Actions

Work Header

In this world and the others.

Work Text:

Se encontraba rodeado de oscuridad mientras todos sus pensamientos y recuerdos se acumulaban en su cabeza haciendo que se preguntara qué era lo que debía hacer, ¿qué decidir? Con todo eso que cruzaba por su mente solo se preguntaba si realmente había sido lo correcto aceptar el duelo al que Burr lo había retado. Ahora solo tenía dos opciones, dejar ir su oportunidad de vivir e irse con cierta tranquilidad o disparar y sobrevivir, pero eso solo lo haría seguir, ya estaba muy cansado después de todos sus errores y todo lo que le había ocurrido a lo largo de su vida. No encontraba el sentido a continuar en un mundo donde ya había causado mucho daño, una vida que había arruinado.

Rápidamente esos pensamientos se encaminan a Eliza, esa hermosa mujer que no merece porque es solo un idiota que le hizo daño. Ella no merecía nada malo, y él no merecía su perdón, eso estaba en su saber, pero ¿valdría la pena dañarla con su muerte? ¿Sería lo correcto? Tal vez ya era momento de decir adiós, de dejar todo atrás, sí.

La vería del otro lado, a ella, a Phillip, a su madre, a Washington y a Laurens.

Laurens.

Brindaría por la libertad cuando desde el otro lado ambos vean como esta es alcanzada en su país.

—¡Espera!

Disparo. Se cierra el telón.

~x~x~x~

¿Cómo un huérfano, hijo de una "prostitua", era de los más capacitados en un instituto de altos estándares para lograr ganarse incluso al director con solo su talento para hablar?

Eso se preguntaban todos sobre Alexander Hamilton, un joven caribeño, ambicioso, talentoso, pero testarudo y un tanto agresivo. Alexander paseaba por los pasillos de la escuela donde cursaba, recibiendo miradas de desprecio, era detestado por muchos, amado por otros, Lafayette, su mejor amigo (y con quién compartía casa), lo acompañaba, la diferencia de altura no podía ser más obvia, el moreno no dejaba de hablarle de Adrienne quien había aceptado ser su novia a lo que Alexander negaba con una sonrisa en sus labios, le agradaba verlo feliz, sin embargo el romance no era un tema que fuera de su total agrado. De pronto sus recuerdos lo llevaron a cuando había salido con una de las hermanas Schuyler.

Cuando apenas había ingresado a ese instituto conoció a una chica de cabello rizado y castaño, de piel morena, preciosa, era llamada Angelica Schuyler y descubrió que era también la mayor de aquel trío. Según decían era una chica difícil, bastante complicada de tratar y que jamás en su vida se había mostrado románticamente interesada en alguien, no se sentía satisfecha con ningún chico que se le pusiera al frente. Hasta que conoció a Hamilton, él fue su perdición, la enredó con sus palabras y la deleitó con su carisma natural, algo que muchos vieron como una hazaña. Después conoció a Elizabeth Schuyler, la segunda hermana a la que comúnmente llamaban Eliza. Ella era como una hermosa princesa, salida de un cuento de hadas, tierna, dulce e inocente. Inmediatamente quedó indefensa ante los encantos de Alexander y solo bastó de una mirada para que Eliza viera el cielo en sus ojos.

Tuvo que aprender a lidiar con ambas hermanas enamoradas de él y en el proceso acabó cayendo ante los encantos de esa chica azabache de ojos oscuros, verla sonreír, sonrojada, escuchar su dulce voz y poder disfrutar de su compañía y apoyo fue algo que con el tiempo se fue grabando en su corazón con amor, atesorando cada una de sus interacciones al instante. Creían ser perfectos el uno para el otro y que un futuro juntos era lo que les esperaba en el camino a pesar de los tropiezos. Dichos tropiezos se fueron volviendo más recurrentes haciendo que la chispa que había nacido se extinguiera con un soplido, dejando a la pareja en la oscuridad y con un amor distinto. Después de darle fin a su noviazgo se dieron cuenta de que se llevaban mejor como buenos amigos y también descubrió que Angelica había iniciado una relación con un tal John, a final de cuentas todos acabaron felices y en su propio camino. Fue ahí cuando Alexander tuvo la suerte de conocer a Margarita Schuyler, la menor del trío y apodada Peggy, esta era de un espíritu enérgico y valiente, dispuesta a hacer de todo para cuidar a los que quiere, también era una chica de una belleza sin igual y una radiante sonrisa. Claro, no se enamoró de ella pero eso no evitó que los dos conectaran fácilmente haciendo que se volvieran mejores amigos, eran compañeros de travesuras y confidentes.

Por supuesto, después de todo esto Alexander perdió un poco el interés en adentrarse en el mundo del amor. Necesitaba alejarse un poco de todo eso y prestar atención a sus clases si quería seguir siendo el alumno estrella del director y así demostrar su gran talento y lo tan dotado que era.

Volviendo a su plática actual con su amigo de procedencia francesa, en medio de esta Lafayette pareció recordar algo, podía verlo en su expresión, sonriendo le notificó sobre la llegada de un nuevo alumno al lugar. Se desconocía su procedencia, solo sabía que cursaría en su mismo grupo y que ese mismo día había llegado. Hamilton alzó una ceja, no entendía porqué tanto revuelo con el nuevo, no debía ser la gran cosa ¿O sí? Con una mueca y un acompañante ansioso por el nuevo ingresó a su respectivo salón de clases donde el nuevo ya se encontraba sentado en un pupitre que siempre había estado vacío. Parecía que dibujaba algo con mucha concentración, sus cejas se encontraban levemente fruncidas, su rostro estaba bañado en pecas y su cabello rizado estaba recogido en una coleta baja aunque algunos de sus rizos más traviesos quedaban sueltos. Al escuchar que alguien llegaba al lugar despegó la mirada de su cuaderno y miró a la puerta, sus ojos chocaron de inmediato con los de Alexander y se quedaron viéndose por una cantidad de tiempo corta que sintieron muy larga. Por esos cortos segundos solo eran ellos dos en el lugar, el ambiente se sentía diferente y el caribeño juraría que había cierta tensión, de pronto volvieron al mundo real gracias a que Lafayette tomó de la muñeca a su amigo y los encaminó hacia el nuevo.

—¡Hola! Supongo que eres el chico nuevo de la clase ¿Ah?—inició Lafayette.

—Sí, lo soy. John Laurens, un gusto.—sonrió levantándose de su asiento y mirando fijamente al más bajo.

En un parpadeo Alexander vio como el pecoso sonriente cambiaba a un rubio de ojos azules con un hilo de sangre escurriendo por la comisura de sus labios, su piel se encontraba pálida y llevaba un uniforme militar bañado en su propia sangre, los mismos ojos azules ya antes mencionados estaban apagados, son algún signo de vida. Se sintió mareado, unas incontrolables ganas de vomitar se hicieron presentes y cubriendo su boca salió corriendo de directo al baño no sin antes empujar a cualquiera que se le atravesara. ¿Qué acababa de ver? ¿Por qué vio eso? De rodillas frente al retrete expulso todo y el amargo sabor de lo que había desayunado combinado con el sabor a bilis se quedó depositado en su boca. Al finalizar se encontraba inmensamente aturdido y caminó hacia el lavamanos para enjuagar su boca y su cara, esperando así sentirse mejor. Mientras sentía a frescura del agua chocar contra la piel de su rostro sintió como se relajaba, no obstante una voz en su cabeza le dijo una frase que lo extrañó.

—Esta vez no debes perder la oportunidad, ve por él.

¿Oportunidad? ¿De qué exactamente? Sentía que estaba olvidando o ignorando algo importante, sintiéndose ajeno a todo por unos segundos. Negando una vez más en el día se secó la humedad de su cara con la manga de su sudadera y salió del baño solo para encontrarse con John, parecía que estaba a punto de abrir la puerta para entrar y la expresión que llevaba consigo era calmada.

—¿Estás bien?—preguntó después de un silencio un tanto incómodo.

—Sí, solo algo mareado.—respondió sin muchas ganas.—No quiero sonar grosero, pero ¿a qué has venido?

—Supongo que me preocupé—dijo encogiéndose de hombros—No te veías muy bien que digamos.

—Solo fue un mareo, no fue la gran cosa.

—Si tú lo dices.—los dos caminaron al salón donde seguramente ya se encontraría el maestro, pero el de rizos siguió hablando—¿Cuál es tu nombre? Creo que no me lo dijiste hace un rato.

—Alexander, Alexander Hamilton.

Por educación y amabilidad verdadera se dieron la mano, apenas hubo un mínimo roce pudieron sentir una calidez iniciando desde las yemas de sus dedos y finalizando en sus pechos, era agradable, casi reconfortante, sí, se extrañaron, pero decidieron ignorarlo y hacer como si nada, siguiendo así con el resto de su día.

Para Alexander pensarlo fue más fácil que hacerlo porque no podía dejar de pensar una y otra vez en el momento en que la imagen del rubio ensangrentado, esta se reproducía en su mente como si de una película se tratara. Luego estaba la sensación extraña que se presentó cuando le había dado la mano, era una cosa que nunca antes le había ocurrido, ni siquiera con Eliza. Una parte de él le decía que no era nada malo, otra, su lado más paranoico y desconfiado, le indicaba que lo mejor era preocuparse aunque de tanto pensar en eso se quebrara la cabeza. Por ende lo que restó de sus clases no pudo concentrarse.

Mientras su profesor de turno hablaba y hablaba tomó su pluma con tinta negra, listo para escribir. Acercó la punta al papel con rayas pero detuvo su llegada cuando faltaba muy poco para plasmar algo. ¿Qué escribir? ¿Qué era aquello que quería marcar? No tenía planeado gastar el papel o la tinta en cualquier tontería, si iba a escribir algo valdría la pena. Dándole vueltas a sus pensamientos en busca de algo que le ayudara a dejar letras por cada renglón dejó que las horas pasaran, por ello no notó cuando la clase finalmente había terminado. Escuchó la campana que avisaba el cambio de clase y bufó, no había hecho nada de provecho, molesto con la dificultad que tuvo para hacer que la inspiración llegara, esto no era cosa que le fuera complicada, pero precisamente hoy sí que lo fue.

Guardó sus cosas con cierta torpeza, alzó la mirada y le sonrió a Gilbert que le miraba de forma amistosa mientras le esperaba a que terminara de recoger todo de su pupitre. Al estar listo tomó su mochila y se la puso en un solo hombro y los dos salieron del aula, el de cabellos lacios sintió una mirada clavada en su persona pero decidió ignorarlo, John solo soltó un suspiro y procedió a recoger sus cosas también, lamentando que Alexander ya no le hubiera hablado. El silencio que había quedado en el salón fue interrumpido cuando los otros dos que ya habían salido regresaron para acompañar a John quien se encontraba muy agradecido por eso, sus ojos se quedaron sobre el de hebras lacias un rato y luego miró al frente para ver por donde caminaban. Hamilton era el más bajo de los tres, cosa que se notó más cuando otro de sus amigos, Hercules, se les unió para hablar un rato antes de que la próxima clase diera inicio, según lo que escuchó de ellos el arribado se quejaba-de nuevo-de que no estuvieran en la misma clase, pero agradeciendo de pronto el tener la oportunidad de convivir con la chica que le gustaba de su respectiva clase. Admitía que esa mañana había tenido cierto temor porque todo esto sería una vida nueva, pero estos tres chicos le habían recibido de manera acogedora, en especial Alexander.

Finalmente las clases llegaron a su fin y cada uno de los chicos se fue por su rumbo prometiendo que el fin de semana saldrían juntos para que John se sintiera más a gusto, Alexander y Lafayette se fueron juntos unas cuantas cuadras pero el primero en un punto dado tomó otro camino para llegar a un parque al que siempre acostumbraba ir después de clases para verse con su mejor amiga que, al ser unos cuantos años menor, estudiaba en otro lugar.

—¡Peggy! Hola.—saludó al verla sentada en la misma banca de siempre, de un momento a otro se envolvieron en un abrazo y la chica soltó una suave risa.

—¡Hey! ¿Cómo va todo Alexander?

—Bien, se podría decir.—respondió él sonriendo de lado.

—¿Por qué el "se podría decir"? ¿Pasó algo malo?—cuestionó mientras ambos se sentaban en la banca.

—Seguro te burlarás de mí si te lo digo.

—Jamás me he burlado de ti.—el castaño entre cerró sus ojos.—Bien, sí me he burlado, pero hoy no lo haré. Anda, dime qué ocurre.

—Hoy conocí a un chico.—murmuró.

—Oh, ¿acaso te has enamorado?

—¡No!—exclamó sintiendo como la sangre se acumulaba en sus mejillas y estas se calentaban—Es un chico nuevo, solo que ocurrieron unas cuantas cosas extrañas.

—¿Extrañas en qué sentido?

—No sé, había un ambiente ¿Tenso? Era algo muy raro, había comodidad, pero también estaba esa tensión.—falló al intentar explicar. Además decidió que lo mejor era omitir lo que conllevaba una misteriosa visión a la que no le encontraba sentido.

—¿Seguro que no te gusta?

—Muy seguro, digo, es tierno, pero no considero que me guste de esa manera, apenas lo conozco. No es tímido, pero sí es algo reservado.

—Tal vez ese fue el problema, no lo tomes a mal, tu personalidad contrasta con la de él, solo necesitan tiempo para acoplarse al otro.

Alexander pensó en sus palabras detenidamente, Peggy se alzó de hombros y comenzó a relatar los sucesos ocurridos en su escuela. Mientras ella hablaba él fingía prestar atención, algo que sabía hacer muy bien, solo tenía que escuchar las palabras claves de la plática y sabría algo sobre el tema de conversación. Esto no lo hacía con la menor, odiaba ignorarla, de hecho era la primera vez que aplicaba este método con ella, pero no podía dejar de pensar en lo que le había dicho ni en los hechos de aquella mañana.

Al notar que el sol se comenzaba a ocultar Alexander acompañó a Margarita a su respectivo hogar. Los dos reían y bromeaban como dos pequeños niños. Por razones obvias la acompañó hasta el interior de su casa porque era muy querido en la familia Schuyler, en especial por las hermanas. Duró media hora aproximadamente en el lugar para después dirigirse a su casa donde su amigo le esperaba, pero en el camino se encontraría con una presencia inesperada.

—¿Alexander?—escuchó su nombre a sus espaldas. Giró sobre sus talones y dio un respingo al toparse con ese rostro lleno de pecas.—No esperaba encontrarte por aquí.—pudo notar un par de bolsas en sus manos a lo que asumió que había ido a realizar las compras.

—John, me asustaste. ¿Necesitas ayuda con esas bolsas?

-No son muchas, pero si gustas puedes acompañarme a mi casa, o bien, si puedes, tal vez te sea urgente irte.

—Vamos, antes de que oscurezca aún más.

Y así lo hicieron, cada uno en silencio bien metido en algunos de sus pensamientos. En un momento de curiosidad Alexander miró por el rabillo del ojo al más alto, analizando la forma de su rostro, como sus notorias pecas cubrían gran parte de su cara, como estas continuaban en su cuello y se preguntó si estas estarían en todo su cuerpo o si solo serían de gran abundancia en la cara. Luego mira sus rizos, algo le llamaba la atención de estos, cosa que le parecía extraña porque tenía muchos conocidos de cabello rizado así que el de John no era novedad alguna.

—Es de mala educación quedarte viendo así a alguien.—escuchó la voz del otro, por su tono logró asumir que era una broma pero por alguna razón le fue inevitable el sentirse avergonzado.

—Yo no te estaba viendo.—murmuró frunciendo el ceño y viendo hacia el frente de nuevo.

—Claro, lo que digas.

Por más avergonzado que se hubiera sentido la sonrisa que John le brindó fue lo que le hizo olvidarse de ello, de alguna manera lograba transmitirle calma, el pecoso era demasiado amable y tal parece que era una muy buena persona, por más reservado que fuera podía ver que se abría de poco en poco, cosa que le hacía sentir afortunado por ser el primero en lograrlo. El silencio ahora se volvió agradable, otra cosa que era extraña porque a Alexander no le gustaba el silencio. Una vez más se encontró viendo las facciones del otro, admirando cada una de estas con deleite, sintiendo como se grababan en sus recuerdos y como algo empezaba a crecer en su interior. Su trance fue interrumpido cuando finalmente llegaron a la casa de John, desde la ventana alguien se asomaba, un hombre de un filoso mirar y una expresión fría, cuando este se percató de la presencia de ambos adolescentes se retiró, cosa que le generó curiosidad a Hamilton, estaba listo para preguntar al respecto pero un suspiro lo impidió.

—Nos vemos mañana entonces, Alexander.—de la nada el porte relajado de John se transformó en algo más tenso.

—Claro...

—Gracias por acompañarme, pero creo que ya debes irte antes de que oscurezca aún más.

Sin una oportunidad de responderle Alexander se quedó completamente solo afuera de la casa, viendo la puerta con extrañeza y una pizca de preocupación. Ahora era él quien suspiró al mismo tiempo que metía sus manos en los bolsillos de su sudadera y se alejaba con la vista clavada en el suelo, pensando en John una vez más, tanto en lo extraño que había sido lo ocurrido como en esa duda de si sus pecas estarían esparcidas por todo su cuerpo, este último pensamiento lo acaloró sabiendo que no debía estar pensando en esas cosas. Sus labios formaron una mueca y caminó con más rapidez a su casa, luchando para poder pensar en alguna otra cosa.

°^°

Unas semanas después el ahora cuarteto se encontraba haciendo de las suyas en la hora del almuerzo, esto ayudó a John a acoplarse con mayor facilidad entre sus compañeros ya que vio que podía confiar plenamente en ellos. Sabía que a primera impresión muchos lo verían como tímido, amargado, incluso intimidante, pero solo era de pocas palabras con quienes no tenía un lazo o con quienes apenas conocía, ahora que estaba agarrando confianza con estos tres chicos se le veía más expresivo algo que indicaba que su amistad estaba yendo por buen camino. Sentía que encajaba con facilidad con ellos, le hacían bien y le ayudaban a dejar de pensar en las cosas que le ocurrían en casa con su padre a pesar de que no les había hablado de él en alguna ocasión. Estaba listo para hacerle un comentario a Alexander, pero esto fue imposible porque el caribeño ya no se encontraba a su lado, lo buscó con la vista notando que se dirigía hacia una chica llamada Elizabeth, había entablado conversación con ella antes gracias al mismo Alexander que veía como ofensivo no presentarlos.

Un simple parpadeo fue suficiente para que la escena frente a sus ojos cambiara. Un pelirrojo de pecas—algo en su interior le decía que lo conocía —que vestía el traje de un soldado de la época de la guerra de independencia frente a una mujer hermosa de ojos oscuros y cabello largo que portaba un vestido celeste, uno bastante pomposo que destacaba la belleza que tenía. A su alrededor se veía que estaban en un gran salón, similar al de un baile de invierno, todos los demás danzaban por el gran salón. La música y la luz de las velas eran algo para recordar. El pelirrojo se inclinó ante la joven de hebras oscuras y besó el dorso de su mano de forma delicada, haciendo que ella se sonrojara. Sintió como una de sus manos temblaba y en donde se suponía que antes tenía una botella de agua ahora tenía una copa de cristal en la que se agitaba el líquido de su interior a causa de su mano, pronto sintió también unas pocas lágrimas salir de sus ojos y pasearse por su cara.

—John ¿Qué ocurre?—sintió que lo tomaban del brazo y lo agitaban un poco a lo que giró de forma automática solo para encontrarse con Gilbert y Hercules viéndole con preocupación.

—¿Ah?

—¿Qué ocurre? ¿Ha pasado algo mon ami?

—...no.

—¿Y por qué las lágrimas?—preguntó Hercules.

Aún sabiendo que no le mentían sintió la necesidad de verificar aquello, sintiendo con sus dedos la humedad que las lágrimas habían dejado. Volteó hacia donde estaba Alexander solo para notar que este le veía con desconcierto, la pena lo inundó en un instante y se giró como si nada para hacer menos lo ocurrido frente a sus otros dos amigos, fingiendo que no había sido nada, tratando de que Alexander lo ignorara de una vez por todas. Pronto pudo dejar de sentir la insistente mirada del otro sobre él a lo que se sintió aliviado puesto que los otros dos también ya habían decidido dejar el tema para otra ocasión, era lo mejor al menos hasta que John quisiera hablar al respecto.

No pasó mucho tiempo para que Alexander buscara a John para hablar sobre lo sucedido, desde ese momento la preocupación no abandonó su persona, sabiendo que había algo que le causaba molestias a su amigo le generaba un vacío en el estómago. Así que unos cuantos días después, aprovechando que no saldría con Peggy por unos pendientes que ella tenía, decidió salir solamente con John para que se sintiera a gusto para hablar. No era la primera vez que hablarían a solas, a decir verdad pasaban mucho tiempo juntos y los demás les decían que ante todos se veían como un par inseparable, era como si estuvieran destinados a encontrarse. Era difícil de explicar con palabras, era algo que debías ver con tus propios ojos para entenderlo, algo que ni John o Alexander sabían comprender, y sin embargo lo aceptaron en sus vidas, se dejaron consumir por esa conexión que nació desde el primer día que cruzaron miradas.

Esa tarde se dirigieron al parque que el caribeño visitaba seguido, ambos hablando de cosas triviales. Fue cuando se sentaron bajo la ligera sombra de un árbol donde Alexander se animó a transmitir aquello que lo mantenía consternado.

—John... El otro día en el almuerzo...

—¿Era eso de lo qué querías hablar?

—¡Sí! Me distraje un minuto y de la nada te veías mal ¿Alguien te hizo algo? ¿Fue algo que Hercules o Lafayette dijo? A veces hablan de más así que...

—¡Wow! Tranquilo—pidió sonriendo de lado—No fue nada Alex, ni siquiera yo sé qué pasó.

—¿Disculpa?

—Mira, aprecio que te preocupes, pero no hace falta, fue algo raro lo que ocurrió ese día, solo eso.

—Temía que los chicos hubieran dicho algo malo.

—Deja de preocuparte tanto. Quizás sea algo callado, pero no soy tan sensible como crees.—exclamó revolviendo su cabello.

—Basta—pidió, no de forma seria, una sonrisa se escapó de sus labios y se veía sonrojado, pero no hizo algo para detener a John.—Cualquier cosa sabes que puedes decirme ¿De acuerdo?

¿Cualquier cosa?

Mientras se detenía a pensar en ello consideró el decirle lo de su padre, Alexander había sido sincero al contarle sobre su vida y él aún se seguía deteniendo, no era como que no confiara, pero no sabía qué era eso que tanto lo detenía. Suspirando se armó de valor y se preparó para tocar ese tema.

—Hay algo. Es ajeno a lo del almuerzo, pero sí quisiera hablarte de esto.

—Dime.

—Mi padre y yo tenemos demasiados problemas, nuestra relación es terrible.

Algo raro ocurrió, los labios de John se movían y escuchó con claridad su voz, pero lo que llamó su atención era que en su cabeza algo se hizo presente haciéndole tener la sensación de que ya había escuchado esas palabras exactas antes. De pronto el rostro de Jhon era el de aquel mismo rubio que ya había visto antes que le miraba con una ceja alzada.

—¿Alex?

Bastó un parpadeo para que todo volviera a ser como antes.

—Disculpa, me perdí un momento, continúa por favor.

—¿Seguro?—esperó una confirmación de Alexander para poder seguir—¿Bien? El punto es que nunca me he podido llevar bien con él, cambió el día que mamá murió. Además... Ya sabes de mis preferencias—comentó refiriéndose a su atracción dirigida totalmente hacia los varones—Él no lo acepta, no me odia pero no lo acepta en absoluto. Es un tema prohibido en casa.

—Debe ser fastidioso vivir así.

—Ni que lo digas. Pero ¿Sabes? Contigo olvido toda la presión que ejerce mi padre sobre mí, olvido eso y me siento con calma.-una vez más le sonrió con dulzura haciendo que el interior de Alexander se revolviera.

Al momento en el que iba a articular una respuesta otro cambio de imagen ocurrió teniendo así al mismo rubio de minutos atrás. Lo curioso es que portaba exactamente la misma sonrisa que John mantenía, ahora que prestaba atención notaba las mismas facciones entre los dos, cambiando solo el tono de piel, color de ojos y estilo de cabello. La sangre de nuevo estaba escurriendo de entre sus labios cosa que le perturbaba un poco. El rubio acercó su mano lentamente a su rostro y acaricia con sus fríos dedos su piel, el toque era cuidado y suave. Fue ahí donde habló y la voz de John salió.

—Tú no eres mi Alexander, pero estás destinado a tu John, no pierdas tu oportunidad.

Pronto volvió a su realidad, John estaba en la misma posición del rubio, con su mano posada en su mejilla, la diferencia era que ahora era cálida y su expresión no era de dulzura, al contrario, era de suma preocupación.

—¡Alexander!

—¿John?

—Oh, gracias, me asustaste demasiado.

—¿De qué hablas?

—De repente te me quedaste viendo muy raro y no decías nada, estaba a punto de llamar a Lafayette...

—Entiendo.

—¿Estás bien? Creo que lo mejor es que vuelvas a tu casa.

—Estoy bien, descuida.

John le siguió insistiendo, teniendo marcado en su consciencia que le había mentido un poco porque no sabe exactamente cuánto duró así, porque él también estuvo en un extraño trance donde en lugar de Alexander un pelirrojo de ojos azules, casi violetas, le veía, le decía cosas raras.

—No soy tu Alexander y tú no eres mi John. ¿Por qué se empeñan tanto en cruzarse por aquí?

La pregunta había sido un tanto recriminadora pero el pelirrojo no parecía molesto. Más bien se veía confundido con su presencia allí. Decidió no decirle esto a Alexander porque creía estar volviéndose loco, nada de estas "visiones" tenía sentido o lógica. Pero si el otro también había actuado raro ¿Significaba algo? Solo dejaría pasar esto, al día siguiente seguro ya todo estaría normal.

Después de esto sí terminaron por volver a sus casas, decidiendo que lo mejor era irse a descansar porque al día siguiente tendrían clases. Cuando llegó el momento de tomar caminos distintos se vieron el uno al otro como si pidieran permiso al otro de darse un abrazo, pasados unos segundos viéndose a los ojos se envolvieron entre los brazos del otro, sintiéndose las personas más felices del mundo. Por un momento se sintieron observados, Alexander vio a ese rubio a espaldas de John y este vio al pelirrojo del otro lado. Con el ceño fruncido cerraron sus ojos para ignorar aquello, era lo mejor. Se separaron y cada uno se fue por su rumbo, Alex sonreía embobado, sabiendo bien que se encontraba muy interesado en su buen amigo, pero incluso al pensar en John le preguntó a Peggy si podía ir a verla ya que le era urgente hablar con ella.

Quizás no le diría a John sobre lo que vio, pero sí se lo diría a Margarita, ella siempre sabía que hacer.

—¿Qué dijiste?—bueno, tal vez esta vez no sabría que hacer exactamente.

—No me digas que debo volver a explicarlo, ya sé que suena ridículo...

Los dos se encontraban en la habitación de Peggy hablando de lo que le había estado ocurriendo a Alexander desde la llegada de John a su vida.

—No, no lo repitas. Solo no lo creo del todo, no es común que alguien llegue y te diga que tiene visiones extrañas.—bromeó para calmar a su amigo.—No tengo idea de qué pueda ser, no te voy a mentir.—agregó pasando su mano por su nuca.

—Me lo imaginé. Y no hace falta que tratemos de entenderlo ahora, solo quería sacarlo, hablarlo con alguien.

—¿Y si se lo cuentas a John?

—¿Has enloquecido? ¡Es lo último que debo hacer! Me tomará por raro y no quiero perder su amistad.

—Lexi, lo mejor es que lo hables con él, no hace falta que me lo digas pero sé que te gusta—apenas dijo esto el otro aprieta sus labios mientras se sonroja—Y créeme que te sentirás mejor en cuanto se lo digas.

—¿Y si se va?

—Según lo que me has podido contar de él no creo que se aleje.—sonrió cuando Alexander recargó su cabeza en su hombro—Tengo un buen presentimiento de estas visiones.—susurró entrecerrando sus ojos.

—¿Uh?

—Es una corazonada. Sonará tonto, pero vamos, se nota a leguas que ese rubio es John... O una representación de él.

—No te ofendas pero ¿Qué carajo?

—Lenguaje.—soltó sonriendo de lado.

—Creí que era yo el que estaba enloqueciendo, se supone que tú eres la voz de la razón Peggy.—inquirió de forma exagerada.

—Pero tiene sentido lo que dije ¿O no?

—...sí.

—Nunca me equivoco Alex, mucho menos ahora que se trata de ustedes dos.—respondió guiñando un ojo.

Por más misterioso que encontrara ese último comentario no pudo cuestionar algo, por una razón la necesidad de regresar a su casa apareció y de inmediato se despidió de su mejor amiga dejándola confundida. Mientras salía a la calle las visiones aparecían por cortos segundos, como recuerdos que mantenía en su mente, viéndose a sí mismo como un soldado de cabello pelirrojo que iba por las calles de una ciudad a la que no lograba reconocer, dichas imágenes se intercalaban con su realidad rápidamente, era raro, pero era como si las palabras de Peggy hubieran hecho un clic abriendo así una aceptación a estas visiones, un entendimiento y comprensión de cada una, uniendo los puntos y sabiendo que no terminaría por entender hasta que se encontrara con John. Así es como caminó dejando que sus pasos fueran guiados por su subconsciente, él no controlaba nada, solo se dejaba llevar, siendo dirigido al punto de intersección donde él y John conectaban.

Para su sorpresa el pecoso estaba llegando también.

Ambos bajo el manto oscuro adornado con estrellas que era el cielo, iluminados por un farol de luz en la esquina de esa calle. Se acercaron lentamente, teniendo frente al otro esa imagen ajena, un rubio y un pelirrojo sonrientes.

Cambio, de nuevo se veían con normalidad. Y una vez más se dejaron guiar por movimientos que aparentaban ya estar establecidos, de poco en poco la distancia desapareció y se encontraban muy cerca del otro, viéndose a los ojos, con sus labios rozando y tomando las manos ajenas. Justo cuando se unieron en un beso todo se volvió oscuridad y la luz jamás volvió.

Se separaron con torpeza y Alexander fue el primero en abrir sus ojos que por unos segundos se vieron violetas, con dos parpadeos estos regresaron a ser los de antes.

John fue el segundo y pasó algo similar con sus ojos, cambiando de un azul profundo al café de siempre.

—Te extrañé tanto, John.—habló Alexander a punto de dejar salir las lágrimas y abrazó con fuerza al mencionado.

Eran Hamilton y Laurens, no obstante no los que todo el mundo conocía, eran otros. Pero eso era lo de menos, ambos finalmente estaban juntos para tener su final feliz.

A la lejanía dos figuras observaban la escena, la más baja era Peggy para ser precisos y tenía una enorme sonrisa plasmada en su cara. A su lado un joven alto y delgado de cabello negro era el que estaba, sus ojos verdes ocultos detrás del cristal de un par de lentes.

—¿Está hecho entonces?—habló él en voz baja.

—Sí, ya no hay marcha atrás ahora. Ellos fueron solo el comienzo, faltan todos los demás.—contestó con calma.

—Tus hermanas ¿No?

—Sí, ellas.

—¿Por qué hacemos esto?

—¡Para tenerlos a todos de vuelta! No es justo que solo tú y yo seamos quienes hemos vuelto.

—¿Y qué pasa con los de este universo?

—Nada, es como si durmieran, jamás despertarán.

—Nunca entenderé cómo es que sabes todo esto.

—Yo tampoco, créeme que yo tampoco.

La adolescente—mayor que el otro—tomó de la mano al azabache, listos para irse pero un ligero apretón en el agarre llamó su atención.

—¿Ocurre algo?

—Nada, solo... Te amo, Peggy, no lo olvides.

—También te amo, Stephen.