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Bravado

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"Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya." Antoine de Saint-Exupéry, El Principito. 


 

Mary Wardwell estaba destinada a destacar del resto desde el momento en que nació, en el hospital era conocida como la bebé sin marca de alma gemela. Tal vez por eso sus padres la habían abandonado frente a la puerta de un orfanato.

Al crecer y cuando comenzó a notar que la trataban de manera distinta, Mary comenzó a preguntarse por qué no había ninguna marca en su piel a diferencia del resto de niños del orfanato, pero aprendió a que no debía hablar de ello cuando recibía un golpe en lugar de una respuesta las pocas veces que expresó sus dudas en voz alta.

Al cumplir diez años ella entendió por qué nadie la adoptaba, era por su marca, o más bien la falta de ella, ninguna persona adoptaría a una niña sin alma gemela. Estaba destinada a quedarse apartada del resto, sintiendo envidia cada vez que un niño se iba con una nueva familia, recibiendo miradas de lastima de las personas cuando se enteraban que ella no tenía su marca. Mary tendría que vivir en ese orfanato hasta que fuera lo suficientemente grande para irse, obligada a soportar ser maltratada por sus compañeros y las mujeres que los cuidaban.

Cuando Mary tenía catorce años y era más infeliz que nunca conoció a Eve, una niña que había llegado al orfanato debido a la muerte de sus padres, tenían la misma edad y no pudo evitar sentir simpatía desde el primer momento en que la vió. Eve era tímida y los niños se burlaban de ella por su cabello pelirrojo, ella y Mary se hicieron amigas de inmediato.

Eve no la juzgaba y tenía la sonrisa más bonita que ella había visto, Eve sí tenía una marca de alma gemela, en la parte de atrás de su cuello decía “Adam” pero eso no impidió que Mary la besara en la oscuridad de la noche o que se tomaran las manos cuando creían que nadie veía.

Su felicidad duró poco, cuando las descubrieron Mary recibió treinta azotes y Eve se fue del orfanato para nunca volver. Lo primero que Mary hizo al salir de la enfermería fue robar una aguja y con la tinta que había en el frasco del cajón de su escritorio escribió “Eve” en su piel.

A los diecisiete años Mary Wardwell se cansó de vivir esperando que algún milagro la rescatara de su miseria y escapó del orfanato con lo poco que tenía, decidida a darle un giro a su vida, con alma gemela o sin ella.

 


 

Zelda Phiona Spellman era diferente, la única pelirroja en su familia, la más avanzada de su clase, la primera mujer del clan Spellman en ir a la universidad y probablemente la única persona que no tenía marca de alma gemela.

Cuando tenía cinco años y se acercó a preguntarle a su madre la razón, solo recibió una sonrisa triste por respuesta.

“Algunas cosas no están destinadas a ser cariño.” Le había dicho su padre cuando le preguntó más tarde.

Pero mientras Zelda veía a los niños de su clase comparando los nombres escritos en su piel, a sus padres bailando en el salón mientras sus relucientes marcas lucían en el dedo meñique de cada uno y escuchaba a su abuela leyendo historias a ella y sus hermanos sobre almas gemelas que se encontraban y vivían felices por siempre, por primera vez Zelda Spellman deseó no ser diferente. 

Cuando creció aún más, se mostró reacia a no obtener una razón a su falta de marca y siendo la mujer inteligente que era, investigó en todos los libros que encontró, preguntó a todas las personas que pudo, buscó registros de casos como el suyo, había gente con doble marca de alma gemela, a otros les había salido días, incluso un año, después de su nacimiento y había varios casos extraños de gente que había nacido con su propio nombre, pero nada de gente que hubiera nacido sin marca de alma gemela, no existían, Zelda Spellman era la única, diferente al resto del mundo.

Sus hermanos tenían marcas, por supuesto, Edward tenía un bonito “Diana” en su pecho, Zelda no podría recordar en cuantas ocasiones tuvo que escucharlo hablar de lo perfecta que su Diana sería, asintiendo y sonriendo como si los celos no estuvieran devorándola por dentro.

En el tobillo de Hilda estaba escrito “Cerberus” en la caligrafía más fea que Zelda hubiera visto en su vida.
Cerberus. ¿Qué clase de nombre era ese? Era ridículo, y ella se lo recordaba a Hilda en cada ocasión posible solo para sentir la satisfacción momentánea de ver a su hermana sufrir por las burlas crueles, si Zelda se sentía culpable cuando Hilda se iba llorando encendía un cigarrillo y leía un libro. Así fue como la voz de Zelda Spellman se tornó mas grave y se quedó sin suficientes libros para leer cuando tenía veinte años.

 

Mientras estudiaba idiomas en la universidad Zelda llegó a la conclusión de que su falta de alma gemela era una bendición. No había ilusiones banales, ni falso romanticismo que la detuvieran de cumplir sus objetivos y ambiciones. En honor al espíritu de libertad que sentía pasó sus años universitarios estudiando duro en el día, y durmiendo con un hombre o una mujer atractiva por las noches, a veces los dos al mismo tiempo.

 


 

A sus 23 años Mary Wardwell había decidido que estaba destinada a cosas más grandes que una simple alma gemela, no estaba atada a nadie que le impidiera volar todo lo alto que quisiera, nadie por quien preocuparse cuando el mundo estuviera a sus pies. Por lo tanto no sentía remordimientos si a veces tenía que tomar trabajos ilegales para poder pagar sus estudios en la escuela de derecho, la ironía era grande.

Fue en la universidad donde conoció a Lucifer Morningstar, el más joven y atractivo de sus maestros. Todas las estudiantes parecían estar locas por él, saludándolo con una sonrisa boba en sus caras cuando lo veían por los pasillos. A Mary no podría importarle menos, ella no tenía tiempo para relaciones de ningún tipo mientras se esforzaba estudiando para convertirse en la mejor abogada que se hubiera visto, hasta ahora lo estaba logrando a juzgar por las felicitaciones que siempre recibía de sus profesores.

Pero destacar venía con sus desventajas y Mary lo supo en cuanto comenzó a llamar la atención de Lucifer Morningstar que la invitaba a salir sin importar cuántas veces le dijera que no estaba interesada.

¿Por qué Mary estaría interesada en un hombre? No le gustaban, le parecían brutos y burdos, siempre había preferido a las mujeres, aunque no hubiera salido con una desde hacía mucho tiempo.

Pero Lucifer Morningstar era inteligente, eso Mary siempre lo supo, así que él cambió la jugada, llevándole regalos cada vez más extravagantes y alabándola en cada oportunidad, diciéndole que nunca había conocido a una alumna más brillante que ella, elogiando su inteligencia, asegurándole que cuando se graduara sería la abogada más grande que el mundo hubiera visto.

“Se pelearán por ti y los tendrás a tus pies, Mary.” decía Lucifer con los ojos brillantes. “Déjame ayudarte, imagínalo cariño: los dos juntos, nos convertiremos en la pareja más grande de abogados que haya existido. Dominaremos nuestro campo, serás la líder de la firma de abogados más exitosa de la que se haya oído hablar.” con una sonrisa le ofreció una pequeña caja que contenía un anillo con el diamante más brillante que hubiera visto. “Y un hombre como yo será tan afortunado de tener a la mujer más brillante, hermosa e inteligente a mi lado. ¿Qué dices Mary? Todo lo que deseas está a un sí de distancia”

Y Mary que había pasado toda su vida necesitando aceptación y elogios, maravillada por las palabras que llenaron sus oídos y los regalos que llenaron sus manos, aceptó.

A los 25 años, Mary Wardwell se convirtió en Lilith Morningstar.

 


 

El futuro esposo de Zelda era un viejo amigo de la familia, se conocían desde que eran dos niños, ella nunca hubiera imaginado que terminarían juntos pero cuando Zelda regresó a casa después de un largo viaje por Europa se enteró que el alma gemela de Faustus Blackwood acababa de morir.

La familia de Zelda era propietaria de la única funeraria de Greendale así que evidentemente el funeral fue organizado por los Spellman, ahí fue donde se encontraron, Zelda podía sentir su mirada siguiéndola a dondequiera que fuera. Cuando se quedó sola en una esquina él se acercó a ella .

“Zelda Spellman. Cuanto tiempo.” le dijo.

“Faustus” respondió la pelirroja. “Mis condolencias”

“Sí, bastantes desafortunadas las circunstancias en las que nos volvemos a encontrar.” el hombre bajó la mirada en una tristeza simulada que no convenció a Zelda, más aún porque tan solo un momento después él le sonrió. “Europa te ha sentado bien. ¿Qué tienes planeado hacer en Greendale?”

“Enseñar.” respondió Zelda entrecerrando los ojos. “Me interesa dar clases.”

“Que casualidad...”

“Temo que no te entiendo, Faustus.”

“Constance, mi difunta esposa, dejó su puesto como profesora de Francés en la escuela. Tal vez estarías interesada en tomar su lugar.” los ojos del hombre brillaron. “¿Qué te parece si hablamos de ello el lunes?”

 

El lunes Zelda salió de la oficina de Faustus Blackwood con un trabajo, la ropa desordenada y bastantes marcas de mordiscos en su piel. Así fue como comenzaron a tener sexo cada semana, convenientemente decidieron esperar un mes antes de dejarse ver juntos en público. Eso no evitó que la señalaran y hablaran mal de ella, a ella no le importó.

Zelda, que había renunciado hacía mucho tiempo a las tonterías del amor verdadero, respondió que sí cuando le pidió matrimonio tres meses después. Los susurros aumentaron, la culpaban de envenenar a Constance para casarse con su marido, ella solo se reía.

No pensaba anular su matrimonio, para ella Faustus era un hombre apuesto, y con mucho dinero, mejor aún; era poderoso y Zelda no se avergonzaba en admitir que el poder la atraía, mucho. Convertirse en la nueva señora Blackwood la haría la mujer más poderosa de Greendale, y la expectativa la emocionaba lo suficiente como para ignorar las deficiencias de su futuro marido.

 

Los primeros años de sus matrimonios los vivieron muy lejos una de la otra. Una en Nueva York con todo el éxito que imaginaba, y la otra en Greendale, con todo el poder que podía desear.

Cuando ambas tenían cuarenta años, Lilith Morningstar y Zelda Spellman, ahora Blackwood, se conocieron por primera vez.