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Veré arder tu mundo.

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Era ya muy tarde cuando decidió salir de su habitación después de haber durado horas encerrada en esta, después de haber leído esas páginas donde se encontraba plasmada la mayor traición que alguien le podría haber realizado. Con las cartas que Dib le había enviado cuando la cortejaba en una mano y con una vela en la otra se dirigió a la sala de la enorme casa, la madera del suelo crujía bajo sus pies siendo el único sonido en la vacía casa. Sus ojos estaban hinchados de tanto llorar y su cabello mal recogido, en menos de un día se veía tan acabada por lo que acababa de leer. Como su esposo la había engañado a sumo detalle en un escrito ridículamente largo. 

—¿Sabes, Dib?—le habló a la nada, aún con su vista depositada sobre la primera carta a la vista y la vela ahora en el suelo también. Gretchen estaba ahora de rodillas a un lado de la chimenea de la casa.—No voy a mentir, al principio sí te creí capaz de cambiarme por otra, por alguna razón dejé de creerlo. Y mira lo que ha pasado...

Con la yema de sus dedos acaricia el papel, cada palabra, cada letra, y siente ganas de vomitar de repente al pensar de nuevo en que durmió en la misma cama donde Dib había llegado a hacerle el amor a otra mujer. Debió imaginarlo, debió sospecharlo desde el instante en el que notó la forma en la que veía a su hermano mayor. Aún recuerda las palabras que Zim le dijo cuando la primera carta de Dib había llegado a sus manos.

—No seas tan cabeza hueca y ten mucho cuidado... Él hará lo que sea para sobrevivir.

Siempre creyó que era una exageración de su parte por lo que solo se sintió capaz de asentirle con una sonrisa al mismo tiempo que guardaba esa primera carta de muchas en un cofre en donde en un futuro guardó todo lo que el otro le enviaba, siempre con un suspiro, con una mirada enamorada ante esas palabras que construían ciudades enteras y la hacían sentir amada. Por eso todo el día se la pasó releyendo una y otra vez cada carta con el deseo de que hubiera algo que le indicara porqué él había decidido engañarla de esa manera. ¿No era lo suficientemente bonita? ¿No era lista? ¿O es que él había sido un gran idiota? De nuevo mira las cartas, su visión se comienza a volver borrosa y se detesta al saber que está por llorar una vez más por un hombre que no la valoró ni respetó su matrimonio. Con fuerza se muerde el labio y ahora el dolor se combina con furia que se había estado guardando sabiendo que lo mejor era liberar esos sentimientos que con crueldad le destrozaban por dentro. Toma las primeras hojas y el resto las deja en el piso, estas primeras las rompe a la mitad y empieza a quemarlas con la leve llama de la vela, el fuego se refleja en sus ojos que ahora solo tenía enojo y tristeza, observa como el amor plasmado en esas cartas se consume al igual que su mundo, se quema. Al estar satisfecha las lanza a la chimenea antes de quemarse los dedos.

—¿Por qué publicaste ese panfleto? ¿Las cartas que ella te dio? ¡Ahora todos saben lo que hicieron juntos a mis espaldas! He sido una tonta, y tú también al creer que con esto protegerías tu legado.—exclamó en voz baja, pero en esas palabras había veneno, un ligero temblor que en lugar de hacerla ver débil te haría temer porque era muestra de su enojo.

Gretchen no se consideraba muy buena con las palabras, al contrario de Dib, pero sabía elegir que decir cuando el momento lo ameritaba para cumplir con lo que tuviera en mente. Muchas veces aquel que era su esposo en el tiempo en el que trataba de enamorarla le tuvo miedo cuando la hacía enojar. Sin embargo ahora mismo por más enojo que sintiera no se sentía capaz de ir a encararlo, tal vez luego, pero ahora solo quería estar sola mientras quemaba las cartas. Días atrás Zim había vuelto de Londres por lo que en cuanto el dichoso panfleto se publicó pudo leerlo y de inmediato se dirigió a su lado para consolarla, aún recuerda sus palabras.

—Casarte con él fue un error. No supo detenerse ante sus límites y sus alas se quemaron con el sol, ahora ha caído.

Tenía razón. Dib solía cegarse cuando se proponía algo para poner su total atención en su objetivo y alcanzarlo, estaba segura de que lo más probable es que no se hubiera detenido a pensar en las consecuencias que estas acciones tendrían. ¿Por qué era tan egoísta? Tenía una enorme obsesión con la marca que dejaría en el mundo, no entendía porque está ocasión lo que había hecho contrariada esa preocupación por como lo vieran, no había sentido. Por más desesperado que estuviera no era congruente y esto le rompía aún más el corazón porque lo único que Dib consideró como solución era humillarse, humillarla a ella y a sus hijos, en el panfleto era legible su paranoia y miedo que lo volvieron tan estúpido y lo llevaron a publicarlo. Lo desconocía.

Le dolía desconocerlo.

Le dolía descubrir su egoísmo.

Esto no era un plan, no dejaría que el mundo creyera que él había sido la víctima, no verían nada de sus buenas palabras dedicadas a ella para que no supieran o asumieran lo que ella sufrió, como reaccionó ante todo esto, se borraría de la historia así como él borró sus sentimientos de su mente la primera noche que estuvo con Tak.

Tomó más cartas e inmediatamente las rompió en varios pedazos para tirarlas a la chimenea donde el fuego aún emanaba calor y las cenizas de las cartas anteriores, el enojo aumentaba, el dolor persistía y las lágrimas aún salían de sus ojos. Él mundo no iba a saber lo que sintió, no tenía derecho a meterse más en su vida privada, por eso quemaba las cartas que podrían redimirlo a él. 

—¡Tú has perdido mi corazón, el derecho a estar a mi lado también!—exclamó viendo como las últimas cartas se quemaban también.—Enloquece en tu soledad. Y cuando venga el momento de explicarle a los niños el dolor y vergüenza que nos dejaste no me vengas a pedir ayuda, me perdiste, Dib. Y así como tú hiciste arder mi mundo yo haré arder el tuyo.

Dicho esto se aleja para recargarse en la pared, abrazando sus rodillas contra su pecho, ocultando su rostro contra estas para así tratar de acallar el llanto que se estaba guardando, cuestionándose qué era lo que había hecho mal. Odiaba que en verdad no existiera alguna causa razonable para lo que Dib había hecho. Agradecía encontrarse sola en esos momentos.

O bien, eso era lo que ella creía, porque Dib estaba oculto en el pasillo  escuchando todo, lo que su esposa había dicho y como ahora lloraba, destrozada. La había destrozado. 

Y como esas cartas, el mundo de ambos ardió.