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Diecinueve segundos

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Syndra aparcó en su lugar en el amplio estacionamiento de la casa. Se bajó, poniéndole el seguro al auto y entrando a su hogar por la puerta trasera. Todo estaba en silencio. Muy silencioso para su gusto. Buscó a su padre en su oficina, pero no estaba allí. Entonces buscó a su madre en la biblioteca, encontrándola sentada en uno de los amplios sillones que había en la estancia, leyendo con una tranquilidad que le daba miedo.

—¿Podemos hablar? —preguntó Syndra, luego de haber permanecido de pie en la puerta de la biblioteca por unos minutos—. Acerca de Zed.

Su madre sólo la miró cuando mencionó el nombre de su susodicho novio.

—Él vino a buscarte, ¿por qué no respondes sus llamadas? —preguntó la mujer mayor, sin un ápice de emoción en su voz.

—Porque estaba muy ocupada pensando… ¿por qué nos mudamos de Jonia, madre? —preguntó la rubia, cruzándose de brazos.

Syndra permaneció recargada del marco de la puerta, mirando a su madre en la lejanía. Al instante en que hizo esa pregunta, Syndra notó que los ojos de su madre se opacaron. La tensión que inundó la sala era palpable y Syndra quiso marcharse a su habitación, sin embargo, sentía que no había vuelta atrás. No quería que hubiera una vuelta atrás.

—Porque tu hermano tuvo un encuentro… violento con nadie más que la hija de un empresario muy conocido. —respondió su madre, estrechando sus ojos a Syndra—. ¿Por qué lo preguntas?

—Oh, porque pensé que había sido por mi culpa. Eso me dijiste un montón de veces, hasta que cumplí quince. —dijo Syndra, sonriendo con frialdad a la mujer sentada en el sofá—. Dijiste que, si yo no hubiera cometido ese gran error, él no habría tenido que intervenir… que fue mi culpa que él se pusiera violento, y que era mi culpa cada vez que t-

—Cierra la boca, cariño. —dijo la mujer, tan rubia como Syndra—. Y ciertamente, fue tu culpa. ¿Algo más que quieras preguntar?

—¿Qué hice mal? —preguntó Syndra, dando un paso en dirección a su madre—. ¿Besar a una c-

—Cierra la maldita boca, Syndra. —advirtió su madre. Syndra notó lo enojada que se puso con la mera intención de mencionarle que había besado a una chica. Suspirando, la mujer negó con su cabeza—. Esta no eres tú, mi niña. Es por esto por lo que te pedí que dejaras de ver a Diana y a Nami.

—¿Porque me iban a volver lesbiana? —preguntó Syndra, causando que su madre se levantara de su sitio. Entonces ella retrocedió, asustada.

La mujer mayor sonrió, notando el miedo en su hija. Se acercó a ella despacio, cual depredador se acerca a su presa, jugando con ella antes de atacarla.

—Eventualmente, ellas iban a confundirte con sus… asquerosidades. Porque eres una mente tan débil, mi niña. —aseguró la mujer, acercando su mano a la mejilla de Syndra. Le dio una caricia suave, pero fría. La joven rubia se congeló en su sitio—. Desde que eras pequeña me di cuenta que tenías estas… inclinaciones, pero soy una fiel creyente de que estas actitudes incorrectas pueden enderezarse con la mano de firme de una buena madre. Y eso es lo que soy, ¿o no, mi cielo?

—Me golpeabas… —murmuró Syndra, entre dientes—… cuando preguntaba por Irel-

—No digas ese nombre en esta casa, cariño. —dijo la mujer en un tono de advertencia. Syndra no pudo sostener la mirada de su madre, miró al suelo, aterrada por haber revivido su pasado—. Soy tu madre, cielo. Quiero lo mejor para t-

—¿Y lo mejor para mí es Zed? —preguntó Syndra, cabizbaja—. ¿De verdad crees que merezco eso? ¿Merezco alguien que me engaña y sólo… me trata como basura?

—Oh, estás exagerando, Syndra, cariño. —dijo ella, soltando una risa frívola—. Zed es un caballero, alguien que nunca osaría a poner un dedo sobre ti si tú no lo apruebas.

—¡¿Y qué carajo es esto, mamá?! —preguntó Syndra, exaltada, mostrándole la marca rojiza en su muñeca—. ¡¿Por qué hizo esto?! ¡Vaya caballero!

—Baja la voz, Syndra. —susurró su madre, sosteniendo su mentón con fuerza para obligarla a mirarla—. No queremos que papá se distraiga de su trabajo.

—No, no quieres que papá lo sepa, ¡eso es lo que pasa! —exclamó Syndra y al instante la mujer apretó sus mejillas con fuerza.

—Te dije que bajes la maldita voz, Syndra. —gruñó la mujer, frunciendo su ceño a la joven, que era físicamente idéntica a ella—. Y sí, tienes razón. Tu padre nunca debe enterarse de ese pequeño y asqueroso… desliz tuyo. —habló con un tono apacible, sonriendo al notar el miedo en la mirada de Syndra—. ¿Acaso estás dispuesta a perder todo esto por un desliz de tu infancia, cielo? ¿Quieres andar en transporte público con la plebe? ¿Ir a una universidad pública? ¿Quieres trabajar por sueldo mínimo para mantener tus gastos?

Syndra la miró, conteniendo las lágrimas que se asomaban en los rabillos de sus ojos. Negó con su cabeza de forma lenta, sollozando un poco.

—Bien, porque papá se pondría colérico si llega a enterarse de lo que sucedió. —aseguró la mujer, dejando libre a su hija. Amplió su sonrisa—. Ponte algo frío allí… no queremos que él pregunte qué te sucedió, ¿o sí?

Negando con su cabeza, Syndra retrocedió varios pasos, saliendo de la biblioteca para caminar con prisa a su habitación. Subió las escaleras, respirando con dificultad. Varias lágrimas ya bajaban por sus mejillas cuando cerró la puerta de su cuarto, recargándose de ella. Sus manos temblaban y la sensación de miedo no la abandonaba incluso cuando ya no estaba su madre frente a ella.

Miró su teléfono, buscando el número de Irelia en él. La llamó. No tardó un minuto en contestarle.

Hey, pequeño lot-

—Lo siento… no puedo… no puedo con esto… Irelia, lo siento. —murmuró entre llanto la rubia, sintiendo su garganta seca y su pecho estrujado—. No puedo hacerlo… no puedo estar contigo.

¿Qué? ¿Qué pasó? Syndra… ¿estás bien? —preguntó Irelia, al otro lado de la línea.

La rubia negó con su cabeza dejándose caer al suelo, recargada de la puerta. Llevó una mano a su boca, intentando contener el llanto para no ser escuchada en el solitario y oscuro del segundo piso.

—Lo siento… —susurró Syndra, sollozando.

Está bien… yo… escucha… si quieres voy a verte ahora mismo-

—¡No! Irelia… no… esto no va… no va a funcionar. —dijo Syndra, limpiando sus lágrimas—. Tú y yo… fue lindo, per-

Voy a ir a verte ahora. —aseguró Irelia—. No es una pregunta, ni una sugerencia, menos una encuesta. Te veré en treinta minutos en esta ubicación. Si no llegas supondré que se acabó.

Dicho eso, la pelinegra colgó. Syndra recibió una ubicación por parte de ella en su teléfono y aunque sentía el miedo hacer su cuerpo temblar, por algún motivo se levantó. Se dirigió al estacionamiento, caminando rápido cuando se encontró a su madre en la sala de estar con su hermano mayor. Él hizo un comentario burlón acerca de su maquillaje corrido, pero ella sólo continuó su camino hasta el estacionamiento.

Aparcó a un lado de la carretera, cerca del lugar que Irelia le había enviado. Un teatro. Se bajó de su auto sólo cuando había limpiado su rostro. Puso el seguro y se dirigió hasta la entrada del lugar, sin embargo, un guardia de seguridad la detuvo.

—Señorita, estamos cerrando. —dijo el hombre, causando que Syndra arqueara una ceja a él.

—Viene conmigo. —la voz de Irelia la hizo voltear a sus espaldas. Todo el temor desapareció cuando se encontró con los ojos azules de la pelinegra—. Es mi manager.

—Oh, lo siento, señorita Xan. —se disculpó el hombre, haciendo una leve reverencia a Syndra—. Lo lamento, señorita.

—Está bien. —fue lo último que dijo Irelia, tomando de la mano a Syndra para guiarla por el lugar.

La pelinegra la guio hasta el enorme salón, donde bajaron por las diferentes filas de asientos, hasta encontrarse en la plataforma donde se encontraba un fino piano de cola negro.

—Voy a tocar aquí en unas semanas. —dijo Irelia, sentándose en el taburete frente al piano—. Nunca me sentí… lista para exponer al mundo la única canción que compuse para ti, pero ahora… creo que ahora podré. He compuesto otras, claro… pero ninguna me gusta tanto como la que compuse para ti.

—No hagas esto. —murmuró Syndra, pasando sus manos por su rostro—. No puedo hacer esto, Irel-

—Viniste, Syndra… eso quiere decir que una parte de ti quiere hacerlo. —dijo Irelia, sonriendo un poco—. Syndra… yo… voy a esperar por ti, lo prometo.

—¡¿Por qué?! ¡No hice nada por ti, nunca he hecho nada por ti además de causarte dolor! —exclamó Syndra, retrocediendo varios pasos—. ¡Tengo miedo! Yo… hablé con mamá y sólo necesitó mirarme con esos… ojos penetrantes que… me aterran y… ¡hui despavorida!

—Mírame, Syndra. —pidió Irelia, con voz apacible—. Por favor, mírame.

—No… Irelia, no. —negó Syndra, cerrando sus ojos con fuerza—. No puedo.

—Entonces ¿por qué estás aquí? —preguntó la pelinegra, bajando la mirada.

—Porque te… tengo… estos… sentimientos no tan heterosexuales por ti. —susurró Syndra, mirando a su alrededor con temor, asustada de que alguien pudiera oírla—. Y mirarte… mirarte hace que todos mis miedos se desvanezcan por un momento… me hace sentir feliz y… y tocarte es como… como un sueño hecho realidad. —musitó Syndra, acercándose a ella. Acarició su mejilla, sonriendo cuando sus ojos se encontraron de nuevo con los de Irelia—. Sólo nos hemos visto en dos semanas… no sé si sigues siendo mi Xan, o si creciste y te convertiste en una nueva Xan, pero estoy segura de que… quiero estar contigo.

—Pues es tan fácil como sólo hacer eso… estar conmigo. —dijo Irelia, acariciando la mano de Syndra en su mejilla—. No estoy pidiéndote nada, no te pedí que hablaras con tu familia, ni que te expusieras con nadie… sólo te pido que… me dejes amarte.

—¡Pero no mereces eso! —gruñó Syndra, comenzando a llorar—. Mereces que pueda gritarlo aquí, en frente de toda tu maldita audiencia. Que no tenga miedo de que lo sepan, ¡que no me ponga anteojos oscuros y una bufanda en pleno verano para vernos!

—No necesito que todos sepan, Syndra… necesito estar segura de que sientes… cosas no tan heterosexuales por mí, o como quieras llamarlo. Necesito saberlo yo. —dijo Irelia, tomando la mano de Syndra, acercándola a su boca para dejar un beso en ella—. Porque es nuestra relación, y si sientes que quieres vivirla a escondidas el resto de tu vida, entonces está bien para mí.

—¿Cómo puedes estar segura de que te amo si no soy capaz de expresarlo en cualquier lugar y momento? —preguntó Syndra en un susurro—. ¿Cómo?

—Porque cuando me miras, ciertamente no lo haces de una forma muy heterosexual. —bromeó Irelia, riendo. Syndra frunció el ceño, limpiando sus lágrimas con algo de brusquedad—. Es decir… porque cuando me miras, puedo encontrar todos esos sentimientos en tus ojos. Como ahora… estás triste, muy triste… ¿qué te hace sentir triste, mi pequeño loto?

—Tu broma estúpida me dio cáncer, por eso estoy triste. —gruñó Syndra, sin soltar la mano de Irelia—. Estoy triste porque… eres lo mejor que me ha pasado y yo… no puedo. —Suspirando, Syndra se sentó sobre las piernas de Irelia, dándole un toque insistente a una de las teclas del piano—. Me congelé cuando me vi de nuevo frente a mi madre, como una niña… preguntándole qué había hecho mal y… ella me golpeaba, decía que era mi culpa, todo era mi culpa por… sentir esto.

—No es tu culpa, Syndra. —murmuró Irelia, besando su mejilla—. Fue mía, por besarte.

—Quería besarte antes. Quiero besarte ahora, ¡Quiero besarte todo el tiempo, joder! —se quejó la rubia, frunciendo el ceño—. ¡Y no puedo hacerlo porque me da pánico pensar que ella va a vernos! Y si hizo que mi hermano se librara de un año en el reformatorio, me da miedo pensar que puede hacerte algo y salir impune de eso.

Bajando la mirada, Irelia recargó su cabeza del hombro de Syndra.

—Desearía poder pedirte que huyeras conmigo, pero entiendo que tienes tus planes de vida y no puedo sólo interferir en ellos. —susurró Irelia, abrazando a la rubia sobre su regazo—. La verdad, odio no saber qué hacer con respecto a lo que me dices. Odio la idea de que vives con miedo en tu propio hogar, se supone que es el lugar en el que más deberías sentirte a salvo, pero en cambio, tus padres lo hacen un lugar horrible.

Manteniéndose en silencio por un instante, Syndra recordó el rostro de su madre cuando le gritó que no quería que su padre se enterara de lo que sucedió. Por un segundo la mujer pareció aterrada por la idea.

Con los brazos de Irelia en su cintura, Syndra permaneció pensativa. ¿Por qué se enojaría? Su padre había sido el que más felicitó a Nami por su relación con Sarah. Él le preguntaba por ellas todo el tiempo, incluso por Diana y su depresión por Alune. Cabía la posibilidad que fuera el tipo de personas que decían que estaban bien con la homosexualidad, pero no aceptarían a uno en su familia.

Pero ella era su princesita. La primera vez que él la vio llorando por Zed, le dijo que lo dejara de inmediato. Cuando volvió con Zed, él, más que contento, se notó decepcionado. Desde entonces se habían distanciado, pero Syndra estaba segura de que seguía siendo su princesa.

Quizás su madre no quería que su padre supiera porque él se pondría del lado de Syndra.

—¿Quieres quedarte conmigo esta noche? —preguntó Irelia, sacando a Syndra de su ensimismamiento.

—Siempre. —contestó Syndra, sonriéndole.

Abrió sus ojos, sin necesidad de que una alarma sonara.

Se encontró cara a cara con Diana y no pudo evitar sonreír. Usualmente, ella se levantaba sin chistar, comenzando su día apenas el primer rayo de sol iluminaba el cielo. Sin embargo, ese día se permitió permanecer unos minutos acostada, acariciando el rostro de Diana.

Su herida en el labio tenía una costra, el moretón en su pómulo había bajado la inflamación, pero continuaba de un color lila profundo, así como en su boca.

Se acercó a la peliblanca, hasta el punto en que la respiración acompasada de Diana chocaba en su rostro. Diana se veía bastante tranquila. Demasiado. Leona sonrió, sintiendo que le agradaba la sensación de Diana tranquila frente a ella.

Dejó un pequeño beso en sus labios, viendo a Diana quejarse y murmurar entre sueños. La joven pálida se removió en la cama, aferrándose al peluche de poro y dándole la espalda a Leona.

Ella amplió su sonrisa, tomando aquello como una señal del sol para que se levantara. Así lo hizo.

Con sumo cuidado, Leona buscó en su clóset alguna ropa que le sirviera para hacer deporte. Entró al baño que compartía con Sivir con la ropa y zapatillas en mano, vistiéndose en el interior. Recogió su cabello en una coleta alta, cepilló sus dientes, se colocó sus audífonos y salió.

Tenía la misma rutina siempre.

Apenas salió de su edificio saludó al portero del conjunto y se fijó en el auto negro que estaba al otro lado de la calle. Suspiró, negando con su cabeza. Miró su reloj de pulsera, deslizando su dedo sobre él para reproducir música en sus audífonos. Se estiró un poco y entonces comenzó.

No podía evitar sonreír. La noche anterior tuvo que prestarle a Diana uno de sus pijamas. Leona no pudo parar de reír cuando le entregó uno de cuerpo completo de panda. Diana infló sus mejillas, pero accedió a ponérselo. Así mismo, Leona sólo se puso un pijama que consistía en un short y una camiseta de tirantes.

Luego de acabar con la pizza, Leona tomó una de sus almohadas y buscó una sábana en el clóset, sólo para que Diana le pidiera quedarse a dormir en su habitación con ella. 

La peliblanca le habló de sus clases, y aunque Leona no entendió nada de lo que decía, se conformaba con ser besada por la chica pálida cada cinco minutos.

Recordaba que a Diana le gustaba pasear su mano por sus brazos y abdomen. La joven pálida mordía su labio inferior con deseo cada vez que lo hacía bajo la camiseta que traía Leona.

 Se durmió acariciando el cabello blanco de Diana, con ella descansando su cabeza sobre su pecho y su mano libre entrelazada a una de las manos de Diana.

Había sido perfecto, incluso si todo había sido porque un imbécil golpeó a su chica.

Leona sentía que nada podía arruinar su semana luego de esa noche.

Se detuvo en el parque. Hizo un pequeño calentamiento. Saltos. Flexiones. Abdominales. Sentadillas. Plancha. Skipping. De nuevo volvía a casa, trotando. El auto negro seguía estacionado al otro lado de la calle. Podía verlo en la lejanía.

El sol ya había salido por completo cuando llegó a su complejo. Saludó al portero del turno de la mañana, que le avisó que tenía correo.

Leona suspiró.

Nada podía arruinar su semana luego de la noche anterior.

Abrió el casillero del correo, encontrando un sobre. Amarillo, por supuesto. Tenía el mismo sello de cera con un sol bien marcado.

No tenía remitente, pero sabía de quién era.

No lo abrió.

Subió por el ascensor, marcando el octavo piso. Miró su reloj de pulsera. Siete y cincuenta. Se había tardado más de la cuenta por salir tarde. Detuvo la música, abriendo la puerta de su departamento.

Entró a su habitación. Buscó en su clóset, abriendo una mochila que estaba al fondo de sus zapatos. Adjuntó el sobre amarillo con los otros diez sobres amarillos. Cerró la mochila.

Nada ni nadie podía arruinar su semana.

Se estiró, observando de nuevo a Diana, que seguía abrazando al poro, pero esta vez dándole la espalda al ventanal. Sonrió. Se aproximó a la cama, sentándose en el lado que durmió. Volvió a acariciar el rostro de Diana, embelesada con su gesto tranquilo.

Tenía menos de diez minutos para entrar al baño antes de que lo hiciera Sivir.

Se apresuró a entrar al baño cuando escuchó las quejas de su amiga con respecto a la hora. Ni siquiera entró con ropa, sólo se metió al baño con su toalla, cerrando con pestillo la puerta. Rió cuando escuchó a Sivir quejarse desde afuera.

Se duchó. Más para no hacer enfadar a su compañera que por otra cosa. Tenía que ver al sacerdote Solari a las once, así que tenía tiempo para hacer el desayuno, comer, quizás darse un par de besos con Diana y luego emprender su camino al templo Solari donde había conseguido una cita para expiarse.

Sería rápido. Aunque había pecado más en pensamientos que en obras, de igual forma era importante comulgar antes del festival del sol, la siguiente semana.

Podía imaginarse a sí misma cargando a Diana en brazos hasta el templo de la montaña. Maldijo a los ortodoxos, pues no permitirían que su muy planificado matrimonio forzado con Diana fuera legítimo sólo porque sería entre dos mujeres.

Salió del baño en toalla, girando sus ojos a Sivir por sus quejas.

Tuvo que buscar su ropa con cautela en su clóset, intentando no despertar a Diana. Se vistió en la habitación de Sivir, secando su cabello con el secador que tenía su compañera y miró su reloj de pulsera al colocárselo. Ocho con veinte. Comenzó a preparar el desayuno.

Dejó el de Sivir sobre la mesa, junto con su café, y se dirigió a su habitación con una bandeja.

Observó a Diana por un breve instante. Dejó la bandeja a su lado, sobre la cama. Rozó con su dedo la mejilla amoratada de Diana, que frunció un poco su ceño.

—Mmmm no… me duele. —gruñó Diana, girándose en la cama.

—Oh, lo siento. —susurró Leona, mirándola con pesar—. ¿Debería despertarte con un beso en los labios?

—Eso es gay. No. —murmuró Diana, frunciendo el ceño.

—Pero soy gay por ti, Di. —dijo Leona, riendo entre dientes.

—Eso es incesto, Zoe. —gruñó Diana, pasando una mano por su rostro y quejándose cuando tocó su labio—. Es ilegal y moralmente asqueroso.

Riendo en voz alta, Leona recargó su mentón del brazo de Diana, mirándola.

—No soy Zoe. —respondió Leona, causando que Diana volteara a verla al instante. La peliblanca abrió sus ojos lo más que pudo—. Hola, preciosa.

—¿No lo soñé? —preguntó Diana, sin moverse de su sitio—. Es decir, quedarme en tu depa… ¿no lo soñé? —Leona sólo negó con su cabeza, sin borrar la sonrisa de sus labios—. Oh, gracias, Dioses celestiales.

Volteándose para quedar boca arriba en la cama, Diana miró a Leona.

—Te traje el desayuno. Porque… bueno, pensé que sería un lindo detalle. —dijo Leona, sentándose en la cama para tomar la bandeja a su lado—. Son panqueques. Puedes ponerle miel de maple y… pues… como odias las mañanas, te traje café, porque pensé que te gusta.

—Dioses, no sé qué fue lo que hice para merecerla, pero gracias por hacer que esta chica se fije en mí. —dijo Diana, permaneciendo inmóvil en la cama. La risa nerviosa y el leve sonrojo en el rostro de Leona hizo a Diana pestañear un par de veces—. ¿Lo dije en voz alta?

—Eh… sí. —murmuró Leona, ampliando su sonrisa.

—Entonces gracias por fijarte en mí y no en Syndra. —dijo Diana, sentándose en la cama y mirando la bandeja—. Gracias por esto. Es decir, por permitirme quedarme aquí ayer, el desayuno y el pijama. Realmente significó mucho para mí, Leona.

Diana tomó una de las manos de Leona, sonriéndole con amabilidad a la morena, que la miró sorprendida por la aparente calma con la que Diana estaba hablándole. Era como si la chica tierna que se sonrojaba por cualquier cosa que decía o hacía se hubiera esfumado la noche anterior. Como si algo hubiera cambiado en Diana.

Recordó las palabras de Syndra y cómo le había explicado que, si actuaba bien, lo más probable era que Diana la dejara conocer ese lado que no le mostraba a todo el mundo.

Que Áurea la castigara con un rayo de sol pulverizante, pero lo único que se le ocurría hacer con esa Diana era pecar en su habitación.

Pasó una mano por su rostro, sintiéndose algo acalorada. Leona tomó su plato, colocándolo sobre su regazo.

—Está bien. La verdad es que lo hice porque eras tú y no iba a dejarte volver golpeada a tu casa. —dijo Leona, apartando un mechón blanco de cabello del rostro de Diana—. ¿Aún te duele tu tierna carita, bebé Di?

Asintiendo un poco con su cabeza, Diana rozó su labio inferior con uno de sus dedos. Leona acarició la mejilla amoratada de la peliblanca, frunciendo un poco su ceño con enojo.

—Me arde un poco el labio y me duele la mejilla. Pero no tanto como ayer. —respondió Diana, ladeando su cabeza hacia la derecha, donde estaba la mano de Leona—. Gracias por curarme también, eres increíble.

—Uh… sí… yo… no fue nada. —murmuró Leona, mordiendo su labio inferior con ansias—. Deberías comer. No tengo mucho tiempo, debo ir al templo para expiar y poder comulgar el próximo fin de semana.

—¿Cuál templo? Yo te llevaré. —dijo Diana, tomando la miel de maple para verter un poco sobre sus panqueques—. Es lo mínimo que puedo hacer por ti luego de todo lo que has hecho por mí. Te llevaré y luego iré a casa para cambiarme e ir a la universidad.

—No es necesario, Diana. —musitó Leona, alejando su mano del rostro de la peliblanca—. Iré en transporte público.

—Insisto. Tú hiciste mucho por mí ayer y yo n- ¡whoa! —exclamó la joven pálida. Había llevado algo de panqueques a su boca. El sabor era exquisito, ni siquiera su nana preparaba unos así—. ¡¿Acaso hay algo que no hagas bien?! —preguntó Diana, intercalando su mirada entre Leona y su plato de comida—. ¿El café?

—No lo preparé yo, es instantáneo. —dijo Leona, algo avergonzada por lo primero que preguntó Diana.

—¡Y aun así está delicioso! —Sorbiendo un poco con su nariz, Diana tomó ambas manos de Leona entre las suyas. Sus ojos brillaban con admiración al ver a la pelirroja, que arqueó una ceja confundida—. Tus manos son mágicas.

—Oh, créeme que pueden hacer algo más mágico que esto. —murmuró Leona, apretando un poco sus labios—. Podría hacerlo ahora si me dejas, tengo tiempo.

—¿Algo como alfajores mágicos? —preguntó Diana, con sus ojos brillando más que antes.

—Eh… no… hablaba de algo más… sexual. —dijo la pelirroja en un susurro.

Diana arqueó una ceja, mirando a Leona confundida. Entonces su rostro ganó algo de color conforme el calor subió por su cuello hasta sus mejillas. El nerviosismo la invadió ante la idea de la clara proposición de Leona. La morena sonrió, encontrándose de nuevo con la chica tierna que estaba ganándose su corazón.

—Ahí está mi tierna Didi. —dijo Leona, sonriendo ampliamente—. Por favor, come. Y sí, está bien, puedes acercarme al templo.

—Perfecto. Correcto. Por supuesto. Sí. —afirmó Diana, asintiendo con su cabeza mientras se apresuraba a comer el desayuno.

Su reloj marcó las nueve y cincuenta cuando el auto de Diana salió de su conjunto. Leona no olvidó fijarse en el coche negro que continuaba estacionado al otro lado de la calle y que justamente arrancó cuando pasaron por su lado. Miró hacia atrás en el auto. Estaba tres carros más atrás, sin embargo, sabía que estaba siguiéndola.

Tomó su teléfono celular, buscando un número que tenía guardado, pero olvidado.

Rahvun.

Abrió la conversación de chat, encontrándose con el último mensaje que había recibido de él. Ella le había preguntado si estaba contento. Él respondió con un frívolo “sí”. Era un imbécil.

“No te atrevas.”

Escribió en el chat, pero borró las palabras. Movió su pie con insistencia, volviendo a mirar atrás cuando entraron a la autopista. Ni siquiera se molestaban en ocultar el hecho de que estaban siguiéndola y eso le ponía los nervios de punta. La idea de que él quisiera entrometerse de nuevo en su vida le causaba rabia, angustia y quizá un poco de tristeza.

Quizás era su imaginación. Tenía meses sin salir con nadie que no fueran sus amigos, meses sin una relación. Por Áurea, ni siquiera tenía una relación del todo con Diana y él ya estaba encima de ella, volviéndola loca de nuevo.

Miró atrás de nuevo y entonces Diana no pudo evitar notar su nerviosismo.

—¿Estás bien? —preguntó la peliblanca, desviando sus ojos de la carretera por un segundo para mirar por el retrovisor—. Te noto… nerviosa.

—¿Yo? ¿Nerviosa? De ninguna manera. —aseguró Leona, sentándose correctamente en su sitio—. Sólo… estoy ansiosa… por… mi expiación.

—Sí, bueno… no creo que hayas pecado mucho, ¿o sí? —preguntó Diana, mirándola por un instante—. Quiero decir, ¿hace cuánto tiempo no te confiesas con un sacerdote?

—Hace un año. —contestó Leona, rascando un poco su cuello—. Tengo mis motivos.

—¿Y qué clase de pecados has cometido? —indagó Diana, riendo un poco—. ¿Pasaste una noche pensando que el sol sólo es una estrella? Vaya pecado.

—Esto no es una broma, Diana. —dijo Leona, estrechando sus ojos a la peliblanca, que borró la sonrisa de sus labios al instante—. Escucha… no sé… yo… ah. —suspirando, Leona pasó una mano por su cabello—. De verdad me gustas, ¿Ok?

—Ok. —afirmó Diana, apretando un poco sus labios.

—Quiero que esto funcione, en serio que lo quiero. Creo que nunca había querido tanto que algo en mi vida funcionara como quiero que lo nuestro funcione, ¿entiendes? —preguntó Leona, volteando a mirar atrás de nueva cuenta.

—Lo entiendo. —respondió Diana, sabiendo que no tenía más opción que asentir con su cabeza o responder con monosílabos, pues había cometido un error.

—Y no… no creo que funcione si tú no… entiendes que mis creencias son muy serias para mí. —dijo Leona, frunciendo su ceño cuando volvió a divisar el coche negro entre los demás que estaban atrás—. Podemos bromear acerca de ello a veces, podemos discutir amistosamente ciertas cosas que no… bueno, que no se oyen tan lógicas para la ciencia, pero… creo que debemos saber identificar el momento para hacerlo… ¿me sigues?

—Te sigo. —murmuró Diana, mirando de reojo a Leona por un breve momento—. Lo lamento. No debí bromear con esto, sé que es muy serio para ti… me lo dijiste antes de ayer.

—¿Lo hice? Sí… creo que lo hice, claro. —dijo la morena, mirando su teléfono y pensando en qué escribir en el chat—. No estoy molesta, ¿ok? Sólo… estoy nerviosa de verdad.

—Hey, irá todo bien. —dijo Diana, dejando un momento la palanca de cambio para tomar la mano izquierda de Leona, guiándola hasta la palanca—. Estoy segura que lo que sea que hiciste no puede ser tan grave como lo que me hará mi mamá cuando me vea. Descansa en paz, Diana.

Mirando la mano de Diana bajo la suya en la palanca de cambio, Leona no pudo evitar sonreír un poco.

—Es sólo… que hay cosas de las que no me arrepiento en realidad, ¿sabes? —dijo Leona, acariciando la piel suave del dorso de la mano de Diana.

—A ver, ¿cómo qué? —preguntó la peliblanca, mirando a Leona de nuevo por un momento—. ¿Besarme?

—No sólo besarte. Desearte, mirarte y quererte como se supone que debería hacerlo con un hombre es uno de los pecados más graves en este siglo, por algún motivo estúpido. —explicó Leona, mirando a sus espaldas—. Y puedo decirle a la sacerdotisa que me perdone por lo que siento, pero no siento que deba disculparme por esto… ¿entiendes?

—¿Por qué no sólo lo omites? —preguntó Diana, mirando por el retrovisor, intentando encontrar lo que miraba Leona con tanta insistencia—. Quiero decir, puedes hablar de otras cosas que hayas hecho, como… no lo sé, ¿hay algo que hayas hecho?

—Maté a alguien el pasado verano. —dijo Leona, volteando a ver a Diana con total seriedad. La peliblanca redujo un poco la velocidad, mirando a Leona por un instante. Tragó con fuerza—. Lo enterré camino a la montaña, en una de las tantas cavernas deshabitadas debido al modernismo. Aún puedo escuchar sus gritos retumbando en mi cabeza y-

—Y puedo sentir sus uñas clavadas en mis brazos, arañándome. —dijo Diana, sonriendo con complicidad—. Veo que tienes excelentes gustos de lectura. Es una lástima que también haya leído “Redención de un Ra’Horak”, sólo con propósitos informativos, por supuesto.

—Entonces sabes lo rigurosas que son las sacerdotisas Solari a la hora de una expiación. —dijo Leona, pasando una mano por su cabello—. ¡Se meten en tu cabeza con sus susurrante vos y hacen que termines admitiendo que eres gay como el demonio!

Diana, la miró de reojo. Se veía más que nerviosa, como asustada.

—No puede ser tan malo, ¿qué harán si confiesas que eres gay? —preguntó Diana, interesada—. ¿Te enviarán a un campamento de conversión? —El suspiro que emitió Leona causó que Diana la mirara de nuevo un momento—. ¿Qué? No lo dije en broma. He leído de ellos… son… un poco crueles y sin sentido. No puedes mirar el sol fijamente por una hora… eso tortura.

—¡Eso es redención! —exclamó Leona, inclinándose en el auto para alcanzar a ver al sol—. ¡Purifica mi alma, Áurea, y conviértela en cenizas si es lo que crees pertinente para perdonarme!

Diana arqueó una ceja, viendo a Leona permanecer varios segundos con sus ojos abiertos, observando directamente al sol. La morena comenzó a lagrimear, mordiendo su labio inferior con fuerza cuando sintió ganas de pestañear. Pasó un minuto exacto cuando Leona cerró sus ojos con fuerza, pasando sus manos por su cara, intentando apaciguar el ardor en sus ojos.

—¡¡Así se siente la redención!! —exclamó Leona con sus manos aún en su rostro.

—Sí, no lo creo. —murmuró Diana, con su mirada en la carretera—. Eso tortura masoquista y la verdad no soy muy fan de eso.

Leona pestañeó un par de veces, mirando a Diana por un instante. Volvió a colocar su mano sobre la derecha de Diana, acariciándola con la yema de sus dedos. En una caricia suave, Leona subió sus dedos por el brazo de Diana causándole un cosquilleo. Bajó de nuevo, a su mano, alejando la de Diana de la palanca.

Diana observó confundida cómo Leona alzaba su mano hasta su cuello. Arqueó una ceja, alternando su mirada entre Leona y el camino.

—Si fuera viernes, estaría rogándote porque me ahorcaras, Diana. —dijo Leona, cerrando sus ojos y mordiendo su labio inferior ante la sensación de la mano de Diana en su cuello.

El suspiro de deseo de Leona causó que Diana apartara su mano, llevándola hasta la palanca de nuevo.

—No. —murmuró Diana, negando con su cabeza—. No me gusta eso, lo siento. Soy un fracaso en lastimar personas. Mira mi rostro, es una clara prueba de ello.

—Pero-

—Sin peros. —dijo Diana, desviando sus ojos a Leona por un instante—. Lo siento.

—No te disculpes, estoy muy segura de que puedo hacerte cambiar de opinión. —aseguró Leona, volviendo a colocar su mano sobre la de Diana en la palanca—. Si odias perder, me imagino que eres el tipo de chica a la que le gusta el control, ¿me equivoco?

—Mucho. Ni siquiera puedo controlar mi vida. —dijo Diana, riendo un poco—. Odio perder porque fui hija única, por mi condición, siempre jugué contra la computadora y cuando juego contra Nami, Sarah o Syndra, siempre gano. Y es gratificante ver la cara de Syndra perdiendo.

—¿Por tu condición? —preguntó Leona, confundida—. ¿Cuál?

Diana se congeló. Carraspeó un poco.

—Pues la de... de haber sido hija única… por doce años. —murmuró Diana, riendo con nerviosismo—. ¿C-Cuál otra?

—No lo sé, lo dijiste como si hablaras de otra condición. —dijo Leona, alzando sus hombros—. Entonces… ¿te gusta ser controlada?

—¿Estamos saliendo? ¿O entrando a una organización clandestina del gobierno que quiere dominar el mundo? —preguntó Diana, riendo un poco ante su comentario—. Porque… uh… me gustas libre y que en tu libertad me elijas para hacer cosas que ambas disfrutemos, supongo.

—Eso suena maravilloso. —dijo Leona, sonriendo—. Hasta que mis celos e inseguridades ataquen y termine contigo porque desconfío de ti y de tus amigas.

—¿Q-Qué?

—Toma el siguiente desvío, hacia la Avenida Dorada. —ordenó Leona, señalando con su mano la carretera. Sin decir nada, Diana lo hizo y Leona sonrió—. Soy celosa. Bueno… no. Soy un poco insegura.

—¿Tú? ¿Insegura? —preguntó Diana, confundida—. Sí, no lo creo.

—Sí, lo soy. —aseguró Leona, riendo un poco—. O sea, no es lo mismo ser extrovertido y no sentir vergüenza de hablar con gente que no conoces, porque… ya sabes, es gente que conociste hoy y quizás no vuelvas a ver jamás. Pero… estar en una relación con alguien, es distinto. Te muestra tus diferentes matices.

—Bien, quiero oír de los tuyos. —dijo Diana, deteniéndose en un semáforo—. ¿Por qué te sientes insegura en una relación?

Sonriendo, Leona negó con su cabeza.

—Esa es una historia para otro día. —dijo Leona, mirando a sus espaldas. El coche negro estaba allí, justo detrás. Apenas podía ver a la persona que estaba dentro—. ¿Eres celosa, Di? ¿No vas a dejarme salir de fiesta con Sivir?

—Para nada. No soy el tipo de chicas que va a enojarse y volverse loca porque hables con alguien más. —dijo Diana, ladeando sus labios en una pequeña sonrisa—. Pero… sí voy a preguntarte todo el tiempo "¿de verdad te gusto? Hay otras opciones, ¿estás muy segura?", y cosas así.

—Ooooww, qué tierna. —susurró Leona, acercándose a ella para besarla—. Vas a despertarme a las cuatro de la madrugada para preguntarme "¿me amas?"

 Soltando una carcajada, Diana volvió a poner el coche en marcha.

—Ciertamente, sí. —afirmó Diana.

—Y yo diré algo como "Di, ¡estamos casadas, por supuesto que te amo!" —continuó bromeando Leona, riendo junto a Diana.

 —Y yo te preguntaré "sí, pero ¿me amas románticamente o como amigas? Nunca lo definimos". —dijo Diana, haciendo reír más a la pelirroja.

—Oh, Dioses… ¡podría comerte a besos! —exclamó Leona, luego de haber calmado su risa—. Eres hilarante. Siento como que nunca voy a aburrirme estando contigo.

—Eres la primera persona que piensa eso… usualmente, las personas piensan que soy aburrida y callada. —dijo Diana, hundiéndose un poco en su sitio—. Lo último es cierto.

—Sí, recuerdo cuando apenas me hablabas. —dijo Leona, mirando a Diana con sus ojos brillantes—. Pero tú me escuchabas… tú me escuchas, de verdad, y eso me gusta de ti. Quiero pensar que no lo haces con el propósito de llevarme a la cama o con otras intenciones además de conocerme.

—De hecho, lo hago porque encuentro que tienes muchas cosas para decir… y se siente horrible cuando quieres decir algo y no hay nadie para escucharte. —dijo Diana, sonriendo con nostalgia—. O cuando quieres decir algo y tu cerebro no te lo permite, así que sólo huyes y te excluyes de la sociedad. Já, eso es horripilante.

Confundida, Leona la miró por un instante. Apretó un poco la mano de Diana en la palanca.

—¿Hay algo que quieras decirme, Diana? —preguntó Leona, encontrando lo último que había dicho Diana como algo fuera de lo normal.

—¿Qué? No, ¿yo? ¿Querer decirte algo? ¿Algo como qué? —preguntó Diana, adoptando una posición nerviosa e intercalando su mirada entre Leona y la calle—. ¿Qué crees que quiero decirte?

—Uh… no lo sé. —murmuró Leona, confundida por el repentino nerviosismo de Diana—. Quizás… quieres hablarme de… por qué siempre te veías tan tensa antes… justo como ahora.

Tragando con fuerza, Diana negó con su cabeza.

—Esa es una historia para otro día. —murmuró Diana, mirando a lo lejos el pico alto dorado de uno de los templos Solari más conocidos de Targón y al que se dirigía Leona.

Permaneciendo en silencio, Leona la miró. Supuso que, así como ella ocultaba cosas dolorosas, Diana también lo hacía. Si Diana no le insistía para que las dijera, ella tampoco lo haría, esperaría el momento para que Diana lo hiciera por sí misma, así como esperaba poder hablarle a la peliblanca acerca de él. De Rahvun.

Desbloqueó un teléfono, observando de nuevo el chat que tenía con él. Cuando Diana detuvo su coche frente al templo Solari, Leona miró atrás. Estaba lejos, pero aún podía verlo, estacionado a una distancia prudente de ellas.

Suspiró.

—¿A qué hora irás a la universidad? —preguntó Leona, quitándose el cinturón de seguridad.

—Mis clases comienzan a la una. Así que debo volver a casa, cambiarme, cargar combustible y luego ir a clases, hasta las siete. —dijo Diana, tomando la mano de Leona que estaba sobre la suya en la palanca de cambio. Dejó un beso sobre ella, sonriéndole a la morena—. ¿Paso por ti para llevarte a casa luego del trabajo?

—Si los Dioses te lo permiten y es esa tu voluntad, entonces sí. —contestó Leona, sonriendo ante el beso en su mano—. Me encantó despertar y verte a mi lado… fue mágico. Como… he soñado con eso desde que te vi en esa mesa en la cafetería por primera vez. Por supuesto que soñaba que teníamos menos ropa, pero fue igual de mágico que mi sueño.

Diana dejó escapar una carcajada, inclinándose en dirección a Leona para darle un beso.

—Te veré a las siete, entonces. —dijo Diana, quitando el seguro de la puerta del copiloto para permitirle a Leona salir.

—Diablos, Diana, bésame bien. —se quejó Leona, llevando su mano libre hasta la nuca de Diana, acercándola más a sí misma.

La peliblanca dejó escapar un suspiro cuando Leona se alejó de ella, limpiando el pequeño rastro de saliva sobre sus labios con la mano con la que la había atraído hacia ella. La morena le guiñó un ojo, abriendo la puerta del auto para salir de él y dirigirse hasta el templo, mientras que Diana permaneció por un instante inmóvil.

Pasó una mano por su cabello, volviendo a suspirar.

—Joder, Diana, no puedes estar enamorada de esta chica tan rápido, eso es estúpido. —murmuró la peliblanca, suspirando por tercera vez.

Puso su auto en movimiento cuando Leona entró al interior del templo. O al menos eso le pareció ver a Diana.

La morena, esperó un momento antes de terminar de entrar, viendo a Diana marcharse. No se extrañó de ver al auto negro seguir a el coche azul marino. Leona apretó la mandíbula con fuerza. Alzando su teléfono para escribir un único mensaje en el chat con el hombre.

“Viernes.”

—Perdóname madre, porque he pecado en pensamiento y obra. —dijo Leona, sobre sus rodillas.

Era una habitación oscura. Podía oír los rezos de las diez personas que estaban alrededor de ella, sin embargo, sólo la que estaba frente a ella era a quien se dirigía. Apenas un rayo de luz entraba a la habitación, por un tragaluz que estaba sobre ella. El rayo la iluminaba a ella y rozaba apenas a la sacerdotisa.

—Que sea Áurea, a través de mí, quien decida si mereces el perdón, hija mía. —habló la mujer en un tono firme—. Deja salir a la luz tus pecados más oscuros, mi niña.

—Quiero pensar que no soy tu hija más problemática, madre. Obro bien, ayudo al prójimo sin esperar nada a cambio, y aún con el avance de la ciencia, no cabe duda en mi corazón de que la tuya es la única luz verdadera. La luz que llena mi alma de vida y mi corazón con calor. Mi devoción por ti no tiene límites. —comenzó a decir Leona, tragando con fuerza. Abrió sus ojos, mirando el tragaluz. Era hora de iniciar su confesión—. Aun así, han pasado casi diez años desde que descubrí que tengo estos sentimientos, madre. Siento esta atracción hacia las mujeres como debería sentirme atraída hacia los hombres. —dijo Leona, manteniendo sus ojos abiertos—. Pero no siento que deba pedirte perdón por esto, porque cada vez que he amado a una mujer lo he hecho como tú, Áurea, lo indicas en las sagradas escrituras… he puesto mi corazón en juego, sin dudar. Y he dejado ir a esas personas en paz cuando no hay más por lo que luchar.

Lamiendo sus labios, Leona mantuvo su mirada fija en el tragaluz, conteniéndose de pestañear cuando la luz se hizo dolorosa para su vista.

—Todos los días, temo vivir lo que siento sumergida en la oscuridad, por la idea de que tu luz me abandone por esto. ¡Pero no puedo evitarlo, madre! —exclamó Leona, con sus ojos al borde de las lágrimas por la luz del sol—. He salido con hombres, me he forzado a intentarlo y aun así… sigo teniendo estos sentimientos por las mujeres. Me aterra que me abandones, tanto como me aterra vivir una vida de mentiras al lado de alguien que no puedo amar.

—Tu fortaleza flaquea, mi niña. —dijo la sacerdotisa, al ver la primera lágrima de Leona caer por su mejilla—. Viniste a expiarte, aun así, dices que no te sientes culpable y que no deberías pedir perdón por lo que sientes. Sería más fácil cerrar tus ojos y sumergirte en la culpa y oscuridad, pero no lo haces… ¿por qué?

—Porque no puedo vivir una vida luchando por lo que siento y mi fe. —susurró Leona, sorbiendo con su nariz—. Me niego a no ser considerada tu hija, porque te amo con cada fibra de mi ser, pero también me niego a no amar a la persona que he decidido amar.

—¿No estás siendo un poco egoísta? Presuntuosa también. —dijo la sacerdotisa, de forma acusadora—. Pides perdón, pero no te sientes culpable por tu pecado.

—No lo considero un pecado, madre. —murmuró Leona, dejando caer otra lágrima.

—Es Áurea quien decide qué es un pecado, no tú. —puntualizó la mujer, estrechando sus ojos a Leona.

—¿Entonces debo vivir una vida de mentiras, cegada por los designios de una falsa luz? —preguntó Leona, mordiendo su labio inferior. Las diez mujeres a su alrededor jadearon con sorpresa ante sus palabras—. Toda mi vida he sido una ferviente devota de tus designios, madre. He encontrado consuelo y calidez en tu rigidez. Sería capaz de sangrar por ti, porque no cabe duda en mi corazón de que eres la luz y el fuego que forjó la vida, mi vida. Te debo el simple hecho de respirar, pero encontré que se me dificultaba cada vez más hacerlo si no era junto a una mujer. Así que hoy vine aquí, madre, a implorarte redención… a implorarte que me permitas amar a quien he decidido amar sin sentirme culpable de que tu luz me abandone por ello-

—¡Suficiente! —exclamó la sacerdotisa—. Cierra tus ojos ahora… no hay redención para ti.

—Pero, mad-

—¡¿Te atreves a desafiar la voluntad de nuestra madre Áurea?! —preguntó la sacerdotisa, exaltada—. Egoísta, presuntuosa, déspota… hay otras cosas por las que debiste pedir redención, hija, y no sólo tus inclinaciones sexuales pervertidas. Cierra tus ojos y márchate. No hay expiación alguna para ti.

Las diez visionarias se levantaron de su sitio, saliendo del lugar junto con la sacerdotisa.

Leona dejó salir más lágrimas de sus ojos, manteniendo su vista fija en el tragaluz. Sollozó, sintiendo una de sus lágrimas caer sobre su hombro y continuar un camino hasta su mano. En ningún momento cerró sus ojos.

—Nunca voy a dejar de intentarlo, madre. —susurró Leona—. Mi voluntad y devoción te pertenecen sólo a ti.

Por un momento, Leona sintió que la luz que se filtraba por el tragaluz se intensificó. La habitación era fría, oscura, sin embargo, por un instante sintió una calidez invadiendo su pecho. Las lágrimas en su rostro se secaron para cuando pestañeó. No pudo ver nada por varios segundos, pues sus pupilas tardaron en dilatarse por el tiempo que estuvo mirando la luz.

Lo primero que pudo divisar en la habitación fue la estatua de Áurea frente a ella. Inclinó su cabeza hasta el suelo, en una reverencia que duró el tiempo que estuvo orándole a su madre.

Se levantó de su lugar, caminando hasta la estatua y mirándola con pesar.

—Lo lamento, Áurea… —susurró Leona, rozando con la yema de sus dedos una de las manos de la estatua—… y dile a mi madre que lo siento.

Aunque intentó contenerlas, las lágrimas volvieron a aglomerarse en sus ojos y abandonó la sala con rapidez. No miró a las personas que se encontraban en la misa del mediodía, ni siquiera a la misma sacerdotisa que acababa de negarle su redención. Salió del templo con rapidez, dirigiéndose a la parada de buses más cercana, intentando detener su llanto, sin conseguirlo.

—Así que… ¿follaste? —preguntó Sarah, inclinándose hacia Diana en la mesa del comedor de la universidad.

—No. —contestó Diana con simpleza, frunciendo un poco su ceño cuando Leona no contestó su mensaje, ni siquiera lo vio.

—¿Por qué no? ¡Desperdiciaste la mejor oportunidad de tu vida! —exclamó Sarah, confundida—. ¿Vas a quedarte con ella hoy?

—Me quedaré con Nami, y no, tampoco vamos a follar, idiota. —murmuró Diana, cuando Sarah abrió su boca para decir algo en medio de su oración—. ¿Qué está mal contigo? Es tu novia y mi mejor amiga.

—Bueno, yo pensé que eran novias cuando las conocí. —dijo Sarah, alzando sus ojos—. Aunque estaba muy dispuesta a robártela.

Syndra soltó una risa, negando un poco con su cabeza.

Diana arqueó una ceja, al igual que Sarah. Ella estaba callada, lo que era inusual.

—Así que… ¿estás bien? —preguntó Diana a Syndra.

—Sí, ¿por qué? —indagó la rubia.

—Oh, no lo sé, ¡porque mi cara no está muy bien! —exclamó Diana, frunciendo su ceño—. ¿Hablaste con tu madre o algo? ¿Por qué le dijo a ese idiota dónde estabas? ¿Terminaste con él?

—Creo que es obvio que terminamos, porque te golpeó y no creo que nadie nunca, jamás de los jamases siga saliendo con el tipo imbécil que golpeó a su mejor amiga. —gruñó Syndra, tomando el mentón de Diana para mirarla—. Tienes que aprender a maquillarte eso.

—¡Ouh! Ya, no… ¡basta! —se quejó Diana cuando Syndra comenzó a pasar una brocha por su rostro.

—¡¿Qué le pasó a Diana?! —exclamó Nami, llegando a la mesa y captando la atención de varias personas en el lugar—. ¡Mi pequeña luna está herida! ¡¿Por qué?!

—Su culpa. —dijeron Sarah y Diana a la vez, señalando a Syndra.

—¡¿Qué?! ¡Traidoras sucias! —se quejó Syndra, dejando ir a Diana—. Nami, puedo explicarl-

—¡¿Te atreviste a golpear a mi Diana, bebé?! —preguntó Nami, golpeando la mesa—. Usualmente, curo a las personas, pero hoy… voy a patearte el culo, Syndra.

—¡Fue Zed! —exclamó Syndra cuando Nami lanzó el primer libro en su dirección—. ¡Yo no tuve nada que ver!

—Sí, es verdad, fue Zed. —dijo Diana, tranquilizando a Nami—. Él estaba siendo un imbécil con Syndra y yo intervine… y bueno, no lo hice de la forma más civilizada.

—¡¿Zed se atrevió a maltratar a mis dos bebés?! —exclamó Nami, golpeando una enciclopedia contra la mesa—. ¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde se oculta ese hijo de puta?! Voy a patear su trasero y estrangularlo con mis propias manos… y luego voy a curarlo.

—Cariño… ni siquiera puedes darme nalgadas, ¿qué te hace pensar que puedes patearle el trasero a ese idiota? —preguntó Sarah, causando que el trío de amigas la miraran confundida—. ¿Qué? Es verdad, dice que le da vergüenza.

—¡Cierra la boca! Eso es algo sexual, esto es algo serio. —dijo Nami, intentando hacer tronar sus dedos y gimiendo de dolor cuando lo consiguió—. ¡Sarah, Sarah, Sarah, me duele!

—Lo sé, bebé. —susurró Sarah, tomando su mano para darle un beso—. Ya va a pasar el dolor.

—Como sea, cuenten el chisme, ¿qué pasó ayer? —preguntó Nami, sentándose a un lado de Sarah—. Hablen mientras planeo mi dolorosa venganza contra ese imbécil con cabello de anciano.

—Mamá le dijo a Zed donde estaba porque yo estuve dos días sin contestarle las llamadas, él apareció, intentó llevarme a la fuerza a… no sé a dónde, entonces Diana se levantó y-

—¡Le di una golpiza! —exclamó Diana, interrumpiendo a Syndra—. Debiste verme, Nami, lo golpeé con todo el odio que sentimos por él desde que lo conocimos.

—¡Esa es mi chica! —alabó Nami, con sus ojos brillantes.

—Y luego él la golpeó también. —murmuró Syndra, haciendo que tanto Diana como Nami fruncieran el ceño—. ¡Pero entonces apareció Leona! No creo en el amor a primera vista, pero… incluso yo me enamoré de ella cuando, de un solo movimiento, lo tenía pidiendo piedad. Quiero decir, guao, ¿acaso ella siempre ha tenido esos brazos tan fornidos? —Las otras tres miraron a Syndra en silencio, confundidas—. ¿Qué? ¿Soy la única que miró sus brazos?

—No, pero no es muy heterosexual de tu parte decir eso. —dijo Sarah, causando que Nami y Diana asintieran—. Eso es gay, amiga.

—Por dos. —dijo Diana.

—Por tres. —afirmó Nami, sonriendo con malicia—. ¿Algo que quieras decirnos, Syndra? ¿Un nuevo descubrimiento en tu vida? ¿Involucra a alguien que Sarah conozca, quizá?

Syndra sintió el calor invadir su rostro y negó con su cabeza varias veces.

—¡Miren la hora, tengo clases al otro lado de mi facultad! Suerte en su día, chicas. —dijo Syndra rápidamente, levantándose de su sitio y tomando su bolsa.

Diana la miró confundida mientras que Sarah y Nami rieron con complicidad.

—¿Verás a Leona hoy también, Didi? —preguntó Nami, sorbiendo un poco del sorbete que había dejado atrás Syndra—. ¿La llevarás a casa?

—Sip. —respondió Diana, sonriente—. Creo que hemos avanzado mucho en ciertos aspectos y me siento más cómoda estando a su lado.

—Oooww, eso es tierno. —murmuró Nami, sonriente.

—¿Van a coger o qué? Todas queremos saberlo ya. —dijo Sarah, bebiendo de su soda.

—¡Calla, Sarah! No todo en la vida es sexo. —gruñó Nami, frunciendo un poco el ceño—. Además, Diana no está lista para es-

—También pensé que íbamos a tener sexo ayer. —murmuró Diana, sonrojada. Nami soltó un gritillo y Sarah abrió sus ojos con sorpresa—. Es decir… es que… tuvimos un… momento… con mucha tensión sexual, no lo sé… quería hacerlo, pero… su compañera de piso estaba allí y simplemente no pude.

—Mándala a volar la próxima vez o algo. —dijo Sarah, riendo un poco.

—Sarah. —dijo Nami, totalmente seria—. Creo que está bien, Di. O sea, no tienes que esperar tanto como Sarah y yo. Sólo puedo decirte que no te fuerces a hacer algo que no quieres esperando aprobación de alguien más, ¿sí? Hazlo a tu tiempo, con calma, siéntete cómoda. Sino va a ser un desastre.

Pensativa, Diana se mantuvo el resto del día con esas palabras en mente. ¿Cómo sabría si era el momento correcto? La noche anterior se sintió bastante bien, con Leona acariciando su cabello mientras miraba las estrellas luminiscentes en el techo, así como la proyección de la lampara. Se sentía cómoda y en confianza, incluso un poco impetuosa. Se preguntó si en algún momento volvería a sentirse así con ella.

Su teléfono vibró en medio de una clase. Se aventuró a mirar el mensaje y era de Morgana.

“¿Qué le sucedió a Leona? Dijo que estaba con gripa, pero no sonaba congestionada en absoluto”

Diana arqueó una ceja, confundida.

“No lo sé, la dejé en su templo Solari antes de venir a la universidad… estaba bien”

Respondió la peliblanca, sintiéndose una idiota al haber descubierto a Leona con la hija de su jefa.

“Oh, no de nuevo. Seguro está llorando por el sol o algo así. Bien, como sea, la cubriré por hoy… pero deberías ir a verla”

Apenas leyó eso, Diana se levantó de su lugar, llamando la atención de todos en la clase. Recogió sus cosas, notando las miradas sólo cuando el profesor carraspeó en el momento que ella guardó todo en su mochila.

—¿Va a algún lugar, señorita Koray? —preguntó el hombre mayor, mirándola perspicaz.

—Tengo una emergencia. —dijo Diana, comenzando a caminar hasta la puerta del salón, con su mirada en el pizarrón—. Mis pasantías serán en una firma de abogados. Le entregaré la solicitud aprobada el viernes.

Sin esperar una respuesta, Diana salió casi corriendo del salón. Su padre había sido el de la idea de hacer sus pasantías con él, ya tenía todo aprobado e incluso le había hablado de unas cuantas tareas que debía realizar. Pero eso no estaba en su cabeza en ese momento.

El hecho de que Leona haya mentido en su trabajo se le hacía raro. No la conocía de toda la vida, pero en el mes y medio de verano que no estuvo estudiando, ella siempre fue puntual en la cafetería, no se ausentó ni un solo día. Incluso, la morena le había hablado de lo comprometida que estaba con Mihira con respecto a su trabajo.

Cuando llegó con el portero del complejo, Diana le insistió en que le permitiera pasar, incluso le indicó el apartamento al que iría, sin embargo, él se negó a hacerlo a menos de que recibiera una confirmación por parte del dueño o que Leona bajara por ella.

La llamó. Una vez. Dos veces. Seis veces.

Frustrada, Diana sintió ganas de golpear algo. Entonces, como caída del cielo, observó a la compañera de Leona salir del edificio, caminando en dirección a la entrada.

—¡Sivir! —exclamó Diana, sin saber de dónde obtuvo el valor para hablarle a la morena.

—¡Whoa, soy yo! —dijo la morena, asustada cuando escuchó el grito de alguien—. ¿Quién? ¿Dónde? Oh… ¿Diana, cierto? —preguntó Sivir, acercándose a las rejas que rodeaban el complejo—. ¿Qué hay? ¿Qué sucedió?

—¿Leona está contigo? —preguntó Diana, sonriendo un poco.

—No, ella debe estar en su trabajo. —dijo la morena, arqueando una ceja—. ¿Por qué?

—Porque no está allí y… yo… bueno, Morgana me dijo que no fue y que seguro fue algo de su fe y… que debería venir a verla, pero… si no está aquí… no sé dónde podría estar. —habló Diana, mirando a Sivir preocupada—. Quizás… ¿sabes dónde podría estar?

—Uh… fue a expiarse, ¿verdad? —preguntó Sivir, mordiendo su labio inferior—. Escucha, hay tres posibles lugares en los que pueda estar. En ese templo subiendo la montaña, en la casa de su tío o en el museo. Aunque te recomiendo que busques primero en el museo, pero… si te pide irte, por favor, sólo hazlo. Te marcaré la ubicación de la casa de su tío, ¿bien?

—¡Bien, sí! Gracias. —dijo Diana, entregándole su teléfono. Miró a Sivir buscar en el mapa de la ciudad, dejando una nota en una ubicación en un barrio de clase media alejado del centro—. ¡Muchas gracias!

—Recuerda… si te pide irte, sólo vete. —repitió Sivir, mirando fijamente a Diana—. La fe Solari es algo muy serio para ella, Diana. Por favor escríbeme apenas la encuentres, dejé mi número en tu teléfono.

—¡Por supuesto, sí! Gracias. —agradeció la peliblanca, subiéndose a su auto deprisa.

Diana manejó hasta el museo. Tardó al menos cuarenta minutos en llegar y cuando entró se dirigió casi corriendo hasta el área Solari.

Buscó en todos los pasillos y salones, encontrando la cabellera pelirroja en la enorme estancia donde se encontraba el guardián solar. Había pocas personas en el museo en general. El eco de varias personas murmurando se escuchaban en la sala y, aun así, para Diana lo único que existía en el lugar era Leona. Ella miraba al guardián fijamente. Ni siquiera la notó cuando se paró a su lado.

No dijo nada, sólo permaneció a un lado de Leona, a una distancia prudente de ella. Le escribió a Sivir con prisa, volviendo a mirar a la morena a su lado.

Se preguntó en su mente qué decirle. Pensó en esperar a que la notara, pero eso sería bastante raro. Que Diana estuviera allí era bastante raro y un poco acosador de su parte, sin embargo, no podía parar de pensar en la mirada de tristeza y pena que tenía la morena, así como en el rastro de lágrimas en sus mejillas.

Ella susurró algo que Diana no pudo entender.

Una lágrima solitaria resbaló por la mejilla de Leona y eso fue todo lo que necesitó Diana para hablar.

—Hey… tú. —dijo la peliblanca, llamando la atención de Leona, que volteó a mirarla.

Diana pensó que iba a intentar ocultar su tristeza, sin embargo, al observarla Leona pareció afligirse más. Cerró sus ojos con fuerza mientras otra lágrima bajaba por su mejilla.

—Yo… uh… aquí fue nuestra primera cita, ¿recuerdas? —preguntó Diana, acercándose un poco a Leona—. Y tú… eh… dijiste que debíamos decirle nuestra verdad al Guardián Solar, o de otra forma él iba a… pulverizarnos o algo as-

—Soy gay. —dijo Leona, en un tono de voz algo alto. Diana pudo sentir el dolor en sus palabras y su tono de voz—. Esa es mi verdad, y lo siento… no puedo cambiarlo… Áurea, no puedo. Lo intenté… muchas veces lo intenté, pero no puedo. ¡Lo siento! Sólo… pulverízame ahora, maldición… no quiero seguir viviendo con la culpa de amar a una mujer.

Afligida, Leona pasó sus manos por su cabello. Limpió las lágrimas de sus ojos y agachó su cabeza. Se abrazó a sí misma y Diana pudo notar cómo Leona clavaba sus uñas en sus brazos con fuerza.

Pudo sentir la desolación y culpa en la morena sin que dijera nada y entonces miró al orbe dorado que estaba colgando en el centro de la amplia sala.

Tomando una profunda respiración, Diana abrió sus labios.

—Tengo un trastorno. —dijo Diana, lo suficientemente alto para que Leona la escuchara y alzara la mirada, observándola confundida—. Esa es mi verdad. Ese es el motivo por el que soy… uh… por el que te parezco tierna o algo.

—¿Qué? —susurró Leona, con un hilo de voz.

Diana dejó salir en un suspiro el aire que estuvo conteniendo. No se atrevió a mirar a Leona, mantuvo sus ojos en los tres orbes dorados del Guardián.

—Trastorno de la personalidad evitativa o TPE. —dijo Diana, jugando con sus manos de forma nerviosa—. La verdad… no pude ser diagnosticada hasta hace un año, porque mamá y papá pensaban que sólo era algo introvertida. Tenía a Syndra a Nami y a Sarah, así que… no podía ser algo más serio. —explicó Diana, mordiendo su labio inferior y sintiendo un escalofrío recorrerla—. Pero todo empeoró cuando… cuando Alune me dejó y yo… me aislé. Estuve un mes completo sin hablar con nadie, en verano… en mi habitación… mirando el techo. No comía por días… no hacía nada por días, sólo… respiraba.

Diana guardó silencio por un momento, tragando con fuerza ante la idea de lo que podía estar pensando Leona de ella ahora. Sintió su garganta seca, pero continuó hablando luego de un instante.

—Entonces mamá me arrastró con Soraka y… bueno, ella nos habló de que mis síntomas eran… eran un trastorno de personalidad. Así que… esa es mi verdad, poderoso Guardián. Estoy loca. —murmuró Diana, temiendo mirar a su lado y no encontrar a Leona, pues ella no había dicho nada desde que comenzó a explicarse—. Pero… en mi oscuridad… en mi soledad… encontré a esta… esta chica, que me gusta como nunca había sentido que me gustara alguien. No creo en el amor a primera vista, Áurea… y Guardián. Y para una persona con mi condición es… es muy difícil confiar en alguien o… enamorarse. Pero… encontré a Leona y ella es magnífica y… ¡y ella se fijó en mí! ¿Pueden creerlo? Habiendo tantas… tantas chicas geniales y normales en Targón, ella decidió salir conmigo. Confieso que ha sido el mes más maravilloso de mi vida.

La peliblanca volvió a guardar silencio, removiéndose en su sitio y sintiendo sus ojos arder un poco por el repentino silencio que rondaba la sala.

—Así que, por favor… no… no la pulverices. —pidió la joven pálida a la esfera dorada—. Pulverízame en su lugar, porque ya estoy loca y… y si la pulverizas, creo que perderé la poca cordura que me queda.

Terminó de decir Diana. Entonces unió sus manos en hizo una reverencia frente al orbe brillante que estaba en la sala. No le importó que varias personas la miraran en la distancia, susurrando que era una fanática religiosa Solari. Sólo le importó que, al erguirse en su sitio y mirar a su izquierda, Leona estaba ahí, mirándola confundida.

Diana bajó la mirada cuando Leona se dio la vuelta, sintiendo su corazón romperse.

—Primero que nada, tener un trastorno no te convierte en una loca. —dijo Leona en un tono de voz firme—. Y segundo, no puedes pedir que te pulvericen en mi lugar, porque seguiré siendo gay y, aparte, también viuda.

Dejando escapar una risa, Diana pasó una mano por su cara, limpiando las lágrimas que se habían escapado de sus ojos.

—¿Estamos casadas? —preguntó Diana, reuniendo el valor para mirar a Leona.

Haciendo un pequeño puchero, Leona ladeó un poco la cabeza.

—Lo estaremos, te lo prometo. —aseguró Leona, tomando una de las manos de Diana y entrelazándola con la suya.

La morena sonrió lo más que pudo, acercándose a la peliblanca para dejar un pequeño beso en sus labios. La aflicción en su pecho no era nada comparado con el cálido sentimiento que se filtró en ella apenas escuchó a Diana hablar.

Observó el rostro de Diana en todo momento. Observó sus nervios y tristeza, su dolor. Entonces sintió la misma calidez que sintió invadirla por un segundo en el salón de expiación del templo Solari. Unas enormes ganas de abrazar a la peliblanca la asaltaron, ganas de protegerla y evitar que cualquier persona en el mundo volviera a lastimarla y empujarla a vivir otro mes o día de su vida en la oscuridad de una habitación cerrada.

Su dolor seguía allí. Su pesar también. Pero lo que sintió por la peliblanca en ese momento fue tan grande que simplemente se rindió ante las ganas de abrazarla y besarla.

Y eso fue lo que hizo.

Goddess of Luminosity.