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Diecinueve segundos

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Suspiró.

La chica de cabello rojo no paraba de hablar. Intervenía luego de que cada persona hablaba en la sala, contando alguna anécdota extraña que había vivido y comparándola con la de las personas en la sala.

A Soraka parecía divertirle. A Diana le producía jaqueca.

Su voz irritante y tono enérgico causaba que Diana quisiera golpearla.

Ese pensamiento la sorprendió a sí misma. Quizás golpear a Zed la había vuelto una persona violenta. Si lo pensaba, nunca antes había deseado golpear o violentar de alguna forma a alguien, ni siquiera verbalmente. Pero esa chica sólo tenía dieciocho años, o quién sabía cuántos, y había vivido más experiencias negativas que cualquier otra persona en el lugar. ¿Cómo no estaba en un hospital psiquiátrico?

Diana no podía creer que una persona fuera tan desafortunada.

Quizás estaba un poco celosa. Diana. Celosa. Celosa de una chica más joven que ella que podía expresarse con una facilidad que se le hizo molesta. Jinx era molesta. Su risa era molesta, incluso más que la de Sarah; lo que pensó que era imposible. Su voz era irritante. La forma en que se inclinaba sobre ella; descansando su brazo sobre el hombro de Diana; era desagradable.

El contacto de personas ajenas a su círculo social le daba ansiedad. Estar cerca de desconocidos le daba ansiedad. Jinx le daba ansiedad… por otro lado, Leona…

Diana aún podía recordar cómo Leona le pidió dormir juntas. Hablaron por un rato, hasta que la morena se quedó dormida con su cabeza sobre su pecho. Leona se abrazó a su cintura con una de sus manos, mientras Diana acariciaba su cabello. La joven pálida observó a Leona por un largo momento mientras dormía, hasta quedarse dormida ella. Era hermosa.

Leona era todo lo contrario a Jinx. Incluso si era extrovertida, la gente sentía ganas de acercarse a Leona y hablarle… en cambio, con Jinx todos parecían querer huir despavoridos. Su voz era como música para los oídos de Diana y su risa un cántico de ángeles. Su toque… su toque era como un rayo de luz del sol en invierno, suave y cálido.

Suspirando, Diana se aventuró a mirar su teléfono, encontrando un mensaje de Leona.

"Gracias por quedarte conmigo ayer, significó mucho para mí.  ¿Volveré a verte hoy?"

Diana respondió de inmediato con un "por supuesto".

—¡Woah, ¿quién es esa, frentota?! —exclamó la chica a su lado, moviéndose hasta quedar más cerca de Diana—. Pensé que no podíamos usar celulares aquí.

—Y no podemos. —habló Soraka, mirando fijamente a Diana—. ¿Sucede algo, Diana? ¿Tienes una emergencia?

—Ugh, no… yo… bueno, sí… algo así. —dijo Diana, reduciendo su tono de voz hasta apenas susurrar lo último. Sintió la mirada de todos sobre ella y bajó su mirada al suelo, comenzando a sentirse nerviosa—. Yo… creo que debería irm-

Sin que Diana pudiera evitarlo, Jinx le arrebató su teléfono, observando el siguiente mensaje de Leona.

—"Soy un fracaso, te prometí que te dejaría satisfecha antes de venir a trabajar y no pude hacer el desayuno hoy. Lo siento, amor". —leyó Jinx en voz alta, causando que Diana la mirara desconcertada—. ¿Eres gay? —preguntó Jinx al ver la foto de una mujer en el chat, riendo un poco en frente de todos—. ¿Quién lo diría? Si eres tan callada y seria, no pensé que podrías ser gay, menos que alguien como tú pudiera tener novi-

Quitándole su teléfono de las manos, Diana se puso de pie y pasó por un lado de Jinx, dirigiéndose con prisa a la puerta de la sala.

—Diana, espe-

—¡No! —exclamó Diana a Soraka, volteando a mirarla antes de abrir la puerta—. ¡Esto no funciona, Soraka! ¿Cuantos meses más tengo que sentarme aquí a escuchar problemas de otras personas? Problemas de verdad, que me hacen sentir como que el mío es un capricho de una niña mimada.

—Todos los problemas son reales, Diana. Todos los que están aquí necesitan esto tanto como tú. —intentó explicar la mujer rubia, mirando con pesar a Diana—. Y entiendo que tu problema te empuja a excluirte, pero si no intentas siquiera participar aquí, no hay forma de que te sientas mejor.

—¡Pero sí me siento mejor! —aseguró Diana, pasando una mano por su cabello con frustración. Observó su teléfono y la foto de Leona en su chat—. Conocí a Leona hace apenas un mes y desde ese tiempo me siento como… ¡como si todo estuviera bien! Con ella me siento como si fuera normal, me siento segura y entendida. En seis meses no he sentido nada de eso en esta sala. Lo lamento.

—Diana, sabes que ese tipo de comportamiento sólo va a desencadenar una dependencia emocional de tu parte. —dijo Soraka, esperando que con eso la joven tuviera en qué pensar—. Me estás diciendo lo mismo que me dijiste acerca de… de ella. Piensa en eso.

Diana gruñó, cerrando la puerta detrás de sí al salir de la sala.

Leona no es Alune.

Lo repitió en su mente varias veces mientras manejaba su auto en la carretera.

—Tú… eres Diana, ¿no? —dijo la joven de cabello blanco—. La mejor amiga de Nami.

Nerviosa, Diana observó a la compañera de estudios de Nami sentada a su lado en la biblioteca de la universidad. Desvió su mirada de ella, fijándose en su libro de leyes y tratando de enfocar todo su cerebro en lo que estaba leyendo, sin embargo, su mente sólo le repetía que le dijera algo a la joven a su lado.

No podía. Era muy inútil para eso.

—Quizás escuché algo acerca de que te parezco linda cuando hablaba con Sarah, así que… pensé que quizás querrías, ya sabes, tomar un café conmigo. —insistió la peliblanca, tamborileando la mesa con sus dedos y captando la atención de Diana—. Quizás mañana, luego de clases.

Diana no pudo evitar fijar sus ojos en el tatuaje lila que poseía la joven en el dorso de su mano. Era una luna creciente. No pudo evitar seguir el recorrido del tatuaje, perdiéndolo al llegar a su hombro, que estaba cubierto con la manga de su vestido.

Era una lunari.

Finalmente, Diana volvió a mirarla a los ojos. Eran tan oscuros como la noche, contrastando con su cabello blanco y piel pálida. Mordiendo su labio inferior, Diana volvió a fijarse en el libro frente a ella, encogiéndose de hombros cuando su rostro comenzó a calentarse de forma paulatina. La joven siguió tamborileando la mesa con sus dedos, acelerando el movimiento de sus dedos como signo de ansiedad por una respuesta.

—Supongo que eso es un no. —terminó por decir Alune—. Lo siento si te incomodé.

Ella se levantó de la silla a un lado de Diana, tomando su bolsa para comenzar a caminar lejos de la mesa en que se encontraba la amiga de Nami.

—Yo… uh… ¿quizás a las seis? —preguntó Diana, en un tono apenas audible.

Alune detuvo su andar y Diana tragó con fuerza cuando se volteó a mirarla de nuevo. Sonrió con amabilidad, volviendo sobre sus pasos. Tomó la pluma con la que Diana estaba escribiendo en su libreta y garabateó su número en la página en la que estaba abierto su libro, causando que Diana frunciera un poco su ceño.

—A las seis, entonces. —dijo Alune, dejando la pluma sobre el libro y rozando con sus dedos la mano de Diana, haciéndola sentir un escalofrío—. Nos veremos, Diana.

Maldita Alune. Quizás si no hubiera escuchado a Diana, ese año de relación nunca hubiera sucedido, su trastorno no hubiera tenido un cuadro tan severo y quizás no tendría que ir a esas terapias grupales que eran tan inútiles.

Esas personas ni siquiera sabían cual era su trastorno, pero ahora sabían que era lesbiana y tenía una novia de la que, según lo que le dijo Soraka, iba a depender emocionalmente en algún momento de la relación. Pero Leona no era su novia. Y quizás Diana se sentía segura a su lado, pero eso no era una indicación de que dependería de ella de algún modo. Se sentía bien a su lado… sólo eso.

Se sentía incluso mejor que en cualquier momento con Alune, ¿por qué Soraka osaba a compararlas?

Leona no se parecía en absoluto a Alune. Leona era tierna y sensible, se preocupaba por ella, no le impedía hacer nada. Y lo más importante, cuando Diana le decía que no le gustaba algo, paraba de hacerlo.

—Espera. —susurró Diana, tomando una de las manos de Leona entre las suyas—. Yo… uh… ¿p-podemos parar? Quizás… hacer otra cosa.

La pregunta de Diana causó que Leona arqueara una ceja.

—Por supuesto que no, mala perdedora. —dijo Leona, dejando el mando sobre sus piernas para presionar los botones una sola de sus manos—. ¡Voy a mostrarte el poder del sol en una paliza milenaria!

—¡Acábala! —exclamó Zoe, saltando sobre la cama de Leona—. ¡Ahora! ¡Atrás, abajo, abajo, cuadro!

—¡¡Facilitoooooo!! —gritó Leona cuando su personaje le dio una muerte bastante sangrienta al de Diana—. ¡Podría hacer esto con una venda en los ojos, Diana!

—¡Ya cállate! Todos sabemos que Scorpion es para maricones. —gruñó la peliblanca, cruzando sus brazos y desviando su mirada a algún lugar de la habitación—. Le voy a decir a mamá que te portaste mal.

—¡¿Qué?! —preguntó Zoe, desconcertada—. ¡¡Pero yo no hice nada!!

—¡Traicionaste a tu propia sangre, Zoe! —se quejó Diana, estrechando sus ojos a la niña—. Eres mi hermana, deberías sufrir mis derrotas conmigo, no decirle cómo hacer el fatality a mi nueva enemiga mortal. —Mirando ahora a Leona, Diana gruñó—. ¡Y no hay besos para ti en una semana!

—¡¿Qué?! —preguntó ahora Leona, apretando la mano de Diana que sostenía su mano derecha—. Pero… pero… yo… cumplo año en una semana, Di… no hagas esto, por favor, te lo ruego. Te dejaré ganar.

—¡No necesito que me dejes ganar, puedo ganar por mí misma! —exclamó Diana, frunciendo más su ceño y ganando un tono rojo en su rostro debido al enojo—. Ganaste una de tres, faltan dos peleas más, ¡voy a mostrarte el poder de la luna, con un personaje tan homosexual como el tuyo, solari!

Diana observó la pantalla con su ceño fruncido. Mordió su labio inferior con algo de fuerza, sintiendo una vena en su frente a punto de estallar por el enojo.

—Aaaaaaah, ¡¡qué fácil, Dianaaaaaa!! —volvió a gritar Leona, dejando caer el mando de su consola para tomar a Zoe en brazos y alzarla mientras la niña gritaba de la emoción—. ¡Leona trece, Diana cero! Trece de veinticinco, la victoria es mía.

—¡Tengo la mejor nueva hermana mayor del mundo! —exclamó Zoe, moviendo sus brazos en el aire—. ¡Vayamos a comer papas fritas con helado al Galio Chikens más cercano para celebrar la aplastante derrota de mi ex hermana mayor favorita!

—¡¿Estás diciéndome que yo soy tu nueva hermana mayor favorita?! —preguntó Leona, mirando a la niña con ojos brillantes.

—¡Pero por supuesto que sí, Leo! —respondió Zoe, moviendo sus pies en el aire con insistencia—. ¡La hereje no puede ni siquiera defender mi honor en un videojuego, en cambio tú sí!

—¡¡Siempre quise una hermana menor para defender su honor en un videojuego!! —exclamó Leona, alzando más a Zoe, hasta el punto en que la niña alzó los brazos para tocar el techo—. ¡¡Voy a ser la mejor hermana mayor del mundo, Zoe, lo prometo!!

Diana arqueó una ceja, mirando en dirección a la esquina de la habitación en donde Zoe y Leona no paraban de gritar con emoción. Sonrió sin poder evitarlo, olvidando su enojo por el videojuego.

—¡¡Súbeme a tus hombros para poder ser más alta que Diana, Leo!! —pidió Zoe, con sus ojos brillando tanto como los de Leona.

—¡No se diga más! —aseguró Leona.

Dejó a Zoe sobre su cama y se sentó en ella para que la menor pudiera acomodarse sobre sus hombros. Emocionada, Zoe se tambaleó un poco cuando Leona se puso de pie nuevamente y soltó un gritillo de emoción cuando la morena caminó hasta Diana con lentitud, deteniéndose a un lado de la peliblanca, que seguía observándolas con una pequeña sonrisa en sus labios. Zoe señaló a Diana con uno de sus dedos, sonriendo con autosuficiencia a ella.

—¿Quién es la enana roja ahora, sis? —preguntó Zoe, soltando una risilla—. ¡Voy a crecer y crecer hasta ser tan alta como Leona y tú vas a seguir siendo pequeña como la luna!

—¿Sabes qué dicen de las cosas altas, Zoe? —indagó Diana, levantándose con lentitud del suelo—. Dicen que son las que más ruido hacen al caer.

—¿Qu-

Diana intentó empujar a Leona en dirección a la cama, sin embargo, su fuerza sólo le alcanzó para hacer tambalearse un poco a la morena. Diana volvió a presionar su mano sobre el abdomen de Leona, ganando un tono rosa en sus mejillas al sentirlo firme.

—Joder, qué maciza. —murmuró Diana, acariciando el abdomen de Leona con insistencia y causando que la morena comenzara a reír.

—¡No, espera! —Tambaleándose más, Leona no pudo parar de reír cuando sintió la mano de Diana rozar entre sus costillas, causándole cosquillas—. Espera, Dia- ¡whoa!

Zoe soltó un grito de susto cuando comenzaron a caer, hasta que su cuerpo cayó sobre el colchón de la cama de Leona. Entonces la menor comenzó a reír de forma escandalosa. Leona se unió a su risa, con sus manos en su estómago para evitar que Diana le hiciera cosquillas. Diana soltó una pequeña risa, uniéndose a la de ambas sobre la cama.

Leona no era Alune. Alune ni siquiera había querido tener algún contacto con Zoe más allá de un saludo cuando iba a cenar a casa de Diana. Zoe no la odiaba, pero Diana estaba consciente de que se sintió desplazada el tiempo que duró su noviazgo con Alune.

—Y cuando lo encontramos, Aurelion no podía parar de arañarme, así que mamá le compró sus lindos zapatitos. —dijo Zoe, comiendo una de las papas con helado—. Entonces al verlo me obsesioné con comprarle ropa y ahora tiene tanta, que tiene un pequeño clóset al lado del mío.

—¡No hay manera! ­—dijo Leona, riendo un poco—. Quiero verlo.

—Aquí está, esta es su camisa, su corbata y sombrero para ocasiones especiales, como mi cumpleaños. —dijo Zoe, mostrándole una foto a Leona con su teléfono.

Leona observó al gato de pelaje negro y ojos azules, el cual parecía bastante disgustado por tener que usar aquella ropa. La morena no pudo evitar soltar una pequeña risa con las siguientes fotos, donde podía ver a Zoe a un lado del gato. Luego una donde el gato parecía querer atacarla y ella se alejaba sorprendida.

—¡Oh, y cuando nos disfrazamos de piratas en Halloween! —exclamó Zoe, buscando en su teléfono. La risa de Leona fue tal que terminó por llamar la atención de varias personas a su alrededor—. Lo sé, se ve tan tierno. Lo amo tanto… y sé que él me ama también.

—Tuvimos que ponerle un rastreador en su collar, porque una vez salió de casa y estuvo perdido por meses. —susurró Diana, haciendo que la risa de Leona parara—. Es una verdadera suerte que lo hayamos encontrado.

—¿Y cómo sabían que era él y no otro gato negro? —preguntó Leona, intrigada.

—Porque él… ama a Zoe de una forma muy peculiar. —dijo Diana, rascando un poco su cuello—. Saltó para arañarle la cara cuando pasó por su lado.

—Mi hermoso Aurelion. —dijo Zoe, moviendo sus pies bajo la mesa con insistencia—. Espero que en sus otras siete vidas me encuentre, como en esa película del perro que encuentra a su humano luego de otras vidas. ¡Tan lindo!

Diana tosió un poco luego de ahogarse con una de sus papas.

—Estoy bastante segura de que él huiría. —musitó Diana entre dientes, causando que tanto Zoe como Leona inflaran sus mejillas y fruncieran sus ceños debido a su comentario—. ¿Q-Qué?

—¡No la escuches, Zoe! —dijo Leona—. ¡Estoy segura de que Aurelion volverá por ti en sus siguientes siete vidas porque te ama!

—¡Sí, estoy segura también! —aseguró Zoe, asintiendo con su cabeza varias veces—. Sólo tienes envidia, Diana. Porque seguro en su otra vida Leona huirá de ti por ser una hereje que le gusta ahorcar personas.

—¿Qué? No me gusta ahorcar personas. —dijo Diana, arqueando una ceja—. ¿De dónde sacas eso?

—Entonces ¿por qué está tu historial de google lleno de… asfixia erótica? ¿Qué es eso? —preguntó Zoe, confundida—. ¿Asfixiar no es ahorcar a alguien?

Al instante Diana ganó un tono rojo en su rostro. Fue por pura curiosidad. Ella no era fanática del bondage o nada parecido, menos de la asfixia. Pero el hecho de que Leona se lo hubiera insinuado varias veces había causado en ella curiosidad, y cuando la curiosidad la invadía, Diana sentía la necesidad de despejar todas sus dudas acerca del tema en específico.

Dos noches atrás se había aventurado a ver un video donde una chica asfixiaba por un instante a otra durante el sexo. No pudo visualizarse a sí misma haciendo eso con Leona. Leyó varios artículos en internet acerca de eso y descubrió que a algunas personas les agradaba la sensación de “encontrar el orgasmo al borde de la muerte”.

Y según la sociedad, Diana era la enferma.

No pensaba que Leona estuviera enferma por eso, por supuesto que no. Sin embargo, su investigación sólo le dejó muchas más dudas que respuestas. ¿Quién le había mostrado eso a Leona? ¿Dónde lo había leído? ¿Cómo podía gustarle?

—Se acabó, le cambiaré la clave de mi teléfono. —gruñó Diana, sacando su teléfono para comenzar a buscar la configuración del mismo.

—Mejor usa seguridad biométrica. —murmuró Leona, cubriendo su rostro con una de sus manos. Se sintió culpable de alguna forma por haber insinuado la asfixia una vez en frente de Zoe—. Joder, Di, existe el modo incognito.

—¡Lo siento! No sabía que tenía que usar el modo incognito en mi propio dispositivo móvil. —se quejó Diana, con su rostro aún sonrojado. Negó con su cabeza—. Nunca volverás a tocar este teléfono en tu vida, Zoe, ¿entiendes? Si mamá te oyera decir eso alguna vez, ¡estaremos muertas!

—¿Por qué? ¿Ella va a pensar que crió a una asesina serial? —preguntó Zoe, sin entender por qué ambas jóvenes adultas parecían estar tan avergonzadas—. Quiero decir, por tu condición sólo eres un peligro para ti misma. No puedes hablarles a las personas desconocidas sin desmayarte antes, no me imagino si las tocas sin conocerlas… ¡morirías!

—Suficiente, pequeña… ¡enana roja! —exclamó Diana, empujando otra caja de papas fritas en dirección a su hermana—. ¡Sólo come para poder irnos a casa!

—Okey, bien, como sea. —murmuró Zoe, observando a su hermana cabizbaja—. ¿Acaso vas a poner de nueva contraseña “LeonaxDiana4ever”? Porque la anterior también fue muy fácil de descubrir.

—¡Joder, para de adivinar mis contraseñas! —se quejó Diana, tecleando para borrar en el teléfono y causando que tanto Leona como Zoe rieran—. ¡No vas a descubrir esta jamás, lo juro!

—“Lunaris>Solaris”. —dijo Zoe, causando que Diana gruñera y Leona parara de reír—. No, ya sé… “Laherejíaesunapasión4”.

—¿Por qué el cuatro? —preguntó Leona, interesada.

—Por las fases de la luna, es su número favorito. —contestó Zoe, alzándose de hombros—. Siempre que bloquea su teléfono con un patrón, es un cuatro. Sus pines suelen ser cuatro cuatros.

—¡Ya para! —exclamó Diana, dejando caer su cabeza sobre la mesa—. ¡¿Cómo puedes recordar todas mis contraseñas?!

—Di… eres muy inteligente, pero no eres muy creativa. —dijo Zoe, llevando una papa con helado a su boca—. Mejor pon la cosa de la huella.

—¿Sabes qué? Tienes razón. —gruñó Diana.

Leona rió un poco, recargándose de la mesa para poder observar a Diana frente a ella. Mantuvo su sonrisa en sus labios incluso cuando la peliblanca terminó de configurar sus huellas en el teléfono y por fin alzó su mirada para poder fijarse en Leona.

—¿Qué es? —preguntó la joven pálida, mirando a sus lados—. ¿Tengo algo en la cara?

—Sólo… de verdad me gusta esto. —dijo Leona, tomando una de las manos de Diana por encima de la mesa, amplió su sonrisa. Entonces desvió su mirada a Zoe por un instante, captando la atención de la niña también—. Me encantó estar con ustedes hoy. Fue divertido.

—Me encantó tamb-

—Sí, fue divertido que le patearas el trasero a Diana trece veces en un juego. —dijo Zoe, interrumpiendo a su hermana mayor, que se quedó en blanco al instante de escuchar eso—. Fue épico, icónico, grandioso, legendario, heroico, glorioso, espectacular, fantast-

—Al auto, ahora. —dijo Diana en un tono lúgubre, causando que Zoe se encogiera en su lugar.

—Pero aún no es tan tarde. —murmuró Zoe, comiendo otra papa.

—Por los dioses, Zoe, son las nueve y media de la noche. —se quejó Diana—. ¿Qué más quieres hacer? —Zoe pestañeó varias veces, señalando con su mano la zona recreativa del restaurante de comida rápida. Diana suspiró, negando con su cabeza—. Zoe, eso es para niños hasta los ocho años, hemos tenido esta conversación varias veces.

—¡Pero Di, yo quiero! —lloriqueó Zoe, removiéndose en su sitio—. ¡Yo quiero, quiero, quiero, quiero!

—Per.

—Yo me encargo. —dijo Leona, sorprendiendo tanto a la niña como a su hermana mayor—. Vamos. —tomó la mano de Zoe, guiándola por el lugar hasta acercarse al lugar donde atendían en el Galio Chikens. Sonrió con inocencia a la morena frente a ella que arqueó una ceja al encontrarla allí—. Hey, cajera totalmente desconocida. Soy una clienta casual que nunca ha pasado por aquí y-

—No puedo recargar tres veces tu bebida, Leona. —gruñó Sivir, desviando sus ojos azules a la niña a un lado de Leona—. ¿Zona de juegos?

—Sí, por favor. —dijeron tanto Leona como Zoe.

—Bien, cómo sea. —murmuró Sivir, perdiéndose de la vista de Leona por un momento. La morena salió por una puerta a su izquierda y caminó hasta la zona de juegos siendo seguida por su mejor amiga y la niña rubia. La morena carraspeó llamando la atención del supervisor de la zona recreativa—. Hey, Colin… ¿puedes dejar pasar a esta pulga? Aún tiene ocho, pero es muy alta.

—Claro, Sivir. —fue la respuesta de su compañero, que le regaló una sonrisa a Zoe—. Voy a necesitar que te quites los zapatos, pequeña grandulona.

Zoe abrió su boca y sus ojos brillaron con emoción. Dejó la mano de Leona para entrar a aquella zona a la que no había podido acceder desde que sobrepasó la altura y edad mínima.

—Acerca de la bebida. —dijo Leona, mirando a Zoe quitarse los zapatos—. ¿Qué hay de un-

—No. —fue la única respuesta de su compañera, que se alejó de ella con prisa.

—¡Oh, vamos! —se quejó Leona, divisando por última vez a Zoe antes de volver a su mesa con Diana—. Así que… ¿asfixia erótica?

—Dioses… soy yo de nuevo. —murmuró Diana, mirando su teléfono con fijación—. Te… uh… te gusta mucho tomar fotos, ¿no?

Leona reconoció el cambio de conversación como el hecho de que Diana no quería hablar del tema y deseaba cambiarlo o sería incómodo para ella. Sonrió, asintiendo con su cabeza. Sabía que Diana se refería al hecho de que compartía contenido de forma muy regular en sus redes sociales, pero más que nada a menudo compartía historias en Instagram.

—¡Me encantan las fotos! —aseguró Leona, desviando su mirada a la zona infantil en busca de la cabellera rubia de Zoe. Leona tomó una mano de Diana de nuevo, tomando su teléfono con su mano libre y enfocando ambas manos con su cámara. Amplió su sonrisa—. Supongo que quiero que queden recuerdos de lo que vivo en mis redes, porque el único álbum fotográfico que tenía de mi niñez quedó en el olvido. —Leona entrelazó sus dedos con los de Diana, sintiendo su corazón latir agitado en su pecho—. Un par de amigos se dieron cuenta de que salgo con alguien, pero… no me siento con derecho de mostrar tu rostro en mis redes sin antes pedirte el permiso, así que… he estado sólo subiendo fotos de mi futuro collar.

—¿Tu futuro qué? —preguntó Diana, confundida, observando a Leona fotografiar sus manos entrelazadas—. E-Espera… ¿q-quieres una foto conmigo?

Leona soltó una pequeña risa, sonrojándose un poco.

—Quiero de todo contigo, Diana. —aseguró Leona, mirándola fijamente a los ojos. Entonces repitió en su cabeza lo que dijo sin pensar y carraspeó un poco—. Quiero decir… no… no quiero sonar como… muy intensa ni nada… sólo… eh… ¿quieres que recargue tu bebida?

Diana sonrió, apretando la mano de Leona con la suya. Había notado que, en varias ocasiones, la morena subía fotos de sus manos entrelazadas, de la mano de Diana sobre la suya o sobre su rodilla, a veces fotos de Diana dándole la espalda o donde no se podía ver su rostro debido a la posición estratégica de la cámara y el sol. Siendo honesta, Diana agradecía que Leona pensara de aquella forma, pues apenas y subía fotos a sus redes de lo que comía o de ella con Zoe y sus amigas. No se sentía preparada para aparecer en el perfil de alguien más.

Que Leona sintiera que debía preguntárselo antes de hacerlo la hacía rectificar su punto. Leona no era como Alune.

—¿Tenías un álbum fotográfico de tu niñez? —preguntó Diana, buscando a Zoe con la mirada—. Moriría por verlo.

—Ah, ¿sí? ¿Por qué? —indagó Leona, dejando su teléfono a un lado.

—Eres bastante tierna ahora, imagino que de niña lo eras aún más. —dijo Diana, localizando a su hermana en la cima de una de las torres de juego—. Asumo que te gustan las fotos desde que eres una niña.

—Mamá amaba tomarme fotos y grabar videos acerca de lo que hacía. —comentó Leona, bajando un poco la mirada—. Ella decía que quería guardar cada momento importante de mi vida en un álbum o en películas para verlas cuando yo… me fuera a la universidad y… sólo. —Leona guardó silencio, mordiendo su labio inferior—. Papá escondió el álbum y las cintas en algún lugar y no pude encontrarlas antes de irme, así que… mamá vive sólo en mi memoria ahora.

—Hey… lo… lo siento, no pretendía hacerte recordar algo triste. —murmuró Diana, levantándose de su lugar para rodear la mesa y sentarse a un lado de Leona—. De verdad lo lamento, Leona.

—Está bien. Estoy bien, de verdad. —dijo la pelirroja con un hilo de voz—. Sólo… gracias por esto, Diana.

—¿Por qué? —preguntó la peliblanca confundida.

—Por quedarte ayer conmigo y… por hacerme reír hoy. —respondió la morena, acariciando con una de sus manos la mejilla pálida de Diana—. Eres una chica maravillosa.

Cerró la distancia que las separaba, sintiendo la cálida respiración de Diana contra su rostro.

—Sí, yo… soy una chica maravillosa que aparentemente apesta jugando contra ti. —dijo Diana a modo de broma, haciendo reír a Leona—. Gracias por no subir fotos mías a tus redes sin decírmelo. Para mí es… es un poco vergonzoso tomarme fotos. Cosas de la autoestima y así.

—Realmente me gustaría que pudieras verte tan hermosa como yo te veo. —murmuró Leona, volviendo a besarla esta vez de manera profunda—. Joder, de verdad que me encantas.

—Sí, me encantas también. —susurró Diana en medio de un tercer beso—. Espera. ¿Dónde está mi castrosa? —Ambas dirigieron su mirada a la zona infantil, encontrando a Zoe bajar por una resbaladilla hasta una piscina de pelotas plásticas—. Bien, allí está, continuemos.

—De verdad quisiera algo como… un álbum de nuestras lesbiaventuras. —dijo Leona luego de varios minutos de estarse besando, sintiendo que la ausencia de Zoe y la atmosfera del momento era la indicada para la propuesta que tenía en mente—. Como… ¿te imaginas si tuviéramos fotos de esa vez que estuvimos horas en el hospital? La tendríamos en un álbum y le diríamos a nuestros hijos “Esta fue nuestra primera cita, su madre se desmayó porque la besé”. Épico.

—Dioses, no. —negó Diana, soltando una risa—. O esa vez cuando te devolví una hebra de tu cabello. Por la luna, soy un imbécil.

—¡O la vez que Zoe nos dijo “ya bésense”! —dijo Leona, volviendo a buscar a Zoe con la mirada—. Ya hablando en serio, ¿qué hice en mi anterior vida para conocer a una chica tan increíble como tú en esta vida?

—Quizás fuiste el aspecto del sol, porque brillas todo el tiempo, incluso ahora. —respondió Diana a modo de broma—. Incluso ayer.

—¿Eso crees? ¿Crees que brillaba ayer? —preguntó Leona, soltando una pequeña risa. Tragó con algo de fuerza, sosteniendo las manos de Diana entre las suyas. Tomó una larga respiración, reuniendo el valor necesario para lo que haría—. Yo… realmente siento que este mes fue maravilloso, Diana. Y sé que… quizás es muy apresurado, pero…yo… uh… quisiera… que tú y yo… llenáramos un álbum de recuerdos como nov-

—¡Mira la hora! —exclamó Diana con nerviosismo—. Es… ya van a ser las diez, debería llevarte a tu casa, ¿no crees?

Leona miró confundida a Diana por su repentino nerviosismo. Notó el pánico en su mirada y algo dentro de la morena se quebró. Asintió con su cabeza, dejando libre a Diana para permitirle levantarse e ir en busca de su hermana menor.

Diana no dijo ni una palabra con respecto a lo que le había estado diciendo Leona en el camino a la residencia de la joven pelirroja, sin embargo, no olvidó lo que había estado a punto de decirle. Quizás era una imbécil, pero Diana estaba segura de que Leona iba a pedirles ser pareja… y no quería tener que rechazarla, así que actuó por inercia y prefirió salir corriendo en busca de su hermana.

—¿Te veré mañana? —preguntó Diana al ver a Leona bajarse del auto.

—Ah… si eso quieres, está bien. —dijo Leona con cautela, tratando de que la peliblanca no notara el dolor en su mirada.

—Bien, sí, por supuesto que quiero. ¡No, espera! —exclamó Diana, golpeando su frente con una de sus manos—. Mañana… tengo que cuidar a Zoe y… tengo unos pendientes… ¿quizás el lunes?

Leona guardó silencio unos segundos.

—Como quieras. —apenas articuló la morena, alejándose del vehículo y despidiéndose de ella con un gesto de su mano.

—Joder, carajo, mierda. Soy una imbécil. —murmuró Diana cuando puso el coche en movimiento—. ¡Jodí todo!

—¿Qué le hiciste a Leona? Se veía triste. —dijo Zoe, mirando la calle que habían dejado atrás, divisando a la morena—. Y se veía aún peor luego de que dijiste que no la verías mañana.

—¡Soy una imbécil! —exclamó Diana, deseando golpearse a sí misma.

——————————

—Quizás para ella sea muy pronto, ya sabes. —dijo Sivir luego de que Leona le contara lo que sucedió a minutos de irse del lugar en el que trabaja su mejor amiga—. Quiero decir… no se veía como las que le huyen al compromiso, pero… luce como el tipo de chicas calladas que les gusta tomarse su tiempo conociendo a las personas antes de lanzarse en el profundo y aterrador océano del noviazgo.

—Pero ya tuvimos sexo. —murmuró Leona, hundiendo su rostro en su almohada, sollozando un poco—. ¡Tuvimos sexo aquí en esta cama!... y en el sofá, y… quizás en la mesa.

Sivir se mantuvo en silencio por un largo rato, poniéndose de pie para no estar sobre la cama.

—Amiga, voy a necesitar que me jures por tu madre que te encargaste de limpiar muy bien donde sea que estuvieron tus fluidos. —dijo la castaña, negando con su cabeza—. Pero el punto es que tener sexo no es lo mismo que tener un noviazgo. Puedes tener sexo con cualquier persona, pero ¿le prepararías una sopa cuando se enferme o algo así? ¿Vendría a consolarte luego de que tengas una de tus peleas familiares que te dejan con depresión por días?

 Leona alzó su cabeza, mostrándole a Sivir las lágrimas que se habían acumulado en sus ojos.

—Joder. —murmuró Sivir, sentándose de nuevo en la cama—. ¿Qué te hizo? ¿Qué te dijo ese imbécil esta vez?

—Tengo que decirte algo… algo que te oculté porque soy una imbécil. —murmuró Leona, sentándose en la cama para caminar hasta el clóset—. Yo… eh… Rahvun ha estado enviándome dinero.

—Pues devuélvele su porquería. Leo, si necesitas dinero, le pediré a papá palomo.  —dijo Sivir, observando a su amiga sacar una mochila de su clóset y dejarla sobre la cama.  Sivir miró sorprendida los once sobres gruesos, dedujiendo que era bastante dinero—. Ok. Sí, no. Esto es demasiado. ¿Le debes a un vendedor de drogas o qué carajo, Leona Rakkor?

 —Él dijo que es la herencia de mamá. —murmuró Leona, caminando ahora hasta la habitación de Sivir, siendo seguida por ella en silencio—. Dijo que incluso… soy la dueña de su casa ahora.

—Sí, no le creo un carajo a ese imbécil. —se quejó Sivir, mirando a Leona buscar algo bajo el colchón de su cama—. ¿Qué es eso? ¿Qué estás buscando?

Leona sacó los sobres y carpetas que había ocultado allí la noche anterior debido a la prisa. 

—Tampoco le creo, pero… creo que este es el testamento o algo. —dijo Leona, tomando el sobre y abriéndolo. Sacó las hojas de papel que estaban en el interior, percatándose entonces de unas llaves en el interior del mismo. Las tomó, reconociéndolas al instante—. Son de ella. Son de la casa de mis abuelos, ella solía llevarme en verano.

—Como sea, Leona, puede estarte manipulando. —dijo Sivir, con su ceño fruncido—. Lee esa blasfemia y sabremos si es basura de ese estúpido.

—Este es de hace casi veintitrés años. —dijo Leona, leyendo uno de los documentos—. De hecho es de mi abuelo materno. Dice que soy su heredera y que la casa está a mi nombre a partir de mi mayoría de edad.

—¿Me estás diciendo que siempre tuviste una casa, pero estamos aquí pagando un alquiler? —preguntó Sivir, arrebatándole el documento para leerlo por sí misma—. ¡Joder, Leona!

—¡Hey, tu papá podría comprarte una casa cuando quieras y dónde la quieras! —contrapuso Leona.

—Sí, pero Azir es un imbécil prepotente. No quiero nada de él además de unas disculpas por ser el peor papá del imperio shurimano. —se quejó Sivir, dejando de lado el documento—. ¿Qué dice el otro?

—También es de mi abuelo. Le hereda todo su dinero a mamá. —dijo Leona, leyendo el documento con rapidez—. Y este último es… el de mamá. Tiene fecha del… 

—¿Del qué? ¿Cuándo lo firmó? —preguntó Sivir, intrigada.

—El día que murió. —susurró Leona, mordiendo su labio inferior con fuerza.

—Joder… joder, lo lamento, Leona. —dijo Sivir con cautela, acariciando la espalda de su amiga e intentando reconfortarla—. ¿Estás bien? Parece que has pasado por una montaña rusa de emociones estos días. Y ahora esta mierda.

—Yo… no lo entiendo. —susurró Leona, confundida—. ¿Por qué me heredaría todo el día antes de morir? ¿No iba a tener a mi hermano ese día?  Ella murió en el parto… esto no tiene sentido.

 —¿Lo ves? Quizás él lo manipuló todo para darte dinero porque se arrepiente de ser una basura. —dijo Sivir, leyendo también el documento.

—Pero aquí están los movimientos de la cuenta de banco. —dijo Leona, pasando la página—. Estuvo inactiva desde tres días antes de que ella muriera hasta el año pasado, cuando él comenzó a enviarme dinero.

—Esto es extraño. —murmuró Sivir, estrechando un poco sus ojos—. Muy calculado. Ella movió durante varios días todo su dinero desde distintas cuentas de banco hasta esta cuenta, sólo para luego dejarte todo el dinero. Es raro… casi… planificado.

 —¿Qué quieres decir? —preguntó Leona, más confundida que antes al hallarle sentido a lo dicho por Sivir.

—Parece como… si ella hubiera sabido que iba a morir. —susurró Sivir, no queriendo tocar un punto sensible en su amiga—. Escucha, quizás estoy alucinando. ¿Por qué no vas con su abogado y al banco? Validas que haya sido ella quien solicitó todo esto, quien hizo las transferencias de banco… y si resulta ser así entonces, sólo… usa el dinero.

—No pued-

—Leona, estás cansada. —dijo Sivir, interrumpiendo a su amiga—. Trabajaste duro en el verano, trabajaste sin parar el año pasado… no digo que lo gastes en prostitutas, sólo… tienes a Diana ahora, es complicado tener una novia, trabajo y universidad, créeme, lo sé.

—¡Pero tú pudiste con todo eso! —dijo Leona—. ¡Yo puedo también!

—Leona, Azir no acosa a mis amistades ni a Kai'Sa. Nunca ha mandado a un militar a seguirte ni me presiona para que salga con hombres. —contrapuso Sivir, cruzando sus brazos por encima de su pecho—. Yo he estado haciendo esto desde que cumplí dieciocho porque rechazo la política sucia de Azir y su riqueza a base de la clase baja de mi gente. Pero desde que lo hago, él no se mete en mi vida ni yo en la suya. Él conoce de Kai'Sa lo que yo le digo a Taliyah.

—Pero aun así-

—Rahvun es un problema. —Sivir la interrumpió—. Y esta cosa nueva acerca de Isis, tu madre… tienes que llegar al fondo de eso y no vas a lograrlo yendo a la universidad, haciendo tus prácticas y trabajando todo al mismo tiempo.

Leona permaneció en silencio, intercalando su mirada entre los papeles y su amiga. Suspiró, asintiendo con su cabeza y permaneciendo cabizbaja.

—Renunciaré a mi trabajo. —susurró Leona, desanimada—. Luego de averiguar si, en efecto, la herencia es de mamá.

—Bien. No hagas esa cara de sol apagado. —susurró Sivir, abrazando a su amiga y permitiéndole llorar en su hombro—. Estoy aquí, y seguro tu noviecita también estaría aquí si le cuentas.

—Ella me rechazó. —murmuró Leona, sollozando con más fuerza—. Brillar como el sol arde como las más vivas llamas del infierno.

 —No te rechazó, sólo entró en pánico. —dijo Sivir, dándole un par de palmadas en la espalda—. Estarás bien. Seguro vuelven a besarse mañana.

—No nos veremos hasta el lunes. —se quejó Leona, hundiendo su rostro en el cuello de Sivir—. Me quiero morir.

Suspirando, Sivir asintió con su cabeza.

—Somos dos. —dijo Sivir con pesar—. ¿Quieres ir con Kai'Sa? Estará con su grupo practicando para sus próximos conciertos. Puedes tomarte fotos con ellas, creo.

—Tú sí que sabes cómo curarle la depresión a una chica, Sivir. —comentó la morena a modo de broma.

 ——————————

 Diana detuvo su auto frente a las escaleras que llevaban al templo.

Era mucho más grande y sofisticado que otros templos Solari. Alguna vez había leído que era considerado la cuna de la religión Solari, por ser el único templo ubicado en la montaña que seguía abierto al público.

Hacía cientos de años que, con la modernización, los targonianos habían decidido bajar de la montaña. Aún existían fanáticos de la montaña, por supuesto; Diana se incluía en ellos; sin embargo, con el pasar de los siglos y la ausencia de aspectos y peligros más allá de guerras entre simples humanos, vivir en la montaña no seguía siendo una opción viable para ninguna de las tribus.

Era una tierra religiosa, sí. La montaña era el principal atractivo turístico, claro. Pero de no ser por los observatorios científicos, que pertenecían más a Piltover que a Targón, o los yacimientos de gemas extremadamente valiosas, Targón no sería más que una región pobre y olvidada.

Si bien sus religiones se habían expandido por otras regiones, los verdaderos devotos y ortodoxos nacían y crecían en Targón. Aunque claro, el festival del sol y la luna atraían tantos turistas a Targón como el festival del florecer espiritual a Jonia, o el festival de la ascensión a Shurima.

Muchos Solari se regocijaban con turistas acerca de ser verdaderos "hijos de Targón" o "unificadores de los cielos". Los lunari, por otro lado, eran más silentes y agradecidos con los turistas. Aunque, pese a su pasado bélico y desacuerdo en creencias, los practicantes de ambas religiones se mostraban orgullosos de ser targonianos.

Pero para Diana... ella sólo había tenido la suerte de nacer en Targón, en una familia acomodada, con padres no ortodoxos.

Miró a Leona a su lado, en el asiento del copiloto. Ella tenía puesta la venda que Diana le había pedido ponerse, cubriendo sus ojos. Había un par de cosas que no entendía de Leona, como sus celos o su necesidad de tomarse al menos veinte fotos durante el día para subirla a redes sociales. Pero lo que menos comprendía era su fiel devoción con una religión tan rigurosa.

Ella actuaba como una chica bastante clandestina, no parecía el tipo de persona que se desvive por una fe rígida. Al menos eso pensaba Diana.

Pero incluso si Leona es así, Diana estaba muy segura de que quería salir con ella. Le gusta cómo es. Le gustan sus chistes infantiles, su sonrisa, su cabello, su elocuencia, su mirada, su gentileza, su sarcasmo e incluso sus comentarios sugerentes matizados por la inocencia deslumbrante que irradiaba su rostro.

No lo había planeado bien, ni siquiera había pensado en esto hasta hace poco, pero el hecho de que Leona había intentado proponerselo el sábado en la noche le dejaba en claro que no tenía mucho tiempo antes de que la morena volviera a intentarlo, por eso la evitó los últimos cuatro días.. Esperaba que la sorpresa le sumara unos cuantos puntos con la joven morena. Esperaba que la ayudara a aceptar su propuesta.

—Estamos aquí. —susurró Diana, quitándose su cinturón de seguridad—. Sólo espera un momento.

Sacó las llaves del auto, apagándolo luego de haberlo estacionado cerca de las escaleras. Salió del coche y lo rodeó, abriendo la puerta del copiloto para quitarle el cinturón a Leona y permitirle salir del interior con su ayuda.

—¿Estás trayéndome a adoptar un perrito? —preguntó Leona con emoción—. Porque nada me haría más feliz que eso justo ahora, Di.

—Oh… uh… no. —respondió Diana, sonrojándose un poco—. ¿L-Lo dices en serio?

—¡Por supuesto! ¿No amas los cachorros? Son tan tiernos y pequeños. Y sus patitas son tan esponjosas. —dijo Leona, mientras Diana la guiaba por el lugar luego de ponerle seguro a su coche—. Tú eres como un cachorro. Tan tierna.

—Ugh… yo soy más como… un koala. —murmuró Diana. Deteniéndose frente a las escaleras, Diana no soltó las manos de Leona hasta después de suspirar al menos tres veces. Se posicionó tras ella—. Bien… yo… mmm… espero que… no te disguste, supongo.

—Creo que tú podrías regalarme una rama y yo la enmarcaría. —dijo Leona, cerrando sus ojos cuando sintió que Diana comenzaba a desatar el nudo en su nuca—. Dormiría con ella también, mientros pienso en ti.

—Eso… es extremista. —susurró Diana, riendo un poco. Apretó la venda con fuerza y suspiró por cuarta vez—. Ya, abre tus ojos.

Leona lo hizo sin chistar, encontrándose con que la luz del sol le molestaba un poco. Pestañeó un par de veces y divisó las escaleras que guiaban al templo en la montaña.

Su primera reacción fue arquear una ceja. ¿Qué hacían allí? ¿Qué podría ser su sorpresa? ¿Por qué Diana la traería a este templo en específico? Su segunda reacción fue voltear a mirar a Diana entre sorprendida y emocionada.

—¡Diana, ¿es en serio?! —indagó la morena, sintiéndose nerviosa de repente—. ¿De verdad hiciste esto?

—¡Por supuesto! Yo… uh… mi mamá conoce a la sacerdotisa, es su amiga de la infancia. —dijo Diana, sonriendo al ver la emoción en el rostro de Leona—. Ella le pidió el favor de hacerlo y… bueno, sólo tuve que pagar y agendar la cita.

—¡Pero no podemos! —exclamó Leona, cubriendo su rostro con sus manos debido al sonrojo que invadió sus mejillas de forma repentina—. Quiero decir… sí, son flexibles en este templo y todo, pero incluso aquí no está permitido hacer esto.

—¿Qué? Claro que está permitido. —refutó Diana, confundida—. Tú me lo dijiste, por eso lo hice. Y yo quiero que seas feliz, así que…

—¡Pero Diana! —se quejó Leona, pasando sus manos por su cabello—. Incluso si pudiéramos, ¿cómo vamos a hacerlo así? Sin vestidos, sin banquete, sin anillos… ¡ni siquiera me lo has pedido como debe ser!

—Espera… ¿qué? —preguntó Diana, más confundida que antes por las palabras de Leona.

—Quiero decir, deberías al menos arrodillarte. —dijo Leona, mordiendo su labio inferior con nerviosismo—. Y tú tienes que ser Solari, no puedes ser agnóstica o no nos permitirán casarnos. ¿Cómo no sabías eso? Te lo dije también.

Diana apretó con más fuerza la venda en su mano. Sintió el calor subir por su cuello hasta aglomerarse en todo su rostro como si de una olla de presión se tratase.

—C-Creo que… no estamos… hablando de la misma constelación. —murmuró Diana, sintiendo su estómago revuelto—. Yo… seré más específica. —tomó una de las manos de Leona, sonriendo un poco—. Te conseguí una cita para expiarte.

—Oh… era eso. —murmuró Leona, sintiéndose avergonzada por sus pensamientos—. Por supuesto, sí… ¿cómo ibas a traerme aquí para casarnos? Eso es ridículo. —habló la morena para sí misma, rascando un poco su cuello con nervios—. Quiero decir, no es como si ya estuviéramos enamoradas o algo así… ¿quién se enamoraría en un par de citas? ¿Tú lo harías? Yo no… eso es… tan… de lesbianas intensas. ¡No soy intensa! Es decir… ¿tú lo eres? Porque no tendría problema con que tu estuvieras… enamorada de mí o algo así… y… yo…

Diana se mantuvo en silencio, escuchando a Leona hablar consigo misma por un breve momento. Soltó una pequeña risa al ver a Leona nerviosa. Paseó una mano por su mejilla, mirando fijamente a la morena a los ojos. Leona bajó la mirada, sintiendo sus mejillas ardiendo y Diana se acercó a ella, estirándose un poco para poder dejar un pequeño beso en sus labios.

—Quizás me convierta a Solari para casarnos. —dijo Diana en un susurro, rozando su nariz con la de Leona y causando que el nerviosismo en la morena aumentara—. Pero… no hoy. Hoy es tu día para esto y así podrás recorrer tus maravillosos templos en paz el domingo, ¿bien?

—Bien, sí… por supuesto. —respondió Leona, asintiendo con su cabeza de forma precipitada—. Voy a expiarme y luego te convertirás a Solari y voy a poder reclamarte como mía y entonces viviremos felices y tendremos muchos hijos… y perritos. Sí.

—¿Muchos qué? —susurró Diana, viendo a Leona comenzar a subir las escaleras en dirección al templo—. ¡Espera! Uh… yo… esperaré por ti aquí.

—¿No quieres esperar dentro? —preguntó Leona, volteando a mirar a Diana, que estaba al inicio de las escaleras—. Puedes entrar al templo.

—No, yo… odio el- ugh. —Diana calló cuando Leona frunció su ceño—. Sí, tienes razón, esperaré adentro.

Diana miró a su alrededor con incomodidad. El lugar en sí estaba tallado en mármol vetado con oro. Para ser el único templo que residía al pie de la montaña, Diana pensaba que era tan ostentoso como los demás. Alune la había llevado una vez a un templo lunari y aunque sus templos eran ligeramente parecidos, la diferencia yacía en que, en lugar de oro, utilizaban plata. De algún modo eso los hacía menos fastuosos.

A diferencia de otros templos que habían construido en la ciudad cerca de la montaña, el; ahora llamado templo del solsticio; era una especie de cámara ceremonial cincelada por la forma de las rocas enigmáticas de la montaña. Había otros deshabitados, camino arriba, sin embargo, sólo los más experimentados montañistas se atrevían a visitarlos. Existían tours turísticos por la montaña, pero Diana nunca se había sentido con las agallas de hacerlos, pues supo que uno de los contratos que firmas con esas empresas es que, de separarte de tu grupo o guía, las probabilidades de que mueras o desaparezcas son grandes y ellos no se harían responsables de tu irresponsabilidad.

Suspiró, mirando la caja que estaba dentro de su bolsa. Su madre le había pedido bastante dinero para agendar la cita, y si bien no trabajaba, sus padres le daban una mesada por cuidar a Zoe y eso debería ser considerado un trabajo. No era como que no pudiera pedirle algo adicional a su papá, sin embargo, la idea de tener que cuidar a Zoe los dos siguientes fines de semana para recuperar apenas una cuarta parte de lo que perdió se le hacía molesto.

No era idiota, sabía muy bien por qué sus padres le pedían “llevarse a Zoe al parque y volver en un rato”, pero había pensado que quería hacer ese recorrido Solari junto a Leona solas. Ahora, gracias a sus padres, tendría que ir con Zoe de la mano gritándole “tarta de manzana solar” o cualquier otro postre que se le antojara comer a la niña en su trayecto. Encima de eso, todavía tenía que adoptar un cachorro para Leona por su cumpleaños.

Tener pareja era un gasto.

Los próximos treinta minutos, Diana se mantuvo pensando que el tiempo que estuvo deprimida en su habitación fue el mejor de su vida. Sólo respiraba, esperando su muerte día tras día con nada más que su soledad acompañándola.

Entonces vio a Leona. Inmediatamente sonrió sin poder evitarlo y se puso de pie, alejándose de la banca de mármol tallado. Caminó hasta ella, notando el brillo de emoción en sus ojos.

—¡Ella puede casarnos incluso si eres mujer! —exclamó Leona, despejando sus dientes en una sonrisa radiante. Sus palabras causaron que Diana detuviera su andar—. No tenía idea de que podía casarme con una mujer, eso es una fortuna.

—Uh… eso es… —susurró Diana, apretando un poco sus labios en una sonrisa—… ¿maravilloso?

—Tú eres maravillosa. —dijo Leona, llegando hasta ella para tomar su mano.

La morena entrelazó sus dedos, aferrándose al brazo de Diana para comenzar a caminar fuera del templo. Diana podía sentir la mirada de diversos acólitos en su camino hasta el auto, sin embargo, los ojos intrusos estaban sobre Leona, no sobre ella.

Miró a la joven a su lado, que parecía más radiante que nunca, incluso si se notaba su nariz algo enrojecida. Supuso que quizás lloró un poco. No lo entendía, pero estaba feliz por Leona.

—¿Cuánto te debo? —preguntó Leona una vez se encontraron fuera del templo. Diana arqueó una ceja, confundida—. Por la cita, ¿cuánto fue?

—¿Por qué? ¿Acaso no… ? —preguntó Diana, notándose afligida por la que sería la respuesta de Leona—. ¿Ni siquiera allí t-

—¡Sí! Yo… sí me expiaron… pero… aun así, quiero pagártelo. —respondió Leona con nerviosismo—. No quisiera que pienses que salgo contigo por… bueno, por tu dinero o algo así. Yo no… no soy el tipo de persona que permite que paguen por ella, menos si es algo tan personal.

—Ya veo. —susurró Diana, suspirando con alivio. Guió a Leona por un sendero, alejándose del lugar en el que estaba su auto y abriéndose paso por la montaña con cuidado—. No voy a decírtelo entonces.

—¿Qué? ¿Por qué no? —preguntó la morena, frunciendo un poco el ceño. siguió a Diana confundida—. Yo… hablo en serio, Diana. No quiero que pien-

—Bueno, no pienso eso. —aseguró Diana, interrumpiendo a Leona, que la miró con sus ojos estrechos—. Escucha, hice esto porque quise. No me lo pediste, no me sugeriste, ni siquiera lo sabías hasta que llegamos aquí.

—Lo sé, pero aun así-

—Quería hacerte esta sorpresa porque… yo… uh… sé que hemos salido por muy poco tiempo, pero… —Diana divisó la puerta celestial que daba inicio a la escalada de la montaña. Estaba varios metros lejos de ellas, pero estaba segura que podían llegar hasta allí—… realmente me gustas, ¿bien?

—Eso espero, porque tú realmente me gustas también. —respondió Leona, sin soltar la mano de Diana, que la guiaba hasta la puerta circular de piedra que estaba cerca del templo—. Pero ponte en mi lugar, Di. Lo que menos quiero que pase por tu cabeza es que estoy contigo por algo tan banal como el dinero. Eres una persona maravillosa, hiciste esto y aunque es una sorpresa, quiero compensarlo.

—Mi familia materna es Solari. —dijo Diana de repente, captando la atención de Leona—. Mamá lo es, creció en un hogar ortodoxo y fue conflictivo para ella cuando descubrió que papá es lunari.

—Bueno, eso es una sorpresa. —susurró Leona, interesada en lo que Diana estaba diciendo de forma tan casual.

—Ya estaba embarazada para cuando lo supo, así que… cuando mi abuelo materno se enteró del embarazo quiso obligarlos a casarse, sin embargo, casi muere cuando supo que papá es lunari. —continuó diciendo Diana, caminando con cuidado por el rocoso sendero. Tragó con fuerza, acariciando con su otra mano su bolsa—. La obligó a abortar.

Leona detuvo su andar, observando a Diana. La morena estaba consternada con sus palabras. Diana, por su parte, volteó a mirarla con interés cuando la morena detuvo su andar de forma brusca.

—Yo… lo sien-

—No tienes que sentirlo, no eres mi abuelo. —dijo Diana con rapidez—. Mis padres se separaron, claramente. Papá entró a la universidad y mamá… ella pasó un tiempo en depresión por lo que sucedió, encontró un poco de paz con Dysis, la sacerdotisa. Creo que ella le dio otra perspectiva de la fe Solari… una más parecida a la tuya. —explicó Diana, alzando su mirada del camino para fijarse en la formación rocosa que estaba escaleras arriba—. Mamá pudo entrar a la universidad después. Es curioso cómo ella y papá volvieron a reunirse casi doce años después.

Leona se mantuvo en silencio, observando a Diana con total interés. Comenzaron a subir las escaleras en dirección a la puerta circular, en un silencio apacible.

—Nunca conocí a la familia de mamá, sólo a la de papá, y me siento bien con eso. Creo que, por todo lo que me contó,  le tengo cierto… desagrado a la fe Solari. —murmuró Diana, volteando a mirar a Leona por un instante—. Sólo imaginar a mi madre sufriendo, sola, preguntándose por qué, llorando durante las noches, sin consuelo… me hace sentir enojada y triste. Pensar que quizás pude haber tenido un hermano mayor, o… que pude haber sido yo, o Zoe. Y todo por la intolerancia y rechazo de aquellos acólitos ciegos.

Cuando llegaron al final de las escaleras, estando frente al círculo de piedra que simbolizaba una puerta rumbo a la enigmática montaña puntiaguda, Diana miró al horizonte. Intentó divisar la cima del Monte, sintiendo una brisa chocar en su rostro, aliviando el calor insoportable.

Diana volteó a mirar a Leona, que se había mantenido en silencio durante todo su relato. La peliblanca sonrió, apretando un poco el agarre en sus manos y captando la atención de la morena, que estaba cabizbaja.

Leona la miró y Diana sintió su corazón agitarse descontrolado dentro de su pecho.

—Así que… incluso si no me lo pediste, incluso si me rechazas ahora, yo… hice esto porque, de algún modo, entiendo cómo te sientes. —dijo la joven pálida, acercándose a Leona—. Y quiero que estés en paz contigo misma, de la forma en que mamá encontró la paz al casarse con papá, al tenerme a mí y a Zoe.

—Awww, Diana. —susurró Leona con un hilo de voz. Sollozó un poco, sintiéndose tocada por la historia que acababa de contarle la peliblanca. Entonces cayó en cuenta de lo que dijo—. Espera, ¿incluso si te rechaz-

—Estoy segura de que conoces el significado de esta puerta para nuestro pueblo. —dijo Diana, volviendo a mirar la formación rocosa—. Antaño, despedían a los más valientes aquí. A aquellos que se atrevían a desafiar a los Dioses, escalando esta montaña como símbolo de valor y orgullo. —Diana tragó con algo de fuerza, carraspeando un poco al comenzar a sentirse nerviosa—. No sé nada acerca de escalar montañas, tampoco sé mucho sobre tener pareja, porque la única pareja que he tenido era… bueno, era…

—Una imbécil, sí. —murmuró Leona, soltando una risa.

—Eso. No quiero comparar una relación con un deporte… o un tipo de suicidio, porque aún descubren cuerpos petrificados en la montaña. —dijo Diana, rascando su cuello con su mano libre—. Pero… estoy muy segura de que quiero atravesar contigo toda clase de conflictos que se nos presenten, hasta llegar juntas a la cima de nuestro Monte Targón. Que técnicamente sería una boda… creo… ¿crees que eso es lo más lejos que se puede llegar con alguien?

Leona rascó un poco su cabeza, igual de pensativa que Diana.

—Diana… la cima del Monte Targón dejó de ser el límite para nosotros hace tiempo. —susurró Leona, divisando un grupo de alpinistas en la falda de la montaña—. Ni siquiera el cielo es lo más lejos que podemos llegar.

—Carajo. —murmuró Diana, ganando un tono rojo en su rostro y golpeándolo con su mano libre—. Acabas de joder mi propuesta de noviazgo.

—¡¿Tu qué?! —exclamó Leona, volteando a mirar a Diana confundida—. ¡Oh, joder, claro! Por eso decías que… una boda es… Dioses, lo siento.

—¡No, está bien! —dijo Diana, negando con sus manos—. Yo… eres una chica lista, debí haber… pensado en otra comparación, porque… por supuesto que la cima del Monte Targón no es lo más alto que podemos llegar y… yo… tienes toda la razón.

—No, Diana, lo siento. —se disculpó Leona, cubriendo su rostro sonrojado con sus manos—. Soy una imbécil distraída, ni siquiera entendía lo que estabas diciendo y… espera, pensé que no estabas lista para una relación porque me rechazaste el sábado en la noch-

—¡Quiero que seas mi novia y llevarte volando hasta la luna! —exclamó Diana, sacando de su bolsa la caja rectangular, que le extendió a Leona con ambas manos, cerrando sus ojos con fuerza—. Y… mientras lo hacemos… puedes… tomar fotos de nosotras con tu teléfono y… las imprimiremos y guardaremos aquí.

—Pero… ¿por qué huiste el sábado, entonces? No lo entiendo. —dijo Leona, rascando un poco su cuello—. Pensé… pensé que no querías una relación seria conmigo ahora.

—Sólo hui de ti el sábado porque había planeado pedírtelo hoy con tu expiación y… y esto. —murmuró Diana, manteniendo sus ojos fuertemente cerrados—. N-No quería que me lo pidieras tú porque entonces la sorpresa no tendría sentido, pero… de seguro terminé haciéndote sentir mal, y… y si no quieres aceptarme por venganza, está bien, porque soy una imbécil y no merezco ser tu novia, pero… ¿quieres serlo?

Diana se mantuvo con sus ojos cerrados y brazos extendidos en dirección a Leona, que miraba sorprendida a Diana. La morena observó la caja con interés, encontrándose con la imagen de varias fotos en la caja. Quiso rechazar el álbum, pues sentía que aceptar un regalo adicional a la cita implicaría mucho.

Aunque si lo pensaba bien… no tenía ninguna foto con Diana.

Sonrió. Tomó la caja y se acercó a Diana con prisa. Atacó sus labios con un beso, haciendo que la peliblanca soltara un pequeño gemido debido a la sorpresa.

—¿Eso es un sí? —preguntó Diana, confundida ante su acción.

Leona soltó una pequeña risa, asintiendo con su cabeza.

—¿Quién no querría ser tu novia? —preguntó Leona, dándole un corto beso en los labios antes de comenzar a abrir la caja para ver el diseño del álbum.

Soltó una risa, encontrándose con que era un álbum como cualquier otro, con un diseño de la montaña en la cubierta. Lo gracioso era lo que decía en la cubierta y el lomo. De algún modo, Diana se las había ingeniado para que tuviera impreso “Nuestras lesbiaventuras” en un tramado que iba de acuerdo con el diseño del álbum.

—¿Podemos tomarnos una foto? —indagó la pelirroja.

—Uh, yo… creo… sí, supongo que sí. —murmuró Diana, arqueando una ceja—. Pero… uh… mi trastorno me exige que respondas si sí o no, porque si no estaré preguntándome todo el día si somos novias o no y… uh… ¿fue un sí?

—Por supuesto que soy tu novia, Diana, ¿quién en el mundo no querría serlo? Y tú… me pediste tomar fotos nuestras mientras me llevas a la luna, así que eso voy a hacer. —explicó Leona, entregándole la caja a Diana sacando su teléfono de su bolsillo. Entonces miró a Diana, luego al cielo y finalmente al círculo de piedra—. ¿Puedes moverte? Así… sólo… ok, espera.

Leona la miró de nuevo y Diana se removió incómoda en su sitio. La morena sonrió, colocándose a un lado de Diana y pasando una mano por encima de su hombro.

—¿Estás nerviosa? —preguntó Leona, sin apartar su mirada de Diana.

—Yo… ya sabes, no me considero muy… fotogénica. —respondió Diana, respirando de forma lenta, intentando calmar el latido desenfrenado de su corazón—. Pero… se metió en mi cabeza que tú sí y… pensé que te gustaría ese álbum, así que… sólo toma la maldita foto antes de que me desmaye, por favor.

—Tan tierna. —susurró Leona, alzando el teléfono. Besó a Diana en la mejilla y tomó la foto. Cuando la observó en la pantalla de su teléfono soltó una pequeña risa al encontrar a Diana totalmente roja en la fotografía—. ¡Tengo la novia más tierna del universo!

Besando repetidas veces a Diana, Leona se separó de ella sólo para comenzar a caminar de vuelta al auto, con su mano entrelazada a la de Diana. La morena no paró de besarla en cada oportunidad que tenía camino al coche y cuando por fin llegaron hasta él, Leona la empujó contra las puertas traseras, besándola con pasión contra el auto.

—¡Eres perfecta! —exclamó la morena—. Cuando imprima nuestra foto, voy a escribirle la fecha y la hora y… ¡y que soy tu novia ahora!

—Oh… eres mi novia ahora… —susurró Diana, sonrojada—… como… de verdad.

—¡Sí, lo soy! —dijo Leona con emoción—. ¡Somos novias! Verdaderas novias. ¿Y sabes? Las novias suelen… comerse… como… muy seguido.

—Ah, ¿sí? —preguntó Diana, sintiendo cómo de repente la atmósfera entre ellas cambiaba por una de ligera tensión—. ¿Lo hacen?

—¿Quieres googlearlo? —preguntó Leona, cerrando la cámara de su teléfono para abrir su explorador web—. Estoy segura de que las parejas comen.

—¡Oh, lo entiendo! Y… quieres… como ¿ahora? Quiero decir, ¿quieres? —preguntó Diana, tragando con fuerza.

—Oh… no lo sé, yo… ¿tú quieres? —preguntó Leona, pensando que Diana la estaba entendiendo por el tono sugerente que había estado usando—. Yo quiero si tú quieres.

—Pero… estamos un poco lejos de tu departamento. —murmuró Diana, rascando un poco su mejilla—. ¿Quieres ir a algún lugar de por aquí?

—Conozco el lugar perfecto para lo que quiero comer. —dijo Leona, sonriendo con coquetería.

Diana miró la ventanilla confundida. No había menú con el que pudiera decidir qué iba a pedir, ni siquiera había una fila para entrar al lugar. Aunque pudo observar varios autos estacionados al frente. Carraspeó un poco, bajando la ventana del auto e inclinándose un poco para intentar divisar un menú en algún lugar. No lo halló.

—Buenas tardes. —dijo una voz al otro lado de la ventanilla de servicio.

—¡Oh, buenas tardes! —exclamó Diana, confundida por no lograr ver al otro lado de la ventanilla—. Uh… yo… ¿qué sirven exactamente aquí?

—¿Perdón? —preguntó la persona al otro lado de la ventanilla.

—¿Qué sirven? No veo un menú en ningún lugar. —dijo Diana, ladeando un poco su cabeza. Escuchó la pequeña risa de Leona a su lado y la miró confundida—. ¿Qué pides aquí?

—Lo siento, señorita, no tenemos servicio a la habitación. —habló la persona de nuevo, llamando la atención de Diana—. Pero hay un Galio Chikens al final de la calle, por si le interesa. Podemos ordenar por usted, pero tendrá que recibir el pedido aquí en recepción.

—¿Recepción? ¿Qué? ¿Qué clase de restaurant es este? —preguntó Diana, mirando a Leona confundida—. Podríamos ir directamente al Galio Chikens.

—Señorita, este es un motel, no un restaurant. —contestó la que Diana descubrió era una recepcionista—. ¿Va a pagar por una habitación o qué?

Diana volteó a mirar a Leona de nuevo. La morena observó con gracia cómo el rostro de Diana se iba coloreando en un tono rosa de forma paulatina, terminando en un tono rojo intenso.

—¿Q-Qué? —preguntó Diana, nerviosa—. Un… ¿un qué?

—Dijiste que ibas a llevarme a cualquier lugar que quisiera. —dijo Leona, riendo un poco—. Sivir me recomendó este lugar.

—¡Pero yo hablaba de ir a comer! —dijo Diana, cubriendo su rostro con una mano debido a la vergüenza.

—Bueno, vinimos a comer… nos. —respondió Leona, inclinándose en dirección a Diana—. ¿Acaso no quieres comer-me?

—Nunca dije eso… sólo… yo… uh. —Diana colocó sus manos en el volante, mirando al frente con su ceño algo fruncido—. Quieres que me desmaye… es eso… por eso me trajiste aquí.

—¿Qué? No… yo… ¡pensé que me habías entendido!… lo siento. —se disculpó Leona, mirando a Diana con pesar—. Creí que habías entendido la referencia porque te dije las parejas se comen y… yo… pensé que… olvídalo, soy una imbécil.

—No, yo… eh… ugh. —murmuró Diana, apretando el volante. Miró de reojo la ventanilla, luego a Leona que ahora estaba tan sonrojada como ella—. ¿Quieres… entrar?

—¿Quieres entrar? —preguntó también Leona, mirando a Diana confundida—. Es decir… ¿quieres? ¿De verdad?

—¿No quieres? Porque yo… no quiero si tú no… quieres. —susurró Diana, encogiéndose en su lugar—. Puedo… sólo retroceder y… podemos ir a comer… ¡comida! Comeremos comida… porque de verdad tengo algo de hambre y… eso.

—Bueno yo… quiero entrar… Sivir dijo que tenía habitaciones geniales y… bueno, no lo sé… —respondió Leona, casi tan nerviosa como Diana—… yo… no sé.

Diana observó cómo la barra que la detenía de entrar al estacionamiento se abrió. Pensó que era su oportunidad para dar la vuelta y salir del lugar, sin embargo, observó un auto púrpura acercarse para salir del lugar. El auto tocó la bocina, pues el coche de Diana no le permitía la salida.

—¡Muévete, imbécil! —exclamó la voz de una mujer en el coche púrpura—. ¡Voy tarde a mi seminario!

La peliblanca chasqueó su lengua.

Movió la palanca del auto, retrocediendo para permitirle el paso al otro vehículo. Descolocada, Diana miró a Syndra en el lugar del piloto del auto púrpura. Así mismo, Syndra observó desconcertada a Diana. Le aventó su bolsa en la cara a Irelia, evitando que su amiga pudiera darse cuenta que la persona a su lado era una mujer.

Antes de que Diana pudiera hacer algo más que mirar perpleja a su amiga, la rubia pisó el acelerador y su coche se perdió en la calle tras ella.

Con su boca abierta, Diana miró la calle por el retrovisor.

—¿Esa no er-

—¡Sí, era Syndra! —exclamó Diana, buscando su teléfono con desesperación—. ¡No puedo creer que esté cogiendo tan tranquila con algún idiota sin responder mis mensajes!

Leona guardó silencio. Era obvio que Diana no había visto que la acompañante de su amiga era una mujer, sin embargo, ella no era nadie para sacar del clóset de una patada a la amiga heteronormada de su… su novia.

—Así que… ¿Galio Chikens? —preguntó Leona, riendo un poco.

—Pide una pizza y que llegue a la habitación ¡yo voy a flamear a esta hija de puta! —exclamó Diana, sacando su tarjeta por la ventana del auto para que la joven de la recepción la tomara—. ¡Voy a escribirle que es una desgraciada infeliz!

La pelirroja soltó una risa.

—Yo iré ordenando la pizza, ¿te parece? —preguntó Leona y la única respuesta que obtuvo fue un asentimiento de cabeza por parte de Diana.

——————————

—¡Ayúdenme, Dioses!, ¡¡Ayúdenme, ayúdenme, ayúdenme!! —exclamó Syndra, deteniéndose en un semáforo en rojo, mirando a Irelia con desesperación, mientras la pelinegra la miraba con una sonrisa divertida reflejada en los labios—. ¡¡Es Diana!! ¡¡Está escribiéndome!! Oh no, no, no, no, no, no… es todo, voy a suicidarme.

—Espera, ¿qué? —preguntó Irelia, parando de reír—. Vamos, ella no me vio.

—¡Por supuesto que te vio, Irelia! —exclamó Syndra, golpeando su frente con el volante y haciendo sonar el claxon—. ¡Eres demasiado atractiva como para que no te haya visto!

—Bueno, gracias, preciosa. Pero estoy muy segura de que no me vio, porque te está preguntando quien es EL idiota, con el que estabas. —dijo Irelia, leyendo el mensaje de la mejor amiga de Syndra—. Puedes decirle que soy un conocido de la universidad, o un pianista rockero con largo cabello.

Irelia meneó un poco su cabeza, causando que su cabello se agitara en el aire. Y Syndra sólo la miró. No prestó atención del semáforo ni de las personas que comenzaron a tocar sus cláxones. Ella sólo se acercó a la pelinegra para besarla profundamente, sorprendiendo a la ojiazul, que no esperaba que la besara luego de haberse encontrado por accidente con una de sus mejores amigas.

La detuvo, alejándose un poco de ella.

—Ella podría vernos si viene de vuelta, Syndra. —murmuró Irelia, rozando su nariz con la de la rubia.

—Joder, no me interesa. —susurró Syndra, permaneciendo con sus ojos cerrados—. Se lo diré, lo prometo… se lo diré a ella y a Nami, se lo diré a todo el mundo. ¡Lo gritaré a los cielos!

—No tienes qué, entiéndelo. —dijo Irelia, acariciando una de las mejillas de Syndra—. No tienes que hacerme promesas falsas.

—Pero quiero hacerlo. —musitó Syndra, sintiendo un nudo en su garganta—. Lo juro, quisiera poder hacerlo.

—No necesito que todo el mundo lo sepa, Syndra. —dijo Irelia, dejando un pequeño beso en su boca y causando que Syndra abriera sus ojos para mirarla—. Sólo necesito saberlo yo y que lo sepas tú. Necesito que me lo digas a mí, que me lo demuestres a mí… sólo eso.

Syndra frunció un poco el ceño, estrechando sus ojos a ella con sospecha.

—¿Por qué? ¿Por qué no quieres que lo diga? —preguntó Syndra, con desconfianza—. ¿Acaso no quieres que ella lo sepa?

—¿Ella quién? —preguntó Irelia, confundida. Entonces suspiró—. Oh, n-

—Darha. —gruñó Syndra entre dientes, causando que Irelia suspirara—. ¡¿No quieres que Darha lo sepa, es eso?!

—Espíritus, ¿por qué? —preguntó Irelia a los cielos, soltando una pequeña risa. Tomó su teléfono, buscando un número para hacer una llamada—. Aquí, toma.

—¿Qué? ¿Qué haces? —preguntó Syndra, confundida—. ¿A quién llamas?

—¿Irelia? ¿Cómo estás? ¿Sigues viendo a Syndra? —habló una voz al otro lado de la línea, y aunque se notaba más madura, Syndra supo al instante de quién se trataba—. ¿Irelia?

—¡Ella es mía, tú, joniana estúpida! —exclamó Syndra sin poder evitarlo, apretando el teléfono en su mano—. Joder, no tienes idea de cuánto te odio, Darha, ¡te odio por robarme sus pudines en el jardín infantil!

—Oh, hola, Syndra, es un placer escucharte de nuevo. —habló Darha al teléfono, para sorpresa de Syndra ella se notaba bastante calmada—. Créeme, siempre supe que Irelia es tuya, no entiendo tu necesidad de recalcarlo, pero adelante, dilo todo.

—¡¡Ella es mi pudín ahora, joniana equilibrista del orto!! —exclamó Syndra, presionando el claxon con su mano izquierda—. ¡Apestas, Darha! Tú y jonia y el equilibrio, todos apestan. Eso es todo, adiós. —dicho eso, Syndra cortó la llamada, sonriendo con autosuficiencia—. Eso se sintió de maravilla.

—Sí, como que lo necesitabas un poco. —murmuró Irelia, sonriendo con pesar—. ¿Puedo tener mi teléfono de vuelta?

—Sólo si me juras que nunca volviste a darle tus pudines, Irelia. —pidió Syndra, con un tono y un gesto tan serios que Irelia supo que estaba hablando muy en serio.

—Espíritus, ¿por qué? —preguntó Irelia al cielo de nueva cuenta.

Goddess of Luminosity.