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Fue obra del destino (Lincy)

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Sola, en su habitación, Lucy Loud apartó el espeso fleco que le cubría los ojos. Lo sujetó con pasadores, y preparó todo lo que necesitaría para retocar su cabello. Antes de colocarse la toalla y los guantes de plástico, preparó el tinte; y se aseguró de que la puerta de la habitación estuviera trancada.

Quizá no había necesidad de ello: casi nadie entraba nunca a ese cuarto. Lynn, su compañera de habitación, estaba en una práctica de baloncesto y no regresaría hasta dentro de dos horas. Ella y Leni eran sus únicas hermanas que soportaban verla por ratitos cortos, cuando tenía el fleco recogido.

Precisamente por eso no les pedía ayuda a sus hermanas mayores. Era tiempo del ritual mensual, y ese día en particular era más importante que nunca. Las raíces blancas de su cabello ya eran visibles; tenía que aplicarse tinte para disimular su alba cabellera.

Se miró al espejo e hizo una mueca de desagrado. Su aspecto era extraño, incluso para sí misma.

Cuando se veía al espejo así, sin nada que ocultara sus ojos, entendía por qué su familia le había cambiado el aspecto desde que era una bebé. Comprendía por qué sus hermanas le tenían miedo y desconfiaban de ella: la imagen que se reflejaba no era muy agradable. 

Físicamente no tenía motivos para quejarse. Los rasgos de su cara eran hermosos y bastante proporcionados. Su estatura y complexión no tenían nada de particular: era un poco alta para su edad; delgada, pero no flaca. Su porte, y el hábito de caminar derecha la hacían parecer aún más alta de lo que era. Pero su piel, su cabello y sus ojos... Eran una historia muy distinta.

Debido a su albinismo, su piel era demasiado blanca. Pálida, incluso. Tanto, que no podía dar ni un breve paseo bajo el sol sin utilizar crema boqueadora. Su cabello, blanco en extremo, recibía aplicaciones mensuales de tinte para hacerlo menos notorio. En ese momento, sus raíces blancas ya se notaban, y era necesario retocarlo.

Quizá pudo dejar pasar otra semana más antes de aplicarse el tinte. Odiaba aquel ritual, pero esta vez no hubiera dejado de hacerlo por nada del mundo. Aquel día tenía un compromiso: Lincoln Pingrey, su único amigo fuera del club de las Morticians, la había invitado a su fiesta de cumpleaños.

Al pensar en el chico peliblanco, su semblante se iluminó y dio un suspiro de felicidad. Cerró los ojos para imaginarlo más vívidamente, y una leve sonrisa afloró a sus labios.

Lincoln Pingrey. Un chico tan lindo y atento. Era el único que la defendía y la comprendía en la escuela. El único con el que podía compartir sus penas y preocupaciones. La única persona en el mundo a la que le podía confiarle la totalidad de sus gustos y pensamientos; desde los libros de Lovecraft hasta la Princesa Pony; pasando por la poesía y las novelas de vampiros.

Pero además, ¡era un chico tan guapo! El único que le hacía olvidar de vez en cuando a Edwin, su imposible amor de fantasía.

Mientras se deleitaba con esa ensoñación, abrió los ojos. Miró su imagen en el espejo, y su semblante se ensombreció de nuevo.

Esos ojos suyos. Tan extraños. Tan... intimidantes.

 

 

Su ojo izquierdo era de un color azul tan claro, que apenas destacaba de la esclerótica. Desde lejos, daba la impresión de no poseer iris. "Ojo de gato", le había dicho Lola alguna vez.

El ojo derecho era todavía peor. El iris era de un hermoso café claro, casi ambarino; pero su esclerótica era de color rojo rubí, gracias al hemangioma que la abarcaba por completo. Todavía estaba bajo vigilancia médica por ese hemangioma, y el oculista les había explicado que tuvo mucha suerte de que su crecimiento se hubiera detenido. De otro modo, hubieran tenido que extirparle el ojo.

Era un milagro que tuviera visión normal.

Ni siquiera sus padres y sus hermanas podían soportar verla a los ojos. Por eso, casi desde bebé le dejaron crecer ese enorme fleco. Por suerte suya, se acostumbró muy pronto a ver a través de la gruesa chasquilla que le tapaba los ojos por completo.

El aspecto de sus ojos no tenía remedio. El hemangioma no iba a desaparecer, y no había  lentes de contacto que pudieran hacer algo por el color de su esclerótica. Estaba condenada a tenerla así, por el resto de su vida.

No podía culpar a sus hermanas por rehuirla desde bebé. En aquellos días, solo Leni lograba vencer su miedo y hacerse cargo de ella por ratos. El resto de los niños, la gente, e incluso sus padres la veían con miedo y desconfianza. Las cosas mejoraron cuando su hermana modista sugirió la idea de cambiar su imagen. Así, al teñirle el pelo y ocultar sus ojos, su aspecto se volvió aceptable para todos.

Lucy suspiró de nuevo. No había nada que hacer con sus ojos. Lo mejor era seguir ocultándolos. Para siempre.

¿Acaso era sorprendente que hubiera desarrollado esa personalidad? ¿Que se volviera retraída, tétrica y emo? Todo el mundo la rehuía. Aún con su cambio de imagen, su aspecto era tal, que muy pocos niños eran capaces de tolerar su presencia. Sus únicos amigos eran Haiku, el resto de los chicos del club Morticians, y Lincoln Pingrey.

Era triste, pero así eran las cosas. Estaba segura de que ni siquiera su familia la quería de verdad. Después de todo, no era más que una sustituta defectuosa de un niño varón muy deseado y esperado; que les había sido arrebatado y muerto de la manera más horrible.

Los ojos de Lucy se llenaron de lágrimas, sin que pudiera evitarlo. ¡Era tan injusto! ¡Ella nunca pidió nacer! Nunca quiso llegar al mundo después de aquel niño perdido que ni siquiera tuvo nombre. ¡Nunca quiso tener ese aspecto, tener que disfrazarse, y ocultar ese horrible ojo rojo que atemorizaba a todo el mundo!

Antes de que empezara a llorar, su mirada cayó sobre el póster de Edgar Allan Poe que adornaba el muro junto a su cama. Aquel en el que había escrito aquella “frase motivacional”, cuyo significado creyó que solo ella entendía:

Has venido a este mundo a sufrir. A sufrir y a perseverar.

Al menos, creyó que solo ella lo entendía. El día que se la mostró a Lincoln, él niño le comentó que era grandioso que conociera esa antigua arenga que las comadronas aztecas le dirigían a los recién nacidos.

Aquello fue suficiente para que se tranquilizarla. Después de todo, Lincoln existía en su vida. Aquel chico lindo y comprensivo; el único ser humano real que hacía palpitar su pequeño corazón.

¡Qué diablos! Era un día especial, y se estaba retrasando. Era urgente que comenzara ya. El tinte debía secarse, ella se tenía que duchar, y había varias cosas que hacer antes de acudir a la fiesta.

Se secó las lágrimas y, con mucho cuidado, comenzó a aplicarse el tinte. Ya era una verdadera experta, y muy pronto sus raíces blancas quedaron totalmente cubiertas. Bendita Leni, que le había enseñado la técnica correcta para pintarse sola. Así nunca perturbaba a nadie con sus ojos, y podía tener su cabello siempre presentable.

Cuando terminó, dio una última mirada al espejo y su semblante volvió a ponerse triste. ¿Qué pensaría Lincoln si alguna vez veía sus ojos al descubierto? ¿Podría soportarlo... o se alejaría de ella, como casi todo el mundo?

Sin duda, necesitaba algunas respuestas. El solo hecho de pensar en Lincoln la llenaba de emoción. No se engañaba a sí misma: sabía que se estaba enamorando; y era mejor que supiera, antes de hacerse más ilusiones.

Sabía que nunca reuniría el valor para preguntarle directamente; pero por fortuna, en el mundo sobrenatural podían encontrarse todas las respuestas. Era cuestión de saber a qué espíritus consultar, y ella tenía una confidente en el plano espiritual.

Mientras el tinte se secaba, preparó todo para el ritual. Lo haría inmediatamente después de bañarse. Ninguna de sus nueve hermanas se prestaría para ayudarle, pero siempre podía contar con los animalitos de la casa.

***

- Linky...

La dulce voz de su hermana mayor hizo que el niño peliblanco fuera aflorando poco a poco a la consciencia. Era difícil: la noche anterior se había desvelado con el videojuego que le llevaron sus padres. Era cierto que no debió recibirlo entonces; pero se portaba tan bien, y había vuelto a sacar tan buenas calificaciones, que no pudieron negarle el privilegio de jugar un rato.

- ¡Vamos, dormilón! Si no despiertas, voy a abrir las cortinas.

Lincoln se frotó los ojos, no tenía ganas de levantarse. La cama se sentía tan cómoda... Las cobijas eran tan calientitas...

- Cinco minutos más, Carol. Por favor... -susurró entre bostezos.

- ¡De eso nada, Linky! ¿Acaso olvidas qué día es hoy? -dijo Carol, divertida.

- Mmhhh... ¿Sábado?

- No, tontito. ¡Es el día de tu cumpleaños! Arréglate, baja a desayunar, y luego me ayudas a terminar de adornar la sala, ¿sí?

Al recordarlo, Lincoln saltó de la cama. Su hermana mayor ya estaba como siempre, preciosa y bien arreglada. Ni bien Lincoln se puso de pie, lo envolvió en un cálido y apretado abrazo; dándole varios besos en las mejillas.

A Lincoln le daba un poco de pena, pero siempre consentía en que su hermana le demostrara su amor de aquella manera. Después de todo, siempre había sido tan buena y cariñosa con él…

- ¡Feliz cumpleaños, hermanito! No sabes lo feliz y contenta que estoy de tenerte un año más, Linky. ¡Estoy tan orgullosa de ti!

Lincoln la abrazó a su vez, con la misma fuerza. Entre más crecía, menos lo decía; pero le encantaba que su hermana mayor lo consintiera.

Cuando Carol lo soltó, se entretuvo un momento para acariciar su mejilla. Le sonrió, y le habló en su tono tranquilo y cariñoso de siempre.

- Necesito salir a comprar un par de cosas, Linky. Estaré aquí de regreso cuando hayas terminado de desayunar, ¿de acuerdo? Mamá te llamará, así que no te preocupes.

- ¡De acuerdo! -exclamó el niño, y la miró salir de su habitación.

***

Lincoln terminó de ducharse; limpió el cuarto de baño, y pasó a su habitación. Después de vestirse, dispuso su ropa para la fiesta y se dedicó unos minutos a ordenar y limpiar. En realidad, todo estaba en su sitio, y no había gran cosa que hacer. Apenas unos libros fuera de lugar, y una leve capa de polvo en pisos y armarios.

- Un lugar para cada cosa, y todas las cosas en su lugar -dijo Lincoln, repitiendo un viejo mantra de su madre-. Si todo está en orden, fácilmente puedes encontrar lo que sea.

Estaba muy contento, animado por lo que ocurriría aquella tarde. ¡Su fiesta de cumpleaños! Le encantaba hacerse más grande y convivir un rato con sus mejores amigos. Ya le habían hecho una celebración con todos sus compañeros de clase, así que aquel día Iba a ser algo íntimo; solamente con Liam, Rusty, Zach, Rocky, Clyde, Haiku… y por supuesto, Lucy. Lucy Loud.

Al pensar en la linda niña, sintió como si su corazón se disolviera en una neblina de miel. Cielos... ¡Ella le gustaba tanto!¡Era una chica tan increíble! Se parecían en muchas cosas. Le encantaban los cuentos de terror, los paseos nocturnos y las obras de fantasía que tanto le gustaban a él. Pero además, con ella podía compartir todo lo que no podía con el resto de sus amigos: su pasión por la literatura y la poesía, las historias de vampiros y seres sobrenaturales... Incuso la Princesa Pony. Carol lo había enseñado a amarla cuando ambos eran mucho más pequeños, y todavía era un auténtico brony. Era un gusto que Lucy y él compartían a escondidas; bien en secreto y bien ocultos de los demás.

Su madre aún no lo había llamado para el desayuno. Todavía tenía tiempo.

Fue a buscar la fotografía de grupo que tenía oculta en uno de los cajones del escritorio. Allí estaban todos sus compañeros. Por una hermosa casualidad, Lincoln había sido retratado justo arriba de Lucy. Se veían tan juntos, que la barbilla de Lincoln parecía reposar sobre la cabeza de la niña.

Le encantaba. De verdad le encantaba, y no solo por lo que compartían. Todo eso era importante, pero ella le gustaba de verdad. Era la primera chica que le incitaba aquel deseo de abrazar, de estrechar… De tomar de la mano, incluso.

- ¿Qué te gusta tanto de ella, Linky? -le había preguntado Carol-.  Sí, es muy bonita; y ya me dijiste ya que les gustan muchas cosas parecidas a los dos. Pero, ¿qué te hace sentir ella? Dices que la quieres, y esa es una palabra fuerte. ¿Por qué la quieres?

Buena pregunta. En aquel momento no supo bien qué contestar. Pero mientras veía la foto de Lucy, lo supo. Su corazón se lo dijo.

Le producía tanta ternura... Tenía unas ganas inmensas de abrazarla, protegerla, y hacerla sentir que todo iba a estar bien. Le encantaba producirle una sonrisa, y ver esos hermosos labios rojos alargarse; curvarse ligeramente hacia arriba...

Sabía que era una niña seria y triste. Sabía que su familia no le prestaba mucha atención. Ellos habían vivido años antes una tragedia de la que no podían reponerse; y exceptuando una o dos de sus hermanas, Lucy sentía que no la querían. Nunca había tenido muchos motivos para sonreír.

Viéndola tan seria allí, en la fotografía, Lincoln no podía comprenderlo. ¿Cómo era posible que no la quisieran? ¡Tenían que quererla! Todos los padres amaban a sus hijos, excepto aquellos locos que los abandonaban o los maltrataban. Tal vez se sentía así porque tenía nueve hermanas, y sus papás tenían que repartir su cariño entre todas.

Sin duda, él era muy afortunado. Su mamá y su hermana lo abrazaban a todas horas. No pasaba un día sin que le manifestaran su amor con abrazos, besos y palabras. Incluso su padre era cariñoso con él; y siempre, siempre estaba dispuesto a escucharlo y aconsejarlo.

Tal vez Lucy necesitaba eso. Alguien que la abrazara y le mostrara su cariño.

Pues bien: si su familia no se lo daba, quizá él pudiera hacerlo. Solo tenía que reunir el valor para declararse. Deseaba hacerle saber a Lucy lo mucho que la quería, y que siempre podría contar con él; para todo.

Volvió a mirar la foto. ¡Lucy se veía tan bonita! Le costaba mucho trabajo entender por qué utilizaba ese fleco tan grueso que le ocultaba los ojos. ¡Si toda ella era hermosa! Su piel de porcelana, su cabello negro, sus curiosos dientes puntiagudos... Además, no podía olvidar el flashazo que tuvo aquella tarde. Lo poco que vio lo tenía convencido de que la niña tenía unos ojos preciosos.

Sí: tenía que declararse, y ya no quería esperar más. Probablemente podría hablar en privado con su hermana, antes de que se pusieran a adornar la sala. ¡Ella sabía tantas cosas! Con sus consejos, era muy probable que Lucy accediera a ser su novia antes de que la fiesta terminara.

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- ¡Lincoln! ¡El desayuno está servido!

Lincoln escuchó el llamado de su madre y acudió feliz a la cocina. Desde antes de llegar, pudo ver que habían servido su platillo favorito. Apenas entró, su madre lo abrazó para cubrirlo de besos.

- ¡Feliz cumpleaños, amor!

El niño peliblanco respondió con la misma efusividad. Su padre también se acercó para besarlo y abrazarlo.

- ¡Felicidades, hijo! Mira, mamá ya preparó tu desayuno favorito. Ayer te dimos tu regalo, pero mira lo que encontré ayer en el centro comercial.

Mark Pingrey le entregó a Lincoln un envoltorio compacto y pesado. 

- Ay, papá... ¡Si ya me habían dado mi regalo! No debieron...

- ¡Claro que sí, mi vida! -interrumpió la señora Pingrey, acariciando su rostro-. Eres el mejor hijo que hubiéramos podido desear. La videoconsola la compramos tu papá y yo. Este regalo lo compramos entre los tres, y Carol dio la mayor parte. ¡Ábrelo! ¡Quiero ver tu cara cuando lo abras!

Lincoln los abrazó y besó a ambos, antes de comenzar a despedazar el envoltorio. El señor Pingrey tomó a su esposa por la cintura y ella recargó la cabeza en su hombro, mientras observaban a su hijo adoptivo abrir su regalo.

Estaban felices. Lincoln era un verdadero regalo de la vida; un chico solicito, amable, cariñoso, ordenado y aplicado. Nunca les había dado motivo de queja, y se perfilaba para llegar a ser tan destacado y exitoso como siempre lo fue su hermana.

***

Mark y Eloise Pingrey provenían ambos de familias numerosas y muy unidas. El padre de Mark era un hombre decidido y tenaz que luchó toda su vida, y logró que todos sus hijos estudiaran, se esforzaran, y se labraran su propio camino. Por si eso fuera poco, los hermanos estaban en comunicación constante y se reunían por lo menos una vez al año; ya fuera en el Día de Acción de Gracias, o en las celebraciones decembrinas.

Aunque con menos fortuna, los padres de Eloise también sacaron adelante a sus hijos. Eran menos unidos que la familia de Mark, y precisamente por eso, ella se sintió tan cómoda y tan a gusto con la familia de su esposo. Cada nuevo integrante de la familia Pingrey era recibido con los brazos abiertos.

Gracias a esos ejemplos de unidad y convivencia, Mark y Eloise soñaron siempre con tener su propia familia grande y unida. El dinero no era ningún problema, y ambos se sentían capacitados para lidiar con una casa llena de pequeños.

El problema fue que la naturaleza no los complació. 

El embarazo de Carol ya fue complicado, aunque al final todo salió bien. Su pequeña era tan hermosa y activa como hubieran podido desear; y desde muy pequeña se destacó en todas las actividades que llegó a emprender. Cuando Carol tenía dos años, Eloise renunció a su trabajo para volverse a embarazar y dedicarse a su familia de tiempo completo. Pero desafortunadamente, al poco tiempo de embarazarse sufrió un aborto espontáneo, y no hubo nada que pudieran hacer al respecto.

Los señores Pingrey se sintieron tristes, pero la pequeña Carol estaba devastada. Desde el principio, ellos involucraron a su hijita en el embarazo; y le hicieron saber que estaban esperando un hermanito para ella. Incluso a sus tres años de edad, Carol comprendió muy rápido, y se sintió entusiasmada ante la idea de tener a alguien con quién jugar y convivir todos los días. La noticia de que su hermanito no llegaría tuvo a la pequeña triste y llorosa durante semanas.

Tras perder dos embarazos más, incluso los señores Pingrey estaban desolados. ¡Era tan doloroso ilusionarse, llenar de esperanza su hogar, y ver que la ilusión estallaba en pedazos! Era espantoso ver a su pequeña llorar durante días, cuando le daban la terrible noticia. Por eso, en su cuarto y último intento, optaron por no decir nada; y Carol solo se dio cuenta de que su madre estaba embarazada cuando su vientre ya era bastante notorio.

Intentaron e hicieron de todo para que aquel niño se lograra. Llevaron cuidados especiales durante todo el embarazo, Eloise siguió al pie de la letra los consejos de su ginecólogo; y tras siete meses,  parecía que por fin lo iban a conseguir. Anhelaban un hijo más, otro pequeñito que les diera las mismas satisfacciones y alegrías que su pequeña Carol. La niña también estaba en ascuas, ansiosa por ese hermanito a quién querer, enseñar y cuidar. Pero a finales de séptimo mes, Eloise comenzó a sentir fuertes dolores en el vientre y todo terminó con un nuevo viaje al hospital. La cesárea de emergencia no resultó efectiva. No pudo hacerse nada por el pequeño: un varoncito que casi pesaba dos kilos, y aparentaba estar muy bien de salud.

Fue su último intento. El niño estaba tan formado, que decidieron sepultarlo como si hubiera vivido. Todos entraron en un estado de postración nerviosa del que les costó mucho trabajo recuperarse. Carol, en especial, tuvo una pesadilla recurrente en la que un demonio oscuro atacaba a su madre embarazada; y le arrancaba a su hermanito del vientre.

Sabían que no lo intentarían de nuevo. La salud de Eloise había quedado seriamente resentida. Un nuevo intento podía ser fatal para ella.

La idea de adoptar un niño provino de la misma Carol. Mark y Eloise lo habían considerado, pero solo lo tomaron en serio porque la niña no lograba reponerse de la última pérdida. Se volvió triste, retraída, y su desempeño escolar se derrumbó. La llevaron a terapia, y con la ayuda del paidopsiquiatra, lograron que la niña hablara francamente de lo que sentía.

- ¡Tenía tanta ilusión... tantas ganas de ese hermanito! -decía llorando- ¡Y todavía las tengo! ¡Si pudiera tener un hermanito, aunque fuera adoptado!

Aquello los sorprendió mucho. Nunca hubieran considerado seriamente esa idea de no ser por su hijita. Carol se volvió muy insistente con esa posibilidad: la niña hablaba tanto y con tanto entusiasmo, que los Pingrey comenzaron a analizar la situación. Se documentaron ampliamente sobre las opciones de adopción; y después de planificarlo con cuidado, acabaron por decidirse.

***

Nunca supieron quién fue más afortunado, si Lincoln o ellos. Deseaban adoptar a un varoncito de la menor edad posible, pero en la agencia de adopción les aclararon que había muchas personas que deseaban niños con esas características. Después de una serie de detallados estudios psicológicos y socioeconomicos, quedaron en una lista de espera.

Ya se habían preparado para esperar mucho tiempo. Años, incluso. Pero la suerte les sonrió de una manera extraordinaria. En aquellos tiempos, la Agencia de Adopción de Michigan estaba capacitando a su personal, y los estudios de compatibilidad entre los niños y las familias que los iban a adoptar estaban a cargo de una especialista sueca, la doctora Lofn Olafsson.

Al principio, los Pingrey sintieron temor y desconfianza por el aspecto de la doctora. Les parecía muy extraño que una persona tan hermosa pudiera intimidar así. Su heterocromía hacía difícil incuso sostenerle la mirada; pero la doctora se ganó rápidamente su confianza por su deferencia y su franqueza. 

- Señores Pingrey: he llevado a cabo un estudio exhaustivo de sus características familiares y personales. Gracias a eso, he podido determinar que tenemos un candidato ideal para darlo a ustedes en adopción. En un varoncito con solo seis meses de edad, que ha sido criado en el orfanato de Detroit casi desde su nacimiento. Es un niño encantador, alegre, activo, y con albinismo en mosaico. Estoy segura de que se llevará de maravilla con su hija. ¿Les gustaría conocerlo?

- ¡Claro que sí! -respondieron ellos al unísono.

- Muy bien. Aquí tienen sus pases. Los veo mañana mismo en el orfanato, para que hagamos la visita

***

Fue amor a primera vista. La sonrisa y las maneras del pequeñito conquistaron sus corazones desde el primer momento. Los tres sucumbieron de inmediato ante tanta ternura, y el pequeño no puso ningún reparo en que lo cargaran y le hicieran fiestas.

- El pequeño tuvo unos primeros días terribles -dijo la doctora con gravedad -. Lo abandonaron dentro de un contenedor de basura y, según los cálculos del perinatólogo, estuvo casi un día completo llorando y sin comida; entre la inmundicia, y cerca de un criadero de ratas. Es un milagro que ninguna de ellas lo haya atacado. 

- ¡¿Pero cómo es posible que alguien haya querido deshacerse de esta lindura?! -exclamo Eloise escandalizada, mientras tomaba al pequeñito entre sus brazos-. ¡Dios mío! ¡Tantos que deseamos a un pequeñito así, y simplemente... no podemos...

No pudo decir más. Las lágrimas le ganaron; sobre todo cuando el pequeño estiró una de sus manitas para tocarle la mejilla.

- Tiene usted razón, señora. Por suerte lo encontraron, pero nadie lo reclamó. Desde entonces ha estado en el orfanato. Ha sido bien atendido, porque estuvo a cargo de una muchacha muy cariñosa y capacitada. Por desgracia, ella no se encuentra presente por cuestiones de salud.

En ese momento, la pequeña Carol se acercó al bebé. El pequeñito le dedicó la más encantadora de sus sonrisas.

- ¡¡Qué hermoso!! -exclamó la niña, con las manos entrelazadas frente a su barbilla- ¡Y qué precioso cabello tiene! -luego, se dirigió a su madre y la miro ansiosamente- ¿Vamos a quedarnos con él, mamá? ¿Verdad que sí? ¡¿Verdad que sí?!

Los esposos Pingrey se miraron el uno al otro, y todo quedo dicho en aquel instante. No hacían falta las palabras. Les bastó ver a su hija jugando con el bebé, y aceptar lo que ellos mismos sentían.

***

Gracias a las recomendaciones de la doctora Olafsson, los trámites de adopción prosiguieron rápidamente, sin ninguna dificultad. En pocos días, se presentaron al orfanato para llevarse al pequeño. Solamente al final, cuando ya estaban por partir, la doctora Olafsson se acercó a ellos. Les habló, y les dirigió la última de sus intimidantes miradas.

- Antes de que se vayan, déjenme aconsejarles algo: este bebé es especial. Mucho más de lo que ustedes creen. No esperen que su pequeñito los haga sentirse orgullosos: son ustedes los que lo tienen que hacer sentir orgulloso a él. Si lo logran, pueden estar seguros de que jamás los decepcionará. ¿Entendieron bien?

Si alguien más se los hubiera dicho, quizá hubieran sonreído con indulgencia. Pero la mirada tan seria y misteriosa de la doctora los hizo sentirse intranquilos e intimidados. La única que se recuperó rápidamente fue la pequeña Carol. La niña sonrió, asintió, y avanzó hacia la doctora con su manita extendida.

- Entendido, doctora. Lo cuidaremos muchísimo. ¡Se lo juro!

La doctora sonrió, y tomó la manita de la pequeña Carol.

- Sé que lo entiendes, princesa. Y no te preocupes: tus papitos también lo entenderán. Apoya siempre en todo a tu hermanito, muñeca; y yo te aseguro que jamás tendrás un amigo mejor que él.

La doctora soltó la mano de la niña, acarició sus cabellos, y dirigió una última mirada a los Pingrey antes de retirarse.

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Como cada año, los señores Rita y Lynn Loud lloraban abrazados frente a la pequeña tumba de su retoño perdido.

Era una tumba sencilla, pero bien cuidada. Con la estatua de un angelito en actitud de rezo, y pequeñas letras doradas en las que se leía con claridad:

 

A nuestro lindo pequeñito, a quien apenas conocimos.

Te esperábamos con ilusión, y nos fuiste arrebatado.

Fuiste una luz efímera en este mundo, y caíste en las manos de la oscuridad.

Tus padres y tus hermanitas te recordaremos por siempre, angelito hermoso.

 

Tal vez después de diez años, ya deberían haberse resignado. Probablemente no deberían seguir regresando y llorando año tras año. Después de todo, tras perder a su pequeño, habían recibido cinco bendiciones más.

Pero era tanto dolor... Un sentimiento abrumador de rabia e impotencia. ¡Todo fue tan injusto y repentino!

No podían reponerse. Siempre que se acercaba la fecha, comenzaban a sentir el dolor y la pesadumbre. La tristeza se iba adueñando de sus almas, y se volvía extrema justo en el día en que su pequeño debería cumplir un año más de vida. Era imposible evitarlo: tenían que ir de nuevo al cementerio, llorar abrazados durante largo rato; sentir de nuevo el peso abrumador de la injusticia, y el pesar por no haber podido hacer nada.

Por eso iban solos. Desde el primer año, se negaban a que sus hijas los acompañaran. Los ruegos de Lori, Leni y Luna no los hicieron cambiar de parecer. No querían que los vieran llorar y desgarrarse de dolor. En aquel entonces, Luan y Lynn eran demasiado pequeñas para entender.

Así lo habían hecho, y sabían que lo seguirían haciendo. Podían funcionar casi con normalidad durante el resto del año; pero a medida que se acercaba el fatídico día de mayo, la tristeza los doblegaba; hasta hacerlos explotar frente la tumba de su angelito.

***

Fueron tantas ilusiones rotas. Y luego, el dolor de saber que su pequeño tuvo una muerte tan cruel.

Era el sexto embarazo de Rita. Tras el nacimiento de Lynn, ya habían desistido de la idea de seguir buscando el varoncito. Por eso Rita decidió colocarse un DIU. Aparentemente fue una buena decisión, porque los señores Loud pudieron tener la vida sexual intensa y activa a la que estaban acostumbrados, sin preocuparse por otra cosa que no fuera  disfrutar.

Estuvieron así cerca de un año, hasta que Rita sintió de nuevo los síntomas que ya le eran tan familiares. Se llevaron una gran sorpresa al confirmar que estaba embarazada.

- Seguramente les llegó el varoncito -les dijo Pop-Pop-. ¡Así de tercos somos los hombres de la familia, que ni siquiera un DIU nos detiene!

Las palabras del abuelo sonaron como un mal chiste; pero alrededor del sexto mes de embarazo, el ultrasonido reveló que tenía razón. ¡Por fin llegaría el niño que anhelaron durante tanto tiempo!

La noticia impactó a toda la familia, y las niñas se pusieron locas de contentas. ¡Un niño! ¡Por fin, el hermanito que deseaban desde hacía tanto tiempo! Lori, que acababa de entrar a la primaria y tenía varias amiguitas con hermanos, estaba especialmente feliz. Fue en esos meses cuando esbozó las ideas que acabarían por convertirse en el "Protocolo bebé", una serie de normas de conducta que TODAS las niñas debían seguir durante los embarazos de mamá; para evitarle el máximo de molestias e incomodidades.

El embarazo progresó muy bien, y todo salió a pedir de boca. La labor de parto no tardó ni siquiera dos horas. Muy pronto, los señores Loud estaban entregando su pequeño a la enfermera designada para llevarlo a los cuneros. Todo fue tan normal, tan habitual; que no hicieron mayor esfuerzo por apreciar bien el rostro de la enfermera.

Nunca terminarían de arrepentirse por ese error. Desde ese momento, todo se convirtió en una espiral de terrores que marcaría a la familia para siempre.

Cinco minutos después de entregar al pequeño, se presentó otra enfermera con la consigna de llevar al niño a los cuneros. Alarmados, los señores Loud respondieron que ya habían entregado a su hijo a la enfermera designada.

La enfermera reaccionó de inmediato, pero ya no pudo hacerse nada para recobra al pequeño con vida.

La cacería fue impresionante. La policía desplegó varias unidades, y varios sospechosos fueron cercados y detenidos. Por desgracia, ninguno de ellos tenía un bebé en sus brazos, y todos pudieron demostrar fácilmente que realizaban sus actividades cotidianas. 

Casi treinta minutos después, unos agentes rastrearon a alguien que entraba en unas bodegas. Allí, bien escondida entre pasajes subterráneos, descubrieron la guarida de unos cultistas que practicaban una misa negra.

Ninguno de los policías tenía noticia de que existía una organización así en Royal Woods. Estaban tan impresionados que tardaron en reaccionar. Aprovechando el momento, los cultistas se lanzaron contra ellos, tratando de asesinarlos con sus largos cuchillos. Pero los policías reaccionaron a tiempo y todos murieron acribillados.

Y allí mismo, en medio de un pentáculo trazado en el suelo, encontraron el cadáver de un bebé recién nacido. Quemado y espantosamente mutilado.

***

En los brazos de su marido, Rita no podía evitar recordar. La policía encontró entre los cultistas a una mujer cuyas características físicas correspondía aproximadamente con las de la supuesta enfermera que se llevó a su bebé. Luego, los llamaron para identificar el cadáver.

Por desgracia, no había mucho que ver. Las quemaduras desfiguraron el pequeño rostro, y se había consumido todo el cabello. El pequeño había sido eviscerado. Sin duda, sus postreros dolores debieron ser horribles. 

El forense, piadosamente, intentó que Rita no viera las mutilaciones del pequeño cuerpecito; pero ella se empeñó, y las espantosas imágenes la perseguían hasta aquel día.

Las tías Ruth y Shirley se empeñaron en explicarles muchas veces sobre los misterios de los  designios de Dios, pero Rita acabó peleada con ellas. ¿Cómo era posible que Dios consintiera y no hiciera nada por evitar aquella desgracia? ¡Su hijo era solo un bebé! ¡Una criatura indefensa, y libre de cualquier pecado y malicia! ¿Cómo podía ocurrir semejante monstruosidad en un mundo gobernado por un dios benevolente y todopoderoso?

- Mi vida... Chiquito precioso... -susurró, una vez que hubo amainado un poco su llanto-. Papito y yo estamos aquí de nuevo, corazón. Ojalá estés muy bien, en un lugar donde no existe la violencia y los horrores que tuviste que sufrir. ¡Perdóname por mis descuidos, mi amor! ¡Perdóname por no… Por no haber hecho... nada...

El dolor volvió a cerrar su garganta. La mujer se entregó de nuevo al llanto junto con su marido, y permanecieron postrados un largo rato. Pero al final, como siempre les ocurría, su llanto desgarrador les trajo consuelo; y pronto se sintieron mejor.

***

Nunca supieron que algunos miembros de la policía siempre tuvieron dudas. Desgraciadamente, como algunos de los cultistas muertos formaban parte de grupos empresariales, hubo órdenes superiores para dar carpetazo a la investigación. En el dictamen del caso, se estableció que el niño fue robado por una organización clandestina de cultistas. Ellos lo asesinaron en uno de sus rituales. Fueron descubiertos y, al oponer una violenta resistencia, fueron acribillados por la policía.

Fue todo. No había nada más que averiguar. El caso Loud estaba cerrado.

Solo un joven detective ambicioso y muy preparado tuvo los suficientes ánimos y valor para continuar la investigación. Analizó las fotografías de la autopsia con técnicas digitales, y amplificando las fotografías de las raíces del cabello del bebé, determinó que el cabello de aquel niño muerto era castaño, y no blanco. No podía corresponder al bebé robado.

Además, había dos evidencias indirectas que todo el mundo pasó por alto: según el reporte del forense, el bebé ya tenía rigor mortis; cosa imposible, si de verdad el niño había sido asesinado en los treinta minutos anteriores al descubrimiento de la misa negra.

Por si todo eso fuera poco,  unas horas antes del crimen se había sustraído un cadáver de recién nacido en la morgue de la ciudad. Aquel niño sí era castaño. 

Reflexionando con cuidado, el policía formuló la hipótesis de que quizá los cultistas sí se habían apoderado del pequeño en el hospital. Pero que al verse cercados por la policía, tuvieron que abandonarlo y utilizar un cadáver robado que ya tenían contemplado como segunda opción, por si algo les fallaba.

El detective ya se disponía a investigar si los orfanatos habían recibido un ingreso en los días posteriores a la tragedia. Pero de pronto recibió una asignación que siempre había deseado, en un cuerpo de policía de otro estado. Justo antes de irse, le comentó sus sospechas a un amigo que nunca tuvo genuino interés en el caso. Se involucró en su nuevo trabajo, y muy pronto se olvidó de todo el asunto.

Igual que su compañero.

***

 Rita y Lynn  Loud conversaron un rato más con su angelito desaparecido. Como siempre les ocurría, se fueron sintiendo confortados y consolados. No necesitaban terapia ni ayuda profesional: les bastaba platicar con su hijo, pedirle perdón por sus descuidos y su negligencia, y con eso encontraban el consuelo que tanto necesitaban. De allí tomaban su fuerza;  podrían luchar juntos para sacar adelante a su familia y lidiar con su pérdida, durante un año más. 

Seguirían haciéndolo año tras año. Quizá algún día podrían encontrar la resignación que tanto necesitaban.

Después de colocar flores frescas para su hijito, besaron la estatua del angelito y se alejaron lentamente.

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Tal como la doctora Olafsson lo anticipó, Lincoln resultó ser un niño muy especial. Lo demostró desde el día en que llegó a su nuevo hogar.

Los Pingrey habían pensado en varios nombres para su nuevo hijo, pero cuando vieron a aquel lindo pequeño que contemplaba todo con sus grandes ojos, ninguno de ellos les pareció adecuado. Estuvieron discutiendo el punto durante un rato, porque querían un nombre biensonante y distinguido para registrar al niño lo más pronto posible.

No llegaron a ninguna decisión, pero se vieron en la necesidad de parar por un rato. Carol tenía que estudiar una poesía que iba a recitar dos días después, en la ceremonia en honor a los Padres de la Patria. La niña fue elegida para ese honor, porque era la mejor lectora del segundo grado. Así que interrumpieron su deliberación para que la pequeña Carol pudiera estudiar.

La niña se sentó al lado de la cuna del bebé y empezó a leer la poesía, ensayando su entonación y sus movimientos. No pasó mucho tiempo antes de que comenzara a escuchar las risas del pequeño. Apartó la vista del libro, y lo miró.

- ¡Hola, hermanito! -dijo sonriendo- ¿Te gusta la poesía?

Nuevo ataque de risa del pequeño, seguido por un sonoro gritito de deleite.

Carol se dió cuenta de que el bebé miraba fijamente el libro. En la tapa aparecía la fotografía del dieciseisavo presidente de los Estados Unidos.

- ¿El libro? Se llama, "Hojas de hierba" y lo escribió el señor Walt Whitman.  Tengo que aprenderme la poesía que le dedicó al señor Abraham Lincoln.

Al escuchar el nombre, el pequeño emitió un chillido de entusiasmo.

Carol sonrió, contagiada por la alegría de su hermanito. 

- ¿Quieres que te recite la poesía? -dijo Carol.

El niño volvió a chillar, y la pequeña se levantó para recitar con voz clara y elocuente:

 

¡Oh, capitán, mi capitán! ¡Nuestro espantoso viaje ha terminado!

El barco capeó los temporales, el premio que buscamos se ha ganado.

Cerca está el puerto, ya oigo las campanas; todo el mundo se encuentra alborozado.

La firme quilla siguen con sus ojos, el adusto velero tan audaz...

 

Mientras recitaba, Carol sintió que su piel se erizaba. Su hermanito estaba muy atento, como si pudiera entender todo lo que decía; y bajo el influjo de esa mirada, la niña contempló la poesía bajo una nueva luz. Sabía muy bien que Abraham Lincoln fue un gran hombre, y tenía una vaga noción de la importancia de lo que logró. Pero no comprendía por qué en años anteriores, algunos de sus maestros lloraban al terminar la poesía.

Esta vez fue muy diferente. Las palabras y la cadencia del poema penetraron en la médula de sus huesos. La mirada límpida del bebé abrió su alma, y ella pudo sentir el orgullo, la admiración y el dolor que el poeta pretendía transmitir con la magia de sus palabras.

Cuando terminó, estaba emocionada y con los ojos llorosos. Ni siquiera se dio cuenta de que había recitado el poema de memoria.

***

Un rato después, cuando sus padres regresaban a la habitación, Carol jugaba con el niño. Cuando vio entrar a sus padres, lo tomó en brazos y dijo entusiasmada:

- ¡Mamá, Papá! ¡Ya sé cómo se llamará mi hermanito!

- ¿De verdad? -respondió el señor Pingrey con curiosidad-. ¿Cómo?

- ¡Se llamará Lincoln!

Los señores Pingrey no quedaron muy convencidos, pero pronto les quedó claro que sus pequeños se habían identificado con ese nombre tan poco usual. Nunca supieron cómo, ni por qué; pero sí se dieron cuenta de que los otros nombres no le agradaban al pequeño. Cualquier intento de llamarlo de otra manera se encontraba con el llanto iracundo del bebito.

Al final, cedieron. Quizá no era lo que imaginaron, pero el nombre sonaba fuerte, tenía personalidad, y sin duda iba bien con el apellido.

Dos días después, Carol hizo una recitación tan elocuente que fue nutridamente ovacionada. La niña siempre le concedió todo el crédito a su hermanito, y desde entonces establecieron una profunda conexión entre los dos.

***

En los años siguientes, Mark y Eloise Pingrey observaron deleitados la manera en que Lincoln y Carol se convertían en verdaderos cómplices. No hubieran estado más unidos si fueran genuinos hermanos de sangre.

Desde los primeros años, la niña pasaba casi todo su tiempo libre jugando con el bebé. Insistía en que ella podía hacerse cargo de Lincoln por las noches. Cada vez que el pequeño lloraba, si Eloise no acudía rápido, Carol ya estaba cambiándolo, meciéndolo, o preparando su biberón. 

La pequeña Carol se tomó muy en serio el consejo de la doctora Olafsson. Su buen desempeño escolar se volvió brillante; tanto en lo académico, como en todas las actividades que llegó a desempeñar. Tanto fue su impulso, que nadie podía igualarla. Ni siquiera su vieja y encarnizada rival, Lori Loud.

Lincoln idolatraba a su hermana. La seguía a todas partes, y era su partidario más acérrimo y decidido. Como consecuencia de ello, en cuanto entró a las actividades académicas, se empeñó en llegar a ser tan bueno como ella. Carol siempre lo apoyó y alentó, con el resultado lógico de que el niño se volvió tan aplicado y destacado como ella.

Pero además, los triunfos los niños alentaban a sus padres a dar más de sí mismos. Mark se aplicó en su trabajo, destacando muy pronto y consiguiendo ascensos que consolidaron su situación económica y laboral.  Eloise, por su parte, fundó un pequeño negocio de ventas por catálogo que podía manejar por Internet y desde su casa. Así pudo prosperar sin descuidar la educación de sus hijos. La economía de la familia mejoró todavía más, fomentando la convivencia y estrechando los fuertes lazos que ya existían entre ellos. Y así, aunque fuera en pequeño, Mark y Eloise consiguieron la familia unida y feliz con la que siempre soñaron.

Al contrario de lo que temieron, la entrada de Carol a la pubertad y la adolescencia no disminuyó el interés que sentía por su familia, ni deterioró su relación con su hermanito. Sí era cierto que Carol convivía más con sus amigos, y que desde los quince años se hizo de un novio. Pero eso no resintió para nada la relación de los hermanos. Muy al contrario: Carol se volvió todavía más protectora  y cariñosa con Lincoln. De ser cómplices, se convirtieron en confidentes; y el más pequeño de los Pingrey nunca tuvo secretos para su adorada hermana mayor.

***

Por eso, aquel día de su décimo cumpleaños, Lincoln estaba ansioso por platicar con Carol. Claro, ella sabía muy bien que Lincoln estaba fascinado por Lucy Loud; pero aún no le había dicho que pensaba declararse ese mismo día. 

Estaba decidido, pero muy nervioso. ¿Y quién mejor que su amada hermana para darle buenos consejos y levantarle la moral?

Pero aún no había llegado, y sus padres lo sorprendieron con un nuevo regalo. No necesito terminar de rasgar la envoltura para sentirse sorprendido y embelesado.

- ¡Es... Es la edición de lujo de los primeros cómics de Ace Savvy! ¡Dios mío, esto debe haberles costado una fortuna! 

Se volvió hacia sus padres, y los envolvió en un apretado abrazo lleno de emoción.

- ¡Gracias, mamá! ¡Papá! ¡De seguro no hay un niño en el mundo que sea más afortunado que yo!

Los señores Pingrey abrazaron a su niño, lo cubrieron de besos y acariciaron sus blancos cabellos.

- ¡Al contrario, hijo! Tú y Carol son los niños más maravillosos que pudimos tener. ¡Nosotros somos los padres más felices del mundo!

Unos momentos después, todos se sentaron a la mesa; y Lincoln disfrutó de su exquisito desayuno. Sus padres le preguntaron por sus planes para la fiesta, y Lincoln sintió que no podía ser más feliz.

Sin duda, aquel día iba a ser memorable.

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Mientras desayunaban, Carol llegó por fin. Saludó a sus padres, a Lincoln, y subió directamente a su cuarto. Llevaba una bolsa de papel con el rótulo de un conocido almacén de ropa.

Lincoln terminó su desayuno y los ayudó a lavar los trastes, a pesar de las protestas de su madre. Le urgía ir a ver a su hermana mayor, pero no era tanta la urgencia como para descuidar sus responsabilidades.

Cuando terminó, subió al cuarto de su hermana. Por alguna razón, se sentía nervioso. Aparentemente no había motivo para eso; porque Carol, más que su hermana, era su confidente y su mejor amiga. Pero hasta hacía solo unos meses antes, las conversaciones sobre el amor, el noviazgo y el romance le alteraban los nervios. La sola idea de besar a una chica le producía cierta repulsión, pero... todo eso había cambiado.

***

No supo cómo, pero recordaba muy bien el cuándo. Le ocurrió una tarde, cuando salía de la escuela. Se había demorado un poco en el salón de artes, y la mayoría de sus compañeros ya se habían ido. La escuela estaba casi vacía, y se veía a muy pocos niños por los jardines.

De pronto, cuando paseaba su vista por uno de los viejos robles, la vio. Lucy estaba leyendo a la sombra del frondoso árbol. Se le veía concentrada, y tenía una muy leve sonrisa en los labios. Lincoln se detuvo para verla, y se quedó fascinado. No recordaba haberla visto sonreír jamás. Así, sonriente, sus labios medianos se veían muy rojos y bonitos.

Cielos... Qué linda era Lucy. De verdad.

¿Cómo no se había dado cuenta de que Lucy era tan bonita? Si tan solo pudiera ver también sus ojos...

Como si su súplica hubiera sido escuchada, una fuerte ráfaga de aire movió un poco el espeso fleco de la niña. Solo fue un poco, pero lo suficiente para dejarlo ver un ojo de color azul claro. La visión no duró más de medio segundo, pero se le quedó grabada en la mente y el corazón.

¡Qué bonitos ojos tiene! -pensó -. ¡Ese tono de azul clarito le queda tan bien al color de su piel...

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el grito de su madre, que llegó por él. Era jueves, uno de los dos días en que su mamá iba a buscarlo a la escuela. 

Tuvo que retirarse, aunque no sin volver a mirar hacia Lucy. Era como si un velo se hubiera corrido de sus ojos. Su mejor amiga, la niña con la que compartía la mayor parte de sus gustos, se le había revelado casi en toda su belleza. Y su corazón despertó a sentimientos que nunca antes había tenido.

***

Desde ese día, su gusto por la pequeña fue creciendo cada vez más. Pasaban juntos más tiempo, y se mostraba más atento y cariñoso con ella. Para su sorpresa y deleite, Lucy le correspondía. Fue discreta al principio, pero cada vez era más evidente lo cómoda que ella se sentía con él. Lo tocaba, comenzó a abrazarlo, y se sonreía cuando lo veía llegar, cosa que no hacía con nadie; ni siquiera con su amiga Haiku. 

Lincoln sentía que tenía oportunidad con Lucy. Se moría por llevarla a caminar, tomados de la mano. Quería que tuvieran una verdadera cita en la que pudiera comprarle algo, y en la que ella recargara su cabeza en su hombro. Probablemente se animaría a darle un besito en la mejilla; y tal vez, solo tal vez... Ella le permitiría volver a ver esos ojos tan lindos que ocultaba bajo su fleco.

***

Tocó con suavidad a la puerta del cuarto de su hermana. Un instante después, la voz clara y dulce de la muchacha le respondió.

- Adelante.

Abrió la puerta y se encontró a su hermana con una bolsa en las manos. Ella lo miraba sonriente y muy animada.

- Pasa hermanito. Tengo algo para ti por tu cumpleaños, ¿sabes? Ven aquí, ábrelo, y me dices qué te parece.

- Ay, Carol... -respondió el niño, muy apenado-. Si mis papás dijeron que tú casi pagaste el libro de Ace Savvy que me acaban de dar.

La sonrisa de la muchacha se ensanchó.

- ¡Eso no es cierto, Linky! Te lo dijeron para que no protestaras más y les recibieras el regalo. ¡No! Lo que yo te quiero dar es algo distinto. Algo que aparté para ti, y supe que debías tenerlo desde que lo vi. Ábrelo por favor, y te lo pruebas enseguida.

Lleno de curiosidad, Lincoln tomó la bolsa y extrajo su contenido. Los ojos casi se le salieron al ver la elegante camisa de manga larga color azul marino.

- Por dios, hermanita... ¡Es preciosa! -exclamó Lincoln, extendiéndola frente a él para admirarla a plenitud.

- Mídetela, por favor. Me parece que te queda bien, pero quiero estar segura. 

Lincoln no dudó un instante. Se quitó la playera tipo polo que llevaba puesta, y se puso la camisa. Su tacto era muy suave, y se sentía increíble sobre su piel. El color combinaba muy bien con su cabello, y seguro que también lo haría con sus "pantalones especiales de cita".

- ¡Te queda perfecta! -dijo Carol, encantada con lo que veía.

- ¡Vaya que sí! -respondió el chico, mirando entusiasmado su reflejo en un espejo de cuerpo entero.

- Te vas a ver como todo un galán, hermanito. ¡Seguro que a tu amiga Lucy también le encantará!

Al escuchar la mención de Lucy, el niño se puso un poco colorado. Sabía que había llegado el momento de preguntarle a su hermana. Tenía que ser ahora, porque pronto estarían atareados con los últimos preparativos para la fiesta.

- Carol...

- ¿Sí?

- Sobre eso... ¿puedo preguntarte algo, hermanita?

La chica sonrió. El rubor de su hermano era más que elocuente. Sabía de qué quería hablarle, pero procuró mostrarse comedida. Su relación se había basado siempre en el amor y el respeto mutuo, y no podía permitir que su propio entusiasmo lo hiciera avergonzarse en un momento tan delicado.

- Claro que sí, Linky. Ven, siéntate frente a mí.

Tomó asiento en su cama, y palmeo el sitio justo enfrente de ella.

El niño fue a sentarse frente a su hermana y permaneció con la mirada baja. No sabía muy bien cómo empezar.

- Carol. Ya sabes quiénes van a venir a la fiesta. Estarán mis mejores amigos. Y por supuesto... Lucy.

- Sí -dijo ella, en un tono muy suave.

- Es... Es sobre... Es que, yo...

- Linky -dijo la muchacha, tocando las manos del niño-. Por favor... Siempre nos hemos tenido confianza, hermanito. No tengas miedo.

El chico la miró, y se relajó bastante. La hermosa sonrisa de su hermana mayor siempre lo hacía sentir bien.

- Bueno, es que... Tú y yo ya hemos hablado de Lucy. Ella me gusta... y mucho.

Carol asintió, y se recordó a sí misma que tenía que mantenerse en carácter. Era necesario que refrenara su entusiasmo, pero le costaba trabajo hacerlo: ¡Lincoln se había enamorado! ¡Su hermanito se había enamorado, por dios!

El chico tomó una bocanada de aire, y dijo por fin:

- Yo... quiero declararme, Carol. Quiero pedirle a Lucy que sea mi novia.

Carol tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad. Tenía ganas de gritar; de abrazar a su hermanito y apretarlo muy fuerte. En lugar de eso, acarició sus cabellos y le dijo con suavidad:

- Qué bueno, hermanito. ¿Y ya sabes cómo lo harás?

- Más o menos -respondió Lincoln.

- ¿Quién te va a ayudar con el resto de tus amigos? Tú sabes, para que los entretenga mientras te declaras.

- Clyde, por supuesto. Él se quedará con los demás mientras yo invito a Lucy a caminar...

Carol negó con la cabeza.

- No, Linky. ¿En medio de tu fiesta?  Sería una descortesía con tus otros amigos. Tal vez la propia Lucy no lo aceptaría. Debes ser más cortés y cuidadoso, hermanito. ¿Sabes? Lo mejor que puedes hacer, es aprovechar el momento. Por ejemplo, un instante en el que Lucy entre a la casa, y tú vayas tras ella. Puedes hacerlo así...

La muchacha se explayó en gran detalle sobe la manera de crear una atmósfera, de hacerla sentir cómoda, contenta, y aprovechar cuando ella estuviera feliz y relajada. Lincoln tomó nota mental de todo, y le pidió muchos detalles adicionales a su hermana. Incluso, le preguntó sobre aquello que todavía le inquietaba. Algo que quería, y a la vez le producía temor.

- Carol... Y qué hago si... Tú sabes. Si Lucy quiere un beso.

Otra vez, Carol tuvo que hacer un esfuerzo para no reír. ¡Cielos! Su hermano era casi un niño, y muy inocente además. Pero claro, su preocupación era genuina. Después de todo, con la peculiar familia de Lucy y su tremenda afición por lo gótico, no sería raro que la niña ya tuviera esos deseos.

Así que suspiró; tomó a su hermano por un hombro, y lo miró directo a la cara.

- Mira, Linky. Eso no tiene nada de malo, ni de raro. Cuando alguien te gusta mucho, es de lo más normal que quieras besarlo. Eres un chico muy guapito, así que es muy lógico que ella quiera un beso de ti.

- Y... ¿qué hago? -murmuró Lincoln, sintiendo que volvía a ponerse nervioso.

- Déjate llevar. ¡Nada más! Déjate llevar por lo que sientes y por la emoción. ¿Hay una parte de la cara de Lucy que te guste mucho?

- Sus labios -dijo Lincoln, sin vacilar.

- Ajá. ¿Podrías decirme por qué?

Lincoln se sonrojó de nuevo. Por un instante, se imaginó la linda boca de su amiguita.

- Es que... No sé. Se ven tan lindos... Me encanta su color... Se ven suavecitos, rellenitos... ¡Uf!

Lincoln dijo lo último acompañado por un leve temblor y un suspiro. 

Carol sonrió. Era todo lo que necesitaba saber.

- Bueno. Pues mira: si tienen la oportunidad de estar solos y ella quiere darte un beso, se va a acercar mucho hacia ti. Puede ser que tú te sientas un poco raro, como si quisieras alejarte de ella. Si te pasa eso, mira su boca. Fíjate en todo lo que te gusta de su boquita. Emociónate. Imagina lo suavecitos que se van a sentir esos labios sobre los tuyos...

Conforme hablaba, Carol se iba acercando a su hermano. Lo tomo por los hombros, sin dejar de hablar ni por un momento.

- Si ella te toca o te abraza, no te preocupes. Deja que lo haga. Si quiere tomar tus manos, déjala hacerlo. Ella va a acercar su cabeza. Probablemente sus ojos estén cerrados; y cuando esté muy cerca, harás bien en cerrar los tuyos para concentrarte en lo que vas a sentir.

Lincoln se dejó llevar por las palabras de su hermana y cerró los ojos. Tan solo los abrió cuando sintió el soplo ligero de su aliento. El rostro de Carol estaba a menos de cinco centímetros del suyo, y tenía los ojos entrecerrados.

- Carol... -musitó asustado, pero la muchacha ya no hacía ningún intento por acercarse. En lugar de ello, abrió los ojos. Sonrió, retrocedió, y le dedicó a su hermanito la más hermosa de sus sonrisas.

El chico suspiró, y ella por fin emitió una leve risita.

- ¡Ay, hermanito! ¿De verdad pensaste que yo te besaría? -dijo, mientras lo atraía para abrazarlo con fuerza-. ¡Claro que no! Yo jamás te robaría el placer de descubrir algo tan hermoso con la chica que te gusta. ¡Perdóname si te asusté! Quizá me dejé llevar un poco por mi actuación.

- E-está bien Carol. No pasa nada -dijo Lincoln, y sintió que comenzaba a relajarse.

- Lo harás muy bien, hermanito. ¡Estoy segura! Y créeme: a los dos les va a encantar. Pero no apresures las cosas, Linky. Los besos son mucho más hermosos cuando son espontáneos y los dos los desean con todas sus fuerzas.

Carol hablaba sin dejar de abrazar a Lincoln. Acarició sus cabellos, y el niño se relajó del todo en los brazos de su hermana. 

Apoyó la barbilla en el hueco de su cuello. Correspondió al cálido abrazo de su hermana, y se sintió mucho mejor. No había duda: era muy afortunado. Tenía la mejor hermana de todo el mundo.

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Lucy estaba nerviosa.

Ya tenía todo listo para el ritual. Esta vez, tenía una pregunta muy concreta; y esperaba que su bisabuela por fin se decidiera a decirle algo mucho más claro e interpretable. Geo, Cliff, Charles, Fangs y Walt ya estaban dispuestos, y la miraban con curiosidad. Lucy sonrió. Parecía mentira que en aquella casa, los únicos seres vivos que podían ser sus confidentes y ayudantes eran los animalitos; pero no tenía ningún problema con eso: eran espíritus animales; llenos de energía vital, e igualmente útiles para sus propósitos.

¡Qué ingenuos pueden ser algunos aficionados al espiritismo! -pensó Lucy-. Creen que para hacer una sesión se necesitan solo seres humanos. ¡Eso es irrelevante! Basta con que haya energía vital disponible, y una sola conciencia guía es suficiente.

A su tierna edad, Lucy ya era bastante experta, y había dirigido una buena cantidad de sesiones; siempre con sus amigos del Club Morticians o con los animalitos de la casa. Sus hermanas y sus padres nunca se prestarían para eso. Lo consideraban satanismo, una expresión de aquello que más odiaban en la vida.

Eran los ritos y creencias que habían acabado con la vida del hermoso pequeño al que no dejaban de llorar.

Lucy siempre fue muy inteligente. Aún con muy pocos años, se dio cuenta de que era un mero sustituto de aquel niño varón y muy deseado. Sus padres y sus hermanas hablaban maravillas del pequeño: lo activo que había sido durante el embarazo, lo hermoso que se veía cuando nació, lo mucho que todas deseaban sostenerlo en brazos, y lo linda que se veía la habitación preparada para él.

Y desde luego, no le hacían mucho caso a ella. Le temían. Nunca aceptaron sus idiosincrasias y, para colmo, era solamente una más entre once niñas. Tuvo que criarse sola, por lo menos en parte; con la ayuda del poco cuidado que sus padres y sus hermanas mayores le brindaban.

Lucy tuvo ganas de reír. Le salió una carcajada amarga, cargada de sarcasmo e ironía. Era increíble, porque a pesar de la densa sombra que había proyectado sobre su vida, ella se interesó por el espiritismo y lo gótico precisamente buscando una forma de saber algo sobre su hermanito muerto.

***

Todavía recordaba sus tres años. El llanto de sus padres en aquel aniversario luctuoso, y a sus hermanas tristes y cariacontecidas. También el aire lúgubre que rodeaba aquella casa habitualmente alegre y ruidosa.

A pesar de su natural serio, se sintió contagiada por la melancolía y la tristeza que embargaba a todos. En su interior, aún no estaba completamente resignada al ostracismo y la falta de atención. Y por si fuera poco, también tenía muchas ganas de saber más sobre su hermanito perdido. 

Pero él estaba muerto... No había manera de saber más sobre él, ¿o sí?

Se puso a pensar, y de pronto recordó una película que vio días antes con sus hermanas. En aquel momento no lo entendió muy bien, pero sí que recordaba algo sobre los muertos, la comunicación con espíritus, y los mediums. También recordó la caja del ático, la que perteneció a su bisabuela Harriet.

Si no recordaba mal, en aquella caja había algunas de las cosas que vio en la película.

No le fue difícil llegar al ático sin ser descubierta, utilizando los conductos de ventilación. Incluso a su corta edad, ya se estaba volviendo experta en el uso de esas rutas ocultas que conducían a toda la casa. Muy pronto, todos los secretos del baúl estaban a su alcance; incluyendo los libros de hechizos, los álbumes, y sus múltiples enseres de magia.

A través de los años, se aplicó al estudio del curioso material. Siempre se sintió muy a gusto con el mundo espiritual y sus ignotos habitantes. No tardó mucho en contactar al espíritu de su bisabuela Harriet, y en desarrollar su afición por lo gótico y lo esotérico. Muy pronto, sus peculiares gustos fueron permeando a todo lo que hacía: sus lecturas, sus escasas amistades, y su forma de vestir.

Casi toda su familia parecía, o fingía no notarlo. Sus padres y la mayor parte de sus hermanas lo toleraban; aunque algunas como Lori manifestaba abiertamente su desaprobación. Ella en especial, la conminaba a que no hiciera esas cosas terribles y diabólicas. La familia ya había tenido suficientes desgracias con lo esotérico y lo misterioso.

Por supuesto, Lucy nunca desistió. Tan solo se volvió más cuidadosa al hacer sus rituales e invocaciones; y se volvió todavía más insistente cuando conoció a Haiku, al Club Morticians... y a Lincoln Pingrey.

Nunca le habló a su amigo sobre la desgracia familiar. De hecho, él nunca participaba ni en el club, ni en sus rituales; pero estaba al tanto de que Lucy lo hacía, y le parecía genial. Solo le dijo en alguna ocasión que fuera prudente, y se cuidara mucho de no despertar fuerzas que pudieran hacerle daño.

La advertencia casi estaba de más, pero Lucy la agradeció. Una de las primeras cosas que aprendió, fue a no meterse en problemas. Pero la cándida advertencia de Lincoln la hizo sentirse halagada y contenta. No necesitaba que nadie se lo explicara: sabía que era una expresión del cariño y la preocupación que Lincoln sentía por ella.

Como le ocurría cada vez más, al pensar en Lincoln exhaló un suspiro. Un suspiro verdadero, no su clásica frase de sustitución. La sensación que tenía cuando pensaba en él la sobrepasaba por completo. Además de Edwin, Lincoln era el único que la hacía sentirse diferente, ilusionada, contenta... Quizá incluso enamorada. Sabía muy bien, gracias a sus lecturas, que lo que sentía por Lincoln se parecía demasiado al amor.

¡Y es que tenía tantas ganas de tocarlo, abrazarlo, y caminar con él de la mano! Y quizá, si los dos se atrevían, hasta podrían darse un besito en los labios...

Pero... ¿Acaso él querría lo mismo? ¿Lincoln sentía lo mismo por ella?

No lo sabía. No estaba segura, y por eso necesitaba el consejo de su bisabuela.

***

Tuvo que tomar varias aspiraciones profundas antes de comenzar. Nunca se sintió tan nerviosa antes de comenzar una invocación. Solamente sintió algo parecido las veces que intentó contactar a su hermanito muerto; y en aquellos intentos, jamás obtuvo respuesta.

Siempre se había preguntado por las razones de ese fracaso. Según ella, estaba haciendo todo bien, pero nunca pudo contactarlo; ninguna de las veces que lo intentó. Pero ahora era diferente. Buscaba una respuesta para lidiar con uno de sus temores y esperanzas más profundos. ¿Lincoln la quería a ella? ¿Así como ella a él?

Tenía miedo de la respuesta. Su bisabuela casi nunca le daba una contestación directa, y no estaba muy segura de que está vez quisiera obtener la verdad.

Su corazón tenía esperanza; pero a pesar de sus pocos años, ya sabía que el corazón tendía a confundir la esperanza con los deseos. No quería engañarse. ¡No quería ilusionarse más! Si no tenía posibilidades, era mejor saberlo; antes de sufrir una terrible decepción.

Al pensarlo así, Lucy suspiró de nuevo y se sintió un poco más tranquila. Comprendió que ya había decidido: prefería saber cualquier cosa que alimentar otra ilusión falsa. Algo  que a la larga la haría sentirse mucho peor.

Terminó entonces de preparar todo. Se colocó en posición, y tomó las patitas de Cliff y Charles. Igual que ella, los animalitos cerraron sus ojos y se concentraron. Lucy pronunció las palabras arcanas, se reconcentró en el retrato de su bisabuela, y comenzó a entrar en trance...

De pronto, el ruido de la trampilla del ático los sacó de concentración. Lucy y sus mascotas voltearon furiosos; pero enseguida sintieron terror cuando vieron entrar a Lori, muy molesta y echando chispas por los ojos

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Aquel día era el más horrible del año para Lori Loud.

La casa comenzaba a apagarse y ponerse lúgubre desde días antes. Pero el aniversario luctuoso de su hermanito perdido era particularmente sórdido y terrible.

Cuando ocurrió la tragedia, Lori ya era una niña plenamente consciente de la realidad. A sus cinco añitos, con cuatro hermanas y padres que no eran muy habilidosos para la crianza, tuvo que madurar muy rápido para ayudar y contribuir a mantener cierto orden en aquella casa de locos. Y eso implicaba, por supuesto, ser mucho más consciente y responsable que el promedio de los niños de su edad. Por eso, aparte de sus padres, nadie vivió y sufrió la pérdida con mayor intensidad que Lori.

La pequeña rubia adoraba a sus hermanas. A las cuatro. Pero desde que comenzó a tener consciencia, se sentía más desilusionada con cada nuevo embarazo. Varias de sus mejores amigas de la escuela tenían hermanitos varones y, gracias a ello, se había dado cuenta de que la convivencia con un niño era muy diferente que la que se daba con una niña. 

¡Tenía tantas ganas de tener un hermanito!

Por eso, se puso loca de contenta cuando sus padres le anunciaron que su sexto hijo iba a ser un varón. Y se sintió desolada cuando supo que lo habían perdido sin llegar a tenerlo de verdad.

Los primeros años supo muy poco sobre la realidad de lo ocurrido. Fue tan solo al cumplir diez años, escuchando por casualidad a sus padres, que conoció la terrible verdad de lo que había pasado con aquel hermanito tan deseado. 

Todavía recordaba lo que sintió entonces: su enojo y desesperación no conocieron límites. Cuando creció un poco más, se sintió segura de que aquel día aciago marcó el final de su propia infancia. Toda la familia había sido desgarrada, ultrajada... ¡Robada! ¡Les habían arrebatado su mayor tesoro de la manera más cruel e inhumana! 

A partir de ese día, sin que ella se diera cuenta, se operó un cambio radical en su manera de ser. Se volvió más dura y controladora con todas sus hermanas. Procuraba ejercer las funciones en las que sus padres solían fallar, y no tenía ningún problema en ejercer su autoridad a gritos y golpes si era necesario. De la misma manera, si algo no le parecía bien, lo decía sin ningún tapujo. Y si lo consideraba suficientemente raro o peligroso para las demás, intentaba erradicarlo por todos los medios.

Lo peor de todo, era que su alma no recuperada tendía a ser injusta con algunas de sus hermanas; en especial, con la pequeña Lucy. Ella misma lo reconocía, y hacía esfuerzos heroicos por tratar de aceptarla y quererla tal como era, pero... le resultaba demasiado difícil.

 Lucy, por el simple hecho de nacer después de su hermanito, cargaba con los sueños rotos de toda la familia. Fue una verdadera decepción porque, sin saberlo claramente, todos esperaban un hermanito que viniera a sustituir al que habían perdido. En cambio, Lucy era por completo diferente a todo lo que habían esperado del pequeño: el bebé perdido era inquieto desde que estaba en el vientre, y respondía  todo lo que le decían con movimientos y pataditas. Lucy, en cambio, apenas se movía en el vientre de su madre. Aquel pequeño desaparecido se perfilaba como un niño inquieto, tan ávido de acción y aventura como la pequeña Lynn. Lucy, por el contrario, era demasiado callada y reservada. Y si a todo eso le agregaban su albinismo, y el extraño aspecto de sus ojos...

Todo eso era demasiado para Lori. La superaba, sin que ella lo supiera claramente. Y lo que más la desquiciaba, el rasgo que más odiaba de su hermana pequeña, era su afición por la magia, el esoterismo y el satanismo.

Bueno... Quizá lo de satanismo era un calificativo injusto; pero Lori no podía evitar sentirlo así. Desde que supo que su hermano había sido víctima de un culto satánico relacionado con la magia, el esoterismo y el espiritismo; aquellas cuatro palabras quedaron unidas en su mente, de manera indisoluble.

Por eso, desde el principio se opuso con vigor a las peculiares inclinaciones de Lucy. Intento de muchas maneras que sus padres tomaran cartas en el asunto; pero ellos, siendo tan permisivos, se mostraron demasiado laxos. Despreocupados, como siempre. Y Lori apenas pudo hacer un poco más que amenazar e intentar persuadir a Lucy de la vileza y el peligro de lo que estaba haciendo.

***

Aquel día en particular, el que debió ser el décimo aniversario luctuoso de su hermano, era demasiado triste. Entre más crecía, Lori era más consciente de lo que había ocurrido, y se sentía cada vez más triste y resentida. Secretamente, envidiaba a todas sus compañeras que tenían hermanos. A menudo se quejaban de ellos, pero la mayor parte de las veces contaban anécdotas deliciosas de convivencia y ayuda mutua que le encogían el corazón. En especial, tenía rencor contra Carol Pingrey. No solo la derrotaba en todo, sino que también tenía un hermanito a todas luces perfecto. ¡Un niño tan lindo y educado! Lucy parecía derretirse por él, y la verdad era que no la culpaba.

Por eso, se enojó sobremanera cuando descubrió a Lucy en los ductos de ventilación que conducían al ático. Se suponía que aquel día tenía una celebración en casa de su amiguito Lincoln; y todo parecía indicar que se preparaba para hacer otra de sus espantosas invocaciones a los espíritus.

Demonios... -se dijo Lori-. ¡Sabía que teníamos que deshacernos de toda la basura de la bisabuela Harriet! ¿Por qué papá y mamá nunca tiraron toda esa porquería cuando nuestro hermano murió? ¡Debí insistirles más, maldita sea!

Cada vez más enojada, subió por la trampilla que conducía al ático, y encontró a Lucy muy concentrada junto con los animalitos de la casa. Las criaturas parecían prestarse de muy buena gana, si es que aquello se podía aplicar al pequeño grupo de animales domésticos.

Lori se enfureció todavía más. ¡Qué desfachatez la de Lucy, haciendo partícipes de sus tonterías a los seres más inocentes de aquella casa!

- ¡Lucy Loud! -gritó Lori -. ¡¿Qué demonios estás haciendo?!

Lucy y los animalitos quedaron paralizados de terror. La pequeña gótica hubiera querido responder algo, pero se sentía incapaz de moverse. Por desgracia, eso solo hizo que Lori se pusiera más frenética. Subió la escalera de un salto, cruzó la estancia a grandes trancos, y tomó a su hermanita por el cuello de la blusa.

- ¡Mocosa tonta! ¿Sabes lo que estás haciendo? ¡¿Sabes que por cosas como estas mataron a nuestro hermanito?!

Lucy intentó decir algo, pero el rostro iracundo de su hermana fue demasiado para ella. Los animalitos huyeron, tan pronto como advirtieron el frenético estado mental de la mayor de las Loud.

- ¿Qué?  ¿Qué diablos estás diciendo? -dijo Lori, cada vez más furiosa-. ¡Habla claro, maldita sea!

- Yo... no... ¡No estoy haciendo nada malo! -logró balbucir la niña.

Lori llegó al paroxismo de su ira. No se pudo controlar. Arrojó a su hermanita contra el piso como si fuera una muñeca de trapo.

- ¡¿Acaso estás loca, mocosa idiota?! ¿Nada malo? ¿Sabes lo que le hicieron a nuestro hermanito por cosas como esta? ¡Lo mataron, estúpida! ¡¡Nos lo arrebataron para siempre!!

Y sin más, dio una fuerte cachetada en el rostro de la pequeña Lucy. El sonido fue tan intenso, que la misma Lori reaccionó. Lucy sintió el golpe, y enseguida se llevó la mano a la mejilla lastimada. Sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras su hermana mayor la miraba estupefacta. Ella misma no podía creer lo que acababa de hacer.

Lori se sintió tan culpable, que hubiera querido que le cortaran la mano en aquel instante. Su enojo se transformó en vergüenza y preocupación, y acudió enseguida al lado de su hermanita

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 Tan pronto como se arrodilló a su lado, Lori tomó la cabeza de su hermanita y la estrechó con fuerza contra su pecho. La niña comenzó a llorar, y todavía no apartaba la mano de su mejilla.

- Lucy... ¡Lucy, hermanita! ¡Perdóname, por favor! -dijo Lori, desesperada, y cada vez más culpable al ver que las lágrimas comenzaban a surcar las mejillas de la niña-. ¡Perdóname! Sé que no debí hacerlo, pero... ¡Por dios!

Lucy, cobijada por los brazos de su hermana, se dejaba hacer. Estaba experimentando demasiadas emociones a la vez, y no sabía cual de ellas la dominaba más. El duro golpe fue muy doloroso, y sentía su mejilla caliente y adolorida. Pero lo que de verdad le dolía, lo que le abrumaba, era el acto de agresión; la injusticia y la incomprensión de la que había sido objeto.

Lori nunca había hecho el intento por comprenderla. Ya la había amenazado varias veces, pero nunca la había agredido de aquella forma. Se sentía tan triste y desilusionada, que casi no escuchaba las palabras de disculpa de su hermana mayor.

- Lucy... Por favor. ¡Tienes que entender! -dijo Lori, intentando contener las lágrimas-. No sabes bien cómo murió nuestro hermano. Quizá algún día te  contemos todo, pero le hicieron cosas horribles. ¡Espantosas! Se lo hizo gente que se dedicaba a la magia, al esoterismo y todo eso. ¡Esto va a terminar muy mal, Lucy! Por favor, ¡ya no hagas esto! ¡Tienes que prometer que ya no vas a hacer estas cosas!

A pesar del dolor y la sorpresa, Lucy fue incapaz de asentir. Ya tenía una idea de que antes de matarlo, le habían hecho cosas muy malas a su hermano. También había escuchado que sus asesinos eran gente relacionada con alguna clase de magia y ritos esotéricos. ¡Pero ella no hacía nada de eso! La magia negra y el satanismo le eran completamente ajenos, no tenía ningún interés en ellos. 

- Lori -balbuceó la niña, entre sus lágrimas-. Yo no hago eso... Yo... Solo...

Se interrumpió al ver que su hermana negaba con la cabeza; y ya no dijo más.

- Lucy... Tal vez tengas razón. Tal vez no todo sea malo. Pero, ¿y si estás jugando con fuerzas que no puedes controlar? ¿Y si estás corriendo riesgos tontos e innecesarios? ¿Cómo puedes juzgar, y estar segura de que todo te saldrá bien?

De pronto, Lucy se vio sin argumentos. Comprendió que, por más que se le explicara, Lori no comprendería nada sobre los diferentes tipos de magia, los rituales, los sellos de protección y todo lo que había aprendido durante aquellos años. Eran mundos que no conocía; cosas a las que le temía, y sobre las que no le interesaba saber. Si se había mostrado tan testaruda sobre cosas más cotidianas y sencillas, ¿qué esperanza tenía de convencerla?

Decidió permanecer callada. Absorbió el golpe y el regaño sin contestar, y prefirió dejar que la siguiera consolando.

- Hermanita... ¡Yo no quiero que te pase nada! -prosiguió la mayor- Ya perdí a un hermano de la manera más horrible. ¿Crees que quiero perderte también a ti? ¡Te quiero mucho, Lucy! Aunque a veces no sepa cómo decírtelo... O demostrártelo.

La joven volvió a abrazar a su hermana, con mayor fuerza aun. Le dio un beso en la cabeza, y la tomó suavemente para examinar su mejilla.

Por dios... -se dijo, cuando vio la marca de sus dedos en la suave y pálida piel de la niña-. ¡Soy una maldita neurótica! ¡Pude lastimar su ojo!

La revisó con cuidado y tocó la piel con mucha suavidad. Quiso darle un beso para mitigar un poco el ardor que debía sentir, pero no se atrevió.

- Tengo un poco de base blanca, Lucy. Deja que te ponga, porque esa marca literalmente se te va a ver durante un día, por lo menos. Y ya debes prepararte para ir a la fiesta de tu amigo, ¿no es verdad?

Lucy asintió levemente. Su hermana volvió a disculparse, pero sus palabras sonaron huecas a los oídos de la pequeña gótica. Esa era la historia de la familia Loud: primero lastimaban, dañaban; y solo intentaban arreglar las cosas cuando el daño ya estaba hecho. 

Al menos, en lo que a ella se refería.

***

- Lori... ¿no crees que exageraste? Le pegaste a Lucy. ¡Y apenas va a cumplir nueve años!

Lori sostuvo la mirada como pudo. Tan pronto como bajó la trampilla se encontró con Leni; su hermana más linda, tierna y despistada. A pesar de su natural cariñoso, la muchacha la miraba con ojos acusadores y una expresión de profunda decepción.

- Lo sé, Leni. ¡Sé que no estuvo bien! Pero lo que ella hace tampoco lo está. ¡Tiene que ser más consciente! ¡Por cosas como esas perdimos a nuestro hermanito, y tú lo sabes bien!

Leni cerró los ojos e hizo un gesto de dolor. Ese día, Incluso a ella la tocaban los recuerdos. A ella, la más optimista y despreocupada de todas las hermanas Loud.

Cuando se preparaban para recibir al niño, todas compartían el mismo entusiasmo y alegría; pero sin duda Leni era quien más lo demostraba. Se la pasaba hablando del hermanito; de lo mucho que iban a jugar, de todas las cosas que iba a hacer con él, y de lo mucho que lo iba a querer. Todos toleraban el parloteo incesante de la niña, por que compartían su expectativa y su anticipación. Y cuando sus ilusiones se vieron destrozadas, Leni fue la que más lloró y demostró el paso abrumador de la tristeza que la consumía.

Sin embargo, quizá por eso se recuperó mucho mejor que todos. Nunca dejaba de tener esperanza con cada nuevo embarazo. Estaba segura de que algún día iban a recibir aquel hermanito que tanto habían deseado; y no se abrumó ni siquiera cuando sus padres, tras el nacimiento de Lily, les anunciaron su determinación de no tener más hijos.

A falta del retoño varón que todas anhelaban, Leni y Lily eran las luces que alegraban su existencia. Ni siquiera las malas bromas de Luan les aligeraban la vida como la cándida inocencia de la segunda hermana. Su torpeza solía desquiciar a todos, pero también admitían que la tierna Leni era un amor.

Pero incluso ella se apagaba en aquellos días. Cada aniversario luctuoso, la sonrisa se borraba de su rostro y su mirada se apagaba; tal como le ocurría a todas las demás. 

- Lori, pero, ¿qué culpa tiene Lucy? ¿No hay otra forma de... de decirle las cosas? Pude escuchar hasta acá abajo la cachetada que le diste.

Lori no pudo más. Se cubrió el rostro con las manos y comenzó a sollozar. Leni actuó de inmediato. Abrazó a su hermana mayor con mucha fuerza, y permitió que llorara recargada sobre su hombro.

- Por dios, Leni... ¡Soy una maldita! -dijo Lori, entre sollozos-. No soy una buena hermana. ¡Sí, le pegué! ¿Sabes? A veces creo que... necesito ayuda.

- Shh... -susurró Leni, acariciando su cabello-. No te preocupes, Lori. Aquí estoy yo. Yo te ayudaré, hermanita. 

En medio de su tristeza, Lori suspiró y sonrió ligeramente. ¡Esa era su hermanita Leni! Sencilla, a veces incapaz de comprender; pero siempre tierna y con un corazón de oro. Siempre estaría allí para ellas, sin importar lo terrible o angustiante que fuera la situación.

- ¿Te disculpaste con Lucy? -preguntó Leni.

- Sí. Sí lo hice, pero... le quedó una marca en su mejilla. ¿Podemos ayudarle con eso, Leni?

- Claro que sí -dijo Leni, un poco más animada al ver que podría ser útil-. Voy a subir al ático por ella. La arreglaremos para su fiesta, y lucirá como toda una princesa.

La sonrisa de Lori se ensanchó todavía más.

- No creo que quiera verse como una princesa. Conformémonos con que su vestido negro le siente a la perfección, ¿sí?.

Leni sonrió a su vez. Subió a la trampilla del ático, y llamó suavemente con los nudillos.

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Lisa Loud escuchó el sonido de la bofetada que Lori le propinó a Lucy. Cerró los ojos y se encogió, como si ella misma hubiera recibido el golpe.

Por Einstein... -pensó angustiada-. Lori de verdad necesita ayuda. ¡Todos la necesitamos en esta casa!

Si lo analizaba fríamente, no podía culparla. Toda la familia, empezando por sus padres, sufría de estrés postraumático debido a la terrible muerte del único vástago varón. Aquello había destrozado a la familia; pero dada la costumbre de sus padres de rehuir los problemas en lugar de enfrentarlos, lo que ocurrió se veía casi como parte del orden natural de las cosas.

Al pensar en ello, hizo una mueca de repulsión. ¿Normal? ¿Quién demonios era normal en aquella casa? Si acaso, Lily. Pero incluso la bebé, a su corta edad, ya estaba adoptando algunas idiosincrasias y manierismos de la familia.

¡Vamos, ella misma no era nada normal! Y no tenía nada que ver con su gran intelecto. Su deprivación emocional y falta de empatía eran evidentes para cualquiera que se tomara la molestia de observarla por un rato. ¿Qué otra cosa se podía esperar de alguien que idolatraba la ciencia, que destruía partes de su casa un día sí y otro también, y que consideraba a sus familiares como cobayos a su disposición?

Por lo menos, así había sido; hasta que ocurrió lo de Darcy. Tuvo que perder a la única amiga que había tenido en la vida para humanizarse un poco; y para entender por fin que ni su familia ni ella estaban bien.

Por supuesto, no podía ayudarlos directamente. Estaban demasiado acostumbrados a la Lisa fría, calculadora, y aparentemente desprovista de sentimientos. No confiaban en ella y al parecer, todos dudaban que la pérdida de Darcy de verdad la hubiera humanizado.

Quizá ella misma tenía la culpa de aquello. Cuando Darcy murió, Lisa hizo todo lo posible por mitigar su dolor con el trabajo. Muy pocas veces se dio el lujo de derramar alguna lágrima y recibir consuelo de la familia. Solamente Leni, y un poco su madre percibieron su deplorable estado psicológico; y le proporcionaron algo del consuelo que tanto necesitaba. 

Cuando comenzó a sentirse mejor, volvió a su rutina habitual de trabajo. Y por supuesto, todos pensaban que se había recuperado del trauma. Por desgracia, las cosas no eran así. Lisa nunca recuperó del todo su antiguo yo frio y calculador. De hecho, se volvió más sentimental y atenta al mundo que le rodeaba. A menudo se quedaba escuchando lo que ocurría a su alrededor, sin que nadie se diera cuenta; y gracias a ese nuevo hábito de escucha, fue detectando pautas de comportamiento en sus padres y sus hermanas que la hicieron plenamente consciente de los conflictos de la familia.

No tardó en identificar los ciclos emocionales de todos ellos y sus maneras típicas de reaccionar. Al principio, lo hizo de manera inconsciente; un poco como si buscara explicaciones para las maneras tan extrañas que tenían todos de afrontar los conflictos; pero no tardó mucho en hacerlo de manera intencional. Comenzó a detectar pautas, y dedujo fácilmente que la raíz de problema era el duelo no resuelto por la muerte de su hermano.

Así que, aclarada la situación, venia la segunda parte:

¿Debería hacer algo al respecto?

Vacilaba mucho en hacerlo. No le costaría trabajo administrar sedantes y sustancias euforizantes que ayudaran a la familia con sus ciclos emocionales, pero eso no resolvería el problema de raíz. Lo pertinente y adecuado sería que todos tomaran terapia psicológica asistida por medicamentos. En algún momento intentó sugerir esa idea a sus padres, pero ellos la miraron con extrañeza y le dijeron:

- ¿Para que ir al psicólogo? ¡Si todos estamos muy bien, hijita! -respondió Lynn.

Lisa trató de explicarles sus descubrimientos, pero ellos se defendieron de tal forma, que Lisa percibió fácilmente la intensidad de su negación. Era claro que sentían tanto dolor, que lo rehuían para no enfrentarse con aquello que lo provocaba.

Tampoco les dijo nada a sus hermanas. Leni no entendía; y para colmo, era la única que con todo y sus problemas, funcionaba de manera más o menos normal. Era noble, empática y sociable. Si conseguía una buena pareja, sin duda le iría bien en la vida.

Lori era otro asunto. Su negación era tan fuerte como la de sus padres. Pero las cosas se complicaban mucho, porque compensaba y sublimaba asumiendo los roles que le correspondían a ellos.

Aguzando el oído, Lisa percibió que Lori le ofrecía disculpas a su hermanita. Era un momento lábil para su hermana mayor. Quizá en aquellos momentos pudiera ser sensible a la idea de la terapia. Tal vez podría hablar con ella y sugerírselo más tarde.

Sin embargo, en momentos como ese, había algo que inquietaba a Lisa todavía más que las reacciones de su familia. Era un presentimiento. Una idea que la asaltaba desde que, días atrás, escuchó a sus padres y sus hermanas mayores hablando de la muerte de aquel niño tan deseado.

Ellos, por supuesto, jamás le habían contado nada concreto sobre esa muerte a las niñas menores. Incluso se daba cuenta de que, de Luan hacia abajo, los conocimientos de las hermanas sobre los detalles del caso eran vagos y superficiales. Era obvio que habían tratado de protegerlas para que no supieran las atrocidades que su hermanito tuvo que sufrir.

Como siempre, sus padres las subestimaban. Pero ella, Lisa M. Loud no estaba dispuesta a vivir en ese ayuno de información. Así que comenzó a investigar por su cuenta, y recurrió a sus contactos en la policía para recopilar información.

Reuniendo todas las piezas disponibles, encontró varios detalles que no encajaban. La policía y sus padres se convencieron demasiado rápido de que aquel niño calcinado era en realidad su hermano desaparecido. El problema es que no había pruebas definitivas. Incluso, había conseguido y examinado por su cuenta el dictamen del forense, y leyó estupefacta que el cadáver tenía rigor mortis cuando la policía lo encontró.

Rigor mortis. ¿Cómo podía ser eso en un niño que no llevaba muerto ni media hora? Ese único detalle debió haber puesto a todos sobre aviso. Pero no ocurrió así. ¿Por qué?

Profundizando, Lisa se dio cuenta de que había órdenes superiores de dar carpetazo al asunto. Había varios políticos y empresarios que no estaban directamente involucrados con el culto desmantelado, pero que tenían familiares y amigos que sí tenían vínculos muy directos con los cultistas. 

Aquello era sospechoso. Demasiado sospechoso. la policía había encontrado un cadáver, y se apresuró a dictaminar que el niño encontrado era el hijo varón de la familia Loud. Asunto concluido. Todos estaban tan tristes, que nadie iba a preocuparse por averiguar nada.

Nadie. Excepto ella. Lisa Loud.

Cuando se dio cuenta de las inconsistencias de la investigación, tuvo la intensa corazonada de que el niño tenía que estar en algún lugar. Claro, siempre quedaba la posibilidad de que lo hubieran utilizado para tráfico de órganos o para venderlo en el extranjero. Pero la hipótesis del tráfico de órganos era poco probable. Ella mejor que nadie sabía de las condiciones especiales que se requerían para mantener un órgano extraído vivo y funcional. Se necesitaban equipos enormes de expertos y aparatos especiales para asegurar la viabilidad de un órgano extraído. Y por si ello no bastara, prácticamente no había reportes de pequeños desaparecidos en Royal Woods, durante aquellos años. Ni tampoco en el estado de Michigan.

Así que, si se descartaba el tráfico de órganos y el robo, era muy probable que su hermanito estuviera vivo en algún lugar del mundo.

Obviamente no le diría a nadie, pero iba a continuar con esa investigación. Tenía una pista que podía ayudar mucho: al parecer, su hermano tenía albinismo en mosaico y era peliblanco natural, igual que Lucy y Pop-pop...

De pronto, Lucy se detuvo y se le puso la carne de gallina. Al repasar lo que había pensado, sintió un ramalazo de excitación. 

¿Cómo se llamaba aquel amigo de Lucy? LIncoln. Lincoln Pingrey.

Solo lo había visto un par de veces, y durante pocos segundos. Pero recordaba su cara, y su brillante mente analítica hizo rápidamente una compleja serie de deducciones.

En primer lugar, era peliblanco. Parecía tener albinismo en mosaico, y tenía más o menos la edad que debería tener su hermano, si es que hubiera sobrevivido.

En segundo lugar, la homología de los rasgos de la cara con la de Lucy... O mucho se engañaba, o la homología alcanzaba un 30%. Posiblemente más. ¡Si pudiera tomarle una foto digital y someterla a sus programas de comparación, contra los rostros de sus padres y sus hermanas...

En tercer lugar, y esto era demasiado arriesgado, veía una gran atracción de Lucy por aquel chico. Algo muy intenso y poderoso. Algo como... ¿Atracción sexual genética?

Y entonces, cuando más entusiasmada se sentía, sacudió la cabeza e intentó serenarse. ¡Tranquila! Tenia que estar tranquila. Su precipitación ya le había traído enormes problemas en el pasado. La muerte de Darcy, aunque no fue su culpa, quizá podía haberse evitado si ella hubiera sido un poquito más paciente y cuidadosa.

Respiró hondo, y se tranquilizó; pero fue a su escritorio, y tomó su tablet para hacer algunas notas. Se iría con más calma con investigación, pero no la olvidaría de ninguna manera. Lo primero y o más sencillo, era tomarle a ese chico Pingrey una buena fotografía digital.

Y después, en algún momento, quizá podría arreglárselas para tomarle una pequeña muestra de sangre.

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Lucy se miraba en el espejo del elegante baño de la casa de Lincoln Pingrey. No estaba muy contenta con lo que veía. Era el problema de su piel albina: cualquier golpe dejaba una marca demasiado visible que tardaba días en desaparecer.

El golpe que recibió de Lori le dejó marcados dos de sus dedos. La forma era característica e inconfundible, y la base blanca que le pusieron se le había corrido después del pastelazo que recibió.

Todo había sido un accidente, por supuesto. Lucy nunca antes se había divertido tanto en una fiesta. Había pocos invitados, y casi todos eran chicos muy agradables; de aquellos que no la discriminaban ni se alejaban de ella deliberadamente.

De verdad se la había pasado muy bien; mucho mejor de lo que esperaba. Pero aquel "pequeño" accidente sin duda era un fastidio.

Frunció el ceño, y tomó el tubo de base blanca de su pequeña bolsa de mano. La mejilla todavía le ardía cuando la tocó. Tenía que maquillarse con cuidado y necesitaba ver lo mejor posible; así que se levantó la chasquilla con un pasador. Sus peculiares ojos quedaron al descubierto, pero estaba bien segura de que había colocado el pestillo de la puerta del baño. No había nada que temer. 

Solo debía tener cuidado de colocarse la cantidad de base necesaria para que no se notara, pero que a la vez, cubriera muy bien la marca de su rostro.

- Suspiro -dijo en voz alta, y trató de figurarse cómo tenía que hacerlo. Tenía muy poca experiencia con el maquillaje. ¡Ojalá que su hermana Leni estuviera con ella para ayudarla!

***

Leni hizo un trabajo magnifico. La ayudó a disponer su vestido negro de la manera que mejor le favorecía. Le prestó uno aretes que combinaban muy bien el vestido, y le aplicó cuidadosamente la base blanca. Con su experiencia y habilidad, la modista logró camuflar a la perfección las marcas en el lindo y pálido rostro de su hermana menor.

- Ya está, hermanita -dijo cuando terminaron-. ¡Te ves preciosa! Lincoln va a estar encantado cuando te vea.

- Suspiro -susurró la pequeña gótica, y no pudo evitar que sus mejillas se pusieran rojas-. Te agradezco de todas formas, Leni. Ya casi tengo que irme.

Salió del cuarto de sus hermanas mayores y se fue al suyo. Para su sorpresa, Lynn había regresado y estaba acostada en su cama. Se le veía mucho más desganada que de costumbre, rebotando la pelota contra la pared. Cuando la vio entrar en la habitación, se quedó bastante asombrada. Era rarísimo que Lucy se vistiera así.

- ¡Vaya, Lucy! Te ves muy bien. ¿Cuál es la ocasión? No recuerdo la última vez que te arreglaste así -dijo Lynn, con un dejo de ironía.

- Me invitaron a una fiesta -respondió Lucy, sin dar más detalles 

- ¡Vaya! -dijo Lynn, y siguió rebotando su pelota-. Seguro que no es una fiesta de Haiku, o de otro de tus amigos góticos.

- No. Es de Lincoln Pingrey -contestó Lucy, tomando su bolso -. Y ya tengo que irme.

Lynn le dirigió una sonrisa torcida, y una sombra cruzó por su mirada.

- Eso lo explica todo. Y qué bueno que te arreglaste bien, hermana. Ese chico de verdad es muy guapito.

Lucy se detuvo, y miró directamente hacia Lynn. Había algo en su mirada y en su tono de voz que no le gustaba nada.

- ¿A qué te refieres, Lynn? -preguntó en tono lúgubre.

- A eso, Lucy. Justamente a eso. Tienes mucha competencia, ¿lo sabías? -dijo la deportista, con una sonrisa irónica-. Lincoln tiene muchas admiradoras, en tu escuela y fuera de ella. Y no todas son niñas de tu edad. 

Lucy salió del cuarto sin contestar. El día ya había sido bastante duro. No quería ni pensar en las implicaciones de lo que su hermana estaba diciendo.

***

Por fortuna, cuando llegó a la fiesta de Lincoln, Lucy olvidó muy rápido todos sus miedos y preocupaciones. El ambiente era alegre y animado, pero sin los gritos y el tumulto que tanto le desagradaban. Lincoln la recibió, y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para disimular su rubor. El chico se veía de verdad muy guapo, con aquella camisa azul y su pantalón caqui.

Lucy no lo notó, pero Lincoln también tuvo que hacer un esfuerzo para disimular su sorpresa. La niña se veía preciosa, con su vestido negro y sus aretes. Tanto, que la misma Haiku abandonó su expresión de indiferencia cuando la vio.

La niña se integró muy rápido al ambiente de la fiesta, y el mérito principal fue de Lincoln y de su amiga Haiku. Al principio, Lucy pensó que pasaría toda la fiesta con ella, un poco apartada del resto de los amigos de Lincoln. Pero Haiku ya estaba al tanto de lo que Lucy sentía por Lincoln, y se esforzó bastante en crear situaciones en las que ambos pudieran quedarse solos y juntos. Los demás chicos platicaba animadamente, y Carol o los padres de Lincoln salían de vez en cuando a ofrecerles bocadillos o refresco. Clyde también lo apoyaba, acaparando la mayor parte de la plática con los amigos de ambos.

Sin proponérselo, Carol también contribuyó a que Lincoln y Lucy convivieran, estuvieran juntos, y la fiesta entrara en un ambiente más infantil y animado. La hermosa chica se había vestido  con sencillez y discreción, pero se veía tan hermosa que casi todos los niños se quedaban embobados, mirándola y prestando atención a cada una de sus palabras. 

Los Pingrey valoraban y propiciaban un ambiente más distendido e infantil, con juegos y diversiones que implicaban actividad física; así que Carol se ocupó de preparar y animar juegos que implicaban correr, saltar y atrapar diversos juguetes. Los niños no protestaron ni se quejaron. Al contrario: estaban más que dispuestos a hacer cualquier cosa que una beldad como Carol pudiera pedirles. Gracias a eso, en la fiesta reinó gran algarabía; y todo fue tan lindo y animado como debían ser los niños en su cumpleaños. Lincoln y sus amigos gozaron sin inhibiciones lo que quizá sería la última fiesta infantil a la que acudirían con gusto.

Lincoln estaba encantado de ver a Lucy en otro plan. La niña corría, reía, y se divertía como jamás la había visto; y esa alegría tan pura e infantil la hacía ver todavía más linda. ¡Cómo deseaba tener la oportunidad de confesarle por fin sus sentimientos! Pero al verla tan alegre, vacilaba en sus propósitos. Quería dejarla disfrutar, verla sonreír. Quizá Lucy exageraba un poco cuando decía que su familia no la quería; pero fuera cierto o no, ¿por qué no dejarla disfrutar de aquellos momentos de felicidad?

La animación se cortó un poco cuando sirvieron el pastel. Era una delicia, hecho con zarzamoras y queso. Todos lo estaban disfrutando mucho, y por eso todos se molestaron bastante cuando a Zack se le ocurrió darle un pastelazo en la cara a Liam. El chico, por supuesto, respondió. Pero Zack estaba preparado, y esquivó el pastel que fue a dar justo en la cara Rocky.

Esto condujo a una pequeña pelea de comida, en la cual solo Lincoln y Haiku lograron salvarse. Los niños levantaron todo el desastre, y se limpiaron entre risas y reclamaciones. Pero para su mala fortuna, Lucy recibió un pastelazo en la cara; y se le corrió la base blanca que disimulaba su lastimadura.

***

Lincoln observó el momento en el que Lucy entró a la casa y, por supuesto, se imaginó que había llegado su oportunidad. Supuso que la niña necesitaba entrar al baño, así que decidió que la esperaría en el pasillo que conducía al sanitario que tenían en la planta baja. Le hizo una seña a Clyde para ponerlo sobre aviso, y pudo entrar a la casa con la certeza de que ninguno de sus amigos lo interrumpiría.

Estaba muy nervioso, pero por nada del mundo iba a perder esa oportunidad. La fiesta le había mostrado aspectos muy hermosos de la personalidad de Lucy que nunca había visto en otros contextos; y le gustó mucho lo que descubrió. Además, la niña se notaba muy cómoda conviviendo con él. Se acercaba, le sonreía... Incluso lo abrazó. ¡Todas esas tenían que ser buenas señales! Él siempre había sido seguro y desenvuelto. No podía permitir que la cobardía le hiciera perder esa oportunidad que ansiaba desde hacía semanas.

Estuvo esperando un buen rato, pero Lucy se tardaba en salir. Esto lo desconcertó bastante, y empezó a temer que se hubiera extraviado en otra habitación de la casa. Lo pensó bastante, y al final decidió acercarse al sanitario. Se sorprendió al descubrirlo vacío y con la puerta abierta.

Pronto se dio cuenta de que la niña no estaba en ninguna de las estancias inferiores de la casa. Así que subió las escaleras, llamándola suavemente. Nunca se le ocurrió pensar que estaría en el baño que tenían en la planta alta. Pensó solamente que le había ganado la curiosidad, y subió a husmear en las habitaciones.

Y justo por esa razón, nunca imaginó que la encontraría en el baño; máxime que la puerta estaba entreabierta.

Lincoln jamás olvidaría lo que sintió cuando vio por primera vez los dos ojos de Lucy, y las marcas color rojo carmín que cruzaban su mejilla izquierda...

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El grito intempestivo de Lincoln hizo que Lucy se sobresaltara.

- ¡Lucy! ¡Dios mío! ¡El pastelazo te lastimó el ojo!

Ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. El niño corrió a su lado, y le sujetó el rostro con las manos. 

- ¡Por dios, esto parece muy grave! ¡El ojo te sangró por dentro,  hasta te cambió de color! ¡Tenemos que llevarte a un hospital, Lucy!

- ¡Lincoln, espera! -exclamó la niña, angustiada.

- ¡Por favor, Lucy; esto urge! ¡Podrías perder el ojo!

Le soltó el rostro y la tomó por una mano. Lucy no sabía qué hacer. Jamás se imaginó que Lincoln se enteraría de su secreto en aquella forma. Solo atinó a oponer resistencia cuando la jaló. Tuvo que repetirle una y otra vez que no le pasaba nada malo.

Pero Lincoln actuaba como si no la escuchara. Pensaba que la niña no se movía porque estaba tan asustada como él.

- Lucy... ¡No tengas miedo! Te vamos a ayudar, pero tenemos que irnos de inmediato al hospital. ¡Esto puede ser muy grave! ¡¡Papáaaaaa!!

El grito de Lincoln logró sacarla de su perplejidad. Se desasió bruscamente del agarre.

- ¡Lincoln, no!

El niño se sorprendió mucho. Entendía que Lucy tuviera miedo, pero, ¿por qué no se dejaba ayudar? ¿Acaso le era tan difícil comprender lo grave de su situación? Ese ojo se veía muy mal. De verdad.

El chico reparó en la expresión de desconsuelo y los ojos llorosos de su amiguita. Eso lo hizo pensar que seguía muy asustada, paralizada por el miedo. Por eso tomó sus manos y se acercó más a ella, escudriñando atentamente las marcas de su cara y sus ojos.

- Lucy, preciosa. Entiendo que tengas miedo, pero podemos ayudarte. ¡Podemos...

Se detuvo de pronto, porque se dio cuenta de algo que alteró por completo sus emociones. La sorpresa hizo que se llevará  una mano a la boca; y luego, su expresión cambió a la total incredulidad.

- Lucy... No fue el pastelazo, ¿verdad? Alguien te pegó... ¡Alguien te pegó! ¡Mira cómo te dejaron el ojo!

Lincoln iba alterándose conforme hablaba. Su incredulidad se iba transformando en furia.

- Lincoln... No... -balbuceó la pequeña. De pronto, estaba en una situación imposible, irreal. Algo que no había pensado ni en la más angustiante de sus fantasías.

- ¡No me mientas, Lucy! –interrumpió Lincoln, cada vez más alterado-. ¡Esas son marcas de unos dedos! ¿Qué clase de salvaje pudo hacerte eso?

El niño peliblanco estaba fuera de sí. A él lo habían criado en un ambiente casi aséptico de violencia familiar. Sus padres y su hermana nunca le habían puesto una mano encima, y siempre lo aleccionaron para que supiera defenderse contra la violencia familiar y escolar. Por eso, le parecía increíble que alguien se atreviera a golpear a una niña tan dulce, tierna y hermosa como su Lucy. ¡Y sobre todo de esa manera tan brutal, marcando su rostro!

- ¡No, Lincoln! ¡Nadie me pegó! ¡Fue un accidente!

- ¡¿Accidente?! Lucy, ¡Lo hicieron con toda intención! Los dedos son lo de menos. ¡Mira cómo te dejaron el ojo! ¡Tenemos que llevarte al hospital ahora mismo!

En medio de su angustia y desconsuelo, Lucy sintió que el corazón se le caía a los pies. Lincoln la tenía acorralada; era claro que el niño no estaba dispuesto a ceder. Se veía muy alterado, y sin duda que era capaz hacer un escándalo muy grande.

Tenía que revelarle su secreto. No tenía ninguna alternativa. 

- ¡Lincoln, escúchame! Las marcas sí son de un golpe, pero... Mi ojo no tiene nada malo.

Lincoln hizo un gesto casi cómico de extrañeza. Tardó unos segundos en poder hablar de nuevo.

- Lucy... No entiendo. ¿Sí te das cuenta de que tu ojo cambió de color?

La niña cerró los ojos y apretó los labios y los puños. ¡Tenía tantas ganas de llorar! Era tan injusto... ¿Por qué las cosas tenían que ser así? ¿Por qué tenía que tener tan mala suerte?

En cuanto Lincoln supiera la verdad...

Tomó aire, y sintió que una pequeña perlita de agua comenzaba a escapar de sus ojos. Suspiró, hizo un gran esfuerzo, y miró a su amiguito a la cara.

- Lincoln... Mi ojo no cambió de color: siempre ha sido así. Lo tengo así desde que nací.

***

Por un momento, Lincoln no comprendió. Se quedó mirando a Lucy, incrédulo y cariacontecido. Le costó un poco de trabajo encontrar su voz para preguntar:

- ¿Q- qué quieres decir?

- ¿Alguna vez… oíste hablar de la heterocromía, Lincoln? -preguntó Lucy, secándose las lágrimas con el dorso de su mano.

En medio de su asombro, Lincoln lo pensó un momento. La palabra le sonaba, pero no estaba seguro de dónde la había escuchado. 

- Tú sabes... Las personas y animales que tienen los ojos de distinto color.

- Oh... ¡claro! -respondió Lincoln, haciendo memoria-. Creo que vi algo de eso en la tele. Entonces, ¿tú tienes eso, Lucy? ¿Tus ojos son así de verdad?

La niña no dijo nada. Se limitó a asentir, con expresión de infinita tristeza. Lincoln la miraba como si no pudiera creer lo que veía, y Lucy tuvo que hacer un gran esfuerzo para no apartar la vista.

Fue una gran suerte que lo hiciera, porque el niño logró olvidar la ira y el temor que sentía. Tras la sorpresa inicial, sintió un vivo interés por los singulares ojos de la niña, y muy pronto el interés se convirtió en algo muy parecido a la fascinación.

- Dios... -balbuceó el chico, y ya no pudo decir nada más. No lo entendía, pero por algún motivo sintió que esos ojos tan peculiares le iban a la perfección al hermoso rostro pálido de Lucy. 

Ella no pudo resistir más. Lincoln la veía como si no pudiera mirar hacia otro lado. Se sentía triste, más que nada. Y no pudo evitar confesarle su inquietud.

- Se ve mal, ¿Verdad? Es... ¡Es horrible!

Lincoln salió de su estupor. Estaba tan abstraído que apenas logró contestar.

- ¿Eh? ¡No, no! ¡Para nada! Yo...

- ¡No me mientas, Lincoln! ¡Tú no! P-por favor...

Lucy volteó, cerró los ojos, y comenzó a sollozar. Como Lincoln vaciló para responder, tuvo la certeza de que le estaba mintiendo. De que le ocultaba lo que pensaba de verdad. Eso la puso tan triste, que ya no pudo evitar las lágrimas.

Lincoln la vio llorar, y de alguna manera, supo de inmediato lo que tenía que hacer. Fue como un instinto, una necesidad que no conocía lo que le hizo poner las manos sobre los hombros de Lucy, y atraerla hacia sí. Ella se dejó hacer, y Lincoln la abrazó por un momento. Luego la apartó un poco, le tomó la barbilla con la mano, y le secó suavemente las lágrimas.

- Lucy... Escucha. Yo nunca te he mentido, y te juro por mi familia que no lo estoy haciendo ahora. Te ves diferente, sí. Nunca había visto a nadie como tú. Pero... ¿Sabes? De alguna manera, creo que el color de tus ojos le queda perfecto a tu cara. ¡Me gusta! Tú... Bueno... yo creo que eres muy bonita, Lucy. 

Lucy lo miró fijamente, porque creyó haber escuchado mal. ¿Bonita? Solo sus padres y Leni le habían dicho eso. Y nunca de una manera que ella pudiera tomar en serio.

Lincoln estaba colorado. Le había dicho a Lucy lo que pensaba de ella, y ahora la niña lo veía de esa manera tan fija...

- Lincoln... -dijo ella, arrastrando la voz-. Tú... ¿De verdad crees eso?

Lincoln estuvo a punto de flaquear. Tuvo que recurrir a todo su valor para sostenerle la mirada. Sentía que la pena lo vencía, pero sabía que no era el momento de ceder. Si cerraba los ojos o volteaba, las cosas nunca volverían a ser iguales entre los dos; y Lucy no volvería a creerle dijera lo que dijera.

- Claro que sí -respondió, acariciando levemente la barbilla de la niña-. Es solo que tus ojos te hacen todavía más única. ¡Eso es todo! Eres bonita a increíble. ¿Acaso no lo sabías?

Lucy de nuevo tuvo ganas de llorar. Después de toda una vida de tener que ocultar su rostro de los demás, por fin llegaba alguien que parecía aceptarla como era. Lincoln podía mirarla de frente y sin apartar la vista. ¡No quería creerlo! ¿En qué momento se había metido en la tierra de los sueños de la Princesa Pony?

La niña sintió que una nueva alegría comenzaba a invadirla, y fue capaz de dedicarle una tímida sonrisa. Lincoln la miró, y paseó los ojos por su hermoso rostro. Pensó que, si no conociera a Lucy, aquellos ojos singulares lo hubieran impresionado. Pero la conocía; ya sabía que era una chica increíble; y por si fuera poco, aquel día le mostró facetas encantadoras de su personalidad.

Le encantaba su forma de ser, su carácter; la dulzura y alegría que manifestaba cuando se sentía feliz y despreocupada. ¿Qué podían importar sus ojos? Además, si uno los veía bien, quedaban muy lindos en aquel encantador rostro de color crema.

Pasó los dedos por su mejilla, allí donde tenía las marcas de los dedos. Su expresión cambió levemente, y se vio en la necesidad de preguntar.

- Solo me preocupa algo, Lucy. Creí que la heterocromía solo se daba en el iris, ¿No es cierto? ¿De verdad el golpe no te lastimó? Tu esclerótica está toda roja.

Lucy apretó los labios. Si Lincoln iba a aceptarla como era, sería mejor que lo supiera todo de una vez.

- Es un hemangioma. Está en la superficie y cubre toda la esclerótica. Si lo miras bien, verás que cubre pequeñas partes del iris. ¿Lo ves?

Lincoln se acercó y miró con cuidado. Era cierto. No sabía mucho sobre los hemangiomas, pero tenía la impresión de que Lucy era muy afortunada por poder ver bien.

- Es cierto- dijo Lincoln, y luego sacudió la cabeza-. De todos modos, no me gusta nada que te hayan pegado, Lucy. Eso es maltrato infantil. ¡Te dejaron los dedos marcados!

- Bueno... No me pegaron tan fuerte. Mi piel también es especial. Yo... Soy albina, Lincoln. Siempre tengo que usar bloqueador, y mi piel es muy sensible.

- ¿De verdad? -Lincoln puso cara de sorpresa.

- Sí. Y mi cabello... En realidad, es tan blanco como el tuyo, Lincoln.

El niño estaba cada vez más asombrado. Por dios... ¡Cuántos secretos, cuántas revelaciones! Se quedó perplejo por un momento. Entonces, la imaginó con el cabello blanco, y la pregunta le salió del corazón.

- Es... Es una sorpresa, Lucy. Digo... Te ves muy bien así, pero, ¿por qué teñirte el cabello? ¿Por qué ocultar lo que eres en realidad?

El rostro de Lucy se apagó de nuevo.

- Lincoln... ¡Todo el mundo me tiene miedo! ¡A nadie le gusta mi aspecto! ¿Sabes que cuando era bebé, mis papás no me querían atender? ¿Que mis hermanas no querían jugar conmigo? ¡Tenían que ocultar mi pelo y mis ojos para que la gente no se asustara! Creo que Leni tuvo la idea de teñirme el cabello, y dejarme crecer el fleco para que me cubriera los ojos... 

No pudo seguir hablando. Se echó a llorar de nuevo, y Lincoln volvió a abrazarla.

Permanecieron así unos momentos, en silencio. Lincoln acarició los largos cabellos de Lucy, y pudo sentir el grosor del tinte recién aplicado.

- ¡Pues qué tontos! -exclamó el niño, y se oía molesto y decepcionado. Lucy se sintió tan sorprendida que se olvidó momentáneamente de su pena.

- ¿C-Cómo? –balbuceó, apartándose un poco de él.

- ¡Sí, Lucy! Son unos tontos. Tu familia y todos los demás. Seguro que fuiste una bebita adorable. ¿Cómo pudieron tenerte miedo? Además, eres tan dulce y cariñosa... ¡Te acabo de ver jugar y reírte! ¡Puedes ser muy alegre cuando los demás te tratan bien! ¿Por qué tu familia no hizo eso? ¿Por qué se conformaron con pintarte el cabello y ponerte bloqueador?

Lucy estaba asombrada por las palabras y la vehemencia de Lincoln. De verdad parecía creer todo lo que decía...

Y claro, ella quería creerle. ¡Necesitaba creerle! Quería pensar que el chico que tanto le gustaba de verdad sentía todo las cosas hermosas que le había dicho.

- Lincoln... -comenzó, pero las palabras murieron en sus labios cuando el niño le tomó las mejillas y le regaló su sonrisa más dulce.

- Lucy... ¡Si todos se dieran la oportunidad de conocerte! Sé que todos podrían llegar a verte como yo te veo.

La niña sonrió. Le regaló esa sonrisa franca y abierta que Lincoln jamás había visto en su rostro. ¡Qué preciosa se veía! ¡Y esos labios! Tan rojos, tan lindos...

Sus instintos tomara el control. No pensó en nada, ni siquiera en los consejos de Carol. Solo se acercó lentamente, sujetando apenas las mejillas de Lucy. La niña supo de inmediato lo que él se proponía, y se sintió a la vez asustada y emocionada. ¡Por dios! Apenas podía creerlo. ¡Lincoln quería besarla! Su estómago se hizo nudo, y tuvo la impresión de que sus piernas flaqueaban; pero le pudo más el deseo, y no retrocedió. ¡Por nada del mundo se iba a perder un beso del chico que tanto le gustaba...

- Hijo, te escuché gritar. ¿Pasó algo malo?

Los niños se sobresaltaron y se soltaron al instante. Lucy sintió que se moría de pena, y estuvo a punto de echarse a correr. No lo hizo, porque en aquel baño no existía un sitio a dónde huir.

Lincoln también se asustó, pero recobró rápido la compostura. Después de todo, era su padre quien hablaba. El buen señor también se dio cuenta de lo sucedido, y se las arregló para aparentar naturalidad y no avergonzar a los pequeños.

- Papá... No. No pasa nada. -dijo Lincoln-. Lucy tuvo un pequeño percance, pero ya lo solucionamos.

Mark Pingrey decidió seguir el juego. Ya habría oportunidad de hablar con su hijo más tarde.

- Okey... No se tarden mucho. Creo que uno de tus amigos andaba preguntando por ti, Lincoln.

El señor salió rápido del baño, y los niños no pudieron mirarse a los ojos por un momento. Estaban apenados y  bastante frustrados.

Lincoln fue el primero en rehacerse. La dirigió a Lucy una sonrisa de resignación. Sabía que la magia del momento se había roto, y no tenía sentido forzar las cosas.

- ¿Regresamos a la fiesta? -preguntó.

Lucy asintió, y ambos salieron del baño.

La pequeña gótica se sentía un poco frustrada. Pero a la vez, estaba feliz. Al menos en lo que se refería a su físico, ya no tenía nada que ocultarle a Lincoln. Y ahora,  también sabía de los sentimientos del chico respecto a ella.

Una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Ya habría oportunidad de consumar lo que empezaron. Estaba segura de ello.

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- ¿Segura que estarás bien, Lucy? Disculpa que te lo diga, pero... No me gusta nada que te hayan pegado en la cara.

Lucy le dedicó una sonrisa tímida, y sus mejillas se encendieron. El niño en verdad se veía preocupado, incluso un poco molesto. ¡Era lindo que alguien se preocupara tanto por ella!

Estaban sentados, solos; en el pórtico de la casa de Lincoln. Anochecía, y la fiesta había acabado desde hacía un rato. Todos los amigos de Lincoln se habían ido, y la familia de Lincoln le dio su espacio a la linda parejita de enamorados. Tan solo esperaban la llegada de Lori para que Lucy regresara a su casa.

- Entiendo, pero... Bueno. No me gustaría que te preocuparas tanto. Es que... discutimos por algo y mi hermana se ofuscó. En verdad no me pegó fuerte. ¡En serio! Lo que pasa es que... Ya te dije. Mi piel de verdad es muy sensible.

Lincoln la miró fijamente, y Lucy agradeció que no pudiera ver sus ojos. Sabía que no podría sostenerle la mirada.

El chico no se creía nada; de ninguna manera. Él también tenía la piel sensible, y  las lastimaduras que se hacía practicando deportes nunca se veían así. El golpe tuvo que ser muy fuerte para que los dedos fueran tan visibles en su piel, de eso no había ninguna duda.

No podía evitar sentirse preocupado. ¿Lucy era una niña maltratada? ¿Le pegaban todo el tiempo? Un rato antes fue testigo de cómo utilizaba la pintura blanca para disimular las marcas de su mejilla. ¿Tendría otras lastimaduras en su cuerpo, y las disfrazaría de la misma manera?

Tuvo que hacer un esfuerzo y cortar el hilo de sus pensamientos. La sola idea de que alguien pudiera hacerle algo a su querida Lucy lo ponía mal. ¿Qué clase de familia podían ser los Loud, para arreglar sus problemas y discusiones a golpes? ¿Acaso no sabían dialogar? ¿No se respetaban entre ellos?

No dijo nada en ese momento, pero una idea comenzó a germinar en su mente. Pensó que no estaría de más hacer una visita a la casa Loud.

- Bueno, ¿sabes? No importa que te hayan pegado fuerte, o si tu piel es muy sensible. Mis papás nunca nos han pegado. Siempre nos llevamos muy bien en la casa; y las pocas veces que mis papás se han enojado mucho, se salen un momento y hablan con nosotros cuando ya están más calmados. Siempre nos dicen que, aunque sean nuestros padres, no tienen derecho a desquitar su coraje golpeándonos.

¡Bendita sea tu familia! -susurró Lucy, sin poder evitarlo.

- ¿Perdón? -preguntó Lincoln, fingiendo que no haber entendido.

- No... Nada. Me parece algo muy bueno, Lincoln. Y dime, ¿de verdad quieres dar ese paseo nocturno mañana?

- En realidad, me gustaría llevarte a tomar un helado en el parque. ¿Qué dices? ¿Te gustaría? Puedo pasar a traerte a tu casa.

Lucy se sonrojó un poco más. La idea le encantaba. No lograron consumar el beso que estuvieron a punto de darse en el baño, y hasta el momento, Lincoln no le había propuesto noviazgo ni nada parecido. Pero de manera inconsciente, Lucy ya se había hecho a la idea de que había algo entre ellos que superaba la simple amistad. Aquello se parecía muchísimo a una genuina cita romántica.

Y por supuesto, no iba a perder la oportunidad.

- ¡Claro que sí! -dijo la niña, sin tratar de ocultar su entusiasmo- ¿Te parece bien a las cuatro?

- ¡Perfecto! Paso por ti, entonces... 

De pronto, una preocupación lo asaltó. Tenía que asegurarse de que Lucy de verdad pudiera salir.

- Lucy...

- ¿Sí?

- No crees que... Bueno... ¿Crees que tus papás podrían decirte que no puedes ir?

El rosto de Lucy se ensombreció. No podía decirle a Lincoln que la mayoría de las veces, sus padres ni siquiera notaban si estaba en casa.

- No hay problema, te lo aseguro.

Le dirigió una sonrisa tímida, y Lincoln le sonrió a su vez. El niño se fijó en el hermoso rostro y los bellos labios de su amiguita, y se quedó fascinado. De pronto, tuvo ganas de ver otra vez los peculiares ojos de la niña; hizo acopio de valor, y procuró que su voz sonara firme.

- Lucy... ¿Puedo pedirte algo?

- ¿Sí? -contestó ella, por lo menos tan encantada como él.

- ¿Me dejarías ver de nuevo tus ojos?

Lucy perdió su sonrisa, y sintió que el corazón se le caía hasta los pies. Aquello no le gustaba. Le daba pena. Se sentía intimidada.

- Lincoln... empezó a decir, pero el niño le tomó una mano y la interrumpió.

- Por favor, Lucy. Ya los vi una vez, ¿recuerdas? No pasa nada malo... Es que quiero cerciorarme de algo.

- Suspiro -dijo Lucy, y solo por un momento, estuvo a punto de negarse. En realidad, nunca supo exactamente por qué aceptó. Más tarde, cuando pensó en ello, se imaginó que una parte de su ser ya sabía que Lincoln fue sincero con todo lo que le dijo en el baño. Además, ¿no era mejor que supiera toda la verdad antes de ilusionarse? Su gran amigo, el niño más guapo y maravilloso que conocía le había dicho que se veía muy bien, tal y como era. Tenía que confiar en él... O resignarse a que no aceptara lo que ella era en realidad.

La niña bajó la cabeza. Lentamente, se apartó el cabello que le cubría. Abrió los ojos muy poco a poco, y volteó para mirarlo. Los ojos azules de Lincoln la observaron detenidamente.

Sí. Tenía que reconocer que los ojos de su amiguita eran muy impresionantes. Si uno se fijaba exclusivamente en su ojo café, era fácil sentirse amedrentado. Cualquiera sabía que un ojo normal no podía verse así. Pero su otro ojo era precioso. Aunque era de un color azul muy claro, el contraste con la piel tan blanca lo hacía lucir encantador. Además, el rostro de Lucy era un verdadero poema de belleza. 

¡Todo en esa carita era tan hermoso! Las cejas un poco marcadas, la frente breve... Esa barbilla apenas perfilada y esa piel tan tersa de las mejillas; con ese color porcelana tan agradable a la vista... Los labios se veían rojos... tan perfectos y rellenitos...

¿Cómo se sentiría un beso de esos labios? ¿Qué se sentiría probar esa linda piel con la boca?

Se sintió un poco apenado de sí mismo, y sus mejillas se encendieron. Tuvo que esforzarse en sostener la mirada. ¿Qué pensaría Lucy si supiera todo lo que estaba imaginando?

Cuando su mirada regresó al ojo derecho, la impresión había pasado. El ojo ya no desentonaba con la belleza de la niña. En realidad, no se veía nada mal: era el contraste de un ojo que se veía sano con otro que parecía estar enfermo y lastimado. Era un alivio saber que no era así.

Sonrió, y la misma Lucy se contagió de la intensidad de su sonrisa. Sus siguientes palabras le salieron del alma.

- ¿Sabes, Lucy? Entiendo que los demás no puedan verlo así, pero... Al menos, para mí, te ves tan bonita...

Ella dejó caer la mano que sostenía su cabello, y sus ojos se cubrieron parcialmente con su espeso fleco. Lincoln tardó un momento en darse cuenta de lo que ocurría: ¡Lucy estaba llorando!

La niña volteó la cabeza, y se llevó una mano a la mejilla. Comenzó a sollozar débilmente, y Lincoln se sintió a la vez desconcertado y asustado.

- Lucy... ¿Qué ocurre? -dijo, perplejo- ¿Dije algo malo?

- Lincoln... -respondió Lucy, con un hilo de voz-. ¿De verdad... piensas eso? ¿No te parezco rara? ¿De verdad, no estoy fea?

Lincoln se sentía cada vez más sorprendido y alarmado. ¿Rara? ¿Fea? ¡Era la criatura más dulce y hermosa que conocía!

- ¡Lucy! ¡Te juro que yo...

- ¡Por favor, Lincoln; no me mientas! -exclamó la niña, y su voz reflejaba toda la angustia e incredulidad que sentía -. Nadie me había dicho eso... ¡No me digas mentiras, Lincoln! ¡Por favor!

La misma cosa que ocurrió en el baño -pensó Lincoln, y sintió que su corazón se encogía-. ¿Por qué no me cree? ¿Qué cosas le habrán dicho en su vida, por dios?

Por supuesto, era una pregunta retórica. ¡Claro que se lo imaginaba! Pero no era momento de pensar en ello. Lucy lo necesitaba, y por suerte ya sabía lo que tenía que hacer. La abrazó, y le tomó la barbilla con suavidad. Esta vez, fue él mismo quien le retiró el cabello y la miró a los ojos.

- Lucy... ¡Yo jamás te mentiría! Si te digo que eres bonita, es porque de verdad lo eres. Tú me gustas desde mucho antes de que pudiera ver tus ojos. ¡Me gustas desde que te conozco! Eres increíble, divertida... Y te gustan las mismas cosas que a mí. ¡No hay nadie con quien me sienta tan bien, Lucy! Me gustas mucho... y me encanta que me hayas tenido la confianza para dejarme ver cómo eres en realidad.

La niña ya no se resistió. Abrazó a Lincoln con todas sus fuerzas, y hundió la cara en el hueco de su cuello. El niño le acarició la espalda, y la sintió sollozar contra él.

- Lincoln... –dijo, cuando pudo recuperar su voz-. Tú también me gustas mucho, ¿sabes? ¡Me encantas! Y yo... tenía tanto miedo de... de...

- Sí... Sí... Puedo entenderlo… No te preocupes.

- Has sido mi único amigo. Y también me gustas desde que te conocí. Pero yo no me atrevía...

Lincoln sonrió. No se sorprendió de darse cuenta de que sus propios ojos estaban humedecidos.

- Lucy... Tú me gustas mucho. Y dices que yo te gusto... Entonces... ¿Te gustaría que fuéramos...

La niña sonrió. Contestó, sin despegarse de los brazos de Lincoln.

- Claro que sí, Lincoln. ¡Sí!

Al fin se separaron. Se limpiaron las lágrimas con las manos, y se dedicaron la más hermosa de sus sonrisas. Ambos estaban decididos a sellar su noviazgo con el primer beso, pero... El sonido de la monstruosa van que venía a recoger a Lucy los interrumpió.

Los niños se sobresaltaron, y comprendieron que había llegado el momento de separarse por ese día. Otra vez los interrumpieron, pero no se sentían decepcionados: habían vencido las dudas y los temores. Por fin se dijeron lo que sentían, y se dieron el valor que necesitaban para declararse.

Oficialmente, ya eran novios. Ese primer beso que tanto anhelaban llegaría tarde o temprano.

Se abrazaron de nuevo, y Lucy le dio un beso bien plantado en la comisura de los labios. Lincoln cerró los ojos, y se abandonó a la sensación. Los labios de la niña quemaban como fuego en su mejilla.

- Debo irme, corazón... Sí me permites que te llame así, ¿verdad?

- Claro que sí, hermosa -dijo Lincoln; y llevado por un impulso, tomó una de las manitas de la niña para besarla-. ¿Nos vemos mañana?

- Por supuesto. Te voy a estar esperando...

Antes de separarse, volvieron a darse un abrazo y Lincoln besó su frente...

***

- ¿Todo bien, Lucy? ¿Te divertiste? -preguntó Lori, tan pronto como arrancó la camioneta.

Lucy la miró. Su lindo rostro pálido mostraba una encantadora sonrisa. 

Lori no tuvo más remedio que sonreír a su vez. Estaba muy apenada con Lucy; por el golpe que le dio en la mañana y porque se dio cuenta muy tarde de lo que había pasado entre ella y Lincoln. Los vio abrazarse, y el beso que Lucy le dio en la mejilla. El lenguaje corporal de los dos niños era más que evidente.

Si no hubiera sonado el claxon, probablemente Lucy estaría disfrutando de su primer beso.

De todos modos, su hermanita se veía tan contenta como jamás la había visto. Incluso su voz sonaba clara y animada.

- Claro que sí -respondió la pequeña-. De hecho, mañana Lincoln y yo tenemos una cita.

Lori sonrió, pero no quiso decir nada más. Se sentía muy contenta por su hermanita, y decidió dejarla disfrutar de su felicidad a su manera. Como no la conocía muy bien, tenía miedo de decirle algo inapropiado y echar a perder su buen humor. 

Era lindo ver a su hermanita tan contenta. ¿Para qué contrariarla? Tenía que dejarla sentirse feliz por tanto tiempo como fuera posible. Por más que fuera hermano de la odiosa de Carol, Lincoln Pingrey era un niño hermoso, tierno y muy atento. Un perfecto caballerito. 

Pero... No estaba nada segura de lo que iba a pasar, cuando el niño supiera los secretos que ocultaba su hermanita.

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Lori no dejó de observar a su hermanita en todo el trayecto de regreso. Muy pocas veces la había visto con esa media sonrisa que adornaba su rostro. Tenía que estar verdaderamente feliz para verse así, sobre todo después de la manera en que la trató aquella mañana.

Llegando a la casa, Lucy descendió de Vanzilla con calma y parsimonia. A diferencia de tantas otras veces, la niña no parecía tener prisa en perderse y pasar desapercibida. 

Lori la miró, y sintió emociones tan intensas como contradictorias. La base blanca de su rostro se había corrido levemente, y el golpe era un poco visible a la luz clara de la luna. No habían hablado durante el camino, pero la mayor de las hermanas Loud se sentía muy mal. Ya no le era posible permanecer callada.

- Lucy -susurró, al darse cuenta de que su hermanita se alejaba.

La pequeña se detuvo, y apenas volvió la cabeza.

- ¿Sí?

Lori hizo acopio de valor y se acercó. Quedo apenas a un par de pasos detrás de Lucy.

La pequeña gótica se dio la vuelta. En otro momento, quizá no se hubiera detenido. Pero gracias a lo ocurrido con Lincoln, se sentía contenta; y mucho más dispuesta a escuchar cualquier cosa que Lori tuviera que decirle.

- Lucy, yo... -comenzó Lori, y se frotó los brazos descubiertos-. Incluso Lucy se dio cuenta de que su hermana era presa de un ataque de nerviosismo. 

No dijo nada. Ya no estaba resentida con ella, pero le resultaba un poco difícil imaginar lo que quería decirle. Después de todo, Lori era una de las hermanas con las que convivía menos.

- Tú... ¿estás bien, verdad? Me imagino que sí. Te vi con Lincoln Pingrey.

Lucy se tensó de pronto. No tenía idea de qué debía esperar de esa conversación. Sin embargo, no se alteró ni trató de confrontar a Lori. Algo en su tono de voz le decía que no iba a reprocharle nada.

- Y... Exactamente, ¿qué viste? –dijo con precaución.

- Vi cuando lo besaste en la mejilla... Y luego él te dio un beso en la frente.

La niña se dio cuenta de que su hermana se esforzó por mantener un tono neutral. Si había algo de reproche en su voz, no lo detectó. Decidió darse la vuelta y confrontar a su hermana.

- Bueno. ¿Sabes? Lincoln... me pidió que fuera su novia.

La niña creía estar preparada para cualquier reacción de su hermana mayor. Pero se sorprendió mucho al darse cuenta de que Lori sonreía.

Bueno... al menos eso parecía. La expresión de su rostro era muy difícil de interpretar. Sus labios estaban alargados, como correspondía con una sonrisa sincera. Pero su expresión denotaba otras cosas que tenían que ver muy poco con la alegría: pena, culpabilidad; y quizá... ¿preocupación?

- Qué bien, Lucy -dijo la chica, y ponía gran cuidado en escoger sus palabras-. Me alegra mucho, ¿sabes? Conozco a Lincoln Pingrey, y sé que es un niño maravilloso. Es tierno, muy guapo... Y muy atento.

Lori suspiró, y por un momento pareció perderse en sus pensamientos.

- ¿Sabes que muchas veces, cuando Carol me derrotaba, él se acercaba a mí para decirme que lo había hecho muy bien, y que no tenía por qué sentirme triste?

Lucy la miró a los ojos, genuinamente sorprendida. Su cara de desconcierto era evidente, incluso con sus ojos cubiertos.

- ¿De verdad? 

- De verdad. Ese niño es muy, muy especial, Lucy. Y te juro que... estoy muy contenta de que hayas podido conquistarlo. 

Lucy sonrió. Esta vez, pudo leer la sinceridad en los ojos de su hermana.

- Gracias, Lori. Eres la primera que...

La niña se interrumpió al ver que los ojos de su hermana brillaban a la luna, y una pequeña perlita de agua comenzaba a resbalar por su mejilla. 

Toda la experiencia fue muy desconcertante. Lucy había sentido muchas cosas por su hermana mayor a lo largo de su vida: amor, respeto, miedo... incluso a veces un poco de odio. Pero no recordaba haber sentido pena o compasión por ella. Sin embargo, esa noche, algo cambió. Una barrera se rompió. La niña omprendió, de una manera casi inconsciente, que estaba ante la verdadera Lori: una joven atormentada y abrumada por el peso de responsabilidades que no le correspondían. Una chica que solo había aprendido a lidiar con sus problemas y sus hermanas por medio de la agresividad y la imposición. Una muchacha que estaba ansiosa por compartir de alguna manera la felicidad de su hermanita, pero que sentía demasiada culpa por lo que le había hecho unas horas antes.

Comprendía, y a la vez no comprendía; por eso se dejó llevar por su corazón. Caminó dos pasos hacia Lori, e hizo ademán de tenderle los brazos.

Lori no pudo más. Se agachó para quedar a la altura de su hermanita, y la estrechó con todas sus fuerzas; mientras daba salida a un llanto amargo y largamente contenido.

***

Estuvieron un largo rato abrazadas y sin hablar. Lucy estaba desconcertada. Quería decir algo, no le gustaba ver a su hermana mayor de aquella manera. Y sin embargo... Sin embargo... 

- Lucy... -balbuceó Lori, cuando pudo encontrar su voz-. Soy la peor hermana del mundo. ¡Perdóname, hermanita! Yo... ¡Son tantas veces las que he querido demostrarte cuánto te quiero! Y parece que solo sé cómo gritarte y hacerte daño.

La pequeña gótica no sabía qué decir. Estaba tan sorprendida, que ni siquiera estaba segura de  cómo interpretar las palabras de su hermana mayor. ¿Era una confesión, o una disculpa? SI no fuera por la intensidad y la sinceridad de las emociones que manifestaba, incluso pudo haber pensado que era una especie de sarcasmo.

Como si hubiera adivinado su pensamiento, Lori se apartó un poco y secó sus lágrimas con el dorso de su mano.

-No me he portado bien contigo, Lucy... Y sé que esto debe ser muy difícil de creer. ¡Te hemos tratado tan mal, hermanita! A veces, creo que nadie en esta familia te merece.

Lucy tenía la boca abierta. Cada frase de Lori era más sorprendente que las anteriores.

- ¡Nadie sabe cómo valorarte! Tiene que llegar alguien de fuera de la familia para enseñarnos lo maravillosa que eres... 

-  ¿Q-qué quieres decir? 

Lori le dio un abrazo breve y muy fuerte. Se apartó de nuevo, y respondió:

- Bueno... No sé si debería decirte esto, Lucy. Es que...

De pronto, desvió la mirada, arrepentida de haber hablado. Lucy apenas estaba iniciando su romance con Lincoln. ¿Para qué martirizarla? En una pequeña ciudad como Royal Woods, las cosas se sabían tarde o temprano.

Pero Lucy no le dio oportunidad de quedarse callada. 

- Lori... ¿Qué pasa? ¿Se trata de Lincoln?

La muchacha rubia suspiró. Pretendió no decir nada más, pero se quedó mirando a su hermanita. El cabello se le había corrido un poco, y su peculiar ojo enrojecido se veía apenas entre su chasquilla. Se quedó un poco sorprendida. ¿Por qué el ojo de Lucy se veía mucho menos impresionante que en sus recuerdos?

- Mira, Lucy -dijo por fin-. Sí es sobre Lincoln, pero no se trata de él. Ese niño es muy lindo y especial. Se lleva bien con todo el mundo, y es muy conocido por su manera de ser tan encantadora. Son muchas las niñas que lo quieren, pero nunca, nadie le conoció una novia... Hasta ahora.

Lucy miraba a su hermana. De pronto, recordó su diálogo con Lynn; y todo tuvo sentido.

- Como Lincoln es tan especial, muchos imaginábamos que su novia tendría que ser alguien tan especial como él. ¿Entiendes? Por eso te digo que no hemos sabido ver todo lo que eres, Lucy. ¡Hemos estado ciegos! He pensado en eso durante todo el día. Y sobre todo, en el camino de regreso...

Miró el bello rostro de la pequeña, y tomó sus mejillas entre sus manos. La visión de la marca en su mejilla hizo que se le encogiera el corazón.

- ¡Te hice daño! ¡Mira nada más esto! ¿Sabes? Creo que estoy enferma... Necesito ayuda... ¡Ya no quiero ser así contigo, Lucy! Hice lo mismo que todos: arrojé esa maldita carga sobre tus hombros, y luego...

Lori se cubrió los ojos para sollozar, y Lucy sintió que las lágrimas empezaban a correr por sus propias mejillas. Sabía muy bien a qué se refería su hermana. Todas las expectativas, todos esos sueños que se rompieron cuando ella nació…

Era irónico. Hacía ya varios meses que pensaba en lo bueno que sería echarles en cara todo eso. ¡Se sentía ansiosa por gritarles a voz en cuello todo el daño que le hacían con su indiferencia, y la culpa que le producían! Pero ahora que veía a Lori así; tan triste y culpabilizada, no sentía ninguna alegría. Al contrario: sentía el dolor y la impotencia de su hermana como si fueran suyos. Sabía muy bien  lo que era sentirse aislada, menospreciada, ignorada. 

No quería eso para sus propias hermanas.

- Lori... -susurró, y sus lágrimas brotaron con más fuerza-. Entiendo, pero no quiero que te sientas así. Yo... Bueno. Ha sido tan duro. A veces, me sentía tan mal por haber nacido niña...

- ¡No! -interrumpió Lori-. ¡No tiene nada de malo que seas niña, Lucy! ¡Todas en esta casa lo somos! Dios... ¿De verdad te hemos hecho sentir eso? No, no contestes… ¡Claro que lo hicimos!

Tomó el rostro pálido de su hermanita, y le limpió suavemente las lágrimas.

- Tú no tienes la culpa de nada, Lucy. ¡De nada! Por dios, ¡ojalá yo pudiera hacer que lo supieras!

La pequeña sonrió. Nunca en su vida había sentido tanta sinceridad en las palabras de su hermana. 

Lori sonrió a su vez. Algo había ocurrido ese día: era como si le hubieran quitado una venda de los ojos. Estaba viendo directamente el ojo tan singular de su hermana, y se sorprendió mucho al darse cuenta de que le había perdido el miedo.

Su hermanita no ninguna de las estupideces que llegó a pensar en la crueldad de su infancia. No era un monstruo, ni un ente demoniaco; mucho menos un castigo de Dios por los descuidos de sus padres. Era tan solo una niña que necesitaba el amor incondicional de su familia. ¡Como siempre debió ser!

- Lucy, Tu ojo... -comenzó a decir.

- Está bien, Lori -interrumpió Lucy-. No tienes de qué preocuparte. Lincoln ya lo vio dos veces hoy, mucho antes de que nos declaráramos. No le importó.

- Qué bueno, Lucy -dijo Lori, y sintió que se quitaba un peso de encima-. Pero no era eso lo que me preocupaba. Yo quise decir... ¿te duele? El golpe... fue muy cerca.

- No te preocupes por eso. Estaré bien. Te lo aseguro.

Llevada por sus emociones, Lucy hizo algo que no recordaba haber hecho jamás con Lori: la abrazó, y le dio un suave beso en la mejilla. La joven se sintió tan conmovida, que apenas pudo evitar que su voz se quebrara mientras hablaba.

- Lucy, ¡ya no quiero ser mala contigo! Sé que no va a ser fácil... Tal vez necesite tomar terapia, pero quiero cambiar. Quiero llegar a ser la hermana mayor que tú necesitas.

La pequeña gótica estrechó su abrazo, y se sintió confortada. Por primera vez en años, podía sentir la sinceridad de las palabras de su hermana.

Quizá no debía esperar milagros; pero era un buen comienzo.

***

- ¡Vaya, hermanita! Parece que te fue bien. ¿Acaso te pasó algo bueno en esa fiesta?

Lynn hablaba con sorna, pero su expresión cambió de manera radical cuando Lucy le devolvió la sonrisa.

- Claro que sí. Me pasaron cosas muy buenas, hermana -dijo, quitándose los aretes-. ¡No tienes idea de cuánto me divertí!

- Mmm... No imaginé que iban a hacer entierros o sesiones espiritistas en la fiesta. ¿Acaso Lincoln invitó a todos tus amigos del club?

Lynn se esforzaba por molestar a su hermana. Su pequeña conversación antes de la fiesta le había puesto los pelos de punta. Sabía que no había motivo para que estuviera enojada, pero sí que lo estaba.

Lincoln Pingrey era dos años menor que ella. Casi un niño, a decir verdad. Pero era el chico más lindo e interesante que había conocido. Físicamente, le gustaba mucho. Además, si se dedicara un poco más de tiempo a entrenar, seguramente sería tan bueno en los deportes como ella misma. Le había coqueteado y molestado un poco en algún momento, pero Lincoln nunca parecía notarlo. Estaba resignada a que las cosas eran así; pero ahora resultaba que el niño estaba interesado en otra chica. ¡Y nada menos que en Lucy, la más rara y misteriosa de todas sus hermanas!

Eso no podía quedarse así. Lo malo fue que Lucy no dio ninguna señal de haber encajado el golpe.

- No. Del club solamente estuvo Haiku -respondió Lucy, mientras se ponía su camisón negro.

- Pues qué bueno. Recuerda lo que te dije, hermanita. ¡Tienes mucha competencia!

Lynn se sonrió con satisfacción. Pero la sonrisa se le congeló en el rostro cuando Lucy le contestó.

- La competencia ya no me preocupa, Lynn- Ya no hay competencia, ¿sabes? Todo eso se acabó.

El semblante de Lynn cambió. Su expresión dio paso a una mueca de susto.

- ¿Qué quieres decir?

- Quiero decir, que Lincoln Pingrey ya es mi novio. Me lo acaba de pedir hace un par de horas.

La deportista sintió que la sangre se le agolpaba en la cara. Se sintió agradecida de que la tenue luz de la lámpara de noche no le diera en el rostro. Se puso todavía peor cuando Lucy remató diciendo:

- Buenas noches, Lynn. Estoy ansiosa por empezar a soñar con el primer beso que Lincoln me dio.

Aquella noche, el único sonido que hubo en la habitación fue un rechinar de dientes. 

Chapter Text

Rita Loud nunca olvidaría la primera vez que estuvo enfrente del pequeño Lincoln Pingrey.

Todas sus hijas estaban ocupadas, así que tuvo que ir a abrir la puerta por sí misma. En cuanto lo hizo, vio al apuesto caballerito pelibanco que estaba parado frente a ella. Con las manos bien visibles frente a su cuerpo y un tono de voz firme, pero muy respetuoso.

- Muy buenas tardes, señora Loud. Me llamo Lincoln Pingrey. Vengo a buscar a Lucy. ¿Se encuentra ella en casa?

Rita lo escuchó, pero tardó bastante en reaccionar. La visión del hermoso niño le trajo de golpe un cúmulo de sensaciones intensas y desconocidas. Su apostura, la exquisita corrección en el vestir, el encanto infantil, y el respeto y deferencia con la que hablaba hubieran cautivado a cualquiera. Pero eso no era suficiente para explicar el vuelco que sintió su corazón en cuanto lo vio. 

¿Acaso fueron ese cabello blanco y los lindos ojos azules, tan parecidos a los del bebé que tuvo solamente unos  minutos en sus brazos? ¿O fueron los recuerdos e ilusiones que le evocó la visión del niño?

Rita se había imaginado muchas, muchísimas veces cómo hubiera sido su niño, si la desgracia no lo hubiera alcanzado. Y las visiones que construyó en sus fantasías maternas se parecían demasiado al adorable muchachito que tenía ante sus ojos.

Lincoln, por su parte, se sintió preocupado. La mujer que le abrió la puerta era una señora casi tan guapa como su propia madre. Siendo mamá de su preciosa Lucy, no se esperaba otra cosa; pero la mujer se comportaba de una manera sumamente rara. La saludó con la corrección  y respeto que su familia le había inculcado al dirigirse a mayores desconocidos; y la señora solo se quedó frente a él, mirándolo con los ojos y la boca abiertos. Los colores parecían haber huido de su rostro, y se comportaba como si hubiera visto un fantasma.

Al principio, no supo qué hacer. No estaba preparado para una situación como esa. Por suerte, la autoconfianza que había ganado a lo largo de su corta vida le ayudó a mantener la calma y a seguir mostrándose respetuoso y comedido. Esperó varios segundos, e inclinó el cuerpo ligeramente hacia adelante.

- Señora, disculpe... ¿Se siente usted bien? ¿Llegué en un mal momento?

Esto bastó para hacer reaccionar a Rita. La mujer salió de su ensoñación a regañadientes, y tuvo que hacer un esfuerzo para dominar la angustia que comenzaba a atenazar su corazón.

- ¡Oh! Yo... ¡Perdón, disculpa mi descortesía! ¿Cómo me dijiste que te llamabas?

- Lincoln, señora. Lincoln Pingrey, a sus órdenes.

Rita no quería ser descortés, y mucho menos asustar al niño. Aquella mañana, Lucy le contó que esperaba la visita de un amiguito suyo, y que deseaba que la dejara salir un rato con él. Ella se entusiasmó bastante con el hecho de que la más reservada de sus hijas comenzara a tener amigos fuera del club Morticians. Era muy bueno que dejara de pensar un poco en las cosas raras y esotéricas que habitualmente le gustaba hacer. Pero Lucy no le describió el aspecto del chico. Solamente le dijo que llegaría alrededor de las cuatro de la tarde.

Nada la había preparado para lo que vio. De una manera tétrica y desconocida, estaba viendo un fantasma. Una proyección de lo que debió ser; de algo que le fue cruelmente arrebatado. 

Tuvo que hacer un gran esfuerzo para serenarse. Sus emociones se negaban a dejarla en paz. Trató de sonreír con toda la sinceridad posible.

- ¡Vaya! Tú... debes ser el amiguito de Lucy. Mi hija no me dijo que fueras un caballerito tan guapo y educado.

Lincoln no pudo evitar sonrojarse. Estaba bastante acostumbrado a que le dijeran eso, pero aquella señora le producía una impresión muy curiosa. No sabía si era porque se trataba de la madre de Lucy, pero sentía un aura de afinidad y hasta de candor que irradiaba de ella. Y eso lo hacía sentir un poco de pena.

- ¿Quieres pasar, Lincoln? Mi hija debe estar por bajar. ¿Ya comiste?

- Sí, señora Loud. Hace un par de horas.

- Entonces, quizá quieras venir a la cocina. Mi esposo es un chef aficionado muy talentoso, y hace un pastel de queso con fresas de verdad exquisito. ¿Te gustaría probarlo?

En realidad, Lincoln había comido bien y no tenía hambre, pero no quería desairar ni darle una mala impresión a la mamá de su novia. Aceptó la invitación, y la señora lo sentó en la mesa de las pequeñas.

Sin poder evitarlo, Lincoln se puso a observar aquella casa tan peculiar y grande...

De pronto, una voz atiplada y llena de entusiasmo infantil gritó a sus espaldas. 

- ¡Yay! ¡Mamá! ¡¿Quién es este muchachito tan guapo?!

Lincoln volteó para encontrarse con una preciosa joven rubia, delgada; ataviada con un vestido turquesa y grandes gafas de sol blancas colocadas encima de su cabeza. Se veía muy hermosa, y agradable; pero lo miraba con las pupilas dilatas, y con las manos sujetándose las mejillas.

***

- ¡Cierto, te he visto en algunos concursos de la escuela! -decía Leni, muy entusiasmada-. A veces vas a apoyar a tu hermana a los concursos, ¿verdad?

- Eh... Sí -respondió el chico, sin saber muy bien qué esperar.

Leni no lo dejó mucho tiempo en la incertidumbre. El niño la fascinaba de una manera que no alcanzaba a comprender. Se colocó justo al lado de él, y miró su rostro con gran atención.

- Cielos, Lincoln... ¡Eres tan guapo! Y esa camisa naranja le queda de maravilla a tus ojos y tu cabello. ¿Me permites?

Lincoln le iba a contestar, pero Leni no le dio tiempo. Extendió la mano y acarició su mata de cabello blanco con suavidad, casi con ternura. La expresión de Leni era tan soñadora como la de una hermana mayor... O una enamorada.

- Aww... ¡Tienes el cabello tan suave! ¡Me encanta! Se parece muchísimo al de mi abuelito...

Lincoln comenzaba a sentirse muy incómodo. Su hermana Carol era tan hermosa como aquella muchacha; pero Carol era su hermana, y por eso estaba muy acostumbrado a sus caricias y sus besos. Leni le simpatizaba, pero no le gustaba que se acercara tanto a él; que rompiera su espacio vital con tanta libertad. Esa chica tan bonita y desconocida lo ponía nervioso.

Ya estaba a pocos centímetros de recargar sus senos contra su espalda; pero afortunadamente, la mayor de las hermanas Loud entró a la cocina, y vino a salvar al muchachito de su predicamento.

- ¡Leni! ¿Qué estás haciendo? ¡Deja en paz a Lincoln, por favor! ¿Qué crees que pensaría Lucy si entra, y te ve tan cerca de él?

Leni la miró por unos instantes, muy confundida; y luego se dio cuenta de que estaba casi recargada en la espalda del niño.

- ¡Oh! -exclamó, y se puso colorada-. ¡Lo siento, Lincoln! Yo... nunca quise...

En ese momento, el niño reaccionó. La intervención de Lori lo ayudó a recobrar su compostura y el dominio de sí mismo. Se volteó para ver a Leni, y notó su expresión de azoro y desconcierto.

- Está bien -dijo Lincoln, y le dedicó la más tierna de sus sonrisas-. No pasa nada, Leni. No te preocupes.

Leni se sintió enternecida. La sonrisa del niño era encantadora. Sin duda, era un pequeño muy hermoso; pero su sonrisa le transmitía algo más. Algo diferente, que solo había sentido en momentos de verdadero entendimiento y alegría con alguna de sus hermanas. Ese sencillo gesto, esa sonrisa sincera, la hacían sentirse reconfortada y comprendida. Como si llevara años de convivencia con aquel pequeño casi desconocido.

- Deberás disculpar a mi hermana, Lincoln. Ella es un poco... ¿Cómo decirlo? Impulsiva. Pero no hace las cosas con mala intención. ¿Me explico?

Lincoln miró a la hermosa muchacha rubia que tantas veces se había enfrentado a su hermana, y no pudo menos que sonreír. Lori Loud siempre le había caído muy bien, e incluso en algún momento llegó a sentirse atraído por ella. Pero tal sensación había pasado por completo desde que conoció a Lucy.

- No pasa nada- repitió Lincoln, y la muchacha continuó diciendo.

- Lucy va a tardar un poco. No nos dijo que saldrá contigo; así que, sin querer, la hicimos retrasarse. En estos momentos, apenas estará saliendo de la ducha. No te importa esperar un poco, ¿verdad?

- Claro que no -respondió el niño-. Que se tome todo el tiempo que necesite...

En ese momento, Rita colocó frente a él un pedazo de pastel y un vaso de jugo.

- Espero que te guste, Lincoln -dijo la mujer, y se retiró para darle su espacio a Lincoln y a sus hijas.

- ¿Es el pastel de queso con fresas de papá? -exclamó Leni-. ¡Yay! ¡Pruébalo, Linky! ¡Te encantará!

Hizo ademán de tomar la cuchara para darle un pedazo en la boca ella misma, pero Lori la detuvo con una mirada acusadora.

- ¡Leni!

- ¡Cielos, otra vez lo hice! ¡Discúlpame, Lincoln! -exclamó, apenada.

- No pasa nada... ¡Mmm! ¡De verdad está muy rico! -exclamó entusiasmado, después de probar la primera cucharada.

- ¿Lo ves? ¿Lo ves? ¡Te lo dije!

Rita, desde el fregadero, miró de reojo lo bien que la estaban pasando sus dos hijas mayores con el  amigo de Lucy. En un primer momento, le pareció un hermoso cuadro. ¡Sus niñas se veían tan entusiasmadas con el pequeño!

Seguramente, si su hijo viviera, las cosas serían así. Ellas y el resto de sus hijas estarían locas por él.

Esbozó una sonrisa cuando vio que los tres se reían, pero su sonrisa se quebró cuando se percató de la realidad que se escondía tras la encantadora escena.

Sus niñas no tenían hermano: lo habían perdido. Se los habían arrebatado para siempre. Aquella escena tan tierna y bonita no era más que una feliz coincidencia, una visión efímera de lo que pudo haber sido y no fue.

Cerró los ojos, y tuvo que hacer esfuerzos heroicos para no llorar. Por mucho que lo deseara; por mucho que le doliera, estaba viendo una pura ilusión. Aunque Lincoln Pingrey se pareciera tanto a su niño perdido, era el hijo de otras personas: esa era la realidad. Si algún día dejaba de ser amigo de Lucy, nunca volvería a verlo por su casa. El niño no era de ellos, ¡y no había nada que pudiera hacerse para cambiar esa realidad!

Pero entonces, ¿por qué la asaltaba esa sensación en su corazón, cada vez que lo miraba? ¿Por qué empezaba a sentir ese deseo de abrazarlo, besarlo y retenerlo junto a ella?

¿Qué le estaba pasando a su corazón? ¿Y por qué?

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Lincoln subía las escaleras lentamente. Iba un poco preocupado, y bastante asombrado por lo ocurrido.

Al final, el hecho de que la hermosa Leni Loud lo abrazara fue lo de menos. Lo que en verdad lo dejó confundido fue la reacción de las niñas gemelitas. Dos niñas rubias, hermosas como capullos en flor; cada una a su manera especial: una pequeña princesa, y una típica chiquilla tomboy y desaliñada. Lo miraron exactamente como Leni lo había hecho, pero fueron mucho más insistentes y encimosas que su hermana mayor. La princesita Lola insistía en llevarlo a una fiesta de té en su habitación, mientras que la otra quería que fuera con ella al patio trasero; para capturar insectos, jugar con pasteles de lodo, y con su ranita Brincos.

Las dos se mostraron muy insistes, y a pesar de los regaños y reconvenciones de Lori, acabaron peleando. Lo  jalaban del brazo con tanta fuerza, que su hermana mayor y la señora Rita tuvieron que intervenir. Las niñas se fueron; pero antes de hacerlo, la pequeña princesa le guiñó un ojo y le mandó un beso con la palma de la mano.

El niño se puso bastante nervioso. No tenía hermanas menores, ni convivía con niñas mucho menores que él;  pero la manera en que Lola giró su cuerpo y le mostró sus pequeños atributos le pareció completamente impropio de una niña de su edad.

Lori, para evitar que sus hermanitas siguieran molestando, le sugirió a Lincoln que subiera. Lucy nunca tardaba demasiado, y de seguro ya estaba casi lista. No creyó que hubiera peligro para Lincoln: Lisa estaba en su búnker, Lily dormía, Lynn estaba fuera; en una de sus prácticas deportivas, y Luna y Luan estaban ensayando.

Mientras subía las escaleras, Lincoln escuchaba toda clase de ruidos raros en el piso de arriba: música Rock, y un fuerte risa. Aquel bullicio era impensable en su propia casa, y le resultaba a la vez atrayente y perturbador.

¿Así era la vida cuando tenías tantos hermanos? 

La perspectiva no era desagradable. Pero después de su conversavión con Carol, notaba varios aspectos extraños en la casa Loud. 

Lori le simpatizaba mucho. La hermosa muchacha fue su primer interés amoroso, mucho antes de que su amigo Clyde le contara lo que sentía por ella. Pero aquello se había terminado, y ahora que la observó bien, notaba en ella una especie de enojo contenido cuando se dirigía a sus hermanas. Era como si se hubiera esforzado en mantener la calma. Quizá fuera porque, siendo la mayor, tenía la obligación de imponerse a las menores.

Leni, en cambio, era un amor. Una chica preciosa y muy dulce, pero había algo extraño en ella. Le costaba trabajo controlarse, como sí... Como si fuera una niña pequeña en el cuerpo de una muchacha.

Y la pequeña Lana. ¿Qué podía decir de ella? Estaba seguro de que, en otras circunstancias, hubiera disfrutado jugar con ella y sus pasteles de lodo. Lo que le llamaba la atención es que lucía  demasiado desaliñada, excesivamente distinta de su gemela.

Incluso la señora Rita se portaba de una manera muy rara. Cada vez que la descubría mirándolo, parecía a punto de llorar. 

¿Quizá porque lo veía como el niño varón que le hubiera gustado tener? O... ¿De verdad todos, los rumores eran ciertos?

Sacudió la cabeza. A fin de cuentas, ¿qué más daba? Fuera como fuera la familia Loud, Lucy era todo lo que le importaba. ¡Bendita fuera Carol, por ayudarlo a poner las cosas en perspectiva!

***

Recordaba muy bien la conversación. Cuando Lucy se fue y terminaron de limpiar la casa, Carol se fue derecho a su habitación; con la intención de que le contara todo lo que pasó entre ellos.

- ¿Entonces, Linky? ¡¿Te declaraste?! ¡¿La besaste?! -dijo Carol ansiosa; tomándolo de las manos.

Era evidente que la muchacha apenas podía controlarse. Lincoln se veía tan contento y animado, que asumió de manera natural que Lucy ya era su novia.

- Sí, me le declaré -respondió el niño, con una media sonrisa-. Me dijo que sí, y de hecho mañana...

Carol no pudo resistir más. Hasta ella tenía su límite. Abrazó a su hermanito con tal fuerza, que lo levantó del piso.

- ¡Sí, Linky! ¡¡Sí!! ¡Lo sabía! ¡Estaba segura! ¡Por dios, mi hermanito ya tiene novia!

- Carol, por favor... ¡M-Me estás… aplastando! -se quejó Lincoln. Los brazos de su hermana apenas le permitían respirar.

La chica lo soltó, mientras se disculpaba.

- Ay, hermanito... ¡Perdón! Es que... Bueno, ¿qué quieres? Me emociona. ¡Y más todavía porque era algo que tú deseabas tanto!

Lo miró a los ojos y, en medio de su entusiasmo, detectó algo raro en el semblante de Lincoln. Sin duda estaba contento, pero no tanto como debiera.

Lincoln suspiró. Su hermana lo conocía bien. Demasiado bien. No servía de nada tratar de ocultarle sus preocupaciones. Además, ¿por qué querría hacerlo? Probablemente ella pudiera ayudarle a comprender.

Le hizo una reseña detallada de lo que ocurrió, cuando entró a la casa tras Lucy. Le dijo todo lo más importante: las circunstancias en las que la encontró, el singular aspecto de sus ojos, las marcas en su cara, su profundo temor a que Lincoln la rechazara por su aspecto, y por las cosas que tenía que hacer para ocultarlo.

- La hubieras visto, Carol. ¡Tenía tanto miedo de que yo la viera tal como es! –dijo Lincoln, consternado-. A mí me preocupaban mucho más las marcas en su cara. ¡Oh, sí! Se ve un poco… Diferente, digamos. Pero, ¿qué importa eso? ¡Ella es tan bonita e increíble! La viste jugar y divertirse en la fiesta, ¿verdad? ¡Lucy es una niña maravillosa! ¿Cómo es posible que alguien de su propia familia se atreva a ponerle la mano encima?

Carol no interrumpió ni una sola vez, pero su rostro iba cambiando conforme Lincoln hablaba. De la preocupación pasó a la consternación, y después, a la tristeza.

Se tomó unos segundos para ordenar sus ideas. No le gustaba nada lo que Lincoln le dijo. Parecía una confirmación de todo lo que se decía sobre la familia Loud, tras la terrible tragedia que los había golpeado tantos años atrás.

Contempló el rostro de su hermanito. Él la miraba, anhelante y expectante; esperaba una respuesta de ella. Pero, ¿qué podía decirle? ¿Era pertinente que le dijera lo que había escuchado decir a tantas personas? Después de todo, no tenía pruebas. El golpe que había marcado el rostro de la pequeña Lucy bien pudo ser una cuestión incidental. Y aunque no lo fuera, ¿qué efecto podría tener esa revelación, en el incipiente romance de Lincoln?

Suspiró. Lincoln estaba abriendo la boca para hablar. No podía diferir la respuesta por más tiempo.

- Linky… Bueno, la verdad es que no sabemos nada más que lo que Lucy te dijo. Ella podría tener razón. Quizá todo fue un malentendido.

- ¿¡Malentendido!? –protestó Lincoln, escandalizado-. Carol, ¡hemos tenido malos entendidos con nuestros padres durante toda nuestra vida, y jamás nos han puesto una mano encima! Si los padres de Lucy le han hecho eso, entonces… ellos...

Lincoln no pudo completar la frase. Estaba tan molesto que le costaba trabajo hablar.

- Tranquilo, Lincoln –dijo Carol, en el tono más conciliador que pudo-. Mira… Esto puede ser muy complicado. Tú sabes que no todos los padres piensan igual, ni tratan igual a sus hijos. Nosotros tuvimos mucha suerte; pero hay algunas familias que no la tienen, ¿comprendes?

Lincoln estaba a punto de contestar, pero súbitamente le llegó una idea. Se sintió sorprendido y algo asustado por lo que acababa de recordar.

- Carol… ¿Quieres decir que… lo que se dice de la familia de Lucy…

Carol sintió tristeza por la insinuación de su hermano. Por supuesto, era muy difícil que no lo supiera: la tragedia de los Loud era un secreto a voces. El caso causó gran consternación cuando ocurrió, y todavía había quienes lo recordaban. Los años habían contribuido a atenuar el revuelo, pero siempre había quien lo recordaba y lo mencionaba. Era muy difícil que Lincoln no lo hubiera escuchado. De todos modos, tenía que cerciorarse.

- ¿A qué te refieres, Linky? –dijo, procurando mantener un tono de ligera sorpresa.

- A lo que les pasó hace años. Se dice que tuvieron una tragedia. Una tragedia horrible.

Sí. Eso era, sin duda.

La muchacha suspiró, se acercó, y le dio un abrazo firme pero breve. Se sentó y le tomó las manos, a la vez que lo miraba a los ojos.

- Entiendo. Alguno de tus compañeros de la escuela ha hablado de ello.

El niño asintió. La reacción de su hermana lo puso triste. En su interior, se había aferrado a la esperanza de que aquello no fuera cierto.

- Mira, Lincoln… Se dicen muchas cosas, y no podemos estar seguros de que algo de eso sea cierto. Yo también conozco los rumores. Escuché bastante sobre ello cuando era niña. Pero, si te digo la verdad, jamás hice un verdadero intento por asegurarme de lo que pasó.

- ¿Eh?  Pero… ¿Por qué? – casi gritó Lincoln.

- Lincoln… ¿Puedes imaginarlo? ¿Puedes pensar siquiera en lo que sentiríamos, si eso nos hubiera pasado a nosotros?

Lincoln abrió los ojos por la sorpresa. Las palabras de Carol evocaron en su mente una gran cantidad de imágenes espantosas que lo golpearon todas a la vez.

- C-Carol… -balbuceó-. ¡Por dios!

Se sintió tan afectado, que enseguida se abrazó a su hermana con todas sus fuerzas.

Carol y sus padres lo eran todo para él. Estaban presentes en todos sus recuerdos más hermosos; en las pocas penas y las miles de alegrías de su corta vida. Incluso ahora que despertaba a sentimientos y emociones por otras personas, ellos estaban allí; alentándolo, animándolo… Incitándolo a vivir y a arriesgarse por la felicidad.

¿Cómo sería su vida sin Carol, o sin alguno de sus padres? ¿O si hubiera nacido en una familia como la de Lucy, golpeada por una tragedia a la que ni siquiera podía nombrar? ¿Qué hubiera hecho él sin el amor, el cariño, y el consejo de cualquiera de sus seres queridos?

Carol correspondió al abrazo, y lo sintió temblar contra su cuerpo. No necesitaba verlo para saber lo impactado que estaba. Le frotó suavemente la espalda, como lo hacía siempre que se refugiaba en ella.

- Linky… Te pido perdón, hermanito. Nunca hubiera querido que te sintieras triste en un día como este, ¿sabes? Pero como me dijiste lo que te preocupaba… Bueno. Tienes que pensar en todo lo que esto significa para Lucy.

La muchacha tomó aliento y suspiró, antes de continuar.

- Tú conoces a Lori, la hermana mayor de Lucy. Sabes que siempre hemos sido rivales, y que siempre competimos. Pero yo nunca he tenido nada contra ella. ¡Por dios, siempre he creído que es una chica maravillosa! Si no es mi amiga, es porque ella no deja  que yo me acerque. Pero, ¿te imaginas? Se las arregla para mantener el orden en una familia con nueve hermanas, y por lo que sé, todas la respetan y la admiran. ¡Ha estado a punto de ganarme tantas veces; me ha llevado a conocer mis límites y a esforzarme de verdad para superarla! ¿Y te imaginas cómo le pegó todo aquello? ¿Y todo lo que tuvo que hacer para apoyar a sus padres y controlar a sus hermanas? ¡Te juro que todavía no sé cómo no se volvió loca!

Con forme hablaba, Carol se sentía cada vez más emocionada. Lincoln lo percibió, y se apartó de su abrazo para observar que los ojos de su hermana estaban humedecidos.

- Si eso ocurrió con Lori que es tan fuerte, ¿te imaginas lo que ha sido todo eso para Lucy? ¿Y para el resto de su familia?

Lincoln la miró. La joven se secaba una lágrima con los dedos. No le sorprendió darse cuenta de que sus propias mejillas estaban humedecidas.

- ¡Carol! Es cierto… Por dios. ¡Lucy! Ella debe estar…

No pudo terminar la frase. Carol volvió a tomar sus manos y a mirarlo a los ojos.

- Lincoln, escucha: tú y Lucy son apenas unos niños. No sé qué va a pasar con ustedes en el futuro. ¡Los vi juntos, y se ven tan hermosos los dos! Yo veía a Lucy como una niña seria, distante… tétrica incluso. Pero hoy que la vi jugando, y cuando estaba abrazada a ti… No sé. Siento que esa niña tiene algo muy, muy bueno. Algo que es muy afín a todo lo que tú eres, hermanito.

La chica abrazó a su hermano. Le dio un beso en la cabeza, y le pasó la mano por el cabello.

- No te voy a decir cómo tienes que vivir tu relación con ella; pero si de verdad te gusta y te sientes contento a su lado, ¡quiérela! ¡Dale tu amor, tu cariño, y no le preguntes nada! Quizá ella quiera contarte cosas en el futuro; pero mientras eso no suceda, ¡no la atormentes! Deja que sea ella quien te abra su corazón, Linky. Tengo un presentimiento, hermanito. Siento que, pase lo que pase, vas a ser muy importante para Lucy… Y ella para ti. ¡Trátala bien! Y disfruten juntos sin ir demasiado aprisa, ¿de acuerdo?

***

Mientras terminaba de subir, las últimas palabras de Carol resonaban en su mente; tal cual lo habían hecho durante gran parte de la noche. Ahora que se había encontrado con casi todas las hermanas de Lucy, sentía que su hermana tenía toda la razón. Sin ser opresivo, el ambiente de la casa era inquietante; y resultó serlo todavía más cuando vio salir por el pasillo a una linda chica castaña, con una blusa blanca y un muñeco de ventrílocuo en una de sus manos.

- ¡Hey! ¿Qué tenemos aquí, señor Cocos? Parece que un muchachito guapo vino a visitarnos.

El muñeco se volvió hacia la chica con tanta naturalidad, que de verdad parecía estar vivo. Lincoln no pudo menos que admirarse por la habilidad de la muchacha.

- Tranquila, Reina Payaso. Recuerda que debemos ser corteses.

- ¡Es cierto, señor Cocos! ¿Dónde se supone que están mis modales? Es un gusto conocerte… Eh…

Lincoln tardó un momento en reaccionar. Estaba fascinado por la actuación de la chica.

- M-Me llamo Lincoln, Lincoln Pingrey.

- Gusto en conocerte, Lincoln. ¿Qué opinas de esta flor que llevo en mi blusa?

Lincoln se acercó para observarla, pero su sentido del peligro funcionó de inmediato. Se retiró un momento antes de que el chorro de agua le diera en la cara.

En vez de enojarse, Luan celebró la habilidad de Lincoln con una sonora carcajada.

- ¡Muy bien, guapo! Son muy pocos los que logran evadir el ataque de la Maestra de las Bromas. ¡Te has ganado un globo por tus rápidos reflejos!

Luan le tendió un bonito globo nacarado; tan llamativo, que Lincoln extendió la mano para tomarlo. Sin embargo, una enérgica voz infantil lo detuvo en el último momento.

- ¡Luan! ¡Ni se te ocurra hacerle una de tus bromas mortales a Lincoln!

Los dos voltearon al mismo tiempo y se quedaron asombrados. Lo que Lincoln vio, frente a la puerta del cuarto de Lucy, hizo que su mandíbula estuviera a punto de estrellarse contra el piso.

Chapter Text

 

 

Lucy solo pudo salir de su embeleso cuando escuchó la voz de su hermana Luan. Su imagen en el espejo la tenia sorprendida; casi no podía creer que se tratara de ella misma.

¿Quién hubiera pensado que se atrevería a cambiar su atuendo de esa manera? Por supuesto, no era un cambio radical, ni mucho menos. Pero el mero hecho de que se hubiera animado a probar algo distinto ya era suficientemente llamativo.

Hasta el día anterior, la idea de cambiar su imagen no le había pasado por la cabeza; pero todo había cambiado. Ella misma se sentía distinta. Su vida tenía otros colores. Un día que empezó tan mal, se transformó de pronto en un día lleno de magia y satisfacciones. Una leve sonrisa iluminaba su semblante durante toda la mañana. Incluso la huella del golpe de Lori estaba casi desvanecida. Una ligera aplicación de base blanca fue mas que suficiente para cubrirla del todo.

Durante toda la mañana no hubo cabida en su mente para pensamientos lúgubres. Las brumas de la oscuridad se despejaban. Su mundo, tan tétrico y deprimente hasta solo un día antes; por fin dio cabida a la luz: la luz de una sonrisa, el brillo de unos ojos azules, y el fulgor de una cabellera blanca y sedosa.

La noche anterior, tan pronto como se cubrió con sus sábanas, se puso a pensar en lo ocurrido durante las últimas horas; desde que llego a la fiesta de Lincoln.

¡Fue tan increíble! Nunca antes se dejo envolver de esa manera por un ambiente festivo y tan infantil. ¡Ella, jugando a las atrapadas y dejándose llevar por la algarabía de  niños con los que apenas convivía! La parte oscura y depresiva de su personalidad hizo mutis como nunca antes. Quedo tan enterrada, que Lucy sintió que se perdió a si misma; y lo más extraordinario de todo fue que lo disfrutó muchísimo. 

Lucy jamás se veía a sí misma como una niña, pero aquella tarde lo fue. Tanto se perdió en su alegría, que apenas en ese instante se dio cuenta de que se abrazó con Lincoln en público; sin pena, y de la manera más natural. Algo que nunca se hubiera atrevido a hacer en otras circunstancias.

Y luego, todo lo ocurrido con Lincoln. ¡Vaya una comedia a la antigua! Algo que comienza tan mal, y termina tan bien. Incluso, estuvo a punto de culminarlo todo con su primer beso. ¡Su primer beso, y nada menos que con Lincoln Pingrey! ¡El niño más guapo y fascinante que había conocido!

Se sentía tan feliz, que no se sintió frustrada al recordar que ese primer beso aún no se había dado. Después de todo, Lincoln ya era su novio; y estaba segura de que aquello que tanto deseaba iba a suceder tarde o temprano. Era de no creerse: ¡él la había aceptado, con todo y su extrañísimo aspecto! Y no solo eso ¡Además le pidió que fuera su novia! Todavía podía sentir el contacto  de sus sedosos labios sobre la piel de su frente... Sobre el dorso de su mano...

Al recordar ese último detalle sonrió, y se llevó la mano a la boca; justo encima del sitio en el que Lincoln había puesto sus labios. La frotó contra su mejilla, y suspiró. ¡Claro que la había besado! El calor de aquellos labios todavía quemaba en su frente y en su mano. Por eso se atrevió a decirle aquella mentirilla a Lynn. Después de todo, no era culpa de ellos el que no hubieran logrado juntar sus labios. De hecho, eso le producía todavía mayor emoción. La hacia sentirse todavía más ansiosa por la cita del día siguiente.

Y para rematar, su encuentro con Lori. Su hermana mayor jamás le abrió su corazón de aquella manera. 

Al principio, no supo muy bien qué pensar al respecto, pero no le fue difícil convencerse de que Lori era totalmente sincera. Una de las grandes ventajas de su hermana mayor, era su gran sinceridad con todos sus sentimientos. Sus odios y sus amores eran claros y honestos, y las pocas veces que la vio arrepentida por algo siempre fue de corazón.

Por supuesto, sentía algo de desconfianza. Sabía que no podía esperar un cambio radical de la noche a la mañana. Pero en su interior, se sentía deleitada y agradecida. No tenía una relación muy cercana con ninguna de sus hermanas, y la perspectiva de que la mayor de todas se pusiera de su parte era muy atrayente.

Quizá si le explico un poco más -pensó-. Tal vez si le cuento por qué lo hago, lo que pretendía lograr con ello... Si ella pone de su parte, entonces yo también debería hacerlo.

Sonrió. Se sentía tan emocionada que estaba segura de que le costaría mucho trabajo dormirse. Su cabeza bullía de planes, ideas y expectativas: ¡tenía tantas cosas maravillosas en qué pensar! Pero las intensas emociones de aquel día le pasaron factura, y pronto cerró los ojos para dormir sin sueños durante toda la noche.

***

Despertó bien entrada la mañana, sintiéndose tan cómoda y descansada como nunca lo estuvo. Esa sensación de bienestar, tan diferente a sus monótonos despertares, fue lo que le ayudó a superar la sensación de que todo lo ocurrido el día anterior fue un sueño.

Se miró en el espejo y ya no tuvo ninguna duda. Allí estaba la marca del golpe, pero su cara se veía diferente. Todas sus facciones, siempre tan flojas o tensas, lucían ahora un rosicler y una lozanía que nunca había notado. Sus labios, siempre con aquella expresión de tristeza y fastidio, estaba curvados hacia arriba. Alargados, con un hermoso tono rojizo que nunca habían tenido.

Era sorprendente. ¿Acaso había cambiado durante la noche? ¿Era un cambio real, o solo un producto de su fértil imaginación?

Guiada por un impulso, se levantó el espeso fleco y miró con atención su peculiar ojo rojo.

Si. Allí estaba. No había cambiado nada durante la noche. Pero entonces, ¿por qué ya no le parecía tan extraño y abominable?

¿Era porque, al sentirse tan bien, se evaluaba a si misma bajo una luz mucho más favorable? ¿Era efecto de todo lo que Lincoln le había dicho? ¿O acaso todo lo ocurrido ayer le hacía sentir una autoconfianza que jamas sospecho?

A fin de cuentas, ¿tenía importancia?

Lo único importante era el cambio, el hecho de que se sintiera diferente. Más a gusto y con mayor confianza de la que nunca se tuvo antes.

Toda la familia se dio cuenta de su cambio, pero no sabían muy bien a qué atribuirlo. Lucy, por supuesto, no les dijo nada sobre su cita. Solo se lo comentó a su madre, quien se sintió muy contenta por ella. Claro, Rita no mostró mucho interés por saber con quién era la cita, pero Lucy ya estaba bien acostumbrada a que su madre no le prestara mucha atención a ninguna de ellas.

Pasó en ascuas gran parte de la mañana, intentando concentrarse en escribir una bonita poesía para dedicársela a Lincoln. Era muy difícil, pues no estaba acostumbrada a pensar en cosas lindas y llenas de candor y esperanza. En un mundo tan lúgubre como el suyo, esos sentimientos tenían muy poca cabida. 

Al final desistió. Decidió dejarlo para otra ocasión, porque no conseguía tranquilizarse lo suficiente para que las palabras fluyeran. Cuando miró el reloj, se sorprendió al darse cuenta de que le quedaba poco tiempo para arreglarse. Perdió toda la mañana en sus fantasías, pero aquel día se sentía autoindulgente y emocionada. Vamos,  aquel día ni siquiera estaba Lynn para estropear su buen humor. Por eso, no se alteró demasiado cuando se dio cuenta de que había fila para el baño.

- ¡Qué pena, hermanita! -le dijo Lori al oído-. No recordé tu compromiso. Yo me hubiera encargado de que tú fueras la primera en pasar...

- Está bien, Lori. No te preocupes -respondió ella, obsequiando a su hermana con una de sus leves sonrisas, tan extrañas de ver.

Lori asintió, y hubiera querido abrazarla; pero no se atrevió. Ya era bastante raro que se acercara para hablarle: todas sus hermanas las observaban de reojo.

Lincoln llegó cuando Lucy iba saliendo de la ducha. Pronto escuchó el tumulto y los gritos de entusiasmo de Leni. En otro momento se hubiera preocupado por que la más hermosa de sus hermanas fascinara a Lincoln, pero pronto escuchó la voz de Lori reconviniéndola. 

Lucy entró a su cuarto, y solo en ese momento comenzó a sentirse nerviosa. Vio su habitual ropa negra preparada encima de su cama, y por alguna razón no se sintió satisfecha.

¿De verdad quería salir con Lincoln vestida así? ¿Con esos colores tan lúgubres y sin ninguna personalidad?

Rechazó la idea. Aquello no estaba bien. ¡Iba a salir con Lincoln, vamos! ¡El chico más lindo y alegre de Royal Woods! ¿Acaso no tenía algo un poco más vistoso para ponerse?

Entonces, recordó: en un cumpleaños anterior, una compañera de clase le regaló unas bermudas y unos leggins mucho más adecuados para la ocasión. Le iban un poco grandes y aquel día no le gustaron en absoluto; pero ya había crecido varios centímetros, y creía recordar que aquellos colores vivos harían un lindo contraste con la blusa negra que tenía pensado utilizar.

Se fue de inmediato a buscar la ropa, y se la probó sin vacilar. Solo por un instante pensó en lo que aquello significaba: una renuncia a su personalidad. A la manera de vestir que la había identificado durante tanto tiempo en su familia, y ante el resto del mundo.

Sin embargo, no le costó trabajo asimilarlo: desde ayer en la noche era otra. La vieja Lucy seguía estando en ella, pero ahora se sentía feliz. ¡Feliz! Tan solo se encogió de hombros, terminó de ponerse la ropa, y se miró al espejo. La imagen que este le devolvió era tan sorprendente que tuvo que retirarse el fleco para apreciarse mejor.

Cielos... ¿Quién hubiera pensado que el negro, el rojo y el azul pudieran llevarse tan bien?

Nunca se había sentido así, fascinada ante su propia imagen. 

¿De verdad, esa era ella? ¿Esa niña linda que la miraba sorprendida era Lucy Loud, la Reina de la Oscuridad?

Tan solo la marca de su mejilla la devolvió un poco a la realidad. Hizo un leve mohín de disgusto, y se apresuró a cubrirla con un poco de base blanca. 

Esta vez, había quedado perfecta. Tanto, que se ruborizó; sintiendo un poco de pena por ella misma. Se sentía un poco incómoda por portarse tan vanidosa.

Fue en ese momento que la voz de su hermana la devolvió a la realidad. La escuchó bromear con Lincoln, y enseguida sintió miedo. Luan solía pasarse muy fácilmente con sus bromas, incluso con gente que a la que no conocía. Apenas tenía unos segundos para salvar a Lincoln de sus garras.

Llegó justo a tiempo. Lincoln ya extendía su mano para tomar el globo que Luan le ofrecía. 

¡Era el colmo del descaro! ¿Otra vez la broma del globo de harina y pegamento? El grito que profirió le salió del alma.

- ¡Luan! ¡Ni se te ocurra hacerle una de tus bromas mortales a Lincoln!

Los dos voltearon al mismo tiempo, y si Lucy no hubiera estado tan molesta, sin duda se hubiera divertido al ver la manera en que sus bocas se abrían a todo lo que daban.

***

Lincoln tardó en encontrar su voz. Le costó bastante trabajo salir de su embeleso. Sin duda, su tierna Lucy era una belleza. Pero, ¿tanto?

Casi parecía otra. Se veía increíble con esa blusa negra de manga corta, sus bermudas, y los leggins a rayas rojas y negras. Los colores hacían un hermoso contraste con el tono de su piel y su cabello. Incluso, parecía haber crecido de la noche a la mañana. 

Se veía preciosa. Tanto, o más que con el vestido de la fiesta.

El chico sintió que la sangre se le agolpaba en el rostro. Le estaba costando mucho reponerse.  Luan logró salir de su asombro antes que él.

- Lu... ¿Lucy? ¡Wow! L-luces preciosa, h-hermanita... Tú... ¿Vas a salir con Lincoln? Solo lo estaba saludando... ¿Sabes?

Lucy no dijo nada más. La reacción de Lincoln al verla bastó para que recuperara todo su buen humor.

Por dios... Esta cita va a ser memorable -pensó el chico, intentado tranquilizarse para que le disminuyera el rubor.