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Cada día que pasaba, a Emma le costaba más permanecer de pie o caminar por varias horas. Era frustrante por que ella odiaba estar quieta en un mismo sitio y ya le habían sugerido pedir su licencia de maternidad en la escuela. Sin embargo, no fue hasta el octavo mes de embarazo que la futura madre finalmente aceptó tomar el descanso.

Su partida temporal hubiera transcurrido de una manera tranquila sino fuera porque cometió el estúpido error de contarle a Gilda unos días antes. Su amiga no perdió el tiempo y corrió la voz por toda la sala de profesores para organizar una pequeña despedida. No obstante, ninguna pensó que sus colegas pasarían el chisme por todas las áreas administrativas hasta llegar a los oídos del director. El singular líder  pidió, en ese instante, una reunión privada con Norman y , luego de unas horas, en las paredes de la instituciòn se encontraban pegadas numerosas hojas anunciando “Festival de despedida en honor a la maestra Emma por la próxima llegada de sus bellos gemelos”

La chica antena sólo deseaba obtener la inmunidad diplomática para así poder cometer doble asesinato libremente.

La no tan pequeña actividad se tornó más populosa por el hecho que el psicópata invitó a Lambda, la banda para la que componía su repertorio musical. Las canciones del grupo tuvieron tan buen recibimiento que su popularidad había subido como espuma conllevando a que las tareas de Norman también.

– Oye, tonto. Ven a dormir. – Ya iba varias noches seguidas que Emma encontraba al pervertido durmiendo sobre la mesa del comedor. Su tiempo lìmite para escribir nuevas letras se había reducido porque Lambda lanzaría un álbum completo en el próximo verano. En consecuencia, su bienestar físico y mental pendía de un limbo.

Y Emma tomó la decisión de poner un alto a la situación.

– ¿eh? – Norman se despertó sobresaltado. Parpadeó repetidas veces y, cuando su mente se conectó a su cuerpo, sonrió de lado y la abrazó. – Emmmaaaaa, has venido a llevarme a la cama de nuevo. Eres un ángel hehehe.

Emma lo apartó de un manotazo y le tomó el rostro mirándolo con la furia del mismo infierno. 

El chico abrió la boca en un gesto de asombro total.

– Es la última vez que lo hago. O descansas tus malditas ocho horas o voy a hablar con esa maldita disquera para te dejen de explotar.

– P-pero el dinero… – Norman intentó hacerla entrar en razón; sin embargo, fue interrumpido.

– ¡No me importa! ¡Primero es tu salud, psicópata debilucho!

Luego de explotar con su ultimátum Emma lo soltó y le dio la espalda, comenzando a caminar hacia su habitación. Y cuando estaba a punto de empujar la puerta, unos brazos rodearon su voluminoso vientre y percibió la respiración de Norman sobre su nuca.

– Suéltame idiota. 

En lugar de recibir sus típicos berrinches, fue sorprendida por unos sollozos.

– ¿Por ...por qué lloras? – Le preguntó, sintiendo las mejillas empapadas de su pareja. No había sido tan dura, ¿o si?

– Lloro de felicidad. – Continuó gimoteando. – Tu preocupación por mí eleva mi alma al séptimo cielo. 

Fue entonces que ella cayó en la cuenta de sus palabras de hace unos minutos y enrojeció avergonzada de haberse expuesto tan fácilmente. 

– ¡Tú…! Me haces decir tonterías. – le reprochó en voz baja, sintiendo el sonido de sus propios latidos acelerados. 

– Ummm, como digas. – Se burló girándola hasta que estuvieron frente a frente y robando sus labios para él. El único que podía poseer cada centímetro de su cuerpo.

Cuando se  separaron, Emma contempló cada detalle de su rostro: su amplia sonrisa lunática en contraste con sus enrojecidos ojos, mejillas y nariz eran una visión dulce y graciosa al mismo tiempo. 

Realmente odiaba que siguiera viéndose apuesto incluso con la nariz llena de mocos.

– ¿Me prometes que cuando te encuentres en tu límite para llevar dos trabajos a la vez, dejarás uno?

– No sucederá, pero igual te lo prometo hehehe ¡Por la vida de Ray! – Levantó su mano derecha, entusiasmado.

– ¡Norman!

– Por la vida de Little Bunny –  Le guiñó el ojo y se ganó un coscorrón.

– Realmente no tienes remedio. – Lo tomó del brazo con la intención de arrastrarlo a la cama y descansar, pero él la detuvo apretando su cuerpo contra el suyo. Emma dejó escapar un jadeo de sorpresa al momento de sentir la abultada erección de su compañero. – Degenerado, ¿Por qué estás excitado ahora?

– Te ves tan sexy cuando te enojas. – Fue su respuesta antes de tomar su boca y dar rienda suelta a todo su deseo contenido desde el inicio de la conversación.

A partir de esa noche, Norman retomó sus horas de sueño habituales, Emma volvió a tener el mejor orgasmo de su corta vida y Ray aprendió las ventajas de ponerse doble tapón en los oídos.

Y ahora Emma se encontraba junto a su mejor amigo caminando en medio de la multitud de alumnos que disfrutaban del “Festival de Despedida”.

– No se ve mal. Todos lo están disfrutando. – Dijo la pequeña admirando las coloridas banderolas de papel y luces que adornaban las aulas. Incluso cada clase se había organizado para poner un puesto de juegos o comida. Y lo que más atrapaba su atención era los rostros llenos de dicha de sus alumnos.

– Little Bunny y yo estamos de acuerdo. – La apoyó el chico de cabellos negros quien cargaba el peluche y daba lamidas a su paleta helada.

– ¡Emma, Ray! ¡Por aquí! – Anna y Gilda los llamaron desde las escaleras. – ¡Ya llegaron!

Los mencionados intercambiaron una mirada fugaz. ¡Por fin iban a conocer a los integrantes de Lambda!

Sólo reconocían sus rostros por los videos musicales que sacaron ya que Norman no hablaba mucho de ellos. Tenían bastante curiosidad por saber qué tan distintos eran a cómo se presentaban en los programas de variedades.

Abrieron la puerta del despacho del director encontrándose con las cuatro celebridades.

– ¿Quiénes son? –  Preguntó Bárbara, la única chica del grupo quien estaba sentada sobre el escritorio. Lo que les intrigó a Emma y Ray fue el bote de KFC que sostenía sobre su regazo.

Los demás presentes miraron expectantes a los recién llegados.

– Soy Ray y él es Little Bunny. Un gusto conocerlos.

En lugar de sentirse intimidada, Emma se presentó con una sonrisa brillante.

– ¡Hola, soy Emma! 

Tan pronto como terminó de saludar, la expresión seria de los chicos de Lambda se esfumó y fue reemplazada por una de...conmoción.

– ¡Es...es Emma-sama! – Chilló Vincent, el líder del grupo. El moreno era un mar de lágrimas. – ¡La diosa de la fertilidad nos ha bendecido con su presencia!

– ¡¿Qué?! – Inquirió asustada la chica antena.

En un abrir y cerrar de ojos, Lambda se arrodilló frente a ella y juntaron sus manos a modo de rezo.

– Gracias a usted por iluminar la vida del jefe. Gracias por ser la madre de los salvadores de este mundo. – Corearon al unísono.

– ¡¿Soy una Diosa?!

– ¡Awaah…! – Intervino Zazie, la voz principal del grupo.

– ¿Qué es “Awaah” y por qué llevas una bolsa en la cara? – Emma no esperaba que Lambda resultara tan...peculiar.

– Son muy graciosos. – Se reía Anna quien junto a Gilda se habían colocado en una esquina para pasar desapercibidas.

– Son raritos como Norman – Comentó la joven de anteojos. – ¡Oh! Y hablando del Rey de Roma…

En ese preciso instante, Norman ingresó a la estancia y miró de extremo a extremo todo el panorama.

– Vaya, ya se llevan muy bien. – Exclamó feliz, situándose al lado de su amada.

– ¡Jefe! – Lambda se puso de pie y le hicieron una reverencia.

– ¿Por qué te dicen “Jefe”? – Inquirió Emma, aún un poco aturdida.

– Él nos llevó al estrellato. Con su sabiduría y buen gusto musical nos mantiene en el éxito. – Explicaron todos al mismo tiempo.

La pequeña entrecerró los ojos, analizandolos un momento.

– Oh, entiendo. –  Asintió y miró de reojo al psicópata con expresión hastiada. 

Norman le pasó un brazo por los hombros, sonriente.

– Vamos al auditorio. Ya va a empezar el verdadero espectáculo. ¡Nos vemos luego, chicos! 

– ¡Adiós Jefe, Emma-sama!

– ¿Y a dónde se fue, Norman? – Preguntó Gilda a mitad del show. Los alumnos de tercer año ya terminaban de desfilar con su extravagantes trajes de cosplay.

Emma se encogió de hombros, desinteresada.

– Le pedí que me comprara algodón de azúcar. 

– Debe haber bastante cola en el puesto. – Opinó Anna, pensativa.

Ray comenzó a reírse de ellas haciendo que las tres chicas inclinaran su cabeza hacia él.

– ¿Qué… estás escondiendo? – Exigió saber Gilda ante su extraña y sospechosa actitud.

– Nada grave. Sólo que Emma se llevará la sorpresa de su vida. – Dijo con una sonrisa maliciosa.

– ¿A qué te refieres con sorpresa? – La embarazada frunció el ceño. Tuvo un pésimo presentimiento en milisegundos. – Voy a buscar a Nor…

Las luces en el auditorio se apagaron y cuando volvieron a encenderse, sólo enfocaron a una persona sobre el escenario.

– ¡Hola a todos, espero que esten disfrutando de este festival en honor a mi amada Emma! – Habló Norman, sentado frente a un piano. – Cómo penúltimo acto, quiero dedicarle una pieza especial. 

– Va a cantar perversidades… – murmuró mortificada. No pensaba  quedarse a escucharlo alabar sus senos frente a toda la escuela.

– Ni te atrevas. – La amenazó Ray cuando la vió con intención de levantarse. – ¿Quieres herir sus sentimientos si no te ve aquí? 

Emma retomó su mirada en el psicópata pervertido quien comenzó a tocar el instrumento, con una expresión serena.

– Quemaré a Little Bunny... – Se cruzó de brazos, esperando la inminente humillación.

Una hermosa melodía comenzó a sonar y en cuestión de segundos, todos fueron hipnotizados por la voz de Norman. 

Emma, especialmente, se quedó impresionada por la letra de la canción ya que expresaba de una forma poética todo el amor y admiración que Norman sentía por ella desde pequeños. Y le prometía que la amaría por siempre incluso si muriera por que desde el último círculo del infierno la seguiría acechando.

Le importó poco que lo último sonara tan siniestro ya que eso era parte de la esencia de Norman que la había enamorado. Cada día que pasaba, ese sentimiento cálido en su pecho crecía más; y aunque le costaba todavía poner en palabras la voz de su corazón, se prometió a sí misma comenzar a transmitirlas poco a poco.

–  ¡Wow, no se convirtieron en zombies! 

– Muy predecible desde que la curandera salvó al Ministro.

– Calla, sabelotodo.

– Ya sabes cómo callarme.

Emma le lanzó las palomitas de maíz de su recipiente y Norman las atrapó con su boca.

Era un tranquilo viernes por la noche para una maratón de películas. Normalmente la realizaban los fines de semana, pero como Ray iba a salir más tarde de su trabajo, sus amigos decidieron esperarlo entreteniéndose de esa manera.  Últimamente los casos de delincuencia aumentaron bastante en la ciudad y la joven pareja se preocupaba por el bienestar del suicida.

Él era como su hijo mayor fallido a la primera, pero que querían bastante.

– Se acabaron mis palomitas. – Se quejó Emma, haciendo un mohín.

– Prepararé más. 

– ¡No! Ahora quiero dangos. 

Norman alzó las cejas y le preguntó con divertida intriga si hablaba en serio.

– ¡Dangos! – Insistió en tono firme. – ¿No vas a complacernos? – Lo miró con ojos de cachorrito abandonado, poniendo la mano de su pareja sobre su panza.

El joven permaneció en silencio unos segundos para luego pararse como un resorte y emprender su marcha hacia la tienda más cercana. 

Emma se recostó sobre el sofá, satisfecha porque el psicópata pervertido siempre le cumplía sus caprichos. Continuó viendo su película pensando que en cualquier momento él regresaría con sus dulces. Sin embargo, a medida que las horas pasaban, Norman seguía sin volver, tampoco podía contactarlo por que no llevó consigo el móvil. 

El nerviosismo se tornó en preocupación cuando recordó el noticiero de la mañana sobre el incremento de asesinatos en la capital. ¿Y si se había cruzado con uno de esos dementes? ¡Y todo por sus estúpidos dangos!

Su corazón volvió a ella cuando la puerta se abrió de golpe.

– ¡Nor…  – La emoción en su voz se fue apagando luego de comprobar que era Ray quién había llegado.

– ¡Yo! ¿Y esa cara de perro atropellado? – Dijo su amigo en tono burlón, mientras desarmaba su paraguas.

– ¿Está lloviendo? – Preguntó alarmada, ignorando su mofa.

Ray la miró extrañado, como si estuviese preguntando lo más obvio del mundo.

Emma no necesitó oír su respuesta ya que le arrebató el objeto y salió corriendo. Bajó a toda velocidad las escaleras hasta llegar a la entrada principal del edificio. 

La lluvia caía con fuerza y sus pies ya se habían mojado. Miró por todos lados a su alrededor, pero no había señales de Norman. Gritó su nombre repetidas veces con desesperación. El dolor en su pecho era insoportable y las lágrimas salían de sus ojos.

Si algo malo le pasó, jamás se lo perdonaría. 

El mundo podía soportar un Norman porque él era imprescindible y único.

Él era parte importante de su mundo.

– Estúpido, pervertido, te traeré de vuelta…– Juró con determinación, apretando los puños alrededor del paraguas.

De pronto, escuchó a lo lejos que alguien la llamaba. Buscó el origen de esa voz hasta que lo divisó a media cuadra de su ubicación.

– ¡EMMMAAA!  – Norman, empapado de pies a cabeza, corría hacia ella con su sonrisa de psicópata habitual. – Conseguí tus dangos. – Le mostró los dulces que estaban resguardados dentro de una caja.

– Eso… – La chica antena no resistió más y se lanzó a abrazarlo, echándole los brazos alrededor del cuello. – No vuelvas a asustarme así, idiota.

Norman permaneció paralizado unos instantes, sin saber cómo reaccionar.

– Te vas a mojar. – Trató de moverla y coger el paraguas para cubrirla, pero ella ejerció su agarre con más fuerza, impidiendo que se separaran. – ¿Emma?

– No te va a soltar por un largo rato. – Intervino Ray quién recién entendió la razón de la angustia de su amiga. Le entregó a Norman otro paraguas para que se cubrieran y el trío se quedó en esa posición hasta que Emma se calmó.

Cuando entraron a su departamento, el joven de cabellos níveos fue obligado por sus amigos a cambiarse rápidamente de ropa para que no se resfriara. 

– Está lista la bañera. Anda. – Emma le lanzó una toalla mientras Ray preparaba algo caliente de beber.

Norman obedeció y , unos minutos más tarde, se hallaba relajado en la tina llena de agua caliente. Cerró sus ojos por unos momentos hasta que fue interrumpido por el ruido de alguien entrando a la habitación.

Cuando el muchacho alzó la vista, se quedó boquiabierto con la baba chorreando de su labio inferior. No podía apartar los ojos de la figura desnuda de su musa. Ella era un paisaje casi irreal, que lo invitaba a tocarla, probarla y grabar cada parte de su cuerpo en su memoria todos los días de su vida.

Nunca se cansaría de desearla.

– También quiero bañarme y no hay que desperdiciar agua. –  Fue su explicación antes de sentarse en medio de sus piernas apoyando su espalda contra su pecho.

– Emma… – Norman se sonrojó al percibir la traviesa mano de su amada rozar su entrepierna. Ella levantó la cabeza y sus miradas se cruzaron fijamente con expresión de desesperación y pasión incontenible. Necesitaban estar cerca el uno del otro en toda forma posible.

El joven la tomó del mentón y juntó sus labios en un intenso beso. Con una mano sujetó su nuca para profundizar el beso mientras con la otra acariciaba sus senos.

– Ah… – Norman se estremeció cuando sintió la mano de Emma masajear su erección a un ritmo más y más frenético. Ella, impaciente, comenzó a prepararse introduciendo un dedo en su interior con facilidad gracias al agua de la bañera.

– Ya quiero probarlos cuando des leche hehehe. – Murmuró el muchacho contra su cuello, con una sonrisa ladina, retorciendo la punta de sus pezones, y así, torturando con gozo a su amada.

– P-pervertido. – Emma cerró los ojos, complacida ante su tacto. Los dedos de Norman recorrieron el contorno de sus muslos y subieron de nuevo a su vientre, deleitándose en su ombligo.

– Mi emma, quiero embarazarte de nuevo. – La expresión del psicópata se oscureció, tomando su boca con posesión. Emma no se opuso y gimió compartiendo secretamente el deseo de Norman.

Tras unos momentos más de jadeos y caricias, Emma se colocó sobre la erección de su pareja y este se introdujo de lleno en un solo movimiento que la dejó sin aliento. Norman sujetaba la cadera de Emma con firmeza y levantaba su pelvis para embestirla con mayor profundidad.

Pronto en el baño se podía escuchar el encuentro de dos cuerpos mezclado con los chapuzones de agua.

– Ahhh, Norman… – Ella se arqueaba contra su pecho, exigiendo más del placer que le daba.

– Emmaaa, tengamos más bebés hehehe – Norman lamía y succionaba su cuello, acelerando el ritmo de su penetración con más potencia.

– S-si… ahh… más bebés… – Sus dedos se aferraron a los bordes de la bañera y pronto sintió una intensa presión dentro de ella indicando que alcanzaría su liberación en cualquier instante.

Minutos después ambos llegaron a la cima del éxtasis y Ray se preguntaba cuánto más tardarían sus amigos por que el café se estaba enfriando.

Nada de lo que habían planeado para el nacimiento de los gemelos se concretó y todo se volvió un caos cuando Emma rompió la fuente en pleno concierto de Lambda.

– Jajaja, te estás orinando. – Se rió Ray de su amiga, codeando a Norman para que se uniera a sus carcajadas. 

Emma, completamente estupefacta, se mantuvo quieta mirando el suelo donde se había formado un pequeño charco con su líquido amniótico.

– La fuente… – Murmuraron los futuros padres y los demás asistentes estallaron en gritos cuando Zazie alcanzó la nota más alta del coro.

Entre los dos muchachos, tomaron a la embarazada y la llevaron a la salida del recinto, protegiéndola de los empujones. Felizmente el carro que recién había adquirido Ray se encontraba cerca a ellos.

– ¿Por qué yo no manejo? –  El chico de cabellos negros aguantaba valientemente las ganas de chillar  ya que su amiga apretaba con una fuerza descomunal su mano.

– Esto es un asunto de vida o muerte. – Sentenció Norman, presionando el acelerador. – Oh, y no te olvides de grabarla.

– ¿Eh? ¿Yo?

– CIERREN... LA BOCA. – Rugió Emma, tratando de respirar con pausas. Sentía un dolor insoportable como si mil espadas se hubieran incrustado en su abdomen. 

– Cariño, te amo.

– Te...castrare.

Cuando llegaron al hospital, Ray ya no sentía la movilidad de su mano izquierda y Norman ya andaba con su grabadora.

– Todo va a salir bien, Emma. Te lo juro. – Le decía el joven para calmarla, limpiando la fina capa de sudor que cubría su frente. Las enfermeras empujaban su camilla rumbo a la sala de partos.

La susodicha asintió, frotando su barriga, sintiendo que sus bebés se movían inquietos por  abrirse paso en un nuevo mundo.

¡Después de una larga espera conocería a sus hijos!

El doctor permitió que Norman los acompañara durante el parto y este a su vez jaló consigo a Ray.

Cuando Emma despertó, se encontró con un par de brillantes ojos que la miraban con adoración.

– Buenos días, mi amada. – Besó sus nudillos con ternura para después posar sus labios sobre su frente.

– Nor… ¿Los bebés? – Debido a que perdió el conocimiento luego de dar a luz al segundo gemelo, se encontraba ansiosa por saber cómo estaban sus bebés. 

Norman le señaló a su derecha y ella giró al instante, con el corazón en la garganta. En las las cunas se hallaban acostados dos niños de cabellos níveos como el de su padre. Ambos dormían acurrucados a sus respectivas mantas.

– Quiero cargarlos. – Pidió estirando sus brazos hacia ellos. 

Norman procedió a acomodarla en la cama para que pudiera recibirlos y se sentó a su lado, entregándole al primer gemelo. 

Emma tomó a su pequeño sintiendo como una oleada de amor la inundaba. Era tan cálido y suave que su corazón se estrujó cuando el bebé bostezó apegándose a su pecho.

– Dame a mi otro hijo –  Quería sostener a ambos a la vez. 

– ¿Estás segura? – La miró dubitativo de su petición.

– Norman…

El joven papá no resistió a sus ruegos y le entregó su otro hijo. Ahora Emma cargaba en cada brazo a un bebé y sintió, por fin, la seguridad que nada les pasaría por que estaban con ella.

– Tienen toda tu cara. – Susurró la madre, observando sus rostros durmientes. 

– Soy el papá.

– Yo los cargué nueve meses.

– Podemos intentar de nuevo hehehe – Le susurró al oído y ella le mordió el lóbulo de la oreja. – Sabes que eso me excita aún más.

– Si no estuviera sosteniendo a nuestros hijos, le dirías adiós a tu “orgullo”. – Movió sus cejas señalando sus partes nobles.

Norman rió de nuevo y la abrazó con cuidado. Su risa se tornó lentamente en pequeños hipidos y cuando Emma lo miró, las lágrimas salían de sus ojos.

– Gracias, gracias. – Repetía, sollozando, como un niño de cinco años.

– Gracias a ti también. Fue un trabajo en equipo.

– Te amo, Emma. – Dijo con la voz, casi quebrándose.

En vez de contestarle con las mismas palabras, ella le dio un beso en la coronilla.

Un beso tierno, acogedor e insaciable que expresaba todo su amor hacia el psicópata pervertido.

– Felicidades chicos. – murmuró Ray con lágrimas de emoción en los ojos, escondido detrás del sofá. Gracias a los dioses que Emma sólo le quebró tres dedos y podía sujetar la cámara para grabar ese momento especial de sus amigos.

– ¿Y ...cuándo nos casamos? – Norman terminó de preparar los biberones de los gemelos y los pasó a Emma. 

Ya había transcurrido un año desde que se convirtieron en padres. No era fácil criar a dos niños que heredaron la energía ilimitada de Emma, pero iban por un buen camino. Aunque sus hijos se veían como dos gotas de aguas en lo físico, se diferenciaban en pequeños aspectos como que Keiji, el mayor por unos minutos, era menos llorón y con un apetito voraz mientras que Haru, el menor, se enfermaba más seguido y le encantaba jugar hasta altas horas de la noche.

– Ya te dije que cuando ahorremos lo suficiente para la ceremonia. – Le recordó su pareja, rodando los ojos.

Cómo Norman fue el ganador indiscutible de su apuesta, Emma usó la excusa del dinero para retrasar lo inevitable. Sin embargo, la paciencia del psicópata tenía un límite y desde hace dos semanas insistía con esa pregunta, incluso durante el sexo.

– Emaaaaa, ya no aguanto más. – Exclamó, frotando la mejilla contra su rebelde ahoge. – Emmaaaa, me voy a morir. Casemonooooos. Emmaaaaa.

– Tita ma. Tita ma. – Los gemelos se unieron al bullicio de su padre.

El berrinche del psicópata junto al llanto de los gemelos fue el factor decisivo para que la chica antena cediera.

– ¡¿Cuándo quieres que nos casemonos?!

– Hoy.

– Estás loco. – Se rió Emma mientras le daba a sus hijos los respectivos biberones. – Ya, dime una fecha razonable.

–  ¿Por qué no hoy?

Aquello cortó en seco las carcajadas de Emma.

–  ¡¿Hoy?!

– Sí. Para ser sincero, quería casarme contigo el mismo día que nacieron nuestros hijos, pero como estabas muy cansada, no dije nada. Nuestros hijos ya cumplieron un año y estamos tranquilos, sin muchas preocupaciones, ¿Por qué no ahora?

Emma lo miró un momento, un poco dudosa de lo siguiente que iba a decir.

– ¿No... quieres verme con un vestido en el altar?

– ¡Por supuesto que sí! Es uno de mayores sueños desde que te measte encima mío cuando éramos bebés. – Emma le lanzó una sonaja, golpeando su frente. No obstante, él continuó – Y lo podemos hace más adelante cuando nuestros hijos puedan cargar los anillos. 

– Oh…

– Sólo quiero ya llamarte “esposa mía” –  Confesó con la sinceridad más adorable que Emma había escuchado jamás.

Ella siguió dándole la espalda y se aclaró la garganta para no sonar nerviosa.

– De todos modos, no podemos gastar dinero en tonterías ni esperar que el director financie la boda. ¡Casémonos hoy!

– ¡Emmaaaa, te amoooo! –  Norman la atrajo a su pecho en un abrazo de oso y se inclinó para juntar sus labios.

Se casaron, cargando cada uno a un gemelo, en una pequeña ventanilla de registro familiar con Ray y Zazie como testigos de su unión. Los anillos los consiguieron en el camino ya que Norman los tenía reservados desde que empezaron la universidad. 

La ceremonia duró menos de cinco minutos por que había más parejas detrás de ellos que también querían casarse cuanto antes y los bebés ya querían tomar su siesta de la tarde..

– Hola, esposa mía. – La saludó con una sonrisa que hacía sentir a Emma que en esta y sus próximas vidas se casaría con la misma persona que amaba.

– Hola, esposo psicópata. 

– Quiero que Emma me diga que me ama. – Soltó Norman una mañana en la que había salido con Ray a hacer las compras en el supermercado.

– Hermano, sabes que ella te ama.

– Lo sé, pero desearía escucharlo.

Ray, de pronto, recordó la noche en la que Emma se volvió loca por que Norman no aparecía y sonrió ladinamente.

– Tengo un plan.

La luz del semáforo cambió a verde y se escucharon gritos desgarradores, suplicando por ayuda.

Cuando Emma recibió la llamada de Ray, se encontraba dictando clases en el gimnasio. La noticia le cayó como un balde de agua fría y sólo atinó a retirarse en silencio de la clase.

– Gilda, recoge a  Keiji y Haru de la guardería. – musitó monótonamente sin dar más explicaciones y apagó su móvil.

Los pasillos del hospital nunca los había sentido tan enormes. Tardó bastantes minutos en dar con la habitación 194, pero finalmente arribó a su destino. Empujó la puerta lentamente, deseando que el tiempo se detuviera para no confirmar con sus ojos lo que tanto temía.

Su amigo, lleno de vendas, la recibió sin poder mirarla a la cara , y se hizo a un lado para que se acercara a la persona postrada sobre la cama.

Su pecho se oprimió al verlo ahí, inmóvil, con el rostro cubierto por una manta. 

Su Norman… sin vida.

– Lo siento, Emma. No nos percatam...– La voz de Ray se apagó en su mente y avanzó arrastrando los pies, guiada sólo por sus emociones que en cualquier instante se desbordarían.

– Norman. – Lo llamó, sacudiendo sus hombros. – ¡Norman!

Silencio.

No, él no podía estar muerto.

Sin detenerse a pensar, se subió encima de su esposo y lo zarandeó bruscamente, gritándole con todos los insultos de la A a la Z.

– ¡No nos puedes abandonar tan fácilmente, maldito psicópata! ¡Tienes bastante por vivir! ¡Tus hijos te necesitan a pesar de lo chiflado que estés! ¡Yo… yo también te necesito, idiota! – Sus labios temblaban y escondió su rostro, llorando sobre su cuello. – Una parte de mí también se está yendo contigo. Y ni pude decirte cuanto te amo. 

Emma continuó sollozando hasta que de un momento a otro sintió un temblor debajo de ella y pronto emergió el ruido de un conocido “HEHEHE”. Cuando alzó la cabeza, halló a Norman sonriéndole de oreja a oreja.

Gritó, aterrada de la posibilidad que el psicópata se hubiera transformado en un zombie. Intentó bajarse de su regazo pero él lo impidió, empujándola de nuevo hacia su cuerpo.

– ¡No me muerdas! – Emma se cubría el rostro con la almohada para que los dientes del monstruo no la alcanzaran.

– ¡Tu amor me revivió de las garras de Asmodeo, mi amada Emma! ¡Hehehe! – Norman intentaba mover ese pesado objeto que se imponía entre su su esposa y él.  

– ¡Es un milagro! –  Vociferó Ray, satisfecho de sus resultados como aliado en el amor.

Al final Emma se enteró que todo fue un show que ellos armaron en complicidad con unos amigos doctores de Anna y , entonces, les dio verdaderas razones para que permanecieran internados unos días más.

...

– Di “Te amo”

– Te amo

– Dilo de nuevo.

– ¡Basta Norman, estamos en la boda de nuestro hijo!

No importa cuantos años pasaran, su esposo seguía siendo el mismo psicópata pervertido de siempre.

Enamorarse, casarse, tener hijos. 

El orden de los eventos no altera el resultado.

La felicidad.

.

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FIN