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Y el espectro de ti

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2.- Su mejor amigo.

 

Remus gritó.

Sirius gritó.

Y apenas unos segundos después Lily abrió su puerta enarbolando su único par de zapatos altos y lista para atacar a cualquiera con el filo de su tacón.

—¡AHHH!

El grito colectivo que entre los tres conformaron fue feroz, histérico, y por fortuna, corto para el bienestar de sus vecinos, pero los alteró más de lo que ninguno de ellos habría de admitir jamás.

—¡Carajo, Lily, casi me matas del susto!

—¡Pudiste decir que tenías compañía! —Exclamó ella—. ¡No me habría importado!

—Sirius no es mi compañía.

—¿No? ¿Y entonces qué hace sentado en tu cama?

—Eso... —Remus se cruzó de brazos—. Eso es algo que ni siquiera yo tengo claro. ¿Sirius?

Desde su cama y con aspecto confuso, Sirius no dio muestras de haber escuchado su nombre.

—¡Sirius! —Volvió a llamarlo Remus, y esta vez consiguió su atención.

Parcial al menos. —¿Uh? —Una pausa—. ¿Me hablas a mí?

Remus se contuvo para no poner los ojos en blanco. —No estoy de humor para esa clase de bromas.

A su lado, Lily contuvo un leve gemido en sus labios, y con un dedo trémulo, señaló las piernas de Sirius. O al menos el punto donde deberían encontrarse, porque debajo de sus rodillas no había nada más que una levísima silueta que no terminaba de materializarse del todo.

Remus dio un paso atrás, y su cuerpo golpeó un mueble. —¿Pero qué demonios...?

Lily en cambio se cubrió la boca con ambas manos, y desde su cama, Sirius (o eso que se asemejara tanto a Sirius) se horrorizó de su propio aspecto.

—Esto no puede ser... normal.

—¡Oh, joder, claro que no! —Explotó Remus, que se vio incapacitado de un proceso mental mayor—. ¿Te... duele?

—En lo absoluto —respondió Sirius.

Una vez pasado el shock inicial, fue Lily quien se acercó con cautela. No en balde estaba estudiando medicina en la universidad, y tras el horror, su siguiente reacción fue cerciorarse que la falta de piernas, y en general, de una solidez confirmable, Sirius estuviera bien. Excepto que al posicionarse frente a él e intentar tocarlo, su mano lo atravesó.

—Yo...

—Él...

Al unísono, Sirius y Remus contemplaron aquel movimiento con morbosa fascinación, y Lily dio su veredicto:

—Creo que... —Lily se humedeció los labios, y por turnos miró a Remus y a Sirius—. Mi diagnóstico requerirá al menos una taza de té.

 

Pasada la conmoción inicial, y viviendo un momento por demás británico al requerir una taza de té cargada a más no poder para procesar lo ocurrido esa noche, Sirius desapareció de la cama de Remus y reapareció en la cocina cuando Remus y Lily se dirigieron ahí para poner agua en la tetera.

Por costumbre, Remus colocó tres tazas en su reducida mesita y también tres sobres de té que apenas entraron en contacto con el agua caliente desprendieron un fragrante aroma.

Remus bebió de su taza.

Lily sujetó su taza como un salvavidas.

Y Sirius... Él se contentó con aspirar su vapor, que a juzgar por su apariencia actual, tenía la misma consistencia incorpórea de su persona.

—Eres un fantasma, no hay otra explicación —dijo Remus tras largos minutos de silencio y porque no podía tolerar ni un segundo más el silencio—. Has muerto, y ahora tu espíritu visita, no sé, a todos los tipos a los que prometiste llamar. Debe ser alguna especie de asunto pendiente por resolver o yo qué sé.

—¿Yo soy Sirius?

—Pensé que ya habíamos aclarado eso antes —replicó Remus con frustración—. Pensé que se punto ya lo habíamos aclarado, pero por si no, tu nombre es Sirius y es todo lo que sé.

—Puede que debamos empezar por esa parte primero —dijo Lily, siempre buscando ser la voz de la razón en momentos de crisis. Luego se dirigió a Sirius—. ¿No recuerdas tu nombre?

Sirius frunció el ceño, y su expresión de concentración fue absoluta. —No, pero... Sirius suena... correcto. Tiene que ser mi nombre.

—Wow, qué gran avance —ironizó Remus.

—Hey, al menos confirmamos su nombre. El resto no puede ser tan complicado.

—Define ‘el resto’, porque salvo por hechos muy particulares de su persona, en realidad no conozco nada de Sirius que nos permita identificarlo. ¿Recuerdas siquiera tu apellido? —Preguntó Remus a continuación, y Sirius movió la cabeza de lado a lado—. ¿Ves? Estamos jodidos.

—Estaríamos jodidos hace veinte años —dijo Lily—, pero no ahora con la tecnología actual a nuestra disposición.

Tras ir a su habitación unos momentos, Lily volvió con su móvil y no se demoró en abrir su aplicación de Facebook para hacer la investigación más corta pero fructífera de su carrera.

—¡Tadán! —Celebró al cabo de unos segundos, y procedió a mostrarles a Remus y a Sirius la pantalla, donde el perfil de Sirius O. Black demostraba ser la misma persona que tenía sentada a su mesa. O lo que más se le asemejara a la descripción de ‘persona’. Eso lo arreglarían más tarde.

—Soy yo —dijo Sirius con solemnidad, y después repitió su apellido paladeando cada una de sus letras—. Black. ¿La O de qué es?

—Orion —respondió Remus, que ante la expresión incrédula de Lily, agregó—: Ok, no hablamos sólo de tonterías en aquella cafetería. También mencionó que su segundo nombre tenía que ver con las estrellas, pero no pensé que fuera a servir de ayuda.

—En estos momentos, cualquier pieza de información puede ser crucial —dijo Lily, que se acarició el mentón un par de segundos antes de expresar un veredicto final—. Servirá para la identificación del cuerpo.

—¡Diox santo! —Siseó Remus, que no llevaba tan bien los temas de la muerte y por eso estudiaba literatura, no medicina como su amiga.

—Hay que ser realistas —dijo Lily—, ¿por qué si no aparecería el fantasma de Sirius aquí? Por lógica el cuerpo no está vivito y coleando como si nada si el alma está aquí.

—¿Es que no has visto películas? —Rebuscó Remus en su memoria hasta dar con una teoría plausible y que no fuera tan letal—. Sirius pudo haber sufrido un accidente. Londres está repleto de circunstancias en las que basta bajar un pie a la calle para que un taxi  con un conductor distraído te arrolle a la menor provocación. Quizá Sirius sufrió un golpe en la cabeza, o tuvo un aneurisma, o...

—Un shock de insulina. Tumor. Sobredosis. La lista es larga, Remus...

Remus suspiró, y después miró a Sirius, que para estar escuchando hablar de su propia posible muerte, estaba más tranquilo de lo que cualquiera podría estarlo.

—¿Nada de eso te suena familiar? —Preguntó Remus, y Sirius denegó con la cabeza.

—¿Qué es lo último que recuerdas? —Inquirió Lily a su vez, y por primera vez en su velada, el rostro de Sirius cambió de impasible a alegre.

—La cafetería. Empezó a llover, y había una persona al otro lado de la calle. Antes había estado en la librería donde trabajaba, y su empleadora lo despidió. Prometió escribirle cartas de recomendación para un nuevo empleo y... Tiene un lunar justo debajo del lóbulo derecho...

Por inercia, Remus se llevó la mano al punto señalado, y Sirius prosiguió.

—Quería conocerlo... Lo llamé. Él vino. Fue la mejor decisión que jamás tomé. Era una señal de... de...

—¿Una señal de qué, Sirius? —Presionó Lily, pero la figura de éste comenzó a tornarse cada vez más pálida y transparente.

—No lo recuerdo —respondió Sirius al final—. Recuerdo este piso. Nos puedo ver a Remus y a mí en ese sofá y...

—Después sonó tu móvil —suplió Remus—. Y tuviste que marcharte. Un asunto familiar. Te di mi número, pero...

—Pero no pude llamar.

—¿No pudiste o no quisiste? —Presionó Lily en búsqueda de información, y al sentir los ojos como dagas de Remus en ella, se defendió—. Es importante saberlo. ¿Qué otra explicación habría que encaje? De no querer, no lo habría hecho y no estaría aquí. Pero en cambio, si no pudiera, si algo se interpusiera...

La expresión de concentración en Sirius se intensificó al punto en que sus colores se desvanecieron, y verlo sentado a su mesa se convirtió más en tener un reflejo de él que amenazaba con desvanecerse al menor soplo de brisa.

Remus tuvo miedo, y en un movimiento que demostraría ser el correcto, buscó por inercia su mano y al instante en que sus dedos se tocaron la palidez en Sirius desapareció y éste pareció estar de nuevo con ellos a todo color y en corporeidad hasta lo que era plausible dentro de sus límites como aparición.

—Eso fue... —Murmuró Lily, asombrada por el cambio.

—No pude —dijo Sirius de pronto, que giró su mano y le dio a Remus un apretón cálido, tan real, que era imposible pensar que estuviera hablando con una presencia no del todo física en su cocina—. Algo... Alguien me lo impidió.

Lily chasqueó la lengua. —Ok, entonces es nuestro turno averiguar quién.

 

Porque tanto Remus como Lily tenían clases temprano en la mañana a las que no podían ausentarse, los tres acordaron continuar aquella conversación una vez que saliera el sol, y en el más estrafalario de los acuerdos, Sirius se quedó con Remus en su habitación a pasar la noche.

—Supongo que podríamos compartir cama —masculló Remus al acomodarse bajo las mantas—. ¿Puedes sentir sueño?

—No estoy seguro —respondió Sirius, que de vuelta tenía pies aunque se podía ver a través de él—, pero podría intentarlo.

—En ese caso... —Le dejó Remus la mitad de su cama—. Pero esto no es Ghost, así que nada de cachondeo o te mandaré a dormir al sofá.

—Vale, vale...

La normalidad en su tono hizo a Remus relajarse, pues la versión que había tenido ante sí en las últimas horas no era del todo el Sirius que él recordaba de semanas atrás. Remus no se atrevería a decir que era una versión sin vida de Sirius porque la mera expresión le ponía los pelos de punta, pero sí una que se encontraba ausente y a la que le faltaba la chispa especial con la que éste había brillado con luz propia.

—¿Sirius? —Lo llamó Remus en la oscuridad, y su cuerpo se estremeció cuando la voz de éste le llegó desde cerca pero sin una traza de su aliento cálido.

—¿Sí, Remus?

«¿Por qué yo? ¿Por qué aquí?», pensó Remus, deseoso de conocer los motivos de Sirius para presentarse frente a él en su diminuto piso cuando era evidente que su cuerpo, y al menos una porción de su alma, no estaban unidos como era debido. En su lugar, exhaló por lo bajo y cerró los ojos.

—No, nada. Buenas noches, Sirius.

—Buenas noches, Remus.

Y contra todo pronóstico, consiguió dormir.

 

A la mañana siguiente, Remus despertó a solas en su cama y sólo con la bufanda de Sirius en la almohada como la prueba de que la noche anterior había ocurrido, pero cualquier esperanza que él se hubiera hecho de haber vivido una alucinación inducida por el estrés de la universidad cayó en saco roto al dirigirse a la cocina y encontrar a Lily frente al fogón preparando pan tostado y sobre la mesa tres tazas. De nueva cuenta, la de Sirius con té y éste aspirando la fragancia de un English Breakfast como si con ello pudiera paladear su delicado sabor.

—Así que no fue un sueño —se dejó caer Remus en su asiento habitual, y Lily así lo confirmó al colocarle un plato al frente.

—No, y harías bien en vestirte porque se hace tarde. Además, Sirius y yo hemos ideado un plan.

—¿En serio?

—Sí, pero primera lo primero. Desayuna, vístete y en el camino te lo explico porque no me es del todo agradable.

Remus así lo hizo, y pronto estuvieron los tres listos para salir, excepto que... Sirius se negó a ello.

—¿Qué pasa? —Inquirió Lily, que traía consigo lo necesario para su día y tenía prisa.

—No puedo —dijo Sirius, que contempló a través de la puerta abierta el exterior y retrocedió más.

—¿No quieres o no puedes? —Presionó Remus, recordando el argumento de la noche anterior.

—No... puedo... —Repitió Sirius—. Algo terrible me ocurriría si cruzo el dintel de esa puerta.

—Woah, esas son palabras mayores. Mejor no forzarlo —dijo Lily—. ¿Pero cómo lo sabes?

—Lo sé y ya está. Del mismo modo que sé que soy Sirius Orion Black. Lo sé, incluso si no puedo recordarlo del todo bien.

—Interesante —replicó Lily, en tanto que Remus soltó un bufido.

—Interesante o no, se nos está haciendo tarde. Sirius, si no puedes salir del piso, quédate. Lily me explicará su plan para ayudarte en el camino, y cuando volvamos veremos qué hacer. Hasta entonces, erm, cuida del lugar.

Y tras ese acuerdo del todo platónico, su grupo de tres se desbandó entre los que se iban, y los que se aferraban a quedarse...

 

Sin importarle que la estación del metro estaba congestionada a esa hora o que cualquiera podía escuchar su conversación, Lily se pegó a Remus para tener un símil de privacidad y le expuso su plan de acción.

—He stalkeado el Facebook de Sirius. ¿Sabías que es de Islington? Debe de tener dinero.

—Supongo —masculló Remus, pensando en que todavía no le había pagado el almuerzo que compartió con él en la cafetería donde se conocieron—, aunque nunca lo mencionó abiertamente.

—Puntos para él por no ser un patán presumido. Como sea, revisé su lista de amigos cercanos y en sus fotografías y comentarios más recientes un nombre resaltó por encima del resto: James Potter.

—Debe ser su mejor amigo.

—Es una buena suposición. Se llaman hermanos entre sí, y asistieron juntos a un colegio privado llamado Hogwarts, por lo que es fácil suponer que cualquier pregunta que tengamos en torno a Sirius, James Potter es el indicado para responderla.

—¿Y qué has podido averiguar de James Potter? —Inquirió Remus, que de pronto se sintió como una especie de agente secreto al servicio de la corona.

—No tanto como quisiera —admitió Lily con una mueca—. Estudia medicina en mi misma facultad, pero está en el último año, lo que explica que jamás lo haya conocido antes. Hoy mismo pasaré a la oficina para preguntar por él y averiguar dónde puedo comunicarme con él, pero si eso no funciona, al parecer entrena rugby dos veces por semana, y casualmente hoy es uno de esos días.

—¿Quieres que te acompañe?

—Nah, no será necesario. En cambio me ayudaría que volvieras a la cafetería donde se conocieron y preguntaras por él ahí. Sirius ha marcado su presencia en Wormtail’s varias veces, y tiene fotografías con el dueño. Si resulta que son amigos o por lo menos colegas, tendremos más posibilidades de conseguir información de su persona.

—Ok, es un plan.

—Hecho.

 

Remus asistió a sus clases con la mente en otro lugar y sólo presente en cuerpo físico, porque mientras tanto no podía dejar de pensar en Sirius, y si por alguna razón al volver a su piso se encontraría con que la presencia de éste se había desvanecido del todo para nunca volver.

La perspectiva de no dar con una solución a su problema y en cambio no obtener ninguna respuesta clara alteraba a Remus. Una parte de sí quería fantasear con que estaba viviendo una situación de película, donde Sirius estaba en coma por un bobo accidente y que después de un par de días despertaría y después acudiría a su encuentro para agradecerle por mantenerlo en la línea de la vida. Pero... Otra parte de sí le recordaba a cada rato no hacerse ilusiones con respecto al paradero de Sirius, porque por todo lo que sabían, tener de visita una figura incorpórea y sin memoria no era en lo absoluto normal, y cualquier cosa podía ocurrir a partir de ese punto.

Mentalizándose para no actuar bajo el influjo del pánico, Remus consiguió sobrellevar su mañana de clases y en la tarde presentarse en Wormtail’s, que seguía idéntico a como lo recordaba.

Esta vez con dinero en el bolsillo, Remus entró y escogió la mesa que antes ocupara con Sirius. Costaba creerlo, pero no hacía más que unas cuantas semanas atrás que los dos se habían conocido y hecho clic en esa misma cafetería, y en cambio ahora... La vida realmente daba giros inesperados.

—Bienvenido a Wormtail’s —se presentó a su lado una mesera de aproximadamente su edad que en el gafete tenía escrito Marlene y le entregó el menú impreso a doble carta—. ¿Gusta revisar nuestras especialidades o ya sabe qué va a elegir?

—Uhm, la verdad es que esta es apenas mi segunda vez aquí. Antes vine con un amigo, y... —Un tanto incómodo porque no sabía bien cómo abordar aquel asunto, Remus se decidió a ir con todo—. ¿Podría traerme un té de manzanilla? ¿Y al dueño?

La mesera abrió grandes los ojos. —¿El servicio no ha sido de su agrado?

—Oh no, no, para nada —se apresuró a tranquilizar Remus a la empleada—. Es sólo me gustaría tener unas palabras con el señor... ¿Pettigrew?

—Peter, sí. Iré por él y traeré su té, señor.

Remus exhaló con pesadez y se preparó para la escena que estaba a punto de presenciar en papel protagónico.

Peter Pettigrew, que en algunas fotografías salía con Sirius dentro y fuera de esa cafetería, resultó ser tan bajo y rechoncho como las imágenes que había de él. Pese a no ser mucho mayor que Remus o Sirius, tenía una incipiente calva en la coronilla de su cabeza, y una marcada tendencia a acumular peso en torno a la cintura. Una combinación poco favorecedora, que con todo no opacaba la sonrisa ligeramente tímida con la que se acercó a su mesa.

—Tengo entendido que me buscaba, ¿señor...?

—Lupin. Remus Lupin. Llámeme sólo Remus —se presentó éste al estrechar su mano y pedirle que se sentara—. Señor Pettigrew, gracias por atenderme.

—En ese caso dígame Peter —respondió éste por igual.

A su mesa se presentó otra vez Marlene, que dejó dos tés de manzanilla y se retiró.

Remus aspiró hondo y después dijo: —Probablemente no me recuerde. Estuve aquí hará un par de semanas con un amigo en común para los dos. Sirius Black.

La expresión de Peter cambió de cortésmente atenta a completamente interesada. —Me temo que no lo recuerdo, no exactamente. Sirius pasaba por mi cafetería un par de veces por semana y jamás tenía compañía, excepto ese día que se quedó hasta tarde charlando con otra persona. Yo no lo vi con mis ojos porque estaba en la oficina trabajando la contabilidad, pero supongo sin equivocarme que era usted.

—Eso creo yo, y verá... Sirius después me acompañó a casa y tuvo que marcharse después de una llamada. Me gustaría —Remus pensó en el fantasma de Sirius en su piso y la incógnita que era su presencia, y optó por una mejor excusa para sí— ponerme en contacto con él y pagarle el favor de haberme invitado a almorzar con él. Ese día había perdido mi empleo, ¿sabe?, y él me vio a través de estos ventanales y me auxilió al ofrecerme un asiento y sentarme con él.

—Ese es Sirius —dijo Peter con una leve sonrisa en los labios pero los ojos tristes—, sin embargo, creo no poderle ser de ayuda. Sirius se ha tenido que ausentar de Londres por asuntos familiares y no ha dicho cuándo volverá a la ciudad.

—Oh. —Remus sujetó su taza—. ¿Cree que podría tener su número? Le di el mío al despedirnos, pero no he tenido noticias suyas...

Peter pareció dudar, pero al cabo de unos segundos de reflexión, accedió. —Ok, se lo dictaré...

Y así fue como Remus obtuvo el número de Sirius y también una mínima idea de su paradero.

 

Con lo que Remus no contaba era con volver a su piso y encontrarse a Lily atendiendo la visita de un desconocido en su salita.

Excepto que no era un desconocido, sino que tras unos segundos pudo ponerle nombre al rostro que en esos momentos estaba contraído por la preocupación.

Aquel era James Potter, el autoproclamado mejor amigo de Sirius.

—A buena hora has llegado —dijo Lily como saludo de bienvenida.

—¿Pero qué-...?

—Es una historia larga. De momento lo más urgente que puedes hacer por nosotros es abrir la puerta de tu dormitorio.

—¿Uh? —La expresión de Remus era de desconcierto total.

—Sirius se ha encerrado ahí dentro cuando vio a James y no ha querido salir.

—Lily... —Tras dejar sus pertenencias en el perchero, Remus se pasó la mano por el cabello—. Sirius es un fantasma, ¿recuerdas? Ni siquiera puede sostener su taza de té, ¿y pretendes que crea que ha cerrado la puerta de mi dormitorio?

—Prueba a intentarlo, colega —dijo James Potter, por primera vez abriendo la boca en presencia de Remus y enunciando cada palabra con un acento que en definitiva no era londinense—. Cada vez que Lily o yo tocamos la perilla de esa puerta recibimos descargas eléctricas.

—¿Entonces quieren que el electrocutado sea yo? —Rezongó Remus, pero Lily le dio un empujoncito y le susurró al oído:

—Vamos, Remus. Sirius está alterado, y es más que obvio que sólo tú puedes tranquilizarlo. Sé bueno y abre la puerta por nosotros. ¡Tú puedes!

—Vale, vale —refunfuñó Remus—, pero después no me reclamen si no obtengo mejores... resultados... que... ustedes... —Enunció con cautela cuando al tocar la perilla nada ocurrió, sin problemas pudo girarla, y la puerta se abrió sin más para revelar a Sirius sentado en su cama y jugueteando con la bufanda que había olvidado.

—¿Remus? —Levantó Sirius la cabeza, y éste apreció que la transparencia de su figura era peor que en la mañana—. Volviste...

—Volví —dijo Remus con sencillez—. ¿Podrías, erm, salir un momento? Hay alguien aquí que ha venido a verte.

—¡Sirius! —Le llamó James, y Sirius se mostró acongojado y ansioso por partes iguales—. ¡Sal de una vez, Sirius!

—¿Tengo qué? —Preguntó Sirius, y Remus extendió su mano.

—Sí. Sería lo mejor...

En respuesta, los dedos de Sirius se entrelazaron a los de Remus. Dedos tibios, que cedían a la presión de los suyos, y de los que pudo Remus tirar fuera de su dormitorio hasta la salita, donde Lily y James esperaban por ellos.

Prometía ser una tarde complicada.

 

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