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Todo regresa a mí

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En particular, a Francia le gustaban todos los climas, y como fuera lo que lo recibiera el tiempo al despuntar el alba, o al iniciar sus pequeñas rutinas, antes de irse a trabajar. Al final, la más tempestuosa lluvia, o la más clara mañana, eran buenos para admirar un poco de romance en las calles de París.

No obstante, para Francis, los días lluviosos eran los más susceptibles a recordar. Le gustaba generalmente hacerlo solo le traía más tranquilidad, porque a veces sus emociones se le escapaban de sus manos.

En la radio, que había puesto alguna estación popular cualquiera— normalmente pondría alguna nacional, pero ese día se sentía con ánimo de otra cosa—, estaba sonando una balada americana, con un fuerte componente de piano. ¿Celine Dione? Se preguntó Francia un poco absorto en los fragmentos de sus recuerdos que iban cayendo.

Todo regresa a mí —murmuró el nombre de la canción con una copa de Vino casi vacía en sus largos dedos, sus ojos azules se dirigieron a la puerta que era abierta con cuidado.

—No sabía que te gustaba la música americana —saludó con una sonrisa suave, y ese hombre de contextura imponente dejó una bolsa de papel con algunas cosas en la mesa de la cocina de Francis, quien sonrió ante el comentario de la otra persona. Aunque lo más correcto era designar "nación" al otro. Alemania lo observó reflexivo unos momentos, analítico como era, sintió algo diferente en el país galo ese día.

—Bueno, es mi hijo, de una u otra manera, así que debo reconocer que hay música interesante en América —justificó; notó los ojos azules de Alemania fijos en sus movimientos— ¿Qué pasa, Ludwig? —cuestionó acomodando algunos de sus cabellos curvos detrás de su oreja.

La nostalgia que le acompañaba esa tarde probablemente era bastante notoria, porque incluso Alemania pareció notarla, y preocuparse por eso. La nación más alta se acercó al hombre que meneaba un poco ausente la copa de vino en sus manos, y que permanecía parado en el balcón, perdido en la vista de París.

Las manos de Alemania se deslizaron muy delicadamente por sus mejillas, y jalaron su rostro para que se encararan.

—Te veo callado, y eso es muy extraño en ti; siempre tienes algo que decir —comentó, logrando una expresión divertida en Francis.

—Y tú estás más conversador y sentimental de lo normal —indicó riendo suavemente, pero recargando su rostro un poco en el tacto de Ludwig, siempre le reconfortaba eso.

Y siempre le parecía de lo más extraño, hasta sorprendente, que ambos hubieran terminado así, considerando su historia, en particular las dos grandes guerras. Muchas naciones esperarían como lógico que Francis nunca hubiera perdonado eso, que lo hubiera odiado en toda su vida inmortal.

Las naciones caían, se levantaban, se destrozaban, y a veces perecían—como fue su preciado amigo Gilbert—; pero las que tenían unos siglos más, para ya no considerarse jóvenes, veían como la vía más racional dejar ir esas cosas, al final ellos nunca dejaban sus recuerdos, vivir siglos con emociones carcomiendo sus almas era condenarse.

Francis decidió ceder cuando Ludwig lo miró en silencio, no mostrándose dispuesto a dejar el tema; decidió entonces sincerarse un poco, no sin antes de abrazar del cuello del otro, alzando el rostro para besarlo de manera breve, sin otras intenciones.

—Recordaba —confesó Francis—, cuando parece que va a llover, tiendo a pensar en el pasado, Mon amour.

Un deje de culpabilidad pasó por el rostro del alemán, y Francis sabía perfectamente los pensamientos que lo causaban. Ludwig correspondió el abrazo en silencio, poniendo sus manos en la parte baja de su espalda.

—Siempre tiendes a pensar en esas guerras —murmuró Francia, apoyando la cabeza en el hombro del otro—. Me gustaría que lo dejaras ir, todos hemos hecho ese tipo de cosas de alguna manera.

—Lo sé —reconoció Ludwig—. Pero no puedo evitar recordar eso, lo que te hice...no creo que pueda perdonarse, y aun así tú...

Francis puso un dedo sobre los labios del otro, que guardó silencio en espera de lo que diría el conocido país del amor.

—Hay algo que siempre debemos tener en mente: Nunca olvidamos, y es por eso que debemos aprender de nuestra historia —una de las grandes manos se enredó en los cabellos curvos de Francis, un gesto que la nación mayor no supo interpretar de disculpa, o cariño; Francis continuó—. La historia está para que aprendamos, sino estamos condenados a repetirla.

Ludwig aun así lucía un profundo arrepentimiento. Francis se sintió un poco mal de que su cena romántica de esa noche —que tanto trabajo les costó agendar con todos los problemas de la Unión Europea—, se estuviera convirtiendo en algo melancólico.

—Si no sonríes, me voy a molestar —amenazó bromeando—, ¿Qué no vamos a reformar la Unión? Somos el dúo estrella en la EU —guiñó de forma coqueta a Alemania. Y Apoyó su mano en la mejilla de Alemania, esperando borrar esa sombría expresión del otro.

Alemania intentó sonreír, pero sus labios formaron una mueca que dejó inconforme a Francis.

—Non —negó con su cabeza—. Bien —pensó algo Francia, para aprovechar que ambos estaban recordando sus errores—, te demostraré que como naciones, todos hemos hecho cosas horribles, lastimado a otros. ¿Te gustaría aprender algo de historia Francesa? —Francis tomó del brazo al alemán, y lo obligó a sentarse en uno de sus mejores sillones de su sala de estar, donde él también se acomodó, pegándose a Ludwig—. Que mi historia puede ser demasiado emocionante.

—Nunca hemos hablado de esto —reconoció Alemania, después de pensar unos segundos—. Quisiera saber quién hay en tus recuerdos —pidió con voz grave Ludwig, acomodando cabellos de Francia que cubrían sus mejillas.

—Cher, en nuestras historias hay cosas desagradables, ¿aun así quieres saber? También ha habido personas importantes en mi vida que formaron parte de mi historia. —Alemania no era celoso, conocía incluso los pormenores de la profunda amistad que Ludwig tenía con Feliciano.

—En mi historia, hay cosas imperdonables, y aun así me aceptaste —refutó Alemania, y Francia sonrió asintiendo suavemente.

—Veamos, supongo que podría comenzar cuando era lo que los humanos llamarían un niño —comenzó Francia—, y cuando Inglaterra se encontró conmigo por primera vez.

Mientras Francia comenzaba su historia, las palabras de Ludwig resonaron en esas remembranzas. "Y aun así me aceptaste." Sí, lo ocurrido durante la segunda guerra mundial, le demostró un lado monstruoso, cruel y aterrador que existía en Alemania, pero era algo que también de una u otra forma existían en muchas naciones, hasta el mismo.

"No te acepte, me enamore de ti por lo que realmente eres."

 

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Francia, como muchas otras naciones, no tenía noción ni el más mínimo recuerdo de cómo llegaron al mundo; por el tipo de existencia que eran, no tenían aquello llamado madre, o el concepto convencional de familia.

Sus orígenes en sí eran un misterio, aunque se encontraban ligados con la unión de personas y su amor a una identidad común, como todas las naciones, pasaron por muchos nombres y transformaciones que a veces eran confusas: su rostro no cambiaba, su cuerpo permanecía como el de un infante, incapaz de crecer en muchos siglos.

Francis a veces se sentía abrumado por la presión de las familias que se convertían en sus líderes, así que no era raro que, cuando aún era una nación en crecimiento, se escapará a las praderas verdes en la frontera de su país, donde a veces podía pasar y admirar las preciosas villas que prosperaron lejos del bullicio de las principales núcleos de la temprana Francia.

Amaba el glamour, y ser adorado por su gente, no obstante, a veces necesitaba estar solo. Contrario a los humanos de su edad, las naciones cargaban el destino de millones de vidas en sus hombros, y era frecuente que se sintieran solas.

Aunque, un día encontró a alguien idéntico a él, otra nación: su nombre era Arthur, la misma Inglaterra. En aquel entonces esa nación tenía la apariencia de un niño muy pequeño, y es no impedía que fuera alguien fiero.

—Pareces un pequeño conejo —fue lo primero que salió de los labios de Francis, quien estaba aguantándose la risa de la expresión de furia de la pequeña nación de cabellos revueltos y ojos verdes.

¡Cállate! —Gritó ofuscado Inglaterra, que lo miró con intensidad, intentando encontrar un insulto adecuado para ese extraño que acababa de encontrar—, ¡tú ni siquiera te ves como un hombre! Con el cabello largo y todo eso...

Oui, oui —Siguió riendo Francia—. Soy Francis.

Inglaterra se cruzó de brazos, y contestó mirando hacia otro lado, aún estaba claramente enfadado.

Arthur, pero también me llaman Inglaterra. —A Francia le pareció adorable Inglaterra en ese entonces, siempre peleaban de una u otra forma, pero más bien parecían pequeñas discusiones entre amigos.

Claro que ninguno sabría la magnitud de sus acciones ni sus consecuencias de las decisiones que tomarían después; eran demasiado jóvenes para comprender el gozo del poder, el veneno de la avaricia y las cenizas de la guerra. Aún eran inocentes de los juegos de la política, el dinero, y el poder.

Sus conflictos eran principalmente por el choque de sus personalidades, riñas que a veces parecían juegos infantiles. No era de extrañar que ambos desarrollaran cariño durante sus conflictos en algún punto, aunque al no ser humanos, desconocían como lidiar y comprender sus emociones.

Así fueron sus primeros siglos. A pesar de lo mucho que renegaba Arthur de su presencia, la joven nación parecía buscarle, y provocar sus encuentros de una u otra forma.

Ya sé de qué tienes cara: de rana —le dijo un día Inglaterra en una de sus peleas.

Que grosero Angleterre. No puedo aceptar un insulto de alguien con tan poco estilo —se mofó Francia, quien pensaba que era muy divertido molestar a Arthur.

Esos recuerdos los guardaba con cariño, porque fue mucho antes de que ambos se destrozaran, de que hicieran lo posible por hacerse daño.

¡Sí tengo estilo! Cara de rana —refunfuñó, frunciendo su rostro aun infantil, Francia no pudo evitar agacharse para tomar el rostro de Inglaterra en sus manos.

Oui, Mon cher —dijo con una voz que no demostraba burla alguna—. Ya veremos, demuestra entonces que un día serás un caballero.

Arthur se alejó completamente rojo de Francia, que corrió todo lo que sus piernas le dieron oportunidad.

Inglaterra fue parte de quien es hoy en día, de su historia, y ambos sabían que estar juntos los destruiría de alguna manera, eso, claro, mucho después.

 

 


 

 

Francia vio con cautela a Ludwig, que no se movió ni un poco durante su relato. No había realmente contado en detalle sus pensamientos de esos tiempos a nadie, mucho menos confesado en detalle todo lo que pasó en su vida.

El contarle a Ludwig su pasado,  no era algo que deseara en realidad; habían existido muchas personas en su vida importantes, y que en cierta forma, aunque ya su relación no era así, eran indispensables si quería contar toda la verdad de sus memorias. Arthur fue una de esas personas: su relación con Inglaterra, hasta en tiempos actuales, seguía siendo complicada, y muchas veces sentía que el británico aún recordaba ese tiempo, simplemente no comprendía lo que quería con él generalmente, en realidad nunca lo supo.

Sus discusiones continuaban, eso era algo que no cambiaba.

—¿Por qué entraron en guerra, entonces? —Alemania sonó un poco irritado con esa pregunta, a Francia le enterneció que viera un poco de celos, era agradable saberse querido.

—Porque nuestros jefes se dieron cuenta de que podían ganar poder con eso.  Que admitó también que nuestros conflictos comenzaron por querer recuperar cosas que nos quitamos —dijo Francis, intentando no reírse ante el ceño fruncido de Alemania—. Eso te lo contaré también en detalle...Sin embargo...

Francis abrió su boca varias veces, inseguro de si preguntar lo que acababa de pasar por su mente.

—Si voy contarte todo, ¿estás consciente de que también hablaré de ti? ¿De nuestra historia? —De pronto todo el aplomo de Francia se desvaneció, y se sintió temeroso.

Habían hablado de eso, habían dicho su dolor y sus remordimientos. Sin embargo, sólo hablaron de sus sentimientos, más no afrontaron todo lo que pasó, ninguno contó lo vivido en esos años; ni Ludwig confesó su dolor al eje, ni Francia compartió sus miedos a los aliados.

Aún era pronto para pensar en ello, pero Francis se dio cuenta que no era menos doloroso que cuando recién acabó la guerra: lo que hicieron y lo que pasaron estaba claro en sus memorias. Pero nunca podría odiar a Ludwig; Alemania se redimió, y se arrepentía: incluso le compartió sus pensamiento sobre sus tiempos más difíciles, pero el francés jamás lo hizo, hasta ese momento.

Por que era consciente  de que dinguno era inocente.

El silencio de Ludwig lo comenzó a poner nervioso, y levantó su cabeza del hombro de éste.

—Debo escucharlo, debo escuchar de tus labios lo que te hice —dijo firme el alemán, tomando su mano con más fuerza de la necesaria, él también se veía nervioso, algo curioso de combinar con la nostalgia.

—Eso no cambiaría lo que hay entre nosotros —Sonrió ladeando la cabeza, e ignoró un poco el dolor de sus dedos por la fuerza del agarre de Ludwig.

—Entonces yo también diré lo que no pude confesarte de ese tiempo —correspondió la gentil expresión con la que respondió Francia.

Aún quedaba mucho que contar, pero esa noche cenaron un poco diferente a lo planeado. Comieron un poco de pasta hecha entre los dos, recostados en el sillón miraron alguna película, hasta que él se sintió adormilado.

Esa noche, junto a Ludwig, Francia soñó sobre el pasado.

 

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Cuándo se encontraron después de esa batalla en la colina de Senlac, cuando la corona de Inglaterra pasó a otras manos sin poder hacer nada.

El rostro de Arthur demostraba su incredulidad, y su frustración. Francis no tuvo un papel directo en ese hecho, pero los conflictos entre ambos, terminarían por salirse de sus manos por ese evento, que pareció no ser importante en un principio.

La posesión de tierra siempre era un deseo inconsciente tanto de naciones, como de los hombres.

El recuerdo de esa batalla era algo que regresaba de vez en cuando en sus memorias: nunca podría olvidar la cima de la colina, donde divisó a Inglaterra cediendo con frustración a quien sería su rey ahora, quien fuera el señor del Ducado de Normandía.

Los ojos de Arthur le atravesaron al cruzarse con los suyos. De una u otra manera, ni siquiera Francis lo entendía, terminaron cediendo a sus sentimientos por todas las emociones que compartían, como por el resentimiento mutuo que comenzaba a germinar entre ambos.

Ninguno hablaba de esos momentos, porque no sabrían realmente que decir sobre aquello.

Esos ojos verdes le parecieron tan diferentes con el tiempo. La ilusión de la niñez que alguna vez admiró con ternura en Inglaterra se estaba perdiendo, y para las naciones era algo natural. Francia por una vez pensó, siendo ingenuo, que Arthur no cambiaría. Pero Inglaterra creció, y comenzó a mostrar que podía perder la piedad en batalla.

Francis no era forastero de la batalla, ni de la sangre, cientos de veces se vio envuelto en conflictos, de muy diversos tipos. Sin embargo, sus discusiones con Arthur tenían un deje infantil, casi inocente en un principio; eran casi amigables escaramuzas, donde realmente no percibían que quisieran hacerse daño; No hasta que Inglaterra comenzó a crecer, y sus reyes a ambicionar, como era común en la naturaleza humana.

La pequeña nación, ya mostrando las primeras señales de dejar su forma infantil, se enfrentó contra él con tal brío, con tal agresividad que lo asustó, aunque nunca lo confesó en voz alta.

—¿Angleterre...? —llamó Francis con espada en mano, retrocediendo unos pasos ante la expresión determinada del otro.

Cuando Inglaterra se lanzó contra él con todas sus fuerzas, supo que eso era diferente, que Arthur ya no era un niño, y había entrado en los juegos de poder del mundo.

Entonces el empuñó su espada con la misma voluntad, y la tensión entre ellos creció; por supuesto que Francis en el fondo, temía lo que pasaría, además de ser consciente que esos indulgentes tiempos cuando se conocieron se perderían.

Aún eran conflictos pequeños, casi inofensivos podrían decirse, al menos hasta su batalla en la colina Senlac al sur de Inglaterra, antes de esos cruentos cien años en que intentarían reducirse a cenizas.

Cuando la tensión se convirtió en guerra inminente, o cuando supo que cualquier lazo que los unía quedaría sin reparo, fue cuando, su rey, impuso el tratado de París al rey de Inglaterra, un infante ese entonces; Francia quería decirle a Arthur que a él también le parecía cobarde en cierto punto, pero sus gobernantes sólo veían por su nación, como otros lo habrían hecho.

How dare... —gruñó Inglaterra, mostrando un rostro que Francia no pensó ver en la joven nación: ira, rencor, quizás odio—. Eres un cobarde, Francis.

Aquello le dolió, y lo enfureció por igual.

¿Qué puedes decirme una nación tan joven como tú, Arthur? —retó sin muestra de estar bromeando, Francia quiso provocarlo.

Esas batallas ya no eran inocentes, y el cariño que alguna vez se tuvieron se hundió en el principio de una guerra de más de cien años, cruenta e interminable.

En la que ambos perderían más de lo que realmente ganaron, y cosas que no recuperarían.

 

 


 

 

Las noches largas de sueños inquietos eran algo sumamente inusual para él y quizás era porque no estaba acostumbrado a recordar, mucho menos a confrontar su propia historia contada por sus labios.

Las imágenes se volvían vividas, como si esos cien años fueran tocados por sus dedos manchados de tierra y sangre, otra vez.

Suspiró cansado, pero incapaz de cerrar sus ojos, se sentó muy despacio en el borde de la cama; la noche cálida de París siempre le traía paz.

Realmente no le gustaba darle sus memorias a alguien, pero era algo que deseaba hacer por Ludwig.

—¿Frankreich? —murmuró una voz entorpecida por los rastros del sueño interrumpido—. ¿Estás... bien?

Ludwig se recargó en su antebrazo para levantar un poco su torso, y ver mejor a Francis, que más bien era una silueta contra la luz frugal que atravesaba los espacios entre las cortinas de la habitación.

—Oh Mon amour, siento despertarte, sólo se me fue el sueño —dijo con su tono despreocupado de siempre—, tan difícil que es que te quedes en París últimamente, una disculpa —Francis no se giró, continuó dando la espalda a Alemania con su rostro hacia el balcón de la habitación.

A Ludwig no le gustaba presionar a Francia en ser sincero, eso solía terminar en la otra nación desviando el tema con una broma; aun así decidió ser terco, por esa vez.

—Francis, soy bueno detectando las mentiras —comentó sentándose, y recargando su cuerpo contra la cabecera de la cama; eso pareció lograr que la otra nación decidiera mirarlo, con una sonrisa peculiar, nostálgica.

Alemania se sintió culpable de sus palabras, le recordaba a donde aprendió esas habilidades, y en quien las empleó, aunque Francis no pareció pensar en eso.

—Sólo soñé con eso, ya sabes...con esos cien años —explicó renuente Francia, volviendo a dar la espalda a Alemania.

—Sigue la historia —Fue lo único que dijo Ludwig, antes de jalar a Francis por los hombros para acercarlo y obligarlo a recargar su espalda en su pecho, lo cual tomó por sorpresa al mayor, ya que no hubo palabra de por medio ante el gesto—. Ahora que haz iniciado, no creo que estés tranquilo hasta que acabes.

—Me gustaría aprovechar este tiempo de otra manera, ¿no crees? —Sonrió sugestivo, inclinando su rostro hacia atrás para sonreír a Alemania—. Qué si te preocupas si fuiste muy rudo la última vez, estoy perfectamente.

Ludwig enrojeció ligeramente, pero sus ojos siguieron observando a Francia, indicando que no iba a dejar el tema de lado.

Francis suspiró, resignado.

Continuó con su historia, contando las remembranzas que inundaron sus sueños, hasta que el sueño lo venció en los brazos de Ludwig.

Cuando Francis se despertó, con sus cabellos cubriendo sus ojos, tentó la cama, desorientado buscando cierta figura fornida que no encontró.

Bajó a su cocina, y encontró al siempre disciplinado de Alemania ya con el desayuno listo.

Mon dieu Ludwig, deberías aprovechar un poco más para dormir —se quejó Francis, cubriéndose con un suéter que tomó de su cuarto—. ¿Puedo bañarme, al menos?

—Ya está caliente —fue la sentencia del alemán, y Francia acató comiendo para ir a bañarse rápido.

—Pero, Monsieur, es tan incómodo estar así —se quejó, pero igual obedeció—. Mi cabello, mi piel, y en general mi persona requieren una rutina de cuidados en la mañana.

Alemania dejó que Francia siguiera su monólogo, e igual simuló que le ponía atención mientras le servía un poco de pan y ensalada de fruta para comenzar la mañana; hubiese preferido algo más sustancioso, sin embargo por lo poco que durmieron, sería mala idea.

Francis suspiró y comenzó a comer. Si algo no cambiaba en el Alemania que conoció en aquel entonces, y el actual, eran esa manera metódicas, casi militares, en que hacía las cosas.

—Bien, obedeceré todo lo que pidas Cher —guiñó un ojo el francés, y Ludwig como era usual, no sabía cómo responder a ese gesto—. Pero nada de trabajar hoy, ¿Que no eran nuestros días libres? Te vi meter un folder en tu maleta cuando estaba entrando al comedor.

Ja...—cedió de mala gana, y pasó una mano por sus cabellos todavía un poco húmedos—. Es sólo que el Brexit de Inglaterra, ha puesto un poco tensas las cosas.

Francis sostuvo la taza de café caliente en sus manos que Ludwig le preparó. El mejor que nadie sabía cómo estaba actuando Arthur con todo eso, y sus constantes peleas con Escocia por el abandono de la Unión a veces terminaban metiéndolo a él, por asuntos más bien personales.

De hecho hacía poco, había discutido con Arthur, y con Allistor, Escocia, cuando Francis intentó entender las razones de dejar la Unión Europea.

« ¿Acaso sólo sigues a Alemania a donde vaya? Con lo que nos hizo en ese tiempo» Incluso Allistor pareció apoyar esa acusación mirándolo molesto—si tenía algo en común con Inglaterra, era su desagrado dirigido a Alemania—; Francis se sintió tan disgustado, que se retiró contestando: «¿Y tú acaso no puedes dejar el pasado?»

De eso tenía días sin responder un mensaje que Escocia le mandó, con una clase de disculpa, ni el mensaje de Arthur que dejó con su jefe, buscando discutir algo de negocios.

—Sólo desearía que Arthur dejará esa vieja costumbre de cuando era Pirata, y terminar actuando de manera egoísta, ni se diga de usar el Brexit como excusa para meterse contigo —comentó Francis, deteniendo sus palabras antes de mencionar lo complicado que también era interactuar con Escocia.

Ambos terminaban buscando conflicto con él, o en el caso de Escocia, sacar constantemente su vieja alianza. Francamente, Francia no entendía qué era lo que realmente querían esos dos de él.

—Tu tiempo con...Inglaterra —Tosió Alemania cuando dijo aquel nombre, luciendo claramente incómodo—, fue complicado.

—Supongo que así son nuestras vidas, sin importar con quien pasemos cierta época —confesó Francis; no estaba siendo muy específico en los detalles de lo que pasó con Arthur, no se atrevía a pensar de lo poco pudoroso que pudiera ser en su vida amorosa.

Alemania dejó su propia taza de café en la mesa, y dio un par de golpes con sus dedos sobre la mesa, pensando en la petición que cruzó su mente. Ludwig posó su mano lentamente sobre la de Francis, quien miró el gesto un poco sorprendido.

Alemania era detallista en realidad, aunque discreto con ese aspecto de su personalidad.

—Sé que tu situación con Inglaterra no es fácil, y puede ser inusual esta petición, pero...—Ludwig pareció considerar si decir lo que estaba pensando, sus ojos azules se desviaron de los de Francis luciendo avergonzado.

—Estoy de humor para complacer —animó Francia con esa expresión sugestiva tan propia en él, aquello hizo enarcar una ceja Alemania.

—Lo que quiero decir es que cuando tengas que hablar con Arthur, quiero acompañarte —dijo con su voz gruesa, pronunciando con cuidado cada palabra como si Francis fuera a molestarse.

Esas palabras eran algo que Francia no hubiera anticipado, así que éste parpadeó un poco sorprendido, para luego sonreír ampliamente.

Oui? —cuestionó con un ligero toque coqueto en su voz—. ¿Puedo preguntar porqué, Mon amour?

—No hay ninguna razón en particular.

Alemania se aclaró la garganta, y recogió algunos trastes sucios de la cocina. Francis se paró, y se recargó en la amplia espalda de Alemania cuando este se disponía a lavar los platos, levantando su cabeza dentro de lo posible para mirar sobre el hombro de Ludwig.

—Es una suposición aventurada, Monsieur, ¿el que piense que este celoso? —Su respuesta fue unos ojos azules un poco molestos hacia él.

—Lo es.

—Una pena —se alejó Francis encogiéndose de hombros—, en la noche puede que sea más que complaciente, si eres más sincero.

Ludwig detuvo sus movimientos tan repentinamente, que Francis tuvo que voltear para asegurarse que el hombre seguía ahí; era divertido molestar a Alemania, sin duda. El más alto giró un poco su cabeza sobre su hombro para responder a las bromas de Francis, con una peculiar sonrisa apenas visible:

—Ya hablaremos.

Podrían haber sido enemigos en algún punto, y se sorprendía que eso no le importará mucho. Agradecía el no olvidar, porque así aprendían a lidiar con los rencores de siglos.

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Sus dedos estaban helados, pero su rostro, como el de los otros nobles, y su rey, Felipe IV, que sería conocido por su belleza, como por su mano de hierro, se encontraba impasible. El monarca con un movimiento estilizado de su mano, no muy perceptible indicó que procediera.

Frente a ellos, al centro de la gente congregada, estaba el último templario, que gritó palabras que nadie olvidaría, que maldijo y convirtió en nefasto el destino de la familia real.

Francia no vio que al rey le importara aquello: la ejecución prosiguió.

De esos tiempos poco recuerda. Las ejecuciones, y castigos públicos eran de lo más comunes, lo cual no evitaba que a Francis le parecieran actos abominables, e igual él miraría con despreció sus propios crímenes después.

Aún lucía como un adolescente en ese entonces, y Arthur le había igualado en la aparente longevidad de su rostro.

Inglaterra en ese día estaba de pie junto a su rey, ese momento fue uno que para Francis había representado noches de angustia, un poco de desasosiego: frente a ellos, estaba su pequeña Isabel, la hija menor de Felipe formalizando sus nupcias con el entonces rey de Inglaterra, Eduardo II.

De entre todos los hijos de su monarca, con quien más había compartido, y revivió esa sensación ilusoria de una infancia-algo curioso para una existencia inmortal-, fue la siempre sosegada y dulce Isabel, una reina que siempre anhelaba el amor.

Le dolía dejarla ir, quería un destino donde ella pudiera elegir sus pasos, sin embargo era consciente de que eso era imposible, y tal vez sería lo mejor; las esperanzas ya eran demasiado evidentes; la guerra se cernía sobre ellos, inexorable de sus implicaciones, e imperturbable en sus raíces.

Tenía que bajar la cabeza ante los planes de Felipe con su querida Isabel-que fue similar a una hija y hermana para Francis-, a quien veía como una niña que estaba forzada redimir esos resentimientos entre ambas naciones; agradeció la determinación de la joven, en ser la esperanza de unir sus dos naciones.

—Es mi deber, y con júbilo lo llevó —fueron las palabras con la joven se despidió de Francis, un amigo, y alguien a quien quería tanto como su padre. Los dos se abrazaron, y el francés acomodó algunos cabellos rubios de la chica, que le sonrió tensa.

Su padre les había inculcado—tanto a Francis, como a todos sus hijos—, la importancia del recato, y la ventaja de siempre ocultar sus emociones; Isabel fue quien había heredado más de la grandeza de aquel también conocido como "El Rey de Hierro".

Sólo espero que ese hombre te traiga un poco de tranquilidad, Chérie —le dijo con dulzura a Isabel, sujetando su mano para ofrecerle apoyo.

Tras la boda de Isabel, Francis prefirió, contrario a su acostumbrada apertura y deleite personal de conocer personas, estar un poco solo; así que tomó una copa de Vino, y se fue a los jardines del palacio donde ahora residía Isabel.

Raro verte aislado, Rana —dijo una voz a su espalda, sin indicio de esa peculiar simpatía e inocencia de hace décadas al decir ese familiar sobrenombre, o así lo consideraba Francis—. Normalmente estarías coqueteando, o regodeándote en la fiesta.

Francis no tenía ganas de discutir, menos con el tono mordaz con que Inglaterra le estaba hablando en los últimos años. Arthur no se mostraba contento con esa unión, aunque por razones diferentes al propio disgusto de Francis.

Esta fiesta es más como un asunto de política, Cher —refutó Francis con una sonrisa claramente cansada, y Arthur pareció notar eso, porque sus siguientes palabras fueron menos agresivas.

Su relación siempre había sido errática, tan cambiante y turbulenta como el tiempo, o la intimidad que compartieron juntos.

No podía ver a mon petite Isabel, irse —admitió triste, y terminando el contenido de la copa.

Inglaterra también vació lo que fuera que estuviera en su copa, y bebida que muy seguramente no era vino, pues Francia recordaba que no le gustaba mucho: sin embargo, a decir verdad no recuerda mucho de esa noche, ya estaban un poco ebrios, y francamente turbados con toda la situación.

Tu vino es horrible —se quejó Arthur, un comentario sin sentido si se tenía en cuenta que Francia no había dicho nada; dejó que Arthur se estuviera quejando como era usual.

¿No te cansas de todo esto, Arthur? —las palabras de Francis parecían entrecortadas, el haber bebido vino sin reparo le había afectado.

Inglaterra lanzó sin consideración la copa en su mano, y miró de manera tan intensa a Francis que este se sorprendió a pesar del letargo producido por el alcohol. En algún punto ambos se besaron, de manera torpe, agresiva, y lejos de ser lo que necesitaban, sin embargo así era, fue, y así siempre sería entre ellos.

El estar juntos los destruía de una u otra forma, se necesitaron en algún punto, más sin embargo nunca fueron felices. Francis pensó que eso pudo ser una oportunidad de unión entre ellos, de recuperar lo perdido: No obstante, ambos se daban cuenta que no sería suficiente.

Entonces, en la boda de Isabel con el rey de Inglaterra se dejan a la indulgencia de esas conflictivas emociones, resentimiento, odio, y añoranza. A partir de ese punto, la caída de los Capeto, la familia real que había regido Francia hasta ese entonces, comenzó, pero Francis no lo vería hasta muchos años después.

«—Al final lo único que me importa es verte caer.» Eran las palabras usuales de Francia cuando volvían a pelear, y lastimarse; herirse de muchas maneras.

La guerra de cien años que marcaría su historia se volvió evidente con el descontento de Isabel, como de la corte del Rey de Inglaterra. Cabe decir que sus reyes también fueron un desastre, con la muerte de Felipe, Francia se dio cuenta que estaría a la deriva.

¿Al final, porque insistían en estar juntos? Su respuesta era, que simplemente estaban acostumbrados a estarlo.

 

 

 


 

 

 

Definitivamente no había estado durmiendo bien, su mente no paraba de volver a sus memorias, y contarlas le daba cierta sensación de vulnerabilidad.

Ludwig por supuesto se había dado cuenta de lo cansado que se veía Francis.

Mientras iban camino a la casa del alemán-por cuestiones de trabajo, aunque a sus jefes no les importaba su creciente cercanía, parecían más bien contentos con ello-, éste le pidió a Francis que continuará.

Alemania pensaba que si habían iniciado, el finalizar sería lo que puede calmar la mente del francés.

—Me disculpo mucho si te estoy forzando —comentó Ludwig tras escuchar atento otro relato de Francia.

Vio brevemente a Francis que le sonrío, y volvió a centrar su vista en el volante inmediatamente.

—No lo haces —aseguró bostezando con su mano cubriendo sus labios-, es sólo que darse cuenta de lo viejos que estamos siempre es sorprendente —rio mirando a Ludwig—. Supongo que es raro confesar tanto a alguien —admitió bajando la voz, y suspiró sintiendo el agotamiento de sus malas noches.

Francis había estado soñando del pasado, y Ludwig lo obligó a continuar contándole para que pudiera dormir en las últimas noches; porque si bien están acostumbrados a cargar mucha historia, a veces necesitaban dejar un poco esa carga.

—¿Isabel alguna vez fue, bueno...feliz? —preguntó Ludwig dudoso.

Francia no dejó de sonreír, no obstante su expresión era de suma tristeza.

—Siempre buscó un poco de paz, espero que sí —sus ojos se perdieron en el paisaje de la ventanilla del auto.

Habían muchas cosas que no le dijo a Alemania, como los detalles de sus encuentros en ese siglo con Arthur; no tenía ese nivel de descaro, a pesar de lo que pareciera, y eso ya pertenecía a lo que fue.

Después de las últimas palabras de Francis, Ludwig desvío el tema para relajar el ambiente hacia el itinerario de trabajo de ambos.

—Creo que con quien estás en matrimonio es con tu trabajo, Mon amour —se burló Francia—. Probablemente yo soy el amante, si lo piensas.

Ludwig frunció el ceño, las bromas de Francis eran muy difíciles de evadir, o responder.

La reunión y acuerdos con sus jefes les ocuparon todo el día; deseaban preparar sus propuestas de proyecto para las reformas en la EU con sumo cuidado. Francia disfrutaba mucho la idea de ver a las otras naciones, no obstante, como pocas veces, no desea ir esta vez.

Ahora que está repasando su historia, ver a Inglaterra le provoca inquietud.

Y cuando su rostro refleja eso, Ludwig suele abrazarlo, dejando que el silencio lo calme.

Entonces sabe que todo estará bien.

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Cuando tenía que contar la historia de las personas importantes en su historia, Francia normalmente no sabía por dónde empezar. Siempre que pensaba en ellas, no sabía si resaltar lo que fueron como personas, o como figuras en el curso de su vida—o la historia de su nación—; era difícil no meter sus emociones.

Su pequeña Isabel, la bella Isabel— incluso admirada entre los ingleses— nunca tuvo paz, y su final le llenaba de profundo remordimiento de no haberle dado más que unos pocos años de felicidad.

Isabel tuvo que poner sus emociones a un lado, y convertirse en la Loba de Francia.

Francia poco podía saber de Isabel, por órdenes de Felipe—y evitar mover la falsa calma de esa guerra que seguía—, sólo se comunicaba con la, ahora, reina consorte de la nación vecina, por lo tanto de Arthur.

Lamentablemente, para Isabel no fueron las cosas bien: en una de sus cartas, y una de las líneas que comenzaría la lucha de "La Loba de Francia", sería:

"Mi marido, y rey de Inglaterra, prefiere los favores de un joven varón, a los de su reina; él podría entregar su reino por mero capricho de los hombres que lleva a su lecho."

Francis, que tenía una contradictoria relación con Arthur—entre discusiones interminables si llegaban a encontrarse, e intimidad llena de resentimiento—, termino por perder la paciencia.

—Angleterre! —gritó furioso Francia entrando sin miramientos al castillo donde residían los reyes británicos.

Para Arthur no fue agradable la visita de Francis, menos ignorando a sus guardias—quienes sabían quién era—, y gritando a todo pulmón por los pasillos buscándolo.

— ¡Cállate, Rana! —Reclamó el británico apareciendo ante Francis, y jaló a este del brazo hacia una habitación—. What do you want, France? —murmuró claramente irritado.

—Tu rey es una burla —bufó sin menguar su ira, y se soltó del agarre de Inglaterra—. Si va a ser un arrogante y egoísta, perderse en las perversiones de su lecho, me parece bien; ¡Pero no tiene que anunciar sus actos de esa manera, humillando a Isabel!

—Me sorprende que hables de moralidad, Francia —añadió Inglaterra dando un paso al frente, con desdén en sus palabras—. Considerando lo que tú haces cuando estamos solos, y tu reputación.

Francia sabía bien como lo veían las otras naciones, y que perspectiva tenían de su forma de ser galante. La verdad era diferente, hasta antes de Felipe—su rey—Francia había sido educado con dura y constante doctrina religiosa por parte de los reyes.

— ¡Te atreves...! —Francis se puso rojo por el enojo y la vergüenza de las palabras de Arthur.

Francia se marchó con la mayor dignidad que pudo conservar, no volvió a compartir intimidad con Inglaterra a partir de ese punto.

Claro que nos sabía que el mismo Arthur vivía en vergüenza por el comportamiento depravado y desastroso de su actual rey, humillación que descargó con Francia.

Eduardo II, siguió manchando el orgullo de la corona y de Isabel; Francis sólo siguió acumulando resentimiento por aquello; esperaba que los cuatro hijos que producto de esa unión, ayudaran a Isabel a sentirse menos sola.

Las cosas no mejoraron: Isabel estuvo a punto de morir en una localidad escocesa cuando su marido la dejo a su suerte—y considerando la relación de Arthur y su hermano, a quien aún no conocía, era evidente la tensión de los territorios Escoceses—. En ese entonces todavía no conocía en persona a Escocia, un fuerte aliado y alguien importante durante lo largo de su alianza.

Isabel suplicó a Eduardo que desterrara a esos hombres que favorecía, si bien lo hizo, a uno de ellos lo integró después en su corte: el odio de Isabel se volvió evidente, aunque esta—acompañada de Francis—, puso una excusa para escapar de su marido y volver a Francia.

Con ayuda de un hombre llamado Sir Mortimer a quien ayudo escapar de la cárcel, quien también se oponía a las acciones de su marido.

Francis apoyó a Isabel, incluso convenciendo a su hermano—y actual rey—, a que le diera resguardo a Isabel. No fue difícil; mucho más pronto de lo que se dio cuenta, Francia estaba a lado de Isabel, apoyando su campaña —que la mujer comenzó en compañía de su amante, Mortimer— en contra de Eduardo II.

Hasta ahora, no había observado esa expresión de horror—al no entender que estaba sucediendo— en Arthur; cuando Isabel tomó la corte, y le dio la corona a su hijo mayor, Inglaterra lo observó con sorpresa e indignación en las puertas del palacio.

Cuando Isabel se desterró por propia voluntad, ya con unos años más, a causa de que su propio hijo mandara ejecutar a su amante; Francia intentó consolar a Isabel, a pesar de sus propios problemas con la decadencia de la familia real: todo fue inútil, y con ojos llenos de pesar Isabel se despidió de Francis, quien sólo la vería cuando estuvo en su lecho de muerte.

La guerra de los cien años siguió, y Francia recordó la maldición lanzada en el momento de su muerte, por el último templario.

Entonces ya de nada sirvió negar la guerra, ni sus rencores ya a viva piel, tan reales como las cicatrices que ese conflicto llevaba grabado en su piel.

Lo que no esperaba, es que ambos reyes fueran los responsables del inicio del conflicto: Felipe V, hermano de Isabel, se enfrentó a su propio sobrino por proteger a un hombre que era declarado enemigo de la corona de Francia; Eduardo III decidió reclamar su derecho a la corona francesa.

—Eduardo, Cher —pidió Francis al joven rey—. Si continúas con esto, no tendré con que responder a las consecuencias: Arthur me odia, y yo no puedo decir que mis sentimientos sean favorables, no después de lo de tu madre.

El entonces rey de Inglaterra negó con la cabeza a la petición de Francis, dejando en el olvido que este fue alguien importante para Isabel; el joven era igual a su madre, aunque tan despiadado como su abuelo: "El Rey de Hierro".

Francis tuvo que lidiar con la guerra que invadía su territorio—consumiéndolo, y demacrando su rostro en respuesta—, y agradeció las deudas de Arthur, porque eso detuvo a Eduardo y logró un pacto temporal con el Rey de Francia: Sin embargo, eso hirió el orgullo de Arthur quien impulsó nuevamente la ofensiva.

Con la victoria de Crecy, y muchas muertes ya comenzando a teñir los inicios de la guerra, Francis vio a varios nobles de su nación ser capturados por Inglaterra, que cuando se cruzó con él, ni si quiera movió los labios para insultarlo.

—Sólo quisiera verte caer, Rana —fue la despedida en ese horrible día, donde Francis tuvo que resguardarse mientras era saqueado.

Francia tampoco fue inocente en esa guerra, en una de sus ofensivas dejó cientos de muertos, hambruna, y miseria por el paso de su ejército en territorio Británico.

No pudo decir nada después de esas victorias, simplemente se instaló en su estómago un gusto acido, y remordimiento—emociones que formarían las decisiones de Francis al final del periodo de su revolución—. Siguió atacando y defendiéndose.

En ese punto, se cruzó con alguien que causo serios daños por su independencia años atrás—curioso que el rey escoces, Robert the Bruce, intentará matar a Isabel antes—: frente a él, de apariencia gallarda y despiadada, estaba un hombre pelirrojo con ojos verdes que lo dejaron sin aliento por la presencia que tenían.

—Tú debes ser Francia —dijo Escocia cruzándose con él, después de un enfrentamiento en el que éste último observo las dificultades en la batalla para detener a Arthur, quien aún tenía la apariencia de un adolescente, ya pasando a la adultez—, Aren't ye?

—Oui, Monsieur.

—Escocia, Allistor Kirkland es mi nombre —indicó él acercándose a Francis, mostrando desagrado al pronunciar el nombre que lo ligaba como familia de Inglaterra, que agotado por la batalla y algo nervioso alzó un poco el rostro para mirar al más alto.

—Francis Bonnefoy —respondió con cautela; había escuchado historias de cómo podía ser esa nación en batalla, y con Inglaterra en su contra, no estaba seguro si era un aliado.

—Por lo que sé, odias a Arthur —rompió el silencio, sentándose junto a Francis en una piedra de esa pradera verde—: tenemos algo en común, entonces.

Ahí inició su alianza con Allistor, y los albores de una de las relaciones más largas que tuvo, una acompañada por esa guerra de cien años.

Con su cuerpo cubierto de cicatrices, sintió el peso de la larguísima guerra; reconoció las hechas por la espada de Arthur, como las que ha olvidado el origen, porque son de siglos atrás, en otras guerras y de otro tipo de dolor.

No debían estar juntos, eso les lastimaba: Francis esperaba que al final aunque fuera mil años después, pudiera tener esa experiencia tan normal en los humanos, como era tener a alguien a su lado.

 

 


 

 

Por alguna razón, siempre resintió con tristeza que lo que más les unió fue el odio, el resentimiento y las armas usadas el uno contra el otro.

—Así ha sido, Arthur siempre ha estado como mi enemigo, o buscando estarlo —explicó con una sonrisa cansada, mientras esperan que la torre Eiffel encienda sus luces, y reciba la noche de Paris—. Cher, deberíamos tomar un descanso de estas historias; me hace sentir viejo.

Le comentaba Francis a Ludwig, una tarde libre entre días de trabajo, papeles, reuniones y que ambos enfrenten las inseguridades de la Unión Europea, con la partida de Arthur.

Hace unos días, casi ve a Arthur echar a Ludwig en una reunión de ellos tres, donde Francis iba más como apoyo.

Casi tres horas en que Arthur cuestionó a profundidad las deudas explicadas por Ludwig, por los proyectos y apoyos de la Unión en los que Inglaterra recibió algo; al final, ese era el propósito: el uso de sus recursos por fines comunes.

Y era entendible la decisión de los jefes de Arthur, ellos querían su absoluta autonomía; claro que Francis estaba comenzando a notar que Inglaterra metía sus razones personales en medio con el claro desagrado que mostraba a Alemania.

—Bien, hablaré en una reunión con los demás la forma de reembolso de la supuesta deuda de la que hablas, Alemania —espetó sin el mínimo esfuerzo de disimular su tono de voz de molestia.

—Monsieur, ¿Cómo que supuesto? —agregó Francis molesto, poniendo una mano en el hombro de Ludwig para adelantarse a las palabras de mi éste–. Arthur, este tema lo revisamos con los otros países miembros, esto se ha calculado cuidadosamente.

La situación era algo así: Alemania poniendo las propuestas o temas a trabajar sobre la mesa, e Inglaterra cuestionando de manera tan hostil, que más bien parecía que cuestionaba la validez de las palabras de Alemania.

—Bien —aceptó Alemania, las riñas con Arthur lo dejaban exhausto—. Jä, presentaremos las cantidades y su desglose en la siguiente reunión.

Francis decidió no agregar nada, así que se levantó cuando Ludwig lo hizo para retirarse. Al menos esa era la intención hasta que Inglaterra, se aclaró la garganta para llamar su atención:

—Francis, aún tenemos pendiente el tema de las exportaciones —dijo Inglaterra, y con una peculiar expresión vio a Alemania fruncir el entrecejo—. Un tema sólo de nosotros dos, Ludwig.

Inglaterra se puso de pie, dejando la taza de té casi vacía sobre su escritorio, dado que la reunión había sido en la casa de Arthur, Francia y Alemania estaban sentados en unas sillas de madera oscura frente a la otra nación.

—Monsieur, rechazaré esta conversación con su comportamiento actual —sentenció Francia, no dando señal de sentarse—. Si quieres hablar de negocios, considera una reunión con nuestros jefes.

Así había llevado los últimos años con Arthur; estuvieran enemistados o no, aún tenían una fuerte conexión económica y política.

Francis vio la expresión de Ludwig, sabía que éste se estaba conteniendo de contestar para al menos mantener la tensión en niveles controlables; Francis apretó su mano en un toque breve para mostrarle su apoyo.

—Que tengas muy buenas tarde, cher —finalizó Francia.

—Qué poco profesional de tu parte, Francis —fue su respuesta, y eso terminó de impacientar tanto a Francia como a Ludwig, quien abrió sus labios para responder, pero Francis dio un paso al frente para adelantarse al posible inicio de la discusión.

—Arthur, ¿puedo hablar contigo un momento? —Suspiró Francis, con sus ojos fijos en la expresión indescifrable de Inglaterra—. Adelántate, Lud. Te veo afuera, oui? —pidió de manera suave, cariñosa.

Cuando se fue Alemania de mala gana, aun manteniendo su temple imperturbable, Arthur no tardó en decir lo que pasaba por su mente:

—Sólo lo sigues a todos lados —sus ojos verdes al fin mostraban una emoción clara: frustración—. Obedeces como un sirviente de Alemania; ¿no te da vergüenza lo evidente y vulgar de tu relación? Que no es sorprendente, todos te conocen por anunciar tus relaciones.

Francis no usaba la violencia con Inglaterra desde la época de Napoleón, sin embargo lo estaba desesperando, y haciendo casi imposible no ceder a abofetearlo, o simplemente darle un puñetazo, como en aquellos tiempos en que solían pelear siempre.

—Sí, estamos en una relación, ¿y qué sucede con eso? —es la respuesta de Francis, que lo reta un poco con sus palabras—. Monsieur, si quieres algo, dilo directamente; eso siempre me ha desesperado de ti Arthur: nunca has sido claro.

—A diferencia de ti, prefiero "hablar" con acciones, rana —sus palabras tenían un claro tono amargo.

—Ni tus acciones son claras, siempre has sido así —contestó claramente enojado—. Al menos en intentar atacarme, en eso siempre haz sido constante.

La situación se había vuelto insostenible entre los dos, y Alemania estaba envuelto en esas hostilidades, que probablemente también iban dirigidas a él. Sí las cosas ya eran incomodas con Escocia —quien al parecer, aun intentaba estar en buenos términos con él, y compensar lo de Waterloo—, con Arthur eran riñas interminables, sin ese deje amistoso de antes.

—Es suficiente —niega con su cabeza Francis, acomodando sus largos cabellos, y cerrando los ojos para ignorar la sensación de un muy seguro dolor de cabeza—. Agenda esa reunión con nuestros jefes, si quieres hablar de trabajo.

Cuando bajó las escaleras, Ludwig le sonríe, y para sorpresa de Francis, lo toma de mano: hace frio, y ambos se sienten inquietos. Francis sabe que probablemente Arthur ve la escena desde su apartamento: a ninguno le importaba.

Ludwig lo anima durante el camino, porque sabe que Francis no quiere aparecer con una expresión que lo muestre turbado ante Canadá, a quien consideraba un hijo, y venía de visita, algo común cada cierto tiempo.

Alemania tiene una buena relación con Matthew, a pesar de las asperezas de Inglaterra con ellos; no podía decir lo mismo de Estado Unidos.

—Papá —saludó Canadá con un abrazo para Francis, y una gentil sonrisa para Alemania.

Ambos cenan con Matthew, en un ambiente ameno, y eso les recuerda a lo que podría llamarse una familia.

 

Chapter Text

Si a Francis le preguntaban que era una de las cosas que con más afecto recordaba de esa sangrienta guerra, sería al hombre que siempre estuvo a su lado, aun cuando fuera derrotado, una y otra vez: Escocia, conocido por sus congéneres como Allistor Kirkland.

Muchas fueron las batallas en que se defendieron mutuamente, e innumerables fueron las ocasiones en que, cerca de las muchas invasiones inglesas en los territorios de Francis, Allistor no dudaba en tomar acciones, y hacer retroceder a quien fuera su propio hermano.

—No hay forma, estoy al límite —le dijo una vez Francis, durante la segunda invasión de Arthur; Inglaterra se esforzaba en tomar y mantener territorios franceses bajo manos británicas.

—Te daré lo que necesites, pero no puedo permitir que te dejes caer —fueron las palabras del fiero Escoses a Francis, que le sonrió amablemente, como rara vez hacía.

Sus heridas dejadas por esa turbulenta relación con Inglaterra fueron sanadas por la mano sincera de un amigo, compañero de armas, y posteriormente, amante.

Tregua tras tregua, Arthur y Francis volvían a la ofensiva.

Muchos intentos fueron de paz, y aun así Francia tuvo que ceder cosas en varias ocasiones, porque mucho de esa guerra ocurrió en su territorio; la máquina de la guerra se adentraba más en su cuerpo, que en el de Arthur.

Era tal el resentimiento entre ambos, que sólo los millones de muertos de la peste negra los hicieron detener la guerra de manera breve. Durante esos años, Allistor lo abrazaba con un brazo por los hombros, y le decía que vendrían tiempos mejores.

Tenía que ser sincero, Francis no creía mucho los pensamientos optimistas de Escocia, y se avergonzaba de ello; Allistor había sufrido cosas igual de cruentas que esa guerra, y aun así le ofreció su mano para luchar contra Arthur, todavía resintiendo el caos de su independencia.

La guerra siguió.

Durante el reinado de Juan II, el heredero de Eduardo, que portaría el nombre de "Príncipe Negro", dejaría muerte y derrota para Francia por donde pasara: mensajero de muerte, miseria y devastación, así fue el paso del Príncipe portador de sangre de Isabel, Le Louve d' France.

En ese periodo, Francis vió a los campesinos de sus tierras rurales levantarse en una revuelta, que apenas pudo controlar, y el secuestro de Juan, su rey.

Nuevamente se sintió devastado, con un agotamiento que le hizo pensar que esa guerra no tendrá fin; Allistor, lo acompaño en esas noches que sus sueños eran sólo pesadillas.

Francis pudo defenderse con ese apoyo, y dio un contrataque ante la ofensiva de Arthur, que le dio un poco de paz, aunque fue un tiempo muy breve.

Hubo momentos en que Francia dudo en responder los ataques de Arthur, en particular cuando un pequeño de cerca de doce años, y príncipe de Inglaterra, dirigió un ataque en contra de Francia: un error catastrófico, el futuro Enrique V aplastaría a Allistor intentando defender sus tierras, perdiendo más de lo que sabrían en ese momento.

Francia vio con horror, y con un herido Allistor a su lado, a Arthur marchar sin piedad, invadiendo nuevamente sus tierras.

Tras la tercera invasión de Arthur, Francia vió marchar a aquel niño que vio en batalla años antes, ahora como rey para derrotarlo; con los de Borgoña como aliados de Inglaterra, no tomó mucho que Francis tuviera que bajar la cabeza con rabia frente a Arthur en varios combates.

—Qué ironía, ¿no crees, Francia? —fueron las palabras triunfales de Arthur, cuando Enrique V toma el trono francés, pero dejando, con clara condescendencia la independencia de Francia—. Francia bajo el rey de Inglaterra: Te dije que te vería caer.

Allistor sostuvo a Francis para que no se lanzara con espada en mano contra Inglaterra.

Así pasaron esos humillantes años, en donde su país fue liderado por el rey de Arthur; Su único consuelo fue la incondicional compañía de Escocia.

Las invasiones continuaron: Francia siempre había sido bella a ojos de otros, y las ocupaciones por otras naciones no serían extrañas.

Pero en ese tiempo se derramó mucha sangre, y se rompió definitivamente los lazos que alguna vez unieron sus sentimientos hacia Arthur.

Las cosas con Escocia pudieron ser algo hermoso, pero al final la política y la guerra definían el rumbo de sus vidas, aunque el resentimiento de Francia hacia Allistor se debería a los hechos de otra era.

Cuando Francis estaba perdiendo la esperanza del final de esa guerra, apareció una pequeña luz que se convertiría en el incendio en las almas de su gente, que levantaría a Francia otra vez: La Doncella de Orleans , Jeanne D'Arc.

Claro que la historia de Arthur en la vida de Francis no acabaría ahí; ambos se hacían daño, y volvieron en sus momentos más vulnerables porque la historia se encargaba de ponerlos juntos.

 

 


 

 

En realidad, tan metódico como era Ludwig, se estableció una rutina cada viernes: ambos cenaban hablando de cosas banales, a veces de trabajo—cosa por la que Francis reñía a Alemania—, y un poco antes de disponerse a hacer otra cosa, Francia contaba otro episodio de su larga vida.

Siendo un hombre de pasiones intensas, Francia tuvo muchos amores, cosa que no detallo a Ludwig, por respeto. Los pormenores de su larga relación con Escocia quedarían mejor en secreto.

—Si eras tan unido a Escocia, ¿Qué los separó? —Ludwig lucia incomodo, Francis lo percibía con claridad: no podía quitar a Arthur ni a Allistor de su historia, quería ser honesto.

Y era un poco divertido ver celos en el estoico de Alemania.

—Una alianza nacida durante la guerra no iba a durar mucho —confesó Francis—. Además pasaron cosas durante mi tiempo con Napoleón Bonaparte... ya llegaré a eso.

Ludwig aceptó un poco inconforme el que Francis cortara la historia por ese día.

Las semanas que siguieron a ese viernes, ambos no se pudieron ver en lo absoluto: el trabajo y asuntos políticos los mantuvieron bastante ocupados. De cuando en cuando, Francia llamaba para saber cómo estaba Alemania.

Algunas de sus alegrías, era ir a beber un poco con España, una amistad que nació desde su alianza contra Austria; a veces recordaban los buenos tiempos con el único miembro del trio que no volverían a ver.

—Y es increíble que aun que ustedes dos estuvieron en guerra, y habiendo hecho lo que te hizo, no lo resientas —Eran generalmente los pensamientos de España, que este ponía en voz; y Francis entendía un poco la extrañeza de Antonio a su imperturbable amistad con Gilbert, de verdad lo hacía—. Lo que pasó en la segunda guerra mundial, es increíble.

—Tú lo resientes, cher? —responde Francis.

—No, supongo que no —sonrió Antonio—. Era uno de mis mejores amigos, a pesar de que no pude reconocerlo durante ese tiempo.

España no intervino mucho en ese tiempo, Antonio apenas pudo lograr salir de sus graves problemas internos; la guerra civil Española acabó con él de muchas maneras.

—Supongo que a Gilbert se le subió un poco el poder a la cabeza —bromeó Francis, tomando un poco del Vino que tenían en aquel lugar—. Pero también era mi mejor amigo, es difícil decirte que sentí, pero sigue siendo mi amigo. Tengo demasiado amor para dar, oui? —guiñó un ojo a Antonio; igual todavía dolía la ausencia de Gilbert, no podía imaginar cómo era para Ludwig.

España sonrió, y bebió a grandes tragos el contenido de su tarro.

Hablar de ese tiempo era difícil para Francis, no se atrevía a contar las cosas que vio, mucho menos lo que experimentó, nunca se había atrevido a relatarlo.

Le daba un poco de ansiedad tener que decirle a Ludwig su perspectiva de esas guerras.

—Sigue siendo extraño que salgas con su pequeño hermano —comentó ausente España recordando a su amigo, Prusia.

—Yo no soy quien para cuestionar los designios del romance —contestó encogiéndose de hombros, con cierta picardía en su mirada.

Al observar bien a su amigo, Antonio comenzaba a hablar sin pensar, así que Francis decidió dar por terminado ese encuentro.

Las semanas posteriores, sus días fueron alegrados por su pequeño Matthew, que siempre se había mantenido cercano a él, y lo visitaba con frecuencia.

Quizás debía resaltar que una de esas visitas representó un punto de conflicto para Canadá y Francia; durante una de esas tardes en que Matthew apareció en su casa, lo acompañó Estados Unidos.

—Oh, ¿Alfred? —saludó curioso Francis, e invitó a pasar a las dos naciones.

—Quiso venir para acompañarme cuando supo que vendría a verte, el tiene unos negocios con Arthur, por eso está aquí —explicó un poco nervioso Matthew, Francia se veía incomodo con la seria expresión de Alfred.

Sabía lo entrometido que era Estados Unidos a veces, así que no le extrañaba que supiera su última pelea con Arthur, y quisiera averiguar la situación; sin mencionar lo estresante que solía ser su comportamiento, algo que se acentuaba considerando su estima hacia Inglaterra.

Estados Unidos tampoco le ponía fácil el mencionar su relación con Alemania, era como si quisiera que aceptará esas cosas que deseaba Arthur. Claro que Francis no entendía en realidad lo que Inglaterra intentaba lograr, y parecía que Alfred lo culpaba del malhumor de su padre.

En realidad Alfred no se quedó mucho, simplemente se despidió de Matthew con su usual actitud efusiva, y una expresión un tanto extraña hacia Francia.

Désolé, Dad —se disculpó Matthew por la actitud de su hermano—. Últimamente está tomando algo mal los problemas entre ustedes. Nunca se ha sentido cómodo con tu relación con, bueno... —comentó nervioso la joven nación, joven al menos para Francia.

Ça va, mon cher Matthieu —acomodó paternal algunos cabellos fuera de lugar de Canada—; Esta bien, las peleas son de lo más normal entre nosotros, no tienes que preocuparte.

Bon, oui, mais Dad, recientemente...—intercedió, antes de que Francis lo interrumpiera con una sonrisa.

Matthieu, es problema de nosotros. —interrumpió con firmeza—. No quiero que se involucren. Puedes estar tranquilo, Arthur sólo esta alterado con el Brexit.

Claro que las cosas se habían complicado con la salida de Inglaterra de la Unión Europea, no obstante, la actitud de Arthur se había vuelto así muchas décadas antes, desde que descubrió su cercanía con Alemania, algo que ambos mantenían oculto de Alfred y Matthew. Lo único que había cambiado, es que esas disputas ahora estaban comenzando a verse frente a las otras naciones.

Debía buscar una solución a su relación con Arthur, no sabía si podía buscar una amistad, pero no podían seguir así.

¿No quedo un poco de los sentimientos nobles, cuando eran pequeñas naciones?

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La experiencia en el campo de batalla, y de victorias contra Inglaterra, fueron las cosas que aprendió Francia en los principios de su alianza con Escocia; estaba sumamente sorprendido de la tácticas usadas contra Arthur, muchas de ellas estrategias que Allistor le ayudó a adaptar para contrarrestar dentro de lo posible la invasión.

—Llevas mucho tiempo en esto —murmuró Francis cuando vio a Escocia marcar los puntos a defender en la batalla que se aproximaba.

—Más del que quisiera, pero mi gente deseaba ser libre, así que llevo peleando lo suficiente para que lo sea —contestó con su usual forma hosca Escocia. Que miró algo inconforme a Francis por sus ricas vestimentas: su túnica de colores claros, y ese listón de un azul oscuro acomodando sus rubios cabellos . Y es normal si tu enemigo esta a un lado tuyo, supongo.

Si bien le parecía encantador Francia, su vestimenta se veía muy fuera de lugar, aunque en esos momentos no estuvieran en batalla.

— ¿Qué pasa, Cher? —cuestionó al ver la mirada crítica de Escocia sobre él.

—Qué no nos estén atacando, no significa que no debas estar preparado. —Francia conocía lo poco honestos que eran los Kirkland, y también sabía que esas palabras eran la forma de Allistor de decirle que le preocupaba su bienestar.

—Oui, oui —ignoró la reprimenda, y siguió estudiando el mapa de batalla con Escocia.

Gracias a Allistor, pudo evitar que los embates de Arthur en sus tierras, no se convirtieran en una invasión absoluta.

De ahí siguieron los enfrentamientos, hasta que los cimientos de Francia fueron removidos por una jovencita humana, una chica sencilla, pero que cargó hasta su final el corazón de Francia.

La primera vez que conoció a Jeanne d'Arc, era una niña que resaltaba entre los demás humanos, alegre y con luz propia. Francis no sabría en ese momento porque sentía ya desde ese entonces que había algo diferente con esa chiquilla demasiado osada.

Escocia le preguntaba su curiosidad sobre esa humana, pero Francia realmente no tenía una respuesta, a lo que Allistor le dijo: «Hay humanos que sobresalen entre los demás sin razón, quizás porque serán alguien importante en un futuro; así he visto a mis reyes.»

En el devenir de la guerra, tuvo que dejar su interés en Jeanne, que vivió la vida típica de una campesina, hasta que la sangre y la guerra alcanzaron su hogar, teniendo que saber sobrevivir en el sangriento conflicto que condujo la ocupación del norte de Francia por tropas inglesas y borgoñonas: Francia estaba dividido en dos en ese entonces, como si desde el interior quisieran partirlos a la mitad.

De un lado estaba Carlos VI de Francia, buscando expulsar a los ingleses, y por otro Enrique VI de Inglaterra, que peleaba por el trono francés, apoyado por tropas borgoñonas.

Mientras Francis estaba intentando encontrarse en la confusión de las batallas, Jeanne diviso lo que ella proclamaría una señal divina, impulsándola a una vida noble, también empuñando en sus manos de campesina, la imagen de una espada con una misión demasiado grande: dirigir a Francia, y coronar a Carlos como Rey, liberando a su nación de los ingleses. Cuando Francis volvió a encontrarse con esa famosa doncella, fue después de que, al ser rechazada la primera vez que intento la chica unirse al ejército, apareciera gallarda con la férrea intención de dirigir a las fuerzas francesas.

Jeanne, conocida como La Doncella de Orleans, llegaría con una escolta propia—brindada por un noble menor, llamado Roberto de Baudicourt—, a donde Carlos estaba oculto en una localidad de nombre Chinon, tras el debilitamiento de Francia al caer en asedio Orleans.

Los ojos de Jeanne se centraron con determinación en Francis, que estaba de pie a lado de Carlos, mientras escuchaban la misión de aquella joven.

—Debo llevar a Francia a la gloria, debe ser usted Rey —fue lo último que agregó ella, y los presentes en vez de reírse de las palabras de la adolescente, sintieron la solemnidad de la mismas.

Por supuesto que el príncipe Carlos dudo en extremo de la chica, a la que hizo examinar innumerables veces por autoridades eclesiásticas. Por su parte, Francis confiaba totalmente en Jeanne, una chica demasiado inteligente para el entorno tan sencillo en el que creció.

—Escucho unas voces divinas que me indican el camino a seguir, sé que debo hacer esto —fueron las palabras de Jeanne a Francis, a quien desconocía era la representación misma de la nación: Francia no tuvo el valor de confesarle eso, no quería poner más peso en los hombros de una jovencita.

Aunque Francis descubriría después, que Jeanne siempre lo supo, esas voces que ella escuchaba y le aconsejaron en sus historias, le contaron muchos secretos.

Era frecuente que Francia le contara con júbilo la esperanza que Jeanne les llevaba, como las glorias que la chica lograba traer al ejército francés. Para Francis, La Doncella de Orleans, fue su hija, alguien a quien amo como Isabel: amabas personas que dieron mucho por el bien de otros, aunque no supieran el precio de sus acciones.

Jeanne dio su amor a su nación, y a su gente.

— ¡Señor Francis, Señor Francis! —saludaba Jeanne cada que lo veía, y cuando regresaba de alguna campaña en la que ni el Príncipe, ni él, iban—. ¡La victoria es nuestra! —exclamó con aplomo en sus movimientos mientras tiraba sus armas al regresar de una de esas tantas campañas de la guerra.

Jeanne todavía era capaz de sonreírle.

 

 


 

 

 

No estaba bien, sus manos temblaban y realmente no tenía apetito; siempre era así en cada recuerdo de ella, en cada año en que llegaba el día de su muerte, en los momentos que recordaba que no podía salvarla: hablar de Jeanne tan abiertamente le dolía, y no podía evitar pensar en el dolor de una joven inocente que intentó levantar a Francia: rescatarlo a él.

Había insistido en continuar esa parte de la historia a distancia, contándole aquello con algo tan tradicional y ya casi en desuso como eran las cartas: "Da una sensación de ver el pasado" fue la excusa con voz risueña de Francis, pero en realidad, simplemente era para no mostrar los efectos de pensar en ella.

Cuando el nombre de Ludwig se mostró en la pantalla de su celular, sabía que probablemente el alemán tenía la sensación de que algo no estaba del todo bien con él; decidió no contestar algunas veces.

No era de extrañarse que la historia de Jeanne fuera bien conocida, no obstante Alemania quiso darle espacio y respetar su decisión.

Francia continuó con sus obligaciones, a pesar de su actitud despreocupada, primero estaba el bienestar de su nación. Logró mantener su usual estado de ánimo en las reuniones en las que su jefe le pedía asistir; no fueron las más agradables con Estados Unidos, y posiblemente las más incómodas fueron las, con motivo de buenas relaciones públicas, realizadas con Escocia.

Allistor siendo mucho más brusco que Arthur, y de menos palabras; era un poco sorprendente que con su antiguo aliado pudiera llevar conversaciones un poco más natural; aunque su relación nunca terminó de sanar, Francis no podía perdonar lo que pasó después de su revolución, y al mismo tiempo se sentía culpable porque tenía en cuenta las intenciones de Napoleón.

Definitivamente su relación con los Kirkland, era complicada, y eso podía ser poco para describirlo.

—Would ye like some? —indicó Allistor a un tarro con líquido de color acaramelado en su mano; eso trajo recuerdos a Francis: Escocia y una buena bebida eran una escena usual, como el verlo un poco ebrio de vez en cuando.

—Non, merci —agradeció Francia con su postura tensa; realmente era incomodo, los ojos de Escocia siempre lo veían como buscando la oportunidad de decir algo: Francis fue el que terminó su relación, y francamente no dio oportunidad al otro de poder decir nada.

Escocia se encogió de hombros y empino el tarro para tomar un buen trago de este.

—Escuche...cómo ha estado comportándose, Arthur —rompió el silencio el pelirrojo, bajando sus ojos a la mesa entre ellos, y después mirando de manera intensa los ojos azules de Francis—. No sé cómo puedo ayudarte, pero he intentado hablar con él, y he tomado una decisión cuando no me quiso escuchar.

—No tienes que hacer esto, Allistor —añadió Francis—. Es un asunto sólo entre nosotros. Además, considerando que no apoyamos tu plan de independizarte completamente, Monsieur.

—¡Lo hago también por mí! —gruñó para refutar un poco irritado Escocia, liberando su enojo cuando apretó el tarro de cerveza en sus manos—. Fran, no hemos hablado de lo que pasó hace mucho, demasiado tiempo, y creo que al menos deberíamos terminar esa conversación.

—Sólo quiero que sepas que tengo una relación, y soy serio con eso —aclaró Francia, quizás precipitándose a las intenciones de Escocia, pero con los Kirkland tenía que ser claro, sin dejar de lado que su relación con Ludwig era un secreto para algunos—. Pero...supongo que tienes razón, nunca lo hablamos, y nuestra gente se tiene afecto mutuo; pero creo que necesito un poco más de tiempo.

— ¿Al menos aceptas quedarte a cenar? —ofreció resignado Allistor, luciendo ligeramente, Francia decidió no hacer mención sobre eso.

—Soy un hombre de modales —sonrió con honestidad a Escocia; ya estaba cansado de su resentimiento, algo que logró darse cuenta al ver su vida en retrospectiva.

Pasó una semana más y algunas otras después de que Francis comenzó a contar la historia de su Doncella, de su valiente Jeanne: siguió manteniendo breves sus conversaciones con Alemania, no tenía el corazón de terminar de contar el destino de ella.

Y durante varias noches, soñó con la Doncella de Orleans obligada a mentir, a negar la nobleza de sus actos, para al final ser engañada sin recato alguno: pudo ver la desesperanza en el rostro de la joven, el miedo, el saberse consciente de que le habían mentido; había olvidado cuanto le dolía.

Cabe decir que después de un par de días con respuestas esquivas de Francis, e incapaz de poder escapar del trabajo, Alemania comenzó a sentirse impaciente y notablemente inquieto.

—Ve...—observó preocupado Italia su más preciado amigo—. Stai bene, Germania?

Por su larga amistad y profunda estima, no era raro de Italia visitar a Ludwig, muchas veces compartiendo cenas con Francia también, ambos eran como de su familia en cierto punto, por más que Lovino nunca sintiera un poco de simpatía por ninguno.

Su relación y amistad con Alemania era curiosa. Después del malentendido de San Buon Valentino, ambos hablaron seriamente de sus sentimientos, con increíble madurez de parte de Feliciano.

Veneciano confesó que tenía en cuenta las raíces de Alemania, y que en algún punto pensó que eran similares, no obstante, Ludwig era alguien que consideraba irremplazable, un amigo preciado, y era consciente de que nunca sería Sacro Imperio, quien ya había aceptado no regresaría.

«Te quiero Ludwig, pero de otra manera; probablemente al ser una nación fuerte has estado mucho tiempo solo con Prusia; ahora solo nos tienes tienes a Japón, y a mí como personas que te aprecian, pero... ¿realmente te sientes de esa forma conmigo?» Italia sonrió ante la obvia negativa de Alemania.

Ludwig perdió sus palabras al ver la verdad en las reflexiones de Italia. Si algo tenía Veneciano en común con Francia, era que ambos conocían mejor los caprichos de la pasión y el amor como como pocos.

Feliciano le gustaba mucho lo felices que Francia y uno de sus mejores amigo, Ludwig, lucían juntos. Le era de lo más extraño cómo lograron complementarse tan bien: la facilidad para expresar sus deseos de Francia, con la imperturbable calma de Alemania.

Ludwig suspiró cuando vio que no podía escapar a los inquisitivos ojos de Italia—quien en realidad era muy astuto, si su periodo de las grandes mafias italianas no eran una prueba—, que seguían fijos en los suyos con expresión de preocupación.

—En realidad...creo que no —admitió a su amigo—. No me ha respondido.

— ¿Quién? —preguntó algo perdido Feliciano con lo que le decía Ludwig; por la expresión del otro, debía ser alguien importante.

—Frankreich —murmuró avergonzado, juntando sus manos sobre su escritorio.

Italia se inclinó alterado hacia el frente, con sus ojos ámbar mostrando preocupación genuina.

— ¿Hermano Francia...está enojado?

—No lo sé, fue poco después de que mencionó a Jeanne d' Arc una vez. Sé que ella es muy importante para él, así que quise darle espacio, como me pidió pero... —Ludwig dejó incompleta la frase, no tenía mucha idea de cómo lidiar con esa situación.

—Jeanne tuvo una muerte muy triste —fueron las palabras de Feliciano, que buscaban animar a Ludwig, y quizás compartirle sus ideas de lo que podría estar sintiendo Francia—. No creo que entendamos nuestro dolor de perder a ese tipo de personas en nuestras vidas, pero...—Frunció el ceño buscando las palabras adecuadas, ladeando su cabeza un poco—. A veces, cuando más pedimos estar solos, es cuando más queremos que nos abracen, porque estamos asustados.

Las palabras de Italia eran dichas con una serenidad y sentimiento, que conmovieron a Alemania; la parte emocional siempre era uno de sus puntos débiles, a veces no sabiendo cómo entender a Francia por eso.

—Sé un poco de cómo es perder a alguien, creo que todos lo sabemos —Italia se acercó a su amigo sentado, y le dio un fuerte abrazó demostrando que estaba para apoyarlo—. Ahora deberías ir a buscarlo, debe estar triste.

Alemania entendía como era perder a alguien, más si pensó que nunca sería posible que se fuera de su vida, que dejara de existir.

Italia perdió a Sacro Imperio Romano y a su abuelo; El perdió a Gilbert.

Recordaba que en ese tiempo, las noches fueron largas, hasta que Francia y él mantuvieron contacto a pesar de lo sucedido en la guerra, como naciones las guerras era un devenir natural, y a veces eso hacia fácil no guardar rencor, aunque Ludwig sabía que sus actos no tenían nombre.

Cuando su hermano se fue, había demasiado silencio y los cuartos se mostraban aterradoramente vacíos.

¿Así se sentía Francia con Jeanne?

Quizás por eso dejó a Francis hacer algo similar a lo que él buscaba cuando se sentía así: Reprimir, estar solo, parecer fuertes cuando más vulnerable se está, él lo hizo durante el tiempo del muro de Berlín, y Francia fue el que le ofreció una mano amiga en ese tiempo.

Supongo que era una curiosidad morbosa, pero durante la guerra supe que no querías hacerlo, y que eras muy diferente de lo que tu jefe esperaba de ti.

Aunque ambos eran diferentes, sabía que la soledad no era algo propio de una nación tan emocional.

—Supongo que tendré que cancelar algunas reuniones —decidió con una sonrisa llena de confianza, recibiendo una expresión similar de Italia que le animó con un asentimiento de cabeza.

—Siempre estás trabajando, Lud —animó Italia con una sonrisa dulce.

Probablemente lo mejor era no llamarle, simplemente ir de improviso a la casa de Francis, y esperar que estuviera.

Tenía que escuchar esa historia, por más cruel que fuera, hasta el final.

Chapter Text

Francis creyó que la guerra estaba llegando a su fin con las victorias de Jeanne. Fue ingenuo de pensar que las cosas podrían seguir con pequeñas batallas, y que la conclusión de ese siglo de conflicto, podía alcanzar un clímax sin tragedia. Francia fue ingenuo, quizás porque ya estaba agotado de los costos de guerra en su cuerpo.

Jeanne se alzó con el ejército Francés un calido mes de mayo, cuando los ingleses invadieron parís ocupando el norte de Francia, hasta llegar a donde residía el hogar de la joven, Orleans.

El asedio logro levantarse, y Francia observó orgulloso a su doncella, caminar victoriosa por Troyes, Chálons y la gran Reims, al norte de Paris.

Reims fue la señal, de que Francia podía recuperar sus propias tierras de las manos de los ejércitos de Arthur.

—Podemos lograrlo por ti, te debo mi vida Jeanne —fueron las palabras honestas de Francis a la emocionada joven, que sonrió cuando el rey dedicó el acontecimiento a la chica en su coronación.

—Amo mi hogar —fueron las palabras que ella le dijo, antes de acercarse al nuevo rey de Francia, Carlos VII.

Al ver que las cosas eran favorables para su nación, Jeanne pidió que se le dejara regresar a su casa; con poco más de diecinueve años, el dirigir un ejército y liderar una guerra en cierta forma, era una carga que no le correspondía, demasiado pesada.

Francis estuvo de acuerdo con dejar ir a La Doncella de Orleans, de dejar la guerra para poder volver a su hogar.

—Espera, Jeanne —habló con aplomo el rey, y Francis vio a Carlos temiendo lo que iba a decir, pero tenía la esperanza de que dejara ir a la joven, que el tomará su responsabilidad, simplemente recompensando a la joven—. Tú has sido la que ha traído la gloria a tu nación, por favor permítenos que nos guíes para más victorias, como te guían a ti esas voces divinas.

—Carlos, no estoy de acuerdo, no debería...—Francis dio un paso al frente, llamando la atención del rey, quien lucía extrañado por lo alterado que se veía.

No deseaba que Jeanne siguiera ahí.

La chica frunció el ceño pensando unos segundos, y con una sonrisa para Francis, respondió:

—Luchare por Francia cuanto haga falta entonces, mi rey.

Eso era algo de lo que se arrepentía profundamente Francis, pudo evitar la tragedia consecuencia de la petición de Carlos: Jeanne pudo volver con la familia y personas que la amaban.

Hubo algunas victorias más, y le siguieron batallas con pequeñas derrotas, como resultados infructuosos: Jeanne siguió guiando al ejército Francés con pasión.

Una niña a ojos de Francis, cargando el destino de esa guerra.

Jeanne fue capturada por los borgoñeses después de una campaña infructuosa, quienes la entregaron a los ingleses. La noticia llenó de terror a Francis, quien, desobedeciendo las órdenes de Carlos, fue a donde la tenían capturada, Allistor lo acompañó preocupado por su seguridad.

Tuvieron que estar ocultos al estar en territorio enemigo, Allistor tuvo que mantener calmado a Francis, para que no perdiera la cabeza buscando a Jeanne.

Bajo custodia de los ingleses, Jeanne fue mantenida bajo el terror; ya rota y vulnerable le ofrecieron como promesa el dejarla ir si admitía que todas sus palabras eran mentiras, como que las voces divinas en realidad nunca existieron.

Aquella sólo fue una mentira para mantenerla presa; al ver esto, Jeanne negó la confesión que le obligaron a decir, afirmando las voces que escuchaba.

Esas palabras fueron su condena.

Francis recuerda que cuando lograron encontrar a Jeanne, estaba rodeada de una muchedumbre que le gritaba con fervor "Bruja". Ella miraba angustiada a las personas, mientras era atada a la hoguera enfundada en una pobre túnica blanca.

La joven parecía querer llorar y gritar de rabia, aunque en el fondo él sabía que estaba asustada, que sólo quería regresar a su hogar.

— ¡Francis! —exclamó en voz baja Allistor cuando este quiso lanzarse entre la multitud para salvar a la joven, que vio con ojos cristalinos las primeras llamas prenderse a sus pies—. Esto, esto es espantoso, pero si nos descubren...

Escocia entendía perfectamente a Francia, el mismo vio morir a los hombres que representaron la esperanza de libertad de sus tierras, y que murieron en terror de forma inhumana, que sus sueños fueron plagados de esas crudas escenas.

—¡Suéltame! —Respondió Francia, llamando la atención de la multitud—. ¡Son unos barbaros! —señaló furioso y sintiéndose impotente cuando vio a unos soldados ingleses acercárseles.

—Alto —escucharon una voz familiar a espaldas de los soldados; Arthur los miró con una expresión que no sabría describir—. Ellos son unos pobres hombres dementes, simplemente manténgalos quietos durante la ejecución...me encargare después.

— ¡Maldito! —Le gritó Francia forcejeando en su agarre—. Non! ¡No puedes hacerlo...!

Francia se demeritó llorar con tal amargura, que hizo estremecer a quienes lograron escucharlo sobre los estridentes gritos que insultaban a Jeanne.

El fuego se enredó en el cuerpo de la chica, que cerró los ojos perdiendo la esperanza de ser rescatada.

Nadie estuvo seguro de si algunas de las palabras que dijo la chica fueron gritadas en su agonía, o susurradas en una voz desgarrada por una triste resignación, aunque son recordadas claramente:

— ¡Jesús! ¡Jesús! —A Francis le pareció escuchar algo más, sin embargo no estuvo seguro si esas palabras sólo fueron pronunciada en silencio por los labios de Jeanne.

"¿Por qué me has abandonado?"

Inglaterra vio la imagen de Jeanne mirando el cielo, suplicando que esos mensajeros divinos la vinieran a salvar. Arthur no quería seguir viendo eso, ese acto era monstruoso, y sabía que sería una herida que Francis reviviría siglos, y siglos después.

«Estas siendo débil Arthur, es una orden que incluso tu rey ha pedido directamente; la ejecución de una Bruja es lo correcto, y eso quizás derribe la necedad de los Franceses» Le dijo su reina cuando vio a la, aún joven, nación dudar.

"Lo correcto" ¿Qué era correcto en una guerra? Fue el pensamiento de Inglaterra, cuando sintiéndose cobarde desvió la vista ante el grito de dolor de una pobre inocente de los crímenes por las que fue condenada al fuego.

Arthur se encargó de que el ejército sacara a Allistor y Francis de ese lugar bajo el control de los ingleses, una tarea complicada cuando Francia intentó ir a donde estaba lo que quedo del cuerpo de Jeanne, Inglaterra no lo permitió.

La guerra siguió después de eso, sin importarle la pena que cargaba Francis por aquella joven que se convertiría en mártir de la guerra.

Devastado, vio a Enrique VI de Inglaterra tomar la corona de Francia, sumiéndole en una tristeza profunda que el sufrimiento de Jeanne, todo su sacrificio fuera en vano.

Con rabia, y claro resentimiento, fue obligado a firmar la "Paz de Arrás", que fue el primer paso para acabar con la guerra; poco después, Borgoña se reconcilia con Francia, y esto ayuda a Francis a recuperar París.

Con otra tregua breve, Enrique se casa con la sobrina de su rival.

Por supuesto Carlos no esperó a atacar cuando los ingleses bajaron la guardia: Francia sabía que Carlos tampoco perdonaba lo que le pasó a Jeanne, que estaba tan dolido como él, aunque no se admitiría su culpa al obligar a esa joven a permanecer luchando.

Carlos arrasó Normandía y Gascuña, no mostro nada de piedad o contemplaciones con sus rivales: destrozo hasta donde pudo al ejército inglés, los aniquilo en nombre de recuperar las tierras francesas bajo los ingleses, y Francis derramo sangre en nombre de Jeanne, algo que le avergonzaría después.

El recuerdo de Jeanne merecía algo noble y pensado con cariño, no actos en busca de venganza.

Pero su ataque dios resultados, Arthur tuvo que retroceder al perder territorio.

Marchando al lado de Carlos, Francis vio como recuperaban su nación al tomar Burdeos y Aquitana, teniendo de vuelta el sur de Francia.

Habían logrado recuperar sus propias tierras, y Francis se despidió de esa guerra.

Por las calles de París, Arthur lo citó unos años después; con los ojos en el suelo y en alguna calle cualquiera de la famosa ciudad, Inglaterra le entregó un precioso jarrón adornado con flores de lis:

—Ella pertenece a estas tierras, son sus cenizas —fueron las únicas palabras de Arthur antes de dar la media vuelta.

No, nunca le dio una disculpa, y eso estaba bien: ¿Cómo podría siquiera disculparse por un acto tan inhumano, tan monstruoso, como lo que le hicieron a Jeanne? El dolor y el resentimiento lo acompañaron aún tiempo después, pero fue menguando con saber que sus tierras habían vuelto a sus manos.

Nunca se explicaría las razones por las que Inglaterra juntó las cenizas de Jeanne, y las guardo cuidadosamente para entregárselas; por una parte, creía una crueldad que quien fuera su verdugo de una forma, le diera lo que quedó de ella.

Lo único que le quedaba claro, era que había pensado en él al colocar aquella flor en la decoración del jarrón. No fue, ni era capaz de comprender a Arthur.

Esperaba que Jeanne hubiera sido un poco dichosa en vida, y no se arrepintiera de mucho.

A veces se preguntaba, si los humanos que viven periodos tan breves vuelven a ese mundo tras morir. Ellos que no morían, no tenían permitido pensar a veces en equivocarse, un error podía perdurar en la eternidad.

Toda la tragedia de las personas importantes para él se volvía a repetir; aunque la comparación era injusta, Isabel eligió su propio destino, encerrarse en su soledad con la muerte de su amado: Jeanne no tuvo ningún camino, ni un poco de indulgencia de la crueldad escrita para el fin de sus días.

"¿Por qué me has abandonado?" Eran las palabras que rondaban siempre en su mente inseguro de a quien se las dirigía, cada vez que iba a visitar el rio Sena donde dejo ir las cenizas de una de sus hijas más preciadas, de quien no pudo rescatar: Jeanne d'Arc, la doncella de Orleans.

¿Se les da otra oportunidad de ser felices?

No tuvo tiempo de disculparse con ella, o de poder vivir su propia tristeza. Se dio cuenta del egoísmo natural humano, y de los albores de la desgarradora miseria que sacudiría su nación desde sus raíces.

Que los reyes podían ser creaturas egoístas ostentando el poder, mientras su pueblo moría suplicando por migajas de pan.

Pero Francis no se rindió, por la memoria de Isabel, ni por la de Jeanne.

 

 

 


 

 

 

Ludwig prefería la sutileza, el tener de vez en cuando su espacio, y lo mismo hacia cuando Francis se veía molesto, algo no muy frecuente. No obstante, en esas circunstancias, y habiéndose enterado que ese era el aniversario de Jeanne, siguió el consejo de Italia: fue a buscar a Francia.

Se sintió terrible al haber casi obligado a continuar su historia de Francia, sin tener cuidado de las fechas, ni del profundo pesar que aun sentía por Jeanne.

Cuando Francis abrió la puerta, notablemente desmejorado, se vio tan sorprendido y algo apanicado por la visita inesperada de Alemania, que casi deja que su cuerpo se mueva para cerrar la puerta, pero se contuvo.

—Te vez muy pálido y cansado —comentó imperceptiblemente preocupado Ludwig, Francia sonrió sin mucho ánimo, y acomodó sus cabellos desaliñados. Alemania hasta podía decir que estaba un poco más delgado.

—Bonita forma de saludarme, Mon amour —contestó el mayor—. He tenido demasiado trabajo; a veces lo que creemos temas fáciles no lo son, estoy bien.

— ¿Por qué no me has...? bueno, ¿llamado? —cuestionó inseguro, sintiendo que estaba presionando a Francis.

—Todo está bien —insistió Francia con un movimiento de mano despreocupado, pero su descuidada apariencia decía lo contrario: así no era Francis, no alguien que lucía tan triste, hasta perdido.

¿Qué podía hacer? Francia no mostraba disposición a ser sincero con él, por primera vez desde la segunda guerra mundial, sin embargo nunca habían tocado el tema de Jeanne.

Probablemente las palabras sobraban, así que debía decir las indicadas con algo que demostrara cuan preocupado estaba por él. Ludwig, sin mediar palabra, abrazó a Francis, que se había levantado con intención de ir por más café para ambos. Este dejo caer su taza sobre la mullida alfombra de su casa, aunque eso no mosntró importar a ninguno.

—Hoy es el día en que murió Jeanne, siento no haberlo tenido en cuenta —fueron las palabras de Alemania murmuradas contra sus desordenados cabellos—. Pero agradezco que me dejes entender y ver tu dolor.

Francis abrió sus ojos sorprendido, y se sintió derrumbar como cada vez que iba solo al Sena para hablar a la memoria de Jeanne; nadie lo había visto, ni siquiera Ludwig que lo conocía desde hace décadas.

Sus brazos se quedaron quietos en un intento por decidir si quedarse suspendidos en un intento de abrazar a Ludwig, o bajar a sus costados; cuando sintió su cuerpo ser apretado contra el firme cuerpo de Alemania, no pudo más, y se aferró al cariño que le ofrecía quien lo abrazaba.

—Jeanne, siempre quise cambiar el cómo acabó su vida —preguntó, aun sabiendo la respuesta, pero no sabía que más decir, simplemente comenzó a llorar—. Espero no se haya arrepentido de pelear por mí, de su camino.

— ¿Tú crees que se arrepintió? —Aquello era una afirmación disfrazada de pregunta. Alemania siguió manteniéndose tranquilo, mientras el siempre alegre y fuerte Francia se mostraba vulnerable, humano.

Francis recordó que Jeanne siempre se mostraba más fuerte que nadie que haya conocido, ostentando una sonrisa y un brillo de fe en sus ojos. Nunca bajó la cabeza; siempre encaro con más fiereza, con más voluntad que nadie las más difíciles de sus situaciones.

Era natural que Jeanne haya muerto aterrada, su muerte no dejaba de mostrar los extremos funestos de sus ejecutores, de la naturaleza humana.

Pero eso no cambia el hecho de que su doncella amó su nación más que nadie.

—No creo que se haya arrepentido —fue la respuesta de Francis, con su voz temblorosa por su remanente llanto.

Tiempo después, en otro de los aniversarios de su doncella, se encontró con ella, con una vida normal, y viviendo un destino feliz.

Entonces pudo ver que los cielos podían ser un poco bondadosos, y que quizás, sólo quizás, estaba bien creer en cosas tan inocentes como los milagros.

Qué los deseos pueden cumplirse.

Chapter Text

La cantidad de tiempo que tenían de vida no era algo en lo que pensaran, y pocas veces se daban cuenta de ello; como naciones, sólo se preocupaban por seguir, a veces luchar para mantenerse. Así que cuando recordaban de manera consciente ciertos periodos de sus vidas, es cuando sentían el peso de los años.

Se sentía extenuado, agotado como si hubiese vuelto a vivir esos años que sólo se puso a relatar. Curioso era, que también se sentía ligero, y ya no sentía la misma angustia acompañada de remordimiento cada aniversario de ella.

No impedía que la recordara con la misma frecuencia, mucho menos que sintiera la sensación perdida usual, pero esta vez podía recordarla sin miedo, y con cariño, Jeanne era una de sus hijas más amadas.

Y por lo que pudo ver, era una joven feliz, era lo que necesitaba para poder recordar esa época tranquilo, sin los conflictos que eso solía traer.

Se sentía un poco en deuda con ello, suponía que admitirlo en voz alta no era del todo elegante, así que usó sus habilidades para reconocer lo importante que era tener a alguien escuchando su vida.

—Frankreich —llamó Ludwig mientras veía al susodicho acomodar una botella de vino al centro de la mesa—. ¿Hay una ocasión especial, Fran?

La mesa primorosamente arreglada, y la insistente invitación de Francia a cenar ese viernes, no indicaba que fuera otro fin de semana convencional.

—Todos los días son especiales contigo, cher —guiño un ojo levantando su rostro para contestar—. Ahora, siéntate, que no prepare todo esto para que se enfríe.

Ludwig estaba francamente confundido, su cumpleaños no estaba cerca, mucho menos el de Francis. Tampoco recordaba algo similar a su aniversario, o en esos términos.

—¿Puedo preguntar la razón de esta ocasión? —cuestionó deslizando su abrigo, y poniéndolo en el perchero que Francis tenía siempre cerca de la puerta.

—Disfruta el misterio, mon amour. —Como era usual, estaba bastante divertido con la expresión de impaciencia de Alemania—. Bueno, supongo que esto es gracias a que eres excelente escuchando —agregó encogiéndose de hombros con una sonrisa.

Ludwig no lucia muy satisfecho con eso, pero conociendo a Francis, quería hacerlo sentir contento aceptando sus palabras.

Así cenaron hablando de su día, como cualquier otra noche habrían hecho. Alemania decidió no insistir en saber las razones de que Francis hubiese preparado en su mayoría sus cosas preferidas, mientras estuviera contento, con eso le bastaba.

Francis había hablado más abiertamente de su tiempo con Isabel y Jeanne en esa cena; era una persona distinta a quien había visto cuando le relataba esas décadas. El dolor aún estaba presente, sin embargo también veía la ausencia del remordimiento.

Aunque aún había preguntas sobre los pensamientos de Francis en algunos puntos de esa guerra, cosas que tal vez eran muy personales; sin mencionar que generaban sentimientos no muy agradables saber las muchas relaciones que ha tenido alguien tan apasionado como Francia: estaba bien sin saber algunas cosas.

—Hay algo que me ha rondado un tiempo —interrumpió el apacible silencio Ludwig.

—Adelante, te contestare con todo detalle —contestó de forma coqueta, algo natural en el francés—. ¿Qué es, chéri?

Ludwig pensó cuidadosamente sus palabras, Jeanne parecía ser un tema aun un poco delicado para Francia, pero igual ese hecho le pareció extraño, aunque no podía decir mucho, si Francis antes de la segundo guerra le era un desconocido hasta cierto punto, Inglaterra era una nación de la que sabía aún menos, al menos como hombre.

—Las cenizas de Jeanne, Inglaterra te las entregó —pausó un momento—. Se esforzó mucho en dártelas.

—Sí, también fue algo que no entendí en el momento —admitió Francis, viendo su copa de Vino con gesto ausente—. Al final comprendí que no fue la voluntad de Arthur ese final. A veces lo olvidamos, pero normalmente seguimos órdenes.

"Remordimiento", Fue la palabra no pronunciada, pero que encerraba perfectamente la principal, y muy probable razón, de que Inglaterra hubiese reunido los restos de Jeanne, para poder entregarlos a Francia.

Como toda nación, había cosas que debían hacer, aun si eso representara siglos de pesadillas y rencores en décadas venideras.

—Supongo... ¿aún quieres seguir escuchando mi vida? Son muchos años —Francis no quería hablar de algunas cosas, ya fuera lo que hizo durante el imperio napoleónico—. Agradezco lo mucho que te preocupas, pero...

—Dije que escucharía hasta el final, y que cuando llegara el momento de hablar de esa guerra —interrumpió con un poco de fuerza en su voz, y cuando se dio cuenta bajó su mirada a la mesa, y apretó sus puños sobre ella—, también te confesaría mis experiencias. Hago esto, porque tus memorias son importantes: tú eres demasiado importante para mí.

—Hablar de mi revolución no es muy agradable, aun menos que la guerra de cien años —admitió en voz baja.

—Lo sé, pero deseo que también puedas estar tranquilo con eso —Sonrió, y estiro su mano para tomar la de Francis.

Tranquilo, definitivamente tampoco había visto en una perspectiva diferente el periodo de su revolución, o aquel tiempo en que sintió sólo cuando Arthur le quitó a Matthew de su lado. En ambos eventos, tuvo sentimientos encontrados: su revolución fue necesaria, cruenta, pero la base para un cambio más allá de su nación; el perder a Canadá, también fue un hecho esencial en la formación de este como país independiente.

Sin embargo, su revolución también fue la época de las ejecuciones como algo cotidiano, y el origen de la infame guillotina.

No estaba del todo tranquilo considerando hablar de eso, como tampoco lo estuvo con la muerte de Jeanne, o la miseria que trajo en sus ataques a Inglaterra en el conflicto de cien años.

—Te esperaré cuando estés listo —sonrió, buscando transmitir un poco de calma a la melancolía en el rostro de Francis.

Ambos entonces hablaron de cosas más banales, muchas veces pareciendo el único que podía reír era Francis, mientras era observado con un temple más sosegado por un hombre alemán.

En otras ocasiones, el viernes terminaría con una invitación discreta pero que daba pie a algo más íntimo, sin embargo, en esa ocasión, Ludwig ofreció simplemente una demostración de afecto acompasado, gentil, y honesto.

Francis agradeció eso, porque lo único que quería era sentir el cariño del otro.

Así durmieron juntos, Francia con los brazos en los fuertes hombros de Ludwig, y este con sus manos descansando en la espalda del otro.

Francia reía de las curiosas canciones que encontraba el dispositivo—hasta audios de Italia obligando a Japón a decir frases graciosas—, provocando que Alemania se sonrojara un poco, pero le permitiera seguir pasando las melodías; si eso hacía sonreír al francés, estaba bien.

No, él no era un hombre conocido como romántico—aunque quienes lo conocían sabían lo considerado, dedicado, y con frecuencia detallista que podía ser—, con tanta vida y conflictos en su eternidad como nación, pocas veces tenían tiempo. Así que cuando se le daba la oportunidad, la atesoraba tanto como podía, esperando que en el siguiente siglo no tuvieran que odiarse.

¿Por qué su insistencia en saber cosas tan dolorosas? No era por querer que Francia lo necesitara, o poder verlo vulnerable: simplemente era entender como Francis vio las cosas en su mucha más larga vida, y en secreto, saber qué pensaba de él en los puntos en que se encontró con él en esos casi mil años de vida.

Sus razones eran un tanto egoístas, no obstante, al ver que pudo ayudar a quitar un peso de encima a los remordimientos de Francia, sus razones comenzaban a ser otras.

En algún punto, escuchando su respiración ya serena de Francis al quedarse dormido, él se atrevió a observar a la otra nación descansar en sus brazos, confiando en él, aspecto que aún le sorprendía.

Ludwig se sentía muchas veces incierto porque, a pesar de lo que hizo fuera imperdonable, Francis correspondiera sus sentimientos; debía de dejar de buscar explicaciones, y temer a que se le arrebatara su felicidad.

Los ojos de Alemania miraron aquel rostro hasta que sintió sus párpados pesarle.

Pudo dormir tranquilo al cerrar sus ojos viendo una sonrisa.

Chapter Text

Francis siempre pensó que el poder en manos humanas solía tener efectos catastróficos, o, en raras ocasiones, traer un destino de gloria bienaventurado para su gente, y nación misma. Su revolución fue un claro ejemplo de la miseria que el poder en malas manos, complementadas con voluntades débiles, podía traer.

A pesar de los siglos de aquel evento, aún se pregunta y admira sobre el efecto que sus conflictos internos tuvieron en los regímenes de otras naciones, como en el porvenir de muchos países de Europa en situaciones similares, o donde su gente vivía en condiciones míseras.

¿Quizás era vana la fe que tenía en el corazón endeble de sus gobernantes, para bien o para mal, humana? Era un pensamiento frecuente durante esos sangrientos años, en donde a veces cerraba los ojos para no ver la miseria de su gente, porque, como toda nación, estaba obligado a estar al lado de quienes ostentaran el poder y destino de ellos como naciones.

Luis XIV era un hombre inteligente, admirable en muchos sentidos, y muchas veces añorado por quienes habían perdido la esperanza de una vida mejor, algo probablemente debido a la miseria que trajo el gobernante que le sucedió.

Durante ese tiempo, su distanciamiento con Allistor fue inevitable, sus conflictos internos lo absorbieron a tal punto, que sus sentimientos terminaron en segundo plano, enterrados con toda la muerte que le rodeó después.

—Luis, cada vez hay más hambre y carencia en nuestra gente, pronto el pueblo se dará cuenta de la situación, tenemos que pensar en algo —fue la súplica ya algo desesperada de Francis a su rey.

Luis miró con una expresión de turbada determinación, y decidió mantener la ilusión de estabilidad, mientras la monarquía tomaba del pueblo para sobrellevar sus propios problemas.

La monarquía portaba el poder absoluto, la corona no solo era el símbolo de la realeza, sino de una forma de control absoluto: Francia se encontraba dividido entre lo que su pueblo quería, lo que necesitaba, y en defender a su antiquísimo sistema monárquico.

Francis tuvo que tragarse sus verdaderos deseos cuando su gente en las calles comenzó a mendigar hasta las más pequeñas hogazas de Pan. Su gobierno estaba arruinado, su economía pendía de un hilo, pero Luis se empeñaba en ocultarlo, y con su inteligencia solventar las dificultades suficientes para que no terminara de caer su frágil economía.

Un par de veces visitó a Allistor, quien le preguntaba por la apariencia deteriorada de Francis, quien se veía pálido y agotado: él siempre le contestaba que estaba bien; no podía mostrarse débil ante el mundo, mucho menos preocupar a la única persona que se mantenía a su lado.

Claro que también se sentía irritado por sentirse ahogado, siempre superado por todos los problemas de su país.

Las fiestas que se atrevían a realizar los nobles en el palacio, le eran en extremo amargas. ¿Por eso se sacrificó Jeanne? Eso le parecía una blasfemia, y resentimiento con su monarquía, a quien siempre respetó.

La decadencia humana se mostraba ante sus ojos sin tapujos, al punto de ver como Luis creaba dinastías e impulsaba las ejecuciones como las más finas artes.

El destino de su nación comenzó a entrar a los albores del miedo.

 

 


 

 

 

Los terrores nocturnos eran frecuentes durante esa época, si en las guerras mundiales vio inconfesables horrores, en su revolución también fue testigo de honor de los límites más crueles de la naturaleza humana.

Al menos las pesadillas no son tan vívidas como en ese tiempo, no obstante su estómago amanecía resentido por los resultados recuerdos de su revolución.

Serían inmortales, pero no impedía que pudieran ser afectados por sus propias experiencias.

Merde —suspiró cansado por otra noche sin un descanso adecuado, y torció sus labios disgustado cuando el desayuno ligero, no le cayó tan ligero.

Con muchas juntas en su haber aquella mañana, algunas de ellas meras apariciones diplomáticas para demostrar los buenos términos entre las distintas naciones, eran compromisos quizás que podrían parecer mundanos, y en realidad indispensables.

Ludwig, como cada lunes, regresaba a primera hora a su casa para llenarse del papeleo pendiente, porque si dejaba el trabajo de lado los fines de semana, era por insistencia de Francis.

Al menos lo acompañó en su breve desayuno; suponía que estaba bien que no se hubiera quedado un rato más, con los compromisos que ambos tenían esa semana, el que perdieran el día por un pequeño malestar no iba a ser bueno, no con una reunión de la Unión a semanas.

En realidad sabía la causa de su problema: su revolución fue un periodo particularmente sangrienta, y soñar con todas las ejecuciones que presenció en esos tiempos no podría tener el mejor efecto en su estado de ánimo.

¿Cómo haría Ludwig para que no le afectara lo vivido en los campos de concentración? Él no tenía el valor de atreverse a recordar eso, su mente había bloqueado esos actos inhumanos que fue obligado a ver, si no hubiese sido por Ludwig, probablemente hubiera sido un público permanente para buscar romperlo de manera definitiva, y no sólo hubiera visto un atisbo de lo que realmente pasaba.

Cuando tengan que hablar de esa guerra, tenía muchas cosas que preguntarle a Alemania; ¿hasta qué punto enterró su humanidad para proteger sus propios sentimientos? ¿Hasta dónde tuvo que olvidar su piedad para acatar órdenes? No eran cosas que pudiera preguntarle de manera tan sencilla.

Tal vez también sus memorias más terribles se permeaban en sus sueños convirtiéndolos en pesadillas, tal como ocurría en el caso de Francia.

Suspiró cansado, y fue darse un baño largo antes de preparar sus cosas. Su mañana no comenzaba fácil, era su visita periódica a Rusia, nación que desde lo de Napoleón, le aterraba profundamente; pero Francis era un profesional, además de que perder su elegante imagen por sus viejos miedos no era algo muy digno de él.

Las recepciones de Iván eran particularmente amistosas, aunque Francis siempre se mantenía cauteloso con no decir nada fuera de lugar con la impredecible nación.

Su mente estaba divagando mucho, y eso no estaba ayudando mucho a su plática de los acuerdos sobre el calentamiento global, o temas económicos.

—¿Estas bien Francis? —preguntó su jefe, cuando se dirigían a Escocia, nación con la que seguían manteniendo una continua comunicación, aún si estuviera bajo la jurisdicción de Arthur.

—No ha sido una buena noche, Monsieur —suspiró alzando sus manos, como si no fuera nada importante—. Sé que no es propio de mí estar tan descuidado —agregó con su usual comportamiento alegre.

Siguieron en silencio su viaje, y su jefe estaba notablemente extrañado por ver a la representación de su nación tan perdida en sus pensamientos; así que deduciendo las posibles razones por las que podría estar decaído Francis, decidió cuestionarlo lo más amigablemente posible.

—¿Es acaso que aún te incomoda ver a Escocia?

Francia levantó una ceja ante el comentario y rió suavemente.

—Sí que estás al tanto de eso —se burló—. No puedo decir que seamos tan cercanos como cuando nos conocimos, pero no es eso: de verdad estoy bien.

Pardon, pero tú no te dejas desanimar por casi nada Francis —opinó su jefe con una sonrisa—. ¿Tiene que ver con algún problema con Monsieur Ludwig?

Francis no se sorprendió de la pregunta, mantenía buena comunicación con sus jefes, y con el actual mantenía una sólida amistad, así que hablaban hasta cierto punto los asuntos personales del otro; tampoco era raro que supiera de su relación con Alemania, uno de sus principales aliados en sus proyectos de la EU.

—No, todo está muy bien en ese tema —volvió a negar con tranquilidad—. Digamos que sólo me puse a recordar algunas cosas del pasado.

Su jefe aceptó su reticencia a responder de manera directa, y no le presionó más.

Sólo necesitaba dormir lo suficiente. Y mientras no viera a Inglaterra, podía mantener sus niveles de estrés al mínimo: ¿Qué pretendía Arthur con sus constantes ataques a él, o a todo lo que dijera Alemania? Francamente no podía decir si eran viejos rencores, o tenía que ver con sus pasadas experiencias juntos.

Era egoísta querer que Ludwig lo acompañara todo el tiempo, pero definitivamente no todas sus experiencias tenían la misma magnitud de carga sobre su cuerpo; el recuerdo de Jeanne lo dejó agotado por días, el de su revolución sería igual, o quizás mayor.

Aunque sabía que Ludwig no le negaría ese pequeño deseo, aunque fueran unos días, y considerando lo adicto al trabajo que era Alemania, ese era un gesto que demostraba cuán importante era para el otro.

Admiraba a Alemania, se mantuvo tan fuerte y voluntarioso en toda época, incluso cuando estuvo más vulnerable, o se sintió más solo, aquel tiempo del muro de Berlín; sonaba quizás un poco cruel, pero eso les permitió ver quiénes eran realmente: Francis pudo ver que Alemania no sólo fue un terrible enemigo de la guerra, sino que se le dio la oportunidad de ver quien era Ludwig Beilschmidt, un hombre como cualquier otro.

Ambos se encontraron cuando estaban en su momento más frágil, y vieron que lo que sabían del otro, eran cosas basadas en lo que sabían a la distancia, muy lejano de las existencias más humanas que en realidad los conformaban.

Y eso lo demostraban cosas como su revolución: donde se ejecutaron millones de personas con el solo movimiento de una mano, como surgieron las bases de lo que cambiaría la forma de ser humano en quienes regían naciones.

Eran naciones, y también humanos a su manera.

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Francis sabía que Luis ocultaba la precaria verdad, que enmascaró la pobreza real de la corona, y él apoyó sus mentiras creyendo que en realidad era por el bien de su gente, que quizás saldrían pronto de la inminente miseria.

Los acontecimientos posteriores sólo demostrarían que estaban creyéndose sus mentiras. Una mentira necia, especialmente cuando el sucesor de Luis sólo terminó de hundir a toda Francia en problemas que durarían décadas.

Quizás sí era su culpa el que su relación con Allistor terminara por volverse algo distante, alusivo a memorias viejas; ¿Qué pensamientos tendría a su vida personal cuando su país se estaba cayendo en pedazos? El hambre y el dolor los sentía Francis con constancia en sus entrañas.

—Seguro mejorara Francis, muchas naciones han pasado por cosas similares —eran las palabras, más o menos exactas, que Escocia, su muy viejo aliado y compañero intimo desde hacía siglos, solía repetir cuando lo visitaba.

Francia ya no iba hacia las tierras de Allistor, estaba sumido en el abismo económico de su propia nación, generado por le necedad y egoísmo de sus burgueses, como de su monarquía; que mientras la gente se moría de hambre, o las terribles condiciones en que tenían que vivir, los nobles se aferraban a su opulencia.

—Tú... No puedes entenderlo —contestó perdiendo la paciencia, y pidió a Allistor que lo dejara sólo; siendo honesto consigo mismo, Francis sabía que su vida personal carecía de importancia con la situación de su reino.

— ¿Qué no entiendo? —contestó ofendido, claramente enojado en la forma que entrecerraba los ojos y fruncía la nariz—. No puedo creer esto, ¿me dices a mí que no lo entiendo? —cuestionó hablando en voz baja, apretando sus puños—. ¿Entonces mi independencia no importa? —Los ojos verdes de Allistor lo miraron más que furiosos, incrédulos—. ¡Murió mucha gente! ¡Volví a perder mi libertad! ¿Qué diablos no voy a entender? ¿¡Ah!?

No fue justo con su aliado de siglos, no debió haber dicho eso, era consciente: pero se sentía desesperado, y las meras palabras de aliento solo le sonaban a dulces falacias.

Aun así, el rostro dolido de Escocia fue su última memoria de ellos hablando como personas aún cercanas. Antes de que su relación terminara por romperse décadas después, cuando Francis volviera a recordar lo que lo unió alguna vez con Allistor.

Con las voces de su gente alzándose con cada día por justicia, anunciando el periodo de caos que se iniciaría por la trasformación de Francia, no había tiempo para preocuparse por cosas que no fuera su tierra.

Si con Luis XV fingían aún estabilidad, con el reinado de Luis XVI todo lo que sostenía Francia terminó por caerse. Francis añoró en esos años, la mano firme y el pensamiento inteligente del bisabuelo de Luis XVI, quien era un hombre de intenciones en apariencia buenas, sin embargo de muy débil carácter: muchas de las riquezas de la nación se fueron en el mantenimiento militar, necedad quizás de mantener la sensación de poder.

—Tenemos que escuchar Luis, no podemos seguir igual; nuestra aristocracia se ha alimentado del pan del pueblo —pidió por última vez Francia.

La respuesta fue negativa, como lo era siempre.

Eran demasiados problemas, pero Francis debía mantener la cabeza en alto, y esperar que el destino de su país fuera benevolente, anhelaba que el fin de esa época de carencia acabara un día; si tenía que ayudar a la lucha, entonces apoyaría a su gente.

Esa época, como toda su historia, se cruzó nuevamente con Arthur. Era una memoria amarga. La vez que se paró frente a Inglaterra para suplicar que Francia estuviera bajo el mando del Reino Unido, su gente estaba desesperada, y el también no podía soportar más su hambre.

—Angleterre, no tengo nada...estoy en la ruina —le suplicó, casi pensando en humillarse al punto de arrodillarse, y ofrecerle el territorio que recupero de Inglaterra en la guerra de cien años.

Inglaterra lo miró en silencio, por un momento pensó ver que esos ojos verdes estaban considerando su demente proposición, que sería rotundamente rechazada; en algún punto tenía que agradecer a Arthur el negarse, eso le aclaró la mente, y Francis volvió a pararse firme en espera del reclamo de su pueblo a su reyes.

Y esa también fue la época en que si hubo algún punto en que pudo reparar su relación con Arthur, este se perdió cuando intervino con una de las colonias. La persona más importante para Inglaterra, una existencia que su rival consideraba un hijo, al que crió con décadas de esmero.

Se ganó un rencor profundo, por parte de Inglaterra, cuando apoyó la guerra de Estados Unidos. No quería meterse con las decisiones de Alfred—aún si nunca olvidó cuando le quitaron a su pequeño Matthew—, sin embargo tenía que poner sus cartas en defender sus posiciones territoriales.

Todavía intentaban aferrarse a lo poco que pudieran sacar para mantener la nación, aún si los reyes lo usaran todavía para alimentar la codicia de la monarquía.

La corona se estaba cayendo en pedazos, y la sangre estaba comenzando a ser derramada.

 

 


 

 

Al final, gracias a los múltiples proyectos que tenían con Alemania y su jefa, terminó pasando más tiempo del que pensó tendría esa semana con Ludwig. Se sentía un poco egoísta, y ligeramente arrepentido, el agradecer la incesante carga de trabajo del otro.

Lo único que no le gustaba era, que después de cenar—cuando tenían oportunidad—, Alemania pedía que siguiera contándole esos hechos históricos que le marcaron; a veces intentaba desviar el tema, la revolución era un tema a veces incómodo para muchas naciones; aunque el hecho de que tu nación se separe y unifique, era probable que Ludwig comprendiera mejor que nadie eso.

Como Escocia podía comprender su situación en ese entonces; en cuanto a guerras, revoluciones, o conflictos similares, todos están demasiado letrados en el tema.

Se arrepentía un poco de su respuesta a su, en ese entonces, aliado; no obstante, le era difícil olvidar lo que Allistor hizo en la época napoleónica, aún si fuera necesario, y Francis hubiese estado fuera de sus cabales.

Tampoco es que se vieran mucho últimamente con horas fuera de trabajo, era difícil a veces para Francis separar el tiempo laboral del personal; en el caso de Ludwig, era demasiado sencillo enfocarse únicamente en el trabajo.

Y sí, a Francis le molestaba eso.

— ¿Sólo vamos a trabajar? Con lo difícil que es reservar aquí —se quejó Francia dejando su mejilla caer con suavidad sobre una de sus manos, en un gesto de fingida tristeza—. Te has de divertir más con Feliciano, non? —bromeó simplemente para molestar, con el rostro ligeramente rojo y el ceño fruncido, suponía que había sido un éxito.

—No es así...es solo mi amigo —Ludwig apretó sus labios, sin pista de agregar. ¿Por qué Francis siempre lo dejaba en callejones sin salida? Esa era una costumbre con la que no lograba lidiar del todo bien, pero suponía que todos tenían algún rasgo extraño.

Oui, cher —asintió lentamente, cruzándose de brazos, y permitiendo reírse un poco. Al principio era difícil encontrar el punto intermedio en sus personalidades, pero ahora esas diferencias era un punto refrescante.

Ludwig sonrió resignado: no iba a poder librarse de los comentarios maliciosos de Francis.

—La revolución siempre es un periodo más difícil, nos consume internamente —agregó, retomando el tema—. La mía también tuvo más de un periodo, incluso involucrando a Austria y a...Brüder —ambos extrañaban a Gilbert de vez en cuando, así que era inevitable ese deje de nostalgia.

—Gilbert siempre fue una nación que si tenía algo que decir, lo hacía; eso era lo interesante en él. —Incluso cuando estuvo a punto de invadirlo a final de su revolución, Prusia dijo lo que tenía en mente.

La revolución era un periodo de encontrarse consigo mismo en el caso de las naciones: se veía lo bueno, aquellas cosas malas que ignoraron, y las cosas que nunca hicieron antes para poder evitar las muertes de esos turbulentos años.

Tal vez por eso, era tan complicado hablar de una época que exponía tanto lo desagradable, como lo grandioso de lo que componía una nación.

 

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A finales de 1780, pensó que la revolución estaba a punto de terminar; fue iluso creer en que la turbación de la gente acabaría con la muerte de los reyes. La monarquía reavivó el conflicto con su afán de aferrarse al trono que ya no era suyo. Buscaban mantenerse en el poder con intentos desesperados, como si un moribundo tratará de alargar su último aliento, tal como la desesperación que siente alguien a punto de ahogarse.

Sin mencionar los ataques de Prusia, y la amenaza de Austria. Nuevamente su nación se sumió en otro período de caos, con profundas raíces internas. Francis vio la posibilidad de un movimiento para la unión de su pueblo, en la declaración de los Estados Generales, asignando a cada territorio su correspondiente representante.

La monarquía conformó el tercer Estado, y buscó recuperar su poder, imponiendo el sistema político y de votación—el cual ni siquiera ellos entendían—. E so sólo revivió el disgusto, y el miedo por las continuas ejecuciones de los años pasados, como del tiempo presente.

Si algo recuerda Francia con claridad, es la primera vez que vio la guillotina, con su navaja deslizándose para terminar una vida, con crueldad y eficacia. Le parecía por demás curioso, que esa herramienta usada para recordar el miedo, se hiciera la herramienta principal de la crudeza de la época, años en donde corrió demasiada sangre buscando la libertad.

Su gente buscó a Luis XVI casi por toda Francia, hasta que los revolucionarios lograron poner sus manos en los reyes—que ya nada regían en realidad—, y la monarquía misma. El pueblo rugió victorioso de que ese régimen de tipo absolutista, y casi feudal, fuera a caer.

Luis, de carácter más bien suave, pero incapaz de hacer frente a sus problemas, logró ocultar la identidad de Francis—quizás el último intento del rey de proteger a su nación, como los fantasmas de las épocas de gloria de las viejas monarquías—, que entre los gritos rencorosos y de victoria del pueblo francés, vio como caminó el rey destronado con el terror en su rostro hacia la guillotina, nada menos que el símbolo de esa nobleza que había dejado en ruinas a la nación.

—¡Traidor! ¡Viva a la república! —Era lo que podía distinguir Francis aturdido, mezclado en la muchedumbre, que esperaba impaciente ver caer a Luis.

Cuando su rey fue empujado por el verdugo para que se posicionará en la guillotina, el monarca sin reino alzó su voz con un rostro lívido, y Francia podía jurar que vio sus labios temblar.

El rey sin pueblo que le siguiera gritó para ser escuchado entre los insultos:

«¡Pueblo, muero inocente!»

Los ojos de Luis se posicionaron en él, como si haberlo salvado de la ejecución —aunque en realidad no pudiera morir—, fuera un acto que probaba una vida impoluta; y francamente, ni él estaba seguro de la inocencia, o la culpa, del rey.

Una de las cosas que mejor recuerda de esa época, fue que logró conocer con cierta profundidad al verdugo: Charles Henri Sanson; dado que su familia era de los pocos quienes sabían la identidad de Francis, sin confesar nunca eso al pueblo, lo protegieron, incluso ofreciendo su hogar, ya que no tenía a donde volver.

El Tribunal revolucionario podía decidir usarlo para el triunfo de la revolución.

Aquella escena se repitió, unos meses después, aunque ahora con Maria Antonieta, antes archiduquesa de Austria; la aún joven reina compareció ante el tribunal revolucionario, siendo un fantasma de la primorosa dama de antes. Encerrada en una celda esperando su muerte, esos días devoraron el espíritu de la mujer, que vivió encerrada en una torre con sus hijos.

La mujer murió sin resistirse; y con la tranquila elegancia que la caracterizaba. Dijo al pueblo de Francia, que se agitaba ansioso por su ejecución, sus más sinceras palabras: «Os pido que me excuséis, señor. No lo he hecho a propósito.»

Francis bajó sus ojos al suelo, no pudo ver la ejecución de María.

¿Habrá visto la miseria de sus hijos? Algunos de ellos muriendo inocentes, de maneras crueles e inhumanas; ni siquiera podía creer la forma y a manos de quienes murió el Delfín de Francia.

La pequeña Charlotte murió de tristeza, y su hermano, el pequeño de diez años, Louis Charles, murió víctima inocente de la violencia causada por el resentimiento del pueblo.

Creyó que con eso ya era el fin de ese período, deseo que lo fuera, pero estaba equivocado: El terror apenas comenzaba.

 


 

 

La revolución era un periodo oscuro, e indudablemente cruel, como toda revolución normalmente era; no quitaba que no le afectara pensar en ello.

«A veces pienso: si los niños hubieran estado conmigo, logrando escapar, hubieran tenido una muerte más pacífica, o si Louis Charles hubiese podido llegar a ser un adulto» murmuró resignado a su remordimiento, y a la tristeza del precio de la merecida libertad de su pueblo.

Cuando terminó de contar ese episodio, Alemania insistió en que hicieran algo juntos, para despejarse, pero Francia se negó. Se acercaba el Oktoberfest, una de las pocas festividades que Ludwig disfrutaba completamente, sin pensar en trabajo; Francis no deseaba impedir que se divirtiera.

—¿Estás seguro de que no quieres venir? Preferiría...no ir —dijo Alemania, dudando un poco en sus últimas palabras, lo cual hizo reír a Francia: Ludwig disfrutaba demasiado el Oktoberfest.

—Ni tu podrías estar feliz con esa decisión, aunque seas hombre de palabra, cher —dijo acomodando un par de cabellos fuera de lugar de Alemania, que estaba preparándose para regresar a su casa después de ese fin de semana juntos; como era usual si tenían tiempo—. De vez en cuando hace bien pensar un poco, en compañía de un poco de buen Vino.

Ludwig desvió un poco sus ojos de los de Francis con un ligero tono rojizo en sus mejillas, lo que provocó sonreír a éste por la reacción ante ese gesto tan casual para él y bastante íntimo para alguien tan retraído como Alemania—aunque su timidez era encantadora—. Le dio un fugaz beso en la mejilla, y sonrió cuando eso sólo avergonzó más al a veces imponente Ludwig.

Le halagaba que se preocupara por él, pero no era justo que Ludwig también quisiera ponerse triste, siendo que en esa época se permitía olvidarse de sus preocupaciones, esos días eran como unas vacaciones para Alemania, que cargaba mucha responsabilidad con el título ganado del líder de la Unión.

—¿No van a estar Italia y Japón también? No deberías fallar como anfitrión, mon amour. —Le entregó una pequeña maleta en la que llevaba un cambio de ropa, y lo acompañó a la puerta de su casa—. Debo agregar que no disfruto mucho esa fiesta, hay demasiado alcohol y ebrios, sólo mi opinión —se encogió de hombros cuando Ludwig lo miró un poco ofendido.

Al quedarse solo, después de convencer nuevamente a Alemania de que estaría bien en la única compañía de una buena botella de Merlot, decidió trabajar un poco con sus pendientes; preparar la revisión de importaciones y exportaciones para una junta con Inglaterra—relación en conflicto que aún tenía pendiente, ¿podrían al menos ser amigos?—no quería discutir con Arthur, pero no tenía opción. Tendría muchos días para sí mismo, así que ocuparía su mente trabajando. Por supuesto que ese periodo le traía memorias desagradables, y otras con cierto deje de gloria, aunque los sacrificios hechos en la época, en particular de niños como Charles, aún eran heridas dolorosas.

Como en cada ocasión que recordaba su revolución, decidió buscar en algunas de las jugueterías más grandes de París algo que traía en mente, que sabía podría ser del agrado de esos pequeños; cuando finalizó su tarea, visitó la Torre del Temple, la última morada de uno de los hijos más pequeños de María Antonieta.

Francis siempre sintió un punto blando por los niños, y pensó que un oso con curiosos ropajes primorosamente adornados, similares a los de esa época, sería del agrado de Charles—eso le recordó lo mucho que le gustaban los osos a Matthew, cuando era pequeño—. Entró al Temple, recorrió sus antiquísimos pasillos, que olían a humedad y olvido.

Dejó en la habitación más alta el juguete, sentado por donde supuso pudo estar la cama del pequeño Louis Charles.

¿Charles habrá tenido una segunda oportunidad como Jeanne, su doncella de Orleans? Suponía que no hacía daño creer un poco en ese inocente deseo.

Le dio un poco de pena ver al juguete en aquel lugar lúgubre, tan solo, como seguramente murió el último heredero reconocido de la principal familia real;

El pequeño Louis Charles, que fue rey en las sombras, un niño condenado en gruesos muros, que terminó muriendo sin su madre; considerado el último rey verdadero de Francia, y del que se guardaba su corazón como una reliquia sagrada, bajo el antiguo techo de una Basílica cerca de París.

Au revoir, mon petit Charles.

 

 

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Francis no recordaba mucho la estación que pasaba, ni si fueron años con inviernos crudos, esas cosas pasaron como memorias borrosas de meras nimiedades. Lo que sí recordaba con nitidez—a veces resonando al despertar de una pesadilla—, era el nombre de la época: La Terreur.

A principios de 1790, quizás unos años después del inicio de la década, aún estaba intentando encontrar qué hacer, y cómo sobrellevar la violencia de la revolución que menguaba la salud de su cuerpo; como toda nación, los conflictos internos representaban una inmensa carga en sus personas, por lo cual no era extraño que se sintiera enfermo.

Con todo lo que pasaba, había perdido comunicación con buena parte de las naciones cercanas, a lo mucho podía mantenerse medianamente al tanto de las presiones extranjeras—como la posición hostil de Prusia—. Así que intentó mantenerse entero mentalmente, lo cual era agotador. El vivir con los Sanson, profundizó los terrores que sentía, y lo hacía a veces invitado de honor en las muchas ejecuciones.

También le permitió ser alguien cercano a la cabeza de la oscura época, el "Rey" del Terror Rojo: Maximilien Robespierre, con quien la familia de ejecutores tuvo una estrecha y continua relación—que para Francis—, estaba lejos de ser una amistad. En algún punto pensó en revelar su identidad al hombre que estaba como una de las cabezas del movimiento, hasta que vio las monstruosas medidas de la revolución, con la guillotina como símbolo, puestas en marcha, bajo nombres que le sonaban a cruel burla, como lo eran los comités de "Salvación" y "Seguridad"

Todo el que fuera "enemigo" de la revolución, marcharía por el patíbulo para ser degollado sin oportunidad a apelar a la casi olvidada piedad de quienes los mandaban a la muerte. Francia observaba con pasmoso miedo, como hasta aquellos inocentes que no hicieron nada en contra, pero culpables por no haber hecho tampoco nada a favor, de la revolución, se les condenaba.

¿Qué podría esperar él que estuvo hombro a hombro con la destrozada monarquía? Le cortaron la cabeza con toda seguridad, cuantas veces hiciera falta para implantar el Terror de manera profunda, lo suficientemente firme para que las generaciones venideras lo recordarán; entendía la decisión de Luis de salvarlo.

Era muy extraño que los Sanson, expertos en las artes de la muerte, fueran sus guardianes.

—Henry, ¿ser responsable de la muerte de cientos de personas no te afecta? —cuestionó al hombre, el mensajero de la muerte de la revolución.

—Lo hizo, pero mi padre me enseñó a olvidar mi propia inocencia —contestó con sus ojos oscuros perdidos, intentando encontrar sus pensamientos en sus blancas manos—. Tú, que eres la Francia misma, ¿se me otorgara el perdón? ¿Puedes otorgarlo tú?

—No lo sé, a pesar de no poder morir y llevar las memorias de estas tierras, soy como cualquier hombre —contestó Francis con pesar—. Pero quiero creer que sí; pudiste entregarme, y has decidido darme un lugar seguro —intentó reconfortar al verdugo de Francia.

"Su" verdugo, un cruel designio a un hombre inocente, título del que Francis nunca tuvo palabra.

—Has acompañada a los gobernantes de esta nación, tendrás que acompañar a quien lo sea, cuando llegue el tiempo en que se revele, no antes —fue la explicación del heredero de los Sanson.

La nación se había vuelto una jaula gigante, donde los revolucionarios eran en cierto grado los carceleros. También utilizaron herramientas económicas, como el secuestro del capital y recursos, evitando que estos salieran del territorio.

Día tras día, miles de personas pasaron por la guillotina; también se obligaría a la gente a volverse un recurso militar para enfrentar a los "enemigos", según la fuerza de la revolución lo dispusiera. Las tierras de aquellos ejecutados, quedarían confiscadas. Todas esas medidas, brutales sin duda, oprimían a la misma Francia para que no detuviera la revolución.

Mujeres gritando por su familia, niños que apenas dejaban la adolescencia, hombres de las raíces más humildes, Francis vio a todos esos miserables condenados por el mero hecho de haber querido vivir en tranquilidad, evitando involucrarse en la revolución, o por haber dicho algo incorrecto en el momento equivocado.

El Terror contrastaba con la disminución del poder de la iglesia, y la abolición de la esclavitud.

La evolución estaba lejos de los sueños casi ilusos de los pensadores ilustrados; fue un periodo sangriento, cruel y de caos. Francia peleaba contra sus enemigos externos—que veían la oportunidad de invadir por su debilidad interna, como Prusia—, mientras se sostenía en la guerra contra sí misma.

Francia vio como derrocaron a otro de los reyes que intento volver a regir Francia, mostrando que la gente ya no deseaba asociar el poder de la nación con una corona. Con esto, se formó una nueva república, recayendo su poder a cargo de la "Convención" institución responsable de la primera República, con ayuda del Comité de Salvación.

A pesar del miedo, el pueblo habitante de Vandea, inició una guerra para recuperar las viejas costumbres y sus reyes, esfuerzo infructuoso; la pequeña guerra fue reprimida de manera tan cruenta, que Francis estuvo de acuerdo cuando la denominaron asesinato, Genocidio.

A mediados de 1790, a pesar de la sorpresa propia y de Henry, llegó la caída de Robespierre, después de ejecutar a ultra radicales y Jacobinos—grupo con el que estuvo a cargo—; Maximilian, para su desgracia, se dejó enceguecer por la codicia tan seductora de la burguesía, instaurando él sus formas.

Francis acompañó a algunos de los Sanson en la ejecución del señor del Terror, cuando el creciente rechazo a Robespierre se hizo insostenible. Una muerta irónicamente cruel, cuando el principal impulsor del uso de la guillotina fue él.

¿Hacia dónde iría Francia? Se preguntó la nación cuando los que antes dirigían la revolución, ahora eran enemigos. Entre todo el caos, una institución bajo el nombre popular de la "Convención", estableció la "Constitución del año III": el primer intento de la división de poderes tuvo lugar, como las primeras raíces de lo que se conocería como la declaración de los derechos humanos.

El documento que intentaba levantar la República, fue rechazado y destrozado por una revuelta de una figura de la que Francis escuchó poco, probablemente porque los Sanson se mantuvieron al margen, aunque este hombre de relevancia militar no era un extraño: Napoleón Bonaparte hizo presencia, y tomó el poder sin sutileza.

Entonces el "Directorio" donde estaba distribuido el poder, fue disuelto y se instauró el consulado dirigido por Napoleón; se construyó una nueva Constitución, que sin tapujos puso el poder en manos del Consul Bonaparte.

Aunque el nombre de las instituciones en realidad era relativo, Francis vio el nacimiento del nuevo imperio, y los albores de las guerras que llevarían por Europa.

Armándose de valor y orgullo, se presentó ante el nuevo líder de su nación, con apoyo de los Sanson para convencer a Napoleón.

Caminó con elegancia a su encuentro con el señor del nuevo Imperio, esperando que sus nervios no se mostrarán bajo la mirada inquisitiva del emperador, quien podía percibir algo muy particular en Francis, muy diferente a lo humano.

—Francis Bonnefoy, amigo de los antiguos ejecutores de Francia —repitió con expresión indescifrable Napoleón, fijando sus ojos oscuros en los de Francis—. Ese nombre no me dice nada; como militar por naturaleza la información es de lo más valiosa para mí: ¿Quién eres y qué quieres?

Francis sostuvo la sobrecogedora mirada de Napoleón, quien si bien no portaba una corona u ostentaba su posición sobre un trono, no era necesario para saber que ese hombre era su nuevo "Rey".

—Suplico vea la verdad de lo que diré, porque puede sonar como un disparate. —Francis suspiró, y habló con su voz sedosa retumbando en la estancia—. Soy el alma absoluta de esta nación; llevo un nombre humano, pero soy la misma Francia encarnada en un cuerpo de apariencia humana.

Tras un silencio pesado que pareció durar minutos, la voz de Napoleón contestó a la declaración de Francia, retumbando en la estancia y hasta en la piel fría de sus manos.

—Lo sé, he visto tu rostro en los registros más antiguos de nuestra Francia, a lado de todos los Reyes —confesó con una sonrisa de quien sabe mucho más de lo que deja ver, casi una expresión complacida ante la sorpresa de Francis—. Te esperaba, Francia.

Ese era el final de su revolución. Aunque su gente volvería a levantarse después, creando la segunda república y dejando una nueva bandera que acompañó el reciente imperio, incluso símbolos como la "Doncella" Marianne, una figura ficticia que representa al pueblo.

Sin embargo, en los años venideros, Francis dirigiría junto a Napoleón las guerras del Imperio, apoderándose de muchos territorios de Europa.

Mientras tanto, veía a su nuevo "monarca" dar Fin a la Revolución; y se establecen sus cimientos de su separación definitiva con Escocia.

 


 

 

Recostado en la cama, mirando el techo a oscuras, Francia sintió a Ludwig acomodarse a su lado, estirando su brazo para descansar este sobre su cintura, indicando a Francis que se moviera para que pudiera abrazarlo.

Quiso mirar sobre su hombro el rostro, probablemente, rojo del alemán y comentar lo dulce del gesto, pero no quería molestarlo en ese momento, no cuando necesitaba más de lo que podría explicar el gesto.

Sonrió con vergüenza, agradeciendo que Ludwig sólo pudiera ver su cuello; un poco por sus decisiones de mantenerse oculto durante su revolución, y por otro lado, el tener que iniciar su polémico tiempo con Napoleón.

También no podía pensar en las náuseas que le acompañaba de todas las ejecuciones en que fue casi testigo preferente; igual se sentía cobarde de no haber dirigido la lucha, aunque en ese tiempo, todos podrían bien ser enemigos o aliados según los empujara la violencia de la época.

—Siento tanto tener que recibirte con estos relatos nada agradables después de haberte divertido tanto en el Oktoberfest —negó con la cabeza suavemente, rechazando un poco de pan tostado de manos de Alemania, no podía comer nada esa mañana, no con los recuerdos del Terror frescos.

—No, no es nada desagradable —le sonrió, e igual le sirvió el pan, forzando a Francia a desayunar—. Siento que con esto veo más de ti. —Afirmó pasando su mano por su cabeza, acomodando sus cabellos desordenados por una reciente ducha—. Y desagradable fue lo que viviste y presenciaste en aquella guerra...todavía, dispuesto escucharme.

—No podía dejarte solo —rio suavemente, cortando su frase; el decir que le parecía como un niño solo y perdido de la guerra, hubiera parecido una broma cruel, quizás hiriente—. Bon, podría decirse que no me gusta recordar la época de la guillotina. Es curioso que del Terror nacieran cosas tan significativas como los derechos humanos...cosas buenas salieron de eso.

—Napoleón suena como alguien cercano, por la forma en que hablas de él —murmuró con sus labios en los cabellos de Francia, escuchando un sonido de asentimiento de Francis.

—Levantó a una Francia caída, como un Imperio, y fue uno de mis grandes amigos —resopló buscando las palabras para describir su amistad—. Supongo que fue alguien que admiraba, y estaba cansado de ser el atacado —justificó a Alemania sus decisiones de ese tiempo, o intentó hacerlo; que estaba intentando entenderse más a sí mismo—. Es un poco difícil hablar del fin de esa época, porque aún estimo la memoria de Napoleón.

Sintió a Alemania removerse a sus espaldas, y con movimientos rígidos, un acercamiento tímido, recargó su mentón en el hueco del cuello y el hombro de Francia, manteniendo su agarre. Francis, por su puesto, sintió ganas de avergonzar al poderoso Alemania, pero se contuvo de decir algún comentario burlón e innecesario que arruinara el momento.

—También en esa época, Napoleón y yo, a Sacro Imperio... —dudó en completar la frase, y apretó los labios desistiendo.

—Disolvieron a Sacro Imperio Romano, lo sé —reconoció con calma, como toda nación conocía sus raíces: sabía perfectamente sus orígenes, como los de su hermano—. Es parte de mí, pero...todos hemos hecho cosas que nos hacen sentir remordimiento; tarde o temprano Sacro Imperio iba a desaparecer.

—Es una parte de ti, y yo asesine esa parte. No eres el único que hizo cosas malas, Ludwig —remarcó la palabra "malas" intentando dejar su punto claro. Agradeció que Alemania no lo estuviera encarando, no podría mantener su despreocupada seguridad, aunque tampoco estaba siendo muy exitoso en eso—. También fui codicioso hasta ganarme el rencor de otros.

—Y yo dirigí dos guerras —agregó con firmeza, no dando lugar a Francis de describir que tan malo fue—. Sí eso te hace sentir mejor, ambos hemos sido de lo peor, como toda nación.

—Bueno, pero debes reconocer que fui encantador siendo lo peor, mon chéri Lud —bromeó para disolver la tensión, y esta vez se atrevió a girarse en la cama, y abrazar a Alemania, esta vez ocultando el su rostro el fuerte hombro de la nación más joven—. Debo admitir que moleste bastante a Austria y su encantador rostro.

Ludwig torció los labios, no disfrutando mucha las bromas de Francia.

Al día siguiente, Francia fue a la juguetería donde compró el presente para el desgraciado Louis Charles, y con ayuda de la opinión de Ludwig, compró un oso de felpa de buen tamaño, que estaba seguro iba a ser un regalo perfecto para otro de sus pequeños.

Ludwig no cuestionó las razones del repentino regalo para Canadá, pero estaba contento mientras eso hiciera feliz a Francia.

—Bueno, estoy seguro que le gustara mucho nuestro regalo —afirmó Francia preparando el obsequio para envío por correo, sentado en su sillón, mientras Alemania ponía café sobre la mesa más cercana.

Cuando Alemania dejó las tazas en la mesa, y se acercó hacia donde estaba Francia sentado, este se levantó de manera repentina, jalándolo del cuello de su camisa para acercarlo, y aprovechar la sorpresa del hombre para iniciar un beso sugestivo, que se tornó más profundo a manos del galo.

—Mi agradecimiento por la ayuda, cher —dijo con una evidente sonrisa de disfrute de la expresión confusa y enrojecida de Alemania. Francis dio una palmada al amplio pecho de Ludwig, y se alejó con un guiño a la cocina a buscar algo con que acompañar el café.

Las razones del regalo eran un secreto para Alemania, aunque era simple: Francia no iba a dejar que sus dudas generen arrepentimientos después, como el no demostrar su aprecio y cariño por las personas consideraba familia, tal como no hizo con sus aliados, con Napoleón, o con el pequeño Charles.

Unos días después, un enorme oso blanco de felpa era admirado por un maravillado Matthew, que leía la pequeña nota escrita por Francia: "Con cariño para mi pequeño Matthew; porque nunca está demás un regalo".

 

 

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El trabajo en los últimos días se había vuelto interminable, y las quejas constantes de eso por parte de Francis—sin mencionar la presión de los miembros de la UE por el Brexit de Inglaterra—, terminaron por empujar a Ludwig a aceptar la insistencia de su compañero, y pareja sentimental con quien no llevaba mucho más de un par de meses saliendo, en pasar un fin de semana juntos.

Ese era el primer fin de semana que pasaban juntos, en especial por el pudor de Alemania ante la idea de pasar la noche junto a Francia, en la misma cama, y conociendo lo abierto que era el galo con sus intenciones, le asustaba un poco lo que eso pudiera conllevar. No, no era alguien ajeno e ignorante de esos temas, solamente no podía conciliarse con sus deseos de la manera en que Francis lo hacía.

Aunque Francia, teniendo unos siglos más y conocedor de cómo usar sus atributos atractivos, terminó por no dejarlo con la opción de negarse a que pasaran un fin de semana juntos.

«—Mon amour, vamos, ya no somos unos territorios de unas cuantas décadas para ir despacio y con indirectas.» Era la queja frecuente de Francis, quien sólo lograba ofuscarlo para hacerlo incapaz de responder, atinando únicamente a sonrojarse.

Para su sorpresa, Francis ofreció la oportunidad de que fuera en casa de Alemania—para que el germano se sintiera cómodo—, y de pasó pudieran hacer cosas que fueran del agrado de Ludwig; el francés tenía sus intenciones muy claras.

Disfrutaron las magníficas obras de la isla Museumsinsel. Sorprendiendo a Francis que tantos lugares enfocados a las artes estuvieran juntos en esa pequeña isla de Berlín.

—Aun así, cuando vengo aquí, recuerdo lo magnifico que es Louvre —comentó Alemania, mientras explicaba un poco de un par de pinturas en una pequeña exhibición de los museos.

Ludwig no pudo evitar reprenderse a sí mismo por el comentario, Louvre era un lugar que estuvo a punto de destrozar en la guerra. No era raro que se sintiera culpable por sus frecuentes recuerdos de esa época.

Para su sorpresa, Francia sólo sonrió de manera cariñosa mostrándose halagado por el comentario.

Admiraron la vasta colección de esculturas de la Gliptoteca en Múnich; Francia escuchó las explicaciones generosas en detalle de la historia de las obras, en particular de las romanas y griegas, logrando conversaciones extensas con los también completos conocimientos sobre arte del francés.

Aun siendo bastante temprano, porque las actividades fueron planeadas de manera casi meticulosa por Ludwig, decidieron caminar por un parque antes de decidir qué harían para almorzar.

Durante la caminata, se atravesaron con un perro de pelaje ámbar que traía colgando de su collar una correa rota, clara evidencia de que se había escapado de su dueño. Alemania se puso de rodillas con cautela frente al perro.

—Creo que tiene intenciones de escapar, Lud —comentó a sus espaldas Francia un poco ansioso por el tamaño del perro; no era tan bueno con los animales como otras naciones, ni siquiera habiendo criado a Canadá que mantenía una amistad con un oso polar.

El otro hombre se mantuvo sereno y acercó una mano manteniendo su distancia con el animal, que la olfateo, y pareciendo contento con su inspección, se sentó pegando su cabeza a la mano alzada de Alemania.

Como rara vez hacía, Ludwig sonrió e manera relajada, y Francia decidiendo que quería admirar esa expresión, se puso en cuclillas junto a Alemania, para acercar su mano con cuidado para acariciar el animal.

—Eres bastante querido por los perros, cher —comentó un poco indignado de que el can prefiriera a Alemania—. ¡Oh! Viene un hombre corriendo hacia aquí —indicó Francis levantando la cabeza.

—Probablemente está buscándote amigo —Alemania ensanchó su sonrisa, y acarició con entusiasmo el perro.

Aquella expresión alegre que quedó en Alemania, era suficiente para Francis en ese día. Se sintió incluso culpable de presionar a alguien que poseía la nobleza suficiente para ser querido por los animales, a satisfacer sus caprichos. Pensó también lo doloroso que debió ser la segunda guerra para Ludwig, si este no podía lastimar ni un animal.

Cuando regresaron a casa de Alemania y comieron algo—con muchas variedades de pan—, Francis habló con inusual timidez, más bien reticencia, a Ludwig mientras este limpiaba la mesa y él lavaba algunos platos.

Cher...yo —se aclaró la garganta para ganar tiempo y decir lo que pensaba con más decisión, a pesar de que eso no era lo que quería, pero tampoco quería imponerse a lo que Alemania prefiriera—, si sientes que es mucho que me quede aquí estos días, podemos pensarlo en otra ocasión, oui?

El resonar de los platos y cosas siendo movidas por Ludwig se detuvo de manera abrupta, Francia se volteó preocupado y se alejó del fregadero para ver la reacción de Alemania, quien lucía preocupado, casi angustiado.

—¿Te he molestado de alguna manera? —Alemania parecía debatirse entre acercarse a donde estaba Francis, o quedarse mirándolo desde el otro lado del amplio comedor—. ¿O...incomodado?

Francia frunció el ceño, y negó suavemente con su cabeza, para sonreír intentando calmar a Ludwig.

Non, non —repitió para interrumpir lo que estaba seguro podía ser una disculpa del otro—. La verdad es que te noto incomodo con la idea, Ludwig —suspiró triste, cruzándose de brazos.

—Lo que pasa es que...no es así, es sólo que —cubrió con su mano su boca, buscando pensar en una respuesta adecuada y que no molestara a Francia—. No soy muy bueno con estas cosas, las relaciones podría decirse; no es la primera vez...pero sí eres la primera persona que me importa de esta manera desde hace mucho.

El rostro de Ludwig estaba rojo hasta las orejas, y agradecía Francis poder ver eso, porque creía que era de lo más adorable.

—Siento haberte hecho sentir presionado, podemos ir a tu ritmo —ofreció con sinceridad el francés, dejando el trapo con el que secó sus manos de lado para acercarse a Alemania—. Nos sobra tiempo —acarició la mejilla del avergonzado Alemania, que entorno sus ojos en los de Francia enrojeciendo aún más, si era posible—. Te quiero, y con lo que me has mostrado hoy, me doy por satisfecho.

Alemania parecía impresionado de la prudente respuesta de Francia, conocido como impulsivo en cosas como la intimidad; eso le demostraba que ambos vivían juzgados por una reputación bastante torcida ante las otras naciones.

Nein, realmente me gustaría estar contigo, de esa forma —especificó aclarando su garganta, poniendo sus amplias manos en los hombros de un sonriente Francia que apreció sonrojarse un poco con esa inesperada confesión—. Sólo que no sé cómo, o cuando es adecuado.

—Definitivamente no eres bueno con el romance, amour —miró divertido al germano que pareció dudar en su agarre con el comentario de Francis—. Pero a mí me gusta también eso de ti. Considerando que te enfrentas con ese aplomo a todos los comentarios desagradables de Inglaterra, eres muy dulce, non? —sostuvo de manera cariñosa el rostro de Ludwig.

Frankreich, lo digo en serio —habló reafirmando su agarre en los hombros del francés, que se vio descolocado por la determinación en los ojos azules de Ludwig.

Francis recuperó su compostura, y besó en la mejilla a Alemania, que lo abrazó un poco tenso en respuesta al afectuoso gesto. Francia jaló con gentileza del brazo a Ludwig hacia la habitación sin agregar más comentarios; conocía esa casa, por un pasado del que no querían recordar, así que no preguntó dónde estaba la habitación principal, la enorme casa no había cambiado mucho.

Sintió la mano firme de Alemania sobre su hombro cuando entraron a la habitación, afirmando su decisión de llevar su relación a esa etapa.

No eran adolescentes para sentir nervios, mucho menos para mirarse indecisos de como continuar, pero no llevaban mucho tiempo en ese tipo de relación. Francis con unos siglos más, podía afrontar las relaciones más directas, y a veces preferir un preámbulo breve. Ludwig por su parte, no tenía tan vasta experiencia como Francis, o quizás porque era su primera vez con el galo, que la intención de llegar más allá que los gestos afectuosos que habían compartido hasta el momento, era sobrecogedora.

—Tocar, y ser tocado cuanto uno quiera —comenzó Francia, abrazando del cuello a Alemania, y animando esas manos dudosas a pasar de sus hombros a su cintura con besos fugaces por la clavícula de Alemania—. Eso es lo que debemos hacer, hasta que estemos satisfechos, o queramos más —susurró contra el cuello del alemán que contuvo el aliento ante los labios tibios de Francis contra su piel.

Con un poco de valor, enredo una de sus manos en los cabellos de Francis, provocando un estremecimiento agradable en el mayor, que tomando eso como buena señal, uso su peso para hacer que ambos cayeron en la cama cercana, riendo cuando Alemania se sostuvo en sus ante brazos, revisando no haber lastimado a Francia al caer sobre él.

Oui, oui —siguió riendo—, eres más grande, pero hace falta más que una gran nación para romperme. De hecho, eso me gustaría, ¿Qué piensas, mon amour? —sonrió coqueto, disfrutando el cuello y rostro ruborizado de Alemania, que hasta se vio molesto con la burla de Francia.

Francis sabía que Ludwig era un hombre que se adaptaba a las situaciones, así que sólo hacía falta el impulso correcto y darle un poco de confianza.

Bon —respiró hondo relajándose, y abrazando por los hombros a Ludwig, para hablar en el oído de este—. Puedes hacer lo que quieras, comenzar por quitarnos la ropa, por ejemplo; un beso es un buen inicio, ¿o tampoco eres muy bueno besando? ¿Mmh? —retó, esperando que eso lo provocara un poco.

—Conozco lo suficiente, Francis —fue la respuesta firme de Alemania en un expresión que Francia no pudo descifrar, ni intentar en hacerlo, cuando Ludwig lo beso con sorprendente demanda, contrastando con el toque gentil, casi efímero, de Alemania bajó su camisa.

En definitiva, Ludwig era un hombre de contrastes que Francia apenas iba descifrando, y disfrutaba enormemente en hacerlo. Esta vez fue quien beso a la fornida nación encima de él marcando un ritmo más cadencioso en el roce de los labios, para al final sonreír con tranquilidad, buscando que el otro viera que confiaba en él, aunque a veces ni el mismo germano lo hiciera.

—Me gustan las noches largas, y los amantes gentiles —confesó ante la súbita duda de cómo seguir a Ludwig—. En general soy muy sensible al tacto, así que a pesar de mi fama, no me gustan las cosas tan rudas; no a menos que la situación se presente, y sea precisamente lo que busquemos para la ocasión, Allemagne—explicó sin pudor, y disfrutó del sonrojo que eso provocó en su amante.

—Eres bastante diferente a lo que los otros países dicen —agregó sintiéndose más cómodo y tranquilo con la absoluta confianza de Francis de encontrarse en sus manos.

—Lo mismo digo, Monsieur.

El trepidar de su pulso los hizo acelerar el ritmo notablemente acompasado con el que inicio Alemania las caricias; explorando con manos marcadas por las cicatrices de siglos, recorrió las marcas también del tiempo en la piel del francés, que sin pudor gimió, pidió, y jadeo según esas manos recorrieran los puntos correctos.

Francis dejó que los roces fueran con la dulzura, a veces rudeza inconsciente del alemán. Le indicó las partes de su cuerpo que debían manejarse con cuidado, como aquellos puntos que podía estimular sin cuidado. Le pareció adorable la duda de Alemania de iniciar los preparativos para continuar: serían inmortales, pero eran perfectamente capaces de salir heridos.

Francis muchas veces guio la mano de Ludwig entre sus muslos cuando este examinaba su rostro, intentando dilucidar si lo estaba lastimando, cabe decir que esas precauciones eran halagadoras, pero Francia ya se sentía impaciente.

—Y lo vuelvo a decir, he soportado dos revoluciones y no sé cuántas guerras: haz lo que quieras —pidió Francia con un respingo cuando al fin Alemania se decidió a continuar la preparación.

Sus comentarios descarados y altaneros, quedaron relegados cuando su voz se entrecorto al sentir a Ludwig demostrar con caricias más expertas, que en efecto, no era forastero de esa clase de actos. Sintió los labios de Ludwig ahogar un gemido grave suyo. Pasó su mano por el abdomen del germano cuando este se alejó un poco para prepararse él, permitiendo a Francia admirar sin recato lo prolijo e imponente de la encarnación de esa nación.

A veces Ludwig se preguntaba, y era con frecuencia, ¿Cómo es que no le temía? En algún punto de su historia, Francis lo miró con pavor; como si frente a él no hubiera más que una bestia alimentándose de la guerra—y no lo culpaba, nunca le dijo las cosa que hizo para proteger a Francia en la ocupación—. Ahora, esa nación que tuvo su corazón lacerado por su propias manos años atrás, lo miraba con adoración, con cariño, y como si fuera absolutamente inocente.

Estaba lejos de perdonarse, pero si la persona que lo amaba lo hacía, creía que en algún momento, quizás en una época próxima, el mismo pudiera otorgarse el idilio del perdón, y recibir sin remordimiento el amor que se le confería incondicional.

—No sé qué estés pensando, pero estoy feliz de que estemos así —pudo formular la frase Francis, respirando de manera entrecortada cuando Alemania se adentró en su cuerpo.

—¿Algunas vez me has temido? —se atrevió a preguntar, abrazando con fuerza el cuerpo cálido en sus brazos.

Oui, pero sé que jamás podría temerte de nuevo —aseguró, besando la mejilla y comisura de los labios del otro, para recibir aquel gesto mucho más profundo y ansioso de parte de Alemania.

Aquel, en ese momento, era un mundo suyo, lejos de toda nación y guerra; un lugar donde jamás volverían a pelear con el precio de la sangre de inocentes, o a ser juzgados como monstruos invencibles, armas bélicas inmortales de los reyes. No, en ese momento sólo existían ellos, como siempre desearon, no como países, sino como su naturaleza humana que siempre debían reprimir.

Muchas veces, sólo necesitaban recordar ser amados, rememorar que también eran tan humanos como la gente que protegían.

Chapter Text

Como toda gran nación, que alguna vez ostento la supremacía en poder territorial, el conquistar y apropiarse de tierras, nombradas "colonias", sería el origen de los conflictos entre muchos de ellos, al punto de ser, incluso, la base de pequeñas guerras.

Para sus líderes, el controlar a vulnerables y jóvenes territorios fue un símbolo de poder en muchos ámbitos, como era el acceso a recursos en apariencia ilimitados. En el caso de Francia, el usar sin miramientos su economía para sostener su ejército, en busca de mantener los territorios, fue también causa de muchas de las carencias para su gente; se desperdiciaron más recursos de lo debido en los conflictos derivados por la continua lucha con otras naciones por las colonias. Por supuesto, todo eso fue únicamente una parte que darían paso a la Revolución.

Cabe decir, que su época de colonizados tampoco fue un tiempo de orgullo para Francis.

Muchas de sus colonias se asentaron primero en África, donde sus jefes le obligaron a mancillar a eso territorios para su obediencia: aborrecibles eran las órdenes, pero como toda nación, sus acciones estaban en función de los humanos sentados en los tronos, en la cima del poder; era un hecho peculiar que un mortal dirigiera el destino de alguien que era forastero del concepto tan absoluto de la muerte.

Las batallas por las colonias, fueron algo que marcó ese resentimiento mutuo con Arthur, y que le hizo pensar que su relación con Allistor aún podía volver con la devoción de cuando eran jóvenes, dado que Escocia aún lo apoyó y buscó, a pesar de haberlo despreciado durante su revolución en varias ocasiones. No obstante, el distanciamiento era evidente, Francia apenas sentía animo de mantener ese aspecto de su vida personal, con su país estabilizándose, y ganando poder, aunque suene cruel, el amor que había por Allistor, quedó probablemente enterrado en la guerra de cien años, pero aún siguieron intentando creer que aún podía existir algo.

Una de las pocas alegrías que tuvo durante la turbulencia de esos años, previos a la caída de Luis XVI, fue aquello que le hizo recordar lo mucho que envidio a Antonieta-y al fallecido rey de hierro-: la posibilidad de crear, de tener una familia, derecho casi inherente en los humanos, más no para las naciones, quienes a veces terminaban sólo teniéndose a ellos mismos.

Sin embargo él, como otros imperios, fue padre de alguna manera. El tener colonias bajo su dominio, abría la vía para obtener beneficios y recursos de ellas, o también brindaba la opción de educar esos territorios, cuidarlos como si fueran sus hijos. Con la forma en que sus jefes iban decidiendo cómo usarían a las colonias, a él como nación se le asignó la labor de mantenerlas dóciles, y encargarse de ellas; ahí pudo ver la oportunidad de ser lo que nunca podría ser, al menos no en términos humanos: un padre.

Cometió muchos errores protegiendo a sus pequeños, muchas veces tuvo que mirar hacia otro lado para no ver como su nación iba devorando sin recato lo que las colonias podían ofrecer, tal como era el inhumano trato a los territorios de África, donde podía ver los mismos indicios de los sectores oprimidos, como los que se alzaron en la revolución. Aceptó, con tristeza, el saber el rumbo que aquello tomaría.

Cuando pudo tener una "familia", ser tan cercano al concepto de "padre" o "madre" que tanto envidió de sus reyes, fue cuando tuvo bajo su crianza a Canadá, su adorado Matthieu. A esa colonia la cuidó como si fuera un niño normal, muchas veces fueron en donde en vez de decirle a Canadá lo que sus jefes obtenían de su territorio, decidió guardar silencio. Quería verlo feliz, lejos de lo que él, como nación, llevaba viviendo siglos y siglos, aunque era consciente de que tarde o temprano tendría que aprender por sí mismo.

Francis siempre estuvo en una encrucijada con las decisiones de sus jefes, en cuanto al trato de las colonias. ¿Cómo podían impulsar la caída de las monarquías y la declaración de algo llamado derechos humanos, si eran unos tiranos tras el telón?

Y la dulce colonia era sumamente inteligente, dedujo siempre, más o menos, el papel de él como territorio de otra nación; por supuesto, le quedaba claro que Francia, como persona y padre, se quedó con el anhelo de poder cuidar a todos sus territorios como hubiese querido, que Francis como persona era diferente, a las decisiones que sus jefes le obligaban a tomar como nación. Por eso siempre amó a Francia como familia, y aprendió con ahínco muchas de las costumbres, y se apropió incluso del idioma.

Muchas cosas y disculpas se quedaron tras labios cerrados para Francis, quien tuvo que enfrentarse nuevamente a Inglaterra, con su propio territorio en los albores de su revolución, y destinando recursos de manera equivocada a su ejército con tal de mantener su poder territorial, las consecuencias se hicieron evidentes: su estabilidad se rompió, perdiendo a Matthieu, quien fuere arrebatado por Inglaterra.

Quizás eso fue lo que hizo tomar como suyas las metas de Napoleón: si le habían quitado, él también lo haría. Y debía admitir, con notable vergüenza, que las razones porque ayudó a otra de sus pérdidas colonias, Alfred, conocido como Trece colonias al estar bajo el mando de Inglaterra, fue-en parte, uno de sus objetivos-herir a Arthur igual, de la manera más cruel posible: le dio todo lo que necesitaba al territorio para que se independizara, aun estando en la ruina.

Por supuesto que estimaba a Alfred, pero no podía perdonar a Inglaterra. No obstante, le sorprendió el escuchar que su pequeño Matthieu apoyó a Arthur en su enfrentamiento contra Trece colonias, y es que era conocedor del distante y algo impersonal trato que él británico le daba a Canadá, muy diferente al entusiasta cuidado que brindó a Estados Unidos. Una parte de él, aceptó el hecho de las acciones de Canadá como un castigo, por usar a la preciada colonia de Gran Bretaña como vía de venganza. Años después, entendería las razones de Matthew, quien personalmente le explicaría: "Lo siento mucho. Temía no estar listo aún para poder sostenerme como ustedes y seguir solo. Siempre te he querido y extrañado, ¿sabes, papá?"

Recordaba que abrazó a su querido "hijo", y le dijo con una sonrisa: "¿Por qué te disculpas? Has crecido mucho por tus decisiones, y sé que pronto serás una nación que se sostendrá por sí misma."

Rememoró entonces, al ver a ese peculiar oso polar acompañar a Canadá, lo mucho que le gustaba obsequiar juguetes a Matthew.

 


 

 

 

Esa semana tenían unos días libres, a conveniencia de tener unas agendas muchas veces con compromisos comunes, casi sincronizados en sus actividades. Que a Francis le pareció de lo más divertido el hecho de que la jefa de Alemania, le pidió como favor que Ludwig realmente se tomará esos días de descanso, como lo que eran, de descanso.

Así que lo que hizo, también buscando alejarse de Inglaterra y sus continuas indirectas a Alemania en sus juntas, fue irse una semana a Canadá, con motivo de celebrar el cumpleaños de su antigua colonia. Las razones de Francis de hacerlo de esa manera, era para evitar conflictos.

—¿No pudimos venir un día antes? —comentó algo incomodó Ludwig, cargando su equipaje y una maleta con obsequios de ambos para Matthew. En otras circunstancias, Francis habría accedido, o insistido de manera sutil, que el alemán cargará su equipaje.

Non, si nos quedamos en tu casa de Berlín o en París, vas a terminar haciéndonos trabajar —Sonrió casi triunfal de no haber tenido que hacer mucha labor de convencimiento con esa nación tan adicta al trabajo. Salieron del aeropuerto, y Francis fue quien pidió un taxi, porque al final si terminó dándole una de sus maletas a Alemania, quien se preguntaba porque era necesaria tanta ropa.

—Además, no sé si Matthew esté cómodo con la idea, siempre has venido tú solo a su cumpleaños —confesó, ruborizándose un poco cuando Francia pareció burlarse de su dilema.

—Piensas demasiado —agregó sonriente—. Si Matthieu le adora, Monsieur.

—No estoy muy seguro, Francis —se acomodó en el asiento del Taxi, junto a Francia, que lo miró un poco preocupado por lo tensó que se veía Ludwig-. Creo que lo celebra como algo más familiar.

—De verdad que le agradas, y te respeta —aclaró con su peculiar acento, marcando sus palabras para darles mayor paso—. Por eso luego se queda cuando nos visita. Si alguien no le agrada, lo evita. El único que se preocupa de cosas pasadas eres tú, Louis —guiñó un ojo cuando lo llamó por la forma francesa de su nombre, provocando que ese intimidante hombre se sonrojara un poco—. Y bueno, tienes razón que normalmente vengo un día antes, y que quedó a lo mucho una noche en estas fechas, pero es lo mejor, para evitarnos problemas.

Ludwig entornó los ojos, y miró fijo el perfil de Francis antes de preguntar en voz grave—: ¿Problemas?

—¿Recuerdas que Alfred y Matthieu son casi como hermanos? Sin dejar de lado que Arthur también le tiene afecto —decidió confesar, ahora siendo el quien lucía incómodo—. Bon, ellos generalmente lo ignoran y suelen olvidar su cumpleaños, acordándose, sin falta, por la tarde del mismo día; y entonces te imaginaras —Se encogió de hombros con expresión dramática—: Arthur y Alfred llegan con algo para celebrar, esperando que no parezca que lo han olvidado. Y de ninguna forma es buena idea cruzarme con ellos como están las cosas, sólo de pensar que nos ven a los dos...me da escalofríos, o dolor de cabeza —Pasó su mano por sus curvos cabellos, simulando que se soba las sienes.

Ja —aceptó relativamente satisfecho la explicación de Francia—. Supongo que nos iremos antes de que caiga la tarde —concluyó, no muy contento con la idea de cruzarse con Inglaterra, quien de por sí estaba siendo muy conflictivo respecto a con los temas de la Unión.

Oui, así que puedes estar tranquilo, no pasará de esta semana. Además mon petite Matthieu es un gran anfitrión —añadió para cambiar de tema, y olvidar la amarga expresión con que lo miró Estados Unidos cuando fue por Canadá—. ¿No te agrada Canadá? —preguntó súbitamente, con expresión preocupada.

Nein, no es eso —negó buscando esbozar su mejor sonrisa para calmar a Francia—. Es sólo que me sorprende que...me estime.

—Eres un hombre maravilloso, y te quitas demasiado crédito a tu forma de ser —explicó en voz baja, en un murmullo cerca de la mejilla de Alemania, buscando que su conversación se mantuviera entre ellos, dentro de lo posible en ese taxi—. Eres lo suficientemente bueno para ser querido y estimado. Lo que pasó en ese tiempo, no me canso de decirlo, es algo que debes dejar.

Entonces Ludwig se permitió relajarse un poco, y sus labios se curvaron en una expresión cariñosa.

—Se supone que el que debería estar animándote, soy yo —Se cruzó de brazos, dejando que su espalda descanse completamente en el respaldo.

—Es de ambas formas, cher —Francia también se recargó, imitando a Alemania.

Bajaron con algo de dificultad por la cantidad de maletas, para ser recibidos por un entusiasmado Matthew, que les ayudó con lo que pudo, apenas terminó de abrazar a Francia y saludar de mano a Alemania—gesto que hizo reír al galo por esa peculiar formalidad—. Alemania vio con interés al oso polar que los miró apenas entraron en la sala de estar.

—Eh...bueno, les arregle una habitación para los dos, de las más grandes, espero este bien —dijo Canadá con una semblante tímido, abriendo una puerta oscura de madera, para darles paso—. Si gustan que les ofrezca algo diferente... —acomodó sus lentes, esperando el veredicto de las naciones europeas.

C'estparfait!exclamó Francis, abrazando con fuerza a Matthew, que se animó con la reacción del mayor.

Ja, Ichdankedir —agradeció Alemania un poco retraído por el momento "familiar" entre Francia y Matthew, pero Canadá le sonrió, entusiasmado con el resultado de sus preparativos para sus invitados—. Sentimos las molestias.

—Está bien, los dejo para que descansen —Se dirigió a la puerta, cerrándola un poco para agregar antes de salir de la habitación—. Sí quieren salir, tengo varios lugares que podrían gustarle señor Alemania, y algunos ni siquiera los conoces, papa —dijo con más confianza, luciendo más cómodo que cuando los recibió; Alemania siempre le imponía un poco.

Francia sentía que eso era lo que necesitaban, estar alejados de los problemas un poco de tiempo. Tal vez le ayudaría a pensar cómo resolver sus conflictos con algunas naciones; a pesar de que no le decía todo a Ludwig, por la cantidad de estrés que cargaba el alemán, el también ya estaba un poco desgastado con el peso que representaba la EU; se sentía casi harto de la forma en que algunas naciones se estaban comportando con ellos. Pero tenía que poner fin en algún momento a ese círculo vicioso de rencor y peleas que tenía con Inglaterra

¿Cuál era el problema de querer ser feliz? ¿O de que quisiera estar al lado de Alemania?

Muchas veces, pensó, cuánto le hubiera gustado ser tan humano como la gente que tenía vidas mortales.

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Su relación con Allistor permaneció con esa distancia que ya no podían acortar, aunque está vez por intención de Francia. El galo sabía de los futuros planes de Napoleón, a quien los comités y encargados de la revolución le estaban cediendo absoluto poder. Entendía los deseos del nuevo regente de su nación.

A principio del siglo, con las ideas nacidas de la revolución, Napoleón le explicó con orgullo los principios de ese nuevo imperio:

—Francia, nuestra nación, ha pasado demasiado tiempo a la sombra de las monarquías, de las viejas coronas y esas cadenas de lo que ya se está cayendo —El hombre de cabello oscuro deslizó su mano sobre el mapa, ante la atenta mirada de su nación—. Deseo llevar este nuevo escenario que la revolución nos ha traído; quiero levantar a Francia como un imperio, aún sobre otros, sin importar si fueron viejos amigos y enemigos.

No tenía tiempo para pensar en aspectos personales, en especial por la opresión que sentía su nuevo mandatario con el poder que Sacro Imperio iba ganando de manera pasmosa. Pero su ansia de sentirse acompañado, como cualquier humano, le empujaban a aceptar las invitaciones de Escocia.

—Entiendo que vienes de aún sufrir las heridas de tu revolución —le dijo Allistor observando el temple de Francia, que aceptó pasar la tarde con él, mientras caminaban por el Sena—. Pero no hemos hablado en más de una década, y parece ser que tu mente está en otro lado.

—He escuchado que otra vez Arthur esta ganando dominio sobre ti —comentó Francis, queriendo desviar el tema, y sobresaltándose al darse cuenta de lo que había dicho, algo que no le concernía a él comentar.

Escocia frunció el ceño, abrió los ojos entre sorpresa y clara ofensa dibujada en su rostro.

—¡No es como si yo lo quisiera, Francis! —gruñó furioso ante las palabras de su, ¿amante?, ya no estaba seguro—. ¿Qué tiene que ver con nosotros? ¿Es por eso que ya no te has mostrado tan indiferente? I'm the one who doesn't want anything with England, Ye know?!

—Non! —Intentó tocar el rostro de Allistor para calmarlo, pero este se alejó con un paso—. No es eso, es sólo que... Hay muchas cosas en mi cabeza, y...

Escocia lo miró como si sus explicaciones fueran inútiles, y sin querer descargar su furia con Francia, se dio la media vuelta para irse. Francis observó sintiéndose cobarde de no querer disculparse, o confesar que mucha de su distancia tenía que ver con los planes de Napoleón. Pero tenía que levantar a Francia, aún a costa de cosas importantes para él.

Haría lo necesario.

Al principio su nación era un caos, que comenzó a tomar forma en manos de Napoleón; nombrado, casi por decisión propia, como legislativo y primer cónsul. Las decisiones políticas tomadas, inclinaban la balanza del control absoluto de Francia en el nuevo gobernante: una dictadura disfrazada, que se engalanaban los principios de la revolución.

En el alba de 1800, el nuevo líder de Francis tenía el poder absoluto y en sus manos una nueva constitución que en vez de darle una corona, le daba un imperio: nacía Napoleón I, emperador de Francia, consagrado incluso por las determinantes palabras del Papa.

Francis estaba extasiado, casi incrédulo de todo lo que estaba pasando, de los cambios que se estaban suscitando en costumbres y leyes de siglos—tales como quitar el poderío que la iglesia tenía, o la educación para toda la población—; tiempo que no tuvo de sentirse agotado, tenían que reconstruir a la nación desde sus cimientos internos.

—Francis, nuestro imperio ha nacido, Francia se ha vuelto a erguir. Pero no podemos seguir en una Europa sin cambios: tenemos que llevar la revolución y la grandeza de Francia fuera de nuestras fronteras —Napoleón, como siempre, estratega magnifico, cautivo a la personificación de Francia con sus planes.

Pero aún estaban sufriendo los estragos de las guerras, y la opresión de los conflictos que venían llevando con varias de las potencias Europeas, como fue las continuas batallas con quien estimaba de manera profunda, Gilbert, quien portaba el alma de Prusia.

Europa se dividía en varios grupos con diferentes voces, pero el ambiente era claro: las reformas napoleónicas eran vistas como el cambio necesario, el que incluso, su gran amigo Antonio veía con buenos ojos. Cabe decir, que España se mantuvo con recelo por sus suposiciones de las verdaderas intenciones del emperador Francés.

—Lo siento Francis, no puedo aceptar todo lo que intenta tu líder —dijo con una sonrisa amable España, mientras el país galo, recibido en una visita de cortesía por su amigo—. Varios de los intelectuales ansían implementar las reformas, pero...se sienten inquietos con su poder militar.

Francis enrojeció un poco con lo que insinuaba Antonio, pero reconocía en el fondo, que las aspiraciones del emperador iban más allá de la búsqueda de la transformación de Europa. Uno de sus primeros éxitos militares, fue el que sostuvieron contra Austria y Rusia.

Inglaterra también apareció nuevamente en ese episodio de su vida, como siempre había sido. Fueron varios los enfrentamientos, principalmente por temas políticos y económicos; al punto de que Napoleón le ordeno hacerle frente a Arthur con grandes ejércitos, casi incomunicándolo en vías marítimas con Europa.

No obstante, también existía otra nación que marcó la época, y que su muerte sería la cuna del que sería el Imperio Alemán.

No olvida que su muerte le marcaría siglos.

¿Qué podía decir de Sacro Imperio? Una nación "joven", endeble por una fragmentación interna—más que una unidad, eran varios territorios que lo sostenían—, pero que sobresalía con la contradicción de una supuesta estabilidad y un pasmoso poderío.

Apenas convivió con él, siempre observando a la distancia, pero notando la ternura oculta cuando este veía a Italia. Por supuesto, el crecimiento y fuerza de Sacro Imperio fue visto con malos ojos desde siempre por Napoleón, y lo entendía; el crecimiento del Imperio Germánico era un peso que no podía ignorar, una amenaza para el dictador Francés. A pesar de saber lo que significaba todo eso, en realidad nunca pudo imaginar que el mismo sostendría la espada que atravesaría el corazón de esa nación.

Lo sabía, era evidente el curso de los eventos. A pesar de todo, era impensable considerar siquiera la muerte de otra nación...que una asesinará a otra. Francis llevaba una vida muy larga, con demasiadas memorias amargas en su haber, pero jamás fue como tal, el autor directo de la ejecución de un país.

¿Y es que como podían ellos pensar en la posibilidad de perecer si no podían morir?

Pero existían naciones que si podían, que solamente necesitaban que las destrozaran, que las agotaran y usaran esa debilidad que ocultaban a la vista. Sacro Imperio se fue volviendo frágil y consumido de manera imperceptible por sus conflictos internos, por la separación de sus territorios.

Francia aprendería, que si existían naciones que podían morir.

—Atacaré a quien sea necesario por mí, Francia —afirmó la nación con el peso de los siglos y los recuerdos de su revolución en su mirada—. Por mi tierra, y por la libertad.

No podía evitar recordar los símbolos de la revolución que lo acompañarían unas décadas después, recordando palabras muy similares con las que juraba a Napoleón seguirlo hasta las últimas consecuencias.

Su imperio, los ideales de su revolución, sería recordado con una mujer creada por las imaginaciones de los pintores, cautivados por la herencia de la transformación: Marianne, la doncella de la revolución se alzaría con su bandera en lienzos de pintores, cargados de esos recuerdos.

 

 

 


 

 

 

El ambiente era tenso en la sala de juntas, algo comprensible por la postura hastiada de Inglaterra mientras hablaba. Si bien ya no era miembro completamente, su salida distaba mucho de ser oficial, y asimilada de forma absoluta.

Ludwig que estaba al frente, no podía evitar sentirse incomodo con las miradas muy sutiles de desagrado de parte de Arthur, y las que no sabía muy bien como descifrar que el británico le dirigía a Francia cuando estaba sentado, quien a veces reprendía cuando comenzaba a dar señales de discutir con Reino Unido.

Las otras naciones no parecían notar la situación, o si lo hacían, preferían mantenerse discretos; y es que provocar una discusión con Arthur en esos tiempos, era algo que preferían evitar, sabiendo que terminaría culpando a Alemania, y todos estarían incómodos el resto de la reunión.

Mientras Grecia, muy a su pesar, daba su presentación sobre la crisis en su país con cara somnolienta. Francia, por su parte, miraba sonriendo a Alemania para buscar animarlo, y quitar esa inquietud que dejaba lidiar con Inglaterra.

En el transcurso de la mañana, decidieron tener un descanso para comer, a petición de un agotado Heracles, y un aburrido Polonia, que era reprendido por Lituania al no poner atención. Todos dejaron el recinto para descansar un poco cuando Alemania les informó del resto del itinerario.

Ludwig se quedó en la sala, para organizar los siguientes tópicos a discutir en completa calma, jadeando por la sorpresa de sentir una superficie lisa y caliente en su mejilla.

El alemán giró un poco para ver de quién se trataba, encontrándose con Francis y una sonrisa burlona que sostenía dos tazas de café. Suspiró tomando la suya, permitiendo que el estrés se disipara un poco. La mañana estaba siendo agotadora, y Arthur se notaba más entusiasta en mirarlos con más desagrado de lo normal.

—Al menos estuvo tranquilo hoy, Louis —comentó el francés tomando un sorbo de su propio café—. Arthur estuvo bastante cortés, con su grosera expresión usual, pero...—Frunció el ceño, como si se hubiera dado cuenta de algo—, ha estado más... ¿enojado?, de lo normal; cuando lo salude esta mañana, mon dieu, me observó como si hubiera hecho algo terrible.

—Quizás lo exasperó alguna de tus bromas —giró la taza en sus manos para acomodarla—. A veces dices cosas un poco...incomodas —admitió Ludwig, ocultando su sonrojo tras su taza, al pensar en algunos de los comentarios subidos de tono de Francia.

—Non, chéri —negó con seguridad—. Apenas he hablado con él...en realidad lo he estado evitando desde aquella vez que quiso ofenderte; si nos hemos reunido a sido con su jefe presente, no he querido que me acompañes porque, bon, realmente me preocupa lo hostil que a veces se muestra, sé que su congreso aún discute bien que hacer con el Brexit, pero...

Ludwig asintió, y tomó buena parte de su taza mientras pensaba: "¿Tendrá resentimiento desde aquella discusión?" Bien podía ser el responsable, y estaba complicando la de por sí ya árida interacción entre el galo y Arthur. Desechó la idea, sabiendo que estaba metiéndose en el hábito de culparse, cosa arraigada de la segunda guerra.

—Vamos a almorzar algo, conozco un lugar tranquilo —ofreció Ludwig con una sonrisa.

—Por supuesto que conoces uno, es tu casa, cher —bromeó Francia, riendo con un par de dedos cubriendo sus labios cuando Alemania se ofendió con su broma.

Los días de la reunión pasaron, y sus agendas discreparon bastante en ese mes, así que mantuvieron contacto por llamadas telefónicas. Ludwig aprovechó para darse tiempo y reflexionar sobre el último episodio en las memorias de Francis, en particular en la suave nostalgia que le provocaba escuchar el hecho responsable, de una u otra forma, de su nacimiento: la caída de Sacro Imperio.

Eso le hacía darse cuenta cuanta diferencia había de edad entre él y Francis; si Gilbert estuviera con él, probablemente se divertiría a sus expensas de su gusto por hombres mayores, no le cabía duda.

Debía ser honesto, y agradecer cuando Francia le contaba de las vivencias de su hermano.

Decidió concentrarse en las reuniones de esa semana, en especial en la de ese día con Rusia.

—Te veo extraño, Alemania —dijo con expresión de infantil curiosidad Rusia, sacándolo de sus pensamientos—. Como si estuvieras lejos.

Ese día la reunión con Rusia era motivo de asuntos económicos y otros temas relacionados. A pesar de su pasado común, Iván era buen amigo de Francis y él, un hecho bastante curioso para otras naciones; claro que no dejaba de ser bastante intimidante.

—Lo siento, sigamos revisando el punto en que nos quedamos —Acomodó las carpetas buscando el último reporte, y se aclaró la garganta.

Da, compañero —asintió Iván, sonriendo con su gato acostándose sobre sus pies—. Sólo debo decir que a pesar del problemático Inglaterra, me alegra que estén bien.

No era un gran secreto su relación con sus conocidos cercanos, aunque en el caso de Rusia, el más bien lo intuyó, y se los preguntó un día. Francia no tuvo problema en alardear un poco.

—Gra...gracias —contestó un poco ofuscado por el repentino comentario.

—Me gusta cuando viene Francia, es muy divertido —Alemania no estaba seguro como tomar esa frase, considerando que Iván tenía cierta manía de intimidar a Francis.

—Le diré que considere venir en la siguiente reunión —murmuró, acomodando nuevamente los papeles.

Mientras Alemania resolvía algunos temas con Iván, Francis tuvo que agendar varias reuniones con quien más incómodo le estaba poniendo en los últimos tiempos: Inglaterra.

—¿Y a...a que se debe el retraso? —cuestionó Francia nervioso, asegurándose de sólo mirar su taza de té, o las anotaciones en su laptop. El silencio de Arthur no era nada alentador.

—Un asunto de último momento, llega en quince minutos mi jefe—respondió con frialdad, entornando sus ojos cuando Francis se dignó a levantar el rostro—. Pero un pequeño retraso no debería molestarte, considerando las acciones de mal gusto y faltas de respeto tuyas, Frog.

Francia se irguió en su asiento de manera repentina, sintiendo agresivo y fuera de lugar el comentario de Arthur. La verdad que no entendía muy bien las indirectas del británico en los últimos días.

Angleterre —suspiró cansado—. Sí hay algo que quieras decirme...

Arthur guardó silencio, y desvió la mirada. Francis casi gruñó de exasperación con la evasiva de Inglaterra; por supuesto, Francia no conocía la razón del comportamiento de su vecino.

Arthur por su parte, pensaba en la razón de su disgusto: el día del cumpleaños de Matthew. Quizás la causa de su actitud era una exageración, pero todo lo que tuviera que ver con Alemania lo molestaba.

¿Qué pensaría Francia si estuviera en su lugar? El saber que Alemania estuvo pasando esos días con su antigua colonia, o con una nación a quien consideraba familia; era evidente que estaría ofendido, esa fecha era un aspecto importante para ellos, una fecha que alguna vez llegaron a celebrar en conjunto.

Para Inglaterra, Alemania siempre tomaba cosas importantes.

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Probablemente lo que podía describir como la razón del porque la caída de Napoleón fue una herida profunda para él, fue que por más que fuera la persona a la que debía obedecer, lo consideró su amigo, a pesar de que no estuvo de acuerdo con muchas de sus decisiones. Claro que aprendió una lección como lo hizo con cada etapa de su historia: incluso sus amigos podían traer la desgracia.

El gobierno de Napoleón comenzó capturando las ideas enardecidas de los eruditos, y crecieron con la decadencia del modelo monárquico; sus reformas las probaron en campañas en Egipto de manera previa, observando complacidos su éxito.

Francis se daría cuenta de que el camino que tomaba el ahora emperador de Francia iba costar muchas cosas, y que probablemente eso empujaría a las naciones quienes siempre considero sus amigos a darle la espalda, recibiéndolo con espada en mano. Si bien era consciente de que esas campañas eran los cimientos de futuras guerras, el siguió al lado de Bonaparte, hasta las últimas consecuencias.

La palabra coalición representaría la designación de cada una de las batallas que la mayor parte de las naciones poderosas de Europa emprenderían contra él. Cabe decir, que en cada una, en las siete que recuerda, estuvo Inglaterra dirigiéndolas.

Era curioso que todo tratado de paz entre él y Arthur siempre tuviera el mismo destino, en otras palabras: las relaciones amistosas entre ellos, estaban destinadas al fracaso, por lo cual el resultado con el tratado de Amiens no fue diferente. A pesar de ello, se alegró un poco haber obligado al obstinado de Inglaterra a firmar, porque eso quitaba un poco de peso de los hombros de Escocia, al estar Irlanda de por medio en el conflicto que ese tratado acabó.

—Gracias Francis —Sonrió el pelirrojo, absteniéndose de ser demasiado evidente con sus intenciones de abrazar a Francia, especialmente estando Arthur y España presentes.

Francia le sonrió, pero no pudo decir nada, ¿Qué debía decir?, probablemente con el resultado del tratado, su relación tendría más dificultades...y los planes de Napoleón, él sabía que eso sería como traición a todos.

Francis tardó en darse cuenta que las intenciones de su emperador ya lo tenían considerado en sus siguientes movimientos: rompiendo los acuerdos y tratados, Napoleón tomó la presidencia de la Republica de Italia; el resultado obvio, e inmediato, fue la declaración de guerra de Arthur.

—Sabía que ustedes los franceses no podían mantener sus manos de cualquier pedazo de tierra que pudieran tomar, isn't it Frog? —gruñó rabioso Inglaterra después de haberlo llamado a aclarar esa situación, de la cual no existía realmente algo que decir.

—¿Y me lo dices tú, Arthur? —respondió casi de la misma manera, observando como Gran Bretaña se levantaba tirando la silla en la que estaba sentado.

— ¡Prepárate para la guerra, Francia! —gritó enrojeciendo del rostro, y Francis entornó sus ojos en silencio, exasperando más a Inglaterra quien salió de la sala temblando de enojo.

Lo que no esperaba Francis, es que Arthur tomara represalias contra España también, hundiendo un par de barcos sin real causa de ello. Antonio se alzó en guerra contra Reino Unido también, aunque decidió no asociarse del todo con Francia.

Esos fueron tiempos violentos, muy similares a los encuentros que tuvieron en la guerra de cien años. Inglaterra aprovechó el miedo que se le tenía a Napoleón, y uso sus recursos para acudir a las otras naciones a ayudarlo en su cruzada contra Francia; poco sabría el galo, que se enfrentaría a quien fue parte importante de su vida casi al final de esa época, al mismo Escocia enfrentándolo en pie de lucha a lado de Arthur.

De todas las coaliciones que hubieron para hacerle frente al imponente ejercito francés, debía destacar la tercera, en donde el gigante Ruso, en conjunto con Suecia, Austria, y Nápoles, marcharían con Reino Unido en su contra.

Si bien España tuvo razones contra Arthur, Napoleón se encargó de obligar a Antonio de ayudarles en un ataque marítimo: estrategia que resultó en fracaso, por una parte. Tras lo ocurrido en la derrota de Trafalgar, llevó a la victoria fuera de las aguas contras Austria y Rusia.

Francis se paró en el campo de batalla a observar como Iván estaba de rodillas en el suelo, y el ejército Francés se alzaba victorioso, en la celebrada batalla de Austerlitz.

Fueron horas de combate, en donde apenas sentía el cuerpo, pero ahí seguía de pie, mientras Arthur al otro lado del mar, se enteraba furioso de lo acontecido, incluso humillado por haber sido detenido en la batalla de Trafalgar, una contradicción sí veía como diezmo la fuerza naval Francesa y Española.

Después de destruir la tercera coalición, Napoleón le dijo un día con una sonrisa, y mostrándole que su plan abarcaba más allá de poder y difusión de las reformas:

—Tenemos que debilitar a Sacro Imperio Romano —habló el emperador con las manos cruzadas sobre su escritorio, y su vista sobre un mapa de Europa desplegado—. Con Nápoles y los territorios que tenemos, te presento al nacimiento de su fin: la "Confederación del Rin".

Con esa Confederación, arrancarían los más importantes territorios de Sacro Imperio.

La "Confederación del Rin" fue el golpe de gracia para Sacro Imperio, una herida mortal pero apenas perceptible; una forma de desmembrar una nación sin dolor.

No fue hasta poco después, tras la paz firmada con Rusia, que su viejo amigo decidió tomar represalias por las acciones de Napoleón, especialmente por lo hecho a Sacro Imperio—Francis desconoció la cercanía que Gilbert tuvo con Sacro—. Francia logró anteponerse al ejercito Prusiano, denominado ese ataque como la cuarta Coalición.

En esas batallas, con la espada atravesando el cuerpo de lo que todavía parecía un niño para Francis, vio como Sacro cayó con los labios y garganta cubiertos de sangre.

Sacro Imperio murió con la derrota del ejército de Gilbert.

Posteriormente, se inició la etapa del Bloqueo Continental contra Inglaterra. Una forma de aislar a Arthur económicamente de la comunicación e intercambios de recursos de Europa—uniéndose a este plan también Antonio, aunque aún resentido por el trato que estaba recibiendo de Napoleón—, la acción afecto a ambas partes, aunque en diferentes grados.

Lo que sí le queda claro, fueron los ojos de Antonio uno de sus mejores amigos, cuando lo apuñalo por la espalda, y lo vio marchar invadiendo sus tierras.

"Lo siento..."

 

 

 


 

 

 

 

Alemania estaba un poco absorto en sus pensamientos, pero era normal esa reacción cuando le hablaban de Sacro Imperio, al final parte de lo que fue Prusia y esa nación lo formaron. Esa parte de la historia le dejaba claro cuan extraño fue el que terminaran enamorándose; ambos se odiaron en un principio, estuvieron en guerra muchas veces; y sobre todo, aún pesaba el hecho de que él hizo cosas imperdonables.

Realmente no habían podido verse en más de un mes, así que había tenido tiempo de que pensar en lo que le evocaba la mención de su hermano, y de su pasado, de las bases de su nacimiento. Le era increíble pensar que una nación con tantos años más que él de vida no luciera agotado con tanto pasado.

Y esa continua reflexión le había traído algunos problemas, en especial en ese día.

Varios países estaban peleando, algunos gritando a todo pulmón cuando perdían la paciencia —resaltando la risa de Alfred en una esquina—, y la mirada nerviosa, casi angustiada, de Matthew que paseaba entre Inglaterra y él.

Monsieur —deletreó Francis con sus labios en silencio cuando Ludwig lo miró, tapando parte de su rostro con unas hojas, tomando la oportunidad de que Inglaterra estaba distraído intentando callar a Alfred; por regla general, Francia y Arthur tenían lugares juntos, y eso a veces era un problema.

Alemania salió de su estupor, y decidió iniciar la reunión.

—¡ORDEN! —La voz gruesa, y casi de rigor militar, resonó en la sala, el resultado fue inmediato: todos guardaron silencio, escuchándose por ultimo un: "bastardo come patatas" de Romano.

En ese punto, Francia también percibió la ansiedad de Canadá que aumentó cuando lo miró. La nación americana tenía una buena razón para estar preocupado, y vigilando a su antiguo colonizador, como a la actual pareja de su padre.

Claro que no iba a hablarlo, al final no es que él hubiera querido que eso pasara... O esa era la intención de Canadá, cuando en un descanso Arthur casi interrumpió la charla de Francia con Alemania para arrastrarlo a hablar a solas con él. El germano lució ligeramente ofendido ante eso, pero decidió dejar que Francis resolviera la situación.

Decidió ocupar su mente para ignorar su irritación, no era fácil ignorar esa parte celosa de su persona y su preocupación por Francia.

—Eh... ¿Se-señor Alemania? —Canadá estaba a su lado, mientras el revisaba sus notas de las naciones que ya habían pasado su reporte—. Disculpe... ¿Tiene un minuto?

Alemania asintió con una amable sonrisa, aunque extrañado de lo nervioso que estaba Matthew.

—Puedes...puedes llamarme Alemania —ofreció Ludwig de forma amigable a la dulce nación; cada vez que trataba con la nación americana, tenía presente el hecho de que a Francis le daba gusto que se llevaran bien.

El país americano se veía incomodo con la idea, pero asintió con un movimiento de cabeza y sugirió que fueran a una cafetería cercana al edificio.

—Eh, perdón pedirle hablar tan de repente —se disculpó Matthew, acomodando a su oso cerca de sus piernas para que no tropezaran con él—. Pero...creo que si no le advierto, habrá problemas...de verdad siento tanto lo que pasó, yo intente que no se enterara, en verdad... —La explicación de Matthew siguió, pero Alemania no comprendía mucho.

—Espera, Kanada —alzó sus manos Ludwig para llamar la atención de la otra nación—. No entiendo realmente mucho lo que intentas explicarme, y así no puedo saber qué acciones tomar. ¿Por qué es importante lo que me dices? ¿De quién hablas?

—Eh...—Acomodó su rulo, y suspiro resignado a explicar lo que había pasado—. En mi cumpleaños, Inglaterra se enteró...que usted fue —Los ojos de ese peculiar azul casi purpureo se veían apenados, y fijos en la mesa frente a él—. En realidad fue un accidente, pero fue un descuido más que nada mío. ¿Recuerda a las personas ayudándome en la limpieza de mi casa?

Ja...? —afirmó Ludwig un poco confundido por la explicación, pero preocupado ahora por Francis; si Arthur lo sabía, probablemente no lo tomaría bien, después de todo crio a Canadá.

—Pues...habían olvidado ocultar lo que sobró del pastel que me trajo, e Inglaterra es alguien muy observador; por supuesto iba a preguntar...—lamentó Matthew, cubriéndose el rostro—. Sé cuánto busca él cualquier cosa que reclamarte, y...lo siento tanto.

Tendría que mantener la calma para recibir, muy seguramente, a un alterado Francia de esa discusión. Siendo la reunión cerca de Alemania, lo mejor era que se quedaran en su casa unos días, así Francis tendría la distancia como ventaja para que Arthur se calmara, o no buscara pelea.

Nein, Kanada —negó Ludwig, tomando un poco de su café—. No es tu culpa, sabes que nunca podríamos enojarnos contigo.

—Perdón —repitió claramente preocupado por lo que pudiera suceder.

—En todo caso fue mi culpa, debí cuidar eso al ser invitado por ustedes —ofreció lo mejor que se le ocurrió para calmar a Matthew—. Sea lo que sea que pase, ¿podemos contar contigo para que nos ayudes?

—¡Claro! —aseguró con energía.

Realmente no era responsable Matthew, todos fueron descuidados en eso. Por supuesto que Inglaterra vería por cualquier indicio de la presencia de la visita de Francia ese día, si no le quedaba claro la vez que intento echarlo de su reunión para hablar a solas con el país galo; en ese momento se sentía un poco tranquilo, habían muchas naciones como para que Arthur se pusiera a pelear con Francia.

Ambos regresaron tras pagar a la sede de la reunión. Ludwig se sentía impaciente y algo tenso con lo que pudiera haber pasado; Inglaterra solía tomar muy personal todo lo que involucrara su relación, y con lo hostil que estaba desde hace unos días con Francia...

Cuando entraron, dirigiéndose camino a la sala de juntas, Alemania vio a Francia entrar a una de las salas vacías con los hombros caídos, y una de sus manos en puño, al otro lado vio a un Arthur claramente enojado, discutiendo con Escocia—que solía venir a las reuniones en ocasiones—. Canadá miró a Alemania claramente preocupado.

—Tenemos que ver como esta —opinó Matthew con determinación, y sintiéndose responsable de la situación—. Al parecer Inglaterra está detenido con el señor Escocia; él...él se preocupa también por Papa.

A lo lejos, alcanzaron a escuchar a Allistor un: "¡Tienes que dejar a Francia, él...!"

Francia estaba recargado contra la mesa del lugar, con sus manos apoyándose en esta, y su rostro claramente turbado, enojado, y ¿triste? Sus cabellos rizados caían ensombreciendo su rostro; a pesar de la imagen que daba, no estaba llorando, pero si afectado.

—Lo siento, Papa —Frunció el entrecejo Matthew, dejando que quien se acercara fuera Alemania, que puso una mano en el hombro de Francia, muy cerca de su cuello.

—¿Estas bien? —Se agachó para ver la cara de Francis, quien asintió como respuesta.

—No tienes nada de que sentirte mal, Matthieu —Sonrió al hombre detrás de Ludwig—. Y deja de mirarme así Allemagne, estoy bien.

—¿Qué pasó? —preguntó Ludwig, acomodándose a un lado del mayor y poniendo una mano en su espalda como gesto reconfortante; dejaría de lado su pudor natural en mostrar algún gesto de cariño en esa ocasión.

—Bueno, que no tomó con mucho ánimo el que te lleves bien con mon petite Matthieu —comenzó a explicar, cruzándose de brazos—. Empezó a ponerse igual de terco que cuando bebe, y sacó cosas que no quisiera mencionar para disgustarte, Ludwig; ya sabes, insultos bastante fuera de tono, relacionados con mi vida amorosa...que era un vulgar por meter a Matthew—Encogió los hombros como quitándole importancia—. Nada que no nos hubiéramos dicho cuando estuvimos en guerra, aunque...supongo que igual duele. Al menos no dijo palabra altisonante, y Allistor llegó, dándome la oportunidad de irme.

Matthew también se acercó a Francia, y éste lo abrazó con fuerza.

—Deberíamos irnos a la reunión, ya está a nada de comenzar, non? —pidió Francia, no queriendo hablar más del tema.

Por supuesto que a ninguno de los dos, dígase Canadá y Alemania, les dejo satisfechos la respuesta vaga, pero decidieron dejarlo por el momento, aunque Ludwig lo interrogaría cuando estuvieran solos.

Por el momento, sólo le quedaba animar a su pareja, dejó que Francis tomará su mano un instante antes de volver a la reunión; Ludwig hubiese preferido darle un beso, porque eso tenía mejor efecto en el galo, pero eso podía esperar.

Cuando Francia le sonrió, eso le hizo rememorar esa misma expresión que el galo le mostraría por primera vez durante la época del muro en Berlín.

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Estando en los albores de invierno, con lluvias heladas y cielos oscuros, Francia recuerda con suma claridad el principio del fin de aquel imperio. Grandes derrotas hicieron aparición para la Gran Armee; una dictadura oculta comenzaba a revelar su cara con la inquietud de la propia gente de su nación.

En esos días se sentía más aislado de todas las otras naciones que cuando estuvo en plena batalla en la cruel guerra de cien años. Todos los otros países, como amigos, no sólo le estaban dando la espalda, sino que disponiendo sus ejércitos 'para arremeter contra Napoleón y la Gran Armee.

Pero el fin de ese tiempo, era marcado por una sola palabra, más bien el nombre de un lugar: Waterloo.

Después de haber invadido España con la excusa de únicamente ir de paso para atacar a Portugal, se encomendó a ayudar en la destitución de los reyes de Antonio por órdenes de Napoleón, el ejército francés se dispuso a ocupar completamente el país sitiando sus ciudades. Fue una sorpresa para Francis, el escuchar de la derrota de la Batalla de Bailén—primera derrota conocida de Napoleón desde el inicio de las guerras—, cosa que el emperador no se tomó con tranquilidad.

Francia entonces fue dispuesto a apoyar en aplacar la batalla en busca de independencia por parte de Antonio, en Tudela de Navarra: el resultado fue una aplastante victoria del galo. Su amigo lo observó como si estuviera viendo a un extraño, conforme pasaba el tiempo, y a veces recordaba a Sacro Imperio Romano, él también lo sentía así.

Arthur no tardó el hacerse en armas nuevamente, con la quinta coalición, se impuso a Francia en compañía de Austria. La consecuencia, fue la victoria de la Gran Armee, y ocupación de Viena. El conflicto bélico de esta coalición, termina con la firma del Tratado de Schöbrunn, donde Roderich entrega tras su absoluta derrota, territorios a Francia.

Con las ideas inflamadas de orgullo y el sabor engañoso de sus continuas victorias. Napoleón le propone a su nación con aplomo:

—Es momento de avanzar y llevar nuestras campañas a Rusia, amigo mío.

Francis aceptó motivado, extasiado por observar a su nación en un punto donde jamás pensó llegar, a pesar de que el hombre era más bien un tirano disfrazado.

Los efectos de la invasión, el invierno, los diezmos de manera tan drástica, que Francis tuvo que bajar la cabeza ante Iván, y pedir a Napoleón que era momento de volver; la campaña en Rusia fue devastadora y de profunda humillación para su líder. En cuanto a Francis, aquello era un augurio de peores tragedias. Pero sin tiempo a bajar la guardia, el galo se embarcó en otras victorias contra el ejército Prusiano.

Pero la batalla de Lipzig demostró que el tablero ya no estaba a su favor. Los aliados planearon y se fortalecieron. Entonces hicieron que la Gran Armee no tuviera que luchar en otros territorios, sino defender las tierras mismas de su nación. A finales de 1814, Arthur y otros aliados contra el imperio Napoleónico, marcharon para ocupar París.

Acorralados, y sin otra salida, el emperador le dice a Francis con voz contenida por la rabia—: A partir de este punto, el mantener la gloria de Francia queda en ti.

En su momento, no entendió aquella declaración, hasta que a mediados de 1815, Napoleón Bonaparte abandonó el trono y fue exiliado a la Isla de Elba, territorio Italiano.

Humillado, y sin regente que ocupe de dirigir el destino de Francia, se restablece lo que será Europa tras la etapa napoleónica. Francis escucha los acuerdos de forma amarga, y finge que las miradas duras y resentidas de los aliados no le provocan nada.

Pero Napoleón no aceptó su condena, abandonó su exilio y se embarcó nuevamente con Francis en otra sucesión de batallas, nuevamente derrotando a los prusianos, y conteniendo a Inglaterra.

Pero la tragedia que ya se veía en el sentir de Francia, a pesar de sus advertencias de ser precavidos, se hizo presente en la fatal batalla de Waterloo.

Su mente tan dispersa en las estrategias militares y poder mantener el ritmo de los planes de Napoleón, que cuando volvió a pensar en su amante, Escocia, fue al encontrarlo con su ejército respaldando a Arthur, en alianza con Gilbert.

—¿Allistor? —murmuró minutos antes de comenzar la ofensiva, viéndolo con una expresión afligida, pero determinada.

"¿Por qué...tú?"

Con su sangre manchando sus cabellos y ropas, además de la lluvia helada, Francis vio cómo su emperador vuelve a ser superado por aquel ejército de varias naciones. Sus ojos regresaban con insistencia a donde estaba Escocia, quien en ningún momento correspondió a mirada.

Napoleón vuelve a dejar el trono, aunque esta vez es exiliado a una Isla británica resguardada por el mar.

Después de eso, cuando el ambiente se calmó y las naciones recuperaron sus territorios, volvió a hablar con Antonio, reparando su amistad perdida, aunque la relación con Prusia había quedado muy dañada, volvieron a recordar su estima; aunque por los hechos posteriores, su amistad tuviera que quedar relegada debajo de otra guerra.

Lamentablemente, cuando Allistor lo volvió a buscar, Francia intentó olvidar la ira, perdonar lo que ocurrió en Waterloo, como la pérdida de su líder; nunca pudo hacerlo, y su resentimiento por esos hechos, aún si fuera egoísta, terminó por hundir sus sentimientos hacia Escocia, y ese ya roto amor de más de doscientos años, no volvió.

No sólo perdió a su líder, sino a uno de los pocos humanos que admiró y consideró su amigo. Desde la derrota de Rusia, donde Napoleón perdió no sólo casi todo su ejército, sino la confianza de toda una nación, Francis fue consciente de que existirían cosas que no podría reparar, mucho menos recuperar.

Sin embargo, tras esos años de amargura, hubo un hecho sumamente peculiar: conoció, por primera vez, al muy mencionado hermano menor de Prusia, que en ese entonces era un niño que creció de forma pasmosa, de nombre Confederación Germana, Ludwig Beilschmidt.

Le entristeció de manera notable lo mucho que se parecía a Sacro Imperio, y por los recuerdos que eso le traía. Intentó que su remordimiento no fuera participe de aquella era post-napoleónica.

—Entonces tu eres Ludwig, tu hermano nos ha hablado mucho de ti —saludó Francis guiñándole un ojo cuando se presentó con la joven nación, que ya desde sus inicios era estoico, de porte militar.

—¿A que es asombroso, west? —alardeó con una sonrisa de oreja a oreja Prusia, palmeando el hombro de la nación que comenzaba a dar señales de dejar pronto su forma infantil—. ¡Va a crecer más rápido de lo que puedan pensar! ¡Igual que su asombroso hermano! —El Albino miró a Confederación, y sonrió—. ¡Vamos, Lud! Salúdalos, se ven raros, pero no muerden, mucho. —rio Prusia en su peculiar forma, cuando su hermano menor torció los labios preocupado con su broma.

Confederación alzó su mano, indicando que deseaba estrechar la de Francis quien le sonrió y correspondió el gesto.

—Oh, si eres muy lindo —bromeó el galo, logrando ofuscar a la joven nación, quien miró a su hermano en señal de ayuda con que responder eso, pero el trio sólo atino a reír.

Poco sabrían, que esa paz sería demasiado breve.

Con el segundo imperio Francés alzándose, bajo la mano de Napoleón III, en 1870, la tensión que fue formándose tras el fracaso de los proyectos del nuevo regente, en particular el anexo de Luxemburgo, ambas naciones estallaron en guerra. El equilibrio que se tenía con la Prusia de Otto von Bismarck, se perdió.

Francis observó con resignación a su amigo en el campo de batalla acompañado de Ludwig, quien en ese entonces portaba el nombre de Confederación Alemana del Norte—formada tras la disolución de la confederación Germánica—. Aquella nación que conoció aún con el rostro de un niño, ahora lucía como un joven que había dejado su infancia atrás, demostrando el increíble crecimiento de ese país, que se convertiría en imperio tras esa batalla.

El segundo Imperio de Francia fue derrocado, y se instauro la tercera república. Dentro de la mejor forma que pudieron, intentaron seguir el curso de sus naciones, dejando décadas después las asperezas que esas batallas dejaron. Si bien su amistad con Antonio y Gilbert volvió a rescatarse, su relación con el joven Imperio Alemán siempre fue tenso en un principio, aunque nunca dejo de serlo, en particular por el poder que las grandes naciones Europeas iban creciendo, aunque Francis ocupado en organizar la nueva república, no notaria los planes iniciados por Ludwig a principios de 1900, en los cimientos de primera Gran Guerra.

Por supuesto, las naciones cambian con cada década, algunas olvidan y perdonan, otras pueden perecer, y sin duda, más de las que quisieran admitir, hicieron cosas inconfesables.

A veces pensó, que quizás Ludwig heredó ser enemigo suyo de Sacro Imperio.

Claro que Alemania fue una nación que nació de cenizas, de separaciones, pero llegaron a olvidar que Ludwig era diferente de las naciones que fundaron sus raíces con sus vestigios; Ludwig no era Sacro Imperio aún si este formara parte de él, eso les quedó claro con los años.

 


 

 

Preocupado, era poco para describir sus emociones, hasta le sonaba a un eufemismo para lo que estaba sintiendo. En todo caso, iba a evitar mirar a Ludwig para que no lo cuestionara, y sus nervios se hicieran evidentes.

No podía alejar la idea de las consecuencias que el enojo de Inglaterra podía tener en la siguiente reunión de la Unión Europea, donde se tocaría como tema principal su Brexit; podía decir que Alemania también estaba estresado sobre los escenarios posibles que eso desencadenaría. A lo mejor estaban exagerando, y podían sortear el malestar de Arthur en una junta que tendrían previa a la de la Unión.

Y no era la única situación complicada.

Su relación con Escocia seguía igual de incomoda desde su separación por Waterloo. Francia llevaba demasiados siglos viendo las emociones y el devenir de vidas humanas, que tenía una idea de la causa, como los anhelos de Allistor.

Ambos fueron culpables, nunca cerraron bien aquel tema, ni su relación.

Así que cuando el jefe de Allistor lo invita como es normal para otra reunión amistosa—porque su gente le tenía estima a la población francesa—; Francis no se sintió muy tranquilo con la idea, y menos con el aniversario de Waterloo acercándose.

—Bien..., ¿Cómo has estado, Francis? —rompió el silencio Allistor, tras la retirada de su jefe por otros asuntos.

Bon, merci —respondió brevemente—. ¿Y tú, Allistor?

—Teniendo peleas con Arthur, lo de siempre —contestó con sus duros ojos verdes en el suelo, que luego buscaron los de Francis.

El silencio prosiguió varios minutos. Así siempre era desde hacía casi dos siglos.

—Fran, esto —pensó un momento en si lo que iba a decir era buena idea, pero Escocia estaba harto de esa absurda situación—, esto es ridículo, no podemos seguir evitándonos como si fuéramos niños, siendo inmortales, esto es agotador...

Monsieur... —Francis intentó decir cualquier cosa para desviar el tema, no tan maduro como cabría esperar de una nación con casi mil años. Sus ojos azules perdieron la calma cuando Allistor habló, y el galo optó por mirar el suelo.

Are you....¿Es posible que sea Napoleón todavía? —Escocia detestaba mencionar ese nombre, por todo lo que implicaba aún para ellos. Suspiró cansado, pero dispuesto a llevar esa conversación que ambos se creían incapaces de tener—. Fran, tu sabes lo que he pensado sobre ti, sobre lo que fuimos, y yo aún...

—¡Lo dices como si no fuera nada importante! Napoleón fue un antes y un después para mi nación; me sacó de lo roto que me dejó la revolución, y era mi amigo —habló con rapidez, enojado. Odiaba siempre que tocaban ese tema—. Ecosse, Allistor, sabes que no puedo escucharte, estás al tanto que Alemania y yo... —Francia acomodó uno de sus cabellos rebeldes tras su oreja, claramente incomodo—, bueno, es algo serio e importante. No, en realidad él es lo más impórtate para mi ahora.

Francia se levantó de la mesa cuando el pelirrojo guardó silencio. El galo tomó su abrigo para retirarse sin deseos de hablar.

—¡Espera, Francia! —Allistor fue tras él, pero se detuvo cuando el rubio lo hizo. Sin que este se girará para verlo, Escocia habló—: No es eso lo que quise decir, yo... —Humedeció sus labios, sin que eso facilitará más lo que quería decir—. Tenemos que hablar, es la única verdad, hemos dejado demasiado tiempo esto a medias.

—Tienes razón Ecosse, pero es sólo que... Últimamente he recordado esos días —La voz aterciopelada de Francia—. Lo siento, dame tiempo, y hablaremos. También debo lidiar con Arthur y la Unión —pidió Francis a Escocia, girándose un poco para sonreír.

—Siento tanto que mi hermano sea así, no termino de entenderlo tampoco, y creo que él tampoco se comprende. —Allistor se cruzó de brazos, pero su expresión era suave correspondiendo la sonrisa de Francia—. Pero volveré a intervenir si piensa que puede insultar porque le da la gana a ese Punk.

Francis rio con la idea de Inglaterra escuchara que alguien le decía "Punk" a la nación que siempre intentaba ser el perfecto "caballero".

—Gracias Allistor, tenga por seguro Monsieur que tendremos una conversación larga pronto —No pudo decir más, no deseaba ver los ojos de Escocia que algo de reconocimiento le traían, por cómo había tratado a su antiguo aliado.

Sí, estaba comportándose como un niño rencoroso, que no le quedaba para nada. Pero esa herida no podía perdonarla, como muchas otras naciones todavía guardaban memorias de los eventos históricos que los formaron.

Sí seguía regresando el mismo a su resentimiento y tristeza del pasado, estaba consciente de que apenas sería capaz de resolver la situación con Inglaterra. Probablemente Alemania tenía razón...Tal vez tenía razón, y era necesario que encarara los tiempos más oscuros de su historia; así poder llegar a términos con muchas cosas que aún guardaba, como lo hizo con su Jeanne, o con Charles...

Miró hacia atrás pensando en volver y hablar con Allistor, pero su estado mental no era el mejor con todo el estrés que cargaba. Se prometió a sí mismo, que pronto...pronto se obligaría a escuchar, y decir lo que pensaba a todos los que tenían algo pendiente con él.

Cuando ese fin de semana vio a Alemania, mientras Ludwig terminaba de asear los platos, le dijo con la mayor seriedad posible mientras este le daba la espalda:

—Creo que ahora entiendo porque se ha vuelto tan importante contar esta historia —pidió con notoria tensión en su acento marcado—. Pero quiero pedirte que...creo que las partes que siguen, tú más que nadie las conoce bien. Por eso, por favor, también quiero que me acompañes tú con tu verdad.

Lo movimientos de Alemania se detuvieron mientras Francis se sinceraba con sus deseos.

—En realidad es un poco aterrador recordar esas guerras —confesó el galo, sabiendo que ahora Ludwig lo miraba, aún si él estuviese encarando la pared frente a la mesa—. Y me he dado cuenta que aún hay cosas que recordar me está ayudando a "ver", cosas pendientes.

"Inglaterra es una de ellas". Pensó con vergüenza, porque el mismo era culpable de muchos de los conflictos en los que Ludwig también estaba sumergido, o eso creía.

Y quizás se sentía más responsable de sus actos del pasado al verlos develados con el relato. Con mayor pena de sí mismo evitó las preguntas de Alemania sobre lo ocurrido hace unos días, por las cosas que le reclamó Inglaterra en aquella discusión. Por supuesto el germano lo miró comprensivo, dándole espacio, sin presionarlo a contestar que fue lo que realmente pasó.

Incluso, recordó de manera sutil, la culpa de cuando asesinó a Sacro Imperio. 

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Los gestos románticos, y en general los detalles atentos, eran elementos comunes, demostrativos, de cariño en una pareja; en el caso de Ludwig Beilschmidt, era un hombre más bien de acciones y preparar alguna ocasión, centrando detalles sutiles a esos encuentros. Francis no tenía problema con lo serio que era Alemania, a él le gustaba compensar el romance llevando el las atenciones hacia el germano, ya fuera un gesto o cosas como llevar flores.

Ni se diga en el caso de demostraciones de afecto, Francia era el que las iniciaba o las buscaba, aunque a Alemania no le suponía mucho esfuerzo seguir la corriente.

Pero en esa ocasión, debía esforzare, el humor del galo no estaba siendo el de siempre, es más, lo veía claramente afectado por lo que le dijo Inglaterra—que no dijo a nadie, no queriendo disgustar a otros—. Matthew se quedó con Francia en la tarde, dándole esa acostumbrada atención que le brindaba a quien consideraba su padre, que ayudó notablemente. Desafortunadamente, Alemania tenía que trabajar esa semana en otros proyectos, así que su ausencia pesó.

Para hacer notar su mala fortuna, Francis siempre tenía temas en común con Inglaterra, así que cuando volvieron a tener tiempo, este estaba triste y ofendido aún: tanto por la discusión relacionada con el cumpleaños de Canadá, como con algunas indirectas de Arthur.

Habló con Canadá para saber qué podía hacer como un gesto sorpresa que animará a Francia, y confirmar el ánimo de su pareja. Llevarían demasiados años juntos, pero Matthew solía tener buena idea de los gustos del galo.

Así que decidió llevar un ramo de rosas, y alguna botella de buen merlot añejado. Si lograba sorprender a Francis, y alegrarlo un poco, se consideraría exitoso.

Frankreich? —llamó Ludwig entrando con dificultad con las cosas en sus brazos, y su maletín con algunas carpetas que traía de su última reunión a punto de caer. Miró extrañado el silencio del recibidor; normalmente Francia se acercaría a saludar al percibir su presencia.

—¿Fran? —cuestionó el germano, revisando la cocina coloco el vino cerca del fregadero de la cocina impecable, y cargó el ramo de rosas con ambas manos.

Mientras se dirigía a la estancia principal de su casa—adelantándose Francis a esperarlo por una invitación suya a cenar—. Recordó quitarse su abrigo negro y dejarlo en un perchero. Revisó a sus perros, que al parecer ya habían sido alimentados y se veían lo suficientemente tranquilos para deducir que ya tuvieron su caminata nocturna, muy seguramente Francia se ocupó de ellos. Le es un poco triste recordar el terror que les tuvo un buen tiempo consecuencia de la guerra, y todavía se ponía un poco inquieto cuando los animales mostraban su desbordante energía saltando o ladrando, a pesar de que ambos pastores alemanes adoraban al galo. No lo culpaba, el mismo aún tenía noches en que recordaba eso y lo lograba perturbar.

Caminó sobre la mullida alfombra a la sala, y encontró a Francia con sus gafas de lectura y su laptop en sus piernas, probablemente trabajando por la cantidad de problemas que sabía estaba pasando. Su rostro mostraba estrés, y ese disgusto causado por Inglaterra días antes estaba todavía presente.

—¿Fran? —probó nuevamente, para hacer notar su presencia; al final su profunda voz y el papel del ramo rozando contra sus manos fue suficiente para llamar la atención de Francis.

El galo detuvo su lectura y se quitó las gafas para sobar el puente de su nariz. Levantó el rostro para saludar a Ludwig—: Bonjour, cher...

Dejó su frase a medias cuando vio a Alemania sonrojado y con unas rosas rojas en un notorio ramo. Decidió volver a ponerse las gafas para observar bien.

Alemania con Rosas. No que nunca hubiera pasado en esos cincuenta años, pero sí era raro, y más inusual sin una ocasión de por medio.

El germano se acercó al sofá y tendió el ramo a un sorprendido Francia, que recibió el presente poniéndose de pie, y cuando pasó su sorpresa, sonrió, al fin.

—Rosas, Allemagne? —admiró maravillado, dejando un poco su malhumor—. Gracias, esto significa mucho —admitió con desánimo—. Ha sido una semana horrible, siento no haber saludado. En un segundo preparo la cena, recuerdo que me tocaba...

Ludwig negó y sonrió un poco preocupado. Puso una de sus manos en el hombro de Francis, y con la que tenía libre puso un dedo en los labios del más bajo.

—Espera aquí, yo la preparo.

Francia se quedó sin palabra con la que responder con las acciones de Alemania. Así que dejó a Ludwig ser, y le agradeció sus atenciones.

Cuando al fin se pusieron a cenar, Francis estaba inusualmente callado, perdido en sus pensamientos, tal como... Como cuando discutió con Inglaterra apenas firmado el tratado que los unió décadas atrás.

—Gracias por la espléndida cena, y por supuesto la invitación, Louis —sonrió, e incluso conversó con el de cosas mundanas de su semana; cabe mencionar que probó con agrado el vino seleccionado por Alemania.

A pesar de todo, aún estaba esa incomodidad y tensión implícita en la postura de Francia. Decidieron ir a dormir a petición del mayor. En otras oportunidades, el galo se habría lanzado sin duda sobre un sobrecogido Ludwig, pero en esa ocasión, Francis curvó sus labios en una sonrisa y se recostó.

—Sé que no quieres hablar de lo que pasó el día de la reunión, pero... —Alemania también se acostó y dejando su pudor atrás, abrazó a Francia por detrás, éste guardó silencio. Decidió hablar de lo primero que se le viniera a la mente—. Recu... Recuerdo hace tiempo, yo... Me incomodaba que fueras tan, ya sabes, con otras personas y en especial con Inglaterra...

Oh? —Francia murmuró con ligera sorpresa, su cuerpo se sentía más relajado bajo las cobijas, incluso se podía escuchar la sonrisa en sus siguientes palabras—. ¿Estabas celoso mon amour?

Ich...! —Intentó defenderse, pero cedió a la insinuación, pegando sus labios a la nuca de Francia—. Quizás... Ja.

Bon, Louis, a mí me molesta, y molestaba, todo el tiempo que pasas en el mediterráneo con Italia. —declaró con firmeza.

Nein! ¡Eso no...! —Ludwig era ahora el que estaba descolocado y molesto con la acusación sin fundamento de Francia.

La risa suave de Francia interrumpe sus palabras, y se da cuenta que el mayor se estaba burlando de él, pero eso le ayudó a notar que ha mejorado su humor.

Liebling... —murmura esa palabra que sólo usa cuando están solos, únicamente para él, y el alemán desea compartir alguno de sus sentimientos—. Siempre he pensado lo extraño que es el que termináramos de esta manera... —Y cuánto de esto, en realidad, no merezco.

—Tú continuamente te sientes culpable de muchas cosas Ludwig, y te preocupas demasiado —comentó Francia con nostalgia, y seriedad—. He vivido mucho más que tú, y hecho más; pensando así, creo que yo soy peor.

"Y aún así mis errores no se comparan". Pensó Alemania en contestar, pero decidió centrarse en el presente, en el hombre en sus brazos.

Alemania sintió la amargura genuina de esa declaración, y tomando valor en una súbita necesidad, decidió besar el cuello, los cabellos, y el rostro de Francis, volteándolo con una de sus manos, mientras todavía la espalda del galo estaba pegada a su pecho.

Francia respondió a las atenciones y a la súbita demostración de cariño iniciada por Alemania con torpeza, al principio. Después correspondió con la pasión acostumbrada en él, conmovido al ver cuán amado era, sonrió entre los besos que el germano le daba en el rostro.

Acomodándose bajo el cuerpo grande de Alemania, lo abrazó por el cuello, y lo besó con el ansia común de sus encuentros. Francis enredó sus dedos en los cabellos rubios de Ludwig cuando este bajó sus labios por su cuello, logrando que se estremeciera y mordiera sus labios por inercia.

Esa paciencia y ese cuidado le recordaban a las primeras veces que pasaron juntos compartiendo la intimidad, aunque esa actitud era más bien propia y siempre implícita en Ludwig.

—Gracias, chérie —murmuró sin aliento con las manos de Alemania pasando por su cadera, y levantando su camisa de la pijama—. Y ya lo he dicho: eres mejor hombre de lo que piensas.

Ludwig lo abrazó brevemente, antes de continuar suministrando, explorando, y pasando sus manos que ya conocían ese cuerpo entre la piel tibia de los muslos de Francia, que se sentía caliente al tacto.

Con ojos casi cerrados y el rostro rojo, Francia le sonrió cuando volvió a besarlo. Una de las manos del galo acarició con insistencia el torso fuerte, incitándolo. Las manos del germano afianzaron las piernas de Francia para acomodarlas una a cada lado de su cadera. Francis posó una de sus manos en el hueco del cuello y el hombro de Ludwig para brindar una caricia, e invitar al hombre a besarlo, para así poder abrazarlo, mientras las manos del Alemán preparaban y recorrían su piel, teniendo en respuesta jadeos y el acelerar de la respiración de la nación bajo suyo. Tras extenuantes caricias y prudentes preámbulos, Ludwig abrazó ese cuerpo eternamente tan viejo y joven como el mismo de manera profunda. Se adentró en la calidez, en un quejido, más bien placentero con voz ronca. El cuerpo que se entregaba a él se removió con la intromisión.

Y ahí siguieron aferrándose el uno al otro, en su indulgente frenesí, en la ternura de su incambiable pero serena pasión. Continuaron meciéndose en su cadencia: uno manteniendo la firmeza en el empuje de sus caderas, el otro recibiendo dispuesto al hombre que siempre portaba la culpa.

Entonces la cúspide fue alcanzada por ambos, en diferentes momentos. Uno, ahogando su voz en el cuello del hombre sobre él, el otro temblando ligeramente con su voz grave en un jadeo.

Se quedaron en silencio, recuperando su lucidez y dejando que su pulso se calme.

Francis con el placentero agotamiento de lo acabado de acontecer, se dejó abrazar por el Alemán según éste se sintiera cómodo.

—Vaya, has estado....más entusiasta —murmuró Francia en el hombro de Alemania, riéndose cuando vio al otro fruncir el ceño avergonzado, a pesar de lo que acababan de hacer.

El silencio siguió en la tranquilidad de ambos, y Ludwig decidió aprovechar para sincerar sus pensamientos.

—Hay muchas cosas en nuestros pasados, pero tú no eres peor —dijo el hombre al mayor, que lo abrazó en respuesta.

—En realidad, no deberíamos traer el pasado de vuelta —agregó con su aliento tibio en el pecho de Alemania.

—Hay cosas que nunca podremos cambiar —comentó asintiendo a lo dicho por Francis—, y es por eso que la actitud de él contigo, con...nosotros, está fuera de lugar.

—Lo sé...y gracias por siempre estar para mí —Suspiró y se acercó más al cuerpo de Ludwig—. Sé que tengo que hacer algo, y lo haré.

—Seguiré aquí, si me necesitas —Apoyó su barbilla en los cabeza de Francis.

Entonces el sopor del agotamiento de la semana y lo extenuante de su encuentro, los empujó suavemente a la voluntaria inconsciencia del sueño.

Y Francis durmió, sin sueños del pasado.

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A principios de 1900, Europa se transformó con las herencias que dejó el siglo pasado, y con las nuevas dinámicas de aquellos imperios que se iban alzando, como era ese que estaba dejando de ser una nación en sus primeros pasos, a sobresalir como una potencia, Ludwig.

Durante inicios del siglo, muchos reinados pasaron a ser repúblicas, algunos otros sufrieron luchas internas, y se vieron forzados cambiar de líderes, porque varios de sus regentes fueron asesinados, como lo fue el caso de Italia. Aunque muchos de esos atentados no causaron mayor conmoción fuera de los límites territoriales que de las naciones que los sufrían.

Así que estuvieron en una paz tensa, y Francia ocupado en resarcir el desastre dejado por Napoleón III, permaneció sin fijarse mucho en los asuntos de otras naciones. Y fueron unos años pacíficos, si debían ser honestos, agotadores en todo lo que tenían que poner atención como naciones, pero podía decir que hasta fue un tiempo donde amistades, que creía difícilmente posibles se dieron, tal como era su casi amigable relación con Inglaterra, y un naciente entendimiento mutuo con el Imperio Alemán, un poco obligado al inicio por su ubicación geográfica. Tenían sus conflictos, de vez en cuando, pero eran frecuentes las ocasiones en que hablaban de manera casual, muchas veces por iniciativa de Gilbert que obligaba a Ludwig a divertirse con ellos.

Al menos hasta que ocurrió otro evento de sangre derramada en el trono de otro país; el asesinato de Francisco Fernando de Habsburgo, archiduque y heredero al trono del imperio unificado Austrohúngaro a manos de un serbio, cimentó las bases de la primera Gran Guerra; conflicto que no podrían anticipar realmente hasta que se vieron los primeros movimientos militares.

En un principio, sólo pareció un conflicto que afectaría al imperio de esas dos naciones, y quizás a los países germanos de forma política; hasta que Francia en una conversación con Gilbert y Antonio, supo los detalles. Los amigos lo tomaron como un conflicto más bien interno, y no notaron el silencio anormal de Prusia tras comentar los detalles del asesinato.

—Fue un estudiante Serbio por lo que escuchamos de ellos; el estirado de Roderich y Elizabeta están furiosos —Gilbert miró inusualmente reflexivo la cerveza en sus manos—. Fue un atentado por, bueno, Bosnia quiere separarse de Austria y Hungría.

Las otras dos naciones parecieron no entender, en el momento, el comportamiento de Prusia ante un problema que no veían de grandes dimensiones.

Mon ami, ¿por qué esa cara? —preguntó Francia sonriendo, y colocando su mano en el hombro de su amigo—. Ya sabes cómo es esto, no es la primera vez que asesinan a uno de nuestros líderes; ya se arreglaran entre ellos.

¡Así es mi amigo! —secundó España con una sonrisa, y pidiendo otra ronda de bebidas en el bar que solían juntarse a pasar el rato.

Pronto se dieron cuenta de las cosas que le preocupaban, y sobre que reflexionaba Prusia. Además de reconocer, de forma tardía, como subestimaron el impacto del asesinato del archiduque; Austria y Hungría declararon la guerra a Serbia, que escaló inmediatamente a un conflicto en donde Rusia tomó las armas al ser aliado de este último.

Las causas de la guerra donde todas las potencias europeas entraron—involucrando de manera tardía a Estados Unidos, y casi desde el principio a Canadá—eran difusas, al punto de que ni siquiera Rusia pareció recordar honestamente las razones de la conocida "La Gran Guerra".

Por un lado, estaba el deseo de Iván de acabar con el Imperio Otomano, después de muchas batallas con él, y al ver la crisis política con las tierras Austrohúngaras, decidió moverse analizando las derrotas que los Otomanos tuvieron contra Italia. Por otra parte, las discusiones que pusieron tensión en la amistad e inesperada buena relación de Francia con el hermano menor de Gilbert. Eran problemas causados por cuestiones de poder y territorio. Con el crecimiento exponencial del Imperio Alemán, fue natural que éste buscase una hegemonía territorial y política, siempre vigilado de cerca por Gilbert. La joven nación, a ojos de las otras potencias, comenzó a formar lazos y enemistades según las decisiones de sus líderes; decisiones incluso influenciadas por sus antecedentes. Llevaba buena relación con su hermano, con el Imperio Austrohúngaro, y los inicios de una notable amistad con Italia.

Con Francia, las asperezas empezaron interponerse en su estima mutua. Francia creía que probablemente Ludwig seguía molesto por la conocida guerra Franco—Prusa, o los menesteres de Napoleón antes de eso, en particular por lo sucedido con Sacro Imperio—porque era evidente que no podían ocultarle la historia de su origen toda la eternidad a Ludwig—. El punto que los hizo discutir en más de una ocasión, a pesar de sus intentos de tratarlo de manera amistosa, fue la posesión alemana de Alsace y Lorraine, antiguo territorio francés.

¡Vaya osadía! —Terminó por perder la paciencia Francis ante la negativa de negociar, o siquiera hablar del derecho original de pertenencia sobre esas tierras—. ¡Estas siendo muy codicioso para ser una nación joven, Allemagne! —Se levantó de la mesa, decidiendo no seguir esa junta sin rumbo.

Ludwig pareció un poco confundido de cómo proceder con el desplante del galo—que conocía desde su "infancia" de forma personal, gracias a su hermano—, pero decidió no retroceder en su decisión, mucho menos flaquear sobre su dominio en ese territorio. El germano se levantó, y con rostro estoico, respondió a la otra nación:
Tu comentario no es pertinente...considerando los antecedentes de hace unas décadas.

Francia se sobresaltó por la sorpresa de esa ofensa, que definitivamente no tomó bien, ni hubiera esperado de Alemania. Enrojecido de vergüenza abrió sus labios para defenderse, pero sin un buen argumento se sintió humillado de verse expuesto.

Al final las cosas fueron sumando, una a una, hasta que la guerra terminó de formarse, y los conflictos a volverse profundos. Un efecto en cadena que desencadenó la entrada en batalla de las otras naciones. Era evidente que si Rusia se movía de manera ofensiva, todos se pondrían nerviosos, y quizás se dejarían llevar por viejos conflictos. En ese punto, recordaba cuan plausible vio tener una buena relación con Alemania—vecinos al fin—, a pesar de lo diferentes que eran; y como se sintió traicionado cuando fue invadido.

Por ese tiempo, ambos pensaron que era una cruel ironía, el hecho de que, lo determinaría el curso de su relación en sus inicios, fue más bien la guerra.

 

 


 

 

 

Canadá no podía evitar seguir sintiéndose culpable por su descuido con Inglaterra. Sabía lo tensas que estaban las cosas en Europa, en particular con los miembros de la Unión, y era consciente del hecho de que Arthur no se llevaba muy bien, de manera personal, con los aliados de Francia, ni que decir con el país germano.

Las cosas también se pusieron difíciles para él. Al parecer, después de que Arthur insultara a Francia, Alfred presionó a Inglaterra a explicarle el porqué del aumento de su disgusto con el galo y Alemania. Cabe decir que Estados Unidos tampoco confiaba mucho en Ludwig, después de ambas guerras, manteniendo más bien relaciones bilaterales en ámbitos de importación, y por las Naciones Unidas.

Canada, Why he came here?! —exigió respuestas Alfred cuando le abrió su puerta. Matthew lo vio enojado, siendo testigo de la opinión negativa sobre Alemania que tenía la otra nación.

Intervenir bien podía empeorar las cosas, o ayudar, no podía estar seguro de nada. A esas alturas era como estar en fuego cruzado; por un lado estaba Arthur con sus comentarios mal intencionados respecto a las intenciones de Ludwig con el Brexit, y luego lo irritable que se ponía Alfred cuando se mencionaba la relación del francés con su compañero del tratado de Élysée.

Aunque Matthew también estaba cansado de que su antiguo colonizador—y padre en cierto sentido—, en conjunto con su hermano, siguieran haciendo todo más complicado para su papá. A ambos los quería, sin duda, ¿pero cuál era la necedad de Inglaterra de seguir con eso? ¿Y las razones de Estados Unidos para apoyar la actitud de Arthur?

—Yo lo invite —Encaró claramente molesto, con Kuma sentado junto a él, luciendo tan determinado, como su dueño, a no moverse de la entrada—. Tú sabes que papa viene en todos mis cumpleaños, era evidente que Alemania vendría en algún punto. —Vaciló en decir sus dudas, pero igual continuo, aunque con su apacible voz no lograría tener el impacto deseado—. ¿Por qué te molesta eso a ti?

A pesar de la expectativa, Alfred se vio tomado por sorpresa por la actitud de Matthew.

—No es confiable, ¿Qué acaso has olvidado todo lo que hizo? —Estados Unidos contestó serio, dejando su amigable porte de siempre—. ¡Y Francia ha estado haciendo ver que no le importó todo lo que Inglaterra, o nosotros, hicimos por él!

—¿Qué tiene que ver eso con que me lleve bien con Alemania o no, Alfred? —Canadá frunció el ceño al no saber bien que pensar de ese comentario, o de cuanto afectaba a Estados Unidos la mención de la relación de Francia y Alemania.

Siempre había pensado que Alfred se portaba con cierto recelo desde que supo que los conocidos como "padres" de la Unión Europea eran más que buenos compañeros.

—Olvídalo, Mattie —bufó aún enojado—. Veo que te has dejado convencer por Francia para que pienses lo que quiera. —Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria, y ni eso sacó a Canadá de analizar lo que acababa de pasar: ¿Hasta qué punto tenía que ver Arthur en la actitud de Alfred?

Por otra parte, Estados Unidos regresó a su casa ofuscado. ¡Matthew no entendía nada! O eso quería pensar, puesto que él tampoco sabía bien porque eso le enfadaba tanto, más allá los sentimientos de Inglaterra, también él se sintió triste cuando supo la relación de Francia. Quizás sus razones eran más personales, si tenía que ser honesto. Cuando era joven, una colonia apenas, llegó a pensar cuanto le recordaba la imagen de una familia, de unos padres, cuando Arthur y Francis estaban juntos; hubo incluso un tiempo en que Arthur, en los años posteriores a la primera guerra, le contó de manera vaga —que reafirmó por la época del muro de Berlín— sus sentimientos hacia el galo, hasta el punto de incluso haber dado a entender cuanto deseaba actuar sobre ese hecho.

También le confesó cuanto se arrepentía, y resentía, mucho de lo que pasó con Francia posteriormente. Poco tiempo después le reveló uno de sus peores arrepentimientos, el permitir que Francia vigilara a Alemania en la postguerra, cosa que creía era la razón de aquel tratado que le quitó lo que más quería, aquel recuerdo del tratado de Élysée que aborrecía tanto.

A veces se preguntaba, si Inglaterra hubiera actuado antes, ¿las cosas serían diferentes? ¿Tal vez Arthur abusó de su confianza en que las cosas con Francia seguirían igual? No le gustaba preguntarse cosas sin sentido, sólo eran algo que consideraba un gasto de energía, así que prefería enfocarse en intentar apoyar al británico.

No sabía si aquellos tiempos, en que pensó cuanto se parecían a una familia, volverían, pero no podía dejar de pensar que había una posibilidad.

_____

Arthur había perdido la paciencia en los días previos a una junta con Alemania y Francia. No dudó en reclamarle con claridad las razones de porque estaba tan empecinado en llevar la contraria a todo lo que Ludwig dijera, aún más que antes.

Y otra discusión ocurrió por la mañana, cuando Francis tomó la tarea de confirmar la junta del día siguiente con Inglaterra, a fin de evitar un momento desagradable para Alemania.

¡No puedo creer lo irresponsable que eres, Francia! —gritó Inglaterra por el teléfono, que pareció soltar un quejido por su tono de voz—. He soportado ver a ese Kraut en todas las reuniones que tenemos, ¡pero involucrarlo en asuntos personales! ¡Ten respeto, Francis!

Angleterre! ¡Qué quieres decir con perso...! —Francis se levantó alterado, mirando la bocina ofendido—. ¿Angle...? ¡Arthur! —gritó enojado al escuchar como Reino Unido le colgó sin palabra de por medio—. ¿Me colgó...? ¡Maldición! —Azotó el teléfono contra su base enojado.

Agradeció que Alemania se hubiera ofrecido a preparar el almuerzo ese día, porque al menos así tenía un rato para calmarse. Se sentó en el escritorio de Alemania, que le parecía siempre más grande que el de su oficina en su casa de París, y se apoyó en ambas manos para suspirar.

Al menos la casa de Berlín de Ludwig era iluminada, y tenía buena vista a los bien cuidados jardines frontales. Se recargó en el sofá reclinable unos momentos, hasta que abrió los ojos al escuchar a Alemania tocar, cosa que le pareció divertida, considerando que esa era su oficina.

Frankreich? ¿Has terminado la llamada? El almuerzo ya está terminado, si deseas que bajemos —dijo Alemania abriendo un poco la puerta, y con el delantal con el que Francia a veces lo molestaba doblado en un brazo—. ¿Ha confirmado la junta de mañana?

—Como siempre cher, Arthur quejándose —quitó unos cabellos de su rostro fuera de lugar, y curvó sus labios en una sonrisa hacia Ludwig, esperando que no se notara lo ofendido que estaba con la acusación de Arthur—. En fin, la confirmó. Aunque te advierto que no va a ser sencillo tratar con él.

—Lo sé —Se sentó en la silla frente al escritorio, luciendo cansado con la sola idea de tener que reunirse con Inglaterra. Francia se inclinó un poco, recargando su mentón sobre sus manos cruzadas con expresión coqueta, que hizo avergonzar un poco al germano—. No soy muy positivo, considerando lo de Matthew.

—Pobre de mi hijo, terminó envuelto en algo que no debería ser su problema —concordó. Y al ver el cuadro que formaban, recordó las ultimas memorias de las que hablaron, aquellos días previos a la primera Gran Guerra—. ¿Sabes que tú sentado ahí, y yo en un escritorio me recuerda algo, Louis? —guiñó un ojo a la otra nación, en la cual ahora sí fue evidente su sonrojo.

Mon Dieu —Rio el galo con la expresión que obtuvo, cosa que molesto a Alemania—. ¿Qué está pensando, Monsieur?

—Por favor, por una vez, deja de decir cosas que pueden dar a pensar...más de lo necesario —Suspiró dejando el mandil en sus piernas, y se aclaró la garganta con su puño cubriendo sus labios—. No pensé nada en particular. Bien, ¿Qué recordaste, entonces? —Decidió desviar la atención de Francia al tema inicial, para evitar que preguntara más.

—Finjamos que te creo —cedió Francia ladeando un poco la cabeza para mirar con más atención la expresión de Ludwig—. Recordaba todas esas juntas que teníamos por Alsace y Lorraine. Que tercos éramos, para que al final ese territorio terminara siendo tierras que heredaron una mezcla de ambos.

—Estoy de acuerdo —Se permitió reír muy sutilmente. Ese gesto seguía pareciéndole raro de ver a Francia, así que era algo que le enternecía—. Al final no sabemos cómo acabaran muchos de nuestros conflictos, o nosotros.

Francia sonrió nostálgico, viendo innegable la verdad en esa declaración.

Después de almorzar, decidieron relajarse un poco hablando de los primeros días que se conocieron, admirando Berlín juntos.

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En esa época ocurría un periodo contradictorio, y que en opinión de Francis, fue llamado de manera cínica por sus líderes para dejar clara esa combinación de dos polos: «La paz armada». Extraña época donde la tensión se percibía en cada momento que compartieran las naciones, aparentando de ser necesario una falsa amistad; mientras que tras el telón llevaban más de cuatro décadas llenando sus almacenes de armas—usando la industria para acelerar esa fatal producción—, como pólvora y planes.

Francia mentiría si dijera que estaba atento a su entorno, y fue capaz de prever los movimientos de las otras naciones, que estaban abasteciéndose de todo lo que pudieran usar para aumentar un durmiente poder militar. En realidad, él se sumió en una época pacifica de arte, ciencia; Francia buscaba comprender aquello llamado capitalismo y estaba esforzándose en cimentar ese aire de cambio bien recibido en Europa, para promover el progreso: él estaba volcándose completamente en el esplendor de la "Belle Époque".

Se avergonzaba un poco de no haber visto los rencores y tensiones alzarse lentamente en las naciones vecinas. Por eso cuando Prusia habló del atentado de Sarajevo, Francis fue honesto al ser positivo que aquello no provocaría nada fuera de las fronteras; si le acusaron de ingenuo, tendrían en parte razón, pero él pensó con convicción que con la nueva moral de la época, y dejando claros argumentos firmes, quizás la guerra se olvidaría.

Muchas veces como naciones, puede ser condena querer mentirse.

Recordaba claramente cuando el fin de la Belle Époque llegó: un evento amargo y vivido en su mente fue grabado con el sonido de tres balas.

Aquel día había decidido ir a tomar un poco de café y charlar con un líder político socialista y de ideales pacifistas. Hombre ilustre ante sus ojos que se empeñaba en afirmar que la guerra se podía detener sin que nadie tomara las armas: su nombre fue Jean Jaurès. A veces Francis podría estar un poco en desacuerdo con el político, pero la verdad tenía entre ellos una cordial amistad, con pláticas interesantes para ambos.

Tanto él como el político solían charlar en sus tardes libres.

—Voy tarde —suspiró resignado Francis viendo su reloj en mano, y aceleró el paso cuidando de que su cabello no estuviera fuera de lugar.

Mientras pensaba en alguna excusa para disculparse con Jean, el eco estridente y el olor a pólvora que conocía bien, comenzó a envolver la atmosfera. A unos metros, frente al café donde vería a su amigo, se habían disparado tres balas, todas ellas llegando a su objetivo, y poniendo fin a la ingenua paz en que creyó Francia.

Eso fue la inequívoca señal de que la catástrofe se cernía sobre ellos; iniciando, sin duda, las señales de que algo terrible se avecinaba.

Entonces comprendió la insistencia y rápida aceptación de aquel tratado de paz entre él e Inglaterra. ¿Cómo podría saber que la Entente Cordiale daría paso a las bases de otra alianza enfocada a la guerra? No le extrañó saber que Arthur tenía otros motivos para ese acuerdo, o que el país británico temiera de la masiva producción bélica de las otras naciones, en particular de los países Germanos.

Tras la declarada hostilidad de Austria y Hungría, no tardó en hacerse evidentes los bandos que dividirían a Europa: Alemania alzó la voz en favor del Imperio Austrohúngaro, y por supuesto Prusia se unió a la causa. La consecuencia no tardó en hacer presente casi inmediatamente: tras el ultimátum de parte de Roderich y Elizabeta, se rompieron totalmente las relaciones con Serbia, declarando finalmente la guerra.

En cuanto la guerra se hizo inminente, llamaron a Rusia, hecho que le costaba creer tanto a él como a Gran Bretaña.

—Entonces con esto podemos llamarnos La Triple Entente, y camaradas, Да? —dijo Iván tras firmas los papeles que hacían oficial su entrada en la guerra como aliados.

Francia podría describir esa guerra como un juego donde el mejor mentiroso tenía la ventaja.

Alemania llegó al punto de pedir neutralidad a Inglaterra, incluso prometiendo de palabra—y en presencia de Francis—que no tocarían Bélgica ni Países bajos. Claro que eso quedaría en el olvido, y como palabras vacías, en cuanto Rusia decidió mover a su ejército.

—La verdad, esto es consejo que te doy porque te conozco desde que eras una nación recién nacida —Se acercó Francia tras aquel acuerdo, quizás pensando que podría cambiar el curso de una guerra que nadie podría controlar—: Esto podría ser más de lo que piensas que puedes manejar, Allemagne.

Lamentablemente, los países germanos ya habían tomado una decisión. Con esa expresión tan carente de emoción propia de Ludwig, este le contestó—: Esto es un asunto que debe resolverse inmediatamente, Frankreich.

Claro que el no sabría que también terminaría dentro de ese asunto que tenía que resolverse.

Tras la declaración de guerra contra Rusia, Alemania tomó al pequeño y desprevenido Luxemburgo.

A Francia le sorprendió escuchar que Ludwig había rotó su promesa: tras un aviso que demostró que sus acuerdos no valían nada, invadió Bélgica, e inmediatamente, posicionándose con su ejército frente a él—que apenas había tenido tiempo de prepararse para encontrarse con el alemán—, le declaró la guerra.

—¡¿Qué estás haciendo, Allemagne?! —rugió con la traición y la furia desbordándose cuando vio al germano en su frontera, sin intención de retroceder o consideración alguna en sus acciones—. ¡¿Acaso no te das cuenta de lo que esto va a provocar?! ¡Y no habló solo de mi! ¿¡Qué has hecho a Bélgica y Luxemburgo?! ¡Responde! ¿¡A donde planeas llegar?! —gritó sin intención de tranquilizarse, ¿hasta dónde estaban dispuestos a llegar? ¿Cómo todo eso terminó escalando a esos niveles? No lo entendía.

Ludwig si bien no mostró señal de mostrar lo que estaba pasando por su mente, o si pareció verse sacudido por las acusaciones del galo sobre todas esa acciones suyas, y consecuencias causadas por él de una u otra manera. Por un momento, Francia creyó que en esos ojos azules claros, estaba entrando algo de razón, o que Ludwig realmente estaba poniéndose a considerar sus actos.

Pero Ludwig era un imperio, no podía dar marcha atrás, tanto por países que dependían de él, y por no desobedecer sus órdenes; tenía que asegurar su propio destino.

Estimaba a Francis, una vez que pudo conocerlo, pero eso era algo que tenía que hacer, las dudas o aspectos personales serían un perjuicio a la larga.

—Te declaramos la guerra, Francia —sentenció, y con un movimiento de mano el ejercito de Ludwig avanzó.

Francia no esperó que Arthur pudiera ayudarle inmediatamente, el británico estaba lidiando con las intenciones del bloqueo marítimo alemán por parte de los submarinos de este, conocidos como los U—Boote. Conforme la guerra avanzó, los mares del mundo también se vieron objeto de la contienda.

"¿Hasta dónde planeaba llegar?" Resonó la pregunta de Francia en su cabeza durante toda la guerra, especialmente en todas las veces en que lograba abrir una oportunidad para herir directamente al galo, y lo veía retroceder.

Tenía que llegar hasta el final, era su única respuesta, porque ya no había camino de regreso. Aquello ya no era su guerra, era una guerra de todos.

No había lugar para el arrepentimiento que tuvo que enterrar. Era un imperio.

 


 

 

Una de las cosas de las que más se arrepentía Ludwig, era que Francis cargara con la culpa de que Arthur se enterara de su relación; y no es que planearan ocultarla como el más íntimo secreto, pero eran conscientes de la enemistad que profesaba el británico al germano.

La razón de que Francia se sintiera responsable, era que él siempre fue muy expresivo en sus relaciones, con Alemania no fue diferente, así que su descuidó terminaría en que otras naciones se enteraran—aún si intentaron ser cuidadosos—. El problema fue como una de ellas reaccionaría.

—¿Qué de tipo de maquinaciones traen tú y Alemania? —preguntó directo Inglaterra, casi una década después del tratado de Élysée.

—Simplemente nos llevamos bien, ¿podrías dejar de estar de paranoico? Hablamos después, cher —respondió rápidamente Francia recogiendo sus cosas de y anotaciones de la reunión que acababan de tener. Se dirigió a la puerta no deseando que Inglaterra insistiera en el tema.

—Eres un terrible mentiroso, Frog —señaló Reino Unido con sus ojos en el suelo, y sus puños tensos sobre su regazo, cosa que Francia no vio en su discreta huida.

Francis pensó que lo mejor era evitar el tema dentro de lo posible: se daría cuenta que aquello tampoco ayudaría poco después.

—¡Los vi! —vociferó Arthur en presencia de Alfred, tras ver los primeros encabezados de la estrecha unión política Franco—Alemana. Había perdido la paciencia, ¿Cómo podía Francia hacerles eso...?—. ¡Ni si quiera se esfuerzan en respetar a los demás! ¡A Francia siempre le ha gustado exhibirse!

—Calmate Iggy —Se levantó Alfred alzando sus manos en gesto pacifico. El americano, francamente, no entendía nada ni que había puesto así a su antiguo colonizador, ¿le habría molestado su visita?—. No sé muy bien que pasa, pero si me cuentas, ¡estoy seguro que puedo ayudarte! —afirmó Estados Unidos con su despreocupada sonrisa de siempre.

Inglaterra negó, y sopeso si sería el todo correcto hablar de la vida personal de Francia. Aunque la verdad, consideraba, que el americano también tenía derecho a saber la posición de Alemania con respecto al país galo, considerando el nivel de involucramiento de Alfred en la guerra; pasaron mucho para rescatarlo, y aun así...

—Creo, no, estoy seguro que Alemania y Francia tienen un nivel de entendimiento más personal, una relación que no es profesional —confesó con expresión grave y una tristeza que rara vez dejaba ver a otros, pero también se notaba la amargura de su resentimiento en su tono bajo y mandíbula tensa.

Alfred lo miró desconcertado, para después sentirse dolido, especialmente porque sabía los sentimientos de Arthur, y no podía evitar sentirse traicionado por las acciones de Francia. Tanto Matthew como él crecieron con la idea de que entre sus dos antiguos colonizadores existía algo, que les hubiera gustado que los criaran de manera conjunta.

¿Qué no valoraba Francia que incluso Matthew hubiese estado perdiendo soldados y entrara en esa guerra para liberarlo de las manos de Alemania? Le parecía increíble...no quería creerlo. Y al ver a Arthur tan devastado, eso lo hacía peor.

Tal vez habrán pasado muchas peleas entre ellos cuando fue una colonia, sin embargo le tenía mucho cariño y respeto a Inglaterra, después de todo le debía lo que era en cierto grado.

Con el tiempo confirmó las palabras de Arthur, y no pudo seguir negándolo.

_______

Los primeros en enterarse de que la relación Franco—Alemana tenía unos pormenores más personales e íntimos, fueron los países que habían visto crecer a Ludwig, entre ellos, por supuesto, Prusia.

Para Gilbert hubiera sido muy difícil no darse cuenta, al final, era su pequeño hermano y su mejor amigo. Que le costó aceptarlo un poco, pero con su inminente muerte a finales de los noventa, sabía que lo mejor era apoyar y respetar lo que hiciera feliz a Ludwig; y por respeto a su hermano pequeño, nunca mencionó que él sabía sobre ese inusitado romance, considerando los antecedentes.

Por supuesto que a Prusia no dejó de sorprenderle ese resultado entre su hermano pequeño y su mejor amigo. Estaba seguro que sí un amor que nació de las cenizas de la guerra pudo mantenerse tantos años, entonces Ludwig estaba en buenas manos; con esa idea, pudo estar sus últimos años en paz.

Otros que también se enteraron, fueron las naciones cercanas a Alemania; tal era el caso de Italia, Hungría y Austria: Ludwig era alguien discreto con su vida personal, pero no podía evitar ser evidente cuando lo acorralaban con preguntas relacionadas con lo que intentaba ocultar.

—¡Entonces es cierto! —concluyó contenta Hungría tras interrogar un poco al germano, y orillarlo a contestar: "¡Ese es asunto de Francis y mío!"—. ¡Ustedes dos están juntos! ¡Hasta se llaman por sus nombres! —Agregó con entusiasmo mal disimulado Elizabeta, quien estaba muy feliz porque Alemania pudiera conocer otros aspectos en su vida, además de trabajo—. Estoy muy feliz por ti —cruzó sus manos sobre su pecho para sonreírle.

Austria tomó un poco de su café, sin cambio aparente en su expresión. Mientras que Italia, que estaba de visita, sonrió compartiendo la emoción de Hungría; estaba feliz que su amigo por fin su amigo se decidiera a decir algo de lo que ya tenían un poco de sospecha. Feliciano en cuanto a temas de romance, estaba mucho más versado que el germano.

—¿No les molestas...o incomoda? —preguntó extrañado Alemania. Si tenía que ser honesto, no esperaba una reacción tan positiva.

—Bueno —habló Austria, dejando su tarta de lado y mirando directamente a los ojos a Ludwig—, si quisieras saber, Alemania: honestamente estábamos un poco sorprendidos al principio; pero después de hablarlo un poco, su tratado de por sí no tiene muchos aspectos económicos y políticos; además considerando lo mucho que reiteraste, hasta el punto de ser entusiasta, la importancia de firmarlo...la conclusión era lógica.

—¿Por qué estaríamos molestos? Yo estoy muy feliz porque tú lo estas —dijo Italia inclinando un poco su cabeza hacia un lado, con una sincera sonrisa se dirigió a uno de sus más queridos amigos—. La verdad es que uniendo esta y otra pista, pues pude adivinarlo —explicó con alegría el italiano.

Poco después, cuando por fin decidió leer uno de los últimos diarios de Gilbert, se dio cuenta que su hermano lo sabía, aunque le preocupaba que fuera muy joven para saber cómo manejar al poco pudoroso de Francia.

Aunque no podía evitar preguntarse si Gilbert se molestó en algún punto al ocultárselo.

—Probablemente Gilbert me hubiera dado una larga, muy larga, platica sobre que debería cambiar de mi comportamiento y que debería tomar en cuenta para no dañar a su hermanito, con amenazas incluidas —fue la reacción de Francia cuando Alemania decidió confesarle que su hermano estaba bien enterado de lo suyo, una tarde en que habían decidido visitar la tumba en honor a Prusia, para dejarle flores.

Alemania solía visitar el lugar en memoria a su hermano solo, hasta que un día se topó con Francis en aquella tumba mientras éste estaba hablándole en voz baja y una sonrisa al viento. Descubrió entonces, que él no era el único que visitaba a Gilbert con frecuencia. Ludwig también se enteró, por confesión del propio Francis, que a veces también iba a recordar en el memorial dedicado al muro de Berlín; el galo le dijo tras sincerarse con él: »—Habrá pasado lo que habrá pasado en las guerras, pero creo que fuimos lo bastante tercos para dejar de ser amigos. Los que quedamos del trio lo extrañamos, y es tu hermano, ¿Cómo podría olvidarlo? ¿Guardarle rencor por la guerra? Eso es impensable. Al final, cambiaron muchas cosas, y otras tantas han quedado en el pasado.

Con esas palabras, Alemania pudo convivir con esos sentimientos de culpa y remordimiento que seguían ahí. No pudo expresar a Francia, o a España, que recordaran de manera tan cariñosa a su hermano.

A veces le hablaba de sus preocupaciones con Francia a Italia, especialmente al principio de su relación, o cuando los recuerdos de sus crímenes volvían a él cada cierto tiempo.

Ve, ¡Todo estará bien! —afirmó una vez Italia—. Si te está contando su historia, es porque eres más importante de lo que piensas para él, ¡Y quiere decir que eres la persona en la que más confía! —Intentó animar Feliciano con su amable sonrisa de siempre.

—Es que Francia me perdonó tan fácilmente —dijo Ludwig en voz baja, dejando un poco en el olvido la pasta que le había preparado Italia.

—¿Y porque no lo haría, Germania? —Preguntó con sus ojos bien abiertos y atentos a su amigo—. Nosotros no somos las cosas horribles que nos han obligado a hacer, eso es lo que creo. ¿También le contaras tu versión?

—Sí, pero pienso que eso sólo le traerá recuerdos amargos —admitió con expresión sombría Alemania. Considerando el daño que hizo, no podía decir que sus intentos de proteger a Francia, quien fuera el principal prisionero bajo su cargo.

—Estoy seguro que él sabrá lo mucho que te esforzaste por cambiar muchas cosas en ese entonces, cuando le hables de ti y Prusia —afirmó Feliciano con un movimiento de cabeza, triste por lo mucho que todavía extrañaba a Prusia.

Francia llevaba muchos años a su lado, lo conocía bien, pero no creía que conociera a profundidad el monstruo en que su hermano y él fueron obligados a convertirse, aún si se resistió a dejarse corromper del todo, o si buscó disminuir un poco la miseria que tenía que causar.

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Arthur caminó furioso a la junta de ese día, sus pisadas pesadas y presurosas resonando por todos los pasillos del palacio por donde pasaba. Cuando llegó a la puerta en donde estaría en reunión con su rey, quien probablemente solo le confirma lo que ya sabían. Intentó calmarse con una par de respiraciones profundas y acomodando el collar de su uniforme, y se quitó su sombrero para presentar sus respetos. Apenas le llegó la noticia del movimiento de Alemania, Inglaterra no dudó en ponerse su uniforme militar.

Al entrar, el rey lo miró con clara preocupación y algunos otros generales lucían más bien molestos con la situación; Inglaterra por su parte, era un cúmulo de emociones negativas. ¡Sabía que ese bastardo germano no era confiable!

—Supongo que ya sabes de la invasión de Bélgica —comentó su líder indicando lo evidente por su expresión, además de que la noticia corrió como pólvora en el reino—; así que iré al grano, hay otra cosa que debo informarte: Francia ha sido invadida.

Arthur se congeló con la última noticia que su rey había obtenido de su inteligencia. ¿Francis estaba en manos de Alemania?

—¿Cuáles son los detalles? —preguntó manteniendo su porte; sus manos le dolían de la fuerza ejercida en sus puños apretados a sus costados.

—Alemania utilizó el territorio de Bélgica para llegar a Francia, quien está intentando repeler al ejército alemán en su frontera norte —explicó el monarca, señalando con una mano a uno de sus consejeros militares que explicara mejor la situación. Tras usar una pizarra con un mapa donde explicaba la posición de la ofensiva alemana, el rey esperó escuchar los pensamientos de su nación.

—Entonces Francia todavía está luchando —aún no está en sus manos. Pensó el bretón—. ¿Cuáles es el plan a seguir? Tenemos que actuar inmediatamente, nuestra neutralidad en esta guerra nos ha dejado como una burla —dijo amargamente, bajando sus ojos para no dejar ver su ira al rey.

El regente asintió—. Sé que Francia no es necesariamente nuestro mejor amigo, pero no podemos permitir que se apoderen de sus tierras, nos pondría en tremenda desventaja.

Inglaterra no lo diría, pero sentía incertidumbre y temor del porvenir de esa guerra, como de Francia.

A vista de los otros países, el territorio galo estaba ya en manos de los alemanes. Cuando la realidad era un poco distinta, aunque con el curso de la batalla probablemente la creencia de las otras naciones no estaría alejada de la realidad muy pronto.

Francis estaba al pie de lucha en su frontera, haciéndole frente, dentro de lo posible, a las eficaces fuerzas alemanas. Con Bélgica en sus manos ,—y los antecedentes de la desaparición de Polonia por las particiones de casi un siglo anterior, como la división actual de su territorio— ; la idea de dar marcha atrás le aterraba. Le iba a hacer frente a Ludwig, no tenía otra opción, también quería saber si podía encontrar a Bélgica y ayudarla; lamentablemente, sus fuerzas disminuidas y en desventaja con el ejército germano, se vio en la necesidad de retroceder, que más bien se convirtió en una huida del ejército de Alemania de cientos de kilómetros hacia el interior de la nación.

—Merde —gruño angustiado mientras se movilizaban, y sintiéndose culpable de los soldados que se quedaron atrás para darles tiempo a él y las principales fuerzas de moverse.

En su movilización, divisaron a un ejército dirigiéndose a ellos. En el momento, y por lo ocurrido, se pusieron a la defensiva esperando lo peor. Pero Francis alzó su mano para indicar que bajaran las armas.

A su frente estaba un hombre que podía reconocer muy bien: Inglaterra se acercó a ellos completamente armado. Reino Unido. Luciendo agotado por lo extremadamente complicado que resultó llegar a ellos, lo miró analítico cuando estuvieron frente a frente.

—Veo que aún estás de pie, Rana —fue como lo recibió Arthur. En otros momentos eso hubiera provocado una discusión, pero Francis se permitió reír un poco con eso, reacción correspondida por una imperceptible sonrisa de Arthur.

—¿La guerra te ha hecho olvidar la etiqueta? —respondió Francia acomodando su arma en su espalda, y colocando una de sus manos en su cadera.

—Y a ti convertirte en una desagradable vista, France. —Los soldados franceses se relajaron al darse cuenta que los británicos se unían a su batalla en favor de ellos.

La guerra fue algo peculiar en sus inicios. Ambos todavía intentaron hablar con Ludwig, incluso en fechas de festividades navideñas hubo una pequeña tregua entre Alemania y Arthur, buscando respetar el día en un pequeño acuerdo mutuo de paz. Francia pudo atestiguar como las trincheras se quedaron en un apacible silencio, hasta con un ambiente extrañamente jovial.

Entonces inició lo que se conocería como la primera batalla de Marne, que fue considerada como un milagro después de la persecución que sufrieron por parte de las fuerzas alemanas.

Con Ludwig marchando hacia parís, las fuerzas aliadas lograron parar el avance alemán organizado bajó el despliegue y movimiento planeado para derrocar y apoderarse de Francia de manera rápida, movimientos nombrados como la estrategia del Plan Schlieffen, que buscaba no solo acabar con las fuerzas francesas, sino con el ejército de Iván que había logrado atacar al ejército germano por el lado Este. El plan tenía su precio: Gilbert tuvo que acceder, a pesar de su orgullo, de dejar vulnerable el lado de Prusia Oriental.

El plan no logró ejecutarse. Con las fuerzas británicas sumadas en conjunto con la defensa francesa, lograron voltear las probabilidades y finalmente las posiciones:  ahora, ellos eran los que estarían persiguiendo a Ludwig y su ejército hacia el mar, a lo largo del rio Marne dirección hacia el noreste. Sitiando a sus enemigos en el norte de las playas de Bélgica y en lo alto del rio Aine; entonces esa batalla de grandes ejércitos marchando daría paso al desarrollo de la guerra de trincheras, escenario del resto de la guerra para Francia y Arthur.

Pero ellos no eran los únicos pasando por cambios dramáticos. Japón al ver el desenvolvimiento de la guerra entre las potencias Europeas, decidió asegurar su posición declarando la guerra a Alemania, tras ver las intenciones de los germanos.

Por otro lado, Gilbert se encontraba en su frente contra Iván en la que sería conocida como la batalla de Tannenberg. Prusia, tras dirigir los movimientos de sus fuerzas por tren buscando una rápida movilización, observó orgulloso la casi completa aniquilación del despliegue disponible de fuerzas bélicas de Rusia en el oriente de Prusia.

Gilbert observó bastante molesto los daños en la ciudad de Olztyn, pero esas consecuencias eran lógicas, y con la satisfacción de ver retirarse a los escasos sobrevivientes de Iván, podía sentirse satisfecho con la exitosa ofensiva.

—Te vuelvo a ver en la derrota, Russland —dijo Gilbert con sonrisa victoriosa oculta tras su arma aún apuntada a Rusia que estaba detrás de lo que quedaba de su ejército. Iván en su retirada miró un poco hacia atrás, sonriendo en silencio con sus ojos entornados antes volver a enfocarse en volver a sus tierras y librarse de las fuerzas prusianas.

Por un lado, una fracción de los aliados, Francis y Arthur celebraron muy brevemente su victoria sobre Alemania que estuvo a punto de apoderarse del corazón del país galo; sin embargo, por el otro, Rusia tuvo que recibir toda la fuerza del imperio germano siendo casi aniquilado.

Por el momento, otras naciones optaron por mantenerse, al menos al principio, neutrales, tales como fue el caso de Italia, Rumania, y el imperio Otomano, cada uno por muy diversas circunstancias, como eran los recursos, problemas internos, o los efectos de conflictos pasados.

Por supuesto, eso sólo era el inicio de la guerra.

 


 

Cuando Francia habló de la «Tregua de Navidad», Alemania no pudo evitar reír un poco, pensando: Recuerdo que alguna vez creí que nuestra relación sería más amistosa. Claro que era consciente de que los eventos de la Segunda Guerra tenían mucho que ver; aunque Ludwig desconocía, que para ambos, Francia representó el elemento que determinaría buena parte de sus asperezas a partir de finales de los 60.

Le avergonzaba admitir que siempre se sentía algo inquieto y veía con cautela la interacción del británico con el galo. Quizás en un principio por motivos políticos, luego por asuntos personales: estaban sus sentimientos, y su suposición de las intenciones de Arthur.

Aunque en los últimos años—a causa del Brexit, sus bien recordades diferencias,  y el hecho de que Inglaterra se enterara de lo suyo—, la relación de Francis con Arthur se había vuelto más hostil, y distante.

—Y pensar que ustedes dos pudieron llevarse bien, mon ami —comentó con un suspiro de resignación Francia, tras ver que Ludwig estaba callado, reflexionando en silencio—. A veces parece que Arthur, y muchos de nosotros, olvidamos que podemos llegar a acuerdos, incluso en los peores momentos. Hasta pensé que podían ser amigos —opinó Francis cruzándose de brazos, a lado de Ludwig.

Cabe decir que la situación no era sencilla para Arthur tampoco. Su gobierno le estaba dando largas con la decisión o ejecución de las medidas discutidas para el Brexit. Su hermano mayor tampoco ayudaba, quien se mantenía firme en su deseo de seguir en la unión europea.

Aunque a veces hablaban de lo que pasaba en sus vidas—o del Brexit—, en muchas de esas ocasiones, Francia llegaba al tema de una u otra forma.

—¿Sabes porque Francis me odia y me evita cuándo puede? —le dijo una tarde a Arthur, mientras ambos bebían algo en un Pub cualquiera.

—¿Y porque debería de importarme un asunto personal tuyo? —replicó mostrándose a la defensiva apenas se mencionó ese nombre.

Escocia acostumbrado a los desplantes del carácter de su hermano menor, se encogió de hombros y continuó—: Muchos de nosotros llegamos a formar lazos con líderes, y humanos, que se convirtieron en figuras en nuestra historia: para Francia el que me enfrentara a él y determinará la caída de Napoleón, a quien consideraba su amigo, fueron cosas imperdonables. ¿Le habrá recordado a su doncella? A veces me preguntó.

Allistor pensó en Wallace, y lo mucho que le dolía aún recordarlo.

—Francia es alguien egoísta y voluble, creo que te desgastas pensando en algo inútil de pasado —dijo Arthur agitando su mano quitando importancia a la suposición de su hermano. No quería pensar en Francis, ni admitir lo mucho que le afectaba ver a su hermano extrañarlo, o darse cuenta que él lo hacía; el no estaba celoso de lo que tuvo su hermano, o de lo que tenía Alemania.

El hecho de que también le afectaba a su hermano, le dolía, aunque nunca lo diría en voz alta.

Escocia sonrió nostálgico, probablemente pensando en el pasado y de un trago se acabó la cerveza de su tarro.

Porque si le guardaba resentimiento a Escocia por Napoleón, o a él por lo de Jeanne... ¿Cómo había perdonado a Alemania?

Claro, no sabían queFrancia vio al verdadero Ludwig durante la lenta agonía de Gilbert.

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Después de discutir sus siguientes movimientos, y que la guerra—al menos en el frente Occidental—, se enterrara en trincheras, dejando los movimientos de sus fuerzas armadas casi exclusivamente en el lado de Prusia oriental, donde Iván estaba teniendo que hacerle frente a Gilbert, Francia tomó una decisión que tomó por sorpresa a Arthur, y por el lado de Rusia, este la encontró como el siguiente paso lógico.

—Ya estamos metidos hasta el cuello en esto —negó suavemente con su cabeza, y fijo sus ojos azules en los otros Aliados—: Declarare la guerra a Roderich y Elizabeta.

Allistor que estaba ahí, acompañando a Arthur, decidió levantarse de la mesa para anunciar también su decisión. Si bien era territorio de Inglaterra desde 1700, Irlanda—tierras bajo su mano—, todavía tenía cierta autonomía, y por lo tanto Escocia las representaba.

—Las cartas ya están echadas —dijo con voz firme, clavando sus ojos verdes en los de Francia, después de mirar brevemente a su hermano menor—. Arthur, lo que debemos hacer es obvio. Por mi parte, me declaro parte de esta guerra.

Inglaterra guardó silencio mientras Escocia hablaba, para finalmente anunciar su decisión—: También le declaramos la guerra al Imperio Austrohúngaro.

Reino Unido no se sentía cómodo con la súbita iniciativa de Allistor, no cuando sabía bien que también existían razones personales para que decidiera secundar la decisión de Francia. Suponía que esos casi dos siglos de alianza no se iban a olvidar tan fácilmente.

Mientras se disponían a seguir con su estrategia para hacer retroceder a las fuerzas germanas, por el lado de Europa central y Oriental, se establecía formalmente el frente Oriental de la guerra. Rusia lideraba la defensiva principalmente de ese lado, quien, a pesar de su aparente poderío, se encontraba agotado por la enorme tensión interna de su nación.

Bajo el mando del Zar Nicolás II, buscó con cierta presión el apoyo del Reino de Rumania, una nación bien sabida por sus conocimientos sobre ocultismo, que respondía al nombre de Vladimir Popescu. El rumano no estaba muy contento en tener que entrar a la guerra, pero, con Rusia encima, no tenía muchas opciones, así que rompió su neutralidad y llevó su fuerza armada al frente.

Por otro lado, en el noreste de Francia—en el punto donde su frontera se encontraba con Alemania—, se estaba desplegando la ofensiva de Francis en el territorio de Lorraine. Donde esos batallones germanos que antes fueron enfocados a estrategias ofensivas, se encontraron con las fuerzas francesas con intenciones de contraatacar.

Los batallones encargados de la contra-ofensiva no solo se encargaron de superar en cuanto a contundencia su ataque, sino que rodearon al ejército franco. Si bien Francis tuvo que retirarse en fracaso de avanzar hacia Alemania, logró defender la ciudad de Nancy y responder al ataque, lo que daría en consecuencia la instalación de otras trincheras, donde se sumirían en una larga batalla hasta el final de la guerra.

En un giro imprevisto para todos los involucrados, alguien más entro en esa contienda que había superado lo imaginable: Japón le declaró la guerra a Alemania.

—Soy Honda Kiku, Japón —Con una reverencia lenta saludó a los miembros de la triple entente, que sin saber muy bien el motivo de su visita lo recibieron—. Y estoy a su servicio para apoyarlos en esta guerra.

Las razones de Japón eran simples en su objetivo: el deseo de apropiarse territorios alemanes en el pacifico y de paso poder moverse de acuerdo a su interés con China. Por la distancia de su nuevo aliado, su contribución fue básicamente abrir vías marítimas y darles recursos.

Entonces la guerra también se encrudeció en el mar.

 


 

En alguna junta de las naciones antes de que Arthur iniciara su proceso de Brexit, Francia miraba con discreta curiosidad el semblante sereno de Kiku. Esto llamó la atención de Italia que, como uno de esos eventos poco usuales, llegó temprano a la sede de esa ocasión, bajo la organización de Matthew, el anfitrión.

—¿Ve, pasa algo con Japón? —preguntó extrañado Italia, después de saludar educadamente al galo.

—¡Oh! Lo siento, que modales los míos de observar a alguien de esta manera —Sonrió Francia, mirando con simpatía al país mediterráneo—. No pasa nada realmente, es solo que recordaba, ¿Cómo decirlo?, lo frio y despiadado que fue Kiku en su tiempo como imperio.

—¡Él era muy fuerte! A veces, cuando logro que salga conmigo a divertirnos, me recuerda a cuanto hablaba con Germania de barcos y cosas así.

—Suena totalmente como algo que Louis haría —río, recordando el mismo que sus temas de conversación rondaban entre trabajo y más trabajo. Pero con la decisión que habían iniciado al decidir contarse cosas de su pasado, sus pláticas eran mucho más íntimas, variadas, y amenas—. A veces creo que quiere más al trabajo que a mí, mon ami —agregó con fingida tristeza cruzándose de brazos.

—¿Verdad? A Lud le gusta mucho, mucho, su trabajo —concordó Veneciano, tomando algo de la mesa de café—. A veces no quiere acompañarme a visitar a Japón. Pero estoy seguro que le gustas más que el trabajo, hermano Francia —Feliciano asintió curvando sus labios en una notable sonrisa, que el galo correspondió.

—Estaría en problemas Allemagne si no fuera así —bromeó Francia sonrojándose un poco por la súbita confesión de algo que estaba seguro Ludwig no le diría directamente. Con rostro de fingida seriedad, miró a Italia esperando su respuesta.

—¿Metí en problemas a Lud? —Feliciano abrió los ojos asustado, dejando olvidada la charola de galletas y bocadillos que facilitaron en una pequeña sala junto a donde sería la reunión.

Non, non —rio con la reacción del noble italiano—. No te preocupes, no está en ningún problema.

—¡Me alegro! —exclamó recuperando su ánimo.

Continuaron hablando, hasta que Alemania volvió de platicar con Canadá el itinerario de esa reunión. Ludwig miró a Francia con una ceja enmarcada cuando este pareció contener una risa que quería escaparse de sus labios, sin mucho éxito. Feliciano viendo eso como una buena señal del buen humor del galo, lo acompañó.

—¿Se puede saber de qué ríen? —entrecerró los ojos algo ofuscado e impaciente por la extraña reacción de Veneciano y Francia.

—No es nada, Chéri —contestó controlando su risa. Feliciano asintió ante las palabras de Francis, despidiéndose en cuanto vio llegar a su hermano. Francis aprovechó para molestar un poco al germano—. Solo pensaba sí alguna vez le ganare a tu otro amor.

—¡¿Cómo que otro...?! —cuestionó escandalizado Alemania, poniéndose un poco pálido de esa ridícula acusación.

¿Tal vez no le estaba poniendo suficiente atención a Francia aparte de hablar de su historia? Pensó Ludwig, examinando el origen de las palabras de Francia.

—Hablo del trabajo —aclaró Francis, preocupado por lo quieto que se quedó Alemania, sosteniendo su barbilla en gesto reflexivo. Las manos de galo levantaron la barbilla de Alemania—. Creo que esta broma no fue buena idea. Lo siento, Louis, solo estaba jugando, ¿me disculpas?

Alemania suspiró tranquilo, aunque estuvo molesto con él durante un par de días.

Ese tipo de cosas, y la sensibilidad que mostraba Alemania, le recordaban cuan diferente eran ellos en las guerras; le dejaba claro cuan diferente tuvo que ser Ludwig en esos conflictos que el mismo lidero.

¿Cuántas cosas guardaría Alemania desde esos tiempos? Esperaba que el hablar de esas guerras también le ayudara a reconciliarse consigo mismo, y pudiera dejar lo que solo enterró en el fondo para poder seguir sus obligaciones como nación.

Era lo menos que podía hacer para pagarle lo mucho que se preocupaba por él.

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El lodo a veces les llegaba hasta las rodillas con las últimas lluvias. Se sentía un poco bochornoso cuando se estaba demasiado tiempo dentro de las estrechas trincheras. Afortunadamente la moral del ejército todavía se mantenía, con la llegada de las fuerzas británicas y pronta unión del apoyo militar canadiense tras la llegada de Arthur, el ejército francés se sentía en una situación un poco más estable, a pesar de que estaban enterrados en las trincheras tras instalarse en el frente occidental.

Sin embargo, con la precaria situación avanzando, con los días se suscitaron ciertas riñas dentro las trincheras en particular entre dos naciones, nada extraño si se tomaba en cuenta lo accidentada que había sido su historia, y relación, aunque nadie más que ellos sabían de aquellos tiempos en que tuvieron que ver de forma más íntima.

—¡Podrías también tomar en cuenta la opinión de mis generales! —reclamó Francis tras una reunión para discutir las próximas estrategias a implementar—. Olvídalo, supongo que no tenemos de otra; aunque, este es más tu plan, non?

Francia estaba molesto aún por el hecho de ver su hijo metido sin sutileza en esa guerra que realmente no le involucra, pero suponía que al estar aun respondiendo a la reina, y la estima que Matthew mantenía hacia Arthur iban a llevarlo a involucrarse de una u otra forma.

—¡Por dios, Francis! Deja de estar inventando dramas, ¡por si no has visto, ambos estamos atorados aquí! —gruñó Arthur por la pesada humedad que se sentía tras las últimas lluvias.

Matthew negó suavemente con la cabeza al verlo nuevamente pelear. Todos en el campamento estaban comenzando a resentir el agotamiento y las inclemencias del clima, así que el ver que sus naciones peleaban no ayudaba mucho.

—Papá, Inglaterra —intervino tímidamente Matthew, interponiéndose entre los dos—. Creo que estamos...estamos gastando energía de manera innecesaria —les dijo a ambos, para dirigirse a Francis—. ¿No gustas acompañarme a prepararnos para el plan, papá?

—Oui, oui —aceptó suspirando, sin quitar su mirada irritada de Inglaterra—. Te espero con los sargentos para informar, Matthieu.

Cuando Canadá vio a su padre retirarse hacia donde tendrían la reunión final del plan, se dirigió con sonrisa amable hacia Inglaterra. No le gustaba mucho ser quien tuviera que mediar entre Francia y Arthur, sin embargo era un poco consciente de que entre ellos todavía podía existir los restos de lo que pasaron hace siglos, así que intentaba apelar a algún vestigio de simpatía en ellos, y tal vez, así volvieran a llevarse bien; ¿aunque en algún punto su relación fue buena? Lo comenzaba a dudar.

—Creo que deberían ser más pacientes entre ustedes, sólo mi opinión, eh —dijo con su suave voz y una risa incómoda.

—Él es quien no sabe escuchar. Después de todo lo que tuve que decir y preparar para venir con él...—murmuró, sorprendido de su propia confesión que acababa de decir sin pretenderlo. Miró al suelo avergonzado—. Olvida lo que acabo de decir, debo ir a atender algunos asuntos, prepárate Matthew —ordenó dándole la espalda.

Con la guerra enterrada en trincheras, apenas tenían comunicación con Iván quien estaba soportando con muchas pérdidas en el frente Oriental, donde los ejércitos continuaban en una guerra de movimiento, contrario a la situación estancada del lado de las fuerzas combinadas británicas y francesas. Rusia también debe hacerle frente a Turquía, quien respondía al nombre de Sadik, quien en ese entonces era conocido como Imperio Otomano. Dicha nación, logró aislar a Rusia, aliándose del lado de los imperios alemanes y austrohúngaro.

La situación no pintaba favorable para los aliados en absoluto al avanzar los meses, al punto de tener que pedir apoyo de Nueva Zelanda en la desafortunada batalla de Dardenlos—en la península Turca de Galípoli—, donde buscaban abrir vías para atacar el centro del Imperio Otomano; el resultado: Sadik logró bloquear el frente sur, apoderándose de él toda la guerra.

—Lo siento señor Inglaterra —le dijo Nueva Zelanda a su colono—. Creo que perdimos ese territorio.

—Tendremos que contar con Iván para tratar contra Sadik, está bien —tranquilizó Arthur. Francia sonrió al ver que Inglaterra podía ser amable con sus colonias, a pesar de lo arisco que podía ser con él.

Uno de los eventos que más recuerda, y que afectó marcadamente su desempeño en varias de las batallas posteriores, fue un ataque en el frente Oeste, entre Langemarck e Ypres, ubicado en Bélgica. Esa zona que estaba bajo el cargo de Francia y Canadá en ese preciso momento, sufrió un ataque un tanto experimental por parte de los alemanes con otro tipo de armas: el uso de un gas tóxico, tanto letal, como lacrimógeno, conocido como mostaza.

Los efectos de esa novedosa arma tenían poco impacto mortal, no obstante, dejaría una herida que perdurará durante el desarrollo de la guerra, y en años venideros.

Canadá estaba en posición con unos soldados, listos para recibir el ataque de las tropas alemanas. Sin embargo, el silencio absoluto y el ambiente enrarecido les indicaba que algo no estaba bien, que algo iba a pasar.

—General Williams, parece que el ejército alemán no se ha movido para la ofensiva en la última hora, ¿están abasteciendo municiones? —reportó un soldado que estaba vigilando el lado enemigo con unos binoculares, este volvió a cubrirse tras la barricada.

—Manténganse atentos —ordenó con firmeza Matthew, que a pesar de su suave voz logró hacerse escuchar—. ¿Saben cómo va el lado de las tropas del General Bonnefoy? —preguntó preocupado.

Pero no dio tiempo a que obtuviera una respuesta.

Cuando el ataque con gas cayó sobre los estupefactos soldados que apenas conocían ese tipo de armas, Canadá logró usar sus gafas de aviador que siempre portaba, gracias a que normalmente le encargaban las ofensivas aéreas, y proteger sus ojos en lo posible.

—¡Papá! —gritó Matthew tosiendo, y arrancando un pedazo de su uniforme para amarrarlo alrededor de su boca, dándole un escaso alivio pero suficiente para poder moverse y ayudar a los heridos, mientras intentaba encontrar a Francia perdido en el pánico y esa nube que era dolorosa de respirar. Matthew pasó saliva por su garganta que le quemaba, y gritó el nombre de Francia—. ¡Francis!

Matthew logró encontrar a Francis que intentaba ayudar a un soldado con una bala en el abdomen, aunque con movimientos torpes por la desesperante sensación de no poder ver bien con los efectos del gas mostaza.

—Tienen que huir, ustedes necesitan salir antes que nosotros —dijo el soldado con un hilo de voz, ahogándose en un fuerte ataque de tos, Francia negó con la cabeza, y se asustó cuando sintió a alguien ponerse entre él y el soldado, ayudándolos a enderezarse.

—Tenemos que apresurarnos, no sabemos si van a lanzar otro ataque igual —comentó Canadá ronco. Francis se sintió aliviado al reconocer a la voz de su hijo, y dejó que la joven nación los guiará.

Los efectos del ataque en varios de ellos, como en Francia, fueron variados, un tanto dolorosos, y posiblemente con secuelas: Francis tuvo que aceptar usar gafas cuando requiriera leer documentos tras una breve recuperación. Canadá sufrió daños menores en ese ataque, aunque se vio afectado en los posteriores.

Hubo tres ofensivas similares después, donde los daños en la vista de Francia se hicieron permanentes, menguando con el tiempo y con diferentes efectos para él, como para Canadá. Si bien ese fue un evento desafortunado que los indispuso un breve tiempo para luchar, ambos no retrocedieron en seguir guiando sus fuerzas armadas.

En la guerra, y como nación, debía aprenderse a cargar con heridas, memorias....

Y errores.

 


 

Alemania observaba atento las expresiones de Francia sentado frente a él mientras revisaba su correo electrónico, levantando sus ojos de su computadora de vez en cuando, y en particular sus gafas de marco rojo.

Cuando era joven, recordaba bien—guardaba buena memoria de su tiempo como Confederación—el hecho de que Francia no usó gafas hasta después de la Gran Guerra, y no necesita analizar el hecho, él sabe bien el porqué.

Francia tenía que depender para leer del uso de gafas, y su visión no era muy buena cuando tenía que ver objetos muy lejanos u objetos luminosos. También era consciente de que el galo no fue el único afectado: en el caso de Canadá, su vista se volvió bastante sensible y predispuesta a cansarse sin el uso de sus lentes.

¿Cuándo fue exactamente que comenzó a usar los lentes? Francis era notablemente caprichoso con su imagen, así que suponía que se resistió a usarlos al principio. El también usaba gafas desde hacía un tiempo, aunque más bien era por predisposición a cansarse, acompañado de un ligero grado de miopía, y bueno, tenía una enorme pila de cosas por leer.

Francia nunca le reclamó ese ataque, ni los efectos de éste, cosas fáciles de deducir siendo honesto. Sin embargo sabía que no sólo la herida física dejó esa consecuencia duradera, probablemente también el trauma ayudó a que la vista de Francia quedara con esa condición de forma permanente...

—¿Luzco preocupado? Louis? —la voz suave y de marcado acento de Francia se elevó en el silencio, sacándolo de sus reflexiones. Los ojos de Francis, a pesar de haber hablado, seguían fijos en el monitor de su laptop—. Supongo que es evidente; debo decir que no estoy leyendo algo agradable.

El galo hizo amago de quitarse las gafas, y Alemania se removió en su asiento resistiendo la inquietud de tomar la mano de Francis para que le dejara volverle a poner sus lentes.

Ludwig se ruborizó al darse cuenta de lo que estaba por hacer. Se aclaró la garganta para hablar—: Bueno, ¿Qué decías sobre algo desagradable?

—¿Estas bien, amour? —cuestionó extrañado Francia, enarcando una ceja.

Ja, sólo se entume mi pierna un poco —mintió, tecleando algo en su computadora para disimular.

Francia decidió no ahondar en esa peculiar reacción, con lo que tenía que decir era suficiente para mantener su mente ocupada en otras cosas.

—Sé que a petición de los otros miembros de la EU estamos llevando la revisión del estatus de Inglaterra en cuanto a sus finanzas en la Unión. Soy consciente de la presión que tienes y lo mucho que hemos preparado para la reunión agendada, previa a la oficial con las otras naciones—explicó —, por eso es que esto me irrita...y no quiero pensar lo mucho que también te disgustara, con todo lo que trabajaste para el reporte.

—Frankreich, no entiendo, ¿podrías resumirlo? —pidió un poco mareado Alemania con todo el discurso del galo.

Oui, por supuesto. Lo siento, es que con todas las protestas en mi país, esto solo me agota —se excusó con una sonrisa—. Lo que pasa es que me acaba de llegar un correo de Angleterre, donde al parecer siguen discutiendo lo del Brexit, y tendrá que posponer nuestra junta un tiempo, como la discusión del tema.

Alemania frunció el ceño, y se masajeó el temple con un poco de fuerza. Su postura que se había vuelto algo tensa pareció inquietar a Francis. Ludwig respiró hondo calmandose, sabiendo muy bien lo que causaba al galo verlo enojado; probablemente esa imagen traía esos recuerdos...

—Supongo que no nos queda más opción que aplazar, y reorganizar la agenda de la reunión con los otros para poner el tema como opcional —dijo buscando sonreír con el fin de mejorar el ambiente, acción que al parecer tuvo éxito al ver a Francia relajarse.

—Estoy de acuerdo —asintió Francis, preparando un correo de respuesta—. Y con lo difícil que ha sido acomodar nuestras agendas, supongo que puedo aprovechar para atender ese pendiente... —murmuró lo último para sí mismo mientras enviaba el e-mail, aunque para Alemania no fue difícil escucharlo.

—¿Pendiente? —inquirió Ludwig.

—Ah... Algo personal, solo una conversación pendiente con... —Francis dudó de ser sincero, y decirle que había prometido zanjar asuntos pendientes con Escocia; de por sí el germano ya estaba algo molesto con el cambio de agenda a causa de Inglaterra. Decidió confesar, ocultar esa clase de cosas no iba a ser bueno si Alemania lo sabía, sería como traicionar su confianza—, bon, digamos que decidí atender cosas que debí cerrar en el pasado, como lo que fue con Allistor. Fue algo que simplemente evite, no es que haya algo entre nosotros, o de mi parte en ese sentido.

Durante toda su explicación, Francia mantuvo sus ojos buena parte en el teclado de su laptop, para luego examinar la expresión de Alemania; éste último lucía tremendamente incómodo, ¿cómo podía ser que Ludwig fuera celoso? Aún le costaba creerlo.

El germano recargo su barbilla en sus manos entrelazadas con gesto reflexivo, y suspiró resignado.

Ja... Ja, entiendo —habló Alemania en voz baja, mirando a Francia—. Hay cosas que deben hablarse y concluirse.

Por supuesto que lo entendía, él mismo sabía lo que era sentir algo pendiente por siglos—como cosas que le quiso decir a Gilbert, o la disculpa que sentía debía a Polonia y Bélgica—; no podía ser egoísta, y entrometerse en algo que sólo concierne a Francia, confiaba en él.

Francia le sonrió agradecido por comprender, y se levantó para rodear el escritorio para llegar a él, dándole un beso en la mejilla cuando estuvo a su lado.

Ludwig suponía, que como en todo ciclo y era, siempre había espacio dispuesto a las conclusiones y cambios.

Chapter Text

Ambos se quedaron quietos, de pie frente a los aliados esperando su respuesta en esa junta organizada por ellos con motivo urgente: ellos, los hermanos Italia del Norte e Italia del Sur se unirían a la guerra en favor de los aliados.

Cabe decir que no estaban del todo listos para apoyar en el conflicto con toda su fuerza, estaban lidiando con los conflictos internos y el posicionamiento del fascismo sobre sus hombros; Romano apenas le hablaba a Veneciano con simpatía desde el «Risorgimiento» que los unificó décadas antes, y a pesar del tiempo, aún se sentían los efectos.

—¿Porque tan de repente, Italia del Norte, e Italia del Sur? ¿No les era más conveniente mantenerse neutrales? —preguntó Inglaterra con cautela. Sabía perfectamente que Feliciano tuvo profunda conexión con los países de raíces germanas.

Veneciano fue tomado por sorpresa por ese cuestionamiento tan directo, pero a esas alturas de la guerra no podían ponerse a perder tiempo o intentar ser amables. Francia suspiró, e invitó a los hermanos a sentarse; no iban a progresar si asustaban a sus posibles aliados.

Romano dio un vistazo a su hermano menor que estaba todavía un poco ansioso por toda la situación, así que él decidió tomar la palabra, controlando su temperamento en lo mejor posible—: Tenemos asuntos con Austria, territorios que son nuestros y están en sus manos.

Los aliados entonces comprendieron como lógicas las razones de los hermanos italianos para entrar de su lado en la guerra. Sin tiempo que perder, Romano y Veneciano se dirigieron al frente contra Austria, por supuesto, aquello trajo más bien resultados desastrosos muchas de las veces: incontables fueron sus derrotas contra el ejército de Roderich apoyado por Elizabeta.

En ese entonces, Feliciano pudo conocer—como enemigo—a Ludwig, en su fase como Imperio; el hombre le recordaba terriblemente a Sacro Imperio, no obstante, todos sabían que era un persona diferente nacido de los restos de ese conjunto de territorios que no era nación, ni república, ni imperio. Sin duda era casi la misma imagen de Sacro, hecho que le impresionó de manera dolorosa; pero por lógica, y por cómo distribuyó el territorio tras lo ocurrido por la Confederación del Rin de Napoleón, tenía que ser realista: Alemania no era Sacro, y nadie podría reemplazarlo.

Le costó al principio aceptarlo, requirió firmeza de su hermano, y los muchos golpes de realidad que tuvo que recibir en la guerra para aceptarlo. Ambos eran enemigos en ese entonces, pero Feliciano pensaba que estaría bien que en un futuro fueran amigos, un poco por el pensamiento de mantener el recuerdo de esa nostalgia.

Entonces Italia entró en guerra con no muy afortunados resultados.

Rusia, por su parte, se sentía acorralado y cada vez con menos opciones; los aliados no lo estaban apoyando como esperaba, y sus problemas internos parecían querer partirlo por la mitad muchas veces. Su pueblo no estaba contento, tampoco estaba en una época próspera ni propicia para sobrellevar bien la guerra; el Zar Nicolás II no tenía la experiencia, ni el espíritu, para saber llevar a Rusia, pero Iván tenía que soportar en el frente oriental; su desfavorable situación se hizo presente en la derrota contra el ejército alemán en la batalla de Tarnov—en el frente oriental cerca de Austria-Hungría—, sin mencionar que Bulgaria se adiciono a las fuerzas enemigas.

Rumania, que estaba cooperando con Iván, no tomó muy bien la decisión de alguien tan importante para él, como lo era Bulgaria.

Tantos frentes abiertos mantenían muy limitados a las fuerzas aliadas para unirse y atacar, casi estancado a las diferentes partes en sus lados. Sin embargo, esa táctica ofensiva de Alemania los llevaría al desastre.

Y el decidir acercarse a los países que eran el conjunto que formaban América, decidiría el rumbo de la guerra.

 


 

¿Qué podía decir Alemania de Prusia? Qué a pesar de ser de carácter impulsivo, orgulloso, y ánimo incansable, era siempre sabio, frío—de ser necesario—, y asertivo cuando se requiriera. Muchos creían que el llevó la dirección de ambas guerras totalmente, que Gilbert simplemente seguía la directriz designada; no obstante, la realidad es que su hermano mayor tomó la responsabilidad y las decisiones más duras cuando podía hacerlo, con tal de ayudarlo, con tal de no volver a ver morir a alguien importante para él.

Prusia...no, su hermano, hizo muchas cosas a costa de él, aceptó las consecuencias de las decisiones de Ludwig, lo ayudó a aprender ser nación, a moverse en la guerra, a volverse fuerte. ¿Cuántas veces no lo puso en peligro? Gilbert tuvo que aguantar muchas veces estar solo en el frente, mientras le daba la oportunidad a él de ejecutar los planes según su conveniencia. Probablemente hasta Otto, el canciller de hierro responsable de la unificación alemana como sus inicios de nación, vio lo que le iba a costar a su hermano las decisiones, y todo el poder que le estaba concediendo a Ludwig.

En muchas ocasiones pensó que era normal para él no ver el dolor que causaba a su alrededor hasta que era tarde, por eso a veces le costaba mucho aceptar que Francis lo quisiera de esa manera, y que todos lo hubieran perdonado. Todo eso le hacía no dejar de lado su pasado, sino caminar con él, y ver hacia atrás cuando tuviera que hacerlo.

Una vez Francia reconoció que su afan de no olvidar su pasado sino reconocerlo, y aprender a vivir con él, era algo que unicamente el podría hacer, a diferencia de otras personas en su vida, incluso el mismo; y el galo le dijo que eso fue lo le hizo darse cuenta que estar con él era lo que quería.

Para Alemania no hizo falta que Francis dijera el nombre de esas otras "personas" en su vida, tenía un nombre en mente.

«Nunca olvidamos.» Era la frase con que Francia normalmente solía terminar su relato.

Porque no olvidan, y aunque pudieran hacerlo, Alemania nunca lo haría, no tenía derecho a hacerlo.

Y es que no importaba cuantas veces regresara su pasado, él estaría ahí, dispuesto a volver a revivirlo, a llevar su dolor sin afectar a los otros.

Cómo Francia aceptó sus errores, él también lo hacía.

Cuando estaba inquieto, le gustaba pensar en las cosas que estaba descubriendo de Francis y de sí mismo solo, muchas veces aprovechando las mañanas en que paseaba a sus perros; últimamente había estado pensando mucho en Gilbert, quien, a pesar de todo, siempre le dijo lo orgulloso que estuvo de él.

Recordaba las veces que Francia le dijo, cuando podía ver todo su remordimiento, el tipo de persona que su hermano fue: «Gil era el tipo de persona que a pesar de que sus decisiones fueran desastrosas, siempre las miraría como si hubiera sido lo mejor que alguien hubiera podido pensar, y jamás culparía a nadie por lo que viniera después; te quiso como hermano, como padre, nunca, ni un sola vez, vio como un error todo lo que te dio.»

¿Cómo podía quererlo tanto? Al ver su pasado le costaba encontrar una razón lógica; muchas veces pensó que sería de lo más normal que Francis viera como un error estar con él, y se fuera para estar con Inglaterra, o Escocia, si tomaba en cuenta lo mucho que estuvieron juntos—era consciente de la forma en que a veces Allistor actuaba hacía Francis—. Pero el galo seguía ahí con él, casi cincuenta años después.

Si bien se sentía intranquilo, un poco celoso, de Escocia, no podía evitar entender un poco la situación de Escocia: fueron aliados y compañeros casi dos siglos. El mismo Allistor cuestionó muchas veces a Francis sobre su decisión de estar con él: »—¿Cómo lo perdonaste? Fue la pregunta con que el escocés encaró a Francia cuando se filtró su relación entre algunos de sus conocidos más cercanos.

»—No sé cómo lo perdonaste.

Era la frase con que no sólo Allistor, sino también Inglaterra, recibieron a Francis en muchas ocasiones; pero no podía quitar la razón de esa afirmación, no podía negar esa duda.

Él tampoco sabía cómo lo había perdonado.

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Si tuvieran que decir sí todos los sacrificios hechos en cada batalla valieron la pena, al menos en el caso de Francia, no sabría que responder, y pensaría en todos los soldados que tuvo que cargar del campo de batalla para morir en una camilla sin posibilidad de perecer en su hogar. Ese pensamiento, es el que siempre mantuvo tras las más grandes ofensivas, tras las más costosas en cuanto a vidas humanas.

A principios de 1916, ocurrió una batalla que se alzaría como símbolo de determinación para el ejército francés, pero también permanecería con la memoria de que ese símbolo indicaba que a veces tenían que mantenerse en pie, sin importar lo mucho que iban a perder.

En el frente occidental, específicamente en el noreste de Francia, se alzaba una defensa fortificada sobre las colinas de Verdún-Sur-Meuse—parte fronteriza con Alemania—, punto estratégico defensivo por ser una posición de altura. Dadas las circunstancias en el frente Oriental, donde estaban atascados en las trincheras, Francis decidió monitorear esa posición tan importante, dejando a Arthur y Matthew en los otros frentes.

—Es de suma importancia, Arthur —aseguró el francés a su aliado, un poco antes de partir en compañía de un batallón.

Quedó claro, en cuanto llegaron cerca de las colinas, que los alemanes habían estudiado a fondo a sus enemigos, y conocían el valor de esa área, al punto de suponer que los franceses usarían todo recurso necesario para mantenerlo; Ludwig sabía que esa operación era importante si deseaban la ventaja territorial sobre los aliados posicionados en Francia.

—Reporte la situación —ordenó Francia en cuanto llegó a los campamentos. Francia entró a la tienda del principal General de ese batallón. Algunos soldados lo observaron con cautela, intentando dilucidar su identidad—. General Bonnefoy —agregó Francis.

Quien estaba a cargo se paralizó al escuchar ese nombre, al igual que su teniendo y sargento; ellos sabían quien, o exactamente que, era ese hombre. Los otros soldados parecían confundidos, pero igual presentaron sus respetos en un ceremonioso saludo cuando sus superiores lo hicieron.

—Disculpe, señor —dijo el General al mando—. La situación no es favorable, el ejercito alemán ha comenzado la ofensiva, y nuestras pérdidas son pasmosas, pero si ellos obtienen esas colinas, abrirán una brecha directa al interior del país.

—Por favor, facilite el reporte y veré que le llegue al presidente Poincaré para decidir el curso de defensa —pidió Francis. Se sentía ahogado al ver como los alemanes los tenían acorralados en ese punto, aunque también sabía de las enormes pérdidas que ese frente estaba representando al enemigo.

La respuesta de su jefe fue inmediata y contundente: debían mantener la ofensiva  a como de lugar con el apoyo que iban a mandar, porque no podían retroceder, de ninguna forma.

El ganador, o perdedor de esa, y muchas batallas, no pudo determinarse. Tanto para Francia, como para Alemania, las bajas fueron enormes mientras los días se alargaban en la defensa. Francis no pudo asestar un golpe directo a Ludwig, quien estuvo en pie dirigiendo la ofensiva. No obstante, esa batalla donde pelearon casi hasta el ultimo hombre, levantó la moral para los años venideros de la guerra, y puso un ejemplo de que ese país en ocasiones no tendría la fuerza, pero si la determinación.

Con lo aprendido en Verdún, Francia y otros estrategas formaron entonces la línea de Maginot, que fue una tactica exitosa en ese entonces para defender la frontera francesa, e incluso tuvo gran impacto en bajas alemanas.

Por supuesto, como en toda guerra, tomaron decisiones vergonzosas y a espaldas de los otros países involucrados. Los acuerdos de Sykes-Picot que se repartían varios territorios de medio Oriente, incluso influyendo en la delimitación territorial de Irak y Siria.

—Son necesarios, Francis —le dijo su presidente al ver a su nación pensativo tras la firma de los acuerdos—. ¿No me digas que has olvidado los tiempos de la gran Francia como nación conquistadora? Es una medida que debe tomarse si Italia falla contra el Imperio Otomano.

—Por supuesto, Monsieur Raymond —aceptó Francis sin algún comentario adicional, aunque esas palabras de su jefe de sus tiempos como colonizador le recordó a esa bofetada que Ludwig le dio con sus palabras, cuando discutían lo de Alsace y Lorraine; no obstante, eso era diferente, estaban repartiéndose territorio tras bambalinas, no haciendo presencia de manera directa como hizó tiempo atrás.

—Es una guerra que nos involucra a todos, desafortunadamente —fue el cierre de esa conversación.

Lo que no sabría Francis, hasta un poco después, es que Arthur sería ordenado a influir en la revuelta árabe contra el Imperio Otomano.

Aunque esos acuerdos quedarían en segundo plano a mediados de año con otra batalla al norte de Francia, una de las más terribles y sangrientas que podía recordar Francis hasta el momento; la historia haría el recuento de poco más de un millón de bajas; y él insistiría que fueron un poco más.

La batalla de Somme—ubicada en un frente de cerca de cuarenta kilómetros a lo largo del rio del mismo nombre— fue estratégica en cuanto a querer romper las defensas alemanas. Arthur fue puesto al frente de los batallones británicos disponibles en ese plan, cuyo objetivo final era distraer a las fuerzas germanas de lo que estaba ocurriendo en Verdún, y evitar darles tiempo de reforzar su ofensiva en ese lado.

—¿Y Francis se quedó en Verdún? No puedo decir que no lo necesitemos en este lado, pero si pierde ese punto de la frontera... —analizó Escocia mientras preparaban el equipamiento para comenzar el primer día de la batalla en Somme; Irlanda apretó los labios preocupado por las consecuencias que implicaría que Francia perdiera Verdún.

—Por eso estamos los tres aquí, en vez de preocuparnos por esa parte del frente, tenemos que ocuparnos de este para que Francis no se distraiga, y dejé entrar al Kraut de ese lado —finalizó Inglaterra, no dando lugar a más suposiciones de sus hermanos.

Para Allistor siempre era un poco sorprendente cuanto había cambiado su hermano menor, que tan fuerte y frío podía ser cuando la situación lo requería. Wales se lo había dicho: «Debemos olvidar al pequeño Albión, él es quien representa al Reino Unido después de todo». Y con ese pensamiento, los hermanos se encaminaron en conjunto a fuerzas francesas a iniciar la batalla de Somme, evento que determinaría la ruta a la victoria del frente occidental.

Mientras en otra parte, casi a finales de lo que estaba ocurriendo en Somme, Roderich observa turbado, con Hungría a su lado, a su recién fallecido emperador.

 


 

El aire de esa época era agradable, siempre le había gustado la transición de la primavera a la siguiente estación. Los colores oscuros de los decorados del suelo de las terrazas en casa de España, adornados de amplios arcos, le hacían sentir de lo más maravillado con el encanto tradicional de la morada de Antonio.

Vio esa peculiar mesa de madera y un peculiar material oscuro que cubría la superficie, y tomó su taza de café para darle un sorbo en silencio, o casi en apacible ausencia de ruido si nos e tomaba en cuenta los insultos por lo bajo que Romano le dedicaba cada vez que se cruzaba con él en sus visitas con su amigo.

Aunque, la verdad, ya estaba acostumbrado, y le parecía de lo más tolerable comparado con los dolorosos golpes que Arthur le daba con sus palabras gracias a todo ese tiempo que se conocían.

—Últimamente estas trayendo muchos recuerdos antiguos, mi amigo —opinó Antonio con una sonrisa, recargando su barbilla en una de sus manos—. ¿Sintiéndote viejo?

—Supongo, a veces es difícil negar la edad —admitió avergonzado el galo, mirando al español con expresión mortificada.

—Bueno, joder Francis, estáis saliendo con una nación bastante más joven que tú —dijo Antonio para molestar a Francis, riéndose un poco cuando éste se sonrojó.

—¡Por favor, Antonio! —reclamó Francia, casi tirando su tasa—. La edad no es muy importante para nosotros...

—Estoy de acuerdo, aunque sigue siendo muy joven si lo comparamos con nuestro tiempo de vida —Sonrió Antonio.

Bon —suspiró con fingida indignación—, deséame suerte, tengo cierta platica pendiente con un viejo aliado —dijo Francis antes de despedirse del español, que le deseó suerte con una expresión de entendimiento sobre ese asunto pendiente al hizo referencia Francis.

—Ya era hora, mi amigo —fue el comentario de Antonio cuando se despidió del galo.

Francia pensó en la última parte del relato al que habían llegado Alemania y él. La primera guerra mundial demostró una cosa: que era demasiado fácil poder destruirse. Aunque debía reconocer algunas cosas, tanto la primera como la segunda guerra cambiaron en muchas formas a Europa; los dos más grandes conflictos bélicos determinaron muchas relaciones contemporáneas, y hasta dieron forma a territorios actuales.

Aunque le hubiera gustado que esa transformación tomará un camino diferente.

___

Escocia se recargó en el sofá reclinable que usaba como silla de su oficina. Pasó su mano por sus cabellos, sintiéndose un poco cansado de la reciente reunión que acababa de tener, que si bien no era oficial, debió organizar ese día; vaya puntería tenía Francia para agendar su charla pendiente en esa fecha, pero era su culpa también: había olvidado su reunión con Alemania para discutir los temas que le conciernen en la Unión Europea, incluyendo su camino a tomar si el Brexit se efectuaba.

Si bien no disfrutaba estar en presencia del germano —por razones personales—, debía admitir que no era malo, al menos como persona, y respondió todo lo que tuvo que preguntarle. De alguna forma, debía haber uno de todos los hermanos de Reino Unido que tenía que tratar con Ludwig, de forma profesional, ya sí Arthur se estaba dejando llevar aún por el pasado.

Pero no culpaba a su hermano menor, las últimas acciones del parlamento y sus jefes lo estaban poniendo en una situación hasta humillante frente a los otros países, y terriblemente estresante.

Cuando escuchó un par de golpes en la puerta de su oficina, se irguió rápidamente para invitar a pasar a la persona que acababa de llegar, y que llevaba esperando todo el día.

—Pasa Francis —habló con fuerza, esperando que su voz llegará a su invitado.

—Buena tarde, Ecosse —saludó Francia, con una sonrisa tensa y luciendo incómodo; Allistor sonrió triste al ver esa usual postura que el galo tomaba con él...esperaba que esa conversación reparara su amistad, porque sabía que lo tuvieron en la guerra de cien años quedó en la historia, como muchas cosas más.

—Por favor, toma asiento, he preparado un poco whiskey, sé que lo prefieres antes que un té en la tarde —ofreció Allistor, y se puso de pie para servir dos copas en gruesos vasos de cristal.

Merci —aceptó Francis, y ambos guardaron silencio un largo rato. El escocés iba a romper el incómodo momento, pero el galo se le adelantó—: Creo que realmente he sido un poco infantil con esto, y me he esforzado más en guardar rencor que en dejar la historia en el pasado.

—Lo pensé —Rio suavemente—, y llegué a pensar también que te parecías mucho a Arthur en eso. Pero —hizo una pausa levantando la mano cuando Francia pareció querer decir algo—, me di cuenta que eso era un error: tú eres una nación que, sin importar cuantas veces eso termine en una herida más, amarás a todos tus hijos, y lo harás profundamente, hasta con aquellos que estuvieron a tu lado; lo entendí al recordar a Jeanne. Por eso nunca pensé en que fuera tan cursi ese nombre que te dieron: «Francia, el país del amor.»

—Mi Doncella —murmuró cerrando sus ojos, recordando con una sonrisa a la joven que el destino le dio una segunda oportunidad—. Me doy cuenta de que siempre me comprendes, a pesar de tanto tiempo, y es por eso que debo decirte esto: nunca te odie, y sé mejor que nadie que no debí despreciarte tanto tiempo, especialmente porque tú también sufriste por mi culpa en el pasado, ofrezco una disculpa, Allistor.

—Es bueno escuchar mi nombre de la forma en que lo decías hace tanto tiempo —asintió el pelirrojo, permitiéndose sonreír un poco—. Y yo también debo disculparme por esa amarga memoria de Napoleón, y por pretender recuperar esa relación que sé que nunca regresará, debo confesar.

Francia guardó silencio percibiendo que el el escoces todavía le quedaba algo que decir; así que fue paciente y asintió suavemente con la cabeza para indicarle que continuara.

—Realmente estaba enojado porque no había dejado de quererte cuando me entere de lo tuyo con Alemania, aún a veces me siento incomodo con eso —Allistor fue honesto, tenía que serlo—. Al principio intenté portarme hostil con Alemania, cuando comenzaban y podía ver dudas, pero ahora sólo me gustaría recuperar la amistad de todo lo que tuvimos, me cuesta aceptarlo...pero te veo feliz, y eso está bien.

Allistor tenía razón en mucho de lo que le estaba diciendo: sí, existieron muchas dudas y miedos cuando decidió comenzar una relación con quien fuera su enemigo, con esa nación que lo dividió, ocupando su territorio sin piedad. Claro, que al final decidió hacer caso a sus sentimientos, y confiar en el Ludwig que había descubierto, el verdadero.

Francia suspiró y curvo sus labios en respuesta a la amable expresión del escocés. ¿Por qué había pospuesto tanto tiempo esa conversación?

—Veo que pensaste mucho en lo ibas a decir hoy —comentó Francia sin dudar en mirar a los ojos verdes del otro—. Gracias.

—Pero también debo confesarte otras de mis dudas y pensamientos —volvió a hablar Allistor, dudando un poco antes de continuar—: Francamente, no comprendo cómo lo perdonaste, considerando que no hay forma de que olvidemos todo lo que pasó.

Francia no se inquietó por esa pregunta, muchas naciones se la habían hecho en el pasado, y no era la primera vez que la escuchaba de Escocia. Tras un poco de reflexión, el galo se sinceró con sus pensamientos:

—Esa es la respuesta: nunca olvidamos, y Alemania no lo hizo —inició con absoluta calma—. Él, al contrario de muchas otras naciones, no sólo fingió que el pasado no importaba y lo dejó atrás, aparentando olvidar, simulando que no existía: Ludwig decidió vivir con su pasado, reconocerlo por lo que es, y no olvidar.

—Entonces debo reconocer a Alemania por eso —concluyó Allistor resignado encongiendo sus hombros. Ya no podía reclamar nada a Alemania.

—Para muchos de nosotros, a veces, la costumbre y los recuerdos nos pueden hacer dudar de nuestras acciones presentes; podemos creer que quienes fueron nuestros enemigos siempre lo serán. —Francia levantó su copa en clara señal de querer un brindis.

—Podemos ser viejos, pero tercos, aren't we? —Chocó su copa con suavidad.

Francia asintió riendo con las palabras de su viejo, y nuevo amigo.

Chapter Text

Por supuesto que sabía que las cosas no serían sencillas, no cuando vio que las acciones de Roderich y Elizabeta llevaron a entrar a Rusia a la guerra. Recordó, con cierta vergüenza, cuando vio entrar a Inglaterra, Rusia, y posteriormente a Estados Unidos al conflicto, como Francia intentó hacerle ver que sus acciones terminarían en algo que se le saldría de las manos.

Con los planos desplegados a su frente, y los múltiples frentes marcados en él, comenzaba a sentirse ahogado en cada reunión que tenían referente al siguiente movimiento. Sus planes no habían ido como esperaban, el frente Oriental estaba decayendo—subestimaron el poder estratégico del ejército de Iván—. Su fuerza estaba dividida, como sus recursos, a causa de todas las ofensivas abiertas, demasiados frentes que más bien los estaban poniendo en una situación vulnerable.

Últimamente sentía una presión agobiante en su estómago con cada reunión y le costaba concentrarse con su mente recorriendo a toda velocidad sus opciones. Su hermano mayor, como siempre, sabía mejor que hacer cuando se paralizó con tanta responsabilidad, Gilbert siempre estaba para él, incluso cuando el desastre era inminente y tenía que lidiar con su enojo sobre las desastrosas decisiones suyas o de otros.

Alguien le preguntó algo que no logró discernir por todo el torbellino de pensamientos que tenía en su cabeza. Era una nación fuerte, no obstante, su juventud se hacía presente en esos momentos.

—Ja, el plan está listo para mandar a batalla nuestra fuerza marina y los submarinos que nos brindaron, Herr Kommandant —contestó  Gilbert rápidamente al ver el predicamento de su hermano menor. El albino palmeo el hombro de su hermano, mirando al comandante que los cuestionó con una media sonrisa que mostraba sus dientes.

Mientras la guerra submarina era lanzara al mar por parte de Alemania, el hecho de la invasión alteró a cierta nación al otro lado de las aguas: Estados Unidos mandó un comunicado sobre la ruptura de la cordialidad y las relaciones diplomáticas entre ellos. La nación norte americana no podía permitir ese movimiento ni que invadieran las aguas en esa guerra, decidió romper, tras una larga reflexión de parte de su jefe, cualquier conexión con Ludwig.

Mientras Estados Unidos y su gobierno observaban atentos el desarrollo del conflicto en Europa y Asia —especialmente los movimiento de Alemania—, al otro lado del frente Oriental, Rusia tenía su atención centrada en otra situación sumamente grave: La revolución de Febrero que estaba alzándose y entrando en un punto álgido.

Iván veía con enorme conflicto la caída de los Romanov, y por lo tanto de su principal dirigente —que si bien sabía era un hombre déspota y cruel—, temía por la seguridad de la familia, por lo cual tuvo que dejar a su ejército en el frente oriental momentáneamente para poder actuar según el desarrollo de sus cambios internos. Aunque, inevitablemente, el Zar Nicolás II abdicó al verse sin salida con su gente enardecida por su disgusto.

Aunque no lo dejaron asimilar nada de lo que le estaba pensando; una tarde, mientras veía cuál sería el porvenir de su gobierno, recibió una sorprendente llamada de Inglaterra:

Estados Unidos ha declarado la guerra a Alemania —declaró Arthur con firmeza y sin alargar ninguna palabra; el antiguo Trece Colonias había entrado de su lado en ese conflicto mundial.

Aquellas eran buenas noticias, tendrán un aliado que no ha pasado por el desgaste de todos los años de guerra que ellos ya llevaban y podría asestar una ofensiva efectiva —aprovechando también el efecto de la guerra en Alemania—. Claro que ese hecho los haría sentirse un poco ofendidos, en particular a Rusia, que había estado llevando el peso de todas las muertes y eternas batallas en el frente desde el principio.

Las últimas noticias del nuevo aliado sacudieron el campo de batalla, incluso tras el fracaso de Francis en el noreste de París —frente de Champaña—, donde apenas habían podido retroceder llevando a sus heridos, mientras veían a su paso las decenas de miles de muertos que dejó ese enfrentamiento; a Francia le costó dejar de pensar en los rostros lívidos de cuerpos sin vida cubiertos de tierra y sangre.

Ese último fracaso fue la gota que derramó el vaso para reventar la delicada tensión en el ejército de Francia. Tras lo ocurrido en Champaña, y con el cansancio sacando todo el miedo y frustraciones de los soldados, el ejército del galo se amotinó, siendo apenas controlado por la nación que veía, con cierto entendimiento, el malestar extendido de toda su gente que estaba luchando en la guerra, pero no podían detenerse, todavía nada.

Sin embargo, ese incidente en las fuerzas de Francis no fue aislado; como piezas cayendo una tras otra desencadenando un efecto en cadena, otras manifestaciones, en varios países, surgieron a lo largo de 1917.

Entonces, unos meses después, hacia el final del conflicto, comenzaron los últimos cien días de la gran Guerra.

Inglaterra miró a todos los aliados, que tras lograr reponerse un poco de sus particulares circunstancias, se reunieron para formular el plan a seguir en una enorme sucesión de ofensivas. Era su estrategia definitiva, que podía ser un desastre o determinar el vencedor.

Debemos comenzar en Occidente —explicó Arthur dirigiéndose a las potencias occidentales. El bretón extendió el mapa que tenía preparado en esa sala de juntas, ubicada en una de sus casas en Londres—. La batalla iniciara en tus tierras Francis.

Inglaterra miró con determinación al galo, asegurándose que pasara lo que pasara no dejaría de pelear a su lado, y no lo hizo, nunca dejó de acudir a donde estuviera su eterno rival para sostenerlo en esa guerra.

Entonces, los últimos cien días comenzaron en Francia.

 


 

Otra reunión infructuosa en el parlamento, y otro comunicado humillante de sus jefes hacia el público internacional. El Brexit pareció ser la decisión más sensata para recuperar su autonomía, alejándose de la influencia de la Unión Europea, o de las manos de esa absurda alianza franco—alemana, donde más bien parecía que todos estaban al servicio de ese Kraut; ¿Cuántas veces tocó los nervios de Francia recordando como parecía una clase de mascota de Alemania? Discutieron mucho por eso, y también eso causó bastantes fricciones —y suponía discusiones— de esos dos, considerando lo apasionado e intenso que Francis era cuando se disgustaba, o en general con todo; ¿Cómo sabría leer el temperamento de Francis, Ludwig? ¡Cómo si pudiera! De eso estaba seguro, él era el único que sabía entender cada resquicio del galo, a Ludwig le quedaban muchas décadas todavía para eso.

Suspiró pesadamente, y se sentó a leer un poco mientras el ruido del televisor de la sala da estar lo acompañaba en la tarde. Pero no podía concentrarse —no cuando las noticias comenzaron a hablar del endemoniado Brexit—, así que pasaba las páginas despreocupado sin poner atención.

Pensar en Francia le traía irritación, melancolía, y rabia. Recordaba sus sentimientos de siempre, que le quedaron claros cuando Alemania invadió al galo. Hizo siempre lo posible de estar presente si Francis lo necesitaba, de luchar por él si era necesario —bajo la excusa de órdenes de su jefe—. Hizo mucho, todo lo que pudo, por Francis; al final, incluso pensó en ser sincero, siendo apoyado por el entrometido de Alfred, pero no lo hizo cuando debió; ¿Qué fue en lo que falló? La respuesta era obvia, suponía: Alemania siempre estuvo cerca de Francia —con esa incómoda mirada de preocupación y arrepentimiento con que lo tendía todavía a mirarlo—, y siempre lo dejó claro.

¿Qué debía hacer? En ese punto sabía que hasta Francia lo evitaba, pero era como si no pudiera evitar buscar a Francis e interponerse de una u otra forma para desquitarse con Alemania. Sabía que eso no era racional, que no tenía lugar para eso, no con una unión de cincuenta años, al menos hasta donde tenía las fechas del maldito tratado de Élysée; y aun así, a pesar de todo, le era doloroso perder algo que siempre pensó podía alcanzar.

Y la rabia le devenía amarga como siempre; el resentimiento se veía resurgir con cruel paciencia. Él y Francia pasaron por todo, fueron todo el uno para el otro, absolutamente todo, y terminaban siempre como enemigos. Pero, el también hizo lo que podía para evitar ese resultado, demostrarle al galo que su destino podía ser indemne al odio, y que ambos podían ser algo bueno para el otro; intentó mostrar que iba a cambiar.

Y no podía evitar odiar a Francia nuevamente, no cuando su esfuerzo fue en vano. Como lo despreció cuando se cruzó con algo que quemaba en su memoria y jamás quiso ver; nunca podría olvidar cuando los vio —creyendo que nadie lo hacía— felices, compartiendo un beso casi casto y sereno, muy distinto a los que jamás compartió con Francia.

Luego, su hijo Matthew, hasta él, pudo desarrollar estima y amistad por Alemania. Era como si ese germano le quisiera arrebatar todo.

¿Pero sus intentos no fueron suficientes?

Aunque, en realidad, nunca intentó cambiar.

____

Cuando Ludwig estaba solo, tendía a pensar en tres tipos de cosas: trabajo, cosas pendientes de su casa, y personas, o naciones, importantes para él, algunas veces podía ser Francis, muchas otras había probabilidad de que fuera Gilbert.

Pensar en su hermano le traía tranquilidad como tristeza; no podía evitar pensar en sus últimos días, en cómo no se dio cuenta que sus decisiones y las de sus jefes lo estaban matando. Esa última guerra fue el golpe definitivo a todo lo que significó Prusia.

—¿Estas bien Niemcy? Como que no me estás escuchando —lo llamó Polonia de forma tímida, un poco ofendido de verse ignorado.

Alemania alzó la mirada aturdido, mirando un poco a su alrededor para ubicarse nuevamente en donde estaba. Fijó sus ojos en el polaco sintiéndose incómodo por perderse en sus pensamientos, y no haberse centrado en la reunión de aranceles que tenía con Polonia.

Ja, lo siento mucho, no quería molestarte —se disculpó el alemán avergonzado, y se quitó sus gafas en gesto cansado, se sobo el puente de su nariz suavemente para poder volver a concentrarse. Tras unos minutos muy incómodos, ordenó sus ideas y decidió preguntar algo que venía molestando desde hace años—. Disculpa, Polen, no deseo hacer más extraña esta reunión, pero quisiera... Hablar contigo algo personal.

Feliks se encogió un poco en su mullida silla de su oficina. No era lo suficientemente cercano con los germanos para que uno quisiera hablar con él sobre algo personal; Aún si crió a Gilbert, y éste logró que ambos terminarán en buenos términos.

Un poco intimidado por la intensa mirada de ojos azules en su persona —y pensando cuánto le gustaría que Lituania estuviera ahí— asintió muy despacio.

—No es un tema largo, pero es algo que debía hacer personalmente desde hace mucho tiempo, y no por órdenes de mis jefes —dijo el germano cruzando sus manos sobre la mesa—. Nunca será suficiente, y tal vez nunca pueda tomar responsabilidad como se debe, pero por todo lo que pasó en la guerra y antes: lo siento.

Feliks alzó una ceja totalmente sorprendido, y se inclinó sobre la mesa para ver con atención a Alemania, olvidando su timidez normal con aquellos con los que trataba poco.

Tras ser examinado minuciosamente, Alemania se sobresaltó al escuchar una estridente risa llenar la amplia oficina. Polonia estaba rojo por intentar controlar su risa mientras se abrazaba los costados; Ludwig lo miró entre molesto y avergonzado, aunque esperando su respuesta pacientemente.

—¡Totalmente son iguales! —Señaló con un dedo el polaco—. Ah, perdón Niemcy, no me río de tus intenciones, para nada. Es sólo que ese tonto, o sea Prusy, llegó a decirme las mismas palabras cuando nos liberamos de Rusia; como que estoy hablando del mismísimo Gilbert, ¿sabes?

 —Brüder? —preguntó sin entender Ludwig.

Polonia sonrió comprensivo, como rara vez hacía; no era difícil de ver cuánto le afectaba aún hablar de su hermano a esa nación tan joven.

—Prusia se apareció un día a mi casa, después de que el muro cayó, no podía de ninguna manera creerlo —confesó recargando su rostro sonriente en una mano—. Y me dijo las mismas palabras; era como que algo que jamás pensé posible. ¿Te imaginas? Gilbert disculpándose. Supongo que maduró mucho en su tiempo con el escalofriante de Iván —continuó, haciendo una mueca al hablar de Rusia.

¿Su hermano también intentó enmendar sus errores? ¿Aún si iba a morir poco después?

—¿Pero sabes una cosa? Lo hubiera echado de mi casa sí solo se hubiera disculpado, al igual que podría hacer contigo; y a pesar de todo, ahí estaba parado con una odiosa sonrisa, y la primera bandera que recibió de manos de mi rey de ese entonces, no se deshizo de ella a pesar de tener mucho más que unis siglos.

Brüder...era una persona muy extraña —Sonrió conmovido al imaginar la escena de su hermano, con esa bandera de un águila negra que recibió de Polonia en 1525 en manos, aquella bandera del conocido Homenaje Pruso al reino de Polonia. No sólo la conservó, sino que la cuidó como algo importante: entendió porque Feliks lo perdonó.

—Era Prusia, ¿Cómo podrías esperar algo normal? —Bromeó cruzándose de brazos—. Déjame decirte una cosa: si como que simplemente hubieras querido decir «lo siento», fingiendo que los errores eran cualquier cosa que se podía olvidar, me hubiera ofendido totalmente; pero, te has esforzado por cambiar, y hacer cosas por los de la Unión, con eso es suficiente.

—Gracias. —Ludwig sentía como si una de sus tantas cargas se hubiera retirado de su cuerpo y mente.

Alemania no podía estar más de acuerdo: una disculpa no sería nunca suficiente, sus actos eran los que tenían que enmendar su pasado. 

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"No sé si podremos soportar más" . Era la idea que sus soldados, los enemigos, y hasta ellos como naciones, pensaban. La lucha había consumido buena parte de sus recursos, sus economías parecían a punto de quebrarse, y los daños en territorio francés y el frente oriental apenas los tenían calculados de tan numerosos y grandes que eran.

Y reorganizar su estrategia no era la opción más alentadora —aunque ambos bandos estaban bastante desgastados—, no con la revolución de Rusia en Octubre que permitió el ascenso de los Bolcheviques. Iván tenía que dividir su capacidad en dos.

—Tendremos que organizar nuestras fuerzas en pie Francia, aún si apenas recibimos apoyo de Rusia —sentenció Arthur al ver la creciente incertidumbre de Francis, éste sólo despegó los ojos del último reporte del frente occidental para reclamar a Inglaterra su juicio un tanto optimista. El bretón suspiró con la duda en la expresión del galo-. No olvides que tenemos a Canadá, y ahora a Estados Unidos.

Canadá asintió con una expresión serena que buscaba calmar los nervios del galo. A su lado, viendo oportuno el momento, saltó Estados Unidos de su asiento, y exclamó a los presentes—: ¡Pero ya estoy aquí! Los recursos y el armamento no serán problema.

Francia no podía evitar pensar en los costos y desventajas que representaba tener un aliado con sus tierras al otro lado de los mares. Pero en su situación, y sin el reciente apoyo de Alfred, probablemente esas desventajas palidecerían en comparación a la caída de varios de ellos en contra de sus enemigos.

Alemania retomó la ofensiva contra los Aliados que lograban mantener a raya al joven imperio. Una de esas desafortunadas ofensivas —al menos para los germanos—, fue una resultante en la victoria de los Aliados en conjunto con las fuerzas estadounidenses a poco más de ochenta kilómetros de París, ubicado en la zona de Villers-Cotterets.

Francis debía admitir, aún años después, que el mayor porcentaje de las fuerzas desplegadas estuvo de mano de Alfred.

El inicio del retroceso de Alemania no se hizo esperar, a la par que los aliados, avanzaban en los Balcanes y tomaban el frente Oriental.

Las circunstancias se encrudecieron para todos los involucrados con la difusión de la mortal enfermedad conocida «como gripe española». Aunque eso no detuvo la caída de los germanos, especialmente cuando Ludwig y su hermano quedaron en una situación muy delicada tras la abdicación de Guillermo II, último rey de Prusia, caos intensificado con manifestaciones en Berlín relacionadas con las decisiones del gobierno y la insistencia de la guerra.

Por otro lado, casi a finales de 1918, Rusia —en conjunto de los Bolcheviques habían ascendido al poder de mano de un hombre llamado Vladímir Ilich Uliánov, que quedaría grabado en la historia de Iván bajo el título de Lenin—, firmaba un Armisticio de paz en Brest-Litovsk donde residía una de sus hermanas menores.

El tratado que la nación rusa se vio orillado a firmar con Alemania y el imperio Austrohúngaro, bajo la presión de Lenin, y las pérdidas de la guerra, le ponía en cierta desventaja, cediendo territorio; no obstante, la firma de ese documento trajo finalmente la puerta de salida para Rusia al determinar su posición final en la Gran Guerra, permitiendo de paso la consolidación de los Bolcheviques en su gobierno, y por lo tanto, el posicionando a Lenin en el poder de la nación.

Con los daños sufridos en el frente oriental, Iván tomó los términos del tratado y se mantuvo relativamente exento a los últimos detalles del conflicto, o más bien permitiéndole centrarse en la situación caótica de su nación.

Además de La Paz de Brest-Litovsk, hubo otros cuatro tratados que determinaron la conclusión de la gran Guerra, entre ellos el más relevante —como el más humillante para los perdedores del conflicto—, era el que fuere nombrado como Tratado de Versalles, el cual fue el paso definitivo para alcanzar la paz, y cierre definitivo de esa terrible etapa. Con este documento, se responsabilizaba casi totalmente al Imperio Alemán de la Gran Guerra, y se le imponían duras condiciones económicas, militares y políticas.

Finalmente, la guerra terminó y la reunión para el Tratado de Versalles llegó.

Ludwig no podía estar más desinteresado de la belleza de la sala escogida para la firma del documento en la «Sala de los espejos» ubicada dentro del antiquísimo palacio de Versalles, lugar cargado de historia y arte en sus paredes. ¿Cómo podría importarle esas cosas tan banales? Además de quitarle territorio, habían disuelto su imperio —o dispuesto las condiciones para hacerlo—, limitado su economía, y otras condiciones que le provocaban un horrendo gusto amargo en su boca. A pesar de la vergüenza que esos términos suponían, escuchó tan tranquilo como pudo los términos; cabe decir que su hermano no lo tomó bien.

¡Patrañas! —Azotó Gilbert sus puños contra la mesa, asustando a los presentes, y provocando que Ludwig se levantara con la mayor rapidez posible para poner una mano sobre el hombro de su hermano; no les convenía protagonizar un número, no con todo lo que estaban perdiendo—. ¿También debemos pagar todas esas indemnizaciones al año? ¡No se contienen con saquear cuando tienen oportunidad!

Prusia, tu sabes perfectamente que bajo su situación esta no es una reunión de negocios a tratar —intervino Inglaterra con la mayor firmeza posible—. Esto no es negociable, Alemania y Prusia.

Además de las perdidas territoriales que ya veían venir, los costes impuestos por las potencias vencedoras...eran demasiado, dañaría su economía gravemente, ambos lo sabían. Sin mencionar el duro golpe que suponía entregar las tierras de Prusia Oriental a Polonia —que más bien era una nación bajo el control de ellos, intentando volver a ser autónoma—, tierras que fueron en realidad polacas muchos siglos atrás.

No podían reclamar nada de los términos en favor de Feliks, pero la ira de su hermano se dirigió a los presentes en esa reunión, especialmente Francia, uno de sus más cercanos amigos.

¡¿No podías conformarte con Alsace y Lorraine, Francis?! —gritó enrojecido de una furia que se le estaba yendo de las manos. Ludwig puso más fuerza en su manos que descansaban en el hombro de su hermano para evitar algo que podría empeorar todo—. Supongo que juntarte con el pirata traería de vuelta esa vieja costumbre tuya de conquistador —finalizó con claro desprecio, mirando a Arthur que estuvo a punto de ceder a la provocación.

Ludwig dirigió su mirada a su hermano esperando que se calmara; no deseaba estar más allí, comenzaba a sentir náuseas con toda la situación.

No pudo evitar mirar al otro lado de la mesa para ver la reacción del galo a las acidas palabras de Prusia. De todos los aliados presentes, uno de los que mayor daño sufrió en todos los sentidos fue Francia, al final la guerra se centró en tierra gala casi todo el conflicto. Estaba tan frustrado y enojado como Gilbert —¿Por qué tenían ellos que pagar la mayor parte de lo hecho? El conflicto comenzó por causa del Imperio Austrohúngaro—, pero no pudo dirigir su ira contra Francis.

No podía cuando sus ojos se cruzaron casi con entendimiento del peso de la situación de él y su hermano, mucho menos al ver como Francia también colocaba con suavidad sus dedos, amoratados y vendados, en el hombro del bretón para calmarlo, quien estuvo a punto de perder totalmente los estribos con la declaración de Prusia.

Vio como Francia estuvo a punto de bajar su mirada con el reclamo de su amigo, como si aceptara algunos de los reclamos implícitos como verdad. Definitivamente, Francia tenía más facetas de las que había visto en sus breves interacciones.

Por su parte, Francis era bien entendido de que todos habían hecho en algún punto medidas reprobables, pero los perdedores eran otros, y las condiciones ya habían sido puestas. Además de que el reclamó de Gilbert le ofendió profundamente; la guerra se había desarrollado, y cobrado su mayor precio, en sus tierras.

Si bien el Imperio Alemán seguía vigente, pasaron a ser conocidos bajo la república de Weimar, régimen con fallos evidentes y condiciones degradantes que germinaron rencores en la gente de las tierras germanas.

Aunque las sombras de una guerra nacida de causas políticas eran pequeñas y míseras en comparación a las garras profundas de una guerra de ideologías y rencores.

Alemania se preguntó¿Qué tanto reprimiría su humanidad en los años venideros?

 


 

Se sentía agotado, como si todos sus años vividos se hicieran al fin presentes en esos últimos días. Llevaba tres veces releyendo sus notas para esa sesión con la Unión Europa, y no lograba enfocarse en nada.

Así que cuando escuchó una voz bastante particular a su lado, salió de su ensimismamiento un poco desorientado.

Ni...Niemcy —saludó alguien a su lado en voz baja, temblando un poco cuando los ojos azules de Ludwig se fijaron en él. Feliks respiró profundo, y maldijo su decisión de saludar a Alemania por impulso; Ludwig todavía le intimidaba—. Bueno, como que te vi aquí solo y...y quise saludarte. Además estas totalmente tan blanco como una hoja de papel, ¿estas bien?

Polen, buenos días —correspondió el saludo, intentando sonreír lo mejor posible para no poner más nervioso a Polonia—. Lo siento, he dormido poco preparando esta sesión.

Polonia suavizó su expresión al ver cierta tristeza en Alemania, lo suficientemente visible para que él lo notará. Suponía que desde su conversión de hace poco, Ludwig estuvo pensando en Prusia. No podía culpar a una nación tan joven, con la cuarta parte de su edad, el todavía ser emocional con su pasado.

—Bueno, supongo que si dices que estas bien, como que te dejare ser entonces —intentó sonar más confiado y amigable. Había estado pensando que no sería tan malo volverse amigo de Alemania.

Cuando Alemania se disponía a volver a sus notas, el Polaco observó los alrededores con extrañeza; normalmente en asuntos de la UE, Francia siempre estaba junto al germano—. ¿Y Francja? Como que no lo he visto, y ustedes son súper puntuales.

—Oh, Frankreich tuvo un asunto de emergencia por unas manifestaciones, así que llegará después del primer descanso —explicó Alemania con calma. La verdad es que sentía un poco fuera de lugar sin Francis a su lado, especialmente en esas reuniones con las otras naciones europeas, y especialmente con Inglaterra.

—Estoy enterado. Como que es una locura eso del combustible, ¿no? Ojala pueda resolverlo —finalizó el polaco con una sonrisa amable, decidiendo dejar a Ludwig con su trabajo cuando vio entrar a Lituania—. Bueno, toda la suerte que puedas tener con el asunto de Inglaterra.

Alemania no pudo evitar hacer una mueca cuando pensó en el asunto del Brexit. Negó suavemente para concentrarse, y organizar sus reportes acorde a los temas del día.

Oh, Francia.

Ahora que pensaba en él, volvía a rememorar lo difícil, probablemente la parte más difícil, de su historia compartida que estaban hablando; el silencio y memorias amargas los acompañaron la noche que Ludwig terminó de revelar parte de sus pensamientos. Sin embargo, creía que la venía sería todavía más dura, la más cruel, que sin duda ensombrecia a La Gran Guerra en muchos aspectos.

No pudo evadir pensar en su hermano nuevamente cuando la Segunda Guerra Mundial pasó por su mente, una consecuencia bastante razonable con todos los temas, en particular por todos los temas que él y Francia estaban compartiendo, cicatrices que ponían a la vista para poder ser sinceros con su pasado, y en especial con sus errores.

Las emociones amargas siempre estaban a flor de piel con su pasado, al menos así siempre era para Ludwig, que había perfeccionado su estoica fachada para poder desenvolver su papel de nación satisfactoriamente.

Se estaba dando cuenta de su miseria al comprender lo que representaron esas derrotas, lo que significaron esas dos guerras, para su hermano; y le era doloroso pensar en el final que no pudo evitar para Gilbert. Esos períodos le hacían rememorar del rencor que nació de sus desesperación y furia, fieles compañeros que sacaron lo peor de él en aquella monstruosa segunda guerra.

Siempre que revelaba algo de su perspectiva y eventos vividos durante esas guerras a Francis, sentía un pesado nudo en su estómago, como las siempre constantes manos heladas del remordimiento mostrándole sus recuerdos sin miramientos. Y una eterna pregunta llegaba a sacudirlo con impotencia; ¿Habría podido evitar ese conflicto? Tal vez si se hubiera esforzado en controlar a las otras naciones, ¿su hermano no hubiera comenzado ese camino que lo llevaría a su muerte.?
  
Tal vez...su hermano estaría ahí con él, bromeando con España y Francia, regañándolo por ser demasiado estricto consigo mismo. Gilbert le daría una palmada en la espalda, sonriendo con tranquilidad y sabiendo que hacer con Inglaterra, como muchos otros problemas más, hasta quizás ayudándolo a conocer mejor a su viejo amigo Francis. 
  
Pero Gilbert también hizo cosas terribles en nombre de su nación, ambos lo hicieron, pero no sabía si lo que tuvieron que pagar por sus errores era justo para ambos; a veces sentía que su hermano siempre estuvo dispuesto a cederle su lugar como nación, fuera cuales fueran las consecuencias.

Aún le costaba creer lo mucho que todos confiaban en él... lo mucho que aceptaban sus decisiones y lo respetaban.

Siempre le era una contradicción amarga el volver a enfrentarse a su pasado, y una terrible y dolorosa el saberse amado; el ser consiente de todo lo que representaba para Francia, el descubrir cuanto lo quería el otro.

»—¡Oye, West! Vete con cuidado con «pantalones franceses»; sé que te agrada bastante, pero tiene sus mañas, y es más hablador que otra cosa.

No pudo evitar recordar ciertas palabras recurrentes de Gilbert ¿Cómo olvidar esa frase que tantas veces le dijo su hermano de Francis? A veces se preguntaba si sabía de su relación, o tenia sospechas de ellos, algo que era lo más probable, su hermano siempre estimó al galo, y los conocía demasiado bien a ambos.

Tal vez el que se fuera con cuidado era una frase con dos significados: uno donde Gilbert le pedía que se cuidara, y otro donde le pedía cuidar a Francia.

Definitivamente su hermano jamás dejó de intentar proteger a todos los que lo rodearon cuando pudo, aún si los lastimó más veces de las que pudo admitir.

Su hermano hizo ver tan fácil el poder reconciliarse con la idea de ser feliz.

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A finales de los 90.

El viento era lo suficientemente fresco que para hacer agradable el sol de mediodía. Su cabello comenzaba a seguir la brisa matutina escapando de su impecable orden; Y él, tan ávido de la pulcritud en todo aspecto, ignoró el desajuste de su cuidada apariencia.

Se sentó en una banca de un parque cercano a su casa cuidando de mantener un agarró justo de las correas de sus perros, y suspiró cansado.

Ludwig, podía decirse, estaba en problemas, en una clase de situación complicada de la cual no podía saber muy bien la solución a seguir: había hecho enojar a Francia, no, había molestado a Francis —lo suficiente— para que no quisiera hablarle, y le pidiera (muy educado) que lo dejara solo.

Estaba preocupado, por supuesto, sin embargo, se encontraba el mismo todavía disgustado con lo dicho en esa discusión, su primera discusión. Ambos dijeron cosas lo suficientemente crueles para remover cosas que habían intentado ignorar.

A una más de tres décadas de su colocar su firma en el tratado que formalizaró —aunque no fuera su propósito— lo que hay entre ellos, habían tenido suficientes discusiones sobre temas personales (lo normal según esos libros de relaciones que tenía manía de consultar), pero ninguno tan serio para enfadar a Francia, o hacerlo poner esa expresión de haber recibido una puñalada, una que conocía bien por circunstancias más literales relacionadas con ese ejemplo.

(Ahí iba de nuevo, a pensar en cosas que le generaban una desagradable sensación de auto desprecio en su estómago).

Pensó que sus discusiones se centrarán en sus diferencias de opinión de cuando, o cuando no, debían mostrar abiertamente los pormenores de su relación, o a quien debían decírselo. Por supuesto, en ese tema, Alemana logró convencer a Francia de sus argumentos, y por el bien de evitar ser la comidilla de los otras naciones, decidieron no hablar de temas personales cuando hubiera trabajo de por medio.

Sabía que tenía un punto en su postura de la última pelea, pero no podía negar que Francia también llevaba razón, y le dolía apenas darse cuenta de cómo se estaba comenzando a ver su reputación frente a las otras naciones, ahora que a Ludwig se le daba buena parte del peso de la dirección de la unión Europea. De cualquier forma, reconocía su error por no querer escuchar a Francis, y terminar por enojarse (a veces olvidaba que una de las cosas a las que el galo le tenía miedo, era precisamente cuando se enojaba, por razones que ambos sabían e intentaban olvidar).

Tenía que pensar en cómo compensar a Francia por esa dificultad suya de entender las emociones ajenas.

Hubiera deseado no haberse parado a escuchar la pregunta de Grecia, pensó Ludwig recordando lo ocurrido hace casi una semana.

 


 

Francia iba recogiendo sus cosas con clara calma y sintiéndose bastante contento de que la sesión acabará. Sonrió amistoso cuando vio a Grecia acercarse; la verdad es que Heracles le agradaba bastante con su peculiar actitud serena, y no tenía grandes problemas con él que hiciera su relación hostil —no como con Inglaterra—, bien podía decirse que no era raro que decidieran saludarse.

—Eh, Hola —saludó Grecia en esa voz tan calma usual en él, que podía impacientar a algunas naciones. Heracles dio un vistazo muy sutil a su espalda—. ¿No sabes dónde está Alemania? Hay...hay algo que quiero preguntarle de la reunión.

Salut Heracles —saludó con una sonrisa, y vio con curiosidad el gesto de Grecia de claramente estar buscando a alguien—. ¿Ludwig? Se retiró un momento al servicio —explicó viendo los objetos personales del germano a su lado que le habían sido encargados—. Debe regresar pronto. Pero estoy seguro que si es algo de la Unión, o de la sesión de hoy, puedes preguntarme —aseguró Francis acomodando unos cabellos rubios detrás de su oreja con sonrisa amable.

Grecia lo miró pensativo, y tras un par de minutos, este negó—. Creo que Alemania puede saber más sobre mi duda. Gracias de cualquier manera...Francia.

Cuando Heracles se encaminó lentamente hacia una silla libre con el propósito de esperar a Ludwig, Francia frunció el ceño molesto, y se sentó nuevamente, sintiéndose ofendido. Aquella no era la primera vez que algo así pasaba: si alguien tenía una duda, o quería discutir cosas importantes de la Unión que él podría saber, lo descartan y van en busca de Alemania.

Se suponía que el propósito de esa organización era que todos trabajaran juntos, y si bien muchos de los proyectos importantes eran presentados por Alemania, él también era miembro, y era lo suficientemente capaz para entender los pormenores de las iniciativas.

Desde la Segunda Guerra sentía que pocos lo tomaban en serio; a decir verdad, a veces escuchaba ciertas bromas de su actuar en el último conflicto. Vio irritado como Grecia se levantó inmediatamente para ir a hablar con Ludwig apenas este volvió a la sala.

Mientras regresaban al hotel que Bélgica reservó para los asistentes de la reunión, el silencio en el taxi comenzó a hacerse pesado, lo cual no era raro en Alemania, pero si le crispaba un poco los nervios el desinterés de Francia de hablar con él.

Frankreich —Alemania llamó a atención del galo tocando su hombro suavemente—. Recuerdo que querías que comiéramos algo juntos...No sé si tengas ánimo de comer en el restaurante del hotel, ¿O prefieres salir?

Francis lo miró con una expresión tensa que preocupó a Alemania. ¿Alguien le habría dicho algo? ¿O habrá sido él?

—Creo que lo mejor es que vayamos por algo afuera, para evitar encontrarnos con los otros, ¿está bien? —respondió tranquilo, pero en ningún momento sonrió—. Me parece que hay un lugar bueno cerca.

Tampoco hablaron mucho al buscar un lugar para cenar. Definitivamente había algo mal.

Cuando se acomodaron en su mesa, y Francis se dispuso a revisar el menú, Alemania se aclaró la garganta para llamar su atención.

—Te veo incomodo, Fran —dijo Ludwig una vez tuvo la atención del galo que no se había dignado a mirarle en todo el rato—. Sí pasa algo puedes decirlo...y puedo resolverlo.

—No pasa nada serio, sólo algo me tiene pensando —respondió intentando sonreír—. Aunque al parecer, probablemente, tú puedes resolverlo.

Alemania no entendía nada, sólo le quedaba claro que Francia estaba disgustado.

Louis, ¿Pudiste responder a la duda de Grecia? —murmuró Francia apretando ligeramente los labios, y Ludwig reconocía ese gesto como señal de que ese tema representaba algo desagradable.

Ja...?—respondió confundido. Negó un par de veces con su cabeza—. De verdad, Francis, ¿Qué pasa? ¿Qué tiene que ver Grecia? Si no eres claro, no puedo entender.

—Tienes razón, pero no sé cómo ponerlo en palabras. Me acabo de dar cuenta de algo que no me gusta...no quisiera decírtelo, porque si bien te involucra, no es tu culpa —comenzó a farfullar Francis en voz baja—. Si bien ambos hemos estado involucrados en muchos temas de la Unión, incluso en su fundación, creo que...tal vez no vi mi lugar realmente en ella, no me di cuenta de mi posición e imagen frente a otros.

—Bueno...todos los miembros tienen influencia y voz en cómo funciona la Unión —explicó rápidamente, como si recordara los puntos y reglas que regían a los miembros.

—No, quiero decir...así está en el papel, pero yo no soy igual a ti, no soy tan importante —Francia lo veía a los ojos con expresión de frustración, aunque no se veía claro si era por no poder hacer más comprensibles sus emociones a Francia, o por lo que reconocer ese hecho le provocaba—.Y no me molestaba, hasta que me di cuenta que no sólo era un País el que lo veía así...

—Fran, no tiene lógica lo que estás diciendo, muchos de los proyectos y decisiones las diseñamos en conjunto —Alemania refutó intentando calmar al galo que comenzaba a verse nervioso, aunque al decir esa palabras, Francia estalló.

—¡Por qué al final tus decisiones serán la palabra definitiva! ¡Tus proyectos son los considerados como los más importantes! —Francia ya estaba hablando más con su creciente furia, y la vergüenza que le provocaba sentirse menos en la perspectiva de otras naciones—. Desde la guerra, ¡lo único que recuerdan es el año en que me rendí, Yo...! —Francis pasó una mano por sus rizos, mientras respiraba agitado. Recargó su frente contra su palma para calmarse, esperando no haber llamado mucho la atención—. No lo entiendes.

Ludwig escuchó todo el descargo de Francis con ojos bien abiertos. Estaba más que sorprendido, no tenía idea que ese día terminaría en una conversación así, que Francia pensaría todo eso. Aunque, en una parte, las palabras del galo le dolieron, ¡él también tenía que soportar muchas expectativas y responsabilidades!

—No eres el único que tiene dificultades Frankreich —dijo apretando sus puños sobre la mesa. Ambos ni siquiera habían tocado su comida. Su frente se arrugó cuando no pudo más reprimir su propio enojo—. ¡No tienes idea de cómo es que todo mundo espera que resuelvas todo! ¡Qué siempre te hagas responsable de tener todo en orden! ¡Y apenas recibo apoyo! —su voz gruesa se volvió un poco ronca con el penoso intento de controlar su molestia, los comensales de la mesa de junto los miraron inquietos.

Y los comensales cerca de su mesa no eran los únicos afectados por ver una parte de la furia de Alemania, Francia también parecía asustado, incluso notablemente inclinada hacia atrás poniendo distancia con la mesa.

—Frankreich, creo que esto se está saliendo de las manos...lo siento —dijo Alemania relajando sus manos sobre la mesa—. Creo que...tal vez estamos exagerando este tema.

—Exagerando... —murmuró Francia cuando esa imagen que siempre le aterraba, el ver a Alemania enojado, se disipó y le permitió calmarse—. Allemagne...creo que no tengo mucho apetito, si me disculpas —dijo levantando su mano un poco para llamar a un mesero y encargar su ignorada cena para llevar—. Por favor, termina de comer, sería una pena desperdiciar una vista tan linda.

—¿Frankreich, que...? —exhaló Ludwig en una frase a medias cuando vio levantarse a Francis.

A la mañana siguiente, se enteró por parte de España —cuando buscó a Francia sin mucho éxito—, que Francia había salido al aeropuerto a primera hora.

—Dijo que buscaría cualquier vuelo libre, al parecer le surgió algo urgente —explicó Antonio extrañado por la urgencia de Alemania de encontrar a Francia.

No tuvo mucho éxito contactando al francés en días posteriores para temas que no fueran de trabajo.

 


 

No estaba seguro que parte habrá molestado tanto a Francia. Aunque después de pensarlo un poco, y atreverse a preguntarle a Italia, esperando pudiera darle consejo, llegó a la conclusión de que fue lo que disgustó a Francia.

—Llévale un detalle —sugirió veneciano—. Las rosas son hermosas, pero las orquídeas definitivamente causan mejor impresión. ¡Y a todos les gustan las flores! —afirmó con ánimo.

—¿Tú...tú crees? —Murmuró indeciso Alemania cuando Feliciano puso un directorio con florerías en las manos del germano—. Sé que pedirlas desde mi casa no es práctico, pero estas pueden ser unas ideas para que busques en la casa del hermano Francia, o en la tuya.

—Estoy seguro que saldrá bien —asintió Feliciano—. Aunque creo que deberían hablar mucho de lo que les molesta, a veces una discusión es culpa de todos. Aunque en el caso de mi hermano, él es quien maltrata a España.

—Supongo que tomaré tu consejo, entonces —agradeció Ludwig con una sonrisa.

—¡Claro! Las flores siempre ponen una sonrisa en las bonitas caras de las bellas que se han molestado conmigo —Rio despreocupado.

A veces se le olvida a Alemania lo galante y aficionado que era Feliciano a coquetear con chicas que considerar lindas. Vaya que eso le traía recuerdos de cuando entrenaban con Japón, y Feliciano se distraía con cualquier cosa, incluyendo alguna chica bonita.

 


 

Francia vio la pila de papeles de no veía reducirse en lo mínimo, y cubrían el bonito decorado de su escritorio. Miró su taza de café vacía con un suspiro, una que Ludwig le había regalado; de una u otra forma, terminaba con su mente llena de pensamientos de Alemania.

Hacía días que comenzaba a sentirse mal con la forma en que se expresó y trató a Alemania en aquel restaurante de Bruselas. Aunque no quitaba que todavía le frustrara que no lo tomaran en cuenta como le gustaría en la Unión, sabía que Alemania estaba cargando mucho peso del trabajo, y hasta esa discusión es que supo cómo este se sentía.

Ambos dijeron las cosas de la manera errónea, y por primera vez, Francia no estaba seguro de cómo lidiar con ese problema entre ellos. Se sintió viejo, y con ganas de reírse de ese título que todo mundo se empeñaba en ponerle (Francia, «el país del amor»). Probablemente debía ir a visitar a Alemania, aunque no quería disculparse, todavía deseaba que Ludwig escuchara su punto de vista.

—Necesito un poco de Vino —se dijo a sí mismo, buscando aminorar un poco el silencio. Cuando bajó y cruzó la cocina, el sonido de su timbre le hizo sobresaltarse y casi dejar caer su copa.

Era inusual que recibiera vistas, tenía que ser honesto, así que cuando pensó en cierta persona al otro lado de la puerta, no pudo evitar ponerse un poco nervioso; o quedarse mudo cuando al abrir la puerta se encontró con la persona que pensó.

—Buena...buena tarde, Frankreich —saludó Ludwig con duda, apretando el ramo en sus manos para darse seguridad—. Necesitaba, quiero decir, quise venir a verte. ¿Has estado bien?

—¡Oh! Oui, he estado bien; sí, me encuentro bien —exclamó saliendo de su estupor Francia, buscando formar una frase coherente—. Eso me alegra, te agradezco...y, bien, también quería verte. ¿Y tú qué tal? —Preguntó fijando sus ojos en las flores—. Ah, que desconsiderado, pasa, por favor —pidió Francia, y se hizo a un lado para dejarlo pasar.

Cuando estuvieron dentro, permanecieron en silencio de pie en el recibidor de Francis. Cuando los ojos grandes de Francia por fin lo miraron, se atrevió a iniciar un intento de conversación.

—Sobre lo del otro día... —¿Cómo debía decirlo? ¿Sería adecuado disculparse primero?—, sobre lo que te dije, no debí alterarme así.

—No, creo que tenías un poco de razón en lo que dijiste —dijo Francis negando con su cabeza—. Eso es como te sentías, y quizás al molestarme no pude ver más que mis problemas. Lo siento... —dijo apenado, sonrojándose un poco al recordar la escena que protagonizaron en Bélgica.

Nein, no fue correcto haber sacado mi enojo sobre cosas que nadie controla contigo —dijo Ludwig dando un paso al frente—. No fue correcto, y no creo que debas disculparte...yo te pido perdón.

—No estuvo bien de ninguno —Francis terminó por acortar la distancia, y puso una de sus manos en el cuello de Alemania—. Aunque con esto nos dimos cuenta de cosas que nos han estado molestando, y eso es importante. Me siento terrible de haber dejado que toda la responsabilidad cayera en ti, me disculpo por sentir que no tienes apoyo de mi parte.

—Creo que tú acabas de solucionar el problema que yo vine a enmendar —Sonrió, y acercó el ramo a Francis que lo recibió con su brazo libre.

—No necesitas siempre intentar enmendar todo solo, te puedo ayudar, ¿sabes? —Rio burlón Francia cuando Alemania se sonrojo al sentir esa mano en su cuello deslizarse a sostener su mejillas.

—Yo también quiero decirte que eres una parte importante de la unión, que una guerra no define lo fuertes o relevantes que somos —dijo poniendo su mano en que descansaba sobre su mejilla—. No sé si podré cambiar como te ven otros, pero cuando tengas algo que decir, lo apoyaré.

Alemania seguía lidiando con el peso de la representación de la Unión, pero al menos ya no estaba del todo solo con eso.

Chapter Text

Nacido en la guerra, siempre involucrado en el nudo de algún conflicto, Alemania había aprendido a tomar las consecuencias y el entorno que lo envolvía, aún si tirara todo lo que conocía, aun rompiéndose en pedazos  la cúspide del imperio que él y su hermano buscaron formar. Su misión en esa tierra era asegurar el prevalecer de su nación, y la prosperidad de su gente.

Como otras tantas veces, tomó las consecuencias del conflicto en el que se vio obligado a dirigir, aunque fuera una nación fuerte, todavía se le consideraba joven, ¿habrá sido por eso que no pensó ni una vez en analizar el camino que estaba tomando? Sin Gilbert, sin su experiencia en centenar de conflictos, tal vez estaría más hundido. Le tranquilizaba un poco el pensar en que la Gran Guerra como el conflicto que acabaría con todas las guerras, «La guerra que acabaría con todas las guerras».

Ahora intentaba encontrar su lugar nuevamente, hacer frente a las durísimas condiciones impuestas por los ganadores de esa guerra, y pensó que podría soportarlas; sin embargo, Ludwig comenzó a sentir el malestar, el rencor, apilarse en su cuerpo como un ácido impregnándose en su mente cada vez más profundo. El castigo económico que soportaban en el régimen de la República de Weimar también comenzaba a hurgar en los peores sentimientos de su gente, incluso en el carácter confiado de Gilbert que comenzó a verse taciturno con el avanzar de la crisis, y su territorio perdido.

—Brüder, sé que hemos tenido mucho trabajo, pero, tal vez… ¿deberíamos ir a tomar algo? —Ludwig preguntó una noche cuando vio a su hermano revisar unos papeles en absoluto silencio. 

—¿West buscando escapar del trabajo? ¡Vaya! —Exclamó intentando sonreír, pero sus labios apenas se curvaron, a Ludwig no le costó percibir la amargura en la voz de su hermano—. Quizá otro día, tenemos que entregar esto dentro de poco —Señaló alzando su mano con una carpeta que agitó suavemente.

La situación afectó profundamente el orgullo de su gente cuando también tuvieron que reducir su ejército y su flota, incluso dando la sensación de vulnerabilidad ante los aliados que mantuvieron unos años vigilancia de las condiciones impuestas. Y su gobierno se vio agitado por tensiones políticas que explotarían en los años veinte, comenzando con una cadena de eventos que desencadenaría un hombre —sin gran importancia al principio—, llamado Adolf Hitler, que se uniría al Partido Obrero Alemán, el cual daría lugar a la creación del conocido como Nacionalsocialista, difundido de manera popular bajo el título de Partido Nazi.

Al principio ese hombre, que ni Ludwig ni Gilbert sabrían, caería el destino de su nación, buscó protestar contra la república de Weimar —iniciativa que terminó en rotundo fracaso—. No fue hasta que a mediados de 1920 la difusión del nacionalismo ferviente, como el hablar de los logros del fascismo en Italia, tendrían repercusión social.

Su situación económica se volvió peor ante el desplome de la economía Estadounidense en 1929, y llegó como una grave crisis poco después. Aquel hombre que no había todavía llamado la atención de las personificaciones de su nación, comenzó a consolidarse en el parlamento hasta que negoció con el presidente cuando tuvo suficiente apoyo para obtener poder: entonces Adolf Hitler logró convertirse en Canciller, y seguir ascendiendo con la absoluta atención de Alemania y Prusia en él.

—Brüder, sé que no podemos seguir con el mismo curso de acción de esta crisis, pero… —le dijo Ludwig una vez, tras ver la quema de libros que pudieran representar temas controversiales con las ideologías nacientes del Nacionalsocialismo. Ambos hermanos habían ido a un bar a reflexionar sobre los eventos de los últimos meses—. Creo que están dejando muy a la ligera las decisiones importantes de esa minoría dirigida por ese hombre.

—West, probablemente tenemos que aceptar el cambio en esta situación —comentó Prusia sin sonreír. Había hablado con Adolf Hitler, y si bien le impresionaba la profundidad de sus ideales, no estaba seguro de que pensar de eso fuera de lugar, de eso que le daba una mala sensación, que sentía en ese fervor que transmitía el hombre en sus discursos.

Con la muerte del presidente Hindeburg —con quien Hitler había perdido en elecciones presidenciales antes—, el destino de Alemania y Prusia se hizo claro, dando el control de los hilos de la nación al hombre que habían estado tratando con cierta cautela; Hitler subió al poder, y asumió el título de «Führer». De ahí el poder comenzó a recaer con mayor evidencia en ese hombre; la censura y persecución de la oposición comenzó, incluyendo la disminución de poder de instituciones como la iglesia, o los sindicatos.

Los cambios comenzaron a hacerse presentes: se fortaleció la industria interna (centrándose en la fabricación de armamento), incluso se instauraron leyes de protección animal. El bienestar comenzó a germinar en la población, implementando un mayor nivel de calidad de vida.

Entonces, Ludwig vio con respeto y confianza a su nuevo líder, pensó que su cautela al seguir a su nuevo dirigente quizás fue excesiva.

—Los ajustes, los realizados hasta ahora, son los iniciales —les dijo su jefe en una reunión donde escuchó con atención el reporte de Ludwig—. Sin embargo, todos los cambios no han beneficiado a todos nuestros compatriotas, a los hombres buenos de esa nación; no los han alcanzado porque hay elementos que afectan a nuestra población.

Ni Ludwig o Gilbert comprendieron bien las palabras de su dirigente, pero aprenderían, de manera que aprenderían a enterrar su parte humana, a que se referían con esos elementos.

Además, por el momento, Ludwig tenía también la preocupación del porvenir de su hermano. Con todo el territorio perdido, las estrategias de unificación que su jefe comenzó a detallarles, y el poder que estaba recayendo en él, desplazando a Gilbert y haciéndolo fuerte a él: temía por el futuro de su hermano.

No tomó mucho saber porque su hermano miraba con desconfianza (¿temor?) al nombrado como Führer. Prusia era una nación antigua —el estaba comprendiendo el camino por el que comenzaban a ser preparados—, una existencia que fue imperio y que había pasado más trasformaciones de las que podría imaginar; las cicatrices, en sus casos, les otorgaban la sabiduría necesaria para continuar.

Ideas que se esparcieron como el más liviano veneno en el agua comenzaron a instalarse en las mentes de los niveles más altos, hasta permear a todos los estratos sociales donde la mente, y el resentimiento, permitieran echar raíz. Alemania entendió las dudas de Prusia: muchas de las bases de la ideología estaban fuertemente hechas para generar odio; eran pensamientos segregacionistas enfocados a aspectos raciales.

Muchos eventos comenzaron a pasar en cadena tras el ascenso de Hitler en el poder: su jefe incitó al partido Nazi a boicotear a los negocios de dueños judíos a nivel nacional; y Alemania fue obligado a abandonar la Sociedad de Naciones y la Confederación de Desarme. La conferencia controlaba el uso de armas de las naciones, resultado del Tratado de Versalles; Francia había insistido en no imponer normas tan duras a todas las naciones —con temor de Alemania—, y el gobierno germano había exigido igualdad para todos los miembros. Tras largas discusiones, Alemania sólo informó de su salida acorde a los planes de rearme de su nación.

Aunque no fue el único que realizó acciones que inquietaron a las demás naciones: Japón, antes que ellos, había abandonado la Sociedad de Naciones.

—Nos preparamos para una guerra —dijo Gilbert, intentando que su comentario sonara como una broma.

Su hermano se veía cada vez más reservado alrededor del Führer.

Ludwig estaba confundido, ¿Cómo podría un hombre que estaba deseando cambiar la precaria situación de su país apoyar esos dementes ideales? No anticipó la crueldad que se mezclaba en ese nacionalismo extremo combinado con los discursos de su jefe; nunca imaginaría los extremos a los que ese humano llegaría.

Alemania supo que tan ingenuo estaba siendo con su perspectiva una tarde, tras una larga reunión con el parlamento.

—Vamos a ir a revisar un proyecto —ordenó Hitler a su nación, incluso obligando a Prusia a acompañarlos, quien ya no estaba seguro de hasta dónde llegaba su autonomía.

Subieron al automóvil en silencio, y Ludwig pudo ver claramente el ceño fruncido de su hermano durante todo el trayecto; por alguna razón él también estaba terriblemente tenso —aunque se había vuelto muy bueno suprimiendo sus emociones—. Apenas se dio cuenta cuando llegaron, su jefe bajó sin darle una mirada esperando que lo siguieran.

Observó la zona llena de árboles que cubría una construcción en la que se observaba cierta obra negra en la fachada. Si no mal recordaba —y por la cercanía de Múnich—, estaban al sur del país en la proximidad de un pueblo llamado Dachau.

Gilbert lo miró un momento para darse cuenta de lo estresado que estaba, y a pesar del pesado ambiente fue capaz de sonreírle, como diciéndole: « ¡Hey west, estoy aquí!»; después de un penoso intentó de corresponder el gesto, ambos se concentraron en seguir el paso de su jefe.

Su líder caminó mostrando que tan bien conocía la enorme y compleja construcción hacia una habitación que, al parecer, estaba fungiendo como oficina de los encargados del proyecto. Hitler indicó con un movimiento de cabeza a alguien que estaba revisando unos planos en una pared que se acercara.

—Herr Führer —saludó con ceremonia el hombre, e invitó a sentar a los presentes inmediatamente—. Lo esperaba, prepare el informe del proyecto y el estatus de la construcción como me pidió.

—Explique con todos los pormenores las funciones de estas instalaciones —pidió el jefe de Ludwig sin mayor premura—. He traído a quienes mencione.

El hombre miró a los hermanos alzando las cejas claramente sorprendido—. ¿Son…Prusia y Alemania?

No era raro que quienes descubrieron su identidad los miraran como alguna clase de criatura imposible, y no los culpaba, ellos mismos no estaban seguros de sus orígenes.

—Disculpen mi comportamiento —Se aclaró la garganta el hombre cuando no recibió respuesta de su gobernante—. Bueno, este, que será llamado, y conocido, como el campo de concentración de Dachau, será el piloto de un proyecto más grande.

Ambos hermanos escucharon con atención a qué proyecto se refería ese hombre. Los hermanos fueron guiados en un breve recorrido por el lugar; tras una hora de explicaciones en detalle del objetivo de un campo de concentración, Ludwig estaba seguro que no sentía sus manos de lo heladas que estaban.

Ambos hermanos se sintieron aliviados cuando creyeron que el recorrido había acabado, pero su jefe los guio a unas cámaras herméticas al fondo del lugar—: Hay otros aspectos que deben comprender a detalle.

Ese día también conocieron la existencia de un plan en formación: «La operación Barbarroja».

Cuando regresaron a su casa, Ludwig estaba seguro que si hubiera podido comer algo, su estómago apenas lo hubiera soportado.

Ambos hermanos apenas durmieron esa noche, y se sentaron en la sala de estar en silencio por horas, cada uno sumido en sus pensamientos.

—Lutz —le llamó con suavidad su hermano—. Supongo que ya sabes que intenta ese hombre, ¿cierto?

Ludwig lo miró con incertidumbre en sus ojos azules—. Ja…

—Hay algo de tu historia que me gustaría conocieras a detalle, tu origen...Espero hayas escuchado el nombre Sacro Imperio —murmuró con expresión sombría Gilbert—. Sí recorreremos este camino, necesito que seas fuerte, y no sólo como nación; por eso considero que tienes que poder comprenderte a ti mismo.

Lo sabía bien. ¿Cómo podría cualquier nación ser ignorante de su historia o ignorar el indagar sobre sus raíces? Cómo respuesta, Ludwig asintió a los cuestionamientos de Gilbert.

—Él tuvo el peor error: no pudo tomar un lugar definido, fue incapaz de saber que era, no pudo saber quien era —dijo Prusia con tristeza—. Escucha bien Ludwig; apartir de este punto necesito que bajo ninguna circunstancia olvides esto: que y quien eres. Sí lo olvidas, puedo garantizar tu muerte; así que graba cada palabra sobre la desaparición, de ese que nadie pudo decir si era nación o imperio.

Alemania escuchó lo que llevó a la muerte a su antecesor, ese que fue dividido en seis países distintos .

 

 


 


No iba a mentir, Ludwig estaba a punto de romper el bolígrafo que sostenía en su mano durante la sesión con las otras naciones europeas. Inglaterra estaba evadiendo las preguntas que se le realizaba sobre el Brexit por parte de los otros países, y cuando llegó su turno asignado para hablar del estatus de su situación, sus usuales indirectas de sus quejas hacia como Alemania llevaba las cosas, no se hicieron esperar.

—Me parece una irresponsabilidad que no estén todos los miembros —dijo antes de comenzar—. Y también es poco adecuado cuando ya he reportado que mi parlamento aún está en discusión. Suficiente tenemos con la presión para seguir ciertos proyectos que se nos imponen; ¿no hay temas más importantes que se han dejado de lado?

Las otras naciones miraron sorprendidos a Inglaterra con esa indirecta, que era un poco más agresiva de lo normal. Ludwig sintió en silencio pesado de las miradas de los presentes en su persona.

Tras unos minutos, Escocia —que había decidido acompañar a Arthur en esa ocasión—, estuvo a punto de levantarse, pero Hungría lo hizo antes, y sin pedir la palabra intervino.

—Cómo has mencionado, los temas que todavía tenemos que hablar son importantes, y deberíamos esperar a los otros miembros —dijo Elizabeta con una mirada llena de determinación y dispuesta a contestar a Inglaterra si éste decidía hacer más tenso el ambiente.

Austria la miró sorprendido ante la reacción de la húngara.

Alemania se puso de pie cuando Inglaterra se quedó sin palabras por el argumento de Hungría; se anunció el primer descanso sin objeción.

Una vez todos empezaron a salir, Ludwig caminó hacia Elizabeta y le agradeció discretamente su ayuda.

—¡No te preocupes! —respondió ella  sonriendo mientras recogía sus cosas para salir—. La verdad es que Inglaterra ya me estaba poniendo de nervios, y te aseguró que si no era yo, otro iba a hacerlo. ¿Cierto? —Miró con intensidad a Austria que asintió con un estremecimiento.

Francamente, Ludwig estaba aliviado de no haber tenido de ser contrapeso a Inglaterra como en otras sesiones, el menos ese día. La noche anterior había dormido poco, y esperaba no haber alterado el sueño de Francia, pero el sólo mencionar la Segunda Guerra, y el inicio de esos horrores siempre le causaba insomnio (aún si no le confesó todo al galo, o le dijo que desde ese tiempo sabía sobre Sacro Imperio). Pero ambos acordaron que sería lo mejor no tomar una pausa cuando terminaron de hablar de la Gran Guerra: ambos sabían que era un tema que despertaba memorias demasiado amargas y que tal vez intentarían evitar.

Siguió pensando en sus palabras de algo que no pensar hablar de manera tan directo de la noche anterior.

Realmente deseaba no hablar de eso, nunca se sentía listo cuando tenía que hacer siquiera mención de la Segunda Guerra.

Germania, ¡vamos por algo de comer! —Veneciano se acercó a él para invitarlo, ignorando las quejas de Romano a sus espaldas.

Cuando caminaban por el pasillo, Alemania pudo escuchar un poco de la conversación de Inglaterra con Escocia, en donde supuso que probablemente —al escuchar la palabra Kraut— había reclamos sobre su persona. Comenzaba a desear con entusiasmo que el gobierno de británico decidiera de una vez sobre ese tema del Brexit.

—Deberíamos comprar algo para los otros, como el hermano Francia o mi Fratello —comentó entusiasmado Feliciano cuando entraron al elevador —. Como te ves muy cansado Germania, ¡Yo invito!

Danke —Sonrió Ludwig ante las buenas intenciones de Feliciano.

¿Realmente Inglaterra lo odia tanto? Sabía que Matthew era como un hijo tanto para el bretón como el galo, pero no esperaba que las cosas se volvieran peores. Que también era consciente de que muchas naciones recordaban bien el pasado, y no era ignorante de que hubiera países que al verlo pensaran en sus crímenes de hace tantas décadas.

Pensó en las palabras de Francis con sus pensamientos sobre aquel tema que aún le atormentaba: »—¿Qué pensaste sobre los delirios de ese hombre que fue tu jefe? ¿Qué pensabas sobre lo que te dijeron que tenías que hacer?

No pudo responder más que unas breves palabras sobre lo aterrado que se sintió, pero…él también había tenido miedo, y se tuvo que tragar sus cuestionamientos porque tenía que obedecer órdenes en aquella guerra.  

No pudo confesar que pensó que no iban a tener salvación ni perdón después de eso.

Pero tuve eso, y más”,  pensó cuando Francia le sonrió con el mismo afecto de siempre, y lo abrazó para calmarlo, a pesar de que él creía que había controlado perfectamente el efecto de sus memorias en su rostro.

Pero Francis lo entendía bien, a veces mejor que él mismo.

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Era por demás peculiar como la ruleta de posiciones, y enemigos, podía cambiar de manera tan drástica, mostrando todo lo contrario a lo que una vez fue impuesto en escenarios anteriores.

Ahí, parado frente a él y su hermano, estaban las representaciones de Italia, mirando nerviosos a sus nuevos aliados, a quienes enfrentaron una vez en la gran Guerra en un intento poco exitoso de recuperar territorios.

En un principio, Ludwig no sabía que pensar del carácter de los italianos, dudo bastante de su capacidad para ser un apoyo fundamental en los planes de su jefe, al punto de preocuparse un poco por su seguridad.

En ese momento, se asentaron las bases para formar el eje Roma-Berlín, y por supuesto el nacimiento del grupo del Eje.

Poco después, Alemania se vio aliado con Japón a través del pacto Anti-Comintern, que buscaba volverlos un contrapeso contra Rusia y su gobierno. El país de Oriente no dudo en invadir China meses después, poniendo en movimiento el irrefrenable camino que Alemania sentía los dirigía a otra guerra.

Una vez su jefe observó el comportamiento de sus nuevos aliados, mandó a Ludwig a Austria para obligar a ceder a la nación a unirse a ellos; que era una falacia buscando nombrar la anexión de la otra nación germana a ellos como si fuera un eufemismo cínico. Alemania y Prusia no habían tenido directo a causa de los tratados a los que se vieron sometidos en la pasada guerra.

Fue un poco inesperado enterarse de Suiza visitando a Austria con frecuencia, teniendo en cuenta la terrible relación que tenían entendido como un hecho durante la primera Guerra. Resultó que ambos habían retomado una relación más cordial tras la caída del imperio Austrohúngaro; ¿qué tan cercanos eran? , eso fue algo que ni su inteligencia federal, ni él, pudieron confirmar. Sabía poco más que fueron amigos en sus inicios.

Pero ver a Basch Zwingli haciéndole frente y casi yendo en su contra en cuanto a sus intenciones de anexar Austria, decía todo lo que necesitaba saber.

La nación suiza lo miró claramente poniéndose a la defensiva, y permaneciendo de pie frente a Austria como inusitado guardián, acción que hizo incontables veces en su juventud; Suiza mantuvo la distancia entre Roderich y Ludwig con su acto.

—Te pedí que te retiraras, Schweiz —dijo en voz baja Austria, esperando que sólo Suiza lo escuchara; aunque eso no representó inconveniente para que Alemania lograra entender la petición del austriaco a la otra nación.

Basch sólo frunció el ceño molesto y le lanzó una severa mirada a la nación austriaca que permaneció sentado dignamente en el sofá de la majestuosa sala de estar, como si no le afectara las razones de la visita de Ludwig, de las que era bien conocedor. No le quedaba más que resignarse a intentar huir del desastre de las acciones que el gobierno alemán pudiese acarrear.

—Debo hablar con Österreich —dijo Alemania examinando el ceño fruncido y la figura sólida de Suiza. Austria sólo lo miró en silencio, como si se resistiera a las consecuencias que traería la visita del germano más joven—. Es totalmente confidencial.

—No puedes hacer lo que tú y tu jefe intentan con Österreich —dijo Basch encarando a Ludwig, sin moverse un centímetro—. Esta fuera de los acuerdos.

—Tú eres una nación neutral Schweiz —respondió lentamente Alemania, las palabras de Basch eran amargas en su verdad—. El mencionar esto a otras naciones, o continuar aquí en este momento, va en contra de tu postura.

Suiza escuchó con horror y sorpresa la declaración de Alemania, que más bien era una advertencia, una que sintió como amenaza. Él no quería dejar a Austria para convertirse en territorio de los hermanos germanos; sin embargo, había luchado demasiado para mantenerse a salvo, y con Liechtenstein ahora bajo su cuidado...¿Qué debía hacer?

—Basch —Austria se puso de pie y colocó su mano con delicadeza sobre el hombro de Suiza—. Esta conversación debe tenerse en la brevedad, y únicamente con Deutschland.

—¡Estás loco...! —dijo enojado Basch ante la aparente rendición de Roderich.

El austriaco negó suavemente con su cabeza, y Ludwig pensó ver cierta tristeza en la sonrisa que le dirigió a el suizo—. Gracias, Basch.

—Luego hablamos —murmuró entre dientes Suiza, apretando sus puños y evitando los ojos tranquilos de Austria.

—Lo siento —fue la respuesta de Austria; una disculpa a lo que no podrían hacer, a la distancia que sabían caería entre ellos por lo que se avecinaba.

Suiza no respondió, le dio la espalda a Roderich.

—Supongo que ya te informaron —aventuró Ludwig.

Roderich asintió—. Ya ha firmado mi jefe, si a eso vienes Deutschland.

—Entonces ya todo está en forma —dijo la joven nación con un suspiró. Todo eso era agotador—. Ahora estas bajo las órdenes del Reich.

Ludwig no pudo evitar guardar absoluto silencio mientras explicaba las nuevas condiciones de su gobierno a Austria, quien logró mantener su recató habitual, aunque podía percibir clara amargura en la forma en que miraba los papeles que Alemania le trajo con los términos que tendría que acatar.

A pesar de apenas dormir en esos años, y trabajar casi las veinticuatro horas construyendo las preparaciones de aquellos monstruosos proyectos que su jefe le iba a obligar dirigir, logró mantener una fachada carente compasión.

Por otro lado, sus acciones eran bastante contradictorias con los términos iniciales del aun indefinido proyecto de la Operación Barbarroja; mientras se disponían a organizar su ejército y revisar sus recursos para sus futuras acciones, estaban firmando un acuerdo que consideró cobarde e injusto en sus términos: El Pacto Ribbentrop-Mólotov, que establecía una cuerdo de no agresión y cooperación diplomática en controversias con Rusia, al menos públicamente; el documento también les daba la libertad de repartirse Europa del Este, y básicamente dividir a Polonia entre Iván y él.

Cuando Gilbert se enteró de los términos secretos, le contó con una sonrisa triste que la historia tendía a repetirse, y que probablemente Polonia jamás dejaría de odiarlo.

A pesar de lo que muchas naciones creyeron después, Ludwig siempre fue atormentado su piedad y remordimiento.

 


 

A pesar del tiempo transcurrido, y que bien podía considerarse historia antigua, no podía evitar pasear en su pasado gravado en su memoria de forma que toda su historia, como otras naciones, permanecía tan imborrable como ellos mismos.

En sus memorias, danzaban vividas imágenes del tiempo en que creyó que cosas que consideraban tan humanas como el amor también estaba destinado para seres tan apartados del tiempo como ellos. Escocia recordaba con cierto anhelo, quizás por lo profundo que fue su lazo en ese entonces, esos casi dos siglos en que Francia caminó a su lado, como aliado, como un compañero con el que compartir cosas que solo la gente que nacía para habitar sus tierras había conocido hasta el momento.

Por supuesto, a veces lamentaba lo perdido y pensaba en escenarios donde pudieran volver a construir lo que una vez fueron; y el pensar en sus viejos deseos que a veces recordaba, no significaba que intentara volverlos realidad, su tiempo quedo en el pasado, ahora debía simplemente aceptar el presente, lo decidió desde que perdió incluso su amistad con Francis siglos atrás: eran demasiado viejos para aferrarse al pasado.

Se arrepentía de haber actuado como un chiquillo resintiendo el lugar que Ludwig tenía décadas atrás, pero ahora las cosas eran diferentes, y su amistad con Francia tenía una nueva oportunidad de volver a ser lo que era. Sin embargo, a veces se veía un poco preocupado por la posición en que lo ponía Inglaterra: entendía a su hermano, Reino Unido parecía unirse de un hilo delgado que en cualquier momento se rompería con la salida de la Unión Europea.

Y estaba esa vieja costumbre de Arthur de mentirse, de guardar rencor sin saber muy bien las razones; Arthur Kirkland tendía a volver a sus remembranzas del pasado con frecuencia, aún si no fuera su intención: Allistor lo comprendía, él fue muy similar cuando era joven.

Decidió interceder para apaciguar la situación todo lo necesario; quería evitar que su hermano menor terminara por sumirse en un ciclo destructivo de buscar algo que no podría ser, de ahogarse en lo que fue, y de descargar esas emociones que negaba en contra de Francia y Alemania.

La separación de los otros hermanos que conformaban Reino Unido tampoco estaba siendo algo bueno para Inglaterra; la separación de ellos era un peso más en la incierta situación con la que el menor de ellos debía lidiar, aún si fuera quien estaba como su principal representante.

Arthur lo odiaría si supiera que lo compadece con tal profundidad, definitivamente.

Pero no podía evitar sentir lastima. Inglaterra había pasado toda su vida luciendo lo solitario que era, encontrando la forma incluso de aislarse de ellos, o de la colonia que consideró como un hijo. Durante toda su historia, su hermano fue un experto en anteponer sus emociones negativas y ahuyentar lo que aún amaba, incluyendo a Francia.

Ya fuera en la antigüedad con una guerra de un siglo, en el barcos asediando los mares, o en las Guerras manteniéndose de pie, Arthur se veía terriblemente solo: nunca supo cómo mantener los lazos que formó, nunca supo corresponder el amor que se le dio, mucho menos entregar el suyo.

¿Cómo podía evitar sentir tristeza y pena? ¿Cómo no podía compadecer a su hermano?

Era una pena que el pasado todavía fuera tan hermoso para evitar que Inglaterra siguiera adelante. No le quedaba más que ver que no ocurriera un desastre.

Con sus decisiones tomadas, Allistor decidió acompañar a Arthur a todas las reuniones de la Unión Europea, tanto por sus intereses, como por los conflictos que podía causar su hermano. Estuvo a punto de replicar las hostiles palabras de Inglaterra hacia Alemania antes, ya no podía observar ese triste espectáculo: todos estaban cansados de esa situación, y no podía evitar buscar ofrecer su apoyo en la decisión de Francis de querer ser feliz, aún si fuera con aquel que fuera su enemigo décadas atrás.

Él podía ver claro lo que Francia quería, a quien quería.

¿Qué es lo que buscas Inglaterra?

¿Cuánto más necesitas lastimarte Arthur?

—Acompáñame por un poco de café, Arthur —ordenó Allistor con firmeza, esperando que con eso su hermano menor no objetara nada: al parecer Inglaterra estaba tan disgustado que no deseaba permanecer un minuto más en esa sala, y caminó a la puerta con pasos amplios sin esperar un comentario más del otro.

Un poco de aire les caería bien. Comenzaba a pensar que no era buena idea que Francia se apareciera, no con los niveles de tensión de Arthur en un punto crítico.

Caminaron en silencio, y vio a Inglaterra ir hacia una máquina expendedora de café dispuesta fuera de la sala de juntas.

—Al parecer el Kraut sabe hacer amigos —murmuró para si mismo Arthur, Escocia decidió fingir que no había escuchado, y siguió el ejemplo de su hermano para obtener un poco de café de la máquina—. Pero no tiene la suficiente consideración de mantenerse fuera de asuntos personales que no son suyos. —Pero sí míos.

Escocia entornó los ojos en el rostro agotado de su hermano—. ¿Qué quieres decir, Arthur?

—¿Qué tenía que estar haciendo él en el cumpleaños de Matthew? —escupió enojado, tomando un buen sorbo de su café—. ¿Qué es él de Canadá? Qué ese niño le diga "buen día" por ser cortes no lo hace nada para Matthew, ni siquiera amigos; yo lo vi crecer, ¿qué tiene que estar haciendo Alemania ahí?

Detente, Arthur.

Quiso decir, pero sabía que eso solo ocasionaría que su hermano explotara y descargara su ira con quien decidiera dirigirle la palabra después.

—Arthur, sólo debemos centrarnos en el trabajo, ain't it? —pidió con amabilidad y enorme paciencia Escocia.

—¿Tú también haces lo que ese Frog quiera? —se quejó Inglaterra apretando el vaso de cartón en su mano hasta deshacerlo—. Y debes saber que Francia me obligo a decir cosas absolutamente desagradables con su falta de consideración, aunque algunas de ellas son verdad.

—Espera, ¿Qué quiere decir? —Allistor vio la expresión neutral de Inglaterra mirarlo sin inmutarse.

—Nada, simplemente una discusión con Francia a causa de sus acciones con Matthew.

Escocia sobó el puente de su nariz buscando bajar sus niveles de estrés. Sabía que esa discusión debió ser terrible con el impacto que tuvo en Francis, aunque sus intentos por saber qué fue lo que Arthur le dijo al galo fueron infructuosos, el galo no quiso hablar con nadie de eso.

La voz de su hermano derramaba evidente veneno y desprecio hacia Alemania; Pero Escocia veía, sabía, que ahí había el arrepentimiento, la tristeza, de algo importante perdido.

¿Por qué sigues lastimándote...?

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El tratado de Versalles significó casi su perdición con los durísimos términos estipulados para ellos, y es que era de esperar, ellos eran los perdedores. Pero tras muchos términos que dejaron de obedecer con el tiempo, las acciones del gobierno alemán se volvieron más osadas e ignorantes de manera intencionada de otros muchos tratados que firmaron.

Otro de los acuerdos que violaron sin contemplaciones, fue cuando intervinieron en la formación de la república Eslovaca, y ocuparon las tierras checas; aquellas no eran tácticas directas de guerra, pero las representaciones germanos bien sabían a donde llegarían esas acciones.

Sin embargo, Alemania y Prusia, no fueron los únicos que faltarían a su palabra, y mucho menos sentenciaron a un país faltando a las promesas realizadas.

A mediados de 1939, Francia y Gran Bretaña se acercaron a Polonia, quien recibió agradecido la garantía de ver por su integridad de parte de esas naciones, especialmente después de los sufrido de casi cien años de vejaciones contra su territorio, no exclusivamente de la Gran Guerra.

—Entonces, como que cuento totalmente con ustedes —dijo Feliks estrechando las manos de Francis y Arthur tras escuchar las promesas de aquellos países considerados potencias europeas, en los que pensó que podría confiar, le hicieron.

Mientras las promesas de apoyo a Polonia eran afirmadas por un lado, los ideales de Hitler crecieron en Alemania, incluso comenzando a afectar la practicada tranquilidad en el carácter de Ludwig.

Por supuesto, Prusia estaba preocupado por la creciente irritación y perfil tenso que su hermano comenzó a adoptar. El menor de los Germanos no sabría decir qué hubiera pasado, hasta dónde hubiera llegado la corrupción de su jefe en su persona sin las palabras de Gilbert, que éste repetía con frecuencia, como un ancla para no alejarse de quien era realmente.

"No olvides quien eres..."

Los ataques del gobierno contra los judíos a través de limitaciones económicas estaban comenzando a hacer evidentes las intenciones de su jefe, y del rumbo que la nación estaba tomando.

Ludwig sólo quería la prosperidad para su gente, volver a levantarse de los escombros y ser una nación fuerte para valerse por sí mismo; ¿en qué punto tomó el camino para que lo llamaran monstruo? ¿Desde cuándo el poder conllevaba mancharse con tanto dolor ajeno?

—Tenemos que seguir adelante —Le decía Prusia cada que terminaban alguna junta donde escuchaban los aborrecibles planes que tendrían que poner en marcha.

Sus aliados, las representaciones de Italia, comenzaron a verse con más frecuencia con ellos, revelando el duro régimen impuesto bajo el fascismo nacido en la parte norte de la nación mediterránea. No era raro que los hermanos italianos buscarán pelear  entre ellos , especialmente Lovino, quien se veía terriblemente inquieto con los planes que su jefe les ponía en sus manos.

Alemania recordaba, con remordimiento, como la frágil amistad que había llegado a formar con Francia —quien se acercó a ver su estado tras la imposición del Tratado de Versalles—, se esfumó rápidamente cuando su jefe lo ahogó en sus planes, y especialmente cuando fue conocedor de los detalles del plan Barbarroja.

Su gente odiaba a Francia, y éste se mostró comprensivo a esos corrosivos sentimientos, pues, muchos de los términos beneficiaban a la nación gala. Era extraño cómo podía ser considerado con él, y tenerle miedo al mismo tiempo.

Ludwig pensó que si los eventos que las decisiones de varias naciones en ese entonces no hubieran concluido en aquella abominable guerra, quizás... tal vez sus vidas se hubieran entrelazado mucho antes.

¿Le habría amado también entonces?

 

 


 

 

Francis siempre estaba a favor de su gente en cuanto a expresar su descontento, o anteponer su bienestar a decisiones del gobierno que pudieran perjudicarle; ¡pero a veces no se paraban a pensar toda la situación! Sabía que la subida del combustible era un golpe duro para la economía de su nación, sin embargo, no era algo que pudiera controlar con las opciones disponibles en su poder.

Iba cerca de tres horas tarde a la junta que tenía con la Unión Europea, y seguramente Ludwig le reprenderá por no tener planes para afrontar emergencias como esa. El hombre era como una maquinaria perfecta, una que a veces no entendía la pasión del pueblo francés por sus causas, y lo impredecible que podía llegar a ser.

Entró corriendo al edificio donde se organizaba la reunión en esa ocasión, sujetando con fuerza una enorme carpeta bajo el brazo, porque al parecer a Alemania le pareció buena idea que Francia aprovechará para recoger unos documentos adicionales; ya lo molestaría por su traje arrugado y su cabello fuera de lugar.

Buscó con un vistazo rápido el elevador que estaba al fondo del pasillo, se registró con impaciencia en la recepción, y entró con prisa al aparato por el cual acababan de entrar un par de personas. Sin poner atención a los otros ocupantes del pequeño espacio, saca su celular para mandar un mensaje a Alemania y otras naciones que estaban curiosas por su retraso, entre ellos el mensaje de España advirtiéndole acerca del comportamiento de Inglaterra le hizo levantar la ceja.

"Debía suponerlo..." Pensó cansado. Era muy probable que a Ludwig no le hiciera gracia lo feliz que estaba de no tener que lidiar la reunión completa con Arthur, aunque sabía cuán complicado tuvo que ser para el alemán los normales desplantes "pasivo agresivo" contra su persona de parte del bretón.

Cocinaría una tarta para Alemania cuando fuera a pasar el fin de semana con él, estaba seguro que con eso el germano olvidaría como si nada cualquier mal rato que pasó, o fuera a pasar, ese día.

Una de las dos personas en el elevador salió apenas pasados un par de pisos, y el otro ocupante se removió un poco volteando a observar al otro ocupante que quedaba.

—France? —Cuestionó una voz inconfundible a su lado—. No pensé que fueras a venir, con lo tarde que es.

Francis despegó sus ojos de su celular, y con una sonrisa tensa miró a Arthur; no iba a ceder a sus provocaciones, su mañana había sido demasiado estresante como para agregar otra discusión rutinaria con su eterno rival.

—Angleterre! —Saludó como si no hubiese escuchado la sutil acusación del británico—. Oui, no podía dejar de venir, siempre hay algo importante en esta reunión.

—No estoy tan seguro, no es que la participación de todos sea igual de importante —dijo tajante Inglaterra, quien, podía jurar Francia, sonrió levemente cuando él perdió su sonrisa molesto ante ese comentario.

—Oh, bon —Se aclaró la garganta, volviendo a fijar su atención en su teléfono, y contestando otro par de mensajes—. Todos en la Unión, particularmente Alemania, buscan que todos se integren y tengan la misma influencia en las decisiones; supongo que no es culpa de los demás que haya algunos que no deseen integrarse.

Arthur casi suelta la taza de café a medio terminar de su mano con el comentario. Francia no podía estar seguro si el sonrojo del bretón era por vergüenza o por ira.

—Cabe destacar que tú alabarás todo lo que diga Alemania —dijo entre dientes Arthur, mirando el piso con labios apretados—. Poco falta para que los de la Unión, especialmente tú, salten ante la orden del Kraut.

Bien, quizás había mordido el anzuelo, porque estaba ya completamente enojado.

—¡Por dios, Angleterre...! —Francis se giró completamente para ver mejor a Arthur, temblando en su furia.

—Francis...

Pero su naciente discusión se vio cortada al abrirse las puertas del elevador, dando paso a un distraído Allistor.

—¡Te estaba buscando Arthur! —exclamó molesto el mayor de los británicos terminando de entrar al elevador—. Dijiste que solo ibas a fumar un rato, pero te tardaste demasiado, tú... —Los ojos verdes del escocés se fijaron un poco sorprendidos en el francés. No era difícil interpretar la tensa atmósfera entre su hermano y su amigo que estaba con el rostro enrojecido de lo enojado que estaba; decidió intervenir un poco—. Ye 're late, ain't ye? —bromeó Allistor, colocándose en medio de las otras dos naciones.

Aquel fue el viaje más incómodo y largo en elevador que pudieran recordar esos tres. Inglaterra miraría de vez en vez a Francia, y Escocia simplemente interrumpiría cualquier intento de intercambio de palabras entre esos dos.

Aquello le traía recuerdos de la Auld Alliance, buenos tiempos...

Cuando llegaron al piso, Francia tardó más en acomodar la carpeta bajo su brazo, que en huir del elevador y de la presencia de Inglaterra; el galo casi choca con Alemania e Italia que llevaban los brazos llenos de charolas con café y postres.

Francia saludó con calidez a Alemania e Italia, con una sonrisa diferente para cada uno. Escocia debía reconocer que Francis se veía tan feliz —o todavía más feliz— con el germano como lo fue con él. Incluso le era increíble de ver esa mirada, devota y afectuosa, con la que el germano no podía evitar mirar al galo.

Allistor todavía no podía dejar de sentir un poco de la tristeza de lo que fueron y ya no podrían ser, era difícil acostumbrarse el ver a Francia y Alemania en ese tipo de relación; sin embargo, el pasado era el pasado, como naciones era su lección más valiosa, una que esperaba hiciera presencia en la mente de su hermano menor pronto.

Ye ready? —dijo Escocia con una sonrisa suave, y sacudiendo gentilmente los cabellos desordenados de Inglaterra en forma cariñosa, logrando que Arthur quitara sus ojos del semblante de Francia—. La reunión, va a comenzar.

Varias naciones comenzaron a entrar a la sala, incluyendo a Francia y Alemania que iban caminando hombro con hombro, mientras escuchaban la animada charla de Italia que iba riendo de algo frente a ellos.

—Oye, Arthie —llamó Allistor suavemente tras reír un poco de los reclamos de Inglaterra por su gesto afectuoso. Arthur lo miró impaciente, esperando lo que fuera que quisiera decirle su hermano—. Tienes que terminar ese asunto pendiente; sí quieres decirle lo que sientes y olvidarte de eso, está bien, pero es un ciclo que debes cerrar.

Inglaterra se giró hacia la puerta, pero no hizo amago de moverse cuando escuchó las palabras de Escocia.

—No sé de qué hablas —contestó con voz muy baja, y apresuró su paso hacia la sala.

Por supuesto que lo sabes, Arthur.

El problema de Inglaterra, es que no quería ser consciente de que su tiempo para cambiar el curso de ciertos eventos, de sentimientos que nacieron, y de otros que murieron, ya se había acabado hace mucho.

¿Si Francis hubiera notado los sentimientos de Arthur las cosas serían diferentes? Era algo que ninguno de los involucrados sabía con certeza alguna; ¿Dónde habrían acabado todos si Inglaterra hubiese sido quien ocupara el lugar de Alemania? Bien podría ser que ni la Unión Europea se hubiera creado.

Allistor sabía que si Arthur hubiese decidido a poner sus sentimientos en palabras cuando tuvo la intención de hacerlo, cuando la "Guerra que acabaría con todas las guerras" terminó, tal vez...tal vez si hubiera sido él quien caminará a lado de Francia, quien recibiera era sonrisa despreocupada, y ese ligero roce de manos que buscaba ser tierno en su discreción.

Pero no, Arthur jamás recibiría eso, aquel nunca sería su lugar; se había convertido en el pobre miserable que veía lo que no podía tener.

Una decisión que no se tomó, condenó un amor negado a nunca ser correspondido.

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Mientras el infierno parecía envolver a través de las llamas ardientes de la caída de Varsovia, Polonia pensó en una plegaria y volvió a levantarse para intentar defender una causa perdida frente a las potencias que invaden el territorio; más, a pesar de todo el esfuerzo, la lucha fue un intento fútil de retrasar lo inevitable. Feliks vio cómo, entre los soldados que tomaban sus tierras, estaba Lituania viéndolo con terrible pena, mientras quienes fueran sus aliados en la antigüedad solo observaban su caída.

Alemania veía como el pobre Polonia volvía a levantarse a pesar de estar bajo el control germano, y partido por la mitad mientras Rusia tomaba la parte oeste de la nación. El polaco esperó por los aliados que juraron proteger su independencia, que vendrían en su ayuda apenas la desgracia, o la guerra, se convirtiera en amenaza para su gente.

Al final, Polonia no supo si aquellas eran simples mentiras, o una forma de jugar para obtener beneficio propio.

Mientras su gobierno huía, seguido de una resistencia formada en su territorio, Feliks era tomado inconsciente por Prusia, a quien Alemania no supo leerle la expresión cuando terminaron de invadir completamente la mitad de las tierras polacas.

Tras las espaldas de las otras naciones, Alemania y la Unión Soviética firmaron un acuerdo donde ambos prometían no atacarse, dividiendo a Polonia entre esas poderosas naciones; además de guiar el camino para Rusia en cuanto a su influencia en la Europa del oriente.


 

Cuando ambos salieron del elevador, observaron a Francia ir con el alemán. Allistor no pudo más que respirar aliviado; el ambiente que se generaba apenas su hermano compartía alguna palabra con el galo era, en muchas ocasiones, muy difícil de sostener. Al final había decidido que lo mejor era darle un empujoncito a la situación, y, quizás, lograr que su hermano tuviera alguna clase de amistad, o (al menos) trato cordial con la nación francesa.

Quizás primero debía averiguar que había pasado con Francia e Inglaterra en aquella discusión que al parecer consterno lo suficiente al galo para que se mostrara tan sensible a las provocaciones del bretón.

E Inglaterra también estaba reflexionando las respuestas de su eterno rival en esa discusión que hubiera desembocado en una pelea más agresiva si Escocia no se hubiera aparecido...Que no le iba a agradecer a su hermano; el asunto con Francia era algo que encontraría la manera de resolver él solo.

Y las cosas serían más sencillas si su problema (uno llamado Ludwig) desapareciera simplemente; a veces le irritaba lo necesario que fue Alemania, y todavía era, para todas las naciones. Sin embargo, no le quedaba nada claro, como Francia que casi estuvo a favor de la idea de disolver a la nación germana tras la primera guerra a causa de su miedo, terminara de esa forma con quien debiera ser por lógica todavía su enemigo. En cambio, el galo parecía haber volcado sus asperezas únicamente contra él.

Al entrar a la sala, y sentarse cerca de la nación francesa, éste se giró levemente para evitar mirarlo dentro de lo posible; Definitivamente Francis seguía afectado por lo que dijo sin intención en aquella pelea que tuvieron por lo de Matthew.

¡Francis debía entender! Canadá y Estados Unidos eran como familia para él, el los vio crecer, y ambos mantuvieron sus lazos con él a pesar de los eventos en su historia compartida; aunque, quizás, no, sin duda tenía que reconocer que su temperamento sacó lo peor de él, y tocó algo que no debía tocar, algo invaluable para el francés: era consciente de que la sola mención de Jeanne podía trastornar al galo de muchas maneras.

Sabía que el recuerdo de su Doncella, a pesar de los siglos, aún podía desgarrar el alma de quien, a pesar de que apenas hace unos años pudo reconocerlo, era alguien importante...muy importante para Inglaterra.

Estaba agotado, y en los últimos días le costaba mucho concentrarse; no sólo el Brexit le pasaba factura (sin mencionar sus numerosas ocupaciones normales), sino toda la carga emocional que llevaba ignorando demasiado tiempo

¿Cuándo su vida personal empezó a afectar de esa manera? Siempre se había preocupado únicamente por el bien del Reino Unido, no por poder comprender la parte humana que conforma quién era él.

¡Cómo se arrepentía de haber entrado a ese estúpido grupo que seguía las órdenes del Kraut! No debió escuchar a Alfred cuando le recomendó con insistencia que era beneficioso para sus intereses entrar en la Unión Europea.

Mientras escuchaba la presentación de la terrible crisis griega de manos de un desmejorado Heracles, y un breve reporte de los indicadores de la economia sueca expuestos por Berwald, Arthur recordó cuando accedió a entrar a ese grupo del que ahora su gobierno quería salir sin estar seguro de las consecuencias.

Estados Unidos le había dicho cuán importante era mantenerse cerca de las esferas de poder de Europa, y él tenía muy claro eso; ¿Cómo iba a saber que Francia y Ludwig serían casi los padres de esa Unión? No pensó que eso fuera a pasar de un cordial trato de negocios; de hecho, supuso...pensó que...pensó que quienes formarían un lazo así de profundo sería él y Francia, después de los muchos intentos en que sus naciones se convirtieran en uno en siglos pasado.

El no haber dado el paso, el no haber dicho todo lo que quería decir en ese momento que Francia lo miró agradecido por salvarlo en ambas guerras había determinado todo.

Sí, pensó que tendría tiempo, creyó con una confianza sin fundamentos que el lugar de Alemania lo ocuparía él

En algún punto de la junta se pidió otro descansó, y vio con rabia como Francia evitaba de forma evidente su mirada; presenció como el galo se apresuró a conseguir un par de bocadillos para él...y para Alemania. Lo costó bastante no ir a decirle en la cara de Francis alguna provocación. Oh, ¿también eres el encargado de llevar su café?

Y entonces Francis al fin lo miraría, vaya que le miraría; fijaría sus ojos azules con rabia en su rostro, dando pie a una de sus frecuentes discusiones. Tal vez se insultaban, o probablemente el francés cuestiona las dobles intenciones de sus comentarios.

Pero aún, aún debía existir una posibilidad para él; o tal vez, simplemente se estaba torturando el solo.

____________

Francis se apartó un momento de Ludwig para revisar unos documentos antes de dar su reporte una vez acabara el descanso, Alemania aprovechó para intervenir en una pequeña discusión que estaba naciendo entre Dinamarca y Suecia. Esos dos peleaban con la misma frecuencia que él con Inglaterra cuando creyó que eran amigos.

Cuánto habían cambiado las cosas.

France, yer free? —El galo alzó sus ojos de las carpetas abiertas a sus ojos para encontrarse con la mirada atenta de Escocia.

—Supongo que sí... ¿pasa algo, Allistor? —preguntó curioso, sonriendo amable a su amigo, y viejo aliado.

—Algo así —contestó cansado pasando una mano por sus cabellos, y suspiró echando un vistazo en la dirección donde Inglaterra estaba recargado en una pared apartada tomando café—. ¿Crees que podamos hablar un poco?

Francia vio la dirección de esa breve mirada que Escocia le dedicó a Inglaterra, y sintió ganas de dar la media vuelta negándose a escuchar nada del bretón; no obstante, sabía que su amigo no era alguien que hubiese abogado a favor de su rival antes.

Oui, creo que vi una pequeña oficina al otro lado del pasillo —comentó Francia poniéndose de pie. A unos metros vio a Alemania todavía intentando calmar a un irritado sueco.

La oficina al parecer funcionaba más como un espacio para guardar carpetas, e inmobiliario que no tuviera un lugar designado dentro de alguna de las salas del inmueble. Francia buscó alguna silla a la mano para sentarse, y señaló con una mano otra para que Escocia hiciera lo mismo.

—¿Y qué es lo que quieres hablar Ecosse? —preguntó Francis quitando algunas arrugas de su traje negro, algo desaliñado por casi correr en la mañana para llegar a la junta.

Ye 'now —Allistor no se sentía cómodo interviniendo de manera tan directa, o hablando de cosas tan personales que Francis claramente se negaba a hablarlas. Decidió seguir adelante—, escuche un poco de su "conversación" antes de entrar al elevador. ¿Sabes? Sé un poco del problema con el cumpleaños de Canadá.

Francis se tensó al escuchar el tema, pero decidió sonreír para dar fuerza a sus siguientes palabras—. Oh, no es nada importante; una discusión más.

Yeah —asintió—. Pero no se ve así. También sé que tuvieron una discusión muy...fuerte. Y puedo ver por la forma en la que evitas a Arthur que te debió doler lo que hayan hablado lo suficiente para no querer saber nada de él en lo posible.

—¿Sabes de qué hablamos? —preguntó el galo en voz baja tras un breve silencio.

—No, Arthie no me dijo nada: no quiso —aclaró el escocés—. Pero sé que sus diferencias están llegando a ser insostenibles, y esa discusión solo empeoró su relación.

—Sí es que hubo alguna —añadió Francis con sorna.

—¿Fue tan terrible lo que dijo? —Allistor enarcó una ceja un poco sorprendido.

—Tú sabes cómo es Angleterre —respondió acomodando agitando su mano en el aire— Me dijo cosas que prefiero no repetir sobre mi rol en mis relaciones; o las ya normales acusaciones de mi lugar en mis asuntos personales con Alemania: todo eso lo puedo perdonar, no es la primera vez que él dice eso, yo también lo he insultado, Pero...

—¿Pero? —Intentó animar Escocia a Francia a seguir hablando; no obstante, el galo bajó la mirada al suelo y cerró su boca que estaba en los inicios de formar una frase—. Francis...entiendo si no quieres hablar de eso, sin embargo quiero ayudarlos a ambos: tú eres mi amigo, e Inglaterra nuestro hermano pequeño.

—Por el amor y respeto que tengo a esa memoria, prefiero tampoco repetirlo; aunque te aseguro que es algo que él no tenía el derecho de hablar de esa forma —explicó Francia cerrando un poco los ojos, pensando en su Doncella.

—Entiendo —suspiró resignado. Probablemente si Francis habla de esa discusión con alguien contándole todo, sería con Canadá, o Alemania; era un poco triste que ya no era la persona en la que el galo depositó todas sus tristezas y secretos una vez. Hizo una pausa larga antes de continuar—. Arthur realmente está afectado por lo de Matthew. Pero, ¿sabes que hay más que eso en su comportamiento verdad? Tú lo conoces tan bien como yo: sabes que eso no es todo lo que causó su creciente irritación contigo, o Alemania.

Francia miró a Escocia con nostalgia—. Creo que lo entiendo, pero sí sus razones son de ese tipo, entonces me temo que no puedo, ni quiero, hacer nada.

—Eres feliz ahora —dijo Allistor simplemente—. Pero, por favor, escúchame; no vengo a hablar en favor de Arthur, solo quiero esto se detenga antes de que Inglaterra se lastime y lastime a otros...de forma que ni una disculpa pueda ser buena.

Francia asintió, y esperó paciente las palabras de su amigo. Deseaba que todos los problemas entre él e Inglaterra pudieran llegar a una conclusión, una donde ambos puedan dejar atrás su desastroso pasado, o el dolor de sus decisiones, tanto de cosa que hicieron, o no hicieron.

—Tú sabes cuánto aprecia a Estados Unidos y Canadá, casi como un padre —Allistor nunca pensó que él tendría que explicar el comportamiento de su hermano para que pudieran entenderlo—, y también tú eres importante para él.

—Crecimos juntos —dijo Francia con expresión triste—. Él también es importante, pero no de la misma forma en que Angleterre quiere; siglos atrás, hubo una vez en que... —Francia detuvo su frase con ojos distantes—, lo que quiero decir es que lo que pudo ser, ya es cosa del pasado. Para mí ya pertenece al pasado.

—Lo sé —afirmó Escocia—. No buscó que cambies de idea, ni intentó convencerte de que vayas a buscarlo con otras intenciones. It's just...quiero que entiendas un poco, y quizás así tanto tú como él puedan dar cierre a esto que ha venido arrastrándose ya demasiado tiempo.

—Si Inglaterra no acepta que hay cosas que ya terminaron, no sé cómo puedo ayudarlo —Francia fijó sus ojos en los preocupados de Escocia—. Pero yo también quiero que este ciclo de buscar cobrar rencores entre nosotros acabe. Soy feliz con Allemagne, y no quiero que él también termine envuelto.

—Sería genial que pudieran perdonarse —Sonrió Allistor cansado.

Francia correspondió la sonrisa con un poco más de ánimo, con esperanza; como si su expresión dijera:

"Yo también lo creo, y eso espero".

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Aquello era un desastre, uno del que ya sabía incluso antes de que terminará en esa catástrofe. ¿Cómo había podido pasar eso frente a sus ojos? No solo quedaron como idiotas, sino como cobardes, o mentirosos egoístas que prometieron cosas para quedar bien.

Polonia estaba siendo invadido por Alemania y, a ojos internacionales intencionalmente ciegos, Rusia; esas tierras estaban ocupadas casi en su totalidad, sin nadie que decidiera interceder en nombre de la nación eslava.

Al final, no les quedó más que reunirse a hablar la mejor ruta de acción en esa nefasta situación.

—Arthur, debemos...debemos enviar un comunicado con nuestro desacuerdo de las acciones y decisiones de Alemania —dijo Francia sentándose lentamente en la única silla frente al escritorio del bretón. Miró con una mueca a Arthur, sabiendo que su solución era absurda; la situación no podía afrontarse así, no en un estado tan crítico.

—¡No seas estúpido, France! —rugió Inglaterra con el rostro rojo de furia, y apretando sus manos en puños sobre la superficie de su escritorio.

—¡¿Y qué quieres que haga Arthur?! —gritó el galo en respuesta, tirando su silla hacia atrás al levantarse repentinamente—. ¡¿Vamos a sentarnos y guardar silencio como nuestros jefes?! ¡¿Sabes cuánto me tomó convencer a mi jefe de que no se opusiera a un estúpido mensaje!? Merde; nos mantendrían callados mientras puedan sacar provecho o no meterse en problemas con Alemania o Rusia.

—¿En realidad te importa tanto Polonia? No me vengas con hipocresías France —refutó cada vez más irritado, y terriblemente cansado. Todo lo que el galo decía era cierto, pero...se sentía atado de manos, terriblemente frustrado—. Solo prometimos eso para protegernos, para evitar lo que justamente está pasando ahora.

—¿De verdad vamos a pelear teniendo esto sobre nosotros? —bufo Francia indignado—. ¡Por dios, Arthur! No importa las circunstancias, no podemos dejar a Feliks de esta forma.

—France...—Arthur respiró profundo para calmarse y escuchar: la nación gala tenía razón.

Sus jefes estaban aterrados, muy dispuestos a actuar hasta que fuera necesario, perdiendo lo menos—. Francis, pero...tiene que existir algunas opción, lo que sea....

—Intenta advertirle a tu jefe que iremos a hacer frente a Alemania, buscar hablar con él sobre sus infracciones, y nuestra desaprobación, al menos... —Se encogió de hombros sin tener otra idea—. Estamos solos en esto por el momento, Arthur —Francia se frotó su frente con cierta fuerza, gesto que no hizo más que aumentar lo nervioso que el bretón estaba—. Mi jefe no me prohibió ir a hablar yo solo con Alemania, pero me dejo en claro que si lo hago ahora, no nos apoyara.

—Los humanos son tan débiles al miedo —Cubrió su rostro con sus manos, intentando pensar un plan.

—¿Y nosotros no? —resopló Francis, levantando la pesada silla para volverse a sentar.

Inglaterra decidió no contestar esa preguntar—. ¿Entonces debemos esperar? Supongo que tu jefe te dijo a quién acusar, y a quien no.

—Sí... —admitió bajando el rostro, sintiéndose avergonzado—. Mi jefe me dijo, por las circunstancias, que hablemos únicamente con Alemania, por la anterior guerra quiere que me enfoque en eso —Francia pareció encogerse en su silla al recordar el conflicto que todavía no acababa de sanar para varios de ellos.

—Bueno, por primera vez estoy de acuerdo con tu jefe: tenemos que ir a darle un recordatorio al Kraut.

Tras infructuosas platicas con las naciones germanas, Inglaterra se dio cuenta de su error. Francia estaba muy cerca, demasiado cerca de sus enemigos.

Cuando Polonia quedó totalmente bajo el dominio de sus dos invasores, ambos —esta vez con el apoyo de sus jefes— , se levantaron para volver a encarar a Alemania, aunque estaba vez con una declaración de guerra respaldada con su compromiso de proteger a Polonia. Este movimiento permitió a Rusia asegurar su ocupación en suelo polaco, esta vez con una justificación.

Finalmente, Varsovia, corazón de Polonia, se rinde a finales de 1939; mientras en el este, se desarrolla la invasión soviética de Finlandia, que si bien caería meses después, defendería sus tierras sin dar marcha atrás en la cruda Guerra de Invierno, conflicto que retendría al ejército rojo un tiempo.

Sin más retraso, el lienzo para el segundo conflicto que envolvería a potencias, e incluso naciones jóvenes de América, se había desenvuelto fuera del control de las manos de todo participante.

Y Francia, recordaba cuan demoledora fue la fuerza de una nación joven a la que subestimaron. 

 


 

Odiaba tener que ceder un poco de su orgullo, al menos tras evitar tanto a Arthur, y estar caminando con toda reticencia hacia donde el bretón estaba recargado en una pared solo, en los últimos minutos del descanso. No tenía intención de arreglar todo a la extraña amistad que tenía antes, pero si eso garantizaba la paz de Alemania, y por supuesto, de todos los miembros de la Unión, podía sacrificar algunas cosas.

Angleterre... —se aclaró la garganta buscando reprimir su incomodidad, dentro de lo posible.

La mirada de sorpresa y confusión del bretón era de admirarse, pero no ayudaba a facilitar las cosas. ¿De verdad tenía tanto sin dirigirse a Inglaterra de esa forma? Suponía que sí, por no pudo evitar ser objeto de una mirada de incertidumbre de cierta nación alemana.

—¿Tienes un...cigarrillo? —No tenía idea de que decir, francamente.

—Ya va a terminar el descanso —espetó Inglaterra tan tosco como siempre. Aunque, para sorpresa del francés, este sacó de su saco una cajetilla que ofreció.

Merci beaucoup —murmuró dudoso, y tomó el cigarrillo.

—Pensé que el Kraut te había prohibido fumar, o algo así —dijo suavemente, sin mirar a Francia.

Mon dieu! ¡Lo que hago por tu culpa Allistor!

Angleterre —reprendió Francis, con su mejor sonrisa fingida—, deberías tratar, por lo menos, como te trata Allemagne: Ludwig es respetuoso y atento con todos, ¿sabes?

Ludwig, vaya —balbuceo molesto el bretón.

Francia se sonrojó un poco ante esto—. Mira, sé que la situación en tu gobierno es un peso que te está dejando en una encrucijada, pero creo que si cooperas un poco...

—Si sabes como es mi situación, ¿Por qué lo hacen más difícil? —Inglaterra estaba hablando de más, pero se sentía harto de tener que aguantar tanto solo.

—No lo hacemos, ¡eres tú...! —Francia suspiró, deteniendo su acusación—. ¿Por qué eres así con Allemagne y conmigo?

La pregunta le dolió. ¿Por qué? Estaba seguro que Francia lo sabía, ¿no había dado las suficientes señales? Quizás no, por esa razón el Alemania estaba en un lugar que fue suyo una vez.

Y al parecer su rostro demostró un poco de sus pensamientos, porque Francis desvió la mirada, guardando silencio. Ah, lo sabes, pensó con amargura Arthur.

—Si quieres hablar, como solíamos hacer antes, estoy dispuesto —dijo Francia al observar como Inglaterra daba unos pasos para alejarse—. Pensé que fuimos amigos alguna vez, ¿supongo que no fue así? —comentó por último.

Inglaterra siguió dándole la espalda, y continuó alejándose.

¿Cuándo fue el inicio de su separación? Pensó Inglaterra al caminar para ir a su lugar, mientras a sus espaldas escuchaba la grave voz de Alemania acercarse a Francia, preguntándole que había pasado, o sí Inglaterra había discutido con él; por supuesto, tenía que ser su culpa.

Del imperio alemán que temieron una vez poco quedaba: le recordaba a un perrito faldero que buscaba ser amigo de todos.

Rememoró la discusión que cambió lo poco que los conectaba, aquella decisión que lamentaba, aunque no fuera cosa de él. ¿Cómo sabría que el excluir a Francia de la conferencia de Yalta, iba a tener ese precio? El no quiso alejarlo, pero tampoco hizo nada para acercarse a él tras dejarlo fuera de todas las decisiones importantes, aún si la guerra se desarrolló buena parte en su territorio.

Pero Francia se había acercado a él en ese momento, ¿tal vez no todo estaba perdido?

¿Aún no se había olvidado todo?

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Mientras Ludwig revisaba la declaración de guerra firmada por sus, ahora, enemigos, Gilbert observaba a la joven nación con expresión turbada, siendo conocedor del contenido de ese papel aún sin verlo.

—¿Quién la manda? —preguntó Prusia, cuestionamiento que, ambos, sentían como innecesario, pero cualquier segundo en que alargaban la realidad les ayudaba sentir como si mantuviera un poco de su estabilidad emocional.

—Brüder, está firmada por Inglaterra —dijo, no queriendo decir al otro involucrado, no cuando era alguien tan cercano a su hermano, y... En los últimos tiempos, incluso a él.

—Vamos West, termina de cerrar con broche de oro el inicio de esta guerra —Gilbert sonrió mientras apuraba a Ludwig con notable amargura—. Y Francia está ahí junto al pirata, ¿no es verdad?

Alemania no dijo nada, agregar algo sólo iba a hacer más desagradable el asunto, y sus visibles consecuencias.

—Una pena que no podamos ir a tomar unas cervezas como planeamos, ¿no Lutz? —suspiró riendo, ¿Qué más podían hacer que fingir estar bien?

Ludwig dobló la declaración de guerra sobre su escritorio con más fuerza de la necesaria. Pensó en esos años en que Francia, arrepentido de las consecuencias de las durísimas condiciones impuestas en su país como perdedor de la guerra, vino a disculparse, y ofrecer la oportunidad de encontrar un amigo si así lo deseaba.

Francia llegó poco después del tratado de Versalles firmado, Ludwig no lo recibió con animosidad alguna, la humillación y la carga solo le dejaban sentir el rencor con claridad contra Francis, pero este, con su cuerpo horriblemente maltrecho por el reciente conflicto, le sonrió comprensivo.

—Me recuerdas a mí tras esa interminable guerra con Arthur, ¿sabes, Louis? —Sonrió, no lamentándose por sus heridas, y siendo tan viejo, que estaba acostumbrado a esas cosas—. Recuerdo que antes de esta fatalité, casi fuimos amigos.

Francia reconstruyó su amistad con su hermano, y erigió sus lazos con él, en un principio bajo un esquema diplomático en favor de recuperar su economía, al menos hasta que Alemania estuvo más que después a renovar sus lazos con los países vencedores, en particular Francia.

No obstante, su relación volvió a tener un punto álgido, donde el miedo del país galo y la firmeza de su gobierno chocaron.

—¡Pero...! ¡Pero entraron a la sociedad de desarme! ¡Tienen que obedecer los términos!

—¡Términos diferentes e injustos para nosotros, Frankreich! —respondió Ludwig alzando su voz, aterrando a Francia, que retrocedió unos pasos al ver enojado a Alemania.

Ludwig se sintió mal, no quería que esa nación a la que estimaba, y consideraba su amigo, lo viera como en aquella guerra; pero tenía que dejar clara su posición e inconformidad, no se retractó.

Extrañamente, Francia, días después, le dijo su opinión en privado.

—Siento mi ataque de pánico, es difícil olvidar algunas cosas —se justificó avergonzado, haciendo sentir un poco culpable al germano, efecto sin intención con sus palabras bienintencionadas—. Creo que entiendo tu posición, y estoy un poco de acuerdo de manera personal. Nosotros como naciones, no podemos dejar desprotegida a nuestra gente, o permitir que otros logren dejarnos vulnerables. Solo espero encontremos un acuerdo con el desarme.

Francia apoyó que conservará su ejército esperando llegarán a un acuerdo. El gobierno alemán rechazó toda condición, y rompió otro de los acuerdos a los que se sometieron al final de la Gran Guerra.

En ese punto, ambos hermanos volvieron a distanciarse de Francia.

Cuando se preparaban para el inicio de sus planes y operaciones, dando inicio a la guerra, se dio cuenta de las condiciones y vulnerabilidad de Francia a ser invadido; Ludwig se lamentó en silencio, como lo hizo en la caída de Varsovia, de tener que preparar un ataque por la espalda a otra nación; especialmente si esa nación, el hombre que la representaba, era alguien cercano, que vio por él en su peor momento.

Francia mantuvo su ejército bajo una pericia y disciplina notable, sin embargo, su gobierno empecinado y engolosinado con los éxitos de la Gran Guerra, se mantuvo bajo las mismas estrategias triunfales de esos años: grave error. Francia no tuvo tiempo de decirle su inconformidad, menos aun sabiendo —gracias a las enseñanzas de su larga vida—, que un plan en guerra, no vuelve a funcionar dos veces.

Aprendieron tras la catastrófica consecuencia de la "Batalla de Francia", que Napoleón Bonaparte tuvo casi a Europa en sus manos por nunca permanecer estático. Entonces, en 1940 bajo el imperio del blitzkrieg alemán, conocida también como Guerra relámpago, que, bajo ofensivas rápidas y móviles, destrozaron los frentes estáticos similares a unas trincheras.

Inglaterra intentó ayudar a su aliado, siendo un rotundo fracaso. Alemania había entrado si obstáculo a Francia, tras haberse ocupado de Bélgica, Holanda, Noruega y Dinamarca.

—Espera, ¿¡también atacaron los países bajos!? ¿¡Que no eran neutrales!? —gritó Inglaterra desesperado tras un cañonazo a su espalda; miró a Francia que venía con un batallón retrocediendo de los alemanes.

—¡Maldita sea! —Exclamó jadeando el galo, no estando seguro si lo que corría por sus mejillas llenas de ceniza eran sus lágrimas, o el sudor de su frente—. Estamos a punto de ser rodeados, si ambos estamos aquí cuando los alemanes lleguen... o igual si nos movemos, nos alcanzaran...

Francis miró el suelo pensativo a pesar de los gritos a su espalda acercándose, éste alzó los ojos y miró con una sonrisa triste, pero determinada a Arthur.

Inglaterra entendió las intenciones de Francia, este agarró su arma con firmeza y jaló del brazo a Francia para intentar alejarse con su ejército, y huir: Francis negó y se plantó inmóvil manteniendo su resolución.

—Si caemos los dos, no tenemos nada, no tendremos nada en el futuro —dijo dando la media vuelta, siendo seguido por un batallón que decidió quedarse a la condena de la que serían objeto si  permanecían en París.

Francis pidió a unos soldados que llevaran la situación a quien pudieran, y protegieran a la resistencia que se iba fuera del país.

Francia sonrió cuando Inglaterra le miró estupefacto, le guiño un ojo como si fuera cualquier día en que se despidiera de un amigo.

Tras otro cañonazo, los soldados los sacaron de ahí contra su voluntad, casi a rastras hasta que el peso de su responsabilidad y su realidad le hicieron ser consciente de que tenía que avanzar sin importar que, por todos, y por Francis, a quien, cuando volviera por él, le diría todos los sentimientos que había estado guardando.

Le diría, esta vez sin ceder a su cobardía y mal temperamento, cuanto lo amaba.

Las naciones germanas marcharon y tomaron sin dar tiempo a defenderse a todo país que sirviera a sus propósitos. Países neutrales como la pobre Emma, Bélgica, y su hermano cayeron bajo el ejército alemán sin siquiera oportunidad de poder empuñar un arma, lo cual le dejó vía libre para terminar de invadir Francia.

El gobierno francés huye en cuanto tiene la oportunidad hacia Burdeos, intentando mantener lo poco que quedaba de ellos como nación independiente, especialmente si su personificación cayó en manos alemanas. Lo que quedaba de los diplomáticos de la nación gala, firmaron un acuerdo de armisticio para intentar salvaguardar la poca integridad de ellos como país, y evitar que devastaran esas tierras.

En junio de ese año, los alemanes ocupan la mitad norte de la nación en conjunto de toda la costa atlántica; en el sur, se establece un régimen francés que ofrece colaboración a los invasores, estableciendo su capital en Vichy.

A pesar de que Arthur había logrado regresar a su país con su ejército y parte de la recién formada resistencia que volvería a Francia apenas tuvieran los recursos, comenzó los días llenos de horror en el corazón de la nación. Bajo el nombre de Blitz, y en varias ocasiones en el periodo de dos años, se ejecutaría un bombardeo continuo a partes vitales de Reino Unido, especialmente Londres.

Arthur comenzó a germinar un odio tan profundo, que enfocó sus esfuerzos en planear el momento en que pudiera regresarle el daño a Alemania. Ni siquiera tuvo tiempo de lamentar el dolor de su gente, o de saber que Francia había caído bajo el mando germano, no solo la nación, sino el mismo Francis.

En las tierras galas, Francia fue trasladado a Berlín para ser resguardado con los otros prisioneros, siendo confinados a celdas especiales, planeadas para ellos como naciones, en los enormes sótanos de la casa de Alemania.

Alemania, bajo órdenes de su jefe, fue asignado a una de sus principales tareas de ahora en adelante, interrogar al nuevo prisionero sobre las resistencias y posibles planes para oponerse al nuevo régimen, todo eso sabido por rumores, como las súplicas de algunos prisioneros humanos.

—Dicen que la resistencia logró salir de París —comentó su jefe con las manos blancas de la fuerza con que las apretaba, frustrado de no haber podido evitar la huida del apoyo británico—. Es tu labor saber a dónde fue esa mencionada resistencia, y cualquier cosa que puedas saber de su aliado.

Era extraño que el trato de Francia en esa casa siempre fuera, hasta cierto punto, cuidadoso, y es que el jefe de Alemania, en cierta forma, admiraba la cultura francesa, su legado en artes y demás ciencias en las que la gente del galo se destacó; razón por la que le dejó a Ludwig elegir el nivel de crueldad en los interrogatorios.

Emma y su hermano, por su debilitada condición, no se creyó necesario por parte de los Germanos poner torturas tan frecuentes como a Francia, o tan crudas como las cometidas a la gente de Polonia, como a la misma nación.

Gilbert no pudo evitar torturar a Feliks bajo condiciones específicas del jefe de Ludwig, quien parecía despreciar profundamente la mera existencia de Polonia. El mayor de los germanos se lamentaba tener que manchar sus manos con sangre de la nación que lo tuvo bajo su cuidado, quien lo cuido y a quien le debía su lugar como nación.

—Supongo que, de cualquier forma, nunca tuve oportunidad para que me perdonara por toda nuestra historia, ¿no, West? —comentó Gilbert acomodando su gorra con la insignia del ejército, ensombreciendo su rostro; Prusia no espero respuesta, fue a su interrogatorio de siempre con Feliks.

En uno de sus interrogatorios, Francia con la cabeza gacha, y la piel de los brazos escocer por repetidos golpes con una fusta con suficiente fuerza para dejarle parte de su piel al rojo vivo, la nación gala le diría algo que quedaría en su mente y traería de nuevo las palabras que su hermano tanto la insistió recordar: "No olvides quién eres".

Ludwig se había vuelto experto para que su piedad pasará disimulada, para que su reticencia a pasar sus límites de crueldad a la estaba dispuesto fueran imperceptibles; sin embargo, en ocasiones, se veía obligado a enterrar su humanidad a lo hondo, intentar ser lo suficientemente cruel para evitar problemas, cumpliendo su deber.

En esas ocasiones en que debía asegurar su lealtad, y demostrar su ausencia de piedad, su dureza como soldado, su dignidad como nación, era cuando su jefe estaba presente; y es que, su jefe, esperaba que realmente llevará su trabajo hasta las últimas consecuencias, que de verdad lastimara a sus prisioneros.

Pero Ludwig apenas podía dormir por las noches con la forma en que cumplía su deber. Ni siquiera se atrevía a comer los días en que tenía que ir a algún campo de concentración a resolver algún problema, o gestionar su eficiencia.

"Eficiencia". El estómago se le revolvía de pensarlo. Era débil, su mente se cernía en la noche entre las náuseas y el terror de lo que le esperaba al día siguiente. ¿Hasta dónde tendría...?

Mientras, que, de día, era la nación perfecta a ojos de su jefe.

Francia dejó sus brazos extendidos sobre la mesa, que le dolían lo suficiente para hacerle imposible moverlos, tuvo que morder su labio para no darles el gusto de gemir en su sufrimiento. Una vez los soldados que acompañaban a su jefe abandonaron el cuarto de interrogatorio, él permaneció inmóvil.

Alemania esperaba que la forma en que evitaba mirar las nuevas heridas de la otra nación no se notara.

—Que fácil parece para ti repetir esta rutina, Allemagne —murmuró en voz baja, con su cabeza que colgaba gacha por el aturdimiento del dolor de su cuerpo.

Ludwig se detuvo a unos pasos de Francia, dispuesto a ayudarle a levantarse para llevarlo a su celda.

—Regresemos a tu celda, Frankreich —no contestó, evito hacerlo. ¿Sus manos le temblaban?

—¿Sabes, Louis? —Llamó Francia, pronunciado con dificultad cada palabra—. Pensé que éramos amigos, aún me cuesta saber cómo llegaron hasta aquí, como lo hiciste tú.

Alemania se paralizó con las palabras de Francia, una declaración que no esperaba escuchar de un prisionero. Él siempre pensó que su relación con el galo era muy cercana a una amistad, pero no esperaba que éste también lo pensara así, menos que se lo dijera en esa situación.

—¿No querías que desapareciera, Frankreich? Con las condiciones que tú y England me pusieron, estuvieron muy cerca de hacerlo —reclamó sintiéndose herido con la acusación de Francis, aunque guardó con primoroso cuidado su compostura.

Francia pareció reír un poco con el suave movimiento de sus hombros. Éste alzó su cabeza lentamente, y lo miró con una sonrisa triste, compasiva a quien no comprende todavía muchas cosas de ese mundo.

Ludwig se sintió pequeño, muy pequeño con esa expresión.

—Por supuesto que no, y tú lo sabes: sabes que no es así —dijo con pasmosa serenidad, una de la que solo quien ha vivido demasiado puede sostener en esa situación, y de quien entiende la miseria propia, como la ajena—. Una cosa somos nosotros, y otra, nuestros jefes; ¿no es así para ti?

Ludwig pensó en todos los actos monstruosos que tenía que hacer, todos esos planes donde llevaba a toda piedad a perderse. Recordó  cómo  ayudó en los planes de los campos de concentración; pensó con tanta tristeza en los ojos iracundos de miseria de toda esa gente condenada a morir en esos lugares; le fue difícil no desplomarse ahí de rodillas.

Guardó silencio mientras ayudaba al cuerpo lánguido de Francia a caminar a su celda, y con amargura, se ve incapaz de responder, pero desea que sea así.

Anhelo con toda su desesperación oculta, que realmente él y quienes los dirigían fueran diferentes.

No hubo noche en que Ludwig no durmiera repitiendo lo único que le salvó de no perderse: "No debo olvidar quien soy."

Estuvo a punto de hacerlo.

 


 

Caminando en silencio se dirigieron hacia el auto de Alemania pues habían acordado viajar juntos de regreso, y pasar unos días en casa del germano. Por alguna extraña razón, ambos estaban sumamente agotados, un tanto dispersos en sus pensamientos.

Aunque una cosa era segura, ambos estaban bastante agradecidos que esa reunión terminara, especialmente sin otro comentario mal intencionado, aunque fuera accidental, de parte de Inglaterra. A decir verdad, a la pareja se les hizo bastante inusual lo tranquilo, casi sereno, que se veía tras el pequeño acercamiento del galo en meses.

—Louis, no tenías que cargar mis cosas también —Rió Francis al ver a Ludwig luchar con evitar que algunas carpetas y el maletín de la otra nación al buscar sus llaves—. Déjame ayudarte en lo que pones en marcha el auto; seguro estás cansado, con todo el asunto de esta sesión —ofreció el francés estirando sus brazos para sostener las cosas; Ludwig se negó hasta que pudo sacar las llaves del bolsillo de su saco.

No estaba muy seguro de porqué quería con tanta insistencia, evitar incomodidades a Francia, aunque siempre había sido así, si pensaba con calma los inicios de su relación. Quizás ese día se sentía especialmente inquieto con la mirada reflexiva de Inglaterra siguiendo a Francia: le era muy difícil entrar en términos con su lado inseguro que detonaba sus celos.

Pero no habían sido del todo infundados, especialmente observando las intenciones de Arthur, y la larguísima historia que compartía con Francia, siendo esta muy complicada, pero con periodos donde ambos estrecharon sus lazos. Y el pensar en las cosas que le hizo a Francis durante su reclusión en la segunda guerra, le ponía todavía más ansioso; aun no lograba explicarse cómo lo pudieron perdonar, mucho menos ofrecer una oportunidad de comenzar, de redimirse, de ser feliz.

Si Gilbert le escuchara, se reirá de sus inseguridades, y probablemente le diría algo vergonzoso con respecto a sus notorios sentimientos hacia el galo. Sonrió con el recuerdo.

—Frankreich —El germano se aclaró la garganta en cuanto puso el vehículo en marcha. Con los ojos fijos en el retrovisor para salir del aparcamiento, espero a escuchar si Francia había escuchado su llamado—. Sé que este es un tema delicado, pero creo que es muy importante que me permitas escuchar...estos días he aprendido lo importante que es dejar un poco de tu carga, aunque sea en palabras.

Francia lo miro confundido, Ludwig mantuvo los ojos en el camino a pesar de que se sintió un poco nervioso con el silencio del otro hombre.

—Bueno, no estoy muy seguro de que hablas Monsieur, pero sabes que podemos hablar de lo que sea —respondió Francia guiñandole un ojo.

Ludwig sonrió con la actitud despreocupada del francés, que de una u otra forma, siempre lograba quitar un poco del peso de sus preocupaciones. No entendía cómo es que Francia con tantas heridas en su haber, podía sonreír en el presente como si nada hubiera pasado; a veces no podía evitar darse cuenta de cuanta diferencia de edad había entre ellos.

La verdad es que, siendo inmortal, poco o nada importaban esas cosas.

—Es sobre lo que hablaron tú y England meses antes, a causa del problema ocasionado por mi presencia en el cumpleaños de Matthew —explicó Alemania, todavía percibiendo esa culpa de las consecuencias de su decisión de visitar al hijo de Francis en términos independientes al trabajo—. La verdad es que pude ver cuánto te afectó; y entiendo tu negativa de no querer compartirlo, especialmente cuando mi convivencia con England es tan mala.

—Definitivamente no es algo de lo que quiera hablar Lud, y no creo que sea algo de lo que quieras escuchar —confesó Francia suspirando, dejando que todo el peso de su cuerpo se recargara en el asiento.

—He escuchado cosas peores, Fran —dijo Ludwig con una sonrisa llena de seguridad, diciendo con cierta dulzura, esa que solo mostraba a sus seres queridos, esa forma que consideraba íntima de llamar al galo.

—Que lo hayas hecho, no implica que esté bien Louis —dijo Francia molesto con la forma en que Ludwig todavía se permitía castigarse con los recuerdos amargos; Alemania no debatió ese punto.

—Ese no es el tema Frankreich, de verdad quiero ayudarte, y si tú eres feliz, yo siento que puedo serlo —dijo lo último enrojeciendo hasta sus orejas—. Puedes confiar en mí; si no sé qué te lastimo, no sé qué puedo hacer para poder animarte.

Francia miró con ojos bien abierto por la sorpresa de ver el lado emocional de Alemania con tanta honestidad en ese momento. Se sintió como alguien egoísta, injusto, por preocupar tanto al germano al negarse a compartir sus inquietudes, especialmente cuando para el otro era tan importante escucharlo.

El silencio permeo en el ambiente del coche, tensando a Ludwig con su decisión de confrontar a Francia respecto a esa discusión con su eterno rival. Empezó a sentirse temeroso de tomar una mala decisión; quizás realmente ese no era su asunto, y estaba presionando al galo a hablar algo que simplemente quería olvidar.

—Me rindo a tus encantos, mon amour —bromeo Francia haciendo bufar a Ludwig con el comentario burlesco—. Si preparas uno de esos pasteles de chocolate que tanto te gustan cuando vaya a quedarme a tu casa, soy tuyo para que me preguntes hasta la talla de mi ropa —agregó con cierto deje coqueto en sus palabras.

—Está bien Fran —accedió Ludwig intentando disimular su sonrisa frunciendo el ceño—. Aunque, debo decirte, que lo de las tallas no es necesario, esas las sé. —Aunque el comentario era serio, tomó por sorpresa a Francia provocando ruborizarse, y reír un poco.

—Usted es muy atento Monsieur —comentó Francis todavía intentando molestar a Ludwig, aunque añadió fijando sus ojos a la ventanilla, intentando perderse en el camino que pasaba a toda velocidad al otro lado—. Pero...lo que dijo Arthur es realmente desagradable, metiendo inocentes en sus acusaciones.

Ludwig le volvió a afirmar que estaba bien con lo que escuchara de esa discusión, mientras pudiera estar ahí para ayudarle con su tristeza y dolor, Alemania, como siempre hacía, prometió hacer lo necesario para hacer que un poco de aquello que lo atormentara se fuera.

Francia volvió a rememorar aquella pelea, volvió a repasar esas palabras llenas de rencor que Arthur escupió por sentimientos guardados, por cosas que no pasarían entre ellos; quien fuera su amigo quiso desquitar un poco de su tristeza de lo que nunca podía tener.

Sabía que parte del resentimiento de Arthur era porque ese frágil lazo que había entre ellos se perdió en la eternidad que los acompañaba.

Chapter Text

Con la guerra ya barriendo Europa, las últimas alianzas y enemistades terminaron por establecer sus lazos tras la caída de Francia. Con los cimientos del conflicto bien enraizado, cada participante tomó su lugar.

Alemania vio como acto de afirmación de su alianza con Italia, la ayuda del sometimiento del país galo, cuando la nación mediterránea invadió el sur de Francia a mediados de año. Con ese acto, los hermanos italianos entraron en la guerra.

Sin embargo, no eran los únicos en movimiento. La Unión Soviética, liderada por Rusia, entró a Rumania obligándolo nuevamente a involucrarse, pidiéndole territorio para Iván y su hermana mayor.

Iván, bajo las órdenes de su jefe, dirigió tácticas disimuladas de golpe de estado para la ocupación de Bálticos; la anexión de esos territorios como Repúblicas Soviéticas fue inevitable.

Inglaterra estaba muy tenso con el rumbo de acción que estaba tomando Rusia, pero —con la derrota de su principal aliado— no le quedaba más que observar, y buscar apoyo en la Unión Soviética contra Alemania, especialmente tras la tragedia ocurrida en octubre del mismo año.

Mientras se seguía discutiendo, o buscando, sobre algún flanco vulnerable en las filas germanas; Arthur cuidaba con minucia el despliegue de sus fuerzas marinas, las más notables e imponentes. La nación sabía que el mar era un territorio bien conocido que debía usar a su favor, o sería también su área vulnerable considerando las salidas al mar de Alemania. También se encontró ahogado en la preparación de sus fuerzas aéreas.

Claro que su poder y estrategia no fue suficiente para evitar del todo el costo de la batalla que vino del cielo de parte de Alemania y la Operación León Marino.

La mayor parte de sus pilotos estaban en el canal de la mancha, contrarrestando con sorprendente rapidez y estrategia a la fuerza aérea alemana, que a pesar de su número superior, se encontró superado por la agilidad de los soldados británicos.

Aunque fue un error centrar todas sus fuerzas en la ofensiva.

Mientras se disputaba el dominio aéreo, algunos aviones alemanes lograron adentrarse en territorio inglés. Del cielo cayó fuego, y el bombardeo estremeció hasta sus cimientos a Londres, devastando todo a su paso, enterrando a miles bajo escombros y el terror.

Arthur tuvo que parar sus operaciones marinas, y centrar toda su atención en el despliegue de su fuerza aérea. Así siguieron por interminables horas, hasta que los pilotos británicos lograron imponer su victoria, y expulsaron a los germanos de su cielo. Aun así, se sentía como si hubiera perdido más de lo que logro defender.

A pesar del dolor lacerante que le atravesaba el pecho, donde podía sentir cada muerte y edificio caer de su capital, camino entre los escombros para buscar soldados que pudieran auxiliar en el desastre; a su lado, iba Escocia que no podía hacer más que intentar seguirle el paso a su hermano menor, del cual no lograba distinguir la ira, o el dolor, de su rostro.

Arthur reconoció a uno de sus capitanes, y se dirigió al hombre con grandes zancadas. El bretón se plantó frente al militar con su rostro contorsionado del horror de la tragedia, y del dolor de su propio cuerpo.

—¿Cuántos? —escupió Inglaterra entre dientes, con el cuerpo temblándole de furia en cada oleada de dolor.

—No lo sabemos señor, aún están examinando los números —contestó rápidamente el capitán, tensándose al darse cuenta inmediatamente quien lo estaba cuestionando. Sus hombres se alejaron un poco de la escena, centrándose en las victimas que iban encontrando.

—¡¿Cuántos?! —profirió un grito que resonó entre la destrucción que le rodeaba.

El militar resistió el impulso de dar un paso atrás al ver a su nación perder el control; en todos los años que llevaba conociendo a Arthur, nadie lo había visto perderse en su ira de esa manera—. Londres sufrió la mayor parte; considerando las zonas más afectadas, podrían ser más de veinte mil, o treinta mil muertes.

Arthur sintió sus piernas flaquear con la información. Sus ojos se abrieron con horror, y miraron el suelo, intentando calmarse. El militar se disculpó antes de retirarse.

Escocia se atrevió a poner una mano sobre uno de los hombros contraídos de Inglaterra, que alzó su rostro a la calle destrozada, ahora vacía, y gritó cuan hombre herido, lleno de odio.

 


 

A veces, cuando surcaba los espacios claro del cielo, Matthew Williams pensaba en el pasado. Recordaba aquellos tiempos en que volar en avioneta tenía otro propósito, y sus manos estaban atadas a su misión de derribar cuanto enemigo se atravesara en su visión. Odiaba esos días.

Canadá siempre había disfrutado en esos momentos que tenía libres, el tomar su avioneta y disponer de toda una tarde en el cielo. A veces se sentía culpable, pues Inglaterra nunca había sido muy ávido de esa actividad fuera de propósitos militares, y le entendía, de verdad que sí; ¿Cómo podría olvidar la ocasión en que el fuego pareció caer del cielo sobre Londres?

No le gustaba del todo tener que ser el que reprochara y le pusiera un alto a quien, en cierta forma, consideraba su familia, una figura muy cercana a un padre. No obstante, era la única forma en que todos los involucrados en esa situación, en la vida de Francia, encontraran el mejor rumbo.

Con la tranquilidad de encontrarse lejos del suelo y toda la gente, Matthew pensó que existía la oportunidad de tomar un acercamiento más directo a todo el problema. Decidió intentar hablar con su hermano, y quizás lograr hacer que considerara las cosas desde una perspectiva menos personal, bien podría aludir a su cariño a Inglaterra y Francia. Hacerle entrar en razón, ayudarle a evitar que todos se lastimaran más con el pasado, o al menos que no saliera arrastrado a Alfred también.

Tal vez estaba siendo muy duro con Alfred, pero estaba cansado de que su hermano actuara bajo su propio capricho. Igual, debía intentar entender, pues no era conocedor de las razones de su comportamiento contra la relación de su papá.

Matthew voló una hora más, y se preparó a aterrizar en alguna planicie disponible cerca de su casa.

Cuando se quitó el casco, vio a Kumajiro sentarse en el pórtico de su hogar, esperándolo. A pesar de siempre ser ignorado por muchas naciones, de una u otra forma, nunca había estado solo; ya fuera Francia, ocasionalmente Inglaterra, o algunos países latinos, en los últimos años siempre tenía un hombro al que acercarse. ¿Sería así para Alfred?

Desde que se independizaron, apenas se veían en otros términos que no fueran económicos. Su relación era, en realidad, distante, Alfred tampoco es que se esforzara en apreciar sus esfuerzos de ser amistoso con él (seguía olvidando su cumpleaños).

Sí, muchas cosas habían cambiado; nunca pensó en volver a hablarle a Estados Unidos tras las cosas terribles que se hicieron en su propia guerra de independencia, luego llegaron las guerras mundiales, y encontraron una oportunidad de retomar esos lazos fraternos entre ellos al tener objetivos comunes.

Otras relaciones que dieron giros inesperados, definitivamente, seguía siendo todo aquel que ahora tenía un lazo con Alemania, quien llevaba ahora estrechas relaciones con muchas naciones que tendrían toda razón para resentirlo aún.

También estaba ese reciente rumor de que Austria y Suiza volvían a entenderse como buenos amigos, aunque su papá insistía que había algo más, especialmente por cosas que le había contado Alemania. El canadiense rio ante la manía de las naciones de esparcir rumores.

—¿Tienes hambre, Kumakichi? —preguntó Canadá a su oso, acariciando su cabeza.

Entró a su casa, se quitó su chaqueta y gafas de aviación. Guardó todo con cuidado en el ropero de su habitación, e iba a disponer a hacer algo de cenar, cuando recordó a Estados Unidos, y su propósito de ayudar con el problema que tenía Francia con las intromisiones de Inglaterra.

Se sentó en el sofá de su sala, tras respirar hondo, y recibir una palmada de ánimo en su pierna de parte de Kuma, decidió tomar su teléfono que estaba en una mesita cercana.

Ahora que se daba cuenta, incluso cuando no estaba con otras naciones, tenía a Kuma a su lado, siempre había algo que alejaba el sentimiento de soledad. Y comenzó a ser consciente, de que quizá para Arthur y Alfred no era tan fácil encontrar un hombro en el que apoyarse.

Matthew intentaría entender, y mantenerse firme; tenían que dejar el pasado, y lo que no pudo ser.

Chapter Text

Alemania se sentía un poco mal por haber permanecido tanto tiempo enojado con Italia por los rencores de la Gran Guerra, en especial con el amistoso hermano menor. Tras breves discusiones, y la oportunidad de no estar solo en esa guerra, se unieron como aliados nuevamente. Aunque Lovino, el hermano mayor, miró con desaprobación a su nuevo aliado, y tampoco se mostraba conforme con el régimen actual de su país.

Poco después, fue firmado con un aliado inesperado el conocido como Pacto Tripartito. Japón, con sus intereses puestos sobre la mesa, se les anexó a su alianza.

Ludwig se sentía un poco egoísta por sentirse un poco consolado por el hecho de no tener que cargar con todos los planes de su jefes solo, o tener que depender tanto de su hermano mayor.

Así pusieron en marcha la parte del plan Barbarroja que llevaban postergando desde que Rusia decidió expresar su hostilidad al tomar ellos parte de Polonia. A mediados de año invadieron los territorios fronterizos de la Unión Soviética, logrando librarse apenas el desprevenido Bulgaria.

Esos movimientos despertaron en viejos enemigos de la unión sus rencores. Bajo una derrota reciente, Finlandia se unió a las filas del eje, que lo llevó a alejarse de los otros nórdicos, especialmente de Suecia que luchaba con ser neutral.

Con ayuda de Tino y las fuerzas finlandesas, Ludwig invade los estados Bálticos, siendo dirigidos principalmente por Gilbert que conocía mejor esas tierras.

Bajo la incrédula mirada de Iván, logran llegar a tierras rusas y sitian la ciudad de Leningrado en San Petersburgo en septiembre de ese año, logrando avanzar hacia Moscú en octubre dirigidos por Ludwig.

Bajo medidas desesperadas y muchísimos sacrificios humanos, Rusia logró anteponerse a Alemania, expulsando a los germanos de Moscú en una desordenada retirada.

Para desgracia de Gilbert y Ludwig que se vieron en la necesidad de regresar a Berlín para reportar los sucedido, escucharon una noticia que los sacudió en terror, especialmente a Prusia, que siendo lo suficientemente letrado en temas como la guerra, supo sin necesidad de analizar los hechos que aquello había sido sino el único, si de los peores errores de sus aliados.

Japón había bombardeado la base militar de Pearl Harbor.

—¿Por qué lo hiciste? —exigió Alemania en una llamada a Japón, todavía aturdido por la noticia del acto de su aliado.

—Era un punto estratégico, Estados Unidos era considerado una amenaza por mi emperador —explicó Kiku con calma, aunque Ludwig percibía su voz ligeramente tensa, como si presintiera el error de esa decisión.

—¡Pero no estaban en guerra! ¡Estados Unidos estaba ocupándose de sus asuntos sin meterse con los Aliados! —reclamó mortificado Ludwig, recordando las reflexiones de su hermano sobre el impacto que eso tendría.

Su hermano le dijo con sonrisa amarga: »—Si el daño a Inglaterra no movió a Estados Unidos, ten por seguro que una sacudida, por más pequeña, a algo que lo haga poderoso lo tendrá sobre nosotros. Entonces, eso les dará tiempo y motivación a quienes creíamos teníamos bajo control.

Tras las palabras fatales que en su razón parecieron proféticas, Estados Unidos le declaró la guerra a Japón, y por lo tanto al eje, quien respondió el movimiento declarándose también en contra del país americano.

Inglaterra tardó en enterarse de este movimiento en la inmediatez, pues se había concentrado en los esfuerzos de su inteligencia en trabajar con los códigos alemanes, y el bombardeo a una colonia Alemana que les permitió llevar la guerra al interior de la nación germana.

El fuego que cayó sobre los cielos de Londres, se adentra y expande con todo el rencor del daño hecho sobre ciudades alemanas, aunque Arthur no sería el único que reduciría a escombros los centros urbanos germanos.

Cuando dudó Arthur en continuar con los ataques aéreos, fue bajo órdenes de debilitar la ocupación alemana en suelo Francés. Con el horror del acto, el bretón decidió tomar aquella dolorosa decisión, al menos para él, de también desolar parte de las bases alemanas, aunque tuviera que afectar el corazón de Francia.

Con el descubrimiento del telegrama Zimmermann (dirigido a un país latino de parte de Alemania), Inglaterra le dio a Alfred uno de los elementos que empujó a Estado Unidos a finalmente intervenir en esa guerra.

Inglaterra sabía que no tenían tiempo que desperdiciar, a pesar de las tácticas utilizadas por su inteligencia.

Aún si el precio de sus acciones lo pagarían después.

Muchas ciudades alemanas se comenzaban a transformar en escombros con cada bombardeo que lograba adentrarse en territorio. Cada edificio caído era como una herida muchas veces invisible en Alemania, quien se sentía destrozado en cuerpo y mente. Se dio cuenta la gravedad de ese conflicto, pues sobrepasaba de muchas a la Gran Guerra enfrentó una devastación de esa magnitud.

La muerte de millones de inocentes que cargaban en sus cada vez más desgastados cuerpos, se les comenzaba a hacer insoportable, hecho que vio Francia al tener poco más contacto que con Alemania, y ocasionalmente con Prusia.

Otro interrogatorio llegó para Francia, evento que por más cotidiano que se hubiese, encontraría forma de meterse en su piel con una cicatriz más, con otra memoria que se convertiría en pesadilla, y con otro forma de grabar el miedo un poco más; y como era frecuente, Alemania era el único en el cuarto destinado a esas actividades con uno de sus prisioneros más importantes (pues, al parecer, el dirigente alemán estaba muy ocupado para monitorear el comportamiento de su nación con sus prisioneros).

—Me doy cuenta Allemagne, que vas viendo lo que es de verdad ser consumido por algo que tu comenzaste —escupió Francia con veneno en sus palabras, y todavía la fuerza suficiente para pensar en palabras hirientes. A pesar de apenas poder mantenerse de pie de regreso a su celda—. Siento pena por tu gente, por los inocentes.

Él no quería eso, de ninguna forma quería eso.

Alemania sintiéndose atacado, lo empujó contra una pared cercana a una celda sin poder controlar su ira, y le dijo sus dedos enterrándose en los hombros algo huesudos de Francia—: Por eso tu nación, tú, fue entregada tan fácilmente.

—¿Qué más podía hacer? Era lo único que me quedaba para evitar mayores pérdidas, intentar no perecer, y salvar vidas —dijo ignorando el dolor del agarre de Ludwig; había adelgazado mucho, y su piel que poco había estado bajo el sol, se sentía como papel seco sobre sus músculos, demasiado sensible al dolor.

No es que quisiera quejarse, se cruzó un par de veces con Polonia en esas celdas, y le llenaba de un helado horror ver los extremos a los que habían llevado a la pobre nación con cada castigo a su gente y a él al que se vio sometido (y sin embargo, la nación seguía con ojos lúcidos y fuertes en mejillas carcomidas por la miseria).

Ludwig guardó silencio, estaba muy cansado, demasiado. Y casi sintió ganas de darle la razón a Francia, de pedirle que le escuchara, pues al parecer era el único en su entorno demente al que veía con suficiente frecuencia para poder escucharlo.

—Muchas de las consecuencias vienen de elecciones, aunque no podamos evitarlas —agregó por último Francis ante el enervante silencio de Ludwig, que simplemente le volvió a tomar del hombro para empujarlo con extraña gentileza a su celda.

Para sorpresa de ambos, los bombardeos también persiguieron a las bases alemanas en territorio francés, incluso cerca de París con el fin de dispersar fuerzas aéreas. Algunos fueron de parte del ejército alemán ahuyentando a la resistencia, otros de parte de los aliados, aunque muy lejos de ser con la intensidad con que desarrollaba en la nación alemana.

Fue peculiar como hubieron días donde ambos compartieron un dolor similar al tener sus capitales bajo fuego de una u otra forma; era increíble la fuerza de Alemania al soportar el dolor agónico de tener su capital atacada con esa constancia, con la saña de la venganza buscada por naciones que Francia jamás hubiera imaginado pudieran albergar ese nivel de odio, como era el caso de Inglaterra.

O la crueldad del ejército rojo que acontecerá años después, oculta por mucho tiempo en los registros de esa guerra.

Hubo una vez, en que tras un especialmente terrible bombardeo a Berlín, Ludwig había llegado a sentarse en alguna parte de las celdas subterráneas, cerca de donde estaba Francis para poder sentir su dolor sin que nadie que pudiera juzgarlo lo mirase. Existían pocos lugares donde estar solo en esa casa, curioso era que el más tranquilo fuese donde estaba una nación prisionera.

Ludwig sentía como si le desgarraban por dentro con cada kilómetro que la guerra se adentraba en su territorio. Francia que se encontraba dividido entre Alemania e Italia, comprendía más que nadie aquel sufrimiento, y sintiéndose estúpido, no pudo más que sentir compasión.

—Supongo que no solo mi resistencia está en tu territorio —murmuró Francia, con su voz haciendo eco en el lugar donde estaba únicamente él (pues tenían separadas a las naciones prisioneras).

Ludwig alzó la cabeza de entre sus manos sorprendido al recordar que no estaba solo.

—Creo que fuiste demasiado joven para poder soportar solo todo esto, te lo digo desde siglos de experiencia —La antes aterciopelada voz de Francis sonó ronca en el pesado silencio.

Extrañamente, Francis pensó que Ludwig lo miró como un niño que desesperado vio algo de consuelo en su entendimiento.

 


 

Francis despertó con el aire golpeando sus pulmones en grandes bocanadas. Giró su cabeza examinando confundido su habitación, y estando bastante desorientado, espero a que sus sentidos salieran del aturdimiento del sueño remanente en su mente.

¿Cuánto tenía que no recordaba cosas de manera tan clara del pasado? A veces se arrepentía un poco de haber decidido ofrecer el contarle su historia a Ludwig. Pero luego veía esos ojos claros verle agradecidos, seguros (aunque fuera un poco) de enfrentar y dejar atrás el pasado.

No es que recuerde cada momento, o que sus sueños estuvieran plagados de pesadillas, pero había ciertos detonantes que de vez en vez le traían esas remembranzas enterradas. Quizás no fue tan buena idea que por querer evitar contarle aquella desagradable discusión con Arthur, hubiese insistido en contar un poco más.

Echó un vistazo al lado vacío de la cama, el preferido de Ludwig cuando llegaba a quedarse.

Aunque sintió la debilidad de insistir en que pasara unos días con él, con el resultado de contarle aquella pelea con Inglaterra, ambos sabían que era lo mejor que Alemania tuviera algo de tiempo para sosegar su disgusto, su ira.

La verdad es que no lo culpaba, Arthur era especialista en encontrar lo que más le dolía a otra persona, o nación en palabras. Aunque se hubiera disgustado por él, el ver enfadado a Alemania siempre removía sus memorias, especialmente cuando se encontraban tan expuestas con tantas verdades reveladas.

___

Ludwig miró al galo removerse incómodo en su silla, jugando con su taza de café, intentando aligerar el ambiente con alguna broma, o su normal coqueteo. Pero el Alemán estaba decidido a saber qué era lo que logró disgustar lo suficiente a Francia para actuar frío con alguien, especialmente con Inglaterra que sabía fueron amigos, o algo cercano, en muchas épocas.

No en los últimos tiempos, donde mostraba abiertamente su irritación contra los dos, o mejor dicho, contra Alemania.

—Frankreich, quiero saber que hablaron para poder evitar disgusto mayor, y estar preparado con cualquier forma en que England intente provocar alguna reacción mía —explicó Ludwig nuevamente.

Francia suspiró rindiéndose. Cuando Alemania tenía un objetivo encontraría siempre una estrategia para llevarlo a cabo.

—La verdad es que quisiera fingir que no paso, pero... —negó con su cabeza, y acomodó sus cabellos detrás de su oreja—, hay cosas, temas, que ni siquiera a Inglaterra que conozco desde hace mucho puedo pasarle.

Ludwig apretó sus manos entrelazadas sobre la mesa. Conociendo a Francia, existían muy pocos temas que pudieran afectar de esa manera.

—Al comienzo fue el insulto normal de mi actitud, mi carácter, o lo poco discreto que soy con mis asuntos personales —comenzó explicando—. Hasta que metió a mi Doncella en sus acusaciones, ¿Qué tiene que ver mi Jeanne en nada? Ella, después de tanto, ha encontrado una nueva oportunidad en el mundo que la asesinó.

Francia apretó los labios furioso, recordando las palabras de Inglaterra que se deslizaron de esos labios con suma facilidad, llenas rencor: «Probablemente hubiera sido mejor que ella naciera en otro país, ¿Qué tan avergonzada estará de su nación?»

»¿O será que para que te interese alguien debe haberte pisoteado? Te recuerdo que te invadió, humilló, y dividió ése al que sigues a todos lados. ¿O te gusta ser invadido? No pensé que realmente fueras lo que dicen de tu reputación.

Todas esas palabras le dolieron, entre otras muchas alusiones a su pasado con Alemania, e insultos que él devolvió con la misma furia contenida que Arthur enfocó en buscar cosas que lograran atravesar de manera dolorosa. En algún punto sus manos estaban sosteniendo del cuello de la camisa al bretón, dispuesto a lanzarlo contra el suelo para írsele a puños.

Arthur le miró con la misma firmeza y reto cada que peleaban, aunque, extrañamente este lucía herido, enojado con algo que Francis no lograba distinguir; pensó por un instante que incluso su eterno rival pareció vulnerable, triste y desesperado por decir algo, aunque tan enojado como estaba, simplemente le soltó de la camisa dejándolo caer en su silla.

Estaba cansado de todo eso, de pelear, era por eso que aceptó la propuesta de Allistor de intentar enmendar su relación con Arthur, aunque fueran en términos amistosos y profesionales.

Cuando acabó de contarle los detalles de su discusión. Quitó sus ojos de la superficie de la mesa de la cocina con duda, pues Ludwig había guardado un silencio tal que le inquietó en buena parte de la conversación.

Y ahí lo vio, esa mirada iracunda que pocas, muy pocas veces portaba Alemania. Francia aguantó su respiración cuando esos ojos claros corresponden su mirada, severos.

Con el ceño fruncido, e intentando relajarse, Ludwig le dijo con su voz en un tono más bajo y profundo de lo normal.

—Entiendo la situación. Gracias por confiar en mí —dijo bajando sus ojos a sus manos—. Necesito irme, quiero decir, es necesario que piense un poco de mi parte.

Esa era la forma en que Ludwig le decía normalmente a Francis que necesitaba alejarse de él un poco. Y cuando el enojo de Alemania se percibió un poco en el incómodo ambiente, el galo no tuvo más que aceptar esa petición como la mejor decisión.

—Te veo este fin de semana —dijo Alemania poniéndose su abrió con movimientos más apresurados del normal.

El germano miró a Francia, y sonrió arrepentido al ver lo nervioso que peste se ponía inconscientemente cuando este estaba enfadado. No estaba enojado con Francis, y mucho menos tendría que hacerle pasar un momento amargo con su malhumor.

—Llámame en unos días —pidió Ludwig serio, tocando muy brevemente la mejilla de Francia.

Cuando se alejó de la casa de Francis, no pudo evitar percibir sus emociones con más claridad. Entre la ira contra Inglaterra y su comportamiento, estaba el remordimiento, ese que venía regresando con cada episodio de su historia contando, con cada sufrimiento del que él fue autor revelado.

Pensó que sería más fácil dejar esas emociones atrás, pensó que ya las había olvidado, pero parte de las palabras de Inglaterra llevaban razón, especialmente al remarcar sus acciones en el pasado.

Al parecer nunca iba a poder ser fácil.

A pesar de todo, culpable como siempre, amaba a Francia, siempre un poco más.

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n cuanto entró en guerra Estados Unidos, éste se puso en contacto de forma inmediata con los aliados, aunque, por las circunstancias, los que pudieron recibirlo fueron Inglaterra, Rusia y China. La nación americana no cuestionó la ausencia de Francia, pues, estaba bien informado de las circunstancias en las que se encontraba él.

Para Inglaterra, fue aterrador, debía confesar a sí mismo, el ver aquella mirada oscurecida de la normalmente alegre nación, una casi tan llena de ira y determinación como la que lo recibió en todas las batallas que enfrentó con su colonia antes de que se independizara.

—Vengo a avisarles que habrá consecuencias contra Japón y sus acciones —dijo Alfred con una voz que llenó la sala, y captó de inmediato la atención de los aliados con su seriedad—. Estén o no de acuerdo; luego, podremos hablar de la estrategia a seguir.

Sin embargo, antes de la tragedia de proporciones incalculables que se desataría de la respuesta estadounidense al ataque japonés en su territorio, Arthur se uniría a su nuevo aliado en un ataque marítimo contra la fuerza naval japonesa en el pacífico.

Mientras Arthur y Alfred se encontraban atentos a la batalla desatada en los mares (habiendo tomado la costa de Sicilia un mes antes), Alemania se movió con las otras naciones del eje para poner en marcha una nueva ofensiva contra la Unión Soviética, centrando sus fuerzas para entrar en Stalingrado durante septiembre.

Bajo órdenes de las fuerzas germanas, Ludwig con apoyo de las fuerzas del eje se lanzan en una ofensiva de enormes proporciones en suelo soviético. Iván, por su parte, se ve bajo circunstancias en apariencia desesperadas decidiendo centrarse en una postura defensiva.

—¡Tenemos que atacar! —dijo uno de los generales de Iván unas días después de los imparables ataques alemanes en contra suyo—. ¡Han muerto más hombres de los que se vio hace años! Si no intentamos contraatacar...

—товарищ [Camarada] —interrumpió Rusia con una sonrisa tan amigable, tan en calma, que el hombre no pudo evitar estremecerse—. Si entramos ahora, morirán más: tenemos que esperar nuestra oportunidad para no dejarles escape, ¿entendido?

Y la paciencia de las fuerzas soviéticas se vio recompensadas. Tras el masivo ataque alemán, estos se debilitaron sin tiempo a recuperarse, dando la señal que Rusia esperaba para entrar en Stalingrado.

Stalingrado se volvió un laberinto para las fuerzas germanas; una tierra que recibió su sangre y terror con pasmosa facilidad cuando los soviéticos se introdujeron en suelos conocidos, jugando muchas veces con el miedo para rodear a los solados.

Rusia incluso se dio el lujo de seguir a Alemania entre las calles de la devastada ciudad, como un fantasma sonriente con paciencia interminable. Hasta que este se vio solo, el ruso salió de un callejón corriendo para tomar impulso, y saltar sobre el germano, logrando tirarlo contra el suelo cubierto de nieve.

Para un hombre de esas proporciones, Rusia era extremadamente silencioso y ágil. Alemania sintió un nudo de terror formarse en su garganta cuando vio el rostro de quien le había derribado; aquella expresión sonriente que siempre se vio en esa nación de tierras heladas, estaba sustituida por ojos fuera de sus órbitas, furiosos.

—¡Ya no te quedan muchos soldados Alemania! —exclamó con voz suave Rusia, sonriendo con espeluznante normalidad.

¿Por qué no le mató en ese momento? La respuesta era simple, pues Iván deseaba que ese terror, que la derrota, los acompañará de regreso a tierras alemanas.

Claro, que las naciones del eje también tenían sus problemas, en particular los hermanos italianos, que se veían divididos internamente por la decisión del Consejo Fascista nacional en permitir a un nuevo gobierno formarse (gracias a la cada vez más desfavorable situación), deponiendo a Mussolini; aquello, pues, marcó el fin de su participación como aliado de Alemania, y miembro del eje.

El nuevo gobierno se rinde incondicionalmente ante los Aliados.

Esa decisión, además de sorprender y herir de manera personal a sus aliados del eje (que personalmente, eran amigos de Veneciano), empuja a Ludwig a autorizar a sus fuerzas tomar el control de Roma, y mantener la parte norte de Italia bajo el control de Mussolini.

Arthur, después de estar casi toda la guerra en estrategias ofensivas y varios frentes, decide volverse parte también de los trabajos de su inteligencia, especialmente con uno de los más destacables, encargado de fabricar la tecnología capaz de descifrar los códigos y transmisiones alemanes, que cambiaban de manera diaria.

—Esto cambiará la guerra, créame —le dijo aquel peculiar hombre, llamado Alan Turing—. Cuando entendamos el lenguaje de Enigma, tendremos cada paso de los alemanes en nuestras manos.

—¡Puedes...! —Intentó decir Inglaterra, cerrando sus labios al darse cuenta de la desesperación palpable de sus palabras—. Disculpa mi arrebato. Quisiera, si es posible, que me hicieras saber antes que a nadie cualquier información sobre el estado de Francia, la resistencia, el estado de París, cualquier cosa; cuando puedan descubrir el patrón de ese lenguaje.

El joven matemáticos enarcó una ceja ante el comportamiento de quien sabía era su nación.

—Por supuesto —contestó Alan, centrando sus ojos inmediatamente en una hoja de datos de las últimas pruebas.

Inglaterra se centró en sus propias obligaciones, intentando no pensar en Francia.

Mientras, Prusia intentaba ser el soporte para su hermano menor, que después de aquella derrota bajo las manos de Rusia, parecía a punto de quebrarse; aunque el fracaso militar no era la causa del todo, sino el peso de la guerra, sus aliados ahora marchando contra él, y el constante recordatorio de la clases de monstruos en que sus líderes los habían convertido.

 


 

Canadá no era de confrontar a Estados Unidos de manera directa, generalmente aquello era sumamente problemático, y el otro norteamericano terminaría incordiando, o quizás, como había hecho en los últimos tiempos, volcando su disgusto con otras naciones.

Y el haber sido honesto sobre las visitas de Ludwig a su casa en carácter personal, como pareja de su padre, abrieron la puerta a una serie de rencores, discusiones, como otros problemas. No obstante, esta vez, había decidido llevar hasta el final su iniciativa, aunque con los otros involucrados advertidos de que podrían recibir parte de las consecuencias de sus acciones, si no salía bien.

Suspiró cerrando sus ojos con fuerza, y tomó valor para marcar el número desplegado en la agenda de su celular. El sonido de la llamada enlazandose le hizo preocuparse un poco, quizás las cosas estaban peor de lo que pensaba, y el alemán no quería saber nada de él como parte de la causa del problema.

La verdad estaba un poco paranoico con toda la situación, quizás por eso Francia no quiso involucrar a la nación norteamericana.

Hallo —respondió la voz imponente de Alemania tras casi acabar el tono de marcado—, ¿Kanada?

—Hola, Germany —saludó un poco tímido, sujetando el aparato con una mano apra cambiarlo de lado—. Solo habló para...para ver cómo están las cosas, con England, quiero decir; últimamente Papa habla poco conmigo.

Escuchó al germano respirar profundamente al otro lado de la línea, dejando ver que tan cansado y difícil era ese tema.

—No puedo decir que bien, o mejor —confesó Alemania, dejando escuchar un poco de disgusto al marcar su acento al hablar, haciendo un poco difícil seguir la frase a Canadá—. Frankreich me contó todo sobre la discusión de aquel día con England.

Escuchar a Alemania enojado era algo extremadamente raro, y por lo mismo le hizo sentirse inquieto. Sabía que su papá le temía a varias naciones mostrándose enojadas, esperaba que aquello no hubiera logrado que el germano perdiera los estribos, aunque le tranquilizaba que Ludwig sabía controlar su temperamento, y Francia ya no lo veía con temor, no con lo mucho que ya se conocían.

Supongo que sentí que England pasó un límite, incluso para nuestras asperezas normales —explicó Alemania—. Siento si también todavía estoy molesto.

—No, no, me disculpo yo por hablar de eso —pegó más el auricular a su mejilla—. La verdad es que también estaría enfadado, supongo.

—¿Te ha contado Francia algo de lo que discutió con England? —preguntó Alemania.

—Un poco, la verdad nada en detalle, eh...no he querido preguntar para no molestar —respondió Matthew preocupado—. ¿Podría preguntarte, Alemania?

No sé si Frakreich quiera que te involucres más, pero... —Matthew escuchó ruidos de una silla, probablemente Alemania cambiando de posición—, está bien —accedió.

Alemania comenzó a hablarle de los reclamos de Inglaterra con lo que hizo durante la guerra por él, todo lo que sacrificó en favor de salvarlo. Por supuesto, aquello también le disgusto a Canadá, pero lo que le pareció triste, doloroso, de mencionar fue lo que Ludwig comenzó a explicar con detalle, el mismo pareciendo enojarse apenas recordarlo:

—Mencionó como fuimos un peligro, tanto mi hermano como yo; y por eso... por eso pasó lo del muro —continuó bajando sus voz, enfundándose nuevamente—. También incluyó a Joanne, lo poco que Francia había hecho para honrar su sacrificio. Honestamente no quiero decirte todo, no deseo que también tengas que enojarte por eso.

Después de aquello, hablaron muy poco. Ambos resintiendo las palabras de Inglaterra en diferentes niveles: para Alemania aquello había sido demasiado personal; por el lado de Canadá era frustrante, injusto, la forma en que su antiguo colono involucraba al germano de esa manera en sus reclamos a su papá.

Quería mucho a Inglaterra, fue su padre a pesar del cuidado más prioritario que le dio a Estados Unidos, (la verdad es que estaba seguro que se habían dicho cosas así de hirientes muchos siglos, demasiadas veces), pero el tocar a personas y existencias que Alemania, y Francia, amaban como lo más precioso era algo que no esperó.

Arthur estaba desesperado, Matthew lo sabía y quizás lo compadecía, pero no era justo que molestara a su padre cuando éste era feliz, cuando él no iba poder serlo a lado de Francis.

Matthew también intervendría un poco con Inglaterra, intentaría hablar con él, hacer entender las razones de continuar con su vida, de que su tiempo ya había acabado. Aunque antes, tenía que ir con su hermano.

Todos tenían que alcanzar una conclusión con ciclos aún pendientes, y Matthew esperaba que cada uno lo entendiera.

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Había ocasiones en que Francia se cuestionó muchas veces sobre el comportamiento, y decisiones de Alemania durante la Segunda Guerra. Existieron muchos momentos en que la nación gala, apenas entendió la lógica de las elecciones tomadas por el joven imperio, en especial cuando estas no parecían lógicas, o apoyadas ni siquiera por su incondicional hermano.

La batalla de Dunkerque, a principios de la guerra, fue una de ellas. Y es que, ¿porque permitió la huida de las fuerzas aliadas de su territorio teniendo la ventaja? ¿Cómo es que se quedó inmóvil y no hizo nada para realmente impedir la evacuación de su población? A pesar de lo avasallador que fue al tomar su capital.

A Francia no le avergonzaba reconocer que no entendió ni un poco a Alemania en ese tiempo, y que eso poco cambiaría en los años venideros.

A pesar de no perder ni un ápice de su impecable disciplina y aplomo, Alemania regresaba de los campos de concentración con ojos oscurecidos, rostro agotado, y una fragilidad que solo sus más allegados podían ver, al igual, que las naciones tan viejas como Francia sabían interpretar.

Entonces, a pesar de odiarlo, de repudiar por sus crímenes en un principio; no pudo evitar sentir profunda compasión por Alemania. Francia veía con cada vez más facilidad la tortura que era para el germano ir a encargarse de los Campos; observaba con indeseada perspicacia el peso de esos mismos actos que deberían justificar cualquier aversión que pudiera sentir hacia Ludwig.

Por alguna razón, al jefe de Alemania le gustaba ponerlo muchas veces al frente de Auschwitz.

Y bien pudo odiarlo:  bien  pudo guardar un desprecio eterno.  Pero no pudo , a pesar de las consecuencias que el mismo pago por el silencio de Alemania durante Dunkerque.

Poco había escuchado Francia de la plática del jefe de Alemania tras lo ocurrido en esas costas, donde no solo la población logró huir, sino que los aliados pudieron escabullirse con ellos aun teniendo todas las posibilidades en su contra. Por supuesto que el fracaso que pasó frente a sus ojos desencadenaría en consecuencias.

—El Führer habló con él —escuchó Francis murmurar cerca de su celda. Estando tanto tiempo rodeado de alemanes, le fue fácil hacerse hábil en el idioma—; y estaba furioso. Creo que eso le costó la confianza a Herr Beilschmidt.

—¿Y tendrá amonestación? —le contestó otro hombre. Francis intentaba pegarse a los barrotes de su celda para ver a quienes estaban resguardando su celda ese día, pero estaban al otro lado del pasillo haciéndolo imposible.

—No lo sé. Especialmente considerando quien es Herr Beilschmidt —contestó el guardia, con extraño respeto en sus palabras.

El silencio se hizo presente de manera abrumadora, haciendo tan pesado el ambiente que Francia se arrastró rápidamente hacia la colcha que estaba pegada a la pared de su celda. Algo...algo estaba mal, lo sabía.

Los días en que venía Alemania, quien fuera que estuviera a cargo de vigilarlo, simplemente saludaba inmediatamente. Ese repentino silencio no era buena señal. Tras unos segundos, escuchó pisadas, y una abrumador "Führer" casi gritado por los soldados.

No ...Ese hombre nunca bajaba. Nunca había necesidad desde que sus interrogatorios eran tarea de su nación.

Frente a su celda, con la cabeza en alto, estaba él, aquel hombre que regía las tierras y destinos de Alemania. Francia aguantó las ganas de cohibirse, de pegarse a la pared y cerrar sus ojos. No era estúpido para adivinar que la presencia del jefe del germano era una terrible noticia para él; ¿realmente las palabras de los guardias serían ciertas? Si ese era el caso, entonces habría un castigo, ¿pero que tenía que ver él?

—Necesitamos tomar medidas desde el origen. Dunkerque fue una desgracia —dijo el hombre a su nación, que evitó mirar a Francia a los ojos—. Ustedes no pueden morir, ¿es cierto?

Francis alzó su cabeza asustado, sin importarle dejar ver su vulnerabilidad. Miró a los hombres frente a su celda. No quería dejar su miedo llenar su mente de imágenes, tal vez simplemente le interrogará como siempre; un brazo roto, una pierna...incluso perder un dedo, todo eso podía recuperarlo en días o semanas. No pasaría nada que no hubiera pasado antes.

—No teníamos oportunidad con los recursos centrados en los principales frentes móviles —dijo Ludwig en voz baja, como si lo repitiera por enésima vez—. Y...no, no podemos morir, no como un humano.

—Ja —asintió el mandatario sin mirar siquiera a Alemania, centrando su atención en el galo—. Pero ese evento ha traído ánimos e inquietudes a los franceses. ¿No es verdad? —Preguntó el Führer; aquello era una pregunta que no esperaba respuesta, y sus ojos denotaban su desconfianza con lo ocurrido, a la personificación de su nación—. Has pasado mucho tiempo en los interrogatorios con Francia, poco hemos avanzado.

Los otros soldados miraban a Alemania y su jefe parados frente a la celda, luciendo agobiados por el ambiente. ¿Le habrán mirado con pena? Francis creyó ver eso cuando sus ojos se cruzaron con esos hombres.

—Llévalo a interrogar —ordenó el mandatario—. Y tráelo de vuelta aquí para tomar medidas. Quiero estar presente.

Durante el interrogatorio, a diferencia de otras ocasiones, no hubo pausas, ni segundas oportunidades ante su falta de respuestas. Alemania tuvo que mostrar que era la nación que su jefe esperaba; el hombre fiel e incondicional a los ideales de ese imperio.

Aun si Ludwig no creyera en ellos, en esas creencias impuestas, el tenía...

Ludwig sujetó tomó un mazo sobre la mesa, y con ayuda de los soldados que estuvieron vigilando ese día, logró mantenerlo quieto (aunque poco podía moverse de cualquier forma). Escuchó un sonido sordo y el crujido de los huesos, de sus dedos.

El dolor le recorrió el cuerpo de manera agonizante, a pesar de no tener ni la energía para hablar, logró gritar en su miseria. Tal vez insultó a todos los que estuvieron en esa habitación, poco le importó...

A pesar de que el mandatario aprobó sus métodos, aún quedaba su última tarea, petición encomendada incluso antes de bajar a las celdas. Tenía que asegurar su fidelidad a su propio gobernante, y garantizar a ojos de éste que Francia, (o él),  no eran un peligro en lo mínimo.

Sí con esto podía dejar de repetir episodios como ese, esos interrogatorios que le atormentaban en las noches, entonces, por el bien de los que pudiera salvar, haría lo necesario.

—No es necesario que los lleves a la celda, no puede moverse —dijo el Führer—. No pueden morir. Así que las consecuencias no serán permanentes —agregó acercándose a las naciones, y le dio una pistola que parecía pesar demasiado en manos de Ludwig.

—Ja, Führer —tomó el arma con lentitud, y se giró hacia Francia. Sus manos le temblaron un poco, gesto que notó el galo. Y agregó encarando brevemente a su jefe—: Si me permite; creo que a partir de este punto, no tiene caso que mantengamos a los prisioneros en los subterráneos. Es una forma de mantener las tierras ocupadas estables, e influenciar a su gente . —volvió a pararse frente a Francis que encontró la fuerza para temblar—. No es una amenaza.

—Poco podemos obtener ya de él en los interrogatorios de cualquier manera. Está bien, puedes subirlo a una habitación. Ahora, termina con las medidas correctivas —ordenó su jefe con impaciencia.

Ludwig apretó el arma en sus manos, y acomodó sus dedos en el gatillo. Con los pulmones doliendo de aguantar su aliento en temor de un suspiro tembloroso, colocó la superficie fría del cañón en el centro de la frente de Francis.

Cansado, lleno de dolor, y apenas consciente, supo perfectamente que estaba pasando. Y a pesar de su mente entumecida, pudo sentir miedo.

Con sus ojos enrojecidos, en su rostro delgado y piel opaca por mala alimentación, además de otras carencias, fijo su mirada en Alemania, en Ludwig.

Algo le susurró Ludwig que no alcanzó a descifrar antes de que que el germano disparara el gatillo. El germano estaba con sus labios apretados, y sus ojos claros llenos de desesperación.

Francis, paralizado de terror, escuchó un estallido, y fue tragado por una completa oscuridad.

Poco hubo en sus memorias después de eso. Despertó días, (o quizás semanas después), sobre una cama, en una habitación de paredes claras. Para su sorpresa, no estaba solo, estaba acompañado por dos personas: Gilbert y Ludwig, quienes lo miraron con poca sorpresa;  especialmente el primero que había estado cerca de la muerte antes en muchas ocasiones.

Ludwig, que estaba en silencio a su lado, con Gilbert detrás de él, pareció querer acercarse para cerciorarse que no estaba muerto.

—Te dije West, tardó porque estaba débil. Supongo que tenías tus dudas al ser tu primera vez en frente a la muerte de una nación. Bueno, aunque esto no es morir realmente para nosotros... —explicó Gilbert palmeando el hombro de su hermano menor, para animarlo—. Aunque, en el caso de Feliks, él está peor que Fran;  A pesar de todo, ha sobrevivido...

Francia quería pararse, reclamarles, y decirles la clase de monstruos que eran. Sin embargo, al ver la mirada sincera, llena de genuino alivio de verlo despierto, de Alemania, reafirmó que ellos simplemente estaban atrapados en una situación que no hacía más que traerles dolor.

—Te dejo con Fran, cuídate Lud —Se despidió Gilbert, sonriendo un poco a su viejo amigo, que comprendió un: "lo siento" muy oculto en los ojos del prusiano.

—¿Tienes hambre, Frankreich? —fue la frase que rompió el silencio entre ambos.

Por primera vez, Ludwig le sonrió amable, de esa forma tan sutil que era propia de él, como si no fueran más que dos amigos hablando un poco.

Francis, nuevamente, no podía comprender a Alemania.

Francia siguió preguntándose qué fue lo que Alemania le dijo ese día antes de dispararle.

.

.

.

En  1944, las tropas británicas y americanas desembarcaron exitosamente en las costas francesas de Normandía. Este movimiento, siendo dirigido por Estados Unidos y Canadá con apoyo de Inglaterra, logra abrir un nuevo frente contra los alemanes.

Así mismo, por el oriente, los soviéticos (tras millones de pérdidas), logran lanzar otra ofensiva aprovechando los últimos éxitos, y destruyeron un centro alemán al este de Bielorrusia. Iván y su hermana menor acompañan a sus soldados hacia el oeste, llegando a un río frente a la devastada Varsovia, a principios de agosto de ese año.

—¿Estamos listos para hacer retroceder a las fuerzas alemanas? —preguntó Matthew con un aplomo que estremeció a Estados Unidos, quien iba descubriendo quién era realmente Canadá y de lo que era capaz en un conflicto.

—Por supuesto —afirmó Arthur tras revisar el mapa con el despliegue de las fuerzas combinadas que llegaron desde Normandía.

Las cartas estaban echadas, y la culminación de la guerra a su alcance.

 


 

 

¿Cómo fue la guerra para él? En realidad todo lo sintió como una extraña secuencia de una película siendo adelantada a toda velocidad.

Como nación joven, podía decir con orgullo que no era su primer gran conflictos con otros países (había participado en la Gran Guerra). A pesar de no tener contemplado involucrarse, no era nuevo en los grandes despliegues militares.

Por supuesto, hizo cosas que él mismo puso en duda; que él mismo supo que eran reprobables, y que pasarían años antes de que alguien pensara en olvidarlos aunque fuera un poco.

Vio muchas facetas, emociones, que jamás pensó ver, que ni siquiera podría imaginar existían en naciones más viejas que él. Alfred, fue testigo de los miedos de Arthur, Inglaterra, que las cosas que plagaron la mente de su antiguo colono impidiendo que fuera honesto consigo mismo, y posteriormente, con personas importantes para él.

Arthur fue débil, se sintió vulnerable, y decidió ocultar una vez más sus sentimientos. Alfred vio como este se tragaba una confesión que probablemente llevaba queriendo decirle a la nación que llevaba amando desde hace mucho, demasiado, tiempo.

Alfred, a pesar de sentir que ya no tenía caso que, a quien consideraba su padre, todavía intentará buscar la manera de ganar los afectos de Francia, decidió apoyarlo. Optó por decirle que debía ser honesto, que tenía fe en que el galo también pensara en él de esa forma, aún después de tanto tiempo.

»—¡Tu fuiste su héroe, te esta esperando!

Como dudo de sus palabras, cuántas veces pensó que, a lo mejor, no debió apoyarlo, sino intentar que Inglaterra cerrará ese ciclo; no obstante, decidió seguir animando al bretón de perseguir sus anhelos, aun si fueran imposibles. ¿Cómo sabría que Francia elegiría a alguien como Alemania a su lado? ¿Aún después de todo lo que hicieron...que hizo Arthur, para llegar a él?

Presenció cómo Arthur fue a la habitación donde estaba un Francia adolorido, pero sonriente, con su cuerpo vendado después de haber sido liberado. Fue testigo de cómo el bretón se sentó a lado de la cama de la nación que llevaba queriendo más tiempo del que podría recordar; observó cómo éste se quedó quieto, paralizado, incapaz de ser honesto.

Una oportunidad que le había costado todo.

Después se esparció con una velocidad pasmosa el tratado de Eliseo, aquel maldito tratado, y vio a Inglaterra derrumbarse en cólera, en arrepentimiento.

¿De qué forma no podía enojarse? Deseaba la felicidad de Inglaterra, y no podía más que recordar el estado en que encontraron a Francia hace ya tantas décadas. De verdad que no lo entendía...la nación gala también era importante para él, después de todo fue gracia a él que alcanzó su independencia.

A pesar de que Alemania y él mantenían relaciones comerciales de suma importancia, no podía más que pensar qué bueno sería que Alemania se hubiera mantenido lejos de Francia, que no se hubieran entendido, que no se hubieran enamorado...

Odiaba los días grises como ese, le hacían pensar mucho en el pasado. Tampoco es que estuviera prestando mucha atención en el informe que llevaba dos horas intentando acabar.

—Señor Jones —tocó la puerta su asistente.

—¡Robert! ¿Qué pasa? —saludó alegre la nación.

—¿Hizo algún cambio en su agenda? No tengo reuniones registradas —preguntó Robert revisando su celular.

—¿Reunión? No, hoy estaba libre por la tarde —dijo confundido, revisando su calendario online—. ¿Qué pasa? —preguntó intrigado.

—Vino Canadá, dice que tiene algo muy importante que discutir con usted —informó el asistente confundido—. Algo relacionado con Francia e Inglaterra.

Alfred se mostró sorprendido al escuchar lo último. No pudo evitar molestarse un poco al escuchar la mención de Francia.

—Sí, supongo que si tenemos algo que discutir —confirmó Alfred—. Hazlo pasar.

Sí su hermano quería traer a juego el pasado, estaba bien. Él llevaba involucrado en eso desde hace mucho.

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Sus párpados le pesaban tanto, que le dolía la sola idea de abrirlos, y al mismo tiempo la oscuridad de que iba despertando le pareció tan profunda, que pensó haberse quedado ciego, o, tomando en cuenta los recuerdos que se iban aglomerando de manera violenta en su mente, estar muerto.

Cuando logró escapar de la muerte, como había hecho un centenar de veces más, Francia se sorprendió de verse sobre una cama, con ropas limpias, y una habitación en vez de una celda. Quiso sentarse e intentar averiguar dónde estaba, ¿Qué había pasado después de...?

No podía pensar mucho, la cabeza le martilleaba terriblemente con un dolor agudo que parecía recorrerle el cuerpo entero, y su garganta seca le ardía de manera desesperante. Suspiro intentando ignorar esa nefasta sensación que era salir de la muerte.

Miró con sobresalto la puerta al escuchar la perilla de esta girar. Sin retraso, vio a Ludwig entrar a la habitación en silencio y una expresión que no podía discernir.

—Has despertado —dijo Alemania con una amabilidad que confundió a Francia, tomando en cuenta los últimos eventos—. Espero no te sorprenda, logré que tú y otros prisioneros fueran sacados de las celdas al no representar una amenaza.

Aquel comentario pudo pretender ser hiriente, pero la mirada del alemán que evitaba la suya, simplemente le indicaba que esas palabras no contenían emoción alguna; a decir verdad, Francis lo percibió más bien avergonzado, ¿arrepentido?

—Espero no te incomode que yo me haya encargado de cuidar que tu cuerpo estuviera atendido —murmuró Alemania claramente apenado, aunque por razones diferentes al recuerdo de haberle disparado—. ¿Cómo te sientes? —cuestionó con sus cejas juntas y expresión expectante mientras se sentaba en una silla a lado de su cama.

Francia no reaccionó ante la confesión de Ludwig de quien lo cuidó (a esas alturas, sentirse humillado era algo menor). Aunque, le sorprendía saberse tan atentamente atendido por su supuesto enemigo.

—Es imposible que una nación muera por algo así —comentó en un lastimoso murmullo, con la garganta seca. Alemania le acercó un vaso de agua que tomó sin decir nada. Con su garganta más acostumbrada a volver a hablar, giró un poco su cabeza recostado hacia el germano—. ¿Estas feliz por lo que pasó? ¿O enojado por no poder matarme?

—Yo no...nunca podría... —respondió sorprendido Ludwig, visiblemente horrorizado de lo que sugerían las preguntas del galo.

Francis le mira incapaz de seguir descargando su ira con comentarios malintencionados, pues al ver esa expresión le recuerda a un niño que apenas entiende lo que está pasando a su alrededor; algo no tan fuera de lugar, pues Alemania era todavía un niño comparado con ellos.

Ludwig agrega temblando un poco, luciendo como estuviera a punto de derrumbarse en ese momento—: Tú sabes que no, lo siento tanto.

—¿Estas disculpándote? —dice Francia confundido. De todos los conflictos en los que ha sido partícipe, pocas naciones han decidido ofrecer palabras intentando enmendar sus acciones, ni siquiera Inglaterra...

Tras un silencio donde Alemania es incapaz de sostenerle la mirada, este respira profundo pensando sus palabras.

—Una vez me dijiste que somos diferentes de nuestros jefes, a lo que ellos desean y ordenan. Yo...siempre lo he sido. Quiero decir, nunca quise esto —se sincera el germano, soltando su aliento al cubrir su rostro con ambas manos.

Francia, sin entender sus razones, estira su mano para regalar un poco de consuelo tocando con suavidad los cabellos de la nación más joven. La expresión desconcertada le recordó a cuando conoció a Ludwig, varias décadas atrás.

____

Canadá sentía su cabeza dolerle un poco por el penetrante olor a sal y humedad que invadía las costas de Normandía esa mañana. Miró a su lado a su hermano, que caminaba firme mientras mantenía su atención en los soldados que iban desembarcando.

Las fuerzas anglo-estadounidenses comenzaron a agruparse en la cabeza de playa de Normandía siendo dirigidas principalmente por Alfred, que recordaba la ruta planeada de manos de Arthur, para que se encontraran más tarde en ese día.

Los batallones avanzan rápidamente hacia el este, rumbo a París.

Alfred, a pesar de tener su absoluta atención en esa operación de la que podría depender el éxito de las siguientes operaciones, o de la cada vez más cercana posibilidad de acabar con la guerra.

Mientras recorren nuevamente suelo francés, Estados Unidos recuerda con claridad la carta que ayudó a redactar a Inglaterra, una que contenía un poco de sus sentimientos hacia Francia. Aquel gesto le tomó por sorpresa, y le hizo comprender cuán importante era su supuesto eterno rival en realidad para quien fuera su tutor.

Arthur le diría mientras escribía la carta, totalmente avergonzado: »—Es que el ridículo y cursi de Francis no entendería de otra manera; esto le alegrara cuando lo encontremos.

Alfred estaba decidido y esperanzado a lograr que Arthur tuviera la oportunidad de darle esa carta; de lograr que esos dos al fin pudieran tener esa unión que uno de ellos ansiaba.

 


 

Matthew hizo algunas anotaciones en su agenda, y buscó la información recolectada por su jefe respecto al último informe económico de su nación. Por alguna razón, esa tarde, su mente se encontraba necia en divagar sobre su conversación con Alemania, y anticipándose a la visita que llevaba postergando a su hermano.

Extrañamente, también pensó en el pasado: en aquella horrible revelación de cuando Alemania le disparó a su padre en la cabeza. Por supuesto, en el momento, cuando Francia se lo contó, no pudo más que sentir un profundo desprecio hacia Alemania, uno que permeó en su sosegado carácter y se mostró con violencia en la lucha que sostuvieron en su camino a París desde las costas de Normandía.

No fue hasta que volvió a tratar con Alemania, a escuchar de su padre dolor que éste cargaba, y la pérdida que representó la disolución de Prusia para la nación germana. Fue cuando, por primera vez, fue totalmente consciente de que una cosa era lo que estaban obligados a hacer, y otra lo que deseaban.

Es por eso, que decidió intentar comprender qué era lo que Inglaterra quería; o lo que su hermano intentaba lograr.

Su visita no pareció ser un hecho grato para Estados Unidos, aún si este no hubiera puesto excusa alguna para recibirle. Canadá quería comenzar de una manera sutil, pero sentía, que en ese caso, ninguno de los dos estaba para rodeos, ni de humor para alargar una discusión que involucra a naciones cercanas a ellos.

—Entonces Matthew, ya que estas aquí, y la iniciativa viene de tu parte —dijo Alfred con los labios fruncidos, y extrañamente serio—, ¿Por qué no inicias tú lo que tenemos que discutir?

Canadá suspiró incómodo, al escuchar que su hermano lo llamaba con su nombre completo, no con el amigable Mattie de siempre. No es que esperara que esa plática fuera agradable, o rápida: ahora entendía porque Francis insistía tanto en mantenerlo a parte de todo el problema.

—Alemania y Francia, es de lo que me gustaría hablar —dijo Matthew, colocando sus manos sobre el escritorio de Alfred, que arrugó su nariz al escuchar esos nombres—. Su relación, quiero decir, las relaciones personales de otras naciones, siempre he pensado que es asunto de los involucrados. Es por eso...no entiendo porque Arthur insiste en relacionarse con un asunto que no es de nadie más que ellos. ¿Por qué Arthur intenta hacerlo? —preguntó inclinándose sobre el escritorio, demostrando lo mucho que eso le preocupaba—. ¿Por qué también tú?

—¡Por supuesto que nos involucra! —Reclamó Alfred—. De una forma u otra, el tratado que firmaron ellos sin consultar a las otras naciones iba a afectar a los demás. ¿Has olvidado también todo lo que pusimos en juego para liberar a Francia, por meternos en esa guerra que, sin duda, no era cosa de nosotros?

—Pero de manera personal, ¡es solo problema de ellos! —contestó Matthew enfadado—. Y vaya que recuerdo lo mucho que tú y Arthur estuvieron en contra del tratado; me gustaría decir que fue por razones de sus gobierno, pero Inglaterra, lo conozco, los conozco, y los quiero mucho a todos; por eso sé que esto es más bien personal —dijo Canadá con su voz temblando con todo su sentir, con toda frustración.

—Tú no entiendes... —murmuró Estados Unidos luciendo cansado, no sabiendo cómo afrontar la franqueza, la gentileza innata que aún mantenía Canadá, incluso estando enfadado.

—¿Por qué sigue Arthur así? —Insistió, recargándose en su asiento—; eso sólo le hace daño a él, a Papa...

—¿Por qué? —repite Alfred con una risa suave y amarga—. Entiendo, ¿eso quieres saber? Aunque dudo que veas las cosas desde la perspectiva de Iggy, estas del lado de Germany, ¿no?

—No estoy del lado de nadie, solo quiero que esto acabe. Deseo, al menos, comenzar a entender —negó Matthew con firmeza.

—Hace mucho, al final de la Primera Guerra, Arthur estaba extraño, actuaba muy raro cerca de Francia —comenzó a relatar—. Cuando lo confronte, tras unos años, me confesó lo que tú y yo sospechábamos: amaba a Francia, desde hace tanto... ¿te imaginas?

Canadá guardó un silencio solemne, y doloroso al pensar en todo el tiempo que por culpa de nadie más que ellos mismos, Inglaterra y Francia terminaran en caminos distintos. Una sola confesión hubiera cambiado todo.

Iggy es terrible siendo honesto consigo mismo, así que tras animarlo, comenzó a aceptar sus sentimientos —Alfred había cerrado sus ojos recordando, acostándose en su silla reclinable—. No podía siquiera pensar en ir y decirle a Francia. Así que le dije que le diera una carta con una frase como: «¡A él le encantan esas cosas cursis!» —dijo, sonriendo esta vez con nostalgia, mirando a un punto cualquiera en la pared—. Tal vez no debí decirle eso, porque lo hizo; se la iba a entregar después de la Segunda guerra.

Estados Unidos observó la completa atención de Canadá, y prosiguió con su relato:

»Pero no salió como pensó, pasaron muchas cosas: Francia se enfadó con Iggy al ser excluido de la reunión de Yalta, o de las decisiones de la guerra, se enfadó todavía más al descubrir que había aceptado tan drásticos términos a aplicar a Alemania. ¡No lo entendía! ¡Él fue quien aceptó el carbón e indemnizaciones en la Primera Guerra!

»Pasó mucho tiempo, England no me contó que nunca le dio la carta, no hasta que apareció el Tratado de Elíseo. Te imaginaras lo mucho que eso nos afectó, después de todo lo que hicimos...

Canadá respiró profundo un par de veces, procesando toda la información que acaba de descubrir. Tampoco tenía conocimiento de todo el tiempo que Inglaterra estuvo intentando alcanzar a Francia, o de aquella carta. Ahora comprendía un poco la rabia del bretón, aunque no justificaba sus acciones...no cuando ese ciclo ya debió cerrarse, y la oportunidad de Francia de ser feliz estaba en sus manos.

Era muy doloroso saber eso, y suponía que debió serlo también para Alfred, que intentó ayudar a quien fungió como su figura paterna alguna una vez.

—Pero, como te digo, no espero que lo entiendas —volvió a mencionar Alfred—. Y tampoco es que te esfuerces en ayudar a England, después de todo siempre estuvo bien contigo; en cambio yo...no es que este mal, siempre he podido valerme por mi mismo.

—¿Alfred? —entornó sus ojos, y vio los azules de su hermano mirar sus manos sobre su escritorio, mientras este se encorvaba sobre el escritorio, evitando mirarlo—. ¿A qué viene esto...eso, ¡tú eras siempre el que tenía su atención!

—¡Tú sabes que no es verdad! ¡Hasta estas en una asociación económica con él y otros! —gritó Estados Unidos enrojeciendo del rostro, y poniéndose de pie. Canadá abrió sus ojos sorprendido al ver a su hermano perder la calma—. ¡No comprendes nada! —gritó con ojos cristalinos, respirando agitado—. No comprendes...

Alfred se dejó caer en su silla, intentando luchar las lágrimas formándose en sus ojos. Y Canadá se dio cuenta que Estados Unidos tenía razón, nunca había intentado entender, ahondar, en los sentimientos de su hermano.

Se sentó todavía confundido en cómo reaccionar, y acercó una mano para regalar una caricia gentil a los cabellos rubios de Alfred, esperando a escuchar más de todo lo que la siempre alegre nación guardaba.

Chapter Text

Prusia llevaba un tiempo considerable en encargándose del frente oriental, apenas viendo a su hermano. Su principal medio de información sobre el estatus de la guerra en el Este, era por los reportes que sus generales le entregaban, o por esas esporádicas reuniones que tenían para discutir las estrategias a tomar.

Las reuniones se habían convertido en ocasiones para reclamar por errores, y sentir la cada vez más evidente desesperación en que se encontraban. La balanza ya no estaba a su favor, muchas de las resistencias estaban ganando influencia, y con tantos frentes abiertos las fuerzas germanas estaban notablemente desgastadas.

Gilbert temía por el resultado de esa Guerra, y por el porvenir de su hermano menor. Su situación también era miserable, no necesitaba estudiar números para adivinar que el conflicto tendría consecuencias, unas de las que ninguno de ellos estaría preparado a afrontar.

Toda lo que habían construido se estaba cayendo con una facilidad pasmosa.

—Herr Beilschmidt —llamó uno de sus generales a Gilbert, que dejó sobre su escritorio el último reporte que no decía nada bueno, o que no hubiera deducido—. Traigo un anuncio urgente.

—Ja? —cuestionó cerrando sus ojos unos segundos, buscando relajarse para que la noticia que le fueran a dar, no terminará por destrozarle los nervios.

El hombre asintió nervioso. Gilbert confirmó que no iba a informarle nada bueno—: El clandestino Ejército Nacional polaco se ha levantado contra nosotros, están intentando recuperar Varsovia. Al parecer el cercamiento de las tropas soviéticas no hizo más que acelerar sus planes.

Gilbert asintió reflexivo, y pidió al hombre organizar soldados para irrumpir sus aglomeraciones, aprovechando que no eran del todo gente con formación militar. Y como supuso Prusia, apaciguar esa revuelta no requirió de su atención personal: el éxito contra el Ejército Nacional les dio tiempo, observando como el avance soviético se detiene cerca del rio polaco Vístula.

Gilbert, a pesar de no haber intervenido directamente con el levantamiento, si se presentó a recibir la rendición de los fragmentos desgastados que formaban las fuerzas del Ejército Nacional en Varsovia.

Y como temía Prusia, los aliados habían logrado volver a ponerse en ventaja, poniendo en práctica sus planes, basados en lo aprendido en errores pasados, como en las múltiples derrotas a manos de los frentes móviles germanos.

Las fuerzas aliadas, una vez desembarcaron sin inconvenientes en el sur de Francia, lograron transportarse a través del río Rin, y avanzar hacia el Noreste de la nación de forma rápida, sin mayor conflicto de por medio.

Tras un trayecto que podría considerarse tranquilo, y con pérdidas tan pequeñas que apenas afectaron la moral de las fuerzas aliadas, estas llegaron a París, casi a finales de agosto de 1944. No llegaron sin una bienvenida, pues las conocidas como Fuerzas Francesas Libres, ya estaban informadas de los movimientos aliados, uniéndose al ejército para por fin ingresar a la capital francesa.

Casi un mes después, esta vez atravesando la ofensiva alemana, lograron acercarse a la frontera alemana, el resultado, no se hizo esperar: en diciembre, habían logrado devolver su libertad a gran parte de Francia, parte de Bélgica, y la zona sur de Holanda.

A pesar de saberse en una situación sin salida, las fuerzas del eje, que básicamente ya se componían únicamente de una agotada Alemania, Prusia, y acorralado Japón, no presentaron atisbo alguno de rendirse. Habían llegado muy lejos, hecho cosas que jamás podrían ser olvidadas...entregarse, en esas circunstancias, igual traería consecuencias nefastas para ellos.

De alguna forma, en los últimos tiempos, Alemania apenas había hablado con su hermano, que estaba ahogándose en el avance de los aliados en el frente oriental. Y quizás, por eso, es que encontró poco sorprendente las conversaciones largas, (a veces reconfortantes), con Francia, que había permanecido en Berlín con las otras personificaciones capturadas, a excepción de Polonia que había quedado bajo la guardia de Prusia.

—¿Estará bien Gilbert? —murmuró Alemania un día, mientras revisaba algunas de las fracturas que él mismo había vendado de heridas pasadas en las muñecas de Francia. Muchas, a pesar de haberse curado, con el helado del invierno que venía le dolían bastante.

—Ah, podría apostar que sí —contestó Francia sin timidez. No podía evitar recordar los buenos tiempos con España, y Prusia—.Tu hermano podría caerse en un barril de cerveza, y tomársela antes de ahogarse —se atrevió a bromear. Ludwig acomodó sus vendajes, y él se colocó una chaqueta que le había conseguido (muy seguramente a escondidas de su jefe) el germano para soportar el frío.

—El frente donde está él...está acabado —se sinceró Ludwig con un sutil temblor en su voz. Juntó sus manos sobre su regazo, y bajó su rostro para mirar la tela oscura de sus guantes—. Brüder siempre tuvo más responsabilidades y cosas que hacer. Él supo desde el principio, antes de comenzar todo —Sentía que todo eso era su culpa, la angustia de no poder comunicarse con su hermano crecía en los últimos días.

—La verdad no sé qué está pasando fuera de estas cuatro paredes...pero, por tu rostro, puedo adivinar que el final de esta guerra está cerca —dijo Francia, sus palabras neutrales, sin dulzura o burla de la situación—. A pesar de ser una nación joven, sé que ya has pensado en que te deparará. La verdad, nadie está preparado para ser el perdedor de ninguna guerra.

Ludwig sintió ganas de, ahí, en ese momento, agacharse y cubrir su rostro para llorar. Pero tragó el nudo en su garganta, y exhaló con fuerza para controlarse.

Francia no tenía ninguna razón para ser amable con Alemania, mucho menos para mostrarse compasivo, o si quiera, comprensivo de la angustia de su captor, de quien había tomado sus tierras nuevamente.

No tenía razón alguna para consolarlo, ninguna...

La mano de Francia se acercó dudosa, con lentitud, al hombro del alemán casi encogiéndose cuando sus dedos tocaron el hombro firme, pero tomó valor y posó sus dígitos gentilmente. Sintió al otro tensarse, alzar sus ojos claros para mirarle sorprendido.

Ninguno estaba indemne de los pecados de la guerra. Alemania era una nación joven, con demasiada culpa que cargar en un futuro.

 


 

Tal vez había sido infantil, se había dejado llevar por sus sentimientos negativos, y por toda esa irritación que siempre tenía que tragarse con cada provocación de Inglaterra. Eso era lo que venía pensando Alemania desde hace un par de semanas, el tiempo trascurrido sin que el buscara a Francia, o éste intentara contactarlo.

Sabía que cuando se enfadaba, generalmente, buscaba aislarse, y que esos estados de malhumor siempre tocaban una fibra sensible en galo, muchas veces asustándolo aunque este lo negara. ¿Cómo podía culparlo? Cada ocasión en que su cruzo con él enojado, fue en esos terribles años...

Francis, logrando comprenderlo mejor de lo que él mismo jamás lograría, siempre le daba su tiempo para reflexionar y calmarse. Se sentía culpable, pues, él fue quien lo evitó, a pesar de haberlo presionado para hablar de aquellas palabras tan crueles que Inglaterra le dijo, seguramente, para afectarlo aunque no lo pretendiera.

Esta vez no llevaba un ramo de flores, no creía que un obsequio como ese fuera adecuado para una disculpa. Tal vez podría planear algo después, cuando averiguara si Francis estaba disgustado con su reacción o no. La verdad, no entendía cómo es que el galo lograba mantenerse tan tranquilo cuando tenían algún desacuerdo, él siempre se ponía ansioso pensando en que podía hacer para resolver cualquier desliz que tuviera.

Tocó el timbre de la casa de Francia, y respiró hondo, cerrando sus ojos para tranquilizarse.

Escuchó un gritó al otro lado de la puerta, y fue recibido por el galo que dejó un cordial saludo a medias, mirándole con sorpresa.

Louis! Ah, ¿vienes de visita? —tartamudeo, genuinamente sorprendido de ver a Alemania ese día, considerando lo enojado que se veía con Inglaterra—. Siento que me encuentres con mis peores ropas, no...no te esperaba.

Ambos se quedaron en silencio, Francia acomodando disimuladamente su playera, y Alemania removiéndose en su lugar, esperando a que alguna frase coherente se formara en su cabeza, reacción que le pareció por demás adorable al galo, quien sonrió más relajado.

—¿Por qué no pasas? —Invitó Francia con un guiño, gesto que alejó el nerviosismo del germano, logrando arrancarle una sonrisa—. Puedo preparar algo, ¿o tal vez tienes algo en mente? Puedo cambiarme rápido.

—Yo te veo impecable —halagó Alemania honestamente. A veces no comprendía cuando Francia decía no estar bien vestido.

—¡Oh, vamos Louis! —Rio Francia no ocultando su buen humor al ver a Alemania intentando hacerle sentir bien comentando cosas favorables de su atuendo—. Para nada estoy bien, este pantalón es lo más viejo que tengo —comentó Francia jalandolo del brazo para llevarlo a su cocina una vez le ayudó a quitarse su abrigo.

Una vez en la cocina, se dedicó poner un poco de café.

El silencio era apacible, casi reconfortante al ser consciente de la presencia ajena. Francia decide hablar una vez pone una taza en frente de Alemania, y se prepara una para él.

—¿Sabes, Allemagne? He pensado que ya estoy cansado —dijo Francia, estudiando cuidadosamente la expresión de Alemania que se llenó de terror con su frase. El falo negó suavemente con su cabeza—. Quiero decir, ya estoy cansado de este ciclo con Inglaterra. De estar siempre a la defensiva con él, o esperando ignorar sus provocaciones.

—Por un momento pensé... —susurró Alemania, soltando su aliento al desechar la idea que se formó con la frase de Francia, y éste sonrió apretando sus manos cariñosamente.

—No hay manera, estarás un rato condenado conmigo, ¿bien? —Bromeó Francis—. Lo que quiero decir es referente a nuestro problema, a mi problema, con Arthur —aclaró con tristeza, aun sonriendo—. Antes...tú sabes que lo conozco hace tanto, él no era así, puede ser que yo tenga que ver, por eso —hizo una pausa, descansando su mano sobre la de Alemania, que le miraba todavía ansioso, aunque más tranquilo con la aclaración—. Tal vez, es momento de también atender ese problema, de zanjar las cosas que quise dejar incompletas porque fue muy doloroso en su momento. Soy feliz contigo, y Arthur debe entenderlo.

—Si tú quieres...yo puedo hablar de manera personal con él, no quisiera que él te faltara al respeto otra vez —ofreció Alemania con firmeza, inclinándose sobre la mesa, para mirar a los ojos de Francia.

—Eres maravilloso Louis, ¿lo sabías? —dijo Francia agradecido, y agregó negando con un movimiento de cabeza—. Pero no, este es un pendiente que si bien nos ha afectado, siempre me correspondió resolver.

—¡Pero...! —intentó insistir Alemania.

Non —interrumpió firme—. Créeme, Inglaterra puede ser un terrible enemigo si estas de su lado malo. Es una pena que conozca tan bien ese lado. Sé cómo hablar con él —tranquilizó Francia.

—De acuerdo —aceptó reticente Alemania—. ¿Aunque podrías decirme cuando decidas hacerlo?

—Preferiría que no, estarás al pendiente de eso, y tenemos el G7 encima —Francia ensanchó su sonrisa cuando Alemania no pudo refutarle ese recordatorio.

—Espero entonces, que si hay algún problema, recuerdes que también cuentas conmigo —ofreció rindiéndose a intentar ayudar al galo.

—Lo sé, ¿ya te dije que eres maravilloso? —dijo riendo al ver a Alemania ruborizarse.

Ludwig terminó por sonreír.

—Por cierto, si ya no quieres recordar tu pasado —comienza, recordando sus largas noches hablando del pasado—; quiero decir, contarme sobre nuestro pasado, tus memorias, ya no persistiré en preguntar.

Francia cierra los ojos, sintiéndose cansado, como si sus siglos de vida le pesaran. Nunca dejaría a medias algo que era tan importante para Ludwig, y para él, pues le había ayudado a enfrentarse a sus penas.

—No soy un hombre que le guste dejar las cosas a medias —Francia se inclinó sobre la mesa, recargando su barbilla sobre su mano, mientras la otra aun descansaba encima de la del germano—. Antes tenía pesadillas, muchas, ¿sabías? Yo recuerdo que tú también apenas podías dormir, fueron noches muy largas. Soñaba con frecuencia del bombardeo que pasamos en Berlín, a veces pensaba que París también estaría en llamas...

Alemania escuchó, encontrándose culpable de dejarse fascinar, arrullando sus penas, en la suave voz aterciopelada de Francia, que parecía tan acostumbrada en traer el pasado en palabras, que parecía que eran las memorias mismas hablando.

Aunque, a pesar de le belleza con la que Francia contaba su dolor, él, aún, se sentía asfixiar con sus remordimientos y penas.

Chapter Text

El estar derrotado, estancado en un callejón donde se sabe se tiene la espalda contra la pared, y el enemigo enfrente, no impedía que se buscara una salida a un predicamento sin solución: el ejército alemán había dispuesto a lanzar una de sus últimas ofensivas al oeste de Bélgica, en la región boscosa de Ardenas. Su objetivo: los germanos buscaban recuperar Bélgica, y en un intento desesperado, dividir a los aliados.

La operación reveló su enorme fracaso cuando se inició la retirada en enero de 1945.

Por el lado oriente del continente, Rusia veía satisfecho el avance de su ofensiva, liberando a Varsovia y Cracovia a principios de año. Los soviéticos continuaron repeliendo la ocupación alemana, siguiendo con su éxito al marchar por Hungría; poco después, logran tomar Viena con la rendición de Eslovaquia.

Rusia, a pesar de las victorias, no mostraba atisbo de celebrar con el inevitable fin de la guerra, o la derrota alemana casi en sus manos. Habían perecido millones de personas, ya fuera por la guerra, (por ser lanzados como carne de cañón), o de hambre cuando los alemanes lograron sitiar ciudades, como fue el millón que perecieron al durísimo invierno y la falta de comida.

¿Cómo iba a saber Rusia que su rencor era igual del de su gente? ¿Qué su odio por las tragedias sufridas estaba tan arraigado en su gente? Cuando llegaran a Berlín, poco después, se sorprendería de como el dolor podía convertirse en crueldad.

Como el mismo se sorprendería de la venganza sobre inocentes alemanas. Por supuesto, estaba prohibido hablar de eso, sus jefes le obligaron a desviar sus ojos de lo que ocurrió.

 


 

A Rusia siempre le habían gustado las reuniones con otras naciones. Se sentía contento al estar rodeado de otros como él, especialmente cuando se sentaban en términos amigables, sin necesidad de forzar tratados o guerras para encontrarse con otras naciones.

Aunque esa reunión del G7 se encontraba cargada de temas a discutir, y una horrible tensión cuando tocaron el tema de la guerra económica entre China y Estados Unidos (con quien no tuvo pena de molestarlo un poco, jugando con comentarios favorables a la nación oriental). Estaba bastante feliz ese día, al menos hasta que Inglaterra y Alemania comenzaron, de nuevo, con esa agresión pasiva que llevaban entre los dos el suficiente tiempo, como para que ya todos lo vieran normal.

Aunque esa vez, el ambiente era tan incómodo que ni él podía ignorarlo, hasta Alfred se encontraba observando atento, en silencio. Esa tranquilidad de Estados Unidos le parecía por demás perturbadora, pues, él americano ya habría dejado clara su posición en favor de Inglaterra.

En esa ocasión, éste miraba a su hermano, quien le sonreía de manera extraña cada que Alfred se removía inquieto, pareciendo querer contestar, a lo que Matthew negaba con suavidad cada vez que sus ojos se encontraban.

Todo eso era extremadamente anormal, concluyó Rusia.

—Bueno, pues el tema se ha tocado muy tarde —fue uno de los comentarios de Inglaterra con respecto a la guerra comercial.

Alemania frunció el ceño viéndose agredido de manera indirecta.

—Ninguno de nosotros quisimos tocarlo hasta tener todo el contexto —fue la voz suave de Iván que interrumpió, sorprendiendo la atención de los presentes—. Pero tenemos otras cosas que discutir, Da? —intercedió nuevamente.

Las otras naciones asintieron rápidamente, y se enfrascaron en los problemas de inequidad en sus países. Las presentaciones fueron dadas sin mayor interrupción, pues la presencia de las otras naciones (y la posición neutral de Estados Unidos de ese día), hacían un importante contra peso entre las dos naciones.

Ludwig también se mostraba un poco a la defensiva con las preguntas fuera de contexto que le lanzaba Arthur, Francia colocaba su mano sobre su brazo de manera discreta agradeciéndole su enorme paciencia. Ambos debían mantener un perfil profesional a pesar de las provocaciones.

Canadá levantó la mano en un punto donde Inglaterra parecía querer decir algo respecto a la inmigración de países como Grecia a Alemania (que muchas veces el bretón encontraba forma de remarcar la insistencia con le cobraba su deuda a la nación mediterránea).

—Me parece que es un tema que corresponde más la Unión Europea —respondió Matthew con firmeza, sorprendiéndome de que esta vez fuera el centro de atención—. En fin, ¿y si tomamos un descanso? Creo que así estaremos más tranquilos para continuar.

No hubo protesta de parte de nadie.

Al ver a Inglaterra irse solo a buscar un bocadillo, Matthew y Alfred decidieron acompañarlo, especialmente porque Ludwig se veía a punto de ir a buscarlo para tratar sus comentarios, hecho sorprendente de percibir, pues el germano prefería disimular toda opinión personal en ese tipo de reuniones, haciendo normalmente imposible interpretar sus emociones.

Rusia se sentía tan confundido, que decidió arrastrar a Yao con él para buscar algo de comer, y despejarse un rato fuera de la sala. A pesar de sus constantes conflictos, tenían bastante en común, e Iván le gustaba pensar que eran amigos.

Alemania decidió distraerse un poco en una conversación más mundana, disfrutando la vista del mar en esa ciudad costera francesa. Quizás, por eso, es que se sentía más tranquilo, y con menos ganas de reclamarle a Inglaterra su discusión con Francia, o esa necesidad de contraponerse a su posición.

—Creo que se ha comportado mejor que otras veces, non? —Comentó Francia a Alemania, mientras ambos comían algunos aperitivos preparados en una sala contigua a la de la reunión (bocadillos supervisados por sus cocineros, por supuesto)—. Y el calor está bastante agradable, aunque creo que buscaste tu traje más grueso, Allemagne.

Ludwig lo miró en desacuerdo con su opinión sobre el bretón comportándose bien. ¿O Francis ya estaba tan acostumbrado a esos desplantes de Arthur? Llevaban conociéndose demasiado (por más que le disgustara la idea), ambos pasaron mucho tiempo juntos en el pasado, suponía que era natural que el galo viera diferencias en el orgulloso carácter de quien jugaba como el punto focal en Reino Unido.

—No creo que pueda calificarse como mejor, pero al menos Estados Unidos no está animando más comentarios fuera de lugar —observó Alemania.

Francia asintió sorprendido de no haber notado ese aspecto—. Me alegra ver que al menos Alfred está dejando ese asunto de lado.

La reunión siguió sin mayor incidente.

Alemania tuvo que retirarse inmediatamente por trabajo, un poco molesto de no haber aprovechado la visita a esa parte de Francia con playas que consideraba excelentes lugares para pasar un rato con el galo, y relajarse.

En la noche, tras una breve llamada con Francis respecto a su próxima reunión con sus jefes, recibió una notificación de correo en su celular.

England? —leyó el remitente, y el asunto que decía: "Brexit". Suspiró pesadamente, pero prefería responder pronto e irse a dormir sin pendientes que estuvieran molestando.

El correo no decía mucho más que una propuesta para una reunión con el primer ministro de Arthur, deseando comenzar a tratar con él de manera más directa lo del Brexit por deseo de la reina.

Considerando lo que había sucedido con su congreso y las últimas decisiones de la reina de Inglaterra, estaba de acuerdo con hablar de ese asunto con un aproximamiento más formal, aunque sentía poco diplomático que no se incluyera a Francia. Eso le recordaba a lo furioso que estuvo Francis cuando lo mantuvieron fuera de la Conferencia de Yalta hace décadas.

"Si esto ayuda a que lleguemos más rápido a un acuerdo..." Pensó Ludwig. Si llegaban a tocar algo diferente a la eterna revisión de la propuesta del Brexit, hablaría entonces con Francis, dependiendo de lo que su jefa le dijera.

No era asiduo a ser amistoso con el bretón, pero era de beneficio mutuo que la separación de la Unión Europea tuviera efecto bajo un acuerdo.

Suspiró tranquilo al ver que las fechas propuestas todavía tenían un buen tiempo de separación con ese día.

Pensó en esa despedida casi impersonal con que cortó la llamada con Francia, algo normal y que nunca le molestaba al galo. Considerando la naturaleza cariñosa del francés, a veces se sorprendía de que ese comprendiera su dificultad a expresarse.

Consideró mandarle un mensaje deseándole una buena noche, pero supuso que en ese momento Francis ya estaría durmiendo, y tal vez era más bien un comportamiento extraño a esperar de su persona.

Dejó en borrador el mensaje, podría enviarlo después. 

Chapter Text

Con la mayoría de las naciones ocupadas ya libradas del control de las fuerzas alemanas, los aliados se movieron con brevedad e ímpetu hacia el núcleo del enemigo. Se encaminaron con un ansia amarga, con la impaciencia de acabar con esa guerra, con el resentimiento en el caso de millones, (en la mente de naciones), marchando con la furia cernir en sus mentes empujándolos a hacer notar lo heridos que estaban, mostrando en algunos una crueldad en pago de la vertida.

Iván sentía el odio de su gente, y veía el horror de las fuerzas aliadas al toparse con los prisioneros que apenas sobrevivieron en los campos.

Los soviéticos lanzaron su ofensiva final una vez llegaron al corazón de tierras germanas; sin hacer atisbo de paciencia en escuchar la confirmación de los otros aliados, Iván acompañó a sus generales mientras se encargaron de rodear Berlín.

Rusia, se dirigió al Búnker donde el supuesto Führer se refugió. Lamentablemente, nunca podrían poner en tela de juicio o castigo a la mente tras crímenes que generaciones recordaban, pues, Adolf Hitler se había suicidado.

Alemania se encontró atrincherado en su casa, con su rostro sumido en angustia, y la enervante calma de sus pocos prisioneros que aún mantenía, esos inmortales que personificaban naciones. Quizás los pocos dirigentes fieles a los ideales del Tercer Reich pensaran que eso les daba una ventaja.

Ludwig, por su parte, había decidido quitar la seguridad de las casas donde tenían a esos particulares prisioneros. Retiró incluso los candados y cerraduras que los habían confinado años a paredes sin ventanas. Algunas naciones, como Bélgica, simplemente le hicieron saber con una expresión llena de rabia cuando le repudió, regresando con su hermano apenas notó que ya nada la mantenía encerrada.

Con Italia del lado de los aliados, su hermano capturado, su líder muerto, y Japón encasillado bajo vigilancia de Estados Unidos por su impulsividad al atacar el orgullo militar americano. De una u otra forma, Alemania estaba solo, y sólo existía una opción cuando los aliados llegaran.

—¿Sigues aquí? —preguntó Ludwig al escuchar unos pies arrastrarse, y pasos irregulares acercarse hasta donde estaba él, sentado en su escritorio, con su mirada perdida en la superficie oscura de éste—. Supongo que no tardaste en darte cuenta que podías salir de ese cuarto cuando quisieras.

Francia todavía sentía algunas viejas heridas, aunque la reunificación de sus tierras era un proceso sumamente doloroso en ese momento, que lo tenía un poco mareado y con ganas permitir que el contenido de su estómago no permaneciera ahí. Claro que no era tan malo con su revolución, o el reinado del terror de Robespierre.

—Honestamente, me iría de bruces si decidiera caminar ahora en la calle, con el olor a pólvora —dijo Francia sentándose en una silla cercana que decidió arrastrar sobre la alfombra para hablar con la nación más joven—. Y quería saber qué harás, después me iré a algún otro lugar de la casa, a esperar —dijo el galo con una sonrisa que no expresaba nada en particular, ni burla; nada más que entendimiento por el germano, que se veía nuevamente como el derrotado.

—¿Qué opciones piensas que tengo? —dijo sin pausas. Sus palabras parecían cortantes, pero sus ojos se mostraron resignados y con clara desesperación—. Alguna vez tú me dijiste que te habías rendido para evitar un daño mayor, no lo había entendido entonces —confesó Ludwig.

Y efectivamente, cuando los aliados llegaron a esa casa. Ludwig los esperaba en el recibidor, indicando que Francia estaba en la habitación que había ocupado en los últimos años. Escuchó varios disparos, y chillidos agudos de sus perros penetrarle los oídos.

Rusia le apuntó con un rifle apenas lo vio. Mientras Arthur regresaba del segundo piso con Francia a su lado, sosteniéndolo con un brazo por los hombros (era extraño ese gesto, considerando lo que sabía de su relación).

—Más vale que seas bueno, ¿estás de acuerdo camarada? —dijo Rusia con una sonrisa. Alemania simplemente asintió manteniendo su impecable pose, y dejando sus ojos cruzar por unos segundos con los de Francia cuando pasó a su lado, y fue recibido por un conmovido Canadá a las afueras de la casa.

Pronto se hizo pública su rendición: primero ante los aliados occidentales, después ante los soviéticos.

Pero la guerra, y los pecados todavía harían sus últimos traspiés para ser recordados por las décadas venideras. Esos crímenes harían claro como el mal y el bien era más bien un concepto difuso, a veces ganado más bien por los victoriosos.

En Mayo de 1945, las tropas aliadas toman Okinawa antes de llegar al territorio japonés totalmente. Por agosto de ese año, cae la más lamentable invención, una que incluso el principal responsable de los descubrimientos para ese hecho se arrepintió toda su vida.

Un arma nombrada como Bomba Atómica es lanzada en los cielos de Hiroshima, poco después se efectuaría otro en Nagasaki. Zonas donde no había más que pueblos, ciudades, y ausencia de bases militares.

Alfred pasaría años con esos recuerdos en las noches, siempre recordándoles que fue lo que tenían que hacer.

Entonces, con la rendición absoluta del Eje, se comienza el papeleo, la repartición de ganancias para los ganadores: se presenta las peticiones de los aliados, y los términos derivados de un tratado firmado casi un año antes, bajo la denominación de "Protocolo de Londres", firmado por Estados Unidos y Rusia principalmente.

Ludwig vio con horror, con ganas, por primera vez, de dejar que sus súplicas acompañaran sus lágrimas, unos términos tan dolorosos que le desgarraron el alma.

—Alemania será dividida según lo que te hemos explicado. Polonia y los Bálticos se unirán a la URSS —dijo Inglaterra viéndose avergonzado, incluso con pesar por lo que iba a decir—. Con esto, también anunciamos la desaparición de Prusia. Sus tierras, parte de ellas, serán entregadas a Polonia en compensación de lo discutido con Rusia.

Extrañamente, a pesar de que él consideraba que era una parte muy pequeña de su territorio cedida a Francia, no lo vio presente en esa reunión, tampoco en lo incluyeron según escuchó en la determinante conferencia de Yalta, donde sabía hablaron de su futuro.

Entre todas las cosas que recuerda, fue el imperecedero miedo de que si apartaba la vista de su hermano, este se esfumara; también rememoraba con lucidez la desesperación con que Inglaterra sostuvo de los hombros a Francia al ayudarlo a sacarlo de ahí.

 


 

Matthew había insistido en que le cediera un pequeño espacio en su agenda. El americano deseaba saber cómo iban las cosas, especialmente como estaban ellos; sin mencionar que Ludwig se sintió curioso de escuchar que le tenía que decir algo con claro entusiasmo en su voz.

Era un poco, desde el punto de vista de Canadá, con el afán de animarlos, especialmente a Alemania que estaba pasando por una situación económica muy difícil. El americano suponía que con la presión de verse responsable del liderazgo de la unión, las naciones afectadas por esas complicaciones no debían mostrarse muy amables con la potencia europea.

Al menos, había llegado a un punto con Alfred. No anticipó eso, como tampoco el haber comprendido las tristezas, la soledad, con que la normalmente efusiva nación cargaba. Definitivamente, ninguna nación era únicamente lo que aparentaba: eran infinitas piezas de tiempo, que seguían acumulándose, sobrellevando sus heridas a su manera.

—Siento molestarlo, Alemania —dijo con una sonrisa Matthew, agradeciendo con amabilidad el café que su anfitrión le ofreció—. Pero sólo quería comentarle que hable con mi hermano; sé que papa ni usted me pidieron involucrarme, pero prometí ayudar un poco a todos, de alguna forma.

—¿Te reclamo algo? —preguntó Alemania juntando sus cejas, preocupado—. Supongo que debí de dejar de evitar el conflicto, y tomar la situación de frente —lamentó el germano. Probablemente Francia no esté contento con eso si se entera...

—No, no —negó con apuro Canadá—. Esto es algo que yo quise hacer. Vine a comentarlo porque quería decirle, que a pesar de que yo tampoco era muy positivo con el resultado, la verdad es que Alfred, no tiene nada personal contra ustedes; era más bien por otros asuntos personales. Resulta que pocos lo comprendemos bien.

—¿Asuntos personales? —Alemania preguntó genuinamente curioso.

—¿Cómo decirlo? —Reflexiona Canadá apoyando su mentón en uno de sus puños—. Son sentimientos muy de él. Pero, puedo decirle, que Alfred siempre quiso mucho a Inglaterra, ambos lo vemos como un padre.

Alemania aceptó comprensivo. Ese tipo de lazos entre ellos eran comunes, como el suyo con su hermano, que fue doloroso por muchos años: aún lamentaba la muerte de su hermano.

Había algunos muy peculiares, como él de Austria y Suiza en tiempos modernos (que venía desde la antigüedad, al parecer; e implicaba más cosa si deducía algo de la sonrisa maliciosa que Francia ponía cuando hablaban de eso).

—Alfred no sabe cómo aceptarlos todavía; en parte lo entiendo, es difícil ver a Inglaterra resentido por tanto tiempo, y simplemente dejar de lado todo lo que ha hecho para ayudarle —confesó encogiéndose de hombros, claramente acongojado—. Y si bien todavía no acepta su relación, creo que está en camino de dejar de juzgar y reclamarles el pasado.

Alemania le agradece mucho a Matthew su ayuda. Sin embargo, aún no se siente tranquilo del todo, no con su próxima reunión con Inglaterra en mente. La culpa de hablarle, o más incluir, a Francia en esa junta es un pensamiento que le agobia un poco, pero su jefa creía que lo mejor es acceder a esa sesión más directa para buscar con menos problemas personales.

Ludwig quiso reclamar un poco sobre ese comentario sin intención algo rudo contra Francia. Pero reconocía la necesidad de zanjar eso pronto.

De una u otra forma, decidió compensar a Francia visitando con más frecuencia, y accediendo a ajustar sus cenas a los gustos del galo con más facilidad.

Intentaría resolver eso de la mejor manera, aunque sintiera un sinsabor amargo ante la idea de estar solo con Inglaterra.

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A pesar de que ellos mismo eran la personificación misma de historia y eternidad, también eran completamente humano en muchos aspectos: también sentían; también guardaban terror y heridas.

Para ambos, fue realmente inesperado descubrir que tanto él supuestamente imperturbable de Alemania, y alguien tan jovial como Francia pudiesen sufrir años de sus cicatrices, de sus pasados, especialmente, (como era el caso del germano una vez comenzó su relación con Francia) de sus acciones.

Poco después de que su relación comenzó una etapa más formal, más íntima, fue que ambos vieron que tenían en común también la dificultad de sus penas; ambos sufrían de terrores nocturnos, (por diferentes motivos), y noches insomnes.

A veces Alemania, las veces en que Francis era asaltado por las pesadillas con él a su lado, se quedaban con él. Muchas ocasiones fueron en que lo miró con amargo remordimiento cuando despertaba de esos recuerdos que le venían en al inconsciencia.

Siempre se quedaba despierto con él, incluso si no podía volver a conciliar el sueño una noche. A veces quería decirle que no era necesario, que le dolía todavía más la forma en que él se torturaba por hechos del pasado.

—A veces las cosas difíciles tardan en irse, pero estoy bien cher —le respondería abrazándolo, consolando él—. A veces Matthieu, mon petit, se quedó conmigo porque tenía problema durmiendo, así que ya solo es cuestión de esperar, no tienes por qué volver a culparte —murmuró incontables veces, repitiendo más o menos las mismas palabras para hacer sentir mejor; a veces se mordía el labio queriendo decirle: «En realidad me preocupas tú», pero no quería pensar en hacerlo sentir más vulnerable.

Tampoco le contó que, tras ambas guerras, Inglaterra sería su principal acompañante nocturno, distrayéndose de sus terrores nocturnos, con pláticas amenas de tiempos, de esos pocos, buenos entre ellos; como si fueran eso amigos que ambos nunca terminaron de aprender a ser...que quisieron ser.

No, ese tiempo, e Inglaterra en su vida ya no tenían cabida en su presente. No cuando no sabían más que buscar hacerse daño. Tal vez podrían ser amigos, quería creer.

Esa dinámica se instauró a partir de que se hizo más común entre ellos compartir compañía; y por supuesto, cuando rompieron la barrera de cautela con que se trataban tras la primera noche que ambos decidieron confiar en la discreción de la noche, entregando un poco más que el mero contacto de piel.

Y las veces que era Alemania el que parecía ahogarse en el tremendo sufrimiento de su pasado que le quería hacer sucumbir en su sueño, él se acomodaba a su lado, murmurando muy suave (tal como hacía Ludwig), hasta lograr sacarlo de sus terrores: entonces, cuando regresaba a la realidad, se acurrucaba a su lado, permitiendo a la nación más joven acomodarse en su pecho.

—A veces, Brüder venía a mi habitación, y hablaba sin parar hasta que me hacía dormir —le contaba con una sonrisa, de esas que el alemán reservaba a veces únicamente para sí mismo, su hermano, o Francia en los últimos tiempo—. O podría convencerme de beber con él.

—«No hay nada que una buena cerveza alemana no resuelva» —citó Francia la frase favorita de Prusia, recordando como a ambos los arrastraba a bares una vez que volvió de la disuelta unión, convenciendo a España de unirseles por supuesto.

—Gilbert era un poco impulsivo —Rió con los recuerdos—. Sería mejor si fuera un poco más como él.

—¿Y resolver todo con competencias en un bar? —dijo Francia con una sonrisa burlona, recordando todas las veces que retó a su hermano menor a beber hasta que ambos se quedaran medio dormidos y muy contentos—. Entonces esas reuniones que te causan bastante estrés nunca llegaríamos a nada. Adoramos a Gil, pero tú eres perfecto mon cœur.

Sin duda, hablar de Gilbert era doloroso, como hablar de una despedida anunciada. Todos sabían, lo comprenden...

—Mañana que regresemos a Alemania, deberíamos llevarlo a beber un poco —sugirió Alemania, más relajado, habiendo olvidado el terror frío, el remordimiento de esa noche, otra más sin dormir...

—¿Debería avisar a Antonio? —Ofreció Francia, ya lamentando tener que llevar con España a dos naciones ebrias—. Tal vez podría preparar algo de cenar, al menos así no estarán únicamente ahogados en cerveza.

Alemania asintió con una sonrisa, y acomodó para dormir unas pocas horas, antes de comenzar su rutina llena de trabajo.

—¿Cuál era el platillo favorito de Gilbert? Me perdonaras si no queda con el sabor de tu cocina, pero a veces no puedo evitar darle un toque más personal —lamentó Francia con una sonrisa maliciosa.

—Creo que Brüder es feliz con lo que cocines, eres el mejor de nosotros en eso —dijo Alemania sintiendo el sueño volverle gradualmente; Francia no contestó, simplemente dejo que el germano se acurrucó con su brazo alrededor de él.

Ambos sabían que Prusia también tenía sus noches insomnes, aunque usaba esas horas nocturnas en escribir todos los pensamientos que pudiera, todas sus disculpas, todos anhelos en sus diarios.

Gilbert estaba feliz, pues, al menos su hermano tendría a quien le acompañará en esas noches donde parecía revivir el pandemonio del que se vieron obligados a dirigir.

Un día, estaba seguro, su hermano encontraría la fuerza para reconocer que no tuvo opción, perdonarse; un día volvería a dormir con la serenidad de quien, a pesar de saberse con pecados, ha sabido aceptar su pasado.

Y bueno, por Francia no debía preocuparse, Ludwig estaba con él. ¿Sería difícil para ellos en el futuro? Se temía que sí, pues había muchos intereses alrededor, mucho pasado...

Así, tres naciones encontraron la forma de sobrellevar las antes larguísimas noches insomnes.

Esa noche era muy tranquila, placida, feliz; y Gilbert se sentía extrañamente liviano, sereno.

«¡Ah, estarán bien!»

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Alfred sonreía como si estuviera en cualquier reunión, por motivos de recreo, y no en una discusión sobre el destino, decisiones a tomar, y sus movimientos tras el final de la guerra. La expresión de Estados Unidos era más bien una forma de retar el temple de Rusia.

Por supuesto, el ambiente había cambiado mucho una vez se definió el destino de los perdedores del conflicto, y cómo se manejaría las situación a partir de ese punto. Sin embargo, había un notable cinismo en muchas de las interacciones de Estados Unidos y Rusia, derivado de la expansión consecuente a la anexión de varias naciones eslavas, sintiéndose como un premio de guerra.

La conferencia de Yalta, definiría el destino de Europa de alguna manera.

Uno de esos aspectos que cambiarían mucha los lazos y uniones, fue la exclusión de uno de los principales aliados en la conferencia que sería recordada como la de Los tres grandes. Ninguno hizo amago de siquiera informar a Francia de aquella reunión, a pesar de incluirlo en la división de Alemania, o de que la guerra se desarrollara principalmente en tierras galas.

Las razones, a pesar de los intereses personales, eran más o menos las mismas: no confiaban en Francia (todos habían descubierto la facilidad con que los franceses se rindieron ante el Tercer Reich), tampoco lo veían cómo lo suficientemente estable para discutir temas de tal magnitud.

Francia no tardó en buscar a Inglaterra, y reclamarle toda su rabia, la humillación de esa decisión. Más que sentirse fuera de los beneficios de los aliados, era la forma en que lo veían ahora: débil, traidor...

—¡Discutieron incluso mi situación! —rugió Francia apenas le abrió la puerta Inglaterra. El galo entró sin esperar que lo saludara, y con un dedo señalando el pecho del bretón, continuó con su rabieta—. ¡Lo que hayan discutido sobre mí me concierne! Supongo que era de esperarse, aún se regodean de su victoria, pues poco fui de utilidad capturado, non?

Tenía muchas cosas que reclamarle: como la decisión de Alfred de secundar la decisión del ataque a Hiroshima y Nagasaki; o la cruda venganza del ejército soviético contra inocentes, aun si fueran alemanes; muchas mujeres que poco pudieron hacer para defenderse...

O la condena de su amigo, Prusia. No ignoraba que los pecados de los germanos serían su yugo a cargar durante toda su vida, posiblemente, pero era consciente de la verdadera posición de los hermanos en la guerra.

Pero sabía que lo hecho ya no tenía punto de retorno; y él tampoco tenía mucho lugar a reclamar, no considerando su pasado, o la forma en que el mismo miró a otro lado mientras su país sacaba provecho de naciones vulnerables tiempo atrás.

Pasarían las décadas, o los siglos, pero muchas cosas regresaban a él, como remordimientos del pasado.

—France —interrumpió con firmeza Arthur, sujetándolo de los hombros con fuerza para intentar que se calmara—. La decisión no fue nuestra, y tú sabes que todavía no estás en condiciones, de... —Inglaterra se detuvo, incapaz de seguir su frase: incapaz de dejar ver lo mucho que se preocupaba por Francis.

—¡Por supuesto, no fue su decisión! —Reclamó enojado, aunque su exclamación fue un murmullo entre sus dientes—. Muy bien, perdón molestarte, me retiro, ¡hazme saber para la próxima si al menos me requieren en reuniones con otras naciones!

La división de alemana terminó por formalizarse, y recayó en la gestión de los cuatro principales aliados. Sin duda, y sería evidente a futuro, la verdadera separación de la nación germana, en realidad, era bajo el control de dos naciones: Rusia y Estados Unidos.

El proceso fue sumamente doloroso y angustioso para las familias fragmentadas, como para la personificación de la nación: el dolor del muro que atravesaría Berlín muchos años, era, para Ludwig, como si le partieran en dos desde sus entrañas, y una cicatriz, que si bien se iría un día, el recuerdo perdurará siempre.

Alemania a veces se preguntaba cómo estaría su hermano al otro lado del muro, y esperaba que él se hubiera llevado toda la carga física, porque no sabía cómo lo soportaría una nación desintegrada. Incluso le torturaba la preocupación de las represalias que pudiera sufrir su hermano a manos del resentimiento que alguna nación, o Rusia, todavía conservara.

Aquella época fue un curioso paralelismo. Pues, mientras Alemania se encontraba débil y bastante abrumado con el nuevo régimen en el que se encontraba; Francia estaba en una situación similar con las heridas sufridas de guerra, como la reintegración de su territorio.

Adicionalmente, muchas de sus decisiones y recuperación se encontraban bajo la vigilancia de Inglaterra, que al principio agradeció, pero con el paso del tiempo le hizo sentir débil y frustrado consigo mismo.

Aun recordaba cuando despertó tras ser rescatado, con un eufórico Matthew y a Inglaterra que le contemplaba con los labios apretados, con una expresión indescifrable, casi cálida, como si quisiera decir algo, cosas que jamás se atrevió a decir. Se sintió feliz, e incluso pensó que aquello era alguna demencia recurrente (de aquellas bastante frecuentes que le visitaban en su celda, la última al fondo...).

Y en realidad, sus decisiones poco peso tenían. La gestión del territorio alemán cedido al gobierno francés, se regía principalmente bajo Inglaterra, y por consecuencia, posteriormente, el otro lado del muro terminaría en manos estadounidenses.

 


 

Matthew había hecho una clase de rutina hacerse espacio una vez al mes para quedarse al menos un par de días con su hermano. Alfred, lucía emocionado y agradecido por el gesto.

Su conversación, o más bien ese momento en que Alfred decidió mostrar sus más genuinos sentimientos, sus miedos, y sus tristezas, cambió de forma definitiva la dinámica entre ambos.

Nunca había visto tan dolido a Alfred, no desde que Arthur le dio la espalda con sus peticiones de autonomía, antes de su revolución.

Recordaba con claridad los ojos ensombrecidos por arrepentimiento, y la brillante sonrisa de su hermano sustituida por una mueca.

—¡Vamos, Mattie! —Exigió Estados Unidos con ironía—. ¡Ojala me ignoraran como a ti! Arthur te dejo ser libre sin siquiera pedírselo, jamás vino para decirte que no estabas haciendo suficiente, porque sus reyes estaban pidiendo más impuestos. ¡Ah, y sin duda te reciben con los brazos abiertos cuando quieres ir a pasar tiempo con ellos!

Matthew casi se muerde la lengua en un reclamo furioso, bastante ofendido con su alusión a ser ignorado, o con ser preferido. ¿Qué Inglaterra no siempre había puesto primero a Estados Unidos? Iba decirle lo equivocado que estaba, hasta que escuchó el resto de sus confesiones.

—¿De verdad no lo notas Mattie? Todos te adoran —bufo, intentando reír, aunque solo gruñó miserablemente—. Todos quieren acercarse por que les conviene, ¡Ni siquiera mis vecinos me quieren! ¿Crees que no sé cómo me ven? Si México tuviera los recursos, me habría puesto él ese muro; soy una amenaza para muchos, un súper poder que muchos desearían no existiera.

Canadá vio los ojos húmedos, cristalinos y rebosantes de lágrimas reprimidas de Alfred.

Comprendió, en ese instante, lo mucho que habían asumido como el verdadero Estados Unidos a fachada, y las decisiones inescrupulosas, de su gobierno. Con tristeza, no pudo negar lo que su hermano decía.

Eran verdad las palabras de su hermano, caía en cuenta. Las naciones latinas poco querían que ver con Estados Unidos, aunque se veían en la penosa situación de depender de él. Incluso México siempre se veía dividido (de manera personal) en si construir una enemistad con Alfred, o dejar de lado los problemas y ser su amigo.

—Alfred, aunque tú no lo creas, muchos realmente no te desprecian, simplemente se han visto en circunstancias con tus jefes que los dejan en posiciones muy complicadas —finalmente dijo a Matthew—. Estoy seguro que si eres honesto con ellos, hasta México lograra verte en una luz diferente, y comprender que no estas muy de acuerdo con algunos de tus jefes.

—No creo que sea tan sencillo Canadá —dijo Estados Unidos negando con su cabeza acompañada de un incómodo intento de sonrisa—. Estoy seguro que las cosas que hacen mi jefe, las toman personales, y me odian a mí —se sinceró, desviando su mirada, sintiéndose bastante expuesto con la mirada compasiva del otro.

—Bueno, solo queda intentar, ¿no es cierto? Tienes que comenzar a intentar entender los sentimientos de los otros —agregó Matthew con una sonrisa llena de cariño, y confianza—; como los de papá, y Alemania. Es momento de ocuparnos de nuestros problemas.

Estados Unidos frunció los labios, a punto de reclamar, pero los ojos pacientes y cargados en fe de Canadá lo desarmaron.

Iggy es terco —agregó suspirando, resignado a aceptar no involucrarse más en aquel conflicto. No significaba que no sintiera pena por los sentimientos que jamás serían correspondidos de Arthur.

—Pero ayudamos más dejando que ellos encuentren una acuerdo —opinó Matthew encogiéndose de hombros.

Alfred rápidamente recuperó sus ánimos, y disfruto la compañía de su hermano, como hacía décadas no hacía.

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La historia, como muchos lo han dicho en décadas y siglos, se cuenta desde la perspectiva de los victoriosos; por supuesto, el relato del pasado omite muchas verdades, como su existencia, o cómo son ellos los que recuerdan todos los actos, todos los crímenes durante toda una eternidad.

Y así como los ganadores de cada guerra decidían el porvenir de los derrotados, también influyen en sus castigos. Alemania recordó todas las veces en que su hermano lucía al borde de la desesperación, logrando siempre sobreponerse a la adversidad, a todo acto reprobable, para no dejarle ahogarse en toda la responsabilidad que tuvo que cargar.

Le hubiera gustado poder decirle a su hermano cuánta razón tenía, cuanto sentía el curso lógico de esa monstruosa campaña en la que se vieron inmersos desde que aquel hombre ascendió como su jefe. Pero su hermano fue llevado al lado de Rusia, y no les dieron oportunidad de despedirse.

A pesar de su propia miseria derivada de sus heridas de guerra, el estado de su nación, y su piel que sentía desgarrarse cuando vio las primeras columnas de un muro erigiéndose en medio de Berlín, Ludwig no tenía el valor de lamentarse, el mismo se horrorizaba con el recuento de todos sus actos.

Cuando el dolor lo dejaba, iba a observar la construcción del muro, a veces siendo recibido al otro lado de la división con una mirada escarlata, una que todavía le sonreía. No podían hablarse, no cuando siempre estaban bajo el ojo de los aliados o sus soldados.

Ambos vieron con un nudo en sus gargantas, los últimos bloques del muro ser colocados. De principio a fin observaron esa división que los mantendría alejados muchos años, que no solo era una barrera física, si la muestra de la fragmentación de una nación.

_____

Ludwig siente el dolor de su gente, en cada estremecimiento percibe las terribles acciones del ejército soviético al otro lado.

Cuando Francia escuchó, por primera vez del muro, no estaba seguro como sentirse. Sus jefes apoyaron la decisión guiados por el miedo de las últimas guerras. Supo de las cientos de familias separadas, de los niños abandonados de la protección paterna con esa decisión.

—¿Era...era necesario un una decisión así, Angleterre? —Se atrevió a preguntar Francia una vez: su respuesta fue un ceño fruncido, y una mirada que parecía querer indicarle que cuestionar eso era una locura; que la guerra y su tiempo con Alemania le habían afectado.

Se suponía que debía apoyar las decisiones de los aliados, debía...

Alemania era una nación joven, y recordaba los efectos de las particiones en otras naciones, así que fue natural que comenzara a preocuparse del menor de los germanos, aunque poco podía hacer en ese momento para investigar cómo estaba Ludwig: Estados Unidos se encargó generalmente de vigilar a Alemania, y él se encontraba todavía lidiando con volver a levantarse como nación unificada (bajo el cuidado de Matthew, e, increíblemente, de Arthur).

¿Qué habría pasado si ciertas verdades hubieran sido dichas con antelación, en el momento que se quisieron decir? ¿Qué habría ocurrido si Arthur hubiese confesado su amor a su supuesto rival cuando los reconoció?

A veces, lo que no se hace, pesa tanto como las decisiones elegidas.

Inglaterra incluso decidió sincerarse con su antigua colonia, Estados Unidos, sobre sus intenciones con Francia. Buscó el valor de simplemente ir con Francia, decirle lo que sentía, y quitar ese peso de sus hombros. Pero no pudo, especialmente no cuando la nación gala comenzó a mostrarse inquieto sobre el estado de Alemania.

¿No se suponía que eran enemigos? Él lo rescato de años de estar encerrado, él le ayudaba en las noches en que se veía impedido de dormir por las secuelas emocionales del conflicto.

—Es, no sé cómo explicarlo Angleterre —le dijo Francia una vez en que intentó cuestionarlo sobre su preocupación en Alemania—. Muchas naciones han sido divididas, pero muy pocas con su capital de esta forma. Allemagne es una nación joven, y lo necesitamos.

Por su puesto, Francia no le contó que la imagen que se había difundido de Alemania tras la guerra era solo la consecuencia de los actos a los que se vio obligado a dirigir; y que en realidad, esa joven nación con su corazón fragmentada, era totalmente diferente a la imagen que se veía condenado a cargar.

Francia sabía que el castigo de los germanos sería la memoria imborrable de todos sus crímenes, y las miradas llenas de recriminación en décadas venideras.

—France, es suficiente, tienes que concentrarte en administrar tu parte —le reclamó Inglaterra una vez—. Estados Unidos lo tiene bajo monitoreo, así que deberías ocuparte con el restablecimiento de tu gobierno.

Como dirigente, de alguna forma, de la reconstrucción de Europa, Inglaterra se veía en la necesidad de ser firme, Francia comprendía sus acciones, al menos siempre quiso pensar eso.

¿Qué habrían pensado los aliados si contara la forma en que Ludwig intentó evitar castigos en sus últimos años? ¿O de lo mucho que descubrió que los hermanos germanos lograron mantener dentro de lo imposible la integridad de sus tierras? Ni él mismo entendía sus acciones, o las razones de eso; aún, a pesar del tiempo, recordaba con claridad la delicada atención de Ludwig cuando lo mató, siempre a lado de su cama hasta que pudo moverse por sí mismo.

—Honestamente, no sé cómo aún puedo sentir tanta furia —le dijo Bélgica una vez, en una visita que Francis hizo para saber cómo estaba ella recuperándose—. Y al mismo tiempo, no odiarlos completamente; ¿sabes lo que pasó en Dunkerque? Me gustaría repudiarlos completamente, sería más sencillo; pero...incluso durante nuestro encierro, supe de las torturas que empleaban con otros, lo mío más bien parecía una tapadera de Alemania para que no tuviera que ser pasada a manos de soldados alemanes.

—¿Allemagne era tu carcelero? —Preguntó sorprendido Francia—. ¿Y a qué te refieres con lo de Normandía?

—Sí, él fue el encargado de, ya sabes, interrogarme —contestó con sus labios torcidos en una sonrisa amarga, y acomodando algunos cabellos con delicadeza detrás de su oreja—. ¿No sabes que pasó en Dunkerque?

—Por supuesto que lo sé, fue el rescate de mi gente con ayuda de Arthur —explicó Francia confundido.

Bélgica asintió, y enfocó su mirada en sus manos entrelazadas sobre la mesa—. ¿Y no ves extraño que los alemanes, teniendo la ventaja, no hicieran realmente algo para evitarlo? Fue como si Alemania los retrasara, escuche cerca de su celda como pidió que esperaran su confirmación, pues querían analizar la mejor respuesta, o algo así —explicó ella mirándole a los ojos.

Considerando lo que le decía Bélgica, ¿Alemania dejó escapar a su gente y a las fuerzas aliadas en Dunkerque? Si no recordaba mal, por esos días Alemania lo asesinó por órdenes de su jefe: ese evento siempre lo sintió como una prueba para el alemán, aunque no comprendía exactamente de qué.

El primer par de años pasaron lentos, cada nación retomando sus rumbos. Francis poco lograba saber de Alemania, y aunque se sintiera como un sentimental absurdo, no podía evitar preocuparse; por supuesto, poco menciona su inquietud sobre su vecino, pues los aliados le miran reprobando sus preguntas, e Inglaterra evade el tema, luciendo un poco culpable.

Alfred también oculta la realidad, el verdadero estado de Ludwig permanece esquivo a la preocupación de Francia. Por supuesto, Matthew intenta calmarlo, ayudarle a levantarse de nuevo

—Tal vez —Matthew lo mira dudoso, habiendo escuchado sus dudas sobre la condición de Ludwig—, si decides ir por tu cuenta a averiguarlo, no te detendré, aunque preferiría que lo olvidaras, después de todo lo que hizo, lo que te hizo —confesó Matthew abrazándolo, mostrándole, como era usual, lo unidos que estaban.

Sin embargo, ese cariño que él recibía, ese hecho de no encontrarse solo le hacían sentir triste. ¿Quién estaría acompañando a Alemania, ahora que Gilbert estaba al otro lado de un muro?

 


 

Habían reanudado su historia, como al principio. Cada recuerdo se hacía más difícil, aun cuando Francia le miraba sorprendido, entendiendo sus decisiones, la forma en que intentó interceder por las naciones, reduciendo el daño.

Pero nada, nunca, pagaría las cicatrices que dejó en cada una de las naciones que tomaron. Mucho menos entendió como pudo hablar con tanta calma del momento en que lo asesinó; él había matado a Francia.

Ludwig pensó que estaba listo para enfrentar su pasado, él mismo. Pero las memorias son sumamente dolorosas, apenas puede con su remordimiento cuando Francia le sonríe.

Decidió poner un poco de distancia en los últimos días con Francia, para poder asimilar esas emociones que pensó ya no le atormentaban como en el pasado. Ni siquiera podía comenzar a describir lo mucho que eso revivía la añoranza por su hermano.

Ni siquiera podía imaginar lo mucho que sufrió Polonia para sobrevivir y volver a levantarse.

Sus acciones en los últimos tiempos a veces eran una forma de compensar una deuda que jamás podría pagar.

Francia siempre le decía, con una sonrisa comprensiva: »—No es tu culpa, sé que eres el último que hubiera querido hacer lo que fuiste obligado a hacer; si hubieras decidido simplemente fingir que nada de eso pasó, entonces, probablemente, entonces las cosas serían diferentes, y tendrías razón para atormentarte.

Vio un mensaje de Francia, el usual que le mandaba un poco antes de ir a dormir deseándole una buena noche.

Por más tiempo que hubiese transcurrido, en cada ocasión que se veía frente a sus memorias, su pasado se le hacía cada vez más insoportable.

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Tras el final de la guerra, hubieron muchos cambios y evoluciones en las dinámicas alrededor del mundo, especialmente en la relaciones de las naciones, uno de los aspectos que logró adaptarse, e incluso, volverse discreto, una eventualidad que antes llena de violencia, ahora se desplegaba tras el telón. El evento conocido como guerras se había transformado, adaptado.

La guerra fría, era la cúspide de la contradicción, pues era la escenificación de la violencia sin armas, del conflicto sin ofensiva.

Los cambios que recibieron la nueva época de calma, también se convirtieron en los tiempos de evolución, de una nueva balanza de poder que recae en dos naciones: en Estados Unidos que difundió sus modelos económicos con notable éxito, y de Rusia, que se había convertido en la principal fuerza de Europa con la unión que construyó bajo una hermética «Cortina de Hierro».

Mientras la tensión silenciosa, junto con la balanza política y de influencia, iba encontrando algún punto de estabilidad con el contrapeso que el nuevo conflicto sin violencia (más no sin víctimas) iba desarrollándose, algunos otros aún iban encontrando nuevamente el rumbo que debían tomar, especialmente en esa época cambiante.

Francia, nuevamente de pie por sus propios medios, había estado observando con frustración el hermetismo que Estados Unidos y Rusia mostraron con sus asuntos, aún si se tratara del estado, el porvenir, de una nación que les había hecho tanto daño.

Quizás, y estaba seguro, su terquedad de saber (y compasión) respecto al estado de Alemania, fue lo que determinó que sus discusiones con Inglaterra terminaron por separarlos nuevamente, por minar esos lazos de amistad que iban germinando nuevamente.

—¿No sabes nada? —Preguntó Francis, frustrado, a Matthew en una de sus tantas visitas—. ¿A pesar de vivir a su lado...Alfred no te cuenta nada? —cuestionó algo preocupado, recibiendo una negativa del canadiense—. Poco he podido preguntarle, ni Arthur o yo tenemos ya influencia en el territorio de Alemania que supuestamente debíamos administrar.

Matthew, a pesar de su inconformidad con el interés de su padre acerca de la nación que lo invadió en dos guerras consecutivas, no pudo más que confirmar que efectivamente, Ludwig era casi propiedad exclusiva de Alfred e Iván.

Quizá fuera su extrema empatía hacia el hecho de que Ludwig era una nación muy joven; a lo mejor sus recuerdos de haber asesinado al antecesor del germano, pero no podía más que continuar en su intento de confirmar que la joven nación estuviera llevando lo mejor posible una división como esa.

Probablemente su decisión le traería bastantes problemas si sus jefes los descubran, ni se diga de Estados Unidos o Rusia (aunque, en realidad, temía todavía más el reproche que le iba a dirigir Inglaterra).

Decidiendo usar alguna ropa cualquiera, y cubriendo sus cabellos, decidió él mismo visitar tierras germanas, tomando ventaja de las pocas visitas de Alfred a Europa; el galo llegó escabulléndose a través de la sección que alguna vez monitoreó él (antes de que Alfred tomara el control, argumentando su incapacidad por sus heridas de guerra).

¿Qué esperó encontrar cuando hubo llegado a Berlín? Ciertamente no creía poder encontrar a Ludwig paseando a una distancia prudente del muro, observando con tanta atención cada segmento de concreto con una expresión notablemente afligida. Mucho menos anticipó que las consecuencias de la división fueran tan visibles: con ojos azules llenos de resignación, rostro pálido, y marcas oscuros bajo los ojos, es que Alemania logró divisar sin pretenderlo.

Francia, que estaba asomándose, ocultando dentro de lo posible su cuerpo tras una esquina, se paralizó asustado. Maldición. Fue demasiado confiado en sus movimientos, ¿Qué no Alemania se la pasaba en su casa? ¿No estaba en mejor estado? Según lo que les había contado Estados Unidos...

Francia se sintió bastante estúpido, casi ingenuo, al pensar en creer todo lo que le dijeran sus aliados de la pasada guerra. Rusia apenas dejaba filtrar información sobre el funcionamiento de la Unión Soviética (desapareciendo muchos registros de sus actos tras la guerra), y Estados Unidos, como nueva potencia, demostraba ser bastante fuerte para manejar los hilos del mundo si se lo permitieran.

—¿Frankreich...? —preguntó ronco Alemania, acercándose con cautela a donde estaba el galo, que se había intentado ocultar en un callejón, sin mucho éxito. El germano vio aliviando como esa distancia los mantenía alejados de los guardias del muro, y fijó sus ojos cansados en los nerviosos de la otra nación—. ¿Qué haces aquí?

—Ah, pues esto...Bon, mon mi —intentó explicar, dejar salir cualquier comentario más coherente que su balbuceo—. Eso, quiero decir, ¿Cómo estás? Venía para ver eso, es que poco he sabido de ti.

—¿Quieres saber de mí? —preguntó confundido, un poco molesto, por lo caprichoso que le pareció el galo con su curiosidad, una que desconocía fuera preocupación (Para que, alguien que fue su enemigo, ¿querría saber de él? Cuando vio a Francis apretar sus labios, ansioso, sin palabra que decir, decidió olvidar su irritación—. Si quieres, ¿podemos hablar en mi casa? ¿O en algún local cercano?

Francis se tensó inconscientemente al pensar en la sola idea de volver a pisar aquella residencia donde pasó tantos años prisionero, ¿aún viviría ahí...? ¿Su celda todavía existiría?

—Podemos ir por un café, Monsieur —ofreció rápidamente Francis en un murmullo apurado.

Fue así, que en 1950, descubrió que aún quedaban vestigios de la amistad que intentaron trabar muchas décadas antes, cuando ambos nunca hubieran sido capaces de imaginar encontrarse en circunstancias tan complicadas, donde ambos estaban atados a las intenciones de los nuevos poderes que dirigían el mundo.

Fue por esas breves conversaciones, que Estados Unidos se encontró con Francia pidiéndole que le dejara apoyarlo con la vigilancia de Alemania, considerando la cantidad de trabajo que tenía como potencia. Alfred, al principio, se negó rotundamente, hasta que se dio cuenta que necesitaba a alguien sustituyendo su monitoreo sobre el más joven de los germanos.

—Déjame ver por él, creo que puedo anticipar mejor su comportamiento, tenemos algunas similitudes en nuestras culturas; podemos entendernos —ofreció Francia, esperando que Estados Unidos no viera a través de su interés más personal—. Sé que tienes poco tiempo, al igual que Arthur.

Tras pensarlo un poco, Alfred aceptó (¿Qué mal podría haber en ello? Necesitaba a alguien un poco más independiente de todos los conflictos que existían entre Rusia y él para informarle de la adaptación de Alemania a todos los cambios).

Para ambos, tenían que ser honestos, les fue abrumador la sencillez con que se entabló una fácil cordialidad entre ellos, especialmente considerando su relación previa a la guerra, y esos tiempos tortuosos que compusieron el conflicto.

Fue interesante descubrir que tenían algunos intereses en común, como era el gusto por el arte y la repostería. Francis, a veces, se sentía un poco estresado teniendo que andar con discreción para que Arthur no supiera de los nuevos términos amistosos que existían con su nombrado «enemigo hereditario», mientras comunicaba reportes a Estados Unidos (lo cual detestaba, e intentaba dar de manera ambigua).

Era de sorprenderse para Francia, el compadecer profundamente el estado emocional y físico de Ludwig, quien parecía no querer saber nada a veces de sus raíces como nación germana, o incluso optando por cambiar algunos manierismos propiamente alemanes, como si quisiera cambiarse a sí mismo. Sin mencionar lo poco que la el alemán parecía querer cuidar su persona, casi como una forma de castigo por sus acciones pasadas.

—¿Qué te parece si preparo la cena alguna vez? Estoy seguro que no estás comiendo bien —sugirió Francis en una de sus primeras visitas a la casa del alemán (una diferente a la que usó durante la guerra).

Alemania guardó silencio ante las amables atenciones, y el honesto interés en su persona (de quien, supone, debería odiarlo). Sin poder resistir la urgencia de respuestas, dijo—: ¿Por qué...me tratas tan bien? ¿Qué buscas siendo amable conmigo?

Francia, recuerda, decidió insistir al angustiado germano a su lado, en la modesta sala de estar del hombre, y tras una sonrisa silenciosa, decidió sincerarse un poco:

—Me preocupaba, he visto lo que una división le puede provocar a una nación —confesó—. Déjame contarte algo curioso: ¿sabes que alguna vez sentí el enorme deseo de tomar una espada y amenazar a uno de mis reyes? Existió una jovencita llamada Jeanne, que tal vez hubiera vivido como alguien normal y feliz de no haber escuchado la petición de mi rey.

Alemania que siempre le había gustado mantenerse cultivado en temas variados, conocía en buen grado la historia de otros países, como la de Francia; optó por no comentar nada, no cuando sentía que el tema era en extremo importante.

—Pude ver que sentiste algo así con tu anterior jefe —comentó Francia, y Ludwig abrió sus ojos sorprendido de que alguien hubiera notado algo que buscó ocultar por todos los medios.

—¿Era obvio? —preguntó Alemania confundido.

—No, lo deduje con la forma en que nos trataste al final de la guerra, y otros detalles —explicó el galo sonriendo comprensivo.

Fue un poco aterrador lo fácil con que comenzaron a hablar de sus pasiones, de algunos de sus remordimientos, de sus esperanzas y pensamientos sobre el futuro. ¿Si hubieran comenzado de otra forma...se habría evitado todo lo que pasó? Era la pregunta que Ludwig se hizo con frecuencia al inicio de su amistad con Francis.

Una de los gestos de Francia que el germano recuerda con notable cariño, fue como, a pesar del miedo del galo a los perros (a causa de eventos en la guerra), le hizo volver a mar a aquellas nobles criaturas que fueron parte importante de su vida, antes de que su jefe le obligó a mancharlos con horribles órdenes.

—No puedo perdonarme haber convertido en asesinos a quienes fueron como mi familia —le dijo alguna vez, cuando veía con tristeza algún perro acompañar a su dueño en las calles—. Me encantan los perros, pero... —"pero tampoco puedo soportar el hecho de que les temas por mi culpa", pensó afligido.

—Soy una nación muy vieja, y tú sabes que nunca olvidamos —le dijo—. Y si nosotros que no podemos borrar nuestros recuerdos, podemos perdonar y amar, estoy seguro que se puede volver a comenzar, una nueva oportunidad, non?

Días después, Francia le acompañó para adoptar un cachorro, uno de raza pequeña (con el propósito de no intimidar a Francia). El galo, intentando demostrar que él también estaba dispuesto a dejar miedos pasados, le ayudó a cuidarlo, a incluso reconciliarse con esos animales que tanto amaba.

Aunque, Ludwig evitó los pastores alemanes por amargos recuerdos. Fueron años después, que en su cumpleaños, Francia le regaló.

Por supuesto, su cercanía no pasó desapercibida ante los jefes de ambos, y no solo por relaciones políticas que iban formándose, sino por la fácil amistad, esa increíble empatía entre quienes fueran enemigos. Ambos gobiernos vieron beneficio en esta cercanía: el gobierno francés, considerando los antecedentes (quizás como una forma, una garantía, de evitar futuras guerras), entabló la posibilidad de buscar una unión con el gobierno alemán.

Comenzó a nacer la idea de unirlos como una sola fuerza en Europa.

Fue entonces que se establecieron las bases de una nueva época, por medio del tratado que veían como una forma de acabar con todos los resentimientos pasados, y afirmar la paz: nacieron los pilares del que sería llamado en unos años como el "Tratado del Elíseo".

Francis no pudo evitar compartir los planes de su gobierno con Ludwig, hablándole con entusiasmo lo que podría significar para ambos. El germano no pudo evitar sentirse profundamente unido, extrañamente deseoso de compartir su vida con su vecino de esa forma.

Aunque, le tomaría un poco de tiempo comprender el origen de sus anhelos.

 


 

Era extraño como las naciones, siendo inmortales, eran mejores que los mismos humanos para perdonar, o esa era la conclusión a la que llegó Rusia tras décadas y décadas de conflictos existentes en su historia.

Y fue el pensamiento que le invadió, haciéndole sentir ilógico albergando él todavía resentimiento contra Alemania, a mediados de 1980, cuando se hizo público el memorial en honor a las víctimas de la Segunda Guerra en Verdún.

Al principio no lo entendió: ¿Cómo Francia había accedido a firmar ese tratado con Alemania? ¿...Como había concebido siquiera pensar el perdonarlo considerando el pasado? Ese hecho cambió muchas cosas para varias naciones en Europa, como lo fue la disculpa del país germano a Polonia por todo el daño que había hecho (¿Qué antecedentes había de eso?).

Quizás, por eso, es que a veces se encontraba animando la relación de franco-germana, la cual, creía Iván, le reconfortaba al pensar que todos podían perdonar (perdonarse, como en su caso), y volver a comenzar.

—¿Qué pasa, Frantsiya? —Preguntó Rusia al país galo, que se veía algo ausente de su reunión, una vez que sus jefes se tomaron un descanso—. ¿Por qué no sonríes?

—Oh, lo siento si estoy siendo grosero, mon ami —dijo Francia saliendo de sus pensamientos, y mirando con cautela a Iván—. Estoy solo un poco distraído.

—Tal vez te hace falta ver a Germaniya —opinó Iván un poco pensativo—. Es raro verte desanimado, Frantsiya.

—Agradezco tu interés, pero es algo sin importancia —intentó desviar el tema. Rusia decidió no molestar a Francia al ver que poco estaba dilucidando de sus preguntas.

¿Estará bien Alemania? En los últimos días siempre estaba ocupado, sin tiempo para que se vieran un poco. Conocía a Alemania, y se sentía inquieto del efecto emocional que las últimas memorias compartidas podrían tener en el germano.

Tal vez fue un error acceder a revelar su pasado...

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Alemania era un hombre, una nación, que prefería moverse discreto y soportar mucha de su carga en soledad, sin necesidad de complicarse con dramas agotadores de decidir hablar de sus penas con alguien. Probablemente el hecho de tener que hacer frente a guerras y del destino no solo suyo, sino el de su hermano, aun siendo una nación considerada joven, le obligaron a dejar de lado todo lo que pudiera hacerlo vulnerable.

Por eso, aun cuando eligió a Francia como un compañero de vida, hubo muchas cosas que decidió no confesar; ¿de qué servía explicar sus acciones de actos pasados? Podría ofrecer sus razones de cada una de sus decisiones, pero no creía que eso explicara en lo más mínimo la crueldad cometida.

Así que decidió callar sobre todo lo que hizo para apaciguar en lo posible a su anterior jefe, todo lo que hizo para protegerlo. No tuvo siquiera el valor de volver a tocar su recuerdo del día en que disparó un arma a la cabeza de Francia, como si de un espectáculo de entretenimiento fuera. Había comenzado a tomar el valor de comenzar de nuevo, de dejar de lado su pasado que le dolía siempre.

Alemania observó un poco abrumado, sintiéndose expuesto, cuando la noticia de su acercamiento, en especial por la forma en que la fecha de su pronta firma del tratado con Francia se expande.

Obtuvieron reacciones tan diferentes, que era difícil definir los efectos de su unión en Europa.

Los más cercanos al germano se sorprendieron: Austria simplemente lo miró con expresión reflexiva, y tras pedirle que le horneara algo cuando lo visitó para confirmarlo (con ayuda de Hungría y Suiza para escabullirse al otro lado del muro), simplemente le dijo:

—Bueno, así es nuestra vida; un día eres su enemigo, por más unidos que hubieran sido —describió con una inusual honestidad—; al otro, a pesar de que pudiéramos haber estado a punto de derrocar gobiernos enteros, puedes terminar casado con tu enemigo.

Ludwig quiso preguntar si esa historia era el reflejo de lo experimentado por Roderich de manera personal, porque había estudiado con detalle la historia de las otras naciones con raíces germanos tiempo atrás, y sabía del lazo que existió con Suiza.

Con un poco de ayuda de Francia, pudo volver a tener contacto con veneciano.

—¿Es solo porque tu jefe te lo pide, Germania? —preguntó Italia preocupado. La nación mediterránea jamás había estado en una unión de ese tipo, quizás como nación subordinada de otra, pero bajo un tratado amistoso, el eje fue lo más cercano.

—No, quiero decir, sí —contestó nervioso Ludwig—. Fue iniciativa del gobierno francés, pero...también es algo que quiero hacer.

—Sí es algo que quieres hacer, entonces espero sea algo bueno —comentó Italia más contento—. Después de todo, tú y el hermano Francia han estado compartiendo mucho tiempo.

Las reacciones que Francia obtuvo, si bien hubieron buenas (especialmente los que creían que con eso acabaría cualquier hueco que pudiera dar paso a otra guerra), fueron principalmente unas llenas de confusión, estupefacción, y notable reproche en algunos casos.

Bélgica simplemente decidió no darle importancia, y le dijo que si eso era lo que quería hacer, que siguiera con ello. Mónaco, con quien tenía excelente relación, no estuvo muy segura que opinar, así que simplemente lo felicitó por acabar con años de hostilidad.

Las complicaciones llegaron del otro lado del mar. Canadá fue a verlo pidiéndole las razones de una decisión tan extrema, que no parecía tener sentido.

—Es que, no lo entiendo papa —le confesó Matthew, preocupado—. Sí es por miedo, entonces...

—Non, de ninguna forma es por miedo, o estoy obligado —interrumpió con suavidad, poniendo su mano sobre el hombro de su hijo—. Es una decisión que he pensado bastante, y discutido con mi jefe; estoy bien, y Alemania, realmente, no es lo que la guerra dio a creer.

Canadá cedió no muy convencido, y reafirmó su decisión de estar para apoyar a su padre de surgir alguna consecuencia negativa.

Cuando Francia y Alemania platicaron los últimos acontecimientos en sus vidas tras el anuncio, Ludwig optó por tomar valor, y preguntar lo que le estaba molestando desde que se sentaron a redactar el tratado entre los dos.

—¿Qué piensas de mí, Frankreich?

—Oh, vaya pregunta —Rio, desprevenido—. Supongo...que pienso que trabajas demasiado, te gustan bastante los perros, y a pesar de dar la sensación de ser un soldado listo para el deber, eres un encanto —elogió con un poco de malicia, viendo como divertido avergonzar a Ludwig.

Ludwig lo miró un poco molesto, pero continuó su interrogatorio—. Lo que quiero decir es...¿eres feliz en mi presencia? ¿No, no me tienes miedo? He hecho cosas que no creo que puedan olvidarse.

—Cosas que jamás te perdonarías —murmuró Francia, como si hablara consigo mismo—. Creo que todos tenemos un pasado así —explicó sonriendo—. Pero, ¿sabes? Si eso es lo que te molesta, yo te perdoné hace rato. La verdad estos días trabajando contigo, o las tardes que compartimos el almuerzo, me he sentido muy feliz —continuó, tomando las manos de Alemania en un gesto reconfortante—. Aunque me siento mal por personas cercanas que aún están recuperándose, quiero más días así.

Alemania, que aprovecha el que estuvieran sentados, uno al lado del otro, en el sofá de su sala, aprovecha el agarre de Francia para sostener con firmeza las manos ajenas.

—En los últimos días, no, en los últimos años —balbuceo tenso Alemania, haciendo que los ojos de Francia se abrieran para observar con confusión de lo que intentaba—. Quiero decir, yo también he sido muy feliz, y quiero más días así, contigo...yo, en otras palabras —tomó aire repetidas veces, y su rostro enrojeció—. La verdad, es que, tengo algo que decirte.

Francia esta vez lució sorprendido, teniendo dificultad en ordenar sus pensamientos una vez comprendió lo que estaba pasando, y lo que, con seguridad, le querría decir Alemania, interrumpió gentilmente, sintiéndose culpable—: Sé lo que quieres decir Allemagne, yo también soy feliz contigo, y me gustaría estar contigo de una forma más...comprometida. Pero no puedo responderte ahora, hay cosas que no sabes de mí, he vivido demasiados años.

Francia pensó cuando sus dedos helados se mancharon de la sangre tibia de Sacro Imperio, el antepasado de Alemania. Por supuesto, el galo desconocía que el germano sabía de su pasado, que había investigado, y escuchado de parte de su hermano, los eventos cruciales en su historia.

Tiempo después, es que Alemania supo uno de los arrepentimientos de Francia (ya que este decidió confesarle algunas de las cosas que más le atormentaban), y con todo el valor que pudo reunir, Ludwig sorprendió al galo con una acción algo impulsiva: un beso.

—Francis, reitero mis intenciones —añadió cuando vio al galo abrir sus labios un par de veces, claramente estupefacto—: El tipo de relación que me gustaría tener contigo es independiente del tratado, y tú mismo lo has dicho, debemos aprender de nuestro pasado, no vivir en él.

Así, por la década de los 70, dieron un paso distinto en el rumbo de relación que tenía. Cabe decir que aún existían dudas, problemas, y especialmente opiniones encontradas de otras naciones.

La unión que decidieron formar permaneció ambigua, sin etiquetas por un tiempo.

 


 

Francia recuerda con una sonrisa como al finalizar su relato en turno en una ocasión, Ludwig irrumpió la tranquilidad sorprendiéndole con una confesión.

—Ya sabía quién era Sacro Imperio Romano Germánico, su historia y las circunstancias de su muerte —explicó, y agregó encogiéndose de hombre, un poco tímido—: me lo contó mi hermano.

—¿Cómo que ya lo sabías? —preguntó algo enfadado Francia, pero terminó por reírse cuando pensó en lo mucho que se preocupó por eso, aunque ese era un hecho en su historia que siempre le hubiera gustado cambiar.

—Como nación debemos estudiar nuestra historia, conocía el hecho —explicó un poco confundido por la sucesión de reacciones de Francia—. Brüder simplemente me explicó lo que no registraron en los relatos históricos.

—Bueno, definitivamente no esperaría menos de Gilbert —añadió Francis, dándole un beso en la mejilla—. Siempre estaba listo para ayudarte como nación; me hubiera gustado tener un hermano mayor, a veces. Es duro ser una nación.

Alemania asintió, y lo abrazó sin agregar más.

Ahora que Francia recordaba eso, pensó que, probablemente, Alemania podría tener más remordimientos y memorias de las que era capaz de compartir. No quería presionarlo para que se vieran. Sería paciente, y tenía fe de que volverían a ser los de siempre (por supuesto, se negaría a continuar esos relatos si esas iban a ser las consecuencias).

Extrañaba sin dudar las tardes despreocupadas en que hablaban de cualquier tema, nada relacionado a remordimientos, o su doloroso pasado.

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Si bien habían dado el paso de ser sinceros, de poner sus vulnerabilidades y anhelos sobre tela de juicio, francos, expuestos, a vista del otro, poco había cambiado entre ellos. A decir verdad, con todas las preocupaciones, los planes, como las transformaciones en Europa, que se cernían con sus primeras estrategias conjuntas, habían tenido poco espacio para aspectos más personales, esos detalles más íntimos que quedaron por demás ambiguos tras su primer acercamiento con el Tratado del Elíseo.

Así, que, tras cerca de una década de ambos estar caminando al lado del otro como naciones, sus intenciones declaradas quedaron en el limbo, ambos bastante inciertos de cómo traer nuevamente a la superficie lo dicho, especialmente Alemania que deseaba buscar la oportunidad para confirmar sus deseos, y saber que podían actuar sobre ellos buscando un punto del comienzo de algo más concreto.

A decir verdad, Ludwig, se encontraba bastante perturbado por sus cavilaciones acerca del efecto que su declaración, por más sutil que hubiera sido, tuvo sobre Francis. Su compañero del tratado poco había mostrado incomodidad, aunque si un poco de duda, como si sus pensamientos se atoraran en sus labios cada que quería decirlos.

Alemania temió que, quizás, las reacciones negativas de su tratado fuera de sus fronteras (como la mayoría de los aliados), tal vez desembocó en reproches desagradables para Francis. El mismo había tenido dificultades lidiando con Estados Unidos, aunque Canadá pareció acompañarlo en sus reuniones (motivado por las peticiones de Francia de evitar complicaciones).

—Tendremos un evento, creo que esta nuestra oportunidad de demostrar lo que el Tratado significa —le dijo un día Helmut Kohl, su canciller a la representación alemana—. Ludwig, sé que no ha sido fácil, pero este tratado puede significar algo más grande que un simple papel para evitar agresiones con Francia.

—Lo entiendo —Significa mucho más, pensó conmovido Alemania.

Casi a mediados de 1980, durante el magno memorial de Verdún en honor, y lamento, de todos los horrores, a cada una de las víctimas de la Segunda Guerra, se sostuvo la ceremonia que se llevaba desde hace años. Asistió Helmut Kohl y François Mitterrand, canciller alemán y presidente francés respectivamente, asistieron al evento.

Francis y Ludwig, uno al lado del otro, de pie entre la multitud que rendía honores al monumento, observando a sus jefes caminar entre el gentío para salir y estar cara a cara con el memorial que tenía los nombres de todas las víctimas de la guerra. Ambas naciones se miraron sorprendidos, no sabiendo muy bien que pretendían hacer sus mandatarios.

Francis y Ludwig llegaron al frente de la multitud, observando a sus jefes. Considerando que pocos conocían su existencia, no era muy prudente acercarse a donde estaban sus jefes, parados en silencio, con expresiones solemnes, observando el monumento y rindiendo sus honores.

Cuando hubieron presentado sus respetos al memorial, ambos hombres se tomaron de las manos. Una acción insignificante, un símbolo, de amistad, de una unión que demostraba olvidar el pasado: la multitud, contuvo el aliento con entendimiento, estaban viendo el símbolo de una nueva era.

Alemania y Francia abrieron sus ojos sorprendidos. Después, sintieron un sus sentimientos queriendo desbordarse conmovidos, comprendiendo.

Tal como sus jefes, aunque con una dulzura que no estaba el gesto del que fueron testigos, ambos tocaron acercaron sus manos discretamente, entrelazando sus dedos con suavidad, afirmando el agarre una vez se sintieron seguros, cuando fueron testigos de las sonrisas serenas de sus jefes, que mantenían el agarre de sus manos.

Alemania miró a su lado, y sonrió sin dudas, Francia le correspondió con la misma certeza. El galo murmuró, acortando la distancia entre ambos en lo posible, pegando su costado contra el germano.

—Tenía dudas —dijo en voz baja, Alemania se inclinó al escuchar que Francis le habló—. Tuve...miedo. Quiero decir, pensé que cuando me hablaste de tus sentimientos, tomé tu confesión como algo momentáneo, quizás en agradecimiento por nuestra amistad, hasta pensé que simplemente fue por tu soledad en ese tiempo, que lo que construimos no era tan importante.

Alemania negó suavemente, olvidando su timidez, sus eternas reflexiones sobre cada una de sus acciones, apretó suavemente la mano tibia del otro entre sus dedos.

—Estaré contigo —la voz gruesa de Ludwig era un murmullo que se perdía en el rumor suave del gentío—. Quiero estar contigo. Lo que dije, lo sostengo.

Francis comprendió la verdad, (la prevalencia) del amor de Ludwig; con sus ojos un poco cristalinos, admiró como todo rencor y el pasado doloroso pareció irse con el sencillo gesto, algo en apariencia tan nimio, pero magno en su significado.

Con sus manos entrelazadas, comenzaron una nueva era.

 


 

Verdún tenía demasiado significados para Inglaterra. Como la emoción, la convicción, de estar en pie avanzando hasta tener los pies destrozados al estar en pie de lucha, en batalla por la libertad y el auxilio de Francia. Y sin duda, así mismo, tenía conferido una profunda amargura con ese lugar.

Cuando erigieron el memorial de Verdún, recordó la tristeza que experimentó al leer docenas de nombres que recordaba, cada uno el recuerdo de la muerte de alguno de los suyos, o de un soldado que luchó por el fin de un conflicto que no vio.

Ese pesar, se convirtió en amargura en el memorial de 1984, donde divisó al frente al canciller alemán sostener la mano del presidente francés como símbolo de su amistad, de perdón: de olvido; también fue testigo, con sus esperanzas, todos sus anhelos, cayéndose a pedazos como Francia y Alemania imitaron el gesto, aunque la mirada de ambos, aun a la distancia, aun con su dolor, demostró decir mucho más.

Por un momento pensó que no le importaría hacerse paso en medio de la multitud, de simplemente separar las manos entrelazados de a quienes, durante muchos años, llamaron enemigos hereditarios, de dos naciones que pensaron poco podían querer más que alguna relación económica, y aquello estaría bien...

Pero...pero ese gesto cambió todo, derrumbo, (si es que existía), lo poco que Francia y él lograron construir nuevamente, tras volver a recobrar comunicación una vez olvidaron lo ocurrido en Yalta.

Otra noche sin dormir, pensó furioso consigo mismo y su terquedad de mantener el pasado presente; de revivir una, y otra vez, los hubo, los hubiera...

Aprovechó su noche insomne para preparar algunos papeles que vería con Alemania y su jefa en unos días. No era una reunión que ansiaba en ninguna forma, simplemente intentaría zanjar el asunto de la forma más rápida, más beneficiosa, posible.

Recordó con resentimiento la sonrisa de Francia cuando recargó su cuerpo contra el de Ludwig en aquel evento de Verdún. Apretó sus dientes con ira, con ese rencor contra el germano de siempre, para después soltar la tensión con un suspiró.

Tenía todavía mucho que decir.

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Si alguien les hubiera dicho que los aliados quitarían ese muro, ese horrible muro que partió un país y destruyó familias, Alemania y Prusia los hubieran mirado como dementes. Y es que, de cualquier forma, aquella barrera no caería por quienes la construyeron.

Las tensiones estaban presentes, al punto de que Estados Unidos había tenido que ir a administrar sus asuntos en tierra alemana de manera personal. Por supuesto, aquello no hizo más que hacer evidente el descontento, la herida, que representaba ese muro.

Era difícil asimilar esa época de cambios que inició en todo el mundo, y en Europa por supuesto.

No solo la unión de dos eternos enemigos habían agitado a muchas naciones del viejo continente, sino que el descontento que se vivía en el bloque socialista bajo la mano de Rusia comenzó a hacerse público, especialmente la resistencia que comenzó a germinar en tierra polaca.

Es de esperarse que la tensión debía desbordarse cuando el descontento, y especialmente las demandas, chocaron con los oídos sordos de quienes administraban las tierras germanas, casi tan infranqueables como el muro.

No fue hasta que una mañana, Francia fue despertado con apuro por su asistente que telefoneó apenas despuntó el alba.

—Las cosas en Alemania están a punto de estallar, han visto a mucha gente comenzar a intentar rodear el muro, mucha —dijo su asistente al otro lado de la línea—. Todos están muy nerviosos, hay cada vez más personas.

Así fue que a principios del penúltimo mes del último año de esa década, poco antes de iniciar los 90, Francia se encontró buscando frenético a Alemania, no teniendo éxito alguno hasta que llegó al muro que se alzaba gris en medio de Berlín.

Francia tenía que ser honesto; habían muchas cosas que le generaban terror, entre ellas: ver enojados a ciertas naciones, como Rusia, Inglaterra, y...Alemania. No había una razón particular, y tampoco era muy consciente de eso.

Ese miedo se hizo presente cuando divisó la figura de Alemania, tensa, con una expresión de pura rabia en sus ojos azules entornados e implacables que miraban el muro, caminando lentamente con un pesado mazo en mano.

—¿Ludwig, Louis? —llamó Francia con la voz trémula. Respiró hondo, y tomó valor, para acercarse de cualquier forma lo más rápido que pudo entre la multitud—. ¡Louis! ¿Qué haces...qué pasa? —cuestionó una vez estuvo a su lado, mientras Alemania observaba con todo su resentimiento aquel muro, ese pedazo de concreto que tanto sufrimiento trajo, esa barrera que llevaba despreciando cada día más.

—¡Lo que tenemos que hacer! ¡Lo que debí hacer! —gritó con su voz grave sobresaliendo entre la multitud, como el retumbar de un trueno que hizo sacudir el cuerpo de Francia con un temblor, haciéndole dar un paso atrás—. Desde el momento en que me di cuenta que esa abominación no se iría, debí tomar un mazo.

Alemania observó el efecto de su rabia en Francia, a quien menos iba dirigida. Superó un par de veces para recuperarse un poco, y nunca soltó su agarre férreo del mazo que descansaba pesado junto a sus pies.

—Gilbert está del otro lado —dijo tras un silencio que parecía simplemente enervar con el murmullo inquieto de sus ciudadanos, que iba convirtiéndose en reclamos—. Voy a verlo —declaró Alemania recobrando la fiereza en su expresión, que permeó sus palabras—. Si no puedes verme enojado, entonces por favor, por hoy, aléjate —declaró Ludwig.

Francia cerró los ojos un momento, recobrando el dominio sobre si mismo.

—No —negó en voz baja—. No —repitió—, quiero ver tu lucha —declaró sonriendo—. Gilbert puede necesitar ponerse al tanto de muchas cosas, ¿no crees?

Alemania entonces pudo sonreír. Francia retrocedió lo suficiente para alejarse de la multitud, observando a madres, hijos, familias, intentando recobrar a alguien que les quitaron al otro lado del muro.

Un grito de júbilo se escuchó que recorrió a la multitud cuando un hombre comenzó a arremeter contra el concreto. Con tanta gente, los militares no pudieron hacer nada, no cuando todos ellos eran civiles. Francia observó a Alemania levantar el mazo, y dejarlo caer con increíble fuerza contra el concreto, abriendo un boquete, que con otro golpe tiró ese segmento. Todos comenzaron a destruir el muro como pudieron.

Francia se quedó hasta que lo vio caer totalmente. Admiró la figura agotada, agitada, de Alemania cuando cayó casi toda esa barrera.

Al otro lado del escombro, Ludwig escuchó una voz, una que, francamente, le costaba creer que estaba volviendo a escuchar.

Entre el polvo y pedazos de concreto rodeándolo, Alemania caminó con apuro, ansioso, buscando la fuente de esa voz.

—West! —volvió a escucharse, con tanta claridad que Francia escuchó, acercándose un poco.

—Brüder! —exclamó Ludwig quedándose paralizado, temblando de tantas cosa que sentía y quería decir cuando entre el gentío emergió un hombre albino—. ¡Gilbert!

—¡Estas enorme! —dijo el hombre, Prusia, abriendo sus ojos emocionado, con esa sonrisa inigualable. Ambos hermanos se miraron unos segundos, para abrazarse con toda la fuerza que tenían.

A su alrededor varias madres abrazaban temblorosas, casi incrédulas, a hijos que pensaron no volver a ver. Familias reían a carcajadas volviendo a reunirse; Francia pensó que no estaba mal si estaba llorando un poco.

El galo vio todo comprendiendo toda la felicidad y libertad que la caída del muro significaba. Decidió retirarse y darles intimidad a los hermanos para disfrutar su tan ansiada reunión. Al final, fue a casa de Ludwig y preparó una copiosa cena, recordando las cosas favoritas de los germanos.

Cuando escuchó el ruido de la puerta abriéndose, Francia sonrió al ver la grata sorpresa de ambos:

—Una vez vea que cenan algo diferente a mucha cerveza y wurst, me iré a dormir tranquilo —dijo, siendo abrazado con ánimo por Prusia.

La unión de Alemania había comenzado ese día.

___

Prusia, con el transcurso de los días y el final de la Unión Soviética declarado (disolución que debían, sin duda, a Polonia), comenzó acomodar sus viejas pertenencias en la casa de Ludwig que le dio un espacio.

Sin embargo, su decadencia era evidente. Su piel pálida comenzó a verse casi transparente, y su energía a disminuir al punto de dormir buena parte del día. Todos sabían lo que significaba, por más lento, por más sonrisas que Prusia dedicara a todo el que lo conocía.

—West, pon atención que tengo algo importante que decirte —dijo un día Prusia, metiéndose a la oficina de su hermano menor sin pedir permiso—. Bueno, más bien que darte.

Alemania se quitó las gafas, algo extrañado por la melancolía en la afable expresión de su hermano. El prusiano le indicó que lo siguiera al sótano de la casa, que el mayor tomó como una clase de almacén personal con permiso del otro.

Cuando ingresaron al sótano, Ludwig lo vio convertido en una clase de biblioteca. No fue difícil saber qué eran esos registros.

—Son mis memorias —indicó Prusia, tomando el diario más cercano a su alcance—. Y en este momento, mi asombrosa persona, declara que te las da —Prusia se acercó, y empujó suavemente el diario contra el pecho de su hermano menor, que le dedicó una mirada llena de confusión.

—¿Por qué...? —preguntó.

—West —La voz de Prusia se volvió un murmullo lleno de resignación—. Fue divertido, realmente estoy muy orgulloso de ti. Que sigue siendo muy, pero muy, muy, extraño que salgas con Fran.

—¿Qué quieres decir? ¡Gilbert! —apremió Alemania, no sintiendo siquiera el ánimo de avergonzarse de broma de su hermano.

—Lud, tu sabes que quiero decir —interrumpió con sobriedad—. Te entrego todo, porque sé que un día ya no se añadirá nada más —Prusia se acercó, y abrazó con fuerza a su hermano, que le pareció como un niño pequeño y desolado al reconocer la verdad—. Mis diarios tienen bastante información muy valiosa que puede servirte. Y es que las naciones también somos susceptibles a errores; pero siempre asombrosos porque podemos perdonar —hizo una pausa, temblando un poco su voz—, y perdonarnos.

Prusia, a pesar de haber días en que se quedaba dormido estando de pie, otros donde apenas podía levantarse de su cama, no mostró miedo o angustia de su claro destino. Es más, el germano se dedicó a pasar todo el tiempo que podía con su hermano; visitó viejos amigos, como Polonia, dispuesto a resarcir, o al menos disculparse, el daño hecho.

Prusia caminó plácido y sereno sus últimos días, sin resentir su muerte anunciada.

—West, promete a tu asombroso hermano una cosa —dijo Prusia una tarde, donde le temblaba la mano con el peso del tarro de cerveza, algo que en anteriores años hacía sin siquiera pensar—: Aprender de tus errores está bien, pero se feliz y genial, ¿entendido?

Alemania, siempre se preguntó a dónde irían las naciones que dejaban de ser una.

Una mañana, de esas soleadas con brisa suave que le gustaban a Gilbert, hubo una nueva habitación vacía.

 


 

Hacía días que encontraba terriblemente difícil lidiar con el silencio de su casa. Era bastante sencillo llamar a Francia, pasar un momento sintiéndose feliz en su compañía; pero sabía que en esos días, no sería justo eso, no cuándo terminaría probablemente siendo consolado por el galo, quien ya tenía sus problemas.

Así que pedirle espacio y tiempo a Francia fue lo mejor que pudo pensar.

A lo mejor, por eso, es que había tomado como rutina casi diaria visitar la tumba de su hermano, que descansaba junto al viejo Fritz. A veces simplemente miraba la lápida en silencio, en otras ocasiones, hablaba con su hermano ausente de cómo sus crímenes todavía le pesaban, como la gente, y las naciones, poco habían olvidado.

Confesaba la magnitud real de sus actos que descubrió con cada memoria. También le dijo al recuerdo de su hermano, lo mucho que le costaba comprender cómo es que Francia lo eligió a pesar de todo lo acontecido entre ellos.

Aquella duda que siempre lo atormentó tras ambas guerras volvió con el mismo dolor del pasado:

«¿Merecía ser feliz?».

 

_________________

 

Alemania se sobresaltó al escuchar que lo llamaban. Observó con incomodidad a su interlocutor, que solo pareció impaciente.

—¿Podrías volver a concentrarte en nuestra discusión? Que nuestros jefes hayan discutido ya lo más importante no quita importancia a revisar los acuerdos —exigió Inglaterra.

Ambos hombres estaban bastante tensos, deseosos de salir de ahí y no tener que hablarse entre ellos. ¿Con Francia hubiera estado más tranquilo? Se preguntó Alemania, mirando los ojos verdes y antiguos del bretón.

—Por supuesto —respondió con una firmeza que le sorprendió. Las malas noches de sueño estaban comenzando a cobrar, notó Ludwig—. Si terminamos con estos acuerdos, podemos ponerlos en la mesa frente a los otros miembros en la próxima sesión de la unión. Por supuesto, mencionare un poco lo hablado a Frankreich previamente.

Ante la mención de Francia, Inglaterra arrugó sus labios.

—Francia, claro —bufó irritado. Alemania no se inmutó, estaba acostumbrado. Inglaterra agregó—: Claro, deben discutir mi situación; al final creo que hasta deciden cosas personales que no deberían incumbir a otros—Las palabras de Arthur fueron casi un susurro, pero la hiel se escuchó con claridad.

—England, por una vez, ¿puedes ser claro? —intercedió Alemania ofendido. La pregunta la sintió de más, pues ambos sabían a qué se refería.

—Por supuesto —concedió con una sonrisa amarga—. Solo que, es bastante inapropiado que metan asuntos de dos personas en una discusión de tres; Canadá y su cumpleaños, o Francia luciendo a todas luces que tiene contigo. Aunque Francia siempre ha sido voluble, deja aliados con frecuencia.

—Me parece de mal gusto que hablemos de alguien que no está —respondió Alemania molesto.

Alemania al ver que Inglaterra desvió sus ojos en una expresión que no supo interpretar, tomó sus cosas rápidamente y de dispuso a retirarse.

Inglaterra guardó silencio, y tras una pausa reflexiva añadió—: Te recuerdo que nadie ha olvidado quién eras realmente en guerra; quizás Francia, porque es ingenuo, pero hiciste mucho daño.

Alemania se detiene, dándole la espalda a Inglaterra, con el nudo en su garganta de una verdad que sentía no podía negar.

—Las disculpas no arreglan nada; supongo que ser una potencia es beneficioso —dijo el bretón, sin notar como sus resentimientos se volcaban en un reclamo indirecto hacia Alemania y el daño que sentía le había hecho.

Alemania no respondió, aunque cada palabra caló hondo en Alemania, que con mucha dificultad mantuvo su temple, logró cerrar la reunión con formalidad; y se retiró, cerrando la puerta de la oficina con demasiada fuerza, asustando a Arthur.

Por un momento, recordó la promesa que le hizo a su hermano.

No creía ser capaz de cumplirla.

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Alemania observó a sus perros correr despreocupados por la amplitud verde de su jardín trasero. En otras circunstancias, incluso, se habría unido a los juegos de sus mascotas, y amigos, sin embargo, en los últimos días su mente se encontraba más bien aletargada; a veces lejos, a veces recordando.

En un principio había decidido darse espacio, centrarse en el trabajo, ya después, cuando se sintiera un poco mejor, y lo que le trajera disgusto, o amargura, se fuera nuevamente, reanudaría como siempre su tiempo con Francia.

Esos episodios eran cada vez menos frecuentes, un efecto derivado de su creciente confianza en ser una nación diferente a la anterior al muro de Berlín, y por supuesto, (sin duda), tenía una deuda enorme con la paciencia de Francia en esos años en los que llegó a pensar que todos estarían bien sin él.

Francia no lo cuestionó, a veces ambos necesitaban tiempo; y Alemania era de insistir que esos momentos prefería lidiarlos solo (el galo le miraba disgustado, pero aceptaba), no era raro que se justificara con trabajo, aunque el francés sabía mejor que nadie.

Incontables veces Prusia estuvo a punto de darle un puñetazo cuando insinuó, que quien debería morir era él; Su hermano lo miró con un dolor visible, una rabia que no se molestaba en disimular.

Sin embargo, esta vez, no se sentía mejor, no se veía capaz de empujar ese remordimiento y sentimiento ser indigno de ser amado que siempre creía vencer. Las palabras de Inglaterra, aun cuando se mostrará furioso en ese momento, fueron dagas precisas, que no hicieron más que traer sus heridas nuevamente al rojo vivo.

Ahogarse en trabajo siempre había sido un bálsamo terrible, pero ayudaba a distraerlo de todo, incluso del hecho que estaba comenzando a evitar a Francia con toda intención.

Y es que...todo lo que dijeron de él, lo que Inglaterra le recordó, era cierto.

¿Qué podía hacer cuando lo que le lastimaba era simplemente la verdad?

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Francia sabía que lo que estaban exponiendo, con especial intervención de Alemania, era sumamente importante. Por más relevante, y necesario, que fuera estar concentrado en el tema del Brexit de Inglaterra, con (por fin) una propuesta para fundamentar su petición de prórroga, no podía evitar mirar a la nación germana que apenas le había saludado con un silencioso movimiento de cabeza.

La última vez que se vieron, en aquel último relato, la expresión de Alemania fue atribulada, tan atormentada y difícil de descifrar, igual que la que portó en el momento que lo encontró vagando junto al muro de Berlín.

Francis decidió que era suficiente esa distancia autoimpuesta entre ambos. Por más que se sintiera culpable de remover los fantasmas y demonios en Ludwig, guardar sus pensamientos no iba a generar más que ese aislamiento en su relación creciera.

Se paró en silencio durante el descanso, siguiendo rápidamente a Alemania que se dirigió a la sala donde estaba la estación de café y bocadillos para la reunión. Un poco dubitativo, tocó muy suavemente el hombro del alemán para llamar su atención.

—Louis, Allemagne, hace... —tragó con fuerza su nerviosismo al ver una expresión totalmente incómoda en el otro—, hace mucho que no te había visto, ¿Cómo has estado?

—Fran...yo —Alemania suspiró, distrayendo sus ojos claro en su café, decidido a no dejar al galo ver su expresión—. Bien, he estado bien —hizo una pausa—. Disculpa Frankreich, debo ir a revisar unas cosas.

—Allemagne —lo retuvo con toda la suavidad posible, pero el agarre que ejerció sobre el antebrazo del germano tuvo cierta firmeza—. Tú sabes que respeto cuando quieres estar un poco solo; pero estoy preocupado, ¿podemos hablar? Si no sé qué está pasando contigo, no tengo idea de que debo, o no debo hacer.

—Fran, lo siento —negó suavemente con su cabeza, sosteniendo su taza con fuerza—. Tal vez después, dame un poco de tiempo —pidió—. Pero, por favor, no pienses que es tu culpa.

Francia lo mira confundido, sin palabras que le parezcan adecuadas para poder disuadir al evasivo alemán. Lo que tenía de sobra, sin duda, era tiempo, pero en sus relaciones pasadas eso también fue un error, únicamente debilitaba sus lazos.

Francis gimió frustrado, y se recargó en la pared más cercana. ¿Qué había pasado? ¿Si fue un error dejarse convencer en contar su historia? Tal vez todo el estrés de Ludwig se estaba acumulando, hace poco, se había enterado por su jefe, el germano tuvo una reunión con Arthur; ambos siempre salían irritados y aturdidos de sus últimas interacciones con el bretón.

Pero...Alemania fue con su jefe, ¿pudo pasar algo?

—France —murmuró a su lado una voz conocida, junto a la mesa de bocadillos—. ¿Piensas acaparar toda la comida? ¿Qué haces mirando la alfombra con expresión tan extraña?

Francis no pudo evitar reír un poco con la broma; el insulto amistoso le recordó a los mejores tiempos entre ambos. Decidió aprovechar la presencia de Inglaterra, si había dicho algo que generará un efecto tan negativo en Alemania, al menos tendría idea de cómo afrontarlo.

—Arthur —llamó Francis, dándose cuenta que hace mucho no lo llamaba por su nombre—. Después de la junta, ¿tienes tiempo?

Inglaterra se tensó, y con sus ojos abiertos en sorpresa, asintió—. ¿Hay alguna razón en particular?

—La hay —respondió Francis escueto, inusualmente serio. Aquello no pasó desapercibido por el bretón.

Sin embargo, Arthur, pensó que era una oportunidad de comenzar a reconstruir la estima que le tenía Francia. Y era tan inusual no verlo con el alemán, que lo vio con buenos ojos.

—¿Dónde? —preguntó Inglaterra preparando su café con gesto distraído, enfocando sus ojos en la expresión de Francia.

—Hay un parque cerca bastante discreto y amplio —recomendó Francia—. Estaba cerca del hotel.

Ambos acordaron el horario. A pesar de que la expresión de Francia no auguraba que fuera una conversación meramente de ocio, para él era una grata sorpresa ver que el galo se acercara a él por voluntad.

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La tarde se sentía fresca, lo suficiente para que ambos, eligieran por cubrirse con un abrigo ligero. Caminaron en total ausencia de palabras un buen rato.

El silencio no hizo más que impacientar a Arthur, quien decidió comenzar la conversación—: ¿Y bien, qué es lo que querías hablar? ¿O solo querías seguir discutiendo como siempre?

Francia se encogió un poco, abrazando su cuerpo contra el viento, cuando escuchó el deje de reclamo en las palabras de Inglaterra.

—Supe que tuviste una reunión con Alemania hace poco —finalmente habló Francis, deteniendo su paso y provocando que Arthur se girara un poco para encararlo—. No tengo porqué discutir estas cosas contigo, pero... ¿discutieron?

—No, sabes que prefiero no interactuar con él —dijo, apretando sus puños dentro de sus bolsillos—. ¿Qué tendría que ver yo con los cambios de humor en Germany?

—Por favor Arthur, sé muy bien cómo son las cosas entre ustedes, especialmente por tus se... —Francia se detiene a tiempo, mordiendo sus labios al percibir lo que iba a decir—. Quiero decir, sé muy bien lo bueno que eres encontrando las palabras para provocar a alguien, Allemagne pudo interpretar algo, o...

—¿Qué ibas a decir Francia? —interrumpió Arthur fijando sus ojos en los azules del galo, que se cohibió con la ligera desesperación que percibió—. Y no pelee con él, simplemente dije algunas cosas que podrían considerarse delicadas, y todas eran verdad.

—No iba decir nada....solo contesta para dejarte tranquilo —insistió, un poco a la defensiva.

France! —Exclamó Inglaterra impaciente, acercándose unos pasos a Francia que bajo sus ojos—. ¡Termina lo que ibas a decir!

Francia guardó silencio, y tras un sonoro suspiro, miró con lentitud los ojos verdes del bretón.

—Tus sentimientos —murmuró en respuesta—. Es difícil no pensarlo de esa manera; Arthur, a veces, tengo la certeza de que me miras como hacías hace mucho, demasiado, tiempo, cuando nosotros... —Francia cortó la frase, no quería ahondar en eso.

—France, no seas cobarde, si ya comenzaste a hablar de algo que fingimos nunca pasó, al menos terminalo —exigió con amargura—. Y si quieres saber qué le dije, simplemente le recordé un poco de la guerra. Supongo que sigue siendo un mocoso si eso le afecta.

—¡Arthur! —reclamó enojado Francia al ver el veneno en cada palabra que hacía alusión a Alemania. Respiró profundo, si se enfrascaban en una pelea, simplemente se separarían una vez se cansaran de insultarse, sin llegar a nada—. Está bien, ¿quieres hablar de eso? Supongo que es momento de que hablemos.

—Eres muy bueno desviando el tema; considerando que lo sabías todo este tiempo —dijo Arthur, bajando su voz con inusual tristeza—. Tú lo sabías, que todavía yo...

—Lo siento —intervino suavemente Francia—. No quería complicar nada. Ahora soy feliz, no quiero decir que te odie.

—¿No significó nada? Tantos siglos, fueron tantos —preguntó melancólico.

—Significó mucho, tú sabes que nunca podríamos, podría, olvidar algo así —negó con su cabeza. Sonrió con profunda conmoción, recordando—. Pero él, en este momento, es todo para mí. Ya no hay nada entre nosotros —miró los ojos, en ese momento, brillantes y vulnerables del que fuera una vez su amor—.Lo nuestro se acabó hace mucho, lo sabes; ese tiempo tuvo su lugar. Sigues siendo importante en mi historia, no deja de ser cierto. Pero esos sentimientos, deben también ser parte del pasado, Arthur.

—Francis —soltó en un gemido, un tanto lastimero—. ¿De verdad entre nosotros no hay nada? —Se alejó unos pasos—. Supongo que no es una sorpresa, pero, es extraño, siempre encontrábamos el camino al otro, pensé, todavía llegué a pensar...

—Ese es la respuesta, Arthur —Francis se acercó, y le abrazó de la forma tan gentil como hizo cuando él era Galia; y él, el pequeño Albión—. Ahora, estamos en caminos nuevos y diferentes, es por eso que lo nuestro no tiene lugar en el futuro —dijo cerca de los cabellos de la nuca del bretón, que se quedó inmóvil, incapaz de corresponder el abrazo—. A veces puede que pensemos en el fantasma del pasado, pero el cambio es parte natural. Sé que es egoísta —agregó—, pero me gustaría, por el cariño que aun pueda quedar, que seamos amigos en el futuro... eso me gustaría mucho.

Arthur se alejó empujando muy suavemente a Francis, y movió su cabeza inquieto. Con voz ahogada respondió:

—No lo sé, no sé qué decirte —confesó—. Mucho menos sé si podré hacer lo que pides —añadió pasando una mano temblorosa por sus cabellos.

—Hemos pasado mucho para fingir que no nos conocemos de repente —bromeo Francis, con una media sonrisa.

Inglaterra sonrió un poco ante el peculiar deseo de Francia—. No podíamos esperar menos de la nación del amor.

—Hay diferentes tipos de amor, Angleterre —dijo Francis encogiéndose de hombros, sonriendo con simpatía, sintiéndose ligero—. Y me gustaría agregar otra cosa: tienes mucho que compensar a Alemania, independientemente que fuera un poco mi culpa que no hubiéramos resuelto nuestros problemas has ahora.

—No es tan sencillo Francia —dijo con tristeza.

Francia caminó en plácido silencio con Inglaterra.

Tenía la esperanza de que pudieran ser amigos, como lo fueron al principio.

Chapter Text

Hubieron días en que el sol fue tan cruel

Que todas las lagrimas se convirtieron en polvo.

Y solo supe que mis ojos se estaban secando para siempre.

Fue mucho tiempo atrás pero

Todo esta volviendo a mí. 

Pero cuando tu me tocas de esta forma

Y me abrazas de esa forma.

Solo me queda admitir que todo esta volviendo a mí.

It's all coming back to me - Celine Dione.

 


 

Después de aquella confrontación que no esperó tener con Inglaterra (por más necesaria que ambos la supieran), Francia concluyó que un acercamiento directo, aún si Alemania se negaba, era la mejor vía para intentar acercarse al germano, dándole la oportunidad de ayudarle a cerrar algún ciclo que su relato abrió nuevamente.

Su vida había cambiado para bien en algún sentido, cabos sueltos que se negó a ver se habían puesto frente a él, y le permitieron cerrar ciclos. Fue doloroso recordar, pero increíblemente liberador cuando las personas involucradas en su vida también finalizaron esos pasados comunes.

Con Inglaterra no había vuelto a tener contacto (algo que esperó, sabiendo que reponer un ir y venir de odio, rivalidad, o el fin de viejos sentimientos, fuera sencillo).

Quizás, su idea de confrontación directa podría considerarse un poco extremista, a lo mejor podía terminar en desastre (la probabilidad era alta). Sin embargo, si había podido resolver el peso de la tensión de siglos con Inglaterra (aunque fuera un poco), quizás, podía mostrarle a Ludwig que él también tenía derecho a descansar del pasado.

Siempre supo, que el remordimiento (toda su culpa) era el peor enemigo de Alemania, (y por eso, nunca dejó de temer que eso lo consumiera). El germano era una nación, un hombre, que aún en el presente albergaba viejas dudas de su valor como persona, como ser digno de ser amado.

Francia tocó con sus manos temblorosas el objeto en su mano. Cómo detestaba esas «herramientas», nunca quiso conservar una, aún en plena tensión de la guerra fría. Pero decidió conseguir una, tenía un mensaje tan contundente como las implicaciones del objeto que parecía hacerle doler la mano con el recuerdo.

Francis ajustó su bufanda para distraerse de mirar su reloj. Había llegado muy temprano, no obstante, la sensación de que Alemania se sintiera tan presionado de verlo, que al final decidiera no asistir a su llamado estaba presente, especialmente cuando era poco más de media noche.

A lo mejor fue demasiado osado citando a Ludwig en aquella calle de París, escenario de la muerte de cientos de personas en el bombardeo de 1940.

—Frankreich, ¿estás bien? —preguntó una voz gruesa acercándose—. Que me citaras a esta hora, si tenías algo importante que decirme, podíamos hablarlos en tu casa.

—Pensé que dudarías más si era como uno de nuestros encuentros de siempre —reconoció Francia—. Necesitó que veas algo importante, que entiendas algo importante —explicó estando a unos cuantos centímetros del germano—. ¿Recuerdas qué pasó aquí?

Alemania miró el suelo, apretando sus labios claramente dolido.

«Por supuesto que lo recordaba», pensó Francia con una sonrisa triste.

—¿Y qué pensaste en ese momento que tuviste que ordenar esa operación? —preguntó Francis con amabilidad, siendo paciente.

—La manera de convencer a los altos mandos de cancelarla —admitió, recordando la tragedia que de cualquier manera tuvo que organizar.

Francis asintió—. Sí, tal como interviniste en Dunkerque, de la misma forma en que gestionaste mi ocupación para que no arrasaran con mis tierras, por más que estuviera prisionero.

Alemania no se movió, aunque no pensó que Francis fuera a mencionar aquellas acciones, que en general fueron infructuosas, y no evitaron todo el sufrimiento que causó.

Se sobresaltó al darse cuenta que la mano enguantada de Francis colocó un objeto pesado y frío en su mano, uno que conocía demasiado bien, con horrible familiaridad recordó la forma, los mecanismos.

La horrible sensación que le entume cada que sus dedos tocaron el gatillo, para mancharse un poco más de inocentes.

—Esta, esta pistola —observó Ludwig horrorizado, intentando empujar el arma contra el pecho de Francis, asustado. El galo se estremeció al sentir el cañón del arma contra su cuerpo—. ¡Qué estás pensando! —bramó agitado.

—Es muy...parecida a la que llevabas en ese tiempo —explicó, sosteniendo con firmeza la mano de Alemania, obligándolo a sostener el arma contra su cuerpo—. Bueno, ya tienes un arma, ¿Por qué no disparas? —pidió con un ligero temblor en su orden.

Alemania lo miró horrorizado, bastante confundido cuando no observó desaparecer la firmeza en el agarre de Francia sobre su mano que sostenía el arma.

—Por más que todos te queremos; por más que te digan todos lo maravilloso que eres, lo mucho que entendieron de quien eras en verdad, una vez que acabó la guerra —dijo con determinación, mirando con toda su devoción Alemania, que le miraba mudo.

Francis mantenía su agarre, intentando comunicar su intención con la fuerza de su tacto.

—Te empeñas en dejar que tu pasado te siga definiendo. Sigues atormentandote, viéndote como el monstruo que siempre pensaste que eres, aunque cuando pienses que nadie se da cuenta de lo mucho que aún lamentas tus acciones —continuó Francis con sus ojos vidriosos, tanto como los de Alemania—. Por eso, según tú remordimiento, sigues siendo el mismo Allemagne de la guerra, tú mismo dudas que seas diferente, entonces: dispárame, deberías poder, si no has cambiado.

—No —niega con fuerza, estremeciéndose al soltar su aliento contenido—. Jamás, nunca, haría una locura así —afirma permitiendo algunas lágrimas escapar—. Jamás te haría daño, no otra vez.

—Entonces —habló Francia con una sonrisa dulce, sabedora—, si no disparas esta arma, voy a pensar que siempre has sido este Ludwig —Francia se acercó, hasta que sus manos sosteniendo la del germano tocaron el pecho de este—. Ya sabes. Un Ludwig Beilschmidt noble, amable, amante del trabajo: la persona que siempre he sabido que eres, y amo.

Francis afloja el agarre, y ambos escuchando al arma estrellarse contra el suelo. Ludwig, entonces, sintió su cuerpo entumido temblar al ser tocado por los brazos de Francis, abrazándolo.

Alemania se da cuenta, que en realidad, nunca había llorado su dolor, el de sus actos, el de su pérdida, el de su remordimiento. Nota, también, que por más vulnerable que se muestre, no se siente expuesto, sino más bien ligero con el devoto gesto de Francis, que esperó un largo rato en silencio, dejándolo, finalmente, dejar de embotellar sus emociones en donde no pudieran alcanzarlo.

Ludwig correspondió la acción de Francis, besando sutilmente sus cabellos.

Fue mucho tiempo, y a pesar de que pareció casi imposible; todo lo que alguna vez enraizó, también puede irse, aún si no se desvaneciera de su pasado.

Por que todo regresa, nada se olvida.

Y aun así, podían desprenderse de ello.

Chapter Text

Después de que el amor se vaya lejos

Te traeré un día soleado.

Un día los recuerdos serán

Una espada para proteger tu debilidad.

Puedes elegir tu camino

Comienza a caminar con calma pero constante

Todo estará bien

Porque ese cielo que brilla

Te conoce por encima de cualquier persona.

Kimi no erabu michi/ Puedes elegir tu camino - Yui Makino

 


A veces, los cambios sutiles, especialmente en naciones como Alemania, decían todo lo que se necesitaba para comprender la evolución de él. Con esas sonrisas más frecuentes, conversaciones livianas y cada vez más naturales con otros países, le confirmaban que comenzaba algo nuevo, diferente, bueno, para ambos.

Francia observó que esa cautela y tensión con la que hablaba con Polonia se iba diluyendo, Feliks sonrió al percibir esa sutil evolución cuando comenzó a ser consciente de ella. Otras naciones que aún tenían recelo con Alemania (porque, al final, habían cosas difíciles de olvidar), una que otra al menos, comenzaron a darse la oportunidad de mirar en una luz diferente al germano.

Una de ellas fue Inglaterra, que, sin desear explicar sus decisiones, se mostró más diplomático en las reuniones, especialmente con sus interacciones con Alemania. No significaba que el bretón hubiera encontrado un punto absoluto de conciliación con todo lo que sentía (o que tomara la proposición de Francia de ser amigo del todo), sin embargo, la hostilidad comenzaba a quedar en el pasado.

Tenían toda la eternidad para comenzar nuevos ciclos, Francia estaba seguro.

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El viento tibio de la temporada le hizo sentir bastante contento. Alemania sonrió cuando Francia comentó sobre el buen tiempo, «Un buen presagio para lo que queda del año», le decía constantemente.

Ludwig acomodó el ramo de flores, el más grande de los dos que trajeron, en sus brazos. Unas hermosas margaritas blancas componían buena parte del ramo. Su hermano siempre fue de cosas más sencillas.

Francia le siguió hablándole del tipo de flores que podían traer en la siguiente ocasión, describiendo que incluso podrían traer algunas de esas famosas flores que compartían como símbolo Austria y Suiza.

Caminaron entre las lápidas limpias, casi resplandecientes en pulcro blanco bajo el sol. Alemania se detuvo frente a la tumba de su hermano, dejando el ramo más grande sobre la lápida en honor a Gilbert, y el otro en la superficie impoluta de Francisco, el adorado «viejo Fritz» de su hermano, el hombre que llenó, algunos de los cuentos más emocionantes de Prusia cuando quería ayudarlo a dormir.

—Debe estar muy orgulloso de todo en lo que se convirtió su hermano menor —susurró Francis a su costado, agachándose para acomodar algunas flores sueltas en ambos ramos.

Ludwig guardó silencio, imaginando esas mismas palabras de un emocionado, y bastante escandaloso, Gilbert. Pensó en los diarios de su hermano, esos que, por su pesar, como por respeto, jamás había leído.

Su hermano siempre instó a ver sus recuerdos, tal vez había cosas que podrían decirle todo lo que no supo de su hermano, darle un cuadro completo de quien fue y comprenderlo. Era posible que incluso le mostrará la perspectiva de su muerte, ayudándole a olvidar lamentar la pérdida, sino más bien recordar con afecto.

—Podríamos saberlo —dijo Ludwig—. Tal vez podamos volver en su pasado, recordar un poco.

—¿Oh, tu sabes los secretos de Gil? —preguntó Francis con una sonrisa, un poco bromista.

—Podría saberlos —respondió vagamente. Francis rio, curioso de aquella peculiar respuesta.

Suponía que el ellos como naciones estaba conectado, y era inevitable que volviera un poco de él.

Lo diferente, era que decidieron recibirlo, a través de cada era.