas para que se sienten. Izuku obedece, termina por secarse y limpiarse a conciencia antes de acomodarse en el piso, junto a él, pero Shouto permanece de pie, inflexible e iracundo.

—Por el creador mismo—suspira Kamui—son demasiado jóvenes para estar aquí.

—Queremos respuestas—gruñe Shouto estirándose en toda su altura.

—Al igual que todos los que han venido antes, pero yo también tengo preguntas: ¿dónde está Aizawa? En la carta que el grupo anterior traía decía que él vendría a verme tres lunas después del grupo anterior.

—¿Cómo sabes que no soy yo?

Kamui se frota la cara con hartazgo—Seishirou me lo describió. Pelo negro y flores de azalea en el rostro. Ninguno de ustedes cumple con la descripción.

—Mi maestro tuvo que volver, ciertas circunstancias le impidieron estar aquí. Vengo en su nombre.

—Pues te diré lo mismo que le habría dicho a él: No ayudaré a más espías.

—¿Por qué?

—Cuando Seishirou me salvó le prometí que aceptaría los mensajes que vinieran del hombre llamado Aizawa, le prometí que le ofrecería toda la ayuda que estuviera a mi alcance, pero obviamente no está funcionando, ¿cuántos de los que han venido han conseguido volver?

—Ese no es el punto.

—Ese es precisamente el punto. En todos los años que llevo haciendo esto, la historia siempre es la misma. Uno de ustedes llega, le enseño los mapas, las rutas comerciales, los caminos que llevan a la fortaleza, y luego qué. Ellos mandan sus mensajes. Mandan sus reportes y después simplemente desaparecen. Capturados con toda probabilidad. Muertos eventualmente. Y ahora, hace unos meses me envían a otro grupo. Más jóvenes que cualquiera de los anteriores, con la intención de que puedan infiltrarse en la prisión. Y es posible que al hacerlo haya revelado mi posición además de poner en peligro a gente que me importa.

—¿Cómo lograste hacer que entraran?

—Tengo un amigo, un capitán que dirige una de las prisiones… que dirigía una de las prisiones—se ríe, el gesto carece de gracia—Aizawa me había enviado un mensaje preguntándome si era posible una infiltración. Lo investigue y mi amigo me dijo que podía falsificar las notas de traslado. No es algo común, pero se ha hecho con anterioridad, así que—Kamui se encoge de hombros, indiferente.

—¿Qué paso con el capitán?

—Lo trasladaron a la ciudadela.

—¿Por qué?

—¿No lo ves? Es probable que el General sepa que me ayudo. Si es así tus amigos están bajo vigilancia y será imposible recuperarlos.

—Tu dijiste…

 —Se lo que dije, pero no estas entendiendo lo que digo ahora. El General sabe que hay traidores. Nos caza como si fuéramos alimañas.

—Pero no mató al capitán.

—No querrá llamar la atención, estará esperando que regresemos.

—Debe de haber una forma de sacarlos de ahí.

Kamui sacude la cabeza con irritación. El aire alrededor del alfa se nubla, su aroma es denso, asfixiante, Izuku se entiesa en su lugar luchando contra el deseo de apartarse y esconderse, pero a diferencia de él Kamui responde con una expresión de férrea determinación. Incapaz de soportar el ambiente, Izuku interviene:

—¿Por qué sangrabas?,—la pregunta provoca que ambos se giren hacia él. La sorpresa en Shouto aligera la amenaza e Izuku aprovecha ese breve momento para continuar—Dijiste que Shin…  que Seishirou te encontró herido en el bosque.

—Así fue.

—¿Quién te hirió?

—Kurogiri, la mano derecha del General.

—¿Por qué?

—Porque quise irme.

—¿Por qué?

—Porque la guerra me arrebató a mi familia.

—¿Qué guerra?

—La nuestra—Kamui sacude la cabeza, frustrado—es imposible explicártelo, no podrías entenderlo.

—No lo haré si no me lo explicas.

Por primera vez Kamui no lo mira como si fuera un niño.

—Bien… ¿quieres una lección de historia? Aquí va.

“Hace treinta años aproximadamente, cuando yo todavía no nacía, surgió el rumor de que había llegado un forastero a las montañas. La historia habría pasado desapercibida sino fuera porque llegó cabalgando un nomu. Una hazaña como esa corrió en boca de todos. Los nomu son bestias terribles que habitan en el desierto y que a veces atacan la frontera en busca de presas fáciles. Las tribus de las montañas lo recibieron, a él y a su hijo. Las historias que se cuentan es que vivió con ellos, llegó a gobernarlos y eventualmente los unió a todos bajo su poder. Este forastero extendió su control a todo lo largo y ancho del continente. Unió a todos los pequeños estados en Hosu. Los que no quisieron unirse a él fueron masacrados, sus tierras fueron cedidas a grupos de apoyo, y eventualmente consiguió erigir fortalezas, ciudades y embarcaderos. Yo tenía quince años cuando me enliste, en ese entonces todos lo conocía como el General, él había decretado que era un requisito servir en el ejército durante cinco años, la única ventaja era que al terminar tu servicio podías aspirar a otra cosa. Faltaba un año para que terminara con el mío cuando Akaguro inició su rebelión. En ese día renunció a su nombre y se hizo llamar Stain, eso fue hace casi diez años”

—Por ese tiempo iniciaron los secuestros—murmura Shouto con aire tranquilo mientras toma asiento frente a Kamui.

—Los secuestros fueron precisamente la chispa que separo las dos facciones. Las constantes guerras y luchas por el poder habían dejado un saldo inmenso de heridos. No había suficientes manos para iniciar con la reconstrucción. El General utilizo las incursiones para conseguir esclavos que trabajaran en su causa. Su intención era usarlos para construir más barcos, para ampliar y fortificar su ciudadela, para extraer metales de las minas, para cultivar los campos; pero Stain y su grupo consideraba a su gente como seres de mala suerte. Se había criado en un ambiente tradicionalista y consideraba los tatuajes como símbolos malditos. Para ellos resultaba imposible aceptar que una mujer pudiera embarazar a otra ni que los hombres fueran capaces de procrear. Mucha gente lucho a su lado, pero el General los venció a todos. Les arrebato sus títulos y propiedades, y continuó con su trabajo.

—¿Fue entonces que decidiste renunciar?,—pregunta Izuku mirándolo con pena.

—No compartía el punto de vista de Akaguro, pero mi aldea era la suya así que cuando quemaron el pueblo como castigo por la sublevación, mi familia pagó el precio. Me marche entonces porque me resultó imposible seguir obedeciéndolo. Por supuesto que uno no se marcha solo porque así lo quiera.

—¿Intentaron detenerte?

—Intentaron matarme. Creyeron hacerlo. Y lo habrían conseguido si Seishirou no me hubiese encontrado. Por lo que sé, él fue el primero en venir hasta aquí a investigar lo que estaba pasando.

—Lo fue—replica Shouto con aire meditabundo—Yo era muy pequeño entonces y no supe lo que pasó hasta después. La esposa de Seishirou era la melliza de mi maestro, así que ambos se conocían desde que eran jóvenes, ambos servían en la corte, y su hijo estaba destinado a formar parte de la guardia del príncipe. Cuando Seishirou no logró convencer al rey de que la amenaza era real, decidió investigar por su cuenta.

—¿Nunca volvió?,—pregunto Izuku

—No…, el último mensaje que envió decía que la ciudadela del General se encontraba en las montañas. Su intención era conseguir información sobre el destino de los esclavos.

—Le dije que era peligroso adentrarse en el territorio del General. Hay ojos que vigilan y trampas en todas partes. Todos los que van desaparecen.

—¿Por qué quieren ir allá?, ¿por qué no concentrarse en las prisiones?

—Las prisiones empezaron a usarse hace unos seis años, antes de eso todos los esclavos iban a parar a la ciudadela, de ahí los enviaban a trabajar, pero siempre volvían. Aún ahora, cada cierto tiempo hacen traslados, a veces se llevan a dos, a veces más. El número nunca es constante, pero todos los esclavos van a parar ahí.

—¿Por qué?

Kamui se encoge de hombros—No estoy seguro… dicen que el General los usa para cavar túneles y ampliar los edificios. Tal vez los ocupe para trabajar en los cultivos o en las minas que aún siguen abiertas.  

—¿Por qué ninguno de los nuestros reportó la droga que usan contra nosotros?,—pregunta Shouto

—Yo no me enteré de ella hasta hace un par de años, y por lo que sé es un tranquilizante. Los vuelve dóciles o algo así.

—¿Cómo funciona?

—Los únicos que pueden responder eso son los coroneles. Los líderes de las ocho casas nobles que sirven al General.

—Tu amigo, el capitán, ¿no sabía lo que era?

—No, ellos solo la reciben y la administran. Como no tiene efecto en nosotros es imposible saber qué hace.

—Necesito enviar un mensaje a mis compañeros. Deben saber que hemos venido a recuperarlos.

—Ya te dije que no puedo ayudarte con eso. Lo que puedo hacer por ustedes es mandar un mensaje para que vengan a recogerlos y llevarlos a la costa para que se marchen.

Shouto se tensa, parece listo para seguir discutiendo, pero antes de que diga nada Izuku interviene.

—Siento lo que paso con tu familia, lamento que el ayudarnos te pusiera en riesgo, pero te necesitamos. Podemos hacer esto con o sin tu ayuda, pero sin ella será más probable que nos capturen.

—Aún así es probable que nos capturen a todos.

—Dijiste que había más personas como tú. Traidores. Renegados.

—Y los hay, pero muchos siguen las creencias de Stain. Ninguno de ellos los ayudará, no si eso significa liberar a tu gente.

—Pero hay otros que no siguen a Stain y que se oponen al General, ¿no es así?

—Los hay, pero son jóvenes, perdieron a sus familias en la guerra y crecieron para convertirse en guardias de la prisión. Muchos no aprueban lo que sucede ahí, son buenos chicos y precisamente por eso no deseo arriesgar la vida de ninguno de ellos.

—No queremos poner en riesgo la vida de nadie, pero necesitamos averiguar más sobre la droga que usan contra nosotros. Tal vez tú no puedas decirnos que es, pero los prisioneros sí.

Kamui suspira y sacude la cabeza, pero Izuku no se rinde.

—Si podemos neutralizar el paralizante, cómo tú lo llamas, tendremos una oportunidad de liberar a los prisioneros. Muchos de ellos son niños, iguales a los que intentas proteger.

—Si el General descubre…

—Renunciar es ofrecerle la victoria.

Kamui guarda silencio.

—Muy bien—dice al final con resignación—No prometo nada, pero puedo hacerles llegar un mensaje. Solo uno. Así que intenten resumir la situación lo más posible.

—¿Cómo van a respondernos?

—Primero tengo que hablar con alguien. Si lo convenzo, él se encargará del resto.

—Muy bien, ¿tienes papel?

[…]

Kamui se marcha esa misma noche, justo cuando la luna se alza en el cielo. Shouto intenta convencerlo de que lo deje acompañarlo, pero el otro se niega de forma terminante, así que no le queda otra opción que esperar.  

La caverna parece inusualmente inmensa de noche. La luz plateada que se cuela por el techo proporciona la suficiente claridad para identificar los contornos de los muebles. Izuku termina de secarse su pelo y su rostro, se envuelve en otra manta seca mientras mordisquea galletas de arroz. Shouto no puede comer, no tiene el estómago para digerir nada. No deja de pensar en sus amigos y en todos los errores que ha cometido hasta ese momento.

—Si no dejas de pasearte vas a cavar un hueco en el suelo.

La voz de Izuku es un murmullo tenue que lo paraliza en su lugar. Su mente deja de vagar y se vuelve completamente consciente de sus alrededores. Lo primero que nota es el aroma. Huele a menta, fresca y deliciosa como una delicada brisa de primavera. El aroma le resulta sorprendente y al mismo tiempo desconcertante porque está seguro de que nada en la cueva huele así. Aspira a profundidad buscando el origen de semejante esencia. Para su sorpresa el origen de tan delicado y exquisito aroma es el omega envuelto en mantas secas que mastica una galleta en la semipenumbra.

—¿Qué pasa?,—pregunta la silueta con el rostro cubierto de sombras    

Shouto no puede resistirse—Antes olías a flores.

—¿Flores?

—Sí, jazmín, sábila, lavanda.

—Ah—la silueta se mueve.

El omega se inclina para acercar uno de los paquetes de su bolsa húmeda que ha puesto a secar en un rincón de la cueva. El muchacho se endereza con una pequeña caja de madera entre las manos, en cuanto la abre la cueva se inunda con el aroma a sábila, manzanilla y jazmín.

—Las utilizo en mis cataplasmas—explica el omega hundiendo un par de dedos en la pasta de color verde claro, —Son completamente naturales y pueden durar hasta meses.

Izuku extiende los dedos para mostrarle la mezcla e inconscientemente Shouto arruga la nariz.

—A muchos no les gusta el aroma de los fomentos—explica Izuku, sin duda malinterpretando el gesto del alfa, devuelve el exceso de la mezcla a la caja y el resto lo dispersa frotando sus manos—pero mejoran la cicatrización y evitan la infección.

A Shouto no le molesta el aroma, huele a plantas y hasta hace un momento creía que era la esencia natural del omega, la verdadera razón de su cara arrugada es que el aroma de menta ha quedado completamente cubierto y aunque se acerca lo único que distingue es la sábila y la manzanilla. No importa lo mucho que se esfuerza, el aroma de menta se ha difuminado sin dejar rastro.

Inconscientemente extiende la mano cuando Izuku le tiende una galleta. El silencio se prolonga entre ellos como una barrera física mientras cenan su magra cena.

—En mi hogar no tenemos omegas sanadores—la declaración es sorpresiva incluso para el mismo Shouto.

Por suerte el omega no parece ofenderse con el tema.

—Tampoco existen en las islas, pero alguien tiene que ser el primero.

—En casa no se les permite a los omegas trabajar. Su labor es criar a sus hijos.

—En las islas los omegas cuidan de los niños, pero algunos también tejen, bordan, hacen cerámica. Conozco una omega que gano el primer lugar en la competición de tiro con arco… ¿no crees que los omegas tienen sueños propios?

—Nunca lo había pensado, mi padre tiene una filosofía muy clara acerca de lo que un omega puede o no puede hacer.

—Entonces tal vez tú puedas hacerlo cambiar de opinión.

Shouto se ríe, la idea le resulta inconcebible, primero porque su padre no permite que nadie discuta sus ideas y en segundo porque no sabría ni por dónde empezar. En un intento por borrar a su padre de su mente, Shouto señala el cuaderno de bosquejos que se seca junto al resto de las cosas.

—¿Él supo de tu deseo sobre ser sanador?

Shouto nota al omega tensarse, eso, combinado con el intenso aroma a incertidumbre, lo hacen darse cuenta de que la pregunta no es bienvenida, pero no hay tiempo para retractarse. La silueta del omega se remueve incomoda mientras aprieta la manta sobre sus hombros. Shouto ni siquiera puede distinguir sus ojos en la oscuridad.

—¿Vamos a tomar turnos para esta noche?,—pregunta Izuku con voz plana, controlando cada entonación, pero no hay forma de que pueda esconder el denso aroma a nostalgia que emana de él.

—Yo haré la primera guardia—murmura Shouto terminando de comer su galleta–Usa la cama, te despertare cuando sea tu turno.

El omega lo obedece en silencio, se acomoda entre el montón de mantas que huelen a tierra y se queda quieto. Pese al silencio Shouto sabe con certeza que el muchacho está despierto, aunque no le dice nada respetando ese momento de duelo.

[…]

Izuku despierta encorvado en sí mismo y con la piel húmeda de sudor frío. Intenta apartar la imagen de Katsuki ahogándose en un mar negro. No deja ver a Kacchan bajo el mar, perdido en la inmensidad del abismo. Ya ni siquiera puede recordar cómo era antes de perderlo.

—¿Estás bien?,—la voz de Shouto suena adormilada, no cabe duda de que su incomodidad lo ha despertado.

—Estoy bien, ¿Kamui ha vuelto?

—No.

Izuku se endereza. En la abertura del techo se distingue un cielo gris claro.

—Está amaneciendo… creí que me despertarías.

—Al final no pensé que fuera necesario—responde el alfa enderezándose en su lugar junto a la pared—Y necesitábamos descansar.

—Podríamos habernos turnado la cama.

—No habría podido dormir en ella… déjalo estar.

Izuku no tiene fuerzas para discutir, no consigue sacarse el sueño de su cabeza. Comen de sus reservas y beben del agua que está almacenada en un cántaro junto a una de las mesas. Como Kamui sigue sin aparecer, Shouto se dedica a limpiar y a cuidar de sus cuchillos. El aroma a pino que emana de él es fresco y natural y le brinda calma. No puede evitar acordarse del aroma a madera. Kacchan, piensa e inevitablemente siente que la nostalgia lo invade; para luchar contra ella intenta concentrarse en otra cosa.

—¿Qué paso con la familia de Seshirou?,—pregunta en voz baja sin dejar de pensar en Katsuki.

—Su esposa enfermó y falleció, su hijo Hitoshi quedo a cargo de mi maestro. Él lo crio hasta que fue secuestrado hace un par de años mientras visitaban a sus familiares cerca de la costa. No hemos vuelto a saber de él.

Izuku no hace más preguntas temiendo que el tema pueda ser demasiado delicado para el alfa.

—Hitoshi…—hay una pausa en la que Shouto toma aire—Hitoshi era mi amigo. Iba a formar parte de mi guardia. Después de él solo quedaron cinco. Y ahora cuatro de ellos están aquí y el único que queda es Tenya, que ahora mismo debe estar escalando las montañas en busca de una tribu que no siente aprecio por mi padre.

—Él estará bien.

—¿Lo crees?

Izuku no tiene una respuesta honesta así que se dedica a cuidar de los frascos que sobrevivieron al viaje. Cada vez que abre uno, un aroma diferente inunda la cueva: Manzanilla, lavanda, jazmín y otros más se acumulan hasta crear una combinación que oculta por completo el aroma a pino.

[…]

Kamui vuelve esa misma tarde llevando comida fresca y novedades.

—La buena noticia—dice mientras los tres se sientan a comer—es que pude convencer a Cementoss de ayudarme.

—¿Cementoss?

—Es un apodo, creo que es demasiado peligroso que sepas su nombre.

—De acuerdo… ¿él entregará todas las cartas?

—Conoce a varios de los chicos que trabajan en la prisión, le he dado la descripción de todos tus amigos así que intentara localizarlos. También se asegurará de recoger la respuesta cuando sea el momento.

—¿Solo nos queda esperar?

—Mañana temprano viajaremos hacia el interior. Tengo un escondite cerca de una de las prisiones. He pedido que nos lleven la respuesta ahí.

Souto mira a Izuku que asiente para confirmarle que está listo.

Se ponen en marcha muchísimo antes de que el sol salga. Está vez usan el túnel más grande y pese a que está completamente a oscuras Kamui avanza sin detenerse. Shouto lo sigue detrás con sus sentidos alerta y en guardia. Izuku cierra la marcha guiándose con el aroma a pino y musgo. No llevan luz así que es imposible determinar el camino que siguen.

Conforme avanzan, el suelo del túnel se inclina y lentamente la pendiente se va pronunciando. Los últimos cien metros son como escalar una pequeña colina y cuando salen los recibe el sol, alto y brillante, en el cielo azul. La salida es un hoyo en la tierra entre una hilera apretada de árboles, apartada de cualquier camino visible y cubierta con ramas tupidas. En cuanto los tres están fuera, Kamui se mueve, se desliza por el bosque con una agilidad adquirida tras años de práctica.

Caminan deprisa, siguiendo el ritmo incansable del hombre que se detiene cada cierto tiempo para revisar el cielo y sus alrededores. No pasa mucho tiempo hasta que Izuku por fin la ve. La fortaleza se alza justo al lado del despeñadero. Izuku se toma un momento para tomar aire, aspira la brisa fresca llena de aromas familiares, y aprovecha para estudiar la inmensa mole gris que se distingue a lo lejos.

Desde su posición, en la parte alta del valle, puede ver todo el horizonte como un mar verde interminable. En el desnivel inferior la prisión tiene su retaguardia cubierta con un barranco de al menos veinte metros de altura. Del lado izquierdo un camino aplanado se pierde en la lejanía internándose en los bosques. En los otros dos frentes hay campos de cultivo y pastura. Izuku no está familiarizado con técnicas de guerra, pero hasta él puede darse cuenta lo difícil que será acercarse sin ser visto.

Siguen a Kamui durante otro rato hasta se detiene frente a un árbol inmenso y les hace señas para que lo esperen mientras trepa llevando su arco a la espalda. Su ascenso es rápido y ágil, señal de que no es la primera vez que lo hace, unos minutos después deja caer una soga con varios nudos en ella. Izuku es el primero en subir, apoya los pies en los nudos y se impulsa utilizando la fuerza de sus brazos. Cuando llega a la cima los músculos de sus antebrazos no dejan de temblarle y tiene los hombros tensos, pero al menos ha conseguido llegar.

Kamui le hace señas para que se desplace por una de las ramas más gruesas hasta una superficie improvisada. Izuku se sorprende de lo que ve: Desde el suelo las hojas se amontonan de tal forma que impiden la entrada de la luz solar, pero estando arriba el espacio está libre de ramas y forma una especie de nido invisible.

Varios troncos amarrados con cuerda dan forma a un suelo firme y entres las ramas de los árboles se han escarbado huecos que sirven como espacios de almacenamiento. Izuku encuentra sogas, cuchillos y flechas. También ve el inconfundible nicho de mantas que sirven de cama. Está examinando el trabajo en los huecos de las ramas cuando Shouto llega con Kamui detrás.

—El espacio es demasiado estrecho para que los tres podamos dormir aquí. Yo dormiré en alguno de los árboles vecinos, les dejaré la soga por si necesitan bajar al baño, pero preferiría que se quedaran arriba hasta que yo vuelva.

—¿A dónde vas?

—A cazar, necesitaremos provisiones mientras estemos aquí. Volveré antes de que anochezca, ¿necesitan algo más?

—Agua—dijo Izuku.

—Tengo una reserva en un barril colgado ahí—les señala el lugar y les muestra dónde guarda el resto de sus cosas—No encenderemos fuego mientras estemos aquí, cocinaremos nuestra cena en el suelo, lejos, y esperaremos hasta que traigan noticias.  

—¿Cuánto tiempo vamos a esperar?,—pregunta el alfa sin contenerse

—Si Cementoss tiene suerte, entregará tu carta mañana o antes de que cambie la luna. Después habrá que esperar hasta que ellos respondan, si es que pueden hacerlo. Como mínimo será una semana, todo dependerá de tus amigos.

Kamui se marcha sin añadir nada más.

[…]

Vivir en la cima de los árboles es emocionante y agotador. Izuku no se acostumbra a la rutina de subir y bajar al menos tres veces al día para ir al baño, después de unos días tiene los hombros tan entumidos que no consigue levantar los brazos más arriba de su pecho. Para aliviar la tirantez se da masajes con un emplaste de manzanilla y árnica, elaborado con ese único propósito. No pasa mucho tiempo antes de que el nido del árbol huela completamente a linimento.

Un día en particular decide calentar agua para utilizar compresas calientes contra los músculos adoloridos de su espalda, como necesita fuego convence a Kamui de llevarlo a un claro donde pueda encender una pequeña hoguera. Aprovecha ese breve momento de privacidad para retocar su tatuaje y, una vez que está seco, cubrirlo con vendas limpias. Está tan completamente inmerso en su labor que no se da cuenta de la pareja de cuervos que lo mira desde una de las ramas más altas del bosque, en cuanto se percata se queda quieto, sorprendido de verlos ahí. Lo que le llama la atención es el pelaje –de un brillante color negro–, el tamaño –pues son más grandes que cualquier otro cuervo que haya visto antes–, pero principalmente es el hecho de que ambos están mirándolo. Su atención parece casi humana.

En cuanto Izuku se endereza para estudiarlos más a fondo uno de ellos alza el vuelo perdiéndose entre los árboles, inmediatamente después el otro cae al suelo atravesado por una flecha con el penacho rojo. Izuku se gira para encontrar a Kamui con el arco tenso mientras estudia con frenético abandono cada rama y cada árbol.

—¿Había algún otro?,—su pregunta es violenta y llena de agitación.

—¿Qué?

—¿Había algún otro?,—baja el arco y aferra con fuerza el brazo del muchacho—¡¿Había otro cuervo?!

—¡Ah!, duele

—¡Contesta!

—¡Sí!, había otro, se fue justo antes de que llegaras.

Kamui maldice y presiona su puño contra su frente.

—¿Qué pasa?,—pregunta Izuku sin comprender.

—Recoge tus cosas, tenemos que irnos.

Aunque es incapaz de entender su agitación, Izuku obedece. Se viste apresuradamente y trota detrás del otro hasta volver al nido del árbol.

—¿Qué pasa?,—pregunta Shouto en cuanto los ve llegar.

—Tenemos que irnos—murmura Kamui metiendo en una bolsa doblada comida y armas

—¡¿Qué?! ¿por qué?,—Shouto mira a Izuku pero este sacude la cabeza incapaz de ofrecerle una respuesta a ninguna de sus preguntas.

—Uno de los espías de Kurogiri nos vio—responde Kamui sin abandonar su labor—En cuanto informe a su maestro enviarán soldados a buscarnos.

—¡No podemos irnos ahora, tenemos que esperar la respuesta!

—¡Si nos quedamos aquí vendrán por nosotros!

—Aún tenemos tiempo.

Antes de que Kamui diga nada una voz atronadora hace acto de presencia.

—Eh, viejo árbol, tengo tu respuesta.

Los tres se miran sin decir palabra y Shouto es el primero en moverse, inmediatamente prepara la soga y desciende sin esperar a Kamui, que baja justo después de él. Izuku baja al final y para cuando llega al suelo encuentra que ambos siguen discutiendo frente al que supone es Cementoss.

El hombre es inmenso, con brazos inmensos de color gris, piernas gruesas y cortas, y una cabeza cuadrada. A diferencia de Kamui que posee una piel semejante a la corteza de un árbol, este parece ser una roca viviente. Su cutis parece duro y firme y por la forma como se mueve, sin duda su cuerpo es completamente macizo. Izuku no puede imaginarse lo que se sentiría ser golpeado por un puño de ese tamaño.

—Hola—murmura Izuku completamente fascinado

El hombre llamado Cementoss se gira hacia él y le dedica una expresión amable. Un gesto que desentona con su apariencia fuerte y recia.

—¿Ahora tu rey manda niños a realizar su trabajo?,—pregunta el hombretón con su voz de barítono.

Izuku le sonríe—Alguien tiene que hacerlo.

Extiende la mano y el hombre le entrega el trozo de papel doblado. En cuanto lo tiene Izuku lo desdobla y se extraña de ver una lista tachonada. Barriles de aceite, costales de harina, cestas de verduras. La hoja está cubierta con manchas de tinta y una interminable hilera de piezas desconocidas. Por curiosidad le da la vuelta y encuentra otra lista al reverso, aunque al final, en el único trozo disponible, hay un montón de símbolos diminutos en color azul. La letra es clara, aunque los trazos no son firmes como si el autor no tuviese una pluma adecuada para escribirlos.

Izuku no entiende ni una sola palabra, se lo extiende a Shouto que le da la vuelta, confuso.

—¿Por qué solo una respuesta?,—pregunta con voz tensa—Envíe cuatro mensajes. Esperaba cuatro cartas de respuesta.

Cementoss se encoge de hombros.

—Por lo que sé uno de ellos está muerto, a dos los han puesto en la lista de transferencia. Los llevaran a la ciudadela a finales de este mes, tal vez antes, será imposible acercarse ya que están bajo estricta vigilancia. El único que sigue con la población común es el único al que se entregó tu mensaje.

—¿Muerto?,—repite el alfa con el rostro pálido—¿Quién?

—No sé nombres, la carta es lo único que tengo para ti.

El alfa aprieta los dientes y concentra su atención en la hilera de símbolos diminutos. Izuku supone que él si conoce el código para descifrar el mensaje. Conforme lee, su rostro palidece y sus ojos se abren de espanto.

—No puede ser.

Izuku puede oler la confusión, la ansiedad y el terror que emanan del alfa en olas negras

—¿Qué pasa?,—pregunta intentando controlar su propia ansiedad—¿Qué te dice?

Shouto se gira hacia él, su expresión es pura desesperación.

—Los están emparejando—dice con voz débil, y en cuanto lo escucha el miedo de Izuku se enrosca dentro de él como una bandada de murciélagos listos para huir en cualquier dirección—Los están obligando a emparejarse.

El miedo de Izuku se libera de su jaula y fluye de él como un río desbocado. Todos los músculos de su abdomen se contraen, sus rodillas tiemblan, los dedos de sus manos se enfrían como bloques de hielo. Su cuerpo entero emite un grito silencioso de repulsión y terror. Tal es su espanto que durante una minúscula fracción de segundo agradece que Katsuki no esté ahí para sufrir ese destino. 

Inmediatamente después se arrepiente, pero entonces se imagina a Kacchan en una de esas prisiones y su corazón se encoge de horror.

Ahora no hay marcha atrás, Izuku no piensa abandonar a los suyos ahí.

[...]

Chapter Text

 No hay forma de convencer a Kamui de permanecer un día más en su refugio con forma de nido.

—Kurogiri sabrá de ustedes hoy mismo—les explica con su voz cargada de ansiedad mientras empaca sus pertenencias a toda prisa—Enviará a cazadores tras su rastro. Entre más tiempo nos quedemos más probabilidades hay de que nos encuentren. Tengo que llevarlos de vuelta a la costa.

—¡No!,—el grito proviene de dos gargantas distintas, pero la emoción en ambos es la misma y en conjunto dotan a una simple palabra de un tono cargado de autoridad.

Izuku y Shouto hablan a la vez: “No podemos irnos/No vamos a renunciar. Tenemos que ayudar/Es mi responsabilidad”. Vomitan palabras sin detenerse, ambos con expresiones igualmente ansiosas, pálidas y aterradas. Es verlos llenos de pavor para que el pánico de Kamui remita.

—¡Está bien! ¡¡BASTA!!—ambos lo miran jadeando—No podemos quedarnos aquí, es demasiado peligroso… ¡No iremos a la costa!,—añade cuando ambos abren la boca al mismo tiempo para seguir hablando—No iremos a la cosa, pero tenemos que salir de aquí.

—No podemos renunciar ahora—repite Shouto y Kamui resopla

—Ya te oí… pero necesito que entiendas. Tenemos que irnos. Ya.

—Pero…

—Hablaremos de qué hacer en cuanto estemos lo más lejos posible de este lugar.

Kamui termina de empacar su bolso, toma su arco y se desliza por la soga hasta perderse de vista; a ellos no les queda más opción que obedecerlo y para cuando bajan solo tienen tiempo para despedirse de Cementoss antes de que Kamui los empuje en otra dirección.

Se mueven lo más rápido que pueden, evitando caminos y campos abiertos, describiendo semicírculos y vueltas sin sentido. Caminan hasta que vuelven a la cascada, solo que está vez se encuentran en la parte superior. La luna ha perdido su forma redonda pero aún brinda la suficiente luz para iluminar el camino. El viento frío agita las copas de los árboles y el agua viaja con tal rapidez que el sonido hace eco en la noche aun cuando el río es indistinguible en la oscuridad. Con ayuda de Kamui consiguen bajar escalando por la pared de piedra, avanzan cincuenta metros antes de verse obligados a sumergirse en el río para lavarse. Salen en la otra orilla y se frotan el cuerpo con hojas de pino para ocultar su aroma. Después regresan sobre sus pasos, con los pies sumergidos en el agua para no dejar rastro y se adentran en el túnel una vez más.

Izuku no deja de temblar mientras se desprende de su camiseta y se envuelve en la primera manta seca que encuentra. Shouto viene detrás de él y lo imita con los dedos entumidos por el frío. Para sorpresa de ambos Kamui no da señales de incomodidad ante las pequeñas gotas de agua que danzan sobre su piel.

—Borraré cualquier rastro que haya en las otras entradas—explica Kamui dejando sus cosas en una esquina—Hay ropa seca en el estante de ahí, y más mantas en caso de que quieran secarse. Volveré antes de que amanezca, entonces hablaremos con calma.

Se marcha sin hacer caso del grito de protesta de Shouto. El alfa lo sigue con la manta sobre los hombros e Izuku aprovecha para desnudarse y cambiarse de ropa. Pone sus vendas a secar y se envuelve las caderas con las vendas de repuesto que hay en su bolsa. Cómo no tiene cambio de ropa tiene que tomar una camisola y un par de pantalones de Kamui, los cuales le quedan gigantescos ya que el hombre le saca más de una cabeza. Una vez seco se dedica a crear un nido de cobijas en el que se acomoda para descansar. Aún siente los hombros agarrotados y las piernas acalambradas, está tan cansado que no puede dejar de parpadear, pero sabe que no podrá dormir, las palabras de Shouto se repiten incesantemente en su cabeza: Los obligan a emparejarse.

Siente asco ante la idea…, asco y miedo, porque ese podría haber sido su destino.

Aún lo será si los atrapan y descubren que es un omega. Izuku suspira y se frota el estómago que no deja de revolverse ante la idea, por primera vez agradece que su barco se hundiera.

[…]

Shouto pierde a Kamui en los túneles. Maldice en voz alta y después de un momento de indecisión vuelve sobre sus pasos. Encuentra a Izuku en medio de un montón de cobijas limpias. Es ver su rostro cansado y sentir culpa ante su expresión angustiante. Piensa en la carta y por primera vez se arrepiente de haberlo llevado.

—¿Qué dice la carta?,—la voz del muchacho es tenue, apenas un sonido diminuto que revela su cansancio físico y emocional. Shouto lo ve rascarse la pierna donde la pintura de su flor falsa ha comenzado a correrse y nota un nudo en la base del estómago.

Para calmarse se da la vuelta y se cambia de ropa sin mirar a Izuku. Cuando termina saca la carta que ha guardado en la funda de su cuchillo con la intención de mantenerla a salvo de la humedad. Toma aire y la lee en voz alta, al hacerlo no puede evitar recordar la voz del pelirrojo, con su tono apasionado y potente.

La respuesta de Eijirou es como él, efervescente y llena de ideas. Los pequeños símbolos se aprietan entre sí en un intento por utilizar el menor espacio posible. Su energía natural vibra en cada palabra escrita y es obvio que ha intentado esforzarse por ser lo más conciso posible.

Soy Ejirou, no sé nada de los otros. Nos encierran en jaulas individuales bajo tierra, el alfa en la celda de junto lleva aquí más tiempo que el resto, es él quien me provee de información; no ha querido decirme su nombre, es una costumbre de aquí. Lo llamaré Rojo por la flor de su pecho. Con su ayuda, y uno de los omegas de aquí, pude escribir esta carta, no sé si el resto tenga tanta suerte así que trataré de contestar todas las preguntas de tu nota. La comida es pasable pero magra. Trabajamos en las minas casi todo el día. Nos controlan usando un incienso que libera feromonas artificiales. Imita el aroma de un omega preñado. El incienso nos calma, nos induce un estado de obediencia absoluto, no tengo recuerdos de lo que hago en ese estado y tampoco control sobre mi cuerpo. Trabajamos sin protestar y resulta imposible resistirse. Rojo dice que muchos no sobreviven a la primera administración, provoca ataques que llevan a la muerte. Qué él sepa no hay forma de contrarrestar el incienso, aunque él usa hojas de menta secas para atenuar el aroma. Funcionan por poco tiempo, pero al final su conciencia se difumina. El resto intentó imitarlo, yo también lo hice, pero no sirve. No sé por qué. Los omega duermen en otra sala bajo tierra. Tienen prohibido hablar con nosotros, a menos que nos lleven al cuarto negro. Ahí nos obligan a emparejarnos. Lo intentaron conmigo. Obligan a los omega a cuidarnos y después nos fuerzan a intimar. Si el emparejamiento resulta exitoso se llevan a las parejas. Nadie sabe a dónde. Escapar resulta imposible. Rojo lo intentó, sin éxito. Conoce a todos los guardias, las rutinas, los pasajes que recorremos todos los días y conoce el camino que nos lleva a la superficie, pero la salida es un campo cercado con vigilancia continua.

Sé que en tu carta me confirmas que te aseguraras de sacarme de aquí. Aunque sea solo a mí, pero te pido que no lo hagas. No me pidas que los abandone. No puedo darles la espalda. Si el rey no tiene pensado liberar las prisiones, entonces necesitamos ayuda para que todos puedan escapar.

Shouto termina de leer la carta; guarda silencio sin dejar de pensar en la palabra muerto. ¿Hanta? ¿Rikidou? ¿Tetsutesu? ¿Quién de ellos sucumbió al incienso?

—Por eso los escogen jóvenes.

La declaración lo arranca de sus atormentados pensamientos. Se gira hacia el omega que tiene el ceño fruncido y se pelliza el labio murmurando para sí.

—Si fueran adultos cabe la posibilidad de que estén emparejados, y es más fácil obligarlos a unirse que ir y cazar a un adulto con su pareja, pero cuál es el fin... Bueno, un alfa no irá a ninguna parte sin su omega. No puede huir sin él. Los omegas tampoco podrían dejarlos atrás. Así que tal vez sea una forma de control. Una solución más permanente y menos problemática que el incienso... El incienso… huele como un omega, pero incluso si fuera un aroma real no debería ser capaz de someterlos de esa forma. Es artificial, pero cómo lo han creado. Cuál es la base. Qué alcance tiene, cuál es su duración. Cuáles son las consecuencias a largo plazo…

—¿Consecuencias?

Izuku se sobresalta ante la pregunta y alza los ojos para mirarlo. Su expresión es vacía y Shouto entiende que en realidad no habla con él, el chico se limita a murmura para sí demasiado absorto en sus pensamientos para darse cuenta de que está hablando en voz alta. Repite la pregunta esperando devolverlo a la realidad.

El omega parpadea y le contesta.

—Es posible que haya consecuencias a largo plazo. Hay plantas que generan adicción y cuando dejan de ingerirse provocan depresión, cansancio, ansiedad, irritabilidad, a veces la muerte. No sé qué ingredientes se utilizaron, pero si es de fabricación casera es probable que a la larga genere abstinencia si el suministro se corta abruptamente.

—¿Y por qué algunos no pueden soportarla?

—Por la misma razón que algunos pueden identificar el ciclo de un omega antes de que se presente. Tienen un instinto capaz de captar sutiles variaciones en los aromas, como algunos betas sanadores que se entrenan en reconocer enfermedades basados en el aroma que sus pacientes emiten—guarda silencio y se pellizca el labio con más fuerza—Aroma—repite la palabra con fuerza—Eso también explicaría porque es un arma tan efectiva—se queda callado mientras sigue pellizcándose el labio y Shouto guarda silencio dándole espacio para ordenar sus ideas—Sí, tiene sentido. El incienso imita un aroma que cualquier alfa asocia con seguridad y bienestar, cualquier joven lo encontraría irresistible, sin mencionar que los adolescentes son más susceptibles a ser abrumados por las feromonas de un omega.

—¿Significa que no funcionará con los adultos?

—Un adulto tiene mayor control sobre sus impulsos, pero es imposible permanecer impasible en una situación semejante. En una batalla podría resultar fatal.

—¿Y cuál es la ventaja que Rojo tiene con el resto, por qué funciona la menta con él? ¿Es la menta o en realidad es más tolerante al incienso?

—Podría ser tolerancia, o tal vez la menta sea el aroma de uno de sus padres, un aroma familiar, lo mantiene alerta y despierto, aunque no parece que el efecto dure mucho… Si logramos potenciar ese aroma tal vez el tiempo que consiga resistirse a sus efectos se incremente. Eso le daría la oportunidad de luchar… Lo ideal sería encontrar una fragancia que funcione para cada uno, pero no tenemos ni el tiempo ni los medios—emite un “mmm” pensativo mientras se deja el labio en paz y empieza a morderse el dedo pulgar de ansiedad—Podemos sugerir que ellos mismos busquen un sustituto. Sí… podríamos enviar algunos viales con una esencia específica. Flores, plantas, frutas… podríamos sugerirles que busquen entre esos aromas alguno que les resulte conocido.

—¿Será suficiente?

—Si funciona con la menta tiene que funcionar con alguna otra planta. Solo hay que buscar la correcta. También hay que pensar en una forma de contrarrestarla para todos, de esa forma podría utilizarse en batalla.

Shouto asiente—¿Tienes lociones que podamos enviarles?

—Algunas, pero todas tiene más de un mes, lo mejor sería utilizar esencias frescas, y me gustaría preparar una versión de menta pura. Conozco varias técnicas de maceración, puedo tener listo algo en dos días, tres como mucho.

—Bien… cuando vuelva Kamui lo discutiremos con él. Por ahora duérmete. Necesitas descansar.

Izuku deja de morderse el dedo y lo mira como si estuviera loco—No creo…

—Es una orden. Tenemos que descansar. Mañana será un día difícil.

Shouto se arma de paciencia ante las protestas, pero se mantiene firme y al final consigue hacerlo ceder. Lo escucha revolverse entre sus mantas, lo oye murmurar, y está tan pendiente de él que se percata del momento exacto en el que el ritmo de su respiración cambia y el aroma a incertidumbre y miedo se dispersa dejando únicamente el aroma a menta, pero en lugar de disfrutarlo, Shouto no deja de atormentarse intentando adivinar quién de sus amigos se ha ido.

[…]

Las pesadillas persiguen a Izuku durante toda la noche. Sueña con Katsuki ahogándose en el abismo e inmediatamente después lo imagina en una celda oscura, muriéndose de hambre. Se despierta con el corazón latiéndole desenfrenado, las nauseas ascienden por su garganta amenazando con devolver toda su comida de los últimos días.

No seas debilucho.

Toma aire y con los ojos cerrados se corea la misma letanía que se repite cada vez que necesita controlarse.

“Para ayudar con la cicatrización, el dolor y la desinflamación podemos usar lavanda, linaza, manzanilla, árnica, caléndula, equinácea, té verde. Hervidas o en forma de aceite se aplican sobre las heridas...”

Intenta recordar el aroma de cada una de esas plantas. Se describe para sí la forma que tiene sus hojas y los lugares donde suelen crecer. Para cuando termina el ritmo de su corazón ha vuelto a la normalidad y su angustia está bajo control. Cuando se levanta encuentra a Shouto dormido con los brazos cruzados y la cabeza sobre el pecho, para no despertarlo se mueve con mucho cuidado, junta sus ropas secas y se aleja hacia el túnel oscuro para cambiarse.

Al volver se sienta a retocar la flor falsa de su pierna; procura borrar con muchísimo cuidado los ríos de tinta corrida que deforman su dibujo y después envuelve la imagen en una venda apretada dejando visible unos cuantos tallos en la parte superior. Está terminando su trabajo cuando Kamui regresa por el túnel más grande.

—Buenos días—lo saluda Izuku mientras Shouto se despierta al escucharlo—¿tuviste problemas?

—No—responde el hombre dejándose caer en el suelo con la expresión de alguien que se halla exhausto a más no poder—Limpie los rastros en todos los túneles, bloquee las entradas visibles y envíe un mensaje a Snipe para informarle de la situación.

—¿Quién es Snipe?

—Un ermitaño que cría y entrena aves mensajeras. Vive en las montañas y es quien recibe los recados de Aizawa, ¿de qué otra forma me habrían podido encontrar si me paso la vida escondiéndome de los cazadores que envían por mí? Le pedí a Snipe que enviará un mensaje de rescate para ustedes. Tardará en llegar, pero confío en que podré llevarlos a la frontera antes de que sea demasiado tarde. Tendrán que esperar a su barco en las costas del desierto.

—No vamos a marcharnos—replica Shouto con firmeza mientras Izuku guarda silencio.

—No entiendo cómo quieres que te lo explique, quedarse aquí es una malísima idea. Ahora mismo tal vez no corren riesgo, pero en par de días esta zona se llenará de cazadores y espías. Incluso yo tendré que marcharme. Planeo subir y esconderme en las montañas. Lo he hecho antes y nunca he tenido problemas. En unos meses, cuando las cosas se hayan calmado, volveré.

—No, tú eres el que no lo entiende. El plan original era liberar a los prisioneros que pudiéramos y esperar a los nuestros. Si no hubo ningún retraso, llegarán en cualquier momento.

—¿Quién llegará?

—El ejército de Yuuei. Todoroki-ou ha decidido enviar su armada contra Hosu. Dos barcos de la flota salieron antes porque hubo una alerta de esclavistas cerca de la costa, uno de esos barcos fue el que nos trajo. El resto tenía planeado zarpar después. Es probable que en un par de días sus velas se dibujen en el horizonte.

Kamui lo miro estupefacto, tarda un momento en reponerse y cuando lo hace se levanta con la ira refulgiendo en sus ojos.

—¡¿Me estás diciendo que el rey de Yuuei tiene planeado invadirnos?!

—No es una invasión. Tiene planeado destruir los muelles y su flota de barcos. De ser posible destruirá las fortalezas cercanas a la costa.

—¡¿Y crees que tu rey se conformará con eso?! ¡Maldita sea! ¡Eso desencadenara la guerra!

—La guerra lleva años gestándose.

—¡No! ¡Se suponía que nuestro enemigo común era el General! ¡Era a él a quien teníamos que vencer! ¡Pero ahora… ahora todos son enemigos! ¡Incluso los que ayudaron! ¡Las personas que arriesgaron sus vidas por ustedes!

—No. Te doy mi palabra. No permitiré que lo que has hecho se olvide. No dejaré que tu esfuerzo ni el de ninguno de tus amigos sea menospreciado.

—¡¿No dejarás?! ¡¿Qué puedes hacer tú?!

—Puedo convencer a mi padre de ofrecer inmunidad a quien luche por nuestra causa.

—…¿tu padre?

—Mi nombre es Shouto Todoroki, soy el tercer hijo del rey, y si nos ayudas me aseguraré de hacer todo lo posible por devolverte el favor.

Kamui retrocedió, demasiado sorprendido con la revelación—¿Eres el hijo del rey?

—Entiendo que quedarnos aquí es demasiado peligroso, pero necesitamos solo un par de días. Tres a lo mucho. Tenemos una idea que queremos poner a prueba—mira a Izuku que asiente en silencio—Nos gustaría hablar con la persona que entregó el primer mensaje, queremos que entregue algo más. Después nos marcharemos. Para entonces los barcos de Yuuei estarán aquí, iremos a reunirnos con la primera unidad que desembarque y tú podrás poner a tu gente sobre aviso.

El silencio se extiende por la cueva como un velo frágil, finalmente Kamui suspira derrotado.

—Muy bien…

[…]

El mismo guardia –Eijirou supone que es el mismo, aunque no está completamente seguro– que entregó la primera nota fue el mismo que se presentó unos días después para llevarse la respuesta. Y desde entonces cada vez que un guardia entra Eijirou se entiesa esperando una señal.

Cada día su impaciencia crece, pero lo que llega no es una carta sino un cambio que ninguno de ellos espera.

Empieza un día como cualquier otro, la única diferencia es que los omegas no llegan con el desayuno. El tiempo transcurre lentamente hasta que es hora de salir a trabajar, pero los guardias tampoco se presentan para cumplir con la rutina. Eijirou intercambia una mirada con el rubio, pero ambos se abstienen de hacer comentarios.

Los guardias se aparecen unas horas después, pero en lugar de llevar comida o de atenerse a las rutinas de traslado encienden el incienso y abanican el humo hasta que éste cubre por completo la mazmorra. Eijirou maldice en voz baja e intenta luchar contra él, pero es inútil y la siguiente vez que despierta no está en su jaula.

.

.

Las despensas vacías generan murmullos entre sus compañeros omega, Denki está demasiado estresado preocupándose por el papel y la tinta como para participar activamente en los cotilleos de los demás. Cada vez que se topa con un guardia siente miedo de que lo detengan y lo lleven a las celdas negras, no deja de recordar las manos de Nubia.

Denki se ve forzado a centrarse en el presente cuando los cambios empiezan a sucederse uno tras otro sin aviso de ningún tipo. Después de las despensas vacías y la prolongación de la estancia del grupo de Ochako en las celdas, el siguiente cambio es cuando los guardias se saltan el día libre del grupo de Yui, ninguno de ellos disfruta de su tarde en el sol como dicta la costumbre. Después se saltan al grupo de Ochako. Dos días después reúnen a todos en las cocinas para preparar bolsas con comida. Las rellenan con frutas, panes, carnes, verduras, y todo lo que haya quedado en las despensas. Ese día nadie atiende los huertos y la ropa se queda sin lavar. Los tapetes tampoco son sacados al sol y nadie baja a darles de comer a los alfa.

Todos intercambian miradas llenas de pánico cuando los guardias les prohíben comer y los separan en grupos pequeños. Denki ve a Ochako en el mismo grupo de Yui mientras son llevadas por los guardias cargando, cada una, con algunos sacos de comida.

.

.

A Ochako le tiemblan las piernas mientras camina detrás del guardia. Aferra con tanta fuerza los fardos entre sus brazos que tiene los nudillos blancos. Intenta controlar su respiración, pero cada vez que inhala siente a su cuerpo temblar. Tiene el estómago contraído y su corazón retumba dentro de su pecho como un tambor sin ritmo. Su ansiedad se dispara cuando su grupo empieza a bajar los escalones hasta las celdas oscuras.

No de nuevo, no de nuevo. No se siente capaz de recrear la misma mentira otra vez, no ahora por lo menos. Necesita tiempo. Quiere tiempo para calmarse, para hacer las paces consigo misma.

El guardia la toma del brazo y la empuja hacia la celda con la puerta abierta. Ella trastabilla y los sacos se le caen entre las manos mientras el eco de la puerta al cerrarse reverbera en toda la celda.

—¿Quién está ahí?

Ochako se sobresalta al oír la voz. Está llena de ricos matices enérgicos, con un timbre sedoso y firme. Es la voz de un alfa suspicaz.

—Yo—le responde incapaz de mantener su entereza.

—¿Y la luz?

—No me han dejado luz.

—¿Qué?, ¿por qué?

—No lo sé—su voz tiembla mientras habla—Mi turno termino hace unos días, se supone que no debería estar a…

La palabra se quiebra antes de que consiga terminarla. Ochako se traga el resto junto con el llanto que amenaza con estallar. Entonces oyen al guardia al otro lado de la puerta. Su voz es potente y petulante, sin duda dirigiéndose a todos los que están en ese piso.

—Está es su última oportunidad de unirse al General. La comida que tienen ahí es la única que van a recibir, se les entregará una sola cubeta de agua así que no la desperdicien. Si se emparejan serán trasladados a la ciudadela principal. Ahí tendrán una nueva vida y un nuevo hogar. Si se niegan serán abandonados y morirán de hambre en esta celda. Tomen su decisión y vivan con ella.

.

.

Cuando Katsuki vuelve en sí todas las celdas de la mazmorra están vacías, excepto la suya y la celda de enfrente. El humo del incienso se ha dispersado pero sus efectos continúan en su cuerpo. Nota la cabeza pesada y la garganta seca así que se inclina sobre su cubeta de agua y bebe hasta hartarse, después se lava la cara y el cuerpo para eliminar el aroma a humo de él. Está terminando de mojarse el pelo cuando los guardias vuelven.

Son tres y visten su uniforme negro con sus capuchas cubriendo sus rostros. Uno de ellos se detiene entre las dos celdas, pasea su vista del alfa aún inconsciente y de vuelta a él. Katsuki se ha puesto de pie y su postura indica que está listo para luchar si la puerta de su jaula se abre. El guardia parece leer sus intenciones porque suspira y señala al alfa dormido.

—Será mejor que traslademos a ese.

—¿No moveremos al otro?,—pregunta otro guardia.

—El incienso perdió su efecto y no quiero volver a traerlo. Quiero terminar ya porque me muero de hambre, ha sido un día interminable, además, todas las celdas inferiores están llenas. Y el capitán nos dijo que si sobraban los pusiéramos en mazmorras separadas. Este se puede quedar aquí, le traerán compañía, que sean ellos quienes tengan que lidiar con él. A nosotros nos quedan tres mazmorras que limpiar.

Katsuki se mantiene alerta mientras dos de los guardias cargan con el alfa y el tercero se retrasa para colocar una nueva antorcha. En cuanto desaparece intenta forzar la cerradura de su jaula, pero no hay mucho que pueda hacer sin herramientas de ningún tipo.

Para calmar su hambre bebe agua y cuando la campanilla suena en un horario en el que usualmente lo tienen trabajando en las minas, Katsuki no pierde tiempo y empieza a llenar su cubeta, después se inclina para lavarse la cara, humedecerse el pelo y saciarse hasta que el estómago le duele antes de que el agua deje de correr. Ahora no le queda otra opción más que sentarse a esperar.

.

.

A Denki le toca estar en el último grupo, es el único hombre en el grupo de siete mujeres, y les toca llenar cubeta tras cubeta de agua. Es él quien se ofrece para trabajar con la manija de la bomba manual que está dura y rechina cada vez que sube y baja. Cuando una cubeta se llena otra la reemplaza y Denki ve a sus compañeras salir cargando una cubeta con las dos manos esforzándose por no derramar nada.

Con los guardias junto a ellos ninguno se atreve a decir nada, pero todos se miran con la misma expresión perturbada y aterrada que va y viene acarreando agua. Aunque Denki empieza a sentir calambres en la espalda, continúa impulsado por el miedo, eso hasta que el guardia le dice que se detenga.

Una vez que todos están reunidos el hombre les hace señas para que levanten el resto de los sacos. Denki toma tres, pero le cede uno a la omega que llora frente a él. Después se alinean para seguir a los guardias. En cada escalera uno de los guardias desciende llevándose a un omega a rastras, el resto sigue por el pasillo sin detenerse, acompañados por el suave llanto de sus compañeros. La única vez que Denki se atreve a mirar atrás recibe un puñetazo que lo hace trastabillar. La omega que va junto a él alcanza a sostenerlo para que no se caiga. Denki asiente en su dirección, abraza sus dos sacos de comida y camina con la cabeza punzando.

Uno a uno sus compañeros van desapareciendo hasta que solo queda él. El guardia que va al frente lo aferra del brazo y lo arrastra por las escaleras de una de las mazmorras, la cual identifica de inmediato como el calabozo del alfa pelirrojo. Para su sorpresa con él bajan todos los guardias que se detienen frente a la única celda ocupada.

Ahí, esperando con la expresión fiera de una bestia peligrosa, se haya el único alfa con el que Denki preferiría no tener que convivir.

—Date la vuelta—dice el guardia mientras empuña un cuchillo en la mano que tiene libre.

El alfa no muestra intenciones de querer obedecer. Se alza con las piernas ligeramente separadas, los brazos encorvados y la espalda tensa. De él emana un aroma rojo y terrible, su ira fluye en pesadas olas de advertencia. Denki se retuerce en el brazo del guardia intentando escapar, ese es el aroma de un alfa y él quiere ir a esconderse debajo de una cama. Los guardias no pueden olerlo, pero entienden la amenaza. Así que se colocan en semicírculo rodeando la entrada mientras Denki y el guardia que lo sujeta se quedan frente a la puerta.

—Podemos hacer esto por las buenas o por las malas—dice el guardia alzando su cuchillo para señalar al alfa—En la buena te das la vuelta, pones las manos contra la pared y te quedas ahí mientras abrimos la puerta. En la mala intentas tú numerito para escapar y yo le cortó la garganta al inútil que tengo aquí y entre los seis nos hacemos cargo de ti. Tal vez seas fuerte, tal vez creas que puedes derrotarnos, pero lo cierto es que solo basta que cinco de nosotros te hagamos perder el tiempo mientras el otro enciende el incienso. Y puedo prometerte que cuando el efecto se pase mis amigos y yo te cobraremos por este absurdo retraso, ¿así que…?

El guardia deja la pregunta flotando, pero acerca la punta de su cuchillo al cuello de Denki y el muchacho siente el filo perforar su piel. No puede evitar que sus ojos vuelen hacia el rostro del alfa y tal vez sea porque se conocen, tal vez sea porque su expresión está gritando por ayuda, tal vez sea su aroma negro lleno de miedo e incertidumbre, tal vez le agradece que le llevara la menta durante todos esos meses, sea cual sea la razón el alfa gruñe, pero se da la vuelta apoyando las manos en la pared con la cabeza inclinada.

El guardia no pierde tiempo, abre la reja y empuja a Denki al interior. La puerta se cierra tras de él con un golpe seco y en ese momento el alfa se gira. Su ira es tan filosa que Denki se aparta de la entrada y se pega contra los barrotes de un costado queriendo fundirse con ellos.

—Están perdiendo su tiempo—gruñe el alfa estirándose en toda su altura—No voy a participar en tu juego.

—Como quieras, pero está es la última oportunidad de servir al General. La comida que lleva—el guardia lo señala y Denki aprieta las bolsas contra él—es la última que recibirán. Si te emparejas serás trasladado a la ciudadela principal, tendrás un nuevo hogar y serás libre. Si te empeñas en tu necedad morirás de hambre en esta celda. Volveremos en unos días para escuchar tu decisión.

Los guardias se marchan y las piernas de Denki finalmente fallan. Se desliza hasta quedar sentado en el suelo, las palabras del guardia se repiten en su cabeza y él empieza a darse cuenta de las implicaciones. Voy a morir aquí, si le quedaran lágrimas, lloraría, pero dentro de él solo hay un vacío lleno de desesperanza.

[…]

Como Izuku necesita fuego para sus maceraciones, Kamui le permite salir a la zona de la cascada desde donde podrá encender fuego sin temor a que el humo se disperse por toda la cueva. Shouto va con él para ofrecerle protección y Kamui se marcha para buscar al mensajero de Cementoss.

—¿Qué necesitas?,—le pregunta Shouto mientras carga con las ollas y los tazones que Kamui empacó antes de marcharse.

—Tenía pensado hacer veinte viales de perfume, pero con el tiempo que tenemos prefiero hacer cinco. Siete como mucho. Rosas, Jazmines, Manzanilla, Fresas, Bayas y algún otro. Son aromas muy comunes y es probable que alguno sirva. También voy a preparar el macerado de menta.

—¿Qué hago?

—Necesitamos ingredientes. Kamui me dio las fresas y un poco de aceite que tenía en su despensa, pero tendremos que buscar lo que haga falta.

Se separan cada uno con una lista de seis artículos y cuando vuelven a reunirse es casi de noche. Comen en silencio y de prisa, rodeados de los ingredientes que consiguieron reunir: Manzanilla, lavanda a falta de jazmines, menta y fresas, pese a la intensa búsqueda no consiguieron encontrar rosas ni bayas. Izuku quisiera tomarse otro día para buscar más ingredientes, pero no hay tiempo que perder. Esa noche, antes de irse a dormir, pone las flores y las plantas a remojar en distintos cuencos. Las flores en aceite y las plantas en agua, después guardan todo y se marchan a dormir a la cueva.

Izuku se acuesta en su nido de cobijas improvisado e intenta relajarse lo suficiente para dormir, pero su cerebro no deja de darle vueltas al incienso.

Sirve para controlar a un alfa, ¿y a los omega?, ¿funciona con ellos?... Tokoyami me habría dicho del incienso si lo hubiese sabido, pero él creía que era como un tranquilizante. De cierta forma lo es, pero por como lo describen en la carta, no solo los controla sin que queden recuerdos de lo que sucede en ese momento, los obliga a obedecer sin posibilidad de protestar… Si el objetivo es conseguir emparejarlos, ¿por qué no ponerlos juntos, usar el incienso, y dar la orden?... Si el incienso funcionara con los omegas, no habría oportunidad de evitarlo, pero la carta da a entender que ellos tienen control sobre sus actos, pueden rebelarse como el que ayudo con la carta... Bien, entonces el incienso no funciona con un omega, pero aun así podrían obligar a un alfa a forzar los emparejamientos, podrían ordenárselo y ningún omega tendría la fuerza para luchar contra un alfa aun en esas condiciones, ¿por qué no hacerlo?, ¿el incienso no funciona si hay un omega cerca?...

El pensamiento es tan impactante que Izuku tiene que levantarse. Nota el corazón latiendo dentro de su pecho y las manos no dejan de temblarle mientras aferra la cobija.

supongamos que no funciona cuando hay un omega cerca, eso explicaría porque mantienen un control estricto sobre ellos… veamos, el incienso es de fabricación casera, es un aroma prefabricado que puede ocasionar la muerte y que nubla las capacidades de lucha y supervivencia en un alfa, pero es artificial… Es como probar jarabe de fresa, no es una fresa, olerá igual y tal vez sabrá igual, pero no es lo mismo… si conseguimos hacer la prueba, un omega contra el incienso, ese podría ser el camino para encontrar la forma de contrarrestar sus efectos… mmm… pero los omegas viven en zonas separadas, y nada parece indicar que estén presentes durante la administración del incienso… de qué otra forma podría conseguir que un alfa tenga a la mano feromonas omega.

Izuku no duerme intentando responder la pregunta, apenas nota que el cielo se clarea, se levanta con la mente llena de ideas y planes. Mientras Shouto enciende el fuego, Izuku usa uno de los cuencos para empezar a aplastar las fresas, cuando la fruta está completamente desecha añade agua, un poco de azúcar y la pone en una de las ollas más pequeña a hervir. Después se concentra en las plantas. Un puñado de hojas de menta son puestas en otro cuenco donde Izuku las machaca hasta casi deshacerlas, las pasa al agua en el que estuvieron remojándose toda la noche donde las revuelve con una cuchara. Usa un trozo de tela para colar la mezcla, machaca un poco más y repite la operación hasta que el líquido adquiere un tono verde. La deja reposar con los restos de menta y envuelve el tazón con una tela de cuero para que esté cerca del fuego sin tocarlo.

Las hojas de la lavanda y la manzanilla reciben el mismo trato que la menta, solo que en este caso se han macerado en aceite e Izuku tiene muchísimo cuidado de no desperdiciar ni una sola gota.

—Habrá que repetir el procedimiento en un rato—le dice a Shouto que cuida de la olla donde la mezcla de las fresas con el azúcar hierve lentamente—Cuida que no se queme, cuando veas que el agua casi se evapora apártalo y déjalo reposar.

—¿A dónde vas?

—Tengo una idea para la última loción, pero necesito manteca o cera. Voy a buscar entre las cosas de Kamui para ver si la encuentro.

Le toca revisar todos los estantes, vasijas y cajas en la cueva, y encuentra lo que busca en una olla junto a un costal de arroz. Armándose de valor Izuku se desnuda, se quita sus vendas, las reemplaza con el cambio que tiene y después de vestirse procede a cubrir cada trozo de su venda con manteca. La enrolla intentando no batirse y la coloca en un cuenco que tapa. Vuelve con Shouto y cuando este le pregunta sobre la loción, le explica su teoría.

—…así que quiero hacer una fragancia que tenga feromonas de omega. No será completamente efectiva, pero si alguno de ellos consigue familiarizarse con ella podrá utilizarla para contrarrestar los efectos del incienso. Aunque me gustaría que en la nota que vas a enviar les expliques que de ser posible lo intenten con un omega para ver los resultados.

—¿Cómo piensas hacerla?

—Con manteca. Es una técnica que mi padre utilizaba con flores delicadas, no sé si consiga recordar todo el procedimiento exacto, pero al menos debo intentarlo.

Shouto asiente y después de comer, Izuku vuelve a macerar más fresas y el resto de sus plantas. Esa noche se duerme apenas pone la cabeza en la cama, pero despierta antes de que el sol salga listo para probar su teoría. Al final reúnen todas sus fragancias en pequeños viales que sellan con un tapón de corcho al cual bañan en cera para evitar filtraciones.

Izuku le pasa el último frasco con el líquido transparente de su experimento, Shouto acerca la nariz y aspira. El aroma es tenue, discreto, aunque sin duda posee una delicadeza inesperada. La menta es inconfundible, hay otras variaciones detrás de ella, variaciones que Shouto no alcanza a identificar, pero el conjunto es sin duda encantador.

—Huele como tú—le dice mientras le pone el tapón al frasco.

—¿De verdad?... hm, esperaba que fuera un aroma más neutro. ¿Identificas alguna feromona omega?

—No realmente, pero… no sé. Es diferente.

—¿Diferente al de una planta? ¿Podrías adivinar que es de una persona?

—De una persona tal vez… pero eso es porque ya me familiaricé con tu aroma.

—¿De verdad?

—Desde que te cambiaste no has vuelto a embutirte en tus lociones de plantas, llevas dos días oliendo a menta. Me resulta conocido. No sé si podría identificar que es de una persona si no te conociera.

—Bien… pues habrá que hacer la prueba. Aún si no funciona, los otros cuatro servirán, además ahora tenemos un plan por donde empezar.

Shouto asiente e inclina la vela para dejar que la cera cubra el corcho. Después limpian todos los materiales y almuerzan en silencio. Están terminando de recoger cuando ven a Kamui aparecer entre los árboles al otro lado del río. La sonrisa de Izuku se borra cuando ve que no está solo.

La persona que la acompaña es más pequeña que Kamui, tiene la piel de un color rosa tenue, pelo del mismo color, dos pequeños cuernos amarillos en la cabeza, ojos negros con pupilas de un dorado brillante, pero lo más inusual es la inmensa sonrisa que les dedica cuando los tiene enfrente mientras Kamui los presenta.

—Ellos son Shouto e Izuku, las personas de las que te hable, ella es…

—¡Mina Ashido!

—¡No!, ¡te dije que íbamos a utilizar nombres clave!

—Sí, y también me acuerdo del nombre clave Cementoss, ¡por la cola del demonio!, no quiero ser víctima de tu terrible imaginación.

—¡Mina!

—A mi no me grites, es la verdad. Mashirao está de acuerdo conmigo.

—¿Le dijiste a Ojiro que ibas a venir conmigo?

—No se lo iba a ocultar.

—¡Mina! Se suponía que era un secreto.

—Él sabe guardar secretos, pero bueno, veamos, ¿ustedes son los amigos del pelirrojo con la flor de lis en el pecho?

—¿Lo conoces?,—salta Shouto en cuanto la escucha.

—No nos hemos presentado, pero lo he visto. Recibió su nota y fui a recoger su respuesta, ¿qué quieren enviar ahora?

Shouto le tiende la pequeña bolsa de cuero, al abrirlo la muchacha encuentra cinco frasquitos, una nota doblada y un cuchillo.

—No cuchillos—les dice mientras se lo entrega—no puedo llevarlo. Los frascos son inofensivos, pero los capitanes llevan un control estricto de nuestras armas. Si lo encuentran harán preguntas y no quiero meterme en problemas.

—Necesitan defenderse.

—Pues tendrá que ingeniárselas solos, no armas.

—Bien, ¿cuándo podrás entregarlo?

—Mañana. Han cerrado la prisión, los únicos que quedan adentro son los soldados de mayor rango. Al resto nos han enviado a casa, se supone que tenemos que presentarnos mañana al atardecer.

—¿Por qué?

—Solo ellos lo saben, a nosotros nunca nos cuentan nada.

—¿Tendrás problemas para entregar los frascos?

—No, pero has de saber que es probable que le toque bajar otra vez a las celdas del sótano. Si eso pasa habrá que esperar unas tres semanas hasta que pueda dárselo.

—¿Tres semanas?

—Es el tiempo que usualmente tardan en devolverlos.

La conmoción dejo a Shouto sin palabras e Izuku aprovecha para intervenir.

—Tal vez podrías dárselo a Rojo.

Shouto lo mira—¿Crees que sea de fiar?

—Seguramente esta al tanto de la situación, no pierdes nada con intentarlo.

—Muy bien—se gira hacia la chica que ha guardado el paquete en su bolsa—Si no puedes entregárselo a mi amigo, hay otro de los nuestros en la celda de junto, según sé ha intentado escapar antes, tiene una flor roja en su pecho, ¿sabes de quien hablo?

La muchacha se queda callada con los ojos vueltos al cielo.

—Sí, creo que sí—sonríe—solo que has de saber que ese nos odia y que puede que no acepte nada que venga de mí.

—Nos arriesgaremos, solo dile quién te envía.

—Como quieras.

Ella se marcha después de despedirse de ambos, en cuanto desaparece, Izuku suspira.

—Pues bien—dice Kamui mirándolos—es hora de volver a la costa.

[…]

Pese a racionarla, la comida se termina. Katsuki parte el último trozo de pan duro en dos partes iguales. Le extiende una de ellas al rubio que, sentado en una esquina, abraza sus rodillas cubierto con la única manta que tienen. La oscuridad es casi total ya que nadie ha cambiado las antorchas y éstas han terminado por apagarse. Por las escaleras se cuela el débil resplandor de las lamparas de los pasillos, aunque su luminosidad no alcanza la jaula donde están.

Es difícil medir el tiempo encerrado sin la luz del sol. La única forma de distinguir un día de otro es por la rutina de bajar a las minas y trabajar, sin eso es imposible determinar el tiempo que llevan ahí. Hasta ahora ningún guardia ha bajado, ningún alfa ha sido devuelto, y nadie se ha molestado en limpiar el cubo de desperdicios. Toda la mazmorra huele a ellos, a orines, mierda, impaciencia y frustración.

Conforme las horas pasan, Katsuki encuentra que cada vez le cuesta más trabajo concentrarse. Es la primera vez que pasa tanto tiempo sin haber aspirado el incienso, incluso en las celdas de apareamiento lo usan de vez en cuando para mantenerlos calmados, y lo curioso es que en lugar de sentirse limpio y despejado, se nota aturdido y lento. Si fuerza su cabeza a centrarse las jaquecas no lo dejan en paz. Y lo peor es que empieza a notar el aroma a naranja que proviene del omega sentado en una esquina.

Huele delicioso, como zumo fresco lleno de pulpa acida.

Su estómago ruge ante el pensamiento, Katsuki sacude la cabeza y gruñe. Tiene ganas de dormirse, pero llevaba dos días con insomnio. Aprieta los ojos cuando los bordes de su visión empiezan a nublarse. Se remueve, incómodo, con los músculos tensos e impacientes. Está acostumbrado al encierro y al hambre, no entiende de donde proviene la repentina ansiedad que repta por su cuerpo impidiéndole pensar. Tiene la boca seca pese a que bebe con regularidad, su cuerpo sufre de una fatiga inexplicable, y su atención salta de un recuerdo a otro sin orden ni coherencia.

Su sospecha de que la comida esta envenenada se derrumba cuando el omega no da señales de malestar. El chico se limitaba a quedarse sentado, con la cabeza apoyada sobre las rodillas, mientras traza patrones incomprensibles en el piso de roca. Los ojos de Katsuki, acostumbrados a la oscuridad, consiguen identificar formas y siluetas, puede ver los dedos del omega moverse sobre el suelo, aunque no alcanza a distinguir lo que está escribiendo. Impaciente se frota la nariz queriendo evocar el aroma a menta, pero en su estado es inútil. Nota que el enfado crece dentro de él, listo para estallar a la primera oportunidad.

Es entonces que llega el guardia.

Se desliza por las escaleras como una sombra furtiva y se detiene junto a su celda. Se arrodilla frente a la puerta y utiliza ambas manos para que la pequeña bolsa que lleva pueda atravesar los barrotes.

—Hay comida y un regalo de sus amigos de fuera—la sombra lleva el traje de los guardias junto con la máscara que cubre toda su cara, pero no hay duda de que esa voz es femenina.

—¿Por qué me lo traes a mí?

—Tenía que llevárselo a tu compañero, el nuevo, pero no tengo idea de dónde está. Buscarlo me podría llevar horas y no es una opción, pero sus amigos me han dicho que puedo dárselo al de la celda de junto. Fue genial oír como decidieron dejarte en tu celda, eso me ahorró muchos problemas, así que ahí tienes—hace un ademán hacia la bolsa mientras se pone de pie—Ahora me voy y el resto depende de ustedes. El último traslado saldrá mañana temprano, te puedo sugerir que esperes hasta después de que se vayan, dependerá de ti. Buena suerte.

La sombra se marcha de prisa y Katsuki se queda mirándola hasta verla desparecer, después dirige su atención hacia el paquete y se arrodilla junto a él para inspeccionarlo. Es una pequeña bolsa de cuero que contiene cinco viales de vidrio sellados. Desliza los dedos sobre la superficie lisa pero no detecta marcas ni señales en ninguno, entre ellos hay una nota, una hoja doblada en ocho pedazos que resulta imposible descifrar en la oscuridad.

—¿Qué es?,—pregunta el omega desde su esquina, pero Katsuki lo ignora, en su lugar maldice, un cuchillo, me habría servido un cuchillo.

Toma el primer vial y lo levanta intentando discernir su color, pero solo alcanza a ver que tienen el tamaño de su dedo índice y ninguno es más grueso que su pulgar. Con muchísimo cuidado rompe el sello del primer vial y retira el tapón cuidando de no usar demasiada fuerza que pueda derramar el contenido.

Acerca la boquilla a su nariz e inmediatamente echa la cabeza para atrás.

Huele a fresas. Fresas silvestres. El estomago de Katsuki ruge, el aroma ha despertado su hambre y su intensidad le provoca dolor de cabeza. Es demasiado denso, demasiado dulce, demasiado ácido. Katsuki tapa el vial y sacude la cabeza intentando dispersar el aroma. Casi puede sentir a su nariz retorciéndose de disgusto, al final no le queda de otra más que ir y remojar su mano en el agua de la cubeta para limpiarse parte de su cara.

—¿Qué haces?

Katsuki lo ignora mientras sopesa los viales en sus manos, para qué fresas, se pregunta en silencio luchando por encontrarle el sentido. Supone que la respuesta está en la nota que no puede leer. Se la enviaron, ¿por qué?... les dijo lo de la menta, ¿y su respuesta es enviar fragancias? Intentan qué… ¿probar con otro aroma?

Al final se resigna y abre otro vial, está vez en lugar de acercar la nariz a la boquilla frota su dedo sobre el tapón de corcho, de esa forma evita sobrecargar su sentido del olfato. En cuanto lo huele reconoce la menta. La fragancia es intensa, demasiado fresca para su gusto, pero sin duda le servirá ahora que no quedan hojas bajo su manta. El tercer vial huele a manzanilla, demasiado liviana para él.  

Una fruta, una planta y una flor. Katsuki sigue sin verle el sentido, toma el cuarto vial y lo destapa. El dedo que acerca a su nariz huele a menta…, otra vez. Aun en la oscuridad los ojos de Katsuki distinguen la sombra de los viales que ha separado del resto, los que ya abrió, y está seguro de que el frasco de menta es el de en medio, ¿por qué enviar otro?

Vuelve a frotar su dedo contra el tapón y aspira con fuerza. Está vez distingue otro aroma. No solo es menta. ¿Hierbabuena?, no, ¿astrágalo?, no, ¿eucalipto?, no. Katsuki aleja el dedo de su cara y lo frota contra su pulgar. El olor a menta es inconfundible, eso le queda claro, pero a diferencia del anterior, este aroma es más sutil. Más rico en contrastes que no consigue entender. No posee la avasallante carga del otro, no es denso ni abrumador. La menta está acompañada de otro aroma. Uno que no consigue ubicar.

—¿Es albahaca?,—escucha decir al omega que al final ha decido acercarse para levantar el tapón del suelo.

Katsuki quiere reírse de él y de su pésimo sentido del olfato, pero antes de que pueda protestar se da cuenta de que sí. Huele albahaca, pero su presencia es casi inexistente, es demasiado ligera y demasiado suave. También hay romero. Y hay más. Sea la fragancia que sea, no es como las otras, no posee esa crudeza que acompaña cualquier concentrado, es algo que combina la menta con otras especias hasta formar un aroma tenue y exquisito.

—¿Qué es?,—repite el omega, pero Katsuki no lo oye porque no consigue desentrañar ese aroma y eso lo está poniendo de mal humor.

Al final se arma de valor, toma el vial y lo acerca a su nariz. Aspira una sola vez y es suficiente. La fragancia entra en él como una tromba sin control. La siente dentro de él, creciendo y expandiéndose. El aroma viaja por sus fosas nasales hasta su cerebro y activa una descarga eléctrica en toda su espina dorsal. De pronto y sin motivo aparente se encuentra de pie, tenso y con el corazón latiéndole a toda velocidad. La sangre ruge en sus oídos mientras la fragancia se expande dentro de él como un río desbordado, se dispersa y abarrota cada rincón de su cuerpo como si fuera humo que se acumula en un espacio cerrado.

Pero no es humo, porque en lugar de asfixiarlo activa cada terminación nerviosa de su cuerpo. Siente que su interior se expande, siente que despierta. La cara se le pone caliente, sus papilas gustativas empiezan a salivar, el aroma lo hace contraer los músculos de su abdomen, piernas y brazos. Nota la familiar sensación de calor concentrándose en la parte baja de su vientre. De haber podido se habría dado cuenta que tenía las pupilas dilatadas donde el negro cubría casi por completo el rojo. Es como aspirar aire fresco después de vivir bajo tierra, como rodearse de la frescura de la primavera. Su cuerpo se aferra a él, lo absorbe como la tierra seca absorbe el agua. Se siente vivo. 

Y de pronto no cabe dentro de sí. Tiene que salir. Es imperioso salir.

¿Qué hace ahí?

¿Qué estaba haciendo ahí?

Sí él… si él… ¿era él?

Con la respiración descontrolada Katsuki abre los ojos y se encuentra rodeado de oscuridad. Todo es negro y la adrenalina que ruge dentro de él amenaza con volverlo loco. El aroma es familiar, tan familiar que es imposible. No puede ser. No puede ser y sin embargo… sin embargo… Katsuki se atraganta. Ahí está. Menta y especias, fresco y herbal.

Es inconfundible.

Ni en un millón de años podría olvidar ese aroma. Lo creía perdido y ahí estaba.

Izuku

 

Chapter Text

El sol se halla en lo alto del cielo cuando el vigía la ve:

—¡Tierra!

Los hombres en cubierta levantan la vista hacia el mástil e inmediatamente después enfocan su atención en la dirección en la que su brazo apunta.

—¡Maldita sea!,—gruñe Ken oteando el horizonte con los ojos entrecerrados—¡No se ve nada!

Cuando el resto de la tripulación se da por vencida, Ken fuerza su vista hasta que sus ojos se humedecen, pero ni aun así consigue vislumbrar la costa, solo hay agua brillante y un horizonte deslumbrante. Se retira del barandal para acercarse al grupo que juega cartas en la única sección con sombra de toda la cubierta. Los únicos que no se han molestado en levantarse para comprobar la afirmación del vigía.

El grupo de luchadores favorito de Aizawa: Los Gatos Salvajes.

Cuando los conoció, Ken entendió de inmediato el por qué del sobrenombre. Los cuatro poseían la misma flor, las mismas hojas grandes, de un verde intenso, con tallos gruesos y delicadas florecillas de color amarillo rosado con manchas purpuras agrupándose alrededor de una espiga. Catnip, la menta de los gatos.

Shino porta la flor en su mejilla izquierda descendiendo hacia su barbilla y garganta. La de Ryouko está en su hombro derecho extendiéndose hacia su brazo. Yawara es el único que posee dos flores en ambas muñecas con las hojas creciendo por sus antebrazos, y Tomoko, la vigía, la exhibe entre sus omoplatos desde donde se extiende a los costados por encima de su sarashi blanco.

—¿De verdad ha visto tierra?,—pregunta Ken dejándose caer junto a la mujer de pelo rojo.

—Tomoko tiene una vista excelente—se ríe Ryouko, sentada en el suelo con las piernas cruzadas mientras termina de trenzar su larga cabellera rubia.

—Hasta podría encontrar una aguja tirada en un suelo lleno de paja—confirma Shino barajeando las cartas que tiene en las manos—¡Tomoko!,—grita mirando al cielo—¡¿Vas a jugar?!

—¡Ya bajo!

Mientras la vigía empieza a descender usando las cuerdas, Yawara mantiene su atención en ella por si surge algún contratiempo. Ken lo imita asombrándose una vez más de la flexibilidad de la chica que se desliza con una gracia felina hasta volver a cubierta.

—¿Quieres jugar, Ken?,—pregunta Shino a punto de repartir la quinta mano.

—Sí, claro.

—¡eh! ¿a dónde vas?,—grita Ryouko cuando Tomoko pasa de largo con dirección hacia los camarotes.

—Empiecen sin mí—contesta Tomoko apartándose el pelo azul de la cara—le prometí a Sir Nighteye que le avisaría en cuenta viera tierra.

—Ve—le dice Shino sin mirarla mientras recoge las cartas de su mano, después se gira hacia sus compañeros—Ken, tú inicias, cinco monedas de cobre por tu entrada, ¿Ryouko entras?

Ken centra su atención en sus cartas y maldice, siempre se le olvida que los Gatos son unos apostadores compulsivos y que él tiene muy mala suerte cuando juega con ellos.

[…]

Tomoko toca tres veces la puerta antes de que ésta se abra. Se endereza al encontrarse con Tsunagu Hakamata, el capitán de la guardia personal del rey. Es verlo en su uniforme de oficial de alto rango, y darse cuenta de que sus pantalones abombados y su sarashi blanco no son el mejor atuendo para presentarse frente a su soberano.

Bah!, ni siquiera es una reunión oficial.

Lo cierto es que, aunque ella posee la misma chaqueta, la prenda le resulta incomodísima, con sus miles de botones y sus hombreras rígidas. Si le dieran a escoger ella preferiría usar las chaquetas sueltas sin mangas que los soldados rasos usan para luchar. Son amplias y la tela es ligerísima; además son de un precioso color azul. Incluso los chalecos oscuros que usa Aizawa son muchísimo mejores para luchar.

—¿Qué sucede?

Tomoko vuelve a la realidad al escuchar la seca pregunta, sonríe intentando ofrecer un aspecto oficial pese a su atuendo.

—Tengo un informe para Sir Nighteye.

Tsunagu asiente, se aparta de la puerta haciéndole señas para que entre. El camarote de Sir Nighteye es sobrio, está repleto de libros, y huele a frutas secas. En la mesa del centro, donde un montón de planos y mapas amenazan con caer al suelo, se encuentra el rey junto a su mano derecha, ambos vistiendo sus rígidos uniformes en color plateado.

Siempre le ha causado gracia el bigote y la barba del rey. La barba es demasiado tupida para resultar formal y el bigote es una excentricidad que parece tener vida propia, no ayuda que ambos sean de un color rojo brillante con débiles rayos anaranjados, pero la única vez que hizo un comentario al respecto su equipo fue enviado a las fronteras a morirse de aburrimiento durante tres meses como castigo por su descaro, así que ahora procura callarse la boca y deja que el resto haga comentarios sobre el pésimo gusto de su soberano.

De Sir Nighteye no tiene ni una queja, él posee un estoicismo legendario y una inteligencia asombrosa. No es guapo en el sentido estricto de la palabra, pero ella lo encuentra encantador, de hecho, le gusta la flor de jacinto azul que nace en su sien izquierda y cuyas hojas crecen a lo largo de su frente. Si tan solo tuviera sentido del humor, Tomoko suspira para sí e intenta no fantasear. 

—Perdón por la intromisión, Su Majestad. Quería confirmarle que he visto tierra. Calculo que a nuestra velocidad estaremos ahí en un par de días.

—Bien, ¿algo más?

—He alcanzado a ver una sombra a nuestra izquierda, por la dirección y la forma creo que se trata de un barco enemigo. Está demasiado lejos para que su vigía pueda vernos, pero si continua con su trayectoria es probable que descubran nuestra posición antes de lo esperado.

—Es imposible esconder una flota como la nuestra—responde Sir Nighteye acomodando los papeles en sus manos—Sin embargo, me gustaría que prestaras especial atención a la sombra. Vigílala. Si se acerca lo suficiente tomaremos las medidas adecuadas. Si encuentras más barcos, informa de inmediato. Ahora puedes retirarte.

Tomoko asiente y se marcha cerrando la puerta tras de ella. Lo último que oye al salir es:

—Podría tratarse del barco de Aizawa.

Con la mano en la perilla de la puerta, Tomoko lucha contra su mala costumbre de oír conversaciones ajenas. Ni ella ni sus amigos entienden por qué uno de los mejores luchadores del rey no está ahí, listo para iniciar el ataque contra los esclavistas. Y la sola idea de enterarse dónde está el tutor del tercer príncipe es demasiado tentadora.

Al final no lo hace porque el guardia que vigila el pasillo empieza a mirarla con severidad. No le queda de otra que subir y chismear con Ryouko sobre las posibles misiones secretas que Aizawa pueda estar llevando a cabo. Tienen que aprovechar el tiempo de descanso, en unos días van luchar.

 […]

Limpiar, recoger, reunir alimento, el trabajo es frenético e Izuku hace listas mentales para no olvidar nada: Agua, vendas, bayas, semillas. Después de que la chica de piel rosada se marcha, Izuku le ofrece un plato de comida a Kamui.

—Los acompañare hasta la mitad del camino—dice el hombre mientras termina su almuerzo—de ahí buscaré a Cementoss para hablar de nuestras opciones.

Los tres se ponen en marcha tan pronto Kamui cubre las huellas que han dejado cerca de la cascada. En lugar de seguir el río se alejan hacia el interior, procurando moverse lo más rápido posible. Esta vez no hacen desvíos ni nada para ocultar su rastro, su intención es llegar a la costa, aunque el viaje resulta ser más pesado de lo que parece ya que tienen que subir y bajar pendientes durante todo el día.

Kamui se despide de ellos cuando están a punto de ascender por tercera vez.

—La aldea de Cementoss queda en esa dirección—señala a su derecha y después se gira para mirarlos una vez más—Hablaré con él, tal vez haya otras aldeas dispuestas a unirse en una tregua con su gente.

—Muy bien, cuando llegue mi padre enviaré mensajeros a buscarte.

Kamui asiente, extiende su mano hacia Shouto quien la aprieta con solemnidad. Cuando es el turno de Izuku, el muchacho la aferra con ambas manos y le sonríe con gentileza. Lo ven alejarse entre los árboles hasta que lo pierden de vista. Izuku aprovecha ese momento para estirar la espalda mientras echa la cabeza hacia atrás.

—¿Quieres que lleve tu bolsa?

Cuando se gira tiene Shouto con una mano extendida hacia él.

—No, estoy bien.

Se endereza y retoma su marcha. Consiguen llegar a la última cima, la más alta de todas, cuando el sol esta ocultándose. Desde ahí pueden ver la prisión sobre el acantilado, una sombra negra contra el cielo gris oscuro, y justo al otro lado, casi a la misma distancia se ve la costa. Una línea amarilla que choca con el azul oscuro del mar.

Lo más sorprendente es lo que se ve en el horizonte.

—Shouto, ¡mira!

Lo que Izuku señala son velas blancas, decenas de ellas agrupadas sobre embarcaciones de igual tamaño. Los barcos se encuentran demasiado lejos de la costa, pero Shouto reconoce la forma de sus mástiles y cascos.

—¿Es tu padre?,—pregunta Izuku y cuando Shouto asiente, el muchacho se prende de su brazo y sonríe sin dejar de repetir están aquí, están aquí.

—Si mantenemos este ritmo durante la noche, y solo descansamos por unas horas, alcanzaremos la playa mañana.

Izuku asiente y lo sigue, olvidados el cansancio y el hambre. Los últimos rayos del sol desaparecen dejando el cielo sin color, pronto queda claro que no va a ser posible avanzar bajo un cielo oscuro. La luna, que era llena cuando desembarcaron unas semanas atrás, ha desaparecido del cielo y la oscuridad en el bosque es total.

Cuando Izuku tropieza por quinta vez consecutiva, Shouto decide que no vale la pena arriesgarse.

—Descansaremos aquí.

—Aún puedo seguir.

—No tiene caso avanzar si no vemos nada. Corremos el riesgo de perdernos o rodar por una pendiente pronunciada. Vamos a descansar y mañana, a primera hora, nos pondremos en marcha.

Se envuelven en sus mantas y cenan parte de las provisiones que Kamui empacó para ellos. El silencio del bosque es interrumpido por el ulular de las aves, el repentino movimiento de hojas, los grillos que susurran en el pasto; todos los sonidos se entrelazan hasta formar una sinfonía única y aterradora.

—Duerme—le dice Shouto en voz baja—Yo cubriré el primer turno y te despertare en un rato.

Izuku murmura de conformidad y se acomoda en el suelo envuelto en la manta con su bolsa firmemente sujeta entre sus brazos. Cierra los ojos e inmediatamente el cansancio cae sobre él como un pesado velo. Por primera vez desde que se enterara del barco hundido, Izuku sueña. No con Katsuki hundiéndose en un mar negro, ni con su jaula llena de agua.

Sueña con el día en que lo perdió.

.

.

.

Nunca consigue escuchar lo que Katsuki dice. Están de cuclillas, lado a lado, mirando una flor. Una pequeña flor azul, con cinco pétalos y un centro de color amarillo. En el suelo hay tres brotes, cada uno con tres flores iguales. Se gira para mirar a su amigo y ve sus labios moverse.

¿Qué dice? ¿Por qué no lo oye?

Lo siente balancearse en sus pies. Recuerda la presión de su hombro contra el suyo, los gladiolos rojos se aprietan contra su piel tibia. Katsuki señala las flores.

¿Qué son? ¿Por qué no me acuerdo de ellas?

Pero la respuesta nunca llega porque en ese momento el hombre se materializa frente a ellos. Surge de la nada, con su piel purpura y su pelo blanco. A él lo recuerda con claridad. Recuerda cada detalle de su cuerpo, la ropa que vestía, y su sonrisa. La sonrisa que se convierte en una boca inmensa llena de dientes afilados listo para devorarlo.

.

.

.

Izuku abre los ojos con el corazón latiendo desenfrenado. No consigue ver nada ya que el mundo está a oscuras y en silencio. No deja de temblar mientras se endereza, exhala con lentitud, notando que su respiración se sacude de forma intermitente. Abre y cierra sus manos en un intento por calentar sus dedos helados y finalmente inhala con fuerza luchando por calmar su pánico. Cuando por fin consigue sacudirse la pesadilla, lo nota. El silencio absoluto.

—¿Shouto?,—sus ojos tardan un momento en acostumbrarse a la oscuridad, pero de inmediato perciben la forma oscura que está sentada a unos pasos de él—¿te quedaste dormido?

Se gira para apoyar el peso sobre sus rodillas y extender la mano hacia el alfa, pero cuando lo toca el otro ni siquiera reacciona. Entonces lo huele. Lo detecta porque se ha pasado los últimos años viviendo a la intemperie y se sabe de memoria el aroma a pasto húmedo, tierra mojada, arboles, plantas, flores y, animales. El bosque forma parte de él, sus aromas le son tan familiares como las plantas que se ha memorizado de pies a cabeza. Lo que huele es diferente, es más tenue, es dulce, demasiado dulce para él.

¿Es miel?... Huele a leche.

Izuku se endereza como un venado en alerta. Su cabeza va de derecha a izquierda inhalando con movimientos frenéticos. No se oye nada, no consigue ver nada, pero el aroma es la única alarma que necesita. Se levanta abandonando la cobija, su bolsa traquetea contra su costado cuando se inclina junto a la figura sentada y la sacude.

—Shouto—pero la figura envuelta en la manta permanece inmóvil como si fuera una estatua.

El crujido de ramas en algún punto del bosque lo alerta. Su miedo se dispara y su instinto de supervivencia se activa como una chispa suelta en carbón. Sacude a Shouto con fuerza sin dejar de mirar frenéticamente a su alrededor.

Hasta que los ve. 

De la sorpresa sus manos se paralizan. Frente a él hay dos soles en medio de la oscuridad. O al menos eso piensa hasta que entiende que son dos ojos de un amarillo brillante esperando pacientemente, ahí, entre los árboles, enfocados enteramente en él. Y de algún punto junto a ellos Izuku es capaz de ver un rastro gris, como humo que proviene de su dirección.

El incienso.

Pese a que el miedo sacude su cuerpo, la mente de Izuku se agudiza.

…induce un estado de obediencia absoluta.

Sujeta el brazo del alfa inmóvil y le grita mientras tira de él con toda la fuerza que tiene.

—¡levántate!,—le imprime a su voz toda la autoridad que puede y consigue que el alfa obedezca, aunque en lugar de avanzar se queda quieto—¡corre, corre, corre!,—lo empuja sin dejar de gritar—¡MUEVETE! ¡CORRE!

Y para su alivio Shouto obedece.

[…]

La prisión es una estructura inmensa que se alza justo en lo alto del valle, desde su torre más alta puede verse el mar y algunos afirman ser capaces de oler el aire marino que proviene de ahí. Sus puertas se abren bajo el grito de visita que reverbera en las paredes de piedra. La montura de Tomura derrapa sobre la tierra suelta. El animal se detiene jadeando, demasiado exhausto para gruñirle al hombre que se acerca a ellos.

—¡Eh, Shigaraki! ¡Creí que te habías perdido!

Alto, esbelto, y con unos deslumbrantes ojos azules, Dabi, el líder de los exploradores, le tiende un odre de agua al recién llegado. Tomura se lo arrebata de las manos y bebe sin pausa hasta que se harta, emite un suspiro cansado y se estira hasta que cada hueso en su cuerpo cruje de alivio.

—¿Un viaje largo?,—pregunta Dabi con su famosa sonrisa condescendiente. Al cruzarse de brazos las mangas de su camisola se alzan revelando las porciones de piel oscura que contrastan con otras regiones más claras. Su cuerpo en general parecer estar formado de parches incompletos unidos en pautas sin sentido.

—Cállate, ¿qué estás haciendo aquí?

—Cumpliendo las ordenes de Kurogiri. Había que cerrar la prisión, reunir todas las provisiones que sobran, y trasladar a las últimas parejas de salvajes de vuelta a la Ciudadela.

—Tú misión era rastrear al traidor.

—Tengo una pista. Me he pasado los últimos meses viajando de ida y vuelta a lo largo de toda la maldita frontera y por fin he conseguido encontrar un rastro. Creemos que nuestra rata traidora recibe ayuda de al menos una de las aldeas de por aquí. Por eso ha sido difícil de encontrar.

—¿Y los intrusos?

—¡Ah!, Toga salió a buscarlos en cuanto recibimos el aviso, se ofreció personalmente. Es la mejor rastreadora que hay así que no dudo que los encuentre.

—¿La has dejado ir sola?

—Lleva una tropa de tres soldados, no esperamos que los intrusos causen problemas, sí lo hacen ella tiene el incienso para desarmarlos.

—¿Y los demás?

—Envíe a Mustard a la prisión que está al otro lado del valle, tiene ordenes de supervisar y clausurar las puertas una vez que el último traslado este en marcha. Shuichi fue a hablar con Ken Ishiyama, es el líder que sospechamos ayuda a Shinji Nishiya, nuestro traidor.

—Y mientras ellos trabajan tú estás aquí.

—Te estaba esperando, quería mostrarte a los recién llegados. Estoy seguro de que no sabes que están aquí.

El Noumu se acerca a ellos buscando afanosamente un aroma que solo él puede percibir. Tomura frota sus manos contra él y lo guía con ayuda de las riendas hasta uno de los establos vacíos. Le hace señas a uno de los guardias que cuida de las bestias de carga.

—Dale comida y agua. Y no dejes que salga—después se gira hacia Dabi—¿de quién estás hablando?

—Ven y lo veras.

Atraviesan los pasillos vacíos hasta llegar a la entrada de la torre de vigilancia, y de ahí suben incontables escalones instalados en forma de espiral. En lo alto, el viento sopla con una fuerza asombrosa y el sonido de la bandera que se agita en el mástil es tan violento que parece estar a punto de rasgarse. El aire es limpio y frío, y no se oye ni una sola de las conversaciones del patio interior. Dabi le hace señas para que se acerque a la ventana.

El valle se vislumbra a sus pies como un campo verde interminable lleno de cuestas y acantilados. El río que baja de las montañas serpentea por toda la región hasta perderse de vista. Los árboles se dibujan como pequeños arbustos apiñados en secciones de un verde intenso. Los caminos que conducen de una villa a otra son líneas delgadas en colores claro que cruzan la región hasta perderse de vista. La otra prisión es un punto gris al otro lado de las colinas de la que solo se alcanza a ver sus torres con sus velas ondeando ante el viento que sopla desde el mar. 

—Han llegado—Dabi señala hacia el sur, hacia la costa.

En lugar del horizonte azul lo que se ve es un montón de barcos diminutos con velas blancas como pequeñas nubes tocando el mar.

—¿Hace cuánto?

—Veamos, ayer recibimos otro cuervo ordenando movilizar al resto de los soldados a la capital donde se están concentrando las tropas de refuerzo. Me sorprendió, pero cuando subí aquí y los vi, lo entendí. Siempre creí que estarías en la primera línea de ataque en la guerra contra los salvajes.

—Y lo estaré.

—Pues vas tarde. Con toda seguridad nuestras tropas están listas para darles la bienvenida a los invasores. No cabe duda de que nuestros enemigos atacaran en cuanto consigan llegar al puerto. O tal vez su intención sea desembarcar en la costa, cerca de la frontera, y establecer una avanzada desde ahí. Cualquiera de las dos opciones te deja sin tiempo. Tendrías que salir hoy mismo para tener la oportunidad de participar en la batalla.

La respuesta de Tomura es dar media vuelta y descender por las escaleras con una rapidez asombrosa. La reacción toma por sorpresa a Dabi, aunque de inmediato se recupera e intenta llamarlo.

—¡Eh!, ¡Shigaraki!, ¿qué haces?

—Me voy.

—Acabas de llegar. Además se supone que te toca interrogar a los intrusos. Toga enviará un cuervo en cuanto los tenga. ¿Y qué hago con el espía? Kurogiri dijo que ibas a escoltarlo de vuelta a la ciudadela—Tomura lo ignora mientras baja por la escalera—¡Shigaraki! ¡No puedes irte así nada más!

Tomura corre a sabiendas que Dabi detesta hacerlo, baja los escalones de prisa, pisando de dos en dos, decidido a no perder ni un solo segundo. Ya de vuelta en los establos, donde su montura está terminando de devorar su cena, Tomura se detiene frente al soldado que hace de guardia.

—Alístalo.

—Sí, señor.

—¡¿Qué haces?! ¡Tenemos trabajo que hacer!

Tomura maldice en voz alta y se gira hacia un Dabi agotado y sin aliento. La imagen le causa risa y aleja su mal humor.

—No pienso perder mi tiempo con peones desechables. No voy a quedarme aquí mientras los salvajes se atreven a invadir mis tierras.

—¡No puedes irte! Mañana vendrán los soldados más jóvenes, los que todavía no van a la capital a recitar el código de lealtad hacia el General. Y pasado mañana vamos a realizar el último traslado.

—Tú puedes quedarte y aburrirte si así lo quieres, yo no. Quiero luchar.

—¿Qué hago con los intrusos y con el espía? Son tu responsabilidad.

—¿Sabes dónde está el espía?

—No con exactitud, pero tenemos una pista.

—Sí. La aldea. Ya me lo has dicho—Tomura suspira con fuerza y se toma un momento para sopesar sus opciones. Piensa, medita y actúa—Si hay sospecha de que el líder esté ayudando a nuestro traidor, entonces merece un castigo ejemplar. Todos deben entender que no hay perdón para los traidores ni para aquellos que los ayudan. Manda un cuervo a Shuichi y envíale refuerzos. Dile que espere hasta que los nuevos reclutas estén de camino a la capital, después tiene vía libre para quemar hasta la última de las casas que haya en esa aldea.

—¿Crees que será suficiente para que ellos entreguen a Nishiya?

—¡Qué importa! Queremos poner un ejemplo. Haz que todos sean acusados de alta traición. Dile a Shuichi que ponga sus cabezas en picas y deje una inscripción como advertencia para el resto de las aldeas. Asegúrate que los reclutas que vienen de ahí sean enviados a luchar contra los salvajes. Si sobreviven les diremos que la pérdida de su aldea fue la consecuencia de las malas decisiones de su líder, quien escogió darle la espalda a su pueblo.

—De acuerdo.

—Todo listo, ¿lo ves? Y si te apresuras mañana mismo podrás salir de aquí. Ve y reúnete con Mustard, después vayan hacia el puerto más cercano. Te apuesto que te divertirás más luchando contra los salvajes que haciendo de administrador.

—¿Qué pasa con la prisión?

—Maldita sea, deja que el capitán se encargue del último de los traslados. Es su trabajo. Tiene sus órdenes y no necesita que te quedes a vigilarlo.

—¿Y qué pasa con Toga?

—Envíale un cuervo. Dile que mate a los intrusos. No vamos a perder el tiempo con ellos.

—Kurogiri quiere que los interroguemos.

—Prefiero capturar a un oficial en una lucha mano a mano; apuesto que tienen más información que un par de espías inútiles.

La bestia Noumu se sacude con impaciencia mientras Tomura sube a ella. No cabe duda de que esta lista para reemprender la marcha pese al cansancio del viaje anterior. Se mueve tanto que Tomura se ve en la necesidad de tomar las riendas y sujetarlas con fuerza para mantenerla en su lugar mientras se gira hacia Dabi por última vez.

—Por cierto, casi lo olvido. El General requiere a otro salvaje de tipo beta. Son los que portan flores en piernas, manos o cara. Si Toga encuentra uno, dile que lo mande directamente a la Ciudadela y que no se atreva a tocarlo. El General lo quiere indemne, si se atreve a cortarle un solo dedo, tendrá que responder ante él.

Dabi se ríe—Espero que el cuervo la alcance a tiempo.

Tomura se aleja sin despedirse.

[…]

Mina se despierta temprano para arreglar su bolsa de viaje. Tarda el doble de tiempo en terminar porque su hermana no deja de dar vueltas a su alrededor haciendo pregunta tras pregunta.

—¿Cuánto tiempo te irás?

—El tiempo mínimo de servicio es de cinco años. Y apenas voy a cumplir dos.

—¿Por qué te tienes que ir?

—Porque así debe ser. Tenemos que ir a la Capital a jurar lealtad ante el mismísimo General.

—¿Y después?

—No lo sé, podría ser un guardia en una fortaleza o vigilante en los embarcadores. Tal vez trabaje en otra prisión. Hasta podrían enviarme a la Capital.

—Si te envían ahí, ¿vas a querer volver?

—¡Por supuesto que voy a volver!

—¿Y por qué Kouji no va contigo? Tiene la misma edad que tú.

—El reclutador lo libró de su servicio porque Kouji no puede hablar, pero Ishiyama quiere enviarlo a la Capital para que trabaje en el edificio de información.

—¿Qué hay ahí?

—Libros y pergaminos y un montón de cosas aburridas… ¡Todo listo!

Se endereza para contemplar su inmenso bolso de viaje en el que lleva casi toda su ropa y su uniforme, un par de botas extras y la mejor manta que tiene. Junto a él está su mochila que lleva provisiones, agua, papel y tinta, y otras cosas que prefiere tener a la mano. 

—¿Qué es eso de ahí?

Mina se congela cuando descubre que su hermana está señalando el pequeño paquete envuelto que sobresale de una de las bolsas laterales de su mochila.

—Son mis artículos de limpieza—le dice mientras se agacha para cambiar el paquete de lugar

Al escuchar su hermana emite un grito de sorpresa e inmediatamente da media vuelta para marcharse. Mina se ríe mientras carga sus cosas hacia el exterior. Ninguno de sus padres está ahí para despedirla. Su padre es un soldado que trabaja en la Capital y su madre se pasa todo el día cultivando hortalizas.

Ahora que Mina ve de primera mano el trato que reciben los salvajes que viven en la prisión, entiende por qué su madre renunció al ejército después de haber cumplido con su servicio. Ella misma cuenta los días para renunciar aunque es un pensamiento que procura nunca formular en voz alta, ni siquiera frente a su hermana porque teme que la chiquilla lo repita frente a la persona equivocada.

Está esperando que su hermana vuelva cuando Mashirao se acerca cargando dos bolsas exactamente iguales a la suyas.

—Llevas demasiadas cosas—le dice Mina picando la mochila que el chico pone junto a la de ella—¿Cómo vas a cargar las mías?

Conseguir una risa del rubio es tan difícil como conseguir que su hermana deje de preguntar cosas, sin embargo la sonrisa que le regala es el mismo gesto suave y encantador que reparte para todos.

—No creo que necesites mi ayuda para llevar tus cosas, Mina.

—Tal vez no, pero tampoco quiero cargarlas.

La risa está ahí, tan cerca que Mina puede tocarla, pero el deseo de oírla se muere cuando ve al gran Ishiyama caminando junto a Shuichi Iguchi.

—¿Ya sabemos a qué vino?,—le pregunta a Mashirao señalando discretamente hacia el hombre de piel verde. Sus características de reptil le provocan repulsión, aunque tal vez sea porque es uno de los hombres de Tomura Shigaraki, la única persona que Mina espera nunca tener que conocer.

—Dice que tiene ordenes de reunir a todos los reclutas que van a la Capital.

—¿Y por qué ahora? Nunca antes lo han hecho.

—Sí, pero ahora hay barcos invasores en nuestras costas. Es probable que quieran asegurarse que no nos topemos con tropas enemigas.

—¿Van a tener que luchar?

Mina se gira para encontrar a su hermana justo detrás de ellos con una expresión de pánico total. Antes de que consiga decir nada Mashirao se arrodilla frente a la niña y le sonríe.

—Estaremos bien—le explica con ese tono de voz que todos los niños en la aldea adoran—Tengo a tu hermana para que me proteja.

La carita de tez rosada se relaja de inmediato y les ofrece una sonrisa inmensa.

—¿A dónde fuiste?,—pregunta Mina viendo las dos bolsas de caña que tiene en las manos.

—¡ah! Cuando hablaste de artículos de limpieza me acorde, ¡les tengo un regalo para que no se olviden de mí!

Mina toma la pequeña bolsa y husmea en su interior.

—Te hice un jabón—declara la niña con orgullo mientras salta y palmea en su lugar—El tuyo huele a fresas porque sé que son tus favoritas, y el de Ojiro huele a bayas negras. También hice masa de menta. Hiryu me enseñó a prepararla. Si la mastican después de levantarse evitaran el mal aliento. Él dice que la venden en la capital pero está la hice yo así que es muchísimo mejor.

Mina sonríe, se agacha para abrazar a su hermana y le da vueltas mientras ella grita de emoción. Cuando se marea la baja y se despide.

—Cuida de mama y obedece. Te escribiré, ¿de acuerdo? Y si quieres escribirme Kouji sabe qué hacer.

—Vamos—dice Mashirao mientras la ayuda con una de sus maletas—los demás están subiendo al carromato.

Mina se rezaga hasta el final de la fila porque así puede despedirse de su hermana mientras el carro se mueve.

—Pues ya está—dice Mina cuando la aldea se pierde de vista—Si tenemos suerte volveremos en tres años.

Mashirao asiente, no parece tener ganas de conversar así que Mina se muerde la lengua e intenta distraerse mirando el paisaje que cambia mientras avanzan. Curiosamente ese viaje le resulta muchísimo más largo que cualquier otro. Tal vez sea la perspectiva de no volver su hogar en tres años, tal vez sea por culpa del miedo.

Sólo tengo que entregar el paquete, es todo. Son frascos inofensivos.

Se repite lo mismo una y otra vez, pero eso no calma su ansiedad. Sabe que está arriesgando a su familia. Si su capitán descubre que está llevando mensajes cifrados… bueno, ni siquiera puede imaginar el desenlace.  

Su ansiedad no mejora cuando al llegar a la prisión encuentran a todos los guardias en el patio cargando y trasladando costales de comida y baúles llenos de armas. Los oficiales intentan poner orden, pero entre el ruido que hacen las bestias de carga y los gritos de los soldados que trabajan a toda prisa, resulta imposible de conseguir. Mina y Mashirao se apartan del caos, terminan pegados a la pared junto a un grupo de soldados que no dejan de quejarse de lo cansados que están. Mina trata de ignorarlos, pero entonces los oye maldecir.

—Me he pasado toda la mañana limpiando. Me merezco un descanso, maldita sea. No entiendo por qué tuvimos que encerrar a los salvajes antes de que terminaran sus deberes.

Sin que Mina pueda contenerse, le pregunta:

—¿Todos están en las celdas de confinamiento?

El hombre le dirige una expresión agria, pero ella no se deja intimidar porque si todos están recluidos no hay forma de que pueda entregar el paquete que lleva a escondidas.

—No había suficiente espacio—responde el guardia de mala gana—Dejamos a los problemáticos en sus celdas.

—¿Los problemáticos?,—repite Mina sin perder la calma—Conozco a uno de esos. Está en mi bloque. Es el rubio mal encarado que le rompió la quijada a uno de los guardias que iba a trasladarlo.

El soldado gruñe.

—Sé de quién hablas. El salvaje de ojos rojos. Esa bestia debería ser sacrificada.

—Vaya que sí… ¿a él lo dejaron en su celda?

—Se pudriría ahí si dependiera de mí.

El coro de guardias se distrae cuando un joven delgaducho deja caer una pila de cuchillos generando una cadena de silbidos y abucheos. Mina aprovecha el momento para tomar a Mashirao del brazo y acercarse a su oficial superior.

—Ashido reportándose, señor.

—Descanse soldado.

—Gracias, señor. Pido permiso para retirarme a mi habitación, quiero trasladar mis cosas y evitar que estorben aquí, señor.

—Sin permiso, soldado. Nuestro grupo partirá esta misma noche.

—Creí que saldríamos hasta mañana—exclama Mashirao sin poder contenerse, pero el oficial desestima sus dudas sin mirarlo.

—Queda suficiente tiempo para viajar antes de que nos veamos obligados a detenernos. Es importante que los refuerzos lleguen lo más pronto posible.

—Creí que íbamos a la Capital.

—Cambio de planes. Se necesitará apoyo en las líneas defensivas.

Mina y Mashirao se miran con alarma, retroceden intentando no chocar con el resto de los guardias que pulula por el patio. Una vez que están lejos del alboroto, Mina se inclina para buscar el paquete, lo ha puesto dentro de una bolsa de provisiones así que al menos tendrá una excusa en caso de que alguien la interrogue.

—¿Puedes cubrirme?

—¿Vas a ir?,—murmura Mashirao intentando no atraer la atención de nadie.

—Tengo que. Lo prometí.

—Bien, pero date prisa. Si alguien pregunta diré que fuiste al baño.

Entre el caos de los oficiales que cargan los carromatos y el grupo de nuevos reclutas que intenta no estorbar, Mina retrocede con lentitud hasta que consigue escurrirse por una de las entradas sin vigilancia. Avanza con cautela intentando fundirse con las sombras. Su mejorado sentido de la vista le permite deslizarse por los túneles oscuros.

Una vez que el paquete ha sido entregado, Mina suspira con alivio y se marcha sin mirar atrás. Llega justo a tiempo para levantar su maleta y subirse al carromato con el resto de sus compañeros.

—¿Todo bien?,—pregunta Mashirao con cautela.

Mina sonríe.

—Te prometo que es la última vez que decido imitar a Kamui.

Mashirao se ríe al oír el sobrenombre—¿Al final dejaste que te pusiera un sobrenombre?

—¡No!, ¿y tú?

—Tailman.

Mina se carcajea al oírlo. Suspira agradecida de que la ansiedad se haya ido.

Hice lo que tenía que hacer. Se terminó.

Ahora tiene que concentrarse en su trabajo y asegurarse de volver a casa con su hermana y su madre.

 

[…]

Chapter Text

Even though it's been so long, my love for you keeps going strong
I remember the things that we used to do
A kiss in the rain till the sun shined through
I tried to deny it, but I'm still in love with you

Miss you like crazy – Natalie Cole

Aunque ha pasado tanto tiempo, mi amor por ti sigue siendo fuerte.
Recuerdo las cosas que solíamos hacer
Un beso en la lluvia hasta que el sol brille de nuevo
He intentado negarlo, pero sigo enamorado de ti

(Traducción)

El aroma es tan intenso que la reacción de su cuerpo es inmediata. Su espalda se endereza, sus músculos se tensan, sus brazos se aprietan contra sus costados en una respuesta automática de autodefensa. Su nariz se ve abrumada por las feromonas que provienen del alfa. No entiende cómo, pero puede sentir su energía, percibe el calor emanando de él, poderoso y aterrador; se acuerda de las hogueras que se prenden en los festivales de su tierra. Fuegos que duran noches enteras y proporcionan un calor radiante dejando tras de sí rescoldos que se mantienen incandescentes durante muchísimo tiempo.

Así se siente ahora, frente a una hoguera colosal, a punto de incinerarse. El ambiente se carga de electricidad y él es un simple espectador. No importa que en la jaula solo vea siluetas negras, puede sentirlo. Puede olerlo. Su aroma… dios… su aroma es ambrosía y fuego. Huele a bosque, a madera de roble limpio recién cortado. Huele a humo, no del tipo denso que asfixia sino al aroma que desprende la madera cuando el fuego la toca y se oye el chisporroteo de las brasas.

Ese de ahí es el aroma de un alfa vivo, sano, fuerte y temible.

Denki intenta tragar solo para descubrir que tiene la boca seca. La parte más primitiva que existe dentro de él quiere acercarse, bañarse en ese aroma y acurrucarse en el calor que emana de él. Solo necesita extender la mano para tocarlo y entonces… entonces…

Su interior se enrosca en nudos complejos.

La otra parte de su cerebro, la que lleva años conviviendo con alfas, que vive en alerta constante, llena de miedo e incertidumbre, quiere huir. Quiere hacerse pequeño, desea correr y esconderse, pero su cuerpo no coopera, no se mueve, así que Denki entierra la cabeza entre sus rodillas buscando una postura que le permita sobrevivir al calor. Se ahoga.

Su instinto no deja de pedirle que aspire hasta que ese aroma impregne cada célula de su cuerpo.

Denki aprieta los dientes, aferra sus rodillas hasta hundir las uñas en la piel e intenta hallar la fuerza para no sucumbir ante ese aroma. Agradece que el alfa se haya olvidado de él porque sabe, con la certeza que proviene del instinto, que en ese momento no podría negarse a nada. No sabría decir que no. No podría.

.

Son minutos, o tal vez horas, los que Denki pasa inmóvil, encorvado en sí mismo, haciendo acopio de cada granito de autocontrol para ahogar a esa vocecita que quiere arrullarse en el calor del alfa. Hasta que por fin, por fin, el aroma remite lo suficiente para que su cuerpo pueda respirar sin que su interior se contraiga a la espera de algo más.

En cuanto consigue moverse, Denki se arrastra de vuelta hasta la manta, demasiado cansado para sostenerse en sus dos piernas. Su propio aroma lo recibe, tenue y casi indistinguible. Restriega su cara contra la cobija, se esfuerza por espesar su esencia hasta que la tela huele inconfundiblemente a naranja, fresca y dulce, como fruta recién cortada. Se envuelve en ella queriendo recuperar su estabilidad.

Rodeado del aroma a naranjas, sentado en la esquina más alejada de la jaula, y en completo control de sus facultades, Denki pregunta.

¿Qué fue eso?

No puede ver la expresión del alfa, solo distingue la sombra de su cuerpo moviéndose en la oscuridad, pero su voz rebosa impaciencia y energía frenética.

—Tengo que salir.

Lo escucha respirar, inhalaciones cortas e irregulares que reflejan su estado de ánimo.

Quiero salir.

Lo escucha forcejear con la puerta, ve a su silueta moverse de una esquina a otra, inquieto, nervioso, lleno de energía explosiva. Denki se encoge, recoge sus piernas y esconde la cara en su manta demasiado exhausto para lidiar con la situación. Siente la cabeza pesada, llena de aroma a madera y humo; además tiene hambre, un apetito voraz que va más allá de la necesidad de comer.

Denki cierra los ojos y respira, su intención es aislarse, evadir la realidad que amenaza con romperlo.

.

El miedo lo despierta; abre los ojos en automático, endereza el cuello y se congela. El mundo sigue siendo negro, un manto de absoluta oscuridad, pero su instinto no deja de gritar advirtiéndole del peligro. Es entonces que lo ve, el movimiento de una sombra junto a él. Su reacción natural es gritar, abre la boca, infla los pulmones y su alarido se estrella contra la mano que le cubre la cara. Su pánico se dispara y cuando intenta huir otra mano hace presión sobre sus clavículas para inmovilizarlo.

—¡Quieto!

Es el susurro urgente, aunado con el aroma, lo que paraliza a Denki de inmediato. La autoridad que proviene de la voz del rubio es indiscutible pese a estar murmurando.

—Oigo voces.

Debe tener un oído excelente porque Denki no escucha nada, la pregunta que formula es un sonido incomprensible, amortiguado por la mano que sigue cubriendo su boca, pero el alfa no da señales de querer una aclaración porque se limita a continuar.

—Yo me encargaré de los guardias, tú tienes que salir e impedir que cierren la puerta.

Como la mano no da señales de moverse, Denki encaja sus dedos en la parte superior y hace fuerza para apartarla de su cara. En cuanto está libre, toma aire, se aprieta contra la pared queriendo poner la mayor distancia posible entre su cuerpo y el del alfa, y entonces murmura:

—No creo que abran la reja.

—¿Qué?

—No creo que abran la reja.

—Lo harán, me aseguraré de ello.

—No sirve de nada que intentes provocarlos. La única forma de que abran la puerta es si creen que estamos emparejados.

 Si no lo creen nos dejaran aquí. Moriremos aquí.

—Lo creerán.

El corazón de Denki se desploma, cae desde las alturas y se rompe en miles de trozos. Qué. No.

—Creí…—se atraganta, aprieta las manos contra su pecho aferrando con fuerza la cobija—Dijiste que nunca ibas a emparejarte.

—Y no pienso hacerlo—la ira del alfa es violenta, su aroma es denso y desafiante—Ahora escucha, este es el plan.

.

No va a funcionar.

Denki se lo repite por enésima vez mientras está atrapado entre la pared y el cuerpo del alfa. La situación le resulta tan incómoda que tiene nauseas. Es una suerte que el exquisito aroma a madera y humo haya sido reemplazado por una versión saturada de impaciencia y energía, porque de esa forma su cuerpo se evita una embarazosa reacción.

Ni siquiera lo pienses.

Cada vez que el alfa respira, nota el aliento cálido en su nunca y el movimiento en su espalda. Es desquiciante.

De prisa.

Las voces de los guardias ahora se oyen con claridad, el sonido ha pasado de ser un murmullo incongruente a una conversación amortiguada. De pronto la oscuridad desaparece, la pared se tiñe de un suave tono anaranjado que oscila en círculos sobre la fría roca. Aunque escucha a los guardias, no entiende lo que están diciendo por culpa de la sangre que le ruge en los oídos.

Vamos.

Los soldados se callan y Denki entiende por qué. La manta los cubre de la cintura hacia abajo, y la postura del alfa, con la espalda hacia la puerta y los brazos presionados contra la pared, es un claro gesto de protección y posesión. Con suerte sus carceleros se convencerán de que están débiles por el hambre y el ejercicio.

—¡eh! ¡arriba!

Denki se sobresalta, su reacción natural es atender cualquier orden de los guardias, pero no puede moverse arrinconado como está contra la pared. Lo sorprendente es que el alfa no reacciona ni se mueve cuando el guardia empieza a gritar, así que Denki se obliga a imitar su calma pese al nudo en su estómago.

—¿Qué hacemos?,—pregunta una voz, diferente de la anterior.

—Pon la antorcha en su base—responde otra voz distinta—y ve por el incienso.

—¿Tengo qué?,—responde la segunda voz—Está en el almacén al otro lado del edificio.

—Tu trabajo era traerlo.

—Mi trabajo era traer las antorchas y las cadenas. Y lo hice. ¿Qué trajiste tú?

—Cómo te…

—¡A callar!,—la voz esta cargada de autoridad y consigue imponerse al resto—Dame la lanza.

Denki no escucha lo que dicen después, el ruido tampoco le ofrece ninguna pista, lo único que sabe es que en un determinado momento el alfa se tensa, no se mueve ni se agita, pero los músculos de sus brazos se contraen y Denki lo escucha retener el aliento, lo hace durante largo rato hasta que vuelve a exhalar lentamente sin alterar su postura. Lo que sea que hayan hecho lo ha puesto de mal humor porque el aroma que emana de él es terrible. Denso y rojo, lleno de advertencias letales. Es una suerte que ellos no puedan olerlo.

—¿Y ahora qué?,—pregunta otra voz, diferente de todas las anteriores.

¿Cuántos son? Creí que eran tres, ¿hay más?

—Habrá que comprobarlo manualmente.

¿Es otra voz?

—¿No necesitamos refuerzos?

—No parece que vayan a darnos problemas, además no tenemos tiempo. Pongamos manos a la obra. Ustedes dos conmigo, vamos a lidiar con el problemático, y tú esperas ahí. Si alguno se resiste tienen todo el permiso para cortarles el cuello.

Nos van a matar.

Denki se traga su miedo, se tensa para evitar temblar, pero cuando eso no funciona se relaja e intenta fingir estar inconsciente.

Recuerda el plan. Apégate al plan. En cuanto estén sobre él, levántate y corre.

Pasaran los años y Denki nunca olvidará ese momento.

Sabe que la puerta se abrió, eso lo recuerda con claridad. El sonido del cerrojo al saltar es un recuerdo inolvidable, lo recuerda porque en ese momento su corazón creció dentro de él amenazando con hacerse oír por toda la mazmorra. Sabe que oyó pasos, aunque nunca estará seguro de si los oyó en verdad o su mente inquieta le proporcionó los detalles. Sabe que le quitaron al alfa de encima, recuerda cuando se vio libre del peso y sintió el frío de la mazmorra en su espalda. Sabe que alguien le pico las costillas, pudo haber sido el golpe de una mano o la punta de una bota.

Se acuerda de que en lugar de darle la espalda, el guardia extendió la mano y le dio la vuelta. Se acuerda del miedo que sintió en ese momento, temía que ellos pudiesen descubrir que estaba despierto. Se acuerda que cuando alguien intento quitarle la bolsa de cuero que tenía en las manos, fue instintivo el reflejo de empujar y abrir los ojos. Se acuerda de la cara afilada, de los ojos grises con pupilas alargadas. Se acuerda que cuando intento pararse su pie se resbalo en el suelo y de pronto un mazo, o algo parecido a un mazo, se estrelló contra su mejilla.

Después de eso el recuerdo deja de ser claro y se convierte en un borrón lleno de adrenalina, saturado de terror, pero ni aun entonces podrá olvidar lo que se dijo a sí mismo, un pensamiento simple impregnado de una certeza absoluta.

Voy a morir aquí.

[…]

Lo pican con la lanza como si fuera un trozo de carne inservible. Katsuki se enfada, pero en lugar de estallar se traga su ira alimentando el fuego que vive dentro de él. Lo siente bullir en sus venas, lo siente en cada músculo tenso que espera el momento justo para liberar su energía. Tiene la cabeza llena del aroma a menta, el aroma de Izuku, y no tiene pensado dejarse someter con el aberrante incienso de miel.

Oye las pisadas que entran a la jaula. Una, dos, tres. Faltan más. Katsuki necesita que todos estén dentro. Relaja el cuerpo cuando dos pares de manos lo toman del brazo y lo hacen rodar hasta quedar tendido boca arriba. Se queda quieto aunque uno de ellos lo patea en la cadera. Es entonces que lo oye, el forcejo y el grito de sorpresa del guardia que tiene a la derecha. Abre los ojos y se topa con la imagen del omega forcejeando con el soldado.

Inmediatamente después se mueve. Se gira de costado y patea las piernas del que tiene a su izquierda, justo a la altura de su rodilla, la cual escucha crujir. Aprovecha que tiene el brazo apoyado contra el suelo y lo usa para impulsarse. En cuanto está de pie esquiva a los dos guardias que se abalanzan sobre él y se lanza hacia la puerta justo a tiempo de impedir que el último guardia salga disparado buscando refuerzos.

Salta sobre la espalda del hombre y lo derriba. En cuanto lo tiene en el suelo lo sujeta del cabello y consigue estrellar su cabeza contra el suelo una vez antes de que otro guardia lo sujete. Cuando el tercero de ellos se aproxima con un cuchillo, Katsuki consigue patearlo en la entrepierna sin demasiada fuerza, después entierra su codo en el esternón de su captor y en cuanto el brazo que lo sujeta se afloja, lo usa de palanca para enviar al tipo al suelo, donde su espalda se estrella con un golpe sordo.

Después se gira, listo para enfrentar al guardia con el cuchillo. Con los puños en alto y en posición de defensa, Katsuki esquiva sus estocadas una y otra vez hasta que consigue leerlo, cuando el guardia intenta ensartarlo, Katsuki lo aferra con un brazo y su puño se estrella contra su nariz. Le tuerce el brazo hasta que oye que el cuchillo cae al suelo entonces lo sujeta y hunde su rodilla en el diafragma del guardia lo que provoca que el tipo se doble sobre sí intentando respirar.

Katsuki toma el cuchillo, se agacha hacia el guardia que jadea a cuatro patas y le corta el cuello sin titubear, repite el procedimiento con los otros dos y finalmente se acerca al hombre que está sujetándose la rodilla, quien no deja de gritar pidiendo ‘Ayuda’. Katsuki se detiene junto a él, lo mira desde lo alto mientras lo escucha gimotear.

—No lo…

Pero lo que sea que haya intentado decir muere en su boca cuando Katsuki le entierra el cuchillo en la parte superior de la cabeza. El cuerpo cae al suelo mientras él se endereza. Siente los brazos acalambrados y la espalda tensa. Tiene el cuerpo cubierto de sudor y su estómago no deja de retorcerse de hambre. Su voluntad es lo único que lo mantiene de pie. Su voluntad y el aroma a Izuku que tiene impregnado en la punta de los dedos.

Katsuki toma aire y se gira hacia el último guardia, el único que no se ha tomado la molestia en acercarse porque está demasiado distraído riéndose mientras tiene ambas manos sobre el cuello del omega. El gruñido que emite en ese momento es un sonido bajo que se asemeja al de un animal salvaje, su ira es vibrante y terrible. En dos pasos cubre la distancia que lo separa con el guardia y en un solo movimiento fulminante el cuello del hombre cruje antes de desplomarse sin vida.

Katsuki jadea, en su arrebato ni siquiera se ha dado cuenta del grito que emite sino hasta que nota el ardor en su garganta.

El omega lo mira desde el suelo, con los ojos abiertos llenos de miedo y las manos apretadas contra el pequeño bolso de cuero. Tiene un feo moratón en la mejilla izquierda, marcas rojas de dedos en el cuello y arañazos en ambos brazos, pero fuera de eso parece indemne.

—¿Qué estás esperando para salir de aquí?

El omega se sobresalta ante el tono severo, sus ojos vagan por la celda deteniéndose en cada cuerpo inmóvil.

—¿Los…?... ¿Están…?

—Muertos, ¿vas a llorar por ellos?

El omega sacude la cabeza, traga saliva con esfuerzo y habla. Su voz rasposa es apenas un susurro ahogado.

—Ahora sé por qué ninguno quería meterse en una jaula contigo.

—Deja las estupideces y levántate.

Cuando el omega no da señales de obedecer, Katsuki lo aferra del brazo y lo alza empujándolo hacia la salida, lo suelta para volver a buscar las llaves del guardia. Las encuentra en el pantalón del tipo con el cuchillo en la cabeza, en cuanto las tiene en su mano se detiene a mirar.

—¿Qué haces?

La voz del omega lo arranca de su contemplación. Mira al rubio que permanece quieto junto a la puerta, esperando. Katsuki toma aire, se gira hacia el soldado de nuevo y le escupe a la cara una sola vez. Se levanta para marcharse, pero se detiene, una idea germinando en su cabeza.

—Ven.

—¿Para qué?,—pregunta el omega con voz enfurruñada.

—Ven, ayúdame con este de aquí.

—No quiero tocarlos.

—¡Ven!

El tono de absoluta autoridad consigue que el omega obedezca pese a su renuencia. En cuanto lo tiene junto a él, Katsuki señala al tipo frente a él.

—Creo que este tiene tu tamaño.

 

[…]

 

Es fácil ignorar a un alfa cuando lo tienes en una jaula y puedes marcharte cuando quieras. Es difícil negarse cuando tienes a uno de ellos junto a ti y te mira con ojos capaces de incinerarte. Denki ni siquiera encuentra la fuerza para sentir asco mientras se viste con la ropa de una persona muerta.

—El uniforme está cubierto de sangre—gruñe con hastío mientras se acomoda las mangas del uniforme.

—No se ve—responde el alfa de mal humor.

Denki aprieta los labios y termina de abrocharse el peto. El uniforme le queda un poco grande en los hombros y la cintura, las mangas se deslizan hasta la primera articulación de su pulgar, así que tiene que doblar el sobrante hacia el interior para tener las manos libres.

—¿Y si nos descubren?

—Yo me encargo de los guardias, tú asegúrate de que nadie te quite esos frascos.

—¿Cómo vamos a salir?

—No saldremos.

—¿Qué?

—Vamos a bajar a las celdas oscuras, ¿conoces el camino hasta allá?

Denki asiente mientras esconde el paquete en uno de sus bolsillos. Le toca ir al frente, llevando su propia tea. El corredor está vacío y silencioso, la luz forma semicírculos en paredes, techos y suelo. La prisión a oscuras es un lugar totalmente diferente al que Denki recuerda, en varias ocasiones se ve obligado a detenerse indeciso sobre el camino a seguir.

Conforme descienden encuentran más pasillos con sus candeleros apagados, las escaleras y los túneles son bocas negras sin fin. Cada paso reverbera en las paredes y cada sombra hace creer a Denki que hay alguien con ellos, pero el lugar está vacío.

Finalmente consiguen llegar, el pasillo termina con una abertura sin puerta.

—Es un elevador de mano—explica Denki mientras sube a la caja de metal—primero tienes que quitar el seguro y después girar la manivela.

La plataforma chirría y se sacude mientras Katsuki los hace bajar. En la parte inferior encuentran una puerta con dos pasillos a ambos lados.

—¿Por dónde?,—pregunta el alfa balanceando su antorcha entre ambos corredores.

—No importa. La puerta lleva a la sala de observación, los pasillos forman un círculo alrededor de ella—mientras lo explica, Denki entra en la sala y toma las llaves que sabe los guardias esconden en la caja empotrada en la pared—Los guardias manejan las llaves por separado—le extiende el manojo de llaves con una mancha blanca en la parte superior—cada grupo tiene un color distinto dependiendo de la zona donde se ocupan. Por lo que sé, se supone que no deben dejarlas aquí, pero ellos lo hacen de todas formas porque así se evitan tener que volver a subir en caso de que las olviden.

—¿En la sala puedes ver lo que hay en cada celda?

—Solo si hay luz en el interior.

—¿Cuántas celdas hay aquí?

—Diez, cada una con una puerta de hierro; todas tienen la misma cerradura y un pasador doble.

—¿Solo diez?

—No es la única sala, hay cinco en esta ala y cinco en la otra, todas con un elevador como punto de entrada. Por lo que sé esta es la primera vez que todas están llenas.

Toman el pasillo de la izquierda y Denki sostiene ambas antorchas mientras el alfa prueba con cada llave, una vez que encuentra la correcta tiene que quitar la traba que bloquea la puerta y abrir los pasadores en la parte superior e inferior. Las bisagras crujen cuando empujan y de inmediato los recibe el aroma a encierro, a baño sucio y podredumbre. El alfa toma la antorcha y entra alzándola sobre su cabeza para inspeccionar el lugar.

La luz se derrama en el interior y los ojos de Denki se fijan de inmediato en la figura encogida junto a la puerta. Olvidando su miedo, se arrodilla junto a la muchacha de cabello oscuro dejando su antorcha en el suelo. En cuanto ella abre los ojos, emite un grito de espanto y retrocede al verlo. Eso despierta al alfa que se sacude el sueño y se levanta emitiendo un gruñido de advertencia.

—Chieko, soy yo—dice Denki alzando ambas manos y apartando las mangas del uniforme negro para rebelar las muñequeras con argollas.

La sorpresa la deja muda, en cuanto consigue superar su pánico parpadea con fuerza, hace una inspección rápida de su rostro y murmura.

—¿Denki?

Él sonríe en respuesta y le extiende las manos en un gesto de conforte. La chica rompe a llorar mientras se abraza a él con desesperación.

—¿Quiénes son?,—murmura el alfa con una expresión llena de desconfianza.

El rubio emite un gruñido y le lanza el paquete de llaves.

—Una de esas deberá servirte.

Después se marcha sin esperar respuesta, llevándose únicamente la llave de la puerta.

—¿A dónde vas?,—grita Denki.

—No está aquí—responde el otro sin detenerse.

Denki maldice, le da palmadas a la omega mientras trata de soltarse, cuando eso no funciona tiene que hacer malabares para recoger su antorcha y levantarse.

—Chieko, Chieko… escucha, necesito que me mires. Vamos, mírame… Mírame, Chieko. Muy bien, eso es. Ahora respira. Cálmate. Tenemos que movernos, ¿de acuerdo? Los guardias pueden venir en cualquier momento y necesitamos abrir todas las celdas antes de que eso pase. Tienes que ayudarme a sacar a los demás, ¿lo entiendes?

A Chieko le toma un momento reponerse, pero al final consigue asentir sin dejar de emitir sollozos entrecortados.

—¿Cómo consiguieron las llaves?

Denki se sobresalta al oír la voz, Chieko se aferra a su chaqueta con fuerza y su miedo se intensifica enviciando el aire a su alrededor. Cuando se gira tiene al alfa a menos de dos pasos de distancia. Denki lo reconoce, es uno de los violentos, uno al que le gusta desquitarse del mal trato de los guardias con los omegas que se ven obligados a convivir con él. No es el único, muchos de los que llevan años en prisión suelen estallar con cualquiera que tengan a mano.

El tipo es alto y aterrador, su aroma es pólvora a punto de estallar. En cualquier otra situación Denki se encogería esperando pasar desapercibido, pero en ese momento… en ese momento aún siente los dedos del soldado en su cuello, el golpe en su mejilla duele y cada vez que se acuerda del aroma a madera se pone de mal humor, así que en lugar de inclinar la cabeza y someterse, alza el mentón y gruñe.

—Se las quitamos a un guardia después de enterrarle un cuchillo en la cabeza.

Se da la vuelta antes de que el alfa consiga reaccionar y arrastra a la chica con él mientras se apresuran a la siguiente celda. La puerta está abierta y cuando se asoman encuentran a otra chica omega sentada en una esquina mirando con ojos aterrados la entrada.

Chieko se aproxima a ella para consolarla. Denki las mira con aprensión, hasta que el alfa de la primera celda llega.

—Quítale la cadena—dice Denki señalando al alfa encadenado que se ha levantado y los mira con suspicacia.

—No tomo ordenes de ti.

—Pues entonces dame las llaves y vete a sentar al elevador.

El muchacho gruñe, luce aún más amenazante que de costumbre, y Denki está maldiciendo su bocota cuando el rubio vuelve.

—No está aquí, tenemos que seguir buscando.

Denki toma aire y señala al alfa encadenado.

—Dile que le quite las cadenas.

El alfa alto se envara, arruga la cara y escupe—Ya te dije que no tomo órdenes de ti.

—Pues entonces dame las llaves.

—Intenta quitármelas si te atreves.

—¡No tengo tiempo para esto, maldita sea!,—el rugido del alfa sobresalta a todos en la celda. El rubio cubre la distancia hasta el otro alfa y lo empuja, con fuerza—¡Abre el maldito candado! ¡Y cuando termines vas con el sigue!, ¡¿tienes algún maldito problema con eso?!

Su ira lo hace parecer diez veces más grande. Su ira y su aroma, que inunda la celda con fuego y violencia. Es el aroma de un alfa imponiéndose ante otro. Un alfa listo para luchar y matar.

El estómago de Denki se encoge temiendo un enfrentamiento, y parece que lo habrá, porque la postura del otro crece, su aroma se espesa queriendo contrarrestar la presencia roja que emana del rubio, pero al final se rinde. El aroma lo sobrepasa y sus hombros se hunden cuando se somete.

—¡Saquen al resto!,—ruge el rubio con ira—¡No quiero estupideces! ¡Suban al ascensor y después a los pisos superiores! No permitan que ningún guardia solicite refuerzos, esperen a que el resto se reúna con ustedes, ¡¿ha quedado claro?!

Ambos muchachos asienten, uno con una expresión amarga y el otro con la esperanza pintada en el rostro, el rubio les da la espalda y hace señas a Denki para que lo siga, pero él se acerca a las chicas que se abrazan sin dejar de temblar.

—¡No te vayas!,—murmura con apremio Chieko aferrándolo por la manga de su uniforme.

—Todo estará bien. Reúnan al resto de los nuestros y no se separen. Nosotros conocemos el camino hacia la salida. Dejen que ellos lidien con los guardias y mantengan los ojos abiertos. Nos veremos arriba.

Ambas asienten y Denki se apresura a seguir al rubio que cruza la puerta sin detenerse.

 

[…]

 

Katsuki maldice cuando la segunda sala resulta en otra búsqueda infructuosa. Solo hay celdas con aroma a mierda, dos de ellas viciadas con el aroma a cópula y el resto llena de cuerpos sucios y hambrientos. Cada vez que abre la puerta y no encuentra al pelirrojo su cordura se tambalea.

Para ahorrar tiempo reúne a un grupo de ocho personas con la orden de abrir las celdas al otro lado de la prisión y reunir a todos en los pisos superiores, cerca de la salida al patio de descanso. Ni siquiera se han alejado diez pasos cuando Katsuki está empujando al omega para ir a la siguiente sala.

No puede estarse quieto.

Se siente limpio y nuevo, lleno de energía, rebosante de impaciencia. Solo quiere salir, correr hasta que su corazón deje de latir desenfrenado. Tiene el aroma dentro de él, llenando cada resquicio de su cuerpo. Si cierra los ojos puede evocarlo con precisión, los matices y la exquisitez del mismo. Casi puede oler y sentir la piel caliente de la que emana.

Nota que los dedos le tiemblan, ansiosos por extenderse y buscar la fuente de ese aroma. Tengo que salir. Su estómago ruge, no de hambre, sino necesidad. Se siente embriagado de Izuku.

Izuku.

Vivo y a salvo. El pensamiento es desquiciante. Está afuera. Y él está perdiendo el tiempo aquí.

En la sala número tres su humor se oscurece aún más. No hay rastros del pelirrojo, pero encuentran tres celdas cargadas con aromas entremezclados, una pareja al borde de la inanición, y una masacre. Katsuki se detiene en esta última sin saber por qué. Dentro, el aroma a sangre y putrefacción son asfixiantes, por lo que puede ver el alfa enloqueció y destrozó a su compañero antes de abrirse la cabeza contra la pared.

La sangre embarrada en el muro lo hace pensar en Itsuka.

Se tarda tanto tiempo ahí que el omega consigue alcanzarlo. En cuanto lo escucha detenerse en la entrada Katsuki se da la vuelta, lo aferra de un brazo y lo arrastra hasta la siguiente puerta.

—¡Qué..! ¡Quién…!

Sus preguntas son entrecortadas, llenas de agonía y desesperanza, pero cuando intenta soltarse Katsuki lo aferra con más fuerza.

—No puedes hacer nada.

—¿…están…?

—¡No puedes hacer nada!

Lo mantiene cerca mientras inspeccionan las últimas celdas y no lo suelta mientras repite las mismas instrucciones que ha dado antes, pero a la mitad de su discurso se ve interrumpido por un sonido tenue, como un zumbido lejano, que empieza a retumbar en las paredes.

—¿Qué es eso?,—pregunta uno de los alfa

—Vamos a averiguarlo.

Katsuki y el omega suben al elevador en compañía de un grupo de cuatro personas, la máxima capacidad del ascensor. Arriba el ruido es más pronunciado, aún indistinguible pero insistente y molesto.

—¿De dónde proviene?,—pregunta alguien y para sorpresa de Katsuki es el omega quien responde.

—Son ellos—murmura sin voz mirando fijamente el techo. Tiene la cara blanca, los ojos abiertos y sus labios han empezado a temblar. Su mirada llena de espanto se fija en él—Es la alarma. Está sonando la alarma de emergencia.

Katsuki lo mira, reconoce el miedo en sus ojos y no pierde tiempo en preguntarle si está seguro. En su lugar se gira hacia el grupo y empieza a ladrar órdenes.

—¡Tú!, ve y llama al resto. Que un omega te enseñe el camino hacia los pisos superiores. ¡Ustedes! vienen conmigo—por último, se gira hacia el omega rubio sin perder tiempo—Reúne a los omega, liberen al resto de los prisioneros de esta ala. Encárgate de enviar a todos los que puedan luchar al patio de entrada. Después suban y esperen cerca del corredor principal.

Inmediatamente después da la vuelta y corre seguido por el resto de su grupo.

Arriba el zumbido de la alarma es aún peor, Katsuki arruga la frente, irritado por el estridente chillido. En el corredor principal encuentra un montón de cuerpos inmóviles, todos ellos guardias cubiertos de sangre, rodeados de chicos con expresiones rebosantes de ira.

—¡¿Qué demonios pasó?!—ruge Katsuki en cuanto llega a la primera fila.

—Cuando el grupo de guardias bajo por la escalera saltamos sobre ellos y conseguimos reducirlos, pero uno de ellos escapo.

 Katsuki rechina los dientes, listo para estallar contra ellos, hasta que percibe el aroma que proviene del patio. Huele a aire fresco. Viento frío. Tierra mojada y piedras húmedas.

Lluvia.

Si pone suficiente atención puede escuchar el inconfundible golpeteo de las gotas de agua contra la tierra seca. El sonido lo traslada de vuelta a su hogar. Es la primera vez que escucha llover en años, la primera vez que huele el inconfundible aroma de las hojas húmedas. Tan cerca que casi puede sentirlo en su piel.

Cierra los ojos e inhala hasta que sus pulmones protestan. Lo recuerda.

Los dedos de Izuku sobre su pulgar, trazando el contorno de su cicatriz. El peso de su cuerpo contra el suyo. Su aroma.

El recuerdo es radiante pese al tiempo transcurrido. Hace años que no pensaba en ese día. Dolía demasiado pensar en él.

Cuando abre los ojos encuentra un montón de rostros esperando, en cada uno encuentra la misma hambre que siente dentro de él. Libertad.

No volveré a esa jaula.

Su ira se transforma en fría determinación. Su aroma se espesa a su alrededor y en cuanto el resto de ellos lo huele, se enderezan, cuadran hombros y afinan posturas. Listos y en guardia.

Arrasaré este lugar hasta que ninguno de ellos quede en pie.

Chapter Text

La lluvia empieza a medianoche, sin truenos ni avisos de ninguna clase. La mayoría de los guardias duermen y solo aquellos en turno se percatan de la repentina baja de temperatura. Hachiro abre los ojos al sentir las gotas frías en su cara, abandona su puesto en el muro del patio y corre a refugiarse. En lugar de bajar por las escaleras, marcha sobre la muralla hacia el puesto de vigilancia, una estancia circular con cuatro postes que sostiene un pequeño tejado de paja. Desde ahí se puede ver el patio interior, el huerto, el techo de los establos y la luz proveniente de las barracas de los soldados.

Hachiro aparta su arco y lo apoya contra la alarma en el suelo, un aparato que ocupa toda la estancia y cuya manivela es del tamaño de su brazo. Aunque su intención es volver a dormirse, le resulta imposible por culpa del viento que sopla contra la torre, al menos en el muro podía sentarse y cubrirse de las ventiscas, ahí le toca quedarse de pie.

Incapaz de dormir y con demasiado frío para intentarlo, Hachiro se apoya contra uno de los postes en espera del amanecer. A esa hora no hay nadie que lo regañe por distraerse así que ocupa su tiempo en mirar el cielo completamente oscuro, no hay ni una sola estrella a la vista. En algún momento ve al grupo de Elok correr por el patio exterior hasta la puerta de hierro, escucha el inconfundible chirrido del metal al abrirse y después ve a los cuatro correr hacia las escaleras que descienden a las celdas.

Después de un rato oye al grupo de Malakay; a diferencia de la tropa anterior estos no parecen tener prisa por iniciar con sus actividades. Los ve caminar en el patio exterior, deteniéndose en cada zona cubierta antes de alcanzar el tejado de la puerta, ahí se quedan a maldecir la lluvia.

Hachiro no puede verlos porque el tejado de la puerta los cubre, pero el puesto de vigilancia esta justamente encima de una de las columnas que sostiene la puerta así que puede escucharlos. 

—Maldita sea—dice uno de ellos—Odio la temporada de lluvia.

—Lo sé—contesta alguien más—Viajar en está época es una mierda. Los caminos son charcos de lodo que se pega a la ropa, siempre estás mojado, y cualquier pendiente se puede convertir en una zona de deslave.

—¡Diablos!,—gruñe un tercero—¿Te imaginas el problema que va a ser llevar los carromatos de los salvajes? Esas cosas se atascan constantemente. Vamos a pasarnos la mitad del viaje empujando y colocando troncos para que puedan cruzar. Terminaremos con las botas llenas de agua y los huesos helados.

—Con suerte todos se quedarán a pudrirse aquí.

—¡Odio esto!, ni siquiera ha salido el sol.

—Maldita sea, ¿por qué diablos nos toca la revisión de los calabozos?

—¿No lo sabes?, Malakay perdió una apuesta.

—¡¿Qué?! ¡¿Es por culpa de ese bastardo que tengo el culo congelado?!

—¡Cállate!, ahí viene.

Hachiro mira hacia el patio exterior y de inmediato localiza al hombre que corre hacia la puerta hundiendo sus botas en los charcos del patio.

—¿Todos listos?,—pregunta Malakay en cuanto llega. Su voz, como Hachiro recuerda, es un eco profundo—Bien, terminemos con esta mierda. Nos toca una inspección general del ala sur. Vamos a separarnos, cada uno trabajara en una sala, quiero un inventario de los que siguen vivos, de los que no, y de los que pueden ser trasladados. Terminemos lo más pronto posible, el capitán quiere salir antes del mediodía así que lo mejor será apresurarse.

Hachiro los ve alejarse del tejado y correr por el patio interior hacia la entrada. Bosteza. Solo quiere que el sol salga para que su relevo llegue.

Por la periferia consigue captar movimiento, gira el rostro hacia la sombra y ve a un guardia correr de regreso. Qué se le habrá olvidado, piensa con aburrimiento hasta que se da cuenta de que el hombre corre sin ritmo, como un animal acorralado.

Qué.

Entonces lo ve. Detrás de él emergen varias sombras, sombras que se detienen ante la lluvia. Ninguna de ellas lleva uniforme.

—¡EH!,—el grito es instintivo, surge de él antes de que su cerebro procese lo que está pasando.

Oye el eco de la puerta al volver a cerrarse, pese al frenético latido de su corazón distingue el ruido de los pasadores que regresan a su lugar. Hachiro se gira hacia la alarma, toma la manivela y la hace girar. El sonido es tan escandaloso y agudo que teme que sus oídos empiecen a sangrar, pero eso no pasa, lo que sucede es que la prisión entera despierta.

.

—¡¿Qué pasó?!

—No lo sé.

—¿Por qué sonó la alarma?, ¿es un simulacro?

—No, dicen que escaparon.

—¿Quiénes? ¿Los salvajes?

—¿Quién más podría ser?

—¿Escapar? Es absurdo…

Atsuhiro ignora los cotilleos, intenta acercarse para escuchar la historia del soldado que tiembla frente al capitán, su voz posee ese timbre frenético de aquellos que se encuentran en shock y su relato está salpicado de muletillas verbales: Y luego, y entonces...

—¿Cuántos eran?,—pregunta uno de los tenientes interrumpiendo la historia lo que provoca que el chico se aturulle y tenga que volver a empezar cuando otro exige saber qué paso.

—¡Basta!,—grita el capitán—¡¡Basta!! No tenemos tiempo para seguir con este interrogatorio. Tenemos una fuga y hay que controlarla. Atsuhiro, reúne a tus hombres, los quiero en el muro, si alguno de los salvajes emerge de las escaleras lo quiero muerto. Nada de flechas incapacitantes, esta vez apunten a la cabeza o el corazón. La única salida que existe es esta, tenemos la puerta cerrada así que no podrán dispersarse. Lo único que pueden hacer es salir al patio interior, quiero que todos estén listos para abatir a cualquiera que asome la nariz. Ryu, reúne a un grupo y haz que trasladen el incienso que sobra del almacén.

—Pero está lloviendo.

—No lo usaremos en el patio, quiero que alistes las hondas, lanzaremos unas cargas a la entrada. Una vez que se extienda hacia el interior mandaremos un grupo de limpieza. Usaremos las cargas para llenar los calabozos antes de bajar. Vamos a limpiar este desastre.

Atsuhiro se aleja del grupo mientras el resto grita “si, señor” como una sola persona. En cuestión de minutos tiene a la mitad de su grupo corriendo para traer flechas y al otro reuniendo la mayor cantidad posible de arcos.

En ese momento el vigía del muro grita:

—¡Están fuera!

.

Hachiro suelta la manivela y el pitido de la alarma cesa de inmediato. Desde su posición puede ver que el patio exterior está inundado de soldados y la sola visión de sus compañeros consigue calmar su ansiedad. Toma su arco y se dirige a su puesto justo en el preciso instante en que una sombra abandona la seguridad de las escaleras y corre hacia la lluvia.

No puede escapar, piensa Hachiro aferrando su arco, la puerta está cerrada, detrás de la primera sombra surgen más de ellas, como si una represa se hubiera roto.

—¡Están fuera!,—grita al cielo buscando a tientas su arco.

No pueden salir, se repite Hachiro al tensar su arco y disparar. Inmediatamente después toma otra flecha y repite la operación. En esa fracción de minuto, mientras derriba a dos siluetas, la sombra que salió primero escala la pared. De la sorpresa Hachiro se aturrulla, comete el error de titubear y cuando intenta alcanzar otra flecha se paraliza porque en cuestión de segundos tiene a la sombra al alcance de su mano.

Aunque viste como él -traje negro, botas altas- de inmediato entiende que no es de los suyos porque no conoce a nadie que posea brillantes ojos color escarlata desbordantes de ira.

 

[…]

 

Ochako se despierta cuando oye el tintineo de las cadenas. En lugar de levantarse gira el cuerpo hacia el origen del ruido e intenta vislumbrar algo entre el velo negro que cubre toda la celda.

—Te vas a desmayar otra vez—murmura con cansancio al escuchar el chirrido del metal y la pesada respiración del alfa.

—Ya está… ya casi está.

La voz está llena de una energía incomprensible, posee un rico y atronador timbre. Es vibrante, limpia y espesa. Ochako la encontraría encantadora si no tuviera la certeza de que va a morir de hambre en esa celda.

Su estómago ruge, el sonido reverbera en la sala provocando que el ruido de las cadenas se detenga.

—¿Estás bien?,—pregunta la voz amable.

Ochako ni siquiera le ha visto la cara, pero sabe, con solo oír su voz, que el muchacho es simpático, energético e iluso. Lo último es lo que más la enfada.

—Podríamos salir—dice ella por centésima vez—podríamos emparejarnos y reunir fuerzas para enfrentar lo que venga.

—Ya hemos hablado de eso.

—¿Lo hemos hablado? Porque según lo entiendo tú hablaste, te negaste rotundamente y has estado intentando desprender esa cadena de la pared durante todo el tiempo que llevamos aquí. Sin éxito, tengo que mencionarlo. Lo único que has conseguido es desmayarte por el esfuerzo. Lo siento, pero no parece que estemos más cerca de salir ahora que desde el primer día.

—No vamos…

—La mitad de la decisión me pertenece. Tal vez sea la única oportunidad que tengamos. Qué más importa si nos están obligando, podemos seguir luchando mañana, cuando sigamos vivos, cuando salgamos de aquí, pero si nos negamos, moriremos aquí, ¿es lo que quieres?

La respuesta del alfa es un hondo suspiro.

—Sabes—responde la voz de caramelo—cuando tengo hambre también me pongo de mal humor, ¿por qué no tomas agua para calmarla?

Ochako resopla. Sí, el hambre la vuelve irracional. El hambre y el aroma, por el alfa huele a azafrán. Delicioso y espeso. Cada vez que inhala aspira la poderosa esencia y no puede evitar pensar en los postres azucarados de azafrán que su madre preparaba una vez al año. Se acuerda que en su casa no había dinero para ciertos lujos, pero su padre siempre se las arreglaba para conseguir azafrán. Ellos lo llamaban oro rojo por su valor, lo asociaban con la hermosura y la elegancia.

Abrumada por el hambre, inundada de recuerdos, Ochako se revuelve en su lugar, encoge las rodillas hasta su pecho y espesa su aroma. El recuerdo de sus padres le da fuerza, no quiere morirse, no ahí, encerrada en un calabozo sucio. Y si depende de ella ese no será su final; así tenga que forzar las cosas, va a seguir con vida.

—No hagas eso—le dice el alfa cuando nota el aroma.

Ochako lo ignora. La comida se ha terminado así que es cuestión de tiempo antes de que los guardias vuelvan.

—¡Basta!

Se paraliza ante el tono severo, pero no se rinde. El alfa puede negarse, pero es imposible que pueda resistirse al aroma. Si Ochako lo fuerza sabe que terminará cediendo. Está tan concentrada en su misión que no escucha la cerradura de la puerta, cuando reacciona entra en pánico.

Se sienta de prisa, tan rápido que el suelo se sacude. En la entrada la luz es tan brillante que tiene que entrecerrar sus ojos para ver. Un alfa entra haciendo tintinear las llaves, detrás de el se recorta una silueta más pequeña de pelo negro.

Sin poder resistirse Ochako grita.

—¡Yui!

La muchacha se abalanza sobre ella y Ochako la abraza incapaz de entender lo que está pasando, pero eso no impide que las lágrimas nublen su vista.

—¿Puedes levantarte?,—pregunta Yui desprendiéndose del abrazo

—Sí, ¿qué sucedió?

—Vamos a salir—responde Yui con una voz que combina miedo, alegría, pánico y esperanza—¡Salir!

En cuanto se alejan de la celda Ochako ve omegas abrazados apiñados cerca del ascensor. Al verla sus compañeros la abrazan y ella los aferra con fuerza intentando no echarse a llorar; al detectar el aroma de azafrán se gira.

Su compañero de celda es alto, fornido y guapo. Su pelo rojo se eleva en picos desiguales, tiene ojos grandes y expresivos en color rojo carmín, y una bellísima flor de lis justo en el centro de su pecho. Al sentir su mirada, el alfa desvía los ojos hacia ella y le sonríe. Un gesto amplio y devastador.

—Te dije que saldríamos—a Ochako le resulta sorprendente que esa voz de caramelo pueda transmitir tanta esperanza en una sola frase—Vamos a luchar.

.

Aunque Katsuki entiende que el tiempo está en su contra, no se lanza de cabeza como si fuera un estúpido; ni aun cuando la alarma lo llena de impaciencia se permite cometer errores. Se toma un momento para interrogar al resto, lanzar órdenes e instrucciones sin pausa. No se detiene a dudar, no titubea, no se amedranta. Ha entrenado desde que tenía seis años y se ha pasado siglos encerrado en una jaula recreando escenarios imaginarios a la espera del momento justo para salir. Es hora.

Después de exponer su plan y repartir obligaciones, Katsuki se gira hacia el grupo de omegas que charlan en voz baja.

—Quiero armas.

El omega rubio lo mira, asiente, después empuja a sus compañeros y grita sin detenerse.

—¡Traeremos lo que haya! 

Katsuki sonríe, una sonrisa feral y hambrienta, inmediatamente después da ordenes para que un alfa se quede atrás a recibir al resto. Justo en ese momento la alarma se calla y solo entonces se mueve.

Corre por las escaleras y sale a la lluvia. La lluvia. Fría y fresca. La sensación reaviva su energía, lo llena de fuerza, con ella consigue acallar el hambre. Corre por el patio notando al instante que no hay guardias en el muro; mientras se aproxima a la pared, recuerda que la primera vez que intento escalar consiguió rasparse la rodilla porque se impulsó al frente en lugar de hacia arriba. Al final consiguió dominarlo y fue capaz de ascender hasta una altura doble que la suya.

Ha pasado tiempo desde la última vez que escalo, la mayoría de las personas tendrían que practicar de nuevo para repetir su éxito, pero él no; porque incluso siendo niño Katsuki podía recrear un movimiento, un golpe, un ataque, con tan solo verlo. Y esta vez no es diferente.

Arriba

En lugar de esperar a que uno de los otros haga de pivote y lo impuse, Katsuki salta hacia la pared cuando está a un paso de distancia, eleva la pierna y apoya la parte frontal de su pie contra el muro. Mantiene la cabeza erguida y los brazos alzados, y utiliza el punto de apoyo para empujar la pared hacia abajo. Con su impulso da un paso hacia arriba y repite la misma operación. No es fácil, depende de sus reflejos, su fuerza y su habilidad, pero ahora más que nunca, Katsuki no tiene pensado rendirse.

Extiende sus manos antes de perder el impulso y aferra el borde de la muralla, de ahí se impulsa hacia arriba usando los músculos de los brazos. En cuanto tiene al guardia frente a él, Katsuki ataca.

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Un grupo de arqueros, encabezados por Atsuhiro, corre por las escaleras en un intento por neutralizar a los salvajes en el patio interior, pero al llegar a la parte superior se encuentran con un puñado de ellos que de inmediato contraatacan.

Sin posibilidades de avanzar, y con su grupo estorbando en la retaguardia, Atsuhiro aparta su arco, enarbola su cuchillo e intenta despejar la zona. Su misión es limpiar la parte superior del muro, instalar a sus arqueros, y acabar con cualquiera que se encuentre en el patio interior. No se espera que los salvajes hambrientos, sucios y jóvenes, respondan con una ferocidad que raya en el abandono.

El salvaje que tiene frente a él usa el uniforme de un guardia, Atsuhiro tiene planeado capturarlo e interrogarlo, pero el muchacho se defiende con una brutalidad abrumadora.

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Denki se acuerda del almacén de herramientas mientras corre hacia la cocina; en lugar de acompañar al resto se desvía a la derecha en el primer pasillo que encuentra. Por suerte la puerta no tiene candando, y Denki entiende por qué al enarbolar una de las antorchas para iluminar el cuarto.

Lo único que queda adentro son los costales con jabón para la ropa, varios bultos con tela destinada a confeccionar mantas, tierra fertilizada, semillas viejas, macetas de arcilla astilladas, un barril de aceite viejo, y otras cosas aparentemente inútiles. Como un montón de placas de madera torcida.

En cuanto las ve, Denki se detiene. Dos segundos después está corriendo de vuelta por el pasillo hacia la cocina.  

—¡Tengo los cuchillos!,—grita Chieka al verlo llegar. Detrás de ella el gabinete de los cubiertos está abierto de par en par con cucharas y cucharones regados por el suelo.

—¡También trae soga!,—responde él haciéndole señas a sus compañeras para que lo sigan—¡Y después reúnete conmigo en el almacén de herramientas!

Sin perder tiempo, Denki empuja a los demás hacia el pasillo.

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Para cuando vuelve Ryu encuentra que el muro del patio interior está abarrotado de salvajes. La primera línea de defensa los mantiene a raya en la parte superior, pero no cabe duda de que en cualquier momento bajarán por las escaleras para arrasar con todo.

Sin perder tiempo Ryu y su equipo reparten los pequeños frascos de tranquilizante entre el grupo de arqueros que se encuentran junto al capitán. Usualmente se utiliza en dardos para realizar traslados individuales, pero ahora su equipo empieza a humedecer las puntas de las flechas con la intención de neutralizar a todos los que están sobre el muro.

—¡No importa la precisión!,—grita el capitán alineando a los arqueros—¡Con un solo rasguño basta! ¡Ataquen!

Los arqueros disparan y Ryu comienza a preparar las hondas con el incienso.

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Eijirou está listo para correr por las escaleras hacia los pisos superiores cuando una pequeña mano lo detiene. Al girarse se encuentra con su compañera de celda, pequeña y con grandes ojos marrones.

—¿De verdad van a luchar?,—pregunta ella.

—Sí.

—Pero no tienen armas.

—Tendremos que improvisar.

—No… los guardias almacenan los picos en un armario junto a la entrada de las minas. Si aún están ahí…

—Muéstrame.

La omega se desprende de sus amigos y corre por uno de los pasillos con Eijirou y su grupo detrás.

Por suerte para ellos, la entrada de las minas está más cerca de esa sección, así que encuentran el armario casi de inmediato. Con ayuda de una barra de acero y la fuerza combinada de dos alfa, el candado se rompe. Dentro encuentran un pequeño cuarto repleto de picos desgastados y viejos.

Eijirou toma tres y corre, junto con el resto, siguiendo a la chica omega. En cuanto sale al patio interior la lluvia cae sobre él, paralizándolo. Le toma un minuto de inspección ver a un grupo de los suyos en la parte superior del muro, luchando contra los guardias.

¿Cómo llegaron…?

La respuesta a su pregunta está a tres metros junto a él donde un grupo de los suyos están impulsando a otros para que consigan alcanzar el borde de la pared. De inmediato nota que quienes hacen de pivote son los más grandes y los que alcanzan a subir poseen una complexión más esbelta.

Aunque el muro está lleno de los suyos no tienen forma de combatir contra el grupo de arqueros que ataca desde afuera, algunos caen por la barda con flechas atravesando cuellos y pecho. El resto se agacha para refugiarse tras las paredes de medio metro.

Después de repartir las armas que lleva, Eijirou está listo para regresa a buscar más cuando ve que uno de los suyos trastabilla a unos pasos de él. Antes de que otra oleada de flechas caiga, Eijirou lo aparta del centro mientras sus compañeros se marchan a buscar más armas.

—¿Estás herido?,—pregunta con voz ansiosa—¿dónde?

Encuentra un corte semiprofundo a lo largo del hombro, sin duda el resultado de una flecha que consiguió retirar sin problemas. La herida no sangra, no parece mortal, pero el alfa ha cerrado los ojos y no responde a su voz. Eijirou encuentra la flecha a tres pasos de distancia, al examinar se percata del tenue aroma que proviene de la punta de acero. Inmediatamente después se mueve:

—¡Cuidado con las flechas!

Ni siquiera ha terminado de hablar cuando una oleada de las mismas se elevan en el cielo con dirección al patio.

.

Los arqueros consiguen una victoria aplastante al disparar la primera carga. La segunda resulta menos efectiva porque los salvajes en el muro se cubren de inmediato. La tercera y la cuarta tienen como objetivo caer sobre el patio interior, pero es imposible confirmar su efectividad debido a que no tienen forma de ver los resultados.

Los soldados de las escaleras se han replegado ante una orden del capitán, quien los organiza frente a la puerta dejando a los arqueros con órdenes de mantener a los salvajes en la parte superior del muro.

—¡En cuanto huyan hacia los túneles, lancen las cargas de incienso a la entrada!

El grupo de Ryu avanza en la retaguardia con sus hondas de mano listas para usarse. Todas las fuerzas de la prisión se alinean cerca de la entrada a la espera de irrumpir en el patio y obligar a los salvajes a retroceder.

.

De cuclillas junto a las escaleras, Katsuki toma aire. Entre todos han conseguido evitar que los guardias se apoderen del muro, y finalmente el capitán ha decidido abrir la puerta.

Es justamente lo que Katsuki quiere.

Se aparta el pelo mojado de la cara, toma aire, empuña el cuchillo del guardia muerto y se detiene a escuchar. No necesita mirar hacia el patio interior para saber que el resto de los suyos se ha armado y está listo para defenderse, lo único que están esperando es una señal.

—¡Puerta!,

Kastuki grita en el preciso instante en que oye las planchas de hierro rechinar al abrirse. Ni siquiera lo piensa dos veces antes de dejarse caer del muro sobre la horda de enemigos que va entrando.

.

El capitán espera encontrarse un grupo de salvajes violento y suicida, espera los gritos de ira, no se espera encontrarse con un grupo de salvajes armados con picos, usando planchas de madera vieja envueltos en cuerda como si fueran escudos de mano. No se espera a los bárbaros que caen desde el cielo.

Las dos fuerzas chocan en la entrada con una potencia inesperada. Muchos de la primera línea caen, algunos atravesados por cuchillos, otros al ser golpeados con picos de minería. Pese a que el embiste es tremendo, los hombres del capitán mantienen su formación y pronto están recuperando terreno.   

Es cierto que la ira de los salvajes es avasallante, luchan con un frenesí obsesivo y una ciega desesperación, pero lentamente empiezan a ser visibles los signos de desgaste físico. El hambre, la lluvia, la actividad pesada, todo se combina para que los soldados recuerden que se enfrentan a jóvenes, niños en algunos casos, ninguno mayor de dieciocho años.

El capitán recupera su confianza y empieza gritar ordenes sin parar.

—¡Los inciensos! ¡Traigan los inciensos!

Conforme la fila de soldados ingresa por la puerta obligando a sus enemigos a replegarse, el último grupo con las hondas cargadas atraviesa el arco de entrada. Todos están adentro cuando el contraataque llega.

Uno de ellos se desploma al ser golpeado por lo que parece una pelota de tela. Cuando el soldado que está detrás de él se inclina para inspeccionar la pelota, descubre que en realidad se trata de una maceta de arcilla rota llena de tierra envuelta en un trozo de tela. Está enderezándose cuando una de esas cosas lo golpea de pronto.

Los lanzadores de macetas se hallan apiñados junto a la pared, cerca de la entrada a las jaulas. Un puñado de ellos hacen girar los proyectiles antes de soltarlos y de inmediato uno de sus compañeros le entrega otro antes de inclinarse para fabricar el que sigue.

Los portadores de incienso se desploman o se ven obligados a retroceder ante los fardos que caen sobre ellos. Este contraataque consigue romper la formación de los soldados y el grupo de salvajes armados renueva su embestida sin titubear.

El capitán se ve obligado a retirarse, él y sus hombres retroceden hacia la entrada golpeando sus espadas cortas contra los escudos de madera improvisados. En cuanto consiguen ponerse a cubierto bajo el tejado, el capitán grita:

—¡Arqueros!

Pero antes de conseguir una respuesta, los salvajes se pegan a las paredes mientras la lluvia de flechas cae a tierra.

—¡AAH!,—el grito proviene de un salvaje que viste con el uniforme de los guardias, es un sonido feral, oscuro y terrible, ni siquiera ha terminado de hablar cuando se mueve. Corre hacia ellos y de inmediato todos lo siguen, rugiendo con una sola voz.

El capitán y el resto de sus fuerzas retrocede con la intención de solicitar la ayuda de los arqueros.

—¡Disparen!

Detrás de su grupo aparecen los salvajes con sus escudos astillados, al mismo tiempo el grupo que se encuentra en la parte superior del muro corre por la escalera hacia el patio exterior. Arrinconados por ambos lados, los arqueros se ven obligados a enarbolar sus espadas para defenderse.

Los charcos del patio se tiñen de rojo conforme el cielo empieza a clarear.

.

Algunos intentan huir, otros se rinden. A ninguno de ellos se le concede misericordia.

.

.

.

La lluvia no para, el amanecer no trae consigo un cielo azul ni un sol brillante. El mundo es de un gris opaco, frío y húmedo.

[…]

Denki cierra los ojos mientras alza la cara hacia el cielo. Junto a él, Ochako llora con las rodillas enterradas en el suelo mojado y las manos aferrando su cuerpo. Su llanto, como el de los demás, es una mezcolanza de felicidad, incredulidad y dolor. Denki lo sabe porque él también se siente así. Podría llorar y reír, podría cantar y bailar, pero lo cierto es que la emoción es tan fuerte que paraliza.

Tiene miedo de moverse, tiene miedo de despertar y darse cuenta de que en realidad está soñando.

—No te reconocí con el uniforme.

Abre los ojos y gira la cabeza hacia la voz. El alfa pelirrojo está ahí, indemne, inmutable, observándolo como si fueran amigos y le diera gusto de saber que sigue vivo. Lo más asombroso es su sonrisa, amplia, cálida y maravillosa. Es la misma sonrisa que tenía en las celdas oscuras, aunque está vez, en lugar de sentir incómodo, Denki tiene ganas de sonreírle de vuelta.

Tal vez lo hace porque la respuesta del alfa es acercarse con lentitud como si tuviese miedo de asustarlo.

—Te está creciendo el pelo.

De forma automática Denki se lleva una mano a la cabeza donde nota que sus mechones rubios sobresalen de entre sus dedos. Cuando estuvieron juntos su pelo se parecía al de un puercoespín.

No más cortes de pelo obligatorios.

Se ríe, no puede evitarlo. El pensamiento es maravilloso. Descontando el puñado de risas que el alfa consiguió arrancarle durante su estancia en las celdas negras, hace años que no se reía así. Hace años que algo tan simple como el largo de su pelo no lo hacía feliz.

Se ríe y de pronto está llorando. La puerta se ha abierto y no puede parar. No sabe cómo hacerlo.

Entonces tiene al alfa frente a él, rodeándolo con sus brazos, emitiendo ese tenue aroma de conforte lleno de azafrán. 

 

[…]

 

Katsuki no para hasta que no tiene la certeza de que la victoria ha sido absoluta. Organiza grupos de limpieza con la intención de recorrer cada barraca hasta asegurarse que en la prisión no queda nadie más que ellos, envía a otro grupo a reunir armas, otro a contabilizar muertos, otro a reunir a los heridos, y otro más a inspeccionar el muro exterior para saber si alguno de los soldados consiguió escapar.

Solo entonces se da la vuelta para ir a buscar al pelirrojo. Lo encuentra consolando al omega rubio, quien se endereza al sentirlo llegar. El muchacho tiene los ojos rojos y su voz posee el característico tono de aquellos que han llorado, pero en lugar de derrumbarse, el chico asiente en su dirección listo para atender sus indicaciones.  

Katsuki no pierde tiempo.

—Necesitamos provisiones.

—Nuestra despensa está vacía—responde el omega de inmediato, sin detenerse con preguntas innecesarias—Alla abajo solo queda aceite viejo.

—Organiza a los tuyos, que busquen los suministros de los guardias. Tiene que haber algo, lo suficiente para el viaje que planeaban. Necesitamos comida.

—Muy bien.

—Dame el paquete.

El omega lo saca de su bolsillo y se lo tiende, después se gira hacia la chica que permanece arrodillada en el suelo mirándolo con los ojos abiertos. El muchacho consigue levantarla y está listo para empujarla cuando ella planta los pies y lo encara.

—Queremos ropa.

—Yo no fabrico ropa, si la quieres, búscala.

Antes de que ella pueda decir nada más, el chico la arrastra lejos. Katsuki se gira hacia el alfa pelirrojo, que no ha dejado de pasear su vista de uno a otro como si intentara entender algo.

—Tú también usas uniforme—es lo primero que dice cuando los otros dos se alejan.

—No pierdas el tiempo con estupideces y dime que dice.

Empuja el paquete de frascos contra el pecho del otro y le hace señas para que se pongan a cubierto bajo el tejado de la entrada al patio interior. Desde ahí se ven los cuerpos de los caídos, entre ellos pasea otro grupo que se dedica a trasladar a los heridos a una zona seca.

El pelirrojo toma el paquete y lo desenvuelve. Encuentra cinco viales de vidrio del tamaño de un dedo con sus tapones de corcho y una pequeña nota doblada metida entre los frascos. Al desplegarlo comienza a leer en silencio.

—¡En voz alta!

El pelirrojo obedece.

Hola Eijirou.

Hasta el momento eres el único que ha contestado. No tengo noticias de Hanta, Rikidou o Tetsutetsu. Es imposible decir que ha sido de ellos.

Tu carta confirma nuestra teoría, el incienso incapacita a nuestras tropas, está más allá de mí, imaginar por qué ninguno de nuestros espías supo de su existencia, pero sin duda es un detalle importante que mi padre debe saber. En cuanto supimos de ella un aliado nuestro sugirió la posibilidad de utilizar pañuelos cubiertos de perfume con la intención de minimizar sus efectos, tu amigo Rojo ha probado la teoría, pero es importante saber si el éxito puede repetirse para el resto y si es posible que neutralice sus efectos por completo. Con este objetivo en mente enviamos cinco viales con lociones naturales.

La hipótesis que tenemos es que tal vez el aroma a menta sea efectivo porque Rojo lo asocia con su hogar. Tal vez por eso no funcionó contigo, tal vez por eso no funciona con nadie más. Nuestra sugerencia es buscar compañeros que reconozcan alguno de estos aromas como familiares y probar si consiguen resistirse temporalmente al incienso.

Los viales contienen manzanilla, fresa, menta, jazmín, y el último es una elaboración especial.

Éste último contiene feromonas omega. La hipótesis que tenemos es que los omega no se ven afectados por el incienso. ¿Están ellos presentes en algún momento durante la aplicación del incienso? De ser así, ¿ha existido algún cambio en los resultados? De ser posible quisiéramos que utilizaran la esencia para probar la teoría de que en presencia del aroma natural de un omega el incienso resulta menos efectivo. Cualquier conclusión que puedan obtener a partir de esto tendría un inmenso valor para los nuestros.

No tomes decisiones precipitadas, Eijirou, las tropas de mi padre deben estar por llegar. Si no hubo cambio en su itinerario, sus naves deben aparecer en el horizonte en cualquier momento. Me temo que no podemos quedarnos para seguir ofreciéndote ayuda, hemos sido descubiertos y nuestro contacto sugiere un repliegue inmediato. Partiremos hoy mismo, me han dicho     que te entregaran está carta en dos días, para entonces nosotros estaremos cerca de la costa. En cuanto me reúna con mi padre, enviaremos a un grupo por ustedes.

No te rindas.

.

Ejirou toma aire, la carta del príncipe posee el tono seco que lo caracteriza, pero aun así puede leer la preocupación por el resto de sus compañeros. La misma que él siente ahora al pensar que alguno de ellos sea uno de los muertos.

—¿Y qué más?

La pregunta lo devuelve a la realidad.

—Es todo lo que dice… ¡eh! ¿qué estás haciendo?

—Yo me quedare con este—responde el rubio al tomar el frasco de color transparente.

—¿Qué aroma es?

—No te incumbe… ¿no dice nada sobre cómo obtuvieron las feromonas omega?

—No, ¿por qué?

—Contesta.

—Lo que dice es lo que escuchaste, nada más… además, quienes extraen ese tipo de perfumes son los herbolarios beta. Tienen un excelente sentido del olfato.

—Tal vez de donde vengas así sea, pero en el sur los sanadores hacen sus propias lociones y pastas.

—¿En serio?... Hum….

—Ya sea un herbolario o un sanador, ¿de dónde lo obtuvo tu príncipe?

—Hay un herbolario que sirve en la corte, tal vez se la pidió a él.

—¿Cómo es?

—¿De carácter? Imposible. No le gusta que nadie se meta en su jardín.

—¿Es viejo?

—Como una pasa agria.

—¿Solo está él?

—Tiene a dos ayudantes, y hace un año admitió a otro aprendiz.

—¿Lo conoces?

—¿Al aprendiz?... Sí, es una vieja amiga, ¿a qué vienen tantas preguntas?

El rubio no le responde, mira el frasco en su mano hasta que finalmente parece tomar una decisión, destapa el vial y le acerca el tapón de corcho a la nariz.

Eijirou inhala y de inmediato detecta el aroma a menta con una pizca de algo que no logra identificar. Es ligero, fresco y adorable en su sencillez. En cuanto lo huele se imagina un campo en primavera, lleno de aromas naturales y herbales.

—¿En tu hogar hay algún omega que huela así?

Eijirou exhala con lentitud, preguntándose vagamente qué zona del cuerpo posee un aroma tan rico en contrastes y profundidad.

—No—responde al final

El rubio aprieta los dientes y se entiesa al preguntar:

—Tu príncipe habla en plural: Tenemos, nuestro… ¿sabes quién viaja con él?

—No. Podría apostar que es Tenya, el único beta de nuestro grupo, podría ser Hizashi. Es posible que Aizawa-sensei también esté con él.

La respuesta consigue que el rubio expulse el aire con fuerza.

—Si tanto te interesa—le dice Eijirou intentando calmar el ambiente—puedo preguntarle a Todoroki-ouji.

La mirada escarlata es afilada y firme.

—Una vez que lleguemos a la costa—añade Eijirou con una sonrisa.

El rubio sonríe. Eijirou empieza a acostumbrarse a ese gesto maníaco que refleja un ansia carnívora.

—Vayamos a buscar al ejército de tu príncipe.

 

 

Chapter Text

Aizawa se queda en cubierta hasta que la orilla de Hosu se desvanece. Incapaz de dormir o de calmarse, se pasa la siguiente semana entrenando a Tenya en las costumbres de las tribus bárbaras, lo obliga a memorizarse mapas enteros e intenta aplacar sus prejuicios natos.

—Debes mostrarte siempre respetuoso frente a su líder—repite por enésima vez mientras su alumno se retuerce en su lugar—Desconozco la personalidad del joven Togata, pero es importante que no lo contradigas. No poseerá el título de rey, pero lo es a los ojos de su gente. Merece el mismo respeto que Todoroki-ou. No cometas el error de menospreciar sus tradiciones, son gente orgullosa y no tienen miedo de aceptar un duelo para defender su honor.

—Pero su forma de vida es…

—Tenya, no.

El muchacho asiente con calma.

—No lo decepcionaré, maestro.

Aizawa se despide de él en los picos. Lo ve alejarse hacia el interior mientras su barco pone rumbo de vuelta hacia Yuuei. El viaje le resulta insoportable, no deja de pensar, no deja de barajear teorías y cada día se arrepiente de haber abandonado a Shouto.

Es llegar al puerto y entender que es demasiado tarde; la flota real se ha ido y solo queda un puñado de barcos con la misión de patrullar la costa. De inmediato Aizawa ordena que el barco se ponga en marcha, pero el capitán le advierte que necesitan al menos tres días para realizar revisiones de rutina, reabastecimiento de suministros, limpieza y otros detalles.

—Nos vamos mañana al amanecer—ordena Aizawa en un tono que no admite réplica.

Mientras el capitán se encarga de los preparativos, Aizawa deja a los cachorros alfa bajo el cuidado de uno de los oficiales, también se despide de Hizashi, que se prepara para partir hacia el sur.

—Tal vez deba ir contigo—medita Hizashi junto a la nave en la que piensa viajar—Necesitarás ayuda para convencer a Todoroki-ou.

—Conseguir refuerzos debe ser nuestra prioridad.

—Pero todos los reportes indican que nuestra fuerza de combate es superior al ejército de Hosu, no creo que los refuerzos sean necesarios. Con el Ou viaja su guardia personal, los Gatos fueron reclutados y no habrá plan alguno que Sir Nighteye no apruebe. Temo que los refuerzos solo te causen problemas. Todoroki-ou no verá con buenos ojos que tomes los asuntos diplomáticos en tus manos.

—Si resultan ser innecesarios me disculpare y aceptare cualquier penitencia que me imponga el rey.

—Sigo sin entenderlo, ¿por qué insistes en traer ayuda?... ¿te preocupa lo que dijo el joven Midoriya? Tal vez no fuera cierto.

—Eso haría todo más fácil, pero supo detallar la posición de las aldeas en Hosu, los itinerarios en sus patrullas, la trayectoria de sus navíos comerciales. Sin importar cuántas veces lo interrogué, nunca detecté mentiras ni encontré contradicciones. Su información era sólida.

—Bien…, entonces hay una alianza: Hosu y Overhaul.

—No se trata solamente de la alianza, el chico supo de la desaparición de barcos muchísimo antes que nosotros.

—Los naufragios son moneda corriente en el mar.

—Hable con el capitán. Hace dos años que el número se incrementó, no siempre hay tormenta cuando los barcos desaparecen, pero lo hacen sin dejar rastro.

—Si es tan inusual, por qué nadie notifico al rey.

—Lo hicieron. El capitán me dijo que enviaron un aviso a la corte hace más de un año. Recibieron respuesta: El asunto se desestimó. Y hace un par de meses enviaron otra nota informativa. Esta vez nadie se tomó la molestia de contestar.

—Tal vez el asunto no era su prioridad.

—O tal vez nunca supo de el.

—¿Insinúas que hay mensajes que no llegan hasta el rey?

En lugar de responder, Aizawa toma aire y lo suelta con lentitud. Las dudas no dejan de revolotear dentro de él sin pausa. Su incertidumbre se ha convertido en una certeza frágil, cada día más firme y concreta. Al final no puede evitar pronunciar en voz alta la idea que no lo deja en paz.

—Me temo que hay un traidor en la corte. Uno que filtra la información que recibimos.

Hizashi lo mira estupefacto, con la frente arrugada ante la idea. Cuando habla su voz carece de los tonos altos y estridentes que lo caracterizan, es un susurro quedo, lleno de matices confusos.

—…esa es una acusación grave.

—Lo sé, y no dejo de pensar en ello. Ninguno de nuestros espías supo de la droga. Ni uno solo.  Y cada vez que pienso en sus informes me doy cuenta de que son réplicas casi exactas, con los suficientes cambios para pasar desapercibidos. La mayoría duró menos de tres meses antes de desaparecer. Y no solo es la droga. Los secuestros continúan. Nuestra flota patrulla las costas día y noche, los horarios cambian, las rutas se alteran, y de alguna forma los esclavistas siguen llegando. Además, el capitán me confirmó que los barcos desaparecidos tienen una tripulación compuesta enteramente de hombres beta. Son demasiadas coincidencias.

—Pero hemos tenido victorias. Conseguimos evitar la captura de este año.

—Porque el príncipe ordeno la inmediata movilización de los barcos. El capitán tenía ordenes de mantener la vigilancia en esta zona. No se habría movido de aquí sin una orden directa.

—…nadie esperaba que el príncipe estuviese aquí.

—Todos creen que está descansando con su hermana en el bosque de la noche. Esa fue nuestra coartada.

—Espera, espera, hemos tenido otras victorias. El ataque a la fortaleza fue posible gracias a la información de los espías.

—Espías que fueron enviados con Kamui, un contacto al que solo yo tengo acceso y cuya identidad real se ha mantenido en secreto. Gracias a él conseguimos coordinar ese ataque. Mitsuki y los suyos lograron recuperarla, pero todos los prisioneros habían muerto muchísimo antes de que sus puertas cayeran. Ese fue el primer contacto que tuvimos con la droga, pero nunca supimos de ella. Alguien se aseguró de mantener esa información oculta.

—Entonces qué, ¿hay una conspiración dentro de la corte?

—No lo sé… ya sea un espía o un grupo de traidores, lo cierto es que se trata de alguien capaz de manipular los registros de información.

—Si existiera un traidor habría intentado acabar con la vida del rey.

—Dudo que su intento sea tan burdo como un cuchillo por la espalda o una porción de veneno en su vino. Temo que está guiando a nuestro rey hacia una trampa.

—¿El ataque a Hosu?

—Piénsalo. El rey viaja a ciegas, sin saber de la alianza ni del arma que usan contra nosotros. Si su ataque falla…

—En su ausencia, Shouto asume sus obligaciones, todas las familias de la corte son leales a él.

—¿Qué puede hacer un rey de diecisiete años con su ejercito al otro lado del mar cuando las tropas enemigas lleguen primero?

Hizashi se pasa una mano por el pelo, lleno de incredulidad.

—¿Crees que la intención de Hosu sea invadir Yuuei?

—Todoroki-ou se llevó a todo su ejército; dejo un mínimo de hombres, los suficientes para mantener el orden, pero su mano derecha, el capitán de su guardia, los patriarcas del consejo, todos ellos viajan con él. Si Hosu ataca, mientras están fuera, no tendremos la fuerza para hacerle frente.

—Sir Nighteye sugería mantener al rey aquí y enviar a Tsunagu con la mitad de la milicia, ni un hombre más.

—¿Recuerdas quien convenció al rey de participar en la lucha y reunir a todos sus hombres?

Hizashi lo mira, la arruga en su frente profundizándose. Traga saliva incapaz de pronunciar en voz alta el nombre que tiene en mente, en su lugar murmura.

—¿Alcanzaras a la flota del rey?

—Nos lleva cinco días de ventaja, pero con suerte Sir Nighteye estudiará la situación antes de organizar un ataque.

—¿Qué pasara si no consigo convencer al Concejo?

—Yuuei queda desprotegida y si cae no habrá nadie que pueda oponerse a Hosu.

Hizashi toma aire con labios trémulos.

—Maldita sea, Shota, de verdad espero que te equivoques.

 

[…]

 

Tomoko se apoya en la barandilla de la cofa con sus ojos fijos en el horizonte. Es de noche, pero la luz de las estrellas que se reflejan sobre el agua le permiten distinguir la sombra que se aproxima hacia ellos. Se da cuenta de inmediato cuando detrás de la sombra empiezan a perfilarse más siluetas. Todas del mismo tamaño, deslizándose por el mar a la misma velocidad.

Al ver las luces titilar en lo alto de los mástiles en un patrón que no reconoce, Tomoko grita.

—¡Enemigo a la vista!

Su grito reverbera en la noche, alertando a la tripulación y a sus compañeros que hacen sonar la señal de alarma. Sin perder tiempo Tomoko toma su linterna de aceite, que mantiene encendida en la cofa, y se gira hacia la izquierda, donde cubre la llama y la descubre en un patrón regular alertando al resto de la flota. De inmediato recibe una respuesta del barco más cercano, una luz que destella, se apaga y vuelve a destellar. La señal se repite en otro barco y sigue sucesivamente hasta que todas las naves de la flota responden a su advertencia.

Sin perder tiempo Tomoko se desliza por las cuerdas y cae grácilmente sobre sus dos piernas antes de correr hacia la escalera que conduce al interior. Baja para encontrarse con el rey que sale de su habitación sin su uniforme de batalla.

—¿Cuántos son?,—pregunta Todoroki apenas la ve descender.

—Consigo contar dos decenas de barcos, Su Majestad, es probable que haya más detrás.

—¿Nuestros hombres están enterados?

—La flota está lista, Su Majestad.

—Entonces es momento de luchar.

Tomoko asiente, está a punto de dar media vuelta cuando la sosegada voz de Sir Nighteye se eleva junto al rey.

—Tal vez sea prudente enviar una ofensiva por delante.

—Una excelente idea—añade Tsunagu materializándose junto a la mano derecha del rey—Si nuestro comité de bienvenida es tan pequeño, no vale la pena perder el tiempo con ellos.

En silencio y completamente inmóvil, Tomoko estudia el ambiente. Sus ojos vagan de la expresión impaciente del rey hasta el rostro sosegado y firme de Sir Nighteye. Junto a ellos Tsunagu exhibe una postura relajada, pero sus ojos delatan su nerviosismo. Es obvio que intentan convencer a su monarca de no participar en batalla sin pronunciar la petición en voz alta.

—Ellos tienen razón—responde una cuarta voz con el timbre alegre y despreocupado de aquellos que no guardan dudas en su corazón. Jin Bubaigawara, guardia personal del rey, palmea a Tsunagu en la espalda y le ofrece una sonrisa confiada a su soberano—Dejemos a los peones en manos de peones. Estoy seguro de que Su Majestad prefiere conservar su energía para la batalla en tierra.

—¿Ese es tu consejo?,—murmura el rey con su expresión enfadada.

—Una recomendación. Cuando desembarquemos en el puerto nuestros hombres verán a su rey guiar la ofensiva, a menos que prefiera esperar en el barco mientras hacemos limpieza.

—No hemos decidido…

—¡Hemos venido a luchar!,—replica Todoroki-ou cortando la protesta de su mano derecha.

El rey se mueve antes de ellos. Sir Nighteye lo sigue de inmediato y Tsunagu se gira hacia Jin.

—¿Por qué has tenido que abrir la boca?

—¡Hey!, estaba intentando ayudar. Pensé que la idea de luchar en el puerto lo haría cambiar de opinión sobre luchar hoy.

—¿Y cómo planeabas convencerlo de no luchar en los puertos?

—Sir Nighteye habría ideado un plan para entonces. ¡Yo solo quería hacer tiempo!

Tsunagu se marcha rechinando los dientes. Jin los ve desaparecer antes de girarse hacia Tomoko.

—Nuestro rey es como un niño pequeño, ¿hum?

Tomoko procura mantener su expresión neutra, aún se acuerda de su castigo la última vez que se quejó de su rey, pero hay algo en Jin… su sonrisa, la expresión en sus ojos, la familiaridad con la que se mueve, que instan a Tomoko a relajarse.

Al final se rinde y suspira.

—A nadie le gusta que le prohíban cosas.

Jin le regala una sonrisa inmensa, todo burbujeante y natural.

—Eres Tomoko Shiretoko, ¿no?, miembro de los Gatos Salvajes. He oído muchas historias de ustedes. Me han contado todo sobre su grupo y su forma de luchar..., también me han dicho que son de los pocos amigos que tiene Aizawa.

—Él no suele socializar con nadie.

—Lo sé, es un gato arisco, tal vez por eso se lleva tan bien con ustedes… por cierto, ¿dónde está él, hum? No lo vi abordar.

—Ya quisiera saberlo.

—Es extraño. Siempre creí que su intención era recuperar a su sobrino.

—Y lo es, pero tiene obligaciones.

—¿Cuidando de nuestro príncipe?

—Esa es su vida.

—Oí que el príncipe se retiró con su hermana al bosque de la noche, ¿es cierto? Hace años que no van ahí.

Tomoko sonríe emocionada ante la perspectiva de intercambiar noticias y rumores, mira a su alrededor en busca de oídos indiscretos y cuando no encuentra a nadie se gira hacia Jin, abre la boca y oye a Ryouko llamarla desde lo alto de la escalera.

—¡Tomoko, ven aquí!

Su cuerpo reacciona por instinto, se mueve hacia la escalera sin pensar y tiene el pie en el primer escalón cuando se da cuenta de que ni siquiera se ha despedido. Gira el rostro con las palabras de adiós en la punta de su lengua cuando se topa con la expresión de Jin que vuelve a su camarote.

Lo que ve resulta incomprensible. Jin no sonríe, su boca está torcida en un gesto de burla y manía tan alarmante que paraliza a Tomoko en su lugar.

—¡Tomoko!

Sus pies se mueven solos. La mueca de Jin la sigue y es un recuerdo fijo hasta que ve las siluetas negras que se recortan contra el horizonte. De inmediato asume su mentalidad de batalla y empuja ese mal presentimiento al fondo de su conciencia.

No volverá a pensar en él jamás.

 

[…]

 

En cuanto empieza la lluvia Ryouko maldice.

Detesta luchar mojada, detesta que su pelo se pegue contra su cráneo y que su fleco le cubra los ojos. Odia luchar en el mar con el suelo que se balancea y la amenaza de caer por la borda.

—¡No veo nada!,–exclama con ira

—¡Pues abre los ojos!,—grita Tomoko en algún punto sobre de ella.

Ryouko rechina los dientes. Tomoko ama el mar, tiene unos ojos asombrosos que le permiten observar el mundo a kilómetros de distancia sin importar si de día o de noche, sabe navegar, le encanta subirse a los mástiles y sentarse en los postes a estudiar el horizonte azul. Puede luchar en un barco con la misma agilidad y destreza que en tierra firme.

Ryouko detesta su perfección, también aborrece su exiguo sentido de autopreservación.

Cuando el primer barco se acerca, Tomoko salta hacia él con las cuerdas listas para construir un puente. No titubea, no duda. Ryouko se maldice porque ella también es un alfa pero en comparación de Tomoko se siente relegada.

Instigada por su audacia, Ryouko salta detrás de su compañera y empuña su espada sin titubear. Con el enemigo frente a ella se olvida de su odio por el mar y se concentra en la lucha. Esquiva ataques a derecha e izquierda, después golpea, usa su espada para cortar las zonas blandas del cuerpo. La sangre mancha sus ropas, pero la lluvia mantiene su cara limpia.

De pronto detecta el aroma de advertencia, denso y apremiante, que la hace reaccionar de forma automática. Se aparta cuando un hombre inmenso, con el torso superior cubierto de pelo oscuro y dos cuernos en forma de espiral, embiste contra ella. Ryuoko se resbala por el piso mojado incapaz de apoyar la pierna para levantarse, pero cuando el hombre arremete de nuevo, Yawara lo empuja de costado aprovechando la sacudida del barco para desequilibrarlo.

El hombre bestia sacude su cabeza apartando el agua de sus ojos e inmediatamente después enfoca su atención en Yawara. Cuando embiste contra él, Yawara se inclina como si tuviera intención de hacer frente a su fuerza bruta, pero justo antes de la colisión, cuando el hombre inclina sus cuernos para ensartarlo, Yawara se mueve. Usa su pierna izquierda como punto de apoyo, sujeta los cuernos y en lugar de empujar hacia el frente, gira usando el impulso de su enemigo para lanzar a su contrincante fuera de la borda.

Después le tiende una mano ensangrentada.

—Luchamos en pares—le dice con su voz potente y amable.

—¡Díselo a Tomoko que saltó sin permiso!

Yawara se ríe.

—No te preocupes, ¡Shino hablará con ella!

Ryouko sonríe, se sacude el pelo de la cara y se endereza. Está lista para otra ronda.

 

[…]

 

La victoria es aplastante. Las tropas de Hosu caen bajo el ataque masivo e indiscriminado de la flota de Yuuei. El rey lucha entre Sir Nighteye y Tsunaga, rugiendo cada vez que un enemigo cae por su espada.

La mañana los alcanza haciendo una limpieza final.

Yuuei pierde dos barcos en la contienda por culpa del fuego, pero consiguen dieciocho navíos capturados en buen estado, aunque extremadamente viejos, y otros diez con exiguas provisiones que terminaran por hundirse. Todas las fuerzas enemigas son lanzadas al mar, los pocos interrogatorios que realizan no aportan más información con excepción de la noticia de que los refuerzos se aproximan. El día termina con la flota dividiéndose en dos grupos, uno de ellos se aleja hacia babor con la intención de atacar el segundo puerto.

El barco del rey se ancla frente la costa. Sir Nighteye decide posponer el ataque con la intención de preparar el asalto, todo ello mientras esperan la aparición de los refuerzos enemigos, pero la paciencia del rey es corta y al final, dos días después de la batalla en el mar, reúne a su grupo para ultimar los detalles.  

—Mañana temprano invadiremos el puerto—exclama Todoroki-ou estudiando el rostro de cada uno de los presentes—Quiero que mi grupo esté en primera fila.

Nadie se atreve a llevarle la contraria. Ni su mano derecha –Sir Nighteye aprieta los labios–, ni el capitán de su guardia –Tsunagu toma aire con lentitud–, ni ninguno de los hombres de su escolta personal. Jin es el único que asiente con energía, como si estuviera listo para la batalla.

—Solo tengo una pregunta Su Majestad—interrumpe Jin sonriendo con diplomacia—¿quién se quedará a coordinar las fuerzas que dejaremos protegiendo nuestra retaguardia?

—¿Quieres quedarte?,—pregunta Tsunagu con el ceño fruncido.

—¡No! Yo quiero luchar…, propongo que Sir Nighteye permanezca en el barco.

—Es una buena idea—responde el rey cruzando los brazos.

—Prefiero acompañar al grupo de Su Majestad. Tengo interés en inspeccionar los mapas y libros que guardan aquí. Tal vez sea apropiado que nuestro rey…

—No voy a quedarme.

—¿Qué tal Tsunagu?,—propone Jin señalando al capitán.

—No.

—Pues alguien se tiene que quedar—insiste Jin—no podemos dejar los barcos sin un líder.

—Será tu trabajo—exclama el rey con firmeza—Te quedarás aquí, Jin

—Quiero luchar—replica el alfa con asombro.

—Es una orden. Te quedarás al mando mientras estamos en tierra. Si los refuerzos enemigos aparecen tienes la autorización de organizar nuestras tropas.

El rostro de Jin se contrae de pena, pero asiente a las órdenes de su rey sin decir nada.

—Dejare a Taishiro contigo—exclama Sir Nighteye de pronto mirándolo con una atención avasallante.

Jin lo mira, la sonrisa titubea un momento, pero emerge amplia e inmensa como es su costumbre.

—Será lo más sensato—responde con un tono neutro—Y ya que tu grupo tiene un luchador menos, te ofrezco a uno de los míos. Toma a Masukyura, es un excelente guerrero y cubrirá el espacio que Taishiro deja libre.

Con eso la reunión se disuelve, solo queda dormir y descansar para la batalla que se avecina.

 

[…]

 

Desembarcan temprano en pequeños grupos de diez o quince usando los botes de asalto para llegar a la costa. Una vez ahí Tsunagu separa grupos, determina objetivos y se asegura de que su ejército se extienda a lo largo del puerto con la intención de arrasar con todo lo que haya a su alrededor.

Los Gatos son asignados como grupo de reconocimiento que tiene como objetivo avanzar por delante del rey para prevenir cualquier emboscada.

—Tengo un mal presentimiento sobre esto—murmura Sir Nighteye mientras su grupo se adentra en el puerto que, curiosamente, está vacío.

—Es normal que no haya nadie—responde Tsunagu sin distraerse—es probable que la mayoría huyera.

—Terminemos con esto. Encuentra las oficinas administrativas después le prendemos fuego a todo.

Tsunagu asiente mientras la lluvia sigue cayendo inmutable.

 

[…]

 

Ryouko y grupo llegan a una intersección sin haber visto a nadie, lo único que se oye es el repiqueteo incesante del agua al caer sobre los tejados de madera. Sin decir nada forman dos grupos y se separan, alfa y beta luchando juntos, mezclando la fuerza de uno con la intuición del otro.

La natural impaciencia de Ryouko se ve suavizada por la calma y estoicidad de Yawara. Ella toma las decisiones y dirige, él apoya y ofrece consejo. Se comunican mediante gestos y suaves cambios en su aroma.

Han trabajado durante años, conociéndose de tal forma que Ryouko se detiene al notar que Yawara emite una señal de alerta. Ella no detecta nada, solo oye el delicado sonido del agua caer, aspira el aroma a miel dulce y aunque sus ojos vagan inquietos no distingue ni una sola sombra amenazante.

Le hace una seña a Yawara y éste responde señalando su nariz. Ryouko arruga el entrecejo y aspira. Solo huele a miel, deliciosa y pegajosa miel. Exquisita en su dorada densidad.

Ryouko suelta el aire con lentitud y su cuerpo emite un callado suspiro de calma. Ni siquiera detecta el aroma de alerta que Yawara emite. Solo puede oler la miel, es tan intensa que se imagina la sensación pegajosa en la punta de los dedos. 

¿Lo hueles?, quiere preguntárselo en voz alta, pero por alguna razón no consigue reunir la fuerza para mover su lengua. Cierra los ojos y aspira la dulce esencia hasta que la siente asentándose en su estómago.

La miel está dentro de ella, la cubre por completo. No tiene fuerza para moverse, no siente manos, pies ni dedos. No ve nada. No oye nada. El mundo a su alrededor es un espacio en blanco.

 

[…]

 

Tomoko es una fuerza de la naturaleza, es la viva representación de un alfa alegre, completo, lleno de energía y decisión. Yawara es demasiado blando con ella, su naturaleza beta se somete con demasiada facilidad. La naturaleza alfa de Ryouko siempre choca con la de Tomoko, siempre están compitiendo, siempre están impulsándose a cruzar límites. La única capaz de mantenerla a raya, de hacerla reaccionar es Shino, quien no posee los asombrosos ojos de Tomoko ni la nariz de Yawara capaz de separar aromas que otros ni siquiera identifican. Tampoco cuenta con la fuerza de Ryouko o su destreza con los cuchillos.

Shino se caracteriza por su mente, su capacidad de hacer planes, de observar, de obtener conclusiones tan solo mirando.

Está en el piso superior de una de las bodegas donde almacenan leche cuando se da cuenta. Al mirar por la ventana del edificio, procurando mantenerse escondida, los ve: Un sinfín de siluetas, escondiéndose en la línea de los árboles, agrupándose y preparándose para avanzar. Su primera reacción es espesar su aroma para advertirle a Tomoko del destacamento enemigo, la segunda es buscar una ruta de escape para volver con el rey.

Está haciendo un conteo rápido del número de enemigos cuando ve que un grupo se separa de la columna principal y se dirige hacia dónde están. Shino se aleja de la ventana con la intención de buscar a Tomoko e iniciar la retirada, pero se detiene cuando ve a su compañera de pie en medio de la bodega con los brazos a los costados.

Sin perder tiempo Shino se inclina sobre el barandal buscando la amenaza que ha paralizado a Tomoko, pero no hay nada. En un intento por atraer su atención, Shino vuelve a espesar su aroma y se concentra en emitir una advertencia sin alzar la voz, pero no funciona. Tomoko permanece quieta, de pie en medio de la bodega, sin emitir ni una respuesta.

Shino aspira con lentitud esperando dilucidar el estado de ánimo de su compañera, pero de ella no emana nada. El ambiente huele a leche. Leche y miel. Le resulta familiar. Se distrae un momento intentando recordar de dónde lo conoce y entonces su mente hace click. En ese mismo momento las puertas laterales se abren y el grupo de demonios embiste contra Tomoko sin que ella levante un solo dedo para defenderse. Shino se mueve.

—¡Tomoko!

Corre por la plataforma y baja por las escaleras sin dejar de gritar, pero es inútil porque ella no reacciona. Ni siquiera lucha cuando el cuchillo de un enemigo se aprieta contra su cuello. La imagen la paraliza. Reacciona cuando los demonios gritan y la señalan.

—¡Mátenla!

El instinto de supervivencia de Shino la empuja hacia atrás, aunque no puede despegar su mirada del cuerpo caído de Tomoko. Cuando los demonios alcanzan la escalera Shino reacciona, con los ojos abnegados en lagrimas se da la vuelta y corre de vuelta a la plataforma superior. Enfila a la ventana que da a la parte frontal, esconde la cara en su brazo y se lanza contra la ventana de vidrio que se hace trizas ante su peso.

Shino cae sobre el tejado y rueda hasta el borde desde donde se descuelga, de ahí trastabilla y corre sin dejar de llorar. En su mente no deja de dibujarse la sangre roja y brillante brotando del cuello de Tomoko.

 

[…]

 

Sir Nighteye no es supersticioso. No cree en la suerte y no cree en las maldiciones. Su vida se guía bajo hechos concisos, demostrables y lógicos; y es precisamente por eso que le resulta extremadamente doloroso admitir en voz alta:

—Tengo un mal presentimiento sobre esto.

No es una admisión que esté dispuesto a verbalizar sin razón alguna, lo hace porque no deja de sentir que alguien lo empuja en esa dirección con los ojos cerrados. No importa que haya planeado cada detalle con cuidado, no importa que haya considerado cada posible amenaza, en su mente hay una vocecita que no deja de susurrar peligro.

El puerto vacío es otra alarma silenciosa que se añade a las que suenan dentro de su cabeza. Resulta un alivio encontrar el edificio administrativo y mientras él sube a investigar acompañado de dos compañeros el resto vigila los alrededores.

Sintiéndose observado Sir Nighteye se asoma por la ventana. En el exterior todos los hombres del grupo han asumido una posición defensiva. Tsunagu y el resto forman un circulo alrededor del rey inspeccionando los alrededores. Como todo parece en orden Sir Nighteye retoma su búsqueda. Repite la misma acción un par de veces hasta que ve a Masukyura separarse de su columna en actitud furtiva.

En un intento por entender lo que hace, Sir Nighteye dirige su atención a los edificios más cercanos buscando alguna señal. Lo que ve es un tenue rastro de humo, casi indistinguible en la lluvia, deslizándose hacia el rey. Curiosamente ninguno de los guardias parece detectarlo.

Sin perder tiempo Sir Nighteye abre la ventana y grita:

—¡Fuego!

Se da la vuelta y corre al exterior con sus dos compañeros detrás. En cuanto está junto al rey inspecciona los alrededores buscando el origen del incendio, pero el aire no huele a humo.

—¿Hueles el humo?

—¿huo?,—pregunta Tsunagu y hay algo raro en su voz, carece de la pizca férrea y alerta que usualmente posee. Sir Nighteye abandona su escrutinio frenético y posa sus ojos en el capitán.

—El humo.

—huo

—¿Tsunagu?

Es ver su expresión perdida y sentir que su premonición fatídica se materializa frente a él.

—¡Saquen al rey de aquí!,—empuja a sus dos compañeros beta para que se muevan—¡Ahora , ya!

La risa que oye en ese momento lo hace estremecer de pies a cabeza.

—Lo siento, pero yo quiero una audiencia con tu soberano.

Sir Nighteye aprieta los dientes, empuña sus armas y grita.

—¡Todos conmigo!,—corre para cerrar filas en la calle—¡protejan al rey!

Del grupo más de la mitad permanece inmóvil, el resto son hombres beta que se apresuran a obedecer mientras los ayudantes de Sir Nighteye arrastran el pesado cuerpo de su rey inmóvil de vuelta a los barcos.

 

[…]

 

Shino corre bajo la lluvia sin dejar de pensar en Tomoko y en la sangre manando de su cuello. Tan ensimismada está que choca con Yawara y rebota aterrizando en el suelo.

—¡Shino!

Es oír su voz y sentir que el miedo atenaza su estomago sin piedad, pero en lugar de hundirse y llorar, Shino toma aire y se concentra.

—¡Es una trampa!... ¡Tenemos que advertirle al rey!

—¿Dónde está Tomoko?

La pregunta desata su angustia, se esparce a su alrededor cargando el aire con desesperación, agonía y tristeza. Basta que Yawara detecte su dolor para que lo imite por reflejo.

—Vamos

Yawara la ayuda a levantarse y juntos emprenden el regreso a la costa. Solo entonces Shino se percata del cuerpo que su compañero carga sobre su hombro derecho. Desde ahí Ryouko se balancea como un saco vacío, tiene los ojos abiertos pero su expresión está ausente.

Shino se acuerda de Tomoko, aprieta los dientes y acelera el paso.

 

[…]

 

Tomura se ríe mientras lucha y saborea la adrenalina que recorre su cuerpo. Lo que mejora su humor es que su contrincante no le tiene miedo, lo mira con sus ojos juzgones, repletos de ira y aberración.

Tomura se mofa de él, se ríe cuando lo golpea, se carcajea cuando derrama su sangre. Se entretiene de tal forma que se le olvida que su misión es capturar al rey. Para cuando se acuerda tiene a su enemigo desangrándose por la herida de su pecho mientras sus hombres terminan de limpiar la zona cortando el cuello de todos los salvajes que siguen inmóviles.

—Mira nada más—murmura con fingida decepción mientras observa el precioso jacinto azul que se encuentra en la sien de su enemigo—Me has hecho perder mi cita.

—¿Cómo puedes…?,—jadea el hombre en el suelo sujetándose la herida en un vano intento de detener la sangre

—Lo hago con gusto.

—¿Quién eres?,—el charco a sus pies ha comenzado a teñirse de rojo.

—Quien destruirá Yuuei.

—No vencerás…

—¿De verdad?,—Tomura se ríe—Porque si miras con atención, creo que ya lo hice.

El salvaje se mueve, intenta alcanzar su espada, pero Tomura la patea lejos de su alcance. Se acuclilla junto a él, saca su cuchillo y lo hunde bajo la piel de la mejilla. Ignorando el grito de dolor del salvaje, Tomura traza los contornos de la flor que nace en la sien derecha y se extiende sobre el ojo.

Para cuando termina tiene las manos cubiertas de sangre, pero en ellas sostiene un trozo de piel donde la flor de jacinto azul se vislumbra con claridad.

 

[…]

 

El ataque de Hosu es devastador. Las tropas dispersadas a lo largo de la costa hacen frente a un enemigo invisible. Ningún alfa es consciente del ataque, todos se paralizan, envueltos en aroma de miel y leche, incapaces de oponer resistencia. Las tropas pierden a sus capitanes y más de la mitad de su fuerza. Los beta, inmunes al incienso, se ven emboscados, superados en número e información; muchos escapan, huyen de vuelta a la costa, incapaces de entender lo que está sucediendo.

 

[…]

 

Shino y Yawara encuentran al grupo del rey, o lo que queda de él, tambaleándose por la calle principal. De inmediato Yawara empuja a Ken, uno de los beta que carga con su majestad, le entrega a Ryouko y él mismo se encarga de alzar al rey sobre su espalda antes de emprender el camino hacia la costa.

—¿Dónde está Sir Nighteye?,—pregunta Shino a lo que Ken sacude la cabeza incapaz de pronunciar palabra.

Están a unos treinta pasos del bote más cercano cuando oyen una voz detrás de ellos.

—¡Eh!, esperen.

Shino se gira para recibir a Masukyura que avanza hacia ellos.

—¿Qué haces aquí?,—pregunta Shino escaneando a su alrededor en busca de su tropa—¿dónde están los demás?

—Nos separamos—responde Masukyura deteniéndose frente a Yawara—Eso se ve pesado, deja que te ayude.

Yawara duda, una fracción de segundo, y de inmediato su aroma se espesa lanzando una advertencia que Shino capta de inmediato. Masukyura también la detecta porque se mueve de prisa, sin titubear, empuña su daga y se lanza contra Yawara desestabilizándolo.

Shino está sobre él al siguiente instante, pero la fuerza del alfa es sorprendente, así como sus reflejos. Shino no consigue esquivar el codazo que le rompe la nariz, pero oye el rugido de furia de Yawara y cuando consigue sacudirse el dolor ve a los dos luchando de forma encarnizada mientras un beta arrastra al rey inconsciente hacia los barcos y Ken vuelve de dejar a Ryuoko en el bote.

Cuando Shino se acerca descubre con horror que la daga de Masukyura sobresale de la espalda del rey, hundido hasta la empuñadura. Está a punto de inclinarse y ayudar cuando el aroma de urgencia de Yawara llama su atención.

Shino corre a donde Masukyura se encuentra presionando su rodilla contra el cuello de Yawara. Con la nariz punzando de dolor, Shino se abalanza sobre la espalda del alfa y le sujeta del cuello con el brazo ejerciendo fuerza hacia atrás para obligarlo a retroceder.

La fuerza del alfa es inmensa, con una mano la sujeta del cabello y con la otra sujeta su brazo; aprieta su muñeca hasta que Shino grita por la presión sobre su hueso. No obstante, la distracción funciona porque Yawara consigue impulsar su cuerpo, aparta la rodilla que presiona su cuello y empuja a Masukyura a un lado, después le lanza un puñetazo que el alfa evita al lanzar a Shino contra su compañero.

Sin perder tiempo ambos rearman su postura defensiva interponiéndose en el camino de Masukyura hacia el rey.

—Ustedes beta tendrían que morir—murmura el alfa alistándose para luchar.

—Y lo harán—murmura otra voz.

Del camino principal se aproxima un hombre delgado de piel clara con el pelo de un azul deslavado. Shino lo estudia con atención intentando identificarlo, pero sus ojos se detienen en el trozo de piel que lleva en la mano.

—¿Eso es…?,—no puede evitar decir y el extraño se ríe.

—Oh, sí, es otra pieza de mi colección. Creo que añadiré la tuya. Me gusta la flor de catnip que tienes en tu mejilla.

Antes de que Shino responda Yawara emite una sutil señal de retirada. Masukyura la detecta, pero él reacciona con lentitud al no estar acostumbrado a sus señales. Corren hacia el bote que se aleja de la costa. Chapotean con el agua hasta las rodillas hasta que consiguen abordar mientras el hombre de pelo azul se ríe a carcajadas.

 

[…]

 

—¡Necesitamos un médico!,—grita Taishiro mientras ayuda a transportar al rey a sus aposentos.

Jin lo ve alejarse con el grupo de sanadores personales del rey, observa con indiferencia el rastro de sangre que dejan a su paso y dirige su atención hacia Ryouko, inmóvil y con los ojos abiertos, que es transportada hacia el interior. Por último, centra su atención en el resto del grupo: Yawara intenta recomponer la nariz de Shino y Ken busca sobreponerse a su estupor. Jin procura que la decepción no se refleje en su cara.

—¿Dónde están los demás?,—pregunta Taishiro al volver a cubierta.

—¿Cómo está el rey?,—pregunta Jin modulando su tono de consternación

—El médico está con él. No me quede a escuchar un diagnóstico. ¿Dónde está Sir Nighteye?

Ken Takagi responde—Se quedó a defender nuestra retaguardia.

—¿Y Tsunagu?

—Estaba con él.

—¿Cómo los emboscaron?

La pregunta es para Shino que tiene la cabeza entre las rodillas luchando por controlar el dolor.

—¡Nos traicionaron!,—alza el rostro ensangrentado y lo mira con ira—Masukyura… ¡el bastardo estaba con ellos!

—¿De qué estás hablando?,—pregunta Jin conteniendo el impulso de gruñir.

—¡Fue él quien apuñalo al rey! ¡Fue él quien nos atacó en la costa! ¡Todo fue una trampa!... Nos querían dentro del puerto.

—¿Qué paso?,—interviene Taishiro

—No lo sé. Había algo en el aire. Olía… olía dulce. Como la miel, pero no era igual. Olía como mi hermana… como cuando ella estaba… cuando estaba a punto de tener a mi sobrino… Olía a omega.

—¿Había omegas prisioneros ayudando al enemigo?,—pregunta Jin con calma.

—No era natural—interviene Yawara—Olía a miel y leche, pero también detecte el aroma de la amapola y de la valeriana. Ambas eran tenues, imperceptibles al principio… pero su efecto fue inmediato. En cuanto Ryouko lo aspiro su cuerpo perdió su postura defensiva, la sentí relajarse, y entre más respiraba dejo de moverse, se quedó quieta, no respondió cuando intenté llamarla.

—Tomoko—el nombre se quiebra en los labios de Shino, toma aire y vuelve a intentarlo—Tomoko también reaccionó igual. Se quedó inmóvil. No se rebeló ni aunque los demonios fueron hacia ella.

Yawara se arrodilla a su lado y le frota la espalda con afecto.

—Lo mismo paso con el grupo del rey—murmura Ken encorvado en su lugar mirándose las manos ensangrentadas—Fue Sir Nighteye quien nos ordenó arrastrar a Todoroki-ou de vuelta a los barcos. El rey… el rey no se movía. Tuvimos que empujarlo mientras Sir Nighteye organizaba la defensa a nuestra espalda—alza los ojos y deja vagar su vista de los gatos a Jin y de vuelta—¿Cómo pueden… cómo hicieron eso?

—Neutralizaron a todos los alfa con ese aroma—dice Shino mirando a Jin y Taishiro.

—Nada de conclusiones absurdas—responde Jin alzando las manos

—¡No es absurdo! ¡Ryouko, Tomoko… y el rey!

—Sigue siendo una suposición—dice Jin antes de volverse hacia Ken—¿Hubo algún alfa obedeciendo las ordenes de Sir Nighteye?

—No lo sé… todo paso tan rápido.

—Ahí lo tienes—señala Jin mirando a Shino—Tal vez sea una coincidencia.

—¿Coincidencia?,—gruñe Shino mientras se pone de pie

—Es algo que tenemos que investigar.

—¿Piensas mandar más tropas?

—Nuestra misión es inutilizar este puerto.

—¡Ordenar un ataque sin saber que es esa cosa es una estupidez!

—¡Estupidez es quedarse esperando un contraataque!

—¡¿Por qué no nos vendas los ojos y nos tiras por la borda?! ¡Será más rápido!

—¡No seas absurda! ¡Harás lo que digo!

—¡Tú no eres mi rey! ¡No te debo obediencia!

—¡Yo estoy a cargo y tengo ordenes que cumplir!

—¡Eres un necio si no escuchas lo que te hemos dicho!

—¡Basta!,—Taishiro se interpone y los mira con severidad imponiéndose—Basta los dos. Nuestra prioridad en este momento es el rey. Tenemos que volver.

—No podemos volver—interrumpe el sanador que viene a reunirse con ellos.

—¿Cuál es el diagnostico?,—pregunta Jin.

—Me temo que el cuchillo perforó el pulmón, pero como Todoroki-ou se encuentra bajo una sedación profunda no tengo forma de confirmarlo.

—¿Qué clase de sedación?,—interviene Taishiro

—No lo sé, su cuerpo no muestra las señales visibles de estrés o dolor. No reacciona a nuestras preguntas, su ritmo cardiaco es muy lento, eso ha mantenido la pérdida de sangre al mínimo, también ha detenido el esparcimiento del veneno, pero...

—¿Veneno?

—Hemos extraído la hoja y por el olor podemos afirmar que fue corrompido, todavía no identificamos la composición. Tendremos que vigilar su condición durante un par de días.  

—No podemos quedarnos aquí.

—El rey no sobrevivirá al viaje de vuelta. Necesitamos que recupere la conciencia, necesito que se encuentre fuera de peligro antes de considerar someterlo al estrés de la travesía.

—De acuerdo—exclama Jin tomando el control—Esperaremos.

—Tenemos que enviar una patrulla a buscar a los demás—exclama Shino—tenemos que avisarles del peligro

—Yo iré—anuncia Taishiro—los traeré de vuelta.

—Muy bien, que Shino y Yawara vayan contigo.

—No—dice Shino—nos quedaremos con el rey. Es nuestra obligación.

Jin está listo para protestar cuando Taishiro interviene.

—Es lo mejor. Tomaré cinco barcos de escolta e iremos por ellos. Shino, te quedarás con el rey, pero recuerda que Jin está a cargo, es tu obligación obedecerlo.

Shino asiente con rigidez. Jin se despide de ellos y se marcha a repartir obligaciones.

 

[…]

 

El barco de Aizawa atraviesa el mar a una velocidad impresionante. Los vientos están de su parte y consiguen recorrer el mar en tan solo diez días al no tener que enfrentar ninguna tormenta seria. Por desgracia llegan demasiado tarde. Su navío sortea las naves escolta hasta detenerse junto al barco real, en cuanto Aizawa salta a cubierta Shino lo intercepta.

—¡¿Dónde estabas?!—lo reprende la mujer con la nariz hinchada y los ojos negros.

Aizawa se sorprende al verla, pero su urgencia es aún mayor.

—Tengo que hablar con el rey.

—Todoroki-ou está inconsciente—responde Jin apareciéndose junto a él—¿De dónde vienes?

—¿Y Sir Nighteye?

Shino toma aire y se lo explica. Han pasado dos días, pero su voz aún se quiebra cuando habla de Tomoko, cuando eso pasa toma aire y retoma su relato de inmediato. Le cuenta de la batalla, del humo con aroma a omega, de la perdida de la mano derecha del rey y del capitán de su guardia. Le explica que del consejo real solo quedan los patriarcas de cada familia de la corte a quienes Taishiro intenta alcanzar.

—Una pequeña flota de barcos nos atacó ayer—concluye Shino con su voz controlada—pero conseguimos repelerla. Tuvimos que alejarnos del puerto para evitar que nos acorralaran.

—He llegado demasiado tarde.

—¿Dónde está el príncipe?,—interroga Jin con severidad—Tu tarea es mantenerlo a salvo.

Al pensar en Shouto, Aizawa reacciona.

—Necesito un barco, necesito que Shino y Yawara vengan conmigo.

—¿Por qué?,—cuando Aizawa intenta desviar la conversación Jin se endereza—El rey me dejo a cargo, eso significa que soy responsable de su hijo. Tienes la obligación de decirme qué has estado haciendo y por qué el príncipe no está contigo.

Aizawa mira a Shino que asiente con rigidez. Pese a su renuencia les cuenta del rescate de los cachorros alfa, el secuestro de barcos beta, la existencia de la droga y la alianza entre Hosu y Overhaul.

—¿Quién te ha dicho esto?,—inquiere Jin con voz tensa.

—Eso no importa ahora. Todo ha resultado ser cierto. Incluida la traición de Masukyura, aunque no esperaba que fuera él—dice mirando con fijeza a Jin.

—¿Dónde está el príncipe?

Aizawa guarda silencio.

—Me lo dirás ahora o tomare tu silencio como una afrenta contra el rey mismo—cuando el silencio se prolonga, Jin balancea su cabeza en un intento por relajar sus músculos—Traigan al capitán.

La autoridad de Jin sobre la tripulación beta es absoluta porque ante su orden dos hombres abandonan la cubierta para cumplir su mandato.

—Sujétenlo—ordena después y otro grupo de guardias aferra a Aizawa que intenta apartarse—No dejen que intervenga.

En cuanto el capitán se presenta frente a ellos Jin se impone.

—Soy Jin Bubaigawara y en este momento soy la máxima autoridad que existe por debajo del rey. Me dirás exactamente qué hicieron desde el momento en que tu barco salió del puerto por primera vez.

El capitán toma aire y se lo cuenta. En cuanto termina de hablar Jin empieza a reírse. Consigue tranquilizarse lo suficiente para tomar aire.

—Lo siento, pero la idea es hilarante—dice Jin mirando con fijeza a Aizawa—¿me estás diciendo que nuestro príncipe, el heredero de la corona, se encuentra en tierra hostil, en manos de un sospechoso que bien podría venderlo a nuestros enemigos para recuperar su posición?, ¿y qué tú lo permitiste?

—Kamui es de fiar, mientras Shouto escuche sus recomendaciones estará a salvo.

—Yo no podría mi fe en uno de ellos, ¡Guardias!, enciérrenlo.  

—¿Qué estás haciendo?,—protesta Shino con furia.

—¡Ha puesto la vida de nuestro príncipe en peligro! Shota Aizawa te remuevo de tus obligaciones hasta no confirmar que tus imprudentes acciones no hayan resultado en la muerte de nuestro príncipe.

—¡No puedes hacer esto!,—grita Shino

Jin la ignora—Si por tu culpa el príncipe muere, me aseguraré de que tu castigo sea ejemplar.

—No puedes hacer esto—dice Aizawa con toda la autoridad que posee mientras los guardias lo arrastran hacia la bodega.

—El rey no te lo perdonara—dice Shino

—Cuando el rey despierte podrá dar su opinión sobre este asunto.

Pero esa misma noche Enji Todoroki, soberano de Yuuei, fallece; y casi al mismo tiempo un cuervo negro vuela desde tierra hasta la popa del barco. Jin acaricia su plumaje y coloca el mensaje en la bolsita de su pata. La nota es un trozo de papel enrollado que dice:

El rey ha muerto y su heredero pasea en Hosu.

Jin se queda ahí hasta que el ave se pierde vista sin dejar de sonreír.

Chapter Text

Hay costumbres, tradiciones, que se pierden conforme pasa el tiempo; algunas se olvidan, otras se transforman en algo completamente diferente. Pocas son aquellas que sobreviven al paso del tiempo.

En las islas existen muchas tradiciones. Una de ellas es que al cumplir doce años los jóvenes alfa son enviados a entrenarse durante cuatro años en cuestiones náuticas. La intención es enseñarles a navegar, a reconocer las corrientes, la forma de enfrentar una serpiente marina y sobrevivir en las tormentas. Ya que la pesca es la principal actividad comercial de Kohei, cada alfa, incluso aquellos que deciden no convertirse en navegantes, deben contar con el entrenamiento básico en el mar.

Una de las tradiciones que ha caído en desuso es la entrega de la flor de Miosotis. Hace ya muchos años, cuando los jóvenes alfa se preparaban para marcharse a su entrenamiento en el mar, algunos solían entregar una flor de miosotis con la intención de establecer un compromiso de cortejo. La flor era una pregunta en sí.

“¿Me esperarás?”

La tradición dictaba que el alfa subiera a las montañas en busca de la flor, la cual crecía en terreno alto, en el hogar de las serpientes emplumadas. La tarea en sí involucraba un viaje de varios días, era a su vez una demostración de la clase de compromiso que los pretendientes estaban dispuestos a ofrecer, y de los peligros que estaban dispuestos a enfrentar. El riesgo era alto y muchos volvían con heridas abiertas, así que los adultos de la aldea intentaron cambiar la tradición. Costó tiempo y esfuerzo, pero finalmente se convirtió en costumbre ofrecer una caracola, muchísimo más fácil de encontrar y de mayor duración.  

[…]

En la primavera que Katsuki va a cumplir doce años, la tradición de la flor de miosotis es un recuerdo lejano, desconocido para la mayoría, recordado por unos cuantos.

Cada día Katsuki se levanta temprano y recorre la playa buscando una caracola perfecta. Ninguna de las que encuentra cumple con sus estándares, así que el muchacho vuelve de mal humor para desayunar.

Dentro lo espera Izuku, sentado en la mesa del comedor, charlando animadamente con su madre.

—¿Has vuelto?,—pregunta Mitsuki con una sonrisa burlona que lo hace enfadar.

—Si me hablas es por que estoy aquí—gruñe entre dientes mientras se deja caer en la silla al otro lado de Izuku.

—¿Lo encontraste?,—pregunta Mitsuki con ese tono de voz que indica que sabe lo que estuvo haciendo.

Katsuki la mira y gruñe.

—Cállate.

—Has estado entrenado desde muy temprano, Kacchan.

—No es tu asunto, Deku—replica mientras su padre le sirve de comer.

Come con la cabeza pegada al plato mientras su madre hace reír a Izuku, lo escucha parlotear sobre los nuevos remedios que ha conseguido y de lo emocionado que está por acompañar a su padre a la capital en busca de ingredientes. Katsuki mantiene la boca cerrada y se entretiene con su comida hasta que todos han terminado e Izuku se despide.

—Vendré cuando termines tu entrenamiento, Kacchan.

—Hum.

Izuku sonríe nervioso y se marcha. En cuanto sus pisadas dejan de oírse su madre se gira hacia él mirándolo con las cejas enarcadas.

—Si lo tratas así no aceptará tu caracola.

—¡¿Ah?!—suelta su cuchara con violencia y se endereza para enfrentar a su madre—¡Cállate!

—Es un consejo, ¡no seas un imbécil con la persona a la que vas a ofrecerle una caracola!

—¡¿Consejo?!—salta de su silla y señala—¡¿Por qué querría un consejo de alguien que no le dio una caracola a mi padre?!

—¿Quién dice…?

—¡Él no tiene una! ¡Lo sé!

—¡Porque yo le di…!

En ese momento su padre interviene. Su aroma inunda la casa, denso, sosegado, lleno de tranquilidad. Katsuki ve a su madre aspirar con fuerza, es testigo de cómo el aroma la calma, la ve perder la rigidez en su cuello y sus pupilas se apaciguan.

En contra de su voluntad, Katsuki deja de sentirse violento.

—Es tarde—dice Masaru mirándolos con firmeza—Y la maestra nunca debería llegar tarde.

Katsuki sale de su casa sin despedirse, ni siquiera espera a su madre porque la conoce, en cuanto llega a la zona de entrenamiento empieza con sus ejercicios de estiramiento. El resto de sus compañeros lo imitan y cuando su madre llega, veinte minutos tarde, están listos para entrenar con las espadas cortas.

El entrenamiento consigue calmar su ansiedad, pero al final vuelve a sentirla, más intensa y asfixiante; mientras está ayudando a su madre a recoger y guardar todos los materiales no puede evitar preguntarle.

—¿Qué le diste?

Su madre ni siquiera finge no saber de lo que está hablando. Se muerde el labio, guarda silencio y parece sostener una discusión consigo misma.

—Una flor de miosotis—confiesa en voz baja mientras caminan de vuelta a casa para la comida de la tarde.

—¿Una qué?

—La llaman la flor de nomeolvides—responde su madre antes de contarle sobre antiguas tradiciones perdidas y su significado.

Esa tarde Katsuki come en silencio, por la tarde acompaña a Izuku a nadar y se sienta con los alfa de su edad que se pasan horas hablando sobre caracolas y prospectos. Esa noche, después de cenar, cuando toda la casa está en silencio y a oscuras, Katsuki se levanta a hurgar en la cocina.

Se congela cuando el aroma de su madre aparece por la puerta.

—Vas a necesitar más comida que eso.

Katsuki no se mueve, tiene en la mano una bolsa llena a medias con fruta seca y pan.

—Puedo hacer un mapa—añade ella mientras jala una silla para sentarse colocando su lámpara sobre la mesa.

—No—su voz, aunque es un susurro tenue, consigue transmitir su renuencia.

En lugar de indignarse su madre sonríe.

—Eso fue lo que yo dije—apoya la barbilla en su mano como si la situación le resultara divertida—Nuestra familia ha mantenido la tradición durante años. Mi madre fue a buscarla, y antes que ella su padre. Parece ser que nos gustan los retos. Tu padre me hizo prometerle que no te dejaría ir, pero no te lo puedo prohibir si no te veo, ¿cierto? Distraeré a Izuku mientras estás fuera.

Se levanta sin hacer ruido y se marcha dejando su lámpara para él.

[…]

—¡Kacchan!

El grito está lleno de emoción, de felicidad, cuando alza los ojos encuentra a Izuku corriendo hacia él, pero se detiene de golpe a un brazo de distancia y se retuerce las manos, ansioso.

Katsuki se acuerda de lo táctil que Izuku solía ser cuando eran pequeños, pero no consigue recordar cuando fue que abandonó la costumbre. Tal vez desde aquella vez en el bosque, cuando quedaron atrapados bajo la lluvia.

A veces Katsuki sueña con volver a ese día.

—¡Has vuelto, Kacchan!, ¡¿a dónde fuiste?!

—Deja de gritar, Deku.

—Lo siento, pero te fuiste sin decir nada… y tu madre no quiso…

—¿Hablaste con mi madre?

—Fui a desayunar a tu casa como siempre, tu madre me contó muchas historias: De la primera vez que ganó un torneo. De lo emocionada que estaba cuando se marchó a entrenar. De la primera vez que se enfrentó a una serpiente de mar. De la vez que le regaló una flor azul a tu padre para cortejarlo, ¿sabías…?

—¿Te contó eso?

—¡Sí! ¡Ni siquiera sabía que esa era una costumbre!...

Izuku parlotea sobre la flor azul y sobre sus padres, hasta Katsuki se harta.

—Ven—ordena e Izuku se calla de golpe. Se alejan de la aldea hacia la espesa zona cerca de la playa—¿Qué te dijo mi madre de la flor azul?

Izuku sonríe y repite la misma historia que Katsuki se sabe; mientras lo escucha Katsuki intenta contener la ansiedad. Tiene un nudo en el estómago y sus manos no dejan de sudar, se siente con ganas de correr y gritar.  

Se detiene de improviso e Izuku lo imita. Por largo rato ninguno de ellos dice nada, Katsuki está seguro de que Izuku puede detectar su impaciencia y ansiedad, pero se abstiene de decir algo.

Al final consigue armarse de valor.

—No te voy a dar una caracola, Deku—dice tragándose la bola de nervios que tiene atorada en la garganta, es ver la cara contrariada de Izuku y sentir que su estómago se deshace entre ácidos burbujeantes—Tampoco voy a cortar una flor para ti, esas cosas se mueren.

Izuku palidece, asiente y está a punto de abrir la boca y arruinarlo todo cuando Katsuki lo toma del codo y lo hace cruzar por la hilera de arbustos que cubre el claro. Lo arrastra hasta uno de los árboles de la zona, y lo obliga a ponerse de cuclillas junto a él. Hombro con hombro, pierna contra pierna.

—Aquí plantaremos un campo.

El ‘si lo quieres’ está implícito y Katsuki no pierde tiempo vocalizándolo. En su lugar se limita a contemplar la expresión de Izuku que observa los tres brotes de flores azules recién plantados, cada uno cuenta con tres flores iguales y con pequeños capullos que prometen abrirse pronto.

Los ojos verdes estudian los pétalos con una atención obsesiva, recorren la forma de las hojas, los pétalos, los tallos delgados, después se giran hacia él y Katsuki experimenta, no por primera vez, la descarga eléctrica que lo sacude de pies a cabeza.

Izuku tiene unos ojos inmensos, de un verde oscuro como el musgo húmedo. Son brillantes y profundos con una infinidad de pensamientos detrás.

—Me iré, así que no voy a darte una flor que va a morirse en una semana—se repite Katsuki queriendo ahogarse en el pozo verde que es Izuku; se mueve junto a él, ejerciendo presión en su hombro. Sin dejar de mirarlo señala las flores—Así que plantaremos un campo. Podrás venir todos los días. Se expandirán a lo largo de toda está zona. Y siempre que las veas te acordarás… cuando las veas pensarás…

No consigue verbalizar el final de su discurso.

No necesita hacerlo porque Izuku sonríe, con esa sonrisa preciosa, exuberante y delicada, todo mejillas y felicidad.

—Me acordaría de ti aunque no tuviera ni una sola flor azul, Katsuki.

Es oír su nombre y sentir que algo florece dentro de él, es cálido e inmenso. Extraordinario.

Eso hasta que Izuku pierde su sonrisa y Katsuki descubre por qué. Ahí, frente a ellos, se materializa un hombre de piel purpura, pelo blanco y maliciosa sonrisa. Un hombre que embiste hacia ellos destruyéndolo todo a su paso.

[…]

Katsuki despierta de un sobresalto, tiene el cuerpo cubierto en sudor frío y no consigue controlar su respiración. Le toma un momento sacudirse la sensación de vacío y amargura.

Si tan solo…

Si no hubiera…

Sacude la cabeza y se obliga a no hundirse en el mar de culpa que lo carcomió durante los primeros años. En su lugar abandona la cama y sale al patio. La prisión permanece en silencio, la mayoría duerme reuniendo fuerzas para iniciar la travesía al amanecer, un pequeño grupo hace guardia, pero él procura ignorarlos.

La lluvia se ha convertido en una pequeña llovizna ligera así que Katsuki aprovecha para subir a las almenas a mirar la luna. Se apoya contra la baranda, envuelve el frasco de perfume entre sus manos y las coloca contra sus labios.

Dentro de él se agita la impaciencia, su deseo de salir, de buscar al príncipe de Yuuei, de interrogarlo sobre el perfume, pero sabe que no debe cometer errores, no puede equivocarse. Izuku está al otro lado del mar y él tiene que encontrarlo.

Han pasado más de cuatro años, pero tiene una promesa que cumplir.

Volveré, tengo que volver.

Y en algún lugar, en lo alto de las montañas, una pequeña flor azul de cinco pétalos se agita ante el viento. ¿Me esperarás?

Chapter Text

Desde lejos, la caravana parece ser un grupo de soldados común y corriente: Seis carromatos guiados por jinetes cubiertos de negro, una tropa de soldados en la delantera, en los flancos y en la retaguardia, todos vestidos con el inconfundible uniforme del ejército y cubiertos con capas gruesas confeccionadas especialmente para viajar en la lluvia.

Pero de cerca y bajo un examen más detallado quedan al descubierto las diferencias. En primera los soldados avanzan sin la coordinación que caracteriza a la milicia, no hay formaciones, no hay filas, no hay superiores cabalgando y supervisando la caravana. En segunda los soldados tienen problemas manejando las bestias de carga que parecen escoger siempre la ruta más suave, donde las llantas de los carromatos terminaran por hundirse, eso deja claro que la tropa no conoce la zona.

Pese a sus dificultades, el grupo no se mueve a ciegas. Tienen soldados en los flancos estudiando los alrededores en busca de amenazas, cada cierto tiempo envían pequeñas avanzadillas en tres direcciones con la intención de escoger la ruta más accesible, por las noches hacen rotaciones de guardia para evitar sorpresas o emboscadas, y lo más importante de todo es que tienen exploradores limpiando la zona por la que pasan.

Así que no, no son un grupo comandado por un capitán del ejército, pero sin duda tienen un líder que los guía.

Togaru lleva dos días tras ellos desde que se cruzara con el grupo en su jornada de caza. En un principio su intención había sido esconderse hasta perderlos de vista, sabía que si ellos lo encontraban habría muchas preguntas y él prefería evitarlas. Eso fue antes de entender que la caravana estaba compuesta de personas que no eran originarias de la zona.

Ahora Togaru intenta adivinar si la tropa ha sido enviada por el General.

Como tiene la ventaja de conocer la región, de saber dónde se encuentran las mejores zonas para acampar y cazar y disponer de todos los atajos posibles, Togaru no tiene problemas encontrando escondites de observación donde puede ver al grupo avanzar. Se mueve siempre por la zona alta donde los arboles son más tupidos, lejos de sus exploradores y su campo de caza.

Durante casi tres días Togaru asiste a la misma rutina: los carromatos avanzan lentamente por los caminos lodosos, en ocasiones las ruedas se atascan y el grupo se congrega para ayudar, descansan tres veces al día, las primeras son paradas cortas para comer y desentumir las piernas, la última es al atardecer donde el campamento entero se instala. Encienden fuego a resguardo de la lluvia y pronto las patrullas se extienden alrededor mientras el resto del grupo duerme. Al día siguiente la rutina vuelve a empezar.

Togaru se aburre, está pensando seriamente en dar la vuelta y marcharse, cuando consigue ver la cara del líder.

Entre tantos encapuchados es difícil seguirle el rastro al cabecilla del grupo, el tipo está en constante movimiento y solo se distingue del resto cuando empieza a señalar y todos se mueven para obedecer. Togaru ha perdido la esperanza de identificarlo, por suerte para él, la lluvia se detiene al tercer día y toda la caravana da la bienvenida al sol.

Encaramado en su árbol Togaru se inclina sobre la rama con la mirada puesta en el líder, quien empieza a movilizar al resto. A su alrededor muchos han empezado a descubrirse, pero él sigue dando órdenes sin mostrar intenciones de imitarlos.

Vamos, piensa Togaru con ansiedad, quítate la capucha, ¿quién eres?, ¿Dabi?, ¿Shigaraki?

Cuando el líder finalmente se descubre la cabeza, Togaru parpadea confuso. El tipo es demasiado joven y no posee la constitución recia y amplia que caracteriza a todos los capitanes de la milicia; su rostro es de un color pálido, como leche blanca, no tiene cuernos entre su pelo rubio ni ninguna otra seña característica.

Entonces el líder del grupo imita al resto y se desnuda para lavarse. En cuanto se quita el peto de su uniforme, Togaru la ve.

La flor roja justo encima de su corazón.

Mierda.

El cuerpo de Togaru se sacude de miedo y sus manos vuelan hacia sus cosas, en dos latidos arma su postura con su arco tenso y listo para disparar. Se detiene cuando consigue procesar que el líder no es el único. Todos los hombres que hay a su alrededor exhiben una flor en su pecho, hombros, o espalda.

Una tropa de asalto.

La enormidad de la situación sacude a Togaru. Ha visto los barcos en el horizonte y sabe que los salvajes han llegado para la guerra, pero le sorprende ver a un grupo de ellos tan lejos de la costa.

¿Cómo han llegado aquí? ¿de dónde han sacado esos uniformes? ¿a dónde se dirigen?

Esa última pregunta lo hace reaccionar. Sin duda la tropa de asalto tiene como intención limpiar la zona, tal vez pretendan atacar a las aldeas haciéndose pasar por guardias del ejército.

Tengo que avisarle al Coronel. Tenemos que preparar una línea ofensiva. Tenemos que expulsarlos de nuestras tierras.

Togaru estudia una vez más al líder de los salvajes, baja de su árbol y corre directo de vuelta a su hogar.

 

[…]

 

Las pesadillas acompañan a Denki desde que perdiera su hogar. A veces sueña con su madre bañada en sangre, a veces recuerda a su padre marchitándose en su cama, la mayoría de las veces sueña con las celdas oscuras, con la primera vez que lo llevaron ahí, con el miedo y el terror al perder sus vendas. Sueña con las manos de Nubia y con su tapete vacío. Sueña que cae por un pozo y se despierta al sentir el vértigo de la caída.

Es costumbre despertarse tres o cuatro veces por la noche, sacudirse, aspirar el aroma familiar de encierro y vacío para volver a dormir y repetir la secuencia.

Aún tiene pesadillas, aún sueña con las celdas negras, de vez en cuando sueña con su yo más joven tirado en una celda dentro de un barco que se mueve, pero ahora también sueña con dedos de acero que se cierran sobre su garganta. Sueña con ojos inmisericordes que lo miran mientras intentan matarlo.

Se despierta con la respiración entrecortada y la sensación fantasmal de los pulgares presionados contra su tráquea, pero en lugar de aspirar el aroma de la celda lo que huele es la lluvia. Si se gira puede sentir la tierra contra su mejilla y la sensación basta para ahuyentar sus pesadillas.   

Aún es temprano cuando Denki se endereza con cuidado intentando no despertar a nadie. Se levanta y avanza de puntillas entre sus compañeros dormidos. Envuelto en su cobija se aproxima al borde de la lona improvisada; de un lado la lona se sujeta a uno de los carromatos y del otro se han colocado estacas que la mantienen fija contra el suelo dejando descubierta la parte frontal y trasera.

Denki se sienta en el borde y extiende una mano hacia el exterior. La suave llovizna está fría, pero no se compara con el frío que había en la prisión.

Hace cinco días que son libres y Denki sigue sin poder creerlo. A veces teme despertar de vuelta en la prisión, en su tapete, sin fuerza para enfrentar otro día; pero cada vez que ese miedo intenta instalarse basta quitarse la capucha para inhalar con fuerza. Huele a lluvia, a tierra mojada, a plantas…. Huele a libertad.

Cada vez que respira Denki quiere reírse, pero sabe que si lo hace volverá el llanto y no hay tiempo para eso. Por mucho que quiera quitarse las botas y chapotear en los charcos mientras grita de alegría, no puede permitírselo.

Denki extiende ambas manos hacia la lluvia, forma un hueco con ellas y cuando reúne suficiente agua se lava la cara. Repite la operación hasta que siente la piel fría y limpia, después se enjuaga la boca y se arregla el pelo con las manos húmedas. Lo que de verdad quiere es bañarse, pero aún no se siente listo para quitarse el uniforme.

Tiene miedo de que si se lo quita no podrá volver a usarlo y la sola idea de volver al fundoshi lo llena de pavor. Supone que todos ellos comparten el mismo miedo irracional porque, aunque todos están acostumbrados a bañarse diario, ninguno se ha tomado la molestia de hacer la petición en voz alta.

Así que Denki se acicala lo mejor que puede sin quitarse la ropa. Después dobla su manta y se aleja de su grupo hacia el carromato que tienen junto a él, dentro duermen los omegas en ciclo. Denki abre la puerta y de inmediato la omega que hace guardia junto a la entrada se despierta. En cuanto lo reconoce Chieko sonríe.

—Buenos días,¿ya amaneció?

—Todavía no, puedes dormir otro rato, solo vengo a dejar mi manta, ¿cómo están?

—Bien, Andu se despertó a medianoche, llorando, pero conseguimos calmarla. Todos están exhaustos y hambrientos, ¿crees que podamos ampliar la ración de la mañana?

—Veré que puedo hacer, ¿necesitas más panax?

—No por ahora, estamos guardándola para cuando sea necesaria, ¿cómo están el otro grupo?

—Apenas voy para llá, descansa, en cuanto salga el sol enviaré a alguien para que te ayude con las raciones del desayuno.

Denki cierra la puerta, se coloca su capucha y corre los cuatro metros que lo separan del otro carromato. Encuentra a Ochako despierta con los ojos fijos en la puerta y aferrando su cuchillo con una mano de nudillos blancos; aunque sus ojos pierden la alarma al reconocer a Denki, en ningún momento hace ademán alguno por soltar su arma.

—Estás despierta—murmura Denki con calma extendiendo una mano para acariciar su pelo.

—No podía dormir—responde Ochako sin sonreír—Escuché ruidos afuera y pensé…

No termina su frase, pero no hace falta porque Denki se acuerda del primer día cuando uno de los alfa captó el aroma de los omega y perdió la cabeza. Desde ese día se instalaron las guardias y se tomó la costumbre de tener a un omega junto a la puerta vigilando.

—Está bien—dice Denki intentando calmarla—Duerme ahora, yo estoy despierto.

Le acaricia el borde del pelo hasta que su puño se relaja y consigue dormirse. Denki cierra la puerta y le hace una seña de asentimiento hacia el alfa que vigila ambos carromatos. Aún es temprano, pero en lugar de dormirse, Denki se aleja de ahí.

Junto al tercer carromato duerme el último grupo omega, dentro del vehículo descansan los heridos y enfermos. Descontando todas las pérdidas por la batalla en prisión, por las heridas y los muertos en las celdas, su número total se ha reducido y la mayoría de ellos son omega.

Dentro de los carromatos número cuatro y cinco se almacena toda la comida, junto a ellos duerme la mitad del grupo alfa, y el resto se encuentra en la zona, haciendo guardia o exploración. Más allá de ese grupo se encuentra el primer carromato, junto al que nadie quiere dormir.

Nadie excepto el líder, que siempre instala su fogata junto al vehículo que lleva los paquetes de incienso.

La caravana había sido preparada por los guardias de la prisión, habían empaquetado la comida y alistado los transportes, ellos solo habían tenido que procurarse uniformes y botas para el viaje. Cuando se preparaban para abandonar la fortaleza muchos insistieron en dejar el vehículo atrás, pero el alfa no cedió y su voluntad se impuso, Denki nunca le ha preguntado el por qué.

Sabe que no hay garantía de que vaya a recibir una respuesta.

Durante su viaje Denki ha aprendido unas cuantas cosas del alfa: Su paciencia es mínima, no le gusta relacionarse con el resto, siempre toma los turnos de vigilancia más pesados, nunca responde cuestiones personales –consiguió arrancarle su apellido a base de molestar e insistir– y aparentemente no duerme porque Denki siempre lo encuentra vigilando.

Como ahora.

—¿Qué pasa?,—pregunta Bakugou en cuanto Denki se detiene junto al asiento del conductor. Hace la pregunta sin girarse, contemplando el rebaño de animales de tiro que duermen tranquilamente bajo una lona improvisada.

Desde donde está, la cabeza de Denki queda a la altura del asiento, le resulta fácil ver el frasquito de cristal que el alfa hace girar entre sus dedos.

—Toma—le extiende la bolsita de tela que él mismo cosió la tarde anterior. Cuando el alfa no hace ademán de tomar el obsequio, Denki añade—Le cosí un forro interior lleno de arroz para evitar que se mueva demasiado; amortiguará el golpe en caso de que llegue a caerse. La cinta es gruesa por si quieres llevarla al cuello. Mejor eso que tenerlo en el bolsillo dónde terminará por romperse.

Cuando el alfa gira el rostro encapuchado hacia él, Denki enfrenta su adusta mirada con toda la entereza que puede reunir. Se limita a mantener la mano extendida hasta que por fin el alfa toma el saquito de su mano. Sin esperar un agradecimiento, Denki rodea la parte frontal del carromato que permanece apoyada contra el suelo mojado y se sube en el asiento del copiloto.

Se frota las manos, bosteza y finge que no se da cuenta del cuidado con que el alfa pone el frasco dentro del saquito. Aún se acuerda del aroma, de la tenue esencia de albahaca y menta, pero lo que nunca olvidará es la poderosa reacción que desencadeno. Cada vez que se acuerda del aroma a madera quemada su estómago se encoge.

Aparta el recuerdo con una palmada mental mientras el alfa termina de colgarse el saquito al cuello y lo esconde bajo su uniforme.

—¿Crees que la lluvia pare alguna vez?

—Las nubes se ven menos densas. Es probable que hoy se despeje el cielo.

La idea consigue emocionarlo. Denki alza los ojos, pero no consigue ver más que nubes de un gris oscuro.

—Si sale el sol, ¿podemos tomarnos el día?

—No. Nuestro ritmo es lo suficientemente lento, no vamos a retrasarnos más.

En otro tiempo Denki habría guardado silencio, en la prisión ni siquiera habría hecho la pregunta, pero ahora que aspira el aire limpio y frío y que puede extender los brazos bajo la lluvia, no encuentra motivo para quedarse callado. Su viejo yo, enterrado bajo capas de miedo y ansiedad, asoma su cabeza y se estira, el aroma a naranjas emana de él en tonalidades tenues que hablan de sumisión y dulzura.

—Pero viajar con los coches es difícil—su voz está llena de matices blandos, aquellos que apelan la naturaleza protectora de cualquier alfa—Se atascan continuamente y los animales son demasiado tercos para obedecer. Los enfermos resienten el viaje, y los omega…

—Basta. No vamos a parar ni un solo día.

Denki arruga la nariz, inafectable por el aire brusco del alfa. Se remueve en su lugar y el aroma a naranja se espesa a su alrededor en un intento por conseguir que el alfa se ablande. Con él es con el único con el que se atreve a usar la táctica que solía emplear en casa cuando quería que Allana le hiciera caso.

La respuesta de Bakugou es girarse y mirarlo con el entrecejo fruncido.

—He dicho que no.

—Solo un día.

Más que una petición las palabras poseen el timbre juguetón que va asociado con el coqueteo. Denki no puede evitarlo, el aroma a su alrededor se endulza, su postura se relaja e incluso se atreve a extender la mano y empujar con suavidad.

—Solo por hoy—repite sin dejar de sonreír.

La nariz de Bakugou se arruga, su entrecejo fruncido se pronuncia aún más, en un movimiento rápido lo empuja con el codo y gruñe:

—Si no paras con las estupideces terminarás con la cara en el suelo.

En lugar de abochornarse, Denki se ríe, tanto por el gesto como por la repentina sensación de seguridad que lo invade. Saber que el alfa no lo ve como prospecto lo llena de una libertad y una confianza imposibles de explicar.

—¿Qué pasa?

Su risa se muere al girarse hacia la voz. El alfa pelirrojo –Eijirou Kirishima– está de pie mirándolos. Lo reconoce por su voz, por la forma de su cuerpo al pararse bajo la lluvia en toda su altura. Lo reconoce por sus ojos, por la forma como lo mira.  

—Buenos días—responde Denki absteniéndose de utilizar el nombre que el alfa no ha parado de repetir cada vez que hablan. Se endereza en su lugar, procurando no retorcerse de incomodidad.

—Hola, Denki

Cada vez que escucha su nombre pronunciado en los tonos sedosos del alfa su estómago se desploma, se deshace en su interior en trozos calientes. Denki se atraganta al recordar abrazos que huelen a azafrán. A veces sueña con ese momento bajo la lluvia y no consigue sacudirse la sensación electrizante que sintió entonces.

—¿De qué hablan?

Denki se encoge de hombros.

—De tomarse un día libre.

—No vamos a parar—replica Bakugou sin titubear.

En respuesta Denki arruga la nariz y se atreve a empujar al alfa con la palma abierta. Lo hace con fuerza, como si ambos fueran iguales, reboza confianza y es completamente diferente del gesto suave y tentador que usara antes.

—Podríamos parar—interviene Kirishima atrayendo la atención de ambos—Estos días han sido extenuantes y todos agradecerían un descanso.

La emoción fluye en Denki, su expresión se ilumina, su espalda se endereza, su felicidad se dispersa en el aire inundando el bosque con el aroma de fresco jugo matutino.

—¡Sí!,—dice en voz alta alzando los puños al aire—Eso sería sensacional.

—No tenemos tiempo…—empieza Bakugou pero Kirishima lo interrumpe.

—Podríamos aprovechar el día en hacer más pruebas con el incienso; además, el mapa que tenemos muestra que hay otra prisión cerca de aquí. Podríamos enviar un grupo a inspeccionarla.

Bakugou gruñe—Creí que tenías prisa por encontrar a tu príncipe.

—Todoroki-ouji nos lleva al menos una semana de ventaja; para este momento tiene que estar a salvo en los barcos de la Flota. En su carta nos dijo que enviará tropas para recuperar la prisión. Es probable que estén en marcha. Descansar un día no cambiará las cosas.

—No cambiará nada, pero cada día que pasamos en este maldito lugar incrementa las posibilidades de una emboscada.

—Esa posibilidad existe aunque sigamos avanzando sin descanso; pero al menos de esta forma minimizamos el peligro de que los carromatos se deslicen por una pendiente resbalosa. Los animales de tiro están cansados y se vuelven difíciles de manejar.   

Bakugou gruñe mientras Denki contiene el aliento.

—Muy bien—dice después de un momento de rechinar los dientes—Pararemos por hoy.

—¡SÍ!

—¡Pero!,—añade el rubio mirando a Denki con irritación—No será un día para holgazanear. Tenemos trabajo que hacer.

—¡Por supuesto!,—asiente Denki bajándose del carromato de un salto.

—¡Y!, participarás en las pruebas con el incienso.

—No creo que sea necesario…

—Lo haré—replica Denki cortando la protesta de Kirishima—Pero ya que usaremos el día para reunir fuerzas, ¿podemos duplicar la ración de hoy?

La mueca del rubio se ensombrece—Bien—escupe con fastidio—La zona está llena de animales de caza. Una doble ración no afectara nuestras provisiones.

Denki sonríe y se aleja antes de que alguno cambie de opinión. En ningún momento se gira para mirar atrás.

 

[…]

 

—Debería dejarlos a todos aquí—gruñe Katsuki al bajarse del carromato—Especialmente a ti y a tu estúpida cara complaciente.

El otro despierta de su contemplación y empieza a balbucear. Es sorprendente que aún bajo la capucha pueda distinguir el sonido de su sonrisa nerviosa.

—No sé a qué te refieres con cara complaciente, pero solo yo puedo preguntarle a Todoroki-ouji sobre las feromonas. Y no podemos abandonar al resto del grupo.

—¡Cállate! No necesito recordatorios. Esta parada retrasará nuestro itinerario.

—Hasta tu entiendes que es necesaria.

—¡Maldita sea! No necesitas repetirme lo que ya sé. Lo único que me enferma es verte pidiendo su aprobación.

—¡¿Qué…?!, ¿de qué estás…?

—¡Basta! ¡Deja la palabrería inútil!

Katsuki abre las puertas del coche y se toma un momento para extender el mapa que tomaron de las oficinas del capitán de la prisión. En él se muestran los caminos, las aldeas, la posición de los ríos y las fortalezas. Katsuki se toma un momento para medir la distancia a la prisión más cercana y otro para hacer cálculos de tiempo.

—Al menos está cerca.

—¿Cuánto tiempo?

—Una patrulla ligera podrá hacer el viaje en mediodía sin pausas para descansar.

—Podemos esperarlos.

—Sí—dice Katsuki haciendo una pausa para decidir—Enviaremos un grupo pequeño. Dos, no, tres personas. Viajaran con provisiones básicas. Ir y recolectar información. 

—Y buscar supervivientes.

—¿Después de una semana? No lo creo. Los prisioneros llevaran días sin comida. Es imposible que alguien siga vivo.

—Ya veremos.

Katsuki suspira.

—Bien, ya que insistes, irás.

—¿Yo?

—Sí. Tú, el estúpido de la coleta y yo.

—¿Te refieres a Hiryu?

—¿Qué te hace pensar que me sé su nombre?,—se aleja con el mapa enrollado en su mano haciéndole señas a los centinelas más alejados—Viajaremos ligeros, provisiones mínimas y armas cortas. Alista nuestras cosas.

Kirishima obedece y Katsuki enfila hacia la fogata de los alfa mientras el cielo sobre él empieza a clarear. Muchos tienen la cabeza destapada, otros mantienen sus capuchas puestas pese a que ha dejado de llover. 

—Hoy no avanzaremos—anuncia en voz alta e inmediatamente las voces de todos se elevan a su alrededor—Tú—señala al muchacho con la cinta azul en la frente; aunque no se sabe su nombre sabe que viene de las islas. Lo ha visto trabajar y nunca le ha dado problemas—te quedas a cargo. Si no volvemos mañana temprano los mueves, nosotros te alcanzaremos, aquí tienes el mapa con la ruta trazada—le entrega el papel enrollado—las raciones de hoy serán dobles, y todos harán pruebas de incienso a lo largo del día.

Murmullos de protesta se elevan entre el grupo, pero Katsuki los hace callar con un gruñido siniestro.

—¡Nada de quejas! ¡Si nos atacan nuestra debilidad es el incienso! Tenemos que encontrar una forma de contrarrestarlo. ¡Esa es la diferencia entre la vida y la muerte!

El silencio se instala, algunos  asienten con expresiones de férrea determinación. Katsuki se toma un momento para mirar a cada uno antes de retomar su discurso.

—Las patrullas mantendrán su rotación. Quienes estén libres participarán en el grupo de caza. Nada de alejarse, nada de llamar la atención. Las piezas colectadas serán limpiadas por los omega…

—¿Omega?,—grita uno, su voz destilando ultraje e incredulidad.

—¿Tú sabes hacerlo?,—es la pregunta de Katsuki y cuando nadie responde, continua—No quiero volver y encontrar quejas. Nuestra prioridad es salir de aquí. ¡Nada de estupideces!

Un coro de asentimiento sigue a sus palabras y de inmediato todos se dispersan. Varios de ellos aprovechan el día de descanso para empezar a descubrirse la cara, algunos se desnudan para bañarse. El muchacho de la bandana se acerca inmediatamente a él.

—¿Qué…?,—pregunta Katsuki quitándose la capucha.

—Soy Yosetsu—se presenta el alfa sin inmutarse—¿Quiénes irán contigo?

—Solo dos más. El resto se queda aquí.

—¿Cuándo planean volver?

—Mañana, pero no nos esperes. Sigue mis órdenes.

—¿Y si necesitan refuerzos?

—Tu trabajo está aquí, nada más.

—Como digas.

—Una cosa más, ¿identificas al omega rubio?

—Tu omega…

—¡No es mío!, pero sabes de quién estoy hablando.

—Sí.

—Bien, él se queda a cargo de su grupo. Si necesitas algo de ellos se lo pides a él. Y si él te pide algo se lo das.

Yosetsu asiente y se retira. Una vez que todo está listo Katsuki se descubre la cabeza y utiliza uno de los cubos de agua de lluvia para lavarse. Durante un momento duda en remojar sus manos dentro de la cubeta, sabe que en cuanto lo haga el aroma a menta desaparecerá y la idea consigue fastidiarlo. Al final aprieta los labios, se desnuda y se baña de prisa, quitándose el sudor y el lodo de su cuerpo.

Se sacude el agua fría y se viste de prisa, sin perder el tiempo. Mientras se dirige hacia desayunar no deja de palparse el esternón donde puede sentir el saquito de tela que contiene el vial de Izuku.

 

[…]

 

Ochako se endereza limpiándose la boca con el antebrazo, usa el trozo de tela que tiene junto a ella para limpiarse las manos y después cubre la desnudez de su compañera con la frazada que tiene a la mano. La omega ronronea bajo la manta y se encoge debajo para dormir otra vez.

A su alrededor se oyen suspiros tenues, movimientos de aquellos que se sacuden en sueño o el tenue roce de piel contra piel de quienes acaban de despertar. Ochako se inclina sobre cada par dormido, en algunos casos usa un paño húmedo para refrescarlos y de ser necesario los ayuda con manos y boca para aliviar su necesidad.

Era la costumbre en prisión, donde todos se turnaban durante la época de ciclo para calmar a sus compañeros antes de dormir e inmediatamente al despertar. Durante el día podían masticar panax pero ahora que viajan en el carromato pueden prescindir de ella y guardarla para ocasiones especiales.

El carro huele a ellos; aromas entremezclados que se suavizan o se intensifican conforme el día avanza. Ochako se baña en él y cuando finalmente todos sus compañeros duermen abandona el dormitorio improvisado para estirar sus músculos bajo el cielo abierto.

Ha dejado de llover y el cielo es de un gris claro brillante. El sol se oculta bajo las nubes y en ocasiones se alcanza a distinguir sus rayos cuando atraviesan los nubarrones. Ochako aspira el aroma a bosque y su estómago se agita ante la sensación. Huele a campo abierto y a hojarasca húmeda.

Yui se aproxima a ella masticando con ánimo un puñado de galletas saladas.

—Vengo a relevarte—le dice con ímpetu, su espalda recta y la cabeza alta.

Es una persona completamente diferente de la chica tímida que solía encorvarse al caminar por los pasillos de la prisión. Ochako también se siente así. Libre y efervescente; aún le cuesta acostumbrarse a la sensación.

—¿Relevarme?,—pregunta aceptando la galleta que Yui le da—Pero no falta mucho para que nos pongamos en marcha.

—Hoy no viajaremos. Vamos a descansar y a comer.

El estómago de Ochako se contra de miedo en una reacción involuntaria. Pese a la alegría que pueda sentir al saberse libre, la sospecha sigue ahí, acechando dentro de ella, estimulando su imaginación y dotando a sus pesadillas de fuerza.

—¿Dónde está Denki?

—Con el grupo que prepara la comida de los alfa. Nuestra hoguera está allá—señala hacia la hoguera alejada del último carromato—Chieko está organizando la comida para los enfermos y me pidió que te preguntara si podías ocuparte de la comida de los que están durmiendo en los carromatos.

Ochako se humedece los labios y asiente.

—Puedo hacerlo, pero antes tengo que hablar con alguien.

Se despide de Yui y se aleja de su carromato hacia la hoguera donde los alfa almuerzan. Tiene que armarse de valor mientras se acerca porque el aroma que rodea el lugar está cargado de energía y fuerza. Muchos de ellos la miran, Ochako no se atreve a devolverles la mirada porque no quiere encontrarse con algún rostro conocido de sus visitas a las celdas oscuras. Son recuerdos que no se siente lista para enfrentar. Camina con la cabeza en alto, pese a sentir el puño que atenaza su estómago, con los ojos fijos en el camino que tiene enfrente.

Ve a Denki de pie junto a la hoguera removiendo la sopa en la inmensa olla de metal, hay un puñado de chicos con él que sirven la comida sin reaccionar ante los comentarios que se oyen. Y la persona a la que busca está sentado cerca de la primera fila, más allá de la hoguera, con los ojos puestos en su amigo.

Ochako enfila hacia él.

—Hola—dice Ochako sentándose junto a Kirishima

El alfa asiente, aunque su atención nunca abandona la hoguera donde los omega sirven la comida.

—Oí que no viajaremos hoy, ¿por qué?

—Es el primer día que no llueve. Haremos unas pruebas con el incienso, cazaremos comida fresca y enviaremos una patrulla a examinar la prisión que está cerca de aquí.

—¿Otra prisión?, ¿qué pasa si nos descubren? ¿qué pasa si nos atacan? ¿qué pasa si vienen por nosotros?

—Con toda seguridad la fortaleza estará vacía. En las ordenes que encontramos en la oficina del capitán se hablaba de vaciar las prisiones y concentrar todas las fuerzas en la capital para enfrentar a las tropas invasoras. Es probable que no haya soldados aquí cerca. Todas las tropas han sido movilizadas.

—Eso no puedes saberlo.

Su mal humor escapa de ella ensombreciendo el aire a su alrededor. El aroma a castañas se intensifica, se amarga, se concentra en un intento por conseguir que el alfa la consuele.   

Kirishima se gira para mirarla—¿Qué pasa?

—No quiero que nos quedemos aquí. Quiero volver a casa.

—¿Tienes miedo?

—¿Y quién no? Tengo miedo de que nos capturen. Miedo de volver a las jaulas. Miedo de despertar y ver que vuelvo a estar bajo tierra.

—Nadie volverá ahí, eso te lo puedo prometer.

Ochako sacude la cabeza, incapaz de expresar en palabras la ansiedad que se agita en su interior. Se cubre el rostro con las manos y toma aire, se concentra en el aroma a azafrán que emana de la persona junto a ella. Dulce e intenso, lleno de ricos matices que consiguen aliviar su mal humor.

—¿Quiénes irán?,—pregunta con un suspiro cansado.

—Será un grupo pequeño, la idea es ir y volver lo antes posible. Bakugou, Hiryu y yo. Nos marcharemos apenas termine el desayuno.

—¿Quién se queda a cargo?

—Yosetsu.

Es oír el nombre y sentir que la tensión en sus hombros se disipa. Su alivio es tan palpable que Kirishima se gira hacia ella.

—¿Te cae bien?

—Se puede razonar con él—explica Ochako de manera cortante—Y nunca nos ha considerado objetos inútiles.

—¿Alguien los trata así?

Ochako frunce el entrecejo al mirarlo, indecisa ante la posibilidad de sincerarse o dejar el tema por la paz. Al final se encoge de hombros en un gesto ambiguo. Se quedan callados durante un rato mientras el pelirrojo termina de comer, aunque en realidad se limita a picar su comida sin que su atención se desvíe de Denki.

Ochako suspira—¿Por qué no vas y hablas con él?

—Me odia—explica Kirishima sin tartamudear—No sé por qué, pero me odia. Cada vez que intento hablar con él se hace pequeño y ni siquiera me mira a los ojos. No me soporta. Me odia.

—Ya lo dijiste.

—¿Por qué me odia?

—No te odia.

—Claro que lo hace. No me habla. No se ríe.

—No tiene muchos motivos para reír.

—Se ríe con… se estaba riendo con él.

—¿Con quién?

—Tu sabes con quién. Lo has visto.

Ochako asiente. Sí, los ha visto. Todos en la caravana han sido testigos de la familiaridad con la que Denki trata al líder. Ni siquiera se inmuta cuando el otro le contesta de mala forma, pese al mal humor del alfa, Denki nunca parece a la defensiva y nunca actúa como si le tuviera miedo. Ella lo entiende, los otros omega también, pero supone que para un alfa la situación le resulta incomprensible.

—No te odia—le dice en voz baja intentando que sus palabras no se alejen más allá de ellos—Es solo que no sabe cómo tratarte.

Kirishima vuelve a mirarla, esta vez su expresión es de absoluta estupefacción. Es una expresión tan adorable que Ochako sonríe y se ablanda. Se lo explica.

—Denki se acostó contigo—le dice con el tono de una madre con paciencia infinita—No fuiste el primero…, pero fuiste uno de muchos… No puedo decirte cuánto tiempo estuvimos bajo tierra, la verdad no lo sé, pero puedo decirte con cuantos de ustedes nos obligaron a intimar y me faltarían dedos en las manos para enumerarlos. No todos eran amables, no todos sabían controlarse, no todos diferenciaban un “adelante” de un “espera”. Algunos no entienden que lo hacíamos para sobrevivir, para evitar castigos aún peores o un destino terrible, algunos creen que solo por eso tienen derecho sobre nosotros… La única forma de evitar que eso nos destruyera era definiendo una clara barrera entre ustedes y nosotros. Todos construimos muros. Denki tiene uno… él no te odia, pero no sabe tratarte. No sabe qué es lo que quieres de él.

—Pero no es así con…

—Porque con él se siente a salvo. Denki sabe que con él no corre peligro, sabe que sin importar la situación nunca se verá forzado a repetir lo que hicimos en las celdas oscuras.

Kirishima la observa con la boca abierta, Ochako casi puede ver las ideas y conclusiones que se agitan dentro de su cabeza.

—Yo… él no me habla… pero tu sí…

Ochako sonríe y enarca las cejas.

—¡Oh!,—exclama Kirishima en cuanto lo entiende—Así como ellos… ¿tú te sientes a salvo conmigo?

—¿Y?

—Y si quiero que él deje de huir, tengo que demostrarle que no le haré daño.

—¡Muy bien!, ¿qué más?

—Tengo que darle su espacio.

—Aja.

Kirishima asiente distraído, baja su mirada a su plato y durante un momento guarda silencio. Finalmente se gira hacia ella.

—¿Eso significa que no debe gustarme?... Porque si es así… ni siquiera sé cómo evitarlo.

Ochako suspira y le sonríe.

 

[…]

 

En lugar de sentirse liberada, Mina no deja de notar el nudo de ansiedad que crece en su interior. Hay algo dentro de ella que no la deja dormir, una advertencia que resuena en sus oídos cada vez que se levanta y emprende la marcha con su grupo alejándose de su aldea.

—Tal vez sea la certeza de que no volveremos pronto—le dice Mashirao cuando se atreve a expresar su malestar.

Mina asiente, distraída.

—Tienes razón. Estoy pensando demasiado.

Intenta desestimar su inquietud, intenta concentrarse en la tarea de avanzar; no ayuda que su oficial al mando mantenga a su grupo al margen de las actividades rutinarias. Es como si limitaran su contacto con el resto de la tropa. Todos los chicos de su aldea se apiñan lejos de la partida principal, comen y descansan en una zona separada, algunos ríen y hacen bromas sobre el futuro que los depara. Mina intenta participar, pero no deja de mirar hacia atrás. No deja de sentir angustia.

Entregué los frascos y fue todo, se dice por tercera noche consecutiva, aún si los descubren no hay forma de que puedan señalarme.

No consigue borrar de su mente la imagen de Shuichi Iguchi caminando por su aldea, con su piel color verde y sus ojos de reptil. Usualmente la visita de uno de los hombres de Shigaraki no le causaría angustia, pero su culpa no le permite sacárselo de la cabeza. 

—Deja de pensar en él—le dice Mashirao esa noche mientras instalan las tiendas para dormir.

Su amigo intenta distraerla y ella lo escucha a medias. Ese día, su oficial al mando los envía a dormir temprano y los libera de la guardia nocturna; mientras sus compañeros aplauden y se alegran, la ansiedad de Mina se sacude.

—¿No es raro?,—pregunta ella sentada sobre su manta oyendo la lluvia que cae sobre el techo de su tienda.

—¿Qué es raro?

—El viaje. Salimos antes de lo planeado. No participamos en los grupos de exploración. Van a enviarnos a las líneas defensivas y no a la capital, ¿no te parece que nos tratan como criminales y no como nuevos reclutas?

—¿Te estás quejando porque dormirás toda la noche y no tendrás que estar bajo la lluvia empapándote durante horas?,—interviene entonces Shihai, recostado en la manta al otro lado de Mina—¡Deberías agradecerlo! Ciertamente yo lo prefiero.

—¿Por qué nos mantienen alejados del resto?,—responde Mina encarando a su compañero—¿Por qué nos envían al frente a luchar?

—Porque los salvajes están aquí y tenemos que defender nuestro hogar.

Mina se muerde los labios y aparta los ojos de él.

—Si tanto te molesta—le dice Mashirao con una sonrisa benevolente—podemos ir con el capitán y solicitar que nos dejen participar en la guardia nocturna. No puede negarse a una petición formal.

Ella asiente y ambos salen a la lluvia. Rodean el límite del campamento y se mueven de prisa queriendo empaparse lo menos posible. Ni siquiera han llegado a medio camino cuando oyen la conversación entre dos centinelas.

—¿Traición?,—pregunta uno de ellos con voz incrédula—¿de parte de quién?

Su interlocutor no es un centinela. Mina reconoce inmediatamente la voz del Capitán, una voz firme y serena que, aun susurrando, consigue transmitir autoridad.

—Ken Ishiyama—en cuanto oyen el nombre, Mina y Mashirao se miran con iguales expresiones de espanto—Que esto quede entre nosotros. Ninguno de los reclutas debe saberlo. Las ordenes de Shigaraki son enviarlos a las líneas defensivas y mantenerlos vigilados.

—Como ordene, Capitán, ¿qué pasara con Ishiyama?

—Han enviado a un Oficial para establecer los cargos en su contra.

—¿A quién?

—Shuichi Iguchi.

El resto de la conversación se pierde cuando ambos se alejan, Mina y Mashirao esperan un momento hasta estar seguros de que no queda nadie, inmediatamente después regresan.

—Hay que decírselos—murmura Mashirao; antes de que pueda alejarse Mina lo sujeta del brazo. Es ver su expresión llena de pánico para olvidarse de sus compañeros.

—¿Esto es mi culpa?,—murmura ella con los ojos abiertos y los labios temblorosos.

—Claro que no—dice Mashirao frotándole la espalda en un gesto de conforte y apoyo

—Lleve los viales, lleve las cartas…

—Si supieran lo que hiciste te habrían interrogado, pero no lo hicieron. No saben de ti.

—Saben de Ishi…

—No pronuncies su nombre en voz alta. Solo por si acaso. Sí, saben de Cementoss. Es probable que supieran de Kamui.

—Vimos a Shuichi en la aldea, antes de marcharnos.

—Lo sé. Se suponía que estaba ahí solo para ayudar con los reclutas.

—Se quedó atrás. Se quedo en nuestra aldea.

—Tranquila, Mina, es probable que no signifique nada.

—Quiero ir a casa.

—No podemos irnos ahora. Si nos reportan como desertores será aun peor para Cementoss. Tenemos que quedarnos.

—Tengo un mal presentimiento, Mashirao. Por favor, por favor, vayamos a casa.

—¿Y cuándo vayan a buscarnos?

—Lo decidiremos entonces… por favor, quiero ver a mi hermana. No soporto pensar que Iguchi está en la misma aldea que ella.

El pánico se dibuja de tal forma en su rostro que Mashirao no encuentra la fuerza para rechazar su petición.

—Muy bien, volveremos, pero necesitamos pensar en una excusa para habernos marchado. Tendrá que ser una muy buena excusa…

—Ya pensaremos en ello, ¿estás listo?

—¿No vamos a decirles a los demás?

—No, se verían obligados a mentir. Es mejor que no sepan nada. Si nos marchamos ahora tardaran en darse cuenta que nos hemos ido. Nos dará tiempo para borrar nuestro rastro.

—¿Dejamos nuestras cosas?

La respuesta de Mina es dar media vuelta y desaparecer entre los arbustos.

Viajan de prisa, familiarizados con la zona. La lluvia cae sobre ellos inmisericorde, pero ninguno protesta mientras corren con premura por los charcos enlodados y las pendientes resbalosas. En lugar de seguir por el camino principal se desvían a las zonas bajas. Evitan tomar el camino directo a su aldea y descienden por el valle con la intención de ascender en el otro extremo.

Comen bayas y frutas que consiguen recolectar en su camino, mastican hojas de mal sabor que ahuyentan el hambre. Al segundo día, cuando la lluvia se vuelve implacable, construyen un pequeño refugio de ramas para descansar.  

El tercer día es el peor de todos porque es el turno de ascender. Marchan a paso lento, resbalándose sobre la pendiente mojada. No consiguen ni llegar a medio camino cuando deciden hacer una pausa. Duermen a cubierto de un árbol, espalda contra espalda, esperando el amanecer.

El cuarto día amanece sin lluvia, fresco y limpio como una tarde estival. Desayunan sus magras provisiones y ascienden de prisa, aprovechando el día. Sobre ellos se eleva la segunda prisión al otro lado del valle. Ambos saben que está desierta, están decididos a pasar esa noche a resguardo, tal vez conseguir un cambio de ropa y con suerte apropiarse de algún arma abandonada.

—El refugio de Kamui está por aquí cerca—dice Mashirao cuando el sol empieza a ocultarse

—¿Cuál de todos?

—El que tiene forma de nido, creo. Recuerdo haber oído a Cementos decir que vería a Kamui en esta región… Tal vez podamos encontrarlo.

—Lo dudo, cuando fui con él a recoger los frascos, me dijo que un cuervo de Kurogiri lo había rastreado hasta su nido. Él quería irse de inmediato, pero sus espías insistieron en quedarse. Se preocupaba por los tres días que se vio forzado a esperar, me dijo que apenas volviera por ellos tenía pensando llevarlos a la costa. No quería perder más tiempo.

Mashirao se detiene—¿Qué te parece si lo buscamos?

—Si oscurece no veremos nada.

—Si no lo encontramos seguimos hasta la prisión, pero al menos hay que intentarlo. Tal vez haya comida y mantas.

Mina asiente y se desvían hacia la zona boscosa a un costado de la fortaleza. Buscar el nido en la semioscuridad resultaría imposible para alguien que no sabe lo que está buscando. Mashirao sabe reconocer la diferencia y cuando lo encuentra ayuda a Mina a subir.

Mashirao sube con ayuda de su cola y entre ambos se pasan un rato escarbando entre los estantes y las bolsas abandonadas. Hallan un odre de agua viejo, una tinaja llena con agua limpia, galletas de harina, y muchos frutos secos. También hay mantas y un paquete de cuchillos escondido entre las ramas altas. Devoran la comida que encuentran y descansan los adoloridos músculos de sus piernas.

—¿Quieres quedarte aquí?,—pregunta Mashirao mientras mastica con lentitud.

—No… ya estamos muy cerca, prefiero seguir y llegar lo antes posible. La luna provee de suficiente luz para avanzar.

Se levanta y acepta la ayuda de Mashirao para bajar. Avanzan con lentitud, sin detenerse. Mina avanza detrás, siguiendo el camino que su compañero abre por ella. De pronto y sin razón, Mashirao se detiene en seco.

—¿Qué…?

Mashirao levanta la mano para pedir silencio. Hace una seña rápida e inmediatamente Mina asume su posición defensiva. Lo hace a tiempo porque de pronto una sombra oscura se abalanza sobre ella como una bestia salvaje.

Mina cae al suelo con la sombra encima; sin perder la calma y llena de adrenalina, Mina lanza un puñetazo que conecta directamente con la cabeza de su atacante. En cuanto nota que las manos que la sujetan vacilan, Mina se impulsa para girar la posición en la que está. Una vez que está encima, levanta el brazo para evitar el puñetazo que apunta hacia su cara y lanza otro directo a la nariz de su enemigo, solo que esta vez la sombra se defiende.

Su enemigo la empuja y Mina consigue enderezarse a tiempo de evitar el ataque de la sombra. Danzan en sincronía, lanzando golpes y patadas. Mina es rápida y consigue golpear en sucesión, pero basta que la sombra golpee una vez para infringir el mismo daño.

La sombra consigue sujetarla del cuello y Mina se inclina, hace fuerza con su torso para darle vuelta en el aire. La sombra cae al suelo con un golpe sordo, la pierna de Mina se alza y cae en el espacio donde momentos antes estaba la cabeza de la sombra.

La sombra se gira y se levanta de un salto. Mina lo patea, pero calcula mal el ángulo y la sombra aprovecha su distracción para sujetarla y derribarla. Mina cae al suelo y de inmediato la sombra está encima de ella. Su brazo derecho es atrapado por la rodilla de su adversario y su brazo izquierdo termina inmovilizado encima de su cabeza.

Con el peso de su oponente encima de su pecho, Mina se encuentra inmóvil.

Solo entonces encuentra tiempo para contemplar el rostro de la sombra que tiene encima.

—¿Tú?,—murmura con sorpresa contemplando el pelo rubio y los acerados ojos escarlata.

Chapter Text

Tenya despide a su maestro hasta que su silueta es un punto negro en el inmenso océano. Solo entonces toma aire, se gira para contemplar las montañas y emprende su marcha.

A diferencia de las costas de Yuuei, los Picos son una región extremadamente accidentada, cuando la marea sube la pequeña playa de la región queda cubierta en su totalidad y solo quedan crestas de roca capaces de hundir barcos. No existen caminos definidos solo senderos montañosos difíciles de encontrar. El clima de la costa es fresco, el sol en lo alto quema, y el viento que sopla posee el inconfundible sabor marino.

Tenya es el más alto de todos sus compañeros y el más fornido de ellos, pese a eso, también es el más rápido. Suele vencer en las carreras que Aizawa-sensei organiza.

“Tienes que ser rápido, Tenya. Tienes que encontrar a Toshinori Yagi, debes explicarle la situación y pedirle que interceda por ti ante el Jefe Togata”

“Lo haré, sensei”

Con la promesa fresca en mente, Tenya se mueve lo más rápido que puede; alterna carrera, trote corto y caminata, con la intención de cubrir la mayor distancia posible antes de verse obligado a descansar. Sus paradas son breves, come y bebe mientras masajea sus pantorrillas. Se detiene cuando el mundo es de un color oscuro impenetrable, duerme sentado arrullado por el lejano sonido de las olas, oculto tras rocas que lo protegen del viento frío que proviene del mar, y cada mañana retoma su marcha apenas el cielo clarea.

Su bolsa de provisiones golpea su espalda en un movimiento rítmico, las rocas sueltas ruedan por las pendientes empinadas, el mar ruge en la distancia, y en el cielo graznan las gaviotas que anuncian su paso. Esos son los sonidos que lo acompañan durante su ascenso.

Conforme sube el frío se vuelve implacable. A la tercera noche el clima lo obliga a desempaquetar el abrigo que guarda en su bolsa junto con los pantalones extra. Intenta dormir con su doble capa de ropa y su manta encima, cuando resulta imposible se ve obligado a encender fuego.

Por desgracia no hay madera cerca, aunque encuentra varios arbustos de hojas verdes. Su intento por conseguir una pequeña flama resulta en una emanación asfixiante de humo blanco que se eleva hacia el cielo sin dirección.

Al final Tenya se rinde, deja las hojas a un lado y acomoda en un pequeño espacio resguardado por rocas a los costados. Se acomoda en él, se cubre con la manta y abraza su bolsa de provisiones con la intención de mantener el calor corporal.

Se duerme apenas deja de temblar y se encuentra tan exhausto que ni siquiera se levanta al amanecer. En cuanto despierta se ve obligado a entrecerrar los ojos ante la deslumbrante luz de la mañana. Bosteza, se frota los parpados y salta en cuanto oye la voz.

—¡Quieto!

Apuntándole con una afilada lanza se encuentra una muchacha delgaducha de pelo purpura y afilados ojos del mismo color. Tiene una bonita flor purpura sobre su mejilla derecha con hojas de un intenso verde extendiéndose hacia su oreja. Su cuerpo entero está cubierto de pieles grises pese a que el sol se encuentra en lo alto.

—Mira esto, Kyouka, ¡no sabe encender fuego!

Tenya se gira hacia la segunda voz y encuentra a un muchacho, de su edad, aparentemente, pateando su fogata fallida; aunque viste con el mismo atuendo y carga la misma lanza, su postura parece indicar que no lo considera una amenaza.

—Vimos el humo y vinimos a ver—le explica el muchacho girándose hacia él—Usualmente no tenemos visitas que lleguen por esta ruta, ¿quién eres y qué haces aquí?

Cuando Tenya intenta abrir su bolsa, la muchacha se la arrebata usando su lanza. El movimiento es vertiginoso, un momento después la lanza vuelve a estar apuntando hacia su cara.

—Nada de trucos—dice el muchacho inmóvil; ahora Tenya entiende por qué no parece preocupado—Ahora nos dirás tu nombre.

—Soy Tenya Iida. Guardia personal del tercer hijo y heredero de la corona de Yuuei. Mi príncipe me envía para hablar con Toshinori Yagi.

Los dos centinelas intercambian miradas para volver a fijarla en él.

—¿Qué asunto tienes con Yagi?

—Lo siento, mi mensaje es solo para sus oídos.

—Tu príncipe ni siquiera lo conoce y el Rey Endeavor cesó toda relación con nuestra tribu hace años, dudo que ahora quiera repararla.

—No es el Ou quien me envía. Y sí, el príncipe nunca conoció al antiguo líder Toshinori Yagi, pero mi maestro lo hizo y él espera que su nombre sea suficiente para conseguir una audiencia.

—¿Quién es tu maestro?

—Shota Aizawa. Entrenador personal del príncipe y guardia personal del palacio.

—¿Cómo sabemos que lo que dices es cierto?

—Dentro de mi bolsa se encuentra un sobre con el sello de la corte firmado por Aizawa-sensei. Debo entregarlo en mano de Yagi.

—No me convences—dice el muchacho pateando la bolsa sin atreverse a registrarla.

—No es a ti a quién tengo que convencer—dice Tenya aún inmóvil, con los ojos yendo de uno a otro—Y tú obligación no es emitir juicios en lugar de tu señor, sino cumplir con tu deber.

—Ha, ¿mi deber?, mi deber es atravesar a cualquier bestia que se atreva a irrumpir en nuestro territorio.

—No soy una bestia. Soy un mensajero. Y si no conoces la diferencia…

Esta vez es la lanza del muchacho la que se detiene frente a su cara, a cinco centímetros de su nariz.

—Ustedes Yuueianos piensan que todos los que no son de su reino son bárbaros ignorantes. Debería atravesarte aquí mismo por tu insolencia.

La amenaza se queda en el aire, Tenya pasea sus ojos de una punta afilada a la otra.

—Por suerte para ti no somos bestias sin honor.

Las dos lanzas se apartan de él al mismo tiempo. La muchacha levanta su bolso mientras su compañero lo mira con una expresión de profundo aborrecimiento.

—Tendrás la inmunidad de los mensajeros—el dice el muchacho con voz firme—Te escoltaremos hasta nuestra aldea, nuestro regente decidirá si quiere concederte la audiencia, una vez que hayas terminado con tus asuntos, te sacaremos de nuestras tierras. Cualquier acto de agresión contra nuestro líder o cualquiera de nuestros hermanos se considera motivo suficiente para condenarte a muerte. Que tengas inmunidad no significa que poseas libertad, ¿lo entiendes, Yuueiano?

Le hace señas para que lo siga y Tenya obedece con la muchacha de nombre Kyouka cerrando la marcha.

El ascenso en ayunas es aún peor, pero Tenya se aguanta hasta que llega la hora del almuerzo y sus acompañantes se instalan para descansar. Al tener su mochila de vuelta Tenya consigue comer y beber en abundancia hasta que llega la hora de reanudar la marcha.

Tenya sabe que tiene una condición de primera, pero sus compañeros no se quedan atrás, y de hecho su conocimiento y adaptación del medio mejoran su ventaja. Se mueven de prisa, evitando las zonas de difícil acceso, usando atajos y senderos ocultos. No tienen problemas para respirar el aire frío que Tenya empieza a resentir.

La parada del almuerzo es la única que hacen y el estómago de Tenya empieza a rugir cuando finalmente consiguen llegar. Los últimos doscientos metros son los peores porque su hambre no deja hacerse notar, sus pulmones batallan contra el aire de la región, y sus piernas han empezado a ponerse rígidas.

La aldea bárbara se encuentra oculta en un pequeño valle en lo alto de las montañas. Las casas de roca están empotradas contra la ladea de una de las cordilleras que delimitan el valle. Si fuera de día Tenya vería un campo inmenso de un amarillo verdoso que se extiende en la parte baja del valle, pero de noche lo único que ve es una zona oscura que parece no tener fin.

Sus guías lo acompañan hasta una de las casas en el extremo este de la aldea y le hacen señas para que se instale.

—Kyouka se quedará contigo—le dice el muchacho desde la entrada—Hablaré con el Jefe sobre tu petición. Dame el sobre con tu mensaje.

—Prefiero presentarme personalmente con Toshinori Yagi.

—Me lo darás a mí si quieres que el Jefe lo reciba. Si te niegas te acompañaremos de vuelta en este mismo instante, apuesto que tus piernas apreciaran el esfuerzo.

El muchacho sonríe, pero su expresión no es amistosa.

—Aún tengo que hablar con él.

—El Jefe lo decidirá, ¿me darás el sobre o no?

Tenya se contiene de hacer muecas, rebusca en su maleta y le entrega el trozo de papel con el sello de la familia real. Después de que el muchacho se va, Tenya se deja caer en el catre duro empotrado contra la pared.

Una vez que está sentado el cansancio cae sobre él como una pila de ladrillos, en lugar de dormirse, Tenya se obliga a cenar. Mastica con lentitud y con fastidio, demasiado exhausto para hacer conversación.

Al final no se puede resistir.

—¿Cuándo podré hablar con Yagi?

—El Jefe decidirá la fecha de tu audiencia en base a lo que lea en tu carta. Puede ser mañana o hasta dentro de un mes.

—¡¿Un mes?!

La única razón por la que Tenya no se pone de pie es que no le quedan fuerzas.

—Tranquilo—dice Kyouka examinando su lanza mientras le da mantenimiento—Aunque grites o te exaltes no podrás apresurar las cosas. Te sugiero descansar, con suerte mañana podrías estar haciendo el viaje de vuelta.

Tenya resopla con impaciencia, pero al final obedece. Se acomoda sobre el catre duro, bajo mantas de piel que huelen a polvo, y pese a la incomodidad el cansancio consigue derrumbarlo en un instante. Duerme sin sueños como solo consigue hacerlo cuando su cuerpo está más allá del punto de extenuación.

Nadie viene a sacudirlo así que Tenya abre los ojos pasado el mediodía. Se levanta de inmediato con el pánico burbujeando dentro de él, en cuanto se mueve su cuerpo protesta por el esfuerzo. Nota los músculos tensos y el aire general de cansancio que resulta después de un largo entrenamiento.

—Ya estás de vuelta—murmura Kyouka desde su posición en la puerta.

La muchacha se levanta dejando su lanza detrás y sin perder tiempo empieza a preparar la mesa para comer. Extrae platos, tazas, pan y muchísimas cosas más de una canasta que no estaba ahí la noche anterior.

—¿De dónde viene eso?

—Kousei la trajo hoy temprano. Es un regalo de bienvenida de parte de nuestro líder.

—¿Va a recibirme?

—Dentro de tres días.

—¡¿Por qué?!

—Es una audiencia formal, por regla general los ancianos tienen que estar presentes.

—¿Cuáles ancianos?

—Existen seis tribus principales, cada una de ellas tienen un líder, que se someten a la voluntad del Jefe Togata. Ellos son los ancianos.

—Yo solo quiero hablar con Toshinori Yagi.

—¿Quieres desayunar? Lávate—señala el tazón de agua.

Tenya gime al sentir el contacto de agua helada contra su piel.

—¡Está fría!

—¿De verdad?,—se encoge de hombros como si el asunto le resulta insignificante—Durante el invierno es aún peor. Ven, siéntate, la comida está servida.

—¿Qué es eso?,—pregunta Tenya al sentarse frente a ella.

—Ese es queso de cabra.

—¿Por qué tiene manchas azules encima?

—¿Qué otra cosa tendría?

—Los quesos no tienen manchas azules.

—No cuando están recién hechos, pero si los dejas macerando en el almacén el moho les da ese color.

—¡¿Este queso tiene hongos?!

—No entiendo por qué estas gritando. Es solo queso. Prueba.

Le extiende una galleta embadurnada de queso y Tenya tiene que apartar la cara ante el aroma fuerte que emana de él.

—Muchas gracias, pero no.

Kyouka se encoge de hombros y se zampa la galleta de un solo bocado.

Tenya intenta no retorcerse, para distraerse examina la mesa en busca de otros absurdos. El té parece normal. La jalea también. El pan no parece tener nada diferente. Hay un bizcocho de un brillante color tostado y una sopa que huele a especias.

—¿Y esto?,—hunde la cuchara en superficie de color rojizo y se queda estupefacto ante el trozo irregular que emerge de ahí.

—Esa es panza de cerdo. El caldo también lleva garbanzo.

Tenya devuelve el caldo a su plato y suspira. La cocina de los bárbaros es una de las cosas que jamás entenderá.

—Si no te importa voy a servirme una rebanada de bizcocho.

—No tenemos biscosho… si te refieres a esto de aquí es pastel de caza.

—¿Pastel dulce?

—No. Está relleno de carne de paloma en salsa de hongos.

“Cuida tus modales, Tenya”

La voz de su maestro lo ancla en su lugar y consigue ahogar su impulso de expresar su desagrado; al final es el hambre la que consigue vencer su reticencia. Tenya se acaba la sopa aunque deja más de la mitad de la tripa que hay en el plato, se bebe el té que no tiene azúcar, y se come una rebanada de pastel que no resulta saber nada mal.

Lo único que no se atreve a tocar es el queso.

 

[…]

 

La sala de audiencias es pequeña comparada con la hay en el palacio. Siendo que está escarbada en roca la estancia es oscura pese a las múltiples antorchas que abarrotan las paredes. Al fondo se alza un trono cubierto de pieles y con astas elevándose en el respaldo.

Con excepción de los dos guardias a la entrada –uno de ellos el muchacho llamado Kousei– solo hay ocho personas en la sala. Cuatro ancianos pegados a la pared de la entrada, y otros cuatro en la plataforma del trono: Un anciano pequeño, dos muchachos arrodillados, un hombre y una mujer, ambos con un pelo negro lustroso, ambos de una belleza inigualable. Sobre el trono, con los brazos descansando lánguidamente sobre los reposabrazos de la silla, se encuentra un alfa. Lo reconoce por el brillante girasol amarillo que destella justamente sobre su corazón. Es el único que va descubierto y es el único que sonríe ante su presencia.

El actual líder de las tribus bárbaras, Mirio Togata.

Tenya se detiene a tres pasos de Kyouka que encabeza la marcha. La muchacha se inclina para saludar y se retira a un costado con su lanza en posición de firmes. De pie, solo frente al estrado, Tenya se estira en toda su altura recordando con precisión todos los consejos y sugerencias de su maestro.

Se inclina con cordialidad y con la vista en el suelo dice:

—Agradezco infinitamente que aceptara recibirme, señor. Es un honor ser su invitado.

—Bienvenido, Iida. He leído la carta de tu maestro, pero en ella no se menciona nada sobre la naturaleza de tu vista. Únicamente nos exhorta a escucharte y de ser posible ayudarte.

Tenya se endereza con lentitud.

—La carta estaba dirigida a Toshinori Yagi.

—A él no le importará, ¿por qué tu maestro te manda a buscarlo?

—Mi maestro es discreto por naturaleza. Mi misión es hablar con Toshinori Yagi.

—Me temo que no puedo conceder tu petición.

—¿Por qué?…

—Preferiría que me dijeras por qué es tan importante hablar con nuestro antiguo líder.

La naturaleza obcecada de Tenya quiere insistir en el tema, quiere cumplir su misión tal cual le fue encomendada, pero la voz de su maestro no deja de repiquetear dentro de él.

“Shouto te necesita”

Los ojos de Tenya pasean del líder Togata al anciano, de ahí a los muchachos arrodillados, se desvían hacia Kyouka que permanece inmóvil, y de vuelta al trono. Ninguno de ellos parpadea al encontrarse con sus ojos. Ninguno de ellos le ofrece algo más una expresión vacía.

“Necesito que hables con Toshinori para que interceda ante el joven Togata”

A Tenya no le queda más opción que improvisar.

—Toshinori Yagi pactó una alianza con Yuuei cuando ascendió al trono.

—Una alianza que tu rey quebrantó cuando fue coronado.

—No es el rey quien me envía, sino su hijo. Todoroki-ouji, el heredero de la corona. Él desea recuperar la alianza y recuperar los viejos pactos.

—¿Te envía a espaldas del rey?

—Me envía con la intención de rendir homenaje a la alianza que una vez compartimos.

—¿Por qué ahora?

Tenya toma aire, no hay vuelta atrás.

—Estamos en guerra—dice con voz clara y alta—Durante los últimos diez años nuestra tierra y nuestro pueblo han sido secuestros y esclavizados. Todoroki-ou ha intentando todo lo que está a su alcance para impedir las incursiones en nuestro territorio. Los esclavistas respondieron extendiendo su coto de caza. Las Islas del Sur se vieron afectadas. Sus hijos también son arrancados de su hogar sin remordimiento alguno.

“Hace unos años se lanzo una ofensiva contra las costas de Hosu en un intento por recuperar una fortaleza. La intención había sido liberar una de las prisiones que retiene a los nuestros. La victoria fue amarga pues perdimos a todos los prisioneros. Debido a las perdidas y al riesgo se han prohibido otras incursiones y se estableció una línea defensiva con la intención de impedir que los esclavistas se acercaran a la costa. Fue en vano.”

“En la última incursión del año pasado el rey dio la orden de reunir tropas, provisiones, armas y barcos. Su intención es destrozar los puertos y los embarcadores para detener los raptos. Al mismo tiempo el príncipe decidió investigar el fracaso en el asalto a la fortaleza. A finales del invierno se envió un grupo de espías para investigar las prisiones que se encuentran cerca de la frontera con el desierto Noumu.”

“Pero mientras nos preparábamos para ir a reunirnos con ellos, los esclavistas atacaron también y nos vimos obligados a salir antes de lo planeado. Los barcos de la Flota consiguieron recuperar a los chicos raptados, pero durante ese viaje conseguimos información de una nueva fuente. Descubrimos que utilizan drogas en contra nuestra y se habla de una alianza entre Hosu y Overhaul”

“Si esto es cierto, Yuuei tal vez se encamine a una trampa. Si Yuuei cae ni las islas ni las tribus bárbaras tendrán el poder para enfrentar el poder combinado de nuestros enemigos. El deseo del príncipe es garantizar libertad para nuestra gente. Solo con la fuerza conjunta podremos hacer frente al mal que se avecina. Así que por favor, permitan a sus guerreros viajar a Hosu para enfrentar al General”

Silencio.

Tenya espera con el corazón en un puño. Curiosamente ninguno de los presentes parece sorprendido por la declaración.

—Así que te envía para pedirnos ayuda—murmura uno de los ancianos que se encuentra detrás suyo.

Tenya se gira para mirarlo, cada uno de los rostros, de los cuatro hombres a la entrada, irradian la misma antipatía y la misma desconfianza. Todos poseen expresiones duras, rasgos vastos de aquellos que han vivido durante muchos años en crudas condiciones.

—Sí, pero…

—De otra forma no existe razón para que ustedes decidan reestablecer la alianza.

—El príncipe desea…

—Estoy seguro de que hay una infinidad de cosas que desea tu príncipe, me pregunto en dónde se acaba su ambición.

Un latigazo de ira recorre a Tenya, pero se limita a mover su cabeza del anciano hacia el trono y de vuelta, incapaz de expresar su desacuerdo.

—Él no es…

Togata alza su mano imponiendo silencio, después se gira hacia el anciano que tiene a su derecha con el que charla en voz baja. Tenya traga en seco con los puños apretados.

—Si a tu príncipe le interesa recuperar nuestra alianza, ¿por qué no está aquí?,—pregunta Togata al volver sus ojos hacia él—¿Por qué no hay nadie más aquí?

—Hace nueve días Todoroki-ouji desembarco en Hosu con la intención de averiguar el paradero del grupo de espías enviados a las prisiones. Aizawa-sensei va rumbo a Yuuei con la intención de reunirse con el rey y advertirle de la alianza. También se envió a otro mensajero a las islas, su misión es solicitar audiencia en el consejo, tal cual yo la solicito aquí.

—Eso hacen cinco personas—dice Togata con fría calma—Cinco de un reino cinco veces mayor que el nuestro.

Tenya abre la boca, ni una palabra sale de él.

—Lo siento—añade Togata poniéndose de pie—no podemos hablar de restaurar una alianza cuando no posees autoridad para ello. Y ninguno de nosotros enviará a nuestros guerreros a morir en una guerra por el bien de un rey que no nos aprecia.

Sin una palabra más Togata le da la espalda y se marcha por el corredor que hay en la pared izquierda. La estupefacción de Tenya dura hasta que los muchachos arrodillados se levantan, solo entonces encuentra su voz.

—¡Espera!

De inmediato tiene a Kyouka frente a él y cuando retrocede para apartarse choca con Kousei que detrás de él sonríe.

—La audiencia ha terminado—dice Kousei con una sonrisa en el rostro y haciéndole una seña para salir.

Escoltado por los dos centinelas, Tenya vuelve sobre sus pasos. Los ancianos lo miran con el entrecejo fruncido cuando pasa a su lado. En cuanto está bajo el cielo abierto, Tenya comprende la realidad.

“He fallado”

 

[…]

 

Cuando intenta pedirle a Kyouka otra reunión, ella sacude la cabeza.

—Me han ordenado que te lleve a la frontera.

Esa noche no consigue dormir, desconsolado y nervioso se pasa la noche removiéndose en su catre. En algún momento consigue cerrar los ojos, solo para soñar con la cara desilusionada de su maestro.

A cinco días de su llegada, Tenya abandona la aldea, siendo guiado por Kyouka que lo aleja de las zonas habitadas. En depresión total, Tenya no consigue darse cuenta de la dirección que sigue, sino hasta que ve al desierto frente a él.

—¿Qué hacemos aquí?,—pregunta con sorpresa, pero la chica lo ignora mientras desciende por las pendientes escabrosas con una agilidad felina.

Tenya la sigue con menos gracia, pero al final alcanzan lo que parece un pequeño refugio oculto por rocas altas. Dentro encuentra a Mirio Togata.

—Hola, Iida

—¡Señor!

—Siéntate

Tenya obedece y se apropia de la silla sobrante al otro lado de la mesa.

—Hay seis tribus principales en la región, cuando llega el momento de elegir un líder cada una de ellas aporta un conteniente para luchar en un torneo que decidirá al próximo Jefe. Son luchas a muerte, donde los sobrevivientes prueban tener la fuerza para sobrellevar la difícil tarea que representa gobernar un pueblo de guerreros.

“No es un proceso fácil y no está exento de peligro. Un candidato puede ser muerto a traición, el vencedor puede ser muerto por venganza. En la antigüedad la guerra entre tribus era común, existían hombres que retaban al Jefe con la esperanza de apropiarse del título. No fueron tiempos fáciles…, pero entonces Nana Shimura llegó al poder”

“Shimura acabó con todas las guerrillas y obligó a todas las tribus a trabajar juntas. Cuando llego el momento ella escogió a Toshinori Yagi como su sucesor. Yagi participó en el torneo, pero a diferencia de todos los líderes anteriores él perdonó la vida a todos sus contrincantes, tres de ellos le juraron lealtad y uno se exilió llevándose a su familia con él. Yagi se ganó el respeto y la lealtad de las seis tribus. Gracias a él, establecimos una alianza con Yuuei que abrió las fronteras de tu reino, estableció rutas comerciales y nos permitió crecer.”

“Tal vez no lo sepas, pero aquí en las montañas los nacimientos de omega son escasos. Nuestros hijos nacen de mujeres beta, por eso la alianza representó una oportunidad de crecimiento para nosotros, podíamos ampliar nuestro linaje de sangre y hacer crecer a nuestro pueblo; pero entonces Enji Todoroki asumió el trono y cuando llegó el momento de reafirmar la alianza se limitó a cancelarla. Nos negó el derecho de paso a sus tierras y cerró las fronteras.”

“Así que no le guardamos simpatía a tu rey. Los cuatro ancianos que viste en la sala de audiencia se niegan a brindarte ayuda, se enfadarán si saben que me he reunido contigo aquí.”

—¿Por qué…?

—Hemos vivido en paz durante dos gobiernos enteros, ambos han sido prósperos y llenos de fortuna. Mi deseo es mantener ese legado. No voy a reunir un ejercito para tu rey, pero si tu príncipe está decidido a restaurar la alianza, si su petición no es únicamente por necesidad, entonces quiero conocerlo.

—¿Me acompañaras?

—Mis hombres y yo viajeremos a Hosu contigo.

Chapter Text

La línea divisora entre Hosu y el desierto Noumu es una inmensa pared de roca que va creciendo desde la playa y se extiende a lo largo de todo el continente hasta alcanzar la formación rocosa que marca el inicio de la sierra que atraviesa Hosu.

La pared se distingue a kilómetros de distancia y es la principal causa de que las bestias Noumu no se propaguen más allá del desierto rojo. Existen algunas, especialmente aquellas con habilidades de salto alto, que cruzan solo para ser muertas por los centinelas del Coronel que gobierna la región.

En cuando Kyouka le señala la pared, Tenya jala las riendas de su montura y se detiene extasiado por la visión.

—¿Te emociona entrar en tierra enemiga?,—le pregunta la chica con su sonrisa amplia mientras chasquea la lengua para obligar a que su montura se mueva.

Tenya imita el sonido y pronto ambas bestias avanzan lado a lado.

—No lo entiendes—dice Tenya limpiándose el sudor de la frente—son más de tres semanas desde que dejara al príncipe sin protección. ¡Casi un mes! Si todo salió según lo planeado, Todoroki-ouji seguirá con el contacto esperando nuestra llegada y Aizawa-sensei habrá prevenido al rey de la alianza.

—¿Cuál es el problema, entonces?

—¡El príncipe está solo!

—Dijiste que llevaba a un compañero.

—También te dije que no estaba capacitado en combate.

Kyouka se encoge de hombros –es al parecer su gesto favorito– y azuza a su montura hasta que retoma el trote ligero que el resto de la manada sigue.

Tenya trota detrás de ella, desviando sus ojos de un jinete a otro aún sorprendido de que estén ahí. No es el ejército que se suponía iba a reunir, tampoco es un grupo grande: Dieciséis guerreros incluido el Jefe Togata en persona. Su misión, más que luchar, es parlamentar con el príncipe y determinar las condiciones de la alianza.

Nada más.

Pese a todo Tenya agrade su compañía. Sin ellos jamás habría podido atravesar el desierto con vida. Sus habilidades para encontrar agua, cazar, y para defenderse de las bestias noumu que emergen de la tierra, son la razón de que esté a punto de cumplir con su misión.  

Tenya hace tronar su lengua y el sonido provoca que su montura apriete el paso. Avanzan de prisa bajo el incansable sol de la tarde hasta que lentamente el cielo azul brillante se convierte en una pantalla de colores entremezclados conforme el día termina. Antes de que la luz desaparezca por completo el grupo se detiene a levantar el campamento.

—¡Pero estamos tan cerca!,—murmura Tenya aún sobre su montura mirando con anhelo la pared de piedra que se ve a lo lejos.

—Se ve cerca—dice Kyouka condescendientemente—Pero aún si partimos mañana temprano alcanzaremos la base al anochecer. Después tendremos que subir y encontrar la catarata dónde se encuentra el príncipe.

—Aizawa-sensei dijo que era el punto de encuentro.

—Pues entonces aún nos quedan varios días de viaje por delante.

Sin una réplica apropiada, Tenya la ayuda removiendo las riendas y los estribos de las monturas. Los animales, una vez libres, se agrupan en torno a la comida que la muchacha ha traído para ellos. Tenya se queda a verlos comer hasta que su estómago ruge en voz alta. Hay cuatro fogatas encendidas, cada una con un pequeño grupo de guerreros que intercambian paquetes de comida y odres de agua.

Tenya se deja caer junto al grupo del Jefe Togata. Rechaza con cortesía la carne de lagartija que uno de ellos le ofrece mientras se tuesta en la fogata, y en su lugar acepta las galletas que Yayorozu le convida. De ellos acepta pan y carne seca, pero no siente aprecio por su manía de comer viseras, pellejos, bichos, quesos mohosos y carnes semicrudas.

—¡No pongas esa cara!,—se ríe Kousei cuando lo ve arrugar la nariz ante su lagartija—Es comida.

—Te cambio la mitad de tu lagartija—interviene Kyouka mientras rebusca en su bolsa—por un tercio de mi queso.

Tenya hace oídos sordos a su discusión, en su lugar se distrae estudiando a sus acompañantes. Desde que se adentraran en desierto el grupo abandonó las pesadas capas de pieles para vestirse con pantalones blancos y camisas de manga larga que los protege del sol. Llevan sombreros hechos de tela con velos que cubren cara y cuello. Su atuendo está hecho de una tela ligera que permite a su piel respirar.

Solo de noche se remueven los sombreros dejando sus rostros al descubierto. Junto a Tenya se sienta Yaoyorozu, una muestra clara de la belleza bárbara con sus pómulos refinados, su altura superior a la media, sus contornos fuertes y su pelo negrísimo como tinta derramada, pero es en sí una delicadeza llena de sonrisas tímidas y nerviosismo. Y si eso no fuera poco posee además una bellísima orquídea justo detrás de su oreja derecha con hojas que crecen hacia su garganta. Cuando se vuelve para hablar con Kyouka, Tenya puede ver los delicados patrones en colores lilas que delinean los pétalos. La flor absoluta de la seducción y la belleza.

Después viene Kyouka, de un tamaño ligeramente inferior a la media entre su gente, pero ella ha decidido compensar esa adversidad convirtiéndose en una guerrera feroz, rápida con las sogas y las lanzas, Tenya la ha visto saltar sobre una bestia Noumo usando únicamente su lanza. No tiene reparos en comer cualquier cosa y ha conseguido hacerse un lugar entre los hombres de la guardia personal de Togata. La flor de Anturio que tiene en la mejilla es de un rojo brillante y afilado, como la sangre que fluye por sus venas. 

Junto a ella está Kousei Tsuburaba, alto y feroz, lleno de sonrisas sarcásticas y respuestas incisivas. Su interés por Kyouka es obvio, aunque no tanto como el desinterés que ella le muestra cuando decide hacerse el gracioso. Tenya no ha visto flor en él y supone que es porque siempre va cubierto de pies a cabeza.

Junto a él está Mirio Togata, el líder de las tribus bárbaras, alto, fuerte…, y feroz. Por lo que ha oído muchos hombres se refieren a él como el sol, por su carácter imponente y su capacidad para iluminar el lugar en donde este. Durante su audiencia, Tenya vio el girasol que porta justo encima de su corazón, aún recuerda las tonalidades amarillas, la delicadeza de los pétalos, el complejo detalle de las pipas en el centro. Es la flor de la resistencia, aquella mira al sol y bebe de él.

A su lado se encuentra Amajiki, su consorte pese a ser beta. El también posee la belleza clásica de las tribus bárbaras, su pelo es de un lustroso negro, corto y elegante. Posee la misma delicada naturaleza que existe en Yaoyorozu, los mismos ademanes. En su muñeca izquierda crece la Flor de Luna, la única que Tenya ha visto en su vida. Es de un brillante y refinado blanco, con un pequeño centro amarillo claro. Tiene una infinidad de pétalos largos y anchos que crecen en tamaños irregulares. Cuenta la leyenda que la flor solo crece en las montañas y solo florece durante la luna llena. Bellísimas, inalcanzables, y únicas.

Tenya sabe que si las tribus se rigieran por un gobierno monárquico hereditario, el líder se vería obligado a contraer matrimonio con un omega o una mujer beta con la intención de preservar la línea de sangre, pero al no ser el caso ellos están libres de escoger a su cónyuge con libertad.

Por último, cerrando el círculo y justo a su izquierda, se encuentra la mano derecha de Togata, su guardaespaldas y el más leal de sus guerreros. Inasa Yoarashi. Gigantesco entre los suyos, fuerte y ruidoso. Tampoco hay flor visible en él, es otro alfa capaz de arrancarle la cabeza a las bestias noumu.

El resto de la comitiva posee la misma fiereza que caracteriza a los bárbaros, pero Tenya agradece que esos seis viajen con él. Con ellos, Todoroki-ouji estará a salvo.

 

[…]

 

—¿El heredero de Yuuei está aquí?

—Es lo que nuestro contacto informa, General.

—¿Dónde?

—La nota no lo específica, su prioridad era informarnos de la muerte del rey. Hemos solicitado más detalles. 

—Bien, espero una respuesta. ¿Cómo marcha el plan?

—A la perfección señor. La mitad de la flota de Yuuei, compuesta de guerreros beta, se encuentra bajo el control de nuestro contacto. Aún queda la segunda mitad, que en este momento están tomando posiciones frente al segundo puerto. Hemos organizado ya el contraataque para neutralizar a su fuerza alfa.

El General asiente.

—¿Y Chisaki?

—El ejército de Overhaul salió de puerto en la fecha indicada. Su arribo a Yuuei está programado para dentro de unos días. Para entonces no quedara ni un solo guerrero de la flota real.

—Va siendo hora de probar el incienso beta en campo abierto.

—Muy bien, señor.

—¿Cuántos prisioneros tenemos?

—Diez. Nueve adultos y un joven.

—Servirán.

—Una cosa más, señor.

—¿Qué?

—El capitán de la prisión B en la frontera no se ha reportado. Los oficiales que salieron de ahí con los nuevos reclutas confirmaron su posición hace unos días, pero no tenemos noticias del resto del equipo ni sabemos nada sobre los últimos traslados de esa prisión. Su último contacto fue hace casi una semana.

—Ordena a los oficiales que regresen.

—Están demasiado lejos, señor.

—¿Quién queda en la región?

—Los hombres de Shuichi.

—Envíalos a investigar.

—Como ordene, señor.

 

[…]

 

Con los ojos cerrados, Denki se concentra, la cabina huele a sándalo, pesado, denso, invasivo. Para contrarrestarlo Denki espesa el aroma a su alrededor hasta que la dulce fragancia de las naranjas cubre cada esquina del carromato. La voz del alfa es una candencia suave y rítmica:

—Hueles delicioso.

Lo oye aspirar a profundidad. Siente que el ambiente se relaja.

—Empieza a contar—le dice Denki en voz baja

El muchacho obedece, lo hace con lentitud, pronuncia cada sílaba con firmeza, enfatizando los acentos.

Denki arruga la nariz al detectar el aroma que empieza a esparcirse por el carromato. No huele mal. Huele a leche endulzada con miel, deliciosa y pegajosa, pero hay algo en ella, en su densidad, en su intensidad, que le provoca dolor de cabeza.

Siente nauseas.

En lugar de relajarse endereza su espalda, sacude la cabeza y busca una postura más cómoda. Escucha al alfa contar hasta doscientos ochenta cuando su voz pierde firmeza. A los trescientos quince empieza arrastrar las palabras. A los trescientos treinta y cinco se detiene, repite la cantidad con voz lenta, vuelve a detenerse y ya no sigue. Sentado en el suelo, con la espalda hacia la puerta, Denki abre los ojos y ve al alfa sentado frente a él, con una expresión de dulce abandono.

—Hey

Silencio. Denki toma aire –nota el sabor a leche en su paladar, la sensación de pegajosa miel en sus encías– y se concentra en una emoción. Felicidad. Su aroma se intensifica, crece hasta cubrirlos a ambos.

—Hey

Silencio. Denki estira una mano y lo toca. Un breve roce sobre la palma que descansa en la rodilla doblada. Cuando no consigue respuesta, Denki cambia su emoción. Tristeza. Su aroma pierde intensidad y se dulcifica.

—Hey.

Nada.

Enfado. Miedo. Angustia. Ternura. Sensualidad.

Denki no altera su expresión, aspira el aroma a leche al que siente posarse en la base de su estómago y vuelve a intentarlo. El alfa no reacciona ni se mueve ante el contacto. Denki aspira de nuevo anhelando una bocanada de aire fresco, pero solo aspira la miel dulce que siente bajar por su garganta.

Su dolor de su cabeza crece hasta convertirse en lo único en lo que puede pensar.

Se levanta y golpea la puerta del carromato tres veces, hace una pausa, y vuelve a golpear, como establece el protocolo. De inmediato la puerta se abre y Denki salta al exterior alejándose lo más posible. Uno de sus compañeros se acerca a él con un odre de agua del que bebe hasta vaciarlo. De reojo ve a dos alfa con pañuelos en la cara sacando a su compañero inmóvil del carromato.

Yosetsu viene a encontrarse con él. En las manos carga una tablilla con nombres y registros.

—Doscientos ochenta—dice Denki en cuanto lo tiene enfrente—A los trescientos treinta y cinco se quedó en blanco.

 Yosetsu hace la anotación en su papel y suspira.

—Se mantiene dentro de los parámetros normales.

Denki asiente. Las pruebas con los viales tuvieron un éxito parcial, los alfa equipados con ellos podían contar hasta quinientos y algo, el único que ha llegado hasta casi mil es Bakugou, quien ordeno empezar a practicar por pares.

Hasta el momento no han tenido mucho éxito.

—¿Vamos a seguir?,—pregunta Denki masajeándose la cabeza.

—No… ha sido suficiente por hoy. Aunque ventilemos esa cosa el aroma no se desvanece de inmediato y es peligroso si dejamos que se concentre. Tal vez hagamos otra ronda antes de que anochezca, por ahora es todo.

Denki asiente, su atención se desvía hacia el grupo omega sentado a unos pasos de él, todos tienen la misma expresión exhausta y todos apestan a miel con leche. Es verlos y tomar una decisión.

—¿Necesitas algo más?

—No, ¿por qué?

—Quiero llevarme a los míos a tomar un baño.

—Bien, ¿qué necesitas?

—Agua y privacidad. Me gustaría mover nuestros carromatos para que mis compañeros también puedan bañarse.

—No pueden alejarse.

—No iremos lejos, ¿hay algún estanque que pueda servirnos? Algo cerca de aquí.

—Una de las patrullas de exploración reportó un río a unos quinientos metros adelante. El camino está despejado.

—Eso servirá.

—Está demasiado lejos, tal vez sea mejor esperar…

—Si Bakugou regresa y le decimos que haremos una parada adelante para que podamos bañarnos nos gritará hasta quedarse sin voz.

Yosetsu arruga la nariz y Denki se ríe.

—Te lo has imaginado, ¿verdad? Bien, iremos y volveremos sin problema.

—Enviaré una escolta.

—Queremos bañarnos en paz, nada de escoltas.

Se despide de él antes de que oírlo formular una réplica. Sus compañeros lo siguen animados con la perspectiva del baño. En cuanto llegan con el resto la noticia se dispersa entre ellos como fuego. Todo el grupo omega pone manos a la obra. Desde los que limpian las presas capturadas, hasta los que cuidan a los enfermos, cada uno de ellos se apresura en terminar sus labores para ayudar a movilizar los carromatos.

Oyen el rugir del agua antes de verla. Su sonido es impactante, ensordecedor. No cabe duda de que las lluvias han hecho crecer su cauce hasta convertirlo en una bestia indomable. 

Guían a las bestias de carga, colocan los dos carromatos bloqueando el camino y liberan a los animales a los que dejan pastar con sus correas bien sujetas a un árbol. Se dividen en tres grupos, uno ayuda a los omegas en ciclo a salir, otro acarrea agua, y otro limpia el interior de los coches. Pronto todos están desnudándose, salpicándose con agua mientras se ríen.

Hace frío, el sol es una mancha brillante que aparece y desaparece en el cielo nublado, pero ese frío es completamente diferente del que existía en la prisión. El agua posee la frescura de las montañas y no el desgarrador filo de la corriente helada que proviene del subsuelo.

Denki grita cuando el agua fría toca su espalda, pero es un sonido emocionado, como el de un niño que recibe una grata sorpresa. En venganza se gira hacia Ochako a la que le lanza una cubeta de agua. Ella lo esquiva con facilidad y se ríe apuntándole con el dedo, eso hasta que Yui consigue empaparla de pies a cabeza.  Se persiguen unos a otros, como niños sin supervisión. El resto de su grupo se dispersa, disfrutan de su tarde libre lejos de miradas y juicios. Se lavan a conciencia eliminando todo rastro de lodo y sudor.

Denki no deja de reír, libre y en voz alta.

—Me gusta verte reír—dice Ochako con una sonrisa—Me gusta reír

Hay algo en la forma como habla, una tristeza arraigada en lo profundo de ella, tal vez sea la misma que Denki siente en su interior cuando lo asalta el recuerdo de las celdas oscuras.

—Entonces ríe—dice Denki con simpleza

 

[…]

 

—Si lavamos los uniformes ¿se secarán antes de que tengamos que irnos?,—pregunta Yui oliendo el suyo.

—Tenemos algunos de repuesto—dice Denki haciendo un conteo rápido—Podemos cambiarnos y lavar estos.

Ochako y él se entretienen lavando, sacudiendo y golpeando la ropa contra las rocas planas que reúnen.  

—Se ha dado cuenta—dice ella de pronto, sin detener lo que hace.

—¿Quién?

—Tu sabes de quién estoy hablando.

Denki se detiene para mirarla. Su expresión es de consternación absoluta.

—¿Qué?

Ochako se gira hacia él y cuando habla lo hace enfatizando cada silaba sin dejar de mirarlo a los ojos.

Él se ha dado cuenta de que lo estás ignorando.

En lugar de fingir que no entiende el tema de conversación, Denki enrojece. Su piel se tiñe de rojo, desde la frente hasta los hombros. Vergüenza desbordando cada poro.

—¿Por qué estás hablando de mí con él?

—Porque eres su tema favorito.

Denki enrojece aún más.

—¡Ochako!

—¿Qué? Es la verdad. Hoy se ha deprimido porque cree que lo odias.

—¡Yo no-…! ¡AAGG!, ¡Ochako!

—Me limito a repetir un hecho.

—¿Qué más…? ¿Qué fue…?,—Denki traga saliva, mira con ira la ropa mojada que tiene entre en sus manos, gruñe y finalmente escupe—¿Qué le dijiste?

—Que no lo odias. Que no sabes cómo tratarlo. Que quieres espacio.

—Le dijiste…—para combatir el calor que siente en la cara, Denki hunde el rostro en el uniforme mojado—¿Por qué has tenido que hablar con él?

—Porque es mi amigo.

—Eso no-

—Está bien si te gusta. Es un buen alfa.

Denki se endereza, incapaz de continuar con la conversación. Respira con fuerza, forzando a su rubor a desaparecer. Se arrodilla junto al borde a lavarse la cara y cuando se endereza lo ve: Un hombre inmenso al otro lado del río cabalgando sobre una bestia de más de un metro de altura.

Del susto Denki se pone de pie con el corazón latiendo desenfrenado. Antes de que pueda gritar, antes de que pueda dar la señal de alarma, el hombre lo sorprende con su reacción. Se detiene en seco y desde donde está Denki puede ver su cara de asombro y pánico.

 

[…]

 

Viajar sin los carromatos es mil veces mejor, piensa Eijirou mientras avanzan a paso rápido siguiendo a Bakugou. No tienen que preocuparse por escoger caminos firmes, guiar animales necios o luchar con llantas atascadas. Su pequeño grupo compuesto de tres se mueve rápido, atravesando maleza y arbustos en línea recta.

Consiguen llegar a la prisión a media tarde. El inmenso edificio se alza en el borde del acantilado, con sus torres altas y sus banderas que se agitan con el viento helado. En lugar de avanzar directamente hacia él, el grupo se mantienen en los límites del bosque, buscando guardias en las murallas o señales de vida.

Cuando no hallan ninguna, Hiryu se ofrece para investigar. El riesgo es alto ya que si encuentran guardias tendrán que huir y perderlos antes de volver con el grupo.

Sentado junto a Bakugou, Eijirou aprieta los puños mientras Hiryu se dirige furtivamente hacia la prisión. Ambos permanecen atentos a los alrededores en caso de emboscada, y sabedores de que tendrán que huir si la alarma se dispara.

Hiryu se aproxima con cautela, sin perder de vista lo alto de las murallas. Lo ven rodear la entrada hasta que desaparece por ella. Son los veinte minutos más largos de la vida de Eijirou mientras aguardan con el corazón en la mano. De pronto, Hiryu aparece por la puerta y agita su brazo en alto.

La prisión está vacía, no hay bestias de carga en los establos, ni guardias en las barracas. Eijirou y Hiryu bajan a las celdas mientras Bakugo husmea lejos. Bajo tierra los pasillos huelen a encierro y muerte. Les toma tiempo encontrar el camino a las celdas oscuras, la única luz que los acompaña proviene de las antorchas que llevan consigo. Abajo la oscuridad es total y el silencio absoluto. Dentro de las celdas encuentran cuerpos, ninguno con un soplo de vida.

El aroma a putrefacción escapa por la puerta en cuanto la abren. Las náuseas de Eijirou se vuelven incontrolables después de la quinta celda. Hiryu vomita en el primer ascensor, mientras suben de vuelta.

No todas las celdas están llenas, al parecer el traslado se completó con éxito. Los que quedaron atrás fueron abandonados a morir de hambre. Eijirou siente ira y amargura, pero no cede ante el asco que burbujea dentro de él; se toma su tiempo para revisar cada rostro, como hiciera antes, para asegurarse que ni Hanta, Tetsutetsu o Rikidou se hayan quedado ahí.

Revisa todas las celdas, cada una de ellas alimenta el agravio que siente en nombre de su gente. Si pudiera les daría a todos ellos un entierro digno, pero sabe que no tiene los recursos necesarios para cumplir con su cometido.

Enmendaremos esto

Vuelven al exterior impregnados con el aroma a podredumbre. Hiryu se lava manos y cara en cuanto tiene oportunidad. Eijirou no lo hace, no se atreve.

—No queda nada—dice Bakugou en cuanto se reúne con ellos—Será mejor volver.

—¿Alguna novedad?

—Una carta de un tal Dabi para Mustard solicitando buscar a Toga. No hay más detalles. Lo demás es correspondencia parecida a la que había en la oficina del capitán.

Eijirou asiente y lo sigue cuando se aleja hacia el exterior. Avanzan rápido, el estómago de Eijirou ruge en tonos tenues, para calmarlo mastica hojas de borraja. No consigue sacudirse la visión de cuerpos muertos abandonados en las celdas.

Quieto

La advertencia viene en forma de un aroma negro, amargo en su densidad y completamente paralizante. Eijirou mira a Bakugou que se ha inclinado en posición defensiva escudriñando sus alrededores con atención.

Todo sucede demasiado rápido. El aroma estalla en tonalidades rojas, afilado y feroz, gritando a viva voz, peligro. Eijirou se mueve sin detenerse a pensar al igual que Hiryu. Ambos atraviesan los arbustos cayendo sobre sus enemigos. En ellos no reconocen aromas familiares o señales de advertencia.

Uno de ellos posee una cola fornida, cubierta de una pelusa rubia y rematada en un mechón del mismo color. La cosa parece tener vida propia porque cuando Hiryu intenta atacar por detrás, la cosa se defiende como un ente individual.

Se ven obligados a coordinar sus ataques para vencerlo, entre ambos golpean y defienden guiándose únicamente por el aroma que emiten. Consiguen derribar a su contrincante, Eijirou sujeta al demonio contra el suelo, su rodilla ejerciendo presión sobre la columna mientras Hiryu aplica toda su fuerza contra la cola que no deja de sacudirse con fuerza sobrehumana.  

—¿Tú?

La voz lo hace girar la cabeza, pero cuando se distrae el demonio se sacude debajo de él. Eijirou emplea toda su fuerza para mantenerlo en el suelo.

—¡Las flores de lunaria no crecen en esta región!

En cuanto la oye Eijirou alza la cabeza en un movimiento veloz y sin pausas. Puede ver a Bakugou ejerciendo presión sobre el demonio que patalea sin éxito.

—¡Yo las he visto crecer en la aldea de los primeros hombres! ¡De ellos no…!

Su voz se quiebra. Eijirou se mueve antes de que pueda procesar lo que está haciendo. Sujeta al alfa por las axilas y lo alza. Después se dobla cuando el otro consigue asestarle un cabezazo y un golpe al esternón.

—¡No!,—su grito carece de fuerza, pero al menos ha conseguido que todos se queden quietos.

—¿Qué diablos te pasa?,—pregunta Bakugou mientras el demonio en el suelo aspira bocanadas de aire sin detenerse.

Eijirou se endereza con lentitud y mira al demonio.

—¿Kamui?

 

[…]

 

No es Kamui.

Cuando Eijirou le quita la máscara encuentran un rostro femenino de piel rosada, con ojos ambarinos de pupilas doradas. Tiene un pelo rubio claro con dos pequeños cuernos del mismo color sobresaliendo de su cráneo.

—No eres él—dice Eijirou con voz sorprendida—¿Cómo conoces el santo y seña?

—Kamui me lo dijo—responde la muchacha una vez que consigue recuperar la voz—Hace ya muchos años. Quería asegurarse de que hubiera un reemplazo en caso de que lo descubrieran.

Como su timbre no está teñido por el miedo ni posee los altos tonos que van acompañados con el pánico, su voz resulta un aterciopelado sonido. Al oírla Bakugo la mira con fijeza.

—Eres tú.

—Ahora me reconoces—dice ella colocando sus manos encima de su cara—¡Maldita sea!

—Nunca vi tu rostro.

—¡Por eso grite la seña de Kamui!

—No la conozco.

—Esperen un momento—interviene Eijirou masajeando su diafragma, la señala mientras enfoca sus ojos en el alfa—¿Quién es?

El otro responde con el entrecejo fruncido—Llevó los viales.

—¡¿Qué?!—se gira hacia la chica—¿Fuiste tú?

—También llevé los mensajes—la muchacha se endereza con lentitud dirigiéndole una breve mirada a su amigo—¿Y bien?,—pregunta con la espalda tensa—¿Nos dejaran ir?

Eijirou dirige su atención hacia Bakugou, que gruñe.

—Mientras cierres la boca y te olvides de que nos has visto—responde cruzándose de brazos.

—Lo que él quiere decir—dice Eijirou dirigiendo su mirada reprobatoria hacia Bakugou para después volver a posarla sobre la muchacha—es que te debemos un favor por tu ayuda mientras estuvimos encerrados. Y nos ayudarías aún más si no le mencionas a nadie que nos viste aquí.

—Muy bien… sí, sí, lo haré, ahora quita esa cara de muerte, ¿quieres? ¡Maldición!

Bakugou rueda los ojos aunque obedece, se contenta con mirar furioso al tipo de la cola.

—Que amargado—murmura la chica al mirar al alfa

—¿Sabes dónde está Kamui?,—pregunta Eijirou atrayendo su atención.

—¿No lo sabes tú?

—Teníamos ordenes de reunirnos con él en la catarata, pero…

—¡Sin detalles!,—grita Bakugou sin mirarlos.

—…no sé si aún seguirá por aquí.

—Lo vi por última vez cuando recogí los viales. Kamui tenía planeado dejar a sus amigos cerca de la costa y luego esconderse en las montañas.

—¿Esconderse?

—Me dijo que los espías de Kurogiri los habían rastreado a él y a tus amigos.

—Sí, el paquete con los viales contenía una carta diciendo lo mismo.

—A Kamui le preocupaba que hubieran tardado tres días en salir. Él se habría marchado de inmediato, pero tus amigos insistieron en quedarse.

—¿Qué dirección tomaron?

La muchacha sacude la cabeza—No lo sé.

Eijirou asiente, está listo para marcharse cuando se acuerda de preguntar.

—¿Cuántas personas estaban con Kamui?

—Solo dos.

—¿Alguna de ellas era un hombre de pelo negro, ojos negros y con una flor de azalea en el rostro? Tal vez el más alto del grupo.

—No, a ese no lo vi. El más alto no tenía flores en la cara, pero si una quemadura grande.

—¿Tenía el pelo en dos colores distintos?

—Sí y ojos de distinto color, uno azul y uno marrón.

—Pero él no podía ser el más alto, ¿no iba con él un hombre rubio? ¿O alguien como de mi edad, pelo azul y ojos azules?

—No… El de la cara marcada era el más alto. Con él venía un chico esbelto. Tenía el pelo y los ojos verdes… y toda la cara llena de pequeñas manchas oscuras. Se perfilaban a lo largo de su nariz y se difuminaban en torno a los ojos.

Ni siquiera ha terminado de hablar cuando tiene a Bakugou sujetándola de la pechera de la camisa.

—¡¿Qué has dicho?!

Chapter Text

Los guardias al fondo del pasillo poseen rostros anodinos, Shino no recuerda haberlos visto nunca, pero siendo que su grupo no vive en el palacio y que cuando lo visitan su estadía suele ser corta le resulta imposible determinar si alguno de ellos pertenece al grupo de guerreros leales a Jin o si puede coaccionarlos para que se quiten de su camino.

Indecisa, Shino los mira por última vez y sigue su camino hasta el camarote de su grupo. Dentro encuentra a Yawara sentado junto a una afiebrada Ryouko que se retuerce en su cama sin emitir sonido alguno. Después de un día de parálisis total, siguió la fiebre y las convulsiones, el medico les ha dicho que su amiga sufre los síntomas de alguien que pasa por una larga y terrible desintoxicación.

—¿Cómo sigue?

—Ha despertado con fiebre, el médico le ha recetado compresas de agua fría. También insiste en que beba líquidos y ha ordenado que lo llamemos en cuanto recupere la conciencia…, ¿el plan sigue en marcha?

—Tengo las provisiones, las escondí arriba por si tenemos que realizar una salida rápida.

—¿Y Aizawa?

—Hay dos monitos cuidando el camarote donde lo tienen encerrado.

—¿Qué haremos con ellos?

—Derribarlos.

—Hum… ¿cuándo nos vamos?

—Jin está organizando un grupo que baje a Hosu a buscar al príncipe. He insistido en ir, pero me ha dejado fuera. Saldrán antes de anochezca, después esperaremos hasta que la guardia se relaje y entonces nos movemos.

Yawara asiente.

El barco se mece lentamente con el suave movimiento de las olas. En ocasiones se oyen voces apagadas y pasos apresurados por los pasillos de madera. Shino y Yawara se apilan junto a la cama intentando ofrecer algún tipo de consuelo a su amiga. Su aroma de apoyo y cariño inunda la cabina, pero Ryouko no reacciona ante ellos.

Cuando el silencio es casi absoluto Shino se mueve con cuidado hasta la puerta. La abre lentamente evitando el crujido de la madera. No le sorprende ver al guardia al fondo, pegado a la pared, a ella si la reconoce: Kenji Hikiishi. Guerrera alfa fiel a Jin.

Shino le hace señas a Yawara. Su compañero asiente y ambos se ponen en movimiento.

Yawara envuelve a una Ryouko dormida entre las mantas de su cama y con ayuda de Shino la colocan a su espalda, como un bebé muy grande. Una vez que las cintas de seguridad están puestas, Shino toma su balde con agua y lo vacía en una esquina de la cama, después sale dejando la puerta en manos de Yawara que se queda atrás, esperando la señal.

Shino avanza por el pasillo, su rostro es una máscara inexpresiva con una nariz aún inflamada y dos ojos enmarcados con amplios círculos negros que lentamente empiezan a difuminarse. Su mirada nunca se desvía del rostro de Kenji, que permanece en su puesto, observando, vigilando.

Shino pasa de largo y se desvía hacia las bodegas donde almacenan el agua para beber, baja y llena su cubeta de prisa. Al volver mantiene su cara inexpresiva, pero está vez avanza con lentitud para no derramar agua. El barco se mece y Shino aprovecha para tropezarse a propósito y detenerse bajo la excusa de no derramar más agua.

Se endereza, avanza dos pasos y entonces se mueve. Tiene a Kenji justamente enfrente cuando sin perder la calma ni alterar su aroma, se gira a una velocidad brutal estampando el cubo contra el costado de la mujer alfa para después lanzar un puñetazo directo a su mejilla antes de que ella reaccione.

Kenji se defiende, reacciona con esos malditos reflejos propios de los alfa. Es fuerte, no tanto como Masukyura, que era un alfa excepcional, pero si lo suficiente para que Shino se vea en dificultades. Por suerte Yawara se ha movido apenas ha empezado el trasteo y de inmediato se une a ella.

Entre ambos consiguen dejarla inconsciente.

—Atémosla—ordena Shino apartándose el pelo de la cara, después se inclina y arrastra a la mujer por las piernas—Una menos.

—Faltan dos—completa Yawara cerrando la puerta del camarote con la mujer alfa dentro.

Suben hasta el pasillo superior donde se encuentran todos los camarotes principales, Jin se ha asegurado de mantener al prisionero lo más cerca posible de su alcoba.

Al subir se encuentran con una grata sorpresa porque en lugar de los dos guardias encuentran solamente a uno, del que pueden deshacerse sin problemas. Lo atan y lo arrastran hasta el camarote que sirve como celda.

Aizawa se encuentra en el suelo, atado con pesadas sogas, manos y piernas inmóviles, y una mordaza en su boca. Sin perder tiempo Shino y Yawara se unen para cortar sus ataduras.

—¿Se ha ido?,—es lo primero que dice Shota después de aflojar los músculos de su mandíbula.

—Yo tengo preguntas—replica Shino de mal humor.

—Y te responderé, pero primero me dirás si se ha ido.

—No confío en ti.

—No estarías aquí si eso fuera cierto, Shino. Eres la persona más inteligente y observadora que conozco. Estoy seguro de que has deducido la verdad uniendo cada pieza de información que tienes.

Shino aprieta los dientes, toma aire y lo enfrenta.

—El ataque a Hosu fue una trampa.

—Lo fue.

—La muerte del rey fue planeada.

—También la de Sir Nighteye.

—La droga neutraliza al grupo alfa.

—Sí.

—Nos han traicionado.

La respuesta de Aizawa es asentir lentamente; el gesto provoca que Shino cierre los ojos y se tambalee en su lugar.

—¿Jin?,—pregunta en voz baja, incapaz de creerlo.

—Eso dependerá… ¿se ha ido?

Ella lo mira—¿A dónde quieres que vaya?

—Eso no importa, lo importante es que se ha marchado.

—¿Por qué eso lo vuelve un traidor?

—Tú dímelo. ¿Se reunió con el resto de los capitanes para movilizar un grupo de rescate?, ¿envió un aviso al consejo para informarle de la muerte del rey?, ¿ha reunido a todos los compañeros de Masukyura para interrogarlos y determinar si no cuenta con aliados? ¿ha empezado a prevenir a las tropas sobre la droga?,—como Shino guarda silencio, Aizawa prosigue—En lugar de asumir el mando mantiene a la flota a ciegas. He notado que el barco no se ha movido en los últimos dos días, ¿ha ordenado un alto total?

—Las ordenes son esperar al resto de nuestra armada.

—¿Y le crees?

Shino aspira con fuerza.

—Si le creyera no estaría aquí. Jin no se ha tomado la molestia en interrogarte, Sir Nighteye lo habría hecho si hubiese creído que eras el traidor. Lo que hizo fue interrogar al capitán y a la tripulación que viajaron contigo. Nos ha dejado aquí, con ordenes de esperar, mientras él desciende a tierra, “a buscar al príncipe”, pero no tiene sentido… Jin es un soldado del rey y sin embargo ha abandonado su puesto. El Ou lo dejó al mando de la flota y él se ha ido dejando a nuestros hombres con órdenes vagas y con la firme creencia de que deben esperar. El Ou confió en él.

—Y pago con su vida. Jin nos ha traicionado, y sin duda se ha marchado para terminar el trabajo. Tenemos que movernos antes de que sea demasiado tarde.

—¡Maldita sea, Aizawa!, ¡Ya es demasiado tarde! Hemos perdido a nuestro rey. Hemos perdido a Sir Nighteye. No sabemos si el resto de la flota sigue a salvo. El príncipe, ¡nuestro príncipe!, está en tierra enemiga. Enviado por ti a recabar información de la capital, y es probable que ahora mismo le estén dando caza. ¡Jin irá a buscarlo y no tenemos forma de advertirle del peligro en el que se encuentra!

—Shouto estará bien.

—¡¿Cómo puedes decir eso?! ¿Cómo puedes haberlo enviado a una misión de reconocimiento? ¡Aunque Hizashi e Iida estén con él no entiendo cómo has podido cometer semejante falta de juicio!

—Cometí un error, sí, pero no fue el enviar al príncipe a la capital de Hosu.

—¡¿Qué?!

—El capitán mintió. Él y toda la tripulación.

—¿El príncipe no está en Hosu?

—Lo está, pero no en la capital. Todo lo que le han dicho a Jin es mentira.

De la sorpresa Shino se queda muda, cuando finalmente se recupera su pregunta carece de la ira anterior.

—¿Hace cuánto que sospechas de él?

—Desde que escuche sobre la droga y los raptos de los barcos beta. Jin escogió y autorizó a cada espía que terminó desapareciendo. Convenció al rey de movilizar a todas las tropas. Intentó que el príncipe participara en este asalto, pero en lugar de unirse a su padre, Shouto aprovecho la oportunidad para iniciar su propia investigación… Sin embargo, mantuve la esperanza de equivocarme, esperé que todo fuera un error. Y entonces hablé con él. Su cara al escuchar sobre la alianza Hosu-Overhaul fue lo único que necesité para convencerme. Ahora no tengo duda.

—¿Qué pasara cuando no encuentre al príncipe?

—No creo que fuera a buscarlo. Creo que se ha marchado dejando la flota a merced de un ataque. Creo que su intención es apartarse mientras el General y sus hombres nos destrozan; así nadie podrá reprochárselo cuando se encuentre con el consejo, o cuando vuelva a casa.

—Maldita sea… ¿qué haremos?, ¿cuál es el plan?

—Quiero asumas el control de la flota, los hombres te conocen, te respetan, necesito que los convenzas de movilizar los barcos. Reúnete con el resto de nuestro ejército, habla con los hombres del consejo y después llévalos lo más cerca de la frontera con Noumu.

—¿Y tú?

—Buscaré a Shouto.

—¿Dónde está?

—En Hosu, cerca de la frontera con el desierto. Está con Kamui, el único espía que jamás tuvo contacto con Jin.

—¿Y los otros?

—Envíe a Iida con las tribus bárbaras, su misión es solicitar ayuda a Togata para cruzar el desierto y reunirse con Shouto.

—¿Y Hizashi?

—Lo he enviado a las islas. Se reunirá con el consejo de trece y les pedirá ayuda para luchar.

—Están el otro lado del mar, ¿qué pueden hacer ellos ahora?

—Toda nuestra fuerza está aquí, Jin se ha asegurado de ello. Temo que mientras nos fuerzan a luchar contra los hombres del General, el ejército de Overhaul atacarán Yuuei.

—¿Esperas que Hizashi logré convencer a todas las matriarcas de que aporten guerreros que defiendan Yuuei?

—Confió en que lo conseguirá.

 

[…]

 

Ha escuchado mal. Tiene que haber oído mal. 

—¡¿Qué has dicho?!

Necesita oírlo de nuevo. Necesita que se lo repitan, aunque no está seguro de que pueda entender con el sonido de la sangre rugiendo en sus oídos.

—¡Eh!,—dice ella aferrando sus manos—¡Suéltame!

El pelirrojo se adelanta, pero Katsuki lo empuja sin remordimientos.

—¡¿Qué has dicho?! ¡Repite lo que has dicho! ¡Dime su nombre!

—¡No sé su nombre!,—grita ella luchando por apartase, sin éxito—¡Nunca me dijeron su nombre!

—¿A qué olía?

—¿Oler? ¡Maldita sea, no lo sé! ¿A qué huelen las personas? Sudor, tierra.

—¡Descríbelo!

—¡Ya te lo dije! ¡Tenía pelo verde!... Era de un verde oscuro, esponjoso y con rulos. Ojos verdes, del color del musgo. Y las manchas… tenía pequeñas manchas oscuras bajo sus ojos. No tenían un patrón definido, se amontonaban en colores oscuros sobre el puente de la nariz y se difuminaban sobre las mejillas. Tenía cicatrices en la mano derecha, sobre el dorso de la mano y en sus dedos... además tenía la costumbre de rascarse la nariz al hablar.

Siente que se ahoga. Un recuerdo vuelve a él de inmediato, una imagen completa, llena de color y brillo.

.

Izuku sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, haciendo inventario de sus plantas, inclinándose sobre su montón de hojas sueltas mientras anota con su letra diminuta todos los detalles de la planta que estudia.

Hay algo extremadamente fascinante en la forma como escribe con el entrecejo fruncido, las manos manchadas de tinta azul y los dedos de sus pies moviéndose mientras se esmera en su trabajo. Lleva el torso desnudo con miles de pecas cubriendo hombros, espalda y pecho.  Lo ve enderezarse, lo ve leer con atención lo que acaba de escribir… y mientras lo hace se rasca la nariz, una delicadeza cubierta de pecas que se oscurecen cuando pasa mucho tiempo bajo el sol.

Al percatarse de su mirada, Izuku alza los ojos y lo mira. Su sonrisa es vibrante y deliciosa.

—¡Kacchan!

.

Un calor inefable le sube por la garganta, se expande por sus pulmones, crece hasta dejarlo sin aliento.

No

—Suéltala

La voz del pelirrojo lo arranca de su estupefacción. Obedece, pero su reacción inmediata es girarse y golpearlo.

—Pero qué…—el pelirrojo retrocede con la mano en la mejilla y una expresión herida.

—¡Dijiste que no lo conocías!

—¡Uah!... ¿de qué estás hablando?

Se envara en su lugar, aprieta los puños y ruge:

—¡¿En dónde está?!

—¡Hey!... ¡No sé de qué estás hablando!

—¡Está aquí!,—el aroma que emana de él es amargo y terrible—¡¿Qué está haciendo aquí?!

—¡Para un momento!,—levanta las manos, inclina el cuello y aligera su aroma. Un claro gesto de sumisión—¡Realmente no tengo idea de lo que estás hablando!

—¡¿Quién viaja con tu príncipe?!

—¡No lo sé!... ¡No conozco a nadie con esa descripción! ¡De verdad!... El príncipe no tiene amigos fuera de su guardia. Éramos seis: Hitoshi fue raptado hace unos años. Hanta, Tetsutetsu, Rikidou y yo estamos aquí. Solo queda Iida, pero él es el más alto de todos y tiene un pelo de color azul oscuro, no verde. No tengo idea de quién viaja con Todoroki-ouji.

Lo mira de frente, con los ojos limpios y sin rastro alguno de engaño. Sigue teniendo las manos en alto, con las palmas hacia él manteniendo un porte tranquilo, completo. Es verlo y sentir que su ira se desinfla y en su lugar la ansiedad cubre cada centímetro de su cuerpo.

Dentro de él crece un hueco, inmenso e insondable. Siente que se asfixia, siente que el calor se extiende por sus brazos hasta su cuello. No puede respirar.

Se gira hacia la muchacha que lo mira con el entrecejo fruncido y una postura en guardia.

—¿Dónde lo viste?, ¿cuándo fue eso?, ¿hacia dónde iban?

—Ya te dije…

—¡No quiero excusas!, quiero que me digas exactamente lo que sucedió el día que se encontraron. Palabra por palabra.

La muchacha mira al pelirrojo, después a su amigo de pie junto al otro alfa, finalmente toma aire lentamente y le responde, mirándolo directamente a los ojos.

—Por lo que sé, los espías se reunieron con Kamui hace casi tres semanas. Eran dos, no sé sus nombres.

—¡Tuvieron que presentarse de alguna forma!

—¡Pues no lo recuerdo!

—¡Inténtalo!

La muchacha lo mira con ira, pero Katsuki no cede, su expresión tormentosa permanece fija en ella hasta que consigue vencerla. Ella cierra los ojos y se concentra.

—Kamui fue a recogerme a mi aldea, quería enviar otro mensaje, pero esta vez iba a llevar un paquete. Hablamos durante todo el trayecto. A Kamui le preocupaba permanecer demasiado tiempo ahí.

—¿Por qué?

Los ojos dorados vuelven a mirarlo y Katsuki contiene el impulso de gritarle que se apresure.

—Al parecer fueron descubiertos por uno de los espías de Kurogiri, el hombre más leal al General. Kamui quería marcharse, pero los espías querían enviar un mensaje más antes de partir. Pospusieron su retirada y Kamui no dejaba de hablar de ello.

—¿En dónde los viste?

—En la cascada que está cerca de la frontera.

—La conozco—interviene el pelirrojo—Ahí conocimos a Kamui la primera vez. Fue nuestro punto de encuentro.

—¿Ambos estaban ahí?

—Sí. Eran dos. El chico alto con los ojos de distinto color y el pequeño, de ojos verdes.

—¿Te dijeron sus nombres?

—No recuerdo.

—¡Piensa! Tuvieron que presentarse de alguna forma.

La muchacha cierra los ojos con fuerza.

—No me dijeron sus nombres—dice ella esforzándose por evocar el recuerdo—pero Kamui lo hizo. Era. Shu… Sho…

—¿Shouto?—sugiere el pelirrojo y de inmediato la chica lo mira y asiente.

—¡Sí! ¡Shouto! Solo Shouto.

—¿Y el otro?

—zzz… zzzk… izz… no lo sé.

Izuku

Katsuki no se da cuenta que ha pronunciado el nombre en voz alta hasta que reacciona y ve la expresión de curiosidad en la cara de todos.

—¿De qué hablaron?,—inquiere con voz tensa

—De ti—señala al pelirrojo—El chico alto, Shouto, quería enviarte el paquete a ti. Contenía unos frascos y un cuchillo, pero quite este último porque no pensaba arriesgarme a que mi capitán lo descubriera. Me preguntaron cuándo podía dártelo, les dije que dos días si no te enviaban a las celdas de los pisos inferiores. Fue ahí cuando propusieron dárselo a Rojo. No supe quien era hasta que me explicaron que estaba en la celda de junto.

—¿Por qué Rojo?,—pregunta Katsuki

—Por la flor en tu pecho—responde el pelirrojo con expresión pensativa—Así te llame en la respuesta que le envíe al príncipe, en ese entonces no sabía tu nombre.

—¿Les dijiste qué flor era?

—No, solo que era de color rojo.

No sabe que estoy aquí, la conclusión es inmediata. El interior de Katsuki se enrosca, se comprime hasta extremos dolorosos. No se suponía que él estaría aquí.

—¿Planeaban quedarse más tiempo?

—No, oí que partirían a la costa ese mismo día. Kamui me acompaño parte del camino y después volvió por ellos.

—¿Qué rumbo tomaron?

—No lo sé. Kamui no me lo dijo.

—Si está con el príncipe—interviene el pelirrojo—es probable que hayan viajado a la costa para reunirse con las tropas del rey. Es probable que ahora mismo estén allá. Si quieres ver a tu amigo tenemos que volver con los otros.

Katsuki asiente con rigidez.

—Volvamos—se gira, se detiene y vuelve a mirarla—Aborrezco a todos los de tu raza, pero tú y yo estamos en paz. Con suerte nunca nos volveremos a encontrar.

Se aleja mientras el pelirrojo se despide en voz baja. Sin esperar, Katsuki corre de vuelta imponiendo un ritmo desquiciante que los otros dos igualan sin quejas.

Dentro de él, la impaciencia resurge más alta y ruidosa que nunca. Se mueve con decisión, con una menta en mente, incapaz de apartar la idea: Izuku está aquí. Aquí.

 

[…]

 

En cuanto desaparecen, Mina emite un suspiro cansado.

—Eso fue agotador.

—Pese a su edad, es un ser realmente aterrador—responde Ojiro acercándose a ella

—Lo sé…, es una suerte que se sienta en deuda con nosotros.

—¿De verdad lo crees?,—Mina le responde encogiéndose de hombros—Han dicho otros, ¿cuántos de ellos lograron escapar?

—No lo sé. Tal vez sean aquellos que fueron dejaron atrás.

—¿No crees que debimos preguntar?

—¿Para qué? Entre menos sepamos mejor, además ya lo has oído. Con suerte está será la última vez que nos topas con él.

—¿Nos vamos?

—Sí, hemos perdido demasiado tiempo.

 

[…]

 

Eijirou iguala el ritmo de Bakugou sin queja; avanza en piloto automático con su mente evocando el aroma a menta. El sutil aroma que provenía del frasco que el rubio lleva al cuello. Se acuerda de su expresión mientras lo guardaba en el saquito que Denki le regaló.

Menta. El recuerdo es difuso, no consigue evocar con precisión los matices del aroma, pero se acuerda del golpe de frescura que lo inundó al aspirarlo por primera vez. Era un aroma exquisito, más tenue y rico que el de las hojas que el rubio solía frotar entre sus dedos.

Menta. La ira del alfa. Su renuencia por emparejarse. Su interrogatorio. Su impaciencia. La mente de Eijirou empieza a encajar piezas, hay muchos huecos, pero el panorama general es ligeramente más claro. 

Izuku. El nombre no evoca recuerdo alguno. Sabe que no lo conoce y está seguro de que el príncipe tampoco, ¿cómo es que ambos han terminado en Hosu?

 

[…]

 

El ritmo de Bakugou no disminuye en ningún momento, la energía que brota de él es impresionante y Eijirou no comete el error de intentar conversar. En su lugar se concentra en todo lo que harán una vez que vuelvan al campamento y tengan que ponerse en marcha.

Pero sus planes se desmoronan porque en cuanto alcanzan los límites del campamento uno de los centinelas se materializa frente a ellos con una expresión de apremiante pánico. De su incongruente resumen, Eijirou alcanza a entender que se han encontrado con otro grupo alfa, un grupo de más allá del desierto.

—¿Cuántos son?,—es la pregunta de Bakugou quien parece haber entendido el fragmentado discurso.

—Dieciséis. Mitad alfa, mitad beta. Todos guerreros mayores que los nuestros.

—¿Y el líder?

—Alto, rubio, inmenso.

—¿En dónde están?

—Se han instalado cerca de los omega.

—¿Por qué?

—Se ofrecieron a patrullar sus carromatos.

Eijirou no se sorprende cuando escucha a Bakugou gruñir órdenes, sin perder tiempo le hace una seña a Hiryu para que busque a Yosetsu mientras ellos se encaminan hacia la fogata de los omega. Aunque es temprano encuentran a Denki despierto, sentado junto al fuego, charlando con una mole inmensa que sonríe con un gesto infantil.

El extraño pierde la sonrisa en cuanto los detecta, se endereza en toda su altura y los mira, retándolos a avanzar. A diferencia de él, Bakugou no vacila mientras avanza hacia ellos.

—¿Deseas algo?,—pregunta el extraño con su potente voz y su aroma a vainilla intensa que deja en claro su disgusto. Su pregunta es cortés pero firme, llena de advertencias invisibles.

—¿Quién rayos eres tú?

Bakugou no es cortés, a su alrededor se espesa el aroma de la madera que se quema. Huele a humo y roble, huele a ira.

El extraño no parece intimidado—Podría preguntarte lo mismo.

—Y estarías perdiendo tu tiempo, yo no te debo respuesta alguna, pero tú a mí sí, ¿quién rayos eres?

—¿Cómo te…?

—Se llama Inasa—responde Denki avanzando hacia Bakugou; su presencia es fresca y ligera, una bocanada de aire limpio que paraliza la batalla invisible—es la mano derecha de Togata, el líder de las tribus bárbaras—en cuanto está cerca del rubio se gira hacia Inasa para presentar—Inasa, este es Bakugou, te hable de él, nos sacó de la prisión y nos trajo hasta aquí. Es nuestro alfa.

Su declaración es sencilla, carente de matices emotivos, pero no hay mayor halago de parte de un grupo omega. Eijirou lo sabe. Lo que Denki ha hecho es reconocer al rubio como autoridad máxima, como líder, al mismo tiempo que deja claro su respeto y lealtad.

Eijirou no es capaz de describir la emoción que ruge dentro de él.

—¿Dónde está tu líder?,—pregunta Bakugou ajeno a los dilemas que Eijirou enfrenta.

El hombre llamado Inasa, alto e inmenso, con su pelo corto y sus ojos feroces, tuerce el gesto claramente ofendido por el tono y el descaro, pero basta que le dirija una mirada a Denki para que su expresión se transforme en un gesto sereno, casi complaciente.

Eijirou se paraliza en su lugar, enderezándose sin darse cuenta.

—Te llevare con él—dice Inasa antes de darse la vuelta y alejarse.

Bakugou lo sigue con Denki detrás, Eijirou se apresura para alcanzarlos procurando igualar su paso con el de Denki. El muchacho le dirige una breve mirada de reojo, asiente para saludar y regresa su mirada al frente.

—Buenos días—saluda Eijirou en voz baja, sin dejar de mirarlo, le gusta la forma de su cara y el color de su pelo. No puede mirarlo sin pensar en el sonido de su voz al reírse—Te has levantado temprano, Denki.

Durante una fracción de segundo el aroma a naranja se intensifica, es un soplo frutal lleno de acidez y deliciosa frescura. Eijirou lo aspira con ansias antes de que el rubio se controle y lo salude de vuelta.

—Buenos días—suena formal, distante, pero Eijirou aparta la rigidez y se concentra en la reacción.

Su primer impulso es abrir la boca y vomitar todos los saludos que se sabe con tal de conseguir que el aroma se repita, pero entonces se acuerda de Ochako y se muerde la lengua para no cometer el error de presionar demasiado.

Está a punto de hablarle cuando se percata de la tensión que proviene de Bakugou. Dirige sus ojos al frente y de inmediato nota los hombros tensos, la espalda recta y la forma como su aroma crece a su alrededor hasta convertirse en una afilada advertencia.

La razón tras su comportamiento está de pie, esperándolos con una sonrisa relajada y una lanza en su mano.

Togata –asume que es él por el gesto sumiso que Inasa le dedica– es más pequeño que su subordinado, pero compensa su altura con lo majestuoso de su presencia. Lo primero que Eijirou piensa al verlo es: Estoy frente al sol. Hay algo en él, en su postura, en su sonrisa, en el aroma que no consigue identificar, que lo hace brillar con una energía tibia, revitalizante y abrumadora.

Es una amenaza silenciosa pese a su postura relajada y su sonrisa abierta.

Bakugou responde a ella creciendo en toda su altura, espesando el aroma a su alrededor, afilando su mirada y torciendo su boca hasta convertirla en el gesto opuesto al de Togata. Si Togata es el sol, Bakugou es fuego, humo, y centellas.

—¿Tu nombre?,—no hay amabilidad en su voz ni calidez en sus ojos.

—Mirio Togata—responde el otro sin perder su sonrisa, completamente inafectado por la brusquedad que recibe—He de suponer que eres el líder del grupo, ¿Bakugou?

—¿A qué has venido y cómo has llegado hasta aquí?

—Cruzamos el desierto, escalamos la pared de roca y atravesamos la frontera con la intención de parlamentar con el príncipe de Yuuei, Todoroki Shouto.

—¿Qué asuntos tienes con él?,—interviene Eijirou sin poder evitarlo

Togata lo mira, sus ojos negros poseen una seguridad absoluta.

—¿Tu nombre?

—Eijirou Kirishima, soy uno de los guerreros que forma parte de la guardia real del príncipe.

—Vaya…, pues da la casualidad de que conozco a uno los tuyos.

—¡Eijirou!

El grito proviene del grupo que se aproxima. Son tres en total, dos de ellos tienen el pelo negro brillante y una belleza indiscutible, el tercero es más alto que los otros y con una constitución más robusta, es él quien aprieta el paso para encontrarlos.

—¡Tenya!—responde Eijirou al reconocerlo.

Se saludan con efusividad e intercambian preguntas inevitables: ¿estás bien?, ¿qué estás haciendo aquí?, ¿qué ha pasado?, ¿cómo llegaste?, ¿dónde está el príncipe?

La última es la pregunta que hacen al mismo tiempo y provoca que ambos se callen de inmediato.

—Tal vez debamos sentarnos a charla con calma—intercede Togata atrayendo la atención de todos los presentes.

Se reúnen en torno a una de las hogueras de los extraños. Una vez allí, Tenya empieza con las presentaciones y cuando ha terminado de nombrar a todos los presentes, se gira hacia Eijirou.

—¿Dónde están los demás?, ¿qué pasó?

Eijirou toma aire y empieza su relato desde el momento en que su grupo llegara a Hosu. Les habla de Kamui, de au estadía en la prisión, de los emparejamientos, de la droga, y finalmente de su escape. El silencio que se extiende alrededor del fuego es absoluto, la cara de horror que comparten los barbaros ejemplifica perfectamente sus emociones.

—El hombre que estaba a cargo en tu ausencia nos dijo que habían partido a inspeccionar otra prisión cerca, ¿encontraron más prisioneros?,—pregunta Togata, la gravedad en su rostro se intensifica ante la ausencia de su sonrisa.

Cuando Bakugou no responde, Eijirou interviene.

—Todos los que se quedaron atrás murieron de hambre, el edificio estaba vacío.

—¿Cuántas prisiones de ese tipo hay en total?

Para sorpresa de Eijirou, Bakugou dirige su atención a Denki, que da un respingo al verlo.

—¿Cuántas?,—repite Bakugou

—Solo ocho.

—¿Cómo puedes estar seguro?,—pregunta la mujer de pelo negro, que Tenya ha presentado con el nombre de Momo.

—Cada cierto tiempo se realizaban traslados con la intención de potenciar los emparejamientos. Éramos enviados a otras locaciones durante un periodo de algunos meses. Los omega siempre duermen juntos así que podíamos intercambiar noticias e historias. Fue así como logramos reducir el número de fortalezas, aunque no podría decirte en dónde se encuentra cada una.

—¿Qué hacen con las parejas?

—Se las llevan, no sabemos a dónde. Nunca los volvimos a ver.

—¿Dónde están Hanta y el resto?,—repite Tenya mirando a Eijirou

—No lo sé…, Tetsutesu estaba en la misma prisión que yo, pero no lo vi ni entre los heridos, los muertos o los que escaparon. Tal vez lo trasladaran a otro lugar… o tal vez…—Eijirou se encoge de hombros incapaz de formular la idea en voz alta—Tampoco sé que sucedió con Hanta o Rikidou.

—¿Y el príncipe? Se suponía que una vez fuera se reunirían con él.

Eijirou sacude la cabeza, entonces procede a resumirle el contenido de la última carta, los viales que envió, las pruebas que han hecho y las teorías que tienen. Finalmente, cuando se da cuenta de la impaciencia que emana de Bakugou, Eijirou dice:

—¿Quién viaja con el príncipe? Pensé que era Aizawa-sensei, Hizashi o tú.

—Aizawa-sensei volvió a Yuuei para hablar con el rey. Hizashi fue a las islas Kohei para hablar con el consejo de trece y solicitar ayuda.

—¿Cómo espera convencerlas?

—No lo sé.

Antes de que Eijirou pueda formular otra pregunta, Tenya procede a relatarle su viaje. Lo hace de forma resumida, sin demasiados detalles, centrándose especialmente en repetir lo difícil que fue para él abandonar a Todoroki-ouji.

—¡¿Por qué hay un omega viajando con tu príncipe?!

El interior de Eijirou se encoge al oír el estallido, mira hacia Bakugou que observa a Tenya con el entrecejo fruncido.

—¡¿Qué…?!—tartamudea Tenya al oírlo—¡¿cómo…?!

—¡Responde!

Tenya se gira hacia Eijirou, pero él se limita a sacudir la cabeza alentándolo a responder.

—No sé que te han dicho, pero te equivocas—responde Tenya apretando la mandíbula—No hay ningún omega…

—¡Mientes!

Se levanta y lo señala, la fuerza de su presencia es suficiente para congelar el resto de las excusas de Tenya. Eijirou, que se ha levantado casi al mismo tiempo, estira las manos en un intento por evitar un enfrentamiento.

—Tenya, por favor, dime quién viaja con el príncipe y cómo es que lo conoces.

Su expresión ansiosa basta para que la rigidez de su compañero se mitigué—Muy bien.

Su respuesta consigue que Bakugou vuelva a sentarse.

—Su nombre es Izuku Midoriya. Vivía en las islas de Kohei cuando fue capturado por los esclavistas, su barco naufragó y él sobrevivió en la tierra de Overhaul, escondiéndose de los soldados hasta que logro construir un barco. Según sus propias palabras planeaba cruzar el Mar Interior hasta Yuuei y después bordear sus costas hasta su hogar, pero en el camino fue capturado. Nosotros habíamos estado persiguiendo ese barco durante días hasta que logramos abordarlo. Midoriya salvó la vida de Hizashi, también trató a todos nuestros heridos, se hacía pasar por beta, pero cuando nuestro maestro lo descubrió lo obligo a decirle la verdad. El chico no era un simple médico, conocía las rutas de los barcos de Hosu, la posición de sus fortalezas y muchas otras cosas…  él mismo se ofreció a venir para ayudar con la droga, y aunque Aizawa-sensei no estaba convencido, la situación que se presentaba lo obligó a tomar la decisión de permitirlo. El plan era pedir ayuda a Kamui para liberarlos a ustedes, después dirigirse a la frontera donde se reunirían con nosotros, pero si lo que has dicho es cierto, Eijirou, si el grupo del príncipe fue descubierto, entonces es probable que ellos fueran hacia los barcos en busca de refuerzos inmediatos. Lo único que podemos hacer es aproximarnos a la costa y esperar que Aizawa-sensei se reúna con nosotros. Estoy seguro de que el príncipe vendrá con él.

De improviso y sin palabra alguna, Bakugou se pone de pie y se aleja. Su postura, su aroma, su cara, todo en él grita desgracia. Ninguno de los presentes se mueve, Eijirou no se atreve a seguirlo, pero Denki lo hace. Se levanta y va detrás de él, sin mirar atrás.

Antes de que pueda levantarse a seguirlo, la mujer llamada Momo le habla:

—Descríbeme el incienso, por favor, dime exactamente qué es lo que hace.

Con un hueco en el corazón, Eijirou permanece en su lugar y responde las preguntas de los bárbaros.

 

[…]

 

Denki avanza sin vacilar, sigue el aroma a madera hasta que encuentra a Bakugou de pie, en medio de un montón de matorrales, mirando el cielo gris que empieza a clarear. Se para junto a él sin mirarlo, con los brazos detrás suyo.

—¿Se llama Izuku?,—pregunta con la vista en el cielo.

—¡¿Por qué no te callas?!

—Me gusta su nombre… ¿es él quien huele a menta?

—¡Si no cierras la boca-!

—Lo encontraremos.

Denki articula su afirmación con la voz más serena que tiene, más que una sugerencia es una certeza. Posee tanta seguridad que consigue que el rubio lo mire.

—¿Si?,—la pregunta está cargada de sarcasmo, de ira mal disimulada—Me dirás ahora que sabes dónde está.

—No, pero sé que lo encontrarás.

—No sabes nada.

—Sé que no te rendiste. Sé que luchaste contra ellos. Sé que nos liberaste… y sé que lo encontrarás.

Tras una larga pausa Bakugou resopla.

—Eres un idiota—murmura rearmando su postura.

Su presencia se inflama, crece y se concentra. Denki la huele y se emociona.

 

[…]

 

Katsuki reúne a los suyos y ladra ordenes sin parar, desayunan sin pausas y se ponen en marcha apenas terminan de recoger el campamento. Es un día brillante con el sol en lo alto en un cielo sin nubes, los caminos se han secado lo suficiente para que los carromatos avancen sin problemas.

Todos viajan con las cabezas descubiertas, muchos sin la parte superior del peto dejándose acariciar por los tibios rayos solares. Los bárbaros asumen posiciones en la retaguardia, vigilando los carromatos del grupo omega, charlando con ellos y deleitándose con la mezcla de aromas suaves e intensos que despiden.

Togata viaja con tres de sus hombres cerca del frente, le insiste a Katsuki para que duerma, su respuesta es un gruñido harto y una expresión feroz; en ningún momento hace ademán de asumir el control, hace sugerencias pertinentes que Katsuki oye porque son sensatas y demuestran el sentido práctico de alguien que está acostumbrado a moverse en condiciones difíciles.

Los bárbaros se acoplan a sus rutinas sin mayor queja, aceptan su comida y a cambio se ofrecen a limpiar las piezas de caza. Ellos, a diferencia de los omega –quienes aprendieron a base de prueba y error en la prisión– son expertos en separar la carne y en aprovechar lo más posible de cada pieza, cocinan las vísceras en llamativos y olorosos platillos que terminan siendo comestibles. Son amables y ruidosos. Entrenan con los alfa libres ya que la mayoría de ellos no saben luchar con propiedad y charlan con los omega, a quienes encandilan con historias y detalles.

Cuando Togata insiste en conocer el incienso, Katsuki se encoge de hombros y le muestra el carromato lleno del polvo que al quemarse huele a leche y miel. Uno de sus hombres se ofrece a probarlo y termina muerto, entre convulsiones y la expresión horrorizada del resto. Katsuki y los suyos limpian la zona, para ellos las pruebas se han convertido en una rutina, su tolerancia es más alta, pero Togata y los suyos se apartan de ahí, incapaces de soportar la fragancia.

Viajan sin pausa aprovechando el cielo despejado y el clima cálido, siguen el cauce del río alertas a cualquier emboscada, pero la región parece deshabitada.

De día Katsuki patrulla, organiza y decreta. También entrena. Uno de los bárbaros, el gigante llamado Inasa, lo reta a luchar. Pierde las primeras veces, el otro es más alto, está mejor alimentado y ha vivido toda su vida en libertad, pero Katsuki no cede ni se avergüenza. Tiene muchas cosas que aprender y otras que recordar.

Le toma cuatro sesiones, pero al final consigue vencerlo. Y una vez que lo hace se aferra a la victoria cada vez, aunque no siempre la consigue. La derrota no lo inhibe y en su lugar inflama su hambre. Entrena y suda hasta que su cuerpo entero protesta al moverse. Ruge y salta hasta que su cuerpo recuerda la flexibilidad de antaño. Con la práctica puede volver a sus tiempos de luchar intuitiva, solo que esta vez no pretende confiar en su destreza innata, está vez está dispuesto a pulir cada golpe y movimiento hasta que no exista nadie que pueda vencerlo de nuevo.

Por las noches Katsuki patrulla, vigila y duerme. Sueña con Izuku y su sonrisa inmensa de mejillas redondas y ojos brillantes.

.

Lo mira con una adoración palpable; es tan intensa que el interior de Katsuki se enrosca y se esconde.

—¡Kacchan!

Su voz infantil, llena de timbres agudos, es una melodía que lo sacude de pies a cabeza.

.

—¡Kacchan!,—el orgullo en su voz, la felicidad en sus ojos—¡Lo he terminado!

.

—No lo hagas, Kacchan—el miedo que hace temblar sus hombros al ver la caída de varios metros que se abre a unos pasos de él—No saltes desde aquí.

.

Los recuerdos vuelven a él con más facilidad. Su ansia crece con ellos, se dispara sin control forzándolo a entrenar con mayor ímpetu, a moverse con mayor apremio. En la prisión los recuerdos eran motivo de amargura, un recordatorio constante de su error y el detonador de su culpa. En el mundo exterior los recuerdos son la chispa que exalta su mundo, brotan sin orden, como una represa que se ha roto y de la que fluyen ideas sin ritmo. Antes se aferraba a ellos con ira y violencia, ahora se baña en cada memoria sin hartarse.

Está aquí. Aquí.

Toda su ansia estalla cuando uno de los centinelas vuelve con la noticia de que la catarata está cerca.

—Hay alguien ahí—dice el muchacho y de inmediato Katsuki detiene el avance de la caravana.

El grupo que envían al frente está compuesto de cuatro personas. Eijirou, Tenya, Inasa y Katsuki. El resto se queda atrás asumiendo una postura defensiva.

Los cuatro rodean el campamento del extraño, se aproximan con cuidado comunicándose a base de cambios en su aroma. Descubren que el hombre es uno de ellos porque se endereza en cuanto percibe su presencia y de inmediato se gira en la dirección en la que se acercan.

—¿Kirishima?

La respuesta que recibe es atronadora y vibrante.

—¡Sensei!

Dos siluetas corren a su encuentro, el hombre abraza a sus discípulos con evidente alivio y los tres se toman un momento para disfrutar de su encuentro. Inasa se mantiene al margen, estudiando al recién llegado. Katsuki ni siquiera lo mira, su impaciencia burbujea dentro de él mientras no deja de mirar a su alrededor, buscando.

Esto hasta que tres voces formulan la misma pregunta.

—¿En dónde está el príncipe?

Chapter Text

Could you be dead?                                                      
You always were two steps ahead, of everyone    
We'd walk behind while you would run
I look up at your house
And I can almost hear you shout down to me
Where I always used to be
And I miss you
Like the deserts miss the rain

“Missing” by Everything but the Girl

 

Mientras corre por el bosque, a oscuras, perseguido por sombras amenazantes, la mente de Izuku no entra en un estado de parálisis o indecisión. Su mente no se nubla como la de una presa al enfrentarse a su depredador. Izuku tiene miedo, el miedo vive dentro de él, late al compás de su corazón, forma parte de su naturaleza, pero en lugar de encogerse, de paralizarse, la mente de Izuku se afila.

Si tuviera tiempo se acordaría de su padre, de lo que él solía decirle cuando era un niño.

.

“Tienes la mente de un sanador, Izuku, ante una emergencia no permites que el miedo te domine.”

“Pero yo no quiero sentir miedo. Kacchan nunca tiene miedo.”

“Porque la naturaleza de Katsuki es diferente a la tuya. Los alfa nunca sienten miedo, no está en su corazón encogerse de terror.”

“Yo quiero ser valiente, papá, quiero ser como Kacchan.”

“Ser valiente no significa que no tengas miedo, significa que posees la fuerza para hacerle frente.”

.

En ese momento Izuku no lo entendió. A sus seis años su mayor deseo era ser como Katsuki, quien era brillante e inteligente y podía hacer lo que quisiera. Katsuki, que se reía al nadar en el mar o al ascender por árboles inmensos.

Pero esos recuerdos están lejos, enterrados bajo capas de miedo y decisiones rápidas que Izuku se ve obligado a tomar mientras corre por el bosque, intentando no estamparse contra un árbol.

Ha perdido de vista a Shouto, que ciego a la situación, ha obedecido la orden de escapar. El alfa, con sus piernas largas, su impresionante agilidad, y su condición magnifica, lo ha dejado atrás sin detenerse ni una sola vez. Izuku lo sigue, guiándose por el tenue aroma a pino, sorteando ramas caídas y desniveles, guiándose más por instinto que por vista.

Aunque es perseguido, aunque no puede esperar ayuda de nadie, aunque Shouto está más allá de todo contacto, Izuku no permite que el pánico lo domine. Corre, esquiva y piensa. Piensa en lo que hará después, en la situación y en las alternativas que se presentan.

La sagaz mente de Izuku llega a dos conclusiones lógicas.

La primera es que sus perseguidores no tienen prisa en alcanzarlos. Los oye detrás de él, a veces lejos, a veces cerca, como si se detuvieran para darles ventaja antes de apretar el paso.

Para ellos es un juego, piensa Izuku mientras adapta su marcha, corre pero sin el ritmo frenético del primer tramo de persecución.

La segunda conclusión a la que Izuku llega es que van a capturarlos. Es inevitable. Ellos conocen el terreno e Izuku no. Ellos tienen armas e Izuku no. Ellos van en grupo e Izuku no; no puede contar con Shouto, quien corre por delante de él, ciego y sordo al mundo, incapaz de ofrecer resistencia o de proponer una alternativa.

Si Izuku fuera un soñador pensaría que puede vencer a sus perseguidores. Si fuera un optimista ciego creería que puede perderlos en el bosque. Si fuera un idealista esperaría a que el efecto del incienso se disipara; pero Izuku es práctico, es inteligente y sagaz… y entiende que depende de él encontrar una salida. Esa certeza activa de inmediato planes de contingencia, empieza a barajear escenarios en el que uno de ellos pueda huir.

El error de Izuku es balancear vidas. Para él, todas las vidas son preciosas, invaluables, excepto la suya. Shouto es el príncipe, y comparado con eso, su propia vida es sacrificable. Con esa idea en mente, Izuku se mueve. Lo primero que hace es extraer los frascos de loción que aun carga en la bolsa que lleva encima. Sin disminuir su marcha, Izuku estrella dos frascos juntos y los sujeta mientras el líquido de ambos se derrama sobre sus ropas y piernas hasta finalmente caer al suelo. Lanza los trozos de frasco lo más lejos que puede mientras apresura su paso desviándose ligeramente del camino que Shouto sigue.

Después de un rato repite la operación asegurándose de volver a desviarse. De vez en cuando vuelve sobre sus pasos y crea otro rastro. Serpentea sin cesar, corre esquivando raíces y rocas.

El sudor lo cubre de pies a cabeza, sus pulmones arden sin pausa y cada bocanada de aire se ha convertido en una lucha contra sí mismo. Las voces de sus perseguidores crecen conforme se acercan, Izuku supone que el juego ha terminado.

No seas un debilucho.

La voz de Katsuki lo hace apretar los dientes, aprieta su paso mientras asciende la cuesta. En cuanto llega a la parte más alta se detiene porque no hay ladera que descienda al otro lado de la colina. El mundo termina en lo que parece ser una caída limpia. No hay escapatoria.

No seas un debilucho.

Izuku se endereza y se gira para recibir a sus enemigos. Son cuatro, tres cubiertos de pies a cabeza con un uniforme negro, invisibles en la oscuridad de la noche, el cuarto viste igual pero no lleva la capucha. De cerca Izuku evalúa el delicado color dorado de su cabello y el brillante dorado de sus ojos felinos. Su sonrisa maníaca deja entrever dos colmillos carnívoros, pequeños pero letales. 

La muchacha se inclina hacia el frente en una postura de ataque inconfundible, sus manos destellan cuando se alejan de su cuerpo mostrando a la tenue luz nocturna dos cuchillas cortas con forma de medialuna. Izuku respira despacio –el miedo dentro de él se agita, crece y lo inunda hasta cubrirlo por completo– pero no retrocede.

En ese momento piensa en Katsuki, recuerdos que destellan de prisa, en apenas un segundo.

.

Cuando Katsuki entrena siempre pone la misma expresión de absoluta concentración: Cejas fruncidas, boca torcida, ojos fijos al frente. Izuku lo mira y se deleita. Se asombra de la fluidez, de la simpleza con la que realiza cada ejercicio sin importar la dificultad.

.

Katsuki de mal humor mientras esperan que su madre llegue para iniciar con las lecciones. Se mueve y gruñe, desborda energía aun estando inmóvil. Izuku bebe de él en silencio.

.

La sonrisa ladeada de Katsuki tras vencerlo en una carrera. Ni siquiera suda, a diferencia de Izuku que no deja de jadear. En ese momento parece más alto, más inalcanzable que nunca.

.

Kacchan nadando hasta la línea de corales mientras Izuku se sienta en la playa a disfrutar del sol. Conforme se aleja lo único que se distingue es su pelo rubio sobresaliendo entre la espuma blanca. Hasta que de pronto desaparece y no se le ve más.

El interior de Izuku se contrae, sin darse cuenta está de pie acercándose a la orilla. Su miedo, el miedo de nadar en un mar embravecido, late dentro de él aferrando su corazón, pero ni eso le impide sumergirse.

Kacchan emerge del mar, sosteniendo entre sus manos algo –¿una caracola?–, pero al verlo su expresión se endurece.

¡Deku, ¿qué estás haciendo aquí?!

.

La respuesta que Izuku no consiguió formular ese día, por culpa de una ola imprevista que lo hundió sin aviso, era una frase simple, llena de la convicción que poseen los niños: Vine a buscarte.

Ese día Izuku fue plenamente consciente de la certeza que vibró en su corazón y se asentó para siempre dentro de él.

Cruzaría el mar para buscarte, Kacchan.

Ese último recuerdo lo llena de melancolía. La nostalgia que lo golpea no es nueva, pero sigue poseyendo la fuerza demoledora que lo deja sin aliento. No importa a donde vaya, Katsuki no estará ahí.

No seas un debilucho.

Su cuerpo reacciona, se aparta del cuchillo que asciende hacia él e inmediatamente lanza un puñetazo contra su adversario, un ataque que vio a Katsuki repetir día con día mientras entrenaba… pero su golpe carece de la precisión, la fuerza y la técnica que un luchador se esfuerza por pulir día con día. En otras circunstancias, enfrentado con enemigos de menor nivel, Izuku podría ofrecer un combate digno, pero ahí, frente a esa mujer soldado, entrenada para matar, Izuku es derrotado sin gloria.

Termina en el suelo, con el peso de la mujer encima suyo, y el cuchillo curvo apretado contra su cuello.

—¿Y tu amigo?,—pregunta la mujer mientras Izuku aprieta los labios y se sacude, sin éxito. Ella se ríe y alza el rostro para mirar a sus compañeros—Búsquenlo.

Izuku se debate con fuerza, pero ella mantiene las rodillas plantadas contra la tierra sin perder su sonrisa.

—Así que el truco de los frascos fue para ocultar que tomaron caminos separados, ¿eh?... una pérdida de tiempo. Lo encontraré. Igual que los encontré antes. Han sido muy escurridizos… pero creo que me alegra que el incienso no les hiciera efecto, han hecho mi caza aún más interesante.

—¿Qué incienso?,—inquiere Izuku con voz tensa esperando que ella le ofrezca detalles específicos, pero en lugar de responderle la mujer se ríe a carcajadas.

—¿Vienes aquí sin saberlo?... Ahora ya no importa.

La mujer sujeta su cara y lo fuerza a mirar primero a la izquierda y luego a la derecha, cuando termina se toma su tiempo para mirarle las manos y los brazos. En cuanto entiende lo que está buscando, Izuku se debate con más fuerza asegurándose de sacudir vigorosamente ambas piernas. Su treta funciona porque la atención de la mujer se posa de inmediato en la venda.

—Justo lo que pensé—dice la mujer ofreciéndole otra sonrisa afilada—Tienes suerte, ahora podrás conocer al General.

Antes de que Izuku pueda preguntar lo que eso significa, la mujer descarga el mango de su cuchillo contra su cabeza. El mundo de Izuku se convierte en un manto negro.

 

[…]

 

Despierta con dolor de cabeza y nauseas. Su cuerpo entero se balancea de un lado a otro en un ritmo constante. Al enderezarse se percata de la soga en manos y piernas, de la tirantez en los hombros y las caderas, y del aroma a sudor que emana del cuerpo bajo él.

Izuku descubre que viaja como un saco de verduras sobre el lomo de una bestia que no ha visto nunca. Es inmensa, con seis patas que terminan en afiladas garras y una constitución maciza de grandes huesos. Cuando intenta enderezarse se da cuenta que lo han amarrado a la silla de montar mientras el jinete azuza a su montura sin pausa, avanzan tan de prisa que el paisaje es una mancha de colores indistinguibles.

La visión agudiza su mareo así que Izuku se deja caer contra el lomo de la bestia torciendo ligeramente el cuello para que su nariz no esté directamente sobre el pelo corto de color castaño. La posición, el aroma, y el dolor no ayudan a calmar su estómago.

Cuando nota el sabor de bilis en la garganta Izuku aprieta los dientes y se esfuerza por recordar el aroma del mar. Con dificultad consigue evocar la sensación de la brisa que sopla a media-tarde cuando el sol está en lo alto en las bochornosas y asfixiantes tardes de verano. Se acuerda del calor pesado y húmedo en los largos días, en el viento enrarecido del mar que los obligaba a meterse en los estanques lejos del sol, ocultos en cuevas a todo lo largo de la zona montañosa.

Se acuerda de la piel pegajosa, del sudor que corre por su espalda como si acabara de bañarse. Se acuerda de Katsuki, sentado en el suelo comiendo melón mientras el sudor se acumula en sus clavículas y su nuca.

El recuerdo vuelve a él sin esfuerzo e Izuku se aferra a la imagen. Frunce el ceño con los ojos cerrados e intenta dotar de nitidez al recuerdo.

.

Acaba de cumplir once años, el cielo carece de nubes que amortigüen al sol abrasador y el aire caliente vuelve imposible refrescarse, así que ambos han huido a las cuevas al otro lado de la playa. Ahí el viento es fresco y el agua está fría.

Kacchan come sentado con los pies en el agua, indiferente, silencioso. Sentado junto a él, Izuku lo mira conteniendo las ganas de extender la mano y posarla sobre la nuca de su amigo. Lo ha hecho antes, nunca se ha contenido cuando se trata de tocarlo… pero ahora es diferente. Ahora es plenamente consciente de la descarga que su cuerpo recibe cuando toca a Kacchan. Y cada vez que la siente se acuerda de sus hojas sin flores.

Izuku aprieta los puños mientras se concentra en su comida. Desde ese día en adelante se cuidará de mantener las manos quietas.

.

Con los ojos cerrados Izuku aprieta los puños e intenta encontrar una postura más cómoda, pero el esfuerzo es en vano; al final se contenta con relajar el cuerpo mientras piensa.

Fue el verano del año anterior a que Kacchan iniciara su entrenamiento en el mar fue el último verano que pasamos en las islas antes de que nos capturaran.

Sus recuerdos del ataque son fragmentos llenos de miedo e incertidumbre, de hecho, casi no tiene memorias de los días previos al secuestro. No consigue recordar cosas que Katsuki y él hicieron en esos días.

Recuerdo que comí con Mitsuki…, pero no recuerdo que Kacchan estuviera ahí.

Izuku se esfuerza, pero ningún recuerdo acude a él, al final el cansancio lo invade y termina cayendo en un estado de duerme vela del que despierta cuando finalmente la bestia se detiene. El soldado que viaja con él lo deja caer al suelo sin cuidado. Izuku se encorva de dolor, con las manos y piernas entumidas por la falta de circulación.

La parada tiene como finalidad que el jinete y la bestia descansen, coman y duerman una pequeña siesta. En todo ese tiempo Izuku es atado a un árbol, sin agua ni comida.

El cansancio y el hambre provocan que Izuku duerma sin sueños, demasiado exhausto para que su cerebro conjure imágenes tortuosas. Duerme a intervalos regulares y cada vez despierta con un sobresalto, desorientado y adolorido. En algún momento empieza a llover, gotas de agua fría que lo empapan de pies a cabeza. Izuku despierta presa de una sed voraz, alza el rostro y bebe hasta que su garganta duele.

Cuando paran a la segunda noche el estómago de Izuku ruge sin descanso, tiene un dolor de cabeza incesante y cada vez que cierra los ojos ve manchas de luz brillante titilar tras sus párpados en formas indefinidas, cada una de ellas adaptándose al ritmo de su corazón. Su ropa está tan empapada que se pega a su cuerpo como una segunda piel. Sus muñecas descarapeladas pulsan sin dejar de sangrar. Lo peor de todo es el frío, afilado y cortante que cubre su cuerpo, lo hace creer que nunca volverá a sentir la tibieza del mundo. Cuando esa noche lo atan al árbol, a merced de la lluvia, Izuku está seguro de que no despertará.

 

[…]

 

Pero lo hace.

—…ey… hey… muchacho, ¿me oyes?, hey…

Despierta en el suelo de una celda negra pobremente iluminadas. Tiene que parpadear varias veces hasta que las paredes dejan de verse brumosas. La voz que no deja hablar suena distante, amortiguada por algodones. El calor que emana de su cuerpo dificulta su audición, el mundo es sofocante y silencioso. Izuku cierra los ojos, se lame los labios que encuentra resecos y ligeramente hinchados. Las motas de luz han desaparecido, han sido reemplazada por una negrura absoluta.

La conciencia de Izuku no consigue aferrarse al mundo.

 

[…]

 

La siguiente vez que despierta está temblando. Hace tanto frío que sus dientes castañean, nota los dedos helados y las piernas rígidas. Cuando se gira, en un movimiento instintivo para conservar el calor, se da cuenta de que tiene piernas y manos libres de las ataduras.

El pensamiento se pierde ante la sensación helada que sacude su cuerpo.

—Muchacho

Endereza el cuello para ver a la persona que habla mientras aprieta los brazos contra su cuerpo.

—¿Estás bien?

Izuku le contesta que sí.

—Muchacho, ¿me oyes?, ¿tienes frío?

Izuku vuelve a decirle que sí.

—¿No puedes hablar?

Izuku piensa que la conversación es absurda, y así se lo dice. Solo entonces se da cuenta de que no consigue decir nada. Lo intenta y no puede. El frío se lo impide.

—¿Tienes sed?,—pregunta el hombre extendiendo un trozo de algo desconocido en su dirección.

Izuku lo mira sin dejar de temblar; no puede responderle, mucho menos extender un brazo para tomar lo que le ofrece. En un intento por recuperarse Izuku cierra los ojos y se concentra en luchar contra frío.

Frío, frío, frío.

 

[…]

 

Despierta al sentir el tirón en su ropa, la sensación de la piedra raspando su espalda y el movimiento del techo barren todo pensamiento racional. El pánico bulle en él como burbujas de agua hirviendo, se arremolinan en su interior y lo ahogan. Eso hasta que una repentina frescura le toca la frente y las mejillas. Cuando Izuku consigue enfocar su vista se encuentra frente a una sonrisa amable y unas manos delgadas increíblemente gentiles.

—Por todos los dioses, muchacho, estás ardiendo en fiebre.

La voz está dotada de tal calma y bondad que Izuku se relaja. Se queda acostado boca arriba, con la cabeza tocando los barrotes que separan ambas celdas. Con su pánico bajo control, Izuku se toma un momento para estudiar el rostro esquelético de ojos azules, los ojos azules más compasivos que ha visto nunca.

—Es una suerte que te movieras en sueños, de lo contrario nunca te habría alcanzado.

La respuesta de Izuku es mirar, embotado por la pesadez de su cuerpo.

—¿Entiendes lo que te estoy diciendo, muchacho?

Izuku le dice que sí.

—A ver, abre la boca.

Izuku obedece, es vagamente consciente del tazón astillado que se presiona contra su labio inferior, lo que consigue despertarlo es el fresco líquido que se desliza hacia su boca. Izuku bebe con tanta ansia que si dependiera de él lo habría vaciado de un solo sorbo, pero el hombre se toma su tiempo y lo hace con tanto cuidado que son pocas las gotas que se resbalan por su mejilla.

—Ya está, ¿mejor?,—le limpia las gotas de agua con su pulgar y presiona la frente contra los barrotes—¿puedes hablar?, ¿cuál es tu nombre?

Izuku lo intenta de nuevo.

—…zzzku…

—Suku, ¿te llamas Suku?... Pues bien, Suku, llevas inconsciente desde que te trajeron. Eso fue esta mañana. Veo que vienes empapado, ¿está lloviendo?,—Izuku gime—Bien. No, no te muevas. Estás demasiado débil, ¿cuándo fue la última vez que comiste?, ¿no lo recuerdas?... Está bien. No te preocupes. Vaya, viéndote de cerca me doy cuenta de lo joven que eres, ¿quién ha sido el necio que te ha mandado aquí?... Muy bien, hablaremos de eso cuando te recuperes. Por ahora necesitas beber mucha agua. También tienes comer.

Le ofrece una pasta suave, sin sabor, que Izuku traga con muchísimo esfuerzo.

—Tenemos que quitarte esta ropa mojada. Te envolveré en mi manta para que recuperes el calor.

Al sentir las manos sobre su camisola, Izuku reúne lo que le queda de fuerza para extender la mano y sujetarlo, pero su esfuerzo resulta inútil pues el hombre se zafa sin problema y alza la parte inferior de su camisa.

—…oh

El miedo de Izuku se dispara, aprieta la boca y se prepara para lo peor; pero en lugar de llamar la atención, el hombre apoya el rostro contra los barrotes y le susurra en voz baja.

—Todo está bien… tranquilo. Traeré mi manta, te envolverás en ella mientras te quitamos la ropa. En cuanto esté seca podrás usarla de nuevo. No tengas miedo. Cuidaré de ti.

En un intento por calmarlo, el prisionero le acaricia el pelo con muchísima ternura hasta que Izuku finalmente asiente en conformidad; antes de que el hombre se aleje, Izuku reúne la fuerza para preguntarle.

—¿…quién…?

El hombre de ojos azules susurra: —Mi nombre es Yagi.

 

[…]

 

Sin la ropa, envuelto en una manta de algodón áspero, Izuku es consciente de su cuerpo helado; la sensación es inexpresable siendo que su interior se deshace por el calor que perla de sudor su frente. Durante horas, días, años –su percepción del tiempo se encuentra dañada– Izuku entra y sale de un estado consciente.

A veces encuentra a Yagi dándole masajes en los músculos, calentando su piel a base de fricciones y movimiento, en otras ocasiones despierta en la isla, junto a su madre, que le pone una mano en la frente y le sonríe con su amor inagotable.

La fiebre provoca que Izuku se sumerja en un mar de recuerdos negros. Pesadillas, memorias, alucinaciones, todas se entremezclan en su mente hasta que resulta imposible distinguir la verdad de la mentira.

.

Katsuki en medio de un mar negro.

Izuku corre hacia él, pero al acercarse el agua oscura se alza hasta cubrirlo por completo.

—¡Kacchan!

—Quédate ahí, Deku

—¡Kacchan!

.

Los gladiolos en el pecho de Kacchan son de un inconfundible rojo escarlata. Izuku sueña con tocarlos, pero cuando extiende la mano sus dedos se manchan de sangre. Al alzar los ojos, el hombre de piel purpura le sonríe mientras su cuchillo atraviesa el pecho de piel alabastrina.

—¡Kacchan!

.

—¡¿Cuál es tú problema?!—Katsuki se acerca y extiende la mano hacia el nudo de su cintura—¿Tienes una flor tan fea que no quieres que nadie la vea?

Izuku reacciona con ira. Manotea la mano que se acerca y retrocede; las lágrimas arden en sus ojos.

.

Cuando extiende la mano para tocar la espalda de Kacchan, éste se deshace entre sus dedos como si fuera arena que ha perdido firmeza. Izuku se encuentra perdido, en medio de la oscuridad.

.

—¡Corre!

Kacchan se da la vuelta y lo empuja. Izuku consigue dar tres pasos antes de tropezar. Cae con las manos por delante y se gira a tiempo de ver a Kacchan saltar sobre el hombre con el lazo, pero de inmediato cae al suelo, inconsciente.

—¡Kacchan!

.

Está de cuclillas junto a Kacchan, pierna contra pierna, hombro contra hombro, frente a un campo de flores azules de centro amarillo. Lo ve mover los labios, pero no consigue entender lo que dice.

—¿Qué?,—le pregunta en voz alta

La respuesta que recibe es un brazo extendido que señala las flores. La boca de Kacchan se mueve, pero no hay sonido que provenga de ella.

—¡No te oigo!

Cuando intenta tocarlo un feroz remolino lo ciega.

.

Abre los ojos y ve a Kacchan sentado en una celda oscura. Sus ojos escarlatas brillan como brasas incandescentes.

—¿Kacchan?

La expresión de feroz aberración en el rostro de su amigo se oscurece.

—Me abandonaste.

—¡No!

—¡Te rendiste!

—¡No!

Cuando intenta avanzar Izuku cae por un abismo insondable.

.

Despierta con la respiración entrecortada, las manos frías y el cuerpo adolorido. Toma bocanadas cortas hasta que consigue calmarse, y aun así se siente al borde del abismo, lleno de amargura, decepción y duelo. Se encoge en sí mismo tomando nota de cada músculo adolorido y cada punto de dolor. Con calma ordena sus recuerdos de los últimos días, la mayoría son fragmentos que combinan pesadillas y realidad sin un orden especifico, el resto son imágenes de Yagi velando su sueño, ofreciéndole agua fresca y comida o simplemente cuidando de él.

—Sobreviviste.

Izuku se mueve con cuidado, tiene que luchar contra el desconsuelo que palpita dentro de él. Gira la cabeza hasta que sus ojos se posan en el hombre sentado con el hombro apoyado en los barrotes que separan ambas celdas.

—¿Qué día?,—su voz es un jadeo corto, casi inaudible

—No sé la fecha exacta, pero han pasado cuatro días desde que te trajeron. Tu fiebre empeoro esa noche y no dejo de subir. Temí que no lo lograrías, pero aquí estas.

—¿Dónde—hace una pausa, traga, se aclara la garganta y lo intenta de nuevo—est… est… agg?

—Estamos en las celdas subterráneas de la Ciudadela, Suku.

—¿Suku?

—¿No es ese tu nombre?

—No, me llamo Izuku.

Con muchísimo cuidado Izuku se levanta; al apoyar las manos en el suelo sus muñecas se resienten. Alguien –supone que Yagi– las ha lavado y limpiado, pero el malestar continúa. Al sentarse Izuku tiene que cerrar los ojos para soportar el repentino mareo que lo sacude. Gime de dolor y exhala con lentitud hasta que está seguro de que no va a desmayarse.

Concéntrate en respirar, se dice con firmeza decidido a borrar las pesadillas de su mente.

Abre los ojos y ve que la celda posee una pared piedra en la parte trasera, a los lados barrotes de metal separan una celda de otra –la celda de la izquierda está vacía– y la puerta es una monstruosidad gris con una simple rendija a tres pies del suelo por donde se cuela la luz de las antorchas. También hay un manojo de paja maloliente en la esquina y un balde sucio junto a la puerta.

—¿Cuatro días?,—pregunta Izuku mientras acepta el tazón de agua que Yagi le da.

—Sí. Esta es la noche del cuarto día.

—¿Han traído a alguien más?

—Solo a ti, ¿viajabas con alguien? ¿con Kacchan, tal vez?

La cabeza de Izuku gira tan rápido que su cuello cruje. Dentro de él crece una emoción indefinible, una emoción asfixiante. Es abrumadora y densa y desata la sensación de melancolía que va asociada a ese nombre. Sus barreras, aún frágiles por la fiebre, se tambalean.

—¿Qué has dicho?,—¡Me abandonaste!

—Kacchan—repite Yagi y de alguna forma el nombre suena terrible en sus labios, como una indiscreción en voz alta. Izuku quiere corregirlo, pero no puede—Es el nombre que no dejabas de repetir mientras delirabas en fiebre. 

La burbuja dentro de él estalla dejándolo vacío y hueco, recuerda los ojos escarlatas como brasas incandescentes. ¡Me abandonaste!

—Pesadillas—responde Izuku bebiendo el agua de un tirón, se atraganta y la tos le da una excusa para recomponerse.

—¿Fue su idea que te dibujaras una orquídea en la pierna?

Izuku cierra los ojos, se siente débil, drenado emocionalmente e incapaz de concentrarse en otra cosa que no sea la imagen de Kacchan siendo devorado por un mar negro.

—¿Fue su idea?

No, quiere decirle, no fue su idea, él ya no existe, pero no consigue verbalizarlo. En su lugar pronuncia una frase quebrada, débil, que suena más a lamento que a orden. 

—Por favor, deja de hablar de él.

Devuelve el tazón vacío y se acuesta lentamente. El cansancio cae sobre él como un mazo de hierro; vuelve a sentirse enfermo, aunque sin fiebre. Encoge las piernas contra su pecho y cierra los ojos. Está vez duerme libre de pesadillas y alucinaciones, en su lugar sueña con prados de un azul brillante.

 

[…]

 

Me acordaría de ti aunque no tuviera ni una sola flor azul, Katsuki.

 

[…]

 

Abre los ojos y parpadea.

¿Katsuki?

Está seguro de que nunca ha dicho su nombre en voz alta, pero el sonido de su propia voz pronunciando esa palabra es un eco que silba en sus oídos con una claridad asombrosa. Por alguna razón piensa en flores azules de pétalos diminutos y por más que lo intenta no consigue recordar su nombre. Se esfuerza, pero es inútil, el sueño es difuso y se deshace entre sus dedos cuando intenta recrearlo. Lo único que se queda con él es esa frase.

Pese a todo ahora se siente mejor, menos vulnerable que la vez anterior, menos frágil. Sigue convaleciente, pero tiene la mente despejada, sus ideas son más complejas, y la situación toma forma frente a sus ojos. La sensación de melancolía sigue ahí, es un sabor amargo, un peso dentro de él, pero no es paralizante.

El recuerdo de la expresión de Kacchan al decir “Te rendiste” lo impulsa en lugar de destrozarlo.

Cuando su bandeja de raciones aparece por la rendija de la puerta, Izuku extiende las manos y retira la comida antes de que desaparezca. En el plato encuentra la misma papilla que Yagi le dio, un tazón de agua, y dos trozos de pan enmohecido.

Su hambre no hace concesiones, raspa las partes enmohecidas del pan y se asegura de que el interior siga bueno, después lo parte en rebanadas que unta con la papilla. Se come dos rebanadas despacio, masticando con calma pese a la urgencia que siente. Toma un poco de agua y espera. Para pasar el rato lava con un poco de su preciosa agua potable las heridas de sus muñecas, deshace la venda de su pierna para estudiar el daño causado por la humedad y vuelve a vendarla asegurándose de que la tela se quede fija.

Después de asegurarse que su estómago no se rebela, Izuku se come otras dos rebanadas y vuelve a esperar. Le han quitado los zapatos así que se entretiene calentando los dedos de sus pies con su manta roída, mientras hace eso su vista se desvía hacia la derecha, puede ver que hay otros tres prisioneros en celdas contiguas a la de Yagi. A su izquierda la celda está vacía, hay un prisionero en la celda que sigue y después otra jaula vacía.

Tras dos pausas para comer, y mientras mastica su última rebanada de pan, Izuku se levanta para espiar por la rendija de su puerta. Al frente hay otra hilera de puertas iguales, el techo es de piedra enmohecida y por primera vez detecta el toque de humedad que impregna el ambiente.

—¿Hay ríos o lagos cerca de aquí?,—pregunta en voz alta y se gira para mirar a Yagi.

—Hay un río.

—¿Nace o desemboca en la presa de Hosu?

—Nace de ella.

—Entonces desemboca en el mar.

—¿Conoces la región?

—Solo en mapas. Memoricé la posición exacta de las fortalezas, las aldeas y las prisiones cuando emprendí mi viaje. Si dices que hay un río cerca que nace de la presa, entonces nos encontramos en el canal que utilizan para transportar hacia el mar los barcos que construyen.

—¿Por qué es importante?

—Porque conozco a alguien que trabaja aquí.

 

[…]

 

“Aléjate de las costas, Midoriya… no te acerques a menos que no tengas otra opción. Si llegan a capturarte te enviarán a la Ciudadela, ahí tengo un amigo que puede ayudarte. Él trabaja en las celdas subterráneas, le pediré que esté al pendiente de los prisioneros que llegan, pero debes entender que no existe garantía de que pueda ir a verte.”

 

[…]

 

Cuando el guardia regresa para la comida de la tarde, Izuku está listo.

—Este ha sido un Banquete Oscuro.

El celador lo manda a callar y se aleja maldiciendo entre dientes. Izuku se aparta de la puerta y vuelve a sentarse con la espalda apoyada contra los barrotes.

—¿Y ahora?

—A esperar.

El hambre vuelve más fuerte que nunca, su estómago se retuerce impaciente e Izuku no puede calmarlo. Para distraerse cuenta las doscientas dieciséis líneas en el techo de su celda, le da masaje a sus muñecas lastimadas y procura estirarse con cuidado. Después deja vagar sus ojos por la celda hasta posarlos en Yagi.

—Gracias por ayudarme.

Se lo dice con sinceridad, puede ser que incluso con afecto, y Yagi sacude la cabeza quitándole importancia.

—Eres demasiado joven para estar aquí.

—A ellos no les importa la edad que tengas.

Yagi asiente en silencio y la conversación muere ahí. Izuku sigue mirándolo, estudiando sus rasgos delgados, sus pómulos marcados y sus dientes afilados. Tiene el aspecto de alguien que ha perdido peso de forma continua, sin pausa. Aunque el enviciado aire de la celda hace parecer que todos huelen igual –una mezcla de sudor, suciedad, podredumbre y zozobra–, resulta imposible esconder el aroma que pertenece a cada uno, flota entre ellos de forma tenue e Izuku se permite estudiarlos en silencio.

—¿Por qué estás aquí?,—pregunta Yagi de pronto.

—¿Por qué estás tú aquí?

—Yo no soy un omega haciéndose pasar por un beta.

—No, eres un alfa haciéndose pasar por un beta. Al principio creí equivocarme porque no tienes marca, pero no. Eres un alfa. ¿Ellos lo saben?

—Eres muy observador, muchacho. Sí, ellos lo saben, estoy aquí porque él se aburrió de mí.

—¿El General?

—De vez en cuanto me visita, pero el resto del tiempo me deja en paz.

—¿Y tu marca?

—Solía estar aquí—su huesudo dedo señala su torso desnudo donde una terrible cicatriz cubre casi todo su lado izquierdo—Era una flor de olivo y se extendía desde mi hombro hacia mi costado. Tenía pequeñas flores blancas con un toque de dorado en el centro de sus pétalos. Había decenas de racimos blancos… mi pueblo la consideraba la flor de la paz. Ahora ya no está.

—¿Qué pasó?

—La perdí.

—¿Cómo?

—Me la quitaron. Ahora se exhibe como trofeo en la pared de Tomura Shigaraki.

—¿Quién?

—…por tu bien deseo que nunca llegues a conocerlo. Ahora bien, cuéntame, ¿cómo llegaste hasta aquí? 

Izuku suspira, se masajea con calma los dedos de las manos y se lo cuenta, sin prisa y con todos los detalles que tiene. Y como no puede ser de otra manera empieza hablando de Kacchan.

 

[…]

 

Me acordaría de ti aunque no tuviera ni una sola flor azul, Katsuki.

 

[…]

 

La narración de Izuku se interrumpe casi al final. Frunce el ceño e intenta recordar cuándo y dónde escuchó esa frase.

—…y decidiste sacrificarte en su lugar.

Izuku lo mira, parpadea—¿Eh?... sí… no, quiero decir. No fue un sacrificio. No sé si mi plan tuvo éxito o no—suspira Izuku sin dejar de examinarse las heridas de las muñecas, apartando el recuerdo de las flores azules—Estoy seguro de que cubrí su rastro y de que le di suficiente tiempo para alejarse. Quiero creer que está a salvo.

Yagi asiente, pensativo.

Esa noche Izuku duerme poco, con el estómago vacío, la mente llena de ideas y la firme decisión de salir de ahí.

La rutina en las celdas es aburridísima, el pesado ambiente lo adormece durante casi todo el día, cuando está despierto platica con Yagi, que se interesa por su deseo de ser sanador y muestra interés por su estancia en la tierra de Overhaul. Dos veces al día un guardia llega a darles de comer, en casa ocasión Izuku repite el santo y seña, sin cambio alguno.

En la quinta visita Izuku conoce por fin al amigo de Tokoyami.

—Este ha sido un Banquete Oscuro—repite Izuku por inercia sin alzar los ojos.

—Nuestro Amigo es un Ser Nocturno.

De rodillas frente a su puerta, Izuku se inclina para ver a su celador. Es un hombre altísimo y fornido, con seis musculosos brazos en los que carga las bandejas de comida, pelo de un platinado brillante y una bandana que le cubre gran parte de la cara.

—¿Tentakoru?

El hombre se inclina para espiar por la rendija, sus cejas se enarcan al ver a Yagi pegado junto a los barrotes.

—Es un amigo—explica Midoriya con apremio y en voz baja—Confío en él, Tentakoru.

—Le dije a Fumikage que no me llamara así. Es Shoji.

Su voz posee un ritmo alto, casi juguetón, y curiosamente no proviene de su boca sino de uno de los apéndices que se acerca a la rendija para susurrar; aunque la pañoleta de color azul le cubre media cara es fácil identificar cuando se ríe porque los bordes de sus ojos negros se arrugan.

Sin poder evitarlo, Izuku sonríe.

—Hola, Shoji. Gracias por venir.

—Había empezado a creer que nunca te conocería, Midoriya. Fumikage escribió muchas cartas sobre ti. Y fue muy insistente al pedir que me mantuviera al tanto de los nuevos prisioneros.

—¿Cómo está él?

—Su última carta llego hace varias semanas. En ella me decía la fecha de tu partida, también me avisaba de su reclutamiento. Ahora es imposible saber en dónde está.

Midoriya se sacude la repentina nostalgia y se concentra—¿Puedes ayudarme, Shoji? Necesito salir de aquí.

—Fumikage te habrá dicho que yo no puedo sacarte de aquí… pero le prometí que haré todo lo que este a mi alcance para ayudarte. Ahora escucha bien porque no me queda tiempo: En dos días harán una prueba con todos los prisioneros que están aquí. La prueba se hará al aire libre, en ese momento tendrás que huir. Deberás alejarte hacia la frontera Overhaul, o si lo prefieres internarte en las montañas, de ninguna manera te dirijas hacia el mar, hay tropas por todas partes y aunque tu gente tiene a sus naves acordonando la zona corren rumores de que la mayoría de los suyos están muertos. Tu mejor opción es volver a Overhaul…

—Pero…

—Es todo. Ahora toma tu comida, he puesto doble ración para ti. Volveré en dos días.

Izuku lo ve marchar y se queda junto a la puerta hasta que todo queda en silencio. Durante un momento se queda quieto, después acomoda su comida en el suelo, se arrodilla con un trozo de roca suelta y empieza a perfilar una versión improvisada de los mapas de Tokoyami. Cuando termina de marcar el suelo, acomoda los trozos mohosos que le ha quitado al pan para delimitar las fortificaciones que recuerda.

—Aquí está el río—murmura entre dientes mientras su cerebro corre frenético analizando posibilidades y escenarios—no puedo cruzarlo, incluso a nado me arriesgo a ser arrastrado por la corriente. Podría seguir río arriba, alcanzar la presa y buscar una zona donde el cause sea menos bravo, pero… ¿de verdad quiero volver a Overhaul? Me pase años intentando salir de ahí. Volver ahora sería regresar, con la excepción de que Tsuyu no está ahí. Ni Fumikage. No puedo bajar, no sin un barco, y si lo hago a pie me arriesgo a ser descubierto. Hay muchas aldeas alrededor de este río. No puedo atravesar Hosu sin ayuda, especialmente si las tropas del General están desplegadas, no hay forma de que pueda llegar a la costa a salvo. Solo me queda subir a las montañas, una vez ahí puedo atravesarlas e intentar llegar hasta el desierto. Kamui dijo que subiría a esconderse a las montañas. También dijo que tenía un amigo ahí. ¿Cuál era su nombre? Espie. Esnie… vamos, cerebro, recuerda…. Snipe. Sí. Snipe. Si puedo encontrar a Snipe él puede guiarme con Kamui. Con él puedo enviar un mensaje a Aizawa para informarle de mi posición. Es la opción más lógica.

Casi sin pensar Izuku extiende la mano, toma uno de sus trozos de pan, lo sumerge en su papilla y empieza a mascar sin que sus ojos dejen de recorrer el mapa.

—Eres excepcional.

La voz de Yagi lo arranca de su pequeña burbuja y se gira para mirarlo.

—Serás un excelente sanador.

—Gracias.

—No, gracias a ti por recordarme que aún hay cosas por las cuales luchar. Gracias por recordarme quién soy y qué estoy haciendo aquí.

—¿Qué?

—No te he dicho toda la verdad, muchacho… Creí que te estaba protegiendo. De dónde vengo a los omega se les cuida, se les mima, ya que la vida en mi tierra es difícil y nuestro pueblo asume la responsabilidad de mantenerlos a salvo. No muchos de ellos nacen en cada generación, no muchos sobreviven, aquellos que lo hacen se casan jóvenes y se dejan agasajar porque es lo único que conocen.

—De donde eres Yagi.

—Mi nombre es Toshinori Yagi

Durante un momento Izku se queda quieto, repasando el nombre, intentando que las sílabas tomen sentido en su cabeza. Eso hasta que recuerda a Aizawa y la misión que le dio a Tenya.

—Eres el antiguo líder de las Tribus Bárbaras.

—Lo soy. Cuando escuche tu relato quise decirte la verdad, pero eso solo te pondría en peligro.

—¿Por qué?

—Te contaré toda la historia, pero primero tienes que prometerme que enviaras un mensaje a mi hogar. Le dirás al joven Togata exactamente lo que voy a decirte. Solo a él y a nadie más.

—¿Por qué?

—Porque ellos te asesinaran si repites lo que has oído aquí.

—¿Repetir qué?

—Quiero que escuches con atención. Voy a decirte quién es el General y cuál es su propósito que busca.

—¿Lo conoces?

—Por desgracia una vez le perdone la vida.

 

[…]

 

Dos días después Izuku se despide de Yagi en voz baja agradeciéndole haberle salvado la vida.

—Cuídate muchacho… y recuerda valorar tu vida como valoras la de los demás.

Izuku es transportado de las celdas individuales a la parte trasera de un carromato. Otros ocho adultos viajan con él, todos ellos lo miran con horror al comprobar su edad y al aspirar el delicado aroma a menta que emana de él.

Después de un viaje relativamente corto la puerta se abre y varios adultos se posicionan frente a Izuku en un gesto instintivo. Cuando nada sucede todos se mueven lentamente hacia la salida.

En cuanto está afuera Izuku se da cuenta de tres cosas en rápida sucesión. La primera es que hay demasiada luz. La segunda, cuando sus ojos se acostumbran al resplandor, es que Shoji no está en la línea de guardias, y la última es que su cuerpo sigue tembloroso debido a la fiebre. Eso o que no ha comido suficiente.

—El General es magnánimo—grita uno de los oficiales que los mira a una distancia prudencial. En el grupo hay como quince, todos ellos altísimos y feroces—Les ha concedido la oportunidad de recuperar su libertad. Si consiguen escapar serán libres… y bien, ¿qué están esperando? ¡VAMOS!

Su grito pone a todos los adultos beta en movimiento. Izuku los sigue, en la misma dirección, porque está decidido a perder a los guardias de vista antes de separarse.

El grupo de guardias se queda atrás, junto al carromato, al frente hay un camino de tierra que comienza a torcerse a la izquierda hasta una curva pronunciada, a la derecha hay una caída de varios metros y del otro una pendiente pronunciada cubierta de árboles.

Izuku y su grupo se desvían a la izquierda y empiezan a ascender. En apenas quince metros Izuku empieza a notar los claros signos de desgaste tras un ayuno prolongado.

No llegan muy lejos.

Al principio Izuku está seguro de que es niebla, tenue y de un gris clarísimo que solo se distingue por la sombra de los árboles, pero entonces lo huele y se detiene, porque tiene un aroma agrio. Salvaje. Está intentando identificarlo cuando el primer Beta cae. Ocurre frente a él e Izuku se mueve antes de que pueda procesar lo que hace. Se inclina junto al hombre y se aparta cuando empieza a convulsionarse. No pasa mucho antes de que una espuma blanca empieza a brotarle de la boca para después quedarse quieto.

Izuku le toma el pulso y no lo encuentra.

Otros empiezan a gritar, se sujetan la cabeza con las manos y cuando Izuku los mira nota la sangre escurriendo por sus ojos y nariz. Al hacer una rápida revisión Izuku detecta tres más con convulsiones mientras el resto grita.

El incienso. Shoji dijo que harían una prueba con nosotros. Está es la prueba. Es droga para beta. Es un incienso para matar a un beta.

El instinto de Izuku lo hace querer arrodillarse junto a sus compañeros para ayudar, mira a su alrededor horrorizado.

No seas un debilucho.

Izuku corre, sigue ascendiendo con dificultad sin detenerse. Encuentra a Shoji en la cima, con una bolsa de viaje.

—Empaque provisiones y otras cosas que te harán falta. Tienes una hora, tal vez dos, antes de que los guardias se den cuenta de que falta uno. Aún entonces buscaran por los alrededores así que corre y no te detengas.

—Gracias, Shoji.

—¡Corre!

Con las prisas, con las imágenes de los hombres beta convulsionándose en el suelo aún frescas en su mente, Izuku se olvida de decirle a Shoji su plan de alcanzar la zona montañosa.

De haberlo hecho Shoji le habría advertido lo que se encuentra ahí.

Chapter Text

Kouji Kouda no puede hablar, pero él no se considera a sí mismo ni miserable ni desafortunado. Ha tenido la suerte de vivir siendo que son incontables los casos de madres y familias que se desentienden de los niños considerados “anormales”. Es cierto que nunca conoció a sus progenitores, pero tiene a un padre al que ama muchísimo, el mismo que lo encontró en el bosque, le dio un hogar y lo crío con el resto de sus hijos.

Si pudiera Kouji llamaría “papá” a Ken Ishiyama, pero no puede así que se contenta con obedecerlo. A cambio Ken le confía cosas que no comparte con el resto.

—¿Estás listo Kouji?,—pregunta Ken en cuanto cruza la cortina que separa su cuarto de la sala de estar.

Kouji asiente y responde. No puede hablar, pero sus cuerdas vocales son capaces de emitir sonidos desafinados, sonidos que ha ido perfeccionando con el tiempo. En la aldea sus amigos son capaces de identificar el soplido de aire que va asociado con el deleite de aquel que expresa sorpresa. 

El sonido que emite frente a su padre es un incuestionable.

—Bien—responde Ken entregándole un paquete de alimentos y otra mochila más grande—Según el mensaje que Kamui envió con Mina, él y los espías salieron ayer. Kamui te estará esperando en el almacén que usas para tus mascotas. Debió llegar ayer, así que dale la mochila y déjalo ir.

Un sonido gutural, esta vez una pregunta, al mismo tiempo Kouji levanta la mano e imita la forma de una serpiente con ella.

Ken sacude la cabeza.

—No te preocupes por Shuichi, él viene a verme a mí por eso tienes que ir en mi lugar. El grupo de Shigaraki planea marcharse en un par de días y hasta entonces debo permanecer aquí.

Kouji arruga la nariz y aparta los ojos.

—Sé que te ponen nervioso, ¿han vuelto a molestarte?

Negación, un sonido tembloroso.

—Si lo prefieres, puedes quedarte en el almacén unos días. No podrás despedirte de tus amigos, pero de todos modos los verás cuando vayas a la capital a estudiar.

Incertidumbre, cejas caídas y manos nerviosas.

—No te preocupes, ve… aprovecha el tiempo y cuida de tus conejos, ¿de acuerdo?

Asentimiento. Felicidad.

 

[…]

 

Kamui despierta al escuchar el crujido de las hojas alrededor del nicho. En cuestión de segundos está de pie, con su puñal en la mano, una postura defensiva y completamente alerta; en cuanto identifica el ritmo de los pasos se endereza. Baja el cuchillo y sale para recibir a su invitado.

—Buenos días, Kouji. Has venido temprano, ¿y tu padre?,—el muchacho alza su puño izquierdo y lo coloca a su espalda—Entiendo. ¿Y Mina?,—el muchacho agita la mano alejándola de su cuerpo—Cierto, lo olvide, se marchan hoy, ¿vas a extrañarlos?

Una mano sobre la cara, silencio.

—El tiempo pasa de prisa… en poco tiempo tus amigos estarán de vuelta.

Un puchero.

—Ya, ya, desayunemos, quiero partir antes de que salga el sol.

Kouji levanta una mano, lo señala, después agita los dedos y finalmente emite un sonido gutural.

Kamui suspira.

—No se cuánto tiempo estaré fuera. Volveré en cuanto las cosas se calmen, un par de meses tal vez, o si el frío llega y las cosas no mejoran bajare a la frontera y pasaré el invierno en las inmediaciones del desierto, pero no te preocupes volveré para cuando llegue la primavera—la respuesta de Kouji es asentir mientras extiende la mochila grande.

Comen en silencio, envueltos en la pequeña luz de la lámpara del comedor. Fuera, el viento arrecia contra las ramas de los árboles.

—¿Oyes eso?,—pregunta Kamui apartando su plato mientras Kouji lo mira; antes de que reaccione, Kamui se levanta y abre la puerta por la que entra una fresca brisa nocturna—¡Es lluvia! ¡Han empezado las lluvias!

Kamui se relaja apoyado contra el marco de la puerta, Kouji mastica lentamente enumerando mentalmente sus tareas pendientes, cuando termina de comer aparta su plato y se queda ahí escuchando el repiquete de las gotas contra las hojas.

Justo entonces el techo de la casa se desploma encima de ellos.

 

[…]

 

—¡Maldita sea!,—exclama Toga en cuanto huele la lluvia; su pesadilla se materializa quince minutos después cuando las primeras gotas caen desde el cielo oscuro. A lo lejos una serie de rayos iluminan las nubes de forma intermitente—¡Hijo de Puta!

Corre en línea recta, sin detenerse.

Acabo de encontrar el rastro y llueve, ¡maldita sea!

Tiene la esperanza de alcanzarlo, pero la pequeña llovizna se convierte en una tormenta en cuestión de segundos. Con el pelo empapado y delgados ríos de agua deslizándose por sus sienes, Toga mantiene los ojos fijos en el suelo donde las pesadas huellas empiezan a borrarse.

Al perder su rastro Toga aminora su marcha, avanza agachada, inclinándose regularmente para analizar el suelo y buscar alguna señal. Camina en semicírculos a la espera de encontrar nuevamente el rastro.

Sabe que lo ha perdido cuando llega al acantilado.

—¡Mierda!

Aparta el pelo de su cara y mira a su alrededor, como si esperara ver al salvaje agazapado, observándola. Después se acerca al acantilado, y de inmediato lo descarta como posible escondite. Hay una pendiente inclinada de varios metros que termina con una caída al vacío, ni siquiera ella podría descender con la lluvia cayendo.

Permanece quieta por largo tiempo oyendo con atención, atenta a la más mínima señal, pero con excepción de los truenos que rugen en el cielo el bosque está en silencio. Cuando se rinde corta una ramas que de inmediato limpia de hojas y astillas. Coloca un trozo de tela roja en un extremo mientras afila el otro que procede a enterrar en el suelo en la zona más despejada que encuentra y visible desde lejos.

Rebusca en su pequeño carcaj cerrado que lleva cruzado a su espalda y saca una flecha con una pelota roja en su punta. Apretada contra el árbol, evitando que la lluvia moje su pedernal, Toga enciende la pelota que de inmediato sisea y comienza a expulsar humo de un color rojo intenso.

Con la pelota humeando, Toga arma su arco y dispara la flecha que describe una cuerva alta hacia el cielo dejando tras de si una estela de color rojo. El color del fracaso.

Con un chasquido Toga le da la espalda al cielo, vuelve sobre sus pasos y empieza de nuevo.

 

[…]

 

Kouji tose, se encuentra demasiado aturdido para comprender. Su silla ha sucumbido bajo su peso y a su alrededor solo ve hojas de palma y varillas de madera rotas. Se incorpora despacio y mira hacia el techo. Hay un hoyo inmenso a su derecha, la viga principal se mantiene en su lugar, pero el resto de las vigas secundarias cuelgan en partes o se encuentran esparcidas a su alrededor.

La lluvia que atraviesa el hueco empieza a formar charcos en el suelo.

Kouji se arrastra lentamente para inspeccionar lo que se encuentra bajo el hoyo. Lo primero que ve cuando estira el cuello es… ¿una pierna?

—¡Kouji!

Mira a Kamui, quien parece indemne, aunque la expresión en sus ojos reboza consternación. Kouji se limita a señalar el montón de hojas y madera que yace bajo el hueco.

En cuanto Kamui se acerca para inspeccionarlo su expresión se transforma en un gesto de pánico absoluto. Se estira para mirar por el hueco del techo pese a la lluvia, pero el cielo es de un negro total y no se ve nada más que nubes oscuras.

Kamui le da la espalda y empieza a retirar lentamente las hojas y varillas que yacen sobre una pierna envuelta en un pantalón de tela gruesa de color oscuro con botas de piel suave sujetas con cintas delgadas.

—Vete, Kouji—dice Kamui, aterradoramente quieto, contemplando lo que yace bajo el hueco del techo—Vuelve a casa y dale las gracias a tu padre.

Pasaran los años y Kouji seguirá deseando haberlo obedecido, pero es ver el rostro ensangrentado, la mala posición de la pierna, y la expresión de pánico en Kamui para saber que tiene que ayudar.

Y lo hace.

 

[…] 

 

Amanece sin sol, el cielo de un gris oscuro es un reflejo exacto de su humor. Hambrienta y exhausta tras haberse pasado la noche entera buscando, Toga vuelve hasta su bandera improvisada en la punta del acantilado. Ahí, la espera el segundo de sus acompañantes.

—¿Lo encontraste?,—pregunta el hombre alto de piel color verde.

—Sí—responde Toga arrebatándole el trozo de carne seca que come sentado junto a un árbol—Lo tengo escondido en mi bota.

—¡Eso es mío!

—¡Cállate!

Mastica ruidosamente sin dejar de contemplar el bosque, en su mente se dibujan con claridad los caminos, a dónde conduce cada uno, los posibles escondites y los pueblos a evitar si ella fuera una fugitiva enemiga; pero el salvaje se ha desvanecido sin dejar rastro y por primera vez en su vida ella no tiene un rastro que seguir.

Maldita sea.

Cuando termina de comer se da la vuelta y se detiene, asaltada por una repentina idea. Vuelve a estudiar el acantilado, se acerca hasta que empieza la pendiente inclinada y estudia la zona con ojo crítico. Cuando intenta avanzar la tierra bajo sus pies se desliza amenazando con hacerla caer. Toga retrocede hasta el inicio de la pendiente.

—¡De pie, nos vamos!

—¿A dónde?

—¡Muévete!

Toga salta sobre su montura y la azuza hasta que el animal corre a toda velocidad deslizándose con agilidad por las pendientes húmedas. El aire silba en sus oídos y el mundo es una mancha borrosa, pero Toga conoce el camino de vuelta.

 

[…]

 

Tres horas después se encuentran con Shuichi Iguchi, sentada junto al fuego despojándose de su ropa mojada.

—¿Y bien?,—pregunta Shuichi, sentado al otro lado de la mesa mientras devora su desayuno.

—Uno de los espías tiene una flor en la pierna, lo mandamos a la Ciudadela como ordeno el General. Maki viaja con él.

—¿Y el otro?

—Desapareció.

—¿Lo perdiste?

—No lo perdí, me lo arrebataron.

—¿Quién?

—Su amigo arruino su rastro. Y la lluvia empeoro todo. Ahora tendré que empezar desde cero.

—¿Te quedarás hasta que la lluvia pare?

—Eso podría tardar semanas. No. Dormiré, comeré, reuniré provisiones y volveré al bosque. Planeo cubrir un radio de diez kilómetros alrededor del punto dónde lo perdí, necesito moverme rápido antes de que el rastro se desvanezca. Planeo dejar a mi escolta aquí, está vez viajaré sola.

—Dabi no estará de acuerdo.

—Dabi no está aquí.

—Tendrás problemas.

—Serán míos y no tuyos, así que cierra la boca.

—Como sea—Iguchi aparta su plato y se levanta—ya que estás aquí, ¿quieres quedarte al espectáculo?

Toga se encoge de hombros, le da la espalda mientras termina de cambiarse, lo oye salir y solo entonces se deja caer en la cama donde duerme el resto del día.

Despierta horas después, relajada y llena de energía. Llueve, pero es una llovizna ligera con viento y sin truenos. En cuanto sale detecta el inconfundible aroma de la madera quemada. Indiferente al barullo y a los gritos, Toga se aleja con dirección a la hoguera donde se sirve de comer. Encuentra los restos de un ciervo cocido y una pila de patatas suaves, los reúne a su alrededor y se sienta a comer mientras contempla las llamas que devoran la casa que tiene enfrente. Le gusta el fuego, su color, su fiereza, su calor; le gusta tanto como le gusta la sangre, casi. Esa noche ambas se combinan en una sinfonía tan maravillosa que su interior ronronea, la comida le sabe mil veces mejor mientras oye los gritos y aspira el aroma del fuego alimentándose de la carne.

Las llamas de color rojo y naranja se elevan hacia el cielo iluminando la noche, el viento las hace crecer y la lluvia no posee la fuerza para apagarlas. Toga se deja arrullar por el crepitar de la madera.  

Abre los ojos al sentir la tibieza de las llamas y se da cuenta que el fuego ha llegado hasta la casa a su derecha, a lo lejos se vislumbran las siluetas de los soldados de Iguchi deshaciéndose de la basura traidora. Durante un momento Toga siente la urgencia de asistir al grupo con la esperanza de probar la sangre de los traidores, pero al final la pereza la vence y se queda mirando.

Para entretenerse acerca el equipaje que le confiscó a los espías y comienza a hurgar en los morrales. Del primer bolso aparta dos cuchillos y el resto lo manda a la pila de la basura. Las provisiones van a parar a su propia bolsa y los papeles son lanzados al fuego sin dudar. Del segundo bolso desecha todas las pastas olorosas, la semillas y las hojas secas, por último, hojea el cuaderno.

No es un cuaderno propiamente dicho, en realidad son un montón de hojas apretadas con una liga. Al soltarlas todas se inflan en sus manos. Las primeras páginas tienen un montón de dibujos de plantas, Toga conoce la mayoría, aunque le sorprende encontrar una descripción tan detallada de cada una. Incluso encuentra propiedades que le eran desconocidas.

Las plantas se acaban y lo que sigue son dibujos de una misma flor. Algunas son en blanco y negro, otras están pintadas de un color rojo vibrante, la pintura ha traspasado algunas hojas y en otras ha provocado que el papel se arrugue por el agua. La flor es la misma en todas partes, grandes y pequeñas, todas poseen la misma forma y el mismo color.

Cuando se aburre de ver el mismo dibujo Toga toma un puñado de ellas y las lanza al fuego. El papel se frunce en sí mismo y cambia lentamente de color. La flor roja adquiere una tonalidad café, después negra hasta finalmente desaparecer. Toga repite la operación quemando hoja por hoja, sin remordimiento alguno.

Está casi llegando al final cuando se detiene. Esta vez la flor ocupa toda la página, los contornos son gruesos, los detalles asombrosos, y el color es hipnótico. Toga estudia el largo tallo de un verde oscuro, las pequeñas hojas amontonadas en torno a él, y finalmente se da cuenta de que la flor tiene la forma de una espada. Una espada larga teñida con el color de la sangre.

Toga sonríe.

Lanza el resto de las hojas al fuego sin dejar de contemplar la única flor sobreviviente. La dobla en cuatro partes y la guarda en su bolso. Después se estira, toma sus cosas, se aparta de la casa en llamas y vuelve a internarse en el bosque.

Que Iguchi y los suyos se encarguen de los traidores. Ella tiene un espía que encontrar.

.

La lluvia cae en una fina cortina fría que se estrella contra su tabardo negro; el traje la cubre de pies a cabeza y está confeccionado de tal forma que no permite el paso del agua. Gracias a él Toga escudriña el bosque sin pausa.

Tarda días, pero finalmente la encuentra. La pista que ha estado buscando.

Al pie del acantilado hay una cabaña destrozada, Toga estudia los contornos de la estructura y cuando está segura de que no se caerá se adentra con cuidado. Dentro encuentra hojas de palma, libros rotos y hojas sueltas empapados con el agua que cae por el hueco del techo.

Toga se toma su tiempo, hurga entre los restos, en el nicho de hojas y trozos de madera, busca con cuidado y sin prisa. Finalmente, su búsqueda tiene éxito cuando encuentra un trozo de tela ensangrentado oculto bajo un montón de hojas sueltas. Con muchísimo cuidado Toga lo huele.

El aroma a sangre le arranca una sonrisa; muchos dicen que el olfato de los salvajes es inigualable, que pueden distinguirse entre ellos con aromas que los suyos no pueden diferenciar, pero Toga no envidia su habilidad, la suya es aún mejor.

Ella solo necesita una gota de sangre para rastrear una presa sin importar donde se esconda. Con el pañuelo que tiene en su mano es cuestión de tiempo hasta que el viento le muestre el camino hasta su objetivo. Será un viaje largo, pero sin duda divertido.

 

[…]

 

Izuku corre manteniendo un ritmo constante, atento a cualquier grito o sonido, tiene el mapa fresco en su cabeza así que se adentra en el bosque procurando que las montañas siempre estén frente a él; asciende por las colinas repletas de frondosos árboles y musgo húmedo que vuelve el suelo resbaloso. Nota las piernas aún débiles por la fiebre, así que intenta no forzar demasiado su cuerpo.

Sin detenerse Izuku rebusca en las provisiones de Shouji, encuentra un odre de agua del que bebe para enjuagarse el sabor que pesa sobre su lengua –el denso y pesado aroma del incienso que utilizaron contra los Beta–, dentro de la bolsa también encuentra un trozo gigantesco de carne envuelto con cinta y papel, un montón de manzanas pequeñas, una barra de pan fresca, y una bolsa con semillas y dulces.

Cuando se cansa de correr cambia a marcha lenta mientras come las semillas de la bolsa. Se detiene a rellenar su odre de agua en el primer riachuelo que encuentra y al darse cuenta de que no puede avanzar más busca un escondite donde pueda descansar.

Se duerme sin poder evitarlo, demasiado exhausto para mantenerse alerta. Despierta horas después, encogido dentro del tronco que escogió como refugio, sobresaltado, incapaz de recordar su sueño, pero lleno de miedo y con la sensación de que alguien lo vigila.

Cuando se arrastra fuera de su escondite lo recibe la lluvia. Una lluvia pesada que de inmediato lo empapa de pies a cabeza. Se coloca la mochila a la espalda y avanza, temeroso y lleno de pánico. No deja de escuchar gritos a los lejos, aunque cuando se detiene lo que oye es simplemente el silbido del viento.

El bosque termina al pie de la zona montañosa e Izuku asciende siguiendo los caminos marcados por los animales que habitan en la zona. Se come las manzanas mientras avanza y cuando se encuentra muy por encima de la línea de árboles se detiene a contemplar el valle. A oscuras y con el cielo gris es imposible encontrar la Ciudadela, pero a Izuku le basta con ubicar el río que baja en la lejanía para darse una idea de su posición.

Encuentra un pequeño espacio a cubierto entre rocas y come una ración de pan y carne. Se frota los brazos helados y se sacude el pelo con fuerza hasta que deja de chorrear agua. Vuelve a tener sueño, pero en lugar de dormir se come un dulce para mantenerse alerta y retoma su marcha.

Otro día termina y por suerte la lluvia para antes del anochecer.

Izuku no se detiene, avanza tan lleno de determinación que no se percata que es de noche. Cuando lo hace se detiene y mira a su alrededor, el mundo posee una claridad asombrosa, todo es de un color gris pálido. Las rocas brillan con una delgada capa de humedad que destella en colores plateados.

Izuku alza los ojos hacia el cielo y al ver la luna justo encima de él su corazón se encoge dentro de su pecho.

Luna llena.

De inmediato Izuku hace cuentas. La última luna llena ocurrió cuando ellos arribaron a Hosu, esa fue la luna blanca, como él la llama, ésta es la luna de su ciclo.

¿Cuántos días lleva? ¿Dos, tres? ¿Cuántos días me quedan hasta que tenga que esconderme?

Cierra los ojos y empieza a contar, se acuerda de haber visto la luna creciente al ser capturado, si paso una semana encerrado, entonces aún quedan un par de días para que la luna este completamente llena. Uno como mínimo, tres a lo mucho.

Tengo que moverme, tengo que seguir.

La certeza de que en cualquier momento se encontrara en la situación más vulnerable que pueda imaginar le da fuerza para avanzar más rápido. Al amanecer se detiene para comer, cuando repite su comida de la vez anterior, una ración de pan y carne, y su estomago gruñe de insatisfacción, vuelve a ser consciente de la situación en la que se encuentra.

Necesita un lugar para esconderse, necesita agua y comida para soportar el ciclo, necesita una manta.

Los ciclos son difíciles en sí, pero ahora ni siquiera tiene a la mano las hojas que lo ayudan a dormir y que alivian la necesidad. Se acuerda de su primer ciclo, el más difícil de todos, cuando la perdida de Katsuki era demasiado reciente y no tenía a nadie.

No pienses en eso. Concéntrate. Necesitas comida. ¿Qué podemos comer? Setas, seguramente sobreviven a estas alturas. He visto pájaros. Si encuentro sus nidos puedo robar sus huevos. Bien. Agua. Si llueve puedo reunir agua. Si no, tal vez deba empezar a buscar algún riachuelo. Tal vez un estanque. Hay muchos ríos por la zona, alguno de ellos debe nacer cerca de aquí.

Decidido, Izuku detiene su avance y empieza a buscar un escondite. Encuentra setas y musgo que raspa cuidadosamente hasta llenar su bolsa de semillas. Está persiguiendo a un pájaro cuando lo huele.

De inmediato se paraliza.

Con extrema precaución Izuku respira. El aroma es tenue, pero resulta inconfundible; no puede evitar sonrojarse, la sangre desciende por su estómago hasta convertirse en un caldo espeso que se mece a la altura de su vientre.

¿Hay un omega aquí?

El aroma posee los ricos y exuberantes contrastes que los omegas emiten durante su ciclo –un alfa encontraría el aroma irresistible– pero es demasiado impersonal, demasiado corriente.

En ese momento se acuerda del incienso que utilizaron contra Shouto. Ese incienso era dulce, tenía una fuerte esencia de miel y leche, resultaba indiscutiblemente omega, incapacitó a Shouto y lo convirtió en un muñeco sin voluntad pese a que Izuku encontró el aroma increíblemente blando.

Así controlan a los alfa.

Y incienso que utilizaron ayer poseía un aroma potente, aborrecible. Esa cosa incapacitó y mató a los hombres beta en cuestión de segundos. Él ni siquiera consiguió identificarlo.

Así planean luchar contra los beta.

Pero la esencia que acaba de encontrar es diferente de esas dos. Izuku se toma un momento para apreciar las notas que reverberan en la sutil fragancia: Es un aroma de tal intensidad que incluso puede detectarlo aunque no se encuentra cerca del punto de origen y su similitud con las feromonas que provienen de los omegas en ciclo es indiscutible.

Pero cuál es su objetivo.

Es un aroma que exaltaría a un alfa en lugar de contenerlo, es un aroma reservado para estimular, aunque no exclusivamente, los omega también lo utilizan para delimitar territorios.

¿El territorio de quién?

La pregunta muere en su mente cuando al enderezarse su periferia capta el suave movimiento de la tierra. Solo que no es tierra, es una bestia inmensa de pelo claro, ojos rojos vacíos y seis extremidades con afiladas garras.

El animal gruñe –ruge, chilla– y es la señal que Izuku necesita para dar media vuelta y correr.

.

Intenta regresar por el mismo camino, pero la bestia salta frente a él e Izuku tiene que torcer hacia la izquierda para evitarla. Cada vez que intenta desviarse el animal se interpone en su camino, hasta que Izuku empieza a sentirse como una oveja siendo llevada de vuelta al corral.

 

 

[…]

 

Después de su encuentro con los salvajes, Mina y Mashirao se apresuran a volver a casa. Si no paran llegaran a la aldea antes del amanecer. Por suerte ya no llueve y la noche acarrea una brisa fresca que seca el sudor de sus frentes.

En cuanto divisa la colina, Mina sonríe porque solo necesita cruzarla para divisar el montoncito de casas que conforman su hogar.

Es llegar a la cima y detenerse. No hay luces, hogueras, no se mueve nada. A Mina le toma un segundo identificar lo que está mal con la imagen: Varios techos han desaparecido y la imagen entera es de un negro profundo, como si fuera carbón.

Mina y Mashirao se mueven al mismo tiempo, sin decir nada descienden por la pendiente a paso rápido y se separan apenas llegan al fondo.

Mina corre directo a casa gritando—¡Mamá!

Su casa –la que fuera su casa– es ahora una estructura negra sin techo que huele a humo y ceniza. Las camas son pilas negras y de la cocina solo sobreviven un par de tazones a los que el fuego no alcanzo a consumir.

—¡Ika!—se mete a su cuarto pero su armario, en el que su hermana suele esconderse, se ha visto reducido a cenizas—¡Mamá!

Sale sin dejar de gritar. Siempre la misma palabra, deseando, anhelando, oír la voz de su madre al responder. El silencio en la aldea es tan opresivo como el nudo que empieza a formarse dentro de su pecho.

Corre hasta la casa de Cementos, pero el lugar está vacío y en las mismas condiciones que su casa.

“No queda nadie, todos se han ido. Escaparon.”

Mientras corre revisando cada estructura divisa a lo lejos la figura de Mashirao, que permanece de pie, inmóvil.

—No queda nadie—le dice Mina al acercarse—Todos han huido.

Mashirao no responde, tiene la cara tiesa, los ojos abnegados en lágrimas y su cola, que usualmente se balancea a su espalda, yace en el suelo completamente flácida.

Mina gira la cabeza y los ve. Una pila de cuerpos calcinados, ropa desecha, torsos negros y rostros irreconocibles. Son tantos que resulta imposible contarlos. Hay moles inmensas y figuras diminutas, todos compartiendo el mismo destino. Sobre ellas, empalado en una lanza de hierro, ondea la cabeza de su líder.

Las rodillas de Mina golpean el suelo con un sonido seco. Ella se sujeta la pechera de la camisa, justo a la altura de su corazón, donde siente un dolor tan grande que no puede articular. Intenta decir algo pero su boca solo consigue formular un sonido roto, que de inmediato se transforma en un llanto abierto. Las lágrimas brotan sin control y Mina se abraza a si misma mientras sus sollozos se elevan al cielo.

Lo siento, lo siento.

 

[…]

 

—¿Tienes los resultados de la prueba, Kurogiri?

—Fue exitosa, General. Casi todos los prisioneros sucumbieron al incienso de inmediato.

—¿Casi todos?

—Un puñado de ellos sobrevivió a la primera administración, se dispersaron por el bosque hasta que los efectos secundarios terminaron con ellos: Vomito, fiebre, sangrado nasal. La recuperación de cuerpos sigue en proceso, hasta el momento faltan tres, pero es cuestión de tiempo hasta encontrarlos.

—Muy bien. Con el éxito del incienso beta tienes permiso para iniciar con la producción y distribución. Debemos exterminar a las fuerzas Yuuei que aún patrullan nuestras costas, e iniciar los preparativos para trasladar el incienso hasta el otro lado del mar

—Como ordene, General… señor, también hay un inconveniente.

—Habla.

—Perdimos contacto con una de las prisiones cercanas a la frontera Noumu antes de los últimos traslados. Envié órdenes para investigar. Acabo de recibir un mensaje del líder informándome que la prisión ha sido saqueada. Los guardias están muertos, las provisiones, carros y los prisioneros no están.

—¿Yuuei?

—No, todo parece indicar que hubo un enfrentamiento y los prisioneros escaparon. Mis espías han rastreado al grupo, se dirigen hacia el desierto, tal vez su intención sea reunirse con el ejército de Yuuei.

—¿Cuántos son?

—Es un grupo grande, no tengo un número exacto, pero fueron los suficientes para acabar con toda la guardia sin ayuda.

—¿A quién tenemos en la región?

—El grupo de Iguchi está en la zona. Y puedo enviarle refuerzos desde uno de los cuarteles más cercanos.

—Hazlo. También envía incienso.

—Muy bien, General.

—Y dile a Iguchi que identifique a su líder. Los salvajes siempre luchan con uno, si cae, el resto se esparcirá como hormigas sin cabeza.

 

[…]

 

El cuervo llega una semana después, cuando Iguchi y los suyos han terminado con la limpieza y acampan cerca de la costa, a la espera de órdenes. Dabi se ha unido a ellos y todos se preparan para lo que suponen será un asalto a los barcos de Yuuei.  

La nota que recibe Dabi resulta toda una sorpresa.

—¿Qué pasa?,—pregunta Iguchi cuando su compañero se echa a reír tras leer la misiva.

—Los cachorros han salido a pasear.

—¿Qué?

Dabi sigue riéndose y tarda un momento en recuperarse, cuando lo hace le explica la situación entre risas y murmullos incrédulos.

—¿Escapar?,—inquiere Iguchi mientras extiende la mano para hacerse con la nota—¿Cómo han logrado salir?

—No lo sé—responde Dabi recuperando la hoja de papel—es probable que los guardias se confiaran.

—Tu estuviste en la prisión, ¿cómo era el capitán?

—Viejo, pero hacia su trabajo.

—No bien si ahora tenemos una fuga. La primera en toda la historia.

—Como sea, el tipo pagó con su vida su error, ahora tenemos que limpiar su desastre. Reúne a los tuyos, tenemos que alcanzarlos antes de que lleguen al desierto. Enviaré una patrulla por delante para que nos informe de su número, su posición, y sus suministros.

—¿Operación de captura?

—No. Limpieza total.

Iguchi asiente y se levanta, por suerte para ellos, ese día no llueve.

Chapter Text

Izuku corre y la bestia lo sigue de cerca, sin atacar. El pánico del primer encuentro remite y al hacerlo le permite darse cuenta de lo inusual de la situación. No tarda en comprender que la bestia lo está dirigiendo en lugar de perseguirlo. Para probar su teoría cambia bruscamente la dirección que sigue y de inmediato la bestia salta sobre él para obstruirle el camino. Izuku resbala cuando frena de golpe.

De cerca el animal es aún más aterrador, carece de pelo en la cabeza, lo que deja a la vista un cráneo duro con ojos de un rojo opaco, casi marrón. De su hocico sobresalen hileras de afilados dientes que rezuman baba transparente. Y su pelo, de un color amarillo seco, es largo y apelmazado, de él emana un inconfundible aroma rancio.

Izuku está seguro de que nunca ha visto ni oído nada de semejante animal.

El animal gruñe –arrancándolo de su contemplación– baja la cabeza y da señales de querer avanzar.

Izuku exhala con lentitud y se arriesga. Con pasmosa lentitud estira su pie a la derecha, y de inmediato el animal emite un violeto gruñido en el que muestra sus dos hileras de dientes filosos. Izuku retira su pie. Después repite la acción hacia la izquierda y el animal se queda quieto, esperando. Izuku recoge su pie y vuelve a intentarlo con los mismos resultados.

Bueno… me está guiando, ¿pero a dónde?

Moviéndose con extremada cautela, Izuku intenta retroceder. Consigue dar tres pasos antes de que el animal emita un gruñido amenazador, tan alarmante que Izuku se paraliza en su lugar.

Bien, no puedo huir. Podría seguirlo… ¿y luego qué?... Aún me queda suficiente carne, tal vez pueda distraerlo con ella. No aquí, la zona no tiene lugares para esconderse... Muy bien, Izuku, síguelo, y en cuanto tengas oportunidad escapas.

Izuku asiente para si mismo, se traga el resto de sus murmullos y avanza hacia la izquierda. Camina con lentitud, pendiente de sus alrededores, esperando encontrar alguna zona que le permita eludir a su perseguidor; pero su plan se esfuma de su mente al detectar el inconfundible aroma de un grupo omega.

¿Qué…?

Se mueve sin titubear. Ese no es el aroma de un incienso, no es una esencia prefabricada, ese es el aroma natural de un omega vivo.

El aroma se intensifica conforme avanza. Al final consigue llegar a una hondonada en medio de las montañas. El único camino por el que puede accederse es escarpado y la bestia que lo persigue viene detrás. Cuando Izuku empieza a descender por la ladera de la hondonada descubre un montón de huecos en las paredes laterales. La mayoría de ellos cuentan con una bestia apaciblemente sentada descansando.

Izuku se detiene ante la visión, allá donde mire hay dientes del tamaño de dedos y garras que se afilan contra las rocas. En la base de la hondonada hay un estanque en el que un puñado de jóvenes omega pescan mientras otro grupo cuida del campo de hortalizas bajo un techo de madera mal improvisado.

Izuku no sabe que es más sorprendente, si el hecho que ninguno de ellos parece intimidado por las bestias que los rodean o que parecen relativamente a salvo.

La bestia detrás de él ruge e Izuku se sobresalta; cuando regresa su atención al estanque todos lo miran.

Es como si de pronto todos hubieran contenido la respiración, el silencio es tal que Izuku teme haberse quedado sordo, de pronto el omega que se encuentra más cerca de él le hace señas frenéticas para que baje. Izuku obedece, a falta de opciones. Baja, o más bien se desliza, por la pendiente rocosa y cuando finalmente llega hasta el fondo los muchachos lo arrastran hasta la sección más alejada del campo de hortalizas.

Antes de que Izuku diga nada todos ciernen sobre él lanzando una pregunta tras otra, sin pausa.

—¿Dónde conseguiste esa ropa?

—¿Qué estabas haciendo allá?

—¿Cómo lograste salir?

—¿Cómo pasaste a los guardias?

—¡¿Qué estabas pensando?!

—¡Basta!,—la persona que grita es una chica delgada y alta de pelo naranja corto que se abre paso hasta Izuku y aparta la comitiva—Los guardias vendrán si oyen alboroto. No tenemos tiempo, todos vuelvan a sus tareas. ¡De prisa!

—Pero…

—¡Ahora!, si los guardias lo encuentran así nos castigarán a todos.

La amenaza surte efecto porque el grupo completo se dispersa dejando a Izuku con la muchacha de ojos verdes.

—Vamos, quítate la ropa.

—¿Qué?

—De prisa, tienes suerte que ninguno de los guardias te viera. ¿De qué sección eres?

—¿Sección?

—¡En qué piso te alojas!

—Yo no…

—Sé que eres nuevo—tironea de su ropa al mismo tiempo que lo interroga—¿cuándo llegaste?

—No, espera

—… ¿cómo lograste subir?

—Deja, ¡no!

—… ¿hace cuánto te dejaron salir?

—¡ESPERA!,—Izuku levanta sus manos entre ellos deseando espacio para pensar—No sé de lo que estás hablando, ¿qué están haciendo ustedes aquí?

Pero ella se ha quedado muda; su expresión es una mueca desencajada. Su cara, de por si pálida, ha adquirido el color de la ceniza y sus ojos verdes permanece completamente abiertos.

—Usas vendas.

El susurro es incrédulo y aterrado. Izuku mira su cadera donde los tirones han dejado a la vista parte de los vendajes que cubren su parte media. Extrañado, Izuku alza los ojos y estudia a las personas a su alrededor. Solo entonces se percata que, aunque todos usan pantalones largos, ninguno lleva vendas dejando a la vista atisbos de sus marcas personales.

—¿Quién eres?

Izuku ignora la pregunta, concentrado como esta absorbiendo los detalles que lo rodean. De inmediato se da cuenta de tres cosas importantes: Todos llevan collares y muñequeras de piel con argollas. Su ropa consiste únicamente en un pantalón, las mujeres también usan un sarashi, lo que deja a la vista la extremada delgadez y las cicatrices en su cuerpo. Por último, el aroma que emiten posee un sutil indicio de alfa.

Todos ahí se han emparejado.

—¿Quién eres?,—repite ella con firmeza escrutando su rostro con sospecha—¿De dónde vienes?

—Mi nombre es Izuku, son un sanador, vengo…

—¡¿Sanador?!

—¿Qué-? Sí…

—¿Eres medico? ¿Eres un omega medico?

—Nunca he operado a nadie antes, pero sí, lo soy…, ¿en dónde estamos?

Pese a que sospecha la respuesta, le resulta imposible luchar contra la sensación de fatalidad que cae sobre él al confirmar su peor pesadilla.

—En la Ciudadela.

 

[…]

 

—¿Estás bien, Denki?

Despierta al oír su nombre, le toma un momento reconocer el rostro de Ochako, que se inclina hacia adelante intentando escudriñar su rostro.

—Estoy bien, es solo que…

Se endereza repentinamente ansioso, rota el cuello en un intento por aliviar la tensión en sus hombros y se masajea el vientre en movimientos circulares. Reconoce los síntomas, y sabe que es cuestión de tiempo antes de que tenga que recluirse en los carromatos junto a sus compañeros.

—¿Quieres volver?,—pregunta Ochako en voz baja sin parpadear.

—No, esta bien, es… ya sabes—Ochako asiente, pero sigue mirándolo con aprehensión—Estoy bien—repite Denki dedicándole una sonrisa amistosa—Anda, sigue, todavía no quiero irme.

Ochako suspira y después de dedicarle otro rápido escrutinio se gira hacia Kyouka, la beta que sentada junto a ella le cuenta de su aldea y de las dificultades que soportan día con día.

Es la primera vez que Denki la ve sonreír, así que no quiere interrumpir el momento. Prefiere acomodarse junto al tronco que le sirve de respaldo, estirar las piernas hacia la fogata que ilumina la noche y darle a su amiga tiempo para charlar. Eso y que secretamente espera el regreso del grupo de Bakugou.

No deja de escrutar las sombras que se mueven, los arbustos que se agitan por el viento. Tal vez sea culpa del ciclo que se acerca, pero tiene ganas de ver la sonrisa de Eijirou. De escucharle decir su nombre.

De reojo ve a un pájaro, un cuervo, negro como la noche, apostado en uno de los árboles que rodean la fogata. Denki pasa su vista sobre él y se deja arrullar por la noche.

[…]

 

—No, no podemos estar en la Ciudadela—no puede evitar que su voz se alce desbordante de pánico—La Ciudadela está al otro lado. La vi. Está cerca del río. Vengo de ahí.

—Esa es la entrada, la prisión está ahí y el embarcadero, pero la ciudadela está bajo tierra.  En el centro de la montaña.

Izuku se pasa una mano por el pelo, tironeando de sus mechones con fuerza.

—Tenemos que salir, tenemos que irnos antes de que los guardias vengan.

—¡No!

—¡Sí!, tenemos que movernos. Si conseguimos alejarnos...

—¡Para!, ¡para!, no podemos irnos.

—¿De qué estás hablando? ¡Tenemos que huir!

—Nadie ha logrado salir de aquí—alza el brazo y señala a las bestias—esas cosas están entrenadas para traernos de vuelta. Nunca permitirán que te alejes. Nos dejan salir sin guardia porque saben que nadie puede escapar…, ¿cómo es que tienes vendas? ¿de dónde las has sacado?

—¿No podemos irnos?

—No hueles a alfa, ¿te has emparejado?

Un repentino calambre consigue que Izuku recuerde con urgencia lo que se avecina.

—Escucha, contestaré a todas tus preguntas, te diré todo lo que sé, pero tienes que ayudarme. Esta es la luna de mi ciclo, necesito un escondite... Necesito una frazada y agua. Tiene que ser un lugar donde los guardias no puedan encontrarme.

Los ojos verdes de la omega lo miran con un inusitado escrutinio.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?, ¿cómo esquivaste a los guardias?, ¿por qué no hueles a alfa?

—Necesito-

—No, si de verdad quieres mi ayuda me dirás la verdad ahora. No puedo confiar en ti. Podrías ser un espía.

—¿Espía?

Al ver su expresión empecinada, Izuku toma aire y se lo cuenta. No la verdad completa ni su relato entero pues necesitaría más que unos minutos para ponerla al corriente. Le hace un resumen de cómo fue que lo capturaron y cómo escapó de ellos. Al final añade:

—Mi intención era ocultarme en las montañas y seguir hasta la frontera. No sabía que esas cosas estaban aquí.

—La Ciudadela tiene túneles con entradas ocultas por toda la sierra montañosa. Los usan para trasladarse con facilidad…, para pasar desapercibidos. Es imposible moverse por las montañas sin que las bestias te detecten.

—Ya pensaré en algo, ahora tengo que esconderme, ¿puedes ayudarme?

La muchacha sigue mirándolo, como si estuviera tomando una decisión.

—¿De verdad eres médico?

—En las Islas los llaman Sanadores.

Ella asiente, mortalmente seria.

—Te ayudaré, pero a cambio te pediré un favor. Y no podrás negarte.

—¿Qué favor?

—Te lo diré después. Ahora, si quieres mi ayuda te quitaras la ropa. Y las vendas. Puedes dejarte el pantalón, vamos a cortar tu camisa para hacerte unas muñequeras como las nuestras, no serán iguales, pero al menos evitarán que los guardias se fijen en ti cuando entremos.

—¿Entrar, a dónde?

—Hacia allá está el túnel que nos lleva de vuelta a la Ciudadela. Salimos a trabajar en la madrugada, antes de que el sol salga, y en un rato tendremos que volver. Tenemos que atravesar dos puestos de guardia para entrar. En el último nos contarán, pero el cambio de turno se hace al amanecer y no querrán prolongarlo para ver por qué sobra uno. Sería diferente si faltara, pero en este caso nos dejarán pasar, estoy segura, del mismo modo que sé que se fijaran en ti si no llevas las muñequeras.

—¿Entrar?,—repite Izuku con los ojos abiertos—No quiero entrar ahí. Estoy intentando alejarme de ahí.

—Si quieres mi ayuda tendrás que entrar, es la única alternativa.

Izuku aprieta los puños, su estómago se enrosca en sí mismo y cuando empieza a notar los calambres en el vientre no tiene más opción que asentir.

Un paso a la vez, primero esto, y después ya veré.

 

[…]

 

Denki se despierta y aún es de noche, ni siquiera ha sido consciente de haberse dormido; pero en algún momento se ha dejado arrastrar por el sueño porque el cielo ha dejado de ser gris claro y ahora es de un vivo color negro. La hoguera sigue crepitando y se haya rodeado de un nutrido grupo compuesto enteramente de jóvenes omega, quienes escuchan con reverente atención el relato de Kyouka.

“…había sido mi lanza favorita, la tenía desde la primera vez que salí al desierto, y esa bestia se había atrevido a romperla. Me enojé, vaya que si lo hice. Estaba harta. Esa cosa me había asediado durante días. No me importó que estuviera famélica, en ese momento me sentía furiosa. Quería venganza. Tenía a mi disposición un montón de rocas, no servían como arma, pero las utilice para afilar los dos trozos de mi lanza, los amarre a mis antebrazos, de manera que la punta sobresaliera. Tenía que esperar al amanecer, sabía que no tenía oportunidad de vencer en la noche, así que esperé, con el estómago vacío, la pierna mala y la boca seca. Iba a intentarlo, saldría de ahí o me aseguraría de que él no lo hiciera.”

“Cuando llegó la mañana puse mi plan en marcha. Junte todas las rocas que tenía cerca y las impregne de sangre, volví a ponerme la venda en su lugar, me asome por el borde de mi escondite y lo vi. Estaba ahí abajo, esperando. El pilar en el que me encontraba se hallaba alejado de todo lo demás, y aunque él no podía escalar no planeaba marcharse, así que me armé de valor y lance la primera roca, la más grande, en la dirección opuesta. En cuanto oyó el ruido se enderezó, vi cómo se agitaban sus fosas nasales al detectar el aroma. Entonces lancé la segunda roca, en la misma dirección, pero más lejos, después una tercera y una cuarta; se movió, corrió hacia las rocas, en ese momento me descolgué y caí a cuatro patas sobre la arena. Para entonces él ya estaba dando vuelta.”

“Se movía rápido el bastardo, cubrió la distancia que nos separaban en segundos, pero en lugar de alejarme me apreté contra el suelo. Salte en cuanto lo tuve cerca, de haber sido un terreno plano habría llegado alto, pero la arena se comió parte de mi impulso así que termine encaramándome a su pecho en lugar de llegar hasta su cabeza. No se lo esperaba, y antes de que tuviera oportunidad de hundirme las garras hundí la lanza en su corazón. La maldita cosa se rompió antes de que lograra penetrar hasta el fondo, pero la utilicé de apoyo y hundí la otra debajo de su mentón. Esta vez atravesó toda la carne blanda. Barbilla, lengua y cerebro. Cayó muerto conmigo encima de él.”

¿Todo eso solo por sus dientes?,—pregunta Ochako, con expresión extrañada mientras el resto del grupo despierta de su asombro.

Kyouka se echa para atrás y se muestra ligeramente confusa con la pregunta.

—Sí, bueno, su carne no es precisamente una exquisitez así que no los cazamos con fines alimenticios. Había pensado dejarlo ir después de quitarle sus dientes, pero ya no podía darme ese lujo. ¡Llevaba tres días en ese maldito pilar!

—¿Podemos ver el colmillo?,—pregunta Yui sentada al otro lado de la hoguera.

Su petición hace eco en el resto de sus compañeros que redoblan sus murmullos dejando a Denki con la sensación de que se ha perdido la mitad de la historia.

—Por supuesto—responde Kyouka recuperando su sonrisa mientras se endereza en su lugar—Es el cuarto diente que cuelga de la pulsera que el jefe Togata lleva en su muñeca.

Su público intercambia miradas, sin comprender.

—He visto esa pulsera—responde Denki sin pensar—Esta tejida a mano y tiene cinco dientes colgando de ella. Son cosas gruesas y largas.

—Lo son, ¿verdad? Imagina que decenas de ellos se cierran sobre tu pierna. La arrancarían de cuajo.

—¿Por qué lo tiene él?,—pregunta Ochako

—Todo aquel que quiera formar parte de la guardia personal de nuestro líder le ofrece un colmillo de un Balenka. Es tradición. Hace muchísimos años todos los aldeanos le ofrecían un diente de Sukabenja como símbolo de lealtad, pero con el tiempo el líder dejo de aceptarlos. Ahora solo lleva consigo aquellos que le son entregados por sus guardias personales. Uno de Tamaki. Uno de Inasa. Uno de Kousei. Uno mío.

—¿Y él último?

—Se lo entregó el anterior líder, Yagi, justo antes de desaparecer.

—¿Murió?

—Es lo que muchos piensan, se adentró en el desierto y nunca volvió. Nos duele pensar que un gran líder como él pudiera encontrar su fin en el mar de arena, pero eso nos recuerda lo peligroso que es cuando nos adentramos en él.

—Pero es absurdo que los obliguen a tomar ese riesgo—dice Ochako con el entrecejo fruncido—Podrían morir al enfrentarse a esas cosas.

—Nadie nos obliga, es un reto que tomamos con gusto. Es una ofrenda que decidimos aceptar. Solo los mejores tienen el privilegio de unirse a la guardia personal del líder. Si no eres capaz de sobrevivir a un Balenka, entonces no tienes lo que se necesita para cuidar del líder.

—Pues aun así es absurdo. En mi aldea no había rituales. Si un alfa quería unirse al ejército solo tenía que enlistarse con los capitanes, ¿no es así, Denki?

—Así es..., los únicos rituales que conocemos son los de enlace.

—¿Cómo son las bodas en tu aldea, Kyouka?,—interviene Yui

—Cuando una pareja decide vivir junta solicitan un lugar para asentarse. El día en que ambos se mudan todos llevan algo para compartir en el banquete. La pareja inicia la fiesta prendiendo la chimenea y asando una pieza de carne que alguno de ellos haya conseguido cazar. Entre más grande, mayor la fortuna que se espera.

—¿No hay cortejo?,—pregunta alguien en algún lado alrededor de la fogata—¿No hay ceremonia de emparejamiento?

—¿Cortejo?

—Sí—responde la voz—En las islas del sur cuando alfa está a punto de iniciar su entrenamiento en el mar suele entregarle una caracola a su pretendiente para dejar clara su intención de emparejarse.

Hay murmullos que indagan sobre otras tradiciones y los relatos empiezan a fluir. Todos evocan recuerdos de un pasado distante, recuerdos dulces que pese al tiempo aún son capaces de hacerlos sonreír.

Denki recoge las piernas y se distrae. La luna es un círculo perfecto de un color plateado brillante, que dota al bosque de una claridad plateada. Este será el primer ciclo que pase en libertad, y lo único en lo que puede pensar es en lo que sentiría si Eijirou le diera una caracola.  

¿Le diría que sí?

Por supuesto que le diría que sí, pero en primera alguien como Eijirou jamás se conformaría con un omega como él.

Le gustas.

Si, bueno, él y a casi todo alfa que haya acostado con él.

El viento mece las ramas de los árboles creando un silbido inconfundible, un sonido que consigue distraerlo de sus pensamientos. Cuando alza los ojos se da cuenta de que el cuervo sigue ahí, inmóvil. Con sus ojos rojos. Mirando, escuchando.

Hay algo inusual en la forma como se para en la rama, quieto, inmóvil, como si fuera una estatua y no un ser vivo.

Creía que los cuervos no eran seres nocturnos.

Se acuerda de las veces que salía al patio a tomar el sol, de cuando veía a los cuervos cruzar el cielo impoluto. Entrando y saliendo de la prisión llevando…

Denki se endereza, olvidada su incomodidad y la sensación de pesadez en su cuerpo. Conoce a ese cuervo, no a ese en particular, pero esta seguro de que ha visto a otros igual a él.

—¿Denki?

La voz de Ochako lo arranca de su contemplación, cuando se gira hacia ella se da cuenta de que todos los omegas lo miran consternados. Solo entonces se percata que su aroma se ha dispersado a todo lo largo del claro transportando su malestar, pánico y los breves atisbos de su ciclo al resto del grupo.

—¿Qué sucede?,—pregunta un alfa apareciendo en el claro de improviso y alertando a la mayoría.

Denki se encoge porque en ese momento el aroma del alfa le resulta exquisito. Ni siquiera lo identifica, pero el contraste y la intensidad le hacen agua a la boca. Por suerte Ochako se arrodilla junto a él y el resto del grupo hace piña a su alrededor, sin duda alertados por su aroma. Combinados, su esencia consigue ahogar la sutil fragancia alfa que proviene del chico que no deja de estirarse para mirarlo por encima del mar de cabezas.

—¿Qué pasa?,—pregunta Kyouka, que, pese a tener una expresión de repentino interés, se mantiene a distancia, observando.

Denki estira el brazo y señala al cuervo, se siente tonto al hacerlo, temeroso de que su pánico sea infundado, pero lo cierto es que justo cuando todas las cabezas se giran hacia el animal, éste alza el vuelo sin perder un momento. Y no es el único, por todo el bosque se oye el repentino aleteo de un grupo de aves que desaparecen entre las copas de los árboles.

Cuando Denki mira a Ochako descubre en sus ojos una copia exacta de su miedo.

 

[…]

 

Escoltado por el grupo omega, Izuku atraviesa la estación de los guardias sin llamar la atención. Lleva sus provisiones frente a él, las cuales pasan desapercibidas entre los sacos de herramientas que algunos cargan de vuelta.

Sin sus vendas se siente desnudo. Tiene los codos apretados contra su cuerpo, rozando la pretina de su pantalón, y éstos le tiemblan junto con el resto del cuerpo. El nudo en su estómago es duro y le provoca malestar.

Avanzan por un largo túnel, con lámparas a los costados que señalan el camino. Peor que avanzar por la superficie rocosa estando descalzo, es el frío: Helado y cortante que lacera la piel cuando las corrientes de aire ascienden y rebotan en las paredes creando sonidos de monstruos hambrientos.

El suelo se inclina y termina frente a una plataforma que desciende llevándose un grupo omega tras otro. Mientras oye el estridente rechinido de la plataforma que desciende a una lentitud aterradora, Izuku entra en pánico. No quiere bajar, no quiere entrar ahí, pero no hay salida. Detrás de ellos uno de los guardias se mantiene a la espera de que todos bajen.

La plataforma traquetea al subir de vuelta y vuelve a bajar de nuevo. Izuku empieza a sentir angustia, su respiración se acelera, los latidos de su corazón empiezan a taladrar en sus oídos. Le sudan tanto las manos que la tela de su mochila ha empezado a humedecerse. Su garganta se comprime como si alguien la estuviera estrujando.

Con el estómago revuelto y las manos heladas, Izuku toma su lugar en el último grupo y fija sus ojos en el recuadro de luz que se distingue a lo lejos y que lentamente desaparece cuando la plataforma desciende. Ninguno de sus compañeros parece incómodo con el viaje, aunque es difícil asegurarlo siendo que no hay suficiente luz para escudriñar sus rostros.

Conforme bajan el miedo de Izuku se espesa hasta que finalmente escapa. El aroma denso y amargo inunda la pequeña plataforma y provoca que sus compañeros se remuevan sobre sus pies. Eso hasta que la muchacha de pelo naranja se acerca a él, con cuidado de no atraer la atención del guardia le pone una mano en el antebrazo y se mantiene firme a su lado. Su aroma a frutas resulta, sin lugar a duda, tranquilizador.

En cuanto llegan al final el guardia vuelve a la superficie llevándose la plataforma vacía. El resto de sus compañeros avanza por otro pasillo exactamente igual al primero. Esta vez el túnel termina frente a una puerta enrejada custodiada por otra pareja de guardias.

Esta vez los cuentan.

El estómago de Izuku se sacude con violencia cuando oye la conversación.

—¿Veintiuno? ¿Cómo que veintiuno? No pueden ser veintiuno. Has de haber contado mal.

—¿Los reúno para otro conteo?

—¡No! Los primeros tres grupos ya entraron, tendría que ir con Sei para pedirle su lista e ir a buscarlos directamente a sus celdas.

—Pero sobra uno.

—Mejor que sobre y no que falte.

—Pero…

—Escucha, va a ser hora del cambio de turno, seguramente contaste mal y no quiero quedarme horas extras para verificarlo. Son veintiuno, ¿y qué?

—Al menos tendríamos que informarle al General.

—¿Informarle qué?, ¿qué no sabes contar? Ya. Seguro que le causa gracia.

—¿Cómo sabemos que alguien no se escabulló?

—No lo dices en serio, ¿verdad? Las bestias de allá fuera están entrenadas para matar a cualquiera que no sea uno de estos. Y estos no son espías, no son guerreros, ¿de acuerdo? Míralos nada más. Son perros inútiles. Solo saben tener hijos. Solo sirven para eso.

La conversación termina, la puerta se abre y el grupo de Izuku atraviesa la reja. De ahí todos se dispersan, aquellos que cargan con los pescados o con las herramientas se alejan en la misma dirección.

Izuku se detiene a contemplar un momento la sala. Es inmensa. Tiene forma circular con altos pilares que sostienen el techo. Lentamente y con mucho miedo, Izuku se aproxima al centro, donde un hoyo inmenso da la impresión de que se encuentra encima de una rosca.

Por culpa de la oscuridad no se alcanza a ver el fondo, pero Izuku cuenta perfectamente dos pisos hacia abajo exactamente iguales al suyo. Hacia arriba solo se distingue un techo oscuro.

—Vamos, no debemos llamar la atención.

Izuku se gira para mirarla con los ojos abiertos de puro espanto.

—¿Cómo voy a salir de aquí?

Ella sacude la cabeza y lo empuja sin remordimientos.

—Vamos, de prisa, tu aroma empieza a resaltar y aunque todo alfa aquí está emparejado hay unos cuantos cuya unión aún es reciente y podrías atraer su atención.

Izuku sigue a la muchacha a las escaleras, descienden al segundo piso, al tercero y finalmente a un cuarto. De ahí salen y cruzan la sala –Izuku mira a su alrededor notando las celdas, todas ellas llenas–. Lo peor es el aroma porque huele a encierro, a tristeza, a dolor. El ambiente está cargado con el pesado aroma omega que ellos emiten cuando están heridos, enfermos o simplemente tienen miedo. En contraste el aroma alfa habla de ira, de violencia, de amargura. La combinación sobrecarga la nariz de Izuku, de por si sensible por culpa de la luna, así que las náuseas vuelven más fuertes que nunca y se vuelve imposible controlar su ansiedad.

Sigue a la chica por otro túnel, hasta una habitación que parece la cocina. De ahí se encaminan al fondo, al cuarto de la despensa. Ahí ella enciende una de las lámparas y la usa para mostrarle un nicho viejo, oculto tras una pared falsa. El suelo está cubierto de telas sucias, parcialmente cubiertas de sangre, hay un pequeño estante pegado a la pared que contiene bandejas, telas y frascos. Lo peor es el aroma, apesta a muerte y encierro.

—¿Qué pasó aquí?

La chica lo ignora, aparta las cobijas más sucias y sacude el resto.

—Puedo dejarte la lámpara, pero solo una pequeña botella de aceite porque es una de las cosas que controlan. De todos modos, no necesitas luz. ¿Tienes comida?

—Algo.

—Bien, te traeré fruta, no será mucho, pero no te morirás de hambre. También traeré una cubeta de agua. Procura no tirarla. Si necesitas ir al baño hay una bacinilla en la esquina. Dudo mucho que la utilices regularmente, pero vendré a limpiarla una vez cada día.

—De acuerdo, sí, gracias.

—¿Cuánto dura tu ciclo?

—Dos días. Tres cuando mucho.

—De acuerdo. Dos veces al día viene un grupo a preparar la comida. No te molestaran, pero procura no salir a buscarlos no vaya a ser que algún guardia decida rondar la cocina. Si consigo alguna manta extra te la traeré, pero no te garantizo nada.

—Está bien. Gracias por ayudarme.

La muchacha se tensa, aprieta la boca y parece discutir consigo misma. Finalmente toma aire y dice:

—Recuerda que me debes un favor.

—¿Me dirás ahora de que se trata?

Ella toma aire—Después. Ahora tengo que irme.

Izuku la ve marchar después de colocar la pared falsa en su lugar. Con mucho cuidado se recuesta entre las mantas viejas y se asegura de apagar la lampara para ahorrar el aceite dejando sus provisiones al alcance de la mano. Solo es hasta que estira sus piernas que se da cuenta de lo cansado que esta. Se ha pasado los últimos días caminando con descansos breves, sin una buena noche de sueño, o una alimentación apropiada.

El cansancio, la convalecencia de su enfermedad, y el hambre, hacen sospechar a Izuku que su ciclo será uno particularmente difícil. Especialmente porque será el primero en que tenga que hacerse a la idea de que Katsuki está muerto.

Izuku cierra los ojos, entierra la cara en la manta sucia y hace un gran esfuerzo por controlar las emociones que su ciclo hacen florecer.

 

[…]

 

A Shuichi lo despertaron a media noche, cuando uno de sus hombres irrumpió en su tienda sin anunciarse.

—¡¿Qué mierda?! ¿cuál es el problema?

—Lo siento, señor. Los cuervos han vuelto.

—¿Qué?, ¿por qué?

—Me temo que fueron descubiertos, señor.

—¿Descubiertos?

—Es la explicación que da su entrenador, al parecer los cuervos tienen ordenes de huir si son descubiertos.

—¿Eso significa que encontraron a los salvajes?

—Si, señor, tenemos su ubicación exacta, también su número. Podemos empezar a planear una ofensiva.

—Excelente, envíen un informe a Kurogiri, también reúne a las tropas. En cuanto tengamos un plan empezaremos a movernos, quiero saber cuánto tiempo nos tomara llegar hasta allá y cuál es la situación que vamos a encontrar. Quiero liquidar este asunto tan pronto sea posible.

 

[…]

 

—¿En dónde está el príncipe?

Es oír la pregunta y sentir que su sangre se espesa. La ira se combina con la incredulidad para formar un nudo que se asienta por encima de su esternón. Se ha quedado mudo y paralizado en su lugar.

Tienes que estar bromeando.

Junto a ellos “La Montaña” permanece al margen, observando con atención y escaneando el terreno pendiente de cualquier amenaza. El alfa es altísimo, musculoso y ágil. Katsuki ha luchado con él en varios combates de prueba y no deja de sorprenderle que una mole de ese tamaño pueda moverse tan rápido; es una suerte que al menos él esté al pendiente de los alrededores porque Katsuki tiene toda su atención puesta en la conversación.

Nota que cada músculo de su cuerpo se tensa; tal es su emoción que incluso sus voces se oyen amortiguadas, la culpa la tiene la sangre que le ruge en los oídos.

—¿No está aquí?,—pregunta el chico alto de pelo azul.

—Creímos que estaría contigo—añade Kirishima con su ceño fruncido.

—El plan era que el príncipe se reuniera con ustedes para después huir a la frontera.

Kirishima le enseña la misiva que Katsuki recibió junto con los viales, y después procede a explicarle la situación. La expresión del hombre se va oscureciendo al oír el relato.

—Pensamos que al ser descubierto el príncipe decidió reunirse con el ejército. Creímos que buscaba contarle al rey del incienso.

—Tenemos que informarle al rey—sugiere chico de pelo azul—El príncipe mismo lo sugiere en su carta.

—El rey está muerto.

Silencio.

—¡¿Qué?!

—¡No!

—No estuve presente en el combate, pero los sobrevivientes me lo contaron. Hace unos días, cuando la flota real llego a las playas, el rey ordenó el ataque contra uno de los puertos. Resulto ser una trampa. Utilizaron el incienso para neutralizar y masacrar a toda la fuerza alfa. Pocos de ellos sobrevivieron. Los refuerzos beta tuvieron que replegarse y volver a los botes. El rey fue herido de gravedad y murió poco después.

—¿Ellos…?

—¿Cómo…?

—Nos traicionaron. Jin Bubaigawara, guardia real, orquestó el ataque al rey. Ahora él comanda el ejército; al menos la mitad de las tropas. El resto se ha marchado hacia el oeste para lanzar otra ofensiva. No saben del incienso así que enviamos a un mensajero con ellos. Con suerte los alcanzaran antes de que sea demasiado tarde.

Tras un momento de estupefacta incredulidad ambos muchachos comienzan a lanzar pregunta tras pregunta, queriendo conocer hasta el último detalle de la situación. Ofuscado, Katsuki estalla.

—¡Cállense!

Los tres lo miran, dos expresiones de horror y una de sorpresa.

—¡Basta de parloteo inútil!

—¿Quién eres?,—pregunta el hombre de pelo negro

—Has dicho que tu príncipe tenía ordenes de ir a la frontera.

—Tú-

—¡Escucha! ¡No tengo tiempo! Tu príncipe tenía ordenes de ir a la frontera, pero no llegó a ella. Lo descubrieron, ¿qué habría hecho él?

—No lo sé.

—¿No eres su maestro? Su instructor o lo que sea. Debes conocerlo.

—¿Quién eres tú?

Kirishima interviene en ese momento.

—Su nombre es Bakugou, Aizawa-sensei, es el alfa que lideró el asalto a la prisión. Él nos liberó.

Aizawa lo estudia y Katsuki procura que la ira que vibra dentro de él se refleje por completo en sus ojos.

—¿Bakugou?,—pregunta Aizawa en voz baja mirándolo fijamente—¿Eres pariente de Mitsuki?

La pregunta lo sorprende—¿Conoces a mi madre?

—¿Tu madre?... Sí, veo el parecido. Conozco a Mitsuki. Entrene con ella cuando éramos jóvenes. Ella y sus guerreros han dirigido el único asalto exitoso contra una de las prisiones. Su historia se ha convertido en leyenda.

En ese instante Kirishima se gira hacia él con la boca abierta.

—¡¿Tu madre es la Furia Roja?!

—¿Qué?

—¡Mitsuki! ¡La Furia Roja! Le dicen así por las flores color cereza que lleva a la espalda. Cuando lucha es como un borrón de color rojo. ¡Todos hemos oído sobre ella! ¡Ahora lo entiendo! ¡Eres su hijo!

—Creía que el hijo de Mitsuki murió en el mar. El barco esclavista que lo transportaba cayó presa de una tormenta, esa es la historia que se cuenta.

—Solo uno de los barcos naufragó esa noche. Y de acuerdo con lo que el poste ese dijo—señala al muchacho de pelo azul—ustedes se encontraron con el único omega sobreviviente. El omega que ahora mismo viaja con tu príncipe, ¿no es así?

Silencio y después—Así es.

—Bien—Katsuki se endereza, crece y su aroma se espesa a su alrededor—dejemos en claro que no me interesa encontrar a tu príncipe; pero él tiene algo que es mío. Y voy a buscarlo. Has dicho que no podemos contar con ayuda del exterior, solo quedamos nosotros, así que tratemos de nuevo: Tu príncipe tenía ordenes de ir a la frontera, pero no llegó a ella. Lo descubrieron, ¿qué habría hecho él?

—Acercarse a la costa y reunirse con el ejército para informar del incienso lo antes posible.

—¿Cuáles son las posibilidades de que tuviera éxito?

—Si Shouto hubiera tenido contacto con las tropas de Yuuei, Jin se habría enterado de inmediato; pero él también lo estaba buscando. A la costa no llegó. Si viajaba con Kamui es posible que los llevara a esconderse a las montañas.

—¿Dónde podemos encontrarlo?

—La única forma de contactar con él es mediante un ave mensajera. Un ave entrenada especialmente para esta tarea.

—¿Dónde está el pájaro?

—En Yuuei.

Katsuki maldice—¿De qué otra forma puedes comunicarte con él?

Silencio—No hay otra forma. Tenemos que esperar hasta que el príncipe aparezca.

Antes de que Katsuki empiece a maldecir, Kirishima interviene.

—Ella lo conoce.

—¿Quién es ella?,—pregunta Aizawa

—La chica que nos dio los viales y las cartas. La guardia de piel rosada—mira a Katsuki y este asiente con lentitud—Tal vez ella sepa cómo localizar a Kamui.

 —Volvamos—replica Katsuki con fuerza, la ansiedad vibrando en su interior a un ritmo desenfrenado y volátil. Le urge regresar, buscar a la guardia y salir tras el rastro de Kamui.

Maldita sea, Deku, mantente lejos de los problemas.

Chapter Text

“Though lovers be lost, love shall not” - Dylan Thomas

Aunque los amantes se pierdan, el amor no lo hace.

 

[…]

 

El mundo es un hoyo oscuro que palpita, es caliente e incómodo y parece extenderse en todas direcciones de forma lenta pero constante. No duele, no como una herida mortal. Es incomodidad, bochorno, tensión, ansiedad y deseo. Es como si no cupiera dentro de su cuerpo, como una energía que vibra dentro de él buscando salida, queriendo estallar.

Entre las mantas sucias Izuku gime, se frota, se mueve. Se gira boca abajo, encoge las piernas, se apoya en los codos, se endereza hasta encontrarse a cuatro patas respirando agitadamente, con el cuerpo cubierto de sudor y totalmente desnudo. La oscuridad lo rodea, el mundo es frío y está completa y absolutamente vacío.

Tiene la entrepierna húmeda, con su erección presionando contra su vientre. Otra oleada de calor asciende por su cuerpo, sus manos ceden e Izuku apoya la cara contra las mantas, inhalando, buscando un aroma que responda al suyo.

Solo encuentra tierra y un indistinguible tufo de podredumbre.

Izuku baja las caderas, las aprieta contra las piernas dobladas, todo su cuerpo se contrae en un nudo tenso, a la espera.

La sensación de bochorno remite e Izuku rueda sobre su costado hasta colocarse boca arriba. No hay techo visible, no hay mundo a su alrededor, solo oscuridad. Es como flotar en una balsa sobre un mar infinito. Las manos de Izuku cobran vida y se desplazan perezosas sobre su cuerpo. Se toca, con la mente en blanco, intentando aliviar la necesidad.

Pero no puede, no hay satisfacción.

Es entonces cuando su mente lo traiciona. Kacchan. El nombre tiene el suficiente poder para sacudirlo, para despertar cada terminación nerviosa, para aflojar sus músculos ante la expectativa de lo que él considera inevitable… pero cuando eso no pasa su mente solo atina a evocar una sucesión de recuerdos con la esperanza de aliviar la espera; esos recuerdos florecen dentro de él como capullos en el jardín.

.

Katsuki junto a él, comiendo, con los pies en el agua, tiene la mirada fija al frente, pensativa e inalcanzable. Izuku quiere tocarlo, quiere extender la mano y deslizar los dedos por su hombro, pero se contiene, porque se acuerda de sus hojas sin flores y se avergüenza.

.

Katsuki sonriendo cuando consigue vencer por primera vez a un alfa dos años mayor a él. El gesto es amplio, rebosante de orgullo y autoridad.

.

‘Aquí plantaremos un campo’, recuerda su voz, con sus timbres infantiles rebosantes de determinación.

—Kacchan—su nombre es un eco que se eleva y se desploma en el silencio que lo rodea.

‘Aquí plantaremos un campo’, recuerda sus ojos de un escarlata intenso que no se apartan de él. Su aroma es madera y humo, intoxicante, familiar, abrasador, como una fogata en una noche fría.

—Kacchan—la súplica se pierde en el vacío que lo rodea. Gira cada vez más rápido hasta desvanecerse.

‘Aquí plantaremos un campo’, recuerda sus manos y su boca, recuerda sus hombros, la extensión de su brazo que señala. Y recuerda sus ojos, firmes, decididos y aterrados. Y se permite soñar. ‘Y cuando las veas te acordarás…’

‘Me acordaría de ti aunque no tuviera ni una sola flor azul, Katsuki’, su nombre, enroscándose en la punta de su lengua y sacudiendo su mundo.

—Katsuki

.

Una descarga lo recorre y casi de inmediato su cuerpo entero se contrae. Todo queda en pausa, pero la dulce y tibia inconsciencia no dura demasiado. Dentro de su pecho la añoranza se arremolina con la fuerza de un mar embravecido, crece y se agita, soplando culpas y reproches. En su estado, con sus emociones a flor de piel, le resulta imposible controlarla. La pena y la angustia se desbordan de él en oleadas cada vez más grandes. Llora de nuevo, con el antebrazo derecho sobre los ojos, el cuerpo encogido, y su mano izquierda cubriendo su boca a fin de mitigar los sollozos. El nudo que se forma en su garganta es casi físico, le impide tragar sin hacerse daño.

Pasan las horas, los sollozos se calman. Izuku se limpia las manos contra la manta, después la estira con cuidado y tantea hasta que encuentra su odre de agua del que bebe con cautela. Se estira y come, o más bien mastica sin fuerza el pan que aún le queda. Al final se sumerge en una duermevela tumultuosa, llena de recuerdos, de escenas fragmentadas.

No deja de recordar la frase ‘Aquí plantaremos un campo’ aunque no consigue recordar dónde la ha oído antes. Cada vez que piensa en ella tiene ganas de llorar, de encogerse en un rincón y gritar hasta quedarse sin aire. Es como un cuchillo que se entierra en su corazón sangrante.

Después de un rato la necesidad regresa, Izuku despierta embotado, incomodo, ansioso. Y todo vuelve a empezar.

 

[…]

 

Las hojas de panax son amargas y uno de sus efectos secundarios es el exceso de saliva. Denki lo detesta, pero es muchísimo mejor tener que escupir cada quince minutos que abandonarse a la necesidad que lo convertiría en un blanco fácil.

La planta controla el flujo de lubricante en su cuerpo, mitiga su deseo, lo mantiene despierto y le da energía, pero eso es todo, aún con ella la sensación de incomodidad persiste. Nota sus hombros tensos, el vientre vacío, y cada músculo de su cuerpo suplica a voces el contacto, cada hueso dentro de él desea consuelo.

Sentado junto a la rueda de uno de los carromatos y removiéndose en su lugar cada cinco minutos en busca de la posición más cómoda, Denki escupe el exceso de saliva y sigue masticando. El sabor del panax es asqueroso, aunque no lo suficiente para provocarle náuseas. Denki mastica, se estira, escupe y repite.

Antes los carromatos solo transportaban a un puñado de los suyos, aquellos cuyo ciclo iniciaba temprano. Ahora casi la mitad del grupo se encuentra dentro. Si fuera cualquier otro día se ayudarían entre sí para calmarse, para disponer de unos preciosos segundos de deliciosa laxitud, aunque no satisfacción, pero ahora todos mastican panax vigilando con cuidado sus alrededores.

Otra de las ventajas del panax es que el aroma es tan amargo que atenúa, solo en parte, el poderoso aroma que un omega en ciclo emite. No es suficiente sin embargo y todo el grupo omega ha tenido que alejarse del campamento principal. Se han instalado cerca del río, mientras aquellos que están libres del ciclo preparan la comida y vigilan que ningún alfa se aproxime.

Ayudando con la vigilancia están los barbaros beta que poseen cierta tolerancia al ciclo omega, entre ellos se encuentran las dos bellezas bárbaras de pelo negro -Denki ni siquiera ha tenido oportunidad de preguntarles su nombre-, y Kyouka, que ayuda a Ochako a distribuir las raciones de comida.

Denki se frota las manos, cierra los ojos e intenta relajarse. Con la mente en blanco lo primero que se le ocurre es la sonrisa desinhibida de Eijirou, tan inmensa que la punta de sus colmillos se asoma por entre sus labios. Denki recuerda la sensación electrizante que sacudió su cuerpo al ser mordido. Es acordarse de ese día y sentir que la tensión vuelve de inmediato, bulle dentro de él como burbujas de agua hirviendo. Denki se remueve en su lugar, repentinamente acalorado. Le echa la culpa a su ciclo, lleno de emociones descontroladas y deseos reprimidos. Es su época más vulnerable, cuando la culpa se aferra con fuerza y los recuerdos afloran con mayor facilidad.

‘Denki

Es como una maldición, la forma como pronuncia su nombre, delicado, maravillado, enternecido. Denki lo aborrece, aborrece la forma como su cuerpo se retuerce, la sensación de ansiedad que se extiende dentro de él ante la remembranza. Pero no, en realidad no es eso lo que aborrece. Aborrece la sensación de pérdida… porque lo extraña. Lo extraña pese a que solo convivieron un mes, un mes completo de charlas absurdas y verdades absolutas. No intercambiaron datos personales y aun así hablaron de todo. Rieron y lloraron -al menos Denki lo hizo- y compartieron la clase de intimidad que resulta aterradora.

Porque durante ese mes se acordó de quien había sido antes. Del Denki que tenía una madre y soñaba con recuperar la panadería de sus padres. Un sueño simplista para un chico simplista. El Denki de esa época reía con la boca abierta, alzando el cuello, sin miedo. El Denki de esa época era feliz, hacía bromas, y podía coquetear sin sentir culpa. El Denki de esa época adoraba apropiarse de la atención de cualquier alfa de su edad. Ese Denki no se habría sentido abrumado por la atención inocente, la sonrisa franca y la deslumbrante personalidad.

Así que se alejó, impuso el silencio entre ellos. Tenía que alejarse, tenía que levantar los muros y avanzar; porque ese Denki estaba muerto y era absurdo pensar en él.

El Denki de ahora no piensa mucho en el futuro, no más allá de lo que comerán mañana. El Denki de ahora no puede reír sin sentir miedo. El Denki de ahora no se siente capaz de buscar consuelo cuando sabe que eso es un arma de doble filo.

Y se odia, porque una parte de él extraña reír y otra parte -más dura y acerada- sigue contando los días hasta que el sueño termine y tenga que volver a los calabozos oscuros. La mayor parte del tiempo puede acallar ese miedo, pero ahora, cuando sus emociones se agitan inconsolables dentro de él se vuelve sumamente difícil fingir normalidad. Y lo extraña. Lo extraña, no solo por la risa, sino porque se contuvo para no marcarlo cuando habría sido tan fácil, porque es amable y honesto y franco y Denki no se siente merecedor de su atención.

‘Denki’

Incapaz de soportarlo por más tiempo, Denki abre los ojos, estira las piernas y escupe de nuevo. Se levanta con esfuerzo y va en busca de Ochako que está repartiendo mantas. Se detiene junto a ella, escupe la pulpa amarga que lleva en la boca y le dice:

—¿Qué hago?,—inmediatamente después toma otras dos hojas de panax y empieza a masticar. El penetrante sabor amargo consigue mitigar su ansiedad.

—Descansa, Denki—responde Ochako mirándolo con simpatía—Duerme un poco si eso quieres.

—No puedo dormir.

Cada vez que intenta dormir vuelve a soñar con Eijirou y si no es él son los cuervos. Las aves de alas negras y ojos rojos. Los ve en su sueño mientras sobrevuelan encima suyo hasta que llega un momento en que descienden bruscamente hacia él y graznan con un sonido terrible. Despierta aterrado con la sensación fantasmal de sus picos desgarrando su carne.

Tres días y el susto de los pájaros sigue ahí.

No es el único, sabe que los cuervos también han activado las alertas en la cabeza del líder bárbaro. La única razón por la que el grupo entero no ha hecho maletas para irse de ahí es porque Togata no se atreve a mover al grupo omega durante la luna llena. En su lugar ha desplegado varios grupos de centinelas alrededor del perímetro y ha ordenado establecer círculos de defensa.

Denki lo sabe porque Kyouka ha tenido la amabilidad de explicárselo a Ochako.

—Ve a descansar—añade Kyouka mirándolo con una sonrisa condescendiente. Ella siempre es condescendiente con él, con todo el grupo omega en realidad, no con Ochako por quien parece sentir una simpatía absoluta.

—No puedo descansar—ella no lo entiende y él no puede explicárselo; no tiene forma de decirle que aunque el panax consigue controlar su necesidad, la ansiedad sigue ahí—Y no puedo dormir.

Al final Ochako se apiada de él.

—Ve y siéntate en la fogata con Momo, ella está cuidando del fuego. En cuanto termine con las mantas iré a platicar contigo.

Denki asiente y obedece. Se deja caer junto a la hoguera, que está caliente y resulta asfixiante, pero es muchísimo mejor que estar solo rodeado de ideas absurdas. Momo, la belleza bárbara que deslumbra con su larguísimo pelo oscuro, le sonríe con dulzura.

—¿Tienes hambre?

Denki sacude la cabeza, todo lo que come le sabe a panax así que prefiere esperar hasta que el hambre sea insoportable. Ella toma nota de sus emociones tumultuosas y guarda silencio, así que es él quien tiene que iniciar la conversación.

—¿Es cierto que hay torneos para escoger al compañero de un omega?,—pregunta en voz baja sin dejar de masticar y escupir.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Inasa. Platicamos antes de que se fuera.

—Oh… bueno, sí, los hay. No muchos omega nacen en cada generación. Y la mayoría de ellos mueren antes de llegar a la adolescencia. Los que sobreviven para alcanzar su primer ciclo reciben proposiciones de un numeroso grupo de candidatos. Si la familia ya ha escogido un pretendiente el asunto no pasa de ahí, pero a veces organizan torneos de combate para elegir a su consorte.

—¿Qué pasa con el resto?

—Si buscan tener descendencia se unen a mujeres beta. La mayoría de ellas se comprometen jóvenes.

—¿Kyouka tiene un prometido?

Momo se ríe—Kyouka es un caso especial. Es pequeña para la media bárbara así que no resalta con facilidad, pero tampoco es que a ella le interese el asunto. No quiere unirse a un alfa, ni tener hijos. Por lo que sé, desafío la voluntad de su familia y se entrenó para ser guardia personal de Togata. Y al final su esfuerzo dio frutos porque todos la reconocen y la respetan y sus padres han dejado de preguntarle por sus prospectos.

—¿Y tú?

La sonrisa de Momo se atenúa.

—Bueno, mis padres tenían intención de casarme con el jefe Togata, pero él y Tamaki formalizaron su relación pese a que nunca podrán tener descendencia. Así que mientras mis padres siguen con la ilusión de que el jefe Togata tal vez considere convertirme en la madre de sus hijos, tengo la oportunidad de viajar con su grupo.

—¿Un hijo? ¿Quieres un niño?

—Algún día me gustaría tener hijos, por ahora aprovecho la libertad que tengo para hacer lo que me gusta.

—¿Qué es…?

—Viajar, conocer el mundo que existe más allá de las montañas.

—Ya.

—Sabes, tienes unos ojos preciosos. Son de un dorado brillante como oro derretido. Si vivieras en las montañas la lista de tus pretendientes sería larguísima.

Denki se eriza, traga con fuerza en lugar de escupir y el amargo sabor del panax se desliza con lentitud por su tráquea. Se cubre los ojos con las manos y por suerte para él Ochako llega a cambiar de tema.

—Creo que tenemos que irnos—dice ella y por la forma como Kyouka frunce el entrecejo, Denki entiende que no se trata de un tema nuevo—Si tu señor cree que vendrán a buscarnos…

—¿Buscarnos?,—interrumpe Denki—¿Quiénes?, ¿los guardias?

Ochako se inclina hacia él y le susurra.

—Kyouka dice que es una posibilidad.

—En realidad—explica Kyouka ante la mirada aterrada de Denki—siempre ha sido una posibilidad. Es cuestión de tiempo antes de que descubran lo que sucedió en la prisión. Tarde o temprano enviarán a un grupo tras de ustedes. Lo más importante ahora es prepararnos para alejarnos de aquí lo antes posible.

—Tendríamos que irnos ya—dice Ochako con ira, pero Denki la conoce lo suficiente para saber que su ira es solo la máscara que oculta su miedo.

—No—responde él con suavidad—tenemos que esperar a Bakugou.

—Aunque ellos estuvieran aquí—añade Momo—el jefe Togata no aceptaría moverse mientras la luna llena esté en el cielo. Le preocupa demasiado exponerlos al peligro en su condición.

—Podemos cuidar de nosotros—dice Denki

—Y podemos luchar—añade Ochako

Tanto Kyouka como Momo se escandalizan.

—Un omega no lucha—explica Momo con calma—El jefe Togata jamás se atrevería a permitir que un omega entre en combate. Nosotros los cuidaremos.

Kyouka asiente y enumera cada una de las precauciones que su líder ha puesto en marcha.

Denki y Ochako la escuchan con atenciòn, pero eso no consigue calmar su ansiedad.

 

[…]

 

El final de un ciclo es como despertar tras un largo día de ejercicio: Exhausto, con las articulaciones adoloridas, la piel pegajosa y sucia, el pelo empapado y un hambre voraz; pero no es nada que un buen baño, una buena comida y una infusión de astrágalo no consiga aliviar. Por desgracia Izuku no cuenta con ninguna de esas tres cosas.

Cuando despierta se siente vacío, ligero, como alguien que ha llorado hasta quedarse sin lágrimas. Se toca el rostro y de inmediato nota la hinchazón alrededor de las mejillas y los ojos. Es una suerte que no haya nadie con él porque no quiere ver caras llenas de pena ni desea conforte de ningún tipo.

Toma aire con lentitud, no hay voces que lo alienten a no rendirse, no hay energía que lo impulse a moverse. Dentro de él, en lo profundo de su mente, sabe que la tristeza que lo invade es un síntoma indiscutible del luto, y que en determinados casos puede conducir a la muerte; pero en la naturaleza de Izuku no existe la opción de rendirse. Sin importar lo difícil, lo aterrador o lo complicado que algo pueda ser, Izuku sigue porque nunca ha deseado ser una carga para nadie.

Muévete, tienes que moverte, con lentitud se gira. Toma aire a bocanadas, luchando con la pesadez que lo invade.

Alguien se ha tomado la molestia de encender la lampara, también le han traído comida, una pequeña cubeta de agua, una tácita de pasas y un pequeño trozo de tela limpio. Sobre la tela hay un rectángulo de papel que dice: No salgas, volveré al amanecer.

Con movimientos metódicos Izuku toma su odre de agua y lo llena. Examina el nicho y se arrastra hasta el estante; en él encuentra hojas secas de hierbabuena en uno de los frascos y también una vieja esponja.

Báñate, tienes que bañarte.

Deshace las hojas de hierbabuena y coloca un poco de agua en el frasco, después usa la esponja y el resto del agua para eliminar la tierra de su piel y pelo. A falta de jabón tiene que tallarse con fuerza hasta que siente arder su piel. Cuando termina usa el agua del frasco con hierbabuena para cubrir el aroma a ciclo que aún perdura en su cuerpo. No es un baño propiamente dicho, pero al menos ha conseguido que su cuerpo esté lo más limpio posible.

Come, tienes que comer.

Su comida consiste en un plato de remolachas hervidas, cuando Izuku las toca se da cuenta de que aún están tibias. El agua que se encuentra al fondo del plato es de un intenso color rojo.

Algo dentro de Izuku se contrae.

Come.

Izuku acerca la tacita de pasas y empieza a comerlas sin prisa, sin dejar de ver el líquido rojo en el fondo del plato. Cuando las pasas se acaban Izuku extiende la mano y toma una remolacha. Se la come con mordiscos pequeños, con el jugo escurriendo por su mano, cubriéndola de un color rojo y manchando sus dedos de una tonalidad más oscura.  

La remolacha se termina e Izuku contempla sus dedos con ojos vacíos. Sin pensarlo extiende la mano hacia la nota y la toma. Le da la vuelta y la coloca sobre su rodilla. El papel se mancha al contacto con sus dedos, pero a Izuku no le importa. Con muchísimo cuidado, sin detenerse a pensar, empieza a dibujar. Lo hace con una precisión nacida de la costumbre, traza la flor con su dedo índice dándole la forma que recuerda, humedeciendo sus dedos en el tinte rojo y usando sus uñas para los bordes.

Como el espacio es reducido no puede dibujar la imagen completa con forma de espada compuesta de muchas flores parecidas, así que solamente dibuja una, pero se queda satisfecho con ella. Sujeta el trozo de papel y la mira.

Solo alguien que haya visto la versión real podría reconocerla.

‘Aquí plantaremos un campo’

Se acuerda de la promesa, se avergüenza de haberla olvidado. Le ha tomado años pensar en ella y casi desearía no haberlo hecho porque todo lo que siente ahora es dolor.

No seas debilucho.

El recuerdo lo llena de nostalgia, Izuku toma aire una vez más, con fuerza. Alza los ojos al cielo y contiene el aliento hasta que está seguro de que no se echará a llorar de nuevo.

Una vez seco, coloca el trozo de papel con su flor bajo la tacita vacía, se acaba la segunda remolacha y después procede a masajear sus músculos con cuidado; mientras trabaja no deja de repetirse las mismas palabras: voy a salir de aquí, buscare a Shouto, y cuando todo esto acabe volveré a casa, veré a mi madre. Visitare a Mitsuki. Le diré…

Se le humedecen los ojos y tiene que hacer una pausa para controlarse.

Izuku se viste y en un arranque de ansiedad se pone a limpiar el nido. Sacude las mantas, revisa el estante y reordena todos los frascos. Cuando no le queda nada que hacer apaga la lámpara para ahorrar aceite, se sienta con las piernas encogidas y empieza a recitar su lista de plantas. Cuando termina vuelve a empezar, una y otra vez sin permitir que su mente divague.

Tan concentrado está que no escucha los pasos que se aproximan. Se sobresalta cuando la pared falsa es removida y la omega de la vez anterior entra llevando su propia lampara. Entre sus brazos lleva un paquete que le tiende sin decir palabra.

Cuando Izuku lo abre encuentra tres papas cocidas, toma una y le extiende el resto a la muchacha, pero ella sacude la cabeza.

—Son para ti, come, necesitarás fuerza—de pronto se detiene y aspira—huele a hierbabuena, ¿eres tú? No recuerdo que olieras así.

—¿Eh? Oh, no. Solo lo use para limpiarme. ¿Huele demasiado?

—No, no, pero resalta aquí porque usualmente no huele así.

—Lo sé… este cuarto huele a muerto.

Ella se entiesa.

—¿Te diste cuenta?

Izuku se encoge de hombros.

—No te lo he preguntado antes, lo siento, ¿cómo te llamas? Yo soy Izuku.

—Mi nombre es Itsuka.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Demasiado… no lo sé.

—Perdona.

Itsuka lo deja pasar.

—Dijiste que te hiciste pasar por beta, ¿por qué?

—Es una historia larga, ¿quieres oírla?, ¿o has venido para hablarme del favor?

Itsuka asiente despacio, guarda silencio y cuando empieza hablar lo hace lentamente, sin dejar de mirarlo a los ojos.

—Dijiste que eras un sanador, ¿mentiste?

—No.

—Bien—traga saliva, sus ojos se desvían a la pared, toma aire y finalmente lo mira—porque necesito que me lo quites—coloca una mano en su vientre y es toda la explicación que Izuku necesita.

—¿Por qué?

Sus ojos verdes se llenan de lágrimas—No puedo tenerlo, no de nuevo.

—No te entiendo.

Ella se recompone, suspira—¿Sabes lo que sucede en las prisiones?

—Los obligan a emparejarse.

—Sí. Cuando eso pasa nos traen aquí. En la prisión siempre nos advertían sobre los emparejamientos, decían que conducía a un destino peor. Y tenían razón—toma aire, Izuku la ve luchar con cada palabra que pronuncia—Cuando llegué aquí nos encerraron durante semanas enteras a mi alfa y a mí. Esperan a que el vínculo se fortalezca y después abren la puerta. A mí me encadenaron a mi celda. A mi alfa le asignaron un trabajo en el embarcadero, se marcha temprano, vuelve tarde y duerme junto a mí por la noche. Cada mañana se marcha a construir barcos. Sé que no todos trabajan ahí, algunos son llevados a las montañas para ampliar los túneles o preparar otras cupulas como la que viste al entrar.

—¿Cuántas cúpulas hay?

—Yo solo conozco la mía, pero sé que hay más—suspira—Cuando llegas tienes que quedarte ahí, sin hacer nada. En la prisión nos daban trabajo, nos hacían sentir útiles, pero al llegar aquí… De la comida se encarga el grupo omega adulto, aquellos que son demasiado grandes para ser enviados a la prisión. Ellos cuidan de los nuevos.

Izuku asiente, se acuerda del adulto que viajaba en el mismo barco que él.

—¿Y ellos no conocen cuántas cupulas hay?

—No, ninguno de ellos puede hablar. Les cortan la lengua al llegar. No pueden decirnos nada, ni advertirnos ni acusarlos. Se limitan a llevarnos de comer.

Izuku procura tragarse el horror que lo sacude.

—¿Cuánto tiempo te dejan ahí?

—Hasta que tu estado empieza a mostrarse.

Ella no añade más e Izuku traga con fuerza.

—¿Te embarazaste?

—Todos aquí lo hacen, no se puede evitar. No tenemos panax para debilitar los síntomas del ciclo, y tarde o temprano te dejas llevar. Cuando eso pasa te dejan salir y te unes a la rutina: Cocinar, lavar, coser, limpiar… nos encargamos de nosotros y de los nuestros.

—Los alfa…

—Obedecen las ordenes, se comportan. No pueden arriesgar la vida de su omega o la de su cachorro. No huirán mientras su omega este encadenado a la celda. Tampoco lo harán una vez que salgan de ella.

Izuku respira, cuando lo hace nota el temblor en las manos; aprieta los puños y se atraganta.

—Tú-

Ella retoma su relato, su voz adquiere un ritmo apresurado, como si intentara escupir el mal que le hace daño.

—No muchos llegan hasta el final. La alimentación es terrible, insuficiente, pero a ellos no les importa. Si el omega pierde al bebé vuelven a intentarlo. Vuelven a encerrarlo y el ciclo se repite. Pero si el cachorro consigue nacer se lo llevan, y entonces te dejan salir porque saben que así nunca irás a ningún lado.

—Tu bebé…

—Va a cumplir un año, creo. Aún vive. Pero no será por mucho tiempo.

—¿Qué…?

—Algunos dicen que se los llevan para criarlos, para darles una mejor vida, pero es mentira. Lo sé. No sé que hacen con ellos, pero ninguno sobrevive.

—¿Cómo lo sabes?

—Cuando se llevaron al mío me quede a solas con el omega que limpiaba. Aunque no podía hablar le hice muchas preguntas. ¿A dónde lo llevan?, ¿qué harán con él?, ¿estará a salvo?, y él empezó a llorar. Le pregunté: ¿estará bien?, y sacudió la cabeza. Me dijo que no. Le pregunté: ¿vivirá? Y su respuesta fue levantar un dedo.

—¿Un dedo?

—Un año. Todos los niños viven hasta que cumplen un año.

—¿Estás segura?

—He visto los patrones. No sé qué harán con nuestros hijos, no sé para que los quieren, pero después de un año dejan de ser útiles. Entonces vuelven a encerrarte y todo empieza de nuevo. La mayoría cree que sus hijos están a salvo, así que se comportan para evitar que les hagan daño.

—¿Nunca has compartido tu sospecha con nadie?

—¿Para qué?, no tengo pruebas.

—El omega…

—Desapareció, solo lo vi esa vez. Después de eso el resto se mostró aún más reacio a compartir información. Y aunque alguno de ellos me respalde, ¿qué podemos hacer?

—Luchar.

—Lo hacemos.

Una certeza se forma en la cabeza de Izuku y estudia el nido con nuevos ojos.

—Aquí-

—Quisimos engañarlos. Dar a luz aquí y fingir que el bebé había muerto, pero ninguno de nosotros es médico. Y ellos son tan jóvenes. Hasta ahora hemos perdido a quienes lo han intentado.

Izuku mira a su alrededor y lo entiende. Un parto es en sí difícil. No se puede imaginar lo complicado que puede llegar a ser en una situación donde el omega se encuentre desnutrido, débil, y peor aún, que sea tan joven como lo son todos aquellos que han sido secuestrados.

—¿Qué pasa con el alfa? Cuando su omega muere.

—Enloquece. Entonces los guardias se lo llevan y no volvemos a saber de ellos.

Izuku asiente lentamente, su miedo se agita dentro de él como un ser vivo que espera el momento para huir. El terror y el asco se mezclan a partes iguales, luchando uno contra el otro para ver quien vence al final; pero también siente ira, una cólera sin precedentes que ruge en su interior y amenaza con romperlo. Cuando supo que los esclavistas forzaban los emparejamientos se dijo que tenía que ayudar a Shouto y al resto, que no se iría hasta que su gente estuviera libre… y ahora… ahora la situación es mil veces peor y esta vez está solo.

—Por favor—añade ella con dolor—tienes que ayudarme. Prefiero que vuelvan a encadenarme, prefiero morir encerrada en una celda a soportar la idea de que me lo arrebaten y lo dejen morir después. Si lo haces, prometo hacer todo lo que este en mi mano para ayudarte a escapar.

La voz de Aizawa vuelve a resonar en su mente: “¿Estás dispuesto a tomar este riesgo porque crees que puedes ayudar o porque estás de luto y no te importa lo que pase contigo?”

Esa vez lo tenía claro. Podía ayudar, su intención nunca había sido entrar en combate, conocía la zona y estaba seguro de que podía hacer una diferencia. Ahora esa certeza se ha esfumado, no siente que él pueda cambiar algo, pero también sabe que no puede dejarlos. Sin importar lo que pase, Izuku no se imagina abandonándolos.

Lo siento, mamá.

—Te ayudaré—dice con voz temblorosa—pero no solo a ti.

 

[…]

 

—¿Tenemos respuesta de Dabi?,—pregunta Shuichi en cuanto su mano derecha se detiene junto a la mesa que exhibe el mapa de la región.

—Recibimos un cuervo de la Ciudadela, teniente. Dabi y Shigaraki no vendrán.

—Lo suponía, ¿han llegado los refuerzos?

—Sí, teniente. Se han instalado y se alistan para el combate.

—¿Cómo van los preparativos?

—Todo se encuentra en orden, señor. Hemos desplegado dos grupos de centinelas, se mantienen al borde del campamento de los salvajes, fuera de la vista de sus vigías—conforme habla coloca dos tachuelas de color azul sobre el mapa.

—¿Cómo está la situación?

—El grupo de salvajes se han extendido a lo largo del río, suponemos que lo utilizan para cubrir su retaguardia. Han establecido dos semicírculos de defensa y han apiñado sus transportes y provisiones cerca del agua—coloca las tachuelas de color rojo formando dos curvas cuya base es la línea azul que está marcada como río Ha. Al centro de ambos, cerca del río, coloca una sola tachuela blanca.

—El río es un problema. Si iniciamos una formación de punta bastara que ellos dividan sus fuerzas y nos caigan encima. Rodearlos parece ser nuestra única opción.

—No tenemos suficientes hombres, señor; aún con los refuerzos nuestro número sigue quedándose corto.

—Al menos la mitad de ellos solo sirven para criar, no luchan. Es probable que los hayan dejado al centro, aquí—señala la tachuela de color blanco—si pudiéramos entrar por aquí…

—¿Señor?

—¿Cuánto incienso tenemos?

—Ah…, no tengo el número exacto, teniente.

—Pues investiga. Y quiero aquí a mis jefes de escuadrón. ¡Ve!,—el chico esta cruzando la cortina que da al exterior cuando Shuichi añade—¡Y trae a Uba!

En cuanto esta solo, Shuichi estudia el mapa con una concentración febril. Para cuando sus hombres hacen acto de presencia, él tiene un plan listo para ser ejecutado.

—¿Cuánto?,—pregunta

—Al menos cincuenta cartuchos que los refuerzos trajeron consigo. Todos tiene la marca de la prisión.

—No importa, estos son vulnerables a ella. Muy bien, tenemos ordenes de limpiar este estropicio. Nada de capturas, solo limpieza. Ellos tienen la ventaja del terreno, nosotros tenemos el incienso. Goro, tu equipo está compuesto de hombres rana, ¿no es así?

—La mayoría, sí.

—¿Crees que puedan desplazarse por está parte del río sin ser detectados?

—El caudal es fuerte en esta sección.

—Lo sé, ¿pueden o no?

—Aunque se pudiera, ¿qué harán diez de ellos contra todos esos salvajes?

—Crear pánico. Quiero un grupo de los mejores arqueros con ellos, los cubrirán mientras tu grupo destruye las provisiones. Tenemos la sospecha de que llevan incienso con ellos.

—¿Para qué?,—pregunta alguien

—No lo sé y no me importa. La misión de tus hombres, Goro, será prenderle fuego al carromato con el incienso. Será la distracción perfecta. Nosotros utilizamos el incienso en el círculo exterior y desde el centro el incienso que ellos llevan se expandirá hacia afuera, así desmontaremos su defensa.

—¿Y si no queda incienso?

—No importa, prende fuego a los carromatos. Cuando sepan que el enemigo llega por atrás, los salvajes se dispersarán, será una caza fácil, ¿tienes un blanco, Uba?

—Sí. Hemos identificado al líder. Alto, rubio. Hace patrulla en la sección derecha del semicírculo interior. Cada cierto tiempo cambia de sección y dos veces al día se acerca al círculo exterior para recibir informes.

—Bien, quiero concentrar nuestras fuerzas ahí. Nuestra prioridad es derribar a ese salvaje. Una vez que este fuera y que sus filas se hayan roto iniciaremos con la limpieza. Preparen a sus hombres, quiero que todos estén listos para atacar está noche.

Un potente “Sí” reverbera dentro de la tienda, inmediatamente después todos se dispersan. Shuichi le hace una seña al hombre llamado Uba.

—Espero que tengas una mejor descripción que alto y rubio. No quiero confusiones.

—Lo tengo ubicado, teniente. Cuando inicie el ataque mi grupo se encargará de él.

Shuichi asiente y lo deja marchar. Estamos listos

 

[…]

 

Itsuka parpadea: —¿Qué?

Pero en lugar de contestarle el omega se muerde el pulgar con expresión pensativa. Itsuka lo observa fascinada. El muchacho posee unos extraordinarios ojos verdes, de una rica tonalidad oscura, tras los cuales se esconden una mente perspicaz, lo sabe porque, aunque el miedo emana de él, en todo momento se mantuvo atento y no dejo de hacer preguntas.

Pese a que posee todas las características de un omega hay en él un aire de firmeza que Itsuka no recuerda haber visto jamás. Sí, existe en él la delicadeza de su género: La suave curvatura del cuello, el delicado mentón, sus labios mullidos, sus hombros llenos de pecas le confieren un aire infantil, y las pecas que se extienden sobre su nariz y ojos dotan a su mirada de una intensidad electrizante, pero si miras con atención encuentras la prueba de que no es un omega cualquiera. Le basta ver sus manos llenas de cicatrices, sus brazos torneados y sus piernas atléticas.

Y está el hecho de que se hizo pasar por un beta. Entre su gente no habría sido posible, pero ahí, donde los demonios no pueden distinguirlos más que por sus flores, resulta creíble. Lo que sorprende a Itsuka es la determinación.

—Te ayudaré—repite Izuku con firmeza, arrancándola de sus pensamientos—pero no podemos quedarnos aquí para siempre.

—¿De qué estás hablando?

—¿Qué pasaría si el resto se entera de lo qué pasa con sus hijos?

—¿Ah?… no lo sé.

—¿Crees que podríamos convencerlos de luchar?

—¿luchar?... no… no sé… ni siquiera sé si lo que te he dicho es cierto.

—Podemos averiguarlo.

—¿Cómo?

—No lo sé… aun, pero lo sabremos.

Itsuka sacude la cabeza, incrédula—¿Quieres que luchemos?, ¿solos?, ¿contra todo un ejército?

—No solos. El ejército de Yuuei está aquí. 

Itsuka abre la boca y la cierra, sin decir nada. Entonces el muchacho procede a explicarle que el rey de Yuuei ha decidido atacar, que su intención es destruir los puertos y los embarcaderos.

—Tenemos poco tiempo—dice Izuku al final—Los vi llegar cuando me capturaron, no sé cuánto tiempo ha pasado desde entonces, una semana como mínimo, tal vez dos. Tampoco sé cuándo iniciarán el ataque, no sé cuánto tiempo se quedarán, pero si logramos enviar un mensaje, sabrán que estamos aquí.

—¿Cómo vamos a enviar un mensaje?

—Conozco a uno de los guardias que trabaja en la prisión beta. Tengo que llegar hasta él. Si dices que ahí es la entrada de la Ciudadela debe haber un túnel que me lleve hasta allá…

Itsuka sacude la cabeza, incrédula.

—Tengo que irme—dice de pronto, abrumada por los murmullos incomprensibles, por su repentina energía, por su decisión—Es hora de que me vaya—repite en voz alta pero cuando el otro la ignora, Itsuka empieza por recoger la bandeja con la comida.

No está segura de lo que vendrá después, pero al menos sabe que él cumplirá con su parte del trato.

Está recogiendo la tacita vacía cuando ve el papel bajo ella. Es su nota, pero está manchada de rojo. Al darle la vuelta la ve: Una flor roja. No es perfecta ya que los bordes se difuminan por culpa de la tinta.

¿Dónde ha encontrado la pintura?, piensa Itsuka al contemplar la imagen.

No le resulta familiar así que la aparta, pero no puede dejar de mirarla porque le maravilla que el muchacho haya podido dibujar algo así de la nada. Al final suspira, termina de recoger el plato y la cubeta, y de reojo mira el trozo de papel en el suelo.

Entonces la ve.

En realidad, es el color el que activa su memoria, el color y la forma. Ha visto esa flor antes, sí, aunque nunca sola. Ha visto muchas de ellas alineadas una tras otra, uniéndose bajo la forma de una espada.

Estoy alucinando.

—¿Es una flor de gladiolos?

No se da cuenta de que ha hecho la pregunta en voz alta hasta que se percata del silencio absoluto. Un silencio denso, inconsolable. Cuando se gira para mirar a Izuku le sorprende la expresión de desdicha y desconsuelo que se refleja en sus ojos. Y su aroma… su aroma es el de un omega que sufre.

—Lo siento—murmura Itsuka extendiéndole el papel que el otro toma con manos trémulas—No quise tocarlo, pero estaba aquí… y bueno… la pintura…

—¿Qué has dicho?,—su voz, diminuta y frágil, ha perdido la firmeza de antes.

—Lo siento, la confundí. Creí que… olvídalo… lo siento…

—Está bien.

Se quedan ahí, los dos, con el silencio a su alrededor, con el aroma a nostalgia que emana de Izuku. Su aroma sacude a Itsuka, hace despertar su propia melancolía. Antes de darse cuenta empieza a desahogarse.

—¿Sabes? Me recordó algo. A alguien, en realidad. Un alfa con el que intentaron emparejarme. El primero que tuve. No fue… no fue como me habían dicho que sería. Se suponía que teníamos que engañar a los guardias, pero él ni siquiera quiso oír de eso. Al principio lo odie. Ambos éramos miserables y él simplemente… él no quería… tuvo que pasar mucho tiempo para que finalmente lo entendiera. Eso no hizo que las cosas fueran más fáciles, pero lo entendí.

—¿Entender qué?

Itsuka sacude la cabeza, no sabe cómo expresarlo con palabras.

—No había pensado en él desde que llegue aquí. He visto la flor y me acordé.

—¿Por qué?

—Por su marca. Tenía una flor de gladiolos roja, de un color escarlata brillante, en su lado izquierdo.  Parecía una espada, una espada que nacía en su corazón y llegaba hasta su hombro.

El cambio es inmediato, tan repentino que resulta abrumador. Itsuka se sobresalta cuando lo huele. Una emoción tan apabullante que la paraliza.

—¿Qué pasa?,—pregunta ella repentinamente alarmada.

 

[…]

 

Su corazón martillea sin control, le tiemblan las manos y el estómago. Su cambio de humor es tan repentino que no consigue controlarlo. Se ordena a si mismo mantener la calma, pero la reacción de su cuerpo es involuntaria.

Basta, basta, no es él, no es él.

Se le han puesto las orejas calientes de la ansiedad.

—¿Qué pasa?,—al oír la pregunta Izuku sacude la cabeza, repentinamente mudo y aterrado—¿Estás bien?

Respira, tienes que respirar. Le tiembla el corazón en un compás sin ritmo ni pausa. Respira. Haciendo un esfuerzo titánico Izuku sacude la cabeza sin dejar de mecerse.

—Lo siento—dice una vez que consigue hablar, su voz no deja de temblar—Me he dejado llevar. Yo…

—Tranquilo.

Izuku traga en seco, nota la sangre latiéndole en los oídos. No es él, se repite por enésima vez, no es él, pero tampoco puede apartar de su mente la flor de gladiolos. Si preguntas por él te darás cuenta de que no es Katsuki. Pregúntale y lo sabrás.

Pero no quiere preguntarle. No quiere enfrentar la verdad. Solo un momento, quiero tenerlo de vuelta un momento. Puede verla, brillante y magnifica, la flor de gladiolos en el pecho de Katsuki. Vivo y a salvo, solo es un sueño.

—Bien, tal vez sea mejor que me vaya…

—¿Cómo se llama?,—interrumpe Izuku cuando ella hace ademán de marcharse.

Itsuka parpadea e Izuku se alista para el golpe de realidad.

—No lo sé—responde ella tras un momento—nunca me lo dijo. Yo le dije el mío, aunque después me enteré de que no era una costumbre hacerlo.

—¿Cómo era?

—Callado—guarda silencio, lo medita con cuidado y de pronto pareciera que los recuerdos vuelven a ella, porque una vez que empieza no puede parar. Izuku la escucha sin dejar de temblar—Feroz. Indomable. Aterrador; intentó escapar varias veces. Nunca se dio por vencido. No tenía miedo.

—¿Era…? ¿Tenía…?, ¿cómo era?

—¿Físicamente? Guapo. Flaco como todos los demás, pero no era debilucho. Tenía costumbre de entrenar sin importar lo cansado que estuviera. Una vez me pidió un cuchillo, dijo que era bueno con ellos, pero nunca se lo di. Rubio, alto, y sus ojos… sus ojos eran inolvidables. De un color escarlata oscuro. Podían paralizarte con la furia que transmitían.

Izuku se dobla sobre sí mismo, tiene un hueco en el estomago y no está seguro de si estallará en llanto o se desmayará. No es él, no es él…, no puede ser él. Está intentando recomponerse cuando Itsuka termina por destruir su autocontrol.

—Lo curioso es que nunca tenía frío… supongo que la gente de las islas guarda el sol en su interior.

Izuku rompe a llorar como si fuera un niño pequeño. Alivio. Terror. Agonía. Esperanza. Un sinfín de emociones estallan dentro de él como una tormenta inclemente. Solloza en voz alta cubriéndose los ojos con las palmas de las manos.

Kacchan.

 

Chapter Text

De la sorpresa Itsuka se queda de piedra. 

El llanto que oye es intenso y desconsolado, es un sonido desgarrador, peor que el de un niño desamparado. Está tan lleno de angustia que su instinto inmediato es ofrecer cualquier clase de consuelo, pero cuando está por hacerlo lo huele.

Se percata por primera vez del aroma que emana de él. No es hierbabuena, no. Es una combinación de especias en la que una de ellas resalta sobre las otras. Es herbal y fragante, como si estuviera frente a un jardín lleno de plantas.

Menta.

De la impresión se echa para atrás y se acuerda:

.

Había tomado la costumbre de sentarse cerca de él, de verlo entrenar en los días de sol en los que solían coincidir.

“Quiero un cuchillo” siseó él, sin mirarla, estudiando el muro con una atención que no le dedicaba a nadie.

“No” respondió ella con firmeza porque ese era un riesgo que no estaba dispuesta a tomar.

Él no insistió y ella supo de inmediato que se marcharía. Se alejaría y nunca volvería a hablarle.

“Cualquier cosa menos armas” le dijo de pronto, cuando él se alejaba “Lo que sea”

Lo vio detenerse, se giró hacia ella, y por primera, y única vez, le prestó toda su atención. La miro con fijeza durante lo que parecieron horas.

“Menta” le dijo antes de marcharse.

.

Menta, repite Itsuka para sí y de inmediato se lo niega. No.

¿Dónde?,—despierta al oír la pregunta, un sonido desgarrado, nasal y agonizante; cuando alza su mirada se da cuenta que Izuku ha dejado de llorar aunque sus lágrimas siguen cayendo. El muchacho tiene los ojos rojos e hinchados y su expresión desborda ansiedad—¿dónde?

Ella sacude la cabeza, incapaz de procesar la pregunta. Entonces lo ve tomar aire, recomponerse.

—¿Cuándo fue la última vez que lo viste?

—¿Dos años?, ¿Tres?... no lo sé. Fue antes de venir aquí; él se quedó en la prisión.

—¿Qué prisión?

—No lo sé.

Lo ve tensarse y de pronto empieza a murmurar, frases inconexas, palabras incoherentes, su voz elevándose con cada sílaba que pronuncia. Cada uno de sus gestos habla de angustia, incredulidad y pánico.

—Si te muestro un mapa—dice él de pronto—¿podrías ubicarla?

—No, nunca supe dónde estaba.

—¿Recuerdas… recuerdas qué había cerca? ¿Alguna aldea? ¿Alguna montaña? ¿Un río?

—No, no… siempre nos transportaban en carromatos cerrados. No recuerdo… no sé.

Lo ve sujetarse el pelo, se mece en su lugar sin dejar de murmurar. Es tanta su ansiedad que Itsuka no puede soportarlo más.

—Pero él ya no está ahí.

—¿Qué-, por qué?

—Porque vaciaron las prisiones.

—¿Quién te dijo eso?

—En el último traslado llegaron muchísimas parejas. Más de las que usualmente llegan. Como eran tantos y los omega adulto no se daban abasto, reunieron un grupo de los nuestros. Fue así como los rumores empezaron a correr. Ellos dijeron que los habían hecho elegir: Morir o emparejarse. Todos repetían lo mismo. En todas las prisiones sucedió.

Izuku abre la boca, pero no dice nada. Su expresión es tal que el corazón de Itsuka se encoge y se ve obligada a ofrecerle consuelo.

—Si se ha emparejado debe estar aquí—se arrepiente en cuanto lo dice porque ella sabe la verdad.

La sabe porque lleva las palabras grabadas a fuego dentro de ella: ‘No voy a emparejarme con nadie’. Itsuka lo sabe. Está muerto. Es un hecho indiscutible; pero no lo dice en voz alta. Si ha llorado así ahora, ¿cómo lo hará cuando lo sepa?

—¿Aquí…?

Sino fuera porque están cerca y no hay ruido que los interrumpa, Itsuka está segura de nunca habría sido capaz de oír la pregunta. Diminuta, cargada de una esperanza ciega, de una emoción indefinible que hace temblar su voz. El sonido es doloroso.

—Hace menos de dos semanas empezaron a llegar—responde sin emoción. No se lo diré, se dice con angustia, no puedo decírselo—todos siguen encerrados—que sea él quien lo descubra.

Es sorprendente la forma como el aroma a menta se estabiliza. Pierde su aire de agonía y en su lugar crece y se espesa. Firmeza, resolución. Izuku toma aire e Itsuka es testigo del cambio. El fuego que brilla en sus ojos habla de una determinación férrea.

—Tienes que llevarme hasta allá.

—Nadie puede ir. Los túneles se vigilan constantemente y si te atrapan no podrás cumplir con tu parte del trato.

—He prometido que te ayudare y lo haré. No faltaré a mi palabra, pero tengo que ir. Tengo que…

Se atraganta, la emoción es demasiada. Durante una fracción de segundo Itsuka vuelve a sentir la tentación de decirle la verdad, de decirle No está ahí, pero al final no puede. No se atreve.

—Por favor—dice él con su expresión implorante—Tienes que llevarme ahí.

Sus ojos, piensa Itsuka con asombrada admiración, son dos pozos de musgo fresco.

—De acuerdo—dice ella con el corazón entumido—Pero primero cumplirás con tu parte de nuestro trato.

—Lo haré. Lo haré.

—Muy bien… conozco a alguien que tal vez pueda llevarte hasta allá.

 

[…]

 

En la última noche de su ciclo la rigidez en su espalda es especialmente insoportable, por lo que Denki renuncia a dormir y en su lugar planea sentarse junto a la hoguera a vigilar. Por desgracia su hoguera amenaza con apagarse así que se ve obligado a reunir leña. Los centinelas barbaros lo saludan con cortesía cuando lo ven pasar, y Kyouka, que en ese momento está de guardia, se aparta de su puesto para ir con él.

—Date prisa—gruñe ella mientras Denki bosteza por enésima vez.

De rodillas en el suelo Denki tuerce la espalda para aliviar la tensión, se estira, mueve el cuello en círculos e intenta no pensar en el aroma de azafrán.

—¡De prisa!

—No necesito de una niñera—responde Denki reprimiendo otro bostezo—Si no quieres estar aquí no te tienes que quedar.

—Díselo a Togata—murmura ella sin mirarlo. Hay tanto fastidio en su voz que Denki se olvida de la madera y se gira, aun de rodillas en el suelo.

—¿Te hemos ofendido?

La pregunta arranca a Kyouka de su vigía, se gira hacia él con el entrecejo fruncido.

—¿Qué?

—¿Por qué nos odias tanto?

—No los odio—responde ella tras un momento.

—Lo haces—replica Denki mirándola con simpatía—Nos tratas como si fuéramos inútiles. No eres la única, algunos alfa lo hacen, especialmente si viene de Yuuei, pero de tu grupo tu eres la única que no es amable.

—Pues perdona por no ser un alfa servil, pero así soy yo.

—Eres amable con Ochako, pero no con el resto—Denki se encoge de hombros y reanuda su tarea—No te estoy diciendo que seas amable conmigo, mucho menos servil, a mí no me importa, solo quiero saber por qué nos tratas así. Lo entendería si vinieras de Yuuei, pero de tu grupo eres la única que nos mira como si nuestra presencia te ofendiera. Y siempre pones la misma cara cuando te toca hacer guardia… la cara que dice que preferirías estar haciendo cualquier otra cosa que estar con nosotros. Si te molesta quedarte en el campamento no tienes que hacerlo.

Denki termina de recoger sus ramas y se impulsa con una mano para ponerse de pie. Tras el prolongado silencio ya no espera una respuesta, así que se sorprende cuando Kyouka dice:

—Cuando nací mi tamaño les hizo creer que sería un omega. Me pase los primeros seis años de mi vida entre almohadones, telas y cuidados. Mis padres querían garantizar mi supervivencia; pero entonces obtuve mi flor—señala la marca en su cara—y desde entonces he luchado por un lugar en mi tribu. Me he esforzado muchísimo para obtener el reconocimiento del jefe Togata. Sus órdenes son absolutas para mí, sin importar cuales sean… pero a pesar de todo el trabajo que he hecho solo confía en mí para dejarme a cargo de ustedes. A Inasa lo han asignado como escolta. Kosei se ha ganado su lugar para luchar junto a nuestro líder. Y yo estoy aquí, siendo niñera.

—¿Por qué necesitamos una niñera?

—Porque los omega son débiles.

—¿Por eso te ofende que te confundieran con uno de nosotros?

—¡Yo no quiero ser débil! Los omega necesitan que los cuiden. Yo no quiero que nadie me cuide. Ellos no sobreviven. Yo lo haré. Ellos tienen fama por tener hijos. Mi fama será enteramente mía. Mis victorias y mis cazas. ¡Soy una guerrera y no volveré a dejar que nadie me confunda con un omega!

Tras el estallido todo permanece en silencio. Denki suspira, apoya las ramas contra su cadera y con su mano libre se rasca la nariz.

—¿Te das cuenta de que ellos no tienen opción?,—le dice con tranquilidad

—¿Qué?

—Tu dices que ellos tienen fama solo por tener hijos, pero no es como si pudieran hacer algo más. Por lo que Inasa me ha contado, por lo que Momo me ha dicho, cuando un omega nace se le cuida, se le consiente. Un omega no lucha. Lo has dicho tú, lo ha dicho Momo, lo ha dicho Inasa. ¿Cómo esperan que ellos sobrevivan si los tienen en urnas de cristal?

Porque son débiles.

—Comparados con el resto, sí, lo somos, no poseemos la fuerza de un alfa, la resistencia de un beta, pero eso no significa que nuestra vida sea menos que la de ellos. Para ti, que solo aprecias la fuerza física, nuestra vida puede parecerte insignificante, pero existen otros tipos de fortaleza. Tenemos alta tolerancia para el dolor, capacidad de adaptación, somos curiosos y persistentes.   Ser débil no significa que estemos condenados a morir, significa que tenemos que aprender y mejorar. Lucharíamos si nos dieran la oportunidad. No nos juzgues por llevar la única vida que nos permiten tener. 

Ella abre la boca, aunque ninguna palabra sale de ahí, así que Denki avanza hasta colocarse frente a ella.

—Y no seas demasiado dura contigo. Que te asignaran para cuidarnos solo demuestra que Togata confía en ti. Si somos tan débiles como ellos suponen, si somos tan preciados como ellos creen, entonces deberías verlo no como una tarea de segunda clase, sino como un trabajo que requiere lo mejor, ¿no lo crees?

Cuando la ve parpadear, Denki sonríe.

—Y sí, a un omega le gusta que lo consientan, ¿y a quién no? Cuando yo… si algún día me caso quiero que mi alfa o mi beta me mimen. Quiero que me trate con cariño. No hay nada de malo en eso. Nuestra es la capacidad de la dulzura y el cariño que recibimos es nuestra recompensa… Además, a Ochako también le gusta que la halaguen.

Se ríe cuando Kyouka frunce el ceño como si acabara de oír algo que resultara incomprensible. Cuando termina de reírse se da cuenta de la expresión sonrojada en el rostro de Kyouka, y por primera vez no le provoca malestar. En lugar de dudar, como haría si estuviera frente a Momo, o de abochornarse, como haría si estuviera frente a Eijirou, Denki siente la emoción chispear dentro de él.

Extiende la mano y le palmea el hombro con afecto.  

—Lamento que te confundieran con uno de nosotros—le dice sin perder su tono juguetón—A mí también me sorprende que creyeran que una cosita tan fea pudiera convertirse en un omega bonito.

Cuando Kyouka lo empuja Denki se ríe con tanta fuerza que todas las ramas se le caen al suelo.

 

[…]

 

Mientras vuelven al campamento Eijirou no deja de interrogar a su maestro. Quiere detalles, fechas, nombres. Quiere conocer toda la historia desde el momento en que el príncipe y su grupo abandonaron el palacio.

Su maestro hace todo lo posible por llenar los huecos del relato que Tenya les hizo, pero más que eso su historia se concentra en Jin y las posibilidades de reunir a la flota restante bajo el mando del príncipe.

—Con la muerte del rey—dice Aizawa esa noche, en la parada designada para descansar—la cadena de mando se ha roto. Si la segunda parte de la flota sigue entera el Consejo se enfrentará al incienso a ciegas. No tendrán oportunidad.

—Dijiste que enviaron a Toyomitsu para alertar al Consejo.

—Eso fue lo que Shino me dijo; pero no sabemos si tuvo éxito.

—Y Shino… ¿podrá arrebatarle el control a Jin?

—Es probable que mientras Jin esté en tierra buscando al príncipe, la flota sea atacada. Es una posibilidad y Shino la aprovechará para desestabilizar la posición del traidor y asumir el control. Si lo consigue tendremos refuerzos para proteger al príncipe. Más que eso, tu grupo, todos aquellos que vienen de la prisión, serán evacuados. 

—¿Y si no lo consigue?

Su maestro suspira, meditando cuidadosamente la respuesta.

—Si Shino no consigue arrebatarle el control a Jin, su única opción es huir y reunirse con el Consejo, o lo que quede de él. Nos encontramos ante una situación extremadamente delicada. Si el Consejo ha caído toda la flota le pertenece a Jin y nada impedirá que la destruya, pero si el Consejo sigue con vida, lo que harán al enterarse de la muerte de nuestro rey será ordenar la retirada.

—No pueden irse—interrumpe Tenya con expresión escandalizada—No se atreverán a abandonar al príncipe.

—Lo harán si consideran que esta muerto.

—Pero…—dice Tenya

—No pueden—añade Eijirou

—Es decir que estamos solos.

Eijirou mira a Bakugou que hasta ese momento se ha mantenido al margen.

—Tenemos aliados—responde Aizawa con calma

—El famoso Kamui, con el que ni siquiera te puedes poner en contacto. Los bárbaros, cuyo número asciende a dieciséis. La mujer, encargada de recuperar la flota, pero cuyo éxito no puedes garantizar. ¿Me falta alguien?

—El ejercito completo obedecerá las órdenes del príncipe.

—Para eso tendremos que encontrarlo. Y dudo mucho que hayas considerado que pasará con el grupo cuando empecemos con la búsqueda.

—El grupo, los omega principalmente, seguirán su trayectoria hasta la costa. De ser necesario seguirán por el desierto, cerca de la playa, y esperarán a que los recojan.

En cuanto lo escucha Eijirou se remueve incómodo, no se imagina separándose de su grupo. De Denki.

—Esperaran por un barco que podría tardar días, semanas.

—Al menos estarán lejos de aquí.

—Lejos y sin ayuda.

—Solo es temporal.

—Ya—aparta la mirada, se endereza. Cuando sus ojos vuelven a posarse en ellos su expresión se ha transformado en una mueca de desprecio—A ellos no quieres involucrarlos, pero eso no te importó cuando decidiste dejar a tu príncipe en tierra enemiga acompañado por un omega…, ¿verdad?

Eijirou se sobresalta. No solo porque la pregunta posee una fuerza seca, cortante, sino porque no está acostumbrado a que alguien le hable de esa forma a su maestro. Súbitamente se endereza, el aroma a humo que emana del rubio lo hace reaccionar de forma involuntaria.

—¿Qué?,—inquiere su maestro sin perder la calma. Las aletas de su nariz se agitan, no queda duda de que él también detecta el aroma, pero lo disimula muchísimo mejor que Eijirou.

—Recoges un omega en el mar y decides enviarlo como carnada, ¿por qué?

—En la guerra se hacen excepciones.

Su respuesta aviva la ira del rubio, Eijirou lo ve apretar los dientes, fruncir el ceño. El aroma que emana de él es asfixiante.

La respuesta de su maestro es girarse completamente hacia él y ofrecerle la expresión más férrea de su repertorio. La expresión que todos sus alumnos aprenden a temer. Su aroma, incapaz de sobreponerse al de Bakugou, se limita a plantarse firme sin retroceder.

—Hace cinco años atacaron las islas por primera vez. Supe que te habían llevado. Supe que los dos barcos se habían hundido. Después de esa vez los esclavistas se aseguraban de enviar más de dos; pero tu barco no se hundió, la prueba la tengo delante… aunque el otro lo hizo. Y hubo al menos un sobreviviente. Por el azar, el destino, o lo que sea, lo conocimos. Supongo que tu también lo conoces. No te preguntaré por él, pero supondré que es alguien a quien no deseas ver involucrado en la guerra. Lo entiendo. Sí, accedí a que viniera. No lo obligue, no se lo ordene, pero deje que lo hiciera. Su destino ya pesa en mí. No, los omega no luchan, pero tienen voluntad. Al menos así lo consideran en las islas. Cualquier otro en mi condición lo habría obligado a quedarse en el barco, cualquier otro lo habría arrastrado de vuelta a Yuuei, porque así son las cosas allá. Un omega no tiene voz. En las islas las cosas son diferentes. Lo sé. Los he visto en actividades que Yuuei nunca aprobaría. Si enfurecerte conmigo alivia tu pena, adelante, pero entiende esto. Tu ira no lo traerá de vuelta.

Durante un terrible segundo Eijirou está seguro de que el autocontrol de Bakugou estallará. Su aroma es una amenaza en sí mismo, pero el rubio se limita a levantarse, sin dejar de mirarlo.

—Tal vez haya sido su decisión—es lo primero que dice en cuanto esta de pie—Pero la tuya fue abandonarlo, sin apoyo de ninguna clase, sin garantía de éxito. Por tu vida, espero que ese príncipe tuyo lo mantenga a salvo.

Se marcha sin esperar respuesta y se aleja para hacer guardia con Inasa. En cuanto su aroma se ha mitigado, Tenya se sacude su efecto.

—Cómo se atreve—dice en voz baja—Amenazar a Aizawa-sensei…

—Está bien, Tenya.

—Incluso ha insinuado que el príncipe debe velar por la seguridad del omega, cuando ni siquiera es su prometido o familiar, ni tiene relación de ninguna clase.

—Resulta peculiar—dice su maestro y Eijirou se da cuenta de que le está hablando a él.

Eijirou frunce el entrecejo porque sabe que su maestro le está pidiendo que comparta la impresión que tiene de Bakugou y francamente no sabe por dónde empezar. Sí, el muchacho es violento, pero no lo juzga. No después de lo que ha visto y lo que sabe.

—Bakugou es…

¿Intenso? ¿Volátil? ¿Abrasador? No hay un calificativo que lo describa en su totalidad.

—Solo quiere…

No sabe siquiera cómo contarles la importancia que ese omega tiene. Si la suposición de Eijirou es correcta, si ese omega es el dueño del aroma a menta, Bakugou no se detendrá ante nada para encontrarlo.

—Busca…

¿Cómo explicarles que ese omega es la razón por el cuál Bakugou se ha negado a emparejarse? ¿Cómo decirles que gracias al aroma a menta su líder soporta el incienso más que ninguno de ellos?

—No es…

 Eijirou se rinde, no puede explicarlo. No sin detallar meses de verlo entrenar tras las rejas, impulsado por la ira, la sed de venganza, el deseo que solo arde en aquellos que no tienen miedo de nada. Días de verlo cuidar del frasco que carga al cuello, de soportar su impaciencia por llegar hasta ahí, solo para descubrir que el príncipe no está y que no hay rastros por ninguna parte.

—Nos salvó—dice al final, mirando fijamente a su maestro—a todos. Y nos trajo hasta aquí. Sé, no sé cómo, pero , que nos llevará a dónde decidamos seguirlo… Cuando… cuando hice mi juramento de lealtad a la corona lo hice porque deseaba servir al príncipe. Somo el escudo que lo protege y el cuchillo que él empuña…, pero- pero si le jurara lealtad a Bakugou, no sería para servirle o protegerlo, sería para luchar a su lado. Sería para seguirlo y combatir, no por su nombre, sino por él—suspira, se remueve y se rasca la cabeza—Mi lealtad está con el príncipe, siempre lo ha estado y siempre lo estará, mi deber es protegerlo, pero si él… si Todoroki-ouji y Bakugou no consiguen entenderse… si ambos no… si ellos… yo no podría…—carraspea—Lo siento, no creo ser capaz de explicarlo.  

—Y sin embargo te entiendo. Gracias por compartir tu opinión, Eijirou.

Su respuesta es asentir, frotarse las manos y masticar sin ganas su cena. Al final no puede resistirse a preguntar:

—¿El príncipe estará a salvo?

—Mientras Kamui esté con él, sí; además, está advertido sobre el incienso. Sabrá hacerle frente.

—No—responde Eijirou recordando el aroma a miel—Nadie puede prepararse para eso. Es…  Hemos estado practicando, hacemos sesiones de tolerancia. Sabes que viene. Sabes cómo huele… pero la realidad siempre supera al recuerdo. Aunque estés prevenido no puedes evitar la forma como tu cuerpo reacciona.

—¿Cómo es?,—pregunta su maestro y Eijirou procede a relatarle la droga a detalle. Sus efectos, su duración, la forma como ellos lo usan.

Tenya se une a la conversación intercalando preguntas. Después de un rato se dividen los turnos para vigilar y Eijirou se duerme sin dejar de pensar en el príncipe y en el incienso.

Su maestro lo despierta muchísimo antes de que amanezca.

—Vamos—le dice para inmediatamente después inclinarse junto a Tenya.

Eijirou bosteza, se frota los ojos y se levanta. No le sorprende ver a Inasa y a Bakugou despiertos, apagando el fuego y borrando su rastro. Esos dos nunca duermen.

—Aún es de noche—la protesta de Tenya suena adormilada y enfadada. Eijirou entiende perfectamente cómo se siente.

—Si salimos ahora—responde Bakugou—llegaremos antes de que todos se levanten.

Eijirou se envuelve en su manta y avanza, luchando contra los bostezos que hacen lagrimear sus ojos; aunque las lluvias continuas han parado, son raros los días en los que puede verse el sol en el cielo repleto de nubes grises. De vez en cuando se ven sorprendidos por repentinos chubascos que aflojan el suelo y refrescan el ambiente. Hasta ahora han tenido suerte y el clima se ha estabilizado, pero no cabe duda de que el súbito descenso de la temperatura indica que eso cambiará pronto.

—Lloverá—dice Aizawa escudriñando el cielo.

—¿Cuándo?,—pregunta Bakugou sin aflojar el paso.

—En la tarde, tal vez.

—¿Otra vez?,—pregunta Eijirou harto—Desde que salimos es lo mismo. Llueve. Se para. Repite.

—Es la temporada de lluvias en Hosu—explica Aizawa—Dura semanas. Después viene la época cálida. Entonces extrañaras las lluvias.

—¿Es como nuestro verano?,—pregunta Tenya y Eijirou se desentiende de la explicación.

La noche se desvanece y el cielo empieza a teñirse en tonalidades claras. Eijirou está intentando adivinar si la predicción de su maestro es acertada cuando lo oye.

—¿Qué ha sido eso?,—pregunta en voz alta, incapaz de ponerle nombre a lo que sea que haya oído.

Pero en lugar de contestarle Bakugou se mueve, sale disparado hacia al frente sin detenerse, un segundo después Inasa lo imita. Con la sensación de catástrofe creciendo dentro de él, Eijirou los sigue.

 

[…]

 

Shuichi está listo. De pie, rodeado de sus hombres, cuenta los segundos para dar la señal de avance. Pese a que su plan es infalible, y que ha considerado los posibles escenarios, no deja de sentir una pizca de ansiedad ante la perspectiva de luchar. Es inevitable. En la guerra un solo error te puede costar la vida, y un golpe de suerte puede mantenerte a salvo.

Ganaremos, se dice, lleno de confianza. Y cuando la victoria sea suya irá en busca de Dabi a reprocharle que nunca hubiera vuelto. Se suponía que iba por los refuerzos, pero los refuerzos llegaron sin él. Dabi se había esfumado sin dar ninguna explicación.

Bastardo.

—Teniente—reacciona ante la voz y se gira para ver a uno de los hombres de Uba—Hemos localizado al líder. Estamos listos.

Shuichi asiente y lo despide, después le hace una seña afirmativa al soldado que tiene junto.

En coordinada sucesión los paquetes de incienso son lanzados mediante hondas creando un rastro blanquecino que traza un amplio arco en el cielo antes de caer más allá de la primera línea defensiva de los salvajes.

Cuando el incienso cae, el silencio del bosque es roto por el sonido del cuerno que reverbera con una potencia atronadora.

Antes de que el sonido se desvanezca, Shuichi y los suyos avanzan.

 

.

 

Hiryu forma parte de la primera línea defensiva. Todos los que están ahí son del grupo alfa de la prisión, ya que si los demonios atacan no cabe duda de que utilizaran el incienso como cortina para embestir de frente y ellos, al menos, están familiarizados con sus efectos. Por precaución se han colocado de forma que el viento sople a su favor, así, aunque los demonios usen el incienso, el viento arrastrará el humo lejos de su campamento.

Pese a que lo sabe, Hiryu no deja de sentirse nervioso. Bakugou y el resto debieron haberse reunido ya con la persona, o personas, que estuvieran esperando en la catarata. Ha pasado suficiente tiempo para que hayan iniciado el regreso. En cuanto lleguen el grupo entero se pondrá en marcha.

Sin mencionar que Bakugou asumirá nuevamente el control.

Aunque el bárbaro Togata es un guerrero impresionante, Hiryu no se fía enteramente de él. No porque lo considere peligroso, sino porque no conoce el incienso, no conoce lo que ellos han visto ni lo que han vivido.

Tal vez Togata sea una líder ejemplar para su pueblo, pero para Hiryu su líder es y será Bakugou. Y no es el único que piensa de esa forma.

Las reflexiones de Hiryu se acaban cuando ve el humo en el cielo. Es difícil distinguirlo entre la hilera de árboles y el cielo gris del amanecer, pero Hiryu se aparta de su puesto a tiempo de verlo llegar al suelo. No cae sobre ellos, como cabría de esperar, sino que lo hace tan lejos que el humo ni siquiera los toca. 

El sonido del cuerno provoca que el resto de sus compañeros se preparen para la embestida.

—¡Qué pésima puntería!,—grita uno de ellos encarando las sombras que se mueven.

Justo en ese momento las ramas altas de los árboles se sacuden cuando el viento sopla a su favor, hacia el frente. Hiryu lo entiende. Intentan separarnos. De inmediato concentra su aroma para atraer la atención de sus compañeros. Alerta. Los que tienen a su lado se unen a él para iniciar el contraataque.

Con el incienso de por medio Hiryu y el resto han perdido contacto con el líder Togata, ahora es imposible comunicarse con su grupo. Lo único que queda es luchar.

En cuanto la primera línea de demonios aparece, Hiryu se mueve. Su grupo entero lo sigue. 

 

.

 

El grupo de Goro lleva en movimiento desde la noche anterior, se han desplazado río arriba para utilizar la corriente en lugar de luchar contra ella. Son diez, todos ellos capaces de moverse por el agua sin hacer ruido.

Se dividen en dos grupos, el primero que permanece en la parte superior del río y el otro que sigue su camino hacia el otro extremo del claro. Una vez ahí, esperan.

En cuanto el sonido del cuerno irrumpe en el cielo ambos grupos salen del agua y se internan entre las líneas defensivas. Su misión: Prenderles fuego a los carromatos.

Al otro lado del claro el grupo de arqueros ha tomado posición y están listos para batir a cualquiera que intente emprender una retirada por el río o para cubrir a sus hombres cuando tengan que replegarse.

 

.

 

Pese a que su ciclo termina, la incomodidad se queda. Siempre ha sido así y siempre lo será. Denki sabe que la molestia durará un par de días, los mismos que tardará el amargo sabor del panax en desaparecer. Por eso, cuando uno de ellos sugiere preparar té de hierbas para acelerar el proceso, Denki se apunta en el grupo que traerá el agua.

Ni siquiera han llegado al río cuando lo oyen.

—¿Qué fue eso?,—pregunta Denki, repentinamente aterrado.

La respuesta que recibe es el grito de alarma del bárbaro que camina detrás, pero la advertencia llega demasiado tarde. Las flechas caen sobre ellos como una lluvia de gotas inmensas.

Resulta curiosa la forma como su mente reacciona. En lugar de nublarse la realidad adquiere una nitidez asombrosa y todo se detiene, porque solo puede verla a ella, ahí, inmóvil.

Chieka en el suelo, sangrando, con una flecha atravesando su ojo.

Hace tan solo segundo estaba a su lado charlando, aún sigue siendo capaz de oírla, ¿crees que hoy salga el sol?

El sol. Ella quería ver el sol.

Lo siguiente que sabe es que está inclinándose hacia ella cuando de pronto el dolor se abate sobre él, como un mazo que cae sobre su hombro. Denki grita y se desploma.

 

.

 

Kyouka se encuentra en la línea de árboles cerca del río a la espera de que el grupo omega vuelva. La mañana es fría, las gotas de rocío siguen adheridas a las hojas del árbol en el que se apoya, y el cielo es de una delicada tonalidad grisácea. Todo parece indicar que será otro día improductivo.

Está bostezando cuando el sonido del cuerno la sacude de pies a cabeza. Instantes después detecta el aroma de alarma de Kao, el cual se desploma hasta desvanecerse. Está lista para correr cuando detecta movimiento en su periferia.

Kyouka corre hacia las sombras que ha visto moverse, de ellos no detecta aroma alguno por lo que se prepara para recibirlos. Son cinco, todos ellos con apariencia de rana, todos ellos inmensos. Sin perder ni un solo segundo Kyouka hace girar su lanza en un círculo completo, asume una postura de combate y permite que su aroma se disperse a su alrededor.

Cuando el primero de los intrusos desenvaina su arma Kyouka salta hacia ellos emitiendo un grito de batalla ininterrumpido.

Usa la base de su lanza para impulsarse, el demonio esquiva su patada, pero en cuanto ella aterriza empuña su lanza al frente a una velocidad impresionante, como si fuera una serpiente que se estira para atacar. La punta se hunde en la zona blanda de la entrepierna. De inmediato Kyouka la retrae y un borbotón de sangre la sigue.

Mientras el demonio grita Kyouka se impulsa hacia arriba haciendo girar su lanza sobre su cabeza manteniendo a sus enemigos a raya. De pronto cuatro de los demonios se apartan de ella y corren hacia el campamento, Kyouka está a punto de seguirlos cuando el otro -el más grande de todos- se interpone en su camino.

Cuando ataca Kyouka lo esquiva, tras lo cual procede a disparar su lanza en rápida sucesión hasta conseguir que la punta se hunda en al menos tres puntos distintos. El demonio es inmenso y las pequeñas heridas no parecen molestarle así que embiste una y otra vez.  

Kyouka no retrocede, se mueve con una agilidad felina, salta y gira en una danza bien ejecutada, como una peonza que baila alrededor de un mastodonte sin gracia. Sus ataques son cada vez rápidos, no son golpes al azar, no son cortes insignificantes. Cada uno de ellos han sido hechos con la única intención de desangrar a su contrincante.

El demonio jadea, su cuerpo cubierto de sangre, su cabeza ligera y sus músculos rígidos.

Sin perder tiempo Kyouka lanza un último ataque en el cual su lanza atraviesa el cuello del demonio. En cuanto su enemigo cae a tierra Kyouka pone rumbo al campamento.

Ni siquiera ha empezado a sudar.

 

.

 

La primera línea defensiva resulta estar compuesta de bestias que luchan con una ferocidad inhumana. Shuichi maldice cuando uno de sus hombres cae junto a él en una intensa refriega con uno de los salvajes. Aprovechando la distracción Shuichi enarbola su espada y la hunde en la espalda del enemigo, está listo para rematarlo cuando otro de ellos se lanza sobre él haciéndolo trastabillar.

El salvaje ruge, su grito parece alertar al resto porque retroceden y se reagrupan sin una sola orden, y al mismo tiempo sigue lanzando estocadas con su cuchillo mientras sus compañeros rearman su ofensiva.

Shuichi aprieta los dientes cuando el cuchillo se le clava en el antebrazo provocando que su espada caiga. Se echa para atrás trazando un arco amplio con el cuchillo que tiene en la otra mano. De esa forma consigue que el salvaje retroceda.

—¡Ahora!,—grita a viva voz y casi de inmediato caen en el campo otra serie de cilindros que emiten humo blanco.

Como espera los salvajes retroceden, alejándose del humo, dejándolos a ellos entre las nubes blancas que el viento arrastra en la dirección contraria, pero no pueden escapar del incienso que se arrastra por detrás.

Ahora están rodeados.

—¡Crucen!

A su orden responde el rugido de batalla de toda su tropa.

 

.

 

En la segunda línea defensiva se encuentran el grupo alfa con menor resistencia al incienso y el grupo de bárbaros que no están acostumbrados a tratar con él, pese a ello Mirio no tiene intenciones de retroceder.

Cuando los demonios cruzan el incienso el aroma de Mirio se espesa a su alrededor y se extiende en todas direcciones transportando una sola orden: Atacar. Su aroma posee una rica variación de contrastes que son apabullantes. Cuando un alfa lo huele su ritmo cardiaco aumenta, sus músculos se contraen y todo su cuerpo asume una postura de ataque.

Mirio es el líder y ante su orden todos se mueven.

Golpe, finta, cuchillazo. Mirio grita cuando derriba a su primer oponente, su aroma se enriquece creando descargas eléctricas a los alfa que luchan bajo su mando. En respuesta ellos reaccionan más rápido, luchan con más ahínco, rugen mientras se embriagan del aroma de su líder.

En algún punto a su izquierda Kosei se ríe mientras él y su grupo contiene la primera embestida de demonios que emergen del humo blanco. El aroma de Mirio es tan potente que logra inflamar su sangre con el deseo de victoria.

A su derecha Tamaki es una presencia sólida, firme, que sí, se ve envuelta en el aroma de su líder, pero por su naturaleza el aroma solo afila su concentración y aguda sus sentidos, aun cuando no lo llena de esa energía que solo puede apreciar otro alfa.  

Mirio lucha con un abandono natural, con la gracia de aquellos que han entrenado para sobrevivir en las condiciones más duras. Se ha ganado su título de líder a pulso, ha vencido a contrincantes más fuertes, más fieros, que aquellos que ahora lo retan.

Ninguno demonio posee un aroma, es como luchar contra una bestia noumu, pues resulta imposible detectar su determinación o su estado. Mirio encuentra tristísimo que aquellas criaturas tengan que vivir su vida sin conocer la intimidad, la familiaridad que ellos comparten con solo su sentido del olfato; pero incluso si siente pena por ellos no planea concederles la victoria. No tiene pensado rendirse.

Así que lucha y mata, no solo por la amenaza que ellos representan para él, sino porque tras su línea no queda nadie que pueda proteger a los omega. Es ese pensamiento el que alimenta su energía y enardece su aroma. La victoria está al alcanza de su mano, la siente y la saborea. Sabe que vencerán. Y es ahí cuando todo se derrumba.

De pronto Mirio se encuentra rodeado. La situación no lo amedrenta, se limita a esquivar, a atacar, consigue matar a dos antes de que uno de los demonios burle su defensa. Mirio no pierde tiempo y lo apuñala, pero en lugar de esquivarlo el demonio usa su último aliento para soplar el polvo que tiene en su mano directamente a su cara.

De la impresión trastabilla y aunque su intención es apartarse la reacción natural de su cuerpo es toser para de inmediato inhalar.

Miel, densa y pegajosa y extremadamente potente.

El polvo pica su nariz al ascender por sus fosas nasales y detenerse en algún punto dentro de él. Siente el polvo a la altura de sus ojos, picante, pegajoso, molesto, abrasador. Tose, pero eso no lo ayuda a despejarse. Sacude la cabeza como un animal herido.

Mientras su nariz intenta sacudirse el aroma, mientras su cerebro experimenta un cortocircuito masivo, Mirio es incapaz de esquivar el cuchillo que termina hundiéndose en su pecho.

Lejos, muy lejos, oye la voz de Tamaki, suena amortiguada como si estuviera envuelta en algodones. Le gustaría entender lo que dice, pero lo único que puede ver es un escenario blanco envuelto en estática. Todo su mundo huele a leche dulce. Leche saturada de miel.

 

.

 

Cuando una tropa lucha el sistema de comunicación más eficaz son los sutiles cambios en el aroma; por supuesto que el sistema no admite una conversación compleja, pero permite identificar la posición de sus compañeros, reconocer advertencias, seguir ordenes, utilizando solamente su sentido del olfato. Sin embargo, siempre hay un aroma que se sobrepone al resto, hay uno que dicta órdenes y alrededor del cual todos los demás giran.

El aroma de un líder no solo sirve como sistema de comunicación, también incentiva la personalidad combativa de los alfa que luchan junto a él y mantiene un control absoluto sobre los beta que combaten bajo su mando. Un alfa líder no solo es aquel que dicta ordenes, su presencia es un estímulo en el corazón de los soldados que luchan con él.

El aroma de un buen líder puede extenderse grandes distancias y en combate hace la diferencia entre la victoria y la derrota, porque mientras el líder luche, todos los demás lo harán; mientras el líder resista, su tropa resistirá.

Un alfa líder representa el sol alrededor del cual sus soldados beben de él para luchar.  Por su importancia, por poder, solo los mejores pueden asumir ese papel… pero incluso los mejores pueden caer.

Cuando el aroma de Mirio se derrumba es como cubrir el sol, como quedarse ciego, sordo y frío. Ante la perdida de su aroma los alfa que lo siguen se ven repentinamente sacudidos, son arrancados y devueltos a la fría incertidumbre.

La confusión dura un segundo, pero es suficiente. Después viene el caos.

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Cuando el intenso y poderoso aroma a mirra cae la respuesta de Tamaki es automática.

—¡Mirio!,—su grito es atronador y su aroma se expande y crece en respuesta.

Mientras el mundo se paraliza a su alrededor, Tamaki se mueve. Cubre el espacio que los separa en dos zancadas, dos latidos de su corazón, y embiste contra el demonio que empuña el cuchillo. Mirio se queda donde está, pero Tamaki no cede a la tentación de mirarlo. En su lugar ruge, ataca y se interpone entre su líder y ellos.

Los demonios de inmediato lo escogen como su siguiente blanco, todos ellos embisten a la par, pero la ira de Tamaki es inigualable. Cuando el primer cuchillo hace contacto con su costado, Tamaki responde apuñalando a su atacante. Cuando uno de ellos intenta apartarse para terminar su trabajo, Tamaki se interpone recibiendo la puñalada en su hombro. Se desembaraza de él y se lanza en un ataque sin pausas.

Es el hecho de que sea un beta lo que le da la ventaja en esos preciosos segundos que siguen a la conmoción, eso y que su vínculo con Mirio ha creado la respuesta instintiva de su cuerpo. Eso le permite reaccionar a tiempo para salvarle la vida a su líder; mientras el resto se sacude la sorpresa y el horror, Tamaki se mueve, a la suficiente velocidad para cambiar el destino.

A él no le importa la sangre que mana de sus heridas, no siente el dolor o el ardor en sus músculos que escupen fuego mientras empuña sus cuchillos con una fuerza desesperada. Cada puñalada que recibe es una menos para Mirio, ha jurado defenderlo con su vida y ese día hará cumplir su promesa. Tamaki lucha sin miedo, conteniendo la sed de sangre de sus adversarios hasta que Kosei se materializa a su lado y juntos crean la muralla que se interpone entre Mirio y la muerte.

 

.

 

Durante un momento solo puede pensar en el dolor. En la sensación punzante y caliente que emite su hombro. Le resulta imposible decir si se ha desmayado o no. Lo que sabe es que el mundo está cubierto de una capa gris y que sus oídos no funcionan bien.

Dolor.

Está familiarizado con la sensación, aunque podría jurar que nunca ha sentido nada parecido. Denki aprieta sus parpados y los abre. Sigue estando ciego.

AHG

Aprieta los dientes y vuelve a parpadear, esta vez el mundo recupera parte de su nitidez. Gime de nuevo con la mandíbula tensa mientras intenta sobreponerse a la oleada de agonía que lo recorre de pies a cabeza. Cuando intenta moverse el dolor lo sacude de nuevo y tiene que cerrar los ojos y quedarse quieto para aplacarlo.

Con cuidado Denki abre los ojos y parpadea. Una. Dos. Tres veces.

Tiene la mejilla contra el suelo y su respiración agitada está empujando la tierra suelta lejos de él. Quiere usar su mano para levantarse, pero en cuanto su cerebro manda la orden y su mano intenta cumplirla marejadas de dolor ascienden por su hombro dejándolo ciego.

Tras un momento de parálisis, Denki gira el cuello y ve la flecha sobresaliendo de su hombro.

Maldito bastardo de m…

Una exhalación particularmente fuerte levanta pequeñas partículas de tierra que lastiman sus ojos.

No estás muerto, Denki, respira.

Obedece y se concentra en el aire que expulsa procurando no tensarse, porque cuando lo hace el pico de dolor en su cuerpo alcanza niveles apoteósicos. En un rápido análisis Denki se da cuenta de que esta tirado de costado sobre su brazo derecho, frente a él hay un cuerpo, aunque su limitada visión le impide ver su rostro.

Chieka. Era ella. Ime también venía. Y el bárbaro. Oí al bárbaro gritar.

Girarse es una opción que Denki descarta al sentir el tirón en su espalda, que alcanza la región de su omoplato y lo hace sorber aire por la boca.

Muy bien, Denki, aunque te duela tienes que moverte. No importa si crees que vas a perder el brazo, no te puedes quedar aquí.

Va a girarse, tiene que girarse para quitarle el peso a su brazo sano.

No, no, au, au, auh, no puedo…

Se queda quieto y vuelve a respirar.

Espera, espera, ¿de dónde venían las flechas?, ¿y si los demonios siguen ahí? ¿y si me disparan cuando me levante?

No te puedes quedar aquí, Denki.

¡Nos atacaron! ¿Y si aún están cerca?

¿Los viste?, ¿cruzaron el río?

No, Denki no recuerda haberlos visto. Intenta evocar el momento.

Venían de la otra orilla. Las flechas venían del frente

Bien, tal vez no se encuentren tan cerca para ver que sigues vivo. Más si llevas un buen rato tirado.

Si me muevo y me descubren volverán a dispararme.

¿Te quieres quedar aquí?

Se lo piensa y entonces se acuerda de la expresión aburrida de Bakugou. La expresión que le dice ‘Tienes dos manos y una cabeza, arréglatelas’. Y casi de inmediato piensa en la cara de Eijirou. La sola idea de que él pueda mirarlo con pena lo llena de vergüenza.

Apretando los dientes, Denki mueve el cuello hasta que encuentra la línea de los árboles que se encuentra cerca de su cabeza.

Levántate y corre hacia allá. Si eres rápido estarás a cubierto antes de que las flechas te caigan encima.

¿Y si no lo soy?

Entonces no tendrás que preocuparte por el dolor que sientes ahora.

Con muchísimo cuidado Denki acomoda su cuerpo. Ahoga una maldición cuando la maldita flecha se mueve provocando que el dolor vuelva a dispararse.

Bien, con tu mano buena te vas a impulsar, te apoyaras en tu rodilla y de ahí saldrás corriendo. Directo hacia los árboles.

Creo que me voy a desmayar.

Mueve el culo, Denki.

No puede evitar gritar cuando se impulsa. Se levanta y trastabilla, corre, trastabilla y sigue. La adrenalina consigue mantenerlo en pie mientras otra oleada de flechas cae segundos antes de que desaparezca entre los árboles. Una vez a salvo Denki se resbala y maldice notando que la sangre caliente empapa su uniforme.

No te detengas

Apretando los dientes Denki se apoya en un árbol, toma aire, y corre.

 

.

 

Kyouka encuentra los carromatos en llamas. Sus compañeros están lidiando con los cuatro demonios que escaparon de ella mientras de algún punto en el bosque surgen flechas de fuego que caen sobre el campamento amenazando con alimentar el incendio que ha empezado a salirse de control.

—Fuera de aquí—grita mientras aparta a los omega apiñados junto a uno de los carromatos—¡Fuera!

Para su sorpresa Ochako se interpone con expresión férrea.

—Tenemos que apagar el fuego—dice y cuando Kyouka está a punto de maldecir, añade—El incienso está ahí.

Mierda

Kyouka los deja y corre de vuelta hacia el bosque.

—¿A dónde vas?,—pregunta Momo acarreando cubetas de tierra

—¡Los arqueros!,—grita Kyouka justo cuando otro puñado de flechas cae cerca de las bestias de carga lo que provoca que los animales se espanten e intenten huir.

El pequeño grupo de animales de tiro -gordos, torpes e inmensos- embiste contra los carromatos en su desesperado escape lejos del fuego. Uno de los carros, el del incienso, pierde una rueda y se desploma sobre su costado mientras el fuego lo devora. Kyouka está a punto de dar media vuelta cuando Momo interviene.

—¡Ve!,—le grita mientras ella se encamina hacia el desastre.

Kyouka se interna en el bosque, decidida a deshacerse de los arqueros; pero a quien encuentra es a Denki, que se resbala cuando ella lo llama y corre hacia él. Se detiene en seco al ver la flecha que lo atraviesa, puede ver la punta sobresaliendo en la parte alta de su omoplato. El aroma a naranja es tan amargo que Kyouka se ve abrumada con la necesidad de calmarlo, de borrar su dolor y miedo.

—…del río—dice él con los dientes apretados.

—¿Qué?

Denki la aferra del brazo, sus nudillos se tornan blancos mientras hunde los dedos en su piel. Por primera vez Kyouka se da cuenta de que tiene unos ojos espectaculares, como oro derretido que brillan ante el sol. Ojos que, aunque rebosantes de miedo, resplandecen con determinación.

—Arqueros—gruñe él con la cara grisácea y los labios partidos—al otro lado del río.

Kyouka está a punto de responderle, está lista para moverse cuando el aroma de su líder se desploma.

Su cabeza gira de inmediato, como si buscara la sutil frecuencia que debería estar ahí pero no lo está. Kyouka se concentra, la busca, el firme y espeso aroma a mirra, pero no hay nada.

—No—no, no, no—no puede ser.

El pánico la golpea, es instintivo, inevitable. Después viene el miedo. La certeza de que algo ha salido terriblemente mal. No se da cuenta de que sus emociones se han descontrolado hasta que el tirón en su brazo la devuelve a la realidad. Denki no le dice nada, pero su aroma los envuelve, dulce y delicioso zumo a fruta, consuelo y conforte solo para ella.

Estoy aquí, lo oye fuerte y claro y por un momento quiere reírse porque es sorprendente que sea él quien le este ofreciendo consuelo cuando tiene una maldita flecha atravesándolo de lado a lado y el dolor que emana de él la hace temblar.

Tenemos alta tolerancia al dolor, es recordar su voz y recomponerse. Kyouka traga en seco.

—Hay otro grupo de intrusos cerca—dice concentrándose en el aroma a naranja—te llevare al campamento y volveré.

Lo ayuda a levantarse, pero no consiguen avanzar. La pérdida de sangre es demasiado abundante y Denki trastabilla después de dar dos pasos.

Kyouka es consciente de que no puede cargarlo.

—Ve—Denki la suelta y la empuja

—No voy a dejarte.

—Ve por los intrusos y vuelve.

—Pero…

—¡VE!

Kyouka lo suelta y cuando lo ve intentando pararse aprieta los dientes, toma su lanza y reemprende su marcha.

 

.

 

Hiryu tose sin dejar de contar. Cuatrocientos treinta y tres, esquiva un ataque, cuatrocientos treinta y cuatro, golpea y repite.

Han seguido a los demonios a través del muro de humo que separa a los dos círculos de defensa y su grupo no tiene pensado retirarse. En cuanto ha detectado el aroma a miel Hiryu empezó su conteo, cuando llegó a los trescientos varios de sus compañeros empezaron a mostrar los efectos del incienso -lentitud, desequilibrio, torpeza-, pero otros, como él, se aferran a la presencia de Togata. El aroma a mirra inunda el claro y le impulsa a seguir luchando pese a que su cuerpo empieza a rebelarse contra él.

Y entonces sucede.

El aroma a mirra cae; la perdida es como echar agua sobre una hoguera creciente, en su lugar se alza el humo que confunde sus sentidos. Y de pronto se ve rodeado de miel, de exquisita y dulce miel.

En sus últimos momentos Hiryu experimenta la dulce y delicada paz de aquellos que no anhelan nada en el mundo.

 

.

 

Momo se paraliza y durante un breve segundo es vívida la sensación de que le han arrancado el corazón. En cuanto se recupera se aparta de los carromatos rodeados de fuego y corre sin mirar atrás.

 

.

 

Shuichi grita de júbilo cuando su grupo consigue atravesar las líneas defensivas. En algún punto a su izquierda el equipo de Uba estará iniciando su aproximación, si es que tuvieron éxito deshaciéndose del líder. A su derecha los dos grupos de hombres rana estarán causando estragos en el centro del campamento.

Es hora de terminar.

—¡Adelante!,—grita—¡Mátenlos!

Su grito aviva las fuerzas de sus hombres, quienes se dan cuenta del cansancio y la pérdida de concentración del enemigo. Embisten con fuerza y avanzan hacia la zona del campamento principal, los salvajes que siguen con vida se interponen entre ellos, pero es cuestión de tiempo antes de que el incienso que proviene del campamento se esparza y terminen por caer.

—¡Vamos!

Apenas ha terminado de escupir la orden cuando llega él. Una montaña que embiste contra sus hombres mientras ruge como un animal salvaje.

Shuichi aprieta el cilindro de incienso que ha recogido antes y se dispone a cegar a la monstruosa bestia que ha llegado a destruir la formación de su equipo, pero antes de que se mueva se ve interceptado por otro salvaje más pequeño en estatura, con un pelo color paja desordenado, pero con la misma expresión llena de ira y desprecio. Sus ojos son dos brasas incandescentes que se fijan en el cilindro que lleva en la mano.

Shuichi sonríe.

—¿Miedo?,—pregunta con burla—si eres un buen perro y te retiras no sufrirás.

El salvaje escupe y sonríe. Su gesto es una promesa de sangre.

—Yo te haré sufrir a ti.

 

.

 

Tamaki lo huele. Leche, dulce y deliciosa, pero a diferencia de los alfa que siguen por ahí el aroma no lo incapacita, él sigue luchando aunque la batalla se ha trasladado, el enemigo sigue avanzando a la espera de que el incienso los paralice.

Cuando el último hombre que lucha contra él cae, Tamaki se toma un momento para recomponerse, sus pulmones parecen escupir fuego y cada respiración resulta más difícil que la anterior. Aspira con fuerza y le parece oír un silbido en su interior, pero el pensamiento se desvanece cuando abre los ojos y examina la zona.

Kousei yace cerca, víctima del incienso y ciego al cuchillo que le atravesó la garganta, pero Tamaki no tiene ojos para él, ni para los demonios que yacen desperdigados a sus pies, su mirada está puesta en Mirio, que se ha desplomado y mira el cielo con ojos que no ven nada.

 Tamaki avanza hasta arrodillarse a su lado, lo toca y lo llama, pero no recibe respuesta de ninguna clase. Con miedo se inclina para oír el latido de su corazón y gime de alivio cuando lo detecta. Débil, pero late. Su herida, la única que el enemigo consiguió hacerle, casi no gotea. El cuchillo sigue ahí impidiendo que se desangre.

—¡Tamaki!

Alza el rostro para recibir a Momo, con su rostro lleno de espanto y su aroma descontrolado.

—¡Estás sangrando!,—ella le toca con cuidado la mejilla y retrae su mano antes de alcanzar la herida en su hombro.

Tamaki la sacude.

—Sálvalo.

Cuando los ojos de Momo se posan en Mirio, su entereza se tambalea, pero Tamaki vuelve a sacudirla con fuerza.

—Sálvalo.

—Tus heridas…

Tamaki sacude la cabeza—Sálvalo.

—Pero…

—¡SALVALO!

Ella se congela, inmediatamente después rodea el cuerpo, se inclina sobre Mirio y lo revisa a conciencia.

—No está sangrando

—Es su corazón—responde Tamaki acariciando con cuidado los mechones rubios—sigue latiendo aunque lentamente. Tienes que extraer el cuchillo y cerrar la herida antes de que se desangre.

Momo empieza y Tamaki se olvida de ella. Toda su atención está en Mirio, en su rostro relajado, sus ojos abiertos y vacíos. Lo acaricia con la gentileza que acostumbra, le recorre la frente con sus dedos manchados de sangre y lo besa con cuidado.

—No te puedes morir aquí—le dice en voz baja—No puedes rendirte.

Apoya la frente contra su mejilla, evoca el aroma de su piel y la calidez de su cuerpo. Quiere acurrucarse a su lado, sentir sus brazos rodeándolo, sentir sus besos y la seguridad que emana de él.

No te mueras, piensa Tamaki mientras cede a la tentación y deja que su cuerpo se encoja como un nudo pequeño que se apoya contra el suelo mientras su cabeza cae sobre el hombro de su consorte, no te atrevas a morirte.

—Mirio—dice al tiempo que espesa su aroma en un intento por llegar hasta él—Mirio—te quiero. No te mueras.

Repite la misma letanía hasta que el cansancio lo vence. Desprovisto de adrenalina, el cuerpo de Tamaki cede; no puede moverse, se siente flotar en nubes de algodón.

Hace frío, piensa justo antes de soñar con un campo verde y un sol radiante en el cielo.

 

.

 

La herida ocupa toda su atención y Momo lo agradece, con las manos ocupadas resulta muy difícil verse dominada por el pánico. Trabaja en automático, moviéndose de prisa, apremiada por lo delicado de la situación. Retira el cuchillo, revisa la herida con cuidado, aplica el ungüento que minimiza la posibilidad de una infección y entonces procede a cerrarla usando puntadas pequeñas.

Apenas esta empezando cuando nota que el aroma de Tamaki se intensifica, se enrosca alrededor de ellos como una petición muda, una súplica. Las manos de Momo se mueven más rápido, decididos a terminar con la sutura. Entonces lo ve.

Los dedos de Mirio se sacuden, tiemblan un segundo para volver a quedarse inmóviles. El pánico vuelve con mayor fuerza y Momo tiene que parar para buscarle el pulso. Cuando lo encuentra rompe a llorar de alivio -¡Sí!- y retoma sus puntadas con más decisión que antes.

Está terminando cuando su cuerpo se endereza en una reacción automática, mira a su alrededor con ansia frenética y le toma un momento identificar la causa.

—¿Lo hueles?,—pregunta mientras estira el cuello.

Pese a lo tenue del aroma Momo reconoce los inconfundibles trazos de un alfa. Solo basta una bocanada de ese maravilloso aroma para que las dudas de Momo sean borradas como piezas de papel que el viento arrastra.

—¡¿Lo hueles?!—se levanta y sonríe—¡Tamaki, ¿lo hueles?!—silencio—¿Tamaki?

Rodea la zona hasta llegar a él y lo toca con miedo. Su piel helada la sacude de pies a cabeza.

—¡Tamaki!

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Es instintiva la reacción de Eijirou al comprender lo que sucede, reajusta su dirección y se desvía del camino trazado por Inasa. Su intención es llegar al campamento y asegurarse de que todo sigue en orden, pero no llega ahí porque encuentra a Kyouka inmersa en una batalla con un grupo de cinco hombres. La pequeña mujer se mueve a una velocidad impresionante y su lanza es una línea borrosa que se estira y retrocede sin perder el ritmo.  

Sin detenerse a pensar, Eijirou corre hacia ella. Con ayuda de Aizawa y Tenya, los cinco demonios son rápidamente neutralizados.

—¿A dónde vas?,—pregunta él cuando Kyouka termina de rematar al último de los demonios y sale corriendo en dirección opuesta. Aizawa y Tenya se ven arrastrados por el aroma, el delicioso aroma de la batalla, dejando a Eijirou atrás.

Pero Kyouka, en lugar de responderle, desaparece y Eijirou la sigue. Lo que menos espera es encontrar a Denki encogido en el suelo y con una flecha cruzándole el hombro.

—¡Denki!,—grita corriendo los últimos metros que los separan.

En cuanto detecta el amargo aroma a naranja, la naturaleza de Eijirou responde ofreciéndole consuelo. La delicada esencia de azafrán se extiende hacia él y lo rodea, atiborrándolo de su cariño y preocupación.

—Hay que llevarlo al campamento—dice Eijirou

—Es demasiado peligroso—responde Kyouka—Lo emboscaron y no estoy segura de que siga indemne.

—No podemos dejarlo aquí.

—Iré por Momo. Ella sabrá qué hacer—dice antes de tomar su lanza y marcharse.

—Estoy bien—dice Denki con su cara pálida y su aroma turbulento

—Lo sé—dice Eijirou incapaz de contener sus manos que se han extendido para sujetar al omega contra él—Estarás bien.

—Tienes que irte—responde Denki frunciendo su cara.

Es ahí cuando Eijirou lo detecta, el delicioso aroma que crece a lo lejos, dulce y embriagador y que tira de él para llevarlo a luchar; pero lo cierto es que la fragancia palidece en comparación con el aroma a naranja, aun si este se encuentra débil y alterado.

 —Esperare a Momo—dice arropando al omega contra su hombro cuidadoso de no tocar la flecha.

—…ssdoy ien…

—Denki no te duermas.

—…nnnn….

—Denki, por favor, no te duermas.

 

.

 

La ira lo inunda, es roja y caliente, y dota de fuerza a cada músculo de su cuerpo. Cuando lucha no titubea, no se apiada. Katsuki no es el sol -no aún- pero, como lo dijo Eijirou alguna vez, es fuego, humo y centellas. Su energía vibra a su alrededor como una presencia tangible, su furia es ambrosía, picante y exquisita, demoledora. Su aroma no posee la elegancia, la firmeza que caracteriza a Mirio, quien ha entrenado durante años para perfeccionar el suyo, no, el aroma de Katsuki es fuego y humo, madera que se quema, densa, rica y asfixiante. Su aroma posee un carácter salvaje, calcinante en su intensidad y vivificante en su poder.

Los alfa a su alrededor lo absorben y beben a él con una sed feroz. Katsuki ruge y el resto responde. Consiguen contener la oleada de demonios que se aproxima, pero la situación está a punto de salirse de control. El incienso crece, se espesa a su alrededor, amenazando con borrarlos a todos. Si el grupo alfa cae, no quedara nadie.

Y entonces Katsuki está ahí, cerca del campamento mirando los carromatos en llamas y al grupo omega que intenta contener el fuego.

—¡¿Qué están esperando?!—ruge con una potencia que sacude a todos ahuyentando el pánico y la miseria—¡Nadie vendrá a salvarlos!

Y sin decir nada más se aparta para seguir luchando, para cortar tantas gargantas pueda antes de quedarse sin fuerzas.

Durante un momento los omega se miran, perplejos, y entonces llega hasta ellos el aroma de su líder. Delicioso y embriagador, excitante y adictivo. Su naturaleza no les permite reaccionar como sus compañeros alfa, no responden a él con fiereza, no sienten el impulso de igualarlo, de rugir a su compás. Ellos responden a él con un entusiasmo que raya en el deseo.

Y obedecen, aún sin capacidad combativa se someten al aroma y lo hacen de buen grado. Armados con palos, antorchas, cuchillos, se unen a la refriega mientras su aroma responde al de su líder.

Y su aroma.

El aroma de un grupo omega es suculento. Lleno de ricos contrastes dulces, con una pizca de acidez justa para activar las papilas gustativas. Su aroma es apetitoso, atrayente, y bellísimo. Tan bello y seductor que es capaz de activar cada terminación nerviosa dentro de un alfa.

El incienso está creado para calmarlos, para abusar de su reacción natural ante la fragancia de un omega encinta, pero en ese momento, mientras el incienso crece y se arremolina a su alrededor, su efecto se pierde, porque no puede competir con el apetitoso aroma de un omega vivo que no siente miedo.

Y cuando Katsuki ruge, los omega responden concentrando y enriqueciendo su aroma, y la naturaleza protectora de los alfa se alza para responder a ese llamando deleitándose con la fragancia que opaca sin esfuerzo el aroma a leche y miel.

 

.

 

El bosque entero se ve sumergido en los diferentes aromas que crecen y se expanden en respuesta a la férrea determinación de Katsuki. Tal vez él no es el sol -no aún- pero el fuego que arde dentro de él es una luz brillante y abrasadora capaz de destruir el mundo.

Chapter Text

El viaje no es cómodo. Conforme se dirigen al sur la temperatura se eleva y la humedad en el aire vuelve insoportable permanecer en los camarotes. Hizashi descansa a la sombra de las grandes velas mientras el viento –caliente y húmedo– impulsa el navío hacia su destino.

Los días se amontonan uno tras otro sin mayor cambio en el cielo. En algún momento vislumbran una serpiente de mar cazando en la lejanía y el capitán decide rodear la zona decidido a no enfrentarse a una de esas bestias.

Cuando el vigía de la torre anuncia tierra Hizashi se acerca a proa para verla con sus propios ojos. Las Islas Kohei son una agrupación de islas de varios tamaños, muchas de ellas demasiado pequeñas, pero hay al menos trece lo suficientemente grandes para mantener poblados de considerable magnitud. Cada villa cuenta con una matriarca y las trece conforma el Gran Consejo que decide y dicta el rumbo en la vida de las Islas.

Hizashi no conoce a ninguna de ellas y su tarea es convencerlas de que se unan a su causa. No hay tiempo que perder.

—¿Desembarcamos en el puerto principal?

—No, gira hacia el este y llévanos al tercer puerto de la zona—a la isla gobernada por la matriarca Nemuri Kayama.

—¿Cuánto tiempo estaremos aquí?

—No lo sé. Que sus hombres descansen, capitán, intentaré volver lo antes posible.

El puerto es bullicioso, son muchos los que van en busca de pescado fresco y de las novedades que los marineros alfa exhiben en sus barcos. Hizashi sabe que la “capital” de la isla, el hogar de Kayama, se encuentra cerca del interior. Llegar hasta allí le tomaría días.

Por suerte para él no es a Kayama a quien busca, al menos no de momento. La vieja amiga de Aizawa vive en una de las aldeas cercanas a la costa. Esa es su primera parada.

[…]

La aldea de Mitsuki Bakugou es relativamente grande, tanto que ninguno de los habitantes parece sorprendido de ver a un extranjero de visita.

—¿Mitsuki?,—replica la anciana al oír la pregunta—¿Buscas a Mitsuki?

—Así es, ¿puede indicarme dónde queda su choza?

La anciana se remueve en su lugar, sentada frente a su casa contemplando el mundo con sus ojos ciegos.

—Sigue derecho hasta que llegues a la casa de la sanadora, de ahí da vuelta a la izquierda hasta el borde del bosque, gira a la derecha y sigue. Su casa es la más alejada de todas.

—Gracias por su ayuda, abuela.

—Ha sido un placer, pero yo que tú no iría hasta allá.

—¿Por qué?

—Mitsuki no está ahí.

—¿Dónde puedo encontrarla?

—Se ha marchado a las montañas junto a sus alumnos para la ceremonia de graduación.

—¿Graduación?

—Sí, los muchachos alfa que no desean dedicar su vida a trabajar en el mar y prefieren ingresar al ejército deben someterse a una preparación tras su regreso de su educación naval. Al terminar, su maestra los lleva a las montañas para una prueba final. No volverán hasta dentro de unos días.

—¡Oh!,—maldita sea—bueno, esperare a que vuelva.

La anciana parece detectar su confusión porque añade:

—Si buscas un lugar donde hospedarte puedo rentarte una habitación.

—¿Maneja la posada de la ladea?

—¡Ha!,—su risa es seca y ruidosa—No tenemos posada. La mayoría suele quedarse en el puerto donde es fácil encontrar alojamiento; pero mi nieta es una de las alumnas de Mitsuki, así que tengo una cama extra. Te la ofrezco por un módico precio o desandas el camino que te ha traído hasta aquí.

Hizashi suspira.

—¿Habría posibilidad de que podamos incluir la comida?

La anciana se ríe con la boca abierta.

—Pasa, extranjero, pasa. Me han traído pescado esta mañana y estaba esperando para comer.

[…]

Hizashi descansa el resto del día y duerme en una cama blanda, que huele a coco. A la mañana siguiente se dedica a deambular por la aldea; no hay mucho que ver ya que no se trata de una zona turística. El mercado, la plaza y los puntos de interés se encuentran en el puerto. Lo único que ve son jóvenes charlando, niños jugando y adultos cuidando de su hogar.

Por mera casualidad encuentra la casa de la sanadora. Pese a que no hay letrero ni seña distintiva la reconoce porque justo ve salir a una mujer omega embarazada llevando de la mano a otro niño.

Hizashi les dedica un saludo silencioso, se aparta de la casa y durante un momento se ve tentado a buscar la casa de Mitsuki, pero al final se resigna y camina en dirección opuesta. Llega a la playa donde se topa con un par de torres de vigilancia. Plataformas de madera elevadas que se encuentran en extremos opuestos de la zona.

En la cima, y a cubierto de un techo de paja, se vislumbra a los hombres que hacen guardia desde ahí. En la arena los chiquillos se entretienen jugando y a Hizashi no le pasa desapercibido la expresión alerta y vigilante que los adultos mantienen mientras patrullan las costas.

¿Cuántos ataques habrán visto?, ¿a cuántos se habrán llevado?

Hizashi se acomoda en la sombra y descansa.

[…]

La rutina lo absorbe sin contemplaciones. Desayunar con la anciana, pasear por la aldea, charlar con los adultos que le explican las medidas que se han implementado contra los esclavistas, volver para comer y pasarse la tarde disfrutando del clima húmedo mientras dormita a la sombra de los árboles.

El clima resulta excelente para su herida, que termina de curarse dejando una simple cicatriz en su costado. Un día, mientras la examina, le da por acordarse del omega que la cosió.

“¿Quieres que lleve un mensaje a casa?”

El muchacho sacudió la cabeza, “No”

“¿Estás seguro?”

“Sí… no quiero dar una falsa esperanza”

“Como quieras”

Ahora piensa que tal vez tuvo que haber insistido.

Ni siquiera sé de qué isla es.

Esa noche, mientras cena con la anciana ciega, Hizashi se sorprende de la cantidad de gente que pasa a esa hora. Al asomarse descubre que la aldea al completo camina por las calles con dirección a la playa, algunos llevan lámparas, otros cargan velas, y algunos farolillos.

—¿Qué pasa?,—pregunta—¿Hay alguna fiesta?

—¿Fiesta?, ¡ah!, no, no es fiesta. Una ceremonia—se queda callada un momento y después suspira—Venga, vamos. Te llevare.

—¿Está segura?

—Sí, usualmente voy con mi nieta, pero ya que no está, puedes acompañarme.

La mujer se cubre con un rebozo y acepta el brazo que Hizashi le tiende. Se unen a la marea de gente aunque no tardan en quedarse atrás ya que la mujer avanza muy lentamente.

—¿Qué conmemoran?,—pregunta Hizashi mientras siguen el límite de la playa, alejándose de la aldea.

—Hace más de cinco años los demonios arribaron por primera vez a nuestras islas. En esa ocasión se llevaron a muchos de nuestros niños. Fueron perseguidos, pero nuestros barcos no están hechos para una carrera en el mar. Llegamos demasiado tarde. Una tormenta acabó con los esclavistas y hundió sus barcos, llevándose a los nuestros al fondo. Desde entonces los demonios vuelven, dos veces al año, en primavera y otoño. Atacan varias islas al mismo tiempo, a veces crean distracciones. Los guerreros hacen patrullas constantes, pero es imposible establecer un perímetro las veinticuatro horas del día. Los secuestros siguen y no parece que vayan a detenerse.

Dejan la playa detrás y se internan en la zona boscosa que separa la bahía de la aldea.

—Dos veces al año la aldea entera hace una vigía nocturna—continúa la anciana mientras Hizashi estudia los rostros graves de las personas que los rodean—Para recordarnos lo que hemos perdido. Para recordarnos nunca bajar la guardia. Para despedir a quienes se han ido.

Ambos se detienen al borde de un claro. Al otro lado hay una estructura de piedra tallada sobre la que han colocado un sinfín de lámparas y velas. La gente rodea el claro para colocarlas, ninguno de ellos atraviesa la tierra donde un montón de flores azules se agitan con el viento.

—¿Por qué aquí?,—pregunta Hizashi

—La primera vez que los demonios llegaron lo hicieron por la bahía, cruzaron por aquí y se dirigieron hacia la aldea. Desde entonces los guerreros han colocado trampas y redes para evitar que la historia se repita.

—¿Ellos colocaron el monumento?

—No—responde la anciana con tristeza—ese fue de Mitsuki. Ella lo puso en honor de su consorte y su hijo, a quienes perdió en la emboscada.

—¿También las flores?

—No… esas que ves ahí son las flores de Miosotis. Son flores que crece en lo alto de nuestras montañas, en la tierra de las serpientes emplumadas. Son flores salvajes, difíciles de conseguir, difíciles de mantener. Estas son las primeras que han logrado sobrevivir lejos de su hogar.

—¿Miosotis?

—También llamadas flores de NoMeOlvides. Todos aquellos que han perdido a alguien a manos de los demonios traen una vela en su nombre, para colocarla aquí. Para nunca olvidar.

—…,¿la persona que las plantó también perdió a alguien?

La anciana suspira.

—Hace muchos años nuestra tribu solía ir a buscarlas como muestra de cortejo, pero la costumbre se perdió pues era demasiado peligroso ir por ellas. Entonces uno de los nuestros la trajo de vuelta. Encontró no solo uno sino tres brotes. Los transportó desde allá, las plantó como una ofrenda a su amado. Como una promesa. Y lo hizo con tanto cuidado y cariño que las plantas no solo sobrevivieron, sino que se extendieron y siguen creciendo.

—¿Y se cumplió?… quiero decir, ¿la promesa se cumplió?

—Se los llevaron cuando los demonios arribaron por primera vez. Ambos murieron en el mar, de su amor esto es lo único que queda. Para nosotros es un recuerdo constante de las pérdidas que hemos sufrido.

Cuando la anciana guarda silencio, Hizashi se concentra en los rostros que lo rodean. El aroma que cubre el claro está teñido de tristeza y melancolía.

Se quedan ahí horas hasta que las primeras velas se consumen y entonces lentamente todos empiezan a volver a casa. Hizashi está listo para marcharse cuando la anciana se detiene y levanta la nariz, al parecer detectando un aroma en particular.

—Inko, cariño, ¿podrás recibirme esta semana?

La mujer, pequeña y robusta con un pelo verde y unos ojos opacos, se detiene a tres pasos de ellos.

—Buenas noches, Sehaba, ¿la rodilla ha vuelto a dolerte?

—Solo un poco, me he terminado el ungüento que me mandaste.

—Muy bien, ¿te parece venir mañana a mediodía?

—Me parece perfecto, ¿te importa si llevo la comida y acompañas a está anciana a comer?

—Está bien, Sehaba. Te veré mañana.

La mujer se despide y Hizashi no deja de mirarla mientras se aleja.

—¿A qué es guapa nuestra Inko?,—murmura la anciana al detectar su incertidumbre

—Lo es, pero me resulta familiar. No sé dónde la he visto antes.

—Es la sanadora del pueblo, suele viajar a los pequeños poblados de la isla. Es probable que la hayas visto antes.

Hizashi murmura un asentimiento vago. No se atreve a decirle a la anciana que nunca ha visitado las islas, pero que hay algo en la mujer que le resulta familiar. Al final suspira, le da un último vistazo al campo de flores.

Todas las velas se han acabado, las lámparas y los farolillos han sido recogidos. Al final ya no queda luz en el claro, solo el plateado reflejo de la luna que cae sobre el monumento gris.

Las flores azules siguen agitándose con el viento. “No me olvides”.

[…]

Unos días después de la vigía nocturna Hizashi está luchando contra el sopor del sueño cuando por la puerta irrumpe una joven ruidosa.

—¡Abuela! ¡He vuelto! ¡Te he traído la cena!

Hizashi se endereza a tiempo para ver a una joven altísima y bella entrar por la puerta. Tiene un precioso lunar junto a la boca y en su hombro izquierdo se exhibe una esplendorosa camelia de color rojo. No cabe duda de que ha alcanzado la mayoría de edad y está lista para devorar el mundo.

—Oh—se detiene en cuanto detecta al extraño—Buenas tardes.

—Saluda a nuestro invitado, Meera, su nombre es Hizashi y viene de Yuuei. Esta es mi nieta Meera, soldado a las órdenes de la matriarca.

La muchacha se ríe.

—Aún no soy soldado, abuela. Aún falta que la Matriarca le dé la bienvenida a nuestro grupo.

—¿Aprobaste?

—Sí

—Entonces lo demás es una formalidad. La Matriarca Kayama siempre acepta a los alumnos de Mitsuki, sabe que son de lo mejor, ¿tienen fecha para ir a la capital?

—En unos días. Mitsuki nos ha dado permiso para descansar.

—¡Maravilloso!, una vez que te vayas la casa se sentirá tan vacía. Si te asignan a las patrullas no te veré en muchos meses.

—No te preocupes, abuela, te escribiré y le pediré a Saha que te lea mis cartas. Y vendré siempre que pueda a visitarte.

—La dulce Saha ha venido a verme regularmente, la pobre chica te extraña.

—Quiero ir a verla, pero primero tenía que verte a ti, abuela.

—No te preocupes por mí, querida, estoy tan orgullosa de ti.

—Eh, disculpen la intromisión, ¿Mitsuki está de vuelta?, ¿creen que pueda recibirme?

Las dos mujeres se giran hacia él, recordando de pronto que se encuentra ahí.

—Sí, lo está—responde la muchacha—pero…

Se calla y le dirige una mirada a su abuela mientras su aroma se modifica. En respuesta la anciana suspira.

—Está bien, Meera. No creo que a Mitsuki le moleste que lo sepa; además él lleva tiempo esperando hablar con ella.

La muchacha asiente—Bien, Mitsuki debe estar saludando a su consorte. Siempre va a verlo cuando vuelve de un viaje largo.

Hizashi se despide y sale dejando a las dos mujeres enfrascadas en su conversación. El sol ha empezado a perder fuerza y en su lugar el ambiente es cálido y perfecto para un paseo vespertino. En la aldea se respira un aire festivo, allá por donde Hizashi pasa ve casas alborotadas por la llegada de los jóvenes alfa.

Hizashi se aleja de la aldea y vuelve al campo de flores azules, ha tomado la costumbre de visitarlo regularmente. Le sirve para pensar y ayuda a calmar el ansia de su corazón. Cada día su impaciencia crece y no deja de sentir que el tiempo se termina.

Conforme avanza procura hacer ruido y deja que su aroma se expanda como señal de que se acerca. Funciona porque en cuanto llega Mitsuki lo recibe.

—¿Te has perdido?,—le dice ella de espaldas, arrodillada frente a la piedra frente a la cual alguien -Mitsuki con toda seguridad- ha colocado una lampara pequeña—¿Cómo conoces este lugar?

—Sehaba me invitó. Me he hospedado con ella durante las últimas noches mientras te esperaba. Sé que es una descortesía interrumpirte en este momento, pero he esperado muchísimo para hablar contigo. Necesito que me escuches.

Mitsui no responde, permanece firme frente a la roca pulida y Hizashi se muerde la lengua y retrocede para darle privacidad. Hasta que finalmente la mujer apoya la frente sobre la piedra, murmura algo que Hizashi no alcanza a oír y se levanta. Cuando se gira, en lugar de mirarlo, sus ojos recorren el prado de flores azules con expresión indescifrable. En un intento por romper el hielo, Hizashi dice:

—Sehaba me contó sobre el claro y lo que significa. Sobre los amantes y la noche de vigía.

—En unos años todos recordaran la historia de esa forma—dice Mitsuki—así es como se crean las leyendas, después de todo. Algunos dirán que fueron plantadas en honor a los niños secuestrados. Otros contaran la historia de los amantes, ni sus nombres pasaran a la historia… pero yo estuve aquí. Estuve aquí mientras ese necio plantaba sus flores. No le gustaba la jardinería, aunque se sabía de memoria todas las malditas plantas que existen en la región. En su vida había mostrado interés por plantar cosas, y ahí estaba él, plantado esos tres—señala los tres pequeños arbustitos alineados junto a un árbol—con un cuidado del que jamás lo habría creído capaz.

Su voz, piensa Hizashi sorprendido de oírla, su voz revela lo que su aroma no.

—Era un enano gruñón perfeccionista—dice y una vez que empieza no puede parar—una vez se pasó la noche entera repasando un libro de plantas, se pasó meses buscando una maldita caracola perfecta y cuando supo de estas flores quiso una. No podía conformarse con algo tan banal, tan simple, tan fácil como las malditas caracolas que la gente ofrece, no, tenía que ir y subir a las montañas a buscar la flor que solo crece en lo alto. Y el pequeño monstruo lo consiguió, porque siempre había conseguido todo lo que se proponía. Y cuando trajo sus arbustos me senté aquí, con mi lampara, durante toda la noche, mientras el necio las plantaba. Estaba decidido a no dejar que se murieran. Me burlé de él, siempre me burlaba de él, le dije “Si te interesa ser jardinero puedo conseguirte trabajo”, pero esa vez no picó. No se enfadó. Era divertido verlo enfadarse. Le dije “Con una flor habría sido suficiente, ¿por qué has tenido que traerlas con raíces? De todos modos se morirán y todo tu esfuerzo será en vano”. Nunca me olvidaré de su respuesta. “No se van a morir. Van a crecer y Deku siempre tendrá una flor fresca en la ventana de nuestra casa”Chiquillo arrogante. Ya estaba pensando en su casa. Era un mocoso al que todavía no le cambiaba la voz y pensaba en su casa. Estaba seguro de que las malditas flores vivirían. Y mira nada más, aquí siguen; y cada primavera nacen más.

Hizashi guarda silencio. No hay nada que decir.

—Así que como ves la historia de este lugar es mucho más simple. Es el resultado de un alfa malcriado que no quiso conformarse con una estúpida caracola. Que tenía que hacer algo mil veces mejor porque no había otra forma de que pudiera expresar lo que quería. Porque si no hacía algo que no fuera malditamente grandioso entonces no tenía sentido.

Mitsuki sacude la cabeza, toma su lampara y recorre el borde del claro hasta Hizashi.

—¿Cuántos años tendría ahora?,—pregunta él al tenerla cerca.

Ella responde sin parpadear.

—Habría cumplido diecisiete en la primavera de este año.

—Lo siento.

—¿Por qué?… ¿tú te los llevaste? No. Los culpables son los demonios que cruzan el mar para arrancar a nuestros hijos de su hogar. Ellos deberían disculparse. No tú… Ahora olvida todo lo que me has oído decir, cada año me pongo vieja y hay ocasiones en la que se me va la lengua. Especialmente después de la graduación de mis alumnos. Siempre que los miro pienso en los que se han ido. Usualmente es Inko la que me soporta, pero tú te has aparecido antes de que me hubiera desahogado.

—Está bien.

—Aunque lo esté, olvídate de lo que he dicho. Y no lo repitas. Lo que menos quiero es que la gente de aquí me mire con lástima.

—Como desees.

—Pues bien, ya he hablado yo, ahora te toca a ti. ¿Qué estás haciendo aquí, Hizashi? Si tu rey te ha enviado para solicitar nuestra ayuda, recibirás la misma respuesta que el mensajero que enviaron hace meses.

—No es el rey quien me envía. Es el príncipe. Necesitamos de tu ayuda.

[…]

La casa de Nemuri Kayama se alza en lo alto de una colina, desde ahí se puede ver la villa, el bosque que cubre la isla y a lo lejos el cielo y el mar se unen en el horizonte. Si Hizashi tuviera tiempo se quedaría de vacaciones, pero no lo tiene así que sigue a Mitsuki por el empinado ascenso mientras intenta no escupir su corazón.

Kayama los recibe personalmente. Es una mujer exuberante, con un largo y sedoso pelo negro del color de la noche oscura, con un porte majestuoso que desborda sensualidad y poder. La mujer alfa le obsequia su sonrisa más cautivante y pese a su estatus abraza a Mitsuki con una efusividad que Hizashi encuentra encantadora.

Los tres se sientan a tomar el té en la terraza principal, desde donde pueden contemplar el mar.

—Te esperaba hasta dentro de un par de semanas, Mitsuki—dice Kayama cuando los saludos y las presentaciones se terminan—Y esperaba verte en compañía de tus alumnos.

Le dedica una fugaz mirada a Hizashi, pero él se concentra en su té y deja que Mitsuki conduzca la conversación.

—He salido antes—responde Mitsuki sin tocar el té que tiene frente a ella—Las noticias que he recibido son preocupantes. Él es Hizashi, amigo de Aizawa. Ha traído una advertencia y una suplica de parte del príncipe, el heredero de Yuuei.

—¿El rey ha renunciado a tratar con nosotros?

—No es así, Kayama, ahora escucha.

Para cuando Mitsuki termina de hablar el té de las tres tazas se ha enfriado y Kayama ha perdido su sonrisa de bienvenida.

—¿Una droga?,—murmura para sí.

—No tenemos noticias de cómo funciona—explica Hizashi abriendo la boca por primera vez—pero si existe tal vez pueda explicar por qué el ataque a la prisión resultó un fracaso. Es probable que alguien cercano al rey lograra convencerlo de retirarse a fin de no exponer la existencia de la droga en ese momento.

—No sé que es más aterrador, que tengan un modo de controlarnos o que haya un espía en la corte de Yuuei—dice Kayama.

—Esto cambia completamente el panorama—añade Mitsuki—Tenemos que informar al resto de las Matriarcas, tienen que saber la amenaza que se cierne sobre nosotros.

—Las Matriarcas se han negado a participar en la guerra de Yuuei, no querrán movilizar a las tropas. No si eso significa dejar a las islas indefensas.

—No solo es Yuuei quién corre peligro. Si ellos caen, los demonios no se detendrán ahí, seguiremos nosotros y no tendrán que atravesar el mar para llegar. Tendrán un puerto cerca, podrán venir y golpear cada vez que lo quieran.

—¿Cuál es tu sugerencia, Mitsuki? ¿Tomar las naves y cruzar el mar para luchar contra los demonios?

—Aizawa cree que ellos intentarán apoderarse de Yuuei mientras la flota esta fuera—responde Hizashi—Pedimos su ayuda para defender-

—¿Defenderlos a ustedes?,—interrumpe Kayama con ira—Puedo asegurarte de que las Matriarcas nunca consentirán dejar ir a las tropas solo por el bien de Yuuei.

—Pero-

—¡No!

—Espera, Nemuri—dice Mitsuki con rigidez—Yo nunca te he dicho que deseo apoyar la moción de defender a Yuuei.

—¿Qué?,—preguntan dos voces a la vez

—Si la suposición de Aizawa es correcta los demonios vendrán. No podemos permitirlo. Las Matriarcas lo entenderán. No solo es Yuuei quien corre peligro. Nosotros también. Enviaremos a nuestro ejército a interceptarlos. Hundiremos sus naves en el mar y los haremos arrepentirse del día que decidieron invadir nuestro hogar.

—Mitsuki…

—No. Hemos perdido a demasiados y cada año volvemos a sangrar. ¡Basta! Lucharemos, no por Yuuei, sino por los nuestros. Acabaremos con la amenaza que se acerca. Y cuando se haya ido, entonces sí, entonces pondremos rumbo a Hosu y arrasaremos con aquellos que se hayan atrevido a levantar sus armas contra nosotros.

—Es un riesgo…

—Convivimos con el mar, no hay mayor riesgo que él. Sé que quieres hacerlo. Sé que has encontrado un genio beta que se dedica a mejorar nuestros barcos. Sé que Mei Hatsume ha diseñado naves ligeras, diseñadas especialmente para nuestra gente, cuyo único objetivo es dar caza a los barcos de los esclavistas. Y no eres la única que se prepara. Sé que las otras Matriarcas también han tomado precauciones. Todos estamos listos, todos queremos venganza.

—La venganza podría matarnos a todos.

—Ellos nos mataran primero.

—Aun si tienes la razón, Mitsuki, no podemos tomar una decisión unilateral—toma aire y suspira mientras observa las tazas de porcelana—Llevare la petición al consejo. Las reuniré esta misma semana. Tan pronto sea posible. Y entre todas decidiremos si el riesgo es aceptable. Hasta entonces ambos son mis invitados.

—Gracias—dice Hizashi—Será para mí un honor-

—Te aprecio, Kayama—interrumpe Mitsuki levantándose intempestivamente—pero independientemente de la decisión del Consejo no planeo quedarme con los brazos cruzados.

—Mitsuki.

—No… no; aunque tenga que ir sola, planeo enfrentarme a los demonios. Planeo hacerles pagar por lo que nos han quitado.

Se marcha antes de que ninguno de ellos se mueva; Kayama en lugar de ir tras ella suspira.

—Ve con ella, Hizashi—murmura sin mirarlo—Intenta convencerla de esperar, aunque sea hasta la decisión del Consejo.

—¿Y si se oponen?… ¿la dejarás ir sola?

—Mitsuki no está sola… no se da cuenta, su dolor la ciega, pero en su villa todos están dispuestos a seguirla. Si Mitsuki va a la guerra todos los alfa que ha entrenado la seguirán. Todo aquel que la conoce, todos mis guerreros, mis navegantes, cada uno de ellos se unirá a su causa.

—¿Y tú?

Nemuri Kayama lo mira y su expresión es toda la respuesta que Hizashi necesita.

Tal vez mi viaje no haya sido en vano, piensa Hizashi mientras se despide

Chapter Text

—¿Cómo te sientes, Fumichan?

 Tsuyu Asui desciende por las escaleras ligeramente encorvada, lleva en una mano un balde y en la otra, que utiliza para equilibrarse en la pared, un montón de trapos viejos. La habitación consta de dos literas, a la derecha, en la cama inferior, un bulto oscuro se agita cada vez que el barco se sacude.

—Te traje un cubo.

La persona oculta bajo las mantas gruñe, se revuelve y finalmente se asoma. En cuanto ve el balde que Tsuyu coloca junto a la almohada se acerca y vomita sin vergüenza alguna. Al terminar apoya el rostro contra el borde y cierra los ojos esforzándose por respirar.

—Creo que te convendría salir un rato a respirar aire fresco—dice Tsuyu sentándose en el suelo junto a la litera—Aquí abajo el movimiento es peor.

—Ugh—vomita de nuevo y abraza el cubo contra su pecho.

—Bueno, si te decides avísame y te ayudaré a subir las escaleras.

Fumikage mantiene la cara sobre el cubo y Tsuyu aparta los ojos para ofrecerle privacidad. Toma uno de los trapos y empieza a limpiar sus botas. No están sucias ya que llevan días en el mar, pero a falta de cosas que hacer, Tsuyu encuentra conforte en una tarea simple: Cuidar del único recuerdo que guarda de su familia.

Trabaja en silencio, con un cuidado que raya en la obsesión. Toma la punta del trapo y frota cada superficie, dos o hasta tres veces. Se asegura de eliminar cualquier rastro de polvo hasta que cada pieza reluce como si fuera nueva.

—Vas a desgastarlas de tanto frotarlas.

Tsuyu se gira para mirar a su amigo. Fumikage tiene los ojos vidriosos y una expresión desdichada, pero al menos ha dejado de vomitar y parece lo suficientemente compuesto para hablar.

—¿Quieres que llame al médico?

—No, estoy bien… solo… tengo la sensación de haber tragado mierda. Ugh. Detesto el mar.

—Toma, comete esto, te ayudará a sentirte mejor y mitigará el sabor de la boca.

—Uhg—tuerce el gesto al ver el pequeño envoltorio de papel—No estoy seguro. No quiero tener que vomitarlo después.

—Vamos, come. Te hará bien.

—Uhm—toma el paquete y lo desenvuelve—¿qué es?,—acerca las hojas a su nariz—¿menta?

—Sí, bañé las hojas en azúcar. Mastícalas un rato y te sentirás mejor.

Fumikage obedece y durante un rato el camarote permanece silencioso.

—Funciona.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Zuchan decía que eran buenas para mitigar los mareos. Me lo enseñó mientras hacia su lista de provisiones. Él también las empacó.

El recuerdo de Izuku vuelve a dejar al camarote en silencio, esta vez cargado de una pizca de nostalgia.

—Estará bien—dice Fumikage de pronto como si pudiera oír la incertidumbre que late dentro de Tsuyu.

—¿Lo crees de verdad?

—Se preparó a conciencia. Incluso si ocurre lo peor y es capturado, me aseguré de que pudiera contar con ayuda. Shoji me dio su palabra de vigilar la prisión beta. Conoce el santo y seña. Y se asegurará de aprovechar cualquier oportunidad que pueda presentarse para ayudar a Izuku.

—Pero el mar… solo hemos visto una tormenta hasta ahora y ha sido terrible. Una tormenta hundió el barco que lo transportaba hace años. Sin mencionar las serpientes marinas. Una de esas cosas estuvo a punto de hundir a uno de los barcos que iba en la avanzada. Zuchan no habría tenido oportunidad contra una de ellas.

—Izuku trazó su ruta asegurándose de mantenerse alejado de sus zonas de caza. Esa era la razón por la cual planeaba acercarse a Yuuei en lugar de poner rumbo directo hacia Kohei. Si todo salió según el plan ahora mismo es probable que haya llegado a Yuuei, puede que incluso esté ya rumbo a las islas.

Tsuyu se frota las manos y sacude la cabeza; mira hacia la puerta y cuando se asegura de que no hay moros en la cosa dice:

—¿De qué servirá?,—murmura con expresión tormentosa—Aún si ahora está a salvo, ¿qué pasará cuando lleguemos allá?

—Tsuyu…

—Tendremos que luchar. Yo…

—No lo digas.

—…no quiero luchar contra ellos.

—Son órdenes del rey.

—El rey sigue en casa. El rey está enfermo. Son las órdenes del príncipe.

—El príncipe de Chisaki es nuestro gobernante.

—Lo sé… pero-

—Shh

El corazón de Tsuyu se encoge al detectar pasos en el pasillo, contiene el aliento para inmediatamente soltarlo cuando las pisadas se alejan del camarote.

—No deberías repetir lo que me has dicho.

Lo sé, piensa ella con tristeza. No solo arriesga su vida, sino también la de su familia. El rey siempre fue severo, pero justo y su hijo… su hijo no tolera ninguna clase de insurrección.

—Cuando llegaron los rumores de la guerra—dice Tsuyu después de un momento—pensé que tendría que luchar para defender nuestro hogar. Estaba bien con eso. Pensé que nos enviarían a Hosu como refuerzos contra ellos. Me había hecho a la idea. Pero nunca creí que nos enviarían al otro lado del mar a conquistar sus tierras.

—Ellos enviaron a su ejército primero.

—Deberíamos estar luchando contra ellos entonces, ¿por qué tenemos que estar aquí?

—Porque somos soldados. Porque somos leales a nuestro rey.

Tsuyu se apoya contra la cama y su cabeza se deja caer sobre el colchón.

—No quiero estar aquí—murmura Tsuyu mirando el techo fijamente—¿Es traición si me niego a luchar?

—Tendremos que luchar. Es luchar o morir. Vamos a invadir sus tierras, ellos van a defenderse. Y cuando nos encontremos en el campo de batalla, no se detendrán a preguntarnos si estamos de acuerdo con esto. 

Tsuyu lo mira, se abraza a si misma y encoge las piernas hasta convertirse en un nudo pequeñito.

—¿Hay alguna forma de detener esta guerra?

—No lo sé.

—Si no hubiéramos conocido a Izuku, ¿aborreceríamos a su raza?

—Probablemente.

—Si todos conocieran a Izuku…

—Izuku no está.

—Pero no es el único… si alguno de ellos… si uno de ellos…

—Nos odian.

—Porque el General les ha hecho daño, si él no existiera…

—Calla. Que no te oigan hablando así. Recuerda lo que sucedió con Itto. El General no es nuestro rey, pero es su aliado. Y nuestro señor le ha jurado lealtad.

Tsuyu cierra los ojos, se encoge y finalmente llora, en silencio, sin moverse. Sus lagrimas se deslizan por su mejilla hasta empapar la sabana de Fumikage.

—Quiero volver a casa.

 

[…]

 

El corazón de Taishiro Toyomitsu se encoge al divisar la Flota Real, o lo que queda de ella. La persona que lo recibe es Tensei Iida, el alfa de mayor rango en toda esa sección.   

Taishiro no pierde tiempo en presentaciones—¿Qué pasó?

Tensei se envara en su lugar ante el tono acerado del alfa y responde sin perder tiempo.

—El plan inicial había sido desmantelar el embarcadero, pero al descender no encontramos a nadie. Todos los civiles se habían ido y no había fuerza defensiva. El Consejo temió una emboscada así que ordenó la retirada. Tras una breve reunión el Consejo decidió subir por el canal para eliminar los puertos que se encuentran río arriba y así bloquear el paso de barcos. No conseguimos llegar. Sus tropas salieron a nuestro encuentro dos días después de haber abandonado el embarcadero que había sido nuestro primer objetivo. Sabían hacía donde nos dirigíamos. Y sabían dónde golpear. Concentraron su ataque en la flota del Consejo. Perdimos un tercio de nuestros barcos en la emboscada, algunos lograron a escapar. Los hemos interrogado, no tenemos detalles, solo que usaron una especie de droga. Los beta se encuentran bien, pero los alfa están abajo, inmóviles, como estatuas. Los médicos no aciertan a entender qué fue lo que sucedió.

—¿Y el Consejo?

—Los perdimos a todos. El único que queda, el único que se quedo atrás, fue Yoroi Musha, pero el viaje ha sido excesivo para su salud.

—Así que te ha dejado a cargo a ti.

—Sí, señor.

—¿Por qué no volvieron cuando el Consejo cayó?

—Hemos estado conteniendo sus ataques durante los últimos días. No hemos lanzado una contraofensiva porque no sabemos la clase de droga que están utilizando.

—Bien, da la orden de movilización. Tenemos que irnos.

—¿A dónde?

—El rey ha sido herido, tenemos que volver con él. No hay tiempo que perder.

—Pero señor, nos seguirán. Han estado tras nosotros desde la emboscada. Si nos vamos ahora corremos el riesgo de llevarlos hasta el rey.

—Es un riesgo que debemos tomar; el rey se encuentra en peligro.

 

[…]

 

—Esta vez no puedo quedarme—dice Itsuka apenas entra por el hueco que es la entrada mientras le lanza un pequeño paquete de comida—¿Qué necesitas? Dame una lista e intentaré conseguirlo.

Izuku se sienta con ella y le dicta una serie de ingredientes, cuando ella se va, él vuelve a tumbarse en la oscuridad a dormir. Aprovecha el tiempo para descansar y pensar. Y también sueña. La emoción de saber que Katsuki podría estar cerca es abrumadora, a veces no consigue calmarse y tiene que levantarse para dar caminatas en círculos dentro del nido oscuro.

Su mente es la que no deja de pensar en él. La que se empeña en llenarse de esperanza y anhelo. Te encontraré, Kacchan. Sueña con él y el deseo de volver a verlo se convierte en una tortura casi física.

Itsuka vuelve dos días después llevando más comida y una bolsa con las raíces que le ha pedido.

—La cena está en marcha—dice ella mientras Izuku empieza a trabajar—Puedo quedarme hasta que termine y después debo volver a mi celda.

—¿Crees que pueda ir contigo?

—¿Por qué?

—Los efectos no son inmediatos, pero preferiría que estuvieras en cama lo antes posible. Quiero acompañarte para asegurarme de que no se presentan complicaciones y también porque es tiempo de que aprenda a moverme en este lugar.

Cuando Itsuka accede, Izuku regresa la atención a las plantas que le han traído.

—Necesito una estufa, ¿crees que podamos salir?

—Usualmente hay guardias en el comedor, no suelen acercarse a la cocina, pero no quiero arriesgarme a que nos vean a ambos ahí, ¿qué quieres preparar?

—Hay que hervir esto.

—Dámelo, lo llevare y volveré cuando esté listo.

—También trae agua caliente.

—Bien.

Se marcha llevando la lampara y regresa al cabo de un rato balanceando con cuidado una charola en la que tiembla dos pequeñas ollas. Una con agua limpia y la otra con una sustancia marrón de la que emana un denso aroma a hierbas.

En un cuenco aparte Izuku comienza a machacar un puñado de semillas añadiendo cucharadas de agua caliente a intervalos regulares, cuando termina vacía el contenido sobre la tetera con hierbas y remueve la infusión con cuidado.

—¿Y…—pregunta Itsuka al verlo trabajar—cómo funciona?

—Sentirás un dolor intenso a la altura del vientre. El dolor puede durar horas, pero es importante que no entres en pánico. Tendrás fiebre y posiblemente escalofríos. Sangraras. Muchísimo. Es normal. Asegúrate de tener sabanas limpias y una cubeta.

—De acuerdo.

—¿Tu alfa sabe sobre esto?

—¿Necesito su permiso?

—No es su decisión, es tuya. Sin embargo, dudo que sea posible esconderle la verdad. Tendrás que quedarte en cama durante algunos días. Y es probable que este ahí cuando estés sangrando. Lo mejor es prepararlo para que pueda ayudarte en caso de que haya complicaciones.

—¿Complicaciones?

—Es un proceso de alto riesgo. Podrías ser alérgica a alguna de estas plantas. Puedes desangrarte. La fiebre puede matarte. Y existe la posibilidad de una infección.

—¿Infección?

—A veces quedan restos en el interior. Cuando termines de sangrar tendré que revisarte para asegurarme de que no quede nada, pero aun así existe el riesgo. Es importante que haya alguien contigo pendiente de los síntomas. Si tu alfa no lo sabe, no podrá ayudarte.

—…he hablado con él. La idea no le gusta, pero me apoya.

—Bien…, ¿estás segura sobre esto?, ¿entiendes las consecuencias?

—¿Intentas convencerme de que no lo haga?

—Aun si supiera que saldremos de aquí antes de que tu hijo nazca, no me atrevería jamás a tomar la decisión por ti; pero tampoco te mentiré. Este es un proceso delicado, y aun tomando todas las precauciones, las cosas pueden salir mal. Lo único que quiero es que entiendas lo que va a pasar.

Itsuka asiente con firmeza, su aroma, una delicada combinación de frutas, se mantiene firme y sin fluctuaciones. Izuku le tiende la tacita de té con la infusión amarga desde la cual se elevan espirales blancas.

Con la tacita en las manos, Itsuka hace una pausa.

—¿Solo es esto?,—pregunta mirándolo fijamente a los ojos.

—Sí. Una vez que lo tomes no hay marcha atrás.

Itsuka toma un sorbo y arruga la cara, hace una pausa y después vacía el contenido de la taza de un solo golpe.

—Vamos—ordena mirándolo fijamente a los ojos.

Nervioso, Izuku se levanta. Ella se adelanta y después de un momento le hace una seña para que la siga. Afuera solo quedan los omega que limpian, todos le dedican miradas de soslayo cuando aparece junto a Itsuka, aunque ninguno se acerca ya que hay guardias esperando para cerrar las puertas del comedor. Se unen al grupo como si acabaran de terminar de limpiar la cocina y avanzan hacia la salida.

Cuando se han alejado, Izuku se atreve a mirar atrás y ve a los guardias cerrar las puertas con llave y candado. Después de avanzar por un corto pasillo se cruzan con otro guardia que hace descender una reja de metal cuando todos están dentro. De inmediato los omega se dispersan e Itsuka se encamina hacia las escaleras que hay junto a la pared.

—Hemos vuelto a la cúpula—murmura Izuku mientras empiezan a subir.

—Así es. Mi celda está en el nivel 2, contando de arriba hacia abajo. En total hay cuatro niveles. En el primero están las entradas. La que nos lleva al exterior, al huerto. La segunda que usan los alfa cuando van a trabajar y la tercera que conecta con la siguiente cúpula. Todas esas puertas se mantienen cerradas cuando no se usan, y cada una es un punto de control. Te cuentan cuando salen y cuando entras. Los guardias hacen patrulla todos los días y a todas horas. En el segundo y tercer piso solo hay celdas. En el último también hay celdas, pero también cuenta con pasillos que llevan a la cocina, al almacén y a los baños, como habrás visto esas puertas se cierran al anochecer y se abren por la mañana. Allá abajo no hay salida, solo un ascensor manual que usan los guardias para subir al primer piso y bajar sin tener que atravesar el interior de la cúpula.

Al llegar al segundo piso salen del hueco de las escaleras y se encaminan a la izquierda. Hacia donde mire, Izuku ve celdas con las puertas abiertas.

—Creí que los encerraban.

—Solo al principio. De todos modos, no hay forma de salir. Todas las entradas a la cúpula están cerradas, lo único que hacen es encadenarnos en nuestra celda.

—Has dicho que el grupo omega adulto se encarga de la comida.

—De la despensa en realidad, también cuidan de los nuevos y de los niños. No duermen aquí, tienen sus celdas en otro lado.

—¿Los guardias nunca entran en la cúpula?

—Llevan un registro de los omega en cinta y cuando el parto se acerca bajan en grupo para llevarse a nuestros hijos.  Fuera de eso, no, nunca vienen aquí.

En la celda de Itsuka encuentran a su alfa esperando con la cena. Izuku aprende entonces que son ellos quienes bajan a las cocinas para recoger las raciones que después llevaran de vuelta para compartirla con su compañero.

—Este es Izuku, de quien te hable. Izuku, este es Sen.

El alfa sacude la cabeza sin decir nada; tiene pómulos marcados que revelan su mala alimentación, y una expresión exhausta que resulta alarmante en alguien de su edad. Tiene dos flores de gardenia en ambos hombros y una línea de hojas conectándolas a través de su clavícula. También apesta a dolor y tristeza.

—Hola—saluda Izuku con repentina timidez.

El alfa se limita a sacudir la cabeza, centrando su atención de inmediato en Itsuka, pero ella le hace una seña de calma antes de girarse a Izuku.

—Tendrás que esperar hasta mañana para volver a la cocina.

—¿Nadie notará que estoy aquí?

—Como te dije los guardias no entran en la cúpula, puedes ir a dónde quieras, pero intenta no acercarte a las puertas del primer piso, si te ven merodeando puede que tengas problemas. Si quieres puedes dormir aquí, si deseas privacidad hay un par de celdas libres en-

—Itsuka

Izuku se gira hacia la voz. El visitante es un alfa joven, mucho más joven que él, con expresión de cansancio absoluto y ojos exhaustos.

—Hola Kato—saluda Itsuka—¿Qué pasa?

—Es Inue, sigue enferma, ¿crees…?

No termina la pregunta, pero mira a Izuku con intención y el muchacho se gira hacia Itsuka.

—Hice correr la voz—dice ella mostrándose ligeramente avergonzada—Era inevitable. Tu aroma te hubiera delatado, ¿estuvo mal?

—No—su respuesta es automática, firme y segura—Quiero ayudar.

Se despide de ellos y sigue al alfa que lo guía hasta su celda, donde encuentra a una omega joven extremadamente flacucha y emitiendo un aroma a tristeza tan intenso que el estómago de Izuku se encoge dentro de él. Su reacción natural es unirse a ella, acurrucarse a su lado y ofrecerle consuelo de cualquier clase como es común entre los suyos, pero le basta mirar las celdas que lo rodean, los rostros que espían en las jaulas vecinas, para sentir la determinación centellear en su interior.

Sí, permite que su aroma la rodee como una manta abrigada en una noche de invierno, pero también la ausculta con calma, tomando su pulso, revisando sus pupilas y esforzándose por oír sus pulmones sobre la tos seca que no la deja en paz. Es metódico y directo. Y al final le da una serie de instrucciones al chico alfa que asiente en silencio y balbucea un agradecimiento. No ha terminado de despedirse cuando otro alfa lo llama desde la celda vecina.

Después de ese viene otro y después un tercero. Y antes de que Izuku lo sepa se encuentra haciendo una ronda completa durante toda la noche.  

 

[…]

 

—¿Perdimos a uno?

—No es-

—No quiero excusas, Kurogiri. Creo que entiendes la importancia de mantener esto en secreto. Ahora mismo el ejército de Yuuei estará pendiente de la droga alfa, una vez que se organicen enviarán un ataque utilizando oficiales beta. Entonces los destrozaremos. Es de vital importancia que no sepan de nuestra arma.

—Lo sé, General.

—Bien, entonces explícame esto. Si la prueba beta se realizo hace días. Ocho Días. ¿Por qué solo hasta ahora me entero de que uno de los prisioneros sigue desaparecido?

—Sabíamos que en algunos casos el incienso no actúo de forma inmediata. Algunos lograron alejarse del punto de administración. Enviamos una patrulla a buscarlos. En un caso el cuerpo se encontró a casi cinco kilómetros del punto de partida. Tuvimos que peinar toda la zona en ese radio, pero no hay señales del prisionero faltante.

—Es aún peor, significa que el incienso no es perfecto. Significa que podríamos tener, no solo una fuga de información, sino también un posible fallo en el producto. Tenemos que encontrar a ese prisionero.

—Muy bien, señor. Me encargaré personalmente.

—No, envía a Shigaraki, es un asunto delicado. Tú te encargaras de la comunicación con Jin, quiero saber si ya encontró al príncipe. Y también quiero que empiece con los preparativos para la última batalla. Quiero deshacerme de las fuerzas de Yuuei antes de que decidan volver a casa.

—Como ordene señor.

—También envía una nota al ejército de Overhaul. Quiero que me informen en cuanto lleguen a tierra.

—Así se hará, General.

—Y por último… ¿tenemos noticias sobre la fuga en la prisión? ¿Iguichi y sus hombres han limpiado ese desastre?

—Su último mensaje fue hace tres días informándonos de que habían hecho contacto. Planeaban atacar al amanecer del siguiente día.

—¿Y?

—Aún no sabemos-

—Pues quiero saberlo. No tolerare más desastres.

—Como ordene, señor.

 

[…]

 

La victoria es suya, aunque el precio es alto.

Katsuki no pierde tiempo. Tiene una herida en el hombro y aun mientras sangra no deja de ladrar ordenes ni atender los informes que van llegando. El campamento es un caos con los animales desaparecidos, los carromatos volteados y los heridos, pero aún así se las arregla para imponer orden y comenzar con la limpieza.

—Eh…

Katsuki se gira hacia la voz, encuentra a la omega de mejillas redondas y pelo castaño, retorciéndose las manos mientras procura no mirarlo.

—¿Qué?

—Tu herida. Hay que limpiarla.

Cuando Katsuki termina de dictar ordenes sigue a la omega hasta la zona donde los heridos son tratados. Ahí, la alta mujer de pelo negro reparte su atención entre todos mientras lanza ordenes al grupo omega que la ayuda.

Katsuki se sienta y espera su turno. Cuando la mujer beta se acerca a él, lo primero que Katsuki nota es su expresión desolada. Tiene los ojos hinchados, la cara pálida y un rictus amargo en el rostro, pese a ello trabaja de forma rápida y eficiente, apenas lanzando un par de preguntas en su dirección para estudiar el daño y la forma de su herida.

Cuando finalmente termina lo ayuda a colocarse la parte superior del uniforme.

—Evita movimientos bruscos—le dice ella—como este o este que hagan saltar los puntos. Te los quitare en un par de días y mientras tanto evita mojar los vendajes.

Katsuki se levanta, está listo para irse, pero al final no puede resistirse a señalar:

—¿Cómo esta?

Al seguir la dirección de su mano la mujer toma una brusca bocanada de aire antes de recomponerse.

—Inconsciente. Traté su herida lo mejor que pude, pero sigue sin reaccionar. Temo que…

—Despertará—la interrumpe Katsuki—Si sobrevivió a la primera administración despertará. Usualmente la primera vez es la más difícil, pero eventualmente volverá.  

Ella asiente con rigidez.

—Sin tu líder, ¿quién es el segundo a cargo?

La expresión de la mujer empeora, su aroma fluctúa durante un breve segundo revelando dolor y agonía, pero de inmediato se recompone, se traga las lágrimas y responde con voz firme.

—Tamaki está muerto. Kousei también. De los dieciséis que éramos solo quedamos siete, incluido el jefe Togata.

—¿Quién toma las decisiones ahora?

—Por ley, sería Inasa, es el último alfa de nuestro grupo. Por jerarquía, yo, mi padre es uno de los líderes barbaros.

—Bien, consigue que alguien te supla, tenemos decisiones que tomar. Reúnete conmigo al otro lado del claro.

—¿Decis-?

Pero Katsuki no la deja terminar porque le da la espalda y se mueve hacia dónde el pelirrojo intenta hacer de enfermero.

—¡Bakugou!

—¿Dónde mierda has estado?

—Lo siento, pero…

Hace una seña hacia la figura recostada contra el tronco que tiene a su lado como si eso fuera explicación suficiente. El omega rubio está desnudo de la cintura para arriba, pero tiene el hombro derecho envuelto en vendas que le cruzan todo el torso, y su brazo está apretado contra su pecho, inmóvil. 

—Lo hiciste bien—le dice el omega alzando los ojos hacia él. Tiene la cara ceniza, los ojos vidriosos, el sudor perla su frente y el aroma a naranjas posee el indistinguible atisbo de dolor, pero aún así el muchacho es capaz de ofrecerle una sonrisa débil—Felicidades por tu victoria.

—Felicidades por no morirte.

—¿Te refieres a esto? No es nada. Debiste ver la flecha que Momo me arrancó. Yo no la vi. Me desmaye en medio de todo el proceso, pero Ochako dice que tenía el tamaño de mi brazo.

—No debe dolerte si puedes bromear así.

—No te confundas… me duele lo suficiente para echarme a llorar, pero al menos estoy vivo.

—¿Puedes levantarte?

—Sí

—¡No!,—interviene el pelirrojo—Yaoyorozu ordeno reposo absoluto.

—Estoy bien—replica el omega—además, debe ser importante, ¿o no?

—Lo es.

—Pero-

—Si tanto te molesta llévalo en brazos—replica Katsuki dándoles la espalda—Hablaremos al otro lado del claro.

No se detiene a escuchar el balbuceo nervioso del pelirrojo, en su lugar se mueve hacia donde el beta con la flor de azalea en el rostro se encuentra inspeccionando uno de los cilindros que contiene el incienso.

—¿Qué haces?,—pregunta Katsuki

La respuesta el hombre es sacudir el cilindro, lo hace girar entre sus dedos y lo mira con fijeza.

—¿Hace cuánto que lo tienen?, ¿cómo lo producen?, ¿cuál es la base?, ¿es el único que hay?

—¿El único?

—Imagina que tienes un arma… ¿por qué usarla solo para neutralizar a una parte de las tropas enemigas?

—Si derribas la cabeza, los demás caerán.

—Así es en la mayoría de los casos, pero una vez que el enemigo sabe cómo funciona, puede tomar las precauciones adecuadas para evitar el desastre. Y entonces tu arma deja de ser letal.

—¿Crees que hay otro tipo de incienso?

—No lo sé… pero me inclinaría a pensar que no es el único as bajo su manga—guarda el cilindro en la bolsa de su pantalón y se gira hacia Katsuki—¿Fue cierto lo que dijiste?

—¿Acerca de qué?

—¿De qué buscarías al príncipe para recuperar algo que era tuyo?

—Lo fue.

—¿Te refieres a Midoriya?

Es escuchar el nombre y sentir que su corazón se contrae dentro de su pecho. Tiene la boca seca así que aprieta los dientes y evita contestarle, pero su expresión debe delatarlo porque el hombre suspira con cansancio.

—Si tu intención es encontrar al príncipe, iré contigo, te ayudaré, pero antes debes decidir qué hacer con ellos—y para enfatizar su punto se gira para escudriñar al campamento por completo.

—Yo no decidiré nada—responde Katsuki con firmeza.

—Pero-

—Hablaremos allá—señala hacia al otro lado del claro—Y entonces se tomará una decisión—se da la vuelta y está listo para marcharse cuando se detiene—Dime la verdad, ¿crees…—se atraganta, aprieta los puños y se entiesa—¿crees que él estará a salvo?

—Supongo que no te refieres al príncipe.

Silencio.

—Todoroki-ou es un hombre noble, aceptó la ayuda de Midoriya porque no planeaba involucrarse en combate. El principe se asegurará de que él este a salvo. Si no llegaron a la costa seguramente es porque tuvieron que esconderse. El príncipe nunca pondría la vida de un omega en peligro.

Es todo lo que Katsuki necesita escuchar, se marcha sin mirar atrás.

 

[…]

 

—No podemos quedarnos aquí.

La potente voz de Katsuki consigue que todos se giren para mirarlo. El grupo entero guarda silencio mientras contemplan al grupo que, desde el otro lado del claro, permanece inmóvil.

—Es cuestión de tiempo antes de que los demonios envíen más tropas contra nosotros.

Murmullos, susurros llenos de miedo y ansiedad se elevan a lo largo de todo el claro.

—Calma—interviene Tenya alzando las manos para imponer orden—Seguiremos con el plan. Avanzaremos hasta el desierto y esperaremos a que un barco nos recoja.

—No podemos entrar al desierto—interviene Kyouka—Un grupo de este tamaño llamaría la atención de todos los noumu. Y con tantos heridos será difícil mantenerlos a raya.

—Tal vez lo ideal sea buscar un lugar cerca de la costa—dice Aizawa—Y ahí esperar a que las tropas de Yuuei vengan.

—Establecer un campamento es lo mismo que marcar un tiro al blanco—dice Katsuki—es levantar una señal para que nos ataquen. Quienes vayan deben ser conscientes del peligro.

—¿Quiénes vayan?,—interrumpe Denki—¿Tu no irás?

—No—responde Katsuki y se endereza—Es momento de que cada uno tome una decisión. Llegamos aquí, huyendo, pero yo no seguiré haciéndolo. Estoy harto de ser perseguido como un perro. Mi intención es volver. Buscaremos al príncipe de Yuuei y lucharemos contra los demonios—su voz se agrava, su ira se despliega a su alrededor alimentando la impaciencia y la voracidad del grupo alfa que lo rodea—Los destruiremos.

Un solo rugido emana del grupo. Un “si” absoluto que reverbera en las copas de los árboles asustando a los pájaros que anidan ahí. El claro se llena de hambre, de impaciencia, de decisión. Venganza. Retribución.

—Espera—interviene Inasa—al menos debes asignar a un grupo alfa para que acompañe al grupo omega hasta la costa.

—Asumes que todos los omega quieren ir a la costa.

—Es la opción más sensata. No puedes llevarlos contigo.

—Que sean ellos quienes decidan. Si quieren seguir hacia la costa y esperar a un barco que lo hagan, y quienes quieran venir, que vengan.

—No, no puedes llevarte a ninguna omega.

—Yo no me llevaré a nadie. Quien quiera venir lo hará.

—Si lo dices de esa forma los obligas a seguirte. Lo harán porque creen que vas a protegerlos.

—¿Es así? Entonces dejemos las cosas en claro. Si vienes conmigo será para luchar. Aquí no hay garantías. No hay un lugar seguro, no a menos que nosotros hagamos uno. Si deciden acompañarme será bajo su propio riesgo, será igual si deciden seguir y esperar ayuda. La única diferencia es que ustedes lo habrán elegido.

—No puedes llevarlos, no son luchadores,

Katsuki se ríe.

—Si no lo fueran hace mucho que habrían muerto. No tienen habilidades combativas, es distinto.

—Lo que Inasa trata de decir—interviene Momo—es que tu responsabilidad es cuidar de ellos.

La ira de Katsuki llena el aire con el aroma a madera quemada, se lleva una mano al pecho, donde aferra su camisa, y el frasco que se esconde debajo, con fuerza. Izuku. Toma aire y sus ojos refulgen en tonalidades escarlata.

—Un alfa debe cuidar de su omega, su seguridad siempre será primordial, pero eso no significa volverlos inútiles. Ellos deben saber defenderse. Estos omegas no necesitan que los cubras en seda mientras juras que todo estará bien, no necesitan tu caridad. Tu responsabilidad es cuidarlos y asegurarte de que tengan todos los medios para salir adelante cuando no estés ahí para defenderlos. Sé su escudo, pero también dales un cuchillo.

El silencio es absoluto y entonces:

—Yo iré—dice un Denki pálido con voz diminuta atrayendo todas las miradas sobre él.

—No queremos vivir con miedo—añade Ochako con expresión aterrada pero firme—Queremos aprender a defendernos.

—Los omegas no luchan—repite Inasa

—Si ellos quieren—interviene Katsuki—aprenderán.

—¿Y quién va a enseñarles? ¿tú?

—No, yo no soy maestro de nadie…, además soy un alfa. Solo sé luchar como uno.

—Yo puedo enseñarles—interviene Kyouka mirando a Denki fijamente—si ellos quieren… les enseñaré a defenderse.

—Queremos—responde Denki

Los murmullos se repiten a su alrededor, voces tímidas que se alzan, que intercambian miradas con sus vecinos intentando compartir la seguridad que en ese momento sienten.

—¿De verdad vas a llevarlos?,—pregunta Aizawa en voz baja mirándolo fijamente.

—Los necesitamos—dice Katsuki mirando al frente—Ganamos esta batalla por ellos. El incienso nos había rodeado, pero de alguna forma su poder fue neutralizado. Tenemos que averiguar cómo hacerlo. Eso si queremos ganar esta guerra.

—¿Cuál es el plan?

Todos lo miran, pero en lugar de sentirse abrumado, Katsuki se llena de valor y resolución. No hay marcha atrás. Te encontraré.  

Izuku

No puede saber que en ese momento su leyenda empieza a escribirse.

Chapter Text

Pese a la lluvia Shino se queda donde esta, la única concesión que hace es arrebujarse bajo una capucha que le cubre la parte superior del cuerpo. Por culpa de las nubes no alcanza a ver nada, solo hay sombras y líneas negras que se desdibujan en la lejanía.

Intenta no pensar en todas las razones por las cuales Aizawa podría no haber vuelto.

—¡Barco!

La voz de Ryuoko flota hacia ella desde la cofa. La mujer alfa repite su advertencia y después salta ayudándose de las cuerdas para descender. La droga no parece haber dejado secuelas en ella, pero Shino sabe que aún se culpa por la perdida de Tomoko, pese a que ni siquiera estuvo ahí.

—Cuento doce barcos—dice Ryouko cuando se detiene frente a ella—pero podría haber más. Está demasiado oscuro para ver nada.  

Hace una mueca en cuanto lo dice y Shino sabe que está pensando en Tomoko. Ella también lo hace. El ataque ha dejado en ambas una huella de gravedad. Una sensación de pérdida tan intensa que solo han podido sobreponerse trabajando juntas sin descanso. La expresión resulta inusualmente inaudita en el risueño rostro de Ryouko.

—¿Shino?

Al escuchar su nombre se sacude la introspección y comienza a repartir órdenes. Están acostumbrados a los repentinos ataques de la flota de Hosu, así que se preparan para repelerlos como lo han hecho hasta el momento. No se espera que Ken se aparezca junto a ella para informarle que los barcos que se acercan han desplegado una secuencia de luces conocida.

—¿Qué has dicho?,—pregunta Shino incapaz de creérselo.

—Son las señales de la flota real—responde Ken sin poder ocultar su emoción—Taishiro ha vuelto.

Sigue sin creérselo mientras su navío responde con otra serie de luces que reciben respuesta de inmediato desplegando otro patrón conocido solo por los hombres del rey. No se lo cree hasta que no ve a Taishiro Toyomitsu cruzar la borda de su barco con expresión ansiosa.

—¿Dónde está Jin?

Es escuchar la pregunta y sentirse violenta, cada vez que oye ese nombre la arremete una sensación de odio visceral que le cierra la garganta.

—Lo dejamos en tierra—responde ella sujetándose los codos con fuerza.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque ese gusano asqueroso nos vendió. Porque esa repugnante rata traicionera organizó el complot que provocó la muerte de los nuestros. Porque ese cerdo malnacido bajó a Hosu con la excusa de buscar al príncipe mientras nos ordenaba quedarnos atrás para ser sacrificados como cobayas ciegas.

Una vez que empieza no puede parar y ante la expresión cada vez más incrédula de Taishiro, Shino escupe la verdad sobre Jin, las advertencias de Aizawa, la muerte del rey y la desaparición del príncipe heredero.

—En cuanto le ponga las manos encima ese remedo de alfa espantajo y maldito terminará con una sonrisa en el cuello.

—¿El rey está muerto?,—pregunta Taishiro incrédulo y aterrado.

—Murió la misma noche en que te fuiste.

—…así que Jin asumió el mando.

—No perdió el tiempo, paralizó la búsqueda del asesino del rey, inmovilizó las tropas, preparaba otro ataque contra Hosu con la esperanza de deshacerse del resto de nosotros. Así que una vez que se fue me toco apropiarme de la flota… ¿dónde está el Consejo?

—Muerto… Solo queda uno, Yoroi Musha, pero es muy viejo y la travesía le ha sentado mal. El joven Iida asumió el cargo hasta que yo aparecí.

—Genial, simplemente genial. Así pues perdimos al rey, perdimos al consejo, y nuestro príncipe está en Hosu.

—Dijiste que Aizawa fue a buscarlo, ¿se ha puesto en contacto contigo?

—No, pero me advirtió que no lo haría. El barco que lo llevó hasta Hosu volvió sin problemas. Ahora solo tenemos que esperar. Aizawa me dijo que si conseguía arrebatarle la flota a Jin nuestro deber era entretener al ejército de Hosu y eso hemos hecho.

—¿Por qué?

—Si seguimos aquí el General concentrará sus fuerzas contra nosotros, tal vez eso consiga distraerlos de su búsqueda por el príncipe.

—Pero ellos saben que Todoroki-ouji está en Hosu.

—Creen que se ha infiltrado cerca de la capital, lo buscaran en la zona occidental.

—¿Estás segura?

—Jin tenía intenciones de ir hacia allá. No se cuánto tardaran en darse cuenta de que el príncipe no está ni remotamente cerca de la capital.

El hombre se cubre el rostro con las manos, se estira en toda su magnitud y emite un suspiro harto que combina estupor e impotencia. Shino se sigue sorprendiendo de lo alto que es, musculoso, inmenso, que crece y crece hasta cubrirlo todo.

 —Así que nuestras opciones son: Quedarnos aquí y esperar que Aizawa se ponga en contacto con nosotros. O desembarcar en Hosu para buscar al príncipe.

—Si desembarcamos el General enviara a su ejército contra nosotros. Lucharemos, sí, pero sin una forma de contrarrestar esa maldita droga, el grupo alfa que vaya con nosotros será inútil, y el resto no será suficiente para enfrentar a las tropas enemigas. Lo único que conseguiremos es poner en peligro al príncipe.

—El príncipe está en peligro.

—Oh, lo sé, estoy esperando que esto termine para poder gritarle a Aizawa hasta quedarme sin voz. Lo haré. No tengo ni idea de que tenía en la cabeza cuando decidió acceder a enviarlo a Hosu. Maldita sea. Con el príncipe ahí estamos varados. No podemos volver, no podemos movernos.

—¿Solo nos queda hacer de señuelo?

—Bienvenido a mi mundo.

—Es el peor escenario posible.

—No, el peor es que el príncipe muera, que nos borren del mapa y que los demonios se encaminen para conquistar Yuuei.

—Mierda

—Exactamente; ahora entenderás por qué estoy de pésimo humor.

—Bien… pues lo mejor que podemos hacer es distraerlos. Atacar y retirarnos, mantenerlos ocupados lejos del príncipe.

—Contigo podremos extender nuestro alcance a lo largo de toda la costa.

—De acuerdo, pero antes me gustaría que compartieras con el resto lo que sabes sobre la droga, necesitamos conocer todos los detalles. Los afectados no recuerdan nada y es imposible obtener información de ellos.

—Reuniremos a los oficiales y los podremos sobre aviso.

Shino suspira, se gira y contempla el horizonte negro. La amenaza que espera para destruirlos.

—Al menos la suerte está de nuestra parte—murmura sin fuerza.

—¿Qué?

—Tu misma los has dicho—Taishiro se gira con las manos en la cadera mirando desde toda su altura a Shino que sigue de brazos cruzados—el suero que usan es ineficaz contra el grupo beta. Si lo aprovechamos, creo que tenemos una oportunidad para darle vuelta a la situación.

—¿Crees que es suerte? Yo diría que es más bien una señal de alarma. No arriesgaría mi vida al suponer que se trata de un fallo.

Shino aparta los ojos de él y vuelve a concentrarlos en el horizonte. No puede sacudirse la sensación de que son piezas ciegas que caminan hacia el desastre.

 

[…]

 

Izuku despierta envuelto en sombras oscuras. Tantea con cuidado hasta que sus dedos chocan con la lámpara de aceite que tiene cerca de su cabeza, de ahí solo tiene que deslizar la mano por el suelo hasta encontrar el pedernal.

Se ha vuelto experto encendiendo la lámpara a oscuras así que no tarda en tener una pequeña llama que lanza reflejos naranjas contra las paredes. Su primera reacción, casi automática, es bajar la mirada para buscar sus vendas.

Cuando no las encuentra se acuerda que ya no está en la cueva en las tierras de Overhaul. Ya no tiene que salir a darle la bienvenida a Tsuyu o Fumikage. Ya no tiene que salir a preparar su barco.

Ya no vive en el bosque solo, abandonado, con el sueño de volver a casa. Ahora su hogar se encuentra en el interior de una montaña, escondido de la luz, donde pasa las noches haciendo consultas para el grupo omega, yendo de una celda a otra, buscando plantas que puedan sustituir al panax, haciendo listas de inventario para mejorar la dieta con las provisiones que reciben, atendiendo resfriados y malestares generales. Por el día duerme, oculto de los guardias, lejos de la superficie en su pequeño nicho tras la pared falsa de la cocina. 

Lo único que sigue siendo igual, es su deseo de volver a ver a Katsuki.

Izuku se levanta encogiendo las piernas contra su pecho en un gesto instintivo. Sigue sin acostumbrarse a vestir únicamente el pantalón, echa de menos sus vendas, y más que nada extraña su cuaderno. Ahí no tiene material para pintar así que tiene que contentarse con frotarse los dedos cuando siente la tentación de sentarse a dibujar flores de gladiolos.

Izuku se estira, con un poquito de su agua se lava la boca, la cara y las manos. Se pone a masticar hierbabuena mientras examina su pequeño cajón con las plantas que ha conseguido reunir husmeando en la alacena de la cocina. Una vez que ha terminado de separar las hojas que se llevará, las coloca en una bolsita de tela que deja cerca de él. Después se sienta a comer sus raciones mientras espera.

Itsuka llega y le hace señas para que se una al grupo de la tarde.

En la cocina, mientras el resto se encarga de preparar la cena, Izuku se dedica a elaborar infusiones que esconderá en los odres de agua destinados para el grupo alfa que baja por la cena. Siendo que en la cúpula no hay hornillos ni leña, esa ha sido la única solución que Izuku ha encontrado para entregar los remedios al grupo omega sin que los guardias lo vean transportando un montón de plantas y tratamientos cada noche.

Si el remedio es sólido, procura empacarlo en un trozo de tela que después anuda a un costado del odre correspondiente. El reto no es la carga de trabajo, sino recordar qué remedio es para quién aun cuando muchos de ellos comparten el mismo mal; así que Izuku ha ideado un sistema sencillo: Cada odre ha sido marcado con dos números. El primero indica el piso y el segundo la celda, así si un odre tiene marcado 110, significa que es para la celda diez del primer piso, considerando que la numeración inicia a la derecha de la escalera.

Para evitar sospechas los odres son colocados por grupos, de esa forma los alfa no llaman la atención de los guardias agrupándose todos en un mismo lado. Toman su odre, se forman para recibir la cena, y se marchan sin atraer ninguna atención.

Cuando la cena termina Izuku se une de limpieza y finalmente vuelven a la cúpula donde son encerrados hasta la mañana siguiente. Ahí, Izuku se pasa el resto de la noche revisando a sus pacientes y cuidando sus avances. Todos los días hace listas mentales, obligándose a recordar qué remedio debe enviarle a quién.

A diferencia de su nicho —que es tibio y cómodo por estar cerca de la cocina— en la cúpula el frío es intenso e Izuku aprende a trabajar con los dedos helados; pero no se rinde. Trabaja con ahínco esperando hacer un cambio, y mientras tanto espera que Itsuka cumpla su parte del trato.  

Cada noche sueña. Sueña con Katsuki y el día en que lo perdió.

 

[…]

 

—¿Me has hecho venir hasta aquí para darme el trabajo de un maldito rastreador?

—Tomura…

—No, maldita sea, no me sermonees. Cuando dijiste que había una misión importante creí que te referías a un ataque contra la armada de Yuuei. Creí que me enviarías a luchar. No a perseguir a una rata por el bosque.

—Es una misión importante.

—¿Capturar a un prisionero que ustedes mismos liberaron?

—Es importante que el suero beta se mantenga en secreto. El General ha dado el permiso para la producción a gran escala y una vez que este listo lo usaremos contra las fuerzas restantes de Yuuei. Es de vital importancia que hasta ese momento evitemos todas las posibles fugas de información.

—Pídeselo a Toga. Es la mejor rastreadora que hay.

—Toga se encuentra en este momento desplazándose de la frontera hacia la capital.

—¿La frontera?

—Así es… estuvo dando caza a los espías de Yuuei y no quiero mencionar que esa había sido tu tarea. El General mismo te encomendó la búsqueda y captura de los espías, misión que dejaste en manos de Dabi mientras tú te marchabas para participar en la emboscada contra el rey y su grupo. No quiero mencionarlo porque el General no lo sabe, y no creo que le haga gracia saber que dejaste tu tarea incompleta y que por ello nuestra mejor rastreadora perdió el tiempo cazado a un espía y al traidor, cuando podría haber estado ocupando su talento en otras áreas.

—¿Estás chantajeándome?

—Necesito que encuentres al prisionero.

—Ordénale a Toga que vuelva.

—Supongo que podría. Después iré con el General para explicarle que Toga está actualmente ocupada terminando tu trabajo y que no puede buscar al príncipe porque tendrá que encargarse de la tarea que te encomendó.

—Espera, ¿príncipe?... ¿qué príncipe?

—El heredero de Yuuei está aquí, en Hosu.

—¿Dónde?, ¿lo han capturado?, ¿está muerto?, ¿por qué nadie me ha dicho nada?

—¿Quieres saber del príncipe? Encuentra al prisionero. 

—¡No! Solo dime lo que quiero saber.

—Trae al prisionero.

Tomura se endereza, aprieta los puños y lo fulmina con la mejor expresión asesina de su repertorio, pero no consigue mellar la cara de piedra de Kurogiri.

—Joder—lanza las manos al aire y sale sin dejar de maldecir—Cuando encuentre a tu prisionero le arrancaré las entrañas.

.

Hace meses que no visita el lugar. Las celdas están vacías, con excepción de una a su derecha, pero Tomura no tiene tiempo para sentarse a jugar con el viejo alfa rubio, así que se encamina al fondo del pasillo, al cuarto de descanso de los guardias.

En cuanto entra todos corren a formar una línea contra la pared cubriendo eficazmente las dos paredes laterales. Tomura pasea frente a ellos en silencio, observando rostros, muchos de ellos jóvenes, y haciendo un conteo mental.

—¿Cuántos más tuvieron contacto con los prisioneros?,—dice cuando vuelve a su lugar frente a la puerta.

—Tres, señor—responde el hombre a su derecha, el primero en la fila—Son los que se encargan de la comida y la limpieza.

—Hablare con ellos después—los mira uno a uno hasta que consigue ponerlos nerviosos—Uno de los prisioneros ha escapado. Quiero creer que saben quién es. Me dirán cómo era, cuándo llegó, cómo se comportó cuando estuvo aquí y cualquier detalle que puedan recordar. Quiero saber quién es el bastardo que consiguió sobrevivir al suero.

.

—¿Estás muerto, anciano?

El bulto en el suelo se sacude al oír la voz, se levanta con cuidado y se gira para mirarlo a través de los barrotes que separan ambas celdas. Tomura lo mira de reojo mientras se dedica a recorrer el pequeño cuarto buscando pistas o señales en el suelo.

—¿Qué haces aquí, Tomura?

—Rastreando.

Cuando no encuentra nada más que paja sucia y gravilla suelta, Tomura se aproxima a los barrotes y estudia con atención el rostro del hombre.

—¿Conociste al prisionero que estuvo en esta celda?

—Van y vienen, los rostros se confunden.

—¿De verdad? Me han dicho que estuvo enfermo.

—Yo mismo estuve enfermo hace unos días.

—Me dijeron que era joven.

—He llegado a la edad en la que todos lo parecen.

—Me dicen que el chico llegó al último. Solo.

—¿Crees que tengo más información que los guardias que cuidan este lugar?

Sus ojos azules no revelan nada y su rostro es una máscara blanca. Tomura tiene ganas de arrancarle su serenidad gota a gota.

—Tal vez deba interrogarte con calma—le dice cruzando las manos a su espalda—Sacarte de aquí y cortarte trocitos de piel mientras me cuentas sobre el prisionero de está celda.

—Si quieres perder tu tiempo, adelante. De todos modos, ¿por qué te importa tanto un prisionero cualquiera?, ¿qué diferencia hay entre él y todos los que están aquí?

—Buen intento, anciano, pero no estoy aquí para darte información. Estoy aquí para obtenerla.

—Como digas.

Se aparta de los barrotes y vuelve a su lugar. Su actitud pasiva lo crispa. Su deseo de arrancarle los ojos vuelve con mayor fuerza que nunca, pero no hay tiempo para eso.

—Espero con ansias el día que mi padre se aburra de ti, anciano. Espero el día en que me deje arrancarte el corazón.

Se marcha, no sin antes llevarse la manta sucia que queda en la celda.

.

Cada entrevista es más aburrida que la anterior, cada respuesta es una copia exacta con pequeñas variaciones en ella. Tomura está harto. Por suerte para él, está a dos entrevistas de terminar. El soldado que entra en la habitación es altísimo, tiene pelo plateado y seis extremidades a sus costados que permanecen rígidas mientras el muchacho asume una posición de firmes con los ojos al frente.

—Señor—dice y Tomura bosteza.

—¿Sirves de comer a los prisioneros?

—Sí, señor.

—¿Recuerdas al prisionero de la celda cinco, la que está al lado del prisionero permanente?

—¿Recordarlo, señor? Lo siento, no suelo prestar atención a los prisioneros. Les entrego su comida y me voy.

—Este prisionero era joven, llegó al último. Parece que estaba enfermo.

—Lo siento, señor. Muchos se enferman y no siempre aceptan su bandeja de alimento. Es imposible identificarlos a menos que mires por la rendija de la puerta y nos han enseñado a no acercarnos.

—¿Escuchaste alguna conversación entre él y el alfa de la celda de junto?

—No, señor.

—Me han dicho que repetía lo mismo una y otra vez. Algo como Banquete Oscuro.

—No, señor. Tal vez haya escuchado algo parecido, no con esas palabras, pero suponía que se refería a la comida.

Tomura asiente, pensativo.

—Retírate, soldado.

—Sí, señor.

—Espera, ¿cómo te llamas?

—Shoji Mezo, señor.

—Bien, soldado Mezo, una última pregunta, ¿dónde estuviste durante la prueba con los prisioneros?

—Era mi día libre, señor.

—Muy bien… márchate

.

Cuando las entrevistas se terminan Tomura tiene en su poder dos cosas: Una descripción vaga del chico beta y la manta vieja que tomó de su celda. Ambas, por si solas, resultan inútiles. Así que Tomura lleva la segunda hasta uno de los túneles dónde guardan a las bestias noumu. Después de hacer que el animal se familiarice con el aroma, Tomura monta y ambos parten hacia la zona donde los prisioneros fueron liberados.

Los guardias no tienen una descripción detallada del fugitivo, ninguno de ellos pasa el tiempo estudiando a los cautivos, lo único que han podido decirle es que tiene una orquídea en la pierna, que es joven, y que tiene el pelo de un color verde oscuro, pero Tomura ha logrado descubrir la verdad. Sabe que su prisionero es uno de los espías de Yuuei, capturado en la frontera y enviado a la prisión.

Tras los interrogatorios y las primeras indagaciones, Tomura empieza a sospechar que su prisionero obtuvo ayuda, no hay forma de que lograra alejarse demasiado en su estado convaleciente, si es que en realidad estuvo enfermo para empezar; pero tal vez su enfermedad fuera una mentira con la intención de pasar desapercibido. De ser así el fugitivo tal vez haya logrado alejarse más de lo que ellos sospechaban.

Tomura planea interrogarlo para saber si recibió ayuda y de quién; aunque primero tiene que encontrarlo.

Su montura da vueltas en el claro donde liberaron a los beta, abrumado sin duda por el aroma del suero que no conoce, después vagan por el bosque tras un rastro tenue y casi desvanecido. Por culpa de las lluvias pierden el rastro en las laderas de la montaña y Tomura se ve obligado a pasear por la zona rocosa buscando pistas.

Pero no hay nada.

De pie en una elevación rocosa desde la que se vislumbra el valle a sus pies y las montañas a su espalda, Tomura empieza a sospechar que su espía está muerto. Ningún hombre beta habría sido capaz de cruzar las montañas vivo. Los noumu custodian la zona con un recelo absoluto, han hecho su hogar en las hondonadas que atraviesan toda la sierra y ningún ejército sería capaz de moverse por ahí sin que las bestias se lancen contra ellos como han sido entrenadas.

No, o el espía esta muerto, desgarrado por las fauces de un noumu, o de alguna forma ha encontrado una manera de caminar entre ellos sin ser visto, pero esto último es imposible. Así que Tomura se reúne con el General para informarle de su descubrimiento.

—No lo encontraste—responde el General después de oír su informe.

—Está muerto. No hay nada que encontrar.

—¿De verdad lo crees?

—Ningún beta habría sobrevivido en las montañas. Las bestias están entrenadas para atacar a los intrusos.

—Es cierto.

Tomura asiente, se levanta y está listo para marcharse cuando la voz de su padre lo detiene en su lugar.

—Pero también es cierto que es el único beta que sobrevivió al suero.

Tomura se gira, no le sorprende la intensidad que ve en los ojos de su padre.

—Crees que sigue vivo—no es una pregunta pero su padre responde como si lo fuera.

—Lo creo.

Tomura frunce el entrecejo, no le gusta lo que ve en los ojos de su padre.

—Tenía una orquídea en la pierna. Toga misma la vio. Los guardias la vieron. Era un beta.

—¿Olía como uno?

—No estás… ¿qué importa? No podría haber llegado lejos. Incluso si era un alfa las bestias lo habrían destrozado.

—Tal vez logró burlarlas.

—¿Qué quieres que haga? Sus restos deben estar en el estomago de algún noumu.

—Manda una alerta a los guardias de los túneles. Que hagan inspecciones en el exterior, si encuentran algo que lo reporten. Quiero asegurarme de que el prisionero está muerto.

—Bien, hecho. ¿Ahora puedo ir tras el príncipe de Yuuei?

—Al fin te enteras… sí, ve. Es probable que Jin