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Four Seasons

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El filo del acero se escuchó por toda la escalera de la torre, alertando al joven príncipe Giorno, quien vestía un sofisticado y refinado traje de encaje celeste pastel, un peinado al estilo tête de mouton y zapatos azul cielo con un tacón cuadrado de ocho centímetros. Escuchó un quejido, seguido de líquido al gotear, definitivamente alguien había muerto.

El sonido venía de la parte superior, donde estaba su cuarto, al final de la torre; agradecía a su guardia personal Jean-Pierre Polnareff, por enseñarle los pasadizos secretos de la mayoría del castillo. Corrió lo más rápido y silencioso que pudo, hasta llegar a otro pasadizo. Logró mantenerse en silencio mientras que escuchaba pasar hombres vestidos con acero, sabía pelear, podía defenderse, pero en una situación así lo mejor era huir.

Tras deslizarse por los estrechos pasadizos, llegó hasta una cloaca, arrugó la nariz, en una mueca de asco, mas no se detuvo; ensució sus zapatos caros se encontró con su prima Trish.

—¿Giorno? —su voz se quebró— ¿P-por qué Pol-Pol me trajo a este lugar? ¿Qué está pasando? —estaba llorando, como la niña consentida que siempre había sido, sin embargo, ahora sí tenía un buen motivo para hacerlo—

—Te lo explicaré en el camino, pero ahora debemos irnos —extendió una mano para ayudarla a ponerse en pie—. Nuestras vidas corren peligro aquí.

—¿Qué? ¿Por qué?

Giorno arrastró a su prima fuera del castillo, seguido de las quejas de la misma. Debía ser paciente y tolerarla, ambos debían dejar de ser como eran y desaparecer.

—No es mucho lo que puedo contarte, Trish, pero… Nuestro tío Jonathan está muerto, y seguimos nosotros.

—¿Q-qué? —se detuvo horrorizada— E-eso no puede ser… Nuestro tío es muy fuerte, nunca nadie podría con él.

—Ése es el punto, prima, lo han asesinado… —volteó hacia ella, cabizbajo— Nuestros padres lo han hecho.

Los ojos de Trish se abrieron desmesuradamente, llorando al instante, nuevamente. No obstante, su mano agregó presión al agarre de su primo.

—Te creo… —dio un par de pasos adelante, ésta vez guiando ella el camino— Ellos son capaces de tal atrosidad…

—Polnareff y yo lo sospechabamos hace un tiempo, pero no logramos evitarlo…

—Nunca me incluiste… —habló con decepción en la voz— Pude haber ayudado.

—Tenías otros problemas en mente, Trish, no te iba a involucrar en algo que podría perjudicar tu integridad.

—Aún así, aquí estamos…

—Si...

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Las hojas, secas y deformes, caían de las copas de los árboles con cada ráfaga de viento que se levantaba en esa fría tarde de verano. Si, se acercaba una tormenta. Una nueva ráfaga terminó por echar hacia atrás la capucha que cubría y calentaba su cabeza, sus largos cabellos plateados ondularon en la dirección del viento, despeinándose.

Soltó una maldición entre dientes, luego apresuró el paso, sería un fastidio si la lluvia lo encontraba. Observó a lo lejos las paredes de la entrada del pueblo, tardaría unos diez minutos si no bajaba el ritmo.

Al llegar a una bifurcación más adelante, se topó con más personas en las mismas condiciones, volvió a cubrir su cabeza para esconder su rostro, no deseaba llamar la atención por su apariencia poco común.

Leone Abbacchio era un viajero solitario que vagaba por europa, adquiriendo todo conocimiento que le interesara; un estudiante eterno, un sabio. Con veinticuatro inviernos de edad era todo un conocedor de las ciencias, sin embargo, no le agradaba alardear con eso; si hablaba de más podría terminar en la hoguera. 

Era el año mil setecientos dieciocho, según el calendario gregoriano, venía arrancando de los bosques a las afueras de Francia, luego de que la recesión, que los afectó tras la guerra con España, obligara a los ciudadanos a emigrar de la capital, invadiendo los terrenos que habitaba. Estaba al tanto de la importancia de la iglesia, como de la fidelidad extrema que sus adeptos profesaban, por lo que evitaba las grandes multitudes a como diera lugar, pero, en esta ocasión, estaba jodido. Sólo traía consigo un par de medicinas y uno que otro accesorio en su bolsa de viaje, pues el poco dinero que traía le fue “requisado” por la guardia al ingresar a Italia.

Llegó hasta la entrada de la pequeña ciudad de Lucca, la lluvia aún no se hacía presente, así que se dedicaría a vender alguna de sus medicinas para poder pagar una habitación donde pasar la noche, después de todo, su destino era Nápoles. Tras caminar un par de minutos dió con el pequeño mercado de Lucca, habían muchos comerciantes por doquier, cada uno ofreciendo sus artesanías y productos, como también servicios y entretención; había de todo. Se detuvo junto a los médicos del lugar, reconociéndolos por sus extrañas máscaras, todos ofrecían algo diferente, pero estaba seguro que su eficiente remedio para el dolor se vendería bien.

Se ubicó en un lugar donde no fuese a molestar a los lugareños y comenzó a ofrecer su medicina. Gritó por un par de minutos cuando un joven se le acercó por su derecha.

—¿Qué tan efectiva es esta medicina? —preguntó sin titubeos— ¿Para qué tipo de dolencias la recomienda?

Leone lo escrutó rápidamente, era un joven pelinegro, delgado y de rasgos finos, pero con una mirada decidida.

—Lo recomiendo para dolores crónicos y agudos, joven —extendió el pequeño frasco de vidrio relleno de un líquido amarillo verdoso y espeso—, y su valor no es muy elevado. Con unas cuantas doppias, granos o piastras* es suficiente, no busco la riqueza, solo pagar por un plato de comida y cubrirme de la tormenta que se avecina.

El joven se acercó curioso para observar el frasco de vidrio con la medicina en su interior, en su mirada se notaba la duda, no parecía estar convencido en su totalidad, y eso Abbacchio lo notó.

—Te propongo algo —guardó la pequeña botella—. Si mi medicina no funciona, te regresaré tu dinero el día de mañana. Tienes mi palabra.

—¿Cómo puedo confiar en que te encontrarás aquí mañana?

—Ya te he dado mi palabra, es todo lo que tengo ¿Lo tomas o lo dejas?

—Te daré diez piastras —alzó una mano y le enseñó las monedas de plata—, y si logras aliviar los dolores de mi padre, vendré mañana a agradecértelo.

—Estoy de acuerdo —los oscuros y carnosos labios de Abbacchio mostraron una débil sonrisa; le agradaba la gente amistosa y educada—. Tendré más para ti mañana.

El joven de cabellos negros le dedicó una última mirada, luego se perdió entre el pequeño río de personas que caminaba buscando qué comprar. Fue curioso, pues, segundos después de retirarse, logró vender lo suficiente como para poder tomar un poco de vino y dormir, incluso le sobraba en caso de necesitar algo más.

Abbacchio creyó ese día que había conocido a un ser de luz y buena fortuna.

……...

Caminó bastante en torno al mercado y el pequeño puerto que tenía Lucca, buscaba una posada, una que en que no fuese mirado de forma extraña; siempre temía que fuese acusado de brujería. La noche calló, había pasado a unas cuantas posadas, pero la mayoría estaban llenas, o eso le decían. Se detuvo junto a una escalera que daba hacia los botes del muelle, se sentó en uno de los pilares y sacó unos trozos de algas secas de una de sus mangas; se las había cambiado a un marinero por unos cogollos de tabaco curado con miel de abejas, éste le había comentado que las algas procedían de una lejana isla al norte de Francia; se lo llevó a la boca y cortó un trozo. Mientras masticaba intentó ver a su alrededor, las luces no ayudaban demasiado, sobre todo con el viento que amenazaba con apagar cada llama encendida, se lograba distinguir a duras penas las siluetas de los pescadores en sus embarcaciones. Fue ahí que la idea de llegar a Nápoles por mar no era mala.

Si conseguía el dinero suficiente podría pagar por un lugar en un navío.

Arrancó otro trozo crujiente de la planta seca, tenía un buen sabor salado y una textura elástica al rehidratarse con su saliva, la idea de un poco de vino dulce lo atacó; se le hizo agua la boca. Si no encontraba una posada donde pasar la noche, se quedaría al resguardo de la lluvia en alguna taberna, hace tiempo que no probaba un vino de ciudad. Nada mejor.

Arrancó otro trozo de alga y se puso de pie, caminó con calma, evitando a la poca gente que quedaba por las calles, estaba de mejor ánimo, tenía dinero y todo estaba oscuro, la oscuridad lo ayudaba a sentirse un poco más libre —también ayudaba su holgada capucha—. Dejó pasar las tabernas más iluminadas, iba a dejar pasar la tercera, cuando comenzó a llover. Esa era la señal.

Se adentró en la pequeña y hogareña taberna, no habían demasiadas personas, y eso le gustó. Buscó un lugar desocupado entre los rincones más oscuros y, justo en la esquina derecha, al fondo, se encontraba una mesa con dos sillas que le decía que fuera y se embriagara en ella. La idea lo hizo reír internamente mientras llegaba hasta la mesa, se sentó en una de las dos sillas y, al rato, una joven se le acercó.

—¿Qué desea ordenar… señor? —la chica titubeó al ver fijamente la mirada de Abbacchio sobre la suya, resaltando entre la espesa oscuridad de su capa—

—Su plato del día, vino blanco y tinto, por favor —fue directo al grano, desviando su mirada hacia el suelo para no incomodar más; nunca se le había dado bien el hablar con féminas—.

La jovencita no dijo nada más, se alejó lo más rápido que pudo.

Abbacchio suspiró resignado, ese tipo de reacciones eran habituales en su diario vivir. Sacó unas cuantas algas de su bolsillo secreto y continuó comiéndolas; el crujir de la planta deshidratada se escuchó resonar al masticar. No pasó mucho tiempo hasta que sus licores fueron puestos sobre la mesa.

—Su comida estará lista en un momento —dijo una señora mientras llenaba los tarros donde bebería— ¿Desea algo más?

—Con eso es suficiente —Abbacciho la analizó con rapidez, era prácticamente una anciana, pero con una voz muy potente—, muchas gracias.

La señora lo analizó de la misma manera, pero en silencio, no agregó nada más antes de retirarse con la barbilla en alto.

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La comida estuvo buena, siempre agradecía cuando comía una buena pasta Italiana. Las algas en combinación con el vino blanco le ayudaron bastante como bajativo, luego siguió con un vino tinto dulce.

Estaba bebiendo tranquilamente de su tarro, éste ya había sido llenado unas tres veces, y la cuarta se acercaba; bebía con tranquilidad, después de todo, debía esperar a que la lluvia amainara. Cuando un hombre irrumpió en el lugar.

—¡Ha habido una batalla en mar abierto!

Abbacchio volteó para verlo con detenimiento, se sorprendió al verlo con las manos y su ropa cubiertas de sangre, volteó aún más su cuerpo, para prestarle más atención.

—Si hay médicos o enfermeras aquí, deben acudir al muelle ¡Los barcos con heridos no dejan de arrimar!

Terminado lo último, el hombre desapareció, sin embargo, aún se podían escuchar sus gritos por la calle.

Se volteó y se acomodó de nuevo en su lugar, tomó su tarro y bebió un trago de vino. Si aquello era verdad, sus planes de viajar por mar estaban descartados totalmente; si las coronas de otros países estaban dispuestos a enfrascarse en una batalla naval era cuestión de tiempo para que comenzaran las batallas en tierra. Debía averiguar sobre el asunto, no podía darse el lujo de viajar a ciegas, o terminaría muerto más temprano que tarde.

Se empinó el tarro por última vez y lo vació, ya después tendría tiempo para otro buen vino, dejó las monedas, que correspondían a lo que había consumido, sobre la mesa y se retiró del lugar. Afuera el ambiente no era demasiado alentador, sólo estaba a un par de calles del muelle, pero los gritos provenientes de dicho lugar se escuchaban con claridad. Emprendió su camino con rapidez, aún llovía, pero ligeramente, no obstante, no deseaba mojar demasiado las telas que lo vestían.

Al llegar al puerto todo era un caos. Los llantos y gritos histéricos se fusionaban, aumentando la tensión de la situación. Al parecer la batalla había sido cruenta y atroz.

Caminó con cuidado, sujetando su capucha para que no se fuera hacia atrás, observando si podía ayudar a alguien con sus conocimientos. Paró en seco al ver a lo lejos al mismo joven que le trajo suerte tras su primera venta, llorando desconsoladamente sobre el cuerpo de un hombre en el suelo. Se acercó lentamente, dudando si interactuar o no, pues no sabía qué estaba pasando. Paró a sus espaldas, alzó su vista por sobre el hombro del pelinegro y analizó al herido. Tenía un corte bastante profundo en uno de sus brazos, caía sangre por la comisura de sus labios, pero no logró ver más, pues el joven no le permitía una buena vista.

—Por favor, Bruno… —la voz era seca y rasposa, más sangre cayó de su boca— no llores… —fijó su vista en Abbacchio, que los miraba discretamente por sobre su hombro derecho— La muerte es inevitable.

—Padre, no gastes tus energías hablando —se acomodó al lado de su padre, notando al intruso—. Tú… —lo contempló asombrado—

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Leone, girándose hacia ellos y dirigiéndose al hombre herido; ahora lograba ver claramente la herida sangrante en su vientre—

—No creo que puedas hacer algo realmente… —le contestó el hombre, lenta y amablemente— Al menos ya no siento tanto dolor.

—¿Lo dices en serio? —su hijo lo miró sorprendido, a lo que su padre asintió, luego dirigió su vista hacia el más alto— Le he dado la medicina que te he comprado, por favor  —se levantó y se acercó a Abbacchio, quien lo pasaba por varios centímetros— ¿puedes ayudarlo?

Aquella súplica logró convencerlo, después de todo, había ido a ese lugar para ayudar. Su rostro permaneció serio y semicubierto por su capucha, sin embargo, por la diferencia de altura, logró ver directamente a los ojos azules; era un color inusual, pensó Leone.

—Trae telas, agua, una antorcha, el licor más fuerte que encuentres y el cuchillo más afilado que tengas —indicó sin titubeos—. Rápido —insistió al ver que no reaccionaba—.

El chico corrió de inmediato, sin notar en qué dirección, en tanto Abbacchio se acomodaba junto al herido y comenzaba a revisarlo, todo ante la errática mirada del mayor.

—Tus ojos son extraños…

—Los tuyos y los de tu hijo también —cortó las telas de su camisón, ayudarían con las hemorragias; presionó con fuerza el vientre, mientras intentó sacarle información— ¿Cómo terminaste así? ¿Puedes contestar?

—Estaba pescando, cuando una carabela española en mal estado apareció de la nada, me abordaron y me quitaron la pesca del día y todo lo que tenía… —tosió y se quejó— Esto fue innecesario, pero lo hicieron de todas formas. Luego más navíos aparecieron, aparentemente huían de una zona de guerra.

—Ya veo… —observó la herida en su brazo, se veía en muy mal estado, lo mejor sería cortarlo— Al menos lograste regresar con tu hijo.

—Fueron otros pescadores los que me trajeron de vuelta. Agradezco tener el privilegio de despedirme de mi única familia.

—Fue una suerte que estuviera de paso por aquí —esbozó una leve sonrisa, en eso, el hijo del pescador apareció—.

—No logré conseguir agua dulce, ya escasea por los heridos que han llegado, pero lo demás lo he conseguido —le extendió las cosas—.

—Déjalas a un lado, necesito que vengas aquí y presiones, mientras, me encargaré de su brazo.

El joven acató cada orden, mientras observaba como limpiaban la grotesca herida con licor Grappa, el más fuerte que había encontrado. Abbacchio miraba de reojo al herido y a su hijo.

—Hay que cortar el brazo, el hueso pende de la médula, antes de eso, necesito cerrar su vientre.

El herido asintió y su hijo liberó la presión sobre la zona. Abbacchio suspiró aliviado, la herida ya no sangraba. Fue así que procedió a limpiar con el licor y un poco de tela, luego calentó el cuchillo al fuego vivo, le dio de beber algo de licor al hombre y le metió un trozo de tela en boca para que mordiera. Los quejidos y el olor a carne quemada eran desagradables, pero Leone estaba acostumbrado, aunque fuese con animales, técnicamente era lo mismo. Cuando terminó le quitó la tela de la boca y lo dejó respirar con libertad, para después darle otro largo trago de licor.

—No debemos esperar demasiado, hazlo de una vez muchacho —dijo con dificultad, estaba débil, y en cualquier momento podría caer inconsciente—.

Leone asintió y comenzó a calentar nuevamente el cuchillo, aquello sería agotador.

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—No sé cómo agradecerte todo lo que has hecho… —habló el hijo del pescador a Abbacchio—

—¿Tienes algo que creas que pueda servirme? —preguntó curioso— No importa si no es dinero.

—Puede que si, en nuestro barco.

—En ese caso te ayudaré a cargarlo hasta allá —se refería a su padre, quien yacía dormido en el suelo, sobre heno cubierto de sangre—. No puede quedarse demasiado tiempo aquí, o la lluvia y el ambiente harán que las heridas se gangrenen.

Abbacchio alzó al hombre por sus hombros, mientras que su hijo se inclinaba para cargarlo en sus espaldas. Tras acomodarlo emprendieron su camino hasta el grande y atiborrado muelle. Mientras caminaban veía curioso si alguien más necesitaba algo de ayuda, deteniéndose en dos ocasiones para darles calma a dos hombres con su infalible y más mortal medicina. Todo bajo la atenta y curiosa mirada del menor de los pescadores.

Al llegar a la pequeña embarcación se apartó unos minutos, mientras acomodaban a su paciente en su barcaza, sacó una pequeña pipa hecha de arcilla y buscó en su manga derecha una pequeña bolsa de cuero, la cual guardaba su pequeña reserva de hierbas para fumar, sopló la punta de la boquilla, intentando expulsar los restos de cenizas que ahí quedaban. No recordaba el orden de las hierbas, sólo que las había acomodado en pisos, para variar siempre; en general, prefería la artemisa con un agregado de castaño. Con su mirada buscó la lámpara de aceite más cercana, colocó las hojas secas en su lugar y, tras guardar el contenedor de cuero en su lugar, sacó una varilla de madera, ocho centímetros aproximadamente, una de sus puntas estaba negra; acercó la misma hasta el fuego y, una vez traspasada la flama, regresó a ver al pescador aspirando el suave humo de la combustión.

El pelinegro menor estaba afuera, parecía buscarlo.

—¿Qué más se supone que debo hacer por él? —preguntó el joven pelinegro, la angustia era palpable en su voz— Nunca he tratado una herida así.

—Tu padre necesitará descansar mucho, muchísimo tiempo, eso… si es que no muere pronto. Debes estar listo para eso —debía ir al grano, el hijo del pescador se veía mayor, su deber es estar listo para afrontar las verdades de la vida—.

—Lo sé, no soy un niño —desvió la mirada—. La situación me tomó por sorpresa… pero ya está bien. Debo buscar la forma de llevarlo de regreso a Nápoles.

—¿Nápoles? —preguntó curioso tras exhalar el humo de lo que fumaba— ¿Se dirigen hacia allá?

—Si, somos de allá.

—Podríamos hacer un trato —se ganó la curiosidad de su interlocutor— ¿Podrían llevarme hasta allá?

—¿Lo dices en serio? —sus ojos se agrandaron— ¡Claro que si! Te debo muchísimo por lo que has hecho… —desvió la mirada—

—Leone, es mi nombre.

—Un gusto, signore —hizo una leve pero agraciada reverencia—. Bruno —se señaló—, y mi padre es Paolo. Familia Bucciarati.

—El gusto es mío —inclinó la cabeza—.

Dio una gran calada a su pipa mientras seguía a Bruno, deteniendo su acción cuando estuvieron sobre la cubierta, observó el lugar con la mirada, todo al mismo tiempo que los ojos azules volteaban a mirarlo. No era un lugar pequeño, pero tampoco tan grande, no llegaba al porte de una carabela, tal vez más pequeña, pero estaba acondicionada de una forma muy útil.

—¿Viven aquí? —la embarcación era demasiado grande para ser funcional a cargo de dos hombres; continuó recorriendo el lugar, intrigado y ansioso, nunca había visto algo así— Asombroso… —se echó la capucha hacia atrás, descubriendo toda su cabeza; agradecía que la lluvia se detuviera. Tomó con ambas manos un manojo de cuerdas, muy bien anudadas, las siguió con la vista para ver a dónde llevaban, descubriendo que era un complejo sistema de poleas para mover las velas; aquel trabajo parecía sofisticado, quien lo había elaborado sabía lo que hacía—

—El color de tu cabello es bastante curioso…

La suave voz a sus espaldas lo hizo dar un salto, seguido de un escalofrío de pies a cabeza, y soltó las cuerdas, dejándolas caer sin cuidado, para taparse lo más rápido posible. Había comenzado a sudar, asustado. No se volteó, sólo se escondió en la penumbra que le brindaban las telas sobre él; no le agradaba la idea de ser visto con desprecio, no después de lo satisfecho que se sentía por ayudar a tantas personas. Sin notarlo, comenzó a tiritar.

—Lamento si dije algo que no debía —la voz del joven lo rodeó—. Estoy acostumbrado a ver cabezas negras —rió levemente—, no quise ser grosero.

—N-no es eso… —intentó controlar los temblores y alzó el rostro— Yo… suelo tener problemas por él —confesó algo incómodo, no estaba acostumbrado a dar demasiadas explicaciones sobre el asunto, usualmente huía antes de que alguien lanzara la primera piedra—.

—Oh… —suspiró— En ese caso… —levantó una mano y acomodó las telas de la capucha negra, de una forma que el cabello estuviera cubierto y su rostro no; abrió los ojos sorprendido al poder ver bien la combinación de colores amarillos y violetas del contrario— Asombroso… 

Leone desvió la mirada, cohibido.

—No sabía que los ojos pudieran tener ése tipo de colores —se acercó unos centímetros para verlo mejor—.

—Un viejo conocido solía decirme que sus dioses los pintaron a mano —comentó en voz baja, luego rió levemente, recordando algo que había sucedido hace muchas lunas—.

—Creo que sus dioses pintaban muy bien —susurró, cómplice—. Pero —se cubrió la boca con el dorso de su mano y miró en dirección a la habitación donde estaba su padre—, aquí entre nos, no hablemos de esto frente a mi padre, es una persona muy devota.

La pequeña risa que compartieron fue suficiente para que Bruno se ganara la confianza de Leone.

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—Estamos en buena fecha para navegar, los vientos que descienden del norte nos ayudarán a llegar a prisa —sugirió Paolo Bucciarati desde su lecho—.

—Es cierto, padre —la voz de Bruno era suave—, pero no sabemos en qué estado está la ruta ¿Y si nos emboscan en el camino? Los navíos que llegaron venían desde el Cabo Passaro, eso está bastante lejos…

—No solo eso —Leone tenía un arrugado mapa sobre la mesa; la cartografía no era su fuerte, pero, aún así lograba comprenderla—. Escuché en el mercado que la mayoría de los muelles de la costa oeste están en el mismo estado, Nápoles está más cerca de la isla de Sicilia, donde está el Cabo Passaro; mientras más nos acerquemos, más difícil será arribar.

—Ya veo… —su voz sonaba cansada— Es una muy mala idea…

—En efecto —el peligris afirmó—.

—Me pregunto cuál habrá sido el motivo de la batalla… —Bruno preguntó al aire, mientras su cabeza descansaba sobre una de sus manos, estaba apoyado en la mesa, junto al mapa—

—Escuché que fue una disputa entre España y Gran Bretaña —Leone volteó a mirarlo—. Hubo una alianza en contra de España, algo así, fue lo único que escuché.

—Eso es malo… —Paolo volteó a mirarlos, mientras su pecho se elevaba a ratos, muy pesadamente— Si mis largos años de vida me han enseñado algo, es que, cuando hay problemas entre gobiernos, una batalla así no es la única.

—No podemos arriesgarnos a caer en otra —indicó Bruno—. No contigo así.

—Bruno —habló Paolo con firmeza, como si intentara darle una lección a su hijo—, en mi estado, lo único que soy es una carga; física y emocional. No te preocupes más por mí.

—En ese caso… —Leone regresó la vista al mapa— Podríamos hacer viajes cortos, relativamente cerca de tierra firme —indicó con un dedo, que era seguido por la atenta mirada de Bruno—. Nuestra primera parada podría ser el puerto de Leghorn*, en la Toscana.

—No es mala idea, pero… —Bruno centró su mirada en leone y le miró el rostro, terminando en sus ojos— con los ataques, es posible que la guardia revise las embarcaciones en cada puerto ¿Eso no te traería problemas, Leone?

—¿Por qué lo dices, hijo? —Paolo se acomodó y observó al invitado, reparando en su color de piel, cabellos y ojos, eso, sin mencionar sus labios— Oh… es verdad. Por muy buen hombre que seas, la mayoría sólo se fijará en cómo te ves.

Era cierto, los tres lo sabían.

—Y… ¿si te cambias el color? —propuso Bruno— O usas una peluca, no sé —intentó relajar el ambiente, contando una banalidad—. El otro día, paseando por la ciudad, vi a un grupo de chicas, con peinados muy extravagantes —hizo un gesto en forma de ese sobre su cabeza—, sin hablar de los colores —se estaba emocionando—. Alcancé a escuchar que la última moda en Francia eran los caballeros con pelucas blancas.

—Eso se escucha increíble —Paolo se quejó— ...y estúpido ¿Quién carajos usaría una peluca por gusto sin ser un juez? —el hombre lo hacía sonar como un auténtico disparate—

—No sabes nada sobre moda, padre —Bruno rió, luego volteó a ver a Abbacchio—. Pero estoy seguro de que podremos hacer algo para que no te discriminen —le sonrió—.

—¿De v-verdad lo crees? —preguntó desconfiado— Suena descabellado.

—Lo sé, pero, después de lo que vi, no lo creo tanto.

—Vives en otro mundo, hijo mío…

Leone se levantó después del último comentario de Paolo, se acercó a él y lo ayudó a acomodarse, había cambiado los vendajes hace poco, estaría bien bastantes horas; tomó un trozo de tela junto a la cama y lo hundió en la pequeña cubeta de madera, estrujó el agua y acomodó la compresa sobre la frente del mayor.

—La temperatura no te bajará, has perdido mucha sangre —indicó—, te recomiendo dormir un poco, así que te daré algo que calme los dolores.

—Muchas gracias, Leone.

El nombrado le dedicó una sonrisa débil y corta, la gratitud ajena era bien recibida, pero no de forma constante. Todo aquello lo incomodaba, se sentía fuera de lugar.

—¿Has dormido algo? —la voz de Bruno hizo voltear al peligris—

—La verdad, no mucho —confesó—.

—Puedes descansar, te despertaré cuando la comida esté lista.

—M-muchas gracias.

El hijo del pescador lo llevó hasta lo que parecía una pequeña bodega, en un rincón había un cajón de madera lleno de heno con un par de sacos de tela sobre él.

—Puedes usar mi lecho para descansar —le invitó—, mientras, veré si algo pica el anzuelo con todo el alboroto que hay en el mar. Después prepararé la comida.

—Muchas gracias —contestó agradecido—.

Bruno desapareció y Leone se recostó de inmediato. No había notado lo cansado que estaba hasta entonces, recordando que llevaba más de dos días sin dormir; no le costó mucho dormirse sobre la paja esponjosa. Hacía muchísimo que no tenía un descanso tan agradable.

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Suspiró pesadamente.

Estaba sentado en la popa de su barco, en sus manos sostenía una caña de pescar hecha con madera de castaño, había logrado atrapar un par de truchas pequeñas que no lograrían alimentar a tres hombres adultos.

Suspiró otra vez.

Estaba agotado, no había descansado nada en dos días. Bostezó y sus ojos lagrimearon. Esperaba que, al menos, los pescados le alcanzaran para un caldo llenador.

El largo y dispar cabello negro se meció con el viento, una cálida brisa de verano después de una noche lluviosa.

Y volvió a suspirar.

No sabía qué sería de su vida ahora, su padre tenía las horas contadas, y nunca se había sentado a pensar en su futuro. Era un buen pescador, incluso llegó a creer que lo sería siempre, pero ahora sentía que tenía el mundo a sus pies… y estaba aterrado.

¿A dónde iría? ¿Qué haría para ganar dinero? Sólo conocía la vida en el mar, y aceptar que podía ir a cualquier lugar lo llenaba de ansiedad.

Después de lo que pareció una hora, Bruno tenía peces suficientes para tres personas. Habían acondicionado una habitación para poder tener fuego sobre la embarcación, ahí cocinó en una pequeña cacerola, negra por el hollín. Tras terminar preparó un plato para su padre.

—Padre —preguntó acercándose a su lecho— ¿Estás despierto?

—Si… —se escuchó despacio— Agua, p-por favor.

Bruno obedeció, acercándole un tarro de madera con agua fresca, él bebió largos sorbos.

—Te he traído de comer.

—Gracias… eres un hijo maravilloso…

—Descansa —le sonrió—, no gastes tus energías halagándome. He pescado esto sólo para ti y Leone, estoy muy agradecido con él por haberte ayudado.

—Si… —recibió y aceptó una cucharada con comida; masticó y tragó— Él también es un buen chico, deberías irte con él.

—¿De qué hablas, padre? ¿Estás delirando? —acercó una mano al rostro de Paolo, para tantear su temperatura corporal; estaba bien— ¿Por qué dices esas cosas? —lo miró serio— No bromees…

—No lo hago, hijo —comió otra cucharada—. Sé que te gusta acompañarme en el mar, lo veo en tus ojos, pero… —hizo una pausa, como si pensara sus palabras— Sé que estás destinado a algo mucho más grande que eso.

Aquello causó un escalofrío en Bruno.

—Y-yo…

—No te ates a un viejo moribundo, hijo.

La única mano que su padre conservaba se alzó hasta la mano de Bruno que sostenía la cuchara, la acarició y le sonrió. Bruno terminó de darle su comida, en silencio, pues no sabía qué decir al respecto, luego regresó al cuarto donde cocinaban, tomó un plato para él y comió en silencio.

¿Qué se supone que debía hacer? Su padre aún tenía esperanzas de vida, más aún con Leone acompañándolos, y, mientras, no podía hacer nada. Cielos, tenía mucho en qué pensar.

—Huele bien… —la voz de Leone se escuchó a sus espaldas, provocando que Bruno diera un brinco— Oh, lamento asustarte —se frotaba un ojo, luego bostezó—.

—¡N-no! No hay problema —volteó a verlo—, estaba distraído —sonrió apenado— ¿Quieres comer?

El estómago de Leone rugió.

—Eso es un si.

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Tras siete días, finalmente, la fiebre de Paolo bajó, estabilizándose y asegurando que ya no moriría.

—Debemos irnos, hijo —Bruno lo miró desde su asiento, donde conversaba con Leone sobre unas algas—, ya ha pasado una semana, las cosas deben estar más tranquilas allá.

—Si... —desvió la mirada, evitando la de su padre— Sobre eso... —rió levemente— Nos hemos estado moviendo toda la semana, padre —volvió a reír—. Leone se ha asegurado de que no lo sientas. Anoche llegamos a Roma.

—Y... —Paolo los miró asombrado— ¿Cómo lo hiciste para navegar?

—¿Sabes, padre? —Bruno le sonrió— Leone es muy inteligente, aprendió muy rápido el mecanismo de las cuerdas ¡además tiene mucha fuerza!

Abbacchio se revolvió en su lugar y apartó la mirada cuando Bruno se dio vuelta para sonreírle con sus halagos.

—Me alegro... —Paolo arrastró la voz— Muchas gracias por todo, a ambos, son... buenos niños.

Bruno volvió a reír, como el niño que su padre afirmaba que era.

—Necesito ir por unas cosas al mercado —el pelinegro se levantó—.

—¿Podrías traerme pasas? —le preguntó Leone— No estoy acostumbrado a tanta sal... —dejó unas monedas sobre la mesa— Hay de más, por si ves algo que crees que llamaría mi atención.

—Está bien, regreso en un rato —se despidió de su padre, dejando un beso sobre su frente, y un movimiento de mano a Leone—. Muy bien...

Caminó por el muelle con lentitud, hacía mucho tiempo que no estaba en Roma, y la presencia de la guardia papal y real no era normal; debía ser por la batalla de hace una semana.

Al adentrarse a la ciudad notó un flujo de gente mucho mayor al que esperaba, la población había aumentado mucho.

Caminó sin mucho cuidado, recordando todo los productos que veía y sus precios, hasta que descubrió a un par de niños robando de un puesto de frutas; frunció el ceño ante eso, y no pudo evitar caminar en la dirección donde desaparecieron, tenía bastante pescado en el barco, si podía ayudar a los pequeños, lo haría.

Al salir de un callejón volvió a toparse con parte del flujo de personas del mercado del puerto, le compró unas piezas de pan a un vendedor y buscó a los niños haciéndose el desentendido. Los encontró con la mirada, mientras intentaba hacer sus compras disimuladamente. Caminó hacia ellos, hasta que alguien lo chocó por detrás.

—Lamento mi torpeza —habló una voz masculina pero suave—.

—No hay problema... —cuando Bruno se volteó para mirarlo, la persona que lo chocó ya no estaba— Oh, qué rápido...

Entonces se sintió más ligero.

Oh, no. Mierda.

—Las monedas que me dio Leone no están... —volteó en todas direcciones, hasta que reconoció una sombra perderse por un callejón— Oh, no escaparás, pequeña rata.

Corrió a su búsqueda, sabía que era él. Esquivó personas como pudo, estuvo por caer un par de veces, sin embargo, logró estabilizarse y atravesar el callejón, pero, para su mala suerte, quien perseguía había desaparecido.

—Con un demonio...

Maldijo entre dientes, derrotado, ya no podía hacer nada. La cantidad de dinero era considerable... y ahora debía compensarlo.

Pasaron las horas, sus pasos lo alejaron de la costa mientras completaba su diligencia, llevaba una pequeña canasta de madera, donde había guardado todo. Suspiraba a cada rato, estaba abatido, y se sentía como un pusilánime ¿Cómo pudo permitirse ser robado de esa manera? ¡Era un completo idiota!

Suspiró otra vez cuando vio a un hombre vendiendo frutos secos, recordando que Leone le había encargado pasas dulces. Se acercó al puesto, el vendedor estaba atendiendo a un joven de cabello rubio despeinado que cubría sus prendas de vestir con una capucha amarillenta.

—Gracias por su compra, jóven —se despidió de él el vendedor y fijó sus ojos en Bruno— ¿En qué puedo ayudarlo, señor?

Bruno se quedó de piedra al escuchar el susurrante "gracias" que el chico rubio le dirigió al vendedor, no obstante, su única mano libre se lanzó hasta sujetar un brazo del chico.

—Tú... —Bruno arrastró la voz, sombrío— Tú me robaste mi dinero hace un rato —no era una pregunta, lo estaba afirmando, no tenía dudas; sintió el cuerpo del chico temblar al voltearse para verlo. Probablemente no esperaba encontrárselo tan pronto—.

—Y-yo... —sus cejas se juntaron en su ceño— Yo no...

Intentó huir, pero Bruno era fuerte, al menos más que él; no pudo hacerlo. Se removió en su lugar, arrastrando al mayor con él.

—Detente —exigió el pelinegro—. No conseguirás nada con forcejear, devuélveme mis monedas.

—No puedo —volteó a mirarlo con los ojos llenos de lágrimas—. Ella está mal, compré medicina... —bajó la voz y la fuerza de sus sollozos— A ella le encantan las pasas dulces, no sé si las pueda probar siquiera...

—¿De qué hablas, niño? —Bruno estaba confundido— Explícate.

Bruno bajó la guardia sin querer, y el chico escapó, gritando un lastimero "lo siento" durante su huida. El pelinegro corrió tras él, no dejaría que se salga con la suya una tercera vez. Siguió al rubio hasta una zona peligrosa, la conocía, era el barrio rojo. Las prostitutas se le cruzaban, como si le quisieran impedir atrapar al ladrón. Luego de pasar a las mujeres, un par de metros más adelante, un grupo de niños, evidentemente vagabundos, hicieron un muro para impedirle el paso.

Bruno se detuvo. Observó al chico rubio por encima de los niños más pequeños, el cual desapareció de su vista como por arte de magia.

—¡Aléjate! —gritaron varios infantes mientras le arrojaban cosas para agredirlo— ¡Deja en paz a los príncipes!

Un niño chitó con fuerza ante lo último dicho, luego todos se revolvieron entre ellos, terminando por huir como ratas; en todas direcciones.

—¿Príncipes? —Bruno se cuestionó— Él mencionó a una chica.

El pelinegro observó todo a su alrededor, las prostitutas estaban lejos, los niños habían desaparecido y no habían rastros del ladrón rubio. Caminó en la dirección del susodicho, analizado todo el lugar en el que desapareció.

Habían tres paredes impidiendo su paso, un callejón sin salida ¿Cómo iba a desaparecer así como así? Buscó alguna puerta, pero no había nada, todo estaba extrañamente en orden. Unas cajas de madera descansaban en una esquina, la misma por la que el rubio se perdió. Movió una de ellas y encontró un pequeño pasadizo en la pared, al acercarse y comenzar a adentrarse el olor a agua de rosas inundó sus narices, era muy fuerte, parecía un perfume caro.

Al final del pasaje llegó a una pequeña habitación, donde una chica de pálido cabello descansaba sobre una improvisada cama de heno y telas. Bruno se iba a acercar a ella, pero el chico rubio se atravesó en su camino.

—¡Aléjate de ella! —traía una daga de acero brillante en su mano derecha, su mirada era diferente—

—Espera... —Bruno levantó ambas manos, una alzaba la canasta— ¿Qué le sucede? —hizo un gesto con la cabeza, apuntando a la chica— Parece enferma.

—Está enferma —entrecerró los ojos—. Te robé para comprarle medicina... pero... —sus ojos volvieron a inundarse— no funciona...

El cuchillo cayó al suelo de piedra, haciendo un eco agudo en la habitación. Bruno se acercó al chico y le acarició el cabello, dedicándole una pequeña sonrisa.

—Está bien —le dió un ligero abrazo y lo consoló—, no estoy molesto —se alejó un poco y bajó una rodilla para estar a la altura del menor—. Soy Bruno Bucciarati, puedes confiar en mí ¿Me dirías sus nombres?

—No puedo... —desvió la mirada— Pero necesito ayuda, un curandero, lo que sea, no puedo dejar que muera así, tan fácilmente...

—De acuerdo —hizo una pausa, palpando la angustia en la voz del menor—, creo que puedo ayudarlos, pero necesito más detalles... —su ceño se frunció un poco— Necesito saber si debo arriesgar la vida.

El pequeño lo miró con los ojos abiertos de par en par.

—Estamos huyendo... —hizo una pausa— de la corona española, mi padre y mi tío.

—¿E-estás hablando en serio? —Bruno tragó con fuerza al ver al niño asentir— Bueno, eso es complicado... —luego ató cabos en su cabeza— ¿La batalla de hace una semana tiene que ver con ustedes? 

—Si... —le dio la espalda— Nos reconocieron usando la ruta del Cabo Passaro, nos desviamos y llegamos hasta acá, pero, de un día para el otro, Trish cayó desmayada por la temperatura.

—Ya veo —Bruno se levantó y se cruzó de brazos, esa maldita batalla casi le cuesta la vida a su padre, se mordió el labio inferior, conteniéndose— ¿Por qué huyen? —su voz era suave pero imponente—

—Te lo contaré después de que salves a Trish —frunció el ceño—.

Bruno desvió su mirada hasta la chica, su pecho subía y bajaba arrítmicamente, su piel sudaba; por un momento pensó en la plaga, y eso le hizo estremecer, pues su madre murió años atrás, cuando aún era niño, producto de la misma.

—Será peligroso llevarla hasta el muelle —habló intentando que la inteligencia predominara en su toma de decisiones—, sobre todo con la cantidad de guardias caminando por todas partes, pero... —hizo una pausa y se acercó a la chica— es pequeña, podría cargarla y decir que es mi hija, si preguntan —acarició su frente, sintiendo el sudor frío—. Pero debemos hacerlo pronto, si esperamos a que anochezca levantaremos sospechas, la luz del día nos ocultará.

El pequeño asintió en su lugar, luego comenzó a quitar las telas que cubrían a la niña, acomodando la capucha. El movimiento hizo que la chica abriera sus ojos.

—Giorno... —volteó para mirar a Bruno— ¿Eres un ángel? —preguntó incrédula y desorientada— ¿Has venido a protegernos?

—Claro —le contestó con una radiante sonrisa—, he venido a sacarlos de aquí.

El rubio cubrió a la niña con una capucha, y Bruno la cargó sobre su espalda. Con las manos sujetando firmemente de los muslos de la chica logró salir del pequeño y húmedo pasadizo, una vez afuera el sol iluminó su rostro, debían moverse rápido.

—Necesitamos llegar al muelle, a la zona de pesca, ahí está mi barco. Mi amigo la ayudará a mejorar.

El chico volvió a asentir, sin embargo, esta vez corrió para juntarse con los niños de la calle, voltearon en reiteradas ocasiones mientras Bruno se acercaba a ellos, luego volvieron a huir como ratas, en todas direcciones.

—Dicen que nos ayudarán a distraer a la guardia papal si se nos acercan —declaró el rubio—. Vamonos, será mejor evitar el mercado, hay demasiados guardias por allí. Usemos los caminos junto a los viñedos.

—Bien...

 

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—¡Leone! —gritó Bruno al ingresar a su embarcación, corriendo con la chica en brazos— ¡¿Dónde estás, Leone?!

—Aquí —su cabellera blanca apareció por una puerta, siendo teñida por los rayos anaranjados de sol— ¿por qué el alboroto? Tardaste mucho, Paolo se estaba preocupando.

—Necesitamos ayuda... —Bruno bajó a la niña de su espalda— Está ardiendo en fiebre.

Leone no preguntó nada más, tampoco se quejó, no dijo nada. Bruno lo observó tomar a Trish en sus brazos y llevársela, probablemente a su habitación, lejos de su padre, el pelinegro lo siguió de cerca, con la vista fija en las finas hebras plateadas del más alto. Leone era, sin lugar a dudas, extremadamente útil; pero había algo más, algo que el pelinegro no sabía explicar con palabras, ni siquiera en su cabeza.

Bruno caminó tras él, preguntándose qué cosa interesante haría, por un instante recordó lo que Leone había hecho con su padre y, por una extraña razón, creía que el otro lo podía todo. Cuando llegaron a su pequeño cubículo, la niña fue depositada en su cama, comenzando a ser revisada por el peligris.

—Trae mi bolso —hizo una pausa, mientras colocaba su oído sobre el estómago de la niña—, también limones y naranjas.

—¡S-si! —contestó al reaccionar, volteando rápidamente, pero casi choca con el pequeño rubio— Espera aquí, si Leone te solicita algo, dáselo.

El chico asintió.

Bruno fue al cuarto de junto, donde guardaba las provisiones que les quedaban, buscó por todos lados, dando con dos naranjas y un pomelo algo marchito; los tomó y corrió a por el bolso de Leone, el cual estaba junto a su padre. Dio gracias a Dios porque estaba dormido. Tomó la bolsa de cuero y volvió a correr.

—Esto fue lo que encontré —dijo al regresar. Trish estaba despierta y sentada—.

—Gracias —Bruno lo vió escudriñar con una mano, luego sacó una botella de mano llena con un líquido amarillo, luego otra botella más pequeña de color café—. Bruno —volteó a verlo a los ojos—, un balde.

No contestó, sólo escapó de esa penetrante mirada que parecía observar su alma. Salió a cubierta y tomó el primer balde que encontró, al regresar le tendió el objeto, recibiendo una mirada directa por un par de segundos.

Leone alzó la botella oscura y la acercó a la nariz de la pequeña, provocando que su rostro se oscureciera; estaba azul, luego comenzó a vomitar en el balde que el peligris le tendía sobre su regazo.

—¿Q-qué le has hecho? —pronunció en un curioso italiano el pequeño rubio, parecía un acento extranjero— ¿Por qué la haces vomitar? —parecía algo alterado—

Leone no habló, estaba demasiado concentrado en lo que hacía, y Bruno no podía culparlo, pues parecía saber lo que hacía.

—Tranquilo —Bruno le habló al menor—, puedes confiar en él.

—¿Por qué? —volteó a ver al pelinegro— ¿Porque tú lo haces?

—Ese no es el punto, niño —Bruno hizo una pausa, endureciendo su rostro—. El punto es que él ayudará a tu chica, lo está haciendo desinteresadamente, eso debería bastarte.

El rubio infló las mejillas y bajó la vista, parecía que no estaba acostumbrado a que le llamaran la atención. La chica vomitó un par de veces más, luego Leone le limpió los restos de la barbilla, posteriormente le tendió la botella con el líquido amarillo.

—Bebe sólo tres sorbos, no más, no menos —le indicó el peligris—. Luego come las frutas —la niña asintió, viéndolo directamente a los ojos y completamente embelesada—. Estarás bien después de eso, una buena comida te ayudará. Mientras descansa.

—Gracias, señor... —la trémula voz de la niña llegó a los oídos de todos, pese a lo baja que fue— ¿Cuál es su nombre?

—Puedes llamarme Leone.

La niña le sonrió dulcemente, luego volteó a ver al chico rubio.

—Giorno, yo... lamento ser una molestia...

—No —el pequeño se le acercó—, yo no te he podido cuidar bien, Trish.

—Dejaremos a la niña descansar —interrumpió Bruno—. Ahora, pequeño, nos explicaras todo, ella ya está bien.

Leone volteó a mirarlo, luego volteó a ver al chico con severidad.

—Haz lo que él dice, o te arrastraré de un pie hacia afuera —amenazó el peligris—.

En ese momento, Bruno sintió que su corazón se agitó de una manera extraña.

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Estaba calentando agua para hacer un té de hierbas, mientras observaba al pequeño rubio hablar con Bruno. El niño no le agradaba, algo le decía que haría que los maten y, en ese momento, no deseaba aquello para ninguno de los tres; Bruno era un ángel, y Paolo ha batallado bastante como para dejarlo morir así como así. Si había ayudado a esa niña, lo había hecho exclusivamente porque Bruno se lo había pedido.

Aunque.... es probable que la hubiera ayudado de todas formas. Detalles.

Tras servir tres tarros de madera con el agua de hierbas, las llevó hasta la mesa y se sentó al lado derecho de Bruno, cada uno tomó el suyo y bebieron. Luego el enano habló.

—Mi nombre es Giorno Giovanna —fijó sus ojos en el té, para soltar todo de golpe—, soy el hijo bastardo del príncipe Dio, mi prima, Trish Una, es la hija bastarda de mi tío, el príncipe Diavolo. Yo, junto con mi guardia personal, Polnareff, descubrimos que ellos conspiraron para matar a nuestro tío, el rey Jonathan, al poco tiempo de matar a mi abuelo, el rey George Joestar I, pero al investigar, levantamos sospechas... Y fueron por nuestras cabezas... nuestros propios padres...

Silencio.

¿Qué era esto? ¿De verdad estaba pasando esto? Leone lo único que deseaba era ir a Nápoles... y encontrar a su madre, lo más cercano a una familia que creía que tenía. Pero aquí estaba, arriesgando la garganta por un par de niños.

Estúpido.

—Eso es horrible —juzgó Bruno. Leone volteó a mirarlo, sorprendido, contempló su perfil, por un momento creyó que tenía una linda nariz—. Son sus padres —el pelinegro se mordió el labio en lo que parecía frustración—, sus condenados padres —se levantó, dejando los puños apretados sobre la madera— ¿tanto les importa una maldita corona?

Leone separó los labios y sus cejas se juntaron, frunciendo el ceño. Bruno tenía razón. Volteó a ver al mocoso, se veía en él, pero siendo mucho más pequeño; entonces mordió su labio también, hasta que le dolió lo suficiente como para detenerse.

—Y ¿cuál es tu plan? —preguntó a secas— Si fuiste lo suficientemente inteligente como para adelantarte a dos asesinos con experiencia, debes tener uno ¿no? —sintió la mirada del pelinegro sobre él— Esa niña no sobrevivirá a lo que sea que planeas, lo sabes, y no lo digo por la peste de mar que contrajo —finalmente el niño se dignó a mirarlo a los ojos—.

—No alcanzamos a idear algo con Polnareff, pero ya se me ocurrirá algo —se cruzó de brazos—. Pero Trish... ella debe desaparecer, lejos, muy, muy lejos. Esa es mi misión por ahora, protegerla y llevarla a un lugar seguro. La única pista que me garantiza hacer algo después, es que Pol-pol esté en Francia a finales de diciembre, dijo que nos aprovecharíamos del cambio al calendario gregoriano y sus festividades en el país.

—Eso quiere decir que tienes menos de cuatro meses para llegar a Francia —acotó Bruno, volteando a mirar a Leone—, podríamos...

—Oh, no. No me incluyas en esto —Abbacchio se levantó y caminó en círculos por el poco espacio que había—. Se supone que me llevarías a Nápoles. Se supone que tú y tu padre van a Nápoles.

No podía ser ¿Por qué, siquiera, lo estaba pensando? No tenía nada que ver con ellos, mucho menos en conflictos de la realeza, pero ahí estaba, pensando seriamente en ayudar a ese par de niños que no tenían la culpa de nada, y con Bruno por otro lado, una persona única en su tipo.

Luego recordó que, eventualmente, en algún momento morirá.

—Dime algo, chico —Leone se detuvo, su voz sonó grave, su mirada se clavó en la verde del menor— ¿Qué quieres en realidad? —entrecerró los ojos—

—Yo... —tardó un poco en responder— Tengo un sueño.

—¿Ah, si? —el peligris se cruzó de brazos— ¿cuál sería?

—Acabar con el reinado de mi familia, con todos, de ser posible.

Abbacchio soltó una carcajada tan estrepitosamente fuerte que despertó a Paolo en el proceso.

¿Era, acaso, la broma más graciosa del mundo?

—Y ¿qué harás después? —bajó la intensidad de sus risas— ¿Acabar con la cacería de brujas o el catolicismo? No me hagas reír, niño estúpido —caminó hasta el rubio, quien abrió los ojos al verlo frente a él—. Deja de creer en esos sueños ridículos, o terminarás muerto junto a esa niña antes de lo que crees.

El chico afiló su mirada contra la de Leone, haciéndole fruncir el ceño, comenzaba a molestarse de verdad.

—No son ridiculeces, de verdad creo que puedo iniciar una revolución.

Los verdes ojos del niño le sostuvieron la mirada, pese a la fea mueca que tenía. No lo soportaba. Su diestra se alzó y golpeó la mesa de madera con la suficiente fuerza para voltear uno de los tarros con el agua de hierbas que bebían.

—¡Si lo son, con un demonio! —le dio la espalda— No cuentes conmigo para esto —vio a Bruno por un segundo, sus cejas juntas decían que estaba preocupado, luego observó el cielo oscureciéndose a través de la puerta—. No estoy de acuerdo, no deberías hacerlo. Toma a la chica y huyan lejos, ahora que todavía puedes.

Le dio una rápida mirada a Paolo, sobre la cama, quien parecía no entender nada, luego atravesó el umbral de la puerta, saliendo a cubierta.

 

 

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Estaba enojado y necesitaba orinar, así que dirigió su caminar hasta la popa, donde dejaban las cubetas para sus necesidades.

Se quitó la capucha, no deseaba ensuciarla, y la dejó sobre un par de barriles, quedando vestido solo con su pantalón de tela oscura y su camisa blanca con mangas anchas; sinceramente, no deseaba mear en una cubeta, así que se acercó al borde del barco y se encaramó sobre la madera. La luna iluminaba todo con su blanca luz, incluyendo a Leone, observó rápido, cerciorándose de que nadie lo espiara. Vació su vejiga sin cuidado, en silencio, divagando en lo que acababa de pasar.

—No puedo, simplemente, mandar todo al carajo... —suspiró— Pero es verdad que nada me espera al sur —frunció el ceño, molesto al decirse aquello—, ni siquiera sé si ella sigue viva... —volvió a suspirar, terminó su tarea y se acomodó los pantalones— Esto es un sinsentido.

—¿Ya terminaste? —preguntó la áspera voz de Paolo— Vengo a... ya sabes.

—Te he dicho que no te muevas innecesariamente —saltó de la baranda hasta la madera del suelo, luego suspiró—. Así nunca mejorarás, Paolo.

—No te preocupes —caminó a su lado, sujetándose el vientre—. Después de todo, la muerte es inminente e inevitable.

—Llevas razón... —volteó a verlo, estaba sonriéndole, le devolvió una sonrisa trémula y comenzó a alejarse—

—¿Sabes? —la voz del mayor lo hizo detenerse en seco— Eres un hombre muy capaz —Leone volteó a verle la espalda, arqueando una ceja—, eso es útil en éste mundo corrupto y lleno de pecado... —Paolo caminó hasta el borde de la embarcación— Acércate, pequeño.

Leone frunció el ceño con fuerza, incluso su nariz se arrugó y sus labios se separaron ¿Por qué mierda Paolo lo trataba como un condenado niño? Iba a protestar, pero sólo se acercó a donde lo llamaban y exigió una explicación con su expresión.

—Lo eres, debes tener la misma edad de Bruno —se encogió de hombros, luego se quejó y llevó su única mano a su vientre—, así que no me veas así —jadeó—, además... Dios, me salvaste la vida. Ya te aprecio mucho.

A Leone le burbujeó el estómago y sintió mucho calor en su rostro. La risa de Paolo lo hizo avergonzarse más.

—El punto es que... —suspiró— Por favor, mantén a Bruno alejado de todo lo que ese niño dijo.

—¿Qué? —cuestionó el peligris, sorprendido—

—No puedo permitir que Bruno siga a ese niño —lo miró con el ceño fruncido—, es suicida.

—Lo es... lo sé —el mayor asintió—. Pero yo no decido sobre él, es un adulto; él no tiene nada que ver conmigo.

—Él es demasiado amable —su única mano se dirigió a su cabeza, cubriendo su rostro—, pero ésto es ridículo...

—Yo... —Leone no sabía qué decir ¿y qué diría? No es su jodido asunto, aunque Bruno le agradara lo suficiente como para entrometerse, sin embargo, aún así, no lo haría— Lo siento, Paolo, pero me iré antes de que zarpen rumbo al norte; no hay nada para mí en esa aventura.

—Bueno, no podré decir que no lo intenté... —el mayor miró a la luna— No obstante, Leone, no miento al decir que eres un hombre capaz —hizo una pequeña pausa para respirar—. Hice esa petición porque tengo la corazonada de que Bruno siempre estará seguro a tu lado, y no pienso así demasiadas veces.

—Me alagas, Paolo —Abbacchio sonrió de medio lado—, pero soy un hombre común y corriente que sabe un par de cosas; un humilde mortal.

—Te subestimas, chico, pero respeto tu respuesta —le sonrió y palmeó el hombro izquierdo de Leone—. Ahora vete a hacer lo que quieras, quiero mear.

—A la orden, capitán —toda su vida había querido decir algo así, sonrió ante el hecho y se marchó—.

Una punzada llegó a su cabeza, estaba cansado y quería un buen trago. Iría por sus cosas y se iría a la mierda. Al cruzar el umbral de la entrada se encontró con Bruno solo en el pequeño cuarto ¿y la pequeña rata soñadora?

—Oh —el pelinegro alzó el rostro y lo miró—, Leone.

Abbacchio desvió la mirada y se sintió diminuto ante esos brillantes ojos azules. Se habían conectado tan bien la última semana, era la primera vez que pasaba tanto tiempo con la misma persona sin desagradarse mutuamente... o que el otro intentara llevarlo a la hoguera. Realmente lamentaba esto, con todo su ser.

—Iré por mis cosas —dijo sin mirarlo, la poca iluminación de una vela sobre la mesa ayudaba bastante—, le dejaré unas medicinas a Paolo y me retiraré.

—Ya veo... —su voz se escuchó decepcionada— ¿Hay algo que pueda hacer para que eso no suceda?

Abbacchio creyó perder la habilidad para respirar ¿De verdad se estaba molestando en darle opciones?

—¿C-con qué fin? —la pregunta se escapó de sus labios, creyendo que sólo lo había pensado—

—Ugh... —parecía que a Bruno le estaba costando tanto como a Leone— Te hice una promesa, y la cumpliré.

—¿Qué hay de los niños?

—También los ayudaré.

—¿Sabes, Bruno? —se cruzó de brazos— No puedes, simplemente, complacer a todo el mundo ¿Qué hay de ti?

—¿Conmigo? —sonrió incrédulo— ¿Qué pasa conmigo?

—Oh... —el peligris suspiró pesadamente y dejó caer sus brazos a los costados— Vamos, Bruno —caminó hasta él—, no finjas demencia. Sabes de lo que estoy hablando.

—Es abrumador... —suspiró y se llevó una mano al rostro— Pero no miento al querer ayudar —alzó la mirada—, ya después, cuando se solucione todo, veré qué es lo que quiero.

—¿Y si pierdes tu vida en el proceso? —Leone alzó una ceja— Recuerda que ese niño, lo que necesita, son suicidas dispuestos a morir por él.

—Si eso llega a pesar... creo que la causa lo valdría —se levantó y le sostuvo la mirada al más alto—. Lo sabes, Leone. La idea de una tierra sin reyes, donde todos pudieran hacer lo que quisieran ¿no te gusta?

Leone frunció el ceño, incluso sus labios.

—¿En serio me lo estás preguntando? ¿A mí? —Leone lo vio abrir la boca para protestar, pero se detuvo, luego la cerró. Los labios oscurecidos hicieron una mueca, casi haciendo un puchero— Mira, olvida esto, tomaré mis cosas y me iré. Sigue tu vida sin remordimientos, no me debes nada.

No se quedó para escuchar una respuesta, lo mejor sería hacerlo rápido. Llegó hasta el cubículo donde había dormido un par de veces y guardó las pocas cosas adicionales que obtuvo en su viaje durante la semana. Al terminar se dirigió a ver a la chica, encontrándola dormida y con el rubio acariciando su mano izquierda entre las propias, éste lo miró, con los ojos inundados.

—Me voy —indicó Abbacchio—. Te dejaré esto —sacó una botella diminuta, no más de cuatro centímetros—, debes darle una gota al despertar y otra al prepararse para dormir, le abrirá el apetito, así que asegúrate de que se alimente como corresponde, porque por eso es que enfermó.

El chico lo miró asombrado, soltando la mano de la niña y dejándola sobre la paja, recibió el cristal oscurecido y ladeó la cabeza en un gesto que Leone interpretó como confusión.

—Ahora, vete a la mierda, me largo —el peligris se irguió y salió del cubículo—.

Esperaba encontrar a Bruno donde había quedado antes de entrar, pero no estaba, así que supuso que había salido para ayudar a Paolo. Estaba bien, era mejor así. Caminó hasta la pequeña mesa, aún húmeda por el té que había derramado minutos atrás, alzó su diestra y acarició uno de los bordes que aún estaba seco. Extrañaría mucho esa mesa, el barco completo, en realidad. No. No era sólo eso. Extrañaría a Paolo y a Bruno, sobre todo al segundo.

Sólo habían pasado un puñado de días juntos, pero no recordaba haberlo pasado mejor antes. El pelinegro le hacía sentir en paz... cosa que sólo había logrado un par de veces en toda su vida, y él lo lograba sólo con su presencia. Jamás había sentido que pertenecía a un lugar como lo había sentido en ese barco, con esa familia.

Apartó su mano, dolido y sintiéndose traicionado. Se había encariñado, se había acomodado y sentido a gusto. Leone había cometido el espantoso error de dejarse llevar por lo que siempre había querido.

Entonces, escuchó el metal contra la madera venir desde afuera.

 

 

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Leone lo había dejado solo, y eso lo destruyó.

Bruno de verdad creía que podría hacerlo cambiar de parecer. Sabía que no llegarían lejos sin él, sin sus conocimientos, pero había otra cosa… y era que no quería pensar que nunca más lo volvería a ver. El peligris era una piedra preciosa que no necesitaba ser pulida para brillar. Y a Bruno le angustiaba la sola idea de que alguien más lo notara.

Se descubrió llorando, levemente, alzó la vista hasta la mesa, donde estaba el té que Leone tiró, quiso levantar el tarro de madera, pero la voz de su padre lo hizo dejar todo lo que hacía para salir a cubierta. Caminó hasta la popa, dejando que sus ojos se acostumbraran a la poca luz que les dejaba la luna, buscó a su padre con la mirada, encontrándolo sentado sobre una cubeta como asiento y mirándolo fijamente.

—Padre ¿qué sucede? —se inclinó frente a él, apoyando su peso sobre su rodilla derecha— No deberías estar aquí, vamos, volvamos adentro.

—Estoy cansado, hijo, necesitaba un poco de aire fresco —se encogió de hombros—. No aguanto demasiado sin hacer nada y lo sabes.

—Si… lo siento.

—Hijo… —Bruno lo miró a los ojos— ¿Qué piensas hacer?

Sintió que le faltó el aire. No estaba preparado para responder a aquella pregunta, no aún, no ahora.

—No puedo responder a eso, padre, no sé qué hacer —dejó sus brazos caer a su costado, luego bajó su otra pierna y se sentó sobre la madera a sus pies—. Por un lado quiero estar contigo y mantenerte a salvo, por otro, quiero ayudar a esos niños que no tienen a nadie en su vida, y por otro lado no quiero que Leone se marche —sus manos se alzaron y las llevó hasta su rostro para cubrirlo—. De verdad quiero complacerlos a todos…

—Hijo… —Bruno sintió la única mano de su padre acariciar su largo y desarreglado cabello— No es tu responsabilidad ayudar a todos, debes pensar primero en ti, antes que en el resto. Sólo cuando hagas eso podrás encargarte de los demás como corresponde —las caricias continuaron, consolándolo—. La vida es corta y larga al mismo tiempo, no la notas porque la estás viviendo, pero debes aprovecharlas con sabiduría, o pasarás lamentándote hasta el fin de la misma.

—Todo está pasando tan rápido…

—Extraño a tu madre, ella sabría qué decir en un momento así.

Bruno alzó la vista para ver a su padre al rostro; estaba arrugado y con la piel porosa por la sal, las bolsas bajo sus ojos se habían agrandado de tres a cuatro veces su tamaño original, y el brillo opaco de sus ojos lo entristeció.

—No te recomiendo tener una vida igual a la mía, hijo. Hay todo un mundo allá afuera esperándote —hizo un gesto con su única mano— a que decidas qué hacer y a dónde ir; pidiendo a gritos que elijas el camino que te hará feliz.

—P-padre… —quería llorar, necesitaba llorar, y iba a llorar, pero pasos metálicos sobre madera llamaron la atención de ambos, haciendo que Bruno se irguiera en su lugar— Espera aquí, iré a echar un vistazo.

Se levantó con rapidez y caminó despacio, aspiró con su nariz, intentando recobrar la compostura. Reconocía ese sonido, era la guardia haciendo rondas nocturnas. Por la entrada observó asomarse dos cabezas, dos hombres vestidos con metal; uno era casi tan alto como Leone, el otro era más pequeño que él mismo. Bruno no habló hasta que ambos pisaron el piso de madera de la cubierta.

—Buenas noches, oficiales —saludó lo más casual que pudo— ¿Qué los trae a mi barco en esta bella noche? —sonrió haciendo una pequeña y agraciada reverencia—

—Papeles —exigió el más bajo—.

Bruno entrecerró los ojos y agrandó su sonrisa, luego llevó sus manos hasta la faja de sus pantalones, metió una entre las telas apretadas, para, posteriormente, sacar un pequeño rollo de papel.

—Aquí, oficial —le entregó los documentos—. Estamos de pasada, nos dirigimos a Nápoles.

—¿Número de tripulantes? —preguntó, ignorando los comentarios del pelinegro—

—Somos solo dos; yo y mi padre —hizo una mueca de congoja—. Pero él está convaleciente, acaba de perder un brazo.

—Si su señor padre está incapacitado —dobló los papeles y se los devolvió a Bruno, todo mientras lo miraba fijamente a los ojos— ¿Cómo es que hace funcionar su barco? Necesitas, al menos, cinco hombres sólo para ponerlo en marcha —alzó una ceja, que se perdió en el yelmo que cubría su cabeza—.

—Oh, lleva razón, sin embargo —sonrió tranquilo—, mi padre y yo somos lo suficientemente inteligentes como para que lo haga uno de nosotros —se cruzó de brazos—. Pero eso sólo es posible gracias a las cuerdas y poleas que adaptamos a la embarcación.

El guardia más alto alzó una ceja mientras fruncía el ceño.

—De todas formas, haremos una inspección rápida.

Bruno tragó lo más tranquilamente que pudo.

—Buenas noches, caballeros —habló Paolo, apareciendo a espaldas de Bruno, quedando a su lado cuando se detuvo—.

—Inspección de rutina —se excusó el guardia más bajo, mientras comenzaba a caminar, observando todo lo que podía—. No nos tomará demasiado si son sólo ustedes dos.

Ambos se mantuvieron de pie junto al guardia más alto, mientras el otro recorría la cubierta. Bruno sudaba, no podía evitar pensar que Leone o Giorno se hicieran presentes, pues no se esperaba que los inspeccionaran tan de repente; su mente divagó mientras veía al hombre pequeño hacer su labor, imaginando escenarios horribles, donde se llevaban a los niños y le cortaban el cuello a Leone. Suspiró intentando mantener la compostura, hasta que el guardia se acercó a la puerta que llevaba a las pequeñas habitaciones donde estaban los demás.

—¿Qué hay aquí dentro? —preguntó señalando con un gesto de cabeza—

—Nuestros aposentos y una pequeña bodega donde guardamos nuestros suministros —contestó Paolo con tranquilidad—. Nada fuera de lo común.

El guardia más alto, parado al lado de ambos, emitió un bufido ante el comentario de Paolo, cambió la lanza que portaba de la mano izquierda a la derecha, alertando a Bruno.

—Entonces no habrá problemas si revisamos —afirmó mientras comenzaba a caminar en la dirección del otro guardia—.

Pero Paolo lo quiso retener con su única mano, no obstante, el guardia tomó aquello como un ataque, esquivando el contacto y dándole un fuerte golpe en el vientre con el extremo sin filo de su lanza. Bruno observó horrorizado el momento en que la herida de su padre se abrió, manchando sus ropajes de sangre.

—¡Padre! —corrió para socorrerlo, pero la voz del mismo guardia lo detuvo—

—Detente ahí —se puso en posición de ataque—, o me obligarás a atacarte también.

—¡Debo atender su herida! —dio un paso más, pero se detuvo al ver que el guardia empuñaba su lanza— P-por favor… —su voz se quebró— fue herido hace poco… puede morir si pierde demasiada sangre… —cayó de rodillas al suelo, notando que el otro guardia se acercaba—

—¿Qué has hecho, Franco? —soltó un bufido al ver a Paolo contraerse tras caer al suelo— Mierda, es la cuarta vez esta semana. Idiota —una mano golpeó su propio rostro— ¿Qué haremos si el viejo muere? ¡Y hay testigos, demonios!

Bruno bajó la vista hasta sus manos, impotente, luego recordó que traía una daga en su cintura. Analizó con cuidado las palabras que se intercambiaban los guardias, quienes prácticamente susurraban; llevó su mano derecha con lentitud hasta su cintura, al mismo tiempo que volteaba su cabeza para observar en qué estado estaba su padre, la sangre no se detenía; entonces escuchó.

—… sabes que no podemos hacer esto, tendremos que hundir el barco.

El final de esa oración fue la orden de ataque. Empuñó con fuerza la zona de cuero, y la dirigió directamente al centro del ojo izquierdo del guardia de menor estatura. El hombre se quejó, casi ahogado, en un volumen bajo, cayendo de espaldas con Bruno sobre él; la muerte fue casi instantánea. Le quitó el metal lo más rápido que pudo, escuchando el metal de la armadura del otro guardia al moverse.

—¡Refuerzos! —exclamó eufórico, tras un ataque de lanza fallido en contra del pelinegro—

Bruno se movió lo más rápido que pudo a lo largo de la madera de la lanza, permitiéndose incrustar su metal entre las uniones de la armadura, en su garganta.

Soltó su arma y corrió a atender a su padre, sin notar los pasos de otros dos guardias que venían en socorro de sus compañeros; presionaba el vientre de Paolo lo más fuerte que podía, pero la sangre no paraba de fluir fuera de su cuerpo. Alzó su mirada para ver el brillo de las hojas afiladas de ambos guardias, sus ojos se abrieron, sus oídos pitaron y su respiración se detuvo; iba a morir.

Una sombra se irguió frente a él, obstruyendo su visión, la poca luz lunar a penas se reflejó en los cabellos de Leone, alborotados al embestir de frente a ambos guardias. Uno cayó con algo incrustado en la boca, ahogándose en su propia sangre tras caer. El otro quedó de pie, siendo sujetado por el cuello con el brazo izquierdo de Leone, intentaba hablar, pero el peligris utilizó su otro brazo para ejercer más fuerza al agarre; se estaba ahogando por la presión y su propia cota de malla. Bruno buscó los ojos de su amigo, éstos miraban a la nada, llenos de ira. No pasaron muchos segundos hasta que se oyó un crujido, entonces el último guardia cayó.

—¿Estás bien? —le preguntó Leone, tras agacharse hasta su altura, mirándolo a los ojos; parecía aterrado— Bruno ¿estás herido?

—Si… —fue lo único que pudo decir, el peligris le apartó las manos y comenzó a atender a su padre. Se levantó y creyó observarse a sí mismo y toda la escena desde otra perspectiva ¿Qué había pasado?—

Contempló a Leone hacer lo suyo, mientras la visión de su padre divagaba y su garganta se quejaba. Volteó débilmente su cuello, pasando su visión por cada uno de los cuerpos sin vida sobre el piso de madera.

—¿Qué demonios…? —una voz desconocida habló— ¡¿Ustedes dos se encargaron de esos cuatro?! ¡Sabía que algo malo pasaría, eran cuatro guardias!

Un hombre, más joven que él y Leone pero mayor a Giorno y Trish, estaba atado de manos.

—Bruno… —la rasposa voz de su padre se escuchó, trayéndolo de regreso a la realidad; se acercó hacia él — No lo olvides… —una pausa— Leone… te lo encargo.

—Espera, Paolo —la voz de Leone se quebró—, aún puedo hacer algo —apartó sus manos y comenzó a vaciar los bolsillos secretos de sus mangas—. No te vayas… —volteó para mirar a Bruno con la angustia dibujada en el rostro— Bruno…

—P-padre… —sus ojos se llenaron de lágrimas y se concentraron en los amarillos— Leone…

Ambos se miraron mientras que las lágrimas bajaban por sus mejillas, se hablaban con leves sollozos. Bruno entendió cuando Leone confirmó que se había ido, sólo un gemido ahogado entre la presión de sus dientes.

Todo había pasado demasiado rápido.

—Bruno, vámonos de este asqueroso lugar…

Bruno asintió ante la petición de Leone, feliz por ser él quien se lo pedía, pero culpable por sentirse feliz tan fácilmente después de la muerte de su padre.

Nunca se había considerado una persona ambiciosa, de hecho, lo único que había querido en la vida era ayudar y acompañar a su padre, pero ahora… Ahora estaba feliz porque su padre le había dado la oportunidad de permanecer junto a Leone por más tiempo.

 

 

 

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—¿Ahora qué? —preguntó el chico con las manos atadas— ¿Alguien podría desatarme?

—¿Quién eres tú? —la voz de Giorno se escuchó desde la puerta— Y… ¿qué pasó aquí?

Bruno volteó a mirarlo, después de varios minutos sentado junto a su padre, llevaban menos de diez minutos navegando, la costa ya se veía lejana. Se puso de pie, caminó hasta uno de los guardias, más precisamente al que tenía la daga incrustada en un ojo, la tomó y la arrancó de un tirón, provocando que saltara sangre coagulada en todas direcciones. El chico atado lo miró con el rostro ensombrecido, luego comenzó a temblar cuando Bruno comenzó a acercarse a él con el arma. El pelinegro no hizo muecas ni caras, sólo se acercó a él y cortó las cuerdas que lo ataban.

—Giorno, por favor, hazte cargo de él… —hizo una pausa y volteó a ver en dirección al cuerpo inerte de su padre— Yo… No es un buen momento ahora.

—Está bien… —Bruno supo que el niño distinguió a Paolo tirado en el piso, pues se mostró acongojado— ¿Cuál es tu nombre? —se dirigió al extraño— Y tu propósito.

—Soy Guido Mista, y no hago nada en particular, sólo disfruto mi vida en toda su extensión —contestó despreocupado—. Los guardias me atraparon después de salir de una casa de opio, no estaba allí probando esas cosas, sólo hacía un encargo —se encogió de hombros—. Y ahora estoy aquí, con cinco muertos a mi alrededor.

Bruno ignoró el comentario y se alejó, había escuchado suficiente, buscó a Leone, quien tiraba de las cuerdas de las poleas de la vela principal. Se acercó lentamente, con la mente en blanco, los pensamientos eran tantos que no podía concentrarse en uno; se sentía algo mareado. Leone se detuvo, tal vez al escuchar sus pasos, y volteó a mirarlo.

La luz de la luna hacía que los cabellos brillaran más blancos que de costumbre, y lo que lograba ver de su rostro en la oscuridad, tenía cabello pegado a la piel por su sudor, también respiraba agitado mientras intentaba controlar el movimiento de su pecho; al fijar su mirada en la de él llegó a creer que el amarillo de éstos brillaba.

Se sorprendió de haber encontrado paz a los gritos en su cabeza, pero Leone rompió el contacto.

—Yo… —Leone habló despacio, haciendo que Bruno acortara la distancia— lamento tu pérdida… mucho… —se encogió en su lugar y se abrazó a sí mismo. La capucha no estaba, sólo la camisa amarillenta de mangas anchas, con amarras cruzadas en su pecho— No fue mucho lo que compartí con él, pero creo que así se debe sentir tener un padre… Y no dejaba de tratarme como a un crío…

Algo en la voz quebrada del peligris hizo que algo se moviera en su pecho, su garganta ardía, quería abrazarlo, pero no lo hizo.

—Él no solía ser así con las personas, al contrario, era muy reservado y callado… —se acercó más a Leone, sólo los separaban dos o tres pasos— Supongo que influyó que le salvaras la vida, pero supongo también… que vió en ti lo mismo que veo yo. Eres una muy buena persona, Leone.

Él lo miró asombrado, sin palabras, a lo que Bruno sólo pudo responder con una sonrisa genuina. Podía sentir la felicidad y la tristeza en él. Demasiado en tan poco tiempo.

—No me iré… —habló Leone— N-no… Ya no quiero… ir a Nápoles.

—Leone, no es necesario…

—No. Si lo es —Bruno abrió los ojos sorprendido ante su tono serio—. En el momento que di el primer paso para defenderte de esos guardias, decidí que estaría a tu lado en toda la mierda en que te metieras… No sé cómo, pero te cubriré la espalda.

—Leone… —estaba asombrado ¿por qué él le decía esas cosas?— ¿Por qué harías eso? No es tu deber, y ya habías tomado una decisión…

—Mentí… —sus ojos se miraron— Nunca quise irme, pero tampoco quiero que mueras por ese niño… Y Paolo tampoco lo quería…

—Y-yo…

En ese momento se sentía como un completo lunático. Sabía lo que conllevaba seguir a Giorno, y creía que le comenzaba a agradar un poco lo que Leone le hacía sentir, no obstante, aún así iba a dejar que se marchara; no lo iba a permitir, pero lo estaba dejando. Apartó la mirada y le dio la espalda al peligris, posteriormente llevó sus manos hasta su cabeza, a los costados.

Su cabeza volvía a ser un caos. Simplemente no podía lidiar con tanto.

—Perdón por provocar todo esto… —Bruno se disculpó con voz trémula y débil— Yo traje a esos niños, tampoco fui capaz de deshacerme de los guardias sin levantar sospechas… Y ahora mi padre está muerto. Toda la mierda que hice por mantenerlo a salvo y con vida la última semana se fue al carajo.

Se dejó caer al suelo, echándose sobre la madera, encogiéndose en posición fetal.

—No es tu culpa, Bruno…

Volteó a ver a Leone, quien lo miraba desde su posición, con el rostro comprimido y la boca entreabierta; parecía que quería decir algo más, pero nunca lo escuchó. Regresó su cabeza a como estaba, necesitaba llorar, con desesperación; así que lo hizo, sollozó todo lo que pudo, ahí, con su cuerpo desparramado en la madera y sólo con la mirada de Leone sobre él, quien lo acompañó en todo momento a una distancia prudente.

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Un mes después todo parecía estar mejor. O eso creía Abbacchio.

Los primeros días habían sido complicados, con dificultad se debió acostumbrar a los tres menores, pero Bruno había ayudado mucho, y Trish le agradaba muchísimo desde que comenzó a experimentar con su largo cabello; como en ese preciso momento.

El ocaso se acercaba, la pequeña Trish aprovechaba las últimas horas de luz para poder jugar con su cabello, pese a los extraños resultados que dejaba, comenzaba a gustarle. Bruno, Mista y la rata soñadora navegaban, en dirección al norte; los chicos tiraban de las cuerdas, mientras Bruno estaba al timón.

—Ya está —habló Trish—.

—¿Qué hiciste esta vez, pequeña escurridiza? —preguntó cerrando sus ojos, escuchando los sonoros pasos posicionarse frente a él— Espero no sea algo demasiado extraño.

—Sabes que lo será —se encogió de hombros—, o no sería divertido.

Abbacchio sólo suspiró y levantó sus hombros, resignado. No entendía la fascinación de Trish con su cabello.

Se levantó y caminó hasta la proa, sacó una brújula de uno de sus bolsillos secretos y apuntó hacia adelante; se dirigían al noroeste, hizo un par de cálculos mentales y llegó a la conclusión de que tierra firme se encontraba un par de grados hacia el noreste. Así que caminó hasta Bruno.

El pelinegro traía su cabello trenzado de una forma curiosa, pensó que era un magnífico trabajo de Trish, para que los mechones largos y desaliñados no molestaran a sus ojos fijos en el horizonte, su camisa estaba abierta hasta la altura de su ombligo. Las cuerdas que la amarraban caían a sus costados, olvidadas. Y usaba un pantalón negro que se perdía ante la tela blanca que vestía su torso.

No deseaba ver u analizar de más, pero siempre era sorprendente para Abbacchio la facilidad con la que se perdía observándolo. Concluyendo que, con Bruno, era normal que esas cosas pasaran.

—¿Sucede algo, Leone? —preguntó el pelinegro— Te quedaste ahí, mirando sin motivo...

—N-no... —intentó excusarse, pero había sido descubierto; como la mayoría de las veces, así que cambió el tema— Tierra firme está hacia el noreste ¿Por qué vamos al noroeste? —alzó una ceja inconscientemente confundido— Eso nos hará retrasar bastante, Bruno.

—¿Q-qué? —se sobresaltó un poco— ¿Estás seguro?

—Claro que si, la brújula lo dice —le enseñó el artefacto en su mano izquierda—. No necesito ser navegante para comprobarlo; debemos cambiar el rumbo.

—Maldición, Leone —suspiró resignado y se llevó una mano al rostro— ¿Por qué siempre eres tan intuitivo e inteligente?

Abbacchio no sabía si aquello era un cumplido o un insulto. Así que decidió tomarlo como algo positivo.

—Uh... ¿por qué dices eso?

—Porque me estoy resignando a que nunca podré ocultarte algo —alzó sus manos y sus hombros, también suspiró un par de veces al hablar—. Así que, no me queda de otra, tendré que decírtelo.

—¿Es algo malo? —preguntó con seriedad—

—No. No lo creo.

—Entonces está bien, Bruno, confío en ti —Abbacchio guardó su brújula y luego se cruzó de brazos, intentando darle una de sus mejores sonrisa al menor—. No necesitas darme detalles si no quieres hacerlo.

—Oh, no es eso, Leone —parecía divertido—. Es sólo... Sólo estoy cumpliendo un capricho a escondidas —se sonrojó ante la confesión—. No es algo importante o de vida o muerte. No...

—¿Qué es, entonces?

—Todo, Leone, todo —se desplomó sobre el timón, dramatizando un poco—. Cuando lleguemos al continente el camino será a pié... Y, pues... nunca he vivido demasiado tiempo en, digamos, la tierra.

—Oh... —ahora Leone lo comprendía todo; Bruno estaba haciendo tiempo a propósito. En parte lo comprendió, podía ponerse en su lugar, sin embargo— Pero, Bruno... —se acercó un poco a él y bajó el volumen de su voz— eso es demasiado arriesgado.

—Lo sé... —escondió su rostro ante uno de sus brazos— por eso es que estoy avergonzado. Debo despedirme de todo lo que tengo, otra vez.

—Bruno...

—No. Está bien —se irguió, enderezandose, luego hizo girar hacia su derecha el timón con todas sus fuerzas—. Ya nos he retrasado lo suficiente.

—No, Bruno, espera —Abbacchio levantó una mano y detuvo el movimiento del timón de un solo tirón, sorprendiendo al contrario— ¿Puedes escucharme un momento antes de actuar? —lo enfrentó frunciendo el ceño— Míralos —hizo un gesto con la cabeza, señalando a los tres menores, un poco más abajo, en la cubierta, disfrutando de lo que parecía una conversación entretenida mientras miraban la puesta del sol— ¿te parece bien si lo dejamos así, sólo por esta vez?

La luz naranja del sol en el ocaso le daba un brillo especial a la piel del rostro de Bruno, o eso pensó Leone en ese momento, disfrutando de la extraña mirada que el otro le entregaba desde más abajo. A veces Leone se preguntaba si era normal querer observar tanto a alguien en particular, nunca le había pasado, y no le molestaba, pues parecía que al otro tampoco le importaba. La luz cambió conforme los segundos avanzaban, tornándose violeta. En ese momento Abbacchio decidió que el pensamiento de ver Bruno como una obra de arte no era algo malo.

—Si... me parece bien —respondió Bruno al rato, sin apartar la mirada—.

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—Es hora, Bruno —indicó Leone, tomando su equipaje—. Los chicos nos esperan, y no debemos permanecer mucho tiempo en la ciudad.

—Si... dame un minuto.

Abbacchio lo dejó, mientras buscó rápidamente con la vista todo lo que pudiese estar olvidando. El barco había sido vendido y debía entregarse. Salió a cubierta, encontrando a Mista.

—¿Dónde están los otros dos?

—No lo sé, dijeron que regresarían en un unos minutos —contestó el moreno mientras se rascaba un oído—. Dijeron algo de comprar dulces.

—¿Y no los acompañaste? —sus cejas se contrajeron—

—Pues, no, hombre. No soy su niñera.

—¿Estás mal de la cabeza? ¡Claro que lo eres! —lo regañó, hablando ronco y golpeado— ¡Ése fue el motivo por el que te quedarías con nosotros, polizón! —lo señaló— Ahora vete y encuéntralos antes de que nos marchemos.

El chico chilló por la llamada de atención y se marchó corriendo. Mientras Abbacchio se masajeaba el puente de la nariz.

—¿Está todo bien? —Bruno apareció a sus espaldas—

—Giorno y Trish decidieron ir de compras sin vigilancia.

—¡¿Qué?! —Bruno lo rodeó— ¿Cómo permitiste eso, Leone?

—No me culpes, cuando salí ya no estaban, y el polizón de Mista decidió que no era su niñera... Ya lo envié a buscarlos.

—Cielos... —se acercó al borde de madera y descansó su espalda en ella— Todo esto apenas comienza y estos niños ya me causan dolor de cabeza —llevó su diestra hasta su frente, acariciándose con lentitud—.

Abbacchio no quiso responder a eso, ambos sabían que todo era una mala idea, no se lo restregaría en la cara. En cambio, buscó algo en sus bolsillos, recordaba haber guardado algo que sabía alegraría a Bruno en el momento que fuese; al toparse con la pequeña bolsa la tomó, la abrió rápidamente y tomó una pequeña esfera, amarilla y opaca, y se la ofreció en su palma derecha. Bruno parpadeó al verlo, confundido.

—¿Qué es? —preguntó con una sonrisa débil pero emocionada—

—¿Recuerdas cuando paramos en un puerto de Genoa? —el pelinegro asiente— ¿Recuerdas también toda la miel con la que llegué? —el otro volvió a asentir— Después de notar lo débiles que son Trish y Giorno por ella, decidí tomar precauciones. Usé un poco de menta y hojas de eucalipto para hacer estas golosinas; sabía que servirían para algo.

—Oh... —Bruno suspiró y volvió a mirar la esfera irregular— Eso es muy inteligente de tu parte —le dedicó una sonrisa amplia y tomó el dulce ofrecido, luego lo llevó a su boca—. Dios, y sabe muy bien.

Leone frunció el ceño y apartó la mirada tras ver a Bruno cerrar los ojos y sonrojarse, sintiendo incomodidad por un momento. Los cumplidos de Bruno siempre lo alteraban, pues eran dados por meras nimiedades, innecesarios en su mayoría. Pero ahí estaba, ocultando su rostro con su capucha por inercia.

—¿Señor Bucciarati? —preguntó un hombre joven, poco mayor que ellos, cabello castaño, ojos azules y una radiante sonrisa. Bruno y Leone voltearon a verlo—

—¿Si? —preguntaron al mismo tiempo, sorprendiendo al pelinegro, quien volteó a ver al peligris—

—Señor Bucciarati —se dirigió cordial a Abbacchio—, he venido aquí por nuestro previo acuerdo.

—Oh, si —Leone se le acercó—. Tonio ¿no es así? —el hombre asintió— El barco está listo ¿Tienes lo acordado? —el hombre se encogió levemente, parecía tiritar esporádicamente; ahí recordó que aún se cubría la mayor parte de su cabeza, tiró de la tela hacia atrás y despejó su rostro, no su cabello—

—S-si, aquí lo tengo —pareció calmarse tras poder encontrar sus ojos—. Espero que sea suficiente, son mis ahorros de toda la vida —de un bolso sacó un pequeño saco de cuero y lo extendió para que Leone mirara las monedas de oro en su interior—.

—Oh, esto es más de lo que tenía en mente... —volteó a ver al pelinegro— Bruno ¿crees que esto es suficiente por el barco? —quiso conocer su opinión, después de todo el barco era de él— No sabía con exactitud cuánto pedir —susurró sólo para él—.

—Oh, veamos... —el pelinegro se acercó tanto al saco con monedas que el brillo de las monedas de oro iluminaban tenuemente su rostro— Vaya, no esperaba tanto, pero sé que mi nave lo vale.

—¿Eso es un si? —preguntó el comprador, alternando su visión en ambos, claramente emocionado— ¿Es suficiente?

—Si, lo es —afirmó Bucciarati—.

—Entonces —Leone se acercó y tomó una de las monedas, la llevó hasta su boca y la mordió, comprobando que el oro era real—. Trato hecho —recibió el saco con monedas y estrechó la mano del hombre, luego Bruno hizo lo mismo—.

—Espero que esta nave pueda ayudarte a conseguir lo que deseas —le deseó Bruno, con algo de tristeza en su tono de voz—.

—Así será, señor —respondió alegre—. Su barco me ayudará a cumplir mi sueño de tener un restorán que cruce todo el mundo.

—Espero que sea así —ambos, emocionados, agitaron sus manos estrechadas—. Fue un placer, Tonio.

—Igualmente, señores.

Se despidieron del nuevo dueño del barco y bajaron hasta el muelle, debían esperar a que los niños regresaran.

Pasaron un puñado de minutos en silencio, Abbacchio se distrajo mirando en todas direcciones en busca de alguna señal de alguno de los tres mocosos, pero nada; de vez en cuando miraba discretamente a Bruno desde la oscuridad de su capucha, estaba cabizbajo y parecía triste, sentado en el suelo y apoyando su espalda contra un ancla de tierra para los barcos. Podía comprender un poco el pesar del pelinegro, no había sido un mes agradable para él, y Leone no sabía dar palabras de apoyo tanto como él, tampoco era adivino como para asegurarle que todo estaría mejor en el futuro, así que sólo hizo lo que él sabía.

Buscó su pipa de hueso entre sus cosas y su bolsa de cuero, donde guardaba su hierbas para fumar. Metió sus índice y pulgar entre las hojas secas, buscó un poco, y luego extrajo uno de los tantos cogollos de cannabis que guardaba ahí, lo trituró con los mismo dedos, dejándolo caer dentro del espacio para quemar. Regresó la bolsa a su lugar y, posteriormente, sacó un trozo de pedernal y otro de pirita; buscó algo que le sirviera para prender fuego, un trozo de papel tirado en el suelo estaría bien.

—Leone ¿qué haces? —la voz suave e incierta de Bruno lo hizo levantar las comisuras de sus labios, en una sutil sonrisa—

No dijo nada, mejor responder con hechos.

Se fue a sentar junto a Bruno, para que éste lo viera desde cerca. Una vez cómodo comenzó a golpear el pedernal contra la brillante y dorada pirita, incinerado los trozos de papel que descansaban en el suelo con rapidez. Usó su varilla especial para prender su pipa, traspasando el fuego a ella y apagando los pedazos restantes de papel.

Llevó la pipa hasta su boca, dando un par de caladas rápidas, asegurándose de que la hierba se prendiera de forma correcta; luego se la tendió a Bruno, quien lo miraba muy sorprendido.

—Fuma, hará que te relajes un poco.

Los ojos de Bruno se apartaron de su propia mirada con lentitud, bajando hasta su apreciada pipa, humeante. No parecía convencido, mas, aún así, la tomó y le imitó al llevársela a la boca, dando una larga calada.

Tosió el humo, en un claro gesto que lo delataba, debía ser la primera vez que fumaba cualquier cosa.

—Creí... —tosió otra vez— De verdad se ve fácil cuando tú lo haces —carraspeó un par de veces— ¿Cómo se supone que debo hacerlo?

—Sólo... —acercó el artefacto una vez más a los labios del pelinegro— Sólo aspira con lentitud —tragó su propia saliva, sonoramente, cuando bruno mordió el hueso pulido para mantenerlo en su lugar, y él intentaba volver a encender lo que debía quemarse—. Eso, sin prisa, o te ahogaras.

Esta vez la acción fue más corta. Exhaló tranquilamente, luego pareció que su boca se movió, como si degustara algo. Tras eso volvió a acercarse al instrumento, fumando otra vez.

Leone la apartó del pelinegro y le dio un par de caladas más, acabando el contenido. Suficiente. Tiró las cenizas y guardó todo antes de que su cuerpo comenzara a relajarse. Volteó discretamente para ver a Bruno, su capucha ayudaba, por una extraña razón deseaba ver qué efectos tendría la medicina en él.

Estaba quieto, mirando hacia el frente, las arrugas en su ceño se habían ido.

Abbacchio dejó pasar el tiempo, observándolo tranquilo y en paz, sin necesidad de emitir algún tipo de ruido o movimiento; ni siquiera el murmullo casi sordo del mundo a su alrededor perturbaba el momento. A Abbacchio le gustaba así. Le gustaba mirar en silencio a Bruno.

—Leone... —Bruno pronunció bajo, como si quisiera que solo él lo escuchara—

—¿Si? —Leone sintió que la respuesta inmediata sonó casi desesperada—

—Gracias... por todo...

Abbacchio iba a decirle que no era necesario, que la mayoría de las cosas que hacía, desde que lo conoció, las hacía porque él le agradaba y no eran un problema, exceptuando el arriesgar la vida por una rata con aires de grandeza. Pero no pudo. Primero, porque le aterraba hablar de más. Y segundo, porque los malditos niños habían regresado.

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—Oh, vamos, Leone —insistió la pequeña malcriada de Trish— ¡Quiero saber más sobre ti! —técnicamente estaba colgando del brazo del peligris, aplastando y desordenando los suministros que guardaba en sus bolsas secretas— ¿De dónde vienes? ¡Tu cabello y tus ojos no parecen de este mundo!

Llevaban un par de horas caminando, si es que subir las colinas que llamaban ciudad era caminar; debían cruzar la ciudad de un extremo a otro, al siguiente pueblo de ser posible.

—¿Vas a ignorarme todo el tiempo, Leone? —se cruzó en su camino con rapidez, impidiéndole el paso— Deja de hacer eso, no es para nada educado.

Leone puso los ojos en blanco y exhaló con pesadez.

—Hazte a un lado —la chica no se movió, así que Abbacchio decidió pasarla por un costado, pero volvió a impedírselo. Observó como los demás los pasaban, Bruno volteó a darle una mirada confundida, pero continuó su camino, los otros dos ni se molestaron en mirarlo—. Está bien —expuso su rostro—. Hablaré contigo —a la niña le brillaron los ojos—, pero tengo condiciones —se cruzó de brazos y frunció el ceño—.

—¡Por supuesto! —las comisuras de sus labios se estiraron, dejando ver el par de hoyuelos formarse en sus mejillas—

—Primero —su ceño se pronunció más—, camina —la volteó por los hombros sin ejercer mayor fuerza y comenzó a empujarla, aplicando un poco más de fuerza para que se moviera. Posteriormente, continuó—. Segundo, deja de tratarme como una pieza de atracción, no soy un jodido objeto —continuó empujándola—. Tercero, nunca más vuelvas a colgarte de mí, jodida niña caprichosa —se detuvo y soltó su agarre—. No te detengas.

La niña lo miraba con sus labios separados y una expresión en blanco. Leone creyó que debía ser la primera vez que le hablaban de esa manera, en parte lo lamentó, pero sabía que era la verdad, y la única forma para que alguien entienda algo es diciéndolo. Un par de palabras no la matarían.

—Cuarto —continuó después de que continuó caminando, esta vez a su lado, sin quitarle la mirada de los ojos incrédulos—, todo lo que alguna vez te cuente o diga... No quiero que otros lo sepan, a menos que lo autorice. Confiaré en ti —se señaló con el pulgar, luego la señaló a ella con el índice—, pequeña rata elegante —dejó sus brazos descansar a sus costados—. Así que más te vale no desperdiciar la única oportunidad que tendrás.

—Y-yo... —cerró la boca y tragó saliva, parpadeó un par de veces y volvió a mirarlo; decidida— ¡Prometo que no te arrepentirás!

—Excelente... —no pudo evitar relajar el rostro y darle el movimiento de labios más cercano a una sonrisa que pudo, pero sí se atrevió a levantar su diestra y darle una corta caricia sobre su cabello— Ahora démonos prisa o perderemos al resto.

—¡Está bien! —comenzó a correr en subida por la colina— ¡Llegaré con GioGio antes de que puedas llegar con Bruno! —su sonrisa expuso sus dientes, mientras se alejaba—

¿Qué tenía que ver Bruno en todo esto? Se preguntó. Luego frunció el ceño. Apresuró el paso, no deseaba quedarse atrás, pero tampoco correría cual niño, no, debía mantener las apariencias. Bajó su capucha y continuó.

No le tomó demasiado alcanzarlos. Al llegar Trish lo saludó con una sonrisa, mientras se sujetaba con fuerza a uno de los brazos del rubio, pero no insistió con lo anterior. Leone realmente lo agradeció.

Continuaron por casi una hora más, hasta llegar a los muros que marcaban el final de la ciudad de San Remo. Todos estaban demasiado cansados como para decir algo. Hasta que Leone escuchó gruñir al estómago de Bruno.

—¿Estás bien? —le preguntó—

—Si... —Bruno llevó una de sus manos hasta su estómago— Es sólo que... De repente siento mucha hambre.

Leone rió un poco internamente, luego miró a su alrededor. Habían pocas personas caminando por la tierra compacta, el sol comenzaba a descender, podría asegurar que quedaban, a lo más, unas dos horas de luz natural.

—Sería buena idea planear dónde pasar la noche —sugirió, haciendo que todos se le acercaran—. No será agradable ser encontrados por la noche en medio del bosque.

—Es cierto —agregó Mista—. Podríamos hacernos con provisiones y acampar.

—Eso es demasiado peligroso, Mista —agregó Giorno—. Lo más sensato es buscar un lugar, aquí en la ciudad, y mañana conseguir remolque hasta el siguiente pueblo. El bosque de San Remo es conocido por los saqueadores de la montaña —se cruzó de brazos y miró a Abbacchio— ¿Tú qué harías, Leone?

Abbacchio miró a Bruno, éste se encogió de hombros. Pensó un buen rato, imaginando todos los posibles desenlaces de cada una de las posibles decisiones. Hasta que llegó a la más lógica.

—Lo mejor es buscar una posada, aunque debamos compartir todos la misma habitación. Cuatro paredes y un techo nos darán seguridad y descanso para estar bien el día de mañana —habló rápido—. Pero hay algo...

—¿Qué cosa? —esta vez preguntó Trish—

—Deberíamos hacer algo con nuestros cabellos. No podemos llamar la atención de ninguna manera.

—¿A qué te refieres con eso, Leone? —Trish llevó sus manos hasta el bucle que hacían sus claros y rosados cabellos— ¿Qué hay de malo con mi cabello? —lo miró angustiada—

—Bueno... No es que haya algo malo con él, ni con el de la rata —le divirtió ver como el rubio fruncía el ceño ante el apodo—. Pero llamamos demasiado la atención. Deberíamos pintarlo de un color más... discreto.

—N-no... —por un momento creyó que Trish comenzaría a llorar, pero no lo hizo—

—Está bien, Leone —habló Giorno— ¿Sabes cómo hacer todo eso? —el peligris asintió— Entonces, te lo encargo —pidió, cerrando los ojos—. Confío en lo que dices.

Leone frunció el ceño ¿Qué era eso? No podía leer mentiras en él.

—Bien —gruñó—, necesitaré un par de cosas.

—¿Quieres que te acompañe? —Trish soltó al rubio y se dirigió a abrazar uno de los brazos del mayor, pero lo soltó al instante— Lo siento... No olvido mi promesa.

—Está bien —sinceramente, no le molestaba demasiado la presencia de la niña—. Estaremos de regreso antes de la puesta de sol —miró a Bruno—. Nos vemos.

No agregó más y comenzó a caminar con la niña a su lado, saliendo por las puertas en dirección al bosque.

—¿Por qué vamos al bosque? —la voz curiosa de la niña pedía a gritos saberlo todo—

—Necesito abastecerme de un par de cosas.

—¿Cómo qué?

—Veamos... —se llevó una mano a la barbilla— Si vamos a oscurecernos el cabello, necesito nueces, hojas de salvia y corteza de roble. También necesito ver qué encuentro por esta zona y que pueda servir en el futuro.

—Ya veo —dijo emocionada— ¿Cómo es que sabes tanto de plantas?

—Viví muchos años en un bosque de Francia, allí conocí a una persona que me ayudó y me enseñó casi todo lo que sé.

—¿Tienes un apellido, Leone?

Él la miró desde su altura, algo sombrío.

—No lo sé... —quiso dejar la conversación en el aire, pero continuó— Pero si mi memoria no falla, es Abbacchio.

—¿Puedo llamarte así? —preguntó emocionada, una vez más— Me incomoda un poco hablar tan informalmente con un hombre mayor —apartó la mirada y se sonrojó levemente—. Toda mi vida me han enseñado como una dama de la realeza debe hacerlo...

—Ya no estás en esa situación, rata con perfume.

—¡No me llames así! —le mostró la lengua en un gesto de asco— Detesto a esos sucios animales.

—Dices eso porque no has tenido que comerlas...

—¡¿Qué?! —se detuvo— ¿Esas cosas se pueden comer?

—Claro que si, niña de la realeza, todo lo que tenga vida puede comerse, eso incluye a las asquerosas ratas.

—Por favor, Abbacchio, nunca me hagas comer una.

Se sintió extraño escuchar a alguien ajeno a él llamarlo así. Podría acostumbrarse.

—Bien, prometo nunca darte a comer una condena rata.

 

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—Has conseguido un buen lugar, Bucciaratti —comentó Mista al salir de una de las dos habitaciones alquiladas—.

—Es verdad —agregó Giorno, saliendo tras el moreno—. Te agradezco por pagar un techo seguro y una buena cama para Trish; ella estará muy feliz.

—No es nada, chicos —Bruno les sonrió un poco, luego miró hacia el pasillo, más específicamente, la escalera. Él deseaba salir pronto, el sol estaba por esconderse—. Podrían bajar al comedor y pedir comida para todos, yo iré por Leone y Trish.

Los menores asintieron felices, se miraron y bajaron corriendo por las escaleras, seguidos por Bruno, a paso lento.

Habían pasado unas dos horas desde que se habían separado. No quería reconocer que estaba preocupado porque algo les pasara, ya había sido testigo, en una de sus salidas a puerto durante el trayecto por mar, de la forma en que las personas señalaban, murmuraban y despreciaban a Leone; y no podía evitar preocuparse más por la compañía de Trish. Podrían creer cualquier cosa. Un hombre con su aspecto, junto a una niña pequeña con la apariencia de una princesa… No podía traer buenas consecuencias. No debió permitir que se fueran solos por su cuenta ¿Y si los asaltaban en medio del bosque?

Sacudió su cabeza al salir de la hostal. Su cabello largo chocó con su rostro ante los movimientos bruscos. Eso le hizo pensar en que necesitaba un corte o un peinado de los que le hacía la pequeña Trish.

Regresó con rapidez al punto de encuentro, buscándolos con la mirada un par de metros antes de llegar; logró distinguir la capucha oscura de leone y la amarilla de Trish. Ambos cubrían sus cabellos, comían algo extraño y conversaban animadamente. O eso creyó Bruno, al ver como la pequeña no dejaba de sonreír al hablar.

Suspiró aliviado, dejando los malos pensamientos atrás.

—¡Bucciaratti! —gritó Trish, corriendo hacia él— ¡Has tardado mucho!

—¿Es eso cierto? —se dejó abrazar y alzó su cabeza para mirar a Leone más atrás— Lo lamento, también tardamos en encontrar un buen lugar.

—¿Podré tomar un baño y dormir en una cama? —los ojos de la niña se estrecharon, volviéndose vidriosos— ¿De verdad?

—Así es —le sonrió feliz, pues sabía todo lo que había sufrido por su higiene personal durante el viaje; aunque no compartía su pensar—.

—Muchas gracias —se acurrucó en el pecho de Bruno y soltó un par de lágrimas; éste creyó que era una exageración—.

—¿Nos vamos? —preguntó Leone—

Bruno asintió y comenzaron a caminar. Al llegar a la posada se encontraron a Giorno y Mista comiendo pescado al vapor, acompañado de ravioles rellenos de verdura de hoja, y bebiendo vino. Todos comieron en silencio.

Bruno masticaba y pensaba. Estaba mucho más tranquilo que horas atrás, tras entregar su barco; Leone ayudó mucho.

Oh, Leone.

Levantó la mirada, estaba sentado frente a él, pero él ya lo estaba mirando. Sonrió avergonzado, llevándose dos raviolis a la boca con un tenedor. El otro no dijo nada, sólo movió sus ojos a su propia comida.

—Entonces, Trish —Giorno le habló a la chica— ¿Qué tanto hiciste en el bosque con Leone?

—¡Oh! —ella suspiró— ¡Fue genial, GioGio! Abbacchio sabe mucho sobre plantas —hizo un gesto con su mano derecha—, y es muy educado —sonrió y tomó de regreso su tenedor—.

—¿Abbacchio? —Bruno pensó en voz alta, y todos voltearon a ver a Leone; como él los ignoró, se volvieron a Trish—

—Oh, es el apellido de Leone —dijo sin darle mayor importancia—. Solicité su permiso para llamarlo así.

—¡¿Puedo llamarte así también?! —Mista se señaló con emoción—

—Haz lo que quieras, polizón —respondió mientras masticaba su comida—. Todos hagan lo que les dé la puta gana.

Los chicos rieron, pero Bruno masticó despacio mientras se preguntaba cómo es que una persona puede maldecir tanto y tan seguido, se le antojaba divertido escucharlo.

Esa noche, Trish obligó a Mista a darse un baño después de Giorno. Por lo que escuchaba a través de la pared, podía imaginar que lo estaban ayudando con eso.

En cambio, Bruno y Leone estaban en la otra habitación, contando el dinero que consiguieron por el barco.

—¿No quieres tomar un baño también? —preguntó curioso, apilando monedas en filas verticales—

—Ni de broma, lo mío son los ríos o lagos; el aire libre —sonrió de lado—. No una jodida tina de cobre.

—Oh… —Bruno se sorprendió. Si bien sabía que tomar baños seguidos era muy mal visto, él no lo creía, pues el contacto constante con el agua de mar lo obligaba a limpiarse con agua dulce lo más seguido que podía— Yo... nunca he tomado un baño en un río, mucho menos en un lago —rió—. Siempre he estado rodeado por el mar.

—Demonios, deberías intentarlo alguna vez.

—Si… Tal vez ahora tengo la oportunidad de probar ese tipo de cosas —le sonrió y recibió el mismo gesto de vuelta—.

La pequeña vela que los iluminaba en la penumbra y hacía brillar las monedas de oro se apagó de repente, agotada.

—Creo que es hora de ir a dormir.

—No jodas, una vela no me dirá a qué hora debo o no dormir.

Bruno rió ante el tono burlesco y sobrado de Leone, pero se sorprendió al ver como comenzaban a aparecer chispas entre la oscuridad, iluminando el rostro de Leone y el suyo al chocar las piedras. Entonces, se hizo la luz. Una especie de antorcha pequeña comenzó a flamear.

—Un pequeño truco… —acomodó la madera sobre la mesa, dónde estaba la vela— Nos ayudará a terminar de contar este metal.

—Si —hizo una pausa, perdiéndose en los movimientos del otro, siendo su cuerpo efímeramente iluminando; perdió la noción del tiempo y olvidó el número de piezas de oro contadas— ...muy lindo —pensó en voz alta. Reaccionó cuando la visión de Leone se fijó en la suya, dando un leve respingo—. E-el truco es muy… lindo —rió algo nervioso, agradeciendo la oscuridad que lo ocultaba. Con eso comprendió un poco más al peligris, entendió la sensación de protección al esconderse en la penumbra—.

—Oh, eso no es nada —devolvió su mirada a las monedas. Bruno suspiró aliviado—. Conozco mejores.

—Puedo imaginarlo... 

 

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—Oh ¡Por favor! —gritó Mista, casi desesperado, mientras juntaba ambas manos, suplicante— ¡Acampemos aquí, ya no puedo más! ¡Tengo ampollas en las ampollas!

—Oh, vamos, deja de llorar —lo reprendió Trish, quien era cargada por Abbacchio sobre su espalda—.

—Pero Abbacchio dijo que aún faltan unos días a pie para llegar al siguiente pueblo ¡Y tú vas sobre su espalda! —la señaló con un dedo— ¡Por favor, Bucciarati! —Bruno se volteó, pasando de él— ¡Giorno! —corrió hasta él y le rodeó los hombros con un brazo, mientras comenzaba a susurrarle—

Bruno los observaba. Esos chicos cada vez se llevaban mejor. Lo habían hecho desde el principio, pero podía notarse la creciente amistad entre ellos; miró a Trish, quien abrazaba a Leone mientras éste la cargaba. Ellos también parecían llevarse particularmente bien, Leone hablaba más estando con ella, incluso sonreía con más frecuencia. Hacían una linda pareja.

Sin comprenderlo, aquel último pensamiento le revolvió el estómago e hizo que su garganta se contrajera. No le gustó la sensación, así que intentó pensar en algo más.

—Abbacchio —habló Giorno— ¿Conoces ésta zona?

—No, es la primera vez que uso estos senderos —contestó— ¿Por qué?

—¿Cómo planificaste la ruta, entonces? —le contestó con otra pregunta—

—Mapas, tarado.

—¿Podrías facilitarme uno?

—Bien, pero ten cuidado, los papiros son muy delicados —volteó su cabeza—. Dame un respiro, reina rata.

—¡Deja de llamarme así, gigante! —ella se bajó y corrió hasta Bruno— ¡Bruno, dile que deje de compararme con las ratas! —le sollozó cínicamente—

—Oh, pequeña ratita, no llores —se burló con descaro, reconociendo como la chica intentaba manipularlo—.

—¡No te pongas de su lado!

—Entonces no me intentes manipular —hizo una mueca, frunciendo el ceño y los labios, divertido—. Además. Leone llevaba un buen rato cargándote, al menos permítele llamarte como se le dé la gana —rió divertido, mientras los demás revisaban el mapa sobre una roca lisa en el camino—.

Trish hizo un puchero.

—No es divertido si nadie me hace caso…

Bruno le acarició el cabello oscuro, tiernamente.

—Bienvenida al mundo real, pequeña —ella infló sus mejillas en respuesta—.

—¡Lo sabía! —ambos voltearon al escuchar el grito de Mista— Es el río Fiume Dora Bàltea ¡El verano aún es lo suficientemente caluroso como para acampar junto al río! —sonrió ampliamente—

—Si, no es una mala idea… —Bruno creyó que Leone le miró un segundo— Podríamos pescar un poco ahí.

¿Pescar? Bruno parpadeó incrédulo ante la idea lejana de volver a pescar alguna vez, su corazón golpeó contra su pecho y sus ojos se abrieron. Dió pasos cortos hasta ellos, dándole una vista al mapa, concentrando su vista en el dedo de Leone que apuntaba una delgada línea desteñida de color celeste.

—¿Qué piensas, Bucciarati? —Giorno preguntó— No parece estar demasiado lejos.

—Lo está, rata —aclaró Leone—. No creas que es poco porque un dibujo en papel lo hace ver así. Es medio día de camino, tal vez un poco menos.

—Quiero ir —Bruno habló sin pensar—. Digo… Sería genial pescar otra vez.

—Entonces vamos —sentenció Leone, tomando y guardando el mapa—.

—¿No deberíamos decidir eso entre todos? —Giorno lo encaró, alzando una ceja, luego mirando a Bruno— ¿No lo crees?

—Bruno quiere ir —dijo con la voz ronca y gutural—, entonces iremos. Punto.

Giorno corrió y se escondió detrás de Bruno, junto a Trish.

Bruno le sonrió nervioso a los niños, luego volteó a ver a Leone, éste lo miraba, había escondido su cabeza en la capucha, pero sabía que le sostenía la mirada. Le dedicó una sonrisa grande y agradecida.

Leone siempre se aseguraba de complacerle, y eso comenzaba a encantarle.

—¡Entonces acamparemos junto al río! —gritó Trish— ¡Qué emoción!

El sol comenzó a descender a medida que las horas pasaban. Cuando llegaron al río no les costó encontrar un buen lugar para acampar, Leone siempre ayudaba con sus conocimientos, dándole indicaciones a Giorno y Mista para hacer una pequeña choza, donde todos dormirían.

—Trish —Leone le habló a la niña—, necesito que busques comida, ya sabes qué hacer.

—¡Está bien! —ella tomó una pequeña bolsa de tela y comenzó a alejarse— ¡No iré lejos!

—Bruno —se dirigió a él— ¿me ayudas a conseguir leña?

—Oh, claro. Así podré buscar una buena caña de pescar.

—Genial, vamos.

No caminaron lejos, recogiendo cada rama que podría servir para la hoguera. Bruno recogía y Leone las sostenía.

—¿Crees que podremos llegar a Francia? —le preguntó Leone, después de un buen rato de silencio—

—Tengo un buen presentimiento —respondió, pues no era mentira, de verdad creía que todo estaría bien—.

—Yo no…

Bruno se detuvo, volteando para mirarlo. Se perdió unos segundos contemplando su rostro y su cabello oscuro, casi castaño; aún no podía acostumbrarse a verlo así.

—¿Por qué piensas eso, Leone? —se acercó a él, dejando más ramas sobre sus brazos, pero mirándolo a los ojos—

—Para ser honesto, tengo miedo… —apartó la vista hacia el suelo— Nunca he estado en una ciudad demasiado grande, con tantas personas, siempre me muevo cerca de la costa porque nunca hay demasiado movimiento, pero París es algo completamente diferente.

Bruno contuvo el aliento. No sabía qué decir, no esperaba que Leone sintiera miedo, en realidad, la imagen que tenía de él era inquebrantable, pero aquí estaba, desnudando sus sentimientos para él.

—Yo también tengo miedo, Leone —se sinceró—. No soy tan confiado aquí —llevó su índice derecho hasta su cabeza, apuntándola— como lo soy en el exterior —el mayor lo miró de vuelta—. Está bien tener miedo —llevó su mano hasta el hombro derecho de él—, pero, cuando lo tengas, yo estaré a tu lado para decirte que todo estará bien.

Le dedicó una sonrisa genuina, que salió desde el fondo de su corazón. Pues era verdad. Bruno pretendía estar junto a Leone en todo momento.

Leone suspiró sonoramente, como si hubiera estado conteniendo la respiración por un tiempo, pero no apartó su mirada. Bruno notó bajo la tenue luz como su pálido rostro se coloreaba y, por un segundo, creyó que el suyo también.

Leone era tan hermoso con el rostro sonrojado.

—Y-yo… —habló él, con la voz ronca— En ése caso… —hizo una pausa, donde los ojos de Leone bajaron levemente. Bruno creyó que estaba mirándole los labios— Nunca me apartaré de tu lado… 

Las ramas que Leone sostenía cayeron a la tierra, Bruno se sobresaltó por eso, mas no pudo hacer nada, pues Leone se había lanzado a abrazarlo. No esperaba una muestra de afecto físico, dada la personalidad del contrario, pero Bruno debía admitir que llevaba un tiempo deseando algo así. Correspondió al abrazo y, ante esto, Leone afianzó el agarre.

—Siempre quise saber qué significaba tener una familia —habló cerca de la oreja izquierda de Bruno—, pero tú y Paolo me dieron ése saber y más —Bruno sintió temblores en el cuerpo ajeno—. No obstante… —otra pausa— Él ya no está, pero tú si…

—Entiendo… —Bruno creía comprender el problema de Leone, técnicamente ambos sentían lo mismo, pero Leone siempre estuvo solo, por eso le afectaba tanto la muerte de su padre y el miedo a perderlo— Estoy aquí y no te dejaré, Leone.

Bruno llevó su diestra hasta la cabeza expuesta de Leone y comenzó a acariciarla, intentando darle un poco de paz, mientras su siniestra se movía de arriba a abajo a lo largo de la ancha espalda. Sentir cerca a Leone lo hizo conocer su aroma, no era como el resto, quienes olían a sudor y tierra, si no que olía a hierbas secas, algo así como menta, manzanilla y cedrón; eso le hizo aspirar cerca del cuello ajeno con descaro.

—Mañana te llevaré río arriba a pescar.

—Me encantaría.

 

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Al regresar él cargaba un tronco de aproximadamente un metro de largo, era grueso y muy pesado, pero Abbacchio lo llevaba sobre su hombro derecho como si nada; mientras que Bruno cargaba una cantidad considerable de ramas más pequeñas con ambos brazos. 

—¡Leone! —Trish lo llamó, captando su atención— Conseguí mucho de lo que me pediste, también traje cosas que no conocía, por si te sirven —la niña le sonrió—.

—Bien hecho, pequeña rata —rodó el tronco por su brazo y lo bajó hasta el suelo—. Déjame ver esas cosas.

Le quitó la bolsa de las manos a la menor en cuanto estuvo a su alcance, la abrió y buscó en el interior. Habían hongos muy coloridos, probablemente venenosos, pero aún así servirían; nunca estaba de más tener armas envenenadas.

—El fuego los esperaba —habló Giorno, junto a Mista, quien mantenía encendida la pequeña fuente de calor—. Nuestras cosas para pasar la noche también están listas.

—Buen trabajo, mocoso —sonrió de lado, mirándolo—, estás aprendiendo rápido.

—Enseñas bien… —admitió el rubio en voz baja. Leone sonrió internamente, sentía un éxtasis al ver tan sumiso a la rata soñadora— Ahora prepáranos la cena.

...y tenía que arruinarlo.

—Como ordene, majestad… —gruñó—

Maldito enano soberbio. No le haría mal ser más como Trish, si, era malcriada, pero ella sí parece intentar agradarle.

Se distrajo platicando en su mente, mientras sus manos preparaban un estofado de setas y tubérculos, junto a uno que otra verdura. Revolvía la mezcla al mismo tiempo que Mista se le acercó.

—Oye, viejo… —le habló despacio, Abbacchio lo miró en respuesta— He estado teniendo problemas… ya sabes —divagó—, para evacuar…

—Oh ¿cuánto tiempo llevas sin cagar? —levantó la voz a propósito—

—¡Shhh! —lo hizo callar— ¡No lo digas tan fuerte, estamos con la realeza! —volteo para mirar a Giorno y Trish a su derecha— No quiero que sepan que llevo dias sin cagar, por favor, Abbacchio…

—Bien… —metió su diestra en uno de sus bolsos en su cintura y sacó un frasco grande, casi del tamaño de la mano que la sostenía— Dale tres tragos a esto y tu problema se irá.

—¡Dios, gracias, viejo! —tomó la botella, la descorchó y bebió tres tragos; Leone los contó— Sabes, abuelo —continuó hablando tras devolverle la botella—, cuando los encontré me diste tanto miedo como los guardias que me habían atrapado, pero peor ¡Desnucaste a uno de ellos sólo con los brazos! —Leone desvió la mirada, recordando a los hijos de perra que pudieron lastimar a Bruno— El punto es que… Mierda, das miedo, pero eres bueno, realmente bueno.

—¿Debería darte las gracias por notarlo?

—N-no… Pero quería que lo supieras, no sé, tal vez ¿disculparme por pensar así?

Leone volteó hasta la pequeña olla de cobre donde preparaba la comida, la revolvió e ignoró a Mista; en efecto, Leone se sintió culpable por haberle dado a tomar algo que lo hará cagarse hasta los tobillos toda la noche.

En menos de una hora el sol se había ido y el campamento improvisando estaba listo, todos comían lo que sea que él preparó; no sabía si llamarlo sopa o estofado; pero estaba bueno, sabía bien y todos lo hicieron notar.

La comida fue servida en los mismos tarros de madera en los que bebían todos sus líquidos. Todos rodeaban la pequeña hoguera que los calentaba, Leone tenía a Trish a su izquierda, mientras que Mista estaba a su derecha, Giorno estaba a la izquierda de Trish y, a su derecha, Bruno, quien justamente estaba frente a él. Abbacchio podía ver brillar sus ojos azules incluso a través del calor abrasador del fuego entre ellos.

—Oye… —escuchó a su izquierda— Abbacchio… —Trish lo llamaba en susurros. Leone se inclinó hacia ella, pero sin apartar su mirada de Bruno saboreando con placer la comida que había preparado— ¿Por qué miras tanto a Bucciarati?

Leone creyó que se ahogaría, pero sólo fue la impresión por la pregunta repentina, tosió disimuladamente e intentó concentrarse en su propia comida antes de responder.

—No sé de qué hablas —dijo en voz baja—.

—Oh, vamos… —se quejó acercándose un poco más a Leone— Siempre lo haces.

—Yo no hago eso, rata.

—O mientes muy bien… —dio un sorbo a su comida— o de verdad no lo notas.

Leone frunció el ceño.

—No me malinterpretes —la chica volvió a comer, disimulaba bastante bien—. Creo que son lindos.

Leone no respondió, pero volteó sorprendido a verla ¿Hablaba en serio? El sólo hecho de decir algo así era blasfemo, pero su pecho se sintió cálido ¿Tan obvia e inconsciente era su afán por apreciarlo?

—N-no sé a qué te refieres…

—Oh… está bien —hizo una pausa mientras analizaba el rostro de Abbacchio—, olvídalo por ahora, abuelo.

—¿Sabes, niña rata? —intentó cambiar el tema— No soy tan viejo.

—Eres un anciano, tu cabello lo dice.

—Está jodidamente castaño, malcriada —gruñó—.

—Ya sabes a qué me refiero, anciano. En fin, tenemos una conversación pendiente, viejito.

Regresó a su lugar anterior y se acomodó para seguir comiendo, pero no logró concentrarse del todo, fijando su mirada en los alimentos que flotaban sobre el caldo. Sentía que las palabras de Trish le habían revuelto el cerebro. Recordó todo lo que pasó horas atrás y el apetito se alejó de su sistema. El cuerpo de Bruno era delgado pero firme, y parecía que encajaba perfectamente con el suyo, por eso ese abrazo le supo al cielo ¿Por qué hacía esas cosas sólo con él? ¿Era posible pensar así de un hombre? Regresó a su cuerpo, llevando la vista hasta el fuego, luego subió por inercia hasta dar con la mirada atenta de Bruno sobre él.

Infraganti…

Se sonrojó, pero le sostuvo la mirada. Él le sonrió, y Abbacchio la contestó con una pequeña, Bruno rompió el contacto y continuó comiendo, Leone lo imitó.

Definitivamente Bruno era un ángel.

—¡Demonios! —exclamó Mista, arruinando los pensamientos de Leone, y probablemente de todos— ¡Carajoooo! —arrojó todo lo que traía en las manos y se fue corriendo hacia el bosque—

—¿Qué le pasa? —preguntó Giorno— Fue de la nada…

—No te preocupes… —Leone se llevó una mano al rostro— Estará bien, déjenlo un rato solo, estará ocupado.

—¿Abbacchio, qué le has hecho? —preguntó Trish— Se veía afligido…

—Nada importante, lo compensaré después.

Casi dos hora después Leone fue a buscar a Mista por el bosque, Trish se le unió de la nada, pero no le molestó; desde que la dejó meterse en su mierda siempre encuentra la manera de estar ahí a su lado, metiendo su nariz de rata donde no la llaman.

—Exactamente ¿qué le pasó?

—Tenía problemas para cagar y yo sólo lo ayudé —levantó las manos y se encogió de hombros—. Nada del otro mundo… pero creo que solo le debí decir que le diera dos sorbos a la medicina.

—Qué cruel, anciano, no sabía que podías hacer bromas.

—Te sorprendería todo lo que sé y puedo hacer, ratita.

—Oh, tenlo por seguro.

Caminaron otro tramo en silencio, hasta que oyeron los quejidos de Mista cerca de la orilla del agua, río abajo.

—Espera aquí, tal vez te arrepientas de haber venido.

—Ya no soy una dama, papá.

—Aún así. A nadie le gusta que lo vean cagar.

La niña infló las mejillas y se cruzó de brazos, indignada, pero, aún así, obedeció.

Leone caminó hasta que lo encontró orinando hacia el agua.

—¿Misión cumplida? —preguntó cuando Mista se volvió para mirarlo—

—Joder, hombre ¿Qué mierda me diste? Creo que acabo de cagar mis tripas.

—Eso querías.

—Si, pero no hablaba en serio, sólo quería vaciarme, ya sabes…

—La medicina te tendrá así un día, tal vez dos… —su vista se movió por el lugar, habían aparecido un par de luciérnagas— Lo mejor será quedarnos a acampar hasta que te calmes, podrías retrasarnos más si no te cuidas.

—Demonios…

—Regresaré con los demás, tú... —lo apuntó, la luna los iluminó, y el reflejo de la luz lunar hizo más reconocible el terreno, descubriendo algo en Mista que le asqueó sobremanera. Mista orinaba como si nada, con su asunto al aire libre, con el pequeño gran detalle de su color y suciedad— Con un demonio, Mista, límpiate esa mierda o se te caerá a pedazos antes de que puedas ponerlo dentro de una mujer.

—¿Qué? ¿A qué te refieres? —preguntó incrédulo—

—Joder… —Abbacchio intentó encontrar las palabras correctas— Escucha. Sé que no es una costumbre entre la gente, pero, mierda, no sabes lo bien que hace darse un baño.

—¿Viejo, estás loco? ¡Todos saben que el agua te contagia la plaga!

—No perderé mis energías en ti… —se llevó una mano al rostro y se masajeó el puente de la nariz— Sólo date un condenado baño. Todos lo agradeceremos.

Se fue antes de que el chico pudiera decir algo más. Jamás lograría quitarse esa horrible escena de la retina, ni con todo el alcohol del mundo.

—Vámonos —le dijo a Trish, pasando de ella a toda prisa, para que esta la siguiera de regreso al campamento—.

Intentó buscar algo en su cabeza que lo hiciera pensar en otra cosa que no fuese el mal nacido pene de Mista.

¡Mierda!

Continuó caminando, estaban a unos veinte minutos si caminaba rápido.

—Oye, Abbacchio —Trish trotaba para mantenerle el ritmo— ¿Me vas a decir qué pasa? ¿Mista está bien?

—No mucho, deberemos acampar unos días, él estará débil… y obligarlo a que tome un jodido baño.

—Oh… —la chica abrió los ojos, sorprendida— Creí que se solucionaría con el baño que le dimos, pero ya van ¿cuántos? ¿catorce, quince días?

—¿Uh? —se detuvo para mirarla—

—Yo creía que exageraba… —se llevó las manos al pecho después de detenerse; los árboles no dejaban entrar demasiada luz, pero el reflejo del río ayudaba a distinguirse bien los rostros— ¿todas las personas son así? Cielos… extraño mis perfumes.

A Abbacchio le quedó dando vueltas en la cabeza la última palabra que dijo ¿Perfume? Si mal no recordaba, traía consigo un par de escencias y etanol, con eso podría preparar un perfume barato.

—Te propongo un trato.

Trish lo miró incrédula.

—¿De qué tipo?

—Haz que Giorno te ayude, pero, por favor, convéncelo de que el agua es su jodida amiga.

—¿Qué gano con eso?

—Te haré un maldito perfume.

—Trato hecho, viejo.

La menor se acercó y lo abrazó, con el rostro sonrojado y murmurando algo sobre aromas. Leone resopló, seguía reacio a las muestras físicas de cariño, pero la chica insistía con tanta frecuencia que ya se estaba acostumbrando; y pensó en Bruno.

Oh, Bruno.

Su imagen llegó a su mente y todo se sintió mejor, se relajó y olvidó todo por un instante; no obstante, el incidente con Mista regresó. Pero el tener al pelinegro como prioridad lo hizo crear una tormenta de preguntas ¿Cómo sería su higiene? Definitivamente no peor que Mista.

—Estás pensando en Bruno ¿verdad? —la malicia se leía a la perfección en su rostro— Si, lo estás haciendo, tienes esa mirada.

—¿A qué te refieres? —intentó no vacilar— ¿Por qué estaría pensando en él?

—Es obvio, lo amas.

—¿Qué dijiste…? —sintió que su corazón se detuvo y que sus pulmones no trabajaban. Él ¿enamorado? ¿Y de un hombre? Patrañas—

—He estado enamorada, viejo. También lo he visto en otros, siempre pasa.

A Leone le mareaba la normalidad con la que Trish hablaba del tema.

—Yo no…

—No te creo.

—No he dicho nada.

—Sé que lo ibas a negar, no soy estúpida.

—¿Por qué lo aseguras? Yo no puedo hacer eso, somos hombres —frunció el ceño, molesto, casi ofendido—.

—¿Y eso qué? —la chica se cruzó de brazos y lo enfrentó— Puedes amar a quien tú quieras.

—¿En qué clase de mundo vives? Eso no es correcto.

—Claro que si. Todos en el palacio sabían que mi padre tenía un amante varón, es lo más normal del mundo, hasta el padre de GioGio es conocido por sus orgías… —se cubrió la boca, avergonzada— El punto es, abuelo, que tú lo estás.

—Qué puto asco, Trish —su rostro se calentó de repente, imaginando ese tipo de cosas con Bruno ¿Eso se podía? Maldita sea—.

—Oh, Dios… De verdad lo estás —los ojos de la chica se iluminaron— ¡qué sensible eres, Abbacchio!

—Y-yo no… No estoy… eso. Regresemos, necesito un descanso.