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De malas (buenas) decisiones

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El mundo de Itachi Masumi está compuesto de blancos y negros. Tiene estructura, rutina, todo está ubicado en orden. 

Masumi no da saltos, no avanza sin saber a dónde va, o si es seguro. 

Hoy algo le sabe diferente, hoy se sale de su rutina. 

Hoy, Masumi toma una mala decisión. 

Tiene que cortarse el pelo, ha estado postergando una cita en la peluquería durante semanas y su cabello ha comenzando su camino descendente hasta los hombros. Ha estado ocupada en el trabajo, esa es la excusa que usa todas las noches cuando se mira al espejo al salir del baño. Masumi es inteligente, se llena la cabeza de mentiras que puede manejar, que no le sacan de su rutina de serenidad. Ella sabe que la verdad, que la razón por la que ha dejado esa tarea de última en la lista, es mucho más simple y complicada a la vez. 

Futaba. 

Ambas han ido a la misma peluquería desde hace años, cada rincón, silla y espejo tiene rastros de recuerdos de las dos. En cada esquina hay, también, rastros de los secretos de Masumi. Esos secretos que salen a flote de vez en cuando, en noches solitarias, cuando Masumi cree que ha logrado dejarlos olvidado. Culpa a ese período en el que Futaba terminó su relación con Ichinose, a esos meses que se transformaron en fantasías, en “tal vez” y “quizás ahora” en la cabeza de Masumi, porque ahora que Futaba ha iniciado un noviazgo con otro chico, le ha tocado volver a recordar en dónde está parada. 

Ha sido un golpe de realidad mirar las sonrisas de Futaba y saber que son para otra persona, para un chico que Masumi no conoce muy bien. Ella debería de haber superado esto, como Futaba e Ichinose superaron su etapa de adolescencia y avanzaron lentamente hacia la adultez. Masumi se viste como adulta, pero sigue metida en la piel de la adolescente que fue.

Por eso no va a la peluquería, porque están derramados recuerdos hasta en los ventanales. El problema es que la imagen que le devuelve el espejo también ha comenzado a volverse un recuerdo, un fantasma del pasado. El pelo largo, el mismo que Futaba peinó mil veces en la adolescencia. Tiene que decirle adiós otra vez, como hizo al graduarse, para volverse otra Masumi, una mujer que tiene estructura y rutina, y no fantasías de papel entre los dedos. 

Decide conseguir otro lugar, un sitio nuevo que no tenga nada de su pasado y mucho de su futuro. Masumi cree que lo encuentra a pocos metros de su trabajo, en una esquina que pinta ecléctica, moderna. Pero lo que encuentra al cruzar la puerta es otro fantasma de su adolescencia, uno que tiene cabello de fuego y una voz estridente. 

El fantasma tiene apellido y nombre. Yagihara Mami. 

Masumi la reconoce primero, porque su risa y su timbre de voz son inconfundibles. Tres años no han podido transformarla hasta volverla irreconocible, sino que han acentuado sus características. Masumi decide que para mal, porque Yagihara es sinónimo de problemas, todo el tiempo y bajo cualquier circunstancia. Piensa en darse la vuelta y salir, en actuar como si se hubiera equivocado de local, pero Yagihara la reconoce al despedirse de una señora. 

—¡¿Itachi-san?! 

La palabra discreción no existe en el vocabulario de Yagihara. No se corta de sonreír ampliamente, ni de avanzar hacia Masumi. 

Tampoco existe el concepto de espacio personal. Atrapa a Masumi con la guardia baja por la sorpresa, dándole un abrazo que es tan corto como un parpadeo pero tan electrizante como recibir una corriente eléctrica. 

—¡Ha pasado tanto tiempo! ¡Qué gusto volver a verte! —no hay una pizca de vergüenza en los labios de Yagihara, no parece tener intenciones de disculparse por irrumpir en el espacio de Masumi ni mucho menos de saludarla como si fueran amigas de toda la vida. 

Masumi y Yagihara no son amigas. Punto. 

—Qué sorpresa, Yagihara-san —así como el timbre estridente de Yagihara no ha desaparecido con el paso del tiempo, el de Masumi tampoco ha mutado en algo distinto. 

Su poca efusividad arruga los labios de Yagihara, cual nena de cinco años. No está enfadada, porque, por alguna razón Masumi todavía recuerda vívidamente cómo se manifiesta la ira en el rostro de Yagihara. Juega con Masumi, como si realmente fueran dos pares de amigas. 

—No nos hemos visto en tres años, ¡podrías mostrar más emoción, Itachi-san! —sus labios vuelven a recobrar una sonrisa rápidamente, restándole importancia a que los de Masumi no corresponden su felicidad—. Touma me ha contado que estás estudiando leyes, creo que va perfecto contigo, ¡siempre tan seria! 

La mención a Touma pone a Masumi nerviosa. Su nombre de pronto abre puertas en la cabeza de Masumi, descubre gavetas donde ha archivado cosas muy privadas, secretos que solamente ella, su almohada y Touma conocen. De pronto Masumi recuerda que Yagihara conoce estos secretos también. Demasiado bien. 

Por eso, razona Masumi, se siente con reservas frente a Yagihara.

—No tengo mucho tiempo libre —se decide por esta combinación de palabras, para dejar en claro que tiene una vida ocupada, anticipando a Yagihara antes que se le ocurran ideas locas y también, para tener una excusa perfecta para darse la vuelta y marcharse. 

Esto ha sido un error. Su pelo puede esperar un día o días más, hasta que encuentre un mejor lugar, lejos de Yagihara Mami. 

—Oh, ¿pero no vas a aprovechar? —Yagihara hace un gesto con la mano, señalando su cabello. 

Es ahí cuando Masumi cae en cuenta que esto es más grave de lo que pensó. 

Sus ojos se quedaron vagando en el rostro de Yagihara, en cómo sus mejillas están coloreadas con maquillaje, dándole un toque de adulta y no adolescente, y no notó su uniforme. Cuando la vio en el local, pensó, lógicamente, que Yagihara era una cliente más. Ahora que Masumi la mira fijamente, se da cuenta que es una empleada. 

A Yagihara se le iluminan los ojos, ensancha la sonrisa y la toma de la muñeca. 

—¡No te preocupes! ¡Yo te atiendo! 

Masumi está perdida. 

Ella, que quería alejarse de los fantasmas, las fantasías y los recuerdos, queda atrapada con una figura de su adolescencia. Una persona con quien no siente tanta confianza, alguien que no es Futaba o siquiera Touma. 

Yagihara gira los talones tras haber dado unos tres pasos, con la falda flotando en el aire. Masumi piensa que va a reclamarle la poca colaboración que está aportando para avanzar, pero Yagihara tan sólo tiene una sonrisa que ofrecerle. Esta sonrisa es igual de brillante que la anterior, pero es más pequeña, llena de cosas que Masumi no conoce. 

—Te ves bien, Itachi-san. 

Yagihara no está metiéndose con ella, no hay burla tras ese punto final ni un comentario que transforme las palabras en otra cosa. Es una anotación que hace Yagihara, porque sí, porque le nace. 

Masumi se deja arrastrar después de eso, porque la toma desprevenida y porque Yagihara tira de su muñeca. 

Cuando la obliga a sentarse y le moja el cabello, Masumi se siente desnuda. Está en una posición incómoda, donde no puede huir fácilmente con Yagihara inclinada sobre ella. No la consuela ni la relaja el agua tibia ni el champú. Los dedos de Yagihara no saben a serenidad, sino a otras cosas que Masumi no sabe cómo describir. Está muy consciente de quién se trata y de los secretos que Yagihara conoce. Masumi está tensa, apretando con fuerza el borde de la silla como si de pronto la hubieran disparado al espacio. Está esperando que Yagihara haga alguna pregunta incómoda, que nombre esos secretos que conoce, porque ella es entrometida y torpe para entender la sutileza. ¿Qué puede esperar Masumi de alguien que no respeta el espacio personal? 

Pero el agua sigue corriendo, la espuma del champú se le escurre entre los cabellos y los dedos de Yagihara y ésta todavía no ha cometido indiscreción alguna. Masajea la cabeza de Masumi con cuidado, lo hace con una sonrisa que no tiene pizca de malicia. La describiría hasta inocente, si no la conociera. 

Cuando Yagihara le seca el cabello con una toalla y la guía hasta el cubículo, Masumi se da cuenta de que en realidad, no conoce a Yagihara. 

Invade su espacio personal, pero de sus labios no salen comentarios incómodos ni está buscando entrometerse en su privacidad. Le pregunta sobre el largo de su cabello, mientras se lo peina. Yagihara está actuando como una profesional. 

Una vez Masumi indica el largo del corte, Yagihara comienza a platicarle. Habla y habla sobre ella, sobre todo lo que ha hecho desde que se graduó de la escuela. Masumi se prepara para pedirle que se calle, decirle que no le interesa saber cada detalle, pero la deja hablar, la escucha. A lo mejor porque su cuerpo ya no se siente tan tenso como al principio y también, porque Masumi sabe admitir, cuando se ha equivocado. Es muy orgullosa para decirlo en voz alta, pero en la seguridad de su cabeza puede admitir que tal vez juzgó a Yagihara demasiado a prisa. 

Yagihara también se subió al tren rumbo a la adultez, ésta no es la misma adolescente que Masumi conoció, aunque en esencia siga pareciendo la misma. Se le escapan los mismos gestos, las sonrisas demasiado grandes y ese tono de voz tan estridente, pero esta Yagihara no ha perdido el hilo de su trabajo en ningún momento. Mueve el peine y la tijera con facilidad por el cabello mojado de Masumi, mientras le cuenta sobre cómo la contrataron en este lugar. 

—Si un día te animas, creo que se te vería muy bien el pelo más corto —Yagihara señala con la punta de su dedo bajo la oreja de Masumi—. Aquí. 

Es un comentario de la Yagihara adolescente, pero adornado con el conocimiento de la Yagihara profesional y adulta que Masumi tiene frente a ella. Sólo por eso, Masumi cede un poco. 

—Tal vez un día. 

Su “tal vez” contenta a Yagihara lo suficiente como para que le hable sobre su estructura ósea y cómo sus facciones van perfectas con cortes radicales como aquel. Masumi le está prestando atención a medias, esta vez, entretenida con las manos de Yagihara sacudiendo los cabellos que han quedado sobre la capa. 

Con el cabello seco y las puntas recortadas, Masumi se siente distinta. Ya no encuentra el fantasma de la adolescente asomándose entre las hebras oscuras. Yagihara se sonríe a sí misma al espejo, satisfecha y orgullosa con su trabajo. Luego, la observa fijamente, esperando a escuchar de su boca qué opina. 

Masumi le concede una victoria a medias, otra vez. 

—Nada mal. 

Yagihara pone las manos en la cintura, hinchando el pecho. 

—¿Te esperabas menos? —su sonrisa de orgullo no titubea, Yagihara luce segura de sí misma. 

Masumi cree que eso siempre lo ha envidiado. Cree, también, que por eso Yagihara le causaba repulsión. Tantas cosas se decían de Yagihara por los corredores del colegio, usualmente nada bueno. Rumores terribles, que harían que cualquiera quisiera ocultarse para siempre, merendar en el salón hasta graduarse y no tener contacto con nadie. Pero Yagihara sea paseaba a cualquier parte con la frente en alto y una sonrisa en los labios. 

Yagihara tan transparente y Masumi tan llena de secretos. 

Con esa misma sonrisa tan llena de seguridad y ni una pizca de titubeo, Yagihara le hace una oferta que toma a Masumi desprevenida, como cuando Yagihara le tomó de la muñeca.

—Hay una cafetería al lado, es muy buena. 

Un comentario que bien puede ser tan sólo una cortesía, una sugerencia que alguien le hace a un conocido para mantener viva una conversación. Pero Yagihara lo que pretende es alargar el momento, trasladar el reencuentro hacia un lugar donde no tenga que cortarle el pelo. Masumi está pagando cuando ella le dice eso y pronto se queda sin excusas para pretender que no la escuchó. 

Vuelve la cabeza y la observa, con la sonrisa radiante y las manos en la espalda. Yagihara es exactamente el tipo de persona que evitó durante sus días de estudiante, el tipo de persona que es peligrosa con secretos ajenos. Pero Masumi esperó y esperó a que Yagihara demostrara ser aquella que pintó en su cabeza, tan sólo para descubrir que todo este tiempo, estuvo equivocada.

Por eso, sólo por eso, y porque lavarse el cabello la deja de buen humor, Masumi guarda en su bolsillo la cartera y acepta. 

—No puedo quedarme hasta tarde. 

No se queda hasta tarde, esta vez. 





Lo que comienza como una excepción en la rutina de Masumi, se transforma en un nuevo renglón en su agenda semanal: Yagihara y Masumi pasan de ser conocidas de la adolescencia, a ser conocidas de la adolescencia que se frecuentan. 

¿Cómo pasó? Esa es la pregunta que se hace Masumi todos los días cuando recibe un mensaje de parte de Yagihara, que ahora ha pasado a formar parte de sus contactos en el celular. A veces le encuentra sentido y otras, la mayoría de las ocasiones, Masumi siente que está dentro de un sueño que no puede controlar. Un sueño extraño, que tiene una pizca de nostalgia y otra de fantasía, donde Yagihara lleva las riendas. 

Ha intentado rebelarse, ignorando los mensajes de Yagihara al principio, en un intento por retomar su rutina de soledad. Pero es su esquema rígido el que termina por arrojarla al vacío: El camino más rápido y cómodo para ir hasta su casa desde trabajo, es cruzando por la peluquería donde Yagihara trabaja. Sus horarios coinciden muchas veces y es casi imposible escaparse de ella, aunque Masumi debe admitir que para entonces, después de un par de semanas, no pone demasiada resistencia. 

A lo mejor se rinde porque Yagihara es demasiado persistente, porque teme que un día aparezca en la puerta de su apartamento porque se las ingenió para averiguar dónde vive. Yagihara ha peleado tan intensamente para colarse en la vida de Masumi, que intentar huir es imposible. O tal vez no se queja demasiado, porque la inclusión de Yagihara en su vida, las constantes invitaciones, proveen una distracción al nuevo romance de Futaba. 

Para sus adentros, Masumi debe admitir que no todo ha sido tan terrible, aunque ella siempre está preparada para todo. Los sitios que propone Yagihara son decentes, limpios e interesantes. La cafetería fue el primer lugar que visitaron, un ambiente bastante agradable y moderno, con música aceptable y postres deliciosos. Yagihara fue quien insistió en regresar en varias ocasiones, pero Masumi no opuso mucha queja. 

La primera en proponer un restaurante fue Masumi. Fue un viernes por la noche, en el que Masumi se quedó hasta tarde terminando un informe y Yagihara la esperó sin protestar. Entre el hambre y el pudor por hacer esperar a Yagihara, propuso ir a un lugar donde el menú fuera mucho más amplio. Yagihara sugirió otro restaurante para la siguiente ocasión y comenzaron a sumarse varios tantos a la lista interminable de sitios donde Masumi y Yagihara se encuentran. 

De todas las salidas, probablemente las que Masumi rescata más de entre el baúl de cosas curiosas, nominaría la vez que fueron a ver una película juntas y aquella vez cuando Yagihara la acompañó de compras. 

La primera la tiene muy fresca en la memoria, porque ir al cine es una de esas actividades que tiene reservadas para Futaba. Pero Masumi quiere poner distancia, porque tiene que extirpar ese enamoramiento adolescente que no se decide a morir todavía, así que no le cuenta a Futaba que quiere ver una película, sino que se lo comenta a Yagihara. Como quien no quiere la cosa, como quien no tiene mucho interés, pero Yagihara pone todo el interés por Masumi. No le lleva mucho descubrir que ir al cine con Yagihara supone comentarios al oído, demasiados como para llevar la cuenta. Masumi se fastidia tras el tercero, pero para el décimo casi se ríe. Casi, porque Yagihara es graciosa a veces, pero Masumi no quiere recordárselo. 

Ir de compras juntas es igual de extraño que ir juntas al cine, porque también es una actividad que tiene la estampa de Futuba en todas partes. Pero cuando Yagihara la toma del brazo y la lleva a recorrer tiendas, Masumi recuerda que no está con Futuba. Futaba señala prendas que cree le pueden gustar a Masumi, Yagihara le estampa la ropa sobre el cuerpo y la lleva a un espejo. Ella no es familiar con los gustos de Masumi, le lleva estilos diferentes, que probablemente Masumi no habría escogido de su propia mano, pero que Yagihara insiste que le quedarían bien. 

La arrastra también a ver maquillaje, aunque Yagihara promete que es porque quiere conseguir algo para ella. Masumi jura que pasan horas allí, porque Yagihara se pasea de esquina a esquina, probándose todos los labiales que encuentra. 

—¿Te gustan? —se dirige a Masumi y no a un espejo cuando un color en particular llama su atención, pronunciando sus labios. 

Masumi no es una experta, ella usa el maquillaje sólo para cubrir sus ojeras y poco más. Pero Yagihara insiste, entreabriendo los labios. Es una imagen que Masumi cree haber visto bailar en sus sueños, en revistas que se guarda bajo la almohada y en fantasías que tiene encerradas en su interior. No lo ha captado hasta ahora, hasta que Yagihara le pide que se fije en sus labios. 

—Supongo. 

La sonrisa de triunfo de Yagihara es como si Masumi le hubiera dicho que sí.

Desde ese incidente, desde esa salida donde Masumi pareció verse insertada en una fantasía de su adolescencia, es cuando las salidas comienzan a tornarse distintas. Masumi es muy consciente de cuántas veces Yagihara roza sus hombros mientras caminan por la calle. Cuenta la cantidad de pecas que se arremolinan en la nariz de Yagihara. Diferencia el color de sus uñas, que cambia semana a semana. Masumi nota lo mucho que Yagihara se toca el pelo cuando habla, la forma en la que sus dedos llevan un mechón de cabello tras su oreja. 

—¿Quieres venir a cenar a mi casa mañana? 

Pero no es hasta que Yagihara la invita a su casa, que Masumi recuerda que Yagihara es una chica. 

¿Te gustan? 

A Masumi le gustan las chicas. 





El apartamento de Yagihara huele a detergente. El sintético olor frutal baila en la nariz de Masumi apenas Yagihara abre la puerta para recibirla y se le cuela en los pulmones cuando se aventura en el interior del apartamento. Masumi siente que Yagihara estuvo toda la tarde limpiando y que se le olvidó abrir las ventanas, provocando que todo el aroma quedara concentrado entre las paredes. Masumi haría un comentario sobre la evidente limpieza de último minuto, pero sus pensamientos se estrellan entre sí cuando Yagihara se quita el delantal que tiene puesto, revelando un escote que Masumi no puede evitar notar. 

Yagihara es una chica, cierto. 

Una chica muy atractiva. 

—¿Qué? —Yagihara nota que la observa, porque pone las manos en la cintura, impaciente—. ¿Me vas a decir que no te gusta? 

Masumi no está segura a qué se refiere, pero siente que es un bache en medio de la carretera y que Yagihara espera que lo golpee. Astuta, Masumi resuelve quitarse la chaqueta y actuar como siempre, distante y educada. Tiene que actuar como si no hubiera notado que Yagihara tiene un escote esa noche, ni que lleva brillo en los labios. 

—Está limpio, ya es algo —vuelca la atención al apartamento, porque eso es más seguro que la anatomía de Yagihara. 

Se distrae recorriendo el salón, que hace también lugar de comedor. Es un espacio pequeño, como el de Masumi, pero hay tanto color en las paredes y la decoración que resulta obvio que es el hogar de Yagihara. Una televisión y una consola. Fotos de amigos en las paredes. Pinceladas bruscas en las paredes, en cada esquina está salpicada Yagihara. 

Masumi quiere apartar de su cabeza que siente que está viviendo una fantasía adolescente: Va a cenar en casa de una chica, las dos solas. Esto no es real, por supuesto, porque no es una chica como ella y porque Yagihara en ningún momento ha insinuado nada. No tendría por qué, ambas son muy diferentes, en todos los sentidos. 

—¿Algún día vas a dejar de pensar mal de mí? En serio, Itachi-san, voy a empezar a ofenderme. 

Yagihara toma la chaqueta en brazos de Masumi y gira sobre los talones para acomodarla en la entrada del apartamento. No hay nada de sutileza ni discreción en la forma en la que Yagihara roza sus manos cuando toma la chaqueta y Masumi lo nota. Quiere pedirle que deje de hacer eso, que tiene que dejar de invadir su espacio personal, de preguntarle si le gusta su labial, porque le da ideas equivocadas. Pero Masumi elige no decir nada, porque es mejor no mencionar el asunto. Ha sobrevivido meses sin hablar con Yagihara sobre su sexualidad. 

El olor a comida brinda distracción y le recuerda a Masumi que está ahí para cenar y no para consumirse la cabeza con pensamientos absurdos. 

Debe admitir que le sorprende ver a Yagihara servir los platos, porque descubre que ella ha preparado la comida. Pensó que ordenarían algo o que quizás Yagihara habría comprado comida de algún restaurante. A Masumi no se le pasó por la cabeza que le cocinaría, porque eso es demasiado comprometedor. 

—¿Omurice? —Masumi inspecciona su plato con los palillos, probando la textura del huevo. 

—Es una receta familiar. 

Con las manos en la cintura y la sonrisa colgando en los labios, Yagihara luce tan orgullosa como en la peluquería tras cortarle el pelo. Masumi nota el rubor de felicidad en sus mejillas, que no es producto de ningún maquillaje sino de la sangre de Yagihara. Aparta la mirada cuando siente que su sangre también comienza a acumularsele en el rostro. Compostura, debe conservar la compostura. 

—Es el platillo que mejor se me da, mi mamá me enseñó antes de mudarme de casa. 

Hay fragilidad en el tono de Yagihara, muy sutil pero que va tomando forma en su expresión nostálgica. A veces, a Masumi se le olvida que Yagihara no está hecha de material resistente, que no es indestructible a pesar de que se arroja al mundo de cabeza. Hay vulnerabilidad en su comentario y a Masumi se le despliega una historia sin palabras en la cabeza, donde Yagihara tuvo que abrirse camino sola en una nueva ciudad, lejos de su familia. 

Observa el omurice en su plato, cortando un pedazo. Cuando Masumi se lo lleva a la boca es invadida por otros pedazos de Yagihara Mami, partes íntimas, que hablan de su infancia y su nueva vida de adulta joven. 

Yagihara la está mirando fijamente, esperando inquieta por escuchar una confirmación verbal. 

Masumi cede, porque no cree sobrevivir a la velada sin hacerlo al menos un poco. 

—Sabe bien. 

Se gana una sonrisa enorme, que se estampa en la cabeza de Masumi. 

Es difícil sacudir la fantasía después de eso, porque Masumi está comiendo un platillo que Yagihara hizo para ella. El contexto del platillo no ayuda para nada, porque es algo íntimo, parte de la historia familiar de Yagihara. Aún así, quiere actuar como si ésta fuera tan sólo una noche más que conviven juntas, algo casual. 

El silencio que se arremolina entre ellas le promete a Masumi que esto es todo menos casual. 

—Ayer vi a Touma —Yagihara corta el silencio con un cuchillo, aunque Masumi no está segura si el tema es una salvación real—, y a Ichinose-kun. 

La expresión neutra de Yagihara hace que sea difícil para Masumi entender a qué viene el comentario, pero sus hombros se tensan. Touma es un tema de conversación que puede derivar hacia caminos peligrosos, que Masumi ha estado evitando tocar desde la primera vez que ella y Yagihara se cruzaron. Pero, racionalmente, Masumi se dice que Yagihara es amiga de Touma y que ella también lo es, que es lógico que le comente eso. 

Aunque la insinuación final le ponga un poco nerviosa. 

—Mm, creo que viven cerca. 

Masumi se guarda para sí ciertas cosas que sabe, por parte de Touma, porque no quiere nadar en aguas peligrosas y porque quiere proteger la privacidad de este. No es como que haya ocurrido algo, de todas formas, pero Masumi aún así se guarda algunas cosas. Sabe que Touma e Ichinose han vuelto a verse cara a cara, que han comenzando a acercarse una vez más, a frecuentarse. 

Como ella y Yagihara. 

—¿Crees que…? —Yagihara aprieta sus labios—. Las cosas pueden ser distintas ahora, no somos unos niños. 

El comentario es bien intencionado, Masumi lo sabe, pero por alguna razón no se siente cómoda con él. No es culpa de Yagihara y la manera en la que ve el mundo, porque ella es libre de soñar con un futuro muy distinto al de Masumi. Yagihara no entiende el contexto en el que le toca vivir a personas como Touma o como ella, donde hay ilusiones sobre papel y ninguna materializada. 

Quiere enfadarse como cuando le gritó a Yagihara en medio de la calle, cuando sintió tanta rabia y frustración que terminó llorando. Pero Masumi es un par de años mayor y cree que un poco más sabia, así que no grita ni llora. 

—La edad no cambia mucho las cosas —sentencia, aunque intenta mantener separada la razón de su emoción. 

Habla de ella también, porque ella y Touma están en la misma categoría. Porque Masumi está cenando en el apartamento de Yagihara, llenándose la boca de ilusiones que no la van a llevar a ninguna parte, como una estúpida. Ser mayor de edad no le ha traído experiencias muy distintas a su vida de adolescente, salvo que ahora puede darse el lujo de soñar abiertamente en su pequeño apartamento, sin temor a ser descubierta por sus padres. 

—Mm… 

Yagihara juega con los palillos sobre su plato vacío, trazando figuras invisibles. Tiene esa expresión que pone a Masumi con los nervios de punta y que le llena de ácido la lengua. La típica expresión de Yagihara, donde está dispuesta a pelearse con el mundo entero porque no lo entiende y porque se niega a aceptar la forma del molde que le tocó. 

—Las cosas a veces no son blancas o negras, hay muchos tonos de grises. Me refiero a que no todo tiene por qué ir mal todo el tiempo, hay pequeños triunfos también —Yagihara se lleva la punta de uno de los palillos hasta el borde de los labios, presionando allí—. Además, me sabe horrible que sólo por ser diferentes les toque pasársela mal. Todos tenemos poder de decisión sobre elegir ser miserables o felices, ¿o no crees, Itachi-san? 

Los discursos de Yagihara no han cambiado demasiado a lo largo del tiempo, siguen siendo una pizca de ingenuos y llenos de sueños grandes. Pero hay cierto tono de madurez en sus palabras ahora, tal vez en su voz y tal vez en su vocabulario, pero Masumi la siente menos niña hoy. 

No quiere darle la razón por muchas razones, en parte por costumbre y en parte por su instinto de supervivencia. Porque Yagihara atrae atención a sus labios y porque habla de elegir ser feliz y Masumi es demasiado cobarde como para hacer semejante elección, cuando sabe que tiene todas las de perder. 

—Sueñas demasiado, Yagihara. 

—Y tú sigues siendo muy cuadrada, Itachi-san. —No hay mueca de enfado en los labios de Yagihara, tan sólo una sonrisa llena de nostalgia. 

Masumi quiere sacudirse su imagen de encima, junto con sus palabras. Se pone de pie, tomando entre las manos el plato y los palillos. Si se concentra en limpiar, al menos eso podrá distraerla lo suficiente como para empujar sus ilusiones en un cajón y cerrarlo hasta el final de la velada. 

—¿Qué haces? —Yagihara se pone de pie rápidamente y toma el otro extremo del plato.

—Limpiar, obvio. 

Yagihara no suelta el plato, sino que tira de él hasta conseguir arrancárselo de las manos. Tiene el ceño fruncido y los labios apretados. 

—¿Cómo se te ocurre? ¡Eres la invitada, hice esta cena para ti! No vas a limpiar nada, te vas a quedar sentada en el sofá hasta que yo termine. 

La que implica la  confesión hace que Masumi se sienta mareada. Son palabras que en otro contexto, en otra vida, serían lo suficientemente claras: Esto es una cita. Pero esto no es una cita, porque Yagihara no es como Masumi, porque a Yagihara le gustan los chicos y a Masumi le gustan las chicas. 

—No lo hagas sonar como si esto fuera una cita —la corrige porque no se aguanta, porque va a enfadarse como siga con el juego. 

Pero Yagihara es quien parece enfadada ahora, porque su ceño se vuelve más oscuro y se le encienden las mejillas. 

—¡¿Cómo que no?! ¡Claro que es una cita! 

El pulso de Masumi se pierde en una vorágine de emoción y coraje, porque las palabras de Yagihara le traen excitación y enfado a partes iguales. Se burla de ella, tiene que estarse burlando de ella finalmente. Esta es la Yagihara de su cabeza, la que tiene la voz estridente y que le gusta pelear con ella porque sí. La que sabe sus secretos y la que estaba esperando el momento perfecto para atacarla. 

Masumi la agarra de la muñeca, olvidándose del plato que Yagihara sujeta a duras penas entre los dedos. Ignora sus quejas por el maltrato, ignora que está comportándose como una adolescente caprichosa. Está golpeada en su orgullo, porque esto no puede ser más que una broma. 

—¡¿Qué es lo que pretendes?! 

—¡Quiero besarte! 

Yagihara no se anda con rodeos, es franca, transparente. A veces lo es tanto, que parece mentira lo que sale de su boca, porque es tan honesto que raya en lo irreal. 

Masumi no puede creerle, aunque ve cosas en sus ojos que no tienen otra explicación más que la confesión que Yagihara acaba de hacerle. Es difícil creer y tener ilusiones cuando Masumi nunca en su vida ha experimentado el ver materializada una de sus fantasías. ¿Por qué habría de creerle, cuando sabe que Yagihara y ella no son iguales? 

Lo primero que le brota a Masumi en la piel es algo volátil, una mezcla peligrosa de ira e impulsividad que no le deja pensar bien. No se siente como ella, Itachi Masumi, la estudiante responsable y apática, sino que se siente como esa Masumi que guarda muy celosamente en el pecho. La que ha estado enamorada de su mejor amiga durante mucho tiempo, la que sueña con chicas y la que no ha podido dejar de mirar los labios de Yagihara desde que le confesó que quiere besarla. 

Tira de ella y cumple su deseo. 

La besa por tantas razones. Para cumplir su capricho y que se calle. Para decirle un “¿Ves? Tú y yo no somos iguales” . Para saborear por unos segundos lo que se siente ser ella, estar clavada con una mujer. Masumi se arrepiente cuando siente la suavidad de los labios de Yagihara. Rescata de entre el baúl de los recuerdos lo que se siente besar a otra persona, besar a un hombre y se da cuenta que no hay comparación. Esto es otra cosa muy diferente, esto es lo único que tiene sentido. 

Masumi quiere llorar, porque este beso es la materialización de sus secretos y se siente correcto. 

No tiene tiempo para ahogarse en  llanto ni para que sus ojos se empapen, porque el sonido del plato rompiéndose en mil pedazos en el suelo la sobresalta. Tampoco puede reaccionar a ello, porque Yagihara le echa los brazos encima. 

Ahora es ella quien la besa, la que impone un ritmo brusco que le cuesta adoptar a Masumi. Tiene que ingeniárselas para respirar mientras la besa. Yagihara no le da tregua, buscando devorarle los labios. Nadie nunca la ha besado así, ni siquiera alguno de los novios que tuvo. Pero ellos no importan, ellos eran una mentira, una farsa que Masumi pintó para sobrevivir. Yagihara es la primera mujer en besarla y la única en hacerla sentir así. 

Yagihara besa tal cual Masumi lo imaginó. Es brusca y ansiosa, con las manos enroscadas en su ropa. Sus besos son demandantes, sus labios hábiles y su lengua caliente. 

Está tan mareada, que Masumi no se percata de lo que está pasando, de lo que significan esos besos tan insinuantes, hasta que Yagihara le enreda las piernas en la cintura. Casi pierde el balance, Masumi tiene que agarrarse a ellas con todas las fuerzas que tiene y dar pasos a ciegas, buscando dónde apoyarse. Lo único que encuentra es la pared, que le brinda es estabilidad. La pared es un arma de doble filo, porque obliga a Masumi a pegarse a Yagihara, a que queden tan cerca que Masumi es muy consciente que lo que se aprieta contra su pecho son los senos de Yagihara. 

El calor que emana del escote de Yagihara, aplastado contra su cuerpo, es suficiente para que las mejillas se le enciendan de la vergüenza. Los dedos le pican también, porque están tocando las piernas de Yagihara. Las desnudas piernas de Yagihara. Es testigo de lo suave que es su piel, de los músculos que le reciben con los brazos abiertos. Siente cómo se apodera de ella el pudor, porque todo lo que Masumi quiere hacer en este momento es arañar esas piernas que se le aprietan contra la cintura. 

Yagihara rompe el beso que las mantiene atadas en el limbo y la observa. Sus pupilas están dilatadas, dándole la apariencia de que sus ojos son enormes, como dos halos de luz que buscan hechizar a Masumi. Nota los labios hinchados, brillantes por el contacto. Masumi imagina que los suyos deben estar igual. 

Quiere hacerle preguntas, necesita preguntarle si ha perdido el juicio, si acaso está consciente que está besando a una chica. Le surgen dudas sobre si Yagihara está totalmente segura de lo que está haciendo, porque es demasiado impulsiva y cabezota. Yagihara tiene cero planes de hablar, no obstante, y antes que Masumi pueda siquiera intentar formular una oración, toma entre sus dedos una de las manos de Masumi. 

La captura de su mano hace que Masumi se tense, porque su cuerpo pierde parte del equilibrio y porque Yagihara acerca los dedos de Masumi peligrosamente a su boca. No ha dejado de mirarla, le acaricia la punta de los dedos con sus labios hinchados y la mira, buscando desquiciarla. Masumi quiere gritar y no sabe por qué, quiere estallar en mil pedazos, como el plato que ha quedado olvidado. 

Su cerebro casi se desconecta por completo cuando Yagihara lleva su inocente mano hacia abajo. Pasa por el escote de Yagihara, por su abdomen y vientre y llega hasta un punto entre sus piernas. Masumi sabe sobre qué están sus dedos, lo sabe por el calor y la humedad y mira aterrorizada a Yagihara. Por su mente pasa preguntarle qué pretende, aunque la respuesta sea obvia. Masumi es virgen pero no idiota, sabe leer la situación. 

Cuando Yagihara la descubre paralizada, entre maravillada con la sensación bajo sus dedos y aterrorizada con lo que ocurre, decide tomar la iniciativa ella. Sujeta bien la muñeca de Masumi y la mueve sobre su entrepierna, de arriba hacia abajo, muy lento. Yagihara es quien marca el ritmo de las caricias y Masumi se deja llevar. 

Si la sensación de humedad en la entrepierna de Yagihara deja a Masumi con el pulso acelerado, las reacciones en cadena que desatan las caricias le arrebatan el aliento. Yagihara se presiona contra la pared, descansa su cabeza allí y cierra los ojos. Sus piernas se enroscan más en la cintura de Masumi, como una especie de serpiente. Mueve sus caderas en busca de los dedos de Masumi, que han dejado de necesitar la asistencia de la mano de Yagihara. Se le ha acelerado la respiración y el ritmo cardíaco, Masumi puede sentirlo con lo pegadas que están, con su pecho subiendo y bajando. 

Le embarga entonces una sensación de poder, sintiendo que literalmente tiene a Yagihara en las manos. Vulnerable y sin oponer resistencia, Yagihara ha quedado a su merced. Masumi comienza a experimentar, introduciendo un dedo en la entrepierna de Yagihara y esperando una reacción. Se deleita de ver cómo se agita y retuerce, e ignora cómo se le encienden las mejillas al escuchar los suspiros que Yagihara le regala. No es sino hasta que Yagihara se relame, que Masumi decide volver a besarla. 

No sabe lo que está haciendo, pero le gusta. Estar haciendo esto, besar a una chica, tocarla, no se siente como estar ciega o perdida. Es nuevo, pero de alguna forma es tan familiar, como si Masumi hubiera estado esperando toda su vida por este momento. 

Sus oídos comienzan a zumbar de pronto, cuando se percata que Yagihara ha quedado quieta junto a ella. Tiene la respiración agitada y profunda, como quien ha estado nadando una maratón y necesita recuperar la calma en sus pulmones. Tiene una sonrisa de satisfacción que Masumi nunca había visto antes. Una sonrisa de satisfacción que Masumi puso en sus labios. 

Deja que Yagihara se le acerque, que oculte su rostro en el cuello de Masumi. Se le eriza la piel al sentir la respiración en el oído, su nariz en el borde de la oreja. 

—Mi turno.

La voz de Yagihara parece sacada de una fantasía erótica, porque lo que sugiere con su tono no promete nada inocente. Masumi no puede imaginarse siquiera qué es lo que oculta esa frase, porque las piernas de Yagihara vuelven a tocar el suelo. No se aparta, no busca poner distancia entre ambas, sino cambiar las posiciones. 

Yagihara se desliza entre la pared y el cuerpo de Masumi, hasta quedar de rodillas entre sus piernas. Cuando su mano sujeta el pantalón de Masumi, ella entiende lo que va a hacer. Se le encienden las mejillas y el corazón busca por dónde escapar. Masumi quiere detenerla, por vergüenza, pero está demasiado mareada por los besos de Yagihara, porque siente sus dedos húmedos y porque puede ver el escote de Yagihara desde su posición. 

La deja seguir, que Yagihara haga lo que quiera. 

Yagihara le quita el pantalón y la ropa interior sin mucha ceremonia, porque ninguna de las dos está en posición de esperar ni pensar. Dicho esto, Yagihara se toma unos segundos cuando desnuda a Masumi de la cintura para abajo. La observa como si nunca antes hubiera visto a otra mujer desnuda, como si las dos no estuvieran dibujadas por una silueta parecida. Masumi ve en los ojos de Yagihara tanta fascinación y excitación que le toca apretar los ojos y aferrarse a la pared. No ha puesto ni siquiera una mano encima suyo y ya está desfalleciendo. 

Cuando Yagihara elige usar sus labios, además de sus manos, Masumi tiene que morderse la lengua para no gritar. La golpean sensaciones que nunca antes ha experimentado en su vida, porque nunca nadie le ha tocado así. Yagihara la besa y la besa, le eriza la piel sentir su aliento rebotando entre su sensible entrepierna. Se esfuerza por contener lo más que puede, porque la vergüenza se la devora viva, pero al final deja escapar un par de jadeos, porque Masumi se da cuenta que es imposible seguir con su facha de mujer imperturbable. 

Le regala a Yagihara saber que la tiene entre sus manos, como Yagihara estuvo entre las suyas. Odia la sensación al mismo tiempo que la ama, el sentir manos recorriéndole las piernas, sus glúteos y esos labios acariciando zonas que nunca nadie exploró. 

Masumi comienza a rezarle a la pared que le sostenga, porque teme desplomarse en cualquier momento. 

Pero no lo hace. Cuando está por desfallecer, las piernas se le doblan y queda de rodillas en el suelo frente a Yagihara. 

Una frente a la otra, se observan y Masumi jura que la persona que ve frente a ella es otra Yagihara. Esta no es la adolescente de voz estridente, ni la peluquera profesional que la invita a cenar. Esta es Mami, la que le robó el primer beso y la que le arrancó de tajo la inocencia. 

Mami tiene el cabello revuelto y el rostro en llamas. Una de las tiras de su camisa se resbala por su hombro, su escote luce pronunciado. Le tiembla el cuerpo, Masumi lo percibe con el suyo propio, porque las manos de Mami siguen sobre ella. Verla la perturba, porque la despierta de su fantasía. Esto no es un sueño húmedo ni mucho menos, esto es tan real como el plato que yace roto en pedazos cerca de ellas. 

Tan real como que Masumi sigue desnuda de la cintura para abajo. 

Masumi no tiene un manual en la cabeza para este momento. No hay rutina que la rescate sobre qué hacer ahora, después que Mami puso las manos sobre ella de la forma más íntima posible. Le queda tan sólo respirar, sentir el sudor frío acumularsele en la nuca y quitarle la mirada de encima a Mami. Siente los ojos pesados, como si la hubiera arrollado un tren y de pronto le viene encima un cansancio horrible en el cuerpo. Se queda alerta porque se siente observada por Mami, porque puede escuchar el diálogo interior que guarda en su pecho. 

Ella también lleva un diálogo por dentro, miles de preguntas y acusaciones atoradas en la garganta, pero Masumi no tiene la valentía de Mami, ella no se atreve a abrir la boca en este momento. Se siente vulnerable, como la primera vez que se observó al espejo y aceptó que le gustaban las chicas y sólo las chicas. Ahora vuelve a vivir el proceso de aceptación, pero junto con otra persona, alguien que reapareció en su vida para sacudirla hasta los huesos. 

—Eso fue… —Mami no se queda callada, no cede ante la pesadez del ambiente ni el mutismo de Masumi. 

Va más allá, le pone una mano sobre el hombro, erizándole la piel a Masumi con el contacto. Es otro fuego el que recorre las venas de Masumi cuando Mami la toca ahora. No es una sensación erótica y volátil, no quiere morderle los labios y arañar su piel. Quiere que Mami no le quite la mano de encima nunca. 

Mami no termina su oración y eso en lugar de mejorar la situación, la empeora, porque eso significa que Masumi tiene que rellenar los espacios vacíos y no sabe si puede hacerlo. 

Elige una salida infantil, tal vez, pero la única que puede rescatarle de perder el juicio. Se pone de pie y con dignidad, se vuelve a vestir. No observa a Mami, no le concede compartir una mirada con ella porque no quiere descubrir qué está pensando. Tiene miedo de mirarla y descubrir que la fantasía terminó, que no hay nada en sus ojos que le digan que el mundo puede ser gris, en lugar de blanco o negro. 

—Perdón por el plato —se disculpa, porque es lo correcto, aunque Masumi preferiría no decir nada. 

—No tienes que irte —la mano de Mami vuelve a ponerse sobre su hombro, aunque esta vez es algo pasajero. 

Masumi podría mirarla en ese momento, podría liberarse de la tortura de tener que interpretar las cosas, pero elige no hacerlo. Tiene ropa encima otra vez, pero se sigue sintiendo tan desnuda como antes. 

—Necesito estar sola —le ofrece como explicación a Mami, porque Masumi ha entendido que la mala comunicación que tuvieron de adolescentes no les trajo nada bueno. 

No puede elaborar más, no puede poner en palabras lo que está sintiendo ni el inexplicable miedo que se le viene encima ahora. Espera que Mami le entienda. 

—¿Avísame cuando llegues a casa? —Mami es una mujer adulta y no una chiquilla malcriada, como Masumi siempre la pintó. 

No sabe si ese hecho le encanta o le fastidia en estos momentos, porque Masumi es quien no sabe lo que quiere. 

No promete nada, sale del apartamento después de haber rescatado su chaqueta y sus zapatos. No se vuelve para mirar a Mami una última vez, para ver su cabello desarreglado ni sus labios rosados. Quiere preservar la fantasía unas horas más. 

Esa noche, al llegar a su casa, le deja un mensaje a Mami. 

No le escribe por una semana. 





Gris es el color del plato que Masumi carga consigo esa noche. 

Lo tiene envuelto, como regalo para Mami. El plato es mucho más que una forma de compensar el que terminó destrozado la última vez que se vieron. Es también una forma de disculparse por haber leído todos sus mensajes durante una semana, sin ofrecerle una respuesta. El plato es una forma de traer a colación los sucesos de la última vez, de mantener viva la llama que Masumi quiso apagar con su distancia. 

No sabe qué le espera detrás de la puerta, por eso permanece sin llamar. Deja que pasen los minutos sin que se decida a ser ella quien dé el primer paso y toque a la puerta. 

En la soledad del pasillo en el que Masumi está, piensa en la ironía de cómo querer huir de su adolescencia le llevó directo a Mami, un personaje de su pasado. Es como si el destino la obligara a tener conversaciones con el espejo, a arroparse con los secretos que Masumi quiere dejar morir bajo la almohada. Se ríe de sí misma, porque siempre pensó que había sido bendecida con madurez, con sabiduría que otros chicos de su edad carecían, tan sólo para darse cuenta que le falta tanto por aprender. 

Pasó tanto tiempo envidiando a Mami, a su lengua siempre dispuesta a decir lo que piensa, su vida tan libre de prejuicios ni vergüenza, que no se ocupó de inspirarse en ella. En una sola noche, Mami fue capaz de decirle alto y claro que quería besarla, sin comerse la cabeza, sin temer por su reacción ni avergonzarse. Masumi se encerró en sí misma durante una semana después de haberla besado. 

No hay mucha diferencia entre la Masumi adulta, la que está viviendo sola, y la Masumi adolescente que apenas ha descubierto que le gustan las chicas, que ella es diferente a los demás. Vive en las sombras, siente vergüenza de sí misma y tiene la mala suerte de poner los ojos en alguien que no puede corresponderle. 

En eso, tal vez, ahora son distintas. 

Por eso es que Masumi está allí esta noche, porque a riesgo de equivocarse, de recibir una cachetada de Mami apenas abra la puerta, quiere creer que no todo tiene por qué ir mal. 

Le tiemblan los dedos cuando toca a la puerta y aguanta la respiración cuando escucha pasos en el interior. 

Es difícil saber si ha tomado una buena o mala decisión cuando Mami abre la puerta y la mira, desconcertada. Masumi podría estar cometiendo el gran error de su vida en este preciso momento, esto podría suponer el inicio de un largo camino hacia el desastre total. 

Pero… 

—¿Quieres pasar? 

Mami no le sonríe, la mira intrigada, curiosa. Tiene las manos temblorosas en el pomo de la puerta, intenta ocultarlo con las sombras que le brinda el pasillo. Mami también está nerviosa. 

Masumi tampoco le sonríe, pero asiente. 

Esta puede ser una mala (buena) decisión y quiere tomarla.