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Epistolar

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Las fiestas de oficina eran un misterio para Oscar. En su juventud, había estado en fiestas llenas de personas de todo tipo, involucrándose en actividades exóticas o involucrándose con otras personas. Siempre eran grandes, desorganizadas, abiertas y exclusivas a la vez. Oscar siempre se perdía en esas situaciones, dejándose llevar por sus instintos o cualquier capricho que cruzara por su mente. Esta fiesta de oficina no era como esas fiestas.

 

Lo primero que relucía era la falta de alcohol. Oscar pensaría que un montón de adultos en una reunión como esta beberían y beberían hasta quedarse ciegos. Sin embargo, había una docena de refrescos en una mesa cubierta por un mantel de mal gusto. Botanas y otras porquerías estaban sobre otras dos mesas, al lado del ventanal. Los empleados que asistieron a la reunión se agolpaban en ese lugar, intercambiando chistes o conversando; Oscar reconoció a su Jefe entre el tumulto de personas. Estaba tratando de abrazar al alto australiano que huía de su afecto. Todo este asunto era terriblemente ordinario. 

 

Oscar todavía sostenía la bolsa de Neeley. El joven en cuestión estaba entre el grupo de personas, reluciendo su disfraz. No era fácil ignorar a Neeley mientras estaba vestido así, pero el tipo de atención que recibía no era el que esperaba; un par de personas intercambiaban comentarios a espaldas de Neeley, y otras parecían extremadamente escandalizadas. Oscar sintió vergüenza al ver que sólo otras dos personas habían venido con un disfrazadas. Era una pena, Neeley se había entusiasmado mucho con la idea de disfrazarse. Lejos de la multitud, Oscar caminó hacia una pared para recargarse y esperar a lo que fuera a pasar. 

 

Minutos después, Neeley volvió con Oscar desde la multitud, sosteniendo dos vasos llenos de refresco.

 

—¡Ahí estás! Pensé que te habías ido. ¿Me extrañaste? Aquí tienes una soda. Uhh, no sé qué sabor te gusta, así que te serví de manzana, ¿está bien? 

 

Neeley estaba algo abochornado, probablemente por ser una de las pocas personas con un disfraz. Oscar sonrió lánguidamente y sacó la chaqueta de la maleta de Neeley. Se la ofreció a cambio del vaso de refresco.

 

—No tengo nada mejor que hacer esta noche. Será mejor que te cubras antes de que la temperatura baje.

 

Neeley aceptó la chaqueta y se la puso, dejando su vaso en el suelo. El cuero negro de la prenda se veía sorprendentemente bien en el señorito, aún con las orejas y el moño de conejita de Playboy. Oscar le dio un corto sorbo a su vaso, disgustado al reconocer la sensación del líquido carbonatado. Neeley empezó a hablar, recargándose en la pared junto a Oscar.

 

—Entonces, ¿qué opinas? Tav dijo que podríamos venir disfrazados si queríamos, pero creo que solo lo dijo para burlarse de mí. Eric se ve igual de tonto, mira eso, ¿no se ve como un imbécil?

 

El hombre en cuestión venía vestido de pirata. Su disfraz era sospechosamente bueno, con muchos detalles y accesorios que iban a la perfección. Lo único que lo arruinaba era su fuerte acento alemán y su voz chillona. Eric era muy abierto con los demás, pero su mirada se volvía siniestra después de un rato. Definitivamente, no era alguien con quien Oscar quisiera convivir demasiado. 

 

—Creo que se esforzó en su disfraz. 

 

—¡¿A eso le llamas esfuerzo?! Solo agarró una bata de baño y le puso cosas encima. Cualquiera podría hacer eso. 

 

Entre la multitud, destacaba otra persona disfrazada. Jane Doe, un hombre corpulento y explosivo, se paseaba con un traje del Tío Sam entre las personas. Un águila calva de peluche estaba sobre su hombro. El alto sombrero de copa cubría sus ojos, pero su sonrisa delataba su buen ánimo. Pequeñas estrellas y cohetes salían desde lo alto del sombrero. Tavish, el Jefe, iba tomado del brazo de Jane; era común verlos juntos, dentro y fuera de la oficina.

 

Oscar consideró a los dos, y a juzgar por el misterioso termo que Tavish llevaba en una mano, Oscar concluyó que ambos estaban borrachos.

 

Neeley siguió hablando, quejándose de cualquier cosa y al mismo tiempo recordando algún Halloween en su pasado. De vez en cuando, Neeley iría a rellenar su vaso de refresco. Oscar solo logró terminar la mitad de su vaso después de dos horas.

 

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El reloj de la sala de descanso marcaba las diez. Neeley había dejado solo a Oscar hace un rato, yéndose con Tavish y Jane a hacer quién sabe qué. Oscar fue al baño, y antes de volver a la fiesta, pasó por una taza de café. Nunca había sentido los efectos acelerantes de la cafeína, así que solo consumía el café por su sabor. Desde la fiesta, Oscar distinguía el sonido de voces y música. A esta hora, Oscar ya se había duchado y alistado para dormir. Lamentó en silencio la pérdida de sus horas de sueño. Si era cuidadoso, podría irse, y tal vez Neeley no se daría cuenta de que no estaba.

 

—¡Oscar! 

 

Muy tarde.

 

Desde la puerta de la sala, Neeley asomó su cabeza. Sus mejillas estaban algo coloradas. Oscar entrecerró sus ojos al ver que Neeley se tambaleó un poco al caminar hacia él.

 

—Neeley, ¿estás borracho? 

 

—Un poco, eso creo. Oye, ¿quieres salir de aquí? Tengo, uhh, tengo un plan. ¡Tenemos un plan! Tav, Jane y yo iremos a otro lado. ¿Quieres venir?

 

El arrastrado hablar de Neeley hizo que Oscar pensara dos veces su respuesta. ¿Qué tan malo era salir con tres personas borrachas un viernes por la noche? Quizá era una idea muy mala, pero en ese momento Oscar solo notaba la mirada desenfocada de Neeley. No podía dejar al muchacho solo. Apagó la cafetera y tomó el brazo de Neeley. 

 

—Espérame con ellos, por favor. Iré por mis cosas. No te muevas, ¿m’entends?

 

—Sí, sí, estaré por allá. Allá. ¿Si vienes? Dios, ¿por qué hablas francés? No te entiendo nada...

 

—Te veré en un momento. 

 

Oscar se dirigió a su cubículo. Presuroso, se puso su abrigo y sus guantes, colgándose el traje y bufanda en un brazo. La bolsa de Neeley seguía con él, sobre su espalda. Inspeccionó su lugar de trabajo por última vez, y caminó rápidamente hacia donde estaba Neeley con Tavish y Jane.

 

Los tres estaban a punto llevarse un tazón lleno de frituras de queso de una de las mesas. Oscar estuvo a punto de abortar todo esto y dejar a Neeley a su suerte, pero desistió. Se introdujo entre los hombros fornidos de Jane y Tavish y les recordó de su idea de salir. Tavish instantáneamente recapacitó y se colgó de los hombros de Oscar, Jane empezó a gritar en su oído, y Neeley jalaba de la manga de Oscar para dirigirse al ascensor. En su mente, Oscar empezó a maldecir su suerte. No pensé ser la niñera de tres hombres.

 

Los cuatro salieron de la fiesta, Oscar ignorando las miradas que los otros empleados les dieron al ver su extraña procesión. Una vez en la calle, Tavish se desprendió de Oscar y caminó hacia la calle. Horrorizado, Oscar trató de correr tras él, pero el esfuerzo combinado de Jane y Neeley de llevarlo a lados opuestos de la acera le impidieron esto. Tavish comenzó a agitar sus brazos, desvariando y cantando algo en un idioma que Oscar no podía reconocer. Por más que trataba de llamarlo a gritos, Tavish siguió, brincando en un pie, luego en otro, agitando sus brazos. 

 

Las luces de un automóvil empezaron a alumbrar la calle, el asfalto, a Tavish sobre la avenida. Oscar trató de arrojar a Neeley hacia Tavish, pero el chico solo se cayó al suelo y empezó a abrazar las rodillas de Oscar. Oscar tropezó, y Jane se derrumbó sobre los dos. En medio de un revoltijo de brazos y piernas, Oscar pudo observar como un taxi se detuvo justo frente a Tavish. Tal vez el hombre sabía lo que estaba haciendo, después de todo.

 

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—Llévenos a mi casa, por favor.

 

—Señor, necesito una dirección.

 

En el asiento delantero del taxi, Tavish trataba de recordar la dirección de su casa. Oscar estaba aplastado entre el cuerpo robusto de Jane y los hombros huesudos de Neeley. Los dos seguían hablando de cualquier cosa, sin prestarle atención a la persona que estaba en medio de ellos. La temperatura había bajado abruptamente, y Neeley estaba temblando un poco; sus piernas estaban casi descubiertas, y la chaqueta de cuero no era suficiente para mantenerlo caliente. Oscar tomó su traje y lo puso sobre su regazo. 

 

—No vomites sobre mi traje, por favor.

 

—Hnngh, claro nena-- Jane, ¿tienes buenas películas? Tenemos-- tenemos que ver algo de terror, viejo, es-- es, es súper importante que Oscar vea algo de tripas y eso, ¿me entiendes? ¡Sangre y asesinos, sí!

 

Neeley comenzaba a sisear y perder su tren de pensamiento. Oscar rió ligeramente. Jane respondió a Neeley con más fuerza de la necesaria.

 

—Hijo, en mi casa solo permitimos la mejor clase de violencia y desmembramiento. ¡Violencia cinematográfica! Nada mejor para representar a nuestra sociedad ruda y cruel.

 

El chofer del taxi estaba algo nervioso, pero echó a andar el carro una vez que logró comprender las oraciones incoherentes de Tavish.

 

Oscar cerró sus ojos y recargó su cabeza en la cabecera de su asiento. Pensó en cómo Neeley, aún estando borracho, todavía tuviera a Oscar en mente y procuraba mantenerlo cerca, siempre incluirlo. Pensó en que Neeley lo llamó nena , y lo poco que le importó en ese momento. Pensó en Neeley, y a quién pretendía sorprender con ese disfraz tan absurdo que decidió usar esa noche.

 

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Neeley le había mencionado hace un tiempo que Tavish y Jane vivían juntos. Que tenían un lindo penthouse en medio de la ciudad, con una vista fantástica y una piscina enorme. Oscar solo recordó esa información cuando un elevador de cristal los dejó en el piso más alto de un edificio departamental. Esta clase de lugares habían dejado de sorprender a Oscar desde hace mucho tiempo. Había tenido ya su dosis de mansiones espectaculares y penthouses de lujo. 

 

Neeley también había mencionado que Tav y Jane eran una pareja. Una pareja.

 

—Tú sabes, ese tipo de pareja. Gays.

 

Si eso era cierto, a Oscar ciertamente no le importaba demasiado. Cada persona era libre de amar a quien deseara, y si dos hombres de actitud explosiva compartían su vida de esa manera, entonces no los juzgaría. Los dos eran caballeros fuertes y respetables, tan dignos como cualquiera de vivir y amar en absoluta soberanía.

 

Mientras todos entraban al departamento, Oscar batalló para quitarse su abrigo y sus guantes. La temperatura del lugar era muy diferente a la que estaba allá afuera.

 

Neeley se aventó en un sofá frente a un enorme televisor. Se quitó sus botas y las orejas de conejo, aflojó el moño de su cuello, y desabotonó los puños de sus muñecas. Jane solo se arrancó lo que quedaba de su disfraz y lo tiró en un rincón. Oscar desvió su atención a lo que estaba haciendo Tavish frente a un elegante gabinete de cristal. Adentro, cientos de DVD’s estaban alineados. Oscar nunca había visto esa cantidad de películas juntas en un solo lugar, salvo en las tiendas de video. 

 

Desde el sofá, Neeley gritó.

 

—Oigan, chicos, ¡chicos! ¿No pueden poner algo de una vez? Solo-- solo pongan Netflix o lo que sea, tenemos que-- que ver algo, sí… Oye Oscar, no te ves muy bien. ¿Estás bien? ¿Sigues siendo francés?

 

Oscar volteó a ver a Neeley, listo para insultarlo. Se detuvo al ver que Neeley estaba al borde del asiento del sofá, una expresión de interés en su joven rostro. Oscar relajó su postura y contestó.

 

—Estoy algo cansado, Neeley, no te preocupes por mí.

 

—Aww, no, eso-- eso no está bien, no. Ven y siéntate, aquí-- aquí hay como mucho espacio, y es cómodo, está calientito. Ven, ven ven ven. 

 

Neeley se pegó al respaldo del sofá, hundiéndose entre los cojines. Oscar se sentó al lado de Neeley, entre el brazo del sillón, manteniendo su distancia con Neeley. Tavish y Jane habían sacado varias películas del gabinete. Iba a ser una noche muy larga, al parecer. 

 

Jane se levantó de su lugar en el suelo para anunciarle a todos:

 

—Gente, iré por algo de comer a la cocina. ¿Alguien quiere algo de allá? No traeré nada que no quepa en mis brazos.

 

Neeley se extrajo de los cojines para pedirle unas sodas y chocolates, Tavish solo le pidió a Jane “lo de siempre”, y Oscar se limitó a negar con su cabeza. Jane se dio la vuelta y marchó hacia la cocina. El olor de palomitas flotó hasta la sala del televisor. Tavish terminó de preparar el reproductor y las películas cuando le gritó a Jane.

 

—¡Jane! ¡Calienta la pizza que está en el refrigerador! Ohh, necesito comer algo…

 

A los pocos minutos, Jane volvió de la cocina. Sostenía una cantidad peligrosa de comida, bebidas y botanas en sus brazos. Logró depositar su carga en la mesita de centro, y se sentó en el sofá, del otro lado de Neeley. Tavish se puso en el otro extremo, examinando el par de controles que tenía en sus manos.

 

—Uno de estos debe ser… Ach, Janey, ¿puedes ver cuál es cuál? Yo no.

 

—Oh Dios, solo denme eso. 

 

Neeley le arrebató los controles a Tavish de sus manos y rápidamente encendió todo, emocionado por las películas que verían esa noche. Oscar solo observó cómo transcurrió todo con moderado interés, más preocupado por la hora a la que terminarían que por cualquier otra cosa. Jane estiró su brazo hacia atrás, por encima de su cabeza, y apagó la luz de la habitación. Puso su mano sobre el hombro derecho de Tavish y se acurrucó junto a él. 

 

Aún en plena oscuridad, y con la calefacción del penthouse de Tavish y Jane, Oscar podía ver cómo seguían temblando las piernas de Neeley. Los huesos de sus rodillas sobresalían demasiado. Sin saber cómo asistirlo para aminorar el frío, Oscar lo cubrió con su abrigo y traje, desde sus piernas hasta su pecho. Neeley volteó a verlo y le sonrió; el muchacho seguía alegre por el alcohol. Oscar le devolvió la sonrisa y volteó hacia el televisor. 

 

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Eran las últimas escenas de La Cosa de John Carpenter. Neeley le había dicho que era un clásico genial, y que los monstruos le dieron pesadillas cuando era niño. Oscar no entendía por qué un niño vería esta clase de cosas. Era exageradamente violento. 

 

Los dos hombres dentro de la pantalla estaban sentados en los restos de un campamento en llamas, compartiendo una botella de whiskey. El suspenso de saber si alguno de ellos dos era realmente La Cosa no inquietó a Oscar como supuestamente lo haría. La luz del fuego en la pantalla acentuaba su rostro, su ropa, los muebles de la habitación. La película se disolvió a negro, y los créditos comenzaron a aparecer, acompañados de una ominosa música. Si Oscar podía comentar algo era que Ennio Morricone era un excelente compositor.

 

Volteó para preguntarle algo a Neeley, empezando a articular sus palabras, cuando notó el peso sobre su brazo: Neeley estaba profundamente dormido, con su boca abierta, y apoyado en el brazo de Oscar. Su cabello desprendía el aroma de shampoo y loción para hombre. 

 

Del otro lado del sillón, la situación era muy similar: Tavish y Jane habían comenzado a abrazarse en algún punto de la película y se quedaron dormidos. Oscar dio un largo y callado suspiro. Pudo haber sido mucho peor.

 

En medio de la ciudad, en un penthouse en el último piso de un edificio, en medio de la noche, Oscar pensó en todo lo que pasó para que llegara hasta aquí. Neeley era el catalizador, el principal ingrediente de todas estas ridículas situaciones que le habían sucedido. Pero si analizaba con detenimiento todo este embrollo, encontraría que, el único capaz de detener, cambiar, dirigir, y destruir su vida era el mismo Oscar. Lo sabía, y en esa noche de Halloween, llegó a la realización de que, no, no quería cambiar nada de lo estaba pasando en su vida en esos momentos. 

 

Tener a alguien como Neeley en esta etapa tardía de su vida era algo poco común, pero Oscar estaba seguro de que no lo podría dejar ir, que haría lo posible por cultivarlo y protegerlo. Neeley no era excepcionalmente inteligente, ni atractivo, ni mucho menos interesante para Oscar, pero era alguien sincero, honesto, transparente. Oscar se preguntó si alguna vez había conocido a alguien tan noble e ingenuo. 

 

Esa volátil y vehemente estabilidad era lo que quizá Oscar buscaba en su vida. El joven en cuestión se acomodó sobre el brazo de Oscar, murmurando palabras incomprensibles desde sus sueños. Oscar volteó a verlo y lo observó, buscando respuestas a preguntas que todavía no se hacía. Con una gentileza impropia de él, pegó su frente con la de Neeley, sintiendo su calor, su presencia, todo lo que Neeley representaba para Oscar, a escasos centímetros de su rostro, de su cuerpo, de toda su persona. 

 

El íntimo sentimiento de amistad y lealtad sobrepasaba cualquier sensación de afecto que dos simples amantes pudieran tener. Era casi enfermizo para Oscar, pero era algo real.

 

Se quedó dormido así. Neeley jamás sabría lo que había acontecido esa noche, ni sabría de los complicados sentimientos de Oscar hacia él.

 

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Oscar terminaba de masticar un mondadientes. El pequeño contenedor de plumas albergaba un bolígrafo con un pavo en un extremo. Oscar recordó que los americanos tenían festividades algo extrañas, y en todas involucraban comer desmedidamente. Neeley le había dado el bolígrafo, invitándolo a la cena de Acción de Gracias que tendría con su madre del otro lado de la ciudad. Un mensaje apareció en el chat entre Oscar y Neeley. 

 

te veo a la salida ok?

 

tomaremos un taxi y nos vamos a casa de mi mamá

 

Oscar rascó su mentón antes de responder.

 

Todavía no entiendo por qué quieres que te acompañe.

 

Una pausa.

 

porque eres mi amigo omg

 

no seas tonto

 

ademas necesitas comer

 

eres puro hueso

 

Oscar inclinó su rostro, sonriendo.

 

Supongo que tú sabes todo sobre estar desnutrido, ¿no es así?

 

Desde algún punto del piso, una vocecita gritó a una persona en particular.

 

—Vete al diablo, baguette apestoso.

 

No era necesario responder. Nunca era necesario responder. Siempre podían continuar desde el mismo punto donde se quedaron, horas o días después.


Porque, así es como funcionan los amigos, ¿no? Oscar tronó sus manos antes de volver a trabajar.