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Gélido

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La nieve se deshacía en agua cuando apretaba sus dedos, las pequeñas gotas mojando el guante de su mano sería la última imagen que se llevaría con él. El gran rey Bruce Wayne finalmente derrotado. La espada en el aire a punto de seccionar su cabeza se burlaba de su personas y de su ya pasada gloria. Cerró los ojos, reteniendo en su mente las imágenes de la nieve muriendo en su mano. La nieve, la blanca nieve que no sería más que hielo teñido de rojo en unos instantes.

—¡Detente! —Alguien habló. Esa voz la conocía. Esa voz era la melodía que hace un tiempo amaba escuchar — No lo mates.

Abrió los ojos, miró de nuevo la nieve extenderse plana unos centímetros y luego distorsionarse por las botas negras. Clavó la cabeza en la blancura, deseando que la espada bajara en ese mismo instante.

—Una vez defendiste mi vida — Él habló. Aquellas palabras taladraron dentro de su cabeza, trayendo al presente memorias que no deberían ser recordadas— Ahora es mi turno de devolverte el favor — Hizo una señal a sus hombres. Todos se movieron confusos pero sin rechistar, las órdenes del rey Kal-El eran leyes inquebrantables — Mi deuda está saldada, Bruce. No quiero volver a verte, maldito traidor.

—¿Traidor? — Alzó su rostro para poder clavar sus orbes en las contrarias, lo miraban con tal ira que de ser fuego, solo habría lugar para un charco bajo ellos— ¿Yo traidor? — Preguntó con veneno en las palabras.

Kal-El se dio media vuelta en un perturbador silencio. Lo siguiente era la ira de dioses recorriendo el cuerpo de Bruce, agarró la nieve con fuerza, en un patético intento de hacer un arma, haciendo, únicamente, una bola deforme apenas consistente. Su ira interior ahogó el sonido de la falsa arma al estamparse contra la negra cabellera de quien había sido su amante, su esposo.

—¡Patético intento de rey! ¡Regresa aquí Kal! Termina el maldito trabajo ¡No te atrevas a irte sin mirar atrás!

 

Cuando lo había visto por primera vez, el reino de Gotham era un caos total. Los alienígenas provenientes de Apokolips habían decidido que la Tierra era un buen lugar para expandir su imperio y para los gothamitas, la guerra contra una realidad desconocida estaba perdida. Kal-El había llegado como un ángel caído del cielo, a pesar de su condición de extraterrestre había unido sus fuerzas con las del rey Bruce para vencer al enemigo en común de toda una Galaxia.

Habían ganado la guerra, Bruce era ahora más aclamado que nunca, Kal-El por su parte tenía las alabanzas de terrestres y no terrestres de su parte, sus hazañas rápidamente lo habían casi que convertido en una deidad. Los dos seres más poderosos unidos bajo una amistad inquebrantable, buenos tiempos para la humanidad, había dicho el oráculo.

—¡Esto es inaceptable! Rey Wayne, como usted comprenderá, no podemos aceptar que estos seres vengan y planten sus colonias en nuestro planeta ¿Qué nos espera? Imagínese que decidan que no quieren ser amistosos. Estamos perdidos —Bruce miraba a Lex, lo ponía de los nervios. Cerró los ojos, mientras tomaba aire en sus pulmones. Si se atrevía a volver a dar la idea de asesinar a Kal-El por su desconfianza, él mismo se levantaría y acabaría con la vida del conde.

—Conde Luthor, Creo que está usted exagerando —Acababan de salir de una guerra, empezar una pelea entre los feudos era de todo, menos una buena idea, por eso intentaba no exasperar los ánimos del otro. Luthor tenía un ejército muy grande, no era como que le tuviera miedo, pero tampoco le hacía la más mínima gracia — Kal-El nos ha brindado su ayuda, su amistad. Nada en sus intenciones han sido maldadosas ¿Por qué debemos juzgarlo de esa forma?

Kal-El le había contado muchas cosas mientras luchaban codo a codo: La destrucción de su planeta, la pérdida de su familia, cómo se había convertido en el líder de un ejército intergaláctico para detener al Imperio de Apokolips. Si algo sabía distinguir Bruce, era una mentira de una verdad, Kal-El no mentía, había sido sincero.

—¿Ahora no debemos juzgar? Cuando fue usted mismo quien buscaba hasta el último secreto cuando lo conoció hace un año —La sala del trono quedó en total silencio. Todos miraron al rey y temieron ante su colérica mirada.

—¿Estás reclamando a tu rey, Luthor? —Bruce se levantó. La gruesa capa y ropajes que vestía por el frío lo hacían ver aún más grande de lo que ya era —Te recuerdo que no eres tú precisamente alguien de fiar —El real dedo apuntando a su persona lo hizo tragar en seco —Juzga el ladrón por su condición.

—No, su majestad —Se inclinó, en forma de respeto. Sus palabras podían condenarlo —No pretendía ofender a su amigo ni tampoco soy un traidor, como pretende usted hacerme quedar.

Bruce sonrió. Su amigo. Bruce Wayne no tenía amigos, no tenía familia, solo un reino con un ejército. Ni siquiera quiso contestar a sus palabras. Se retiró, dando por acabada la discusión.

Pensaba en lo idiota que era el conde Luthor y en lo mal que le caía mientras caminaba hacia sus aposentos, las ganas de beber de una botella hasta perder la consciencia y olvidar sus deberes reales eran indescriptibles. Paró en seco cuando la figura de Kal-El se interpuso en su camino. Sus manos en la cintura, mientras acababa de asentar su peso en el suelo, el rizo rebelde que caía en su cara sin importarle nada, su traje azul brillante que chirriaba con todo lo negro y sobrio que era su amado castillo.

—Gracias, debo decir.

—¿Gracias? —Bruce enarcó una ceja mirando al hombre, se cruzó de brazos en una postura impaciente, mirando por encima de su hombro la puerta de su habitación que era bloqueada.

—Por defenderme y confiar en mí.

—¿Quién dice que confío en ti? Solo defiendo mis decisiones, no puedo dejar que nadie pase por encima de ellas.

—¿Sabes que puedo escuchar tu corazón latir desde aquí? En todo este año he aprendido a distinguir cuando estás tranquilo, furioso o nervioso —Escuchar los corazones humanos era uno de sus pasatiempos, no había necesidad de palabras para entender el sentimiento que invadía a alguien cuando podías escuchar el pálpito de su corazón.

—Claro, lo que digas —Pasó por su lado, sin importarle que el hombre lo siguiera. Abrió su habitación, solo la fuerza de la mano de Kal-El impidió que le cerrara la puerta en la cara.

—Podemos unir nuestros reinos ¿Sabes? —Fue Kal quien cerró la puerta mientras miraba al hombre moverse por la habitación.

—Oh, por supuesto ¿Y dónde está tu hijo? Porque yo no veo al mío por ningún lado. Sin hijos no se puede —El otro se echó a reír. Por eso le gustaba Bruce, era divertido, irónico, se hacía el idiota en los mejores momentos.

—Hablo de nosotros, Bruce. Unámonos nosotros —Bruce paró su búsqueda del viejo vino para mirar al Kriptoniano. Lo estudió por un segundo y luego se echó a reír.

—¿Eso es una propuesta extraña de matrimonio? —No tenía que ser un experto para adivinar que sus latido retumbaban en los oídos de Kal-El. Sí, la propuesta lo había tomado por sorpresa, y para ser sinceros el hombre estaba lo suficientemente bueno como para aceptar querer hacerlo su amante de por vida —¿Sabes? Aquí las cosas no suelen ir de ese modo.

—¿No? — Se acercó a Bruce, casi tan cerca como para sentir la respiración sobre su rostro. El vaho que salía de su boca le dejaba saber el frío que hacía en la estancia. Todo estaba frío, gélido, tanto como las ganas de separarse de Bruce — A mi me parece que no tendríamos tantos problemas, es más, puede que seamos felices —Estiró su mano, agarrando la botella que había sido invisible para los ojos del otro, la bajó poniéndola en sus manos.

—Debería tener una razón para aceptarlo, más allá de aglomerar terrenos y enemigos… No veo más ventajas que esas —Las heladas manos del contrario se posaron en sus mejillas. Bruce casi retrocede si no hubiera sido por la estantería que tenía atrás.

Los labios ajenos sobre los suyos eran la única fuente de calor en la habitación. Raudo como el fuego en la leña, el calor se disparó a todas parte de su cuerpo. Las manos ajenas cubrieron las que sostenían el vino y su cuerpo lo empujó aún más, queriéndolo empotrar contra la estantería. La botella cayó, el estruendo, los vidrios rotos y el líquido sobre las botas de nieve no les importó. Sus manos enguantadas en negro viajaron hasta el pecho enfundado en azul cielo y acariciaron con molestia sobre la tela. El otro par de manos había viajado a sus caderas, por debajo de la gran capa negra, buscando empujarlo contra el cuerpo propio en busca de más calor.

Ajustó su manos al cinturón, tirando de él de manera salvaje y haciendo que cayera luego de lograr desabrochar, el pantalón de Bruce se resbaló por sus piernas haciendo inmediatamente a su cuerpo temblar de frío ante la falta de calor de la habitación.

—¡Joder! Hace frío, Kal-El —El hombre no se movió, tan solo se burló. Sus pantalones ya eran un desastre, manchados de vino y vidrio.

—Para eso estoy aquí.

Y vaya que Kal-El sabía como calentarlo. No tenía objeción, sus métodos para regular la temperatura eran los mejores que había visto en años. Después de una salvaje y placentera sesión de sexo, se le ocurrió que sus rayos láser alienígenas podían encender la madera y hacer fuego para calentar la estancia.

—Eso hubiera sido mucho más rápido —había dicho Bruce, mientras se estiraba como un gato bajo las gruesas mantas de la cama.

—Pero menos efectivo, supongo —Kal-El sonrió —Entonces, mi punto ¿te ha hecho cambiar de opinión?

—Nos conocemos hace menos de un año, vienes de otro planeta… ¿Qué te hace pensar que debería casarme contigo? ¿Qué te hace pensar que confío en ti y que no te usé para un beneficio?

—Estás tranquilo, obviamente no has hecho nada de esas cosas… Sé que me consideras tu amigo — No es como si Bruce lo hubiera dicho, en realidad se lo había escuchado decir a Alfred, el mayordomo, y lo que ese hombre dijera, bien podría estar como ley en los libros sagrados.

—Los amigos no se casan, en cualquier caso —Escuchó su corazón latir más deprisa, ese había sido su punto, aunque desde que lo conocía hubiera querido ocultarlo, Bruce no podía mentir sobre los sentimientos que había despertado hacia él.

—¿Y el rey no puede cambiar esas leyes?

—Podría.

—Pues hazlo.

—No.

—Sí.

—Kal…

—Bruce.

—Unámonos.

 

Aquel recuerdo le dolía. Había dejado su orgullo a un lado para amar al hombre, él era quien había sido traicionado y no al revés. Rechinando los dientes, negándose llorar por un sentimiento tan estúpido como ahora le resultaba el amor, Bruce miraba los kilómetros de nieve que se extendían ante su norte. Kal-El se había ido sin mirar atrás. Su esposo lo había abandonado y no solo eso, también lo había acusado de traidor, el más bajo de los crímenes que se pudieran cometer.

Cerró los ojos.

La nieve empezaba a caer como pesadas partícula sobre su cuerpo, estaban en sus pestañas nublando su vista, su pelo, haciéndolo blanco, su traje mojado. Había caminado quién sabe cuantas horas y cuántos kilómetros. Ya no le quedaba nada. Su reino era ahora del gran dictador Kal-El y él estaba desterrado como los murciélagos de los cuentos de niños. Dio un paso más y la blancura gélida se convirtió en un cálido negro.

 

Hacía cinco generaciones que Gotham era solo nieve, un campo yerto de kilómetros y kilómetros de desierto blanco y frío. Según contaban los poemas épicos, únicos referentes del pasado de las ciudades, antes aquel lugar había sido un hermoso entorno cálido y lleno de vida, sin embargo, uno de sus reyes había ofendido a uno de los clanes amigos: La hermandad del murciélago, ofendidos, se habían marchado del reino, llevándose consigo la fauna y la calidez, dejando el reino como Bruce lo había conocido desde que nació: Gélido.

—...Aunque no todas son malas noticias, dicen las profecías que algún día el descendiente de los murciélagos volverá y podrá revivir a Gotham de su eh… ¿Congelamiento?

Bruce abrió los ojos. La pequeña vocecilla chillona se había perdido en el zumbido de su cabeza. El niño parecía sorprendido de verlo despierto porque lo primero que hizo fue mostrarle una sonrisa hecha por unos brillantes dientes blancos.

—¡Mamá! ¡Papá! ¡Ha despertado! —Bruce se quejó, se removió pero solo se sintió peor. Luego vio a dos figuras adultas entrar en la tienda.

—¡Por Dios! ¡Su majestad! No se levante, aún no está bien —La mujer se acercó con cuidado, volvió a recostar a Bruce —Soy Mary, Mary Grayson, este es mi esposo John y mi hijo Richard —El hombre hizo una seña pero el niño movió con emoción su mano, como que si no pudiera notar su pequeña presencia —Estaba usted desmayado en la nieve… Casi muere de hipotermia allí afuera.

—Dónde… ¿Es esto? —Lo último que recordaba era a Kal-El y haber caminado tras él en busca de respuestas.

—La hermandad de Haly… ¿Sabes? El grupo…

—Ah, sí. Los cirqueros —Su comentario salió tan despectivo como cuando Lex hablaba de los extraterrestres en la corte. Mary frunció el ceño. Estaba bien que los cirqueros no estuvieran bien vistos ¡Pero le había salvado la vida! Algo de agradecimiento debería mostrar, aunque fuese el rey del mundo.

—¡Es usted un…!

—Mary, es su majestad. Calla —La mujer se levantó cuando su esposo habló. Se dio la vuelta fuera del lugar. Richard los miró sin entender demasiado, ¿Cómo podría su madre enojarse cuando tenía la oportunidad de conocer al gran rey?

—Lo siento mucho —Su padre se disculpó —Traeré algo caliente para el frío —Luego también salió.

—¿Y qué se siente ser un rey? —La pregunta del infante salió casi a traición, se acercó al hombre, que aunque frunció el ceño no le dio miedo alguno. Se atrevió a sentarse al lado de su cama, cosa que ni sus mas osados amantes habían hecho sin permiso, lo vio mirarlo tan fijamente que supo en ese instante que le niño no alcanzaba a entender ante quién se encontraba — ¿Es verdad que te casaste con el gran rey Kal-El? ¿Y por qué hora te busca por traidor? Mi mamá dices que le has roto el corazón, y mi papá que has intentado quitarle el reino y desterrarlo.

— ¿Richard, verdad?

—Sí, aunque mis amigos me llaman Dick, y mamá a veces Robin, dice que es un pájaro, pero nunca he visto uno, yo digo que se extinguieron, como los murciélagos ¿Sabes? Antes te estaba….

—Sí. Bueno. Dick, cállate —El niño guardó silencio, Bruce lo vio morderse los cachetes por dentro y se arrepintió —Lo siento, esto… Me duele la cabeza ¿Sí? —Nunca había tenido que discutir con un niño, por lo general no se le acercaban, todos en la corte eran conscientes de que era el Rey.

El pequeño asintió, estaba a punto de bajarse de la cama cuando su madre y su padre entraron en la tienda, corriendo, tirando todo. El bullicio que fue creciendo de fondo acompañó su carrera.

—Vámonos, Dick. Son la Injustice.

Bruce se levantó, medio mareado. Hacía tres meses que había tenido que huír de su propio castillo y había aparecido el dichoso grupo al mando del conde Lex. Se habían dedicado todo ese tiempo a buscar a Bruce para matarlo y a someter el resto de pequeñas hermandades que formaban la Gran Gotham. Aquellos engendros habían revivido las cenizas de la guerra contra Apokolips, lo habían acusado de traidor a Kal-El y este les había creído. Ahora solo llevaban destrucción a donde fueran y su ex-esposo no hacía nada para evitarlo.

En aquella tienda Bruce pudo ver casi toda su vida cruzar frente a sus ojos mientras veía a los Grayson correr, sus padres que le habían dejado el reino tan joven, sus malas decisiones, la guerra contra Apokolips que le había llevado a conocer a su esposo, su breve vida tranquila y su destierro. John salió primero, Mary Justo detrás, agarrando la mano de su pequeño hijo, asustados. Un instinto desconocido lo había llevado a coger la otra mano del niño. Solo hizo falta una flecha que atravesó a John y que siguió su trayecto hacia Mary para que el bullicio que había sido apagado por sus pensamientos regresara.

Jaló de regreso a Dick que se había quedado como en Shock ante los cuerpos inertes de sus padres. No le dio tiempo de decir nada cuando la mano de Bruce estaba sobre su boca y con la otra lo arrastraba detrás de algunos cofres y cajas. Tiró, como pudo, de la cobija gruesa que cubría la cama y los tapó con ella mientras sentía como las lágrimas del crío mojaban su mano y sus pequeñas manos se enterraban en su antebrazo. Cerró los ojos y suspiró despacio. Allí se quedó, minutos, quizá horas, acurrucado, con el ruido de gritos y llantos y risas perversas, con el corazón a mil y con un niño obligado a llorar en silencio, pero con sus vidas intactas.

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No sabía cuánto tiempo había pasado, pero el sonido de fuera se había apagado y los sollozos de Richard también se habían extinguido. Ahora su peso muerto estaba recostado sobre él, entumiendo su pierna mientras que su cabeza daba vueltas sobre todo lo que había pasado.

—Hey, amigo —Bruce movió al pequeño, este saltó inmediatamente como un resorte, pero la mano del hombre lo detuvo. Aún debía estar todo hecho un desastre afuera y no sería agradable que viera algo así —Deberíamos levantarnos —Si había quedado alguien vivo, ya no estaría ahí y probablemente ya no quisiera estarlo tampoco.

Hizo todo tipo de malabares para salir de la pequeña tienda por detrás y no por delante, para evitar cualquier imagen grotesca. Con suerte su ropa no estaba muy lejos de su escondite y había podido recuperarla. Se había vestido, sin dejar a Richard salir del escondite, mientras miraba de reojo a la salida de la tienda, donde aún estaban, seguramente ya fríos, los cuerpos de los hospitalarios Grayson. Su propio cuerpo aún sentía río, pero al menos parecía que no se sentía tan horrible como antes.

—Tengo hambre —Habló el niño. Bruce lo arrastraba bajo su capa, sin dejarle mirar hacia los lados. El asentamiento de la hermandad de Haly había sido profanada, no sería divertido que el niño viera a toda su familia así.

—Yo también —No iba a quejarse, los guerreros no se quejaban. Aunque siempre había estado para él todo servido, siendo un prófugo ahora no tenía nada asegurado —Buscaremos algo.

—¿No van a volver? ¿Verdad? —Miró hacia abajo a los ojos del niño. Parecía más sabio en esos momentos que él mismo. Suspiró ¿Cómo se supone que se explica algo así? Alfred había hecho un buen trabajo, pero él… — Mamá dice que las personas que más queremos se convierten en pájaros y que si los oímos cantar entonces será porque nos protegen ¿Podemos encontrar uno? Así sabré que están aún conmigo — No se atrevía a decirle que esas eran solo leyendas ¿Mentir cuando es por buenas causas estaba justificado? No lo sabía, pero aún así asintió. Se hizo por detrás de una de las carpas, donde el panorama parecía neutral. Subió a Dick en un barril y lo arropó con su propia capa.

—Claro, encontraremos un pájaro, Dick — Bruce miró a la estepa, que se volvía a extender frente a sus ojos, más allá de las fronteras del destrozado campamento —Lo encontraremos— No sabía cómo, pero la gélida Gotham aún debía de guardar en sus entrañas pájaros y murciélagos, aunque nadie nunca hubiera visto alguno.

 

Mientras el rey prófugo se perdía en la blancura de la nieve, en el castillo de Gotham reinaba la desconfianza. Desde que el rey Bruce se había marchado, algunos de los señores de los castillos aledaños que lo habían servido siempre no se sentían muy seguros con el reinado unitario de Kal-El. Por otro lado, otros que no le tenían tanto aprecio, como Lex, se habían alzado en armas contra el rey kryptoniano, aunque tampoco era que hubieran salido demasiado bien. El reino poco a poco parecía fragmentarse en bandos que solo terminaría en una sola cosa: La guerra.

Con esta situación, Alfred solo podía pensar en una cosa: El oráculo, de cuyas profecías solo se guardaba una, El regreso del hijo del murciélago. El traería la paz, regresaría a Gotham todo aquello que había perdido y que nadie nunca había visto. Tenía que avisar al amo Bruce, pero ¡¿Dónde encontrarlo?! A esas alturas ni siquiera sabía si seguía vivo.

—Alfred —El susodicho saltó de su sitió y miró al rey Kal-El. Por más que quisiera ocultarlo podía ver en sus ojos la tristeza, la decepción, si se animaba a más diría que hasta había un ápice de desesperación en ellos —Sigue vivo —Sus palabras reavivaron el corazón del hombre anciano. Su Bruce estaba vivo, aunque no fuera su hijo biológico lo amaba como tal, lo había cuidado con tanto esmero, lo había visto convertirse en el gran rey, no saber su situación actual lo desesperaba. Debía encontrarlo.

—Maestro Clark…

—No me llames así —Ese nombre, ese maldito nombre que Bruce le había puesto para que se sintiera más terrestre, para hacerlo partícipe de su vida en la tierra. Ahora lo odiaba. Solo era un recuerdo de viles mentiras.

—Tienes que escucharlo, él nunca…

—Alfred —El rey Kal-El hizo una pausa. Cerró los ojos y luego suspiró, volviendo a clavar sus pupilas azules en el anciano— por el aprecio que te he tenido en el último año, por favor, no me hagas tener que sacarte de aquí también. No quiero ninguna excusa para las acciones de Bruce —En el fondo de su corazón también deseaba que no fuera cierto.

 

Matar al rey Kal-El y a los suyos había sido el objetivo desde la primera vez que lo vio, no porque hubiera hecho algo malo, pero siempre era mejor prevenir que lamentar alguna situación desagradable. No era fácil llegar hasta el kryptoniano, ni mucho menos era tan sencillo como clavarle una espada o un puñal, el acero se doblaría cual papel sin hacerle el más mínimo rasguño. Había algo, una cosa que podía derrotarlo, Lex lo sabía: Kryptonita. Aquel elemento verde y espacial que había llegado en la nave del alienígena, poco, pero poderoso. Y Bruce debía cometer el atroz acto, porque nadie estaba más cerca de aquel rey extraterrestre que él.

La manera y el ingenio para colarse en la cámara de los tesoros reales sería un secreto que Lex se llevaría a la tumba, la habilidad para forjar Kriptonita y convertirla en puñal ya era arte del herrero. Había ido con el rey Bruce, sabía que bien no le caía, pero ¿Qué otra opción tenía? Ni siquiera se molestó en ofenderse cuando lo interceptó en uno de los pasillos y el rey rodó los ojos.

—Su majestad —Se inclinó en una hábil e hipócrita forma. Bruce solo suspiró.

—Lex.

—Necesito hablar con usted, es sobre…

—¿Otra vez? Te juro, Luthor, que como vuelvas a mí con ideas extrañas ya no me temblará la mano para mandarte a la otra vida —Estaba harto, con esta era la tercera vez, siempre guardó el pánico de contarle a Kal-El lo que pensaban algunos de sus vasallos de él, pero, creía, como siempre, que todo estaba bajo su control.

—Su majestad, vienen de otro lado ¡Pueden no ser tan amigables en el fondo!

—¿Cómo puedes saber tú eso? Solo estás obsesionado con que algún día nos atacarán ¡Me he casado con él! ¡Por todos los dioses!

—Su majestad, le aseguro que estoy en lo cierto— Lex dio un paso adelante, convencer a Bruce era más difícil de lo que creía— Y nadie tiene porqué enterarse, una muerte natural o al menos así debería de parecer. Usted quedará como el hombre más poderoso.

—¿Ah, sí? —Bruce se cruzó de brazos, lo miró de arriba abajo, terminaría con eso de una vez por todas— ¿Y dónde está la letal arma con la que podremos dar muerte al rey Kal-El?

—Bruce… —Allí, por la puerta principal entrando estaba Clark, como le había puesto para sentirlo más humano. Bruce miró a su esposo y dibujó una sonrisa — ¿Haces un complot con Luthor para asesinarme? —Bruce no entendió la pregunta, pero por primera vez en su vida vio cómo sus ojos azules se convertían en rojos en su contra, la expresión de Bruce cambió, negando.

—¿Qué? No ¡Estábamos…

—Rápido, majestad, con esto no podrá fallar —Y había sido su perdición.

Un puñal de kriptonita perfectamente esculpido en sus manos. Un signo de muerte para su amado esposo, cuyos pensamientos habían desembocado en una cadena de razonamientos desfavorecedores. Kal-El dio un paso atrás, negando, mirando de Lex a Bruce y viceversa.

—Bruce…

—Esto no es… —Cuando quiso darse cuenta el puñal estaba rebotando en el suelo y su espalda empotrada contra la pared más cercana, mientras que las manos de su esposo se ceñían alrededor de su cuello.

—Traidor.

Si quiso decir algo, las palabras murieron en su garganta. Lo último que recordó que veía eran los ojos tornados de rojo de su esposo y el fin de la tranquilidad en su vida.

 

Los últimos meses lo único que había conocido era la nieve, había aprendido que si buscaba los grandes tumultos de hielo, a veces encontraba cuevas y allí podía pasar un par de días. Con suerte encontraba algún alce o un pequeño animal habitante de las nieves y podía tener comida para días. La primera vez que alzó sus armas contra un pequeño animalito se dio cuenta que podía odiarse a sí mismo y que jamás volvería a ser el mismo. A veces había ido a parar a alguna hermandad errante, pero todos temían que su amabilidad con el ex-rey se convirtiera en odio hacia ellos de la mano de Kal-El. Habría durado un día en algunas por pura pena y luego había tenido que irse.

Hasta ese momento pensó que la vida podía ser algo difícil. Ahora, en medio de un campamento del desastre y un pequeño niño sabía que todo podía ir a peor. Dick parecía no estar consciente de lo que pasaba o simplemente estaba en shock, pero solo estaba allí, sentado en aquel barril que había encontrado en una carpa por el lateral exterior, desde donde no se veía el campo de batalla, moviendo sus piernas de un lado a otro.

—Bruce… —El susodicho estaba caminando en círculos, sin saber qué hacer ¿Limpiar y quedarse? Había comida, un lugar caliente, no podía ser malo ¿Irse? Quizá podrían volver por cosas o para algo ¡Ese tipo de decisiones eran tan difíciles! —Bruce….— Volvió a dar otra vuelta sin escuchar la voz del niño. Suspiró. Joder con Clark. Quería golpearlo en ese momento— ¡BRUCE! —El grito lo devolvió a la realidad, vio el niño, abrazado a sí mismo, mirándolo, con sus pequeños ojos arrepentidos por el grito —Tengo hambre.

Recordaba por qué había decidido no tener niños nunca. Fue de regreso al campamento, dejando a Dick solo un momento.

Jamás pensó que llegaría a hacer cosas como aquellas, pero tiempos desesperados requieren acciones desesperadas. Disculpándose con todos los dioses de los que se acordó en ese momento, movió los cuerpos a una de las cabañas. Apilados, indignos, sin un buen paso al otro mundo, solo se detuvo un momento en los cuerpos de los padres del pequeño Dick. Pidió perdón a los dioses y salió. La nieve roja también fue difícil de remover aunque no lo pareciese.

—Creí que me habías abandonado —Se quejó Dick, cuando vio regresar a Bruce, sentado en la nieve en el mismo sitio donde lo había dejado hace dos horas. El pobre debería estar muerto de hambre. Ahora parecía mucho más triste, también se notaba que hubiera llorado. Bruce le ayudó a levantarse para ir al centro del pequeño campamento en busca de algo de comer.

—¿Qué ganaría en dejarte solo? —Miró a su alrededor, Dick parecía querer llorar de nuevo. Seguramente la imagen de la hermandad de Haly desierta no era algo muy agradable —Sé qué se siente ¿Sabes? También un día perdí a los míos —El niño lo miró con un puchero. Se arrepintió de sus palabras cuando vio como soltaba a llorar —¡No llores! —Lo cogió en brazos. Ni siquiera sabía qué edad tenía, pero era tan pequeño — No se han ido del todo, siempre vivirán en ti, Dick… Como los pájaros o eso… Lo que dijiste antes.

Las leyendas eran un consuelo, lo triste era que nunca fueron ciertas. Sentados comiendo una reserva de frutas, el uno pegado al otro, dentro de una de las carpas, Bruce dejó que el niño llorara, simplemente dejando que sus intentos de caricias fueran el consuelo que necesitaba.

Y llegó la bendición de Morfeo que los sumió en el más profundo sueño.

Los pájaros, que existieron alguna vez hace mucho tiempo, eran seres capaces de surcar los cielos. Cuenta la leyenda que en lugar de manos, tenían unas extensiones llamadas ‘alas’ que les permitía volar. Representaban todo aquello que se había ido del plano terrestre, pero que seguía vivo en el ancestral. Un abuelo, un bisabuelo, tu mascota, el hijo perdido, todo aquello que había dejado este mundo era un pájaro. Decía también que tenían la capacidad de cantar hermosas canciones sin letra y que podían ser interpretadas como palabras de amor hacia los que aún seguían en el suelo.

Dick sintió un pequeño pellizco en la nariz, abrió los ojos, frente a él había un pequeño pájaro azul. Lo sabía porque su madre se lo había mostrado en un viejo libro que guardaba. Respiró suavemente porque sabía por los cuentos que eran muy asustadizos.

—Hola, Dick —Saltó ante la voz nueva. Miró al frente, mientras que el pájaro revoloteaba a su alrededor, a su lado Bruce seguía dormido — Ella dice que no te preocupes y que por favor seas feliz —El pájaro soltó un silbido ante sus palabras. Dick sonrió y una pequeña lágrima se le escapó. La leyendas eran reales. Iba a decir algo pero sus pensamientos fueron interrumpidos de nuevo por la chica— Cuando estuve en esta tierra al principio me llamé Bárbara, pero una vez descubierto mi misión, desde hace generaciones casi ancestrales todos me conocen como ‘El oráculo’ .

—¡Yo sé de ti! ¿Es verdad que puedes ver todos los tiempos? —El niño miró a un lado y movió a Bruce —Bruce…

—Sigue dormido. Como no cree en el oráculo no puede ver a el oráculo, pero tú sí, Así que necesito que le digas algo por mi ¿Sí? —Dick asintió, sus padres habían dicho que siempre había que obedecer a los dioses, y el oráculo era casi como uno.

 

Bruce soñaba en negro, la oscuridad inmensa consumía todos su pensamientos, todo estaba en silencio, un silencio acogedor.

¡BRUCE!

La paz del sueño, irrompible, amada, tan…

¡BRUCE!

El hombre dio un salto, parado encima, moviéndolo y pateandolo estaba Dick con el ceño fruncido.

—¡BRUCE, DESPIERTA! DUERMES DEMASIADO —Se quejó ante los gritos innecesarios del niño. Sintió otra patada y suspiró para llenarse de paciencia —Bruce, despierta, hay que irnos, tenemos que irnos ¡El oráculo me dijo que te dijera que tenemos que irnos antes de que regrese el tipo calvo y feo y su amigo el bufón!

—¿Qué? —Ni siquiera sabía de dónde había sacado el nombre o sabía de la existencia de las leyendas del oráculo, quizá seguía en un sueño o una pesadilla. Una donde Dick hablaba sin parar —Dick, el oráculo no existe.

—Sí existe. Lo he visto antes ¡Pero tú no pudiste porque no te lo crees! —Lo vio fruncir el ceño y cruzarse de brazos. Bruce rodó los ojos y se levantó. En el fondo tenía razón, no sabía cuándo podía llegar Lex de nuevo.

—Vale, vale ¿De dónde sacaste esos nombres?

—¿Qué nombre? ¡Vámonos!

—Primero, permite que me robe algo de la despensa de Haly.

Por qué el niño iba tan feliz ¿Quién sabe? Su tristeza había desaparecido o eso parecía y a Bruce le pareció una maravilla, no habría que lidiar con otras cosas más allá que cargar el peso de la comida que había tomado amablemente. Lo único que no sabía era todo lo que había pasado en el sueño del niño y el consuelo que los pájaros le habían brindado, además de la orden del oráculo de no afligirse más. Ahora la pregunta más importante que se hacía Bruce a expensas de los pensamientos del niño ¿Cómo se supone que viviría prófugo con un mocoso? Miró al pequeño, que se esmeraba por saltar y dejar su huellas en la nieve. No era justo que la inocencia tuviera que desaparecer de esa forma.

—Ella también dijo que eras un cabezota

—¿Quién? —Bruce lo miró. Había estado hablando cosas raras de los pájaros y creyó que quizá su madre le contaba muchas cosas extrañas.

—El oráculo, pero también dijo que entrarías en razón, pero no cuándo.

—Dick, esas cosas

—¡Llámame Robin! Como el pájaro que ví ¿Sí? Por favor…

—Vale, está bien ‘Robin’. Esas cosas no existen.

—¿El qué?

—El oráculo

—Sí lo hace ¡Yo la ví! —Dick frunció el ceño, arrastró los pies por la nieve ¡Era increíble que a esas alturas Bruce no le creyera! —Tenía el pelo rojo y estaba sentada en una silla super gigante, que seguro es más grande que tu trono —El niño le sacó la lengua, nadie nunca le había hablado de esa forma, pero se contuvo, solo era un mocoso.

—Vale, te creo, te creo.

—¡También dijo que encontraremos una cueva!

—¿Una cueva? ¿En la estepa? A menos que sea la madriguera de un oso no creo que…

Lo siguiente fue su grito y el de Dick, mientras caían por un túnel que parecía no parar. Cuando menos lo pensó, cayeron contra una especie de óvalo mullido de flores amarillos, en cuyo centro había pintado un símbolo de negro. Miró a su alrededor. Una cueva gigante como aquellas que habían dibujadas en los libros que Alfred le mostraba de niño. Se levantó, ayudando a Dick. Con miedo se asomó por el borde de la plataforma de roca, habría unos dos pisos abajo, con un montón de estatuas y cosas más, que solo recordaba de los libros ya nombrados.

—¡Ves como sí! —La voz de Dick retumbó en eco por las paredes de la cueva. Lo siguiente que escuchó fue un chillido de miles de bestias que empezaron a revolotear en su dirección, pasaron a su lado, por encima, mientras él se mantenía congelado en su sitio.

Uno de ellos voló en su dirección. Sus alas se extendieron lo más que podían, sus orejas puntiagudas se alzaron intentando captar todo, su redondo y pequeño cuerpo peludo daba escalofríos. Abrió su boca, soltando un chillido tan agudo que apenas y atinó a taparse los oídos: Murciélagos.

Las criaturas mitológicas de los cuentos de Alfred, extintas hace generaciones, estaban allí, frente a él.

—Ella también dijo que eras el último hijo del clan del murciélago.

La leyendas no eran ciertas, no lo eran. Y se negaba a creer que era parte de una.

Chapter Text

—Señor Luthor, creo que lo hemos conseguido —Un hombrecillo de un talle pequeño y rechoncho entraba en la estancia del conde —Si conseguimos la última de estas cajas madres, su plan puede iniciar —Lex sonrió ante lo que le decía, alzó su copa en señal de amistad y bebió.

Darkseid había sido un problema, sin embargo, las cajas creadoras de portales dimensionales, toda una tecnología nueva, había sido algo positivo que les había legado. Su plan era tan simple como complicado: Reunir todas las cajas nuevamente y traer a Darkseid, él le daría al último kryptoniano y en agradecimiento (Al menos así funcionaba la mente de Luthor), el dios del apocalipsis le dejaría la Gran Gotham para que la gobernara a su antojo, con Bruce fuera y probablemente muerto, seguro que su plan marchaba de maravilla.

 

Mientras todo aquel plan macabro se maquinaba en la mente del conde, Kal-El paseaba por los pasillos del palacio. Ya nada de aquel lugar era cálido o divertido, cualquier lugar por donde pasaba la imagen y recuerdos de Bruce estaban impregnados. Un par de veces había cruzado por su cabeza la idea de traerlo de regreso, pero no podía pasar una traición ¿Y si intentaba asesinarlo de nuevo? ¿Y si ahora estaba unido a Lex? ¡No podía permitirse tal cosa!

Se detuvo frente a uno de los nichos, en aquella ventanilla que ahuecaba uno de los pasillos largos y dejaba entrar el aire fresco de la gélida Gotham había una especie de cuenco con tierra, de esta salía una endeble y extraña varita verde, en cuyo extremo la semilla de algo estaba a medio germinar. La miró extrañado, algo así había visto en alguno de los planetas que había visitado anteriormente, supuestamente habrían existido alguna vez en la tierra bajo el nombre de ‘plantas’, pero nunca había visto una.

—¿Un planta? ¿En Gotham? —Imposible. Aquellos seres no existían en aquel lugar, eran hijos de otros climas y otros planetas, pero no de Gotham, nunca del hielo —Voy a perder la cabeza... —Dijo para sí mismo, aún así, no pudo evitar coger el pequeño cuenco entre su manos. Si era una alucinación, por lo menos podría disfrutar de un poco de distracción.

 

Mientras que el rey Kal-El instalaba al nuevo huésped en su cuarto, bajo tierra, en una cueva que nunca, ni en sus más locos sueños, hubiera imaginado ver, Bruce respiraba casi al borde de un ataque.

—¡Bruce! Bruce ¡Respira conmigo! —La pequeña vocecilla de Dick a su lado y el roce de su pequeña mano calentándolo para que siguiera consciente lo mantuvo aferrado a ese mundo. No iba admitirlo nunca, pero había sentido tanto terror al ver aquella criatura que había rogado a todos los dioses que lo despertaran de su pesadilla —¿Ya estás mejor? Seguro que él se asustó más que tú ¡Le diste un manotazo! —Dick frunció el ceño, se había dado cuenta en ese corto periodo de tiempo que podías ser más maduro que él mismo en algunas cosas. .

El murciélago había tomado el camino equivocado directo a su rostro, si bien había chillado para ubicarse, solo había recibido un gran manotazo del terrible ex-rey de Gotham.

—Es la cosa más horrible que he visto en mi vida— Recuperó su compostura. Miró de nuevo alrededor esperando que no salieran más de ningún lado.

—¡Pero si tú también eres un murciélago! ¿También eres horrible? —Richard rió, quizá porque en su mente se reproducía alguna imagen grotesca de un Bruce medio murciélago —Me gustan los murciélagos ¿Podemos adoptar uno, Bruce?

—Definitivamente no —Se asomó de nuevo hacia abajo ¿Qué clase de mausoleo o reliquias eran esas? Fuera lo que fuese, solo estaba seguro de que no quería saberlo —Tenemos que salir de aquí —Encontrar una pequeña aldea, criar a Dick, vivir medianamente con lo que se pudiera, justamente ahora eso parecía un sueño.

—Pero si no hay salida… ¿Cómo vas a volar arriba de nuevo? A lo mejor puedes porque los murciélagos vuelan y tú eres un…

—Como digas de nuevo que soy un murciélago… —El niño de quedó en silencio. Bruce era estúpido, aunque el oráculo ya se lo había confirmado —Lo siento, Richard, es decir, Robin… Solo son leyendas. Esto es un sueño, seguro. Solo tengo que despertar ¿Ok? Como cuando tienes una pesadilla… Esto no puede ser verdad —Pasó su mano por su cabello. Dick se había cruzado de brazos mientras negaba con la cabeza.

Podría parecer a primera vista que estaba asustado, como rey un tipo de comportamiento que buscaba el escape no era para nada valeroso, ni siquiera en la guerra había parecido tan cobarde ¡Pero eso no era la guerra! Era una maldita leyenda ¡Un mito! Cuentos de Alfred. Estar atrapado en lo que parecía un libro antiguo no tenía ni la más mínima gracia.

—Nou. No es una pesadilla —Bruce había preferido no pelar, aunque luego de aquello el pequeño niño se escurrió por un lado hacia los lados — ¡Hay una escalera! —Y con el corazón en la mano vio como saltó y empezaba a desaparecer hacia las profundidades.

Lo siguió, sin saber cómo es que había aparecido una escalera. Siguió al niño, a medida que descendía todo se ponía cada vez más irreal. Un dinosaurio gigante, que a saber de dónde había salido, porque extintos sabía que llevaban muchos años, monedas gigantes, cajas de sorpresa que solo había visto a niños de las hermandades nómadas. Cuando llegó al final y vió una especie de lago en la pared dejó de cuestionarse todo.

—¿Qué es eso? —Le hubiera encantado tener respuestas para el pequeño Richard pero él no tenía la más mínima idea. Y cuando menos lo pensó, las pequeñas manos traviesas del niño se habían acercado para tocarlo.

—¡No toques eso! —Agarró al niño de la mano para alejarlo, pero ya había sido demasiado tarde. Una luz cegadora iluminó por un momento toda la estancia y luego menguó su brillo — ¡Richard! ¿Qué has hecho?

—No se sentía como el agua —El pequeño se encogió en su sitio, a la vez que miraba sus dedos. En el gran lago de la pared, que tiempos posteriores bautizaron como pantalla, se empezaron a dibujar algunas letras junto a otros jeroglíficos que Bruce dedujo eran kryptonianos —Solo la luz y la oscuridad… —Richard leyó con alguna dificultad, lo cual pensó el mayor que era normal. Es más, le parecía sorprendente que alguien de una hermandad que no fuera los líderes supieran leer.

—… Hacen un día entero e inician otro —Contempló la frase conmocionado. Aquella profecía solo se la había escuchado a Alfred en el cuento de los murciélagos y de cómo Gotham había caído en un eterno invierno.

—¿Cómo lo sabes? Mamá nunca me enseñó esas letras —El pequeño señaló las grafías extrañas. Bruce sonrió.

—Es Kriptoniano, la lengua de Kal-El.

—Uh, ¿Tu esposo? ¿El rey Kal-El? ¿Por qué te fuiste? Mamá dice que le rompiste el corazón…

—Algo así…

—¿Al rey Kal-El no le gustan los murciélagos?

—No lo sé, nunca se lo pregunté —Miró al pequeño que había asentido y volvió su vista al mensaje. Se sentía estúpido, siempre había sido bueno con los acertijos, pero nunca había entendido los mensajes de los dioses, eso siempre había sido trabajo de Alfred.

 

Mientras el mayor ocupaba los pensamientos de Bruce, el verdadero Alfred, que se encontraba en el castillo, había entrado a la habitación de Kal-El. Miró alrededor, la bandeja se le cayó de las manos al ver a la pequeña flor que descansaba, ya más crecida, en la mesita de noche.

—¿Alfred? ¿Estás bien? —Clark se acercó al hombre mayor, le ofreció su ayuda. Tenía un profundo cariño por el anciano, y aunque sabía que siempre había creído en Bruce y no estaba de acuerdo con sus decisiones, nunca había querido alejar al hombre del lugar.

—¿De dónde ha sacado usted eso? —Miró a la planta. Clark se encogió de hombros

—Estaba en la ventana. Aunque me pareció extraño… Nunca había visto una planta en Gotham, creí que la habías puesto ahí porque tendrías alguna reliquia — Inmediatamente lo vio moverse por la habitación a una pequeña estantería, que hace tiempo, había pertenecido a Bruce, pero que nunca había visto abrir. Tampoco se había tomado la molestia en preguntar o acercarse.

—Esa flor ¡La flor del oráculo! —Lo vio sacar un libro y abrirlo en una página, poniéndola casi en su cara. En la hoja vieja y rusia, estaba dibujado el mismo espécimen —Solo puede significar una cosa ¡La profecía se acerca! —Kal-El lo miró extrañado —Amo Kal-El, usted no conoce, pero debe conocerlo, La leyenda de Gotham, su profecía.

—¿Cuentos? Creo que alguna vez Bruce dijo algo, pero… Son solo cuentos ¿No? —Alfred negó, mientras sacaba de la estantería uno de sus antiguos libros.

 

Entre tanto, en alguna de las hermandades periféricas al castillo, la risa del conde Lex retumbaba en los oídos de sus seguidores, estaba seguro que había sido tan macabra y cínica que había helado hasta al bufón más grande del reino. Los acompañantes del conde miraban de reojo el artefacto que su líder sostenía entre sus manos. Una caja madre, como las habían llamado los kryptonianos en la época de la guerra. Aquellos eran botones de puertas extrañisimas que traían al mundo a los hijos de Apokolips. Ninguno de los presentes estaba seguro de que aquello fuera una buena idea , pero tampoco se atrevían a contradecir nada.

—Solo debemos averiguar el código para abrir esto —La caja, pasó sin cuidado alguno al hombre que había descubierto su ubicación. El mismo estudioso de todo aquello relacionado con los alienígenas, un kriptoniano desertor que estaba dispuesto a derrocar a su rey Kal-El por los ansias de poder.

—Espero que sea rápido, no quiero que nada se interponga en nuestro plan.

 

Pocas veces en la vida Kal-El se había sentido abrumado, la primera había sido cuando su planeta fue destruído, la segunda, cuando se había convertido en un líder intergaláctico, y la tercera, cuando conoció a Bruce. Sin embargo, ahora no sabía si sentirse abrumado, asombrado, aterrado o simplemente creer que Alfred estaba chiflado ¿Él? ¿Un alienígena parte de una profecía de hace años? ¡JA! Ahora entendía por qué Bruce les tenía tanto recelo a las leyendas y prácticamente nunca hablaba de ellas ¡Eran tan descabelladas! Él un dios de la paz que traería luz al mundo ¡Por favor!

—Alfred… —Habló con calma, no quería ofender al hombre porque le tenía mucho respeto, pero tampoco podía dejar que siguiera en su camino de envolverlo en aquellos cuentos fantásticos — ¿Sabes que solo son libros, verdad? —El hombre lo miró como que si una tercera cabeza le hubiera crecido. Clark se lo tomó con paciencia —Las historias de los libros son eso, solo historias… Y las leyendas intentan explicar algo de la realidad… Es decir, Gotham es un lugar de nieve, pero eso se entiende por esas cosas científicas…

—Amo Kal-El… —Alfred cerró el libro que le había estado explicando en la última hora, casi que se sentía ofendido al que no le creyeran, solo esperaba, que donde sea que estuviese, Bruce estuviera siguiendo las razones del oráculo y guardara aún en su memoria las cosas que le había enseñado de niño— La ciencia no lo es todo en esta vida. Hay cosas que no se pueden explicar porque son el capricho de los dioses, y el Oráculo…

—No existe tal cosa como el Oráculo, Alfred —Clark cerró los ojos, había visto tantas cosas extrañas alrededor del universo… Ser parte de una profecía nunca se le había cruzado por la cabeza.

—Le digo yo que sí —Alfred lo miró como decepcionado. Kal-El cerró los ojos y negó, no era algo por lo que iniciaría una pelea— Está bien, entiendo que no lo crea, el amo Bruce tampoco nunca creyó, pero ahora debería estar empezando a creer.

 

¡Y vaya que empezaría a creer! Bruce miraba hacia la gruta que se extendía frente a sus ojos. Todo parecía tan tranquilo, que había casi asumido que la cueva era un buen lugar, al menos eso había pasado hasta que escuchó una cascada, cosa que no creyó posible dentro de aquella maldita caverna, pero estaba allí, y luego paró, abriendo paso a una gruta que definitivamente no exploraría porque ¿A quién se le ocurriría?

—¡Vamos! —A Dick sí. No tardó en escurrirse de de su agarre. Mientras corría a través de los pasillos, aunque gritó en negativa varias veces, el niño no pareció escucharlo y se perdió en la oscuridad. Ni en sus sueños más locos pensó que en un momento de su vida correría detrás de un mocoso.

La horrible sensación de la oscuridad engullendo de nuevo su persona se hizo presente. Los chillidos de murciélagos, que aún juraba eran inexistentes hacían eco por la oscuridad. Un rayo de luz lo cegó, cuando abrió los ojos de nuevo estaba en medio de un mercadillo. Lo primero que vio fueron los guantes negros cubriendo sus manos del terrible frío, una gran capa negra se extendía sobre sus hombros, su cabeza tapada con una capucha impedía que nadie lo reconociera, su traje era ahora todo negro, con el símbolo del fastidioso animal en su pecho. Cerró los ojos, casi se sentía mareado.

—¡Bruce! —La vocecilla chillona de Dick sonó por algún lado, alzó la vista y lo vio peleándose con un chico un poco más bajito —¡Bruce! Me lo ha quitado ¡Dile que me lo regrese! —El susodicho se acercó a los dos niños, el otro niño, que en definitiva era mucho más pequeño aprovechó la distracción de Dick y corrió —¡Oye! El oráculo me dio algo y ese niño me lo quitó —Dick frunció el ceño, dispuesto a correr, pero Bruce lo detuvo.

—¿De dónde has sacado eso? —Su ropa había cambiado, también era de color negro, pero con una marca de una avecilla azul, de esos de los libros de alfred — ¿Un ala nocturna? —Reconocía el animalillo, las historias de aquellos pequeños animales fantásticos habían sido de sus favoritas cuando niño ¿A quien no le gustaba los pájaros azules mensajeros que traían noticias de otros mundos irreales?

—Oráculo dijo que eran sus pájaros favoritos ¿No te gusta? ohhh —Por primera vez Dick se fijó en Bruce, sonrió divertido— ¡El tuyo es un murciélago! —Bruce asintió.

—Lo sé — Miró de nuevo su camisa, quizá se resignaba y seguía el sueño, despertaría en casa, al lado de Clark, todo eso sería una pesadilla del pasado. Eso sí, quemaría los libros nada más despertar —¿Qué te quitó el chico?

—¡Oh! Ella también me dio un regalo para tí, pero ese niño me lo ha quitado —Se iba a enfurruñar más pero Bruce lo convenció de que lo encontraría, aunque para ser sinceros esa no era su intención. Estando de regreso en la civilización podría alejarse de todo esos momentos extraños, a lo mejor despertaba.

Y quizá su suerte no lo acompañaba, pero mientras caminaba con Dick, en una de las callejuelas, el pequeño divisó al otro chico, que terminó acorralado por Dick y por Bruce en el mismo lugar. Cuando Bruce se quitó finamente la capucha, el pequeño niño soltó un soprendido ‘oh’. El rey traidor, dijo como si nada. Apenas y Bruce se daba cuenta de lo pequeño y desnutrido que era el niño, con un gracioso mechón de pelo blanco en el frente de su cabeza y el ceño fruncido.

—¡Devuélvemelo! o… o Bruce te pateará.

—No voy a hacer eso —Respondió Bruce, aunque no fue necesario ninguna discusión, porque el chico les devolvió la pequeña caja, regalo del Oráculo.

—Me llamo Jason —Finalmente habló el chico —Oráculo me ha dicho que eso era tuyo.
—¿Y por qué me la robaste entonces?

—Dijo que era de Bruce, no tuyo —Jason le sacó la lengua, Dick frunció el ceño. Bruce suspiró cogiendo la pequeña caja.

—¿Qué eres tú? ¿Un monstruo extraño también? —Preguntó Bruce en forma de broma, quizá debía seguir el juego del sueño.

—Vengo del pozo de Lázaro — ¡Ah! La fuente de la juventud eterna— La puerta de la vida y la muerte. Soy inmortal Jason —El niño sonrió. Bruce confirmó su teoría de que había enloquecido —Oráculo ha dicho que me una al clan del murciélago, porque necesitaréis ayuda.

—Oh, sí, por supuesto. También necesitaremos un ejército ¿Has visto alguno? —Aunque su afán de ironía era evidente, el niño negó con la cabeza con toda seriedad. Bruce, resignado, abrió la pequeña cajita y se quedó de piedra. Adentro había un anillo de oro, un anillo en cuyo interior ponía Te amaré por siempre. Ese anillo, el mismo que Clark había puesto en su dedo el día de su boda, el día en que juró que lo amaría hasta más allá del fin de sus días. La única prueba de que no estaba en un sueño y que su vida no se había convertido en una pesadilla.

—Dijo que había que regresarlo a un tal Clark .

—Ya veo. Pues vamos, a lo mejor Clark me mata esta vez y sí despierto —Se giró y dio media vuelta ¡Se tiraría de cabeza a la leyenda si eso era lo que tal oráculo quería!

 

Entretanto, Kal-El creía que se estaba volviendo loco, tal vez había sido tantas leyendas de Alfred, o la amenaza poco agradable de lo que Luthor había nombrado como liga de asesinos, quizá era que estaba muy cansado, pero definitivamente lo que estaba frente a él era un producto de su imaginación.

—Solo la luz y la oscuridad hacen un día entero e inician otro. Solo la luz y la oscuridad hacen un día entero e inician otro. Solo la luz y la ….

—¡Para!— Se sentía mal al gritar a un niño, pero llevaba así un par de minutos, repitiendo una y otra vez la misma cosas, y definitivamente se estaba desesperando.

—Me llamo Connor, soy el mensajero de la Oráculo, ella tiene un mensaje para ti: Solo la luz y la oscuridad hacen un día entero e inician otro. Solo…

—¡Lo escuché la primera vez que lo dijiste! ¿Me estás tomando el pelo, niño? ¿Es que acaso no sabes quién soy?—Kal-El frunció el ceño. El niño asintió.

—Kal-El, el último hijo de Kriptón, actual rey de la gélida Gotham, esposo del Rey Bruce, el último hijo del murciélago —Connor paró, tomó aire. Su voz era como la de una grabadora que repetía una y otra vez la misma cosa y soltaba información sin emoción alguna —El oráculo dijo que tenía que repetirlo hasta que él apareciera, ella tiene un mensaje para ti: Solo la luz y la oscuridad hacen un día entero e inician otro.

—¡Deja de repetir eso!

—Solo la luz y la oscuridad hacen un día entero e inician otro.

—¡Por los dioses! —Escuchó que gritaban su nombre a lo lejos, el sonido del llamado era amortiguado por la voz del chico, que quién sabe de dónde habría salido, porque jamás lo había visto en el castillo. Volvió a escuchar que lo llamaban, un soldado entró a la estancia donde se encontraba.

—¡Su majestad! Rey Kal-El —El hombre hizo una reverencia y por primera vez en unos minutos que habían parecido infinitos Connor se quedó en silencio. El soldado pareció vacilar entre hablar o no pero finalmente soltó —Su majestad el… Bruce Wayne está aquí señor.

Connor sonrió, satisfecho. Clark supo que todo se había vuelto una locura.

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En algún momento había sido una buena idea en su cabeza y se sintió todopoderoso cuando se imaginaba presentarse ante Clark con todo el orgullo y prepotencia que siempre había sido digna de él. No sabía qué tipo de impulso lo había llevado a moverse hasta el castillo, pero ahora se sentía un poco arrepentido, era tarde entonces, y no era como que pudiese evitar la situación. Así que allí estaba su momento, no tenía claro qué le diría exactamente «¿El oráculo me ha enviado? ¿Hay una profecía que debemos cumplir?» ¡Ja! Ni siquiera él creía en eso.

Kal-El no sería condescendiente esta vez y lo enviaría a una muerte segura. Tendría que haberse quedado en el mercado con Dick y el otro mocoso ¡Pero no! Un Wayne no se retractaba de sus decisiones. Así que se paró firme, tomó aire un par de veces y tomó la determinación de gritarle todo lo cabreado que estaba a Clark cuando lo viera.

Frunció el ceño, pensando en las mil y un maneras en que debía acomodar sus pensamientos. Entonces el rey Kal-El hizo acto de presencia y perdió toda concentración: Ese maldito porte de todo un guerrero, enfundado en las telas de varios colores azules y púrpuras, que se arrugaban al compás de sus pasos. Los visos rojos que dibujaban el símbolo de su planeta en su pecho, que se amoldaba perfectamente a la jodida escultura cuidadosamente cincelada que usaba por cuerpo, se burlaban de él y se hacía más grande a cada paso que daba. Sus azules ojos que lo miraban airados lo dejaron hecho cenizas, al menos así hubiera sido si Clark lo hubiera querido.

—Creí haberte dicho que no volvieras y que la próxima vez no te perdonaría la vida— Eso no era lo que Kal-El quería decir realmente. Su impulso natural le decía que se lanzara a envolver entre sus brazos al dueño de sus pensamientos, sus manos querían envolver su cintura y calmar su corazón que parecía alebrestado. Pero él era un rey y Bruce un traidor, no merecía su compasión ni perdón, ni mucho menos el abrazo que deseaba darle.

—Clark…

—No me llames así — Y le había dolido.

Bruce lo miró, intentando recordar lo que quería decirle, buscó en lo recóndito de su cabeza una excusa, una razón, algo que no fuera tan loco para explicar los motivos de su regreso. También quería decir que lo sentía y que tal era su amor, que estaba dispuesto a olvidar todo aquel drama que se había creado por un mal entendido.

—Sabes que no fue mi culpa —Fue lo primero que salió de sus labios, no una excusa, no una razón para romper las leyes, solo un intento de reivindicar su inocencia que detrás escondía la búsqueda de una especie de perdón — Nunca te haría daño, Clark —Habló con sinceridad, porque era verdad. Preferiría mil veces que lo lastimaran a él que su Clark, y nunca sería su mano quien pensara en realizar tales acciones.

—¿Cómo te atreves? —A pesar de que el corazón de Kal-El quería realmente lanzarse hacia el otro hombre, abrazarlo y agradecer a los dioses que estuviera a salvo, su orgullo, que era tan fuerte como el acero de su piel, se imponía en sus pensamientos —Te perdoné una vez, Bruce. Te devolví el favor una segunda… No esperes que sea indulgente una tercera.

—¿Indulgente? —Si en algún momento sus intenciones eran pacíficas, el escuchar aquello de Clark hizo que Bruce se revolviera por dentro. Había confiado en él ¡Lo había hecho parte de su reino! Y así le pagaba, llamándole traidor, echándolo de su propia casa, insultando su honor y destruyendo lo que más había amado: Su matrimonio.

La cachetada que le asentó al último de hijo de Kriptón fue tan fuerte, que en una pequeña vacilación, el agredido giró su cara y el agresor se sacudió la mano porque había sido como golpear una áspera roca. Kal-El lo miró con ojos tan rojos, que parecían que se había tragado toda la lava del universo.

Gélido.

Gotham era el sinónimo perfecto de hielo compacto. Los árboles no tenían nunca hojas, los animales existentes solo eran aquellos que pudieran soportar las extremas temperaturas bajo cero. La gente quieta en el mercado como un perfecto cuadro de costumbres.

Dick miraba con azar inquietante al cuadro escultórico que eran Bruce y Clark. Las perfectas figuras de los dos reyes que se miraban entre airados y lastímeros, eran ahora, en el exterior, un par de esculturas de hielo y, en el interior, masas de hombre de agitados y ardientes sentimientos.

—Bruce… —La voz de Dick salió quebrada, estiró su mano para tocar la del hombre, pero esta estaba congelada, fría, helada.

—Se descongelarán — Jason habló a su lado, regalándole una sonrisa por primera vez —Oráculo no hace nada sin haber pensado en sus consecuencias.

Todos se habían quedado congelados en el momento en que sus reyes, que antes habían unido el reino y que ahora lo fragmentaban con su odio, habían llenado su corazón de tanto rencor, que ambos, en un instante de locura, pensaron en acabar con el otro.

—Tienen que volver a reconciliarse —El otro chico, que se había presentado como Conner, informó —Porque solo la luz y la oscuridad hacen un día entero. Se supone que no debían pelearse… Algo ha salido mal.

—Las profecías de oráculo nunca salen mal —Dijo Jason.

—Pues lo ha hecho —Un chico apareció. Dick dio un salto cuando escuchó la voz ajena.
—¿Y tú quién eres? —Preguntó Dick, no sin antes haberse ocultado tras Jason.

—Soy Tim, el escritor del tiempo —El pequeño dejó de mirar el libro, con el que había aparecido y había estado leyendo— Escribo la historia del mundo —Mostró el libro a Dick, pero este solo pudo ver una caligrafía extraña—Habéis fallado en la misión. Es que la primera caja madre ha sido activada, lo pone aquí ¿Ves? —Le mostró el libro de nuevo, pero Dick negó. Tim suspiró —Como sea, se supone que no tendrían por qué haber dejado que eso pasara ¡Inútiles! —El chico cerró el libro que llevaba en la mano, mirando de mala manera a los dos chicos de oráculo —Tenéis que buscar una manera para hacer que se reconcilien, porque oráculo no puede meterse en el libre albedrío de los humanos. Tenéis 24 horas, es lo único que Oráculo puede dar. Si no lo hacéis antes de esa hora, Darkseid entrará y destruirá todo. Moriréis y la tierra desaparecerá.

—¡Yo no puedo morir! Soy inmortal Jason.

—Eres de este mundo y si este mundo se acaba moriréis con ella ¡Suerte en la búsqueda de hacer que esos dos se amen de nuevo! —El chico les sonrió, se subió las gafas que resbalaban por el puente de su nariz — 24 horas, recordad.

—¡Pero Tim! —Cuando Connor quiso decir algo, este ya se había esfumado en una frágil neblina — No quiero morir…

—¡Yo tampoco!

—Yo no quiero que ninguno muramos —Dick estaba casi a punto de echarse a llorar. Y lo hizo. Todo en aquella semana había sido una pesadilla, por un momento deseó de nuevo tener a sus padres con él y devolver el tiempo un par de semanas, cuando todo era tranquilo.

—¡No llores! —Jason tocó suavemente su hombro, intentando consolarlo de esa manera — Mejor busquemos una manera de que estén juntos de nuevo.

—¿No deberíamos descongelarlos primero? —Jason asintió, no estando seguro, por su parte, Dick se limpió con furia sus lágrimas. No perdería a alguien más de nuevo.

—Tengo una idea —Habló, aún con la voz afectada por el espontáneo llanto, pero más calmado —Mi mamá a veces se quejaba de que tenía frío, porque en el campamento de Haly muchas veces hacía viento, así que mi papá le decía que durmieran juntos y así avivar la llama del fuego… O algo así.

—¿Los humanos pueden hacer fuego si se tocan? —La duda de Jason se esparció por los otros dos niños que se encogieron de hombros.

—Supongo… Además, si aquella cosa decía que ‘solo la luz…’ y la luz viene del sol y el sol está hecho de fuego… Entonces sí —Dick habló con tal razonamiento como que si fuese algún erudito en ciencias ¿De dónde brotaba tal sabiduría para una mente tan pequeña? Quizá de las muchas historias que había escuchado o simplemente era obra de los dioses que empujaban la sabiduría a través de los únicos humanos disponibles en toda la congelada Gotham.

—Pues… Intentémoslo —Jason habló.

 

Los tres pequeños se habían dado cuenta que una cosa era tener una supuesta brillante idea y otra muy diferente llevarla a cabo, porque, mira que mover dos cuerpos de adultos congelados, que pesaban su par de toneladas no era una tarea sencilla. Sin embargo, como en todo mundo fantástico, los dioses siempre eran benevolentes y por alguna gracia de alguno de ellos, habían conseguido la manera idónea de reunir a los dos ex-amantes en el que habría sido su feliz lecho matrimonial hace unos meses, aunque fuese congelados. Fue idea de Dick ponerles una manta encima, para que se sintieran más a gusto o algo por el estilo.

Los tres pequeños observaron impacientes la escena. Nada sucedía. Todos seguían congelados, en el rostro de ambos la ira seguía viva.

—Pero cómo hacemos que se quieran si ni siquiera podemos descongelarlos.

—Creo que yo puedo ayudar en eso —Alfred entró por la puerta. El mayordomo, al que ninguno de los niños conocía, se presentó por primera vez— Soy Alfred, el guardián de los hijos del murciélago, inmutable por el tiempo.

—¿Inmu- Qué?

—Aish, que no cambia, que es inmortal, como yo… ¿Verdad? —Habló Jason, sintiéndose muy sabio a la vez que Alfred asentía.

—Puedo regresaros una hora atrás, antes de haber entrado y que todo se haya congelado, pero debéis hacer que se reconcilien nada más verse ¡Y rápido!, porque el tiempo aquí no parará de correr —Sacó un pequeño reloj, de aquellos que Dick había visto usar a Haly para medir el tiempo. El de Alfred era dorado, con pequeños visos de plata por los alrededores. Cuando el anciano apretó el botón de arriba, este se abrió, giró la cuerda un par de veces y las manecillas empezaron a girar alocadas dando vueltas sin fin — Cuando cerréis la tapa, estaréis en el pasado. Si queréis volver, apretad la cuerda y os traerá de vuelta. Y aseguraos de que hayáis cumplido el cometido —El pequeño reloj fue entregado a Dick, que lo agarró de la cuerda con sumo cuidado y luego lo puso en su mano, indeciso si debía ser él quien lo llevara —¡Suerte! Que oráculo os de su bendición.

Y apretó la cuerda, sin dar explicación, sin darles algún consejo, sin darles tiempo a negarse a tal aventura.

Si alguna vez había deseado viajar en el tiempo para conocer los seres mitológicos de todos aquellos cuentos fantásticos que le contaba su madre, en ese preciso instante, estaba arrepentido. Ni siquiera sabía cómo describir la sensación de pasar a través de la irrealidad y el no-espacio. Si tuviera que describirlo, era como si te arrancaran la cabeza, a la vez que tu estómago intentaba devolverlo todo por las orejas y sentías que tu cuerpo se extendía más allá de lo abarcable: Extraño, para ser concisos.

Se dió tal tropezón contra la nieve, que ni siquiera le dio tiempo a responder o a darse cuenta que había llegado. Solo escuchó una risa de fondo amortiguada por la nieve y luego unos brazos adultos levantarlo.

—¿Estás bien, amigo? —Bruce estaba allí, mirándolo con preocupación mientras Jason se reía por detrás.

—Uh ¿Sí? —El otro chico le guiñó el ojo, haciéndole saber la misión seguía en pie.

—Pon más atención —Dick se sentía confundido, pero el recuerdo de todo lo que había pasado devolvió sus pensamientos la misión que ahora tenía en las manos.

Y todo se repitió. El arduo viaje y la visión del castillo como una meta deseada. Jason lo miraba desde atrás, sin saber exactamente cómo harían que se enamoraran. Ni siquiera sabía nada de Kal-El o su historia o lo que fuese… Solo sabía que no era buena idea que se encontrara, y que el mundo iba a perecer porque los dioses que escriben la historia no sabían cómo acomodar tal enredo.

—¿Y por qué ya no amas al rey Kal-El? —Preguntó Jason, Dick frunció el ceño, era un tema que estaba seguro Bruce no quería tocar.

—¿Eh? —Bruce miró al chico sin entender ¿A qué venía eso? ¡Claro que amaba a Clark! Es decir, si no hubiera sido por todo aquel mal entendido estarían juntos, pero Clark creía cosas que no eran y no sabía cómo explicarle que las cosas no habían ocurrido de esa manera — Yo no he dicho que no lo ame —Respondió con tanta sinceridad que ni siquiera él sabía si esas palabras habían salido de su propia boca.

Dick miró mal a Jason cuando se percató de que los gestos de Bruce parecían perturbados. Jason se encogió, quizá había sido mala idea.

 

Por otro lado, Connor había tenido un buen aterrizaje. Aunque el lugar donde se encontraba no era ni el castillo ni nada que se le pareciese. Con suerte, nadie lo había visto llegar y se había ocultado tras unas grandes tinajas. Un hombre calvo y otro más bajito entraron de repente mientras hablaban, a parte de ellos, el lugar no le parecía tan aterrador. Era como ese lugar donde Oráculo hacía sus posiciones. Había tubos de colores, papeles, mesas y una caja azul brillante precedía el centro de la instancia.

—¡La caja madre! —Había gritado sin querer al verla con su infantil voz de sorpresa llamando la atención de los otros dos hombres que lo miraron de manera acusadora — Uy… ¿Hola? —Quiso correr, pero ya era demasiado tarde.

Había fallado a Dick y a Jason.

 

—Creo que es una mala idea—Susurró Dick de manera bajita cuando se vio llegando al castillo. Se detuvo en medio de la nieve, causando que los otros dos hicieran lo mismo — ¿Y si él te quiere matar, Bruce? Ya lo intentó una vez —Se refería a aquel día en que su madre lo había encontrado casi muerto cerca de la hermandad de Haly. Kal-El lo había abandonado en medio de la nieve y no le había importado, y en el futuro intentaría matarlo, por eso estaban ellos allí, que Bruce lo amara no significaba que estuviera correspondido —No quiero que te pase nada, Bruce —El mayor lo miró con un yo qué sé, sin entender el cambio de pensamiento ¡Hace un rato él era el de los mitos y el que estaba animado siguiendo una vana profecía!

—No me va a pasar nada.

—¿Y si sí?

—Es un murciélago —Dijo Jason, haciendo que Bruce rodara los ojos hastiado por el nada pintoresco apodo.

—Al menos ¿Podemos parar un rato? —Bruce suspiró, pero estuvo de acuerdo, no muy lejos de allí parecía dibujarse el asentamiento de una hermandad, quizá con suerte los recibirían, quizá podría dejar allí a Dick y Jason y seguir su camino él hacia el castillo. No podía dejar todo así, algo tenía que lograr con todo aquello.

 

El grito de Connor resonó por todo el lugar. Si bien no era tan fuerte como para soltarse de las cadenas que lo ataban, tenía suficientes pulmones para gritar muy alto. No sabía cuántas veces había pedido ya ayuda a los dioses. Estaba asustado y se arrepintió de ser el mensajero de oráculo.

—¿Crees que funcione? —Luthor miraba al pequeño con una sonrisa maquiavélica. Ni en sus más locos sueños hubiera imaginado algo como eso.

—Lo peor que puede pasar es que muera —El hombre bajito miró divertido mientras sacaba una ‘aguja’, invento Kryptoniano que servía para muchas cosas espeluznantes —Si funciona, tendrá usted a un espécimen con el mismo linaje que Kal-El, si tenemos suerte, tendrá sus mismos poderes… Le dará un extra a su plan de dominio, Conde Lex.

—Maravilloso, prosiga.

Todo por dentro le quemó, desde el momento en que aquel hombre había introducido aquel líquido dentro suyo, lava líquida parecía recorrer su cuerpo por cada rincón y órganos. Sintió partes que en su vida pensó que tenía, gritó tan fuerte que quizá su garganta se pudiera haber desgarrado. Jaló de las cuerdas tan fuerte y tan asustado que estas cedieron a su fuerza, tirándolo todo. Sus ojos se convirtieron en fuego vivo que lanzó un destello rojo de ellos destrozando todo lo que se encontró. Miró al cielo, pidiendo una última plegaria a Oráculo en lo que creyó eran sus últimos minutos de vida. Aquella tarde en Gotham un rayo carmesí rasgó el cielo robando la atención de todos.

Kal-El se encontraba en la terracita de la Atalaya o la Torre de vigía, como muchas veces la llamó Bruce. Iba allí de vez en cuando a mirar la planicie blanca de Gotham. Tenía su encanto. Observar la yerta y helada tierra te hacía reflexionar sobre lo infinita pero vana que podría llegar a ser la vida. Pensó en abandonar aquel sórdido y frío planeta, dejar que los humanos se matasen entre ellos, irse lejos a planetas más hermosos, más vivos, comenzar una nueva vida y olvidar que algún día fue el rey Kal-El o Clark. Sin embargo, sus pensamientos se vieron rotos por el rayo rojo que salió de algún lado en la lejanía. Se levantó en modo alerta, huir sería de cobardes, un rey no era cobarde y mientras decidía qué hacer, tenía que defender a ese pueblo. Se puso en marcha al origen del destello.

Bruce había tomado la determinación de no detenerse. Raro fue el pequeño berrinche que hizo Richard y por lo cual lo había cargado como un crío porque se había negado a seguir andando. Jason no había parado de reír porque la forma de conseguir tiempo había sido realmente patética. Bruce parecía enojado, aunque los ánimos de los tres se calmaron cuando vieron aquel destello rojo. Dick y Jason temieron lo peor, temiendo haber todo el espacio-tiempo y haber causado un desastre en el futuro. Bruce reconoció el destello, lo había visto salir de los ojos de Clark cuando luchaba ¿Es que acaso estaba en peligro?
Bruce echó a correr a la dicha procedencia del rayo, pensando en proteger del peligro a su rey, su amante, al que aún creía su esposo.